Capítulo 7
Gabe
Es el lunes después de Año Nuevo y he vuelto al trabajo. Han pasado cuatro días desde Nochevieja. Cuatro días desde que vi a Sandra. He tenido cuatro días para pensar en el hecho de que no parecía herida cuando me puse los pantalones y me marché. Se limitó a meterse bajo las sábanas de la cama y dijo:
—Gracias por traerme a casa.
¿Qué coño significa eso? ¿Gracias por traerme a casa? Sé que no es de las que practican sexo esporádico; no es posible —estaba demasiado nerviosa, no tenía condones a mano—. Ni siquiera me pidió que me corriera dentro, por el amor de Dios. Tuve que autoinvitarme a entrar después de que me cerrara la puerta en la cara. Así que no, seducir hombres o echar polvos ocasionales no es algo que Sandra haga con regularidad. Así que la despedida informal me dolió a pesar de que era yo el que se marchaba. A pesar de que era yo el que no tenía intención de pasar la noche allí.
Tiro a la basura el vaso de cartón del café con el que he venido al trabajo y me doy cuenta de que Sandra no ha llegado todavía cuando paso por su mesa, al lado del despacho de Sawyer. Cierro la puerta igualmente y el clic hace que Sawyer levante la vista de la pantalla de su escritorio.
—Ey —dice a modo de saludo.
—Ey —respondo. Me acerco y birlo una botella de agua de la mininevera de la pequeña cocina integrada que se extiende a lo largo de la pared de su despacho.
—No volviste a la fiesta la otra noche —dice Sawyer, que se recuesta en la silla y me mira con los ojos entrecerrados.
—¿Sí? ¿En serio? —contesto—. Pasé un rato con Sandra —añado cuando me observa sin decir palabra alguna.
—Dios, Gabe. Te dije que no era esa clase de chica. —Suelta un suspiro, un puto suspiro de verdad, y se recuesta en la silla.
—¿Qué tipo de chica, Sawyer? —pregunto, molesto.
—No es un rollo pasajero.
—Que te den, Sawyer. Es una mujer adulta. Además, me dijiste que fuera a por ella.
—No. —Niega repetidamente, mirándome como si hubiera perdido la cabeza—. No, dije lo opuesto a «ve a por ella». Creo que dije algo así como «aléjate de ella» y «empleada».
—Es tu empleada, no la mía —discuto.
—Tienes el treinta y cinco por ciento de esta empresa, imbécil, así que eso también la convierte en tu empleada.
Me encojo de hombros.
—¿Entonces por qué me enviaste ese mensaje? —pregunto, y saco el móvil del bolsillo y lo meneo en su dirección.
—¿Qué mensaje?
—En Nochevieja —respondo, sin molestarme en eliminar la implicación de mi tono de voz de que es un idiota.
Entonces los dos nos quedamos en silencio con el ceño fruncido mientras Sawyer coge su teléfono y yo busco entre mis mensajes antiguos. Encuentro el que me envió poco después de dejar a Sandra en su casa. En ese momento todavía estaba en el descansillo de su apartamento, sorprendido por que no me hubiera invitado a entrar, y entonces recibí una notificación de que tenía un mensaje nuevo. Cuando lo encuentro, compruebo que no estoy loco y que sí me lo envió Sawyer. Entonces lo leo en voz alta.
—«Vago de mierda, no te va a pedir que entres. Sé un hombre y autoinvítate. Luego quítate los pantalones. Te veo el lunes».
Levanto la vista hacia Sawyer cuando termino de hablar. Sacude la cabeza con una estúpida y amplia sonrisa en la cara.
—Dios, esta chica… Ese mensaje lo escribió Everly. Ni siquiera sé cómo consiguió mi móvil. —Sin embargo, sigue sonriendo.
—Ah. —Asiento cuando entiendo lo que dice—. Hablando de Everly… es especial. Un poco joven —añado con énfasis para recordarle que había insinuado que yo era demasiado mayor para Sandra.
—Sí —coincide conmigo—. Pero me voy a casar con ella, Gabe, no voy a romperle el corazón.
Ya me lo había imaginado. Nunca lo había visto mirar a alguien de la manera en que mira a esa chica. Y es mi mejor amigo desde la universidad, así que he visto ir y venir a muchas mujeres.
Sawyer echa un vistazo a la puerta cerrada y luego a mí.
—Mira, Gabe, no sé qué está pasando entre Sandra y tú, no quiero saberlo, pero necesito que pares antes de que se haga daño.
—Vale. —Me encojo de hombros, sin comprometerme—. Vale —repito, y suspiro.
Probablemente tenga razón. Sandra parecía estar de acuerdo con lo que fuera que ocurrió la otra noche. Debería dejar las cosas así. Parece el tipo de chica que se pondrá a elegir nombres de bebés y a planear el «felices para siempre», y no necesito eso, joder. No. Estoy en la flor de la vida, ¿verdad? Soy guapo. Estoy forrado. No tengo responsabilidades a excepción del trabajo. Mi vida es genial.
Así que abro la puerta del despacho de Sawyer con la intención de volver al mío. Con la intención de llamar a una docena de mujeres que tengo en el teléfono y concertar algo. Pero Sandra está en su escritorio. Y Dave, el de marketing, también. Y él le está devolviendo la sonrisa. Capullo. Paso junto a ellos y lo oigo preguntar si la recoge en casa el viernes o si quedarán en la oficina. Sigo caminando, tiro la botella de agua vacía que le he birlado a Sawyer en una papelera de reciclaje de camino a mi despacho y le devuelvo un «Buenos días» a mi asistente cuando paso a su lado. Me siento en mi escritorio un minuto, tamborileando sobre la superficie con los dedos, antes de agarrar con brusquedad el auricular del teléfono de mi escritorio y marcar el número de la extensión de Sandra. La pantalla digital del sistema de teléfonos de la empresa anuncia todas las llamadas entrantes, así que sé que ve que soy yo. Responde al segundo tono.
—Necesito verte en mi despacho —digo. Y luego cuelgo. Sawyer tiene razón. Debería cortar de raíz el asunto ahora mismo, antes de que se me vaya de las manos.
Llega exactamente cuatro minutos después, tres minutos y treinta segundos más de lo que se tarda en ir del despacho de Sawyer al mío, si lo cuentas. Cruza el umbral de la puerta con un pequeño bloc de notas en la mano, aparentemente preparada para alguna maldita reunión de trabajo.
—Cierra la puerta —suelto, y al instante me arrepiento de haber utilizado un tono desagradable, cuando percibo cómo la ansiedad se apodera de su rostro.
Sandra se dirige a la puerta, la cierra con suavidad y se da la vuelta. Hace una pausa momentánea antes de acercarse. Lleva un vestido, una especie de suéter de punto beige que se le pega a los pechos y las caderas. Pechos y caderas de los que tengo un claro recuerdo. Debería habérmela follado con las luces apagadas. Mi memoria es cruel.
Sandra se detiene a unos centímetros de mi escritorio. No se sienta; en su lugar, se queda de pie, dubitativa, y respira hondo, como si se estuviera preparando para algo, aferrada con las dos manos al bloc de notas. Lo mira mientras yo no hago otra cosa que recorrer su cuerpo con los ojos y revivir la otra noche.
—Me ha pedido que viniera, ¿no? —me apremia. Fija los ojos en los míos a la velocidad de un rayo y, efectivamente, me recuerda que he sido yo quien la ha hecho venir a mi despacho. Debería haberme inventado una razón para ello en lugar de mirar fijamente el reloj como un idiota obsesionado.
Cierto.
«Piensa en algo, Gabe».
—¿Estás saliendo con Dave? —Eso es lo que se me ocurre. ¿Por qué coño lo he dicho? Es lo último de lo que quería hablarle.
Sandra deja caer los hombros y su rostro refleja confusión.
—¿Qué? —pregunta, y la confusión empieza a dar paso a la irritación. Me pregunto si le gusta Dave. Yo soy más guapo que Dave.
Dios, soy un idiota.
—He pensado que deberíamos hablar —respondo, dejando de lado el tema de Dave por ahora—. Sobre lo de la otra noche.
—No pasa nada —suelta—. Lo entiendo.
—¿Qué entiendes?
—No diré nada.
—¿Qué? —Me quedo mirándola, pasmado.
—Lo pillo, señor Laurent. No diré nada —asegura, y niega con la cabeza una vez—. Como si nunca hubiera pasado —añade al ver que no respondo.
Me levanto, rodeo el escritorio y me detengo justo frente a ella. Las puntas de mis zapatos están a pocos centímetros de los dedos de sus pies, enfundados en unos zapatos de tacón. Se ve obligada a inclinar la cabeza hacia atrás o mirar mi barbilla, así que hace lo primero y posa los ojos en los míos. Parece estupefacta, confundida y… excitada. Eso es lo último que veo antes de llevar mis labios a los suyos; muevo la mano, la enredo en su pelo y le coloco la cabeza exactamente como quiero. Tengo la otra mano en su cadera y la empujo hacia atrás hasta que su trasero choca con el borde del escritorio.
—¿Necesitas un recordatorio? —pregunto, y alejo los labios de los suyos. Le paso las manos por el culo y la atraigo hacia mí al tiempo que agarro el dobladillo del vestido y lo levanto un poco—. ¿Tienes memoria a corto plazo, Sandra?
—No —dice, y niega levemente con la cabeza—. Por supuesto que no. Por supuesto que me acuerdo. —Me recorre el pecho con los ojos de arriba abajo y luego vuelve a levantar la vista—. Lo recuerdo todo —añade suavemente, con las mejillas sonrojadas.
—Todavía no te lo he enseñado todo —murmuro, y abre los ojos como platos.
—¿No?
—Ni de lejos.
La empujo suavemente al escritorio y ella se inclina hacia atrás, apoyada en los codos y con el culo en el borde de la mesa. Me coloco entre sus piernas, me inclino sobre ella y le cubro la boca con la mía mientras le paso las bragas por las caderas y se las bajo por las piernas. Al llegar a los tobillos, le quito los zapatos. Sandra gime cuando le separo las piernas y doy un paso entre ellas y recorro sus muslos desnudos con las manos. Remueve las caderas en el escritorio, desesperada por algo más.
—Me gusta —digo, trazando con el dedo el pequeño triángulo de vello de su coño.
—Vale —suspira, y sus ojos se encuentran con los míos antes de desviar la mirada y morderse el labio inferior.
«Está a punto de sentirse mucho más avergonzada», pienso para mis adentros mientras me pongo de rodillas y le beso el interior del muslo.
—Oh, Dios… señor Laurent. —Arquea la espalda de nuevo y menea el trasero—. ¿No irá a hacer eso? —pregunta entre jadeos. Es tan hermosa, joder…
—Sí —confirmo, y le pongo los pies en el borde del escritorio para que esté tan abierta como las alas de una mariposa.
Sandra intenta cerrar las piernas, sacude la cabeza y susurra «no».
Me detengo.
—¿Dices no porque quieres que pare? ¿O es porque te da vergüenza?
—¡Sí! —Echa la cabeza hacia atrás y posa la mirada en el techo—. No pares.
Le beso el interior del otro muslo y entonces hago una pausa.
—Entonces, ¿eso es un sí?
Sandra asiente, se deja caer de espaldas sobre el escritorio y se tapa los ojos con el antebrazo.
—Sí, no puedo creer que esto esté pasando otra vez. Sí.
Eso es suficiente para mí. Me inclino y deslizo la lengua de abajo a arriba y, luego, la abro con los pulgares. Quiero ver todas y cada una de las partes de su cuerpo. Probar cada centímetro de ella. Su coño es tan bonito como esperaba, rosa y esponjado, y su aroma me hace querer pasarme aquí todo el día, entre sus piernas. Le cubro la boca con la mano, presto atención a todos los movimientos de sus caderas, a todos los suspiros que salen de su boca, y me adapto a ella. Cuando le introduzco dos dedos, me agarra del pelo y tira de él; oigo unos tenues gemidos mientras disfruto de cada delicado pliegue de su coño y de su sabor.
—¿Cómo haces eso? —gruñe.
Su pelo rubio está esparcido por mi escritorio y con sus puños, enredados en mi pelo, me acerca y me separa de ella.
Río, le succiono el clítoris con los labios y luego saco los dedos y le rodeo el ano con las puntas de los dedos, empapados.
—Oh, oh, oh —gime.
Eleva las caderas del escritorio para escapar de mis dedos, pero las manos enredadas en mi pelo siguen acercándome a ella con firmeza. Le presiono el bajo vientre con una mano para mantenerla quieta, sin permitirle escapar del placer que se acumula. Entonces, le chupo el clítoris con fuerza y deslizo el dedo índice en el interior de su culo. Se corre; cierra las piernas, sus rodillas chocan con fuerza y me entierra los dedos en el cuero cabelludo.
Por mucho que me guste sentir cómo se corre una mujer en mi polla, no hay nada como verla a ella correrse con tu cara hundida en su coño, con la lengua y los dedos dentro de ella. No hay nada como ver cómo mueve las caderas bruscamente y tiene un orgasmo en tu cara.
Ver correrse a Sandra es eso multiplicado por cien. Olerla, probarla, tragarla… Joder. Continúo besándola suavemente mientras se le calma la respiración y relaja las piernas; deja caer las manos de mi cabeza al escritorio. Entonces, la beso en los muslos mientras me dirijo hacia abajo, recojo sus bragas del suelo, le enderezo las piernas y se las pongo.
—Oh, Dios mío. ¿Qué acaba de pasar?
Levanta las caderas, se coloca bien la ropa interior y luego se baja del escritorio.
—Un recordatorio, eso es lo que acaba de pasar —contesto mientras me pongo en pie.
Se le abren mucho los ojos cuando me limpio la boca con la mano y vuelve a sonrojarse. Percibo en sus ojos una mezcla de excitación y mortificación.
—Señor Laurent… —empieza a decir, y yo la interrumpo con una suave risa.
—¿Qué ha pasado con Gabe? —pregunto. Sé que me llamó Gabe la otra noche y ahora me ha llamado señor Laurent dos veces. No me quejo; es un poco sexy.
—Estamos en el trabajo —susurra suavemente, como si alguien más pudiera oírla.
Entonces río en voz alta.
—Eres adorable.
—Estoy trabajando. Oh, Dios. Acabo de acostarme con alguien en el trabajo.
Ahora está hablando consigo misma; estoy muy seguro. No me está mirando. En su lugar, se calza los zapatos y se estira el vestido para alisar el tejido de punto con la palma de las manos varias veces.
—Sexo oral. ¿Eso lo mejora o lo empeora? Oh, Dios mío.
Está sonrojada y da vueltas, con la vista fija en el suelo. Localiza el bloc de notas y el bolígrafo, los recoge y se dispone a salir del despacho. Yo la sigo y coloco la mano en la puerta cuando estira el brazo para agarrar el pomo.
—Espera —digo, y ella se detiene. Le aliso el pelo de «recién follada» con los dedos, se lo aparto de la cara y se lo coloco detrás de los hombros. Me demoro tanto como puedo; siento los mechones suaves entre los dedos—. Cancelarás lo que sea que hayas planeado con Dave.
Quería decirlo en forma de pregunta, pero suena como una aseveración. De repente, su rostro refleja perplejidad, pero enseguida da paso a la determinación. Y entonces dice una palabra antes de abrir la puerta.
—No.