Capítulo 8

Sandra

Abro la puerta con brusquedad y salgo a zancadas con Gabe pisándome los talones. Este es un lugar de trabajo. Tengo cosas que hacer en mi escritorio, no encima del de Gabe. ¿En qué estaba pensando? No estaba pensando, obviamente. Gabe y su cara perfecta me han cegado. Y su lengua.

Oh, Dios. Ha… había olvidado que Preston estaba aquí fuera. Y sé que es imposible que no se haya dado cuenta del largo rato que he pasado en el despacho de Gabe con la puerta cerrada porque su silla está orientada en esa dirección y está comiendo palomitas. Literalmente. Tiene una bolsa de palomitas de microondas en la mano y está relajado en la silla, con una sonrisa de idiota en la cara. Nos mira a mí y a Gabe, y entonces echa un vistazo al reloj mientras se lleva otro puñado a la boca.

—Llegas tarde a la reunión de Hannover —le dice a Gabe con una sonrisa apenas contenida—. Te están esperando.

Gabe suspira detrás de mí y empieza a caminar con vacilación cuando Preston se gira en la silla y me grita «¡No almuerces sin mí, Sandy!» mientras vuelvo pitando a mi propio escritorio.

Me dejo caer en la silla y muevo el ratón para encender la pantalla del ordenador. Bajo el escritorio, mi pie rebota tanto que me tiembla la pierna. Suelto el aire e intento calmar la adrenalina que me recorre el cuerpo. «Solo respira, limítate a respirar. Actúa con normalidad. Actúa como si Gabe Laurent no acabara de tumbarte en su escritorio y comértelo todo». En el trabajo. A plena luz del día. Oh, Dios. Y lo del dedo. Me remuevo en la silla al recordarlo. Porque me he sentido bien, me ha gustado. Me ha gustado sentir su dedo en el culo. Me he corrido cuando me ha metido el dedo en el culo. Me cubro rápidamente la cara con las manos por la vergüenza que siento. Eso no puede ser normal.

Así que no soy normal. Pero se supone que debería estar actuando con normalidad. Dejo caer las manos sobre el teclado. Solo estoy trabajando. Para eso me pagan, para que trabaje. No para dejar que el señor Laurent me dé placer un día laborable.

Un momento. ¿Eso me convierte en una prostituta? Aunque practicar sexo no está entre mis tareas, ha sido más bien un extra. Espera, eso no mejora nada. Da igual, estoy siendo ridícula. Está bien. Todo está bien.

—Buenos días —me dicen desde atrás y casi salto de la silla. Es Sawyer, y parece sorprendido por mi reacción.

—Lo siento. Me ha asustado.

—Estabas muy concentrada en el trabajo —contesta con una relajada sonrisa—. Te he dado los buenos días tres veces hasta que me has oído.

—Sí, debe de ser eso —coincido rápidamente, agradecida por la excusa.

—¿En qué estás trabajando? —pregunta, y echa un vistazo a la pantalla.

Jopé. ¿En qué estoy trabajando? Nunca me pregunta eso. Sawyer no es un jefe de los que revisan el trabajo al detalle y sé que no me está interrogando; solo quiere conversar, se interesa por lo que supuestamente me tenía tan concentrada. No quiero hablar con Sawyer sobre lo que me tenía tan concentrada.

—Mmm… —empiezo a decir, sufriendo por que se me ocurra algo. Es un lunes después de un puente. ¿En qué demonios estoy trabajando?

—¿Estás bien? Estás un poco roja.

Sawyer entrecierra los ojos.

—Yo, esto, sí. —Sacudo la mano para restar importancia a sus preocupaciones—. Estoy bien —añado, pero ya no me está mirando; está escribiendo un mensaje en el móvil. Entonces dice que necesita que vaya con él a una reunión fuera de las oficinas durante el resto del día.


* * *


Conseguí evitar a Gabe y Preston durante el martes. Solo debido a que los dos no estuvieron en las oficinas en todo el día porque tenían una reunión en Nueva York. Me quedo sin suerte el miércoles por la mañana, cuando Preston me arrincona en mi escritorio y exige que lo ponga al día con los cotilleos.

—Cuéntame todos los detalles jugosos —dice, y alarga la palabra «jugosos», haciendo un gesto lascivo con la lengua y la mejilla.

—Chsss —susurro. Echo un vistazo a la puerta abierta del despacho de Sawyer y luego miro a Preston—. Calla.

—Oh, ¿vamos a fingir que esto no está pasando?

—No está pasando nada —insisto.

—Mmm, vale —replica, agarra una lima de uñas que siempre tengo en el cajón y se sienta en el borde del escritorio. Se lima la uña y la examina antes de continuar—: Pues qué aburrido —murmura, mirándome con mordacidad—. Pero puedo esperar. Tengo todo el día.

—Preston —suspiro.

—Genial. Entonces hablaremos de Gabe en el almuerzo. A las once y media. Iremos al nuevo restaurante que han abierto en la calle. Invitas tú. Te espero en mi escritorio.

Se levanta de un salto de mi mesa y se marcha por el pasillo antes de que pueda decir que no. Sería inútil de todas formas; Preston siempre consigue lo que quiere.

A las once y media voy a por Preston y salimos del edificio. Caminamos una manzana hasta el restaurante que le gusta. Una vez que estamos sentados, escondo la nariz tras la carta para evitar el interrogatorio de Preston. Eso me da unos cuatro minutos. Cuando la camarera pasa por nuestra mesa, intento ganar tiempo diciendo que no sé lo que quiero, pero Preston me quita la carta de las manos, pide por mí y ahuyenta a la camarera.

—Así que has estado ocupada —empieza a decir, exprimiendo un limón en un vaso de agua con hielo.

—Muy ocupada. —Asiento y toqueteo mi reloj. Quizá pueda salirme con la mía hablando del trabajo—. He estado haciendo informes de calidad toda la mañana. Sabes que se tarda una eternidad en hacerlos bien. Y el viernes tengo el día libre por la boda de Marissa, así que tengo que terminarlos antes.

—Y Gabe te folló en su escritorio —continúa, como si yo no hubiera dicho una palabra.

—No es verdad —respondo, pero se me da fatal mentir, así que desvío la mirada y arrugo la nariz.

—¿Te folló en el sofá de su despacho? ¿Te sentaste a horcajadas sobre él en la silla? ¿Te tomó por detrás mientras estabas de pie con las manos contra la ventana? —Despliega la servilleta y la sacude antes de ponérsela en el regazo—. Sé que pasó algo ahí dentro.

—Esto… mmm. No fue exactamente así.

No es del todo una mentira, ¿no?

Desenvuelvo la pajita, la meto en el vaso y doy golpecitos en la punta con el dedo.

—¿Sexo oral, entonces? —pregunta Preston sin pestañear.

—¡Preston! —Me llevo la palma de la mano a los ojos mientras él ríe.

—¿Pero cuál es el problema? ¿No hizo que te corrieras? ¿Se corrió en tu pelo? Me ha pasado, cielo, se te quitan las ganas, lo entiendo.

—¡Para!

Dejo caer la mano, niego con la cabeza y, entonces, lo pongo al día sobre lo que ha pasado desde que lo vi antes de Navidad.

—¿Entonces cuál es el problema? A mí me parece que lo estáis pasando bien. —Nos han traído nuestros sándwiches y Preston muerde el suyo con ganas—. Polvetes a la hora del almuerzo. En la fotocopiadora. Encuentros amorosos en la sala de conferencias.

—No es apropiado —le recuerdo.

—Lo apropiado rara vez es divertido.

—No puedo… —Me encojo de hombros e intento encontrar las palabras correctas—. Es que no puedo volcarme en algo que sé que no es real —digo, y entonces vuelvo a hacer una pausa antes de reunir el valor para decirlo en voz alta—. Me gusta, Preston. Me gusta mucho. Sé que es una tontería y que parece un encaprichamiento tonto, pero me gusta. Me gusta desde hace mucho tiempo, y no quiero que me haga daño si solo está pasándoselo bien conmigo.

—¿Por qué asumes que no es real? Parece que está colado por ti.

—¿Ah, sí? —pregunto—. No estoy segura.

—Sí. Si te preocupa que te vaya a dejar por tu mejor amigo, puedes estar tranquila. Gabe no está interesado en mí.

—Bueno, eso me tranquiliza. Gracias —respondo, aunque Preston está bromeando.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no es culpa tuya que tu ex te dejara por tu mejor amiga?

—No sé, pero espero que menos de cien.

—Sandy…

—Siento que fue un poco culpa mía. —Me encojo de hombros—. ¿Cómo es que me rodeé de esas dos personas tan horribles?

—No les des ese poder. No dejes que impidan que seas feliz por su comportamiento de mierda. Es culpa suya, no tuya.

Suspiro.

—Tienes razón.

—¿O crees que a Gabe no le gustas porque se marchó antes de que se secara el semen?

—Oh, Dios, Preston. —Estoy segura de que tengo la cara muy roja—. Para.

—Parece que le gustaste lo suficiente como para repetirlo en su despacho el lunes —continúa de todos modos.

Le tiro la servilleta para que se calle y él ríe, pero pienso en Gabe mientras volvemos a las oficinas. ¿Me infravaloro al pensar que Gabe solo está interesado en una aventura secreta? Pienso en ello. Mucho.