Capítulo 5

Sandra

El aparcacoches se detiene frente a nosotros en un sedán elegante. Es de un color blanco perla, sin una mancha, a pesar de que es invierno. Me pregunto si Gabe lo lava todos los días o si no se ensucia por arte de magia. Gabe me abre la puerta del copiloto y entro, y entonces pienso que una falda corta es incluso más corta cuando estás sentada. Tiro del dobladillo hacia abajo y junto las rodillas mientras Gabe rodea el coche y se coloca tras el volante.

Creo que me está mirando las piernas desnudas. Está en silencio y tiene la cabeza inclinada en mi dirección. Me remuevo un poco en el asiento y me froto los muslos con las manos.

—¿Tienes frío? —pregunta.

—Estoy bien —respondo, pero, por supuesto, en cuanto lo digo siento un ligero escalofrío. Tiro del abrigo con fuerza, pero eso hace que mis piernas queden a la vista otra vez, así que dejo caer las manos sobre el regazo y jugueteo con el dobladillo de la falda.

—Los asientos llevan calefacción incorporada —dice, y pulsa un botón mientras suelta una risa. No sé si se ríe porque he mentido sobre lo de tener frío o por mi evidente incomodidad por la longitud de la falda. Entonces, antes de que pueda seguir pensando, arranca el motor y me pide mi dirección.

—Lo siento —añado tras dársela—. Sé que queda un poco lejos.

Mi casa está a unos once kilómetros del hotel, no está lejos, pero tampoco está cerca. La zona de Filadelfia donde vivo es un área residencial, no tiene rascacielos céntricos. No es tan moderna como el centro de la ciudad, pero incluía plaza de aparcamiento y me daba seguridad. Era una buena transición para mí cuando me mudé de Delaware hace dos años, y me gustaba, así que renové el contrato.

—No hay problema —contesta, y se incorpora a la carretera.

El coche es silencioso, salvo por el clic de los intermitentes cuando esperamos para girar a la izquierda hacia el bulevar de John Fitzgerald Kennedy.

El silencio me está volviendo loca y estoy a punto de soltarle que huele bien, pero me contengo antes de ponerme en ridículo.

—Tu coche huele bien —espeto en su lugar. Vaya, mis habilidades conversacionales son espectaculares—. Quiero decir que tu coche está bien. ¿Qué marca es? —pregunto, apresurada.

—Es un Tesla —responde mirando fugazmente en mi dirección.

—Mola.

—Gracias.

Bueno, esto va bien. Cruzo las piernas sin pensarlo y se me sube la falda hasta casi la entrepierna. Gabe se aclara la garganta mientras yo descruzo las piernas enseguida y tiro bruscamente de la falda para volver a colocarla en su lugar, agradecida de que no pueda ver mis mejillas coloradas en el coche, a oscuras. Joder, debe de pensar que me estoy lanzando a sus brazos. Como si fuera a hacer eso… No. Si un hombre está interesado en mí, me lo hará saber.

Y Gabe nunca se interesará por mí, no de verdad. Puede que nada en absoluto. Tiene prácticamente diez años más que yo. Es casi mi jefe —está por encima de mí, y eso es suficiente. Es guapísimo, en plan, idealmente guapísimo. Y acaba de romper con una modelo. Suspiro. Gabe no es más que una estúpida fantasía.

—¿Va todo bien? —pregunta Gabe, presuntamente respondiendo a mi suspiro—. ¿Qué tal el dolor de cabeza?

Oh, claro. Mi dolor de cabeza. «Gracias, Everly».

—Ah, estoy bien, gracias. —Un momento, ¿acabo de admitir que no me duele la cabeza?—. O sea, me sigue doliendo, claro. El dolor de cabeza no desaparece así como así, a menos que te tomes una aspirina. Y eso es lo que he hecho. Así que dejará de dolerme dentro de nada. —«¡Oh, por Dios, cállate!».

Y eso hago, y el coche vuelve a quedarse en silencio.

—¿Has pasado unas buenas Navidades? —pregunto un momento después, intentando apaciguar la incomodidad de este viaje en coche.

Gabe se encoge de hombros y yo me siento estúpida por preguntar. No es asunto mío. Ni siquiera sé con quién ha pasado las Navidades ni dónde. Sé que es de Ohio —lo mencionó una vez, hace un año, y memoricé el dato—. Fue a Harvard, igual que Sawyer, y luego se mudó a Filadelfia tras terminar el máster para ayudar a Sawyer a dirigir la empresa. Pero más allá de eso, no sé mucho; desconozco cuántos de sus familiares viven todavía en Ohio, si es que tiene.

—He estado con mi familia unos días. Siempre está bien volver a casa.

—¿En Ohio? —pregunto, y de inmediato desearía poder retractarme. No debería saber que es de Ohio; lo mencionó una vez y, bueno, ni siquiera estaba hablando conmigo. Lo escuché por casualidad. Es oficial; soy patética.

Sin embargo, él no parece darse cuenta de mi pregunta de acosadora porque responde que no, que sus padres se mudaron a Savannah hace unos años y que ha ido allí a visitarlos.

—¿Y tú qué? ¿Has pasado unas buenas vacaciones con tu familia?

—Sí, gracias.

—¿Son de aquí? —pregunta, porque, claro, él no me acosa, así que no tiene esa información guardada.

—Soy de Delaware, en la zona de Newmark —respondo. La ciudad está a una hora de Filadelfia.

Entonces, me suena un mensaje en el teléfono e intento abrir el bolso con todas mis fuerzas. Me siento agradecida por esta interrupción. Es Everly.


«¿Ya en casa?».

«No».

«¿Cómo va?».

«Es incómodo».

«Jo, ¿en serio?».

«Va fatal».

«¿Pero casi estás en casa?».

«Seguramente llegue en cinco minutos».


—¿Va todo bien? —pregunta Gabe mientras guardo el móvil en el bolso de mano.

—Sí, bien. Gracias. Mi casa está a la vuelta de la esquina. Gira a la izquierda por la calle Presidential.

Asiente, pero no dice nada.

—La calefacción incorporada de los asientos está bien —comento. Tengo que callarme. Cállate, cállate, cállate.

Nos detenemos en un semáforo y él baja la mirada a mis piernas desnudas en su asiento de cuero caliente y sonríe con suficiencia.

—Suponía que te gustaría —dice.

El semáforo se pone en verde y guío a Gabe hasta mi piso. Aparca en un hueco que hay frente al edificio.

—Gracias otra vez, gracias. Por traerme. —«Qué bien balbuceas, Sandra»—. ¡Pues eso, gracias! —añado, abro la puerta y la cierro cuando salgo. Llego a la parte delantera del coche y entonces oigo que otra puerta se cierra y veo a Gabe, que también se dirige hacia la parte delantera.

—¿Qué hace?

—Acompañarte hasta la puerta —dice con una sonrisa—. Es tarde y está oscuro —añade, mirando alrededor.

Por supuesto. Claro que iba a hacerlo. Asiento y empiezo a caminar; sus pasos sólidos y tranquilizadores resuenan a mis espaldas. Han echado sal en las aceras por el frío y se oye un crujido cuando piso los granos con los tacones. Se me están congelando las piernas. Realmente echo de menos los pantalones que llevaba puestos cuando he salido de casa. Llego a la puerta y saco la llave.

—Aquí es —digo, y meto la llave en la cerradura.

Me giro y lo veo ahí, de pie, con las manos en los bolsillos del abrigo, en silencio. Mmm, ¿qué más se supone que tengo que decir? Él eleva una ceja. Tiene un aspecto incluso más adorable cuando lo hace, con las gafas puestas, pero no dice nada. Se produce un silencio incómodo que se alarga un millón de años. ¿A qué espera? Ah, debería darle las gracias.

—Gracias por acompañarme hasta la puerta —digo, y levanto el pulgar—. Pues eso, gracias. Buenas noches —añado, y entonces entro y cierro la puerta.

Soy una idiota. Han sido los diez minutos más vergonzosos de mi vida.

Me desplomo contra la puerta y dejo caer la cabeza entre las manos. ¿Qué pensaba que iba a pasar? ¿Que se invitaría a sí mismo a entrar en mi casa? ¿Que me besaría? ¿Que me tumbaría sobre el sofá y me follaría como ponía en el estúpido cuestionario porque él siente lo mismo que yo?

Era poco probable, tonta. Suspiro y me separo de la puerta, cuelgo el abrigo en el armario del vestíbulo y camino hacia la cocina. Menos mal que compré helado cuando fui al supermercado el otro día. Creo que tengo de chocolate con nueces y malvavisco. Y de fresa. «Puede que coma de los dos», pienso con una actitud desafiante mientras me quito los tacones delante de la nevera. Tengo la mano en el bote de helado de fresa cuando llaman al timbre.

Dejo el helado y camino descalza hacia la puerta. «¿De verdad acaba de llamar alguien al timbre o me lo he imaginado?», me pregunto mientras echo un vistazo por la mirilla.

No estoy loca. Gabe sigue de pie delante de mi puerta.

El corazón me late con fuerza en el pecho. Oh, Dios mío. Gabe Laurent está en mi puerta. Porque no se ha marchado después de que la cerrara. Lo cual solo quiere decir una cosa; hasta yo lo sé.

Abro la puerta. Tiene un brazo apoyado en el marco de la puerta y está en silencio mientras lo contemplo. Es unos centímetros más alto que yo ahora que no llevo tacones. Gabe entra y me atrae hacia él mientras cierra la puerta de una patada. No dice ni una palabra; en su lugar, me agarra bruscamente por la nuca e inclina la cabeza para besarme en la boca. Sus labios son justo como me los imaginaba. Suaves y, al mismo tiempo, agresivos. Exigentes. Suena el pestillo de la puerta y, entonces, su otra mano aterriza en mi cadera y me guía de espaldas hacia la habitación.

—Desnúdate —ordena, y se separa de mí.

Sigo inclinada hacia delante; mi mente todavía intenta procesar el hecho de que sus labios se han separado de los míos.

—¿Qué?

—Quítate la ropa —exige, y sacude los hombros para quitarse el abrigo. No aparta los ojos de los míos cuando lo tira encima del respaldo del sofá.

Dudo mientras echo un vistazo a mi atuendo. No hay mucha diferencia entre vestir esta ropa y estar completamente desnuda. La única ropa interior que llevo puesta son unas bragas negras; el sujetador se quedó con la camisa y los pantalones cuando Everly me hizo este cambio de imagen fiestero.

—¿Quieres que me vaya, Sandra?

Toqueteo el botón de mi chaqueta. ¿Quiero que se vaya?

—¿Quieres algo de beber? —pregunto en lugar de responder, y aparto la vista de él hacia la cocina. ¿Acaso tengo algo que ofrecer a Gabe? Una botella abierta de vino o un refresco bajo en calorías. Es poco probable que quiera algo de eso.

—No. —Niega con la cabeza y esboza una sonrisa mientras se afloja el nudo de la corbata—. No. No me apetece beber nada.

Trago saliva y asiento. Esto es real. Está pasando de verdad. Gabe me desea. No es un producto de mi imaginación. «Es el momento de darlo todo, Sandra».

Me desabrocho el botón de la chaqueta, que se desliza por mis hombros, y la dejo caer al suelo, detrás de mí. Miro a Gabe rápidamente para observar su reacción. Se frota el labio inferior con el pulgar y el índice y asiente ligeramente, una silenciosa señal para que continúe. Tomo aire y, con los pulgares, deslizo la falda por las caderas hasta que también cae al suelo, junto con la chaqueta. Lo único que llevo puesto son las bragas.

—No pares —dice, a unos cuantos centímetros de mí, con los ojos fijos en los míos. Sigue totalmente vestido y hace que me sienta sucia en el mejor de los sentidos.

Me muerdo el labio inferior y engancho las bragas con los pulgares. No son muy sofisticadas —son de algodón negro y tienen encaje en la pretina—, pero no voy a pensármelo demasiado porque no creo que a él le importe; solo quiere que me las quite. Las bajo hasta la mitad del muslo con ambas manos, luego sigo con una, saco un pie y, después, el otro, hasta que quedan colgando de los dedos de una mano. Las suelto e intento reprimir el escalofrío que quiere recorrerme el cuerpo, tanto por los nervios como por la temperatura del piso.

Gabe se acerca al acecho. No hay otra forma de describirlo. Está solo a unos pasos, pero se toma su tiempo. Me alcanza y me aparta el pelo del hombro, luego se inclina hacia delante y me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Apoya la mano en mi cintura y extiende los dedos sobre la parte superior de mis nalgas. Hace que me moje al instante, lo cual es ridículo, pero cierto al mismo tiempo. Nunca he estado tan preparada para la acción tan rápido. Tengo los pezones duros. Presionan contra la tela de su chaqueta. Me alegro de que esta no sea la que viste para ir a la oficina, de lo contrario, tendría que dimitir. Estoy segura de que con solo verla un martes me haría babear en el escritorio.

—Dime qué quieres y lo haré realidad —me dice al oído antes de llevar los labios a mi mandíbula.

—Lo quiero todo —respondo con atrevimiento. Y, seamos sinceros, ¿Gabe Laurent en mi piso? Puede que esto nunca se repita. Quiero experimentar todo lo que me pueda ofrecer.

Él ríe suavemente.

—Ten cuidado con lo que deseas, Sandra —responde. Luego, desliza la mano apoyada en la parte baja de mi espalda, me mete el índice entre las nalgas y lo desliza hacia delante y hacia atrás. Con la ayuda del pulgar, mantiene la mano fija, y el resto de los dedos se hunden en mi carne.

Me estremezco durante un segundo, sorprendida por sus caricias atrevidas, pero entonces me relajo y me coloca las manos en su pecho. Desliza mis palmas por la tela de su chaqueta. Me gusta la sensación: es suave y, al mismo tiempo, firme, y siento su fuerza bajo las capas de tela.

—Quiero lo que tú quieras —respondo, y me pego más a él.

Gabe me sostiene por las nalgas y me eleva hasta que le rodeo la cintura con las piernas, agradecida por primera vez en mi vida de tenerlas tan largas. Me restriego contra él y, entonces, me detengo en seco.

—¿Qué pasa? —pregunta, e interrumpe lo que me estaba haciendo en el cuello.

—Nada —miento mientras me mantengo quieta. No es fácil.

Gabe me pellizca el culo con fuerza, me sostiene la barbilla con la otra mano y la gira hacia él. El pellizco duele, y hace que me ponga todavía más húmeda. Me mantengo rígida entre sus brazos, intentando mantener el equilibrio para evitar frotar mi cuerpo contra el suyo.

—¿Qué pasa? —exige saber otra vez con tono firme.

—No quiero mojarte la chaqueta —digo, y desvío la mirada de sus ojos.

Él hace una pausa para asimilar lo que he dicho. Por el rabillo del ojo, veo que sus labios se curvan. Le hace gracia. Entonces dice:

—¿Te da vergüenza? —Me encojo de hombros—. Eres deliciosa, Sandra.

¿Lo soy?

Gabe coloca un brazo en mi espalda, apoya la mano en la nuca y me engancha, dejando claro que le da igual su chaqueta. Aún noto la sonrisa que tiene en la cara cuando vuelve a besarme, así que me olvido de la limpieza en seco, aprieto los tobillos contra su espalda y me muevo contra él sin vergüenza alguna. Gabe empieza a caminar y el simple movimiento de sus pasos me hace rebotar tanto contra su cuerpo que podría correrme así si el camino hasta mi cama fuera más largo.

Encuentra mi dormitorio —una de las dos habitaciones con la puerta abierta del piso; la otra es el baño— y se inclina sobre la cama hasta que lo suelto. Me arrastro al centro del colchón, cruzo los tobillos y siento que, al menos, eso me hace parecer un poco más recatada. Veo como se gira y se quita la chaqueta. Creo que está buscando un lugar donde dejarla en mi pequeña habitación —un perchero o una silla, aunque no tengo ninguna de esas dos cosas en este espacio limitado—, pero no es así. Está buscando el interruptor de la luz. Me doy cuenta cuando fija la vista en él y lo pulsa.

Lo miro a él y al plafón del techo. ¿Quiero hacerlo con la luz encendida? Por una parte, así lo veo a él; pero por otra parte, así me ve él a mí. Debe de notar que dudo porque usa el regulador de intensidad de la luz —gracias a Dios que tengo uno— y la reduce ligeramente.

—¿Te pongo nerviosa, Sandra? —pregunta desde el marco de la puerta mientras se afloja la corbata.

—Un poco —admito—, pero en el buen sentido.

—¿En el buen sentido?

—En un sentido excitante —respondo.

Se desabrocha la camisa.

—¿En un sentido sexual?

Asiento.

—En el sentido de «apuesto a que sabes lo que haces».

—¿Y tú? ¿Sabes lo que haces? —pregunta, con las cejas levantadas.

—Probablemente no tanto como tú —confieso y, entonces, hago una pausa. Eso ha sonado un poco sentencioso, creo, y frunce el ceño, pero ríe.

—Probablemente no —coincide conmigo, y se baja la cremallera de los pantalones.

Se le deslizan por las caderas y la saliva se acumula en mi lengua mientras lo contemplo. Su cuerpo es exactamente como me lo había imaginado escondido bajo la ropa —perfectamente definido, y tiene el pecho ancho y los brazos musculosos—. La vena de su antebrazo me llama la atención cuando coloca las manos en la banda elástica de los calzoncillos. Tiene unas caderas esbeltas y, Dios, esa V que tienen los tíos. Bueno, no todos los tíos. Ninguno de los chicos con los que he estado la tenía. Pero Gabe sí, acompañada por un vientre plano y una pizca de vello que desciende hasta el interior de los calzoncillos que se le deslizan por las caderas en estos instantes.