Capítulo 11
VOCES EN LA NOCHE
—¡Irene!
—¡Papá!
Allí estaba mi famoso padre. Me esperaba en el recibidor con los brazos abiertos y yo me arrojé a ellos llena de felicidad.
—Pero ¿cuándo has llegado?
—¡Ahora mismo, pequeñuela, ahora!
Me levantó en el aire como hacía desde que tenía memoria y no me volteó en una pirueta sólo porque mi madre nos llamó al orden inmediatamente.
—¿Leopold?
Así se llamaba mi padre, como un príncipe bohemio. Y habría sido un excelente príncipe, pese a no tener aspecto principesco: era un hombre pequeño y entrado en carnes, de mirada avispada y bigotes en continuo movimiento. Sus manos eran suaves y fuertes al mismo tiempo, y su piel olía siempre a afeitado reciente y agua de colonia, incluso después de los viajes más largos.
En seguida me di cuenta de que estaba muy cansado y que aquella sorpresa debía de haberle costado un gran esfuerzo. Estaba contento de estar allí, aunque, bajo su sonrisa, se notaba claramente el agotamiento.
—Y bien, ¿qué tal van las vacaciones?
—¡Ya lo sabes, supongo! ¡Son vacaciones con muerto incluido, papá! —le susurré, divertida.
—Lo sé, lo sé... —repuso él acariciándome el pelo—. Un misterio de tomo y lomo, ¿eh?
Entre nosotros existía una gran confianza y una complicidad que a veces no sabía cómo explicar. Acababa de llegar y ya me habría gustado llevarlo a conocer a mis nuevos amigos y, tal vez, también la casa Ashcroft.
Nos dirigimos, en cambio, al comedor, donde todo estaba ya preparado y la cristalería y los cubiertos de plata en perfecto orden hacían más difícil cualquier conversación.
Para mi sorpresa, descubrí que teníamos un invitado. Un señor alto y delgado, muy distinguido, de unos sesenta años, que respondía al nombre de doctor Morgoeuil.
Era un médico de la ciudad que nos visitaba a invitación de mi madre, y se le veía muy contento de conocer a mi padre.
El doctor Morgoeuil habló poco aquella noche, pero era comprensible. Mis padres tenían, de hecho, una manera bastante particular de divertirse: generalmente, era mi madre la que hablaba, mientras que mi padre se limitaba a hacer observaciones puntuales de una o, como mucho, dos palabras. O mejor aún, asentía con un simple ademán de cabeza. De vez en cuando me lanzaba una mirada que yo siempre atrapaba al vuelo, por la sencilla razón de que sabía perfectamente cuándo me las dirigiría. Es decir, cada vez que estaba seguro de que nadie lo vería. En esos momentos, mi padre aprovechaba para hacer toda suerte de muecas y poner caras bufas: desencajaba los ojos, hinchaba sus ya gruesos labios o hacía como si le entrara un irresistible ataque de sueño.
Era divertido y por eso me gustaban las cenas en que estábamos todos juntos. Aunque eran escasas, porque mi padre trabajaba mucho. Como tuvo oportunidad de contar mi madre al doctor Morgoeuil, mi padre era un gran industrial alemán de trenes y vías férreas por cuenta de la familia real bávara. Era una persona importante, en suma. Alguien que viajaba mucho y envidiaba a las personas que podían quedarse en paz en sus casas. Esas personas que, con toda probabilidad, cuando lo veían marcharse envidiaban sus continuos viajes, siempre en trenes de lujo y grandes hoteles.
—Qué fascinante, señor Adler —comentó el doctor en un determinado momento de la velada—. Y mis felicitaciones a la señora, todo estaba exquisito.
El señor Nelson quitó la mesa y los adultos pasaron al salón para tomar café, té o alguna de aquellas bebidas de color rubí que, lo sabía bien, yo no debía tocar.
Me despedí de los tres, empezando por el doctor y terminando por mi padre.
—Mañana vamos a la playa, ¿te apetece? —me propuso él.
—¿Te quedas con nosotras? —le pregunté a mi vez, felizmente incrédula.
—¡Sólo unos días, pequeña mía! Sólo hasta el lunes.
Y así, sabiendo que mi padre estaba en casa, se me pasó de golpe todo el miedo, del hombre vestido de azul, de las culebras que se escondían en la hiedra y de quien, tal vez, observaba mi casa desde las callejas de la ciudad vieja.
Quizá fue un error, porque ellos, en cambio, no se olvidaron de mí.
Me desperté sobresaltada en mitad de la noche.
Y lo primero que miré fue el armario.
La puerta estaba entreabierta y me había parecido que alguien susurraba desde dentro. Quizá sólo lo había soñado.
—¿Lupin? —pregunté estúpidamente. De hecho, no obtuve respuesta.
El corazón me latía con fuerza.
Me acerqué con cautela a la ventana tapándome con una almohada y aparté la cortina para mirar afuera. Vi el mar, oscuro, veteado por una quebrada línea plateada. Y el cielo tan limpio que podían contarse las estrellas una a una.
No vi a nadie en la calle. Ni una sombra detrás de las glicinias. Todo me pareció tranquilo.
Con ansiedad, abrí la puerta del armario, pero allí dentro no vi más que la masa oscura de mis vestidos, que en las sombras parecían todos iguales.
Sin embargo, alguien susurraba de verdad.
Eran mi padre y mi madre.
Me asomé al pasillo. El reloj de péndulo dio unos toques sordos que parecían venir del fondo de aquel mar oscuro que acababa de ver. Y la conversación de mis padres me llegaba a ráfagas, sólo cuando uno de los dos alzaba un poco la voz.
Podía oír con claridad el lento ronquido del señor Nelson, metódico y tranquilizador.
No sé por qué, pero aquella noche decidí escuchar lo que decían. Quizá porque estaba tan metida en mi papel de pequeña investigadora que creía deber indagar todo el tiempo, en todas partes. O quizá porque sentía curiosidad, o a lo mejor porque yo debería haber estado en el salón charlando con mi padre hasta altas horas.
El caso es que me senté en lo alto de la escalera y me dispuse a escucharlos, sirviéndome de la fantasía para completar las frases que no conseguía captar.
No fue difícil comprender algo: estaban hablando de mí.
—... preocupada —oí decir a mi madre.
Sentí que el latido de mi corazón se aceleraba un poco. ¿Preocupada por qué? ¿Por el hombre de la playa? ¿O por...?
—No hay ningún motivo —repuso mi padre, tranquilo—. Aquí estará más tranquila que en ninguna otra parte.
—Puede ser, pero... Los rumores corren.
—Tú déjalos correr. El doctor...
El resto de la frase se me escapó.
—Nunca se enterará, ¿verdad? —preguntó en determinado momento mi madre.
Mi padre dudó antes de darle su respuesta.
—Yo creo que, tarde o temprano, deberíamos decírselo.
«¡Oh!», exclamé para mí. ¡Pero yo me lo olía! ¡Podía intuir de qué estaban hablando! Sentí el impulso de bajar la escalera e ir a decirles a mis padres que lo había entendido, pero en ese momento una mano negra apareció a mi espalda y me apretó el hombro levemente.
Abrí la boca, pero no grité.
—Supongo que lo mejor será volver a la cama, señorita Irene... —me susurró el señor Nelson.
Había aparecido junto a mí sin que me diese cuenta.
—No está nada bien escuchar las conversaciones de los demás.
En la oscuridad que me rodeaba, veía solamente su sonrisa blanca, semejante a una media luna.
Seguí su recomendación y, a la mañana siguiente, me había olvidado ya de lo sucedido.