A finales del mes de abril de 1839, hacia las diez de la mañana, el salón de la señora Marion, viuda de un recaudador del departamento del Aube, ofrecía un extraño aspecto. De todo el mobiliario, sólo quedaban en él las cortinas de las ventanas, la guarnición de la chimenea, la lámpara y la mesa de té. La alfombra de Aubusson, sacada quince días antes de tiempo, obstruía los peldaños de la escalera y el piso había sido fregado a ultranza, sin que por ello quedara más claro. Era como una especie de presagio doméstico relativo al futuro de las elecciones que se preparaban en todo el territorio francés. A menudo las cosas son tan espirituales como los mismos hombres, lo cual constituye un argumento en favor de las ciencias ocultas.
El anciano criado del coronel Giguet, hermano de la señora Marion, estaba terminando de quitar el polvo acumulado durante el invierno en el piso. La camarera y la cocinera traían, con una rapidez que denotaba un entusiasmo igual a su lealtad, sillas de todas las habitaciones de la casa y las iban amontonando en el jardín.
Apresurémonos a decir que en los árboles habían brotado ya sus anchas hojas, a través de las cuales podía verse un cielo sin nubes. El aire primaveral y el sol del mes de mayo permitían mantener abierta la puerta que daba al jardín y las dos ventanas de aquel salón, que formaba como un rectángulo alargado.
Destinando a las dos mujeres al fondo del salón, la anciana dama ordenó que las sillas fueran colocadas en cuatro filas de profundidad, entre cada una de las cuales se dejaba un espacio de unos tres pies de anchura. Pronto cada fila presentó un frente de diez sillas, de diversas clases. Una fila de sillas se extendía a lo largo de las ventanas y de la puerta vidriera. Al otro extremo del salón, frente a las cuarenta sillas, la señora Marion colocó tres sillones detrás de la mesa de té, que fue cubierta con un paño verde, y sobre la cual puso, personalmente, una campanilla.
El anciano coronel Giguet llegó a aquel campo de batalla en el momento en que su hermana intentaba rellenar los espacios vacíos de cada uno de los lados de la chimenea con dos banquetas que había hecho traer de su antecámara, a pesar de la calvicie que presentaba el terciopelo de que estaban tapizadas, con más de veinte años de servicios.
—Podemos dar asiento a unas setenta personas, dijo triunfalmente a su hermano.
—¡Dios quiera que sean setenta amigos! —respondió el coronel.
—¡Si, después de haber estado recibiendo durante veinticuatro años seguidos a la sociedad de Arcis-sur-Aube, nos fallara en esta circunstancia uno sólo de nuestros invitados habituales!… —dijo la anciana con tono amenazador.
—Vamos —respondió el coronel encogiéndose de hombros e interrumpiendo a su hermana— podría nombrarte a diez que no pueden, que no deben asistir a la reunión. En primer lugar —dijo contando con los dedos— Antonin Goulard, el subprefecto, ¡y va uno! El procurador del Rey, Federico Marest, ¡y son dos! El señor Oliverio Vinet, su sustituto, ¡y son tres! El señor Martener, el juez de Instrucción, ¡cuatro! El juez de paz…
—No soy tan tonta como para esperar —dijo la anciana dama interrumpiendo a su vez a su hermano— que personas de la situación asistan a una reunión cuya finalidad es dar un diputado más a la oposición… No obstante, Antonin Goulard, compañero de infancia y de colegio de Simón, supongo que se sentirá contento al verle diputado, ya que…
—Mira, hermana mía, déjanos a nosotros los hombres hacer lo que tengamos que hacer… ¿Dónde está Simón?
—Se está vistiendo —respondió ella—. Ha hecho muy bien en no desayunar pues es muy nervioso, y aunque nuestro joven abogado está acostumbrado a informar ante el Tribunal, teme a esta sesión como si en ella tuviera que enfrentarse con enemigos.
—¡A fe mía! Muchas veces he tenido que soportar el fuego de las baterías enemigas; pues bien, ni mi alma ni mi cuerpo temblaron jamás; pero si tengo que sentarme allí —dijo el viejo militar, señalando la mesa de té— y contemplar a los cuarenta burgueses, sentados frente a mí, con la boca abierta y los ojos fijos en los míos, esperando que pronuncie altisonantes y correctos períodos oratorios… tendré la camisa mojada antes de haber encontrado mi primera frase.
—Preciso será, no obstante, padre mío, que realices este esfuerzo por mí —dijo Simón Giguet entrando en el salón— porque si existe en el departamento del Aube una persona cuya palabra sea escuchada y temida, eres tú. En 1815…
—En 1815 —dijo el anciano, admirablemente conservado— yo no hubiera podido hablar, pero habría redactado una proclama que pondría en veinticuatro horas a dos mil hombres en pie de guerra… Y es muy diferente poner una firma al pie de una hoja que será leída por todo un departamento, que el hablar ante una asamblea. En esto, incluso Napoleón fracasó. Cuando el 18 Brumario, no dijo más que tonterías a los Quinientos.
—En fin, mi querido padre, ya sabes que se trata de mi vida —prosiguió Simón— de mi fortuna, de mi felicidad… Procura mirar únicamente a una persona, imagínate que estás hablando con ella… y te saldrá muy bien, estoy seguro…
—¡Dios mío!, yo no soy más que una mujer vieja —dijo la señora Marion— pero en semejante circunstancia, y sabiendo todo lo que se juega en ella… estoy seguro de que sería elocuente.
—¡Demasiado elocuente, quizá! —dijo el coronel—. Y el sobrepasar el fin, no es alcanzarlo. Pero ¿de qué se trata? —prosiguió, mirando a su hijo—. Desde hace unos días estás pensando que esa candidatura… Si mi hijo no sale elegido, tanto peor para Arcis, esto es todo.
Estas palabras, dignas de un padre, estaban en armonía con toda la vida del que las pronunciaba. El coronel Giguet, uno de los oficiales más estimados de la Grande-Armée, estaba dotado de uno de esos caracteres cuyo fondo es una excesiva probidad, unida a una gran delicadeza. Nunca se adelantó para solicitar un favor, sino que esperó a que los favores se acercaran a él; así pues, tuvo que pasar once años como simple capitán de Artillería de la Guardia, no siendo nombrado jefe de batallón hasta 1813, y comandante en 1814. La admiración, casi fanática, que sentía por Napoleón no le permitió servir bajo los Borbones, tras la primera abdicación de aquél. Por último, su lealtad, en 1815, fue tal que hubiese sido desterrado de no haber intervenido el conde de Gondreville, que le hizo borrar de la Ordenanza de proscripción, y terminó por conseguirle una pensión de retiro y el grado de coronel.
La señora Marion, de soltera Giguet, tenía otro hermano que llegó a ser coronel de la Gendarmería en Troyes, y durante cierto tiempo había vivido con él. En Troyes contrajo matrimonio con el señor Marion, recaudador general del departamento del Aube.
El difunto señor Marion, el recaudador general, tenía un hermano que era primer presidente de un tribunal imperial. Simple abogado en Arcis, aquel magistrado había prestado su nombre, durante el Terror, al famoso Malin del Aube, representante del Pueblo, para la adquisición de la propiedad de Gondreville. Así, toda la influencia de Malin, convertido posteriormente en senador y conde, fue puesta al servicio de la familia Marion. El hermano del abogado consiguió así la oficina de recaudación general del Aube en una época en la que, muy lejos de tener que escoger entre treinta solicitantes, el gobierno se sentía muy dichoso si encontraba a un súbdito dispuesto a aceptar puestos tan resbaladizos.
Marion, el recaudador general, heredó de su hermano el presidente, y la señora Marion de su hermano el coronel de la Gendarmería. En 1814, el recaudador había recibido serios reveses de fortuna. Murió al mismo tiempo que el Imperio, pero su viuda encontró, entre los restos de diversas fortunas acumuladas, más de quince mil francos de renta. El coronel de la Gendarmería Giguet había instituido heredera suya a su hermana, al conocer el matrimonio de su hermano el artillero, el cual, hacia 1806, contrajo matrimonio con una de las hijas de un rico banquero de Hamburgo. ¡Quién sabe cual fue la admiración que toda Europa sintió por los sublimes soldados del emperador Napoleón!
En 1814, la señora Marion, casi arruinada, volvió a Arcis, su patria chica, para instalarse allí, y compró en la Grande-Place una de las más hermosas casas de la población, cuya situación indica una antigua dependencia del castillo. Habituada a recibir a mucha gente en Troyes, donde el recaudador general reinaba, su salón fue abierto a las notabilidades del partido liberal de Arcis. Una mujer, acostumbrada a la preeminencia de una realeza de salón, no puede fácilmente renunciar a ella. De todas las costumbres, las de la vanidad son las más tenaces.
Bonapartista, además de liberal, ya que, por una de las más extrañas metamorfosis, los soldados de Napoleón se convirtieron casi todos en unos enamorados del sistema constitucional. El coronel Giguet fue, durante la Restauración, el presidente nato del comité directivo de Arcis, compuesto por el notario Grévin, su yerno Beauvisage y el joven Varlet, personajes todos ellos que tienen su papel en esta historia, desdichadamente para nuestras costumbres políticas completamente verídica.
—Si nuestro querido niño no sale elegido —dijo la señora Marion después de mirar por la antecámara y por el jardín para asegurarse de que nadie la estaba escuchando— no podré conseguir a la señorita Beauvisage; ya que después del éxito de su candidatura, le espera el matrimonio con Cecilia.
—¿Cecilia?… —preguntó el anciano, abriendo los ojos y mirando a su hermana con aire de estupefacción.
—No existe nadie en todo el departamento, hermano mío, capaz de olvidar la dote y las esperanzas de la señorita Beauvisage.
—Es la más rica heredera de todo el departamento del Aube —dijo Simón Giguet.
—Pero me parece que mi hijo no es nada despreciable —prosiguió el viejo militar—; es tu heredero, está ya en posesión de la herencia de su madre, y por mi parte espero dejarle algo más que mi apellido a secas…
—Todo esto que mencionas no proporciona, en conjunto, ni treinta mil francos de renta, y más de uno se ha presentado con fortuna parecida a ésta que dices, sin contar con su posición…
—¿Y qué?… —preguntó el coronel.
—¡Han sido rechazados!
—¿Qué quieren entonces los Beauvisage? —dijo el coronel mirando alternativamente a su hermana y a su hijo.
Quizá se pueda encontrar extraordinario que el coronel Giguet, hermano de la señora Marion, en cuya casa se reunía, desde hacía veinticuatro años, toda la sociedad de Arcis, cuyo salón era el eco de todos los rumores, de todas las maledicencias, de todos los comadreos del departamento del Aube, y en el que, muy probablemente, se fabricaban, pudiese ignorar acontecimientos y hechos de tal naturaleza; pero su ignorancia parecerá perfectamente natural para aquellos que sepan que el noble resto de las falanges napoleónicas se acostaba y se levantaba de la cama con las gallinas, como todos los ancianos que quieren prolongar su vida. No asistía jamás a conversaciones íntimas. En provincias tienen lugar dos clases de conversaciones, las que se mantienen oficialmente, cuando todos están reunidos, se juega a las cartas y se comentan los sucesos generales; y las que se maduran, como un potaje que se quiere preparar bien, al quedarse solos cuatro amigos seguros de que no se va a repetir nada de cuanto digan más que cuando uno de ellos se encuentra en idéntica situación con otros tres o cuatro amigos.
Desde hacía nueve años, desde el triunfo de sus ideas políticas, el coronel vivía casi apartado de la sociedad. Levantándose con el sol, se entregaba a las labores de la horticultura, pues adoraba las flores, y de todas las flores únicamente cultivaba rosas. Tenía las manos ennegrecidas del verdadero jardinero y cuidaba con esmero sus rosales. ¡Sus cuadros!, esta palabra le recordaba otros cuadros de hombres multicolores alineados en los campos de batalla. Siempre conversaba con su jardinero, se mezclaba poco, sobre todo desde hacía un par de años, con la sociedad, a la que veía solamente de refilón. Hacía una sola comida en familia, pues se levantaba demasiado temprano para desayunar con su hijo y su hermana. A los desvelos del coronel se debe la famosa rosa Giguet, conocida de todos los aficionados a la horticultura. Aquel anciano, pasado a la situación de fetiche doméstico, era exhibido, como puede suponerse, únicamente en las grandes ocasiones. Hay familias que gozan de un semidios de esta especie, y se vanaglorian de él como podrían vanagloriarse de un título nobiliario.
—Me ha parecido adivinar que, desde la Revolución de Julio —respondió la señora Marion a su hermano— la señora Beauvisage aspira a vivir en París. Obligada a permanecer aquí mientras viva su padre, ha traspasado su ambición sobre su futuro yerno, y la hermosa dama sueña con los esplendores de la vida política.
—¿Te gusta Cecilia? —preguntó el coronel a su hijo.
—Sí, padre.
—Y tú, ¿le gustas a ella?
—Así lo creo, padre; pero de lo que se trata es de gustar también a la madre y al abuelo. Aunque el señor Grévin pretenda sabotear mi elección, el éxito decidiría a la señora Beauvisage a aceptarme, ya que esperaba poderme gobernar a su gusto, y ser ella ministro bajo mi nombre…
—¡Ah!, ¡ésta sí que es buena! —exclamó la señora Marion—. ¿Y quién cree que somos?
—¿A quién han rechazado? —preguntó el coronel a su hermana.
—Pues, hace tres meses, Antonino Goulard y el procurador del Rey, el señor Federico Marest, han recibido, según se dice, respuestas equívocas que son todo lo que se quiera menos un sí.
—¡Oh! ¡Dios mío —exclamó el anciano— en qué tiempos vivimos! ¡Pero si Cecilia no es más que la hija de un fabricante de géneros de punto y nieta de un granjero! ¿Es que la señora de Beauvisage pretende tener por yerno a un conde de Cinq-Cygne?
—Hermano, no menosprecies a los Beauvisage. Cecilia es lo bastante rica para poder escoger marido en cualquier parte, incluso dentro del partido al cual pertenecen los Cinq-Cygne. Oigo la campana que anuncia la llegada de electores, os dejo, y lamento mucho no poder estar presente para enterarme de lo que aquí va a decirse…
Aunque 1839 se halle, políticamente hablando, muy lejos de 1847, es posible todavía recordar las elecciones que produjeron la coalición, efímera tentativa realizada por la Cámara de los Diputados para llevar a término la amenaza de un gobierno parlamentario; amenaza a lo Cromwell, que sin un Cromwell no podía conducir, bajo el reinado de un príncipe enemigo del fraude, más que al triunfo del actual sistema, en el que las Cámaras y los ministros se parecen a los títeres de madera que hace mover el propietario del espectáculo de Guignolet, con gran satisfacción del público.
El distrito de Arcis-sur-Aube se hallaba entonces en una curiosa situación: se creía libre para poder elegir diputado. Desde 1816 hasta 1836, había salido siempre elegido uno de los más pesados oradores del ala izquierda, uno de los diecisiete que fueron calificados de eximios ciudadanos por el partido liberal, en fin, el ilustre Francisco Keller, de la Casa Hermanos Keller, el yerno del conde de Gondreville. Gondreville, una de las más espléndidas propiedades de Francia, se halla enclavada a un cuarto de legua de Arcis. Dicho banquero, recientemente nombrado conde y Par de Francia, esperaba, sin duda, transmitir a su hijo, entonces de treinta años de edad, su herencia electoral para hacerle apto para el procerato.
Jefe ya de escuadrón en el Estado Mayor, y uno de los favoritos del Príncipe Real, Carlos Keller, que había sido honrado con el título de vizconde, pertenecía al partido de la corte ciudadana. Parecía que el más brillante destino le esperaba a aquel joven, fabulosamente rico, valeroso, distinguido por su lealtad a la nueva dinastía, nieto del conde de Gondreville, y sobrino de la mariscala de Carigliano; pero aquella elección, tan necesaria para su porvenir, presentaba grandes dificultades que vencer.
Desde el acceso al Poder de la clase burguesa, Arcis mostraba un vago deseo de mostrarse independiente. Así, la última elección de Francisco Keller se había visto perturbada por algunos republicanos, cuyos gorros rojos y barbas enmarañadas no habían impresionado demasiado a los habitantes de Arcis. Explotando la disposición de la comarca, el candidato radical pudo reunir, no obstante, treinta o cuarenta votos. Algunos habitantes, humillados al ver que su ciudad formaba parte del grupo de burgos podridos de la oposición, se unieron a los demócratas, aunque fueran enemigos de la democracia. En Francia, los escrutinios de las elecciones forman unos productos político-químicos en los que las leyes de la afinidad no cuentan para nada.
Así, elegir al joven comandante Keller en 1839, después de haber elegido a su padre durante veinte años consecutivos, demostraba una verdadera servidumbre electoral, contra la cual se rebelaba el orgullo de varios burgueses enriquecidos que creían valer tanto como el señor Malin, conde de Gondreville, como los banqueros Hermanos Keller, los Cinq-Cygne, e incluso como el mismo rey de Francia. Los numerosos partidarios del viejo Gondreville, rey del departamento del Aube, esperaban de él una nueva prueba de su habilidad, tantas veces demostrada. Para no comprometer la influencia de su familia en el distrito de Arcis, el anciano hombre de Estado propondría, sin duda alguna, a algún hombre de la región como candidato, el cual cedería su escaño a Carlos Keller, aceptando a cambio algún cargo público; caso parlamentario que hace al elegido por el pueblo motivo de reelección.
Como Simón Giguet presentía, con respecto a las elecciones, el fiel amigo del conde, el anciano notario Grévin, manifestó que sin conocer las intenciones del conde de Gondreville, su candidato era Carlos Keller, y que emplearía toda su influencia en su elección. En cuanto aquella opinión de Grévin empezó a circular por Arcis, se produjo una reacción en contra suya. Aunque durante cuarenta años de ejercicio notarial hubiese contado con la confianza de la ciudad entera, y hubiese sido alcalde de Arcis desde 1804 a 1814 y durante los Cien Días; aunque la oposición le hubiese aceptado como jefe, hasta el triunfo de 1830, época en la que renunció a los honores de la Alcaldía so pretexto de su avanzada edad; y, en fin, aunque la ciudad, para testimoniarle su agradecimiento, hubiese nombrado alcalde a su yerno, el señor de Beauvisage, la gente se puso en contra suya, y algunos exaltados llegaron incluso a acusarle de chochear. Los partidarios de Simón Giguet se volvieron hacia Phileas Beauvisage, el alcalde, y se pusieron a su lado, especialmente porque, sin que estuviera indispuesto con su suegro, afectaba unos aires de independencia hacia él que degeneraban casi en frialdad, actitud que su suegro le permitía manifestar al ver en ella un excelente medio de acción sobre la ciudad de Arcis.
El señor alcalde, interrogado la víspera en la plaza pública, había declarado que antes votaría por el primer inscrito en la lista de elegibles de la ciudad de Arcis que dar su voto a Carlos Keller, al cual, por otra parte, consideraba y respetaba infinitamente.
—Arcis dejará de ser un burgo podrido, o emigro a París —dijo.
Si se halagan las pasiones del momento, se puede llegar a ser un héroe, incluso en Arcis-sur-Aube.
El señor alcalde, se comentó, acaba de demostrar una vez más la firmeza de su carácter.
Nada hay que marche con más rapidez que una revolución legal. Aquella misma noche la señora Marion y sus amigos organizaron, para el día siguiente, una reunión de electores independientes, en provecho de Simón Giguet, un hijo del coronel. El siguiente día acababa de iniciarse poniendo en conmoción toda la causa para poder recibir convenientemente a los amigos con cuya independencia se contaba.
Simón Giguet, candidato nacido en una pequeña localidad, celosa de poder elegir a uno de sus hijos, había intentado aprovecharse, como se ve, de aquel movimiento de los espíritus para convertirse en representante de los intereses y necesidades de la Champaña. No obstante, toda la consideración de que gozaba, y la fortuna de los Giguet, se las debían al conde de Gondreville. Pero ¿se pueden tener en cuenta, tratándose de elecciones, los sentimientos?
Esta historia ha sido escrita para enseñanza de los pueblos tan infortunados que no conocen los beneficios de una representación nacional, y que, por consiguiente, ignoran la serie de guerras intestinas, de enormes sacrificios a los Brutos, para que una insignificante localidad dé a luz a un diputado. Espectáculo majestuoso y natural, que sólo puede ser comparado al de un parto: los mismos dolores, las mismas impurezas, los mismos quejidos, el mismo triunfo.
Es permitido preguntar cómo era que un hijo único, cuya fortuna era más que suficiente, se encontraba, como Simón Giguet, de simple abogado en la pequeña localidad de Arcis, donde los abogados son inútiles.
Resulta necesario decir aquí algo sobre aquel candidato. El coronel había tenido, de 1806 a 1813, tres hijos de su mujer —fallecida en 1814— de los cuales sólo sobrevivió el mayor de ellos, Simón. Sus otros dos hermanos fallecieron, uno en 1818 y el otro en 1825. Hasta que se quedó solo, Simón tuvo que ser educado como un hombre para el que resulta necesario el ejercicio de una profesión lucrativa. Convertido en hijo único, Simón fue alcanzado por un revés de fortuna. La señora Marion contaba con que su sobrino recibiría la totalidad o una buena parte de la herencia de su abuelo, el banquero de Hamburgo; pero aquel alemán murió en 1826, dejando a su nieto Giguet solamente dos mil francos de renta. El banquero, dotado de una gran virtud procreadora, había combatido las preocupaciones de su profesión mediante los placeres de la paternidad. Así pues, favoreció en su testamento a las familias de sus otros once hijos, que le rodeaban y que le habían convencido, con bastante verosimilitud por cierto, de que Simón Giguet sería rico.
El coronel hizo que su hijo abrazara una profesión independiente. He aquí el porqué. Los Giguet, en tiempos de la Restauración, no podían esperar ningún favor del poder constituido. Aunque Simón no hubiera sido hijo de un entusiasta bonapartista, pertenecía a una familia cuyos miembros habían incurrido, a justo título, en la animadversión de la familia de Cinq-Cygne, por la parte que Giguet, el coronel de la Gendarmería, y los Marion, incluida la señora Marion, habían tenido, en calidad de testigos de cargo en el famoso proceso de los señores de Simeuse, condenados en 1805 como culpables del secuestro del señor conde de Gondreville, por aquellos días senador, y de la cual eran totalmente inocentes. Este representante del pueblo había expoliado la fortuna de la casa de Simeuse, y los herederos parecieron culpables de aquel atentado, en unos tiempos en los que la venta de bienes nacionales constituía el arca santa de la política. (Véase Un asunto tenebroso).
Grévin fue no solamente uno de los más importantes testigos del proceso, sino también uno de los más ardientes agitadores de aquel asunto. Este proceso criminal todavía dividía al distrito de Arcis en dos bandos opuestos, uno de los cuales defendía la inocencia de los condenados, y consiguientemente la de la Casa de Cinq-Cygne, y el otro que estaba al lado del conde de Gondreville y sus colaboradores.
Si durante la Restauración la condesa de Cinq-Cygne empleó la influencia que le proporcionaba el retorno de los Borbones para hacer lo que le vino en gana en todo el departamento del Aube, el conde Gondreville supo contrarrestar la realeza de los Cinq-Cygne, gracias a la secreta autoridad que conservó sobre los liberales de la región por medio del notario Grévin, del coronel Giguet y, sobre todo, a través de su yerno Keller, elegido diputado por Arcis-sur-Aube ininterrumpidamente durante muchos años, pese a los Cinq-Cygne, y por último, merced al prestigio que conservó en los Consejos de la Corona mientras vivió Luis XVIII. Solamente después de la muerte de dicho rey, la condesa de Cinq-Cygne consiguió que Michu fuese nombrado presidente del juzgado de primera Instancia de Arcis. Había procurado por todos los medios dar aquel cargo al hijo de su administrador, muerto en el cadalso de Troyes, víctima de su lealtad a la familia Simeuse, y cuyo retrato, de tamaño natural, adornaba las paredes de los salones de sus residencias de París y de Cinq-Cygne. Hasta 1823, el conde de Gondreville había tenido poder suficiente para impedir el nombramiento de Michu.
Fue por consejo del propio conde de Gondreville como el coronel Giguet se decidió a dar a su hijo la carrera de abogado. Simón podía distinguirse en el distrito de Arcis, en el ejercicio de la carrera, tanto más cuanto era el único abogado residente en la ciudad, y los procuradores actuaban en las aldeas de los alrededores. Simón había obtenido algunos éxitos en el tribunal del Aube; pero no dejaba de ser el blanco de las bromas e ironías de Federico Marest, el procurador del rey, de Olivier Vinet, el sustituto, y del Presidente Michu, los tres más solidos cerebros del tribunal, personajes importantes en este drama electoral, la primera escena del cual se estaba preparando.
Simón Giguet, como, por otra parte, la inmensa mayoría de los hombres, pagaba a la gran potencia del ridículo una fuerte contribución. Se escuchaba al hablar, pedía la palabra a propósito de cualquier cosa y devanaba frases áridas y filamentosas, de forma solemne, consideradas por la alta burguesía de Arcis como piezas oratorias. Aquel pobre muchacho pertenecía a la especie de personas fastidiosas que pretenden explicarlo todo, incluso las cosas más obvias. Explicaba la lluvia, explicaba las causas de la Revolución de Julio. Pero explicaba también cosas impenetrables: explicaba a Luis Felipe, explicaba a Odilon Barrot, explicaba al señor Thiers, explicaba la cuestión de Oriente, explicaba la Champaña, explicaba lo de 1789, explicaba el arancel de Aduanas, el magnetismo y la economía de la lista civil.
Aquel joven delgado, de tez biliosa, de estatura lo bastante alta para justificar su sonora nulidad, ya que es raro que un hombre de elevada estatura posea gran capacidad, ultrajaba el puritanismo de las personas de la extrema izquierda, ya muy afectas de por sí a guardar escondidas sus intrigas como hacen los excesivamente prudentes. Siempre vestido de negro, llevaba corbata blanca que dejaba caer hasta la parte más baja del cuello. De este modo, su cara parecía estar colocada dentro de un cucurucho de papel blanco, ya que seguía llevando los cuellos altos y rígidos, afortunadamente hechos desaparecer por la moda de la indumentaria masculina. Sus pantalones, sus chaquetas siempre parecía que le venían anchos. Poseía aquello que en provincias se conoce por dignidad, es decir, se mostraba huraño y fastidioso. Antonino Goulard, su amigo íntimo, le acusaba de querer imitar al señor Dupin. En efecto, el abogado se calzaba, usualmente, con zapatos y calcetines de filoseda negra. Simón Giguet, protegido por la consideración de que gozaba su anciano padre y por la influencia que ejercía su tía en una localidad cuyos principales habitantes asistían a sus reuniones desde hacía veinticuatro años, que poseía ya más de diez mil francos de renta, sin contar los honorarios que le proporcionaba el ejercicio de su profesión y la fortuna de su tía que iría a parar a él algún día, no abrigaba duda alguna sobre su elección.
No obstante, el primer repique de campana, anunciando la llegada de los electores más influyentes, resonó en el corazón del ambicioso, produciéndole vagos temores. Simón no se llamaba a engaño sobre la habilidad y los inmensos recursos del viejo Grévin, ni sobre el prestigio que el ministerio derramaría apoyando la candidatura de un joven y distinguido oficial, entonces en África, como agregado al Estado Mayor del Príncipe Real, hijo de uno de aquellos eximios ciudadanos de Francia, y sobrino de una mariscala.
—Me parece —dijo a su padre— que tengo algo de cólico. Siento como una especie de calor dulzón por debajo del estómago, que me produce inquietudes…
—Los soldados más veteranos —respondió el coronel— sentían la misma emoción cuando empezaba a tronar el cañón al comienzo de una batalla.
—¿Qué me puede suceder en la Cámara?… —preguntó el abogado.
—El conde de Gondreville nos contó —respondió el anciano militar— que más de un orador experimenta alguno de los pequeños inconvenientes de los que sentimos nosotros, viejos curtidos, al iniciarse una batalla. Pero, en fin, ¿te has propuesto ser diputado? —dijo el anciano encogiéndose de hombros—. Pues bien, ¡sé diputado!
—Padre, para mí el triunfo es Cecilia. Y Cecilia representa una fortuna inmensa. Hoy día, una gran fortuna significa el poder.
—¡Ah!, cómo cambian los tiempos. En la época del Emperador, para alcanzar el Poder bastaba con tener valor.
—Cada época de la Historia puede resumirse en una sola palabra —dijo Simón a su padre, repitiendo una frase del conde de Gondreville, que pinta perfectamente la manera de ser de este viejo—. En tiempos del Imperio, cuando se quería aniquilar a un hombre, bastaba con decir: «¡Es un cobarde!». Hoy en día, se dice: «¡Es un sinvergüenza!».
—¡Pobre Francia! ¡A dónde te han llevado!… —exclamó el coronel—. Me vuelvo con mis rosas.
—¡Oh!, no, quédese por favor, padre. Usted es aquí la piedra angular.
El alcalde, el señor Phileas Beauvisage, fue el primero en llegar, acompañado del sucesor de su padre, el más importante notario de la localidad, el señor Aquiles Pigoult, nieto de un anciano que había sido juez de paz de Arcis durante la época de la Revolución, durante el Imperio y durante los primeros días de la Restauración.
Aquiles Pigoult, de unos treinta y dos años de edad, había estado durante dieciocho años, en el despacho del viejo Grévin, en calidad de pasante, sin tener la esperanza de llegar a notario. Su padre, hijo de un juez de paz de Arcis, fallecido de una pretendida apoplejía, había realizado malos negocios.
El conde de Gondreville, conocido del viejo Pigoult desde 1793, había prestado dinero sacado de una cantidad que se le había confiado, y facilitado así la adquisición de la notaría de Grévin al nieto del juez de paz iniciador del proceso Simeuse. Aquiles se había establecido en la plaza de la iglesia, en una casa que pertenecía al conde de Gondreville, y que el Par de Francia le había alquilado a tan bajo precio que era fácil ver cómo el avispado político deseaba seguir teniendo sujeto entre sus manos al primer notario de Arcis.
El joven Pigault, hombre bajo y reseco, cuyos ojos parecían horadar los cristales verdes de sus gafas, que como no atenuaban la malicia de su mirada, instruido en todos los intereses de la región, que debía al hábito de realizar negocios una cierta facilidad de palabra, pasaba por ser un bromista, y decía campechanamente las cosas con más ingenio del empleado por los demás indígenas de sus conversaciones. Este notario, todavía soltero, esperaba, por influencia de sus dos protectores, el señor Grévin y el conde de Gondreville, poder celebrar un ventajoso matrimonio. También el abogado Giguet dejó escapar un gesto de sorpresa al ver a Aquiles al lado del señor Phileas Beauvisage. El pequeño notario, cuyo rostro estaba tan cubierto por las marcas de viruela que parecía una red blanca, formaba un perfecto contraste con la rechoncha personalidad del señor alcalde, cuya cara parecía una luna llena, pero una luna alegre.
Aquella tez de lirios y rosas quedaba aún más acentuada en Phileas merced a una graciosa sonrisa, resultado, no de una disposición de ánimo, sino de la forma de sus labios para la cual se ha creado la palabra pepona. Phileas Beauvisage estaba tan satisfecho de sí mismo que sonreía constantemente a todos en todas las circunstancias. Sus pepones labios habrían sido capaces de sonreír en un entierro. La vida que se manifestaba en sus ojos, azules e infantiles, no desmentía aquella perpetua e insoportable sonrisa. Dicha satisfacción interna se había atribuido por tantas personas a bondad y a afabilidad, que Phileas se había creado un lenguaje propio, remarcado por el empleo inmoderado de las fórmulas de la cortesía. Tenia siempre el honor; unía a todas las preguntas sobre la salud de las personas ausentes los calificativos querido, bondadoso, o excelente. Prodigaba las frases de condolencia o las de cumplimiento a propósito de cualquier pequeña miseria o de cualquier insignificante felicidad de la vida humana. Escondía así, bajo un diluvio de lugares comunes, su incapacidad, su falta total de educación y una debilidad de carácter que no puede ser expresada más que con la palabra, un tanto anticuada, de voluble.
¡Tranquilícense!, aquella volubilidad tenía por eje a la hermosa señora Beauvisage, Severina Grévin, la mujer más célebre de todo el distrito. Así, en cuanto Severina se entero de los que constituían lo que ella llamaba el equipo del señor Beauvisage para la elección, le había dicho aquella misma mañana: «No has estado mal al darte ciertos aires de independencia; pero no irás a la reunión de los Giguet sin la compañía de Aquiles Pigoult, a quien yo he dicho que venga a recogerte». ¿Dar a Beauvisage como mentor de Aquiles Pigoult?, ¿no equivalía a que asistiese a la asamblea de los Giguet un espía del partido de los Gondreville? Así pues, fácil será a cada cual imaginarse la mueca que contrajo el puritano rostro de Simón, obligado a dar una bienvenida afectuosa, en el salón de su tía, a un elector influyente, en el cual veía, desde un principio, a un enemigo.
«¡Ah! —se dijo para sí— he cometido un error al negarle la fianza cuando me la pidió. El viejo Gondreville es más inteligente que yo…».
—Buenos días, Aquiles —dijo adoptando un aire indiferente— veo que viene usted a darme quehacer…
—Supongo que su reunión no será ninguna conspiración contra la independencia de nuestros votos —respondió el notario, sonriendo—. ¿No jugamos todos limpio?
—¡Juego limpio! —repitió Beauvisage.
Y el alcalde se puso a reír con aquella risa sin expresión con la que ciertas personas acostumbran a terminar las frases, y que debería llamarse la muletilla de la conversación. A continuación, el señor alcalde adoptó lo que podría calificase de tercera posición, al ponerse erguido, el pecho saliente y las manos detrás de la espalda. Llevaba pantalones y chaqueta negros, y un soberbio chaleco blanco, entreabierto de forma que dejase ver dos botonaduras de brillantes valoradas en varios millares de francos.
—Aunque nos combatamos, no por eso dejaremos de ser buenos amigos —prosiguió Phileas—. Esto es la esencia de los principios constitucionales. (¡Je, je, je!). Así es como yo comprendo la alianza entre la Monarquía y la Libertad… (¡Ja, ja, ja!).
El señor alcalde estrechó la mano de Simón, diciéndole:
—¿Cómo se encuentra usted, mi buen amigo? Su querida tía, y nuestro digno coronel, estarán sin duda tan bien hoy como lo estaban ayer… Por lo menos hay que suponerlo… (¡Je, je, je!) —añadió con aire beatífico, quizá un poco preocupado por la ceremonia que iba a tener lugar…—. ¡Ay!, caramba, joven, de modo que pensamos entrar en la carrera política… (¡Ja, ja, ja!). Éste es su primer paso en ella… No debe retroceder… es una gran decisión, y yo preferiría que fuera usted, y no yo, el que se viera lanzado en medio de los vendavales y las tempestades de la Cámara (¡Ji, ji, ji!), por muy agradable que sea el detentar en la propia persona… (¡Ji, ji, ji!) unas cuatrocientas cincuenta y tres partes del poder soberano de Francia… (¡Ji, ji, ji!).
El órgano vocal de Phileas Beauvisage tenía una agradable sonoridad, en perfecta armonía con las curvas leguminosas de su rostro colorado como una calabaza tierna, con sus macizas espaldas, con su pecho amplio y abombado. Aquella voz, que por su volumen correspondía a la de un bajo cantante, se aterciopelaba como la de los barítonos y adoptaba en la risa, con la cual Phileas acompañaba sus finales de frase, un tono más bien argentino. Dios, en su Paraíso Terrenal, en el caso de haber querido completar las especies animales con la inclusión de un burgués de provincias, no hubiera podido hacer salir de sus manos un tipo más perfecto, más completo, que Phileas Beauvisage.
—Admiro la entrega de aquellos que tienen el valor de lanzarse en medio de los huracanes de la vida política… (¡Je, je, je!), porque para ello se requieren unos nervios de los cuales yo carezco. Quién nos hubiera dicho, en 1812 o en 1813, que tendríamos que llegar a esto… Yo, ya no me extraño de nada en una época en la que el asfalto, el caucho, los ferrocarriles y el vapor transforman la faz de la tierra, los gabanes y las distancias. (¡Je, je, je!).
Estas últimas palabras fueron abundantemente sazonadas con aquella risa con la cual Phileas ponía de relieve todas las bromas de que tanto gustan los burgueses y que se ha pretendido representar por medio de paréntesis; pero fue acompañado con un gesto que se había hecho ya característico en él: cerraba el puño derecho y lo golpeaba contra la palma, combada, de la mano izquierda, y a continuación lo frotaba con ella intensa y alegremente.
Este gesto concordaba con sus risas en las frecuentes ocasiones en las que creía haber dicho algo ingenioso. Probablemente será superfluo decir que Phileas era considerado en Arcis como un hombre simpático y encantador.
—Intentaré —respondió Simón Giguet— representar dignamente…
—… a los corderos de Champaña —interrumpió vivamente Aquiles Pigoult.
El candidato se tragó el epigrama sin responder, ya que en aquel momento se vio obligado a ir a recibir a otros nuevos electores.
Uno de ellos era el dueño de El Mulo, la mejor posada de Arcis, situada en la Plaza Mayor, en la esquina de la calle de Brienne. Aquel digno posadero, apellidado Poupart, había contraído matrimonio con la hermana de un criado de la condesa de Cinq-Cygne, el famoso Gothard, uno de los protagonistas del proceso criminal. Hacía ya tiempo que dicho Gothard había sido puesto en libertad. Poupart, aunque podía ser considerado como uno de los hombres de Arcis más afectos a los Cinq-Cygne, había sido sondeado hacía dos días por el criado del coronel Giguet con tanta perseverancia y habilidad que se creía en disposición de poder jugarle una mala pasada al enemigo de los Cinq-Cygne consagrando su influencia al nombramiento de Simón Giguet, y acababa de hablar sobre ello con un farmacéutico llamado Fromaget, el cual, no siendo proveedor de los Gondreville, no deseaba otra cosa que el conspirar contra los Keller.
Estos dos personajes de la pequeña burguesía podían, merced a sus relaciones, determinar una cierta cantidad de votos flotantes, ya que acostumbraban a aconsejar a una multitud de personas para las cuales las opiniones políticas de los candidatos eran completamente indiferentes. Por ello el abogado se apoderó de Poupart, y entregó al farmacéutico Fromaget a su padre, que había bajado para dar la bienvenida a los electores llegados.
El subingeniero del distrito, el secretario de la Alcaldía, tres escribanos, cuatro procuradores, el secretario del Juzgado y el del Juzgado de paz, el encargado del Registro, el recaudador de contribuciones, dos médicos rivales de Varlet, el cuñado de Grévin, un fabricante de harinas, los dos adjuntos de Phileas, el librero e impresor de Arcis, y otra docena de burgueses fueron entrando sucesivamente en el salón y pasaron al jardín por el que empezaron a pasearse, en grupos, a la espera de que la concurrencia fuera lo bastante numerosa para poder abrir la sesión. Finalmente, a mediodía, unas cincuenta personas, todas ellas endomingadas y que en su mayor parte habían ido por pura curiosidad, para poder ver los hermosos salones de los cuales tanto se hablaba por todo el departamento, se sentaron en las sillas que la señora Marion había preparado con tanto entusiasmo. Se dejaron abiertas las ventanas, y pronto se hizo un silencio tan profundo que pudo oírse perfectamente el roce de la falda de seda de la señora Marion, que no había podido resistir a la tentación de bajar al jardín y de situarse en un lugar desde el cual podía oír lo que decían los electores. La cocinera, la doncella y el criado se quedaron en el comedor, para compartir las emociones de sus dueños.
—Señores —dijo Simón Giguet— algunos de entre ustedes desean hacer a mi padre el honor de ofrecerle la presidencia de esta reunión; pero el coronel Giguet me ha encargado les transmita su agradecimiento, expresando la gratitud que merece este deseo, en el cual ve una recompensa por los servicios prestados a la patria. Estamos reunidos precisamente en casa de mi padre, y cree deber suyo el renunciar a dicha función y les propone para ella a un honorable comerciante al cual vuestros votos han conferido la primera magistratura de la ciudad, al señor Phileas Beauvisage.
—¡Bravo! ¡Bravo!
—Creo que estamos todos de acuerdo en imitar, en esta reunión, esencialmente amistosa… pero totalmente libre, y que no constituye ningún antecedente para la gran reunión preparatoria en la que podréis interpelar a los candidatos, en la cual podréis aquilatar sus méritos… en imitar, decía, las formas… constitucionales de la Cámara… electiva.
—¡Sí, sí! —aprobaron todos al unísono.
—En consecuencia —prosiguió Simón Giguet— tengo el honor de rogar, según el voto de la asamblea, al señor alcalde que venga a ocupar el sillón de la presidencia.
Phileas se puso en pie, cruzó el salón y se puso colorado como una cereza. Luego, cuando estuvo detrás de la mesa presidencial, no vio a cien ojos que le miraban, vio a cien bujías. Por último, le pareció que el sol hacía en aquel salón el mismo efecto de un incendio, y se le puso, según su expresión, un nudo en la garganta.
—Dé las gracias —le dijo Simón en voz baja.
—Señores…
Se hizo un profundo silencio, tan intenso que Phileas sintió un acceso de cólico.
—¿Qué es lo que tengo que decir, Simón? —prosiguió en voz baja.
—¿Y bien? —dijo Aquiles Pigoult.
—Señores —dijo el abogado sobrecogido por la cruel interjección del pequeño notario— el honor que acabáis de hacer al señor alcalde es perfectamente posible que le haya emocionado.
—Esto es —dijo el señor Beauvisage— me siento extremadamente sensible a esta distinción que me confieren mis conciudadanos, y no puedo dejar de sentirme halagado.
—¡Bravo! —exclamó el notario, sin que nadie más le corease.
«Que el diablo me lleve, si otra vez me comprometo a hablar en público…» se dijo para sí el señor Beauvisage.
—Los señores Fromaget y Marcellot ¿aceptarían las funciones de escrutadores? —preguntó Simón Giguet.
—Para seguir imitando a la Cámara —dijo Aquiles Pigoult, poniéndose en pie— creo que sería más regular que la asamblea nombrase ella misma a los miembros de la mesa.
—Sería preferible, en efecto —dijo el enorme señor Mollot, el secretario del Juzgado—, de lo contrario, lo que estamos haciendo en estos momentos no sería más que una comedia, y no seríamos libres. Podríamos dejar al señor Simón que fuera tomando por sí solo sus decisiones.
Simón dijo unas palabras a Beauvisage, que se puso en pie para dar a luz un: «¡Señores!…», que podía ser considerado como de palpitante interés.
—Pido perdón, señor presidente —dijo Aquiles Pigoult— pero su misión es la de presidir, no la de intervenir en los debates…
—Señores, si nosotros debemos… adaptarnos… a los usos parlamentarios —dijo Beauvisage, a quien Simón le iba apuntando lo que tenía que decir— rogaría… al honorable señor Pigoult… viniera a esta tribuna… y hablara desde aquí…
Pigoult se encaminó precipitadamente hacia la mesa de té, y se colocó detrás de ella, con los dedos ligeramente apoyados en el borde, dando una clara prueba de su audacia, al dirigir la palabra al auditorio sin ningún embarazo, casi como el ilustre señor Thiers:
—Señores, no he sido yo quien ha lanzado la idea de imitar a la Cámara en sus procedimientos, ya que hasta el momento presente las Cámaras me han parecido realmente inimitables; no obstante, me ha sido fácil imaginar que una asamblea de sesenta y pico de champañeses debe improvisar un presidente, ya que ningún rebaño va sin pastor. De haber votado individualmente en una urna, estoy completamente seguro de que nuestro ilustre alcalde hubiese conseguido, igualmente, la misma unanimidad; su oposición a la candidatura sostenida por su propia familia nos demuestra que es poseedor de un valor cívico llevado a su más alta expresión, ya que para ello tiene que liberarse de los lazos que más estrechamente atan a los hombres: los de la familia. Poner a la patria delante de la familia es algo verdaderamente difícil, algo tan importante que nos vemos obligados a decir que, desde lo alto de su tribunal en la Historia, Bruto nos contempla a través de dos mil quinientos y pico de años. Parece completamente natural que el señor abogado Giguet que, hay que reconocerlo, ha tenido el mérito de adivinar nuestros sentimientos relativos a la elección de presidente, haya pretendido también guiarnos para la de los escrutadores; pero creo que todos ustedes habrán pensado que con una vez había suficiente, y hay que reconocer que tienen ustedes razón. Nuestro común amigo, el señor Simón Giguet, que debe presentarse como candidato, parecería que desea ya desde ahora dirigirlo todo, como dueño y señor, y podría, con ello, perder en nuestra consideración los beneficios de la modesta actitud que ha adoptado su venerable padre. ¿Qué haría nuestro presidente si aceptara la forma de presidir que le ha propuesto el candidato? Nos privaría de nuestra libertad. Y yo les pregunto a ustedes, ¿es conveniente que un presidente elegido por nosotros nos proponga nombrar, por el procedimiento de levantados y sentados, a los otros dos miembros de la mesa?… Esto, señores, constituiría una previa elección. ¿Seríamos entonces libres de elegir? ¿Podría uno de nosotros permanecer sentado al lado de su vecino puesto en pie? Se me dirá que todos nos pondríamos en pie por pura educación; y como todos nos levantaríamos por nuestro propio impulso no podría haber elección allí donde todo el mundo sería nombrado necesariamente por todos los demás.
—Tiene mucha razón —dijeron los sesenta auditores.
—Así, pues, propongo que cada uno de nosotros escriba dos nombres en una papeleta, y los que vengan luego a sentarse a ambos lados del señor presidente, podrán ser considerados como dos representantes de esta reunión; tendrán calidad suficiente para pronunciarse sobre la mayoría, conjuntamente con el señor presidente, cuando decidamos por el procedimiento de sentados y levantados sobre las determinaciones a tomar. Estamos aquí, según creo, para prometer a un candidato las fuerzas de las que cada cual dispone, con vistas a la reunión preparatoria, a la cual asistirán todos los candidatos del distrito. Este acto, me permito declararlo públicamente, es grave. ¿No se trata de un cuatrocientosavo de poder, como decía no hace mucho el señor alcalde, con el ingenio y clara visión de las cosas que le caracteriza y que todos apreciamos en él?
El coronel Giguet estaba cortando, a tiras, una hoja de papel y Simón mandó a buscar una pluma y un tintero. Se suspendió la sesión durante unos minutos. Aquella discusión preliminar sobre las formas había inquietado profundamente a Simón y despertado la atención de los sesenta burgueses convocados. Inmediatamente éstos se pusieron a llenar las papeletas y el astuto Pigoult consiguió fueran nombrados escrutadores los señores Mollot, secretario del juzgado, y el señor Godivet, encargado del registro. Dichos dos nombramientos molestaron, evidentemente, al farmacéutico Fromaget y al procurador Marcellot.
—Han cooperado ustedes —les dijo Aquiles Pigoult— a manifestar su independencia; podéis estar más orgullosos de no haber sido nombrados que si lo hubieseis sido.
Todos rieron.
Simón Giguet hizo que se restableciera el silencio, pidiendo la palabra al presidente, cuya camisa estaba ya empapada de sudor, y que hubo de reunir todo su valor para decir: «El señor Simón Giguet tiene la palabra».
—Señores —dijo el abogado— permítanme que dé las gracias al señor Aquiles Pigoult, el cual, a pesar de que nuestra reunión es totalmente amistosa…
—Es una reunión preparatoria de la gran reunión preparatoria —dijo el procurador Marcellot.
—Es precisamente esto lo que me proponía explicar —prosiguió Simón—. Agradezco, ante todo, al señor Pigoult el haber introducido en esta reunión todo el rigor de las formas parlamentarias. Es ésta la primera vez que el distrito de Arcis usará libremente…
—¿Libremente? —preguntó Aquiles Pigoult, interrumpiendo al orador.
—¡Sí, libremente! —exclamó la asamblea.
—Libremente —prosiguió Giguet— de sus derechos en la gran batalla de la elección general para la Cámara de los Diputados; y como dentro de unos días tendremos que celebrar otra reunión a la que asistirán todos los electores para juzgar de los méritos de los candidatos, debemos estar muy satisfechos de podernos ir acostumbrando a esta clase de asambleas; nos podremos sentir más fuertes cuando llegue el momento de decidir sobre el porvenir político de la ciudad de Arcis, ya que de lo que se trata hoy es de sustituir una familia por una ciudad, un hombre por toda una región.
Simón hizo entonces historia de las elecciones de los últimos veinte años. Al tiempo que aprobaba la constante elección de Francisco Keller, manifestó que había llegado el momento de sacudir el yugo de la casa de Gondreville.
Arcis tenía que dejar de ser un feudo liberal, a la vez que dejar de ser un feudo de la casa de Cinq-Cygne. Estaban naciendo en Francia, en aquellos días, una serie de ideas progresivas que los Keller no podían, en modo alguno, representar. Carlos Keller, con su título de vizconde, pertenecía a la Corte y carecía de independencia; ya que al presentarse candidato, se pensaba más en hacer de él un sucesor en el señorío de su padre que el sucesor de un diputado, etc., etc. Finalmente, Simón se presentó a la elección de sus conciudadanos, comprometiéndose a sentarse entre los correligionarios del ilustre Odilon Barrot y a no desertar jamás del glorioso estandarte del progreso.
El progreso era una palabra tras la cual se pretendía, en aquellos días agrupar muchas más ambiciones mendaces que ideas; ya que, después de 1830, sólo era capaz de representar las pretensiones de algunos demócratas notorios; pero aquella palabra seguía produciendo mucho efecto en Arcis y daba una cierta consistencia a quien la escribía en su bandera. Calificarse a sí mismo de progresista, era como proclamarse filósofo en todo y puritano en política. Se declaraba, con ello, partidario de los ferrocarriles, de los mackintosh, de las penitenciarías, del adoquinado en madera, de la independencia de los negros, de las cajas de ahorro, de los zapatos sin costura, de la luz de gas, de las aceras asfaltadas, del sufragio universal y de la reducción de la lista civil. Por último, era también como pronunciarse contra los Tratados de 1815, contra la rama primogénita, contra el coloso del Norte, la pérfida Albión, y contra todas las empresas, buenas o malas, del gobierno. Como se ve, la palabra progreso, tanto podía significar Sí, como No… Era como una renovación de los múltiples significados de la palabra liberalismo, una nueva consigna para nuevas ambiciones.
—Si he comprendido bien qué es lo que hemos venido a hacer aquí —dijo Juan Violette, un fabricante de medias que hacía dos años había comprado el negocio de Bauvisage— se trata de comprometernos todos a hacer lo posible para que el señor Simón Giguet sea elegido diputado, en lugar del señor conde Francisco Keller. Si cada uno de nosotros considera que ésta es la cuestión, lo único que nos resta por hacer es decir, simple y llanamente, si estamos o no de acuerdo en ello.
—¡Esto sería ir demasiado directamente al grano! No es así como funcionan los asuntos políticos, ya que si así fuera, no existiría la política —exclamó Pigoult, cuyo abuelo, de ochenta y seis años de edad, hizo su entrada en el salón—. El preopinante decide de antemano, lo que, según mi pobre inteligencia, estimo debería ser objeto de debate. Pido la palabra.
—El señor Pigoult tiene la palabra —dijo Beauvisage que, por fin, pudo pronunciar aquella frase con toda dignidad municipal y constitucional.
—Señores —dijo el pequeño notario— si existe alguna casa en Arcis que no deba sublevarse contra la influencia de los Gondreville y de los Keller, ¿no es precisamente ésta?… El digno coronel Giguet es el único que no ha tenido que sufrir los rigores del poder senatorial, ya que, en realidad, nada le ha negado el conde de Gondreville, que le hizo borrar de la lista de proscritos en 1815 y le ha conseguido la pensión de que goza actualmente, sin que el venerable coronel, cuya gloria nos alcanza a todos, lo solicitara…
Un murmullo halagador para el coronel acogió aquella observación.
—Pero —prosiguió el orador— los Marion han recibido numerosos favores del conde. Sin su protección, el difunto coronel Giguet nunca hubiera mandado la gendarmería del Aube. El difunto señor Marion jamás hubiera ocupado la Presidencia del Tribunal Real sin el apoyo del conde, al cual yo, personalmente, siempre le estaré agradecido… Ustedes encontrarán natural que sea su abogado en este asunto… Por último, creo que pocas personas hay en este distrito que no hayan recibido algún favor de dicha familia… (Rumores en la sala).
—Un candidato se presenta a la elección —prosiguió Aquiles con pasión— y yo tengo perfecto derecho a investigar su vida antes de investigarle con mis poderes. Y yo deseo que mi mandatario no sea un ingrato, ya que la ingratitud es como la desgracia: una atrae a otra. Nosotros hemos sido, durante muchos años, habéis dicho, el trampolín de los Keller: pues bien, lo que he oído últimamente me hace temer que se pretenda convertirnos en el trampolín de los Giguet. Nos hallamos en el siglo de lo positivo, ¿no es así? Pues bien, examinemos cuáles podrían ser, para el distrito de Arcis, las consecuencias de una elección de Simón Giguet. Se os habla de independencia. Simón, al que ataco como candidato, es amigo mío, como lo es de todos los que me escucháis, y personalmente estaría encantado de verle convertido en parlamentario de la izquierda, y sentarse entre Garnier-Pagès y Lafitte; pero ¿qué le sucedería al distrito?… El distrito se quedaría sin el apoyo de los Gondreville y de los Keller… Tenemos, por un período de cinco años, necesidad de ambos. Todos van a visitar a la mariscala de Carigliano para conseguir sea librado de quintas un muchacho que ha sacado número bajo. Se recurre a los Keller para solucionar muchos asuntos que, de hecho, se deciden por su recomendación. En todo momento hemos encontrado al conde de Gondreville dispuesto a rendirnos servicios: basta con ser de Arcis para entrar en su casa sin necesidad de hacer antesala. Estas tres familias que acabo de mencionar conocen a todas las otras familias de Arcis… ¿Dónde está la caja de la casa Giguet, y cuál será su influencia en los ministerios?… ¿De qué crédito goza en los medios financieros de París? Si se estima necesario hacer de piedra el puente de madera, ¿podrá conseguir del departamento y del Estado los fondos necesarios para ello?… Si elegimos a Carlos Keller, continuamos un pacto de alianza y de amistad que, hasta el momento presente no nos ha reportado más que beneficios. Eligiendo a mi buen y excelente camarada de colegio, a mi digno amigo Simón Giguet, sólo experimentaremos pérdidas hasta el día en que sea nombrado ministro. Conozco suficientemente su modestia para creer que no me desmentirá si me permito dudar de su nombramiento para tan elevado puesto… (Risas). He venido a esta reunión para oponerme a una decisión fatal para nuestro distrito. Se me dirá: Carlos Keller pertenece a la Corte. Pues tanto mejor, ya que no tendremos que pagar los gastos que produzca su aprendizaje político; conoce los asuntos de la región, conoce las necesidades parlamentarias y puede llegar a convertirse en hombre de Estado mucho más fácilmente que nuestro amigo Simón, que pretende ser un Pitt o un Talleyrand de nuestra pobre y minúscula ciudad de Arcis…
—¡Danton fue hijo de ella!… —exclamó el coronel Giguet, furioso por aquella observación perfectamente justa.
—¡Bravo!…
Esta exclamación fue algo así como una aclamación; sesenta personas la aplaudieron sonoramente.
—Mi padre es muy inteligente —dijo Simón Giguet en voz baja a Beauvisage.
—No comprendo a santo de qué —dijo el anciano coronel a quien la sangre le hervía en las venas y que se le había subido a la cara, poniéndose en pie— se mezclan en la cuestión de una elección los lazos que nos unen al conde de Gondreville. Si mi hijo tiene alguna fortuna, ésta la heredó de su madre, y nada ha pedido al conde de Gondreville. Aunque el conde no hubiera existido nunca, Simón seguiría siendo lo que es: el hijo de un coronel de Artillería que debe su grado a su servicio a la patria, y un abogado que no ha cambiado jamás de opinión. Podría decirle al conde de Gondreville, en voz bien alta y a la cara: «Nosotros hemos elegido a su yerno durante veinte años; ahora deseamos hacerle comprender que, eligiéndole a él, obramos voluntariamente, y que lo hacemos con un hombre nacido en Arcis, precisamente para demostrar que el antiguo espíritu de 1789, al cual debe usted su fortuna, sigue vivo en la patria de los Danton, de los Malin, de los Grévin, de los Pigoult, de los Marion…». Esto es todo.
El anciano se sentó. Se levantó entonces un gran tumulto. Aquiles abrió la boca para contestar. Beauvisage, que no se hubiera considerado a sí mismo presidente si no hubiera podido agitar la campanilla, aumentó con ella la algarabía reinante en la sala, reclamando silencio. Eran entonces las dos de la tarde.
—Me tomo la libertad de hacer observar al honorable coronel Giguet, cuyos sentimientos son bien fáciles de comprender, que nadie le ha concedido la palabra: esto es algo que va en contra de los usos parlamentarios —dijo Aquiles Pigoult.
—No creo que sea necesario llamar al orden al coronel —dijo Beauvisage—. Es padre y… (El silencio se restableció).
—No nos hemos reunido aquí —exclamó Fromaget— para decir amén a todo lo que quieran los señores Giguet, padre o hijo…
—¡No! ¡No! —exclamó la asamblea.
—Esto marcha mal —dijo la señora Marion a la cocinera.
—¡Señores —prosiguió Aquiles— me limito a pedir categóricamente a mi amigo Simón Giguet preguntar qué piensa hacer en defensa de nuestros intereses!…
—¡Sí! ¡Sí!
—¿Desde cuándo —dijo Simón Giguet— unos buenos ciudadanos, como son los de Arcis, desean hacer profesión y mercancía de la santa misión de un diputado?
No puede uno formarse idea del efecto que producen los sentimientos elevados en una reunión de hombres. Se aplauden las grandes frases, aunque no por ello se deja de votar el hundimiento del propio país, como el forzado que ansía el castigo de Roberto Macaire, al ver representada la obra, no por ello va a asesinar a un Germeuil cualquiera.
—¡Bravo! —gritaron varios electores—. ¡Giguet pura sangre!
—Vosotros me enviaréis a la Cámara, si es que me enviáis, para representar en ella los principios de 1789; para ser en ella un diputado más, si queréis, de la oposición, pero para votar con ella, para orientar al gobierno, para combatir los abusos, para proclamar las excelencias del progreso en todos los órdenes…
—¿Qué es lo que entiende usted por progreso? Para nosotros, progreso sería poner en condiciones de ser cultivada a toda la Champaña —dijo Fromaget.
—¡El progreso!, ahora voy a explicaros qué es lo que entiendo yo por él —gritó Giguet, exasperado por la interrupción.
—El progreso son las fronteras del Rhin para Francia —dijo el coronel— y la anulación de los Tratados de 1815.
—Es el poder vender el trigo muy caro, mientras el pan siga vendiéndose barato —gritó burlonamente Aquiles Pigoult que, queriendo hacer un chiste, expresó perfectamente uno de los contrasentidos que imperan en Francia.
—Es la felicidad de todos, conseguida por el triunfo de las doctrinas humanitarias.
—¿Qué es lo que estaba yo diciendo?… —preguntó el astuto notario a sus vecinos.
—¡Chist!, ¡silencio!, ¡escuchemos! —exclamaron algunos curiosos.
—Señores —dijo el obeso Mollot sonriendo— el debate va tomando altura, presten atención al orador, permítanle explicarse…
—En todas las épocas de transición, señores —prosiguió gravemente Simón Giguet— y nosotros nos hallamos en una de ellas…
—¡Be!…, ¡béee!… —baló un amigo de Aquiles Pigoult que poseía condiciones (sublimes cuando se trata de elecciones) de ventrílocuo. Una risa general se apoderó de aquella asamblea, champañesa ante todo. Simón Giguet se cruzó de brazos y aguardó a que aquella tempestad de risas amainara.
—Si lo que se pretende es darme una lección —prosiguió— y decirme que marcho con el rebaño de los gloriosos defensores de los derechos de la humanidad, que lanzan grito tras grito, libro tras libro, con el del sacerdote inmortal que clama por la Polonia sojuzgada, el del valeroso panfletista, el del vigilante celoso de la lista civil, el de los filósofos que exigen sinceridad en el libre juego de nuestras instituciones, le doy las gracias a mi desconocido interruptor. Para mí, el progreso es la realización de todo lo que nos fue prometido en la Revolución de Julio, es la reforma electoral, es…
—¡Sois un demócrata, entonces! —dijo Aquiles Pigoult.
—¡Nada de eso! —exclamó el candidato—. ¿Es ser demócrata desear el desarrollo regular, legal, de nuestras instituciones? Para mí, el progreso es la fraternidad restablecida entre todos los miembros de la gran familia francesa, y no nos debemos ocultar el hecho de que muchos de los sufrimientos…
A las tres de la tarde Simón Giguet seguía explicando lo que él entendía por progreso, y algunos de los asistentes dejaban escapar unos sonoros ronquidos, reveladores del más profundo de los sueños. El malicioso Aquiles Pigoult había instado a todo el mundo a que escuchara religiosamente al orador que se estaba ahogando en medio de un mar de frases y perífrasis.
En aquel momento varios grupos de burgueses, electores o no, se hallaban reunidos delante del castillo de Arcis, cuya verja da a la plaza, y en una esquina de la cual se abre la puerta de la residencia de los Marion.
Dicha plaza es un terreno en el cual desembocan varios caminos y varias calles. En ella hay un mercado cubierto; enfrente del castillo, al otro lado de la plaza, que no está adoquinada ni pavimentada, y en la que la lluvia deja profundos surcos, se abre un magnífico paseo, conocido por el Paseo de los Suspiros. ¿Es en honor, o como crítica a las mujeres de la localidad? Esta anfibología constituye, sin duda, uno de los rasgos de ingenio de la región. Dos hermosos contrapaseos, bordeados de viejos tilos muy frondosos, conducen desde la plaza a un bulevar circular, que forma como otro paseo, casi siempre desierto, y en el cual pueden verse muchas más inmundicias tranquilas que apresurados paseantes, como los de París.
En lo más fuerte de la discusión que Aquiles Pigoult estaba dramatizando con una sangre fría y un valor dignos de un orador del verdadero Parlamento, cuatro personajes se estaban paseando por una de las contraavenidas de la avenida de los Suspiros. Cuando llegaron a la plaza, se detuvieron como si estuvieran de acuerdo, y dirigieron una mirada a los habitantes de Arcis que rumoreaban delante del castillo, como abejas al regresar, por la noche, a su colmena. Aquellos cuatro paseantes constituían la totalidad del partido gubernamental de Arcis: el subprefecto, el procurador del rey, su sustituto, y el señor Martener, juez de instrucción. El presidente del tribunal era, como es sabido, partidario de la rama primogénita, y leal servidor de la Casa de Cinq-Cygne.
—No, yo no comprendo al gobierno —repitió el subprefecto, señalando a los grupos que iban aumentando—. En tan grave coyuntura como la presente, me deja sin instrucciones…
—En esto se parece usted a otros muchos —respondió Olivier Vinet, sonriendo.
—¿Qué es lo que tiene usted que reprocharle al gobierno? —preguntó el procurador del rey.
—El ministerio está sumamente preocupado —prosiguió el joven Martener—; sabe perfectamente que este distrito pertenece, en cierto modo, a los Keller, y se guardará muchísimo de enfrentarse con ellos. Hay que guardar ciertos miramientos con el único hombre que puede sostener una comparación con el señor de Talleyrand. No es al prefecto a quien debe usted mandar el comisario de policía, sino al conde de Gondreville.
—En la espera —dijo Federico Marest— la oposición se agita, y ya puede ver cuál es la influencia del coronel Giguet. Nuestro alcalde, el señor Beauvisage, es quien preside esta reunión preparatoria…
—Al fin y al cabo —dijo cazurramente Olivier Vinet al subprefecto— Simón Giguet es su amigo, su camarada de colegio; será del partido de Thiers, y usted no arriesgará nada favoreciendo su elección.
—Antes de caer, el ministerio actual puede destituirme. Si bien sabemos perfectamente cuando se nos destituye, nunca sabemos cuando nos pueden volver a dar un cargo —comentó Antonino Goulard.
—¡Coffinet, el tendero!… He ahí el elector número sesenta y siete entrando en casa del coronel Giguet —dijo Martener, que ejercía su cargo de juez de instrucción, contando a los electores.
—Si Carlos Keller es el candidato del ministerio —prosiguió Antonino Goulard— debieran habérmelo dicho, y no dar a Simón Giguet tiempo suficiente para que se fuera apoderando de los ánimos de los electores.
Los cuatro personajes llegaron, paseando lentamente, hasta el lugar en que termina el bulevar, para convertirse en plaza pública.
—Ahí va el señor Groslier —dijo el juez al ver a un hombre a caballo.
Aquel jinete era el comisario de policía; vio al gobierno de Arcis reunido en plena vía pública, y se dirigió hacia los cuatro funcionarios.
—Señor —dijo el comisario de Policía en voz baja— el señor prefecto me ha encargado le comunicara a usted una triste noticia: el señor vizconde de Keller ha muerto. La noticia llegó anteayer por telégrafo, y los dos señores Keller, el señor conde de Gondreville, la mariscala de Carigliano y, en fin, toda la familia, se halla reunida, desde ayer, en Gondreville. Abd-el-Kader ha reanudado la ofensiva en África, y se está combatiendo encarnizadamente. Ese desdichado joven ha sido una de las primeras víctimas de las hostilidades. Recibirá usted, aquí en Arcis, me ha dicho el señor prefecto, en lo que se refiere a las elecciones, instrucciones confidenciales…
—¿Por quién?… —preguntó el subprefecto.
—Si lo supiera, dejaría de ser un asunto confidencial —respondió el comisario— y el mismo señor prefecto no sabe nada de esto. Seguramente se tratará de un secreto entre el ministro y usted.
Y prosiguió su camino, después de haber visto cómo el feliz subprefecto se ponía un dedo en los labios para recomendarle silencio.
—¿Qué novedades hay de la Prefectura?… —preguntó el procurador del rey cuando Antonino Goulard regresó al grupo formado por los tres funcionarios.
—Nada que no sea satisfactorio —respondió con aire misterioso Antonino, que empezó a andar rápidamente, como si quisiera abandonar a los magistrados.
Mientras andaban por el centro de la plaza, en total silencio, ya que los tres magistrados se sintieron picados por la rapidez del paso del subprefecto, el señor Martener vio a la anciana señora Beauvisage, la madre de Phileas, rodeada por la casi totalidad de los burgueses que se hallaban en la plaza, a los cuales parecía estarles explicando algo. Un procurador, apellidado Sinot, que tenía entre sus clientes a la mayoría de los realistas del distrito de Arcis, y que se había abstenido de asistir a la reunión convocada por Giguet, se destacó del grupo y corrió hacia la puerta de la residencia Marion, llamado a ella, vigorosamente.
—¿Qué sucede? —preguntó Federico Marest, dejando caer sus anteojos e instruyendo al subprefecto y al juez de aquella circunstancia.
—Sucede, señores —respondió Antonino Goulard— que Carlos Keller ha muerto en África, y que este acontecimiento proporciona las más hermosas posibilidades a Simón Giguet. Ya conocéis a Arcis, y no podía encontrarse, en todo el distrito, otro candidato ministerial más apropiado que Carlos Keller. Cualquier otro encontrará en su contra el patriotismo de campanario…
—¿Será elegido semejante imbécil? —preguntó Olivier Vinet, riendo.
El sustituto, que contaba unos veintitrés años de edad, en su calidad de hijo primogénito de uno de los más famosos procuradores generales, cuya ascensión al poder databa de la Revolución de Julio, debía a la influencia de su padre, como es natural, el haber podido ingresar en la magistratura. Dicho procurador general, repetidamente elegido diputado por la villa de Provins, es uno de los pilares del centro de la Cámara. Así el muchacho —su madre era una señorita de Chargeboeuf— tenía una seguridad en sus funciones en su aire revelador de la importancia del padre. Expresaba sus opiniones sobre los hombres y sobre las cosas sin excesivas preocupaciones; ya que esperaba no permanecer demasiado tiempo en la ciudad de Arcis, y ser nombrado procurador del rey en Versalles, infalible trampolín para un más alto cargo en París. El aspecto desenvuelto de aquel retoño de los Vinet, la especie de fatuidad judicial que le prestaba la seguridad de labrarse un porvenir, molestaba tanto más a Federico Marest, cuanto el más mordaz de los ingenios apoyaba las pretensiones de su subordinado. El procurador del rey, hombre de cuarenta años, que, durante la Restauración había esperado durante seis años el nombramiento de primer sustituto, y a quien la Revolución de Julio había relegado a un Juzgado de Arcis, aunque poseía dieciocho mil francos de renta, se encontraba perpetuamente cogido entre el deseo de conciliarse el favor de un Procurador General, que posiblemente llegaría a ser Guardasellos, como tantos otros abogados-diputados, y la necesidad de mantenerse digno.
Olivier Vinet, delgado y enfermizo, rubio, de cara vulgar en la que únicamente se destacaban dos ojos verdes llenos de malicia, era uno de aquellos jóvenes bromistas, que gustan de las diversiones, pero que saben adoptar un aire estirado, serio y pedante en cuanto se sientan en su sillón de magistrado. El alto, gordo, espeso y grave procurador del rey, acababa de idear, hacía sólo breves días, un sistema por medio del cual podía entenderse con el desesperante Vinet: le trataba como un padre trataría a su hijo.
—Olivier —respondió a su sustituto dándole un golpecito en el hombro— un hombre de tantos alcances como tú, debe pensar que el señor Giguet puede ser nombrado diputado. Hubieses podido decir la misma cosa delante de todo Arcis, tal y como la has dicho entre amigos.
—Hay algo en contra de Giguet —dijo entonces el señor Martener.
Este excelente joven, un poco patoso, pero lleno de capacidad, hijo de un médico de Provins, debía su cargo al procurador general Vinet, el cual ejerció de abogado, durante muchos años, en Provins, y que protegía a los de Provins, del mismo modo que el conde de Gondreville protegía a los de Arcis. (Véase Pierrette).
—¿El qué? —preguntó Antonino.
—El patriotismo de campanario es terrible contra un hombre que han impuesto a los electores —prosiguió el juez— pero, cuando se trate, para los buenos ciudadanos de Arcis, de elegir a uno de sus iguales, los celos y la envidia serán más fuertes que el patriotismo.
—Es muy simple —dijo el procurador del Rey— pero es muy cierto… Si puede usted reunir cincuenta votos ministeriales, se encontrará usted, muy probablemente, con que se habrá convertido en el árbitro de las elecciones —añadió, mirando a Antonino Goulard.
—Bastaría con oponer a Simón Giguet un candidato de su misma especie —dijo Olivier Vinet.
El subprefecto dejó que cruzara por su cara un gesto de satisfacción que no podía dejar de ser observado por ninguno de sus tres compañeros, con los cuales, por otra parte, se entendía a la perfección. Solteros los cuatro, los cuatro bastante ricos, habían formado, sin ninguna clase de premeditación, como una especie de alianza para eludir todo el terrible aburrimiento de la provincia. Los tres funcionarios habían observado también los celos que Giguet inspiraba a Goulard, y que una breve noticia sobre sus antecedentes harán que sean mejor comprendidos.
Hijo de un ex caballerizo de la casa de Simeuse, enriquecido por la compra de bienes nacionales, Antonio Goulard había nacido, como Simón Giguet, en Arcis. El viejo Goulard, su padre, había dejado la abadía de Valpreux (corrupción de Val-des-Preux), para habitar en Arcis, después del fallecimiento de su esposa, y mandó a su hijo Antonino al Liceo Imperial, donde el coronel Giguet había enviado, asimismo, a su hijo Simón. Los dos coterráneos, después de haber seguido juntos sus estudios primarios, cursaron también juntos, en París, la carrera de derecho, y su amistad se continuó en las diversiones propias de la juventud. Se prometieron, uno a otro, ayudarse, aunque emprendieran carreras diferentes. Pero la suerte quiso que se convirtieran en rivales. A pesar de sus positivas ventajas, a pesar de la cruz de la Legión de Honor que el conde de Gondreville, en defecto de un ascenso, había hecho conceder a Goulard y que florecía en su ojal, la oferta de su corazón y de su posición fue honestamente rechazada, cuando, seis meses antes del día en que comienza esta historia, Antonino Goulard la presentó, en persona y secretamente, a la señora Beauvisage.
Ningún paso de esta clase se mantiene secreto en provincias. El procurador del rey, Federico Marest, cuya fortuna, cuya cruz, y cuya posición social eran casi idénticas a las de Antonino Goulard, había experimentado, tres años antes, el mismo fracaso, motivado por la diferencia de edad.
Por ello, tanto el subprefecto como el procurador del rey se encerraban en los límites de una estricta educación en sus relaciones con los Beauvisage, y se burlaban de ellos cuando estaban reunidos en privado. Los dos, mientras se paseaban, acababan de adivinar y de comunicarse el secreto de la candidatura de Simón Giguet, ya que habían comprendido, la víspera, las esperanzas de la señora Marion. Poseídos ambos del mismo sentimiento que anima al perro del hortelano, se sentían henchidos de una magnífica buena voluntad para todo cuanto representara impedir que el abogado se casara con la rica heredera, la mano de la cual les había sido negada a ellos.
—Dios quiera que yo pueda ser el árbitro de estas elecciones —prosiguió el subprefecto— y que el conde de Gondreville consiga mi nombramiento de prefecto, porque no tengo más deseos que ustedes de permanecer en Arcis, aunque haya nacido aquí.
—Ahora tiene en las manos una magnífica ocasión para hacerse nombrar diputado, amigo mío —dijo Olivier Vinet a Marest—. Vaya a ver a mi padre, que, seguramente dentro de pocas horas, estará en Provins, y pídale que le nombren a usted candidato ministerial…
—No es necesario que vaya —replicó Antonino— el ministerio tiene ya tomada una decisión sobre la candidatura de Arcis…
—¡Ah!, ¡bah!, pero hay dos ministerios: el que cree estar haciendo las elecciones, y el que cree aprovecharse de ellas —dijo Vinet.
—Dejemos de aumentar las preocupaciones de Antonino —respondió Federico Marest, guiñando un ojo a su sustituto.
Los cuatro magistrados, que en su deambular habían llegado mucho más allá de la avenida de los Suspiros, ya en la plaza, se adelantaron hasta el Hostal del Mulo, al ver que Poupart salía de la casa de la señora Marion. En aquel momento, la puerta cochera de la casa estaba vomitando los sesenta y siete conspiradores.
—¿Ha estado usted en esa casa? —le dijo Antonino Goulard, señalando los muros del jardín de Marion, que se extiende a lo largo de la carretera de Brienne, frente por frente a las cuadras del Mulo.
—Tenga la seguridad de que no volveré más a ella, señor subprefecto —respondió el posadero— el hijo del señor Keller ha muerto, y nada tengo que hacer ya ahí dentro. Dios se ha encargado de despejar el terreno…
—¿Y Pigoult?… —preguntó Olivier Vinet al ver acercarse a toda la oposición de la asamblea Marion.
—Bien —respondió el notario, en cuya frente el sudor aún no secado era testigo de sus esfuerzos, Sinot ha comunicado una noticia que les ha puesto a todos de acuerdo. Con la excepción de cinco disidentes: Poupart, mi abuelo, Mollot, Sinot y yo, todos han jurado, como en el juego de pelota, emplear todas sus fuerzas en el triunfo de Simón Giguet, del cual me he convertido en enemigo mortal. ¡Oh!, nos hemos zurrado lindamente la badana. He procurado en todo momento que los Giguet hablaran mal de los Gondreville. De este modo, el viejo conde estará a mi lado. Antes de mañana, estará enterado de todo lo que los seudo-patriotas de Arcis han dicho de él, sobre su corrupción, sus infamias, para poder sustraerse de su protección, o, como ellos dicen, de su yugo.
—Son unánimes, por lo que se ve —dijo, sonriendo, Olivier Vinet.
—Hoy, sí, replicó el señor Martener.
—¡Oh!, el propósito general de los electores es nombrar a un hombre de la región. ¿A quién quieren ustedes oponer a Simón Giguet? A un hombre que acaba de pasarse dos horas largas intentando explicar la palabra progreso…
—Podríamos oponerle el viejo Grévin —exclamó el subprefecto.
—No, carece de ambición —respondió Pigoult— pero, antes que nada, deberíamos consultar con el conde de Gondreville. Miren, miren con qué cuidado mima Simón a esa calabaza colorada de Beauvisage —dijo señalando al abogado que cogía del brazo al alcalde y le hablaba al oído.
Beauvisage iba saludando, a derecha e izquierda, a todos los habitantes, que le miraban con la deferencia que la gente de provincias testimonia al hombre más rico de la localidad.
—¡Oh!, lo mima como se mima al padre y a la madre —replicó Vinet[1].
—Tendrá que mimarle mucho para eso —respondió Pigoult, que captó inmediatamente el juego de palabras del sustituto— porque me parece que la mano de Cecilia no depende ni del padre ni de la madre.
—¿De quién, entonces?
—De mi antiguo patrón. Aunque Simón sea elegido diputado por Arcis, no por ello puede considerar tomada la ciudadela…
Por mucho que el subprefecto y Federico Marest presionaran a Pigoult, éste se negó a dar ninguna explicación a sus palabras, que les habían parecido preñadas de acontecimientos, y que revelaban un cierto conocimiento de los proyectos de la familia Beauvisage.
Todo Arcis estaba en movimiento, no sólo a causa de la fatal noticia que acababa de caer sobre la familia Gondreville, sino también por la importante decisión tomada en casa de los Giguet, donde, en este momento, tres criados y la señora Marion trabajaban a toda prisa para poder recibir, durante el anochecer, sus habituales, que la curiosidad debía atraer en gran número.
La Champaña tiene aspecto de ser un país pobre, cuando en realidad no es más que un pobre país. Su aspecto es, en general, triste; sus campos son llanos. Al atravesar sus pueblos, y aun sus ciudades, sólo pueden verse construcciones de madera o de adobe; las más lujosas están hechas con ladrillos. La piedra queda reservada para los edificios públicos. Así, el castillo, el palacio de justicia de Arcis, y algunos otros pocos, están construidos con piedra. No obstante, la Champaña, o si lo prefieren, los departamentos del Aube, del Marne y del Alto-Marne, ya ricamente dotados por viñedos de fama universal, se hallan cubiertos de numerosas y florecientes industrias.
Sin mencionar las manufacturas de Reims, casi todo el ramo de géneros de punto de Francia, comercio considerable, se halla localizado en los alrededores de Troyes. En el campo, y en un radio de diez leguas, pueden observarse multitud de obreros, cuyos talleres pueden verse por las puertas abiertas de las casas cuando se atraviesan los poblados. Dichos obreros trabajan para un factor, y sus productos van a parar a un especulador conocido con el apelativo de fabricante. El tal fabricante está en relación con las casas de París, y, a veces, con simples tiendas de géneros de punto que venden al detall; tanto en unas como en otras, aparecen sobre las puertas de entrada letreros con la inscripción Fábrica de Géneros de Punto. Ni unas ni otras confeccionan ni una media, ni un gorro, ni un calcetín. En su mayor parte, el género de punto procede de la Champaña, ya que es cierto que en París hay también obreros que rivalizan en esta fabricación con los champañeses. El intermediario entre el productor y el consumidor no es una plaga privativa del ramo del género de punto. Existe en la mayor parte de las industrias y encarece la mercancía, El derribar la institución de este costoso personaje que dificulta el acceso al consumidor de los productos manufacturados, con su insólito beneficio, constituiría una empresa grandiosa, y que por sus resultados podría ser considerada como una obra auténticamente política. En efecto, la industria toda saldría beneficiada si pudieran establecerse, en el comercio interior, los bajos precios necesarios para poder sostener en el exterior, victoriosamente, la mortífera guerra industrial que tiene lugar contra las potencias extranjeras; guerra mucho más mortífera que la que pueda desarrollarse con las armas.
Pero la destrucción de un abuso de este género no proporcionaría a los filántropos modernos la gloria y las ventajas de una polémica sostenida por las vaciedades de la negrofilia o del sistema penitenciario; por ello, el antieconómico comercio de estos banqueros de mercancías continuará gravitando durante mucho tiempo sobre la producción y sobre el consumo. En Francia, en este país tan espiritual e inteligente, parece como si el simplificar fuera sinónimo de destruir. La Revolución de 1789 sigue causando temor.
Puede imaginarse, por la energía industrial que despliega una región con la cual la Naturaleza se ha mostrado poco complaciente, los progresos que podría hacer la agricultura si el dinero se atreviera a comanditar el suelo, que no es más ingrato en la Champaña de lo que pueda serlo en Escocia, donde los capitales han realizado auténticas maravillas. Así, el día en que la agricultura haya domeñado las porciones infértiles de estos departamentos, cuando la industria haya sembrado algo de capital sobre la creta champañesa, la prosperidad se triplicará. En efecto, la región carece de comodidades, las casas están completamente desnudas; el confort de que gozan los ingleses podrá penetrar en ellas, el dinero se pondrá rápidamente en circulación, lo cual constituye el cincuenta por ciento de la riqueza, y que empieza ya a moverse en algunas otras regiones de Francia.
Los escritores, los administradores, la Iglesia desde lo alto de sus púlpitos, la prensa desde lo alto de sus columnas, todos aquéllos a los cuales la casualidad dio el poder de influir sobre las masas, deben decirlo una y otra vez: el atesorar es un crimen social. La economía ininteligente de las provincias detiene la marcha del cuerpo industrial, y causa grandes males a la salud nacional.
Así, la pequeña localidad de Arcis, sin tránsito, sin movimiento, en apariencia entregada a la más completa inmovilidad social, es, relativamente, una ciudad rica y repleta de capitales, lentamente amasados en la industria de la calcetería.
El señor Phileas Beauvisage era el Alejandro Magno, o si lo prefieren, el Atila de esta rama de la producción. He aquí como aquel honorable industrial había conquistado la supremacía en la manufactura de algodón. Habiendo quedado hijo único de los Beauvisage, antiguos granjeros de la espléndida alquería de Bellache, dependiente de la propiedad de Gondreville, sus padres realizaron, en 1811, el sacrificio para salvarle de la conscripción de comprar a un hombre. Después, la madre Beauvisage, que se había quedado viuda, pudo sustraer, en 1813, a su hijo único, y merced a la influencia del conde de Gondreville, a su enrolamiento en el cuerpo de Guardias de honor. En 1813, Phileas, que contaba veintiún años de edad, se había dedicado al comercio de la calcetería. Como sea que por aquellos días llegaba a su término el arrendamiento de la granja de Bellache, la granjera renunció a prorrogarlo. En efecto, consideraba que el trabajo que le proporcionaría su cuidado era excesivo para su avanzada edad. Para que nada pudiera perturbar su ancianidad, decidió proceder, en el despacho del señor Grévin, notario de Arcis, a la liquidación de la herencia de su esposo, aunque su hijo no le había pedido cuenta alguna de ella; el resultado fue que le debía unos ciento cincuenta mil francos todavía. La buena mujer no vendió sus tierras, la mayor parte de las cuales provenía del desdichado Michu, antiguo administrador de la casa de Simeuse; entregó la suma en dinero a su hijo, y le aconsejó se quedara con el negocio de su dueño, el hijo del anterior juez de paz, negocio que andaba tan mal que, como se ha dicho, se sospechó de que su muerte no fuese natural, sino voluntaria. Phileas Beauvisage, muchacho serio y muy respetuoso para con su madre, no tardó mucho tiempo en concluir el negocio con su patrón, y como había heredado de sus padres la protuberancia que los frenólogos califican de la adquisibilidad, su ardor de juventud hizo que se entregara a aquel comercio que le parecía magnífico, y al que quería engrandecer mediante la especulación. Su nombre de Phileas que puede parecer extraordinario, fue una de las mil extravagancias debidas a la Revolución. Muy afectos a la familia Simeuse, y por consiguiente, buenos católicos, los Beauvisage habían expresado su deseo de que su hijo fuera bautizado. El cura de Cinq-Cygne, el abate Goujet, consultado por los granjeros, les aconsejó dieran a su hijo, como patrón, a Phileas, un santo cuyo nombre griego daría satisfacción a la Municipalidad; ya que aquel niño había nacido en una época en que los hijos se inscribían en el registro civil con los nombres estrambóticos del calendario republicano.
En 1814, la calcetería, comercio poco productivo en tiempos normales, se encontraba afectado por las variaciones en los precios del algodón. Y el precio del algodón dependía del triunfo o de la derrota del emperador Napoleón del que sus adversarios, los generales ingleses decían en España: «La ciudad ha sido tomada, ya pueden avanzar los tercios…».
Pigoult, el ex patrón del joven Phileas, proporcionaba la materia prima a sus operarios del campo. En el momento en que vendió su negocio al hijo Beauvisage, poseía una importante partida de algodón comprada a alto precio, mientras que de Lisboa entraban grandes cantidades, en virtud del famoso decreto del Emperador, a seis sueldos el kilogramo. La reacción que produjo en Francia la introducción de aquel algodón causó la muerte de Pigoult, el padre de Aquiles, y proporcionó la fortuna a Phileas, el cual, lejos de perder la cabeza, como su patrón, procuró nivelar los precios de coste, a base de comprar varias partidas de algodón a bajo precio, hasta doblar la cantidad anteriormente adquirida por su patrón. Esta idea, tan simple, permitió a Phileas triplicar la producción, aparecer entre los operarios como su benefactor, y poder enviar sus manufacturas a París y a toda Francia con beneficios, cuando los demás competidores sólo podían vender a precio de coste. A principios de 1814, Phileas había conseguido vaciar sus almacenes. La perspectiva de una guerra en territorio patrio, y cuyas devastaciones debían de tener lugar, presumiblemente, en la Champaña, le hizo mostrarse prudente; dejó de fabricar, y se quedó a la expectativa con todo su capital en oro.
En aquella época habían sido derribadas todas las líneas de aduanas, pues Napoleón no había podido prescindir, para la defensa del suelo nacional, de los treinta mil aduaneros. El algodón, introducido en Francia a través de innumerables boquetes practicados en nuestras fronteras, se amontonaba en todos los mercados del país. No puede imaginarse lo astuto y avisado que anduvo el algodón en aquella época, ni con qué avidez los ingleses se apoderaron de un país en el que unas medias de algodón costaban seis francos, y en el que las camisas de percal constituían un objeto de lujo. Los fabricantes de segundo orden y los principales artesanos, confiando en el genio de Napoleón, habían comprado el algodón procedente de España. Lo manufacturaban con la esperanza de poder imponer la ley, más tarde, a los comerciantes de París. Phileas observó los acontecimientos. A su tiempo, cuando la guerra asoló la Champaña, se situó entre el ejército y París. A cada batalla perdida, se presentaba en casa de los artesanos que habían enterrado sus productos manufacturados, en los toneles, especie de silos de la calcetería; después, con dinero contante y sonante en la mano, aquel cosaco de las medias y calcetines fue comprando, de pueblo en pueblo, a bajo precio, toneladas de mercancías que el día de mañana podían convertirse en algo codiciado por un enemigo que tenía tanta necesidad de abrigar sus pies como de humedecer la garganta.
Phileas desplegó, en aquellas desdichadas circunstancias, una actividad casi igual a la del emperador. Aquel general del género de punto hizo, comercialmente, la campaña de 1814 con un valor inusitado e inigualado. A una legua de la retaguardia, allí donde el general había avanzando una legua, acaparaba medias y gorros de algodón en el mismo lugar donde el emperador recogía, con sus derrotas, lauros inmortales. El genio se manifestó tanto en uno como en otro, aunque se manifestaba en esferas diferentes, ya que uno se preocupaba de cubrir cabezas, y el otro de cortarlas. Obligado a procurarse medios de transporte para llevar de un lado a otro las toneladas de mercancías que había almacenado en un local de París, Phileas tuvo a menudo que requisar caballos y carros, como si se tratase de la salvación del Imperio. Pero ¿no tiene la majestad del comercio la misma grandeza que la de Napoleón? Los comerciantes ingleses, después de haberse apoderado del comercio de Europa, ¿no tenían razón al sentirse amenazados por el coloso que amenazaba sus tiendas?… En el momento en que Napoleón abdicaba en Fontainebleau, Phileas triunfaba en su comercio. Sostuvo, por medio de hábiles maniobras, la depredación de los algodones, y dobló su fortuna en el momento en que los más afortunados fabricantes eran los que podían desprenderse de sus mercancías con un cincuenta por ciento de pérdida. Regresó a Arcis con una fortuna de trescientos mil francos, la mitad de la cual invirtió en fondos del gobierno a sesenta francos, lo que le produjo quince mil libras de renta. Destinó otros cien mil francos a duplicar el capital necesario a su negocio. Y el resto, en construir, amueblar y adornar una hermosa casa en la plaza del Puente, en Arcis.
Al regreso del triunfador comerciante, el señor Grévin fue, naturalmente, su confidente. El notario tenía, por aquellos días, una hija única, soltera, de veinte años de edad. El suegro de Grévin, que durante cuarenta años ejerció la medicina en Arcis, aún no había muerto. Grévin, ya viudo, conocía la fortuna de la madre Beauvisage. Tuvo fe en la energía y en la capacidad de un joven que había sido lo bastante osado como para hacer la campaña de 1814. Severina Grévin tenía, como dote, la fortuna de su madre, unos sesenta mil francos. ¿Qué podría dejarle, el día de mañana, el señor Varlet a Severine? Todo lo más, una cantidad equivalente. Grévin contaba entonces cincuenta años; tenía miedo de morir; no veía llegar el día, con la Restauración, en que pudiese casar a su hija conforme a sus deseos, ya que ella era ambiciosa. En tales circunstancias tuvo la habilidad de hacer que Phileas le solicitase la mano de su hija.
Severina Grévin, joven que había recibido una esmerada educación, hermosa, pasaba por ser uno de los mejores partidos de Arcis. Por otra parte, una alianza con el más íntimo amigo del senador, el conde de Gondreville, que seguía siendo par de Francia, no podía más que honrar al hijo de un granjero de Gondreville; la viuda Beauvisage hubiera hecho cualquier sacrificio para lograr aquella boda; pero, al saber el éxito de su hijo, se resistió a entregarle una dote, sabia reserva que fue imitada por el notario. Así se consumó la unión del hijo de un granjero, en otros tiempos tan fiel a los Simeuse, con la hija de uno de sus más encarnizados enemigos. Posiblemente fue aquélla la única aplicación práctica de la frase de Luis XVIII: «Unión y olvido».
Al segundo regreso de los Borbones, el viejo médico, el señor Varlet, fallecido a los setenta y seis años, había dejado doscientos mil francos en oro en su bodega, además de otras propiedades valoradas en otro tanto. Con ello, Phileas y su mujer se encontraron con que, además de su negocio, tenían en 1816 treinta mil francos de renta; porque Grévin insistió en colocar en inmuebles la fortuna de su hija, y Beauvisage no se opuso en absoluto a que así se hiciera. Las cantidades recogidas por Severina Grévin a consecuencia de la herencia de su abuelo apenas dieron quince mil francos de renta, a pesar de las buenas ocasiones de inversión que buscó el viejo Grévin.
Aquellos dos primeros años bastaron a la señora de Beauvisage y a Grévin para darse cuenta de la total ineptitud de Phileas. Al anciano notario, la rapacidad comercial de éste le había parecido ser el efecto de una capacidad superior, al igual que había tomado la juventud por la energía, y la suerte por el genio de los negocios. Pero si bien Phileas sabía leer y escribir, y también algo de aritmética, nunca se había preocupado por leer nada. De crasa ignorancia, era imposible sostener con él la más mínima conversación, y respondía a cualquier cuestión con un diluvio de lugares comunes. Únicamente podía ponerse en su haber el que, en su calidad de hijo de granjero, no carecía de buen sentido comercial. Lo que le decían los demás debía de ser siempre algo claro, limpio, comprensible, pero en cambio, él jamás correspondía con lo mismo a su oponente. Phileas, bondadoso, e incluso cariñoso, se ponía a llorar al escuchar la menor narración patética. Aquella bondad le hizo, sobre todo, respetar a su mujer, cuya superioridad le produjo siempre la más viva admiración. Severina, mujer con ideas propias, según Phileas lo sabía todo. Además, estaba tanto más acertada en todo lo que decía, cuanto consultaba frecuentemente a su padre. Por último, poseía una gran firmeza de carácter, que la hizo dueña absoluta de la casa. En cuanto se consiguió esto, el anciano experimentó menos sentimiento por la vida que llevaba su hija, máxime cuando la veía feliz y dichosa al ejercer un dominio que siempre suele satisfacer a las mujeres de su carácter; pero ¡seguía siendo mujer! Y he aquí lo que encontró, según se decía, la mujer.
Durante la reacción de 1815 fue destinado en calidad de subprefecto de Arcis un tal vizconde de Chargeboeuf, vástago de la rama pobre de dicha familia, que había sido nombrado merced a la protección de la marquesa de Cinq-Cygne, con cuya familia estaba más o menos emparentado. Aquel joven fue subprefecto de Arcis durante cinco años. La hermosa señora Beauvisage no fue ajena, se dice, a aquella permanencia excesivamente prolongada del señor vizconde en la subprefectura. Apresurémonos, no obstante, a declarar que las murmuraciones no se vieron sancionadas por ninguno de los escándalos que producen en provincias pasiones tan difíciles de mantener ocultas a los Argos de poblaciones de tercer orden. Si Severina amó al vizconde de Chargeboeuf, y si ella fue amada por éste, fue de la manera más discreta, con toda honorabilidad, dijeron los amigos de Grévin y de los Marion. Este doble círculo impuso su opinión a todo el distrito; pero los Marion y los Grévin no ejercían influencia alguna entre los realistas, y los realistas consideraron al subprefecto como hombre sumamente afortunado.
En cuanto la marquesa de Cinq-Cygne se enteró de lo que se rumoreaba sobre su pariente, le hizo presentarse en Cinq-Cygne; sentía tan extremado horror hacia todos aquellos que, de lejos o de cerca, tenían algo que ver con los protagonistas del drama judicial que tan fatal había sido para su familia, que le instó a que cambiara de residencia. Consiguió para su primo la subprefectura de Sancerre, y le prometió una prefectura. Ciertos astutos observadores pretendieron que el subprefecto había aparentado su pasión únicamente para ser prefecto, ya que conocía el odio que, sentía la marquesa hacia todo aquel que llevara el apellido Grévin. Otros observaron determinadas coincidencias entre las apariciones del vizconde en París y los viajes que realizaba la señora Beauvisage a la capital, con los pretextos más frívolos.
Un historiador imparcial difícilmente podría tener una opinión segura sobre toda aquella serie de hechos, rodeados del misterio de la vida privada. Una sola circunstancia parecía dar la victoria a la causa de la maledicencia. Cecilia-Renata Beauvisage había nacido en 1820, en los días en que el señor vizconde de Chargeboeuf dejaba la subprefectura de Arcis, y entre los nombres del afortunado subprefecto se encuentra el de Renato. Este nombre le fue impuesto por el conde de Gondreville, padrino de Cecilia. Si la madre se hubiera opuesto a que su hija recibiera aquel nombre, habría, en cierto modo, confirmado las sospechas. Como la gente quiere tener siempre razón, la cosa fue considerada como una broma del malicioso par de Francia. La madrina fue la señora Keller, hija del conde, que se llamaba Cecilia. En cuanto al parecido de Cecilia, es impresionante. No se parece ni a su padre ni a su madre: y con el tiempo se ha ido convirtiendo en el vivo retrato del vizconde, del cual posee las aristocráticas maneras. Este doble parecido, moral y físico, no ha podido ser observado por los habitantes de Arcis, ya que el vizconde no regresó jamás a la ciudad.
Por otra parte, Severina hizo, a su manera, feliz a Phileas. A éste le gustaban la buena mesa y las comodidades de la vida; y ella le proporcionó los mejores vinos, manjares dignos de un obispo, guisados por la mejor cocinera del departamento, pero sin rodearse de lujo alguno, pues quería mantener su casa dentro de las condiciones de la vida burguesa de Arcis. Uno de los proverbios de la localidad dice que hay que ir a comer a casa de la señora Beauvisage, e ir a pasar la velada a casa de la señora Marion.
La preponderancia que la Restauración dio, en todo el distrito de Arcis, a la casa de Cinq-Cygne, había, naturalmente, estrechado todos los lazos que unían a las familias del país más o menos relacionadas con el proceso criminal incoado con motivo del rapto de Gondreville. Los Marion, los Grévin y los Giguet se sintieron tanto más unidos entre sí, cuanto el triunfo de sus opiniones políticas, calificadas de constitucionales, en las elecciones exigía de ellos una armonía perfecta.
Por cálculo, Severina dejó que Beauvisage siguiera con el comercio de la calcetería, al que cualquier otro habría renunciado; lo mandó a París, a las aldeas, a todas partes, para que siguiera negociando. Así, hasta 1830, Phileas, que tenía con aquella actividad ocasión de ejercitar su protuberancia de la adquisividad, consiguió ganar, cada año una cantidad equivalente a la de sus gastos, además de los intereses de su capital, realizando su comercio en zapatillas, para emplear una expresión proverbial. Los intereses de la fortuna del señor y de la señora Beauvisage, capitalizados desde hacía quince años por Grévin, debían alcanzar, pues, en 1830, a unos quinientos mil francos. Tal era, en efecto, por aquella época, la dote de Cecilia, que el anciano notario colocó al 3 por ciento en cincuenta francos, lo que producía una renta de unas treinta mil libras. Así no se equivocaba la gente que evaluaba la fortuna de los Beauvisage en ochenta mil francos de renta. En 1830 habían vendido el negocio de géneros de punto a Juan Violette, uno de sus agentes, nieto de uno de los principales testigos de cargo en el proceso Simeuse, y habían colocado su capital, estimado en aquellos días en trescientos mil francos; pero el señor y la señora Beauvisage tenían en perspectiva las dos herencias del anciano Grévin y de la antigua granjera Beauvisage, estimadas cada una entre quince y veinte mil francos de renta. Las grandes fortunas provincianas son el producto del tiempo, multiplicado por el ahorro. Treinta años de antigüedad constituyen siempre un capital.
Dando a Cecilia-Renata una dote de cincuenta mil francos de renta, el señor y la señora Beauvisage seguían conservando para ellos aquellas dos herencias, treinta mil francos de renta, y su casa de Arcis. Una vez muerta la marquesa de Cing-Cygne, Cecilia podría, con toda seguridad, casarse con el joven marqués; pero la salud de aquella mujer, todavía fuerte y casi hermosa a sus sesenta años, echaba por tierra tal esperanza, si es que en algún momento había animado en el corazón de Grévin o de su hija, como aseguraban ciertas personas, extrañadas al ver las sucesivas negativas recibidas por el subprefecto y el procurador del Rey.
La casa de los Beauvisage, una de las más bellas de Arcis, está enclavada en la plaza del Puente, cerca de la calle Vide-Bourse, en la esquina de la calle del Puente, que asciende hasta la plaza de la iglesia. Aunque no tiene ni patio ni jardín, como muchas otras casas de provincias, causa un cierto efecto, pese a los adornos que exhibe, de franco mal gusto. La puerta bastarda, de dos batientes, da a la plaza. Las ventanas de la planta baja, que dan a la calle, tienen vista al Hotel de la Poste, y las que dan a la plaza a un paisaje bastante pintoresco del Aube, cuya parte navegable empieza un poco aguas abajo del puente. Más allá de éste, existe otra pequeña plaza, en la cual vive el señor Grévin y en la que empieza la carretera de Sézanne. Tanto en la fachada que da a la plaza, como en la que da a la calle, la casa Beauvisge, cuidadosamente pintada de blanco, tiene el aspecto de haber sido construida de piedra. La altura de las puertas y ventanas, las molduras exteriores, todo contribuye a dar a esta residencia una cierta categoría, especialmente realzada por el aspecto miserable de las restantes casas de Arcis, construidas casi todas con madera, y recubiertas sus paredes con una especie de argamasa, con la ayuda de la cual se intenta simular la solidez de la piedra. No obstante, estas casas no dejan de ofrecer un cierto aspecto de sencilla ingenuidad, por el mismo hecho de que cada arquitecto, o cada burgués, se las ha ingeniado para resolver el problema que presenta aquel sistema de edificación. En cada una de las plazas que hay a ambos lados del puente, pueden verse varios modelos de aquel tipo de edificios champañeses.
En medio de la línea de casas situada en la plaza, a la izquierda de la de Beauvisage, se percibe, pintada de color de vino y el maderamen de color verde, la miserable tienda de Juan Violette, nieto del célebre granjero de Grouage, que fue uno de los principales testigos en el asunto del rapto del senador, al cual, desde 1830, Beauvisage había vendido su comercio, cedido sus clientes, y a quien, según se rumoreaba, prestaba dinero.
El puente de Arcis es de madera. A cien metros de dicho puente, aguas arriba del Aube, el río está cruzado por otro puente, junto al cual se elevan las altas construcciones de madera de un molino. El espacio comprendido entre el puente público y el puente privado forma como una gran balsa, en cuyas orillas se levantan varias casas. Por un sesgo del terreno, y por encima de los tejados de las casas, puede distinguirse la eminencia donde se asienta el castillo de Arcis, sus jardines, su parque, los muros que rodean a éste, sus árboles, que dominan el curso superior del Aube, y los prados que se extienden por la orilla izquierda.
El rumor del Aube, que vierte sus aguas por encima de la presa a los molinos, la música de las ruedas contra las cuales golpea el agua, cayendo de nuevo en el remanso en forma de cascada, dan animación a la calle del puente y contrastan con la tranquilidad del río, que corre entre los jardines de la casa de Grévin, que se levanta en la esquina del puente, en la orilla izquierda, y el puerto, situado en la orilla derecha, y en el que las embarcaciones descargan sus mercancías delante de una hilera de construcciones bastante pobres, pero pintorescas. El Aube sigue serpenteando, a lontananza, en medio de árboles dispersos o agrupados, altos o bajos, de diverso follaje.
El aspecto de las casas es tan variado que un viajero podría encontrar en ellas un espécimen de las casas de todos los países. Así, en la parte norte, a orillas del remanso, en cuyas aguas nadan bandadas de patos, hay una casa casi meridional cuyo tejado recuerda el de las casas italianas; está flanqueada por un huertecillo, sostenido por una de las extremidades del muelle, en el cual crecen vides, una parra y dos o tres árboles frutales. Recuerda ciertos aspectos de Roma, donde, a orillas del Tiber, hay muchas casas parecidas a aquélla. Enfrente, en la otra orilla, hay una gran casa de tejado puntiagudo, con galerías, que parece una casa suiza. Para completar la ilusión, entre esta edificación y el desaguadero se extiende un amplio prado, poblado de tiemblos, cruzado por un camino arenoso. Por último, las edificaciones del castillo, que aparece, rodeado, de edificios endebles, mucho más imponente de lo que es, representan todo el esplendor de la aristocracia francesa.
Aunque las dos plazas del puente estén cortadas por el camino de Sézanne —una horrible carretera en mal estado—, constituyen la parte más concurrida de la ciudad, ya que en la calle Vide-Bouse están el juzgado de paz y la alcaldía de Arcis, cualquier habitante de París encontraría aquel lugar prodigiosamente campestre y solitario. Este paisaje posee tal simplicidad, que en la plaza del puente, frente al Hotel de la Poste, puede verse un pozo de granja. ¿Podría encontrarse otro parecido en el patio del Louvre?
Nada explica mejor la vida de provincias que el profundo silencio que envuelve a esta pequeña localidad, y que reina en su zona más concurrida. Fácil será imaginarse de qué modo la presencia de un forastero, aunque pase solamente medio día en ella, se hace inquietante, con qué curiosidad se asoman todos los rostros por las ventanas para observarle, y el estado de espionaje en que viven todos, y cada uno de sus habitantes, con respecto a los demás. La vida se ha ido haciendo tan conventual que, con la sola excepción de los domingos y días festivos, un forastero no puede encontrar a nadie en los bulevares, ni en la Avenida de los Suspiros, ni en parte alguna, ni tan siquiera en las calles. Ahora será fácil comprender por qué la planta baja de la casa Beauvisage estaba al nivel de la calle y de la plaza. La plaza le servía de patio. Con sólo asomarse a la ventana, el ex comerciante en géneros de punto podría contemplar en enfilada, la plaza de la iglesia, las dos plazas del puente, y el camino de Sézanne. Veía llegar los mensajeros y los viajeros al Hotel de la Poste. Por último, los días de audiencia, veía todo el movimiento de la justicia de paz y de la alcaldía. Por todo ello, Beauvisage no habría cambiado su casa por el mismo castillo, a pesar de su aspecto señorial, de sus piedras, y de su soberbia situación.
Al entrar en casa de Beauvisage, se encontraba uno ante un peristilo al fondo del cual se iniciaba una escalera. A la derecha, se entraba en un amplio salón cuyas dos ventanas daban a la plaza, y a la izquierda, en un hermoso comedor, cuyas ventanas miraban hacia la calle. En el primer piso, se hallaban las habitaciones.
A pesar de la fortuna de los Beauvisage, el servicio de su casa se componía de una cocinera y una camarera, especie de campesina que lavaba, planchaba, pero no ayudaba a vestir a la señora ni a la señorita, que acostumbraban a hacerlo entre sí para matar el tiempo. En cuanto vendió su negocio de calcetería, el caballo y el coche de Phileas, que guardaba en las cuadras del Hotel de la Poste, fueron igualmente vendidos.
En el momento en que Phileas regresaba a su casa, su mujer, que se había enterado ya de la resolución adoptada en la asamblea celebrada en casa de los Giguet, se había puesto sus botinas y su sombrero, con la intención de ir a visitar a su padre, ya que suponía que, por la noche, la señora Marion le haría alguna confidencia relativa a Cecilia y Simón. Luego de enterar a su mujer de la muerte de Carlos Keller, le pidió consejo con un sencillo: «¿Qué opinas tú de todo esto?», que ponía claramente de manifiesto la costumbre de respetar la opinión de Severina en todo y por todo. Una vez hecha la pregunta, se sentó en su sillón, y esperó pacientemente la respuesta.
En 1839, la señora Beauvisage, que contaba ya cuarenta años, estaba tan bien conservada que hubiera podido compararse perfectamente con la señorita Mars. Comparándola con la más encantadora Celimena que jamás haya tenido el Teatro Francés, se formará una idea exacta de la fisonomía de Severina Grévin. Tenía su misma abundancia de formas, el mismo hermoso rostro, la misma delicadeza de líneas; pero la esposa del fabricante de calcetería era baja de estatura, y aquello le quitaba el encanto noble, la delicadeza a la Sévigné, con las cuales la gran actriz queda grabada en la memoria de todos aquéllos que la han visto en tiempos del Imperio y de la Restauración.
La vida provinciana y el poco cuidado en el vestir en que había caído desde hacía unos diez años, daban a su perfil un indefinible aire vulgar, y la gordura había ido destruyendo aquel magnífico cuerpo de los primeros doce años de matrimonio. Pero Severina compensaba aquellas imperfecciones con una mirada soberana, soberbia, imperiosa, y por una cierta actitud de altanería en su cabeza. Sus cabellos, todavía negros, largos y lustrosos, peinados en largas trenzas sobre su cabeza, le daban un aspecto juvenil. Tenía el busto y los hombros como la nieve, pero todo ello como hinchado, lleno, de forma que le dificultaba el movimiento del cuello, que se le había hecho demasiado corto. Al final de sus gruesos brazos regordetes pendían unas manitas excesivamente gruesas. En resumen, tenía tal exceso de vida y de salud, que, por encima de sus zapatos, la carne le formaba como un reborde. Sus orejas iban siempre adornadas con dos pendientes, cada uno de los cuales costaba mil escudos. En aquel momento, llevaba un sombrero de puntas, un abrigo de muselina de lana a rayas alternativamente rosas y grises, con bordes verdes, abierto en la parte baja para dejar ver una falda adornada con encaje de Valenciennes, y un mantón de cachemira verde, cuya punta arrastraba por el suelo. Sus pies no parecían estar muy cómodos dentro de unos borceguíes de piel bronceada.
—No creo tengas tanta hambre que no puedas esperar media hora —dijo dirigiendo una penetrante mirada a Beauvisage—. Mi padre ha terminado y no puedo servirte con tranquilidad, sin saber qué es lo que él piensa, y si debemos ir a Gondreville.
—Ve, ve pues, querida, te esperaré —le dijo su marido.
—¡Dios mío!, ¿es que no podré conseguir que te desacostumbres a tutearme? —preguntó ella haciendo un gesto con los hombros harto significativo.
—Desde 1817, ni una sola vez lo he hecho en público —dijo Phileas.
—Pero lo haces constantemente delante de la servidumbre y de nuestra hija.
—Como tú quieras —dijo pacientemente Beauvisage.
—Sobre todo, no digas nada a Cecilia sobre esta decisión de los electores —añadió la señora Beauvisage, que se estaba mirando en un espejo para arreglarse el mantón.
—¿Quieres que te acompañe a casa de tu padre? —preguntó Phileas.
—No, quédate con Cecilia. Por otra parte ¿no debe Juan Violette pagarte hoy el resto de lo que te debe? Tiene que venir a traerte veinte mil francos. Ya son tres las veces que nos ha pedido un aplazamiento de tres meses; no le concedas más plazos; y si no puede pagarte esta vez, ve a llevar el recibo al secretario del juzgado, a Courtel; debemos estar en regla, haz levantar acta. Aquiles Pigoult te dirá lo que debemos hacer para recuperar nuestro dinero. Este Violette es un digno descendiente de su abuelo. Le creo capaz de enriquecerse por medio de una suspensión de pagos: no tiene ni ley ni fe.
—Es hombre sumamente inteligente —comentó Beauvisage.
—Le diste, por treinta mil francos, una clientela y un negocio que, con seguridad, valían cincuenta mil, y en ocho años sólo te ha pagado diez mil francos…
—Nunca he perseguido judicialmente a nadie —respondió Beauvisage— y preferiría perder mi dinero que atormentar a un pobre hombre…
—¡Un pobre hombre que se está burlando de ti!
Beauvisage se calló. No encontrando qué contestar a aquella cruel observación, se dedicó a mirar las planchas que formaban el piso del salón. Tal vez la abolición progresiva de la inteligencia y de la voluntad de Beauvisage puedan explicarse por medio del sueño, del cual abusaba. Al estar ya acostado a las ocho de la noche, y al levantarse a las ocho de la mañana, hacía veinte años que dormía doce horas sin despertarse jamás durante la noche, y si este raro acontecimiento tenía lugar, era algo tan extraordinario que hablaba de él durante todo el día siguiente. Pasaba en acicalarse casi una hora entera, ya que su mujer le había acostumbrado a no presentarse ante ella si no estaba afeitado, limpio y vestido. Cuando se dedicaba al comercio, salía de casa después de desayunar, iba a sus asuntos y no regresaba hasta la hora de cenar. Desde 1832 había sustituido sus correrías mercantiles por una visita a su suegro, por un paseo, o por un rato de conversación en casa de alguna de sus amistades locales. En todo tiempo llevaba botas, un pantalón de paño azul, un chaleco blanco y una chaqueta azul, indumentaria exigida también por su mujer. Su ropa blanca se caracterizaba por una albura y una delicadeza tanto más notable cuanto que Severina le obligaba a cambiarse diariamente. Aquellos cuidados por su exterior, tan raramente seguidos en provincias, contribuían a que se le considerara, en Arcis, como en París se considera a un hombre elegante.
Fuera de casa, pues, aquel fabricante de medias y calcetines de algodón parecía un personaje; ya que su mujer era lo bastante inteligente para no haber mencionado jamás, ante las gentes de Arcis, su desencanto, ni la nulidad de su marido, el cual, gracias a sus sonrisas, a sus frases obsequiosas, y a su aspecto de ricachón, estaba conceptuado como uno de los hombres más considerados. Se decía que Severina estaba tan celosa de él, que le impedía asistir a las veladas; mientras ella lo hacía, Phileas deshojaba hojas de rosa y de lirio sobre su tez, con la pesadez de un sueño feliz.
Beauvisage, que vivía según sus gustos, mimado por su esposa, bien servido por sus dos domésticas, halagado por su hija, se consideraba el hombre más dichoso de Arcis, y, en realidad, lo era. Los sentimientos de Severina hacia aquel hombre perfectamente nulo tenían algo de parecido con los de una madre por sus hijos. Enmascaraba la dureza de las frases que se veía obligada a dirigirle bajo un aire generoso. No había en la ciudad matrimonio más tranquilo, y la aversión que Phileas sentía por la sociedad y las tertulias, en las que se dormía, y en las que no podía jugar, pues no conocía ningún juego de cartas, había hecho a Severina totalmente dueña de sus veladas.
La entrada de Cecilia puso punto final a la preocupación de Phileas, que exclamó:
—¡Qué hermosa estás!
La señora Beauvisage se volvió bruscamente y lanzó sobre su hija una mirada penetrante que la hizo enrojecer.
—¡Vamos, Cecilia! ¿Quién te ha dicho que te pusieras este vestido?… —preguntó la madre.
—¿No tenemos que ir esta noche a casa de la señora Marion? Me lo he puesto para ver cómo me sentaba.
—¡Cecilia!, ¡Cecilia! —exclamó Severina— ¿por qué pretendes engañar a tu madre?… Esto no está nada bien, no estoy contenta de ti, tú me quieres esconder alguna cosa que has pensado…
—Pero ¿qué es lo que ha hecho? —preguntó Beauvisage, encantado de ver a su hija tan pimpante.
—¿Que qué es lo que ha hecho? ¡Ya se lo diré a ella!… —dijo la señora Beauvisage, amenazando a su hija única con el dedo.
Cecilia se lanzó sobre su madre, la abrazó, le hizo algunos mimos, lo cual, para las hijas únicas, es una forma de tener razón.
Cecilia Beauvisage, jovencita de diecinueve años, se acababa de poner un vestido de seda gris, adornado con brandenburgos de un gris más oscuro, y que por la parte delantera figuraba una redingote. El corpiño, de camisolín, adornado con botones y jockeys, terminaba, por delante, en una punta, y se enlazaba por la parte de atrás como un corsé. El falso corsé delineaba perfectamente los hombros, las caderas y el busto. La falda, adornada con tres líneas de flequillo, formaba encantadores pliegues que revelaban, por el corte y la manera de estar hecha, la mano de una modista de París. Una linda pañoleta, adornada con encajes, le caía graciosamente sobre el corpiño. La rica heredera llevaba, anudada elegantemente alrededor del cuello, una bufanda de color rosa, y, sobre la cabeza, un sombrero de paja adornado con una encendida rosa. Sus manos estaban enguantadas con mitones de tafilete negro. Iba calzada con borceguíes de piel bronceada; por último, excepto su ligero aire endomingado, aquel aspecto de figurín de revista de modas había encantado tanto al padre como a la madre. Por otra parte, Cecilia tenía buen tipo, era de estatura media, pero perfectamente proporcionada. Había peinado sus castaños cabellos, según la moda de 1839, en dos grandes trenzas que le bajaban por ambos lados de la cara, y que reunía en la nuca. Su rostro, rebosante de salud, de una distinguida forma oval, se caracterizaba por un aire aristocrático que, ciertamente, no había podido heredar ni de su padre ni de su madre. Sus ojos, castaño claro, estaban enteramente desprovistos de la expresión dulce, y, en cierto modo, melancólica tan natural en las muchachas jóvenes.
Vivaracha, animada, de aspecto saludable, Cecilia borraba, por una especie de positivismo burgués, y por la libertad de maneras que muestran los hijos mimados, todo cuanto había en su fisonomía de romántico. No obstante, un marido que fuese capaz de rehacer su educación y de borrar en ella las huellas que había dejado la vida provinciana, podría todavía conseguir convertirla en una mujer encantadora. En efecto, el orgullo que Severina había inculcado en su hija contrabalanceaba los efectos de su ternura. La señora Beauvisage había tenido el valor de dar una perfecta educación a su hija; se había acostumbrado a emplear con ella una falsa severidad que le permitía hacerse obedecer y reprimir la poca maldad que podía hallarse en aquella alma juvenil. La madre y la hija no se habían separado ni un solo día; por ello Cecilia poseía —lo que en muchachas de su edad es más raro de lo que podría pensarse— una pureza de pensamiento, una frescura de alma, y una ingenuidad real, total y perfecta.
—Tu vestido me da mucho que pensar —dijo la señora Beauvisage—, ¿es que ayer Simón Giguet te dijo algo que me has ocultado?
—¡Pues bien! —intervino Phileas— un hombre que va a recibir el mandato de sus conciudadanos…
—Mi querida mamá —dijo Cecilia al oído de su madre— la verdad es que me fastidia; pero creo que en Arcis, no hay ningún otro que pueda convenirme.
—Lo has juzgado perfectamente; pero espera a que tu abuelo haya decidido lo que se debe hacer —dijo la señora Beauvisage abrazando a su hija, cuya respuesta revelaba un gran sentido común, al tiempo que una brecha hecha en su inocencia por la idea del matrimonio.
La casa de Grévin, situada en la orilla derecha del Aube, y que hace esquina con la pequeña plaza del otro lado del puente, es una de las más antiguas casas de Arcis. Está construida de madera, y los intersticios de aquellas tan delicadas paredes, rellenos con argamasa; pero revestidas con una capa de mortero alisada y pintada de color gris. A pesar de aquel refuerzo no deja de tener el aspecto de un castillo de naipes.
El jardín, situado a lo largo del Aube, está protegido por un muro de terrazas coronado con tiestos de flores. Aquella humilde casa, cuyas ventanas tienen postigos sólidos, pintados de gris, como las paredes, está amueblada en armonía con la sencillez exterior. En la entrada pueden verse, en un pequeño patio empedrado con guijarros, las verdes parras que sirven de bóveda al jardín. En la planta baja, el que otrora fue despacho, convertido actualmente en salón, cuyas ventanas dan a la plaza y al río, está amueblado con muebles antiguos tapizados con terciopelo verde de Utrecht, excesivamente raído. El antiguo despacho era utilizado también como comedor por el notario retirado. Todo anuncia la presencia de un anciano profundamente filosófico, y una de esas vidas que han transcurrido del mismo modo que el agua de los arroyos campestres, y que los arlequines de la vida política acaban por desear cuando se hallan ya de vuelta de las grandezas sociales y de las luchas insensatas contra el curso de la Humanidad.
Mientras Severina cruzaba el puente, mirando si su padre había terminado de cenar, no sería inútil lanzar una ojeada sobre la persona, la vida, y las opiniones de aquel anciano, al que la amistad del conde Malin de Gondreville hacía que fuera respetado en toda la región.
He aquí la simple y sencilla historia de aquel notario, durante mucho tiempo, por así decirlo, el único de Arcis. En 1787 dos jóvenes de Arcis habían ido a París, con recomendaciones para un abogado del consejo apellidado Danton. Este ilustre patriota era natural de Arcis. En dicha población puede verse todavía su casa, y su familia existe aún en nuestros días. Ello podrá explicar la influencia que la Revolución ejerció sobre aquel rincón de la Champaña. Danton colocó a sus dos coterráneos en el despacho del procurador del Châtelet, tan famoso por el pleito que sostuvo con el conde Morton de Chabrillant a propósito de su palco en el estreno de Las Bodas de Fígaro, y en el cual el Parlamento fue parte, al considerarse ultrajado en la persona de su procurador.
Uno de ellos se apellidaba Malin, y el otro, Grévin, los dos hijos únicos. Malin tenía por progenitor al propietario de la misma casa donde actualmente vive Grévin. Los dos se profesaron, mutuamente, una sincera y sólida amistad. Malin, muchacho de carácter complicado, profundamente inteligente, ambicioso, poseía el don de la oratoria. Grévin, honrado y laborioso, tuvo como principal finalidad de su vida el admirar a Malin. Durante la Revolución regresaron a su patria chica, uno para ejercer la abogacía en Troyes; el otro, para ser notario en Arcis. Grévin, humilde servidor de Malin, le hizo elegir diputado en la Convención. Malin hizo nombrar a Grévin procurador-síndico de Arcis. Hasta el 9 de Thermidor, Malin no fue más que un oscuro convencional, que se sentaba siempre al lado del más poderoso, y que aplastaba al débil; pero Tallien le hizo comprender la necesidad de derribar a Robespierre. Malin se distinguió en ocasión de aquella memorable lucha parlamentaria, y tuvo el valor suficiente para ello. Desde aquel momento, se inicia el papel político de aquel hombre, uno de los héroes de la esfera inferior; abandonó el partido de los thermidorianos para pasarse al de los clichyanos, siendo entonces nombrado miembro del Consejo de Ancianos. Habiéndose hecho amigo de Talleyrand y de Fouché, conspiró con ellos contra Bonaparte y se convirtió en uno de los más ardientes partidarios de éste después de la victoria de Marengo. Nombrado tribuno, fue uno de los primeros en ingresar en el Consejo de Estado, siendo uno de los redactores del Código Civil, y de los primeros en ser ascendido a la dignidad de senador, con el título de conde de Gondreville. Éste fue el aspecto político de su vida; veamos ahora el financiero.
Grévin fue, en el distrito de Arcis, el instrumento más activo y más hábil de la fortuna del conde de Gondreville. La propiedad de Gondreville pertenecía a los Simeuse, excelente y antigua familia provinciana, diezmada por la guillotina, cuyos herederos, dos muchachos jóvenes, servían en el ejército de Condé. Dicha propiedad, vendida nacionalmente, fue adquirida por Malin, bajo el nombre de Marion y por intervención de Grévin. Éste hizo también que su amigo adquiriera la mayor parte de los bienes eclesiásticos vendidos por la República en el departamento del Aube. Malin mandaba a Grévin las cantidades necesarias para tales compras, sin olvidar a su agente de negocios. Cuando vino el Directorio, época en la cual Malin reinaba soberanamente en los Consejos de la República, las ventas fueron realizadas en nombre de Malin. Grévin fue notario de Arcis, y Malin fue senador y conde de Gondreville. Malin se casó con la hija de un proveedor millonario, y Grévin con la hija única del señor Varlet, el médico más importante de Arcis. El conde de Gondreville tuvo trescientas mil libras de renta, una casa en París y el magnífico castillo de Gondreville; casó a una de sus hijas con uno de los Keller, banqueros de París, y a la otra con el mariscal duque de Carigliano.
Grévin, por su parte, con una fortuna de quince mil libras de renta, posee la casa en la cual termina sus días economizando y administrando los bienes de su amigo, que le vendió dicha casa por seis mil francos.
El conde de Gondreville cuenta ochenta años y Grévin setenta y seis. El par de Francia se pasea por su parque, y el ex notario por el jardín del padre de Malin. Ambos, envueltos en mantas, amontonan escudo sobre escudo. Ninguna nube ha perturbado aquella amistad de sesenta años. El notario siempre ha obedecido al convencional, al Consejero de Estado, al senador, al par de Francia. Después de la Revolución de Julio, al pasar un día Malin por Arcis, dijo a Grévin: «¿Te interesa la Legión de honor?». «¿Qué haría con ella?», le respondió Grévin. Ninguno de los dos había decepcionado jamás al otro; los dos se informaban mutuamente, se aconsejaban; uno, sin celos ni envidias; el otro, sin altanería ni pretensiones molestas. Malin se sentía reconocido a Grévin, ya que todo el orgullo de éste era el conde de Gondreville, y Grévin era tan conde de Gondreville como el propio conde de Gondreville.
No obstante, después de la Revolución de Julio, momento en que Grévin se notaba envejecido, dejando la administración de los bienes del conde, y en que el conde, debilitado por los años y por su participación en los huracanes políticos, había pensado en terminar su vida tranquilamente, los dos ancianos, seguros de su amistad respectiva, pero sin tener necesidad el uno del otro, se veían poco. Cuando iba a sus propiedades, o regresaba de ellas, el conde iba a ver un rato a Grévin, que realizaba solamente una o dos visitas al conde cuando estaba en Gondreville; no existía ningún lazo entre sus hijos. Nunca, ni la señora Keller ni la duquesa de Carigliano habían tenido la más mínima relación con la señorita Grévin, ni antes ni después de su matrimonio con el fabricante de géneros de punto Beauvisage. Aquel menosprecio, involuntario o real, sorprendía extraordinariamente a Severina.
Grévin, alcalde de Arcis en tiempos del Imperio, servicial con todo el mundo, se había congraciado con todo el mundo durante el ejercicio de su ministerio, evitado muchas dificultades. Su ductilidad, su campechanería, su honradez, le granjearon la estimación y el afecto de todo el distrito; por otra parte, todos respetaban al hombre que les constaba disponía del favor, del poder y de la influencia del conde de Gondreville. No obstante, desde que sus actividades notariales y su participación en los asuntos públicos y particulares habían cesado, hacía ocho años, su recuerdo casi se había borrado del todo en la ciudad de Arcis, en la que todos esperaban, el día menos pensado, recibir la noticia de su fallecimiento. Grévin, a semejanza de su amigo Malin, más que vivir, vegetaba. No salía nunca de casa, cultivaba su jardín, podando los árboles, iba a vigilar como crecían las hortalizas; y, como todos los ancianos, ensayaba su papel de cadáver. La vida de aquel septuagenario era de una regularidad perfecta. Lo mismo que su amigo Giguet, se levantaba con el sol, se acostaba antes de las nueve de la noche, y poseía la frugalidad de los avaros. Casi no bebía vino, pero el poco que bebía era exquisito. No tomaba café ni licores, siendo el único ejercicio a que se entregaba el exigido por el cuidado de un jardín. Siempre llevaba la misma indumentaria: gruesos zapatos engrasados, medias de luto, un pantalón de pana gruesa, un gran chaleco de color azul celeste con botones de asta, y una chaqueta de pana igual a la del pantalón; sobre la cabeza acostumbraba a llevar un pequeño casquete redondo. En verano, reemplazaba aquel casquete por una especie de gorra de terciopelo negro y la chaqueta de pana por otra de paño gris acero. Su estatura era de cinco pies y cuatro pulgadas; tenía la robustez de los ancianos que se han sabido conservar, lo que hacía más pesado su andar, ya de por sí lento, como es el de todos los hombres de oficina.
En cuanto amanecía, se levantaba y vestía con los más minuciosos cuidados; se afeitaba solo, daba luego un paseo por el jardín, miraba el tiempo, iba a consultar el barómetro, abriendo por sí mismo los postigos de la ventana del salón. Cavaba, podaba, recortaba setos, y siempre encontraba algo qué hacer hasta la hora de comer. Después de hacerlo, se sentaba para digerir, hasta las dos, pensando no se sabe en qué. Su nieta solía irle a visitar entre las dos y las cinco, acompañada por una criada, y, a veces, por su madre. En determinados días aquella vida mecánica se interrumpía: cuando recibía los quesos y otros productos del campo, vendidos inmediatamente. Pero aquellas cortas interrupciones sólo tenían lugar en los días de mercado, una vez por mes. ¿Qué hacía con el dinero? Nadie, ni la misma Severina, ni Cecilia lo sabían. Grévin era de una discreción eclesiástica. No obstante, todos los sentimientos de aquel anciano habían terminado por concentrarse en su hija y en su nieta: las quería más que a su dinero.
Este anciano cuidadoso, de rostro redondo, ojos azules y cabellos blancos, tenía algo de absolutista en su carácter como les sucede a todos a quienes ni los hombres ni las cosas les han resistido. Su único defecto, por otra parte celosamente guardado, ya que no tenía ocasión de manifestarlo, consistía en un rencor persistente, terrible, una susceptibilidad que ni el mismo Malin había podido nunca adivinar. Si Grévin había servido constantemente al conde de Gondreville, éste siempre se había mostrado reconocido con él: en ninguna ocasión había humillado Malin a su amigo, al que conocía a fondo. Los dos amigos conservaban el tuteo de su juventud, saludándose con el mismo afectuoso estrechamiento de mano. Jamás había hecho sentir el senador a Grévin la diferencia de sus posiciones sociales; se anticipaba siempre a los menores deseos de su amigo de infancia, ofreciéndole todo, sabiendo que se conformaría con poco. Grévin, que adoraba la literatura clásica, puritano, excelente administrador, poseía serios y amplios conocimientos sobre legislación; había realizado para Malin los trabajos que en el Consejo de Estado sirvieron de fundamento a la gloria del redactor de códigos. Severina quería mucho a su padre. Ella y su hija no permitían que nadie más cuidara su ropa; le hacían, personalmente, las medias que usaba en invierno, prodigándole las más pequeñas atenciones, y a Grévin le constaba que no había en ellas ni el más mínimo sentimiento interesado; el probable millón de su herencia no hubiera sido capaz de enjugar sus lágrimas. Los ancianos son muy sensibles a la ternura desinteresada. Antes de ir a visitar a su padre todos los días, tanto la señora Beauvisage como la hija de ésta se preocupaban de su comida del día siguiente, enviándole las cosas más selectas del mercado.
La señora Beauvisage siempre había deseado que su padre la presentara en el castillo de Gondreville y la introdujera en la amistad de las hijas del conde; pero el prudente anciano le había explicado repetidas veces lo muy difícil que era mantener relaciones continuadas con la duquesa de Carigliano, que vivía en París, y que venía en raras ocasiones a Gondreville, o con la brillante señora Keller, cuando se tenía una fábrica de géneros de punto en Arcis.
—Tu vida se ha acabado —le decía Grévin a su hija— pon todo tu interés y sentimientos en Cecilia, que será lo bastante rica para darte, cuando dejes el comercio, la existencia grande y acaudalada a que tienes derecho. Elige a un yerno que tenga ambición y medios, y podrás ir un día a París, dejando aquí a este bobo de Beauvisage. Si vivo lo bastante para tener un nieto-yerno, le pilotaré por el mar de los intereses políticos del mismo modo que piloté a Malin y llegarás a gozar de una posición igual a la de los Keller.
Estas breves frases, pronunciadas antes de la Revolución de 1830, poco tiempo después de que el viejo notario se hubiera retirado a aquella casa, explica su actitud vegetativa. Grévin deseaba vivir, quería poner en el camino de la grandeza a su hija, a su nieta y a sus biznietos. El anciano poseía la ambición de la tercera generación. Cuando así hablaba, el anciano soñaba con casar a Cecilia con Carlos Keller; por ello lloraba en aquellos momentos sus esperanzas derrumbadas, y no sabía qué camino tomar. Sin relaciones en la sociedad de París, al no ver en todo el departamento del Aube a otro marido para Cecilia que el joven marqués de Cinq-Cygne, se preguntaba si podría superar, a fuerza de dinero, las dificultades que la Revolución de Julio suscitaba entre los realistas, fieles a sus principios, y sus vencedores. La felicidad de su nieta le parecía de tal modo comprometida si la entregaba a la orgullosa marquesa de Cinq-Cygne, que se sentía decidido a confiar al gran amigo de los viejos, al tiempo, la resolución de su problema. Esperaba que su mortal enemiga, la marquesa de Cinq-Cygne, muriese, pues se creía con habilidad suficiente para seducir al hijo de ésta, sirviéndose del abuelo del marqués, el anciano de Mauteserre, que residía por aquel entonces en Cinq-Cygne, y al que sabía accesible a los cálculos de la avaricia. Se explicará, cuando el desarrollo de los acontecimientos del drama nos lleve al castillo de Cinq-Cygne, la razón por la cual el abuelo del joven marqués llevaba un nombre distinto del de su nieto.
Cuando Cecilia Beauvisage cumplió los veintidós años, Grévin, desesperado, tenía la intención de consultar con su amigo Malin, que le elegiría en París un marido según su corazón y su ambición, entre los duques del Imperio.
Severina encontró a su padre sentado en un banco de madera, al final de la terraza, bajo las lilas en flor, tomando su café, ya que eran las cinco y media. Comprendió, viendo el dolor reflejado en el rostro de su padre, que éste conocía ya la noticia. En efecto, el anciano par de Francia acababa de mandar un ayuda de cámara a su amigo, rogándole fuera a verle. Hasta entonces, el viejo Grévin no había querido que su hija alentara demasiadas esperanzas en su ambición; pero en aquellos momentos, en medio de las reflexiones contradictorias que se revolvían en su silenciosa meditación, dejó escapar su secreto:
—Mi querida niña —le dijo— me había forjado, con respecto a tu porvenir, las más hermosas y orgullosas ilusiones. La muerte acaba de echarlas todas por tierra. Cecilia hubiese sido vizcondesa Keller, ya que Carlos, con mi ayuda, habría sido elegido diputado por Arcis, y algún día hubiese heredado la dignidad de par de su padre. Ni Gondreville ni su hija, la señora Keller, habrían renunciado a los sesenta mil francos de renta que Cecilia les hubiera llevado en dote, especialmente con la perspectiva de otros cien mil, que algún día serán tuyos… Hubieses podido irte a vivir a París con tu hija, y habrías podido desempeñar brillantemente el papel de suegra en las altas esferas del poder (la señora Beauvisage hizo un gesto de satisfacción). Pero he aquí que un golpe duro alcanza a ese encantador muchacho, al que su amistad con el Príncipe Real… Y este Simón Giguet que ahora aparece en la escena política, no es más que un imbécil de la peor especie pues se cree un águila… Estáis demasiado vinculados por lazos de amistad con los Giguet y los Marion para que no procuréis utilizar los mejores modales en vuestra negativa, pues es preciso darla…
—Como siempre, padre, somos de la misma opinión.
—Todo esto me obliga a ir a visitar a mi viejo Malin, primero para consolarle, después para consultarle. Cecilia y tú os sentiríais desdichadas al tener que vivir con una antigua familia del faubourg Saint-Germain, pues os harían sentir constantemente vuestro origen de mil maneras distintas; debemos buscar algún duque de los creados por Bonaparte, que esté arruinado; podríamos conseguir para Cecilia un título nobiliario, y la casaríamos bajo el régimen matrimonial de separación de bienes. Tú puedes decir que yo he dispuesto de la mano de Cecilia, y cortaremos de raíz toda esta serie de peticiones molestas e inoportunas, como la de Antonino Goulard. El joven Vinet no dejará de ofrecerse, y sería ciertamente preferible a todos los husmeadores de dotes que vendrán a vernos… Es inteligente, intrigante, familiar de los Chargeboeuf por parte de su madre; pero tiene demasiado carácter para no dejar de dominar a su mujer, y es lo bastante joven para hacerse amar; entre estos dos sentimientos, tú te morirías, ya que no te creo desposeída de corazón, mi querida niña.
—Esta noche, en casa de los Marion, pasaré un mal rato —dijo Severina.
—Pues bien niña mía —respondió Grévin— dile a la señora Marion que venga a verme, yo hablaré con ella.
—Sabía, padre, que estaba usted preocupándose por nuestro porvenir, pero no esperaba que éste pudiera ser tan brillante —dijo la señora Beauvisage, cogiendo las manos de su padre y besándoselas.
—Había pensado tan profundamente en él —prosiguió Grévin—, que en 1831 compré la casa de Beauseant —la señora Beauvisage hizo un gesto de sorpresa al enterarse de aquel secreto tan celosamente guardado, pero no interrumpió a su padre—. Será mi regalo de boda —añadió—. En 1832 lo alquilé por siete años a unos ingleses, a razón de veinticuatro mil francos anuales; un bonito negocio, pues la casa sólo me costó trescientos veinticinco mil francos, de los cuales he recuperado ya doscientos mil. El contrato de arrendamiento termina el día 15 de julio de este año.
Severina besó a su padre en la frente y en las dos mejillas. Aquella última revelación engrandecía de tal modo su futuro, que tuvo como una especie de síncope.
«Mi padre, si sigue mi consejo, sólo debe dar la nuda propiedad de esta herencia a sus nietos —se iba diciendo mientras cruzaba nuevamente el puente— y yo tendría el usufructo; no quiero que ni mi hija ni mi yerno me puedan echar de su casa; son ellos los que deben estar en la mía».
A los postres, cuando las dos criadas se hubieron sentado a la mesa en la cocina, y la señora Beauvisage tuvo la seguridad de no ser escuchada, juzgó necesario hacer una pequeña plática a Cecilia.
—Hija mía —le dijo— condúcete esta noche como una muchacha bien educada, y a partir de hoy procura adoptar un aire serio, no hables a la ligera, deja de pasearte sola con el señor Giguet, con el señor Olivier, con el subprefecto, con el señor Martener; en resumen, deja de pasearte sola con quien sea, incluso con el señor Aquiles Pigoult. No te casarás con ninguno de los jóvenes de Arcis ni del departamento. Estás destinada a brillar en París. Por ello tendrás cada día un vestido nuevo, para que te vayas acostumbrando a ser elegante. Intentaremos quitarle una doncella a la joven duquesa de Maufrigneuse, y sabremos por ella en qué tiendas se proveen la princesa de Cadignan y la marquesa de Cinq-Cygne… ¡Oh!, no quiero que ninguna de nosotras dos tenga el menor aire provinciano. Estudiarás, durante tres horas diarias, el piano; haré que venga todos los días el señor Moisés de Troyes, hasta que llegue el profesor que mandaré venir de París. Hay que perfeccionar todos tus talentos, ya que sólo te queda un año, todo lo más, de permanecer soltera. Ya estás prevenida, veré como te comportas esta noche. Se trata de mantener a Simón a la mayor distancia posible de ti, sin burlarte de él.
—Puedes estar tranquila, mamá, me dedicaré a adorar al desconocido.
Estas palabras, que hicieron sonreír a la señora Beauvisage, merecen una explicación.
—¡Ah!, todavía no le he visto —dijo Phileas— pero todos hablan de él. Cuando quiera saber de quién se trata, mandaré al brigada o a Groslir a que le pidan su pasaporte…
No hay ninguna pequeña localidad de Francia en la que, en un momento dado, no se represente el drama o la comedia del forastero. Frecuentemente, el tal forastero no es más que un aventurero que comete algunos timos, y desaparece llevándose la reputación de una mujer o el dinero de una familia. Más frecuentemente el forastero es un auténtico forastero, cuya vida permanece mucho tiempo misteriosa, para que la pequeña ciudad se preocupe por sus actos y sus gestos. Por lo que, el advenimiento probable de Simón Giguet al poder, no era el único acontecimiento importante que tenía lugar en Arcis. Desde hacía dos días, la atención de toda la ciudad tenía como punto de mira a un personaje que había llegado a ella hacía tres, y que tenía la particularidad de ser el primer desconocido de la generación actual. De modo que el desconocido era tema obligado de conversación en todas las casas. Era el rey que le caía del cielo a una ciudad de ranas.
La situación de Arcis-sur-Aube explica la impresión que debía producir en ella la llegada de un forastero. Seis leguas antes de Troves, en la carretera general de París, frente a una granja conocida por La Belle Etoile, se inicia un camino departamental que conduce a la ciudad de Arcis, atravesando vastas llanuras en las que el Sena forma un estrecho valle sombreado por álamos, que se destaca sobre la blancura de las tierras gredosas de la Champaña. La carretera que une Arcis con Troyes tiene seis leguas de recorrido, y forma la cuerda de un arco cuyos puntos extremos son Arcis y Troyes, de modo que el camino más corto para ir de París a Arcis es, precisamente, aquella ruta departamental que se toma al llegar a la Bella Etoile. Como ya se ha dicho, el Aube sólo es navegable desde Arcis hasta su desembocadura. De modo que esta localidad, situada a seis leguas de la carretera general, separada de Troyes por unas llanuras monótonas, se encuentra como perdida en medio de un territorio sin comercio ni tránsito, ni por tierra ni por el río. En efecto, Sézanne, situada a pocas leguas de Arcis, al otro lado del Aube, está atravesada por una carretera principal que ahorra ocho cambios de caballos en la antigua carretera de Alemania, por Troyes. Arcis es, pues, una población completamente aislada, por la que no pasa nunca un solo coche, y que está unida a Troyes únicamente por medio de mensajeros. Todos los habitantes se conocen unos a otros, conocen igualmente a los viajantes de comercio que recorren la región por cuenta de las casas de París; así pues, como todas las pequeñas poblaciones de provincias que se encuentran en una situación análoga, un forastero es capaz de hacer mover todas las lenguas, y de agitar todas las imaginaciones del lugar, si permanece en él más de dos días sin que se haya podido averiguar ni su nombre ni lo que ha ido a hacer allí.
Y como todo Arcis se hallaba todavía tranquilo, tres días antes de la mañana en la que por voluntad del creador de tantas historias comienza ésta, todo el mundo había visto llegar, por la carretera de la Belle-Etoile, a un forastero que conducía un lindo tílburi tirado por un caballo de lujo, y acompañado por un diminuto criado, grande como un puño, montado en un caballo de silla. El mensajero que estaba en relación con las diligencias de Troyes había traído de la Belle-Etoile tres maletas procedentes de París, sin dirección, pertenecientes al desconocido, que se alojaba en el Hotel del Mulo.
Cada uno, en Arcis, se imaginó, por la noche, que aquel personaje había ido allí para comprar la propiedad de Arcis, y en todas las casas se habló de él como del futuro propietario del castillo. El tílburi, el viajero, sus caballos y su doméstico, todo parecía pertenecer a un hombre nacido en las más altas esferas sociales. El desconocido, sin duda fatigado, no salió de su alojamiento; quizá había pasado parte de su tiempo en arreglar las habitaciones que había elegido, lo cual revelaba su intención de permanecer en la localidad durante cierto tiempo. Quiso ver el sitio en que se habían guardado sus caballos en las cuadras, y se mostró también muy exigente; quiso que permanecieran separados de los del posadero y de los otros que podían llegar. Después de tantas exigencias, el dueño del Hotel del Mulo consideró a su huésped como a un inglés. Desde la noche del día de su llegada se habían hecho, por parte de algunos curiosos, tentativas para averiguar quién era el forastero; pero nada pudo conseguirse del diminuto groom, que se negó a facilitar información alguna sobre su dueño, no con una negativa o por medio del silencio, sino con bromas que parecieron inadecuadas para su edad y que revelaban en él una gran corrupción.
Después de acicalarse cuidadosamente y de cenar, a las seis salió a caballo, seguido de su tigre, desapareció por la carretera de Brienne y no regresó hasta mucho más tarde.
El hostelero, su mujer y las camareras no habían podido obtener, examinando las maletas del desconocido, dato alguno sobre la identidad y los negocios del mismo, nada que pudiera arrojar ninguna luz sobre el rango, el nombre, la condición o los proyectos del misterioso huésped. Aquello fue de un efecto incalculable. Se hicieron mil comentarios, cuya naturaleza hizo necesaria la intervención del procurador del Rey.
A su regreso, el desconocido permitió que subiera la dueña de la casa, que le presentó el libro, en el que, según las ordenanzas de policía, debía inscribir su nombre, su calidad, la finalidad de su viaje y el punto de procedencia.
—No escribiré nada —dijo a la dueña de la posada—. Si está usted preocupada por esto, puede decir a quien sea que me he negado a hacerlo, y me puede mandar aquí al subprefecto, ya que carezco de pasaporte. Sobre mí, seguramente, le harán muchas preguntas, señora —prosiguió— y sobre ellas puede contestar lo que le plazca; no quiero que usted sepa nada sobre mi persona. Si me atosiga usted, me iré al Hotel de la Poste, en la plaza del Puente, y piense que tengo intención de quedarme aquí unos quince días… Ello me molestaría mucho, porque me consta que es usted hermana de Gothard, uno de los protagonistas del asunto Simeuse.
—¡Basta, señor! —dijo la hermana de Gothard, el intendente de Cinq-Cygne.
Después de esto, el desconocido pudo hacer que la dueña de la posada se quedara con él un par de horas, aproximadamente, y le hizo contar todo lo que sabía de Arcis, interrogándola sobre las fortunas, los intereses, y los funcionarios. Al día siguiente, desapareció nuevamente a caballo, seguido también por su tigre, y no regresó hasta medianoche.
Con ello puede comprenderse la broma gastada por Cecilia, y que la señora Beauvisage creyó carecía de fundamento. Cecilia y Beauvisage, sorprendidos por la orden del día formulada por Severina, se sintieron encantados. Mientras su mujer planchaba un vestido para ir a casa de la señora Marion, el padre excitó a su hija a hacer las suposiciones naturales en cualquier muchacha en semejante caso. Después, fatigado por el día que había pasado, se fue a acostar en cuanto la madre y la hija hubieron partido.
Como deben adivinar los que conocen Francia y la Champaña, lo cual no es la misma cosa, o si se quiere, las ciudades pequeñas, aquella noche había un gentío enorme en casa de la señora Marion. El triunfo del hijo del coronel Giguet fue considerado como una victoria conseguida sobre el conde de Gondreville, y con semejante elección parecía quedar asegurada para siempre la independencia de Arcis. La noticia de la muerte del infortunado Carlos Keller fue mirada como un aviso del cielo, e impuso silencio a todas las rivalidades. Antonino Goulard, Federico Marest, Olivier Vinet, el señor Martener, en suma, todas las autoridades que hasta entonces habían frecuentado aquel salón cuyas opiniones no les parecían ser demasiado contrarias al gobierno creado por la voluntad popular en julio de 1830, acudieron a él según su costumbre, pero poseídos todos ellos de una curiosidad cuya finalidad era la actitud que adoptaría la familia Beauvisage.
El salón, restablecido en su forma, no presentaba huella alguna de la sesión que parecía haber sellado el destino del abogado Giguet. A las ocho, estaban funcionando cuatro mesas de juego, en cada una de las cuales se sentaban cuatro jugadores. El salón pequeño y el comedor estaban llenos de gente. Nunca, con la excepción de las grandes solemnidades o de un baile, la señora Marion había podido ver grupos reunidos a la entrada del salón, formando como la cola de un cometa en el comedor.
—Es la aurora del favor —le dijo Olivier, indicando aquel espectáculo tan regocijante para una dueña de casa a la que le gusta recibir.
—Nadie sabe hasta dónde puede llegar Simón —respondió la señora Marion—. Estamos en una época en la que las personas que tienen perseverancia y condiciones pueden aspirar a todo.
Esta respuesta iba dirigida más bien a la señora Beauvisage que al propio Vinet. La señora Beauvisage hacía en aquel momento su entrada en el salón, acompañada de su hija, y se dirigía hacia ella, para saludarla y felicitar a su amiga.
Para evitar toda pregunta indirecta, y eludir cualquier interpretación de palabras lanzadas al aire, la madre de Cecilia tomó posiciones en una mesa de whist, y concentró la atención de su espíritu para ganar cien fichas. ¡Cien fichas eran cincuenta sueldos!… Cuando un jugador pierde una cantidad semejante en Arcis, se habla durante dos días de ello.
Cecilia se fue a conversar con la señorita Mollot, una de sus más íntimas amigas, y pareció sentir como una multiplicación de su afecto por ella. La señorita Mollot era la beldad de Arcis, del mismo modo que Cecilia era la heredera.
El señor Mollot, secretario del Juzgado de Arcis, vivía en la plaza mayor, en una casa situada en las mismas condiciones en que la de Beauvisage estaba con relación a la plaza del puente. La señora Mollot, constantemente sentada detrás de una de las ventanas de su salón, en la planta baja, se hallaba afectada, a causa de aquella situación, de una crisis de curiosidad aguda, casi, convertida en enfermedad consecutiva, inveterada. La señora Mollot se entregaba al espionaje del mismo modo que una mujer nerviosa habla de sus males imaginarios, con coquetería y pasión. En cuanto un labriego desembocaba por la carretera de Brienne en la plaza, le seguía con la mirada, intentando adivinar lo que había ido a hacer a Arcis; no dejaba su espíritu en reposo, mientras no lo hubiese averiguado. Pasaba la vida juzgando los acontecimientos, los hombres, las cosas y las familias de Arcis. Aquella mujer alta, delgada, reseca, hija de un juez de Troyes, había aportado en concepto de dote al señor Mollot, antiguo primer pasante de Grévin, una cantidad bastante considerable, con la cual pudo comprar el cargo de secretario de juzgado. Conocido es que un secretario de juzgado tiene la misma categoría que un juez, del mismo modo que en los tribunales reales, el secretario en jefe tiene la de consejero. La posición del señor Mollot, la debía al conde de Gondreville, que con una palabra le había solucionado su nombramiento. Toda la ambición de la casa Mollot, del padre, de la madre, y de la hija, era la de casar a Ernestina Mollot, hija única, con Antonino Goulard. Así, pues, las negativas con que los Beauvisage habían recibido las tentativas del subprefecto, habían estrechado aún más los lazos de amistad de los Mollot con la familia Beauvisage.
—He ahí uno que está impaciente —dijo Ernestina señalando Simón Giguet a Cecilia—. ¡Oh! es evidente que está deseando venir a charlar con nosotras; pero cada persona que entra se cree en la obligación de ir a saludarle, de felicitarle. Le he oído decir más de cincuenta veces: «Creo que ha sido a mi padre más que a mí a quien se han dirigido los votos de nuestros conciudadanos; pero, en cualquier caso, podéis estar seguros de que me entregaré a la defensa no sólo de nuestros intereses generales, sino también a los particulares». Mira, adivino que vuelve a pronunciar las mismas palabras por el movimiento de los labios, y cada vez te mira poniendo ojos de mártir…
—Ernestina —respondió Cecilia—, no te apartes de mí en toda la velada, pues no quisiera tener que pasarme la noche escuchando sus encubiertas proposiciones con frases formadas por ¡ays!, mezclados con suspiros.
—¿Es que no te gustaría convertirte en la mujer de un guardasellos?
—¿No son más que esto? —dijo Cecilia riendo.
—Te aseguro que hace muy poco, justamente antes de que tú llegaras, el señor Miley, el encargado del Registro, en su entusiasmo, pretendía que Simón sería nombrado guardasellos antes de que transcurrieran tres años.
—¿Cuenta con la protección del señor de Gondreville para conseguirlo? —preguntó el subprefecto, que fue a sentarse al lado de las dos muchachas, adivinando que se estaban burlando de su amigo Giguet.
—¡Ah!, señor Antonino —dijo la hermosa Ernestina Mollot— usted le prometió a mi madre enterarse de quién es este ese apuesto desconocido. ¿Qué es lo que sabe de él?
—Los acontecimientos de hoy, señorita, son mucho más importantes que esto —dijo Antonino, sentándose cerca de Cecilia, como un diplomático encantado de escapar a la atención general al refugiarse en la conversación de unas muchachas—. Toda mi vida de subprefecto, o mi futuro de prefecto, depende de ellos…
—¿No dejará que elijan por unanimidad a su amigo Simón?
—Simón es amigo mío, pero el gobierno es mi dueño, y espero hacer todo cuando esté en mi mano para impedir que Simón triunfe en su empeño. Y ahí está la señora Mollot, que me deberá su cooperación, como esposa que es de un hombre que debe lealtad al gobierno.
—No pedimos otra cosa que poder ayudarle —replicó la secretaria— Mollot me ha explicado —continuó en voz baja— todo lo que ha sucedido aquí esta mañana… ¡Es lastimoso! Un solo hombre ha demostrado tener inteligencia, y este hombre ha sido Aquiles Pigoult: todo el mundo está de acuerdo en reconocer que sería un orador que destacaría en la Cámara; así, aunque él no tenga nada y mi hija sea una hija única, que pronto podrá disponer de su dote, cifrada en unos sesenta mil francos, además de lo que pueda heredar de nosotros, de lo cual no quiero hablar, y las herencias del tío de Mollot, el molinero, y la de mi tía Lambert, la de Troyes, que debe venir a parar a nosotros, pues bien, le declaro a usted que si el señor Aquiles Pigoult quisiera hacernos el honor de pensar en ella y nos la pidiese por esposa, yo se la daría, siempre claro está, que mi hija le aceptase; porque esta pequeña boba sólo quiere casarse según su fantasía… Es la señorita Beauvisage la que le mete esta clase de ideas en la cabeza…
El subprefecto recibió aquella doble andanada como hombre consciente de que posee treinta mil libras de renta y espera una prefectura.
—La señorita tiene razón —respondió, mirando a Cecilia—, pero ella es lo bastante rica para poder contraer su matrimonio por amor…
—No hablemos de matrimonio —dijo Ernestina—. Está usted poniendo triste a mi pobre Cecilia que, no hace más que unos instantes, me confesaba que no quería que se casaran con ella por su fortuna, sino por amor, y sería capaz de correr una aventura con cualquier desconocido que no supiera nada de lo que pasa en Arcis, ni de las herencias que la convierten en una especie de lady Creso, y vivir una novela en la que, al final, se casaría, siendo amada por ella misma…
—Esto sería muy hermoso, en verdad. Ya sabía que la señorita poseía tanta inteligencia y agudeza de espíritu como dinero —exclamó Olivier Vinet, uniéndose al grupo de señoritas y separándose del coro de cortesanos de Simón Giguet, héroe del día.
—Es así, señor Goulard —dijo Cecilia sonriendo— como que hemos llegado, pasando de una cosa a otra, a hablar del desconocido…
—Y, además —dijo Ernestina—, lo ha elegido a él como protagonista de esa novela que acabo de mencionar…
—¡Oh! —dijo la señora Mollot— un hombre de cincuenta años… ¡Vaya pues!…
—¿Cómo sabe usted que tiene cincuenta años? —preguntó Olivier Vinet, sonriendo.
—¡A fe mía! —dijo la señora Mollot— que esta mañana me sentía tan intrigada, que he ido a buscar mis anteojos.
—¡Bravo! —exclamó el ingeniero de obras públicas, que hacía la corte a la madre para poder conseguir a la hija.
—Así pues —prosiguió la señora Mollot— he podido ver al desconocido cómo se afeitaba, con unas navajas muy elegantes… Son de mango de oro o de plata dorada.
—¡De oro!, ¡de oro! —dijo Vinet—. Cuando algo nos es desconocido debemos imaginárnoslo lo más hermoso posible. Así yo, que declaro que todavía no he tenido ocasión de ver a ese caballero, estoy seguro de que, cuando menos, se trata de un conde[2]…
Aquello hizo reír a los que formaban el reducido grupo, y aquella risa excitó los celos del grupo de las solteronas y la atención del rebaño de hombres en traje negro que rodeaban a Simón Giguet. En cuanto al abogado, estaba desesperado al no poder poner su fortuna a los pies de la acaudalada Cecilia. «Padre mío —pensó el sustituto al verse felicitado por haber hecho un juego de palabras que le parecía demasiado fácil— en qué clase de tribunal me has hecho iniciar mi carrera!». Sí, un conde, señoras y señoritas —continuó—. Un hombre tan distinguido por su cuna como por sus modales, por su fortuna y por su tren, un lion, un elegante, ¡un guante amarillo!…
—Tiene, señor Olivier —dijo Ernestina— el más lindo tílburi que se haya visto jamás.
—¡Cómo! Antonino, esta mañana no dijiste nada sobre el tílburi cuando hemos estado hablando sobre el conspirador; pero el poseer un tílburi constituye una circunstancia atenuante; con ello se demuestra que no puede tratarse de un republicano…
—Señoritas, nada hay que yo no fuera capaz de ser para poder satisfacer su curiosidad… —dijo Antonino Goulard—. Vamos a saber si se trata de un conde con M o de un conde con N.
—Este cuento quizá se convierta en historia —dijo el ingeniero del distrito.
—Una historia para uso de los subprefectos —comentó Olivier Vinet.
—¿Cómo podrá conseguirlo? —preguntó la señora Mollot.
—¡Oh! —replicó el subprefecto— pregunte usted a quién escogería la señorita Beauvisage por marido, si se viera condenada a tener que elegir entre los presentes, y jamás conseguiría de ella una respuesta… Deje usted al poder su coquetería. Estén ustedes tranquilas, señoritas, de que antes de diez minutos sabrán con seguridad si el desconocido es un conde o un viajante de comercio.
Antonino Goulard abandonó el reducido grupo de las señoritas, ya que en él se hallaban, además de la señorita Berton, hija del recaudador de contribuciones, joven insignificante que representaba el papel de satélite al lado de Cecilia y de Ernestina; la señorita Herbellot, solterona de treinta años, agria, delgada, hermana del segundo notario de Arcis, y que vestía como todas las solteronas: llevaba, sobre un vestido de alepín verde una pañoleta bordada, cuyas puntas, reunidas en el talle por delante, se anudaban a la moda que reinaba durante la época del Terror.
—Julián —dijo el subprefecto a su criado que aguardaba en la antecámara— tú que has estado al servicio del señor de Gondreville durante seis meses, ¿sabes cómo es una corona de conde?
—Sí, tiene unas perlas sobre las nueve puntas.
—Pues bien, dale una patada al Mulo, e intenta echar un vistazo al tílburi del señor que allí se aloja; después, vuelve a decirme qué es lo que has visto pintado en la portezuela. En fin, hazlo lo mejor que puedas, procura enterarte de todo lo que se dice de él… Si te encuentras con su criado, pregúntale a qué hora puede el señor conde recibir mañana al subprefecto, siempre que hayas visto en la portezuela la corona de nueve puntas rematadas con perlas; no bebas, no hables, regresa inmediatamente, y cuando llegues aquí, házmelo saber asomando la nariz por la puerta del salón.
—Sí, señor subprefecto.
La fonda del Mulo, como ya queda dicho, ocupa, en la plaza, la esquina opuesta al ángulo de la pared de cerca de los jardines de la casa Marion, al otro lado de la carretera de Brienne. Así, la solución del problema no podía hacerse esperar. Antonino Goulard regresó al sitio que ocupaba al lado de la señorita Beauvisage.
—Ayer estuvimos hablando tanto rato de este forastero —estaba diciendo en aquel momento la señora Mollot— que he soñado con él toda la noche…
—¡Ah!, ¡ah!, ¿todavía sueña usted, hermosa dama, con los desconocidos? —dijo Vinet.
—Usted es un impertinente, y yo sería muy capaz de hacerle soñar conmigo —le replicó ella—. Esta mañana, pues, al levantarme… —Inútil es hacer observar que la señora Mollot es considerada en Arcis como una mujer de ingenio, es decir, que se expresa con tanta facilidad y desenvoltura, que abusa de su ventaja. Un parisino, perdido por aquellos parajes, como le sucedía al desconocido, la habría tal vez encontrado demasiado charlatana—. Estaba haciendo, como es de razón, mi tocado, cuando miré maquinalmente hacia delante…
—Por la ventana… —concluyó Antonino Goulard.
—Pues sí, mi tocador da a la plaza. Y ya saben ustedes que Poupart ha instalado al desconocido en una de aquellas habitaciones cuyas ventanas están situadas frente por frente a las mías…
—¿Una habitación, mamá? —interrumpió Ernestina—. ¡El conde ocupa tres habitaciones!… Su criadito, vestido completamente de negro, está en la primera. La segunda ha sido habilitada como salón, y el desconocido duerme en la tercera.
—Entonces, este señor ocupa la mitad de las habitaciones del Mulo exclamó la señorita Herbelot.
—Pero, en definitiva, señoritas, ¿qué es lo que esto puede importar a su persona? —dijo agriamente la señora Mollot, molesta por las interrupciones de las muchachas—. Se trata de saber qué y quién es.
—No interrumpan al orador —dijo Olivier Vinet.
—Como yo estaba agachada…
—Sentada —rectificó Antonino Goulard.
—La señora estaba tal como debía estar —intervino Vinet—. Hacía su tocado y miraba lo que sucedía en el Mulo. En provincias, bromas como ésta son toleradas, porque desde mucho tiempo atrás ya está dicho todo entre todos, y no se tiene necesidad de recurrir a las tonterías que nos ha impuesto la introducción en nuestras costumbres de la hipocresía inglesa, una de las mercancías contra las cuales las aduanas son impotentes.
—No interrumpan al orador —repitió, sonriendo, la señorita Beauvisage dirigiéndose a Vinet, con el cual cambió una sonrisa.
—Mi mirada se dirigió, involuntariamente, hacia la ventana de la habitación en la que había dormido el desconocido; ignoro la hora a que se acostó, pero debió ser muy tarde, porque yo no me dormí hasta muy pasada la medianoche… Tengo la desgracia de estar casada con un hombre que ronca de tal modo que hace temblar techos y paredes… Si consigo ser la primera en conciliar el sueño, tengo un sueño tan pesado que no oigo nada; pero si es Mollot el que me toma la delantera, paso toda la noche en vela…
—¡Podéis intentar dormir simultáneamente! —dijo Aquiles Pigoult que se había ido a reunir al alegre grupo—. Ya veo que están hablando de su sueño y de cómo duerme…
—Cállese usted, ¡malvado! —replicó graciosamente la señora Mollot.
—¿Tú lo comprendes? —dijo Cecilia al oído de Ernestina.
—Así pues, puedo asegurar que una hora después de haber sonado la medianoche, aún no había regresado al Hotel —dijo la señora Mollot.
—La ha defraudado a usted. ¡Regresar sin que usted lo sepa! —dijo Aquiles Pigoult—. ¡Ah!, este hombre debe ser sumamente astuto, nos meterá a todos dentro de un saco, y nos venderá en la plaza del mercado.
—¿A quién? —preguntó Vinet.
—¡Qué sé yo! A un negocio, a una idea, a un sistema —respondió el notario a quien el sustituto sonrió con aire sagaz.
—Juzguen ustedes mi sorpresa —continuó la señora Mollot— cuando vi una tela de una magnificencia, de una belleza, de un brillo… Yo me digo: sin duda lleva un vestido para estar por casa hecho con aquella tela que vimos en la exposición de productos industriales que fuimos a visitar. Voy entonces a buscar los anteojos, y examino… Pero, ¡Dios mío!, ¿qué es lo que veo? Por debajo del batín, allí donde debía de haber una cabeza, veo una masa enorme, algo como una rodilla… No, me es difícil explicarles cuánta ha sido mi curiosidad…
—Lo concibo perfectamente —dijo Antonino.
—No, no puede usted concebirlo —dijo la señora Mollot— ya que aquella rodilla…
—¡Ah!, ya comprendo —dijo Olivier Vinet, riéndose a carcajadas— el desconocido estaba también lavándose y lo que vio usted eran sus dos rodillas…
—No, ¡claro que no! —exclamó la señora Mollot—, me hacen ustedes decir incongruencias. El desconocido estaba de pie, y sostenía una esponja sobre un inmenso balde, y déjese ya de gastar bromas, señor Olivier. Me he dado perfecta cuenta de lo que usted quiere dar a entender…
—¡Ah!, la palabra reconocido, la compromete a usted, señora —dijo Antonino Goulard.
—Permítanme que acabe —dijo la señora Mollot—. Era su cabeza. Se estaba lavando la cabeza, y en ella no tiene ni un solo pelo… ¡Está completamente calvo!
—Entonces yo tenía razón cuando decía que nuestro desconocido tiene cincuenta años. No se utiliza peluca siendo más joven. Y en efecto, al cabo de un rato, terminado su aseo, el desconocido ha abierto la ventana; le he podido ver provisto de una soberbia cabellera negra, y me ha visto cuando yo me asomaba al balcón. De modo, mi querida Cecilia, que no creo elijas a este caballero como héroe de tu romance.
—¿Por qué no? Los hombres de cincuenta años no son desdeñables, especialmente cuando son condes —dijo Ernestina.
—Puede tener cabellos —dijo maliciosamente Olivier Vinet— y, en este caso, sería perfectamente matrimoniable. La cuestión está en saber si realmente ha mostrado a la señora Mollot su cabeza calva, o…
—¡Cállese usted! —dijo la señora Mollot.
Antonino Goulard se dio prisa en despachar al criado de la señora Marion al Mulo, con órdenes para Julián.
—¡Dios mío!, ¿qué puede importar la edad de un marido? —dijo la señorita Herbelot.
—Esto, siempre que exista el tal marido —replicó el sustituto, que se distinguía por la fría ironía de sus bromas.
—Pero —replicó la solterona, acusando el epigrama— yo preferiría para marido a un hombre cincuentón, indulgente y bondadoso, lleno de atenciones para con su esposa, que un joven de veintitantos años sin alma, y cuya malicia haría daño a todos, incluso a su mujer.
—Esto está muy bien en una conversación —dijo Olivier Vinet—, ya que para preferir un hombre de cincuenta años a un mozo, hay que tener donde poder escoger.
—¡Oh! —dijo la señora Mollot para detener aquella lucha entre la solterona y el joven Vinet que tenía visos de llegar demasiado lejos— cuando una mujer tiene experiencia, sabe que un marido de cincuenta años o uno de veinticinco, es absolutamente la misma cosa, cuando es amado… Lo importante, en el matrimonio, son las ventajas y conveniencias que puedan encontrarse en él. Si la señorita Beauvisage desea ir a París, para figurar en sociedad, y en su lugar —yo lo desearía también, pensando lo mismo—, no escogería a mi marido entre los hombres de Arcis… Si yo hubiese tenido la fortuna que ella tendrá, hubiese concedido mi mano a un conde, a un hombre que me hubiese colocado en una elevada posición social, y no me hubiera preocupado de consultar su partida de nacimiento.
—Le hubiera bastado a usted ver como se lavaba —dijo en voz baja Vinet a la señora Mollot.
—Pero el rey es quien hace a los condes, señora —comentó la señora Marion, que desde hacía un rato estaba vigilando el círculo de las señoritas.
—¡Ah, señora —replicó Vinet— hay algunas muchachas que aman a los que ya han sido nombrados condes!…
—Señor Antonino —dijo entonces Cecilia riéndose del sarcasmo de Vinet— sus diez minutos han transcurrido ya, y todavía no sabemos si el desconocido es conde o no.
—El gobierno debe ser infalible —dijo Olivier Vinet, mirando a Antonino.
—Voy a cumplir mi promesa inmediatamente —replicó el subprefecto viendo aparecer por la puerta del salón la cabeza de su criado. Y abandonó de nuevo su sitio cerca de Cecilia.
—¿Están ustedes hablando del forastero? —preguntó la señora Marion—. ¿Saben algo sobre él?
—No, señora —respondió Aquiles Pigoult— pero él es, sin saberlo, como un atleta en un circo, el centro hacia el que convergen las miradas, de dos mil habitantes. Pero yo sé algo sobre él —añadió el pequeño notario.
—¡Ah!, díganoslo, señor Aquiles —pidió con vivacidad Ernestina.
—Sé que su criado se llama Paraíso…
—¡Paraíso! —exclamó la señorita Herbelot.
—¡Paraíso! —repitieron todos los que formaban el grupo.
—¿Existe semejante nombre? —preguntó la señora Herbelot, tomando asiento al lado de su cuñada.
—Esto tiende a demostrar —prosiguió el notario— que su dueño es un ángel; ya que si su criado le sigue por todas partes… Ya comprenden…
—Sí, es el camino del Paraíso. Es algo hermoso esto —dijo la señora Marion, que intentaba llevar a Aquiles Pigoult hacia los intereses de su sobrino.
—Señor —decía en el comedor el criado de Antonino a su dueño— el tílburi lleva en las portezuelas pintado un escudo…
—¡Un escudo!…
—Y, señor, vea, las armas son curiosísimas… Sobre él, hay pintada una corona de nueve puntas, con perlas…
—Entonces es un conde.
—Se ve en él a un monstruo que corre como si tuviera que avasallarlo todo, igual que un postillón al que se le ha olvidado algo. Y he aquí lo que está escrito en una banderola —dijo sacando un papel de su faltriquera—. La señorita Aniceta, la doncella de la princesa de Cadignan, que acaba de traer, en coche, claro está (el coche de los Cinq-Cygne está parado delante del Mulo), una carta de ese señor, y me ha copiado lo que está aquí escrito…
—¡Dádmelo!…
Y el subprefecto leyó: «Quo me trahit fortuna». Aunque no estaba lo bastante fuerte en Heráldica francesa para saber cuál era la casa que llevaba aquella divisa, Antonino pensó que los Cinq-Cygne no podían prestar su coche, y la princesa de Cadignan mandar un propio a una persona que no perteneciera a la más alta nobleza.
—¡Vaya!, veo que conoces a la doncella de la princesa de Cadignan… Eres hombre afortunado… —dijo Antonino a su criado.
Julián, muchacho nacido en la región, después de haber servido seis meses a Gondreville, había entrado a servir al señor subprefecto, que deseaba tener un criado de alto estilo.
—Pero, señor, si Aniceta es la ahijada de mi padre. Mi padre quería mucho a esta muchacha, cuyo padre murió, y la mandó a París para que aprendiera a coser, porque mi madre no podía aguantarla.
—¿Es bonita?
—Sí, bastante, señor subprefecto. La prueba es que en París tuvo bastantes líos; pero, en fin, como posee cualidades, como sabe hacer vestidos, sabe peinar, entró a servir en casa de la princesa por recomendación del señor Marín, el primer ayuda de cámara del duque de Maufrigneuse…
—¿Qué te ha dicho de Cinq-Cygne? ¿Hay mucha gente allí?
—Mucha, señor. Están la princesa y el señor d’Arthez…, el duque de Maufrigneuse y la duquesa, el joven marqués… En fin, el castillo está casi lleno… Esta noche es esperado el señor obispo de Troyes…
—¿Monseñor Troubert?… Me gustaría saber si piensa permanecer en el castillo mucho tiempo…
—Aniceta lo cree así, y cree también que monseñor va al castillo para entrevistarse con el conde que se aloja en el Mulo. Se espera también la llegada de otras personas. El cochero ha dicho que se ha hablado mucho de las elecciones… El señor presidente Michu debe pasar allí unos días…
—Trata de conseguir que venga esa camarera a la ciudad con el pretexto de buscar algo… ¿Tienes alguna intención con respecto a ella?…
—Si tuviera algo, no diría nada… Es muy simpática…
—Dile que te venga a ver a la subprefectura.
—Sí, señor, ahora voy…
—No le hables de mí. Si lo haces, no vendrá; proponle un empleo ventajoso…
—¡Ah!, señor… yo he servido en Gondreville.
—Tú no sabes el porqué de ese mensaje de Cinq-Cygne, mandado a tales horas, pues son ya las nueve y media…
—Parece que se trata de algo muy urgente, ya que el conde, que acababa de regresar de Gondreville…
—¿El forastero ha estado en Gondreville?…
—Ha estado cenando allí, señor subprefecto. Y ahora le voy a decir algo que da risa. El pequeño criado está, con todos mis respetos, borracho como una cuba; ha bebido en la cocina tanto vino de Champaña que las piernas no le aguantan; seguramente los criados de la casa, para gastarle una broma, le habrán hecho beber más de lo que podía resistir.
—¿Y el conde?
—El conde, que estaba ya acostado cuando le llevaron la carta, se ha levantado inmediatamente. Están enganchando los caballos al tílburi; ahora se está vistiendo. El conde va a pasar la velada a Cinq-Cygne.
—¿Es entonces un gran personaje?
—Sí, señor, puede estar seguro de ello, pues Gothard, el intendente de Cinq-Cygne, ha venido esta mañana a ver a su cuñado Poupart, y le ha recomendado la mayor discreción en todo lo que se refiere a este señor, y que le sirviera como si se tratara del mismo rey…
«¿Tendrá razón Vinet?, se dijo el subprefecto. ¿Se tratará de alguna conspiración…?».
—Quien ha mandado a Gothard al Mulo ha sido el duque Jorge de Maufrigneuse. Si Poupart ha estado aquí, esta mañana, en la asamblea que se ha celebrado, es porque el conde ha querido que viniera. Si ese señor le dice a Poupart que esta misma noche debe ponerse en camino para París, tenga la seguridad de que no dejará de hacerlo… Gothard le ha dicho que debía ponerse absolutamente a disposición de ese señor, y que procurara alejar de él a los curiosos.
—Si puedes conseguir que Aniceta venga, no dejes de avisármelo… —dijo Antonino.
—Si el señor quiere que vaya a su casa de Val-Preux, puedo verla en Cinq-Cygne.
—Es una buena idea. Puedes aprovechar el coche para ir allí… Pero ¿qué es lo que tienes que decirme del pequeño criado?
—Ese muchacho es un tunante, señor subprefecto. Figúrese usted que, borracho como está, acaba de partir montando el magnífico caballo inglés de su amo, un caballo capaz de correr siete leguas en una hora, para llevar una carta a Troyes a fin de que pueda llegar mañana a París… ¡Y sólo tiene nueve años y medio! ¿Qué será cuando tenga veinte?
El subprefecto escuchó maquinalmente este último comentario administrativo. Y entonces, Julián charló durante unos minutos. Antonino Goulard escuchaba a Julián, mientras pensaba en el desconocido.
—Aguarda —dijo el subprefecto a su criado.
«¡Qué embrollo…! —se decía regresando con paso lento—. Un hombre que cena con el conde de Gondreville y que pasa la noche en Cinq-Cygne… ¡Esto sí que es misterioso!…».
—¿Qué hay? —le preguntaron los del círculo de la señorita Beauvisage en cuanto reapareció.
—Es un conde, y de la más pura cepa, les respondo de ello.
—¡Cómo me gustaría conocerle! —exclamó Cecilia.
—Señorita —dijo Antonino sonriendo, y mirando a la señora Mollot maliciosamente— es un hombre alto y bien parecido, y no usa peluca… Su criadito está tan borracho como las uvas; en la cocina de Gondreville le han abrevado con vino, y ese muchacho de nueve años le ha contestado a Julián, que le ha mencionado la peluca de su amo, con el orgullo de un viejo lacayo: «¡Mi amo una peluca! Si la usara, se la quitaría de un manotazo… Se tiñe el pelo, y con esto ya es bastante».
—Sus anteojos agrandan mucho los objetos —dijo Aquiles Pigoult a la señora Mollot, que se puso a reír.
Finalmente, debo decirles que el tigre del lindo conde, borracho como está, galopa en estos momentos en dirección a Troyes para llevar una carta, y llegará allí, aunque sea de noche, en cinco cuartos de hora.
—Yo querría ver al tigre —dijo Vinet.
—Si ha cenado en Gondreville —dijo Cecilia— no nos será difícil saber quién es ese conde; papá va a ir allí mañana por la mañana.
—Lo que puede parecerles más extraño es que desde Cinq-Cygne acaban de despachar a Aniceta, la doncella de la princesa de Cadignan, para que vaya a ver al desconocido, y que éste va a pasar la noche allí…
—Ése no es un hombre —dijo Olivier Vinet— es un demonio, un ave fénix. Si es amigo de los castillos, es capaz de pocularar.
—Vaya, señor —dijo la señora Mollot— emplea usted unas palabras…
—Pocularar es una palabra puramente latina, señora, respondió con seriedad el sustituto…—. Sería capaz de pocularar con el rey Luis Felipe por la mañana, y banquetear en Holy Rood, por la tarde, con Carlos X. Existe una única razón que permite a un cristiano estar con los dos partidos, con los Capuletos y con los Montescos. Ahora ya sé quién es ese desconocido. Es…
—¿Es?… —interrogaron de todos lados.
—… el director de los ferrocarriles de París a Lyon, o de París a Dijon, o de Montereau a Troyes.
—¡Es verdad! Lo has adivinado —dijo Antonino—. Únicamente la banca, la industria o la especulación pueden ser tan bien acogidas por todos.
—Si, en los momentos presentes, los grandes apellidos, las grandes familias, la antigua y la joven nobleza, se lanzan a paso de carga para entrar a formar parte de las sociedades anónimas —dijo Aquiles Pigoult.
—Los francos atraen a los Francos —comentó Olivier Vinet, sin reírse esta vez.
—No puede decirse de usted que sea el olivo de la paz[3] —dijo la señora Mollot, sonriendo.
—Pero ¿no es desmoralizador ver los apellidos Verneuil, Maufrigneuse, o d’Herouville, realizar, juntos con los du Tillet y Nucingen, operaciones de bolsa?
—Nuestro desconocido debe ser, decididamente, un ferrocarril en ciernes —dijo Olivier Vinet.
—Mañana todo Arcis estará convulsionado —dijo Aquiles Pigoult—. Iré a visitar a ese caballero para tratar de ser el notario del asunto. Por lo menos habrá que redactar un par de miles de actas.
—Nuestra novela se está convirtiendo en una locomotora —dijo tristemente Ernestina a Cecilia.
—Un conde convertido en ferrocarril, realmente no tiene nada de conyugal. Pero ¿es soltero?
—Mañana, por mi abuelo, lo sabré —dijo Cecilia con un entusiasmo burlón.
—¡Qué broma tan divertida! —exclamó la señora Marion, con una risa forzada—. Pero cómo, Cecilia, mi pequeña gata, puedes pensar en el desconocido…
—El marido es siempre un desconocido —dijo rápidamente Olivier Vinet haciendo a la señorita Beauvisage un signo que ésta comprendió maravillosamente.
—¿Y por qué no puedo pensar en él? —preguntó Cecilia—. No creo que tenga nada de comprometedor. Ya que estos señores aseguran que es un gran especulador o un gran señor… Pues a fe mía, que tanto lo uno como lo otro no me disgustarían. ¡Me gusta París! Quiero tener coche, casa propia, un palco en los Italianos, etc.
—¡Esto está bien! —dijo Olivier Vinet—. Cuando uno sueña, no tiene por qué negarse nada. Por otra parte yo, si tuviera el honor de ser su hermano, la casaría a usted con el joven marqués de Cinq-Cygne, que me parece un muchacho alegre, capaz de hacer danzar los escudos y de burlarse de las repugnancias que pueda experimentar su madre hacia los actores del gran drama en el que el padre de nuestro presidente tuvo la desdicha de perder la vida.
—¡Más fácil le sería a usted llegar a primer ministro! —dijo la señora Marion—. ¡Jamás podrá existir una alianza entre la nieta de los Grévin, y los Cinq-Cygne!…
—Romeo logró casarse con Julieta —dijo Aquiles Pigoult—, y la señorita es mucho más hermosa que…
—Ya veo que están ustedes hablando de ópera —dijo ingenuamente Herbelot, el notario, que acababa de terminar su partida de whist.
—Mi colega —dijo Aquiles Pigoult— no está muy fuerte, que digamos, en historia medieval…
—Ven, Malvina —dijo el gordo notario sin contestar a su joven cofrade.
—Diga, señor Antonino —preguntó Cecilia al subprefecto— ha mencionado usted a Aniceta, la doncella de la princesa de Cadignan… ¿Es que la conoce usted?
—No; pero la conoce Julián: es la ahijada de su padre, y se llevan bien.
—Intente, por Julián, conseguirla para nosotros; mamá no repararía en el sueldo…
—Señorita, escucharla equivale a obedecerla, se dice en Asia a los déspotas —replicó el subprefecto—. Para servirla a usted verá como procedo.
Salió para dar orden a Julián de que fuera a buscar a Aniceta al coche que tenía que regresar a Cinq-Cygne, y convencerla a cualquier precio.
En aquel momento, Simón Giguet, que acababa de terminar sus piruetas orales con todos los personajes influyentes de Arcis, y que se consideraba seguro de su elección, fue a unirse al círculo que rodeaba a Cecilia y a la señorita Mollot. La velada estaba ya muy avanzada. Dieron las diez de la noche. Después de haber consumido enormes cantidades de pasteles, de vasos de horchata, de ponche, de limonada y de jarabes variados, los que no habían ido aquella noche a casa de la señora Marion con finalidades políticas, y no estaban acostumbrados a aquellos techos, para ellos aristocráticos, se fueron tanto más rápidamente cuanto que no estaban acostumbrados a acostarse tan tarde. La velada, pues, iba a tomar un carácter íntimo. Simón Giguet esperó poder intercambiar algunas palabras con Cecilia, y la miró en plan de conquistador. Aquella mirada hirió profundamente a Cecilia.
—Amigo mío —dijo Antonino a Simón, viendo brillar en el rostro de éste la aureola del triunfo— llegas en un momento en que las gentes de Arcis cometen un gran error…
—Un enorme error —dijo Ernestina, a quien Cecilia dio un codazo—. Tanto Cecilia como yo, estamos locas por el desconocido; nos lo disputamos.
—En primer lugar, hay que aclarar que no es ya un desconocido —dijo Cecilia—. ¡Es un conde!
—¡Qué farsante! —replicó Simón Giguet, con aire despectivo.
—¿Sería usted capaz de decir tal cosa en la cara de un hombre al que la princesa de Cadignan manda a sus criados, que hoy mismo ha cenado en Gondreville, y que va a pasar la velada a Cinq-Cygne? —dijo Cecilia, amoscada. Aquello fue dicho con un tono tan duro, con tanta rudeza, que Simón quedó desconcertado.
—Señorita —dijo Olivier— si se dijera en la cara todo lo que nos decimos a la espalda, no sería posible la existencia de relaciones sociales. Los placeres de la sociedad, especialmente en provincias, consisten en hablar mal los unos de los otros…
—El señor Simón está celoso de tu entusiasmo por el desconocido conde —dijo Ernestina.
—Me parece que el señor Simón no tiene ningún derecho a sentirse celoso por ninguno de mis sentimientos.
Estas palabras fueron pronunciadas con un acento que fulminó a Simón y Cecilia se levantó; todos le dejaron paso franco y fue a reunirse con su madre, que acababa sus cuentas de la partida de whist.
—¡Pequeña mía! —exclamó la señora Marion corriendo detrás de la heredera—. Me parece que has estado muy dura con mi pobre Simón.
—¿Qué es lo que ha hecho mi querida gatita? —preguntó la señora Beauvisage.
—Mamá, Simón ha abofeteado a mi desconocido con el calificativo de farsante.
Simón siguió a su tía, y llegó al terreno de las mesas de juego. Los cuatro personajes cuyos intereses eran tan importantes, se encontraron entonces reunidos en el centro del salón. Cecilia y su madre, a un lado de la mesa, y la señora Marion y su sobrino, en el otro.
—En verdad, señora —dijo Simón Giguet— debe usted confesar que son ganas de encontrar defectos en alguien, para enfadarse por lo que acabo de decir de un caballero del que habla todo Arcis y que se hospeda en el Mulo…
—¿Es que considera usted que le hace la competencia? —dijo bromeando la señora Beauvisage.
—Estaría verdaderamente indignado con él si fuera la causa de la menor desavenencia entre la señorita Cecilia y yo —dijo el candidato, mirando a la muchacha con aire suplicante.
—Ha estado usted muy decidido al dictar su sentencia, señor, lo que demuestra que el día de mañana podría convertirse en un déspota; pero quizá tenga usted razón, si lo que desea es llegar a ministro, hay que mostrarse duro e inflexible…
En aquel momento la señora Marion tomó a la señora Beauvisage por el brazo y se la llevó hacia un sofá. Cecilia, al verse sola, fue a reunirse con el círculo en que antes había estado, para no tener que escuchar la respuesta que Simón estaba a punto de darle, y el candidato quedó solo, estúpidamente plantado al lado de la mesa, y se puso a jugar maquinalmente con las fichas que había encima de ella.
—Hay fichas de consolación —dijo Olivier Vinet, que seguía de lejos aquella pequeña comedia. Estas palabras, aunque dichas en voz baja, fueron oídas por Cecilia, que no pudo evitar la risa.
—Mi querida amiga —estaba diciendo la señora Marion, en voz baja, a la señora Beauvisage— ya ve usted que, actualmente, nada hay que pueda impedir la elección de mi sobrino.
—Estoy encantada por ello, tanto por vosotros como por la Cámara de los Diputados —dijo Severina.
—Mi sobrino, querida amiga, llegará muy lejos… Y he aquí el porqué: la fortuna de que es ya dueño, la que le dejará su padre, y la mía, producirán unos treinta mil francos de renta… Cuando uno es diputado, y está respaldado por una fortuna como ésta, puede aspirar a todo.
—Señora, puede contar con nuestra admiración, y nuestros mejores deseos le seguirán durante toda su carrera política; pero…
—No le pido a usted una respuesta —dijo rápidamente la señora Marion, interrumpiendo a su amiga—. Le ruego, únicamente, que reflexione sobre esta proposición. ¿Nuestros hijos se convienen? ¿Podemos casarlos? Podríamos vivir en París durante todo el tiempo que durasen las sesiones de la Cámara; y, ¿quién sabe si el diputado por Arcis no tendrá que fijar en la capital su residencia por desempeñar un alto cargo en la magistratura?… Fíjese en la carrera que está haciendo el señor Vinet de Provins. Se criticó a la señorita de Chargeboeuf por haberse casado con él; y ahora es la esposa de un guardasellos, y el señor Vinet será par de Francia cuando lo desee.
—Señora, yo no soy dueña de casar a mi hija a mi gusto. De acuerdo su padre y yo, la dejamos en completa libertad para elegir. Si deseara casarse con el desconocido, siempre que se trate de un hombre honrado, le concederíamos nuestra autorización. Pero, además, Cecilia depende totalmente de su abuelo, que en el contrato de matrimonio le regalará una residencia en París, la residencia Beauséant, comprada hace diez años para nosotros, y que hoy en día puede valer ochocientos mil francos. Es uno de los más hermosos edificios del faubourg Saint-Germain. Y ha destinado doscientos mil francos más para los gastos de mobiliario. Un abuelo que se preocupa de este modo por su nieta, y que obligará a mi suegra a realizar algunos sacrificios económicos más en favor de su nieta con vistas a un matrimonio conveniente, tiene derecho al consejo…
—¡Claro que sí! —dijo la señora Marion, estupefacta por aquella confidencia que hacía aún más difícil el matrimonio de su sobrino con Cecilia.
—Cecilia no podría esperar nada de su abuelo Grévin si contrajera matrimonio sin el consentimiento de éste —prosiguió la señora Beauvisage—. El yerno que mi padre me había escogido acaba de morir; ignoro cuales son sus nuevos proyectos. Si tiene usted alguna proposición que hacer, le ruego vaya a ver a mi padre.
—Iré —dijo la señora Marion.
La señora Beauvisage hizo una seña a Cecilia, y las dos abandonaron el salón.
Al día siguiente, Antonino y Federico Marest se encontraron, siguiendo su costumbre, después de comer, con Martener y Olivier, bajo los tilos de la Avenida de los Suspiros, fumando unos cigarros puros, y paseando. Este paseo constituye uno de los placeres de las autoridades provincianas, cuando viven en armonía.
Después de dar algunas vueltas por el paseo, Simón Giguet fue a reunirse con los paseantes, y se llevó a su camarada de colegio Antonino más allá de la avenida, al lado de la plaza, con aire misterioso:
—Tú debes seguir siendo fiel a un viejo compañero de estudios, que va a conseguir para ti el botón de la Legión de Honor y una prefectura —le dijo.
—Veo que ya has iniciado tu carrera política —dijo Antonino, riendo—. ¿Es que pretendes corromperme, furioso puritano?
—¿Quieres secundarme?
—Querido amigo, sabes perfectamente que Bar-sur-Aube tiene que venir a votar aquí. ¿Quién puede garantizar una mayoría en tales circunstancias? Mi colega de Bar-sur-Aube se quejaría de mí si yo no hiciera los mismos esfuerzos que él en favor del gobierno, y tu promesa está condicionada, mientras que mi destitución es segura.
—Pero yo no tengo competidores.
—Esto es lo que tú crees —dijo Antonino— pero…
—Se presentará alguno, no dudes de ello.
—Y mi tía, sabiendo que estoy sobre ascuas no viene… —exclamó Giguet—. ¡He pasado tres horas que valen por tres años!… —Y dejó escapar su secreto. Confesó a su amigo que la señora Marion había ido a proponerle al viejo Grévin como pretendiente oficial de Cecilia.
Los dos amigos habían llegado hasta la altura de la carretera de Brienne, frente al Hotel del Mulo. Mientras el abogado tenía la vista fija en la pendiente calle por la cual su tía debía venir procedente del puente, el subprefecto examinaba los arroyuelos que las lluvias habían dejado en el suelo de la plaza. Arcis carece de pavimentación, ya que los llanos de la Champaña no proporcionan ninguno de los materiales adecuados para la construcción, y mucho menos adoquines suficientemente grandes para ser empleados en la pavimentación de calles y plazas. Solamente una o dos calles, y algún que otro sitio aislado, están imperfectamente macadamizadas, y no hay que decir el estado en que se hallaban en cuanto caían cuatro gotas. El subprefecto parecía estar preocupado por este importante problema; pero no por eso se le escaparía ninguno de los sufrimientos íntimos que se dibujaban en la faz alterada de su amigo.
En aquel momento, el desconocido regresaba del castillo de Cinq-Cygne, en el que, presumiblemente, había pasado la noche. Goulard decidió resolver personalmente el enigma de que estaba rodeado el desconocido, el cual, físicamente, se había envuelto en aquella clase de gabanes de tamaño reducido que son conocidos con el nombre de paletos, entonces de moda; una manta echada sobre las piernas del desconocido, impedía se pudiera ver nada de su cuerpo; por último, un enorme pasamontañas de cachemira roja le tapaba el rostro, excepto los ojos. El sombrero, colocado picarescamente de lado, nada tenía, no obstante, de ridículo. Jamás misterio alguno fue tan misteriosamente envuelto, ocultado.
—¡Cuidado! —gritó el tigre, que precedía, a caballo, al tílburi—. ¡Señor Poupart! ¡Abra! —gritó con voz aguda.
Acudieron los tres mozos del Mulo, y el tílburi entró en la posada sin que nadie pudiera ver ni un solo rasgo del desconocido. El subprefecto siguió las huellas del tílburi, y se presentó en el dintel de la puerta de la posada.
—Señora Poupart, quiere usted decir al señor… al señor…
—No sé cómo se llama —dijo la hermana de Gothard.
—¡Pues esto está mal! Ya sabe usted que las ordenanzas de policía son muy explícitas, y que el señor Groslier no se anda con chiquitas, como todos los comisarios de policía que no tienen nada que hacer.
—Los posaderos, en tiempos de elecciones, no cometen errores de esta clase —dijo el tigre, que en aquel momento se apeaba del caballo.
«Tengo que repetirle esto a Vinet», se dijo el subprefecto. «Ve a preguntar a tu amo si puede recibir al subprefecto de Arcis». Y Antonino Goulard se reunió con los otros tres paseantes, que se habían detenido al borde de la avenida al ver que el subprefecto se hallaba conversando con el tigre, ilustre ya en Arcis, a causa de su apellido y de sus salidas.
—El señor ruega al señor subprefecto tenga la bondad de subir; estará encantado de recibirle —le comunicó Paraíso al subprefecto, instantes después.
—Muchacho —le dijo Olivier—. ¿Cuánto te paga tu dueño, por tener a su servicio a un chico de tu pelo y de tu ingenio?
—¿Pagar, señor?… ¿Por quién nos toma usted? El señor conde se deja timar… y yo me siento satisfecho.
—Este niño ha ido a una buena escuela —dijo Federico Marest.
—¡A la mejor y más alta escuela de todas, señor procurador del Rey! —replicó Paraíso, dejando a los cinco amigos atónitos por su desfachatez.
—¡Vaya Fígaro! —exclamó Vinet.
—No es cuestión de rebajarnos —replicó el muchacho—. Mi profesor se llama Roberto Macario. Desde que he aprendido a conseguir algún dinero, no carezco de rentas, como Fígaro.
—¿De dónde lo sacas?
—Hay carreras en las que he llegado a ganar mil escudos… sin necesidad de engañar a mi amo, señor…
—¡Muchacho sublime! —dijo Vinet—. Conoce las carreras de caballos.
—Y a todos los gentlemen riders —dijo el muchacho, sacándole la lengua a Vinet.
—Los caminos del Paraíso llevan muy lejos… —dijo Federico Marest.
Acompañado por el dueño de la posada, Antonino Goulard encontró al desconocido en la habitación convertida en su sala de estar, y se vio bajo la mirada de un monóculo sostenido de la manera más impertinente.
—Señor —dijo Antonio Goulard con algo de altanería— acabo de enterarme, por la mujer del posadero, de que se niega usted a acatar lo dispuesto en las ordenanzas de policía, y como estoy convencido de que es usted persona distinguida, he querido venir personalmente…
—¿Se apellida usted Goulard? —preguntó el desconocido con voz nasal.
—Sí, soy el subprefecto, señor… —respondió Antonino Goulard.
—¿Su padre de usted no pertenecía al partido de los Simeuse?…
—Yo, señor, pertenezco al partido del gobierno; ya ve como cambian los tiempos.
—¿No tiene usted un criado llamado Julián, que intenta llevarse a la doncella de la princesa de Cadignan?…
—Caballero, no permito que nadie me hable de esta forma —dijo Goulard—. No sabe usted con quién está hablando…
—Y usted pretende saber con quién lo está haciendo —respondió el desconocido—. Me voy a dar a conocer… En el libro registro del posadero pueden poner los siguientes datos: Impertinente… Procedente de París… Preguntón… Edad dudosa… Viaja por placer… Sería esto una verdadera y beneficiosa innovación en Francia, ya que creo ha llegado el momento de imitar a Inglaterra en su método de dejar que la gente vaya y venga a su antojo, o según le apetezca, sin importunarla, sin exigir continuamente documentación… Carezco de pasaporte ¿qué es lo que piensa hacer conmigo?
—El señor procurador del rey está ahí abajo, en la avenida… —dijo el subprefecto.
—El señor Marest… Le ruego le salude de mi parte…
—Pero ¿quién es usted?
—Lo que usted quiera que sea, mi estimado señor Goulard —dijo el desconocido— ya que es a usted a quien le corresponde decidir qué es lo que debo ser en este distrito. Deme usted un buen consejo sobre quién debo ser. Tenga, lea esto. Y el desconocido alargó al subprefecto una carta, concebida en los siguientes términos:
PREFECTURA DEL AUBE
(Despacho)
»Señor subprefecto:
«Se pondrá usted de acuerdo con el portador de la presente para las elecciones de Arcis, y accederá a todo cuanto le pida. Le notifico que deberá usted guardar la más estricta discreción, y tratarle de acuerdo con los merecimientos de su posición».
Esta carta estaba escrita y firmada por el prefecto.
—Ha estado usted hablando en prosa sin saberlo —dijo el desconocido, volviendo a tomar la carta.
Antonino Goulard, que ya estaba algo impresionado por el aire aristocrático y los modales de aquel personaje, se volvió respetuoso.
—¿Y cómo, señor? —preguntó el subprefecto.
—Al querer convencer a Aniceta… Ha venido a contarnos las tentativas de corrupción de Julián, al que podríamos calificar de Julián el Apóstata, ya que ha sido vencido por el joven Paraíso, mi tigre, y ha terminado por confesar que usted pretendía hacer entrar a Aniceta al servicio de la casa más rica de Arcis. Y como la casa más rica de Arcis es la de Beauvisage, no he dudado ni un solo momento de que era la señorita Cecilia la que pensaba disfrutar de este tesoro.
—Sí, señor, así es…
—Pues bien, mañana mismo, Aniceta entrará al servicio de los Beauvisage.
Lanzó un silbido. Paraíso se presentó con tal rapidez que el desconocido le dijo:
—¡Estabas escuchando!
—Muy a pesar mío, señor conde; ¡las puertas son tan delgadas!… Si el señor conde lo desea, me trasladaré a otra habitación del piso de arriba…
—No, puedes escuchar libremente, estás en tu derecho. Es a mí a quien corresponde hablar bajo cuando no quiero que te enteres de mis cosas… Vas a regresar a Cinq-Cygne y entregarás a Aniceta, de mi parte, esta moneda de veinte francos… Julián creerá haberla convencido. Esta moneda de oro significa que puede seguir a Julián —dijo el desconocido volviéndose hacia Goulard—. Aniceta podrá ser útil para el triunfo de nuestro candidato.
—¿Aniceta?…
—Hace ya treinta y dos años, señor subprefecto, que las doncellas me sirven… Tuve la primera aventura con una de ellas a los trece años, exactamente igual que el Regente, el bisabuelo de nuestro rey… ¿Conoce usted la fortuna de esa señorita de Beauvisage?…
—Es imposible conocerla con exactitud, ya que ayer mismo, en casa de la señora Marion, la señora Severina dijo que el señor Grévin, el abuelo de Cecilia, entregaría a su nieta la residencia Beauséant y doscientos mil francos en dinero, en concepto de regalo de bodas…
Los ojos del desconocido no revelaron sorpresa alguna; aparentaba considerar aquella fortuna muy mediocre.
—¿Conoce usted bien Arcis? —preguntó a Goulard.
—Soy el subprefecto del distrito, y además he nacido aquí.
—Pues bien, ¿cómo podríamos evitar la curiosidad de la gente?
—Pues, satisfaciéndola. Que el señor conde inscriba su nombre de pila en el registro, y debajo ponga su título.
—Muy bien: el conde Máximo…
—Y si el señor quiere adoptar la profesión de administrador de los ferrocarriles, todo Arcis estará contento al poderse entretener, durante quince días, con esta pista falsa.
—No, prefiero la profesión de ingeniero de canales, es menos vulgar… He venido para revalorizar las tierras de la Champaña. Ésta será, mi querido señor Goulard, una buena razón para hacerme invitar por usted a su casa, junto con los Beauvisage, mañana… tengo necesidad de estudiarlos.
—Me sentiré sumamente honrado en recibirle en mi casa —dijo el subprefecto—, pero debo pedirle indulgencia por la pobreza de mi morada…
—Si tengo el éxito que espero en el asunto de las elecciones de Arcis en la medida de los deseos de aquéllos que me mandan aquí, tenga usted la seguridad, mi querido amigo, de que será usted nombrado prefecto, —dijo el desconocido—. Mire, lea usted —dijo tendiendo a Antonino otras dos cartas.
—Está bien, señor conde —dijo Goulard devolviéndoselas una vez que las hubo leído.
—Recoja usted todos los votos de que pueda disponer el ministerio, y sobre todo, que nadie se dé cuenta de que estamos actuando juntos. Soy un ingeniero interesado en inversiones, y me importan un comino las elecciones…
—Voy a mandarle a usted al comisario de policía para que le obligue a inscribirse en el registro de Poupart.
—Es una buena idea… Adiós señor. ¡Qué país! —exclamó el conde en voz alta—. No se puede dar un solo paso sin que todos, incluso el subprefecto, os siga las pisadas.
—Tendrá usted que entendérselas con el comisario de policía, señor, —exclamó, también en voz alta, Antonino.
Al cabo de veinte minutos se comentaba ya, en casa de la señora Mollot, una violenta discusión que había tenido lugar entre el subprefecto y el desconocido.
—¿De qué madera es la rama que ha caído en nuestro fuego? —preguntó Olivier Vinet a Goulard, cuando éste regresó del Hotel del Mulo.
—Es un tal conde Máximo, que ha venido para estudiar el sistema geológico de la Champaña, con la intención de hallar por aquí recursos minerales —respondió el subprefecto, con aire despreocupado.
—Espera reunir capitales en la comarca… —dijo Martener.
—Dudo mucho de que nuestros realistas den algo para la explotación de esas minas —respondió Olivier Vinet, sonriendo.
—¿Qué presume usted, dado el aspecto y los gestos de la señora Marion? —preguntó el subprefecto, cortando la conversación, y señalando a Simón y a su tía, que estaban conferenciando.
Simón se había adelantado al encuentro de su tía, y conversaba con ella en medio de la plaza.
—Pues creo que si hubiese sido aceptado bastaría con una palabra para hacérselo saber —replicó el sustituto.
—¿Y qué? —preguntaron a la vez los dos funcionarios a Simón, que venía bajo los tilos.
—Pues que mi tía tiene buenas esperanzas. La señora Beauvisage y el viejo Grévin, que se disponía a partir para Gondreville, no se han mostrado sorprendidos lo más mínimo por nuestra petición; se ha hablado de las respectivas fortunas, y han querido dejar a Cecilia enteramente libre para que realice la elección. Por último, la señora Beauvisage ha dicho que, en lo que a ella respecta, no pondría objeción alguna a una alianza con la cual se sentiría muy honrada, pero que, no obstante, subordinaba su contestación definitiva a mi nombramiento, y tal vez a mi primera intervención en la Cámara. El viejo Grévin ha hablado de consultar con el conde de Gondreville, sin el consejo del cual jamás adopta una decisión importante.
—Esto quiere decir, mi viejo amigo, que jamás te casarás con Cecilia —dijo claramente Goulard.
—¿Por qué? —preguntó irónicamente Giguet.
—Mi querido amigo, la señora Beauvisage acostumbra a pasar, con su hija y su marido, cuatro veladas por semana en el salón de tu tía; tu tía es la mujer más relevante de Arcis; aunque existan veinte años de diferencia entre ella y la señora Beauvisage, es objeto de su envidia, y ¿no la crees capaz de envolver en fórmulas adecuadas y correctas una negativa?…
—No decir ni sí ni no —añadió Vinet— es decir que no, especialmente teniendo en cuenta las relaciones existentes entre vuestras dos familias. Si la señorita Beauvisage es la fortuna más importante de Arcis, la señora Marion es la persona que goza de mayor consideración en la localidad; ya que con la excepción de la esposa de nuestro presidente, que no sale nunca de casa ni ve a nadie, es la única que puede y sabe mantener un salón; ella es la reina de Arcis. Parece como si la señora Beauvisage deseara emplear las más finas formas de negativa, esto es todo.
—Tengo la impresión de que el viejo Grévin se ha burlado de tu tía, amigo mío —dijo Federico Marest.
—Ayer mismo estuviste atacando al conde Gondreville, tú mismo le has ofendido gravemente, ya que Aquiles Pigolut tuvo que defenderle valerosamente. ¡Y ahora pretende consultarle sobre tu matrimonio con Cecilia!…
—Es imposible ser más solapado que el anciano abuelo Grévin —dijo Vinet.
—La señora Beauvisage es ambiciosa —respondió Goulard— y sabe muy bien que su hija puede contar con dos millones; aspira a ser la madre política de un ministro o de un embajador, para poder destacar en la sociedad de París.
—¿Por qué no? —dijo Simón Giguet.
—Te deseo muy sinceramente llegues a alcanzar estos cargos —respondió el subprefecto mirando al sustituto, tras lo cual se echó a reír en cuanto estuvieron algo alejados—. ¡Pero, ni tan siquiera será diputado! —dijo a Olivier—. El ministerio ha tomado cartas en el asunto. En tu casa encontrarás una carta de tu padre en la que te insta a asegurarte de las personas de tu oficina cuyos votos pertenecen al ministerio, va en ello tu ascenso, y te recomienda el máximo de discreción.
—¿Por quién deberán votar nuestros ujieres, nuestros escribanos, nuestros jueces de paz y nuestros notarios? —preguntó el sustituto.
—Por el candidato que yo te indicaré.
—Pero ¿cómo sabes que mi padre me ha escrito, y lo que me ha escrito?…
—Por medio del desconocido…
—¡El hombre de las minas!
—Amigo Vinet, como no debemos tener tratos con él, sigamos tratándole como a un forastero… De paso para aquí, ha estado con tu padre, en Provins. Inmediatamente que he estado frente a él, el tal personaje me ha saludado dándome a leer una nota del prefecto, en la que me dice que debo seguir, en todo y por todo, en lo concerniente a las elecciones de Arcis, las instrucciones que me dé el conde Máximo. No podía dejar de tener que librar una batalla, lo sabía muy bien. Vamos a comer juntos, y emplazaremos nuestras baterías: para ti, se trata de convertirte en procurador del rey en Mantes, y para mí, de ser prefecto. No debe parecer que nos mezclamos en las elecciones, ya que nos encontramos entre el yunque y el martillo. Simón es el candidato de un partido que pretende derribar el actual ministerio, y que puede conseguirlo; pero para personas tan inteligentes como nosotros, sólo hay un partido…
—¿Cuál?
—El de los que hacen y deshacen los ministerios… Y la carta que me ha enseñado es de uno de estos personajes que son compañeros inseparables del pensamiento inmutable.
Antes de seguir adelante, es necesario explicar quién era aquel ingeniero de canales o de minas, y qué era lo que había ido a hacer en la Champaña.
Aproximadamente unos dos meses antes del triunfo de Simón Giguet como candidato, a las once, en una casa del faubourg Saint-Honoré, en el momento en que se iba a servir el té en casa de la señora marquesa d’Espard, el caballero d’Espard, su cuñado, decía, dejando la taza y mirando al grupo de personas reunidas junto a la chimenea:
—¿No os parece que Máximo estaba muy triste esta tarde?…
—Hay que reconocer que su tristeza es bastante justificable —respondió Rastignac—. Ha cumplido ya los cuarenta y ocho años, a esa edad ya no se tienen amigos; y después de haber enterrado a Marsay, Máximo ha perdido al único hombre capaz de comprenderle, de servirle, y de servirse de él…
—Sin duda debe de tener deudas apremiantes, ¿no podrías hacer algo para aliviar su situación? —dijo la marquesa de Rastignac.
Por aquellos días, Rastignac era, por segunda vez, ministro, y hacía poco que había sido nombrado conde, casi a su pesar; su suegro, el barón de Nucingen, había sido nombrado par de Francia; su hermano era obispo; el conde de la Roche-Hugon, su cuñado, era embajador, y estaba considerado como indispensable en las futuras combinaciones ministeriales.
—Siempre te olvidas, mi querida marquesa —respondió Rastignac— de que nuestro gobierno únicamente cambia el dinero por oro; se desentiende totalmente del valor de los hombres.
—¿Es que Máximo es hombre capaz de saltarse la tapa de los sesos? —preguntó du Tillet.
—¡Ah!, ya veo que lo que tú quieres es que todos mis acreedores queden tranquilos de una vez —respondió al banquero el conde Máximo de Trailles, del que todos creían que se había marchado ya.
Y el conde se levantó, como una aparición, del fondo de un sillón colocado detrás del que ocupaba el caballero d’Espard. Todos se rieron.
—¿Quieres una taza de té? —le dijo la joven condesa de Rastignac, a la que la marquesa había rogado hiciera los honores de la casa en su lugar.
—La acepto encantado —respondió el conde, yéndose a situar delante de la chimenea.
Aquel hombre, el príncipe de los maleantes de París, se había podido mantener hasta entonces en la posición elevada que ocupan los dandies en la sociedad, conocidos en aquellas fechas por guantes amarillos, y más tarde, por leones. Consideramos inútil explicar la historia de su juventud, llena de aventuras galantes y marcada por la participación en dramas horribles en los cuales siempre había sabido guardar las conveniencias. Para aquel hombre, las mujeres no fueron jamás otra cosa que un medio, y no creía ni en sus penas, ni en sus placeres; las consideraba, como el difunto Marsay, unas niñas mal criadas. Después de haberse comido su propia fortuna, había devorado la de una mujer célebre, conocida por la Bella Holandesa, madre de la famosa Ester Gobseck. Después, había sido la desgracia de la señora de Restaud, la hermana de la señora Delfina de Nucingen, madre de la joven condesa de Rastignac.
La sociedad de París ofrece a un observador curiosidades casi inimaginables. La baronesa de Nucingen estaba en aquellos momentos en el salón de la señora d’Espard, ante el autor de todos los males y desventuras de su hermana, ante un asesino que había matado la felicidad de una mujer. He aquí por qué, sin duda, la señora de Nucingen había comido en casa de la marquesa con su hija, casada desde hacía un año con el conde de Rastignac, que había iniciado su carrera política ocupando el cargo de subsecretario de Estado en el célebre ministerio Marsay, el único estadista que ha producido la Revolución de Julio.
Únicamente el conde Máximo de Trailles conocía la gran cantidad de desastres que había cometido y los males que había causado; pero siempre había quedado al margen de cualquier crítica, obedeciendo siempre las leyes del Código-Hombre. Aunque hubiese disipado durante su vida cantidades más elevadas de las que podían ser capaces de robar todos los ladrones de Francia en el mismo período, la justicia se había mostrado respetuosa con él. Nunca había dejado de cumplir con el honor, y pagaba escrupulosamente sus deudas de juego. Jugador excelente, compartía las mesas de juego con los más grandes señores y embajadores. Cenaba en casa de todos los miembros del cuerpo diplomático. Tenía desafíos, y en su vida había matado a dos o tres hombres, o por mejor decir, les había casi asesinado, pues tenía una habilidad y una sangre fría sin par. Ningún joven le igualaba en el vestir, ni en la distinción de sus modales, ni en la elegancia de sus frases, ni en su desenvoltura, en lo que en otra época se calificaba de tener aires de grandeza. En su calidad de paje del Emperador, formado desde los doce años en los ejercicios de equitación, era considerado como uno de los mejores jinetes de París. Siempre había tenido no menos de cinco caballos en sus cuadras, los hacía correr en las carreras, y dominaba siempre la moda. En fin, en un banquete de gente joven no había quien bebiera más que él, y terminaba fresco, dispuesto a volver a empezar, como si la orgía y el desenfreno fueran sus elementos. Máximo, uno de aquellos hombres despreciables, que saben dominar el desprecio que producen por la insolencia de su actitud y el miedo que causan, no abusaba jamás de su situación. De esto procedía su fuerza. Las personas fuertes son siempre sus propios críticos.
Bajo la Restauración había sabido explotar convenientemente su puesto de paje del Emperador; atribuía a sus pretendidas opiniones bonapartistas la repulsión que había hallado en los diferentes ministerios cuando solicitó servir a los Borbones; ya que, a pesar de sus amistades, de su cuna, y de su peligrosa capacidad, nada pudo conseguir, y entró a formar parte del grupo de conspiradores sordos bajo cuya acción sucumbió la rama primogénita de los Borbones. Máximo formó parte de una asociación iniciada, en un principio, con finalidades de diversión (véase Los Trece), y que, insensiblemente, fue adoptando finalidades políticas, irnos cinco años antes de la Revolución de Julio. Cuando la rama colateral se puso en marcha, precedida por el pueblo, contra la rama primogénita, y se hubo sentado en el Trono, Máximo volvió a explotar su lealtad a Napoleón, del que parecía acordarse como de su primer amor. Prestó entonces grandes servicios, que le hubiera sido extremadamente embarazoso reconocer, ya que le gustaba ser espléndidamente pagado por personas que sabían mucho de cuentas. A la primera negativa, Máximo se puso en estado de guerra, amenazando con revelar detalles desagradables, ya que las dinastías que empiezan tienen, como los niños, muchas manchas en sus vestidos.
Durante su ministerio, De Marsay reparó los errores de aquéllos que no habían querido o sabido reconocer la utilidad del personaje que nos ocupa; le encargó de misiones secretas para las cuales son precisas conciencias batidas por el martillo de la necesidad, una habilidad que no retroceda ante nada, impudicia y, sobre todo, sangre fría, ese aplomo, ese golpe de vista que constituye la característica más destacada de los bravi de la política. Tales instrumentos son, a la vez, raros y necesarios. Por cálculo, De Marsay ancló a Máximo de Trailles en los mares de la más distinguida sociedad; lo describía como un hombre madurado por las pasiones, instruido por la experiencia, que conocía las cosas y los hombres, al que los viajes y una cierta facultad de observación habían dado amplios conocimientos de los asuntos europeos, de los gabinetes extranjeros y de las alianzas de todas las familias del continente. De Marsay convenció a Máximo de la necesidad de proporcionarse un honor que le fuera propio; le enseñó la discreción, menos como una virtud que como una especulación; le demostró que el poder jamás abandonaría a un instrumento suyo, sólido, seguro, elegante y educado.
—En política, sólo se puede hacer cantar una vez —le dijo, reprendiéndole por haber amenazado a alguien.
Máximo era hombre capaz de sondear hasta el fondo la profundidad de aquellas palabras.
Una vez fallecido De Marsay, el conde Máximo de Trailles había vuelto a su vida anterior. Iba a jugar todos los años a los balnearios más famosos, y regresaba a París para pasar el invierno; pero si bien recibía algunas cantidades importantes, procedentes de las profundidades de ciertas cajas extremadamente avaras, aquella media paga, concedida a un hombre intrépido al que se podía utilizar de un momento a otro, y que era confidente de todos los misterios de la contra-diplomacia, era a todas luces insuficiente para las disipaciones de una vida tan espléndida como pudiera serlo la del rey de los dandies, del tirano de la moda de cuatro o cinco clubs de París. Por ello, el conde Máximo experimentaba muy frecuentemente intensa inquietud sobre su situación financiera. Al no ser propietario, no le había sido posible consolidar su posición haciéndose elegir diputado; y además, como sus funciones no eran ostensibles, le había sido imposible ponerle el puñal en la garganta a ningún ministerio para conseguir el nombramiento de par de Francia. Y veía que el tiempo iba transcurriendo, y que éste había ido gastando su persona a la vez que su disipación gastaba su dinero. A pesar de su bello exterior, se conocía perfectamente, y no se engañaba a sí mismo; pensaba poner fin a todo aquello, y casarse.
Hombre inteligente, no abusaba de su reputación; sabía perfectamente que era falaz. No habría para él ninguna mujer perteneciente a la alta sociedad ni a la alta burguesía de París; hubiese sido necesario un prodigio de habilidad, de bondad aparente o de servicios prestados para hacerse soportar por cualquier familia respetable, ya que todo el mundo deseaba su caída, y cualquier paso dado en falso podía ser su perdición. Una vez enviado a la cárcel de Clichy o al extranjero, por alguna letra de cambio impagada, se hundiría en el precipicio en cuyo fondo tantas osamentas políticas hay, sin tener ni la posibilidad de darse consuelo unas a otras. En aquellos precisos momentos ya creía estar percibiendo los crujidos de cierta parte de esa bóveda amenazada de ruina que las deudas elevan por encima de las cabezas parisinas. Había permitido, incluso, que la preocupación apareciera en su frente, y acababa de renunciar a una invitación para jugar en casa de la señora d’Espard, había estado conversando con mujeres dando pruebas de distracción, y había terminado por quedarse absorto y mudo en el sillón del que acababa de levantarse como el espectro de Banquo. El conde Máximo de Trailles se sintió blanco de todas las miradas, directas o indirectas, colocado como estaba ante el centro de la chimenea, iluminado por los fuegos cruzados de dos candelabros. Las pocas palabras que se habían dicho sobre él, le habían obligado, en cierto modo, a actuar con altivez, y se comportaba como hombre inteligente y audaz que era, sin arrogancia, pero con apariencia de estar por encima de toda sospecha.
Un pintor no habría podido escoger mejor momento para captar el aspecto verdadero de aquel hombre extraordinario. ¿No es necesario estar dotado de facultades extraordinarias para desempeñar tan extraño papel, para haber estado seduciendo mujeres durante treinta años, para estar decidido a emplear únicamente sus dotes en una esfera escondida, excitando a un pueblo a la revolución, sorprendiendo los secretos de una política artera, no triunfando más que en los reservados y los despachos? ¿No existe algo de grandioso en este ascender a las más altas cimas de la política, y volver a caer, con indiferencia, en el vacío de una vida frívola? ¿Qué hombre, sino éste, hubiese podido resistir las alternativas del juego, los rápidos virajes de la política, manteniendo la elegancia y la corrección en la sociedad y la disipación de los necesarios galanteos? Que hizo de su memoria una biblioteca entera de artimañas y mentiras. ¡Quién hubiera podido encubrir tantas ideas dispares, tantos manejos inconfesables, bajo una impenetrable elegancia de modales! Si el viento del favor hubiese soplado en sus velas siempre izadas, si el azar de las circunstancias hubiese estado al lado de Máximo, hubiese sido un Mazarino, un mariscal de Richelieu, un Potemkin, o quizá, con más propiedad, un Lauzun sin Pignerol.
Al conde, aunque de estatura bastante alta y de constitución más bien delgada, le estaba engordando la barriga, pero la llevaba majestuosamente, según expresión de Brillat-Savarin. Sus vestidos estaban, por otra parte, tan bien hechos que conservaba en toda su persona un cierto aspecto juvenil, algo de ágil, de desenvuelto, debido probablemente a realizar ejercicios físicos, a practicar frecuentemente la esgrima, a montar a caballo, y a ir de caza. Máximo poseía todos los encantos y la nobleza física de la aristocracia, realzado todo ello por su aire de superioridad. Su rostro, alargado y borbónico, estaba encuadrado por unas patillas y por una barba en forma de collar, cuidadosamente cortada y rizada, lo mismo que el cabello, todo ello de un negro de jade. Este color se obtenía merced a un cosmético indio muy caro, empleado en Persia, y sobre el cual Máximo guardaba el más profundo secreto.
Engañaba así a todos sobre las canas que, desde hacía ya bastante tiempo, poblaban su cabeza. La característica de aquella tintura, de la cual se sirven los persas para teñir sus barbas, es que evita los rasgos excesivamente duros de un rostro; puede matizarse añadiendo más o menos cantidad de índigo, y armonizarse con el color de la tez. Sin duda era esta operación la que había visto llevar a término la señora Mollot; pero la broma de intentar averiguar qué era lo que ésta había visto, duró todavía varias semanas.
Máximo tenía una hermosa frente, los ojos azules, una boca agradable, y el mentón bien formado; pero el contorno de los ojos estaba cubierto de numerosas líneas finas, como si hubiesen sido marcadas por una navaja, perceptibles solamente desde cierta distancia. En las sienes tenía líneas similares. Los ojos, como los de todos los jugadores que se han pasado innumerables noches bajo la luz artificial, estaban cubiertos como por un baluarte; pero, aunque debilitada, no por ello dejaba de ser su mirada terrible, asustaba. Se notaba detrás de ella un ardor amortecido, una lava de pasiones imperfectamente apagadas. Aquellos labios, otrora frescos y rojos, tenían igualmente tonos fríos; ya no aparecían como una línea recta, ahora se inclinaban hacia la derecha. Tal sinuosidad parecía indicar la presencia de la mentira. El vicio había hundido aquellos labios, pero los dientes se conservaban hermosos y blancos.
Toda aquella marchitez desaparecía en el conjunto de su fisonomía y de su persona. Las formas seguían siendo tan seductoras que ningún hombre joven podía competir con él, montando a caballo por el bosque de Bolonia, ya que se mostraba más joven y más ágil que el más joven y más ágil de los demás. Aquel privilegio de juventud eterna fue característica de algunos hombres de su tiempo.
El conde era tanto más peligroso, cuanto parecía flexible, indolente, y no dejaba entrever el espantoso poder de acción que poseía. Aquella impresionante indiferencia, que le permitía secundar una sedición popular con la misma habilidad con que podía intervenir en una intriga cortesana, para poder reafirmar la autoridad de un príncipe, tenía una cierta gracia, un cierto encanto. Nunca se desconfía, en Francia, de la calma, de la indolencia; estamos acostumbrados a ver mucho ajetreo por las cosas más mínimas.
Vestido según la moda de 1839, el conde llevaba un traje negro, un chaleco de cachemira azul oscuro bordado con florecillas de un azul más claro, pantalón negro, calcetines de seda gris y zapatos relucientes. Su reloj, guardado en uno de los bolsillos del chaleco, estaba unido a uno de los ojales por una elegante cadena.
—Rastignac —dijo aceptando la taza de té que la hermosa señora de Rastignac le tendía—, ¿quieres venir conmigo a la embajada de Austria?
—Amigo mío, todavía hace poco tiempo que estoy casado como para no desear quedarme con mi mujer.
—¿Quieres decir que más tarde?… —dijo la joven condesa, volviéndose y mirando a su marido.
—Más tarde puede ser el fin del mundo —respondió Máximo—. Pero ¿no es una manera muy linda de hacerme ganar mi pleito, dándome a la señora por juez?
El conde, con gesto gracioso, atrajo a la linda condesa a su lado; le escuchó ella unas palabras, miró a su madre, y enfrentándose con Rastignac le dijo: «Si quieres ir con el señor de Trailles a la embajada, mi madre puede acompañarme».
Instantes más tarde, la baronesa de Nucingen y la condesa de Rastignac salían juntas. Máximo y Rastignac descendieron también muy poco después, y cuando estuvieron ambos sentados en el coche del barón, el recién casado dijo:
—¿Qué es lo que quieres de mí, Máximo? ¿Qué sucede para que me arrastres por los pelos? ¿Qué es lo que le has dicho a mi mujer?
—Que tenía necesidad de hablar contigo —respondió el señor de Trailles—. ¡Tú, sí que eres feliz! Has terminado por casarte con la única heredera de los millones de Nucingen, y la verdad es que te la has ganado limpiamente… después de veinte años de trabajos forzados.
—¡Máximo!
—Pero yo estoy en evidencia ante todo el mundo —continuó diciendo sin tener en cuenta la interrupción—. Soy un miserable, un du Tillet se atreve a preguntar si tendría el valor de suicidarme. Es hora ya de tomar una decisión. ¿Pretenden o no deshacerse de mí? Tú puedes saberlo, tú lo sabrás —dijo Máximo haciendo un gesto para imponer silencio a Rastignac—. He aquí mi plan, escúchalo. Ahora te toca a ti prestarme un servicio, pues yo ya te los he prestado a ti, y puedo prestarte todavía algunos más. La vida que llevo me aburre, y deseo buscarme un retiro. Te ruego me secundes en la consecución de un matrimonio que me proporcione medio millón: una vez casado, nómbrame ministro plenipotenciario en cualquier república miserable de Centroamérica. Permaneceré en dicho cargo todo el tiempo que sea preciso para legitimar un cargo similar en Alemania. Si es que valgo para algo, sacarán provecho de mí, si no valgo para nada, me darán las gracias. Tal vez para entonces tenga ya algún hijo y sea severo con él: su madre será rica, haré de él un diplomático, y es posible que llegue a embajador.
—He aquí mi respuesta —dijo Rastignac—. Hay una lucha, mucho más intensa de lo que el vulgo cree, entre las posibilidades de un niño de pañales y un muchacho. La fuerza en mantillas es la Cámara de los Diputados, la cual, sin estar contenida por una cámara hereditaria…
—¡Cómo se ve que tú eres par de Francia!
—En mi situación actual ¿no crees que podría serlo en cualquier régimen?… —dijo el par de nuevo cuño—. Pero no me interrumpas, estoy pensando en ti, en todo este pastel. Llegará un momento, como nos decía De Marsay, en que la Cámara será el único gobierno existente en el país, y ya sabes que éste fue el único hombre capaz de salvar a Francia en cuanto gobierno, ya que los pueblos no mueren jamás, son libres o esclavos, y se limitan a esto. La potencia, muchacho, es la realeza coronada en el mes de agosto de 1830. El ministerio actual está ya vencido, ha disuelto la Cámara, y quiere celebrar nuevas elecciones para que el ministerio que siga no tenga que realizarlas; pero no tiene confianza alguna en la victoria. Si resultara victorioso en las elecciones, la dinastía estaría en peligro; mientras que, si el ministerio es derrotado, el partido dinástico podrá luchar, con ventaja, durante cierto tiempo. Los errores de la Cámara aprovecharán a una voluntad que, desgraciadamente, lo es todo en política. Cuando se consigue serlo todo, como le sucedió a Napoleón, se ve llegar el momento en el que es necesario buscar una continuación, y como se ha tenido buen cuidado de ir apartando a las verdaderas personalidades, el que está arriba no puede ya encontrar ningún sustituto. El sustituto es lo que ahora se llama un gabinete, y en Francia no hay ninguno, y sí únicamente una serie de opiniones transitorias. En Francia, únicamente los gobernantes cometen errores, la oposición no puede cometerlos, puede perder tantas batallas como entable, y le basta, como a los Aliados de 1814, con vencer una sola vez. En fin, que con sólo tres gloriosas jornadas puede derribarlo todo. Así pues, no es lo mismo considerarse como heredero del poder que detentarlo. Por mis opiniones personales pertenezco a la aristocracia, y por mis opiniones políticas a la realeza de Julio. La casa de Orleans me ha servido para rehacer la fortuna de la mía, y le seré leal para siempre jamás.
—El jamás de Talleyrand, bien entendido —dijo Máximo.
—En estos momentos nada puedo hacer en tu favor —prosiguió Rastignac—; en los próximos seis meses no tendremos el poder. Sí, estos seis meses van a constituir una verdadera agonía, lo sabía; conocemos nuestra suerte. Pero si en medio de la batalla electoral puedes distinguirte con una acción brillante, si puedes conseguir un solo voto, un solo diputado fiel a la causa dinástica, tu deseo será realizado. Puedo mencionar tus buenos deseos y tu disposición, puedo procurarte el conocimiento de todos los documentos secretos, de todos los informes confidenciales, y encontrar en ellos alguna tarea difícil. Si tienes éxito, insistiré sobre tus cualidades, tus dotes, tu lealtad, y reclamaré para ti una recompensa. Tu matrimonio sólo podrás realizarlo, mi querido amigo, en una familia de industriales ambiciosos y en provincias. En París eres demasiado conocido. Se trata, pues, de encontrar a un millonario, a un nuevo rico que tenga una hija y que sienta comezón de pasearse por el parque de las Tullerías.
—Por favor, haz que tu padre político me preste veinticinco mil francos para que pueda esperar la llegada del momento; él mismo se interesará en que no me paguen solamente con agua bendita de la corte, y colaborará a mi matrimonio.
—Eres listo, Máximo, estás desconfiando de mí. Pero a mí me gustan las personas de ingenio, y voy a ocuparme de tu asunto.
Habían llegado. El barón de Rastignac vio, en el salón, al ministro del Interior y se dirigió a hablar con él en un rincón. El conde Máximo de Trailles estaba ocupado, en apariencia, en dar conversación a la anciana condesa de Listomère; pero, en realidad, estaba pendiente del curso de la que estaban sosteniendo los dos pares de Francia; vigilaba sus gestos, interpretaba sus miradas, y terminó por captar una ojeada, que le pareció favorable, que el ministro le dirigió.
Máximo y Rastignac salieron juntos a la una de la madrugada, y antes de que cada uno de ellos subiera a su coche respectivo, en los peldaños de la escalera, Rastignac dijo a de Trailles:
—Cuando se acerquen las elecciones, ven a verme. De aquí a entonces ya me habré informado del lugar en que la oposición tiene nuevas probabilidades y qué recursos pueden allegar dos inteligencias como las nuestras.
—Lo que urge, ahora, son los veinticinco mil francos —le respondió Máximo de Trailles.
—De acuerdo, pero, de momento, escóndete.
Cincuenta días más tarde, una mañana, antes de salir el sol, el conde de Trailles fue misteriosamente a la calle Bourbon en un coche de alquiler. A la puerta de la magnífica residencia que el barón Nucingen había comprado para su yerno, despidió el fiacre, comprobó si había sido seguido, y después esperó, en una salita, a que Rastignac se levantara de la cama. Minutos después, el ayuda de cámara introducía a Máximo en el despacho del hombre de Estado.
—Mi querido amigo —le dijo el ministro— puedo comunicarte un secreto que será divulgado dentro de dos días por todos los periódicos, pero que, de momento, puede resultarte provechoso. Aquel pobre Carlos Keller, que tan bien bailaba la mazurka, ha muerto en África, cuando era nuestro candidato en el distrito de Arcis. Esta muerte deja un vacío. Aquí tienes la copia de dos informes, uno del subprefecto, y otro del comisario de policía, que avisan al ministro de que la elección de nuestro infortunado amigo podía encontrar serias dificultades. En el del comisario de policía encontrarás multitud de datos interesantes sobre la situación en la localidad, que creo serán suficientes para un hombre como tú, ya que la ambición del rival del pobre finado Keller proviene de su deseo de contraer matrimonio con una rica heredera… A un tan buen entendedor como tú, esto debe bastar. Las Cinq-Cygne, la princesa de Cadignan y Jorge de Maufrigneuse están a dos pasos de Arcis; en caso de necesidad, podrás hacer entrar en el juego los votos legitimistas… De modo que…
—No te canses más —dijo Máximo—. ¿Continúa en Arcis el comisario de policía?
—Sí.
—Escríbeme una carta para él.
—Mi querido amigo —dijo Rastignac entregando todo un voluminoso dossier a Máximo— aquí encontrarás dos cartas para Gondreville. Has sido paje, él ha sido senador, ya me entiendes lo que quiero decir. La señora Keller es una beata y aquí hay también una carta para ella de la mariscala de Carigliano. La mariscala se ha pasado al partido dinástico, te recomienda entusiásticamente y, por otra parte, podrás entrevistarte con ella. Sólo tengo que añadir una cosa: desconfía del subprefecto, al que considero capaz de intentar hallar en ese Simón Giguet un punto de apoyo cerca del ex Presidente del Consejo. Si necesitas más cartas, poderes o recomendaciones, escríbeme.
—¿Y los veinticinco mil francos? —preguntó Máximo.
—Firma esta letra de cambio a la orden de du Tillet; aquí tienes el dinero.
—Conseguiré lo que pretendemos —dijo el conde— y ya puedes desde ahora prometer a Palacio que el diputado de Arcis le será devoto en cuerpo y alma. Si fracaso, podéis abandonarme a mi suerte.
Una hora más tarde, Máximo de Trailles corría en tílburi por la carretera de Troyes.