Del lado del infiel

Los puentes de Madison, una de las historias de amor que más han conmovido a lectores y espectadores, es también una historia de infidelidad. Esta novela de Robert James Waller fue llevada al cine por Clint Eastwood, quien la protagonizó junto a Meryl Streep.

El relato de la película transcurre en dos épocas, ya que va todo el tiempo del presente al pasado, y cuenta la historia de amor de Francesca y Robert. De un modo resumido, ésta es la historia.

Francesca ha muerto y sus hijos se encuentran con que ella ha dejado por escrito su voluntad de ser cremada y de que sus cenizas sean esparcidas sobre el Puente Roseman, uno de los puentes techados de Madison.

Los hijos no entienden el porqué de este pedido, ya que su padre, fallecido hace algunos años, se encargó en su momento de comprar dos tumbas contiguas para que ambos descansaran juntos por toda la eternidad.

Cuando el abogado los reúne para hacerles entrega de las cosas de su madre, entre sus pertenencias encuentran una llave que abre una caja dentro de la cual hay tres diarios dirigidos a ellos, en los que Francesca les cuenta el porqué de esta decisión.

Resulta ser que ella era una mujer que vivía en el campo y llevaba una existencia aburrida y monótona junto a su marido y sus dos hijos. Hasta que en cierta ocasión los tres llevan un toro a competir en una feria ganadera a un pueblo cercano y Francesca se queda sola por cuatro días.

En esa circunstancia conoce a un desconocido, un fotógrafo de la National Geographic que ha recorrido el mundo y ha llegado hasta la región con la intención de fotografiar los puentes techados de Madison. Le pregunta por el puente Roseman y, como ella no logra explicarle con claridad cómo llegar se ofrece a acompañarlo. Y allí comienza esta historia de amor.

Francesca era italiana, nacida en la ciudad de Bari. Robert le dice que conoce Bari, porque cierta vez el tren en el que viajaba se detuvo en esa estación y, como le pareció tan bella, sintió curiosidad por conocer cómo era esa ciudad, de modo que modificó sus planes y bajó allí para poder recorrerla.

Ella piensa que eso de bajarse de un tren, en un lugar cualquiera, sólo porque resulta atractivo, es algo que jamás se atrevería a hacer y, ante cada nuevo relato, se va deslumbrando por la personalidad de Robert.

Al otro día, muy movilizada por el encuentro, va en su coche hasta el puente al que sabía que él iba a fotografiar y le deja una nota invitándolo a cenar. Esa noche se hacen amantes y ambos sienten que jamás podrán volver a amar de esa manera. No podría ser de otro modo estando en el momento inicial del enamoramiento. Pero mejor dejemos los comentarios para después y sigamos con la historia.

Robert se queda esos días con ella y, cuando se acerca el momento del regreso de su familia, le pide a Francesca que deje todo para irse con él. Ella acepta, prepara las valijas, y todo parece estar dispuesto para que escapen juntos. Pero esa noche, mientras cenan, Robert la mira y comprende que ella no va a dejar a su familia. Intenta convencerla, pero ella le dice que no puede hacerles eso a su marido y a sus hijos.

Antes de despedirse, Francesca le hace el amor, le obsequia un recuerdo familiar, una cadenita que era muy importante para ella y se despiden. Pero él, que no se resigna, se queda un par de días más en el pueblo, esperando que ella cambie de opinión.

El esposo y los hijos regresan y la vida parece retomar su rumbo habitual para todos… menos para ella. En medio de esta historia, en las vueltas al tiempo presente, el director nos muestra cómo los hijos, que se van enterando de todo a medida que leen el diario, pasan de la indignación a la incredulidad, de la decepción a la comprensión y del enojo a la fascinación. Porque esta mamá que había llevado una vida oscura y rutinaria en el fondo escondía una pasión sublime.

Seguramente la escena más recordada de la película sea la famosa «escena de la camioneta».

Francesca va junto a su esposo al pueblo a comprar algunas provisiones. Llueve y es un día oscuro y triste. En un momento ella ve venir la camioneta de Robert y comprende que él se está yendo. El semáforo los detiene y su vehículo queda justo delante del de Francesca y su esposo. Ella lo mira, enamorada, angustiada y, en ese momento, él cuelga algo del espejo retrovisor. Es la cadenita que ella le regaló.

El semáforo se pone en verde, los segundos pasan, pero él no arranca. La está esperando. Le está rogando que se decida. Por un instante Francesca siente un impulso y toma la manija de la puerta para abrirla y correr hacia él. Pero duda. Y cuando está casi decidida, su marido hace sonar la bocina exigiéndole a Robert que arranque y vuelve a Francesca a la realidad. Sus ojos se encuentran por última vez en el espejo retrovisor de Robert, y él arranca, da la vuelta y se va de su vida para siempre.

Ella no puede contenerse y llora desesperadamente, ante la mirada atónita de su esposo que no entiende nada de lo que está ocurriendo.

A partir del relato de sus diarios íntimos, los hijos se enteran de que luego de la muerte de su esposo, ocurrida más de veinte años después, Francesca intentó localizarlo, pero no tuvo éxito. Hasta que un día le llegó una encomienda. Junto a esa caja había una carta que le comunicaba que Robert había muerto y que le había dejado todas sus pertenencias. Además, había pedido que su cuerpo fuera cremado y sus cenizas tiradas sobre el puente Roseman.

El diario de Francesca termina con la siguiente frase: «Le dediqué mi vida a mi familia, quiero dedicarle a él lo que quede de mí».

Al terminar de leer, los hermanos se miran emocionados después de haberse enterado de la historia de amor de su madre, se sonríen y brindan en honor a esta mamá que desconocieron toda la vida y resuelven cumplir con su deseo.

La película es ciertamente emotiva, pero desde el punto de vista psicológico diría que es una historia casi siniestra. Porque no es más que la vida de una mujer que tuvo sólo cuatro días de pasión y que luego esperó a morirse durante cuarenta años para que sus cenizas se unieran con las del hombre que había amado y al cual no vio nunca más.

Esto que le ocurrió a Francesca es una enfermedad que se llama Melancolía, y sobre la que no voy a explayarme porque también escapa a la intención de este libro, pero quiero plantear que el afecto melancólico sumerge al sujeto en un estado enfermo y sufriente.

Que alguien durante cuarenta años lo único que espere sea morirse para ser cremado y que sus cenizas se unan a las de una persona que vio solamente cuatro días hace ya casi medio siglo, no podemos decir que sea una buena vida.

Pero la película nos plantea además el tema de la infidelidad como algo que no es en sí mismo ni bueno ni malo. Porque ocurre que cuando los espectadores ven la escena de la camioneta que acabamos de describir, todos están rogando para que ella se baje y se vaya con el otro, para que abandone a su esposo y a sus hijos y se juegue por su historia de amor.

Sin embargo, no creo que esa actitud sea el fruto de una toma de partido en favor de la infidelidad, sino que es el resultado de haber estado en presencia de una verdadera pasión, del deseo, de eso que la protagonista, Francesca, había descubierto en su contacto con Robert y que era lo único importante que, como mujer, le había pasado en la vida. Y cuando digo como mujer, lo hago para marcar una separación de roles, porque como madre también le habían pasado cosas muy fuertes. Esos dos hijos eran fundamentales para ella, y también lo era su esposo. Un buen hombre al que quería y respetaba y al que cuidó hasta el último de sus días en su lecho de muerte.

Francesca es una buena mujer, su esposo y Robert dos buenos hombres, y tal vez por eso la película muestre que el tema de la infidelidad es más complejo de lo que comúnmente se piensa y que no siempre se puede poner a los buenos de un lado y a los malos del otro.

Amor e infidelidad

De todo lo que hemos venido exponiendo surge con claridad cómo la infidelidad pone el acento sobre el amor y el deseo como dos afectos que, aunque comúnmente pensamos que van de la mano, tienen profundas diferencias. Y es que se trata de emociones complejas y, como tales, tienen su origen en la infancia.

No hay amores más serios que los que se tienen de niños. Los adultos tenemos la costumbre de minimizar los afectos infantiles sin darnos cuenta de que son tal vez más fuertes, más importantes, tienen menos filtro que los afectos de un adulto.

Retomo la frase de Discépolo: «Si yo pudiera como ayer querer sin presentir». Los adultos presienten. Cuando se enamoran, ya saben que se puede terminar, que los pueden engañar, que ellos también pueden hacerlo, que el deseo puede desaparecer y sobre todo saben algo que es fatal para la idea romántica del amor, y que es el hecho de haber comprobado que de amor, si no se está loco, no se muere nadie. Situación encarnada en la frase que, dos o tres años después, dice alguien que creía que iba a morir de amor: «yo no entiendo cómo pude haber sufrido tanto por una persona así».

Infidelidad e infancia

Viendo la importancia que las vivencias infantiles tendrán sobre estos temas, recuerdo a un paciente al que le costaba mucho creer en las mujeres. Cada relación era un padecimiento, porque todo el tiempo tenía la sensación de que iba a ser engañado. Y no se trataba de un celoso. Por el contrario, era un hombre muy seguro de sí mismo, exitoso, atractivo, pero sin embargo no podía evitar eso que él llamaba un presentimiento.

Entonces le dije que tal vez lo que él tenía no era un presentimiento de algo que podía ocurrirle en el futuro, sino un recuerdo olvidado de algo que le había ocurrido en el pasado.

Estábamos trabajando sobre este tema cuando vino a una sesión conmovido, lleno de asombro y muy avergonzado. Le pregunté qué le había ocurrido y me dijo que había ido a una reunión que se había hecho en el colegio en donde cursó sus estudios primarios. Era el aniversario del establecimiento y, aunque no era un hombre que hacía un culto de la nostalgia, tuvo ganas de ir y pasar un rato.

Pues bien, sucede que mientras hablaba con algunas de las personas que habían concurrido a la fiesta le pregunta a una mujer, que no había sido compañera suya, si era del barrio. Y ella le dijo que sí, que vivía en tal lugar, enfrente de un taller mecánico y que su padre tenía un negocio que se dedicaba a la venta de muebles.

Mi paciente se puso blanco y le preguntó: «Entonces ¿vos sos Claudia?» Ella le respondió que sí y él, sin poder retener una inexplicable y repentina angustia, le dijo que ella había sido la causante de que él no hubiera podido confiar nunca en ninguna mujer en su vida.

La señora no entendía nada y él le recordó quién era, cosa que ella recordó no sin cierta dificultad. Y le dijo que cuando tenían cinco años ambos eran novios hasta que un día, cuando salió a hacer un mandado, la encontró dándole la mano a otro chico del barrio.

En ese momento, mi paciente recordó que no pudo llegar al almacén, que volvió corriendo a su casa y se encerró en su cuarto a llorar y que después de ese hecho no recordaba nada más de su infancia hasta los catorce años.

Al contarme esto él estaba avergonzado por el momento que le había hecho pasar a una mujer de cuarenta y cinco años por algo que había hecho a los cinco y de lo cual ella no recordaba nada. Pero para él había sido un momento traumático, algo tremendo y, justamente, en la edad más importante por ser la que corresponde al momento cúlmine de lo que llamamos Complejo de Edipo.

Desde ese suceso en adelante, la idea que a él le había quedado inconscientemente era que el amor siempre conduciría al engaño y al dolor y por eso sus relaciones eran poco comprometidas o sufrientes. Casi podríamos decir que su vida emocional había quedado marcada por el registro de la infidelidad.

Intuyo que muchos seguirán pensando que se trata de un hecho menor, pero déjenme decirles que en pocas etapas de la vida, el amor, el abandono, la soledad y el engaño se viven con tanta potencia y con tan poca posibilidad de defenderse de la angustia como en la infancia.

Hace poco tiempo una mujer me hablaba de su hijo, un chico que invadido por toda la cuestión de la sexualidad infantil, que es tan fuerte, se pasaba todo el día espiando por la ventana a la vecinita que tanto le gustaba, y que cuando llegaba la hora de ir al colegio se ponía nervioso porque la iba a ver. Me dijo también, que el chico estuvo durante casi seis meses llevando en su bolsillo un alfajor que nunca se animo a regalarle. El hijo sufría y ella, sonriente, como si fuera una tontería me decía: «No sabés… lleva el alfajor y lo trae de vuelta… y se encierra, y llora… pobrecito». Ella no comprendía la potencia afectiva de lo que le estaba pasando a su hijo.

El chico sufría mucho. Y es comprensible que así fuera, porque estaba enamorado y el amor, como dijimos, coloca a alguien en una situación de peligro. Pues bien, lo mismo podemos decir del deseo. Porque el que desea se encuentra movilizado a ir imperiosamente en busca del objeto que origina este deseo y, movido por esa fuerza que lo atraviesa, es capaz de correr riesgos.

Hay quienes buscan la tranquilidad intentando convencerse de que ese amor o el deseo durarán toda la vida. Pero ya hemos dicho que en estos asuntos no hay certezas posibles.

Al comenzar este libro hablamos de Oscar Wilde, de su libro El retrato de Dorian Gray y recuerdo un párrafo más, que me gustaría citar.

Luego de una conversación acerca del amor que tiene con lord Henry, Dorian se encuentra intranquilo, siente que lo que dice ese hombre es cierto pero que le abre las puertas de un mundo oscuro y lleno de dudas. En este estado algo angustioso lo mira y lord Henry, que parece percibir los pensamientos de su nuevo amigo, le pregunta: «¿Se alegra de haberme conocido, señor Gray?» y Dorian le responde: «Sí, ahora sí, pero me pregunto si me alegraré siempre».

«Siempre.»

Una terrible palabra que pone de manifiesto la búsqueda vana de una certeza imposible, o la repetición dolorosa de una elección enferma. Sin embargo, son muchas las personas que echan a perder todas sus historias de amor intentando que duren para siempre.

Comprendo que es casi inevitable que este deseo surja en el comienzo de una relación. Conocemos a alguien y empezamos el juego de la seducción, sacamos nuestras mejores joyas, tratamos de ser más inteligentes de lo que somos y más comprensivos de lo que podremos ser dentro de un tiempo.

En ese jugueteo mostramos lo mejor que tenemos para intentar convencer al otro de que nada mejor le puede pasar en la vida que estar con nosotros. Y en ocasiones lo logramos, aunque a veces el engaño dure poco. Porque consciente o inconscientemente prometemos dar lo que no tenemos y luego, más tarde o más temprano, se revelará la impostura.

Hay quienes se confiesan poco interesados en esta idea de tener una pareja para siempre; quienes sostienen que viven el momento porque «total ¿quién les quita lo bailado?» Lo dicen la primera vez, lo dicen la segunda vez, lo dicen la tercera vez, pero a la cuarta protestan: «No me llamaste en toda la semana».

Pero ¿en qué momento sus códigos empezaron a cambiar? ¿Cuándo pasaron de ese estado relajado del que no espera demasiado a esa angustia ansiosa que sólo se calma con la aparición del otro?

En el momento en el que entraron en juego otras cuestiones que van más allá de la seducción y de la ansiedad por concretar el deseo. En el momento en el que surge la necesidad de ser amado y ser reconocido como alguien especial.

Porque mientras que el deseo surge de un modo intermitente y busca la satisfacción inmediata, la reducción de la tensión que genera, el amor, en cambio, anhela la permanencia en el tiempo. Entonces ya no ocurre como con el puro deseo erótico que, una vez satisfecho, permite la ausencia del otro hasta que vuelva a surgir el ansia de reencuentro. Por el contrario, aquí es necesaria la presencia del amado, ahora, después y, si fuera posible, toda la vida.

¿Y cómo se entrecruza, entonces, el tema de la infidelidad con los del amor y el deseo?

La infidelidad sorprende

La infidelidad es un hecho inesperado, vivido generalmente como algo extraño, como si el infiel hubiera quebrantado un modo natural de relacionarse y la persona que ha sido traicionada no llega a comprender los motivos del engaño y busca una explicación que, de todos modos, no va a servir para que entienda, ni para aliviar su dolor. Pero ocurre que lo que a veces nos cuesta entender es que la fidelidad no es un acto natural sino el producto de una decisión. Decisión que, generalmente, se sostiene con gran esfuerzo.

Pienso en lo que ocurre cuando abrimos una canilla. ¿Cuándo nos sorprendemos y preguntamos qué pasó? Seguramente, cuando el agua no sale. Porque nos hemos acostumbrado tanto a que siempre brote agua al abrir la canilla que nos parece natural que así sea, cuando es mucho más difícil que el agua aparezca a que no lo haga, ya que basta con que algo obstruya la cañería para que el paso se interrumpa. En cambio, para que todo funcione bien, hay que traer el agua desde los depósitos que están muy lejos, a kilómetros de distancia a veces, lograr que venza la fuerza de gravedad con la ayuda de motores, depositarla en tanques desde los que otras cañerías la harán bajar, que se detenga a la espera de que decidamos girar la llave de la canilla y recién allí aparecer en nuestra cocina. Sin embargo, repito, nos asombra cuando esto no sucede.

Algo parecido ocurre con la infidelidad. La percibimos como algo extraño, un hecho que nos sorprende, sin pensar que es mucho más difícil ser fiel que no serlo. Porque la fidelidad debe enfrentarse a la fuerza del deseo que, como dijimos, no se detiene por más que estemos enamorados, y el amante fiel le presenta una batalla cotidiana a sus tentaciones en pos de algo que considera mejor para él.

Un momento doloroso

La primera sensación por la que atraviesa la persona que ha sufrido una infidelidad es, entonces, la sorpresa. Pero inmediatamente se siente desgarrada, víctima de un gran dolor. Evidentemente hay algo del propio narcisismo que ha sido herido, algo de su autoestima lastimada, porque esa persona que anhelaba ser todo para el otro se da cuenta de que no es así; de que esa ilusión de hacer de dos uno que genera el amor mostró su quiebre.

Dijimos ya que la ilusión del amor es encontrar a alguien que de algún modo nos complete, nos haga sentir que estamos cuidados, protegidos, que somos deseados, y no está mal que así sea. Pero lo que la infidelidad viene a mostrar es que eso era sólo una ilusión y el enamorado no solamente se siente dolido sino también desconcertado. No encuentra el motivo por el cual le ocurrió esto, porque no es fácil entender que, muchas veces, el único motivo es la existencia de un deseo que no se satisface nunca.

Muchas personas tienen la teoría de que cuando alguien es infiel eso indica que algo le faltaba en su casa, razón por la cual fue a buscar afuera lo que no encontraba en su pareja.

Creo entender en esa explicación un razonamiento que actúa como mecanismo de defensa ante la angustia que genera el hecho de que nadie puede garantizarse la fidelidad del otro. Creer que alguien lo hizo porque no estaba bien abre la puerta a la esperanza. «Bueno —piensan— pero eso a mí no me va a pasar porque en mi pareja todo está bien, conmigo no le falta nada», cuando la verdad es que a todos, siempre, nos falta algo.

¿Se puede amar y ser infiel?

Ésta es una pregunta que aparecía de un modo recurrente cada vez que en alguno de aquellos encuentros ha salido el tema. Y he podido comprobar que la mayoría de las personas tiende a creer que cuando alguien engaña es porque ha dejado de amar; y me permito pensar que esto no es necesariamente así. Por supuesto puede darse el hecho de que alguien haya perdido el interés por su pareja, que ya no quiera estar a su lado y busque otra relación que le brinde satisfacción o que le dé el empujón, la fuerza que necesita para separarse y que no tiene estando solo. Pero muchas veces no es esto lo que ocurre.

En muchos casos, por el contrario, la persona no desea terminar la relación que tiene con su pareja, la ama, teme que se entere porque quiere la vida que tiene junto a ella y no la cambiaría por su amante, pese a lo cual le es infiel. Digo esto aun sabiendo que no caerá bien en aquellas personas que se aferran a esperanzas vanas.

Recuerdo a una paciente cuya vida era una constante espera. Vivía expectante, como quien mira un fruto que cuelga en lo alto de un árbol y no se quiere mover de ahí porque cree que, cuando caiga, será suyo.

«Se va a separar —me decía— si hace más de un año que está conmigo; me mima, me llama todos los días, obvio que se va a separar, si no no me llamaría, no me querría ver. Si estuviera tan bien en su casa, no estaría conmigo.»

Pero su amante nunca se separó, y a ella le costó mucho hacerse a la idea de que esto iba a ser así y que lo que tenía que decidir era si podía ser feliz de esta manera o si rompía la relación. Una relación que le daba mucho, pero no lo que ella esperaba.

El amor no garantiza la fidelidad

Utilizo este ejemplo porque creo que esta idea de que alguien es infiel porque dejó de amar es algo que hay que pensar seriamente. Les aseguro que son muchas las personas que aun estando muy enamoradas de su pareja han sido infieles. Porque el amor no trae por añadidura la fidelidad. Eso forma parte de la individualidad de cada quien, de su subjetividad, de su modo de vivir la vida. Y esto es un punto nodal a la hora de ver cómo se sigue después, sobre todo si esa pareja quiere reintentar luego de una infidelidad; pero ya llegaremos a ese punto.

Antes, me gustaría remarcar lo que hemos venido planteando acerca de que el amor suele generar la falsa idea de que el enamorado encadena su deseo de manera permanente al ser amado, cuando lo cierto es que el deseo no se deja apresar y continúa su recorrido por muy enamorado que alguien esté. Pero esta idea está tan arraigada que se hace necesario, entonces, encontrar siempre un problema como causa desencadenante de la infidelidad, pasando por alto que lo problemático es la naturaleza misma del deseo.

Hemos hablado ya de los celos y la posesión y de cómo estos afectos interactúan en alguien cuando se enamora. Por eso es habitual notar el carácter posesivo o celoso que a veces toma el amor; cómo alguien desea que su pareja le pertenezca, que no mire a nadie más, que ningún otro la toque, y esto hace que esa persona vea en la posibilidad de una infidelidad una amenaza que lo angustia. Entonces, para protegerse, desarrolla esta idea de que el amor excluye al engaño y cree que si es amada, entonces puede quedarse tranquila. Porque cree en ese mandato natural: el que ama no traiciona.

Pero ya dijimos que en el amor no hay nada de natural y que las relaciones humanas son construcciones. Y en esas construcciones la cultura en la que se vive también tiene influencia en cómo se viven e interpretan estas cosas.

Me permito una pequeña digresión.

Hace poco tiempo salió en los diarios la noticia de un hombre que vivía con cuatro o cinco hermanas, y era el marido de todas ellas. Vivían juntos en la misma casa y el hombre decidía con cuál de las mujeres estaba según el día y sus deseos. Y los periodistas azorados intentaban meterse dentro de esa «minicultura» que habían armado. Hablaban con ellos e intentaban mostrar desde una perspectiva externa esta relación que les parecía tan extraña y que para esta familia, sin embargo, era de lo más natural.

Les preguntaban a las hermanas cómo se llevaban, y ellas les respondían que muy bien, que él dormía un día con una, otro con otra, que una lavaba, la otra cocinaba, la tercera cuidaba los chicos y que se sentían muy bien.

Ninguna de esas mujeres veía un acto de infidelidad cuando ese hombre pasaba de una cama a la otra, cosa que probablemente sí habrían sentido si iba en busca de una amante por fuera de este pacto tan particular.

Me apresuro a decir que no estoy juzgando la situación, sino simplemente poniendo un ejemplo de un formato diferente de relación.

Algunas religiones, por ejemplo, le permiten a un hombre tener dos mujeres, otras un harem con cincuenta o cien, pero ¿por qué cien y no todas? Porque aun en esos formatos culturales todo no se puede, y siempre habrá una norma que ponga un límite y le diga que puede estar con una mujer, con dos, con cien, pero no con todas. En el ápice de ese límite aparece la prohibición del incesto, eso que establece que algunas personas nos están totalmente prohibidas.

En nuestra cultura esa prohibición abarca a los padres, los hermanos, los hijos y los abuelos, por ejemplo, ya que como decía un paciente, con mucha gracia, en la vida de todo hombre ha habido siempre alguna prima.

Pero volviendo a nuestro tema, decíamos que suele haber un anhelo de posesión que es bastante común que se genere en una pareja. Dos personas se conocen, se gustan, esto los estimula y alimenta su deseo hasta que se produce la concreción y entonces aparece esta desesperación por detener el momento.

Esto ocurre en nuestra cultura, pero como vimos hay posibilidades de que una pareja se maneje con códigos diferentes de los habituales.

La infidelidad, ¿siempre implica una mentira?

Cada pareja acuerda, explícita o tácitamente, las reglas con las que se quiere manejar. Hay acuerdos que son sanos y otros que son enfermos, que generan padecimiento en alguno de los dos, o en ambos, como veremos en el próximo capítulo. Y muchas veces, dentro de una pareja se pacta que cada quien tiene derecho a manejar su deseo con libertad.

Sé que puede sonar un poco fuerte, pero si es un pacto entre adultos, si ninguno de los dos sufre por esto, a esa pareja en particular ese acuerdo le funciona bien. Hay quienes quieren enterarse, otros en cambio, prefieren ignorarlo.

Recuerdo el caso de una mujer, esposa de un viajante, que me contó que al principio sufría mucho cada vez que su marido se iba, que se torturaba pensando en que pudiera estar con otra mujer, pero que hacía ya un tiempo había logrado tranquilizarse.

«Sólo quiero que me cuide, que no se ría de mí y me respete, que si hace algo lo haga con inteligencia, para que ni yo ni nadie más se entere y salga lastimado.» Así lo planteaba ella.

Otra paciente, hablando del tema de la infidelidad, me dijo en un tono parecido, aunque más audaz, lo siguiente: «Yo no puedo pedirle que no desee a nadie más, porque yo también deseo a otras personas. Pero me encargo de que nunca lo sepa. Jamás le faltaría el respeto, nunca estaría con un amigo, ni con el vecino, ni con alguien del trabajo con quien después él pudiera encontrarse si me acompaña a alguna reunión. Ni loca lo expondría a que estuviera delante de un hombre con el que yo me he acostado; eso sería una falta de respeto. Puedo desear a otros hombres, pero eso no. Nadie con quien él se vaya a cruzar o de lo que pudiera enterarse. Nunca. Porque lo que hago tiene que ver con mi deseo. No es algo en contra de él. Porque yo lo amo y, entonces, lo tengo que cuidar».

Observemos qué interesante es su razonamiento, y respetable desde mi punto de vista, que lo miro como analista y no emito un juicio de carácter moral sobre el tema. Ella no quiere dañar a nadie, aunque éste es un riesgo que corre y debe admitir. Simplemente se permite algunas cosas con su deseo. ¿Esto está bien, está mal? No me corresponde responder a esa pregunta. Excepto en casos extremos, como el abuso o la violencia, por ejemplo, no es la función de un analista hacer juicios de valor.

Pero entonces, ¿cuál es la posición que debe tomar el analista en estos casos?

Supongamos que una paciente cuenta en sesión que ha engañado a su esposo y nos dice que se siente mal, que su marido no se merece lo que ella le hizo, que puso en riesgo a su familia y que está desbordada por la angustia y el sentimiento de culpa.

Allí se abre un espacio para el trabajo analítico, una puerta para interrogar el porqué de su actitud, del riesgo que decidió correr, de su angustia actual y de esa sensación de culpa.

Pero si, en cambio, esa paciente dijera que se siente muy bien, que lo pasó genial, que su esposo no se va a enterar nunca porque lo hizo con mucha discreción y que no siente culpa alguna. En ese caso, la infidelidad no es tema de análisis. Que siga hablando de eso o de otras cosas, hasta que aparezca algún tema que la convoque a un punto angustioso.

Ésa es la característica del análisis y lo que hace que sea, como dijo Lacan, «una terapéutica que no es como las demás». Porque no mira y juzga los síntomas desde afuera, sino que escucha cuáles de sus actitudes lastiman a ese paciente en particular.

Es en ese sentido en el que decía que los acuerdos entre adultos, en tanto que no lastimen a nadie y sean decididos con libertad, son respetables.

Alguno podrá no estar de acuerdo con ellos, decir que no le gustan, que eso a él no lo convence. Perfecto, está en su derecho. Eso quiere decir que es un acuerdo que él no haría, lo cual no quita que sí lo pueda elegir otra persona.

Dijimos en el capítulo anterior que el amor y el deseo no son la misma cosa. Porque el amor se regocija en el vínculo, en la permanencia, en tanto que el deseo se comporta siguiendo a un impulso que, una vez satisfecho, desaparece para volver a aparecer después con la misma persona o con otra.

Hay una película llamada Bleu, que pertenece a la trilogía: Bleu - Blanc - Rouge, del director polaco Krzysztof Kieslowski, en la que se juega una situación muy interesante.

La protagonista es una mujer que ha enviudado y hay un hombre que siempre la amó y que está a su lado en ese momento difícil, en el que se descubre además, que el esposo muerto la engañaba con una mujer que está embarazada de él.

Toda la estética de la película está teñida de azul, de allí su nombre. Pero lo que quiero remarcar es una escena en particular en la que ella que, como toda mujer, es un verdadero enigma para el hombre que la ama, lo llama y se da el siguiente diálogo:

—¿Usted me quiere? —le pregunta ella.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho.

—Bueno, si quiere tenerme, venga ahora.

—Sí, enseguida.

Esto es lo que tiene el deseo. Venga ahora. Porque el deseo es premura y por eso ella le dice que vaya ya. Y este hombre enamorado obedece y va. Está lloviendo y llega todo mojado. Entonces ella le dice:

—Sáquese eso —y él obedece—. Lo otro también —le exige.

Y, como el hombre está nervioso, asustado y demora mucho, se desviste ella primero.

Decíamos que el amor se parece a la hipnosis, y aquí eso se ve claramente, en esa obediencia impensada que él tiene con esa mujer.

Pero bueno, la noche pasa y a la mañana siguiente, cuando todo termina, ella se viste y le dice:

—¿Sabe? Yo soy una mujer como todas. Tengo caries, toso, me va a olvidar, quédese tranquilo… Ah, no se olvide de cerrar la puerta antes de salir.

Y se va.

He ahí la diferencia entre quien se relaciona desde el amor y el que lo hace desde el lugar del deseo. Pero como sus reglas son diferentes, sucede entonces que el juego puede volverse peligroso, porque en algún momento uno de los dos va a sufrir.

Hay quien se relaciona con alguien que está en pareja, por ejemplo, y dice que el problema no es suyo ya que está solo y no traiciona a nadie, que el problema es del otro y que se haga cargo, entonces.

Pero puede ocurrir que esta persona se enamore de quien le proponía solamente pasarlo bien con las reglas del deseo, y entonces aparecen los problemas, porque debe desprenderse de una relación que empieza a lastimarla, o aparecen los conflictos, los reclamos, o la persona que está en pareja teme que todo salga a la luz y no sabe cómo cortar ese vínculo.

Mariano, el paciente de Historias de diván, me decía que él le había avisado cuál era su situación a su amante, que ella lo había aceptado y que entonces no entendía por qué ahora le venía con todos esos reclamos.

Lo que él no entendía es que muchas veces alguien acepta una situación pensando en que va a poder manejarla, hasta que se le va de las manos y comprende, entonces, una verdad dolorosa: que no somos una unidad íntegra e inmutable y que lo que nos hizo feliz en el pasado puede transformarse en el infierno de nuestro presente

«Ella lo aceptó», decía Mariano. Yo me pregunto si eso era cierto. Si esa persona que aceptó cuando tenía cinco años menos, cuando no estaba enamorada, cuando sólo quería pasar un buen rato, es la misma que hoy sufre y reclama porque ya no le alcanza con ser la amante elegida por un hombre infiel.

Entonces ¿ser infiel es algo que se elige?

Dijimos que la fidelidad es una elección personal y con esa idea introdujimos algo del orden de la libertad de cada sujeto ya sea para ser fiel o para no serlo. Pero me gustaría decir que la libertad total de elección es algo que no existe en ninguna persona, que toda elección está condicionada desde algún lugar.

Cuando una paciente, por ejemplo, habla y dice que su pareja hace tal o cual cosa y tiene tal o cual actitud, y nosotros al escucharlo le decimos: «Ah, cómo su papá, ¿no?». Es allí donde ella cae en la cuenta de algo que a lo mejor no había percibido y toma conciencia del porqué de una elección de pareja que parecía haber tomado libremente pero que, sin embargo, estuvo condicionada por su historia, por sus modelos de pareja, de hombre, de familia.

Pero en realidad, cuando señalamos estas cosas, lo hacemos para que el paciente entienda algo de la manera en particular en la que se relaciona, en la que desea e incluso en la forma en la que sufre. No para inhabilitar este modo, excepto que esté adherido al sufrimiento. Porque todos elegimos de acuerdo a algún modelo que tiene que ver con lo que ha sido nuestra primera infancia y cómo se constituyeron nuestras relaciones, ya sea que estemos a favor o en contra de esos modelos.

Es decir que alguien puede decir que le gusta tener una pareja que sea de tal o cual forma, porque eso es lo que vivió o, por el contrario, elegir una pareja totalmente diferente de la de sus padres. Pero siempre, más o menos, para un lado o para el otro, todos tenemos inconscientemente algo que condiciona nuestras elecciones. Y el tema de la infidelidad no escapa a esto.

«¿Qué querés? —me decía un paciente—. Si yo aprendí a relacionarme así. Mi padre, toda la vida la humilló a mi madre, la maltrataba, por eso yo no soporto los gritos y soy incapaz de ofender a mi mujer.»

Pero resultaba ser que le era infiel de un modo sistemático, con mujeres que le gustaban mucho menos que ella, pero no podía evitarlo, era algo casi compulsivo. Y, en análisis, llegó a la conclusión de que la infidelidad era una manera en la que estaba repitiendo esa humillación del hombre hacia la mujer.

No digo que siempre que alguien engaña a su pareja la esté humillando, pero este hombre lo vivía de esa manera.

¿Elegía la infidelidad? Sí y no. Porque, como dijimos, no hay una manera de elegir que sea totalmente pura, porque toda persona deviene de una construcción en la que intervienen factores históricos, sociales y culturales. Nadie surge de la nada. Todo hombre se ha criado en algún lugar y a partir de ahí ha desarrollado una manera de sentir, una conducta y una forma de vérselas con su deseo.

¿Le quita eso responsabilidad sobre sus actos?

De ningún modo. Un hombre, decía Freud, es responsable hasta de lo que sueña.

¿Se puede volver de una infidelidad?

Generalmente sufrir una infidelidad genera un enorme dolor. La sensación de que algo se ha roto es inevitable y el valor y la confianza en uno mismo se ve menoscabado. El engaño produce una herida Narcisista y eso deja secuelas, porque esas heridas jamás se curan totalmente. Con lo cual quiero decir que esa persona tendrá que aprender a convivir con el hecho de no haber podido ser todo para el otro.

Pero en estas condiciones, ¿puede reintentarse una pareja después de una infidelidad?

Y hay que decir que como cada sujeto es único, hay parejas que pueden reconstruirse después de un arduo trabajo y hay otras que no pueden ni siquiera intentarlo y se separan. Pero hay un tercer grupo, que es el peor de todos, que es el de aquellos que no pueden resolver lo que pasó y, sin embargo, permanecen juntos. Se quedan en una relación que tiene un nivel de tensión enorme, reprochándose lo ocurrido aún muchos años después, con la angustia y la rabia que surge ante la menor discusión.

Ésa es la peor de todas las opciones. Reintentar una relación después de una infidelidad es algo posible, pero requiere de una profunda sinceridad personal para poder reconocer si alguien puede o no volver a confiar. Hay veces que se puede intentar. Y si a pesar de poner lo mejor que tenemos nos damos cuenta de que el dolor no cesa, decir simplemente: no puedo.

En ese caso, siempre es mejor separarse que sostener a cualquier costo una familia que ya no es lo que era y que no tiene posibilidad alguna de recuperar la felicidad.