Capítulo 1
Sandra
A veces las reuniones de empresa son aburridas. Intento no perder la motivación porque me tomo en serio mi trabajo en Clemens Corporation y me siento agradecida por tener uno. Tiendo a tomarme la mayoría de las cosas en serio, sobre todo el trabajo.
Soy la asistente del director ejecutivo. Es muy gratificante. Confía en mí. Me necesita. El señor Camden depende de mí, y yo nunca lo decepciono. Eso dice él. «Sandra, nunca me decepcionas». Me adelanto a sus necesidades. Me ofrece información confidencial que algunos de los superiores ni siquiera llegan a ver. Soy puntual. Formo parte del equipo.
Por eso intento prestar atención durante las reuniones, incluso en las que son aburridísimas. Trato de mantener la vista fija donde debe estar: en el ponente.
Hoy Gabe Laurent no es el ponente, así que debería dejar de lanzarle miradas furtivas cada medio minuto. Debería parar. Afortunadamente, está sentado al lado de mi jefe, Sawyer Camden. Puedo fingir que me estoy asegurando de que el señor Camden no me necesita si me pillan mirando en esa dirección, cosa que no han hecho porque se me da muy bien lanzar miradas furtivas a Gabe Laurent.
Al menos no me estoy quedando dormida. Eso sería peor que el hecho de que me pillaran mirando fijamente a la persona por la que estoy colada en secreto. Mi compañero de trabajo, Preston, no está aguantando tan bien la reunión. Le doy un codazo por debajo de la mesa y abre los ojos de inmediato. Pestañea y suspira, y entonces se reincorpora en su asiento, justo a mi lado, revuelve unos documentos que tiene delante y escribe una nota en uno de ellos.
Está fingiendo. No necesito mirar para saber que la supuesta nota es un garabato. Hemos trabajado juntos durante un año y somos amigos desde hace casi el mismo tiempo. Estoy segura de que está dibujando o escribiendo la lista de la compra.
Nos han pasado una encuesta sobre las reuniones que hemos tenido hoy. Es anónima; quieren comentarios sinceros sobre la presentación y saber qué nos ha parecido útil y qué puede mejorarse. Yo ya la he rellenado, y he incluido ejemplos. También he resumido la reunión en mi libreta personal. No es que tenga que hacerlo ni que nadie vaya a pedirme mis notas, pero lo he hecho de todos modos. Es importante ser riguroso.
Preston ha puntuado a cada ponente con un sistema de estrellas. En algunos ha escrito «Por favor, cállate» al lado de la puntuación. Observo cuidadosamente su encuesta. Por lo visto, ha dejado de lado la que nos han dado y está haciendo la suya propia. Por primera vez en algo más de una hora lo veo escribir con el bolígrafo en el papel.
Vuelvo a echar un vistazo a Gabe. Incluso él parece un poco aburrido, la verdad. Estamos en el auditorio Langdom. Esta sala de reuniones tiene gradas, ideales para las presentaciones. Hay una pantalla de último modelo que ocupa toda la parte frontal de la estancia. Cuenta con un aforo para doscientas personas, con asientos dispuestos en fila, para que todos tengan una buena vista de la pantalla y del ponente. La acústica es ideal, los asientos son ergonómicos y todos tienen un escritorio delante con enchufes. Pero lo mejor de esta sala de reuniones son las vistas de Gabe. Siempre se sienta en primera fila, al lado de Sawyer. Yo siempre me siento detrás de él, dos filas más arriba y un asiento a la izquierda o a la derecha, perfecto para las miraditas furtivas. Y mi evaluación furtiva de la situación es que Gabe está aburrido.
Lo determino por las miradas ocasionales a su reloj, la forma en que apoya la cabeza en la yema de los dedos, con el codo doblado en la mesa frente a él. Muestra interés en la presentación. Parece absorto en ella. Sin embargo, he estado estudiando a Gabe desde hace mucho tiempo y sé que está aburrido. Se inclina y le dice algo a mi jefe, que asiente y sonríe a modo de respuesta.
Gabe Laurent es ideal. Bueno, el hombre ideal para mí. Muy por encima de mis posibilidades. Y completamente fuera de mi alcance. A ver, no es que sea mi jefe, pero es uno de los jefes. Es el director financiero de Clemens Corporation y también la mano derecha de mi jefe y su mejor amigo. Se graduaron juntos en Harvard y, entonces, Gabe hizo un máster en Finanzas en Princeton, mientras Sawyer creaba la empresa. Un año después, Gabe y Sawyer se convirtieron en socios, y Gabe pasó a ser copropietario de la empresa. Han tenido un gran éxito y ya eran millonarios a los veinticinco. Durante la década siguiente, su éxito no dejó de aumentar al mismo tiempo que se convertían en los solteros más codiciados de Filadelfia y, quizá, de toda la costa este. Al parecer están contentos con ir de flor en flor y evitar sentar la cabeza, aunque sospecho que mi jefe está listo para eliminar todos los números de teléfono de chicas de su agenda. Una universitaria de veintidós años, Everly Jensen, se ha convertido en lo único a lo que presta atención últimamente.
Me pone la inteligencia. A veces, Gabe lleva esas gafas de pasta que parecen un poco de empollón, muy a lo Clark Kent. Siempre estoy a punto de distraerme cuando lo observo. Y no me gusta que me distraigan. La concentración es lo mío. Soy Sandra, una chica centrada y responsable.
Hoy las lleva puestas. O las llevaba. Ahora mismo le cuelgan de la mano y tiene la parte curvada de una de las patillas apoyada en el labio. Sus labios son perfectos. Carnosos. Lisos. Suaves. No sé con certeza si son suaves, pero estoy segura de que, si tuviera la oportunidad de comprobarlo, estaría en lo cierto.
Preston me saca de mi ensimismamiento cuando coloca frente a mí la hoja en la que ha estado garabateando. Bajo la vista y la coloco en el centro de mi propia pila de papeles. Entonces, los agarro todos y los golpeo contra el escritorio para asegurarme de que la pila tiene un aspecto uniforme antes de colocarla en el centro de la mesa otra vez. Luego cojo mi bolígrafo, lista para anotar cosas en lo que sea que me acaba de pasar.
Miro dos frases y dejo de leer. Niego con la cabeza mientras le deslizo el papel. Preston me detiene apoyando la palma de la mano sobre la hoja. Me deja claro que bajo ningún concepto quiere que le devuelva la encuesta. Sin embargo, el golpe es lo bastante sonoro para captar la atención de Gabe, que se ha girado a medias. Posa los ojos en los míos y me quedo paralizada. Me sonríe. Bajo la vista al escritorio como si mi vida dependiera de ello.
Preston desliza la encuesta en mi dirección de nuevo con la yema de un dedo, satisfecho de haber ganado esta batalla. Odio montar escándalos. Es humillante. Y poco profesional. Y yo soy muy, muy profesional. Razón por la que no quiero tener nada que ver con la encuesta de Preston. Ha copiado y editado la encuesta de la empresa que estamos haciendo, y ha escrito lo siguiente:
Gracias por venir a esta mierda de reunión tan aburrida. Por favor, entretenme haciendo este cuestionario sobre sexo. Agradezco que respondas con sinceridad.
1) En una escala del 1 al 5, ¿hay alguien en esta habitación con quien te acostarías?
2) ¿Quién es? ¡Esto es anónimo, así que responde con franqueza!
3) Por favor, comparte tu opinión sobre las posiciones en las que estás interesada.
4) Si has respondido «todas», ¿está incluido el sexo anal?
5) ¿Sabe esa persona que quieres practicar sexo anal con ella?
Preston me da una patada y yo suspiro. Sin embargo, tomo el bolígrafo.
1) 5.
2) Gabe Laurent.
3) Todas.
4) ¿Quizá?
5) ¡¡No!!
—¿Sandra?
Levanto la vista al oír mi nombre y me encuentro con mi jefe, Sawyer, al final del pasillo. Me levanto y camino hacia él para ver qué necesita.
—¿Te ha dado Wilson una respuesta sobre las fechas del lanzamiento en Berlín?
—No, todavía no.
—¿Podrías salir un momento y llamar? —me pide—. Diles que necesitamos una respuesta antes de que acabe el día si lo quieren a tiempo para el segundo trimestre fiscal.
—Claro —respondo, asintiendo con la cabeza—. Lo hago ahora mismo.
—Gracias, Sandra —contesta con un gesto de aprobación mientras se dirige a su asiento en la primera fila y yo salgo de la sala sin hacer ruido.
Muevo los hombros y disfruto del silencio del vestíbulo después de haber estado enjaulada en salas de reuniones toda la mañana. Me sienta bien relajarme un poco mientras subo en ascensor a mi escritorio. Hago la llamada, recibo las respuestas que Sawyer necesita, le envío un correo para ponerlo al día y entonces vuelvo a la sala justo cuando ellos hacen una pausa para el almuerzo.
Al llegar a la puerta, Preston Sale, me agarra del brazo y me lleva de vuelta a los ascensores.
—Comida, ahora —ordena—. Me muero de hambre.
—Te has comido dos magdalenas de arándanos durante la reunión —señalo.
Se encoge de hombros.
—He hecho ejercicio esta mañana. Necesitaba un poco de energía.
—Nunca haces ejercicio por la mañana. Si siempre llegas puntual por los pelos.
—Sexo, Sandra. Ese ha sido el ejercicio que he hecho —contesta, y aprieta el botón de bajada con el dedo—. Liam está intentando hacerme un bombo.
—¿Mmm? —suelto, sorprendida. Preston es gay, así que las cosas no funcionan así exactamente.
—Hemos iniciado el proceso de adopción. —Preston sonríe—. Pero ¿por qué deberíamos privarnos de la parte divertida? —Continúa sin esperar una respuesta—: Hemos planificado los próximos cinco años. Bueno, en realidad, los próximos veinte. Queremos dos hijos antes de cumplir los cuarenta para que ya estén en la universidad antes de que tengamos sesenta. Entonces podremos viajar a todos los lugares que queremos ver antes de ser demasiado viejos.
Vaya. Preston solo es tres años mayor que yo y tiene claro lo que quiere hacer con su vida. Conoció a Liam a los veinticinco y se casaron un año después. Según sus propias palabras, fue la mejor boda de todos los tiempos. Yo no asistí —se casaron antes de que nos conociéramos—, pero he visto la boda. Salió en uno de esos reality shows sobre bodas que me encantaba ver. Y no exagera; fue una boda increíble. En fin, Preston tiene claro lo que quiere hacer con su vida y yo compro raciones individuales de platos precocinados congelados.
Tengo veintiséis años y me siento satisfecha con mi trabajo —incluso realizada—, pero mi vida personal está lejos de ser satisfactoria. Me mudé a Filadelfia desde Delaware hace dos años, cuando conseguí el trabajo en Clemens Corporation. Fue un alivio alejarme de casa. Lo necesitaba, y Filadelfia era un lugar ideal para empezar de nuevo.
Me arriesgué, encontré un piso y traté de buscar pareja en una nueva ciudad. Pero han pasado dos años y sigo sola.
Sola y languideciendo por Gabe Laurent en secreto.
Es una estupidez. Está tan fuera de mi alcance…
Preston y yo llegamos a la cafetería de los empleados junto con todos los demás. Es gratis, una de las muchas ventajas de trabajar en Clemens. Charlamos sobre las vacaciones, mis planes de ir a Delaware el día de Navidad y los planes de Preston de viajar con Liam a Los Ángeles a visitar a sus padres.
—¿Seguro que no puedes volver antes de Los Ángeles para no perderte la fiesta de Nochevieja de la empresa? —pregunto—. No será lo mismo sin ti.
—Lo sé, tienes razón, pero no. No pienso volver a Filadelfia un día antes de lo necesario con el mal tiempo que hace.
Suspiro. Lo entiendo perfectamente. Terminamos el almuerzo, recogemos las bandejas y, luego, volvemos al auditorio para la sesión de la tarde.
—Despiértame si me duermo —me dice Preston, que se deja caer en la silla—. No debería haber comido carbohidratos —añade con un bostezo.
—Estaré atenta —le aseguro mientras ordeno los papeles que tengo delante de mí y me preparo para la sesión que está a punto de empezar.
Levanto la vista a tiempo para ver a Gabe entrar por la puerta. Es como si tuviera un sentido arácnido cuando está cerca de mí. Siempre tengo la vista fija en el lugar oportuno en el momento oportuno cuando se trata de Gabe.
Lleva unos pantalones negros y un jersey azul. Parece de cachemira. «Mataría por acariciarlo con los dedos y averiguarlo», pienso mientras uno de los becarios del departamento de marketing le entrega una pila de papeles. Parecen las encuestas de las reuniones de esta mañana. Bajo la vista a mis papeles en busca de la mía. Oh, maldita sea, espero que esté por aquí. Me he esforzado mucho en dar unas respuestas meditadas y detalladas.
—¿Han recogido las encuestas antes del almuerzo? —pregunto a Preston, mirando en su dirección.
Él levanta la vista del teléfono y niega con la cabeza.
—Nop. Probablemente las hayan recogido mientras estábamos almorzando.
—Ah, vale, bien. La mía debería de estar ahí, entonces —digo, y compruebo que no está en mi pila de hojas. La dejé en la parte de arriba, ¿no? Rebusco entre los papeles para asegurarme de que la han recogido. No tenía ni idea de que eran para Gabe, así que estoy muy contenta de haber sido tan meticulosa con mis respuestas.
Espera.
Espera, espera, espera.
—¡Preston! —susurro, presa del pánico, mientras mi mente se acelera. El cuestionario sexual que ha escrito Preston. ¿Dónde lo he dejado? Lo tenía en la mano cuando Sawyer me pidió que fuera a llamar…
—¿Qué? —pregunta Preston, que deja el teléfono sobre la mesa y consulta el orden del día para ver a quién le toca.
—¿Dónde está el cuestionario ese que me has pasado? ¿Lo tienes tú?
Estoy temblando mientras rebusco entre los papeles una vez más.
—No, no me lo has llegado a devolver.
—Lo sé, pero ¿no lo has cogido cuando me he ido? ¿Estás seguro? —He entrado en modo pánico total.
—No, Sandy. No lo tengo —contesta despacio mientras niega con la cabeza—. Lo escribí detrás de mi encuesta. Deben de haberlo recogido con los demás.
Debo de estar completamente pálida porque Preston abre mucho los ojos y se endereza en la silla.
—No pasa nada. No ponía tu nombre. Las encuestas son anónimas, ¿recuerdas? Tampoco pone mi nombre.
Ojeo los dos papeles que hay frente a Preston de todas formas. No está ahí. Cierro los ojos y contemplo mis opciones. Podría mudarme a Delaware. Unirme al Cuerpo de Paz.
—¿Qué nombre has escrito? —susurra Preston.
Giro la cabeza, poso los ojos en él y, entonces, dirijo una rápida mirada a Gabe, que está a unos centímetros de nosotros, en primera fila.
—¡Lo sabía! —se jacta Preston, que se da una palmada en el muslo. Esboza una sonrisa de oreja a oreja y me guiña un ojo—. Es ideal —dice mientras repasa el cuerpo de Gabe con una expresión de admiración.
No es nada nuevo. Puede que Preston sea la única persona que mira el culo de Gabe con más frecuencia que yo.
—Estás casado, Preston —le recuerdo—. Y Gabe es tu jefe. —Preston es su asistente.
—Sí, sí.
Los dos observamos a Gabe dejar la pila de papeles en la mesa que tiene delante. Ahora lo veo claramente: son las encuestas de esta mañana.
—Puede que sea un poquito demasiado para ti —dice Preston.
—Gracias. Muchas gracias. —Observo a Gabe, que se da la vuelta y se sienta. Esos malditos pantalones le quedan a la perfección.
—¡Lo siento! Solo quería decir que es un poco mayor para ti.
Me encojo de hombros. Gabe es un poquito demasiado para mí. Es el director financiero de la empresa en la que trabajo, el mejor amigo de mi jefe y casi diez años mayor que yo. Y, además, es insoportablemente guapo. Contemplo lo bien que le sienta el suéter, con esos hombros anchos, cuando se inclina hacia delante para coger una botella de agua y casi consigo olvidarme del hecho de que he rellenado un cuestionario sexual pueril en el que he escrito que el segundo al mando de la empresa es la persona con la que más me gustaría hacerlo.
—Apuesto a que te lo haría pasar en grande —susurra Preston.
Niego con la cabeza.
—Si no fuera la asistente de Sawyer, Gabe no sabría ni cómo me llamo.
Gabe se lleva la botella a los labios y noto cómo me humedezco cuando la inclina hacia atrás y da un trago; los músculos del cuello se le mueven cuando traga. Sacudo la cabeza para salir del trance inducido por Gabe y poso la vista en la mesa.
—No pone tu nombre —me recuerda Preston en un tenue susurro, y me da unas palmaditas en la espalda mientras el departamento de informática comienza la presentación—. Puede que ni siquiera dé la vuelta a la hoja —intenta tranquilizarme de nuevo cuando me quedo completamente muda.
El ponente de la tarde habla y habla sin parar, y, por una vez, no presto atención ni tomo notas. El corazón me late desbocado. ¿Cómo puedo haber sido tan poco profesional? Sé que Sawyer me distrajo cuando me llamó para preguntarme por el proyecto de Berlín, pero, aun así, resulta inaceptable. No debería haber soltado nunca ese papel.
Pasamos la siguiente hora observando a Gabe ojear las encuestas. Siento que me muero un poco por dentro cada vez que coloca bocabajo una de las que ya ha leído. Verá que hay algo escrito en la parte de atrás de la de Preston cuando le dé la vuelta. Mi jefe está sentado a su lado. ¿Y si se la enseña a Sawyer? Me moriré. Se me revuelve el estómago y considero marcharme temprano. Pero no. No puedo hacer eso. Tengo trabajo pendiente y puede que Sawyer me necesite para algo, y, a pesar del cuestionario sexual de hoy, soy una profesional.
Gabe le da la vuelta a la siguiente encuesta.
Hay algo escrito detrás.
Estoy sentada a dos filas de distancia y no leo lo que pone, pero, a juzgar por la forma en que la letra llena la hoja, sé que es el cuestionario sexual de Preston.
El móvil de Gabe, que está bocarriba encima de la mesa, se ilumina. Alguien lo está llamando, aunque lo tiene en silencio. No estoy segura de si mira quién lo llama, pero Gabe pulsa el botón de ignorar y levanta la encuesta de Preston.
Veo que se frota la barbilla con el pulgar y el índice mientras escudriña la hoja.
Noto el momento en que se da cuenta; el músculo bajo la sien derecha se le eleva cuando inclina el cuello ligeramente para acercarse más al papel, mientras lee.
Y entonces observo cómo dobla la hoja dos veces por la mitad antes de levantarse lo bastante de la silla como para guardárselo en el bolsillo trasero del pantalón.
Estoy muerta. Esto es lo que debe de sentirse cuando te mueres.