DE LA PRIMERA APARICIÓN DE LOS SUPER-HÉROES QUE INTERRUMPEN LA PECAMINOSA Y AGRADABLE PRÁCTICA EN LA CÁLIDA HORA DE LA SIESTA.

Al comienzo de una tarde, a la hora de la siesta, cuando nadie perturba la paz de los habitantes, aparecieron, por primera vez en el territorio de Agreste, seres de otros planetas.

El comercio sólo abre por fuerza de hábito, para cumplir un horario —de ocho a doce, de catorce a dieciocho— pero sólo en el almacén de Plínio Xavier hay cierto movimiento que no deja de ser sospechoso. Dos o tres veces por semana, a la hora en que no hay clientes, el comerciante de productos alimenticios, respetable ciudadano, casado y padre de familia, escondido detrás de los fardos de tasajo, se ocupa en meter las manos bajo la pollera de Cinira, la solterona, tocándole las partes pudendas, con la punta de los dedos. Ella se da vuelta hacia los estantes y se hace la que no ve ni siente nada; pero abre las piernas para facilitar la operación. Plínio Xavier también actúa en silencio, y el rostro se llena de sudor. De repente Cinira suspira hondo, se estremece, y dirige su mano hacia donde sabe que está la ansiada arma, fuera del pantalón. La aprieta fuerte y sale a la carrera.

Aquel día, al llegar al suspiro y al estremecimiento, un abominable y siniestro ruido estalló en la calle e interrumpió bruscamente la deliciosa práctica. En plena huida por la acera, la solterona no pudo contener el terror y sofocar un grito: una desconocida y monstruosa máquina que rugía se le venía encima, tenía unas inmensas ruedas que se hundían en el suelo. A través de caños y orificios lanzaba un humo pestilente y de repente emitió unos sonidos lacerantes, jamás oídos allí. Plínio Xavier, mientras abrochaba el último botón de su bragueta, llegó hasta la puerta justo a tiempo para ver al estrambótico vehículo que pasaba frente al almacén y que conducía seres indescriptibles en su interior, hombre y mujer según parecía, si bien no se diferenciaban mucho uno del otro en los atributos y trajes espaciales, que eran idénticos.

Hacía pocos días que habían llegado rumores de Mangue Seco, según los cuales los pescadores afirmaban haber visto un objeto no identificado que llegó del mar y en él desapareció después de sobrevolar la playa y el cocotal. Pero no por eso, el pueblo estaba preparado. La conmoción fue inmensa.

DE LA NAVE EN LA PLAZA DE LA MATRIZ CUANDO SE ESTABLECEN LOS PRIMEROS CONTACTOS ENTRE LOS SUPER-HÉROES Y LOS SERES HUMANOS, CON REFERENCIAS A HOTELES Y ASFALTO, MIENTRAS MISS VENUS MIRA A TODOS LOS HOMBRES, INCLUYENDO, A DON MANUEL PORTUGUÉS.

La Plaza de la Matriz estaba desierta y silenciosa cuando allí se detuvo la nave, en un espantoso clamor de gases sueltos y un ser, probablemente macho —hubo quien discutió el sexo debido a sus cabellos largos que sobraban del casco y a las ojeras violetas— bajó saltando por encima de la puerta de la extravagante máquina, miró a su alrededor y no vio a nadie. Usaba unos guantes gruesos de exótico material. Lucía una vestimenta flamante, era una especie de mameluco con cierres relámpago y bolsillos en piernas y brazos, lleno de tachas de metal que refulgían. Una observación más detallada demostró que se trataba de pantalón y amplia camisa y que los bolsillos estaban repletos de objetos extraños, como armas mortales e imprevisibles. El ser hembra, vestido de manera absolutamente igual, sin otra diferencia que el volumen del busto, se quitó el casco y se mostró despampanante. Se quitó los guantes y con sus largos dedos se arregló la cabellera colorada no más larga que la del compañero —con una banda platinada en el centro que denunciaba su origen venusino o carioca, de cualquier forma, apasionante.

Osnar observaba estupefacto, escondido en el bar; sólo estaban presentes don Manuel Portugués y él.

—¡Oh! ¡Almirante luso! Ven a ver lo que yo veo y dime si es verdad o si me volví loco. Ayer bebí demasiado en lo de Zuleika.

Don Manuel dejó los vasos que estaba enjuagando —saca bien la roña, Vasco da Gama, le decía Aminthas señalando la mugre de platos, vasos y cubiertos—, y fue hasta la puerta. Abrió la boca y se rascó el mentón:

—¿Quiénes son esos beduinos?

—Tanto habló Ascanio de los turistas que terminaron apareciendo… —arriesgó Osnar—. A no ser que sean los tripulantes del plato volador de Mangue Seco.

El ser probablemente macho al comprobar la ausencia de terráqueos, retornó a la nave, la venusina se puso los guantes; recomenzaron los abominables y siniestros ruidos, el humo negro brotó de caños y orificios, el vehículo decoló de un salto y se perdió en un callejón. Durante un momento se oyó en el pueblo ese barullo, que despertó con susto a los que dormían la siestita como Edmundo Ribeiro, el recolector, y el árabe Chalita; muchos habitantes, sorprendidos y asombrados, se asomaron a la puerta de sus casas. Hubo comerciantes que cerraron las puertas de su comercio o almacén, quién sabe si no era Lampiao[33] que volvía del infierno, motorizado. Lampiao nunca estuvo en Agreste, pero cierta vez anduvo cerca, a tres leguas de distancia, el hecho es recordado hasta hoy.

Luego de recorrer calles y callejuelas, los súperhéroes retornaron a la Plaza de la Matriz y volvieron a aterrizar. Ascanio Trindade que los había visto desde la ventana de la Municipalidad, bajó corriendo la escalera para irles al encuentro. Osnar había hablado de turistas burlándose de su amigo, pero Ascanio, si lo hubiese oído, habría aprobado: turistas, ¿por qué no? Serían los primeros que aceptaban la invitación redactada por él (con la preciosa ayuda de doña Carmosina) y enviada al diario A Tarde, de la capital, donde sugería a los turistas que se «hicieran una escapada desde Salvador hasta la ciudad más saludable del Estado, Sant’Ana do Agreste, para conocer la playa más linda del mundo, la playa de las dunas de Mangue Seco». La gaceta había publicado la carta en la columna de los lectores, haciendo referencia, en una pequeña nota de la redacción, al pésimo estado de los caminos, lo cual impedía aceptar la invitación. Ninguna persona en sus cabales se animaría a arriesgar la suerte de su automóvil en los cráteres de la ruta, que cada vez tiene más pozos, sólo por conocer Agreste, «rincón realmente paradisíaco». Quien saliese ileso de semejante prueba, todavía debía enfrentar los «indescriptibles cincuenta kilómetros de barro, a partir de Esplanada».

Ascanio ensaya una sonrisa en su rostro, en general serio: aunque la ruta está llena de cráteres y de yapa están los cuarenta y ocho kilómetros —cuarenta y ocho y no cincuenta— fatales, igual surgen corajudos dispuestos a aceptar la invitación.

Llenos de polvo, sudados, los extraños seres saludaban con gestos cordiales y amables. La hembra agitaba su enorme pata de cuero.

—Buenas tardes… ¡Bienvenidos sean a Agreste! —saludó Ascanio alegremente.

¡Bonjour, frère! —respondió el espacial, sacándose un guante para tomar un pañuelo de color lila y secarse el sudor de la cara—. ¡Qué calorcito! ¿eh?

—Dentro de poco refresca. Después de las cuatro, las tardes son fresquísimas, de noche hasta hace frío. Es un clima seco, ideal. —Ascanio Trindade inicia su pregón.

—Voy a creer todo lo que me digas, amor, si me consigues algo para beber… —la voz del ser hembra se deshace en promesas.

—Con mucho gusto, lo que quieran. Vamos al bar.

Desde la mesa, Osnar comprueba:

—Vienen hacia acá, almirante. Sujétame porque soy capaz de perder el juicio y agarrar a ese bombón aquí mismo. Siempre tuve ganas de comerme a una marciana, a falta de una polaca pues no existe en ningún planeta algo igual a una polaca. —La célebre historia de la polaca de Osnar.

El grupo se acerca, buenas tardes por un lado y por otro, ocupan una mesa. Manuel, solícito, los atiende, mientras Osnar no despega los ojos del ser hembra quien, a falta de agua de coco —no puede faltar coco en el bar, anota Ascanio—, acepta guaraná.

—Para mí, un whisky on the rocks… —pide el ser probablemente macho—. Scotch, naturalmente… Quiero decir, escocés.

—Sólo tengo nacional pero es legítimo —se enorgullece don Manuel.

—¡No, por favor! Entonces tráigame agua mineral sin gas.

Bien helada.

—El agua de aquí es mejor que cualquier mineral, fue examinada en Bahía y aprobada con los mayores elogios. —Aclara Ascanio.

—Mientras esté fría…

Don Manuel sirve el guaraná con una pajita, todo un lujo, y el vaso de agua con hielo. El marciano aprueba: agua realmente muy buena, déme un poco más, por favor, y dígame cuánto le debo.

Manuel se curva luego de una indicación de Ascanio:

—No es nada, fue un placer…

—Muchas gracias… Por esta vez acepto pero en el futuro… ¿Éste es el único bar de estas tierras?

—Bueno, en el Beco da Amargura hay una especie de boliche que pertenece al negro Caloca, Pero en cualquier almacén se puede beber un trago de cachaça.

—Va a tener que mejorar el surtido, my friend… Buenas marcas de whisky, buenos vinos… y hotel, frère. —Frère era Ascanio, le había caído simpático—, ¿hay alguno bueno? ¿Con baño privado?

—Propiamente hotel, no. Pero hay una pensión muy buena, la de doña Amorzinho, comida de primera, cuartos limpios, no tiene baño privado. Pero tiene una canilla tan grande que sirve de ducha.

—Va a ser necesario construir rápidamente un buen hotel…

Esto lo dijo el ser macho y lo decía como si construir allí, en Agreste, un hotel de primera clase, fuese la cosa más simple del mundo. Exactamente a partir de esa afirmación, de esa decisión del súperhéroe, Ascanio Trindade comenzó a divagar.

—Lo peor es la ruta —declaró el ser-hembra, maullando—. Este último tramo, por ejemplo… Nunca anduve tan a los tumbos ni tragué tanto polvo… —se arregla los cabellos sucios, pelirrojos, con aquel mechón platinado—. Ni bien llegue a Salvador, voy directamente al Salón de Severiano a lavarme el pelo y peinarme…

—Sólo hay que ensanchar y asfaltar, darling. ¿Cuántos kilómetros, frère?

—¿Desde aquí a Bahía, a la capital?

—No, sólo el último trecho, el intransitable.

—Cuarenta y ocho kilómetros…

—¡Cariño, no mientas! —rogó Miss Venus a Ascanio—. Hay más de cien… estoy descaderada. —Se puso la mano en el traste espacial.

—¡Ay! —gimió Osnar, pero si alguien lo oyó, no lo demostró.

—Debe de ser así, darling, unos cincuenta kilómetros. Se asfalta rápido.

Hotel, ruta asfaltada, el sueño prosigue, el corazón de Ascanio se dilata.

—Dígame algo, frère: una lancha para bajar por el río hasta la playa de… ¿cómo se llama?…

—Mangue Seco.

C’est ça… ¿Se puede alquilar una?

—Bueno… está la lancha de Eliezer. No es de alquiler pero yo hablo con él, le pido que los lleve. Es un buen sujeto.

—Puede decirle que le voy a pagar bien…

Ascanio sale en rápido trote a buscar a Eliezer. Tendrá que convencerlo: en materia de buenos tipos, Eliezer es un ejemplo discutible, pero Ascanio tiene prestigio. No le dirá nada sobre los hoteles y el asfalto, el otro puede considerar que tales planes son una amenaza a sus legítimos intereses. Ascanio se dio cuenta de que no se trata de simples y ocasionales visitantes y sí de un empresario que quiere estudiar la posibilidad de invertir mucho dinero para hacer de Agreste el deseado centro turístico, proyecto tantas veces discutido en la agencia de Correos y Telégrafos. Falta infraestructura, decía doña Carmosina. Falta alguien con mucha plata para establecerla, el Municipio no puede hacerlo, completaba Ascanio. Según parece, el dinero va a sobrar.

Osnar y Manuel, callados, sin tema de conversación, sonríen tontamente a los extraños. Al rato Aminthas se une a ellos, había interrumpido un concierto de los Rolling Stones. La reina del planeta Venus mira a los tres individuos, uno por uno y sonríe a cada uno en particular, le revela que tendría un enorme placer en dormir con él —sólo contigo, amorcito, y con nadie más en el mundo—. Osnar está en vías de perder el aliento, Ascanio vuelve justo a tiempo. Eliezer pasó directamente hacia el pequeño embarcadero donde espera la lancha.

¡Thanks! Andiamo, bella, no tenemos mucho tiempo. Arrivederci

¿Cuántos idiomas se hablan en el espacio? Osnar se atraganta en portugués. El marciano extiende la mano, Aminthas todavía duda si es maricón o no.

—Mejor dejen el auto en la plaza y vayan a pie, el camino no está en buenas condiciones. Yo los acompaño…

Todos los acompañan, inclusive don Manuel, el bar queda vacío.

—Cuántas gentilezas… —agradece Miss Venus en un gemido.

En el camino Ascanio quiere comprobar su tesis:

—Dígame una cosa… ¿Usted pretende establecerse aquí?

—¿Quién sabe? Depende de los estudios… Es posible.

—¿Va a poner un hotel? Se puede explotar el agua mineral, no hay otra mejor.

—¿Hotel? También. Va a ser indispensable. ¿Agua? Tal vez. Pero ésas serán inversiones secundarias, diversificaciones de capital. Después se puede pensar en el agua.

Llegan al embarcadero. Ascanio reflexiona: proyectos ambiciosos, gran empresa turística, salta a la vista. Los magníficos seres embarcan en la lancha con Eliezer al timón.

—Otra vez, merci, frère. ¡Ciao! —saluda desde el barco.

—Ascanio Trindade, secretario de la Municipalidad, a sus órdenes.

—¿Secretario de la Municipalidad? Y el alcalde, ¿quién es?

—El doctor Mauritonio Dantas. Está enfermo, yo respondo por él. Cualquier cosa, puede hablar conmigo.

—OK. Con seguridad, hablaremos. Mucho y dentro de poco.

La lancha parte, la de las crines coloradas manda un beso, con una mirada de entrega; Eliezer ni con eso pone buena cara. Ascanio Trindade sonríe, parece un sueño: por fin habían llegado.

DE LOS COMENTARIOS Y DE LA PRIMERA DISCUSIÓN TODAVÍA AMABLE.

La concentración en la plaza crece, una pequeña multitud se aglutina en torno al vehículo.

—Mira las ruedas. ¡Qué brutalidad!

—¡Qué belleza!

—¿Oíste la bocina? Tocó el comienzo de Cidade Maravilhosa.

—¿Qué cosa?

En el bar hay un gran movimiento. Los comerciantes abandonaron negocios y almacenes. Plínio Xavier se enorgullece por haber sido el primero que vio máquina y pilotos.

—Yo estaba ocupado, haciendo cuentas de algunas cosas que fié…

Osnar se ríe, ¿se ríe de qué? Las miradas se desvían: en la puerta de la iglesia, Cinira conversa con las beatas. Todavía no pertenece al batallón, pero mucho no le ha de faltar.

—… cuando oí aquel barullo horrible, largué todo…

Asterio y Elisa se suman al grupo. En el momento de peligro, él había salido corriendo para su casa, preocupado por su esposa: Elisa, como en luna de miel por la llegada de la hermana, está nerviosa, afligida, anda de un lado para otro. Llegaron juntos a la plaza para espiar la máquina; ella elegante a punto de destronar a la Reina del Espacio, la de la mancha platinada en su melena colorada. La mancha platinada alucina a Osnar, quien hace confidencias a Seixas y a Fidelio:

—Les juro que si agarrase a aquella marciana, comenzaba a lamerle la punta del dedo gordo del pie y tardaba tres horas hasta llegar al ombligo… Le daba una fiesta de lengua…

—¡Pedazo de puerco!

Don Edmundo Ribeiro no es lo que se dice un puritano pero ciertos hábitos sexuales le parecen indignos de un hombre bien macho y honrado. Llevar a una mujer a la cama, montada, está muy bien. Pero meterle la lengua… Los besos sólo se dan en la boca, y en bocas limpias.

—Edmundito, mi hijo, no vengas a decirme que nunca en tu vida lo hiciste… que nunca chupaste un panal de ésos…

—Respétame, soy un hombre serio y aseado.

En la Agencia de Correos y Telégrafos, la discusión hierve. Ascanio Trindade pasa un minucioso informe a doña Carmosina, en presencia del comandante Darío de Queluz, quien prevé con voz de lástima:

—Mi querido Ascanio, tú con esa manía de turismo en Agreste, todavía vas a pagar caro, tú y todos nosotros. Un día, un loco cualquiera lee esas pavadas que tú y Carmosina mandan a los diarios, las toma en serio y arma un negocio para explotar la playa de Mangue Seco, el agua y el clima de Agreste. Nosotros somos los que vamos a terminar mal. En un abrir y cerrar de ojos esto se convierte en un infierno.

—¿Por qué un infierno, comandante? Nunca oí decir que una estación de aguas termales fuese un infierno. Al contrario, es un lugar de descanso, de reposo. —Interviene doña Carmosina—. Bien sabe que nadie más que yo defiende la naturaleza, la atmósfera y la belleza de Agreste. ¿Pero que hay de malo en una estación de aguas?

—Una estación de aguas en la ciudad, vaya y pase. Lo peor es que Ascanio quiere llenar la playa de gente y de toda especie de porquerías…

Ascanio salta:

—¿Qué porquerías? Casas de veraneo para turistas, hotel, restaurantes. ¿La playa de Acapulco, la de Saint-Tropez, la de Arembepe, acaso son porquerías, infiernos? El futuro de Agreste, comandante, está en el turismo.

—Sí, son infiernos y porquerías. El otro día A Tarde publicó un reportaje sobre Arembepe: se convirtió en la capital de los hippies, la capital sudamericana de la marihuana. ¿Te imaginas a Mangue Seco repleto de melenudos y fumadores de marihuana? Deja nuestro paraíso en paz, Ascanio, por lo menos mientras nosotros estemos vivos.

—¿Quiere decir que usted prefiere que Agreste continúe siendo un buen lugar para esperar la muerte, comandante?

—Claro que prefiero, mi hijo. La muerte aquí se hace esperar; no deseo más que eso. Aire puro, sin contaminación. La playa limpia.

Ascanio mira a doña Carmosina, su aliada, quien toma la palabra:

—¿Quién dijo contaminar? No digo hippies, si bien la filosofía de ellos sea igual a la mía, paz y amor, lo más bonito que se inventó en este siglo, lo malo es la droga. Pero turistas con dinero, no veo ningún mal en ello, comandante. Buenas casas de veraneo, comercios animados, buenas películas. Nadie puede estar en contra.

—¡Rascacielos, hoteles, inmobiliarias, el fin del cocotal, de los árboles, del sosiego, de la paz! ¡Dios me libre y guarde! Por suerte todo eso no pasa de delirios vuestros…

Peto llega corriendo, la lancha está de vuelta. Antes de salir, Ascanio invita, contento:

—Yo creo, comandante, que en breve tendremos turismo instalado en Agreste. El loco ya apareció. Venga conmigo, vamos a hablar con él.

—Vamos… —concuerda el comandante.

Pero cuando llegan a la plaza, los dos superhéroes, rodeados de curiosos, ya parten, en su refulgente máquina. Ascanio intenta dialogar con ellos, pero están apurados, llegarán muy tarde a Salvador.

—Volveré pronto y conversaremos. Quiero anotar su nombre. —Extrae una libreta del misterioso bolsillo de la pierna del pantalón, el bolígrafo que cuelga de su cuello parece un micrófono de novelas de espionaje.

En las finas manos de dedos largos, ya liberadas de los guantes, y pertenecientes a Miss Venus funciona la máquina de fotos, pequeñísima y potentísima.

—¿Mi nombre? Ascanio Trindade. Éste es el comandante Darío de Queluz.

—¿Comandante?

—Sí, de la Marina de Guerra.

—Retirado. —Aclara el comandante.

—¡Ah! —después de una pausa, se presenta: —Doctor Mirko Stefano. À bientôt. So long.

—¡Adiós, amor! —gime Miss Venus, con los ojos en orgasmo.

La máquina parte, levantando polvareda, el ruido explota en los oídos más sensibles. ¿Doctor? Parece un astronauta, un capitán de nave espacial, un empresario moderno de esos que transforman la Tierra y la vida. La información exacta sobre el vehículo fue dada por Peto —todavía no pudo terminar el primario, no tiene apuro, y ya sabe todo sobre autos y pistas—. Se trata de un Bug 1600, con llantas de magnesio, doble carburación y bocina mejorada. Por otro lado, todo mejorado, motor envenenado, el entusiasmo de Peto no tiene límites. Corre a su casa, va a contar las novedades a la tía Antonieta y a Leonora.

Lo de los seres superiores, lo supieron por boca de Eliezer, de mal humor:

—El tipo estaba interesado en las áreas que están a orillas del río, en el cocotal, en las tierras desocupadas. Me preguntó de quién eran, le dije que nadie supo nunca si tenían dueño. Sacaron montones de fotografías. En Mangue Seco, se sacaron la ropa y se bañaron desnudos…

—¿Desnudos?

—Los dos… Como si yo no estuviese allí. La tipa es osada, hasta enfrentó el oleaje.

—¿Te das cuenta, Ascanio? Nudismo, para empezar. Gracias a Dios que yo no estaba allí, no lo hubiese permitido

Igual que Edmundo Ribeiro—, el comandante Darío tampoco es puritano pero nudismo en Mangue Seco, ¡jamás! Por lo menos mientras él esté con vida.

Ascanio quiere responder, pero Eliezer no le da tiempo:

—El tipo me preguntó cuánto me debía, le dije que no era nada, como me ordenaste. ¿Quién va a pagar mi trabajo y la nafta? ¿Tú o la Municipalidad?

Osnar, que había oído en silencio, comenta escandalizado:

—¿Ves un pedazo de mujer como ésa, desnuda, en cueros, y todavía quieres dinero, Eliezer? Yo hubiese pagado por ver… ¡Eres un degenerado!

DE LA LUZ Y DE LAS VIRTUDES DE TIETA, CON CITAS EN LATÍN.

Plantadores de mandioca, criadores de cabras, pescadores y contrabandistas de Agreste y zonas vecinas, desde las márgenes del río hasta las encrespadas olas de la barra, nadie dejó de enterarse del espantoso acontecimiento y el beato Possidônio, en Rocinha, anunció el Apocalipsis y el fin del mundo, temas de su particular predilección. Se apoyaba en las escrituras del Antiguo Testamento.

Así es que, según comprobaron los habituales del Areópago, comenzaron a suceder cosas en Agreste, cosas que arrancaron al pueblo de su inercia habitual, que provocaron agitados comentarios y suscitaron discusiones.

Los cables eléctricos, sostenidos por postes colosales, iban desde el sertão rumbo al municipio, como consecuencia de órdenes superiores, y lo hacían con anormal rapidez en obras públicas. De vez en cuando, ingenieros y técnicos llegaban en un jeep que desembocaba en las calles tranquilas e invadían el bar de don Manuel, que ganaba animación. El jefe de los ingenieros aseguraba que dentro de un mes y medio, dos meses a lo sumo, los cables llegarían al pueblo. El trabajo estaría concluido y se podría fijar fecha para la fiesta de inauguración. Como se trataba de un Municipio de tanto prestigio federal, tal vez comparecieran figuras de prestigio de la dirección de la Compañía del Valle del San Francisco, quién sabe si el Director-Presidente no viene especialmente desde Brasilia.

El jefe de los ingenieros ya no dudaba de nada después que le informaron que había sido una viuda de vacaciones en su tierra natal, quien obtuvo, por intermedio de amigos del finado, en vida millonario influyente, las órdenes preferenciales que ordenaban reformar el proyecto, para que el Municipio de Sant’Ana do Agreste tuviese prioridad absoluta. Es difícil de creer, pero, como era afirmación unánime, el ingeniero terminó demostrando interés en conocer y saludar a la ilustre dama capaz de modificar proyectos aprobados, remover postes y determinar rutas para luz y fuerza.

Según le había informado Aminthas, era una persona dada y sencilla. Ni por ser una riquísima viuda de comendador del Papa y frecuentar a la alta sociedad paulista, con excelentes relaciones —de las cuales la prueba más concreta era que el conocido ingeniero estuviese allí, en el bar del lusitano, bebiendo cerveza—, ni por todo eso se daba aires de reina. Había resuelto el asunto con dos telegramas, dando una lección al engreído director que trató al representante de la ciudad, Ascanio Trindade, secretario de la Municipalidad, como si fuese un don nadie y Agreste no pasase de una tierra olvidada por Dios. Sin tener en cuenta las credenciales de Ascanio ni el hecho de que el muchacho estaba en Paulo Monso para defender los intereses legítimos de su tierra, el Director-Presidente lo hizo esperar antes de despacharlo con una rotunda negativa y se negó a oír sus argumentos. Para él, Agreste no pasaba de árido pasto para cabras y así se lo dijo. Al enterarse de lo sucedido, doña Antonieta se indignó y telegrafió. Fue disparo y victoria.

Aminthas adornó la historia cuando se la contó al jefe de los ingenieros y se le rió en la cara:

—Su nombre es doña Antonieta Esteves Cantarelli. Seguramente ya oyó hablar del comendador Cantarelli, gran industrial paulista. La diñó recientemente.

El ingeniero, vencido, disimuló su falta de conocimiento: el nombre le sonaba, dijo, así como el de los Matarazzo, el de los Crespi, el de los Filizola. En respetuoso brindis a la señora Cantarelli, llenó su copa de cerveza. No sólo Aminthas lo acompañó, sino que todos los presentes se asociaron al homenaje. El pueblo, agradecido, sin salir de su asombro por la dádiva inesperada, al referirse a la nueva iluminación no la designaba «Luz de Paulo Afonso, Luz de la Hidroeléctrica» o «Luz de la Compañía del Valle del San Francisco», como hubiese sido correcto y justo y como se decía en todos lados. Para la gente de Agreste era la «Luz de Tieta».

Cuando el miércoles siguiente a los festivos acontecimientos del domingo, Tieta llegó de Mangue Seco para firmar la escritura de los terrenos, la sorprendió un cartel colocado en la Plaza de la Matriz, entre dos carcomidos postes de la vieja iluminación, en las cercanías de la casa de Perpetua: «EL PUEBLO DE AGRESTE ACLAMA AGRADECIDO A DOÑA ANTONIETA ESTEVES CANTARELLI». Un detalle: la palabra Esteves había sido agregada, por exigencia de Perpetua y Zé Esteves, después que el cartel estuvo concluido. Lo colocaron entre los otros dos nombres, pero arriba de ellos, pequeño defecto que no empañaba el efecto impresionante de las letras coloradas sobre fondo blanco.

Fue idea de Ascanio, y contó con el apoyo general; en boca del pueblo Tieta era la heroína de la ciudad. Todavía no la habían puesto en el altar mayor de la Matriz, al lado de la Senhora Sant’Ana, como había previsto Modesto Pires, pero faltaba poco. A la tarde, en compañía de Leonora y de Perpetua, cuando se dirigía a la notaría, donde tenía una cita con el dueño de la curtiembre, la gente salía de sus casas para saludarla y agradecerle: hubo quien le besó la mano. El coronel Artur da Tapitanga cuando se enteró de que estaba en Agreste, abandonó su hacienda e hizo a pie el kilómetro que la separa del centro, quería abrazar a la benemérita ciudadana:

—Hija mía, Dios sabe lo que hace. Cuando Zé Esteves te fletó de aquí, era porque Dios quería hacer que volvieras como una reina. La miraba con unos ojos de chivo viejo y sensual, ya sin vigor, pero todavía con apetito en el corazón. —¿Cuándo vas a visitarme y a ver mis cabras?

También Bafo de Bode la homenajeó a su manera, al verla en la puerta del cine:

—Viva doña Tieta que tanto manda y que es un bombón…

Tieta, al pasar, dejó en su mano negra de mugre lo necesario para una semana de abundante cachaça y al adelantarse, con la intención de deleitarle los ojos, bamboleó las caderas como proa de barco en medio de un vendaval.

Concluida la escritura, labrada el acta de la compra del terreno, completado el pago al contado, Tieta, antes de volver a su casa, pasó por la Agencia de Correos para abrazar a doña Carmosina y despachar una carta. Estaba acompañada por Ascanio y por el poeta De Matas Barbosa, atacado de nostalgia y reumatismo: Tieta, tu presencia es sol y es remedio, me basta mirar tu rostro para sentirme curado.

Doña Carmosina anunció:

—Esta noche voy a visitarte para conversar. Tengo muchas novedades… —los ojos señalaron a Leonora y Ascanio, su tema predilecto.

—No estaré. Hoy mismo vuelvo a Mangue Seco. Pasé por aquí para verte y para saber cómo anda doña Milu.

—¿Vuelves hoy? ¿Por qué tanto apuro?

—Estoy levantando mi casa, ya empecé. Tú me conoces: cuando quiero una cosa, la quiero ya, tengo apuro. Quiero que las paredes estén levantadas antes de marcharme.

—No puedes irte tan pronto. Ni se te ocurra.

—¿Por qué no?

—¿Antes de la inauguración de la luz? El pueblo no te va a dejar.

Tieta rió.

—Hasta me siento candidata a diputado… Tú me representas en las fiestas. —Reflexionó durante unos segundos; con la mirada perdida—. Pero quién sabe, tal vez me quede más tiempo, prolongue mis vacaciones, no por la fiesta, sino para ver mi casa lista, en Mangue Seco.

—Quédate, tienes que quedarte. Se quedan las dos… —mira la cara melancólica de Leonora, doña Carmosina no resiste—. Sé de alguien que tal vez se quede para siempre. —Los pequeños ojos centelleaban con malicia.

En casa, a solas con Perpetua, Tieta le dio noticias de Ricardo: muchacho bueno, se hace querer, era de ayuda inestimable para ella. Bajo la orientación del comandante, tomaba iniciativas, había ido dos veces al pueblo de Saco, donde contrató al personal necesario, albañiles y carpinteros, maestro de obra, gente habituada a trabajar con troncos de palmeras sobre la arena movediza. La construcción había comenzado en la víspera. Ella lo retendría en Mangue Seco unos días más, lo había nombrado su lugarteniente.

—El tiempo que quieras, querida, él está de vacaciones.

Hablando de vacaciones, Ricardo había mandado pedir los libros de estudio, ni en la playa descuidaba sus deberes escolares. Dormía en una hamaca en la sala de la Toca da Sogra. Muchacho de oro, Tieta quería ayudarlo y por lo tanto había decidido abrir una libreta de ahorros a su nombre, en un banco de São Paulo. En la carta que había dejado en la Agencia del Correo, daba órdenes a su gerente para que abriera la libreta a nombre del sobrino con un considerable depósito inicial, —Perpetua se estremeció al oír la cantidad—, al que todos los meses agregaría determinada suma, todavía no había decidido cuánto. Así, cuando Ricardo se ordenara, sumando el capital, los intereses y la indexación, tendría un buen peculio. Perpetua elevó al cielo los ojos llenos de gratitud, el Señor comenzaba a cumplir su parte en el trato hecho. Después de agradecer a Dios, miró a Tieta y a ella se dirigió:

—No sé qué decirte, hermana. Dios ha de pagarte. —En un gesto inusual, tomó la mano de la hermana y la apretó contra su corazón. Usaba una faja gruesa, dura como un yelmo. Con un pañuelo negro se secó los ojos llenos de lágrimas.

Al atardecer, antes de regresar a Mangue Seco, mientras huía de las manifestaciones de sus coterráneos, rodeada por su familia, Tieta recibió la visita del padre Mariano. El Reverendo, le agradeció, en nombre de los fieles, la gracia de la nueva iluminación que iba a modificar la fisonomía de la ciudad y que cambiaría las costumbres. Era un inmenso servicio que había prestado a la comunidad. Beneficiaría a todos, pero sin embargo doña Antonieta había creado un serio problema para la parroquia, pues la instalación eléctrica de la Matriz se encontraba a la miseria, era incapaz de soportar el impacto de la energía de Paulo Afonso. Un ingeniero de la Hidroeléctrica a quien había consultado, le dijo que era absolutamente necesario cambiar toda la instalación para impedir un corto circuito y evitar el grave peligro de un incendio. ¿De dónde sacar el dinero necesario? ¿A quién recurrir si no a ella? La Matriz ya le debía mucho, empezando por la nueva imagen de la patrona y la custodia, traída de São Paulo, el padre era quien mejor lo sabía, pero también sabía cuánta era la generosidad de doña Antonieta. Alma escogida y además viuda de un comendador del Papa, o sea, una persona graduada en la jerarquía de la iglesia. Tieta oyó en silencio. Con una sonrisa ambigua. El padre, la madrastra, las hermanas y Leonora estaban presentes. Perpetua repitió las palabras del párroco al pensar en la libreta de ahorro:

—Alma selecta, usted bien lo dijo, padre Mariano.

El sacerdote no llegaba a leer una respuesta positiva en la sonrisa equívoca que entreabría los labios carnosos; sólo podía comprobar que Tieta había rejuvenecido en esos días en Mangue Seco, tenía aire de satisfacción, estaba linda como nunca, el sol había dado tonos de oro al cobre de su piel.

—No se aflija, padre. Puede cambiar la instalación.

El cura, tranquilizado, se disponía a agradecer, cuando ella prosiguió con voz risueña y en tono de broma:

—Lo hago en pago a la Senhora Sant’Ana do Agreste por haberle robado el sacristán por algunos días, mi sobrino Ricardo que está en Mangue Seco para ayudarme.

Perpetua se estremeció dentro del vestido, negro, de esmerado luto, sin importarle la compostura que le debía al sacerdote y no pudo evitar una mirada de victoria ni esconder la satisfacción que se reflejaba en su rostro malhumorado. Tieta daba un paso importante en el camino que conducía a la adopción y a la herencia al asociar al sobrino a las donaciones hechas a la iglesia y al designarlo intermediario en sus relaciones con Dios y los santos.

Dios acababa de pasar a la categoría de deudor, al recibir, de la mano de Ricardo, la donación de las nuevas instalaciones eléctricas de la Matriz.

El padre Mariano, también radiante, levantó la voz, eligiendo los términos de la alabanza:

—Dios no olvida a quien ayuda a la Santa Madre Iglesia, multiplica cada óbolo en perennes bendiciones, que protegerán a usted y a sus familiares, doña Antonieta —elevó la mano para bendecir a los Esteves y a las Cantarelli y sonrió beatíficamente—. De parte de la Senhora Sant’Ana, puedo asegurar que ella cede de buen grado al escudero. Al estar Ricardo en tan sacrosanta compañía, sólo podrá aprender y practicar el bien.

Al despedirse, el Reverendo se refirió a la apariencia de Tieta: lozana y con mucho garbo. Dijo que los días de playa habían sido para ella un verdadero tónico, destilaba salud y júbilo, deleite; la belleza de su rostro reflejaba la pureza de su alma, tota pulchra, benedicta Domini. Que Dios así la conserve.

Zé Esteves fue el único que no estuvo satisfecho. Rumiaba críticas al petitorio y al consentimiento:

—Ese cuervo es un abusador: con palabras dulces y ese latín va recaudando un dineral para la iglesia, los tontos caen como chorlitos. Perdóname, hija, pero debes cuidar más de tu dinero. No te olvides que vas a comprar una casa y que no puedes andar malgastando.

Recién después de una semana Tieta regresó a Agreste, y lo hizo en respuesta a un llamado de Zé Esteves, quien le transmitió que doña Zulmira estaba dispuesta a llegar a un acuerdo y rebajar el precio de la casa. Había dejado a Ricardo al frente de las obras, donde ya se estaban levantando las paredes, el muchacho estaba solo en la Toca da Sogra pues hacía tres días que el comandante había vuelto con doña Laura al bungalow del pueblo. Tres días o mejor dicho tres noches durante las cuales tía y sobrino cambiaron el romántico arenal de las dunas por el confort del colchón de crines de la cama de matrimonio que estaba en el cuarto del marino.

El colchón había llegado en el momento preciso, así pudo proseguir con la educación del sobrino, enseñándole el bien —el bien y lo bueno—, justo cuando alcanzaba un nivel superior en el estudio de la materia en que Tieta era maestra competente, emérita catedrática, doctor honoris causa, como diría en latín el padre Mariano. En clases prácticas e intensivas le enseñaba cuanto sabía, o sea, todo, el alfabeto entero, incluyendo el indescriptible «ipicilone».

Tieta volvió a Agreste en la mañana del primer desembarco de los espantosos seres proyectados en el espacio, pero no los vio y sólo tuvo noticias de ellos al atardecer, cuando Ascanio, en el auge de su entusiasmo contaba exaltado:

—Son capitalistas del sur, estudian la posibilidad de invertir capital aquí, en el municipio, en una empresa de turismo, algo monumental, quieren asfaltar la ruta y construir hoteles. ¿Qué le parece, doña Antonieta? ¿Qué dices a eso, Leonora?

¿Empresa de turismo? ¿En Agreste, aprovechando el agua, el clima, la playa de Mangue Seco? Quién sabe, todo es posible, ¿por qué no? Había hecho bien en comprar el terreno en la playa, debía aceptar la propuesta de doña Zulmira y abandonar su posición intransigente, los precios de la tierra y de los inmuebles pueden sufrir una súbita valorización, Tieta ya vio cosas increíbles en São Paulo. Con su olfato sin igual Felipe había adquirido a precios irrisorios terrenos y más terrenos en zonas por las cuales nadie ofrecía nada. Pocos años después, ganaba fortunas en la reventa. Tieta pidió a Perpetua papel y lápiz, escribió una nota a doña Zulmira para cerrar el negocio y mandó a Peto para que la llevara.

Decidió quedarse en Agreste el tiempo necesario para concluir el trato, labrar acta de escritura y tomar posesión de la casa. Aunque sentía el ardiente llamado de su cuerpo que reclamaba retorno urgente, y sabiendo que el muchacho sufriría el fuego del infierno durante la noche insomne, igualmente resolvió ocuparse primero del negocio. Había aprendido a no perder la cabeza, a no permitir que un amor, por más fuerte y exaltado que fuera, le causara ningún perjuicio.

Ascanio proseguía trazando planes para el radiante futuro de Agreste. El cambio comenzó con la llegada de las paulistas al pueblo y todo resultaba más fácil debido a la decisión de la compañía del Valle del San Francisco que incluía a Agreste entre los municipios que recibirían energía de Paulo Afonso, la «Luz de Tieta».

CAPÍTULO DONDE TIETA BUSCA DEFINIR EL AMOR Y NO LO LOGRA.

Tieta deja a los novios en la puerta de calle, solos, libres, para que se despidan. Sin embargo desde la sombra del corredor espía para ver qué pasa, dónde van a parar las manos, cuál es la fuerza de los besos, las lenguas entrelazándose, en fin, aquellos primeros pasos en el camino de todo lo demás. La decepción es completa e inquietante. Sólo vio los labios de Ascanio que rozaron la mejilla de Leonora, receloso y apurado, eso no es un beso ni nada, había perdido el tiempo espiando, eran un total y perfecto par de idiotas. Desde la puerta, donde se queda hasta perderlo de vista, Leonora le hace adiós con la mano. Seguramente Ascanio responde. Mala señal, el rumbo del idilio no agrada a Tieta.

Si en una noche sin luna fueran a parar a la Bacia de Catarina, entre las rocas y dispuestos a todo, Leonora no correría mayor peligro. Después tendría que lavarse la argolla bien lavadita y se terminó. Cuando llegara el momento de volver a São Paulo, derramaría algunas lágrimas de tristeza y nostalgia en el ómnibus, c’est finie la comédie, como decía Madame Georgette y Madame Antoinette repite cuando enfrenta amores y problemas de las muchachas.

El peligro reside exactamente en los besos leves y miedosos, en ese festejo tonto tan típico del interior y que ya no se usa. En Agreste, cuando se actúa así, con respeto y conteniendo los impulsos, es que se está pensando en noviazgo y casamiento. Casamiento, vida en Agreste: ilusiones absurdas, sueños delirantes. En tales casos, no basta lavar la argolla bien lavada. La separación cuesta un duro sufrimiento, no se reduce a unas pocas lágrimas en el ómnibus de regreso.

El día en que Tieta llegó de Mangue Seco, rebosante de vida, vibrando de animación al hablar del terreno y de la casa en la playa, más delgada, con el cuerpo en el punto exacto, Leonora había caído en sus brazos, y ansiosa murmuró en su oído:

—Necesito conversar contigo, madrecita.

Sin embargo durante el día no tuvieron oportunidad de estar a solas. Perpetua siempre estaba presente para adular a la hermana, ya no le regateaba loas.

Después de ser antiguo pozo de iniquidades, Antonieta había pasado a ser pozo de Jacob, misericordia de los sedientos, turris eburnea. Para adularla usaba las pocas expresiones latinas que había aprendido de memoria en tantos años de sacristía, y que antes reservaba a la exaltación del Señor y de los santos, turris eburnea era exclusiva de la Virgen María. Ahora todo era poco para las virtudes de Tieta.

A la hora del almuerzo, la mesa está completa: Zé Esteves y Tonha, Elisa y Asterio, Peto pedía la bendición a la tía, y deleitaba sus ojos ávidos en esa carne morena y abundante. Pero Ricardo era quien estaba mejor situado para mirar hasta hartarse, para escudriñar los mínimos detalles de la tía, tan cómoda y despreocupada con su ínfimo bikini, mientras le hacía compañía en la playa, pero el idiota de su hermano desviaba la vista para no ver, era un ermitaño y un místico. Debía de estar con una venda en los ojos en Mangue Seco, el muy bobo; Dios da pan a quien no tiene dientes, se quejaba Osnar. Habló y dijo, ¡carajo!

A la tarde fueron a la casa de doña Zulmira para confirmar el trato de allí a la notaría, a dejar los datos para la escritura y fijar fecha para firmarla —cuanto antes mejor, había pedido Tieta, que tenía apuro por volver a Mangue Seco. Las paredes de la choza —así designaba a la pequeña casa de la playa— comenzaban a subir, ella disfrutaba con cada ladrillo, con cada palada de material, en compañía del sobrino que se había contagiado de su entusiasmo. A la noche la sala se llenó: doña Carmosina, doña Milu, Barbozinha, la barra del billar que escoltaba a Asterio; Ascanio llegó al atardecer y se quedó a comer, no se despegaba de Leonora.

Doña Carmosina también anunció su necesidad imperiosa y urgente de tener una larga y reservada conversación con Tieta. Quedaron en hablar al día siguiente. ¡Mañana sin falta! —había recordado la agente del Correo, al despedirse—. Hay mil cosas para comentar. Y señalaba con los ojos a los novios que estaban en el sofá, distanciados uno de otro, la paulista con una sonrisa llena de admiración mientras oía el discurso de Ascanio sobre el radiante futuro de Agreste.

Ascanio fue el último en irse, cuando ya Perpetua se había ido a dormir: a las seis en punto, arrodillada en primera fila, la devota oye misa en la Matriz, no puede acostarse tarde. Tieta los abandona en la puerta, para que estén cómodos en su apasionada despedida. ¡Qué fracaso!

Mientras Tieta se quita el maquillaje Leonora se sienta en la cama de la alcoba, y abre su corazón: esta enamorada, ¿qué hacer? Pasión verdadera, no era una aventura trivial, un simple flirt, madrecita la conocía, en esos tres años en el Refugio jamás le había pasado una cosa así. Era amor, y por primera vez.

—¿Qué hago, madrecita? No puedo contar la verdad.

—Ni se te ocurra, de ninguna manera puedes. Sólo si te volvieras loca y me odiaras.

—Nunca se me ocurrió, ¿cómo iba a contarlo? Pero estoy desorientada, sin saber qué hacer. Ayúdame a pasar este trance, madrecita. Sólo te tengo a ti en el mundo.

Tieta abandona las cremas de limpieza y el espejo, toma a la muchacha de las manos, le acaricia la cabellera rubia, ni a sus hermanas quiere tanto como a esa desdichada que recogió en la calle, la pequeña Nora, marcada por la mala suerte y aún capaz de tener sueños y esperanzas.

—Yo sé que nunca lo vas a contar, conozco a mis cabritas, ¡ay de mí si no las conociera! ¿Qué debes hacer? Aprovechar las vacaciones, divertirte. Sigue en amores con ese muchacho, es simpático y buen mozo, todo un hombre. Un poco ingenuo para mi gusto, pero correcto. Si tienes ganas, duerme con él. Debes de estar muerta de ganas, ¿no?

Leonora mueve la cabeza afirmativamente y en seguida esconde el rostro entre las manos, Tieta se sienta a su lado en la cama, prosigue:

—Duerme con él, pasea, goza de la vida pero no te enamores. Ten cuidado y evita un escándalo. No entiendo por qué todavía no te has acostado con él.

—Él piensa que soy virgen, madrecita. Nunca vi a nadie tan crédulo y respetuoso. No tengo coraje ni palabras para decirle que no lo soy. Tengo miedo de que se desilusione y no quiera verme más.

—Es capaz. Agreste no es São Paulo, es el culo del mundo, se quedó en el siglo pasado. Aquí o se es muchacha decente o ninfa de puertas abiertas. ¿No viste lo que pasó conmigo? Papá me echó, me mandó a ser puta lejos de aquí. Hace mucho tiempo de eso, pero todo continúa igual aquí. Quién sabe si de alguna manera…

—¿De qué manera, madrecita? Él cree que soy virgen y rica, hija y heredera del comendador Felipe. Hasta está inhibido para tomarme la mano porque él es un pobre Job y yo soy millonaria. ¿Sabes que todavía no se me declaró? Insinúa algunas cosas, suspira, parece que va a hablar, pero traga saliva, se queda callado, sujeta mi mano y no sale de eso. En Mangue Seco fui yo quien lo besó. Aparte de eso, sólo roza mi rostro con los labios al despedirse y nada más.

—Yo lo vi, porque estaba espiando, es de no creer. Pobre muchacho, debe de estar desperdiciando su sueldo en la casa de Zuleika para aliviarse, o si le falta dinero, gastándose la mano. —Sonríe a Leonora—. Sigue mi consejo, deja que las cosas corran, da tiempo al tiempo y mientras tanto diviértete. Por lo menos así no te harás mala sangre.

—¿Hacerme mala sangre? Madrecita, déjame que te diga una cosa: estos días aquí fueron los únicos felices de mi vida. Siento que amo. Por primera vez, madrecita. Con Pipo y Cid fue distinto, no se parece ni de lejos. Ya te lo dije, ¿te acuerdas?

Pipo, que era nombrado por radio y su fotografía aparecía en los diarios, representaba para la adolescente apaleada en el sórdido conventillo, la personificación de los héroes invencibles de las historietas, de las películas de aventuras, de las series de televisión. Ser su novia causaba envidia en todas las demás muchachas de la calle. Cuando él la largó, había sufrido principalmente por vanidad. De vez en cuando podemos hacer el amor, si quieres, había dicho Pipo, lleno de sí. Eso, jamás. No aceptó la humillación, se pretendía única, inspiradora de los goles marcados por el crack en los partidos de fútbol. Lloró toda la semana mientras los vecinos le hacían burla, pero no era porque lo extrañara a él.

Cuando conoció a Cid Raposeira en el infiernillo asqueroso donde cazaba candidatos para asegurarse la comida del día siguiente, con ese sufrido rostro de Cristo, tan necesitado de compañía y de ayuda, solo, abandonado y drogadicto, el corazón de Leonora vibró, sensible y solidario. Se inició el trayecto de una interminable desesperación donde se alternaban los raros días de cariño y humildad, con los de locura y violencia desatadas. Más que compañera y amante se sentía enfermera, samaritana, hermana que cuida a alguien más infeliz que ella. Era una pareja de parias perdida en la metrópoli cerrada por piedras y humo, sin motivos de alegría y felicidad. Uno y otro, el glorioso Pipo y el contradictorio Cid, no tenían nada que ver con el persistente sueño de hogar y paz, cariño y amor.

—Es amor, madrecita. Es algo diferente. Lo que yo quiero es poder quedarme aquí, con él, para no irme nunca más.

Tieta se conmueve, pobre Leonora, cabrita infeliz. Le acaricia los cabellos y le pellizca la cara:

—No es que yo esté en contra, querida, pero no veo otra salida.

Tieta ya se había preocupado cuando los observó en pleno idilio en la comida en casa de doña Milu. Si fuese una simple aventura, besos, abrazos, demoras a orillas del río, en los escondrijos de las rocas, en las cálidas arenas de Mangue Seco, buenos lugares para satisfacer la naturaleza, no tendría mayor importancia, sólo bastaba mantener discreción para evitar comentarios en el pueblo de Agreste, comentarios de lenguas largas y afiladas. Si se convirtiese en comidilla del pueblo, paciencia. Nora partiría en breve para no volver nunca más, pero le interesaba la imagen que guardasen de ella aquellos ignorantes. Pero la muchacha pretende una vida en común, un hogar establecido, hijos. Cierta vez, cuando Tieta relató a Felipe los problemas de la protegida, la insatisfacción, el deseo de largar el oficio, para cambiar las comodidades del «Refugio de los Lores», por los límites mediocres de casa y marido —de amor, como ella repetía exaltada— él, que tenía experiencia, la había clasificado como pequeño-burguesa delirante y sin solución.

—De esa pequeña burguesía desesperada surgen los marginados, los drogadictos, los que matan sin motivo y los que se matan, los suicidas. No gozan de mi simpatía.

Tieta oyó la explicación, balanceó la cabeza, es una tontería discutir con Felipe, hombre sabio y entendido, merecía crédito —no por nada había subido tan alto—. Pero no por eso dejó de simpatizar con el sueño de Leonora, romántico y simple. No entendía del todo el ansia que consumía a la muchacha, ese arrebatamiento, la disconformidad con la situación —por otro lado privilegiada— en que vivía. Tales problemas jamás se le habían presentado a Tieta, por lo menos de esa manera. Pero, al contrario de Felipe, sentía ternura y simpatía por su insatisfacción y le prestaba atención y afecto. Entre las colaboradoras de la casa —cabritas elegidas con esmero para alegrar el ocio de ricos, poderosos, exigentes, muchos de ellos llenos de manías y taras—, Leonora era su predilecta. Tal vez porque a Tieta le sobraba cariño para dar, se podía dedicar a ella y ofrecerle sus desvelos como una madre. Según Felipe, pequeño-burguesa desesperada, sin solución, y tonta, soñadora y sentimental de acuerdo con la opinión de Tieta. Estimaba la actitud de Leonora porque ella a pesar de ser soñadora nunca había podido ser sentimental y tonta, valoraba ese aferrarse a la ilusión de poder cambiar de vida para construirla de acuerdo a sus modestos deseos.

Hace poco, cuando desde la sombra del corredor espiaba la despedida frustrada, Tieta había dejado escapar un suspiro: Dios mío, ¿por qué tantas pavadas? ¿Tantas ansias inútiles? La vida puede ser simple y fácil, agradable, cuando se sabe llevarla con audacia y prudencia: un protector, una compañía permanente de quien recibir bastante dinero como para asegurar un sólido peculio en la vejez, y además asuntos para la cama, todos los que el cuerpo reclame, una buena vida, alegría y risas, la tristeza no paga deudas.

En la Bacia de Catarina o en las dunas de Mangue Seco, en la oscuridad de las grutas o ante la inmensidad del mar, Nora podría saciar su sed de amor en los brazos de Ascanio. Tal como Tieta lo hacía en los brazos de Ricardo, en el arenal, en la cama del comandante. A su modo también estaba enamorada y ¡cómo! Sólo que, al contrario de lo que sucedía con Leonora, su pasión por el sobrino no la perturbaba, y le daba alegría. También era una pasión fulminante: estaba devorando al seminarista, hambrienta y exigente —¿pero acaso eso no era amor?

Pero después, cuando la furia del deseo pase, basta con lavarse la argollita bien lavada para olvidar, hasta que creciese nuevamente dentro de sí, en llamaradas, la brasa encendida, inextinguible, de la pasión. Pasión, amor, ¿que diferencia existe? Con Felipe había sido diferente. Duró tantos y tantos años y siempre fueron felices, siempre él superior y generoso, ella delicada y eficiente, tiernos amigos, cálidos amantes, señor y sierva. ¿Sierva o reina? ¿Sería eso el amor de que tanto se hablaba? Probablemente. No obstante eso no había impedido otros amores, ya ni sabe cuántos. ¡Qué mundo complicado y difícil de entender! ¡Qué confusión!

Acaricia a Leonora, la cabeza de la muchacha está apoyada en su pecho, la cabellera suelta cae sobre la sábana. Tieta necesita hacer algo para encaminar por la buena senda la vida de Leonora, para que las vacaciones terminen alegremente como comenzaron, para que ese metejón bobo se transforme en pasión arrebatada y salga de ese atolladero donde se hundió, para erguirse en llamas a orillas del río, en las dunas de Mangue Seco. Para que el amor, como Barbozinha desea, sea motivo de vida y no de muerte.

La mano materna que juega con los cabellos y la voz arrullante calman la agitación de Leonora.

—Puedes dormir tranquila, cabrita, que yo voy a cuidar de tu vida.

DE LA FAMILIA REUNIDA PARA EL SOLEMNE ACTO DE ESCRITURACIÓN.

La familia Esteves se encuentra reunida en la notaría del doctor Franklin Lins para asistir a la solemne ceremonia de la escritura definitiva de compra y venta de la casa, antes propiedad de doña Zulmira, que pasará a pertenecer, después de tales formalidades y el correspondiente pago a doña Antonieta Esteves Cantarelli. El único que falta es el seminarista Ricardo, de vacaciones en Mangue Seco, ocupado con encargos de la tía paulista y rica (y loca).

Apoyado en su bastón y mascando tabaco, el Viejo Zé Esteves no cabe de contento en el anchísimo traje de fiesta, hecho a medida en los lejanos tiempos de riqueza, cortado en un buen casimir de contrabando y teñido de negro para el casamiento de Elisa, retirado del baúl para la llegada de Tieta. En pocos días, se lo pone por segunda vez. En breve estará viviendo en una casa de calidad, en la arteria central. Su hija pródiga lo sacará de la casucha en que vive, donde tanto la vivienda como el lugar son desmoralizadores.

Si fuera por él, se mudaría hoy mismo, ni bien doña Zulmira acabara de sacar sus trastos. Sin embargo Antonieta había decidido hacer algunos arreglos en la casa, reparar el baño y la letrina, pintar las paredes, volver a poner las tejas, en fin, lujos de paulista; él refunfuñó pero no discutió: quien paga, manda.

Su vida se rehace bajo la dirección de su hija. En la notaría, cuando el doctor Franklin lee los términos de la escritura, él controla la hora en el reloj marca Omega, señal de restaurada importancia; en ese momento Zé Esteves oye un barullo. Son cabras que se acercan a los saltos desde los montes, ve tierra y rebaño. Junto a él está Tonha, humilde sombra del marido, silenciosa y resignada. Casucha estrecha y pobre, vivienda amplia y rica, todo le viene bien siempre que esté en compañía de su amo y señor. Hace mucho que aprendió a obedecer y a conformarse.

Perpetua, rígida en su luto inapelable, se puso el vestido caro, reservado para la fiesta de la Senhora Sant’Ana; en la cabeza luce la mantilla traída por Leonora. Está atenta, dispuesta a impedir que sea introducida en la escritura alguna cláusula capaz de perjudicar los intereses de sus hijos, sobre todo los de Ricardo, presunto heredero. Con el Viejo todo cuidado es poco: se lo pasa adulando a Tieta y trata insistentemente de predisponerla en contra de las hermanas. En la víspera la llevó a un rincón de la casa para secretear, seguramente intrigas, en su tentativa de enemistarla con las hermanas. Perpetua no se pierde ni una palabra de cláusulas y agregados.

No suelta la mano de Peto. Desgreñado y maldiciendo los zapatos —cuando no puede andar descalzo, usa sandalias abiertas— el niño no entiende el motivo por el cual la madre lo obliga a estar allí, parado, con medias y camisa limpia para oír al doctor Franklin que lee, con la voz más tranquila del mundo, una cantidad de páginas de nunca acabar. Si por lo menos la tía y Nora estuviesen como siempre, con sus vestidos ajustados y medio abiertos, la vista ayudaría a pasar el tiempo. Pero una y otra se pusieron formales, nunca las había visto tan arregladas. ¡Qué bodrio!

Elisa y Asterio oyen con reverencia; ella, con su mirada de adoración puesta en Tieta; él de cabeza baja, mira el piso. Ni la misma Leonora, semiescondida en el fondo de la sala, puede competir con el majestuoso porte de Elisa: la mata de cabellos negros, el busto erguido, las caderas soberbias, elegante como si fuese a desfilar en una pasarela, con un aire entre modesto y altivo; está deslumbrante. Quien quiera, que tenga casa en Agreste, ella no. Espera un favor muy diferente de la generosidad de su hermana rica: una invitación para acompañarla a São Paulo, para mudarse, para ir con el marido, ya que sola no la llevará. Empleo para Asterio en una de las empresas de la familia Cantarelli; para Elisa, un lugar en el corazón y en el departamento de la hermana, si es posible el que ha ocupado hasta ahora la hijastra.

Todo lo que Elisa desea es dar la espalda a Agreste, limpiarse en el camino la mugre de los zapatos y no volver nunca más. Lo conseguirá: Tieta vino para ayudar a todos, rebosante de bondad y comprensión. Además, Elisa había recurrido a los buenos servicios de doña Carmosina, su probada amiga, que la protegía desde pequeña, y que era íntima amiga de Tieta. Le había pedido que intercediera ante la hermana, para posibilitar la realización del proyecto de mudanza. En São Paulo la verdadera vida espera, repleta de acontecimientos y sensaciones, no esa apatía de Agreste, ese cansancio inútil. El doctor Franklin imposta la voz al leer los términos jurídicos, Elisa oye el excitante rumor de las calles atestadas de lujosos automóviles, en un estremecimiento, escucha los piropos que le dedican cuando, por la tarde, pasa por la Rua Augusta, al ir de compras con Tieta.

Asterio oye pensativo, un poco incómodo. El suegro va a tener un lugar decente y confortable para vivir, en la casa de su hija; va a ser como si tuviese casa propia. ¡Qué hija magnánima esta Tieta! Cualquier otra tendría resentimiento hacia el padre que la echó de su casa y de la hermana que la había delatado. Ella, no. Regresó con las manos llenas de regalos para cada persona de la familia. Durante días y días, Asterio se había preguntado por qué, en la distribución de los bienes, en aquel despilfarro, la cuñada todavía no se había fijado en la hermana menor y el cuñado, conformándolos con los obsequios de la llegada. Y ellos eran los más necesitados, ya que Zé Esteves, si bien no tenía nada propio, recibía bastante dinero por mes y prácticamente no gastaba nada, techo y comida le costaban una bagatela, mientras que Elisa y él vivían eternamente apretados; lo de la tienda y la ayuda alcanzaban justo. Perpetua no necesita auxilio, tiene de todo, una mansión donde residir, casas de alquiler, pensión del marido, dinero de la Caja de Ahorros de Aracajú, y la protección de Dios. Sí, la protección de Dios, ríase quien quiera, no le ha faltado. Por lo que Elisa supo y le contó, la ricachona había abierto en un banco de São Paulo una libreta de ahorro para los dos sobrinos. Como Elisa y él no tienen hijos, el sobrino merece la protección de la tía millonaria; Toninho había muerto y, si no fuese por doña Carmosina que quiere tanto a Elisa, no sabe cómo hubiera terminado aquel asunto: la vil mentira, la noticia escondida, el sucio chantaje.

Hace algún tiempo, cuando comenzaron las prolongadas negociaciones para la adquisición de la casa de doña Zulmira, la cuñada había propuesto que, una vez realizada la compra los dos matrimonios fueran a vivir juntos, el Viejo y Tonha, Elisa y él: en la vasta y confortable residencia cabían los cuatro y sobraba espacio. La idea no lo sedujo y mucho menos a Elisa; Tieta oyó las razones de la negativa y estuvo de acuerdo. Ante eso, Asterio quedó a la espera de una palabra de la caritativa pariente referente a la adquisición de una casa para la hermana más joven, a quien daba muestras de tanta estima. Vana espera, jamás la cuñada volvió a hablar con ellos sobre vivienda. Sólo la víspera, Asterio había descubierto el motivo de ese silencio. Al volver del billar, cuando hacía comentarios sobre la escritura que sería firmada al día siguiente, la compra de la casa de doña Zulmira por fin decidida, Asterio pensó con esperanzas: ¿quién sabe?, tal vez ahora llegue nuestro turno. En respuesta oyó la espantosa revelación, tomó conocimiento de los alarmantes planes de Elisa. La esposa le explicó que la reserva de Antonieta se debía al desinterés demostrado por ella, por Elisa, respecto de tener casa propia en Agreste. Desde las sábanas, la voz lo había fustigado, decidida, insensible, casi agresiva:

—Le dije a Tieta que no quería tener casa propia en Agreste. Que si ella quería algo por nosotros, que nos llevara a São Paulo, que consiguiera un buen empleo para ti en una de las fábricas, que nos cediera un cuarto en su departamento, total es enorme, un dúplex. Dúplex quiere decir que tiene dos pisos.

Asterio había respondido con un gemido: resurgía su dolor en el estómago, repentino y violento. Las palabras de Elisa le sonaron como un canto llano fúnebre. Rasgaron sus entrañas. ¿Empleo en São Paulo, en las oficinas de una industria? ¡Qué perspectiva tan monstruosa! Dejar la tranquila vida de Agreste para enfrentar las correrías de una ciudad inmensa, sentarse delante de un escritorio para hacer cuentas o anotar informes, desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde, sin libertad para ir y venir cuando se le antojase, sin amigos, sin el bar de don Manuel, sin la mesa de billar, no había desgracia peor que lo pudiera amenazar. En Agreste, la vida de la pareja transcurría en la pobreza, es cierto, la tienda apenas daba para lo esencial, cuando daba, pero con la ayuda de Antonieta se defendían sin problemas, tenían lo suficiente para la casa, la comida y todavía sobraba para ir al cine y para las revistas de Elisa. Además, con excepción de unos pocos privilegiados, todos los habitantes del pueblo eran pobres o casi, y la vida se deslizaba sin percances ni esfuerzos. Un chico lo ayudaba en la tienda y Elisa tenía una muchacha para los quehaceres de la casa. Lo único que lo tenía a maltraer era el estómago; que se hacía sentir cada vez que el movimiento comercial decrecía o cuando una deuda a pagar comenzaba a sumar intereses, pero un médico de Bahía le había dicho que no era cáncer y sí nerviosismo, no había por qué preocuparse. Fuera de eso, vivía satisfecho con la buena compañía de sus amigos, con los partidos en el billar Brunswick, con las apuestas, las discusiones, las victorias, el taco de oro, la charla agradable, las pocas ocupaciones y su linda mujer, la más linda de Agreste, que lo esperaba en la cama, a su disposición en las noches en que la montaba, siempre en la misma clásica posición, casi con respeto, como deben practicar tales actos los esposos que se aprecian.

Cuando era soltero, había sido asiduo cliente de la pensión de Zuleika Cinderela, se metía en amores con mujeres de atrevidos trastes, de caderas bien torneadas y vistosas. En la cama aceptaba variantes; y consta que era muy adepto a hacerlo por detrás; ramera que dormía con él, si todavía no lo sabía, no tardaba en enterarse de su preferencia. Cuando aparecía en la sala de la pensión, donde bailaban, corría la voz entre las mujeres: cuidado con el culo, Asterio está en casa. Según se sabe, no se limitaba a las putas, había dado cuenta de varias solteronas y en épocas remotas se hizo merecedor del apodo «Consuelo del culo triste de las solteronas».

De casado, jamás se le había pasado por la cabeza la idea de poseer a Elisa de otra manera que no fuera la clásica, por el agujero correspondiente y con decencia, él arriba, ella abajo, a lo papá y mamá, como dicen las putas de la pensión, posición para hacer hijos, o sea propia para marido y mujer. Tampoco se le ocurrió montarla por detrás, aunque ella tenía un trasero magnífico, ancas de yegua, sin igual en los alrededores. No es que le faltaran ganas: si ella fuera prostituta, campesina o solterona, él no se perdería un bocado tan apetitoso, ese traste tan suntuoso, motivo fundamental de la pasión que lo dominó hasta llevarlo a noviazgo y casamiento. Pero una esposa no es para esas cosas, nuestra mujer debe ser respetada, puesta en un altar como una santa. Cuanto mucho, una vez en la vida (otra en la muerte), en el momento del placer Asterio pasa la mano por las ancas de la mujer, en furtivo goce que se eleva al infinito y le da nueva calidad.

Como es lectora de revistas de chismes donde se cuentan las cosas que hacen los galanes de radio, televisión y cine, Elisa se resiente por la falta de interés sexual del marido, por esa fornicación escalonada y burocrática —burócrata del sexo, es así como una ilustre actriz había calificado al ilustre comediante de quien se acababa de separar, en sensacionales declaraciones hechas a la revista Amiga—, única y repetida manera, sin las tan comentadas variantes. El mismo Asterio cuando habla de vez en cuando de la última de Osnar o Aminthas, de Seixas o Fidelio, se refiere a otras curiosas formas y modos, sobre los cuales doña Carmosina sabe todo —¡ah!, por desgracia sólo en teoría, mi Elisa, ¡quién pudiera en la práctica! y que Elisa también quisiera conocer, tal vez por eso sea injusta con el marido. No es que exista desinterés por parte de él, y sí convicción de que el amor de marido y mujer tiene que ser púdico, sin éxtasis, sin malos pensamientos y extravagancias, respetuoso. Refrenado, Asterio se conforma con ser propietario de aquel trasero, con espiarlo a escondidas cuando Elisa se cambia la ropa y con sentir su proximidad en la cama. Digno y contenido esposo.

Le bastaban Agreste, la vida tranquila del pueblo, los mínimos placeres, la buena compañía, no quería otra cosa. ¿São Paulo? ¿Empleo en oficina, buen sueldo, horario rígido? ¿Cuarto en la casa de la cuñada? Dios lo libre y lo guarde. Fue una discusión nocturna áspera y desagradable, Elisa perdió la cabeza y lo acusó de indiferente y cobarde, de egoísta por pensar sólo en sus intereses sin tener en cuenta los de ella. Para él, que era un indolente, el marasmo de Agreste podía ser el ideal de vida, pero ella, joven y llena de vigor, tenía mayores ambiciones: la gran ciudad, plena de posibilidades, y una vida digna de ser vivida. Por otra parte, si Asterio quisiera, allí podría progresar, ganar dinero, afirmarse. Pero él no la comprendía, no le hacía caso, la trataba como si fuese un cero a la izquierda, un animal sin dueño, un trapo.

Asterio huyó a la sala sosteniéndose la barriga para contener los dolores. Elisa al oír sus agudos gemidos fue a buscarlo. Lo encontró desvanecido, pálido, color cera, presa de una de aquellas violentas crisis de estómago. Le dio el remedio y le pidió disculpas por lo que le había dicho, de la exaltación pasó a las lágrimas. Sin embargo no renunció a su disposición de usar todos los recursos que pudiera para que la hermana los llevase a vivir a São Paulo. Verde, con la boca llena de hiel, Asterio no respondió nada, pero entre náusea y náusea decidió tomar medidas urgentes para impedir la concreción del proyecto, sin que Elisa se enterase y lo responsabilizara por el fracaso de sus monstruosos planes. Mientras oye al doctor Franklin, medita y resuelve.

Discreta, junto a un armario donde se acumulan papeles, se encuentra la bella Leonora Cantarelli, hijastra de la prominente compradora. Tiene una suave sonrisa en el delicado rostro; tal vez sea ella, entre todos los presentes, quien más desea poseer una casa en Agreste, aunque sea modesta, en una calle sin pavimentar, pero con un pequeño jardín lleno de clavellinas y resedas, en el fondo una palmera llena de cocos, una terraza donde extender la hamaca de red en el calor de la tarde. Un nido, para ella y su marido, marido con o sin papeles, no imponía ese tipo de exigencias, siempre que fuese Ascanio Trindade. Su madrecita le había prometido ocuparse del caso, hacer algo por ella, madame Antoinette no era mujer de hablar en vano. Leonora se siente reconfortada, espera; escucha la lectura con paciencia, virtud obtenida en un duro aprendizaje.

Del otro lado de la sala, oyendo la palabrería de la escritura, está doña Zulmira, viejísima, con su aire de ave de rapiña, los anteojos caen sobre la nariz curva, el rosario alrededor del puño enorme y un medallón con el retrato del finado marido cuando era joven. Sonríe contenta: la casa convertida en dinero servirá para la salvación de su alma y para gloria de la Senhora Sant’Ana, no irá a parar a las manos excomulgadas de João Felicio, su maldito sobrino. El muy porquería no podrá hacer con su última voluntad lo que estaban haciendo con el testamento de don Lito los crápulas parientes, discutiendo la validez de la justicia y tratando de robar a la Santa Madre Iglesia. El padre Mariano le servía de acólito: el dinero de la venta de la casa se destinará a misas en el altar mayor de la Matriz, delante de la imagen de la patrona y en beneficio del alma de la donante, pero sólo después de su muerte. Antes, depositado en manos de Modesto Pires, rendirá intereses mensuales que ayudarán a doña Zulmira en sus gastos, servirán para médico y remedios, conforme consta en el documento anexo a la escritura que el doctor Franklin está terminando de leer.

Escondido en la acera, João Felicio, el sobrino, espía. Es un pequeño comerciante de un almacén, su cara se parece a la de la tía, nariz curva, mentón duro, gavilán listo para atacar a su presa. La presa se acaba de escapar, se fue al cielo llevada por la santa, ídolo y superstición de los católicos romanos. Zé Esteves irá a vivir a la confortable casa que había esperado ocupar en breve —la vieja no puede durar mucho— con su mujer y su hijo pequeño. Allí estará don Zé con su presunción, su arrogancia y su mujer, la pobre infeliz. ¿De quién es la culpa sino de él, de João Felicio, por haberse casado contra la voluntad de la tía con una muchacha protestante, hija del pastor de la Iglesia Bautista de Esplanada? Doña Zulmira, católica de las de antes y desconocedora de las tesis ecuménicas, creía que protestante es sinónimo de hereje, enemigo, raza perdida y condenada. Sus creyentes son hijos del demonio a los cuales los buenos católicos deben negarles pan y agua, ya que desgraciadamente se acabó la Santa Inquisición.

Terminada la lectura, el doctor Franklin llama a las partes interesadas para el acto de la firma. Asterio y el padre son testigos y luego de poner sus firmas se dan un apretón de manos en señal de felicitación. Perpetua, depositaria provisoria, saca fajos y fajos de dinero del fondo de los bolsillos de su pollera negra de gorgarán de seda, y se los entrega al doctor Franklin. Todos los ojos acompañan la operación. El notario cuenta billete por billete, antes de pasarlos a las manos de doña Zulmira.

Sonriente, Tieta tiene una duda: ¿el terreno y la casa, comprados, pagados y escriturados a nombre de Antonieta Esteves Cantarelli, pertenecen sin sombra de duda o discusión a Antonieta Esteves, simplemente? El abogado que había consultado en São Paulo, antes del viaje, garantizó que sí, siempre que existiesen testigos de compra y de pago: se trataba simplemente de un error de nombre, de fácil corrección. Quien se lo dijo, no fue un abogadito cualquiera, un picapleitos, fue el Procurador General del Estado, cliente constante del Refugio, consultor jurídico de madame Antoinette.

DEL ATARDECER EN EL AREÓPAGO.

Tieta, después de despedirse de los parientes y de haber contratado los servicios de Liberato, un maestro de obras recomendado como excelente por Modesto Pires, pudo llegar sola a la puerta de la agencia del Correo para la conversación privada, tal como se lo había prometido en la víspera a doña Carmosina. Finalmente las dos amigas podrán pasar revista a los últimos acontecimientos; las dos están interesadas en oír y contar, rumiar planes e ideas pero escondiendo, tanto una como la otra, segundas intenciones; Doña Carmosina, al ver a Tieta que subía el escalón de la entrada, larga el diario y exclama:

—¡Por fin solas! —ríe y extiende los brazos para acoger a la ilustre visita e importante figura—. ¡Salve mi líder!

Demasiado ilustre e importante. Ni cinco minutos disfrutan la soledad. Todavía están acomodando las sillas, cambiando palabras de afecto, Tieta pregunta cómo está doña Milu —tiene la costumbre de decir que doña Milu es su segunda madre—, cuando surgen los primeros conocidos y se juntan los primeros curiosos en la puerta del Areópago. Todos quieren ver y saludar a la coterránea donante de la capitanía de São Paulo, magnate del país. Se quedan de pie, sonriéndole. Algunos mendigos que no la encontraron en casa, con el instinto aguzado por la necesidad, la descubren en la agencia, cada uno recita una historia más triste. Triste y verídica. Tieta concierta una cita con dos de ellos para la mañana siguiente, en su casa. Doña Carmosina mueve la cabeza, esto no puede ser. Al mismo tiempo, se alegra por la gentileza y paciencia de Tieta que oye y ayuda a los pobres, y dialoga con los ociosos que sólo desean hablar con ella para felicitarla por la luz. Riendo, Antonieta dice:

—Esa historia de la luz ya me está cansando…

—No hables así, mi negra. El pueblo manifiesta su gratitud, es buena gente, todavía no está corrompida por la civilización.

Desde la acera, la voz del comandante Darío liquida las últimas esperanzas de doña Carmosina. No será ésta la vez que podrán conversar a bâtons rompus, de tanto en tanto Tieta emplea una expresión francesa; en el Sur, conquistó, ciertamente bajo la influencia del marido, un nivel de cultura no habitual en el fin del mundo como es ese pueblo, se hizo realmente señora, no sólo por su elegancia y riqueza, sino también por el intelecto; doña Carmosina se siente orgullosa de su amiga y así deben sentirse todos los ciudadanos de Agreste.

El comandante toma una silla, se sienta despatarrado y así demuestra su decisión de quedarse para charlar. Quiere saber cuándo es que Tieta va a volver a Mangue Seco. Doña Laura y él, regresarán al día siguiente, después de almorzar, ¿no quiere aprovechar la canoa? Claro que la aprovechará. Terminada la compra de la casa, firmada la escritura, efectuado el pago, nada especial la atará a Agreste. El Viejo se encargará de dirigir la limpieza y la pintura de la vivienda, algunos arreglos indispensables, antes que nada la construcción de un baño y letrina decentes. Los que hay, son inservibles. Hace mucho que doña Zulmira se baña en una palangana y hace caca en un orinal. El comandante oye la lista de las obras; de los pequeños arreglos; prevé:

—Un mes de trabajo, o más… Liberato es tranquilo.

—No con papá como fiscal, encima de él… —garantiza Antonieta—. El Viejo está loco por mudarse, don Liberato va a tener las riendas cortas.

—¿Firmó contrato, o va a pagarle por los días de trabajo?

—Comandante, por amor de Dios, no se olvide que yo nací aquí. Contrato, por supuesto.

—En ese caso, un mes. Y Liberato es tan parsimonioso como competente. Sobre el particular, puede quedarse tranquila.

—Mire cómo son las cosas, comandante. Creo que hice una buena compra al adquirir la casa de doña Zulmira…

—Cara, para los precios de aquí.

—No importa. Costó mucho dinero, es una excelente casa, va a entrar en obras, pero yo sólo pienso en la choza de Mangue Seco. Mi cabeza está allá. Ésa sí que me apasiona. No quiero viajar sin que esté lista.

—El pueblo de Mangue Seco es más pachorriento que el de aquí. Ya sabe cómo es la vida de playa. Con aquel vientecillo, no dan ganas de trabajar demasiado…

—Por eso quiero volver rápido, para dar un empujón. Cardo no es el Viejo, no es capaz de armarle bronca a nadie. El pobre debe de estar pensando que la tía lo abandonó y se fue a São Paulo. Es un muchacho de oro ese sobrino, comandante.

Brillan sus ojos cuando habla del sobrino. Doña Carmosina y el marino estuvieron de acuerdo con el elogio. Dios había sido muy generoso con Perpetua: no sólo la salvó de vestir santos, considerable milagro, sino que le dio un excelente marido y buenos hijos. Doña Carmosina y el comandante, que tan bien saben ejercer el arte de hablar de la vida ajena, se deleitan durante algunos minutos considerando la bondad de Dios al premiar las virtudes eclesiásticas de Perpetua. ¿Eclesiásticas? Ese adjetivo para definir las virtudes de Perpetua se debía a Barbozinha y doña Carmosina lo encuentra poético y perfecto. De esta forma, con charla y risas, matan el tiempo. No se gana nada cuando Tieta le dice que había ido por una noche y ya hace tres días que está —y todavía, ¡imagínese!, no había tenido tiempo de tratar algunos asuntos urgentes con Carmo. Para eso estaba allí, en la agencia, pues mañana sin falta volverá a Mangue Seco.

El comandante parece ni oír la insinuación. Explica que Ricardo, estando donde está, de vacaciones en el propio paraíso terrenal, sólo tiene motivos para sentirse feliz. Mientras oye al comandante que está entusiasmado, con una perorata sobre su tema predilecto, la belleza de la playa de Mangue Seco, Tieta piensa en su pequeño Ricardo, abandonado en el colchón de crines, en la salvaje inmensidad de las dunas sobre el mar. ¡En el paraíso, comandante, pero soportando las penas del infierno! Debe de estar plantificado en la duna más alta, tratando de descubrir a lo lejos en el río una señal de la lancha, oír un ruido de motor. Ella tampoco desea otra cosa sino bajar a favor de la corriente del río, cruzar el oleaje de la barra, desembarcar en Mangue Seco, correr a los brazos de su pequeño, sentir los pelos de punta en sus piernas y brazos musculosos, en el pecho adolescente, el calor, la vibración de su cuerpo, la timidez que todavía no ha sido del todo vencida, el ímpetu, el mástil erguido, las velas desatadas. Las últimas noches, dando vueltas en su cama, en la alcoba, había padecido insomnio y agonía. Para calmarse, terminó por acostarse en la hamaca, Que estaba en el antiguo escritorio del doctor Fulgencio, donde había dormido Ricardo. Buscó recuerdos del sobrino, encontró señales evidentes de la batalla trabada con el demonio en la hamaca donde él la había deseado contra su propia voluntad, donde la había tenido desnuda, en un voluptuoso sueño, y no había podido poseerla por no saber cómo hacerlo, horrenda pesadilla. Ahí el seminarista virgen había comenzado a perder la castidad. Tieta se dejó caer en la hamaca, tocó la mancha blanca, gimió, cabra en celo.

Hubo otro que apareció para hablar de bueyes perdidos impidiendo la otra conversación íntima y esencial: Ascanio. Llega acompañado por Aminthas y Seixas. El comandante no pierde ocasión para criticar las iniciativas del patriótico secretario de la Municipalidad, los amenazantes proyectos turísticos, por suerte ridículos.

—Nada de ridículos —protesta Ascanio—. El tipo vuelve en cualquier momento…

—… para definir los planes, estoy seguro —corta Aminthas.

El comandante Darío eleva las manos al cielo:

—Para terminar con nuestra tranquilidad. Voy a cavar trincheras en Mangue Seco, armar barricadas. Cuando lleguen los nudistas, los recibo con balas, como Floriano amenazó recibir a los ingleses.

—¿Nudistas? —Tieta se interesó.

—Exactamente. ¿No lo supiste?

—Supe que vino una pareja y que fueron a Mangue Seco…

—… y cuando llegaron allá, se sacaron la ropa Y ¡pum! Al agua desnuditos como Adán y Eva. Corriendo por la playa…

Una carcajada irreprimible sacude a Tieta, no puede contenerse. Piensa en Ricardo, que ya había sido tan violentado y como si eso fuera poco tendrá que vérselas con nudistas. Era capaz de confundirlos con diablos llegados del infierno para participar en sacrílegas bacanales en Mangue Seco, misas negras, para consumar la definitiva condena de su alma. Los efectos de la larga prédica de la tía empeñada en calmar sus temores y restaurar su ánimo y confianza quedarían reducidos a cero.

—¿Ricardo habrá visto a esa gente desnuda? —pregunta cuando consigue controlar la risa.

Todos ríen al imaginar al seminarista en compañía de la extraña pareja, inclusive Ascanio. El comandante Darío concluye victorioso:

—Es lo que yo digo: Perpetua, los curas, el obispo, tú, Tieta, todo el mundo cuidando la inocencia del niño y los amigos de Ascanio liquidan todo ese esfuerzo en una tarde. ¿Para qué sirve vigilar tanto la castidad de tu sobrino? El libertinaje es importado por Ascanio, los proxenetas van a invadir Mangue Seco, nuestro destino es el lenocinio…

Ascanio no se conmueve por el trágico panorama trazado por el comandante.

—Cuando los terrenos se valoricen, la Toca da Sogra va a costar una fortuna, el comandante me lo va a agradecer, y usted también, doña Tieta. Hizo el negocio en el momento justo, los precios de los terrenos van a subir.

—¡No hay precio que pueda pagar mi paz! —concluye el comandante insensible. Se vuelve hacia Tieta—. Entonces mañana, después de almorzar, a eso de la una, ¿de acuerdo? Vamos a aprovechar estos últimos días, antes de que Ascanio transforme Mangue Seco en Sodoma y Gomorra.

—¿Va a ir mañana, doña Antonieta? —pregunta el acusado o sea el secretario de la Municipalidad—. No se olvide de que el otro sábado es la inauguración de la Plaza y usted es la madrina de la fiesta.

—No lo voy a olvidar. Pueden contar conmigo, no faltaré. Llegaré a tiempo.

Aminthas anuncia que si no llegara a volver, irían a buscarla por la fuerza. Seixas, allí presente, y él, Osnar y el grumete Peto están tramando una expedición punitiva para raptarla en la playa y traerla de vuelta. Nadie puede negar lo maravilloso que es Mangue Seco, una playa excelente para paseos, picnics, weekends, baños de mar, la barra, las dunas, la vista, pero sus conciudadanos no pueden tolerar que teniendo el tiempo medido se pase semanas enteras allí. Doña Carmosina está de acuerdo y aplaude la idea: tal vez podríamos hacer una excursión el próximo domingo. ¿Qué le parece, Seixas?

—Excelente. Voy y llevo a mis primas —aprueba Seixas y por primera vez opina en la discusión.

La conversación privada queda para la noche. Doña Carmosina suspira: pero sin falta ¿eh? Si la volvemos a postergar, como está tan llena de temas graves y excitantes, seguro que explotó. Sin embargo, ni se le pasa por la cabeza que la más interesada en esa conversación es Tieta, sólo que no lo demuestra.

DE LA CONVERSACIÓN CAMINO AL RÍO.

Tieta pasea sus ojos por el cielo, la luna llena se había convertido en menguante, aquella misma que iluminó el arenal de Mangue Seco, pero millares de estrellas centellean y ella no se cansa de contemplarlas, de admirar ese firmamento que ya no existe en las ciudades del Sur. São Paulo, la ciudad donde vive y trabaja, está cubierta por el humo de la contaminación, allí el cielo es negruzco.

—Me estoy llenando la vista con el cielo de Agreste, Carmo. Allá no hay nada así. Se terminó el cielo en São Paulo.

Para poder hablar a solas tuvieron que huir de la casa llena de gente, mientras Barbozinha, invencible, atravesaba el pantanal de Mato Grosso al frente de un regimiento de la Columna Prestes, después de haber sido uno de los Dieciocho del Fuerte, el único que escapó por milagro: uno más o uno menos no aumenta el número, continuarán siendo dieciocho, ésa es la grandeza de las leyendas. Aminthas advirtió al heroico bardo:

—Cuidado con la lengua, poeta. Que seas el decimonoveno o el vigésimo tercero de los Dieciocho, no me parece mal, salvo la distorsión histórica. Pero, al meterte en la columna de Prestes, corres peligro de ir a la cárcel. Por menos metieron presos a muchos en Esplanada.

Cuando doña Carmosina llegó para la charla privada, se encontró con que la sala estaba llena de amigos, la terraza ocupada por Leonora y Ascanio, sólo quedaba el recurso de la fuga. Tieta propuso la retirada cuando doña Carmosina le dio pie: aquí no vamos a poder conversar, tengo muchas cosas para decirte pero no puedo con esta muchedumbre delante, ¿cómo podemos hacer? Se escaparon por el fondo de la casa, sin que nadie se diera cuenta. Ahora caminan hacia el río:

—La diferencia es que allá se gana plata, Carmo. Quien está dispuesto a trabajar, puede ganarse la vida. Aquí, hay demasiada pobreza, ya me había olvidado cuánta.

Tieta toma el brazo de doña Carmosina, las dos amigas marchan en dirección del embarcadero, en la sombra se oyen rumores de la corriente del río todavía distante. Las envuelve la brisa de la noche que llega del mar, de las bandas de Mangue Seco donde Ricardo espera, seguramente está postrado sobre las dunas, tratando de ver alguna señal de luz en la distancia, crucificado de miedo y deseo, de pecado y nostalgia, desganado.

—Demasiada pobreza, empezando por los míos. Viven tan apretados…

—Perpetua no tanto… —rectifica doña Carmosina—. Todos los meses pone dinero en la Caja, en Aracajú, no es ninguna tonta.

—No creas que no lo sé, Carmo, no nací ayer, conozco las cabras de mi rebaño y a la que más conozco es a Perpetua. Sé que Ricardo estudia gratis, el padre lo arregló con el obispo, sé que Peto está en el Grupo Escolar, que no paga nada, sé mucho más de lo que ella puede imaginar. Pero no por eso niego mi ayuda. Después de todo, es tan poco lo que ella tiene, sólo es algo en comparación con la pobreza de los demás, pero para el futuro de los niños no es nada. Los chicos son unos amores. Ricardo es estudioso, compenetrado, serio, con esa sotana queda tan gracioso, parece un ángel. —Mira a la vieja amiga—. Mandé abrir una libreta de ahorro a nombre de él en São Paulo, como tú ya sabes…

—¿Que yo sé? ¿Qué es eso? No sé nada, si tú no me lo dijiste, ¿cómo iba a enterarme? —doña Carmosina responde nerviosa, casi insultada con la indirecta.

Tieta llena el ambiente con una carcajada alegre, divertida, aprieta el brazo de la compañera, afectuosamente:

—Lo sabes porque leíste la carta que escribí a la gerente de mi negocio, donde la mandaba al Banco para abrir la libreta y hacer el depósito. No me digas que no la leíste, Carmo, porque no te lo voy a creer. Si yo estuviera en tu lugar, también lo haría.

Al principio estaba medio confundida, no podía responder. Pero después se contagia de la risa de su amiga y protesta:

—Nunca vi cartas más discretas, más reservadas que las tuyas. No cuentan nada, ni las que mandabas para tu familia, ni las que escribes a São Paulo. Nunca vi tanta avaricia de palabras: haz esto, haz lo otro, cómo están las cosas, la clientela, ¿firme? Y ¿cómo se portan las muchachas? Hasta ahora no pude descubrir qué clase de negocio tienes, además de las fábricas. De eso todos están enterados.

—No hay ningún secreto, Carmo, sólo que no sé escribir bien, cuanto menos escribo menos me equivoco. Además, no me gusta que mis cosas anden en boca del pueblo, nadie tiene por qué saber de mis ganancias; yo creo en el mal de ojo. Pero a ti, no tengo por qué esconderte nada. Tengo en São Paulo una boutique de lujo, con precios carísimos, sólo para gente de alta sociedad, la clientela es de primer orden, eso da bastante dinero. Las muchachas son las vendedoras, bonitas, elegantes, ganan bien. Por eso mismo, por esa clientela tan chic, no quiero que nadie de Agreste se aparezca por allá. Imagínate, Carmo, el negocio lleno, la crema de São Paulo, todos podridos en plata, y se aparece esta gente de aquí… Por eso nunca mandé la dirección. No me importa que hablen de las fábricas, o que inventen lo que se les antoje, sabes ¿por qué? Porque en las fábricas no tengo nada, ni participación. Cuando Felipe murió, me quedé con los departamentos, los inmuebles y la boutique que, por otro lado, ya era mía, estaba a mi nombre. —En el camino mal iluminado trata de ver en la fisonomía de su amiga si la explicación era o no convincente.

Doña Carmosina había bebido las palabras, una por una. Asidua lectora de novelas policiales, admiradora de Agatha Christie, se sentía la propia Miss Marple perdida en Sant’Ana do Agreste. De deducción en deducción, exprimiendo su materia gris, partiendo de unas pocas pistas, había llegado a la verdad: nada de lo que Tieta le acababa de contar era nuevo para la presidente del Areópago.

—Es exactamente lo que yo había imaginado, que tenías una boutique de alto lujo, con precios de erizar el pelo, y que toda la aristocracia de São Paulo deja su dinero allá. Haces muy bien en guardar reserva sobre tus negocios y tu vida. Creo que si Elisa tuviese tu dirección de São Paulo, encontraría la forma de irse para allá. Es su único sueño, pobrecita.

Tieta se rió:

—¿Te imaginas a toda la parentela de Agreste, empezando por el Viejo Zé Esteves, de bastón y escupiendo tabaco, en mi puerta invadiendo la boutique? Sería gracioso, sólo que arruinaría mi negocio para siempre.

No hizo ninguna referencia a Elisa, como si no hubiera oído el nombre de la hermana, pero doña Carmosina insiste, vuelve a la carga:

—¿Piensas llevar a São Paulo a Elisa y Asterio? Es todo lo que ella espera de la vida, Y me parece que…

El tema desagrada a Tieta. Interrumpe a la amiga antes de que se tome a pecho la defensa de Elisa:

—¿Para qué me la voy a llevar? Aquí ellos viven bien con lo que rinde la tienda y con mi ayuda. Sin que yo le preguntara nada, ella me dijo el otro día que no quiere tener casa propia en Agreste. Se lo pasa hablando de São Paulo, insinúa una invitación, no tiene otra cosa de qué hablar. Puedo aumentarles la ayuda que les doy, pero llevarlos a São Paulo, jamás.

—¿Puedo preguntar por qué? Le tengo cariño a Elisa y quisiera verla feliz.

—Yo también quiero que sea feliz, también la quiero, es mi hermana y sé que ella también me quiere, no es hipócrita como Perpetua. Pero Asterio también me gusta, Carmo. Aquí, él vive contento, para él São Paulo sería un destierro. Me encanta ver feliz a la gente, cosa tan rara en este mundo. Sé qué es ser infeliz, me las vi negras cuando me fui. Tuve suerte, encontré un hombre bueno, un marido. Somos una familia suertuda, Carmo: Perpetua, con esa cara, encontró marido, lo que ya es un considerable milagro, ¿no lo dijo ayer el comandante? Pero mayor milagro fue el mío: yo era una vulgar empleadita en la oficina de Felipe, y terminé con alianza en el dedo. —Exhibe su alianza de oro, diferente, trabajada, pieza digna de anticuario—. Elisa también tuvo suerte, se casó, Asterio es un buen muchacho, me gusta mucho. Pero en São Paulo sería más infeliz que Elisa aquí.

—¿Te parece?

—Estoy segura. Aquí tiene amigos, ¿de quién se haría amigo en São Paulo? No está hecho para andar a las corridas en aquel infierno. Y Elisa, tu amiga, ¿sería feliz en São Paulo? La conoces mejor que yo, la viste nacer, las dos la vimos, ¿te acuerdas? Y Asterio, que no sabe hacer gran cosa, ganaría apenas un sueldito. ¿Te crees que ella lo aguantaría en São Paulo? ¿Sería capaz de llevar una vida modesta, con esa estampa de reina que tiene? ¿Con esa belleza? ¿Sabes adónde iría a parar? A una casa de citas. ¿Es ésa la felicidad que quiere?

Doña Carmosina se estremece, las palabras de Tieta le resuenan en el cráneo como martillazos. Desiste en su lucha por la protegida. Había prometido hacerlo cuando Elisa, casi llorando, le suplicó: habla con Tieta, Carmosina, dile que quiero irme con ella, pídele un empleo para Asterio en la fábrica y un rinconcito en el dúplex para nosotros.

—Tienes razón, es una locura. Terminaría mal. ¡Dios mío! ¿Cómo no se me ocurrió pensar en eso? Tú eres mejor hermana de lo que parece.

—Conozco a mis cabras. Fue mejor que me hayas hablado del asunto, yo quería pedirte que le saques esas ideas de la cabeza, ella te hace caso. Aquí, Asterio y ella pueden contar conmigo. Fuera de aquí, nada.

—Voy a hablar con ella, no va a ser fácil. Pero tú tienes toda la razón, no se pueden arriesgar. ¡Imagínate! Dios mío.

—La vida es una contradicción imposible de entender. Elisa sólo piensa en ir a São Paulo; Leonora, está diciendo que quiere vivir en Agreste, no quiere irse nunca más de aquí.

El rostro melancólico de doña Carmosina se ilumina con una sonrisa, ése era un tema importante. Se acercó al río, el rumor de la correntada sobre las piedras crece. Ruedan estrellas del cielo y se deshacen en la sombra.

—Es verdad, ella me dijo que había decidido no irse más. En esos días que pasaste en Mangue Seco, charlamos mucho las dos. Está loca de amor, muerta de pasión. ¡Qué cosa tan linda, Tieta! Dos desilusionados, dos… —busca en la memoria la palabra moderna, que leyó hace pocos días en un artículo— carentes que se encuentran y, al darse la mano, se completan. Está dispuesta a quedarse aquí.

—¿Y tú piensas que se va a acostumbrar a estos confines? Ahora, es feliz porque estando con Ascanio puede olvidar todo lo que sufrió, y te aseguro que sufrió como un cabrito destetado. ¿Pero después? Yo nací aquí y aquí quiero terminar mis días, pero sólo volveré para quedarme cuando esté vieja y achacosa. Antes, sólo de paseo. Para quien llega de una gran ciudad, acostumbrarse a Agreste no es fácil. Hasta los que nunca sacaron los pies de aquí, se quejan. Es demasiado tranquilo. Mira a Elisa. Si yo hubiese imaginado que iba a pasar esto, no habría traído a Nora. Es una tonta sentimental, va a acabar perdiendo la cabeza, se va a encariñar y vamos a tener problemas.

—Ya lo sé. —Doña Carmosina suspira, dramática como el autor de un folletín en la escena culminante o de una novela de radio en el final del capítulo—. ¡Ella es millonaria, y él es pobre! Pero…

—No es por eso, Carmo, todos los días nos enteramos de que algún rico se casa con algún pobre. ¿Crees que yo me preocuparía si el problema fuera ése? Ya estaría preparando el ajuar.

—¿Cuál es entonces?

Tieta se detiene a un costado del camino para dar mayor énfasis a la confidencia, persiste el clima de melodrama y el suspenso. Doña Carmosina espera, tensa, incapaz de esconder su impaciencia:

—¿Cuál?

—Tú sabes que ella estuvo de novia con un sinvergüenza que sólo quería su dinero. Se las dio de ingeniero, pinta no le faltaba, pero era lo único que tenía. Ella, ciega de pasión, quería financiarle unos proyectos, y no largó la plata porque yo me di cuenta y pude manejar la cosa. Fue cuando apareció la policía que andaba atrás del tipo y nos enteramos de su prontuario. La pobre cayó en cama y casi se muere. A mí no me sorprendieron las revelaciones de la policía, no me engaño con la gente, pongo los ojos en un fulano y ya sé si vale o no, la calidad de su carácter y el tamaño de su pito…

Doña Carmosina se afloja y explota en una carcajada:

—Una mujer tan loca como tú, ni después de muerta va a aprender. Inventas cada una: la calidad del carácter y el tamaño del pito… ¡Qué gracioso! —muerta de risa, se calma de a poco y vuelve al amor de Nora y Ascanio—. Yo ya sabía todo eso, tú misma me lo habías dicho. Por eso yo digo: son dos heridos que convalecen, dos carentes —doña Carmosina aprovecha para repetir la palabra recién aprendida— que se completan. Si no es el problema de la fortuna el que estorba, entonces…

—Pero sucede que ella estuvo de novia con ese tipo unos seis largos meses, Carmo. Un noviazgo en São Paulo no es como en Agreste. Allá los novios tienen mucha libertad, salen solos, van a fiestas, a boîtes, hacen paseos que duran días y días… noches y noches… las muchachas andan con la píldora en la cartera, junto con el rouge.

—Ahora entiendo…

—Así es. Esa historia de casarse virgen está pasada de moda. Sólo tiene validez en Agreste. El hecho de que él sea pobre no tiene ninguna importancia. A Nora eso no le interesa en lo más mínimo. Ni a ella, ni a mí. Pero tú crees que nuestro amigo Ascanio… —una pausa—. Por eso estoy preocupada, Carmo.

—Ahora quien está más preocupada soy yo. Preocupadísima. ¿Por qué la vida es tan complicada, Tieta?

—¡Qué sé yo! Y pensar que todo podría ser tan fácil, ¿no? ¡Porca miseria! como dicen mis patricios, los italianos de São Paulo.

Vuelven a caminar, doña Carmosina digiere la incómoda revelación, ¡ay! ¡Dios mío! ¿qué hacer? Antes de llegar a las márgenes del río, Tieta dice:

—Ahora que compré la casa y la mandé arreglar y pintar, instalo a los viejos, dejo a Ricardo la plata para terminar de construir el rancho en Mangue Seco, agarro a Leonora y me voy.

—No puedes irte antes de la inauguración de la luz, ya te lo dije. De ninguna manera.

—Había pensado quedarme pero no puedo. No es por mí, si bien no debería atrasarme más, dejé todo lo mío en São Paulo y en manos ajenas…

—En manos de gente de confianza…

—Igual. Lo que engorda al ganado es el ojo del amo. Yo me quedaría para la fiesta si no fuese por Nora. Tengo que sacarla de aquí mientras está a tiempo. Ella no aguantaría otro golpe, podría morirse…

—No te precipites. Espera unos días, cuando vuelvas de Mangue Seco te podré decir algo.

—¿Sobre?

—Ascanio y Leonora.

—La vida puede ser tan fácil, somos nosotros quienes lo complicamos todo.

Llegan a la orilla del río, las canoas descansan en el embarcadero. Un poco más allá, en la Bacia de Catarina, los sauces llorones se inclinan sobre los peñascos y aumentan la oscuridad. La brisa trae un leve gemido que viene de aquellas bandas. Las amigas avanzan unos pasos con sigilo. Hay bultos en los escondrijos; susurros, suspiros bajo los sauces. La vida puede ser tan fácil, repite Tieta. Las dos comadres sonríen, la linda y la fea, la que lo conoce todo y la carente (para usar la palabra de moda, tan del agrado de doña Carmosina). Tieta anuncia:

—Ya elegí el nombre para mi choza en Mangue Seco.

—¿Cuál es?

—«Curral do Bode[34] Inácio». Era el padrillo del rebaño del Viejo, el chivo más grande que he visto en mi vida. Arrastraba sus bolas por el suelo. Con él aprendí a querer y a conseguir lo que quería.

Se multiplican los suspiros de amor en la ribera. Las dos amigas, apuradas, retoman el camino de la casa repleta de gente, en cuya sala el profeta Barbozinha, en su encarnación anterior, está al frente del pueblo de París, asalta y conquista la Bastilla, libera a millares de patriotas que están prisioneros. Es un episodio magnífico, con espadas y arcabuces, hidalgos, oradores, los que cantan la carmañola no corren peligro de arresto.

DONDE EL LECTOR REENCUENTRA AL SEMINARISTA RICARDO, EL ÁNGEL CAÍDO, SOBRE EL CUAL YA HACE BASTANTE TIEMPO SE HACEN SÓLO UNAS VAGAS REFERENCIAS (CASI SIEMPRE ELOGIOS PUESTOS EN LA BOCA LASCIVA DE LA TÍA) Y DE CÓMO ÉL SE TIRA AL MAR.

Desde lo alto de las dunas, Ricardo observa el río con impaciencia. Quiere descubrir la lancha de Eliezer o el barco de Pirica, tal vez la canoa a motor del comandante, y vislumbrar la silueta de Tieta. ¿Cómo continuar allí sin ella, con el pecado por única compañía? Mientras estos pensamientos lo perseguían, los vio desembarcar de una canoa que ellos mismos maniobraban. No estaban todos los que habían acampado en la proximidades de la aldea de Saco, sólo dos parejas y una criatura pequeña, de dos años, cuando mucho.

Curioso, Ricardo acompaña cada movimiento. El muchacho oscuro, de cabellera desgreñada levanta el ancla improvisada, una piedra deforme, atada a una cuerda, la tira al mar y sujeta la canoa. Toma a la criatura en brazos. El otro, flaco y alto, tiene una guitarra, una de las dos muchachas exhibe cabellos largos y dorados que le caen sobre la espalda, probablemente sea la madre de la niñita pues baja junto con el que la lleva; la otra, con flores en el pelo, es menuda: y ágil, cruza corriendo entre las casas de los pescadores, perseguida por el muchacho de la guitarra. El sonido de las risas sube hasta las dunas y llega a Ricardo. Los cinco están descalzos y van para la parte más linda de la playa, la que queda exactamente debajo de la duna más elevada, desde donde Ricardo espía. La más linda y la más peligrosa, la fuerza de las olas impide los baños de mar. Sólo quien nació y se crió en Mangue Seco se atreve a nadar en aquella parte donde el mar se yergue en furia contra las montañas de arena.

Cuando el Mayor vivía, durante las vacaciones anuales en Mangue Seco, Ricardo había acompañado algunas veces a los hijos de los pescadores, y se atrevió a enfrentar las olas, pero el padre, como lo había pescado in fraganti, le prohibió tal locura, bajo amenaza de castigo severo. Por ignorancia o por deseo de exhibirse, más de un bañista había dejado la vida allí, derribado y arrastrado por la violencia de las olas, destrozado al chocar contra las rocas. Es un mar bravío lleno de tiburones, sombras plomizas en medio de las aguas revueltas. Inesperados y soberbios, se alzan entre las olas, rondan la playa, hambrientos, multiplicando el peligro. Poco antes, Ricardo había visto los bultos de una bandada amenazante, irrumpiendo en la tormenta. Se fueron mar adentro, ya no se distinguen las manchas de plomo y muerte.

Desde lo alto, Ricardo ve a las dos parejas y a la niñita que corren y juegan por la playa. Después se sientan en la arena y en seguida resuena el sonido de la guitarra, traído por el viento. Trechos entrecortados de la melodía, parece música religiosa, recuerda un canto llano oído en el convento de los franciscanos en São Cristóvão. En la víspera, cuando fue a la aldea de Saco a tratar la compra y el transporte de material para la construcción, Ricardo supo que habían acampado unos hippies. Era un grupo de más de veinte, entre hombres, mujeres y niños. Novedad reciente y provocativa.

Los dos hijos del dueño de la casa de cerámica donde había adquirido los ladrillos —el albañil se había equivocado en el cálculo y Tieta compró una cantidad bastante menor que la necesaria—, unos mocosos más o menos de su edad, lo invitaron a ir a espiar, y él aceptó.

En el Seminario y en Agreste, había oído muchas cosas sobre los hippies, opiniones de lo más contradictorias, críticas violentas en su mayoría. Cosme, ascético y feroz, al comentar noticias de los diarios, condenó esas costumbres indecentes, perniciosas, de esos enemigos de la moral, entregados al libertinaje y a la droga, y que dejan de lado las leyes y los principios sacrosantos, monstruos de la peor especie. Días después, por casualidad, cuando estaba en el patio tratando de entender la Imitación de Cristo y se preparaba para la meditación espiritual de la mañana siguiente, Ricardo sorprendió una singular conversación, las voces que discutían se elevaban de la rueda formada por algunos padres, entre los cuales estaba el mismo rector, el reverendo ecónomo, el padre Alfonso —el reverendo Alfonso de Narbona y Rodomón— y Fray Timoteo, fraile franciscano, venido de São Cristóvão, para dar una clase semanal de Teología Moral en el Seminario Mayor, cuya sabiduría y santidad eran conocidas en todo el mundo. Parecía una caña de tan flaco, tenía los cabellos revueltos, la barba rala, los ojos color agua pura y la voz mansa; defendió a los hippies de los ataques del padre Alfonso de Narbona y Rodomón, que vociferaba en una dura mezcla de español y portugués. Noble castellano, guardaespaldas de Dios y de la pureza de la fe, celador de buenas costumbres, vicario de la Catedral de Aracajú y profesor de Teodicea en el Seminario Menor, Alfonso era conocido entre los fieles por el apodo de Llama Eterna, debido a la violencia de los sermones repletos de amenazas a los pecadores.

Fray Timoteo, indiferente a la vehemencia de la condena total a los hippies que enunció en rudo portuñol el hidalgo de Castilla, los consideró no sólo hijos de Dios, como todos nosotros, sino que los promovió a hijos bienamados, pues reniegan de la hipocresía, huyen de la mentira, se levantan, pacíficos, contra la falsedad, contra el cinismo antihumano de la sociedad actual, enfrentan la impiedad y la corrupción del mundo, sus armas son flores y canciones, su bandera es la de Cristo: paz y amor. ¿Es condenable su manera de actuar? ¿Qué quería el padre Alfonso? ¿Que ellos tomen las armas, las bombas, las ametralladoras? Van por el mundo dando el buen ejemplo de la alegría de vivir. Son perseguidos como siempre lo fueron todos los reformadores, los rebeldes, los que se levantaron contra el orden vigente y corrompido. Los padres oyeron sin ganas o sin coraje de contestar; el renombre de Fray Timoteo, sabio y santo, lo hacía carismático, los reverendos se curvaban cuando pasaba delante y el Obispo le decía mi padre. Opiniones contradictorias, polémica ocasional, pero en los oídos de Ricardo quedó resonando la serena voz del franciscano, que repetía las palabras paz y amor, distintivo de Cristo, saludo de los hippies.

Se demoró con los dos compañeros para poder espiar desde lejos el campamento, donde los jóvenes parecían indiferentes al tiempo, sentados en grupo y conversando. Algunos trabajaban metal y cuero, un flacucho tocaba la guitarra otro descansaba con la cabeza en el regazo de una jovencita, todos vestidos con esas ropas descuidadas, con tajos y remiendos. Tenía collares multicolores, símbolos místicos. Algunos estaban descalzos sobre todo las mujeres. Ricardo vio todo de lejos; cuando uno de los muchachos le propuso ir hasta allá, se negó, necesitaba volver a Mangue Seco, donde los obreros esperaban el material para las paredes de la casa de veraneo de la ingrata.

Ahora, en lo alto de las dunas, observa a las dos parejas y a la niña. Reconoce al flacucho que toca la guitarra, lo había visto el día anterior. Los cuatro se acostaron en la arena, la niñita recoge caracoles y se los lleva a la madre.

Los ojos de Ricardo se vuelven hacia la parte más lejana del río en las primeras sombras del crepúsculo. ¿Qué hace la tía, por qué no vuelve? ¿Por qué lo deja allí, solo, sin su presencia, su voz, los confusos argumentos que igual lo consuelan, la mano, los labios, el seno acogedor, el vientre en fiebre donde todos los problemas se resuelven, las dunas se evaporan, la aflicción y el tormento se transforman en alegría y exaltación?

Debía ausentarse sólo por una noche, sólo una, había asegurado. Ya había pasado dos, insomne y desolado.

Ricardo vuelve su mirada vacía de esperanza y mira la playa. Tal vez porque había cesado el sonido de la música. Las parejas se habían desnudado, el joven de la guitarra y la muchacha risueña intercambian un largo beso y un estrecho abrazo. El moreno y la rubia, con la niñita, se adelantan hacia el mar, quién sabe con la intención de bañarse. Los cabellos de la mujer caen sobre su espalda, le tocan la cintura. Riendo se pone de pie, grita, les avisa que están en peligro. Es necesario haber nacido y crecido en Mangue Seco, en la salvaje violencia del océano y del viento desatados, para poder enfrentar las olas que retornan enfurecidas de la lucha contra las dunas y que se preparan para una nueva embestida, El peligro es mortal, sin hablar de la fatídica sombra de los tiburones.

El grito se pierde en el viento, no llega a la playa, el padre, la madre y la hija se meten al mar, Ricardo dispara hacia abajo, ni repara en la otra pareja que está haciendo el amor, se tira al agua exactamente cuando una ola descomunal cubre a los bañistas, derriba al muchacho y a la joven, arranca a la niña de la mano de la madre y la arrastra lejos. Unos minutos más y el pequeño cuerpo será lanzado por el mar contra la montaña de arena transformada en piedra.

Ricardo se zambulle, desaparece bajo las olas. Cuando aparece más adelante, trae a la criatura contra su pecho. Utiliza sólo un brazo para nadar, recuerda conocimientos adquiridos en la infancia, se sumerge otra vez para aprovechar la fuerza de la ola en su retorno. Durante un instante sólo se ve su brazo erguido, que sostiene a la niña fuera del agua. ¿Y si no puede volver, si pierde la fuerza y afloja el brazo? Sólo respiran cuando Ricardo se alza en medio de la espuma, liberado de las olas.

La madre se acerca a la hija y busca sentir su respiración, tiembla de la cabeza a los pies. El padre trata de decir algo, pero no puede, su voz sale entrecortada. La otra pareja ya no hace el amor; están los cuatro de pie, unidos por la angustia y el alivio; desnudos, de cuerpo y alma.

Ricardo apenas los ve. Por fin, oye el llanto de la criatura, sonríe y sale corriendo mientras la noche cae de golpe, sin previo aviso, noche de cuarto menguante, dunas fantasmagóricas. Los demonios acuden en la penumbra de la noche.

DEL VERDADERO INFIERNO.

Los demonios acuden en las tinieblas de la noche. Durante el día, atiende y ayuda a los obreros, trabaja como si fuera uno de ellos, sierra troncos de palmeras, revuelve la mezcla de barro, arena y cemento, transporta ladrillos en la canoa del viejo Jonás, en la cual atraviesa el fuerte oleaje de la barra para ir a la aldea de Saco. Así, Ricardo olvida la llaga expuesta en su pecho, el pecado y la condena. Llega a concebir la esperanza de perdón, como si nada grave hubiese sucedido.

En la canoa, durante la breve travesía, al ver el rostro plácido de Jonás y oír su voz monocorde, de diapasón inmutable, siente un repentino interés por la vida. Jonás, mientras fuma su pipa de barro, domina la embarcación y mantiene su rumbo, desovilla historias que han sucedido por allí, de tiburones, de pesca y contrabando, malentendidos, amores dudosos de Claudionor das Virgens. Cada vez que el trovador aparece por aquellos lugares, se puede apostar sin miedo de perder; va a terminar metido en líos y disgustos, no hay mujeriego que se le parezca. Jonás larga el humo de la pipa, compara:

—Es más mujeriego que un cura…

¿Que un cura? ¿Y por qué? Jonás ríe, su risa es tranquila al recordar la condición de Ricardo, aprendiz de cura y le da una explicación y un consejo, envejeció en el mar, perdió el brazo izquierdo pescando cazones, recogiendo contrabando, nada de esta vida le es extraño o indiferente:

—Vas a ser cura, entonces tienes que saber que un cura sin olor a hembra no sirve para nada. ¿Cómo va a entender al pueblo si no sabe hacer hijos? Uno de ésos, anduvo en la aldea, se llamaba Abdias, no tenía trato con nadie, las mujeres le tenían miedo, la iglesia quedó vacía. En los tiempos del padre Felisberto, un cura como la gente, con comadre y cinco hijos, que vivió en Saco unos cinco años por causa de su reumatismo, la devoción era grande, hasta nosotros, los de Mangue Seco, íbamos a misa, para oírlo hablar, daba unos sermones de avanzada, hablaba de la belleza, del cielo, había música y fiesta todos los días. No era como el otro que, por no conocer mujeres, vivía en el infierno, sólo pensaba en maldades. Un cura que no huele a almeja, seguramente tiene olor a culo. No sirve.

Jonás maniobra la canoa y concluye con su filosofía, sin importarle el escándalo que se refleja en el rostro de Ricardo:

—Ningún hombre puede vivir sin mujer, estaría contra la ley de Dios. ¿Para qué Dios hizo a Adán y Eva si no para eso? Respóndeme, si puedes.

El muchacho no responde, pero de la misma manera que el trabajo en la construcción de la casa, la tosca visión de Jonás le da ánimo y esperanza de poder desatar el nudo de su desesperación.

Desatarlo o cortarlo con el agudo filo del deseo cuando ella, la tía alegre, alocada, rompe las compuertas del miedo y de la contención en que se ahoga. En presencia de Tieta, olvida la llaga abierta de su pecho, el pecado, el voto no cumplido, la condena, aunque sea de noche y los demonios estén sueltos. La presencia, la risa, la voz suave, los abrazos, la boca, las manos, las piernas, el vientre encendido valen lepra, estigma e infierno.

Sin embargo, en ausencia de la tía, se siente leproso, marcado a fuego por los malditos, condenado, sin posibilidad de cura, pues cuando ella no está, los demonios se apoderan de él, lo revisten de pecado y lo exhiben indigno y perdido.

Ricardo la espera, está en la hamaca. ¿Por qué demora tanto? Había abandonado el colchón de crines de la cama del comandante y doña Laura, ¿cómo acostarse en él sin la ingrata? En Agreste, cuando todavía luchaba para conservar la castidad, en las noches de tentación, en la hamaca que está colgada en el escritorio del doctor Fulgencio, insomne o dormido la veía y la sentía desnuda, lo perturbaba hasta quedar agotado en su tentativa de poseerla sin saber cómo. Durante todas aquellas noches, la había tenido a su lado, aunque rezara o hiciera promesas, no servía de nada su decidido propósito de repeler la satánica visión que lo poseía. Sin embargo, ahora, que conoce ruta y puerto, ni en sueños aparece y trata de imaginársela extendida en la red, desnuda, sólo ve a Satanás y las llamas.

¿Qué hace esa desalmada en Agreste que no acude a socorrerlo y a liberarlo? Se siente ofendido porque ella está en la ciudad, lejos de él. Allá, todos los hombres se lo pasan mirándola; si cruza la calle, las miradas y los comentarios le siguen el rastro de las caderas que se balancean. Está cercada por un halo de deseos reprimidos, ronda de fuego de la que todos participan: de Osnar, con la boca sucia y la lengua suelta, de Barbozinha, cuyos versos la describen desnuda e impúdica en la espuma de las olas; del árabe Chalita, que la conoció jovencita, de Seixas, que la prefiere antes que a sus primas; de Aminthas, que se las da de gracioso, de Bafo de Bode, con sus disparates y afrentas. Una vez, cuando acompañaba a la tía, Ricardo, de sotana, oyó al pasar la frase infame del mendigo: ¡Quién pudiera refugiarse en esa gloriosa roncha de oro! En lugar de enojarse, Tieta sonrió mientras el seminarista daba vuelta la cara para esconder su perturbación. ¿Quién sabe si, precipitada como es y aprisionada en ese círculo de deseo, lejos de sus brazos, no sonreirá a otro? ¿A quién? Ricardo no personaliza, todos le parecen indignos de ella, nadie ni siquiera merece mirarla, mucho menos recibir una sonrisa, una mirada, un gesto de interés o de atención.

¿Quién más indigno que él mismo, Ricardo, por adolescente, sobrino y seminarista con votos jurados e ignorancia completa? Sin embargo, ella se había tentado en su presencia, se había sentido perturbada con ansias de devorarlo, correspondió a su deseo. Es cierto que, en este extraño caso, Satanás se encontraba envuelto, directamente interesado en la conquista de dos almas puras: la suya y la de la tía. Los otros, eran todos unos perdidos, desde el borracho inmundo hasta Peto, con sus casi trece años tan desenfrenados.

¿Con cuál de ellos? De repente, en esa noche perra, con demonios sueltos, Ricardo olvida el pecado, el miedo al castigo, el temor de Dios, el sentimiento de culpa y se aferra a un solo pensamiento, único y terrible, que se apodera de él y lo mortifica, lo acongoja y sofoca; imaginar que Tieta, su Tieta, su mujer, su amante, puede estar gimiendo en otros brazos, besando otra boca, acariciando otro pecho o entrelazando sus piernas con otras piernas. La ve con otro, suspirando y riendo; ¿será Ascanio, tío Asterio, el comandante? ¿Quién será?

Ricardo no soporta pensar en eso, cierra los ojos para no ver. No existe lepra, estigma, fuego del infierno que se compare a ese sentimiento que lo ahoga de rabia, le destroza las entrañas, y le llena de gusto a hiel la saliva de sus dientes, un dolor agudo le atraviesa las ingles. Imagina que desfallece, que nace y muere con otro, en cama o hamaca, en piso de tierra o de arena, ¡ah! ¡no!, si sucediera esa desgracia, a los crímenes contra la castidad tendría que sumarles crimen de muerte, de asesinato y suicidio. Sólo Dios que da la vida, puede dar la muerte, Ricardo lo sabe. Pero se levantaría en contra de Dios, preferiría verla difunta antes que desmayada en otros brazos y, sin ella, no desea la vida, sino la muerte.

La luna menguante desaparece en esa noche de drama. Ricardo baja a los infiernos, se consume en celos, ¿cómo puede sufrir tanto? Deja la hamaca, corre hacia el mar, el camisón le molesta, se lo arranca y lo tira lejos, se arroja al agua, nada hasta cansarse, hasta quedar totalmente agotado. Se adormece en la playa, desnudo.

DE LA MEDITACIÓN ESPIRITUAL.

Medio dormido, oyó un rumor de alegres risas, sonidos de guitarra y la melodía de una canción de cuna tan linda y apaciguante que se envolvió en ella y, por fin, pudo encontrarse con Tieta en un extenso y tranquilo territorio de campo y playa, montes y dunas; ella estaba desnuda, con un ramo de flores y conducía cabras bulliciosas, las llevaba a pastar a las olas. Los pies alados no tocan la arena, tampoco los de Ricardo. Se dan la mano y, limpios de cuerpo y alma, inocentes, se encaminan hacia Dios, que los recibe con sus brazos abiertos. Dios contiene al mundo en su regazo: el campo, la playa, el mar, las cabras y los amantes. Entonces, suenan las trompetas del Juicio Final, tierna canción de cuna, y el profeta Jonás, viejo pescador de contrabandos, se eleva de las aguas, cabalgando sobre un tiburón, y proclama la verdad irrefutable del Señor: ningún hombre, sea rico o pobre, viejo o joven, fuerte o débil, puede vivir sin mujer, ni mujer sin hombre, va contra la ley de Dios. Resuenan las murallas del mar, cuando Jonás, extendiendo su muñón, les enseña que el amor no es pecado, ni siquiera de tía con sobrino, de viuda con seminarista. Una niña adorna con flores los cabellos de Tieta y Ricardo y dice paz y amor, con voz de pajarito.

La música y el canto prosiguen más allá del sueño y al sentir el contacto de los dedos de la niña, Ricardo abre los ojos. Recuerda los desvaríos en su noche de celos, la desesperada prueba de natación, y su caída, exhausto y desnudo, sobre la arena donde había dormido y donde todavía se encuentra. La niña le entrega la última flor, una azucena del campo; está rodeado por un grupo de jóvenes y niños, todos desnudos y sonrientes, que cantan para arrullarlo. Es una canción de cuna que le aquieta el corazón, una canción extraña, portadora de paz y alegría, música celeste. La guitarra que el flacucho aprieta contra su pecho es el arpa del ángel. Ricardo se sienta lentamente y sonríe.

No le importa estar completamente desnudo, ni repara, admirado o curioso, con malicia o codicia, la desnudez que lo rodea, simplemente mira y ve a las lindas muchachas, algunas casi niñas de tan jóvenes, a los hombres barbudos o imberbes. Tienen cabellos largos, a algunos les caen sobre los hombros, ¿no eran así los cabellos de Jesús? En otros, las crespas cabelleras se separan en grandes flores desflecadas o en enmarañados nidos de pájaros. La ronda prosigue con canto y danza: a la ronda, rondita, vamos todos a bailar. Ricardo se pone de pie.

Se encuentra completamente libre del miedo, de la esclavitud, del pecado. Esa mañana, en la barra, la danza, el canto, las sonrisas, el tranquilo rostro de las jóvenes le restituyen la alegría y la paz perdidas.

Libres del tiempo, sin apuro ni horario, cantan y danzan para él, en la atmósfera azul donde nace el día. Una de las muchachas, la madre de la niñita que rescató del mar en la víspera, deja la rueda, se aproxima y lo besa en la cara y en los labios y es entonces cuando Ricardo conoce la fraternidad, su significado y su sabor. Después, todos corrieron al mar, los niños lo condujeron de la mano.

Todo era misterio, sueño, fantasía. Sobre las serenas aguas despunta el día, mientras los jóvenes enfrentan las olas mansas y los niños recogen caracoles azules, colorados, blancos y rosas. Algunas parejas se aman en la madrugada, pero Ricardo trata de no ver ni saber, se queda extendido entre ellos en la playa, en silencio, rodeado por los caracoles que las criaturas le ofrecen.

Después, toman sus ropas viejas, desteñidas, rotas y precarias, reúnen a los niños y se dirigen a las canoas. No preguntaron el nombre a Ricardo, no le dijeron nada, nada le pidieron y sí le dieron algo importante, una cosa desconocida para él, una nueva pureza, no aquella del seminario, que depende del miedo y del castigo; ahora el pecado ya no existe. Ni el demonio, ni la maldad, ni el desprecio. Han sido barridos de la tierra. Para siempre.

Desde la orilla de la playa, donde comienza el mar, gritan en despedida: paz y amor, y se van. Paz y amor, hermano. Ricardo se quedó de pie, quieto y redimido.

DE LA INESPERADA CONFESIÓN.

Al dirigirse a la playa para tomar la canoa donde Jonás lo espera para llevarlo de vuelta a Mangue Seco, con las manos llenas de paquetes, la sierra nueva y los kilos de clavos, Ricardo ve, sentada en una reposera a la sombra de un árbol de tamarindo de tronco secular, una silueta muy conocida. A pesar del pantalón de brin y de la camisa sport, reconoce a Fray Timoteo y se acuerda de que los franciscanos de São Cristóvão tienen una casa de veraneo en la aldea de Saco.

Se acerca y le pide la bendición. El fraile trata de reconocerlo, ¿dónde vio aquel rostro adolescente? Ricardo explica: en el seminario, padre. No es alumno suyo, todavía está por terminar el seminario menor, el secundario, va a comenzar realmente sólo después; con todo, ya llegó a la frontera de la decisión. Y no llegó en una tranquila caminata y sí en una desesperada lucha con el demonio.

—Padre, ¿cuándo puedo venir a confesarme?

—Cuando quieras, hijo, cuando sientas la necesidad.

—¿Puede ser ahora mismo, padre?

—Si así lo quieres…

Ricardo se queda parado, espera. Seguro que el padre Timoteo se va a poner la sotana y lo va a llevar al confesionario de la capilla de la aldea. Pero el fraile señala la otra reposera:

—Deja los paquetes, siéntate aquí, junto a mí, primero vamos a conversar, después te confieso. Vamos a aprovechar que la tarde está linda, Dios la hizo gloriosa para que los hombres sean felices. La felicidad de los hombres es la mayor preocupación de Dios. ¿Tú estás aquí de vacaciones?

—Sí, padre. Quiero decir, aquí no, en Mangue Seco.

—Mangue Seco es el lugar más lindo del mundo. No es verdad que Dios haya descansado el séptimo día, como dicen las escrituras. —El fraile se rió, como si encontrara gracioso el absurdo que acababa de decir—. El séptimo día el Padre Eterno estaba inspirado, resolvió escribir un poema, hizo Mangue Seco. Por otro lado, hasta hoy sigue embelleciendo a Mangue Seco con ayuda del viento, ¿no es así? ¿Tú estás con tu familia?

—Sólo con mi tía, pero hace tres días que estoy solo, ella fue a Agreste, yo soy de allá. Mi tía vive en São Paulo, vino a pasear, se ve hace mucho tiempo. Yo nunca la había visto antes.

Como el fraile no hace ningún comentario, prosigue:

—La tía está haciendo una casa en Mangue Seco, compró el terreno. Es rica. Yo me estoy ocupando de la obra. Vine a buscar material. El albañil, el carpintero, los obreros son de aquí.

—El pueblo de Mangue Seco no se ocupa de esas cosas; quien nace allá, sólo sabe luchar contra el mar lo que no es poco. Raza fuerte, hijo mío.

—Padre, un día, en el seminario, lo oí hablando de los hippies con los reverendos padres, los defendía, decía que no son malos.

—No me acuerdo especialmente de ese día, pero siempre hablo bien de ellos, son como pájaros en el jardín de Dios, todos ellos, los místicos y los ateos.

—Los místicos y los ateos, ¿cómo es posible, padre? No cabe en mi cabeza.

—No es el rótulo lo que da calidad a la bebida, hijo. Para Dios lo que cuenta es el hombre y no la etiqueta. ¿Tú estás con ganas de dejar el seminario para irte con los hippies?

—No, padre. No sé si tengo ganas o no de ir con ellos, nunca lo pensé. Pero, si tuviese, creo que no iría porque mi madre es capaz de morirse. Para ella, los hippies son demonios, se horrorizó cuando vio a algunos en Aracajú. Tiene miedo de que mi hermano, si se encuentra con ellos, se vaya atrás. Mi hermano menor, Peto. Todavía no cumplió trece años y no le gusta estudiar.

—¿Por eso me hiciste esa pregunta sobre los hippies? ¿Por tu hermano?

—No, padre. Es que ayer, yo estaba triste, con la seguridad de haber ofendido a Dios y puesto fin a mi vocación, estaba lleno de rabia y de celos, como un maldito; sólo pude dormirme en la playa después de mucho nadar. Cuando me desperté, los hippies me rodeaban y cantaban para mí. Ellos dieron sosiego a mi corazón y la paz que yo buscaba.

—Paz y amor, son palabras de Dios las que ellos usan. Pájaros del jardín celeste, ¿no te lo dije? ¿Tú tienes vocación por el sacerdocio, o te mandaron al seminario?

Ricardo medita, se interroga antes de responder:

—Mamá había hecho una promesa, creo que por la salud de mi padre. Pero cuando ella me lo dijo, yo mismo quise ir, desde pequeño mamá me enseñó a temer a Dios.

—¿A temer o a amar?

—¿Se puede amar a Dios sin tenerle miedo? No sé separar las dos cosas, padre.

—Pues debes separarlas. Nada que sea hecho por miedo es virtud. Nada que se haga por amor es pecado. Dios no aprecia al miedo ni a los miedosos. ¿Tú quieres de verdad ser cura?

—Sí, padre, pero no puedo.

—¿Y por qué no puedes, si lo deseas?

—No lo merezco. Pequé, violé la ley de Dios, no respeté el trato, rompí el voto.

—Dios no es hombre de negocios, hijo, no hace tratos de toma y daca, y cuando un hijo suyo viola la ley, él tiene el remedio a mano, la confesión. Tú pecaste contra la castidad, ¿no?

—Sí, padre.

—¿Con una mujer?

—Sí, padre. Con…

—No te pregunté con quién, eso no cambia la categoría de la culpa.

—Pensé que sí, padre.

—Dime sólo una cosa: ¿a pesar del miedo al castigo, detestaste el pecado o crees que valió la pena, aunque lo tengas que pagar con el infierno?

—A pesar del miedo, no me arrepentí, padre. No voy a mentir.

El padre sonrió con ternura y contestó:

—Ahora, arrodíllate para recibir la penitencia y la absolución.

—Pero, padre, ¿cómo voy a recibir la absolución si todavía no me he confesado?

—¿Qué es lo que has hecho entonces, sino confesarte? Reza tres padrenuestros, y cinco avemarías y, si vuelves a pecar, no vuelvas a huir de Dios con miedo como si él fuese un ogro. Te confiesas con un padre o directamente con Dios.

Ricardo se arrodilló, recibió la absolución pero todavía quiere saber si debe o no continuar en el seminario, llegar al seminario mayor para prepararse para la santa misión de llevar la palabra de Dios a los hombres.

—¿Padre, después de lo que hice, todavía puedo aspirar al sacerdocio? ¿Todavía soy digno?

—¿Por qué no? Hay quienes dicen que los curas se tienen que casar y hay quienes dicen que no, ésa es una difícil discusión que no viene al caso. Yo no sé decirte cuál es mejor cura: si aquel que castiga su cuerpo y lo deja amargar de deseo, aquel que se oprime para así servir a Dios, macerando su propia carne, violentándose o el que sufre por haber pecado, aquel que no resiste al llamado, se entrega y se levanta para caer de nuevo. Uno se martiriza, es enemigo de su propio cuerpo, es fuerte y al mismo tiempo tal vez se santifica. El otro peca, es débil, pero al pecar se humaniza, ablanda su corazón, no vive en lucha con su cuerpo. ¿Cuál de ellos puede servir mejor a Dios y a los hombres? No te lo puedo decir, ¿sabes por qué?

Ricardo mira al anciano sacerdote, de cuerpo frágil y ojos de agua, luminosos. Mira la mano huesuda que lo había bendecido y absuelto del pecado:

—¿Por qué, padre?

La voz de Fray Timoteo es cálida y paternal:

—Cuando yo me ordené ya era viejo. Estuve casado, soy padre de cuatro hijos, tengo el cuerpo en paz. Traté de servir a Dios al servir a los hombres, no sientas miedo ni de Dios ni de la vida; de esa manera serás un buen pastor.

—¿Y el demonio, padre?

—El demonio existe y se revela en el odio y en la opresión. Antes de temer al pecado, hijo, teme a la virtud, cuando ésta es triste y limita al hombre. La virtud es lo opuesto a la tristeza, el pecado es opuesto a la alegría. Dios hizo al hombre libre, el demonio lo quiere vencido por el miedo. El demonio es la guerra, Dios es la paz Y el amor. Ve en paz, hijo, vuelve todas las veces que quieras, y, sobre todo, no tengas miedo.

Ricardo besa la mano de Fray Timoteo, recoge los bultos y se despide:

—Gracias, padre, me voy en paz. Siento que he aprendido mucho.

Se da vuelta, desde la canoa, para volver a ver al fraile, tan frágil y tan fuerte, en la tarde luminosa. Todavía en vida y ya en camino de la santidad.

DONDE EL AUTOR, EL MUY CANALLA, SE METE EN ASUNTOS QUE NO SON DE SU INCUMBENCIA Y DE LOS CUALES NADA ENTIENDE.

Todavía en vida y ya en camino de la santidad; al volver a presentarme ante los lectores, retomo el pensamiento del seminarista Ricardo, para algunos comentarios rápidos e indispensables con los cuales busco dar base ideológica y consecuencia a los hechos y a las reacciones de los personajes. De esta manera evito que me acusen de no estar metido en el relato, de no ser participante, de huir al compromiso.

No me pueden culpar por metido, inoportuno y pesado: ¿cuántas páginas hace que empezó el tercer episodio de este arrastrado relato y todavía no he interrumpido? Después de todo, tengo derecho a hacerlo, soy el autor y no puedo permitir que los personajes se den el lujo de conducir solos los acontecimientos, merced a sus emociones y puntos de vista, que no son siempre los más convenientes al mensaje deseado.

Esta vez, quien me hace tomar la máquina de escribir es Fray Timoteo, fraile franciscano, de quien todo indica que es uno de los tantos sacerdotes progresistas que tratan de reformar la iglesia partiendo de teorías llamadas ecuménicas. Protestan, exigen un cristianismo militante, situado al lado de los explotados contra los explotadores, de la justicia contra la iniquidad, de la libertad contra la tiranía. Quieren limpiar la iglesia de la antigua recriminación: la de servir a los intereses de las clases dominantes, de los aristócratas y de los burgueses, para ser opio del pueblo, cuando no es la Santa Inquisición a la caza de brujas.

Contra tales sacerdotes de avanzada, que rompen prejuicios y reformulan tesis, quién sabe si volviendo la fe cristiana a sus orígenes, se levantan gritos violentos y agresivos, se escriben libros provocativos, se formulan acusaciones peligrosas, son tachados de subversivos y, a veces, víctimas de procesos y cárcel. ¿Dónde se vio, después de Nerón y Calígula, que los curas vayan a la cárcel por subversivos?

No me meto en la discusión de dogmas porque no son asunto mío, si bien la polémica entablada sea de interés general. En materia de religión me mantengo neutral por no tener ninguna y respetar a todas. Sin embargo, me remito a juicios expresados por el fraile y a historias que contó Jonás, el de la canoa; quiero dar mi testimonio sobre el problema en debate: las relaciones entre castidad y santidad tan discutidas, y lo hago con el espíritu libre de prejuicios de cualquier orden. Sólo con el interés gratuito de mi participación para aclarar completamente el asunto.

Durante siglos y siglos la castidad constituyó un elemento indispensable, o casi, para llegar a ser un santo o una santa. Cuanto más flagelada la carne, mayor posibilidad de beatificación. Según parece, así consta en el derecho canónico.

No apruebo a Jonás, dudoso profeta de contrabando que surge sobre el dorso de voraces tiburones en lugar de salir del vientre de la bíblica ballena, cuando afirma, en una frase ordinaria, colmada de malas palabras, que el cura que no huele a vagina huele a ano, intentando sin duda, establecer una discutible connotación entre el celibato clerical y la pederastia. No siempre eso sucede, la connotación es inadecuada y forzada. Sin embargo, al rudo marino le sobran razones para asegurar a Ricardo que haber pecado contra la castidad no impide que un sacerdote alcance la bienaventuranza y el milagro.

No me propongo analizar tesis morales, preceptos religiosos, ¿quién soy yo? Sólo deseo comprobar la evidencia arriba enunciada al citar ejemplos y presentar pruebas. Puedo comenzar por el propio Fray Timoteo, en camino de la santidad ya en vida, pues estuvo casado y es padre de familia, probó el fruto, lo cual no impide que entendidos y legos lo consideren un elegido de Dios y como tal lo proclamen y veneren. ¿Lo del casamiento, y los hijos, no fue antes de ordenarse? Es cierto, no lo discuto. Entonces, el ejemplo no sirve. Lo retiro, no lo necesito, existen muchos, voy a pasar a otro.

Paso al padre Inocencio, fallecido hace poco más de un decenio, a la avanzada edad de noventa y seis primaveras, lúcido todavía, capaz de distinguir uno por uno a sus tataranietos. Fue vicario durante más de cincuenta años en la ciudad de Laranjeiras, enterró con devoción y lágrimas a sus tres concubinas, que le dieron un total de diecinueve hijos. A cinco, Dios se los llevó en la primera infancia, el padre Inocencio crió y educó catorce, ocho varones, todos excelentes, y seis mujeres, todas bien casadas —excepto Mariquinha, muy afecta a los hombres, a punto de que Rubião perdió la paciencia y pidió la separación. Ésa salió a mí dijo el buen padre en esa ocasión, para declararla inocente y tomar para sí las culpas de la hija: para quien ya tenía tantos pecados, unos cuantos más no aumentarían la pena. En la casa enorme, allí crecieron sus nietos y bisnietos, todos ostentaron el apellido del reverendo: Maltaz, y todos fueron bendecidos por Dios. El abuelo, ya con varios nietos, todavía hacía hijos, y cuando le trajeron el primer tataranieto, para que lo bautizara dio gracias al Señor y honró su santo nombre, no lo hizo en vano.

Cierta vez, un misionario, de esos que van de ciudad en ciudad por el interior del norte y del nordeste para asustar al pueblo, y que no era otro que nuestro conocido Alfonso de Narbona y Rodomón, cuya pronunciación de la lengua portuguesa ya era un anuncio de condena, al verlo, todo un patriarca retirado en su hogar, en compañía de su tercera y última amante, la más linda de las tres, joven, de veintitantos años —estiró sus piernas, dignas de un rey, según el verso de Claudionor das Vigenns, que rimó: su rostro de romana con la luz de la mañana— al verlo rodeado de hijos y nietos, lo señaló con un dedo acusador y apostrofó:

—¿No le da vergüenza, padre, llevar una vida tan licenciosa? No conforme con pecar, exhibe públicamente las pruebas del pecado para escandalizar a los fieles.

—Dios dijo: creced y multiplicaos. —Respondió el padre Inocencio Maltez, con voz pacífica y sonrisa amena—. Yo cumplo con la ley de Dios. No vi en ninguna parte la noticia de que Dios dijera que un cura no puede tener mujer y hacer hijos. Mucho después inventaron esa pavada, obra de algún capado como usted, Reverendísimo.

Él mismo comprobó que no existía escándalo por parte de los fieles, lo cual mortificó al misionario. Al contrario, lo que había era cierto júbilo, se podría decir orgullo del vigor del santo varón que, a los ochenta años, todavía cumplía sus obligaciones inherentes a su estado de mancebo. Y, como el padre Inocencio no era hombre de mentiras, los fieles vieron la potente hazaña revelada por él, aspecto milagroso, evidente señal de la gracia divina.

Por otro lado, según parece, los primeros milagros del padre Inocencio fueron realizados en vida, antes de que Dios lo llamara al paraíso donde lo esperaban las tres mujeres y nueve hijos, los cinco muertos temprano, y cuatro adultos, y algunos nietos y bisnietos, un pequeño clan. Sin embargo, las primeras pruebas de santidad no fueron grandiosas: pequeñas curas, hechas a base de una simple aplicación de agua bendita en molestias de poca gravedad. Dos veces hizo llover cuando la sequía amenazó al pueblo de Sergipe.

Sin embargo, apenas falleció, el mismo día del funeral, acompañado por toda la población de la ciudad y de los alrededores, comenzó la cosecha de prodigios, a cual más impresionante. En seguida que el cuerpo del padre fue enterrado, ahí mismo, junto a la: tumba donde reposa al lado de los restos mortales de sus tres amores, una paralítica invocó su nombre, largó las muletas y salió caminando con paso firme. La noticia se propagó.

Después de ese comienzo espectacular, el padre no se detuvo nunca más y hasta hoy las curas se suceden, cada vez más numerosas y extraordinarias. Laranjeiras, ciudad de gran belleza, esperó inútilmente, durante años, al igual que Agreste, a los turistas que no fueron a admirar las deslumbradas casas, antes de la total destrucción, obra del tiempo y del descuido. A cambio de eso, con los milagros del padre Inocencio, hay una romería permanente de enfermos y desdichados que encienden velas en la iglesia y en el cementerio, en la sepultura donde atiende el magnífico y viril pastor de almas. Basta que una mujer estéril rece un rosario y haga el pedido, le es concedido en el acto; si reza un poco más, nacen mellizos.

En el aniversario de su muerte, la romería crece en santa misión y los pedidos suman millares, la ciudad gana movimiento, comercio y alegría. Para recibir a los peregrinos, además de los descendientes, se encuentran los favorecidos por los milagros, frente a quienes está la beata Marcolina, la que largó las muletas el día del entierro del padre Inocencio, la primera agraciada.

Cito un ejemplo, podría citar varios, no lo hago porque no quiero robarles más tiempo. Antes de despedirme, no puedo dejar de decir que me da mucha pena que no exista en Agreste otro padre tan perfecto como el reverendo Inocencio Maltez, el santo de Laranjeiras, para promover el turismo religioso de la ciudad. El padre Mariano no da lugar a habladurías, por incorruptible o discreto, no sé. No quiero inmiscuirme en su vida, no lo acompaño cuando va a la capital, seguramente a resolver asuntos de la diócesis; para descargar sus instintos, según las malas lenguas, de Osnar y otros sinvergüenzas. Por lo menos no provoca escándalos capaces de desencadenar la ira de los misionarios en busca de pecados; en Agreste jamás dio nada que decir. Las beatas, empezando por Perpetua, lo siguen de cerca, permanentemente, no aflojan la vigilancia.

Me despido para huir de tal vigilancia. Me preparo para ir a Laranjeiras, dentro de poco tiempo. La vejez está por llegar, imagínense. Dicen que con un óbolo para los pobres del padre Inocencio se obtienen sorprendentes resultados, mucho más rígidos y duraderos cuanto mayor sea el óbolo. Que así sea.

DE LA SEGUNDA APARICIÓN DE LOS SUPER-HÉROES ESTA VEZ LLEGADOS DEL MAR. CAPÍTULO BIEN PROVISTO DE PERSPECTIVAS Y PROYECTOS, QUE ENVUELVEN A DIVERSOS CIUDADANOS: DEL MAGNÍFICO DOCTOR A OSNAR, DE PETO A ASCANIO TRINDADE.

Cuando aparecieron nuevamente los seres luminosos anunciados en la profecía del beato Possidônio, llegados del Océano Atlántico en una potente lancha de motor, modernísima, y en mayor cantidad, en número y sexo, ya que había machos, hembras y andróginos, se habían extinguido los ecos del escándalo provocado por la minifalda de Leonora. La famosa paulista, con la compostura que demostró en el transcurso del tiempo, había acallado los comentarios y empezó a caer bien a las beatas. Elisa había desistido de desobedecer al marido, y guardó la pollera de la polémica para usarla en São Paulo, en breve, si Dios quiere. No se atrevió a enfrentar las burlas y condenas en Agreste. Sin embargo con la segunda aparición de los seres extraterrenos, la minifalda se convirtió en un objeto familiar a los ojos de todos los habitantes de la ciudad.

Peto llega despavorido de la orilla del río, la noticia entusiasma al bar: llegó un batallón de gringas. Ni bien termina de hablar, la plaza se llena de marcianos. Ascanio Trindade llega como flecha de la Municipalidad. Todas las hembras están de minifaldas a cuadros —escocés del bueno, reconoce doña Carmosina—, blusa amarilla, de red, botas altas de cabritilla negra. Ni que hubiese sido hecho a propósito, con el objetivo de redimir por completo a Leonora: la ciudad está invadida por semejante desparramo de piernas y caderas expuestas a la brisa y a las miradas ávidas de la multitud que acude de todos lados.

Deben de ser parte de un ejército o de una secta religiosa por estar con el mismo uniforme. La ausencia del beato Possidônio es verdaderamente lamentable, se pierde una buena oportunidad para indignarse y blasfemar, sería una juerga. Había vuelto a Rocinha donde medita y cura.

La pelirroja, veterana porque era la segunda vez que iba, de piernas largas y flexibles, comandante del batallón o sacerdotisa, asistente del gurú, saluda con la mano, se saca los anteojos y ofrece sus ojos llenos de rimmel a la admiración general. Con una minifalda de juguete, muestra todo, según constata Osnar:

—No mide ni un palmo de los míos…

Y avanza para saludar a la viajera del espacio, para reanudar el antiguo conocimiento:

—¿De nuevo por aquí? Es un honor para el condado de Sant’Ana do Agreste.

—Dale, lindo, ofréceme un guaraná o una Coca-Cola, dale. Me muero de sed. Yo y todo el staff aquí presente.

Los demás miembros del staff se aproximan joviales, efervescentes. Pocos reparan en los machos, los ojos no alcanzan para las hembras. Algunos seres dan lugar a unas dudas atroces por parte de los ignorantes ciudadanos, confundidos, sin saber qué pensar: ¿ese que está ahí será hombre o mujer, macho o hembra? ¿Y aquella extraña figura será hermafrodita?

La ventana de la casa del alcalde se abre y aparece el rostro afligido, con una barba de tres días, del dentista Mauritônio. El éxito de la minifalda de Leonora en la feria había provocado silbidos, carcajadas, farras y burlas; tantas minifaldas en la plaza provocan pasmo y silencio. Los negocios y almacenes se vacían y la acera que pertenece al bar está taponada.

—Ahora hay agua de coco en el bar. —Anuncia Ascanio Trindade, al convidar al Ente Excelso y a sus compañeros. Don Manuel se inclina para recibirlos.

—¡Qué eficiencia! —Miss Espacio eleva la voz, consulta a los demás. —¿Quién quiere agua de coco?

—Sólo con whisky, querida —responde Afrodita, con su larga cabellera que golpea en el surco del traste, pantalón bien ajustado, blusón hindú y un montón de collares.

—¿Por qué ella no usa minifalda? —Pregunta Osnar, sintiéndose lastimado por no poder admirar unas piernas y un traste tan prometedores.

—Porque no es ella, lindo. Es él… bueno… más o menos… Es Rufo, nuestro decorador. ¡Tiene un éxito!…

—Negativo. Aquí no gustamos de los lindos. ¿Qué se le va a hacer?

Van a demorarse poco, están de paso, recién llegan de Mangue Seco, donde otros se quedaron, ingenieros y técnicos. Así lo revela la nueva Barbarela. Los que se quedaron a admirar paisajes son los publicistas, asistentes, secretarias, relaciones públicas, contactos: un equipo muy competente.

Se refrescan, en el bar antes de volver a la lancha y seguir río arriba rumbo a Sergipe.

—El que llama la atención es Rufo, y vos, Princesa, ¿quién sois y de dónde venís? ¿Por casualidad sois polaca?

—Elisabeth Valadares, Bety para los amigos, Bebé para los íntimos. Carioca pura, garota de Ipanema. ¿Entendiste?

Sonríe y muestra innumerables dientes, blanquísimos, bien tratados, boca de aviso de pasta de dientes:

Traigo un mensaje para ti, amor. —Amor es Ascanio Trindade, para desilusión de Osnar—. Del Magnífico Doctor.

—¿De quién? —Ascanio está a la expectativa—, repita por favor.

—Del doctor Mirko Stefano, darling, ¿no sabes? Lo llaman Magnífico Doctor y lo es. Te vas a dar cuenta solo. Es aquel buen mozo que vino conmigo la otra vez, ¿te acuerdas? Soy su secretaria, secretaria ejecutiva, ¿viste? Me pidió que te dijera que hoy no puede venir, tuvo que ir a São Paulo por una entrevista importante, pero que dentro de pocos días va a aparecer para conversar contigo y arreglar todo.

—¿Todo?

—Todo, honey, todito.

—¿Pero, todo qué?

—¡Ah! Eso no lo sé, quien lo sabe es el Magnífico, es un asunto de él y tuyo, no me meto. Discreción es mi lema. Ahora, ciao, que sueñes conmigo, petit amour. Adiós a ti también, lindo. —Lindo es Osnar, quien se deleita: si agarro a esa tipa en la oscuridad, van a salir chispas, Bebé va a saber lo que vale la cachiporra de un sertanejo[35].

—¡Vamos, tropa! —comanda la mítica secretaria.

—¿No hay más nada para ver aquí? —pregunta el nervioso Rufo, sacudiendo su cabellera de Mona Lisa.

—Nada.

—¡Qué bodrio!

Rufo, el esteta, es un decorador protestón pero atento. Pasa frente a Osnar y ni siguiera lo mira. Sin embargo, mide a Peto, el mocoso, y lo aprueba mientras, lánguidamente se muerde un labio. Osnar acompaña su mirada y su gesto: marica sinvergüenza, puto inmundo, ni siquiera respeta a una criatura. ¿Criatura? El mocosito creció, ya debe saber cómo es, de tanto darle a la puñeta. Osnar va a tener que cumplir la promesa de llevarlo a la pensión de Zuleika.

—¿Cuántos años tienes, sargento Peto?

—Voy a cumplir trece el ocho del mes que viene.

—¡El ocho de enero! ¡Qué bien!

Trece años, la edad exacta, Osnar va a organizar una fiesta con Zuleika y Aminthas, con Seixas y Fidelio. A escondidas de Asterio, si no él se lo cuenta a doña Elisa y doña Perpetua terminará enterándose, y el mundo se vendrá abajo. Omar sonríe consigo mismo, va a ser una orgía, un relajo de placer.

Al caer la noche, cuando llega de Mangue Seco la canoa de motor, el comandante Darío dijo haber visto un velero anclado en la barra, de él habían bajado al mar dos lanchas, una de las cuales es la que había remontado el río para llegar a Agreste; la otra desembarcó individuos e instrumentos en la playa. Estuvieron haciendo preguntas a los pescadores, después se internaron en el cocotal. El comandante piensa que todo ese movimiento es sospechoso.

Ascanio Trindade, que ahora está completamente seguro de que se trata del establecimiento de una empresa turística en la región, promete al comandante noticias concretas en los próximos días. El jefe envió a la secretaria ejecutiva con un mensaje, dentro de poco vendrá e a conversar, seguro que para anunciar proyectos y obtener el apoyo de la Municipalidad. Apoyo que no faltará, comandante. El turismo volverá a levantar a Agreste, Ascanio será el timonel, que comandará el progreso del municipio, podrá tener esperanzas de trasformar sueños en realidad. Después de tantos años, Ascanio Trindade por primera vez se siente picado por la ambición, por el deseo de ser alguien. Alguien con posibilidades de luchar por Leonora Cantarelli, bella y rica. Antes era completamente inaccesible, era una quimera. Ahora es una conquista que puede ser alcanzada, meta que un luchador puede lograr, ideal de quien probó, en difícil trance, en duro desafío, coraje y competencia capaces de superar los obstáculos e ir adelante, aspiración de un joven temerario y lúcido que vence todas las pruebas. La más difícil, la que no lo dejaba dormir, ya estaba vencida, sólo le faltaba mejorar de vida, ser alguien para poder aspirar a la mano de Leonora, pedirla en casamiento. Ella es rica, él es pobre. Eso ya no importa. Porque, si él no tiene una fortuna para ofrecerle, en compensación ella ya no posee el bien más precioso que la novia debe traer para ofrecer al novio la noche de matrimonio, la sangre de la virginidad. En la cara de Ascanio se refleja victoria, pero no paz, comprueba el comandante Darío.

DEL SUICIDIO DEL ALCALDE MAURITONIO DANTAS Y DE LOS CONSEJOS DEL CORONEL ARTUR DA TAPITANGA.

Es imposible negar la relación inmediata entre la presencia de los pioneros comandados por Elisabeth Valadares en Agreste, la última verdadera garota de Ipanema, y el suicidio del dentista cirujano Mauritônio Dantas, alcalde de Agreste, encontrado muerto a altas horas de aquella misma noche, con la lengua afuera, desnudo y feo. Había usado el pijama para ahorcarse en el baño.

Cuando los invasores llegaron al bar y terminaron con el stock de Coca-Cola, guaraná y cerveza del honrado portugués, el dramático alcalde fue visto en la ventana de su casa espiando las exhibidas piernas marcianas y cariocas, murmurando nombres, bastante agitado. Mirinha, hermana y enfermera no pudo llevarlo al cuarto, donde día y noche se entregaba ansioso y eficiente al ejercicio de la masturbación. Aquella tarde; al comprobar que finalmente había llegado la tropa solicitada de mujeres que hace mucho le había pedido al buen Dios, se había ejercitado en la ventana, a la vista de aquel montón de piernas, prueba de la magnanimidad divina.

Según la opinión general, el doctor Mauritônio Dantas había comenzado a enloquecer cuando su mujer, Amélia, Mel en la intimidad, recogió sus cosas y se fue a encontrar con Aristeu Régis, a Esplanada, desde donde partieron con rumbo desconocido. Aristeu Régis visitó Agreste en calidad de enviado de la Secretaría de Agricultura para estudiar problemas ligados al cultivo de la mandioca. Amélia ya no aguantaba vivir allí, ni siquiera ostentando el título de Primera Dama del Municipio, título y mierda son la misma cosa, según ella decía. Aristeu le ofreció el brazo y la incomodidad, ella no vaciló. Algunas señoras, amigas de Mel confidentes de sus disgustos, afirmaron que el delirio del alcalde había empezado mucho antes, pues sometía a su mujer a abusos y vejámenes insoportables, siendo ése el verdadero motivo de la fuga. Fuese así o asado, el proceso de esclerosis se acentuó visiblemente después de la partida de la infiel. Según Aminthas, nuestro apreciado Gobernador Civil se había aguantado los cuernos con mucha honorabilidad y discreción, mientras Amélia derramaba su miel allí, en el municipio. Cuando prefirió hacerlo lejos de la vista y de las atenciones del cónyuge, el Dignísimo Jefe de la Municipalidad no resistió a tanta ingratitud: jamás se había opuesto a las andanzas de su mujer, ¿por qué ella tenía que abandonarlo?

La primera demostración de demencia ocurrió pocos días después de la deserción de Mel: un sábado el alcalde decidió atender a los solicitantes, llegados del interior y de los poblados, con reclamos y pedidos, en estado de completa desnudez y, para tal fin, hasta se sacó los zapatos. Sin embargo se dejó las medias para no pisar descalzo el frío piso de la sala. Ni bien Mirinha dormitaba, el dentista iba hasta la calle o la plaza, con o sin calzoncillos, a masturbarse en público, para júbilo de la mocosada. Esa penosa situación, comentada por lo bajo, duró meses.

Cuando el doctor Mauritonio Dantas constató desde su ventana el movimiento de retirada de las celestiales minifaldas, no se conformó. ¿Cómo osaban partir si Dios había atendido a una continua y fervorosa solicitud y las envió para consuelo de su sufrido siervo? Interrumpió la solitaria y deliciosa práctica, salió a los gritos y trató de apoderarse de por lo menos media docena, las necesitaba para que le calentaran el gélido lecho que Mel había dejado y suavizaran los punzantes resortes del gastado colchón en el que daba vueltas, insomne. Resortes y cuernos, según el implacable Aminthas.

El decadente campeón llegó al bar semidesnudo y atrasado, cuando el onírico batallón ya se desvanecía camino al río. Don Manuel Portugués, Asterio y Seixas sujetaron al alcalde lo más delicadamente posible y lo restituyeron a su llorosa hermana.

En el cementerio, Ascanio Trindade, heredero firme del puesto, hizo el elogio póstumo del «querido jefe y amigo». Si bien había nacido en la capital, Mauritônio Dantas en sus dieciocho años de residencia en Agreste había sido estimado por todos y prestó servicios reales a la colectividad, profesional competente y dedicado administrador. Además de los beneficios debidos a la diligente actuación de Amélia, que había conquistado tantos electores para el marido antes de que desertara de la política, como murmuró Aminthas a doña Carmosina, en un aparte. El padre Mariano roció el cajón con agua bendita y se terminó la diversión más importante de los mocosos de Agreste.

Conforme a la ley, el Presidente de la Cámara Municipal, coronel Artur de Figueiredo, asumió el puesto. Pero el señor Tapitanga, que ya marchaba con paso firme hacia los noventa años, sólo asumió por pura formalidad. Nadie más indicado que Ascanio Trindade para dirigir los destinos gloriosos y decadentes de Sant’Ana do Agreste.

—Ascanio, confío en ti. En las próximas elecciones te elegimos de una vez y se acabó. Mientras tanto, conduce el barco que yo ya estoy más del otro lado que de éste, sólo sirvo para cuidar mis cabras y atender mis cultivos.

Con el bastón, apunta hacia afuera de la ventana:

—Agreste fue una tierra muy promisoria y fastuosa. Hubo muchas doncellas francesas haciendo la calle por estos lados. Más de una. Ese esplendor se hizo humo, hasta el contrabando y las «gringas» sólo quedaron las aguas medicinales, el clima salubre, sin hablar de la belleza.

Miró a Ascanio con afecto:

—Tú eres mi ahijado y podrías haber sido mi hijo si, en vez de meterte con esa insulsa de Bahía, te hubieses casado con Celia.

Se refería a su hija menor, nacida cuando el coronel ya había festejado sesenta y cinco años y seis nietos. De sus dos casamientos tenía quince hijos, y no se sabe cuántos en la calle.

—No quisiste y por eso tengo que mantener a un vago que se pasa el día tocando el bombo, ese fulano que se casó con Celia…

—No es bombo, coronel. Batería. Xisto Bom de Som es considerado uno de los mejores bateristas de Salvador…

—Eso no es profesión para un hombre…

Por un instante pensó en su hija, le tenía apego y la querría en la hacienda. Había terminado solo con las cabras, sus once hijos vivos estaban desparramados por el mundo.

—Tú vas a ser el alcalde de Agreste, tu abuelo fue intendente, yo fui intendente y alcalde. Sólo te recomiendo una cosa: mantén la ciudad limpia. Esta tierra siempre se destacó por la limpieza y por el clima, desde los tiempos de antaño, cuando sobraba la plata y había mucha animación. Conserva así a Agreste, ya que no se puede volver a la animación.

Era un error del coronel de Tapitanga: la animación iría a volver inesperadamente y amenazaría salud, limpieza y clima.

DEL HIMEN EN LA GRUPA DEL CABALLO.

EL seminarista Ricardo salía de la profundidad del infierno por una puerta y Ascanio Trindade entraba por la otra, atravesaba las llamas eternas, en desvarío. El secretario de la Municipalidad del Municipio de Sant’Ana do Agreste estaba nuevamente decepcionado. El seminarista, liberado de condena y castigo, resucitado gracias al canto de los hippies, al aura de santidad del fraile y a la fuerza de los remos de Jonás, cedió su lugar en el infierno al amargado sufriente, víctima de desvirgadores profesionales.

¿Para quién fue más difícil la conversación? ¿Para él, sobre cuya cabeza el mundo cayó por segunda vez, o para doña Carmosina, aplicada y atenta, estudiosa de las relaciones entre los seres humanos, ni fría ni insensible analista? Había sufrido por el dolor de su amigo, se había lastimado al lastimarlo, y tuvo que contener las lágrimas en sus ojos húmedos, al revelar la verdad sobre las consecuencias físicas del infeliz noviazgo de Leonora. Quiso ser sutil y delicada, elegir las palabras, pero explotó brusca y afligida:

—¡Sé hombre!

Fue todo lo que le dijo en un infeliz arranque. Aun para doña Carmosina, de mucha labia y elocuencia, la explicación era difícil. Cuando Ascanio la vio andar con vueltas, vacilante, tartamudeante, sin saber cómo encontrar el camino para la confidencia, le pidió con voz de condenado a muerte:

—Dime de una vez, sea lo que fuere.

Ya creía saber de qué se trataba cuando doña Carmosina, esa tarde, le avisó en secreto en el Areópago:

—Tengo que hablar contigo. Ve a casa esta noche, aquí no puede ser.

Estaba seguro de que las visitas diarias, las charlas en la terraza de la casa de doña Perpetua, la presencia impuesta con cualquier pretexto, las flores, el pájaro sofrê, la pareja de novios montada en un burro, evidente insinuación en barro cocido, la novia de blanco, el novio de azul, habían hecho que doña Antonieta o la propia interesada mandaran a doña Carmosina para hacerle ver la inutilidad de tamaña insistencia. ¿No se daba cuenta del abismo que lo separaba de la muchacha paulista? Un pobretón de Agreste, reducido a salario mínimo como servidor municipal de Municipalidad, sin rentas, no tiene derecho a aspirar a la mano de una millonaria heredera, codiciada por potentados y lores del sur. No podía ser otro el tema de la conversación.

Le faltaba saber de quién era la iniciativa. ¿De doña Antonieta? ¿De Leonora? Daba lo mismo, ya que la consecuencia era la misma, pero la puñalada causaría mayor o menor sufrimiento de acuerdo con quien la diera. Ascanio esperaba que el mensaje hubiese partido de doña Antonieta, madrastra preocupada por el futuro de su hijastra, adoptada y amada como hija nacida de su propio vientre. No niega razones al amor materno: las comprende y actuará como un hombre de bien, se alejará; antes que nada está la felicidad de Leonora.

Tal vez ella también iba a sufrir con la drástica medida y ese sufrimiento de la bienamada lo ayudaría a soportar la prueba, a cumplir el sacrificio. También podía suceder —¿y por qué no?, que Leonora se rebelase contra la interesada madrastra y resolviese luchar a su lado para continuar el idilio. Entonces, le cabría demostrar dignidad y desprendimiento y renunciar, inmolándose, ya que nada puede ofrecer a quien tanto tiene para dar. Estos exaltantes pensamientos lo consuelan durante el desasosiego de esa tarde de espera.

Doña Carmosina continuó buscando fuerzas, reuniendo coraje, con un nudo en la garganta, a pesar del valiente pedido de largar todo, fuese lo que fuese. Como ya no soportaba tanta demora, Ascanio resolvió poner las cartas sobre la mesa con voz lúgubre preguntó:

—Doña Antonieta mandó pedir que yo deje a Nora en paz. ¿No es eso?

Si fuese una tarea tan fácil; doña Carmosina daría su opinión, algún consejo para que continuase con la lucha y no abandonara el campo de batalla. Pero al verla tan callada, Ascanio arriesgó la peor hipótesis:

—¿Entonces, fue la misma Leonora la que mandó decir…? —parece la voz de un condenado a muerte después de haber sido denegado su pedido de gracia.

Doña Carmosina trata de hablar, sólo consigue emitir un sonido gutural, Ascanio entra en pánico.

—Por amor de Dios, di algo, Carmosina. ¿Ella está enferma? ¿Los pulmones? Ya había pensado en eso, no tiene importancia. La tuberculosis hoy en día ya no asusta a nadie…

Doña Carmosina junta fuerzas:

—Tú sabes que Leonora estuvo de novia.

—Sí, con un canalla. Sólo le interesaba su dinero, pero doña Antonieta lo desenmascaró, tú me lo contaste. Pero yo no quiero la plata de nadie, me duele que ella sea rica. Hay mucha gente que se casa con separación de bienes.

—También hay hombres que se casan con viudas…

—¿Con viudas? ¿Y eso a qué viene? No entiendo.

Ya que había empezado, doña Carmosina siguió adelante:

—Un noviazgo en São Paulo no es como aquí, Ascanio. —Recordaba las palabras de Tieta y las repetía—. Allá los novios van solos a fiestas, a boîtes, vuelven de madrugada, y hasta viajan juntos. En el sur, una muchacha no necesita ser virgen para casarse. El prejuicio de la virginidad, como es un simple prejuicio… Es como si ella fuera viuda…

—¿Leonora? ¿Y el novio? Ya no es…

Leyó la respuesta en los pequeños ojos de doña Carmosina. Se cubrió el rostro con las manos, súbitamente se sintió vacío e inerte. Lo asaltó un deseo; matar al canalla que había conspirado contra la pureza de Nora y, que al hacerlo destruyó el más bello de los sueños. Doña Milu venía de la cocina con una bandeja, traía un cafecito recién hecho. Galletitas de maíz y mandioca. Ascanio se levantó y salió, sin decir palabra.

El saberla desflorada fue una dura prueba; Por mucho que se creyera indiferente al llanto, atravesó los quintos infiernos y no pudo contener las lágrimas. Cuando recibió la carta de Astrid, donde le comunicaba el fin del noviazgo y su próximo casamiento, y cuando poco después supo que estaba embarazada, había sufrido como un maldito perro, pero ni así pudo llorar. Sin embargo, esa noche de insomnio, después de la punzante noticia, el ardor de los ojos fijos se disolvió en llanto. Noche de pesadillas, de lágrimas, de meditación, de lucha consigo mismo. Antes de oír la sentencia de muerte en boca de doña Carmosina, Ascanio había dejado a Leonora en la puerta de la casa de Perpetua, íntegra, pura, perfecta, era una imagen perdida para siempre, jamás la volverá a ver así, completa. Ahora está manchada, penetrada; rota, deshonrada, ni por ser inocente víctima estaba menos desflorada. Esa noche el amor fue medido, Pesado, confrontado, sujeto a todas las pruebas de una vez, noche de la primera batalla contra el prejuicio. Prejuicio, simple prejuicio, había dicho doña Carmosina y tenía razón. En la facultad, muchas veces Ascanio había participado de discusiones sobre el tema candente: virginidad y casamiento. Teóricamente todo era simple y fácil: mero prejuicio feudal.

Citaba el ejemplo de Estados Unidos y de los países más adelantados de Europa: Francia, Inglaterra, Suecia, Dinamarca, Noruega, sin hablar de los países socialistas, donde, según los reaccionarios, reinaba el amor libre. Los estudiantes progresistas, entre los cuales estaba Ascanio, defendían el derecho de la mujer a la vida sexual antes del matrimonio. ¿Por qué sólo el hombre tendría ese derecho? Prejuicio patriarcal, machismo, opresión del hombre sobre la mujer, atraso social, los argumentos se sucedían irrefutables pero era cierto que la mayoría todavía se mantenía apegada a la exigencia secular: la mujer debe llegar virgen al lecho nupcial, dejar sobre la blanca sábana las gotas de sangre, dote del marido. A pesar de las preguntas irónicas de los más exaltados y cáusticos que querían saber la diferencia entre cópula y las desenfrenadas prácticas emprendidas por muchas parejas, el toqueteo llevado a los últimos extremos, con el dedo y la lengua, la herramienta entre las piernas, en el traste, etc. etc. ¿Para qué respetar el himen y pervertir el resto? Todos los argumentos son innegables pero no por eso convincentes para la mayor parte de los universitarios. Las discusiones, exaltadas e inconsecuentes, desembocaban en anécdotas libertinas y no se llegaba a ningún acuerdo.

En la noche interminable de amargura e indignación, al rememorar los debates con sus compañeros, Ascanio se acordó de la sorprendente e inesperada declaración de Máximo Lima, ya que se trataba del líder de izquierda estudiantil, celebrada por el radicalismo de sus posiciones ideológicas, expuestas en encendidos discursos contra la economía y la moral burguesas. Eran amigos fraternos desde la primaria y Ascanio veía en Máximo la expresión más alta y sincera de un revolucionario, liberado de abusos y convencionalismos, lúcido y consciente. El mismo Ascanio, si bien era solidario con las reivindicaciones del movimiento estudiantil, ni siquiera apoyaba todas las posiciones de Máximo, se contentaba con admirarlo y defenderlo cuando era atacado por la derecha, que lo acusaba de enemigo de Dios, de la Patria y de la Familia.

Una vez habían salido juntos luego de un acalorado debate sobre el divorcio, la virginidad y los derechos de la mujer, Máximo todavía exhibía en los ojos un resto de la exaltación con que había defendido la igualdad de los sexos en todos los dominios humanos.

Riéndose, Ascanio le preguntó en tono de chiste para divertirse:

—Dime la verdad, hermano. Si un día te enterases de que Aparecida —Aparecida era la novia de Máximo, compañera de facultad y de ideas políticas— no era virgen cuando la conociste, que antes tuvo un asunto, de cualquier manera, ¿te casarías con ella?

—¿Si me casaría con ella sabiendo que no es virgen? Claro que sí. —Había respondido sin vacilar. Sin embargo, en seguida dejó caer los brazos y la exaltación y honradamente confesó: —Para decir la verdad, no sé. Nunca pensé en el tema en términos personales. Pero, hay algo cierto, Ascanio, el prejuicio vive dentro de nosotros. Tú piensas una cosa, defiendes tu pensamiento, es correcto, tú lo sabes, pero en el momento de aplicarlo… Me casaría, pero antes tendría que derribar el prejuicio…

—¿Y podrías?

—No lo sé, no te lo puedo decir. Sólo podría sacar algo en limpio si eso sucediera y lo tuviese que resolver, que enfrentar el problema.

Tantos años después, le sucede a él, a Ascanio, cuando no tiene a Máximo a su lado para debatir, conversar y ser aconsejado. Ya recibidos, Aparecida y Máximo no son los radicales de ayer, si bien no renegaron de los días de juventud, él se había acomodado en la Justicia del Trabajo, abogado de sindicatos y de obreros, ella colgó el diploma para dedicarse al marido y a los hijos. Ascanio debe enfrentar y resolver solo el problema.

En aquella noche de insomnio e intranquilidad, ni por un instante culpó a Leonora, que según su opinión fue víctima incauta del canalla. No la creía culpable o indigna, sufría sólo por el hecho de saberla desflorada, incompleta. La duda lo carcome: ¿qué hacer, seguir deseándola como esposa, soñar con casarse o desaparecer para siempre de su lado? ¿Tendrá fuerzas para mirarla a los ojos, sabiendo que fue poseída y deshonrada por otro?

Se debatió la noche entera con ese dilema, con el corazón oprimido y las lágrimas que se imponían sobre el orgullo masculino, vacilando entre la fuerza del prejuicio y la del amor. La única solución que en ningún momento se le pasó por la cabeza fue exactamente la que deseaba Tieta: transformar el casto idilio en agradable aventura casual, cambiar el sueño del casamiento por la posibilidad de dormir con Leonora mientras estuviera en Agreste, aprovechar el conocimiento de su situación y terminar el asunto en la puerta de la «marineti», con un beso de despedida, rápido o prolongado.

Cuando la madrugada nació sobre el río, el amor había vencido la primera batalla: Ascanio no había podido arrancar a Leonora de su corazón, ni a ella ni al propósito de tenerla por esposa, señora de su hogar. No obstante, la herida estaba abierta, sangraba, y él tuvo miedo de verla inmediatamente. Tal vez no consiguiese esconder su sufrimiento; y, sobre todo, no quería que ella supiese que estaba al tanto de la verdad. No era hombre de andar disimulando sus sentimientos, no sabía usar máscara, todo lo que pasaba dentro de él, se reflejaba en su cara, Como no estaba seguro de poder controlar cara y corazón, y como todavía le quedaban lágrimas por llorar, decidió ir a fiscalizar algunas obras de la Municipalidad de Rocinha, mataburros[36] y pasaganados. Despertó a Sabino que dormía en la sala del cine, en un catre y dejó un mensaje para Leonora: por un llamado urgente estaba obligado a dejar la ciudad por uno o dos días; como había partido temprano, no pudo despedirse. Apenas volviese, iría a verla.

Iría a verla o no, todo dependía de sus reflexiones y de la decisión que tomara. Puso la montura a su caballo —dádiva del coronel Artur da Tapitanga a la Municipalidad— y se fue campo adentro, llevando en la grupa el himen roto de Leonora. Iba con él, acompañando el paso lento del animal, rumiando detalles, dudas e indagaciones.

¿Una sola vez, o varias? No pudieron ser muchas porque el embustero fue desenmascarado; tal vez unas pocas, sin embargo más de una. ¿Qué importa cuántas veces? Lo terrible es que ella se haya dado a otro, el no haberse conservado íntegra y pura.

Pero lo había hecho antes de conocer a Ascanio, en nada se parecía a Astrud, la traidora, que le escribía cartas de amor mientras se revolcaba con otro, de quien quedó embarazada. Leonora sólo se había entregado en un momento de desvarío, cuando la pasión pudo más que la decencia.

¿Sólo se habría dejado poseer, engañada por la labia del miserable, o en los embates llegó a conocer la violencia y la dulzura del placer, deshaciéndose en gozo?

Sobre el caballo, en medio de las plantaciones de mandioca o en el verde maizal, o al oír quejas y pedidos de los labriegos, las indagaciones lo persiguieron y revolvieron, el himen de Leonora estaba atado a la grupa del caballo, mil veces desflorado en el lento viaje, en el largo combate.

El amor nació victorioso del despedazado himen. De a poco, Ascanio, sin ayuda de hippies, de padres progresistas y de proféticos marineros aquietó su corazón, retuvo las lágrimas y enterró el prejuicio. Empezó a imaginar que era viuda: una joven, bella e infeliz viuda. A la invencible doña Carmosina, siempre le cabe la última palabra. A una viuda no se le exige virginidad, sólo decoro y amor. Decidió continuar en el sueño —de tan difícil consecución— de que un día pediría la mano de Leonora en casamiento. Saberla engañada y violada fue suficiente para que la sintiera más cercana y querida, más amada.

De regreso a Agreste, en seguida fue a visitarla a lo de Perpetua. Leonora lo encontró abatido, sin duda estaba cansado del viaje, tantas leguas a caballo, bajo el sol ardiente y cuidando los intereses del Municipio. Le pasó la mano por la cara, suavemente, en inocente mimo. Violada, sí, pero perfectamente cándida y pura, más casta que cualquier virgen.

Después, con el mensaje del magnate del turismo y el suicidio del alcalde, la seguridad de la elección para el cargo, las nuevas perspectivas abiertas para el municipio y para él mismo, Ascanio se sintió esperanzado. Inclusive, el hecho de que Leonora ya no fuera virgen, facilitaba una buena solución. En el mercado del matrimonio, el valor de la joven… Dios mío, ¿cómo puede pensar en términos de mercado cuando se trata de amor, un amor tan fuerte que puede matar y enterrar el más antiguo y arraigado prejuicio?

El comandante tenía razón: se sentía victorioso, es cierto, pero no en paz. No podía estarlo, pues la película del nuevo himen renace poco a poco y lentamente en la llaga abierta en el pecho de Ascanio.

DONDE EL AUTOR BUSCA Y NO ENCUENTRA TÉRMINO JUSTO PARA DESIGNAR AL «REFUGIO DE LOS LORES».

No debo usar ninguna de las palabras clásicas: prostíbulo, burdel, amueblado, quilombo, lupanar, pensión de mujeres, casa de putas, ni siquiera casa de citas, para clasificar el «Refugio de los Lores», en la capital del glorioso estado de São Paulo, amparo lujoso, discreto, cerradísimo, Tal vez maison de repos, si no fuese que el término también sirve para designar un sanatorio destinado a enfermos mentales adinerados y de nariz levantada. También son así los selectos clientes del Refugio, pero difícilmente tengan algún tornillo flojo, casi siempre se destacan por sus cerebros privilegiados, de elevadísimo coeficiente intelectual, sagaces financistas, cuando no son prudentes y preclaros padres de la patria. Si funcionara en Bahía, sería un castillo, la designación suena bien, recuerda nobleza y pompa. En São Paulo, el «Refugio de los Lores» participa de la medicina y de la bolsa de valores, no se reduce a satisfacer las necesidades sexuales de los ricos y de los poderosos —de los más ricos y poderosos— pues trata con terapéutica propia delicados complejos, atiende graciosas taras, yendo desde los masajes suecos o nipones hasta el diván de irresistibles psicoanalistas con carrera completa, cursada en facultades nacionales y a veces extranjeras, llamadas BBC: boca, boceta1 y culo. Cuando es necesario, también sirve como lugar de reuniones, muy conveniente por la discreción, para el trato y la conclusión de asuntos reservados, referentes a economía, finanzas y política. Allí se discuten intereses superiores, se fundan bancos, se eligen candidatos a gobernador.

Al abandonar la simplicidad de Agreste, donde la casa de Zuleika Cinderela no es más que un puterío, para juntarme con los grandes del Sur, con la intelectualidad de los tecnócratas, empresarios, hombres de Estado, importantes títulos, los dirigentes de los destinos patrios, me siento tímido, me faltan conocimientos e inspiración que estén a la altura del noble tema. ¿Cómo designar el pequeño imperio dirigido en francés con competencia, dedicación y toute la delicatesse por madame Antoinette?

Perdónenme si no encuentro la palabra exacta, me siento en dificultades, temo cometer un error imperdonable, soy un rudo narrador habituado al suelo árido y a vidas modestas, de poco dinero y mucho trabajo, Por otra parte, ¿para qué clasificar a ese placentero local de relax, donde los grandes del mundo distienden los nervios y recuperan fuerzas? Según consta, figuras ya del todo impotentes se han reerguido gloriosas y obtienen satisfacción en las manos sabias y bellas de las niñas, cuando no de los labios de carmín. ¡Ah! Cuánto cuesta ser pobre e inédito. Digo inédito pues sé que las puertas del «Refugio de los Lores» excepcionalmente se abren para escritorzuelos de fama y gloria, unos pocos privilegiados. Un día llegaré, tal vez si la suerte me ayuda: Entonces podré encontrar la designación exacta. Por ahora, no.

DE LA PRIMERA CONVERSACIÓN DONDE SE DECIDE EL DESTINO DE LAS AGUAS, DE LAS TIERRAS, DE LOS PECES Y DE LOS HOMBRES. CON LA GENTIL ASISTENCIA PROFESIONAL DE LAS COMPETENTES NIÑAS DE MADAME ANTOINETTE.

EL Joven Parlamentario hace un gesto, las niñas se levantan, desnudas y obedientes, abandonan los primeros y excitantes toques, sonríen y se alejan. Esperarán en la sala de al lado, saben ser discretas, una es rubia, la otra pelirroja. El Joven Parlamentario todavía no es tan rico o poderoso como desearía. Le había propuesto al Magnífico Doctor la posibilidad de cambiar las compañeras después de la primera etapa. Antes de salir, la rubia se fijó en la reserva de whisky que quedaba en la botella, ¿sería suficiente? Los dos caballeros también están desnudos, como corresponde, pero el Magnífico Doctor conserva a su lado el negro portafolios 007.

El Joven Parlamentario con sus cuarenta años, bien conservado, no posee la clase del Magnífico Doctor, que es un galán de novela, si quisiera se podría ganar la vida exhibiéndose en el video. Cierta tendencia a engordar, un amague de barriga que el sauna no puede disimular, codicia y excentricidad en los ojos, hacen que el Joven Parlamentario tenga una dudosa reputación, discutida en los bastidores de la Cámara Federal. En los bastidores, pero jamás en público, ¿quién se atrevería a acusarlo? Es bien visto en altos niveles y sobre todo en los reservados círculos que realmente disponen del poder. Su nombre empieza a repuntar en el noticiero como candidato a cargos elevados; el mandato parlamentario, últimamente bastante desacreditado, ya no basta para contener su prestigio en ascenso. Había obtenido la firme promesa de ser incluido entre los próximos candidatos a ingresar en la Escuela Naval de Guerra.

El Magnífico Doctor, habituado a tratar con los grandes, en ningún momento pronunció su nombre, por innecesario e imprudente. Durante la conversación, tampoco mencionaron cantidades o hablaron de pagos. Sólo en un momento, se dibujó una amplia sonrisa en el rostro calculador del Joven Parlamentario; no es común que en los tiempos actuales se presente un asunto tan rentable. En términos de legítimo patriotismo, el Joven Parlamentario desarrolla un cauteloso trabajo de contactos y arreglos, con reconocida habilidad. Propina sería una palabra escandalosa e indigna para designar la expresiva gratitud de aquellos que utilizan sus méritos y relaciones. Si se le presenta una ocasión respetable, se trata de una merecida pecunia —¡por fin la palabra justa!— pues un paso en falso, un error de persona, puede costarle el mando y la carrera: los de la línea dura son enemigos de la corrupción y viven atentos, desconfiadísimos. Es una tarea delicada, exige alta recompensa.

Es reconfortante verlos allí, al atardecer, extendidos desnudos y cómodos en los amplios divanes de una de las salas a prueba de sonidos, reservadas por madame Antoinette para ruidosas orgías. Han dispensado a las niñas, dejando el placer para después; sacrifican el tiempo de recreación para tratar de intereses superiores, ambos conscientes de sus graves deberes.

—Aquí estamos a cubierto de curiosidad e indiscreción. —Cliente reciente y vanidoso, el Joven Parlamentario destaca las virtudes del Refugio.

Esas salas destinadas antes que nada a la confraternización sexual, de moda desde los baños romanos, sirven igualmente para importantes conversaciones de negocios entre magnates deseosos de sosiego y reserva. Como bien dice el Joven Parlamentario, en el «Refugio de los Lores» están a cubierto de la curiosidad y de la indiscreción.

El Magnífico Doctor abre el portafolios, retira un estuche de cuero y le ofrece cigarros. Conoce los hábitos y las preferencias de sus compañeros, entre divertido y asqueado estudió la biografía del Joven Parlamentario.

—Cubanos… —aclara sonriente, pues siendo Cuba un tema prohibido en cualquier sector de la vida nacional, la oferta gana en importancia.

El Joven Parlamentaria no se contenta con uno, toma tres:

—Antes sólo fumaba habanos. Ahora no se consiguen, culpa de los comunistas canallas. —Aspira el olor a cigarro—. ¡Sublime! Tenemos que liberar a Cuba de las garras de Fidel Castro, barrer esa amenaza de subversión vil y constante del continente. —Un poco retórico, habla como si estuviese en la tribuna de la Cámara.

—Día más, día menos, los americanos van a terminar con él. —El Magnífico Doctor extiende su encendedor de aro, enciende el cigarro del interlocutor—. Pero, cuando quieras cigarros habanos, no hagas cumplidos, tengo un buen stock.

El Joven Parlamentario no puede esconder el destello de envidia de sus ojos glotones: estos tipos saben vivir bien, no les falta nada, se dan todos los gustas. Y éste sólo es un testaferro, imagínense los otros, los patrones. Decide hacer que el trato sea más difícil, quiere aprovechar la oportunidad:

—Gracias. Pero, vamos a lo que interesa, no debemos dejar a las muchachas esperando mucho tiempo. Debo decirte que las cosas no se presentan fáciles, hay serios obstáculos, diría que casi insuperables. Nuestro amigo ha dicho que no desea verse envuelto en el asunto.

—Pero hace unos días la situación era otra.

—Los diarios todavía no habían hablado del tema. ¿Leíste lo que estuvieron escribiendo?

—Buenos, los diarios… Siempre son sensacionalistas.

—Dicen que sólo existen cinco empresas de ésas en todo el mundo, que ningún país las autoriza. Contaminación es una palabra sucia, que asusta. Tremenda.

—¿Sólo cinco? Es una exageración de los diarios. —Rebate victorioso—. Puedo citar por lo menos seis.

—La diferencia no es tanta. Temo que… Los argumentos tienen que ser de peso, sin lo cual no conseguiremos mover a nuestro amigo y, si él no se mueve, no veo cómo obtendremos una autorización para el registro.

El Magnífico Doctor no es pastor de cabras pero también él conoce a su rebaño, para eso le pagan, y bien. Para negociar sabiendo cuándo es indispensable aumentar la jugada y sabiendo hasta dónde puede llegar:

—Comprendo. Falta peso a los argumentos que ya ofrecimos a tu comprensión y a la de nuestro ilustre amigo.

—Son insuficientes. Argumentos ridículos, según su opinión. Ridículos fue la palabra que él usó. Además porque, como es de tu conocimiento, la decisión final no le corresponde a él, él mismo debe argumentar, y para eso precisa de argumentos que convenzan. —Se sirve otra medida de whisky—. Sólo cinco, cinco o seis en todo el mundo… Está en los diarios. El agua se pudre, mata a los peces, envenena el aire. ¿Leíste el artículo de O Estado de São Paulo? En Italia, los meten presos. —Larga un humo azul del cigarro habano, subversivo y sin embargo inigualable.

A pesar de que están solos, el Magnífico Doctor baja la voz en el salón reservado del «Refugio de los Lores» donde no hay peligro de oídos indiscretos, como sucede en las novelas de aventuras sobre petróleo árabe y contrabando de armas con espías internacionales y mujeres fabulosamente sexy.

—Mis amigos están dispuestos a reforzar los argumentos. —La voz amanerada se toma casi ininteligible—. ¿Cuánto?

El Joven Parlamentario piensa, hace imaginarias cuentas con los dedos, exagera en el precio, pide mucho. El Magnífico Doctor sacude la cabeza negativamente.

—La mitad.

—¿La mitad? Es muy poco.

—Ni un centavo más. —La voz es más afectada todavía—. Tengo quien lo hace por menos.

—Y bueno… De acuerdo. Después de todo, los diarios mienten tanto y el Estado, con esa manía de democracia que Julinho Mesquita tiene, se pone en contra de todo lo que nos interesa. Va a terminar mal…

El Magnífico Doctor extrae un talonario de cheques del portafolio.

—Al portador. —Recomienda el Joven Parlamentario, revelando inexperiencia. El Magnífico Doctor esconde una sonrisa burlona.

Ni bien recibe el cheque, el Joven Parlamentario se levanta y lo guarda en el bolsillo de su saco. Se sirven otra medida, alzan los vasos y brindan en silencio. Arreglan otra cita, en fecha cercana, y allí mismo, imposible encontrar local más discreto, agradable y apropiado para asuntos de relevante importancia para el desarrollo nacional. El Joven Parlamentario golpea las manos, la puerta se abre y vuelven las niñas. Al fin de cuentas la vida no se limita a ocuparse de los intereses de la patria.

El Magnífico Doctor no acepta la gentil oferta del cambio de pareja. Está apurado, se reduce a un coito rápido, debe tomar un avión porque tiene una cita en Río. El Joven Parlamentario se demora, está feliz de la vida. Peces, agua, cangrejos, ostras, algas marinas… Todo eso en el Nordeste. ¿Existirá el Nordeste o se trata de una invención subversiva de literatos y cineastas? La prostituta que está a su lado es rubia como una escandinava. En el Nordeste, hay una subraza oscura. El Joven Parlamentario se siente redimido, en paz con la conciencia.

A la salida, la gerente va a despedirlo:

¿Satisfecho, Diputado?

El Diputado, nuevo cliente, todavía no es un habitual, agradece y solicita noticias de madame Antoinette. La gerente explica:

—Madame está en París, fue a visitar a la familia. ¿Usted sabía que madame Antoinette es hija de un general francés? La mère est de la Martinique. Très chic! —Empieza a practicar su francés para poder suceder un día a su patrona actual en la propiedad de la casa. Cuando Tieta se canse y decida mudarse al interior, a Agreste.

A PROPÓSITO DE MICRÓFONOS Y ESPÍAS.

Sólo una palabra rápida, un pedido de disculpas. Se leyó hace poco, en las páginas precedentes: «… no hay peligro de oídos indiscretos, ni de micrófonos secretos como sucede en las novelas de aventuras sobre petróleo árabe y contrabando de armas, con espías multinacionales y mujeres fabulosamente sexy». Es verdad, nada de eso existe en el «Refugio de los Lores», local de citas secretas entre el Magnífico Doctor y el Joven Parlamentario.

Es una lamentable deficiencia, debilita la trama, disminuye la intensidad de los hechos, limita en todo sentido la emoción y el interés. Pero ¿qué hacer? Tengo que reducirme al contexto del modesto folletín cuya acción transcurre en un país subdesarrollado. No tengo culpa si el lector no encuentra en la travesía de estas páginas feroces jeques, románticos beduinos, fríos espías de diversas nacionalidades e ideologías, algunos que pertenezcan al mismo tiempo a servicios secretos opuestos y enemigos, ingleses rubios e impasibles, potentes americanos que derriban seis hembras de una sola vez, las cubren a todas y todavía les queda la esposa que cría hijos en el hogar texano, rusos barbudos que mastican criaturas regadas con vodka. Nada de eso, ¡es una pena! Me debo conformar con sonrientes testaferros y algunos corruptos nacionales.

En cuanto a los árabes, personajes que están en boga en las páginas de los best-sellers, además de Chalita, envejecido león del desierto, no me queda ningún otro, ya que el contrabandista murió de un tiro, dignamente, como corresponde a un buen gangster. No puedo hacer más, pido disculpas.

DE REGRESO A AGRESTE. CAPÍTULO INFORMATIVO POR EXCELENCIA EN EL CUAL TIETA CITA EL EJEMPLO DEL VIEJO ZÉ ESTEVES.

Al regresar a Agreste para la fiesta de inauguración en la Plaza do Curtume, acompañada por Ricardo, Tieta quiso que Leonora le diera noticias de sus amores. La muchacha sonrió, embarazada, y tomó las manos de su protectora:

—No sé qué pasó, madrecita, Ascanio estuvo afuera durante dos días, viendo unos trabajos de la Municipalidad, volvió cambiado. Sigue entusiasmado con la historia del turismo, siempre está tierno, sin embargo lo noto menos reservado. Me dijo que, con la muerte del alcalde, va a ser electo para el cargo, su situación va a cambiar. Hasta me besa, ¿sabes? El otro día, doña Perpetua nos pescó justo… ¡Estoy tan contenta, madrecita!

—Menos mal. Por lo que veo no vas a tardar en estrenar las márgenes del río. Te va a gustar la novedad. Aprovecha mientras puedas; día más, día menos, hacemos las valijas y nos volvemos.

—¡Ay! madrecita, ese día me muero.

—Nadie muere de amor, ¿cómo dice Barbozinha? De amor se vive.

¡Buena y devota Carmo! A pesar de su diploma de despierta, se había dejado envolver por la trama de Tieta y, para impedir que apurara la fecha de partida, había revelado a Ascanio la situación de Leonora, desflorada por el canalla del novio. Había sucedido exactamente lo que Antonieta quería. Ascanio, al tanto de lo sucedido, había cambiado inmediatamente de conducta, se volvió audaz y besuquero. No tardará en perder el resto de su timidez y tratar de hacer lo que corresponde: archivará planes de casamiento y hogar, se interesará sólo en la cama. Allí es donde todo se resuelve.

Todo. Basta citar el ejemplo del sobrino Ricardo, casi loco de remordimiento y miedo, asustado, queriendo desistir del seminario, sintiéndose leproso y condenado a las penas eternas después de haber dormido con la tía en el arenal de Mangue Seco. Ahora, no quiere otra ocupación, si pudiera se pasaría el día en el dale-que-te-dale, adolescente deslumbrado, fuerza ardiente, potencia sin límite, deseo infinito, ilimitada, dulcísima pistola. ¡Un temporal, un terremoto, una fiesta! En cualquier momento, en las dunas, en el mar, donde quiera que sea y pueda, la derriba y la monta. Tieta está hecha pedazos, molida, mordida, chupada, satisfecha, inquieta niña de vacaciones, saltarina cabrita. ¿Cabrita? Cabra vieja que jamás había aceptado a un chivo tan joven, tan inexperto, insaciable garañón. Fogoso y exigente, tierno y exultante, también Ricardo había cambiado. Perdió el miedo, enterró el remordimiento y al mismo tiempo mantuvo la vocación sacerdotal. Había descubierto la bondad de Dios.

El sábado al atardecer, cuando los obreros regresaron a la aldea de Saco, Ricardo los acompañó en la canoa de Jonás. De vuelta, su rostro juvenil irradiaba serenidad y al encontrar a Tieta en la playa, vistiendo un traje de baño que más que vestirla la mostraba, informó desviando los ojos:

—Hoy voy a dormir en Agreste, Jonás me llevará en la canoa.

—¿Por qué hoy? Dentro de algunos días vamos y nos quedamos. Lo más importante ya está hecho, del resto se ocupa el comandante, basta con que vengamos de vez en cuando a pasar un día y una noche. ¿Pero por qué hoy? ¿Ya estás harto de mi?

—Ni en chiste digas eso. Es que hoy me confesé, mañana voy a comulgar, y si duermo aquí… mañana vuelvo. Dame permiso y déjame ir.

Pedido, súplica, quejido, la voz trémula del niño dividido entre ella y Dios, cabrito en el pasto de Tieta, diácono del santuario. Bastaría una palabra, un gesto, una mirada para retenerlo a su lado, para impedir iglesia y sacramento. Un niño, un diácono, electo y pecador, casto y lascivo, fuerte y frágil. Un niño de Dios. De ella, el Niño Dios.

—Ve y ruega por mí a Dios. Me voy a morir de nostalgias con tu ausencia. Te quiero aquí mañana.

Sentiría falta y ausencia carcomiéndola por dentro cuando se embarcara en la «marineti» de Jairo a São Paulo; con seguridad no bastarían algunas lágrimas, ni lavarse la argollita bien lavada. —¡Ay!, ¡mi niñito, diácono de Dios! Le había hecho conocer el amor, el gusto a hembra, las delicias, los sabores refinados, lo había hecho hombre. Cuando ella partiese, Ricardo buscará en otros brazos, en otro regazo, en otro cuerpo las sensaciones, la exaltación y la alegría aprendidas en Mangue Seco. Tieta siente rabia, decide quedarse en Agreste por lo menos hasta la inauguración de la luz. Para gozar durante una semana más de ese desperdicio de placer, de ese mar revuelto, de ese viento impetuoso y alucinante. Después lo dejará para Dios, libre del miedo y de los peligros de la castidad que conduce a la tristeza y al mal (Tieta bien lo sabe), víctima de la conspiración de las beatas, brujas apestando a virginidad forzada. Frustradas y amargadas, las solteronas odian al prójimo. Así era Perpetua antes de casarse, antes del Mayor.

El domingo por la mañana la excursión punitiva bajó de la lancha de Eliezer y llenó de risas la playa de Mangue Seco. Todos se encontraron delante de las paredes erguidas de la choza de Tieta, ya estaban siendo colocadas las ripias para el tejado, el comandante Darío había grabado el nombre elegido en un tronco de palmera: CURRAL DO BODE INÁCIO. Hicieron coro al merecido elogio del ausente seminarista, pronunciado por el comandante: Tieta debía a Ricardo la rapidez de la obra.

Más tarde, cuando iban hacia las dunas, Tieta escuchó el relato de doña Carmosina.

—Hablé con Ascanio sobre lo que me contaste de Leonora… Esa historia del novio en el Sur, los viajes, la píldora, ya sabes…

Tieta afectó sorpresa e inquietud:

—¿Le dijiste que Leonora no es virgen? ¡Dios mío, Carmo! —pero en seguida estuvo de acuerdo—. Pensándolo bien, creo que así es mejor, que él sepa la verdad. Te lo agradezco Carmo. Debe de haber sido desagradable.

—Vaya si lo fue… Pero estoy contenta: pensé que él iba a romper con Leonora, que iba a desistir, que no querría verle más la cara, pero Ascanio superó el prejuicio, Tieta. Es un tipo como la gente. No quiere que ella sepa que se lo conté, es un caballero.

Tieta había aprobado con la cabeza, riendo por dentro. Lo que el caballero desea ella bien lo sabe: sin himen que lo contenga, Ascanio va a tratar de dormir con Nora, querrá hacerle conocer su miembro, exactamente como Tieta lo había previsto. Si antes, al estar enamorado, soñaba con noviazgo y casamiento, ahora al saber la verdad desistió; ningún hombre de Agreste se casa con una muchacha desflorada. Pero no por eso es tonto al punto de largarla cuando nada le impide llevarla a los rincones cercanos al río, bajo los sauces llorones en noches sin luna. Con lo cual estarían resueltos los problemas de Leonora. Después sólo quedaría lavarse la argollita y derramar algunas lágrimas en el momento de partir. ¿Por qué diablos Ricardo tarda tanto en volver? es lo que ella se pregunta mirando el río desde lo alto de las dunas sin descubrir ninguna señal de la canoa de lonas. En la iglesia, en misa de ocho, el monaguillo tal vez se hubiese dado cuenta de las miradas lúbricas, de la boca abierta, ávida al exhibir la punta de la lengua de doña Edna, putísima y vulgar. Audaz.

—¿Estás enojada, Tieta? Dime si hice mal en contarlo.

—Hiciste muy bien, Carmo. Estaba pensando en el canalla del novio. ¿Y con Elisa también hablaste?

No, doña Carmosina no había conversado con Elisa para tratar de sacarle de la cabeza la idea absurda de partir con Tieta a São Paulo y llevar a Asterio en el equipaje. Después del difícil diálogo con Ascanio todavía no tenía el suficiente coraje, tenía que tomar nuevo impulso para dar otro golpe. La decepción de Elisa iba a ser terrible, ella no tenía la fibra de Ascanio, quien ya había sido puesto a prueba con la enfermedad del padre y la traición de Astrud. Tieta debía tener un poco de paciencia, doña Carmosina hablaría cuando se presentara la ocasión, cuando la propia Elisa sacara el tema. Que la pobre conserve sus ilusiones paulistas por unos días más.

Sin embargo, quien primero habló del asunto fue Asterio, y lo hizo con Tieta, cuando ella volvió de Agreste. Se quedó aguardando en el bar, paveando, hasta que Perpetua se dirigió a la iglesia, en compañía del hijo seminarista, a la hora de misa.

Aprovechó la ocasión:

—Querría hablar contigo, cuñada. Es un asunto de mi interés y del de Elisa. Pero, antes, prométeme guardar reserva de nuestra conversación.

—Puedes hablar cuñado, sé guardar un secreto, ni te imaginas cuántos guardo en mi pecho, es por eso que tengo las ubres tan grandes. —Ríe alegremente, anda satisfecha.

—Es por una idea de Elisa. Ella, si todavía no te lo dijo, lo hará pronto; te va a pedir que nos lleves a São Paulo. Que me consigas un trabajo y nos cedas un cuarto en tu departamento.

—Hablar, ella todavía no habló, sólo hizo insinuaciones. ¿Tú quieres ir?

—¡Dios me libre! —Se contiene, no sea que Tieta se ofenda—. Quiero decir: yo viviría con mucho gusto en tu compañía, tú eres más que una hermana, has sido nuestra providencia. Pero yo no quiero vivir en São Paulo, no voy a estar cómodo. Elisa quiere irse de aquí para que mejoremos de vida pero yo sé que no va a ser así. Es peor ser pobre allá que aquí.

—Tienes razón, cuñado. Es así nomás. Pero quédate tranquilo, no los voy a llevar conmigo. A ti no te iría bien y el lugar de la mujer está al lado de su marido. Si Elisa me dice algo, le saco la idea de la cabeza.

—No sé cómo agradecerte, cuñada.

—No agradezcas. Elisa es mi hermana, tengo obligación de cuidarla, de ayudarlos en lo que no puedan. Pero aquí, allá no.

Pocas veces en su vida Tieta había visto a una persona tan contenta como Asterio después de esa charla. Miró al cuñado con afecto:

—Oye, Asterio, no tienes que dejar que Elisa haga todo lo que se le ocurra. Si ella te dice algo de São Paulo, le dices que tú no quieres ir, que de aquí no sales. Tienes que tratarla con las riendas cortas.

—Si yo le digo eso, la voy a poner en mi contra. Va a patear, llorar, insistir hasta obligarme a ir. ¿Cómo la puedo convencer?

—Pregúntale al viejo Zé Esteves y él te lo explicará. Pregúntale cómo enseñó a la madre de Elisa a obedecer. Tal vez hasta te preste el cayado. La receta es buena, cuñado. Bien aplicada, basta una vez. Nunca más Tonha le levantó la voz al Viejo. Esa historia de São Paulo, déjala por mi cuenta.

Esa noche, Tieta tuvo a Ricardo tal como lo planeara, en la hamaca. Allí, donde el muchachito la había deseado en sueños y no supo poseerla; ella lo cabalgó y fue montada por él, cruzaron la noche rumbo a la aurora. Contenían la respiración, sofocaban los suspiros de amor mientras practicaban juntos el «ipicilone». ¡Ah, el «ipicilone»!

DE CÓMO, APREMIADO POR LAS CIRCUNSTANCIAS, EL IRREPROCHABLE ASCANIO TRINDADE DESPUÉS DE SECRETA ENTREVISTA CON EL MAGNÍFICO DOCTOR, INICIA LA PRÁCTICA DE LA MENTIRA Y, EN LA AURORA DE LOS TIEMPOS, SE ENTREGA A LA SOBERBIA, INCURRIENDO EN DOS PECADOS CAPITALES DE UNA SOLA VEZ.

Al término de la conferencia con el doctor Mirko Stefano, Ascanio Trindade se siente otro. Al carismático hombre de relaciones públicas le bastó una hora de conversación para conquistar la confianza y la admiración del probo funcionario municipal. Probo y soñador. El Magnífico exhibió planos y dibujos hechos por competentes e imaginativos arquitectos, ingenieros y urbanistas; citó números y fórmulas esotéricas; empleó términos mágicos: organigrama, know-how, insumos, mercado de trabajo, marketing status, la Municipalidad de Sant’Ana do Agreste tendrá status de municipio industrial. Ascanio se deslumbró.

En la puerta del viejo caserón colonial, sede de la Municipalidad, al despedirse del visitante, Ascanio Trindade asume una nueva condición, la de empresario. El término es falso, correcto sería decir estadista. Administrador de comuna destinada al glorioso futuro de riqueza y progreso —¿futuro o presente? Por ahora, sólo secretario de la Municipalidad con plenos poderes. En breve, alcalde: los plenos poderes confirmados por el voto del pueblo, unánime según todo lo indica.

En determinado momento de la conversación, le pareció notar en las discretas y enigmáticas palabras del enviado del Directorio, una insinuación sospechosa, referida al pago de los servicios prestados. No había entendido bien, pero por las dudas, aclaró en seguida que su apoyo al grandioso proyecto se debía exclusivamente a los intereses superiores del municipio y de la patria. Verdad cristalina: nada de bajos sentimientos, ninguna pretensión poco loable en su manera de actuar. Sólo el amor a su tierra natal y a su progreso, lo hicieron vibrar de entusiasmo durante la exposición del doctor Mirko Stefano, técnico, poligloto y convincente. Valía la pena oírlo.

El Magnífico Doctor, conocedor de la naturaleza humana y hábil negociador, cambió de idea. Sabía hacerlo, para cada cosa hay tiempo y ocasión. Por favor, mi querido alcalde, please, no me entienda mal. Se refería a la forma de pago de la empresa al municipio, directa o indirecta, considerando servicio remunerable la colaboración de la Municipalidad al éxito del proyecto: la concesión del permiso pertinente para que en uno de sus distritos, el de Mangue Seco, se instalara el complejo industrial, dos grandes fábricas interligadas.

Además de los beneficios directos, como recaudación de impuestos considerables, crecimiento de la renta bruta per cápita, empleos para los naturales del lugar, la empresa tomaría a su cargo las medidas necesarias y urgentes para otro tipo de mejoras: asfalto de la ruta, por ejemplo. La empresa presionará al Gobierno del Estado, al Ministerio de Comunicaciones si fuera necesario, a los directores no les falta prestigio, se lo digo en confianza, señor alcalde. Se construirá un hotel, se establecerá una línea de ómnibus y servicio de lanchas por el río. Sin hablar del área de Mangue Seco, donde se levantarían las fabricas, lo cual daría nacimiento a una moderna ciudad operaria, decenas de residencias destinadas a los trabajadores, técnicos y empleados. La empresa contribuirá para que todo ese mundo de progreso se haga realidad. Antes que mostrar interés en las ganancias, los dignos directores desean ayudar en la construcción de un Brasil poderoso, a la altura de su gloriosa misión en el mundo. ¡Y viva!

Pendiente de las palabras del doctor Stefano, Ascanio vislumbró a Agreste reerguido de la decadencia, puesto a la vanguardia de los municipios del interior bahiano. Ya veía en el cielo el humo de las chimeneas, pagando con intereses la ausencia de humo del tren y trayendo al mismo tiempo riqueza para Agreste. Un vestigio de soberbia se instaló en el corazón de Ascanio: al frente de todo ese progreso estaría el joven alcalde, incansable batallador.

Al final de la conversación con el enviado de la Dirección Provisional, en el momento en que, en nombre de la Municipalidad, autorizó a la Sociedad a examinar la posibilidad de establecer sus industrias en tierras del Municipio, Ascanio sintió revivir aquella antigua ambición de estudiante de derecho, de novio de Astrud, aquellos planes de triunfo. Intereses personales que se sumaban al elevado sentimiento cívico. Personales, no mezquinos o deshonestos.

Vislumbró la posibilidad de seguir, en base al nuevo progreso de Agreste, la carrera de administrador y político, que lo llevaría y lo elevaría hasta Leonora. Esa carrera victoriosa le daría las credenciales exigidas a quien deseara candidatearse como marido de la heredera paulista, refinada y millonaria.

Hasta ese momento la creía inalcanzable, vivía temiendo el anuncio de la fecha de partida, que sería el fin del tímido idilio de silencios y expectativas, de medias palabras y gestos imprecisos. Ahora, tenía un horizonte, un campo de lucha, ya no se sentía un mísero funcionario de un burgo en sus últimos estertores pues, como afirmó poéticamente el Magnífico Doctor, la aurora de los grandes eventos despuntaba en Agreste, la mañana del progreso.

Lástima no poder contar a Leonora el milagro, ni a ella ni a nadie. El doctor Mirko Stefano exigió la máxima discreción, es un secreto absoluto hasta nueva orden. Sólo después de la conclusión de los estudios preliminares, recién iniciados, la empresa podría dar publicidad a la auspiciosa noticia. Una palabra pronunciada antes del momento exacto puede echar todo a perder.

Si bien a primera vista, la región de Sant’Ana do Agreste en las proximidades de Mangue Seco, parecía un lugar ideal para la instalación de fábricas, los informes decisivos dependían de un estudio completo de posibilidades y ventajas, de diversos análisis, yendo desde la profundidad del mar de la barra del río Real hasta el apoyo de la administración. Después de Navidad llegarían nuevos técnicos. Además de la autorización pertinente, el doctor Mirko Stefano solicitó reserva y buena voluntad al señor alcalde, ya que el trabajo que realizarían sería complicado. ¿Las tierras que están a orillas del río son propiedad de la Municipalidad? ¿A quién pertenecen? La discreción se imponía, además, para evitar una exagerada subida de precios en los terrenos, lo cual tornaría antieconómica la utilización del área. Por ahora, silencio; los fuegos artificiales para después.

Tendría toda la colaboración que fuese necesaria y aunque resultara difícil, silencio. El pueblo es preguntón, la que no sabe, lo inventa. Si Ascanio no comenta nada acerca de la entrevista, los chismes van a estar a la orden del día, será peor. ¿No puede hacer referencia a un proyecto de turismo? El mismo Ascanio había imaginado que era eso lo que estaban pensando.

La idea le resultó sumamente divertida al Magnífico Doctor, no pudo contener la risa. Con los ojos puestos en las tranquilas calles de Agreste, a través de las ventanas del primer piso de la Municipalidad, concordó jovialmente:

—Turismo… ¡Lindo chiste! Buena idea, señor alcalde. C’est drôle.

Ascanio no preguntó el motivo de su risa, del aire chacotero del ilustre visitante, de la ironía en francés. Lo ayudó a guardar planos y proyectos, a colocarlos en un largo tubo de metal, a juntar papeles, y a cerrar el elegante portafolios negro de ejecutivo. En la puerta de salida, el doctor Mirko Stefano confió portafolios y tubo al peso pesado que hacía de centinela; se le notaba el bulto del revólver en el cinturón. Un segundo campeón, de idéntico peso, medida y expresión, llegó corriendo del bar, donde degustaba una cervezota en compañía del chofer, con el saco abierto y el arma a la vista.

Esta vez el doctor había ido acompañado sólo por el chofer y el par de alagoanos. Para desconsuelo de Osnar y Fidelio, presentes en el desembarco; ni una sola marciana o garota de Ipanema bajó de la rural, sólo el Gran Jefe Espacial, el chofer y los dos pistoleros. Sin embargo, no había dejado de ser tema de asombro y comentarios, pues hace años que no se veía en exhibición en las calles de Agreste otras armas además de los facones de los campesinos en la feria del sábado y de las maldiciones e insultos del profeta Possidônio, las primeras como simples instrumentos de trabajo y las últimas contra el demonio y la impiedad.

Además de estar armados, son de pocas palabras. El que fue a apagar su sed al bar no despegó los ojos de la puerta de la Municipalidad donde había dejado al colega. Osnar no se atrevió a pedir noticias de Bety. Bebé para los íntimos. Indignado, reaccionó en contra de la chistosa sugestión de Fidelio:

—¿Por qué no vas a hablar con él? Cuéntale la historia de la Polaca, hazte amigo de él y descubre qué vino a hacer acá. Demuestra quién eres.

—Vete a la mierda.

La malencarada pareja se metió en la Rural, en la parte de atrás, guardaron los documentos. El Magnífico Doctor apretó la mano de Ascanio y le sonrió como si fuera un viejo amigo:

—Hasta pronto, querido alcalde. ¡Merry Christmas! ¡Ah! Si me permite, mandaré obsequios de Navidad para los niños pobres.

La Rural partió; el pequeño grupo de curiosos se demoró para mirar a Ascanio, allí parado, mientras meditaba en todo lo que le habían dicho y prometido a Agreste. Obsequios de Navidad para los niños pobres, es un comienzo festivo. Osnar se acercó:

—¿Y… capitán? ¿A qué vino el astronauta?

Contrario a embustes, considerado por todos un íntegro ciudadano, de principios rígidos, Ascanio se vio obligado a mentir, a abandonar su manera de ser. ¡Todo sea por el bien de Agreste! Azorado y no muy convencido, respondió:

—¿Qué puede ser si no turismo? —Adelanta un detalle que no le parece secreto—. Está interesado en comprar tierras en Mangue Seco. El cocotal…

—¿Tierras del cocotal? A la mierda, capitán Ascanio. Se va a armar un lío de todos los diablos. Hasta hoy no se sabe bien quiénes son los dueños…

Nervioso, Ascanio ve a Leonora que mira hacia la Municipalidad desde la casa de Perpetua. Había quedado en ir a buscarla, a ella y a Tieta, para ir a tomar un baño a la Bacia de Catarina, ya es la hora. Se despide rápidamente.

Osnar se extraña por el modo de actuar del secretario de la Municipalidad: Ascanio está escondiendo algo. Empresa de turismo, mucho dinero, novedades por todas partes. ¿Y si esos tipos compran el cocotal y la playa de Mangue Seco? ¿Si fundan un club exclusivo, reservado para socios? No, no pueden hacer eso, es imposible, las playas son propiedad del pueblo, inalienables, ¿no es cierto? Tal vez compren terrenos, construyan hoteles, negocios, modernos almacenes… Tal vez venga Bebé a pasar una temporada al cocotal para estudiar en la práctica el interés turístico de las dunas y dirigir la publicidad: aprovechen nuestra oferta y vengan a practicar el coito en las blancas arenas de Mangue Seco, pueden pagar después en cómodas cuotas mensuales. Aunque no es polaca, Bety le parece capaz de audaces acometidas.

DE LA INAUGURACIÓN DE LA PLAZA CON DISCURSOS Y DANZAS, CAPÍTULO EUFÓRICO.

A excepción de algunos chiquilines que están todavía en la matiné del Cine Teatro Tupy, prácticamente el resto del pueblo se reunió a las cinco de la tarde del domingo anterior a Navidad en la antigua Plaza do Curtume, de ahora en adelante, Plaza Modesto Pires. El parque, la acera que lo circunda, el obelisco en el centro, el pavimento de piedras, mejoras debidas a la acción de Ascanio Trindade en la Municipalidad, merecen el elogio general.

—Este Ascanio es un fenómeno.

—Imagínate cuando sea alcalde de verdad.

—Agreste se va a convertir en un jardín.

Hay un estrado de madera, armado para la ceremonia y para la exhibición de ternos de reis y del bumba-meu-boi; en el obelisco, la placa de cemento está cubierta con la bandera brasileña. En la esquina, en la pared de la casa de Laerte Curte Couro, propiedad de Perpetua, hay otra placa de metal, igualmente cubierta. Lástima que hace treinta años se haya disuelto la orquesta Lira Dois de Julho, con la muerte del obstinado maestro Jocafi que la dirigió durante más de medio siglo. Ascanio sueña con la reorganización de la Lira, cuya fama repercutió en todo el interior de Bahía y de Sergipe. Es difícil encontrar quien empuñe la batuta, en el municipio no hay quien pueda hacerlo.

Madrina de la inauguración, rodeada por familia y amigos más cercanos, majestuosa y sonriente, verdadera reina o mejor dicho, plagiando al poeta Barbozinha, madona transportada del Renacimiento a los montes de Agreste, doña Antonieta Esteves Cantarelli, del brazo del coronel Artur da Tapitanga, seguida por Ascanio Trindade, Modesto Pires, doña Aída, su hija Marta y el yerno, ingeniero de Petrobrás, avanza en dirección al sencillo monumento. Silencio y atención, pescuezos estirados. Doña Antonieta extiende la mano, tira la cinta verde y amarilla y descubre la placa de cemento donde se lee la fecha festiva y el nombre del benemérito coronel Artur de Figueiredo, alcalde en ejercicio. Es una ceremonia sencilla, celebrada con aplausos y sin embargo emocionante, pues Perpetua saca un pañuelo negro del bolsillo de la pollera negra y se seca una lágrima —lágrima negra, de luto, según susurra al oído de doña Carmosina el irreverente Aminthas, que está en un día de humor igualmente negro.

Los niños del Grupo Escolar atacan el himno. Aclaman al coronel que saluda con la mano, para agradecer; está satisfecho del brazo de Tieta: la cabrita del monte se hizo cabra de calidad, tiene ubres grandes y a la vista. ¡Ah! ¡Aquellos tiempos!

Zé Esteves, en el colmo de la satisfacción con la proximidad de la mudanza a la nueva residencia, levanta el bordón y la voz:

—¡Viva mi hija, la señora doña Antonieta Esteves Cantarelli!

Entusiasmo general, nueva lágrima de Perpetua, Elisa, abierta en una sonrisa de vedette, desperdicia belleza; Leonora, la más animada, dirige los aplausos. ¿Por qué no aclaman a Ascanio Trindade?

Aplausos para doña Aída: a ella le tocó descubrir la placa que está en la pared de la esquina. Allí era donde estaban los pastos comunales, lugar ahora reformado: Plaza Modesto Pires (eminente ciudadano).

—¡Viva Modesto Pires! —grita Laerta Curte Couro, desde la puerta de la casa, al lado de su mujer e hijos, chupando las medias del patrón.

Doña Preciosa y doña Auta Rosa, directora y secretaria del Grupo Escolar, tratan de contener al indisciplinado e incompleto grupo, reclutado a la fuerza. Debido a las vacaciones, resultó difícil reunirlos y más difícil todavía es mantenerlos en orden. ¡Vamos, el himno, rebeldes! La profesora Auta Rosa, rubia, nerviosa y bonita, cuenta con fanáticos admiradores entre sus discípulos. Doña Preciosa se impone por la fuerza con esa verruga en la nariz y su voz de sargento:

—Uno, dos, tres, ¡ya!

El himno crece sobre la plaza y los alrededores en la voz de los niños y del pueblo. ¡Si nadie aclama a Ascanio, yo pierdo la vergüenza y grito! —amenaza Leonora con el pensamiento, sublevada por tamaña ingratitud.

Llega el turno del padre Mariano, ayudado por Ricardo, vestido de colorado y blanco, galante y piadoso. ¡Bendito sea Dios!, suspira doña Edna, aliado de Terto, su marido (no parece, pero lo es). Los ojos de Cinira están clavados en el monaguillo y siente el típico cosquilleo en las partes pudendas. Tieta también sonrió al contemplar a su sobrino. No teme a las rivales, su único rival es Dios y llegaron a un acuerdo, para Dios el alma y para la tía piadosa el cuerpo.

El padre Mariano bendice parque, obelisco, plaza y presentes. Reserva bendiciones especiales para nuestro ilustre jefe, el coronel Artur de Figueiredo, para el benemérito vecino Modesto Pires, para la generosa y ejemplar oveja de nuestra parroquia, doña Antonieta Esteves Cantarelli y para su gentil hijastra. Que jamás les falte la gracia del Señor, amén. Ricardo sostiene la calderilla y extiende el aspersorio al Reverendo. Perpetua se adelanta para recibir las gotas sagradas que son arrojadas sobre las cabezas más cercanas.

El ingeniero de Petrobrás, doctor Pedro Palmeira, usa de la palabra para agradecer en nombre del suegro. Se refiere a la paz y a la belleza de Agreste: que jamás sean perturbadas por los horrores de un mundo de violencia, contaminación y guerras. También él provoca miradas, apetitos y frustraciones con su negra barba y sus largos cabellos, bien a la moda. A su lado, como centinela, está su esposa, hija de esas tierras y, por lo tanto, conocedora.

Por fin habla Ascanio Trindade, en representación del coronel Artur da Tapitanga, cuya voz ya no alcanza la altura propicia para la oratoria. Exaltado, busca inspiración en los ojos de Leonora. Prevé días de gloria, grandiosos e inminentes para Sant’Ana do Agreste. Los estimados conciudadanos ya se pueden alegrar, se acerca el fin del marasmo y de la pobreza, de las dificultades, de la inmovilidad. Es posible que se localice en Agreste la sede de un nuevo centro industrial que se implantará en el Estado de Bahía y competirá con el Centro Industrial de Aratu, en las cercanías de la capital. Volverán los días de abundancia y movimiento, nuevamente tendremos motivos para enorgullecernos, nuestro bienamado rincón resplandecerá como una estrella luminosa en el mapa de Brasil.

—¿Qué diablos está tramando el capitán Ascanio? —pregunta Osnar—. Aquí hay gato encerrado.

—¿Gato encerrado? Bueno, Ascanio no quiere divulgar todavía los planes de la Empresa de Turismo, parece que son formidables, replica doña Carmosina.

—Él se refirió a un centro industrial.

—Es una manera de decir. No puedes negar que el turismo hoy en día es una industria de lo más importante —explica doña Carmosina—. Lo que pasa es que Ascanio se nos está enamorando.

—Está perturbado… —concuerda Aminthas.

Ascanio cierra el fogoso y confuso discurso con un grito vibrante: ¡Viva Sant’Ana do Agreste! Desde el fondo de la Plaza Modesto Pires llega la voz embebida en cachaça de Bafo de Bode en un tardío viva:

—¡Viva Ascanio Trindade y viva su novia! ¿Cuándo es el casorio, Ascanio?

Leonora se pone colorada mientras Elisa y doña Carmosina sonríen. La plaza es inaugurada de hecho por parejas de jóvenes que circulan por ella, con las manos entrelazadas y al margen de los discursos. Leonora mira a Ascanio, le extiende la mano: otro par de tortolitos se pasea por allí. Doña Carmosina suspira, conmovida. De la casa de Laerte Curto salen algunas muchachas con bandejas de empanadas, pasteles y copitas de licor. Sirven a los invitados de honor, es un homenaje de Modesto Pires. El coronel Artur da Tapitanga se sienta en uno de los bancos verdes de hierro y, mientras acaricia la mano y examina los anillos de Antonieta —¿son brillantes verdaderos o falsos?, si fueran verdaderos valen una fortuna—; secretea en su oído:

—Ascanio, mi ahijado, va a terminar enloquecido con esos planes de turismo. Imagínate que se apareció en la estancia, para decirme que van a montar fábricas y construir una ciudad en Mangue Seco. Tiene un tornillo flojo y creo que es debido a tu hijastra. —Cambia de tema—. Todavía no fuiste a visitarme al campo, a ver mis cabras; da gusto ver el rebaño. Tienes que ir y llevar a la muchacha, tengo un carnero entero que es un portento, me costó un platal, se llama Ferro-em-Brasa.

A la noche los ternos de reis y el bumba-meu-boi se exhiben en el estrado, Los ternos, en número de tres, dos del pueblo y el tercero, traído de Rocinha, es el más lindo, Sol de Oriente. Una docena de pastoras, adornadas con papel de seda, llevan faroles colorados y azules y cantan al compás de sus pies:

Somos pastoras

De las estrellas del cielo

Llegamos de Oriente

Para ver al Niño Dios

En este día sin igual.

Tieta acompaña el canto del reinado, muy emocionada, De pequeña, descalza, huía de la casa para acompañar a los ternos por las calles de Agreste, Había soñado mucho con poder llevar la linterna y pastorear estrellas. Sólo pudo hacerlo con cabras y cabritas. Había valido la pena volver para ver y oír.

Somos las pastoras

De la luna y del sol

Somos las pastoras

Del arrehol.

Para asistir al bumba-meu-boi de Valdemar Cotó, con el buey, la caapora, el vaquero a caballo que danzaba en el tablado mientras dispersaba a los chiquilines por la plaza. La caapora, con su Única pierna, su único brazo, revoloteando, con su blanco pañuelo, ágil, alegre fantasma, va a saludar a doña Antonieta; es el chico Sabino. Después el bumba-meu-boi y los ternos de reis bajan hasta la calle principal, paran de puerta en puerta, saludan a los moradores y piden permiso para entrar. Bailan y cantan en la sala en honor de los dueños de casa. Copas de licor, vasos de cerveza, tragos de cachaça les son servidos al vaquero, al buey, a la caapora, a las pastoras del arrebol.

Una orquesta improvisada, pagada por la Municipalidad, toma lugar en el estrado, ocupando las sillas que prestó Laerte. Está compuesta por el acordeón de Claudionor das Virgens, por el cavaquinho de Natalio Preciosidade y la guitarra de Lirio Santiago. Atacan variadas músicas de danza, para todos los gustos, y en seguida surgen las parejas.

—¡Miren quién está bailando! —Asterio señala a Osnar que comprime en sus brazos fuertes a una cabocla inquieta, jovencita, con la pollera por las rodillas y las piernas gruesas.

—¡Qué sujeto más sinvergüenza! —opina doña Carmosina, furiosa por no ser ella la feliz comprimida contra el pecho del granuja, ¡ay!

La fiesta se anima, varias parejas giran en el estrado. El cavaquinho llora una invitación. Leonora mira a Ascanio, él sonríe, ella murmura con vos de romper cristales:

—Vamos…

Suben al tablado, el acordeón ataca una marcha de carnaval, Leonora se desliza con los ojos semicerrados. Ascanio conduce el cuerpo leve de la muchacha apretado al suyo, los cabellos sueltos le tocan la cara, siente el aliento cálido, es una noche gloriosa. La danza conquista la plaza, se generaliza. El ingeniero de Petrobrás, el doctor Pedro y doña Marta, su mujer, se incorporan al grupo de los bailarines. Doña Edna acepta la invitación de Seixas con el consentimiento de Terto —¡pobre de él si se hace el burro y no consiente! Doña Edna exige que su marido sea comprensivo y cortés. Seixas la enlaza, ella adelanta una pierna, y en cada giro se vuelve más audaz. Quien busca encuentra, dice Osnar y Seixas actúa.

Ceremonioso y grave, el poeta Barbozinha, hace señas con la punta de los dedos a Tieta, para solicitarle el placer de la danza. Ante lo cual Elisa convence a Asterio y doña Carmosina exige el sacrificio de Aminthas:

—Sácame a bailar, mal educado.

—Vamos, Elisabeth Taylor, pero ten piedad de mis pies.

—¡Cretino!

Los ternos de reis vuelven a la plaza, se disuelven en el estrado, Fidelio baila con la porta bandeira del Sol de Oriente en busca del arrebol. El vaquero en su caballo zaino, el buey y la caapora corren detrás de la bandada de chiquilines con Peto a la cabeza. Ricardo se quedó en casa, haciendo compañía a la madre. Después del rosario, en la hamaca, esperará el regreso de la tía.

Una vez terminadas las posibilidades de cachaça, Bafo de Bode se retira de la plaza que está cada vez más animada. ¡La danza está que arde!

—¡Esto sí que es bueno! Hoy va a haber movimiento en la orilla del río… —se equilibra para aconsejar—. A ver si eres macho, Ascanio.

Desaparece por la callejuela, pero todavía se oye su voz gangosa y moralista:

—Ten cuidado, Terto, no vayas a arrancar los cables de la luz con los cuernos…

Nadie atiende a lo que dice Bafo de Bode, advertencia y consejo se pierden con la música del acordeón, del cavaquinho y de la guitarra, en el júbilo de la fiesta, en la paz de la noche de Agreste.

DE LAS LLAMAS MORALES A LAS LLAMAS VERDADERAS; CAPÍTULO EMOCIONANTE EN EL CUAL TIETA EXHIBE UN RESPLANDOR DE FUEGO.

Liberado de las penas del infierno, el seminarista Ricardo se consume en las llamas de los celos durante esa noche de fiesta. A las nueve en punto, se apagó la luz del motor dando por terminado el baile en el tablado armado en la plaza do Curtume (perdonen: Plaza Modesto Pires) pero doña Carmosina inventó un paseo hasta el río, una especie de picnic nocturno. En el bar de don Manuel se abastecieron de cerveza y guaraná, de buñuelos de bacalao, especialidad del lusitano.

Desde la hamaca donde se había recostado para esperar, el seminarista oye el grupo que está en la acera, reconoce las voces, la de Leonora, la de Amintas, la de Barbozinha en permanente galanteo, ¡ese viejo ridículo no tiene arreglo!, la risa de Tieta. Pensó que se iban a despedir en la puerta, pero los pasos prosiguen por la plaza y se pierden, nadie entra en la casa. Ricardo deja la hamaca, entra en la alcoba, abre la ventana que da sobre el callejón, avista al grupo risueño que se dirige al río, en la esquina oscura. Se siente engañado, traicionado y miserable.

Tieta no desea otra cosa sino volver a casa, está cansada del día de fiesta, iniciado con la misa de ocho y el largo sermón del padre Mariano. Al ver a la magnánima oveja en la iglesia entre los fieles el reverendo, agradecido, prolonga la prédica, usa el latín y cita pasajes de la Biblia. Tieta ansía reencontrar la ternura y la violencia de su niñito, sólo lo vio a la tarde en el momento de la ceremonia; estaba deslumbrante con su vestimenta de monaguillo cuando ofrecía el aspersorio al padre. Perpetua había retenido a su hijo en casa para que le hiciera compañía, indiferente a las exhibiciones folklóricas. Egoísta, tenía que rezar su rosario de cada día. Dando vueltas en los brazos de Barbozinha, de Osnar, de Fidelio —todos se disputaban el honor de bailar con ella— el pensamiento de Tieta estaba con Ricardo, arrodillado delante del oratorio desgranando el rosario junto a Perpetua. Hubiera querido que el sobrino de sotana la estrechara, ¡insensata imagen! y que bailaran como una pareja romántica y apasionada. Así como estaban Leonora y Ascanio: la joven con los ojos semicerrados, apoyaba la cabeza en el hombro del muchacho…

Tieta había aprobado la idea de doña Carmosina y acompañó al grupo con la esperanza de desviar la cuadrilla para otros lugares, a fin de dejar solos a Leonora y Ascanio para que se besaran al jurarse amor. En la Bacia de Catarina, bajo la oscuridad de los sauces llorones, las cosas se podrían dar como es debido, al gusto de la madrecita: una ardiente pasión y nada más.

Se sientan sobre las piedras, Osnar destapa las botellas, doña Carmosina abre el paquete de bocaditos de bacalao, comen y conversan. Ascanio y Leonora, de la mano, permanecen ajenos al mundo que los rodea, sonríen embobados. Tieta se impacienta y se levanta:

—Me estoy cayendo de sueño. Propongo que…

No llegó a proponer que dejaran allí a los enamorados, que los que estaban dispuestos a dormir se fueran a sus casas y que los cazadores nocturnos se perdieran en la oscuridad de los callejones, porque Barbozinha, a su lado, señala hacia el pueblo y pregunta:

—¿Qué es esa luz que se ve allí? Parece fuego.

No parece, es una fogata. Se elevan llamaradas y una claridad se abre en la negrura de la noche.

—¡Incendio! —anuncia Aminthas.

—¿Dónde será?

También Ascanio se pone de pie, tiene el mapa de la ciudad en la cabeza:

—Es en el Buraco Fundo.

—¡Ay! ¡Dios mío! —gime doña Carmosina.

En el Buraco Fundo viven los más pobres entre los pobres, los que nada tienen, los mendigos, los borrachos desocupados, los viejos que se arrastran para mendigar un pedazo de pan por las calles del centro.

—Vamos para allá. —Ascanio ayuda a levantarse a Leonora.

Tieta ya había partido, sin esperar invitación. Cuando era jovencita, cierta noche, estando en los escondites del Bacia de Catarina con un viajante, había oído gritos y percibió las llamaradas con claridad Sin embargo cuando llegaron al lugar del incendio, el fuego terminaba de devorar la casa de doña Paulina y los cinco hijos de la viuda fueron las víctimas. Es raro que haya un incendio en Agreste, pero cuando sucede deja siempre un saldo mortal por falta de recursos para extinguir el fuego.

El picnic se disuelve, el grupo sale atrás de Tieta, pero ella se distancia, el paso rápido se transforma en seguida en carrera. En las esquinas surgen personas atraídas por el claror que hay en el cielo.

Tieta es una de las primeras que llega al Buraco Fundo, las llamas envuelven a una de las casas, por suerte separada de las demás. Algunos moradores del lugar, rodean a una muchacha gorda que grita y se arranca los pelos:

—¡Se va a morir mi abuelita!

Bafo de Bode, con su voz pastosa, y las piernas flojas, explica que Marina Grossa Tripa, de profesión lavandera y si encuentra clientes, prostituta de bajo precio, se despertó por el fuego que había en su casa y huyó, olvidando en el cuarto del fondo a la vieja Miquelina, su abuela. La anciana, prácticamente incapaz de caminar, con la violencia del fuego que devora las viejas maderas y las hojas de palmera del techo, ya debe ser un chicharrón.

Un grupo de vecinos y curiosos asiste al espectáculo de la nieta que suplica a los gritos que, por caridad, por amor de Dios, salven a su abuela, su única pariente. Nadie se ofrece: si la propia Grossa Tripa, quien tiene la obligación de nieta, no es tan loca como para enfrentar el fuego y penetrar en ese infierno, no serán los extraños quienes van a hacerlo. La consuelan, recuerdan la larga existencia de la abuela Miquelina, de cuya edad se perdió la cuenta. Ya vivió suficiente tiempo como para conocer el bien y el mal, vamos a dejarla descansar. No vale la pena correr peligro de muerte para tratar de alargarle la vida por unos meses, unas semanas, unos días.

Sin esperar el final de la explicación de Bafo de Bode, indiferente a los argumentos de los vecinos, Tieta se lanza en dirección al fuego, no hace caso a los gritos y consejos. Cuando Osnar y Aminthas llegan al inmundo callejón, ella acaba de desaparecer entre las llamas. Hombres, mujeres y niños afluyen de todas partes, apurados, pues la campana de la iglesia está repicando, son sonidos fúnebres de desgracia y muerte.

Aumentan los rumores cuando aparece Leonora amparada por Ascanio, seguidos por doña Carmosina que larga el alma por la boca:

—Doña Antonieta está adentro…

Al saber que Tieta se había metido en el incendio, Leonora se suelta de la mano del novio y trata de seguirla, pero Aminthas la sostiene a tiempo. Ascanio, pálido, la toma en los brazos.

Se derrumba el techo, crece una inmensa llamarada, se desparraman millares de chispas crepitantes. Ricardo, descalzo y con sotana, atraviesa el grupo y llega a tiempo para ver a Tieta que surge de las llamas y trae en brazos el pequeño cuerpo de la vieja Miquelina, viva, incólume y furiosa insultando a su nieta desalmada que la había abandonado en el momento de peligro, ¡te mato, maldita! El fuego había respetado el catre donde yacía —esperó que la fuesen a buscar— para reducirlo a cenizas de una lamida. Por el vestido de Tieta suben llamas y sus enrulados cabellos exhiben una aureola de fuego, un halo, un resplandor.

Tales fueron el espanto y la conmoción que los asistentes enmudecieron, se quedaron parados. Sólo Bafo de Bode tuvo suficiente raciocinio y acción como para surgir con una lata llena de agua y volcarla sobre Tieta.

DE LA TROVA POPULAR Y DE LA POESÍA ERUDITA.

Ricardo se aguantó un sollozo, pero no pudo impedir una lágrima al verla extendida sobre la sábana, con las horribles quemaduras, piernas y brazos en carne viva, el pelo chamuscado. La sal de esa lágrima tenía gusto a orgullo. Obedeciendo las órdenes del doctor Caio Vilasboas todos se retiraron para que Tieta descansara, sólo el sobrino quedó como centinela. Ella le dijo:

—Ven y dame un beso.

Si el asunto de la luz de la Hidroeléctrica, cuyos cables y postes se acercaban velozmente al pueblo, había hecho de Antonieta Esteves Cantarelli una benemérita ciudadana, figura impar entre los hijos de Agreste, el haber salvado a la vieja Miquelina, abandonada por la nieta en el fuego y dejada a la espera de la muerte por los curiosos aglomerados delante del incendio, la había elevado a la categoría de santa. Sería entronizada en el altar mayor de la Matriz, al lado de Sant’Ana do Agreste como previera Modesto Pires, uno de los primeros que la visitaron al día siguiente.

Los poetas siempre aciertan, poseen ese don adivinatorio. Gregório Eustáquio de Matos Barbosa, el vate De Matos Barbosa, escritor de versos elogiado en las columnas de los diarios de Bahía, reconocido en los cafés de literatos de la capital, enamorado desde hace mucho de Tieta, compuso una oda en su honor, exaltando su belleza y coraje, belleza deslumbrante, indómito coraje; en versos de rigor clásico y rimas ricas, la comparó con aquella santa guerrera que un día tomó las armas, salvó a Francia y enfrentó las llamas de la hoguera con una sonrisa en los labios. Joana d’Arc do sertão, así escribió, impávida vencedora de las tinieblas y del fuego, desafió la muerte y rescató la vida.

Por coincidencia, el trovador Claudionor das Virgens, también al inspirarse en el incendio para componer versos de cordel, había canonizado a Tieta en pobres rimas:

De la nieta oyó el ruego

Trajo a la viejita en brazos

Venía vestida de fuego:

Por la belleza de sus rasgos

Por los dones del corazón

Santa Tieta del sertón.

Durante todo el día, hubo en la puerta una romería de vecinos que querían noticias, traían mensajes, saludos y amistad. En la cabecera de la cama, al lado de Leonora, el poeta Barbozinha, el exbuen-mozo, marchito y reumático pero fiel a su amor de juventud, declamó la oda a ella consagrada. A los pies del lecho, junto a Elisa, estaba el sobrino Ricardo, robusto y tierno, ansiando besar cada quemadura, pedir perdón por sus malos pensamientos, tenerla en los brazos. Peto le había traído una flor recogida en los matorrales.

En la cama camera del doctor Fulgencio y de doña Eufrosina, con el apacible recuerdo de Lucas, mientras en la plaza oye el rumor del pueblo que pronuncia su nombre, entre el gastado poeta y el ardiente seminarista, Tieta, santa por los dones del corazón y por la belleza de sus rasgos, impávida Joana d’Arc do sertão, navega en un mar de amor.