¿Siempre hay una historia de amor detrás de una pareja?
La pareja es uno más de los tantos vínculos que alguien puede entablar con otra persona y, como la amistad, las relaciones familiares o laborales, tiene ciertos modos de funcionamiento que la caracterizan. Pero lo que nadie parece discutir es que este vínculo en particular se construye sobre la base del amor. Pero ¿esto es realmente así? ¿Siempre hay una historia de amor detrás de una pareja?
La primera respuesta que surge es que sería al menos deseable que así fuera, ya que cuando alguien piensa en dos personas que comparten proyectos, que tienen sexo, hijos, cosas en común, pareciera imponerse la necesidad de que allí haya algo del orden del amor.
Pero, para comenzar a hablar de la relación que puede existir entre el concepto de pareja y el de amor, primero deberíamos convenir qué decimos cuando hablamos de amor. Porque a esa palabra se la utiliza de muchísimas maneras.
Recuerdo a una paciente que, quejándose de su novio, me dijo: «Bueno, está bien, él me quiere; pero yo lo amo», que parece ser que, para ella, era más. Y alguno podrá estar de acuerdo con esto y decir que sí, que amar es más que querer, aunque en lo personal no estoy tan seguro de eso. Porque esas palabras pueden querer decir lo mismo o algo diferente según sea el caso.
Cierta vez en una sesión, otro paciente que estaba muy confundido a raíz de una conversación que tuvo con su pareja que, al parecer, le reclamó que ya era momento de empezar a hablar de matrimonio, me dijo: «Tengo miedo de casarme, porque, yo sé que estoy enamorado de ella, pero no la amo».
Y a mí no me quedaba claro cómo manejaba esos conceptos y tuve que preguntarle para averiguar cuál era, según él, la diferencia.
No es fácil definir claramente qué cosa es el amor. Pero, al menos, hagamos el intento y digamos, aunque sea una obviedad, que el amor es una emoción. Pero, al decir esto, tampoco estamos diciendo demasiado, porque ¿qué es una emoción?
Podríamos empezar diciendo, aunque suene un poco caprichoso, que una emoción es una idea, un pensamiento, que carece de palabras. Por supuesto que hablo desde el punto de vista psicológico, porque una persona creyente, por ejemplo, puede pensar que el alma existe y decir que es algo que se siente en el alma; otro dirá que lo siente en el corazón. Bueno, a estos últimos tengo que desilusionarlos. Las emociones encuentran su lugar en el cerebro y no en el corazón. Pero nuestra cultura y su poesía han logrado que, cuando alguien se emociona, localice ese sentimiento en el corazón. Pero eso no es más que una caprichosa metáfora cultural.
Una historia de amor, venganza y castigo
Los griegos de la época clásica, por ejemplo, localizaban el amor en otra parte del cuerpo. Para ellos, el órgano importante era el hígado. De allí el mito de Prometeo; ya saben ustedes como es la historia.
Prometeo, que era una especie de gigante, tuvo la idea de engañar a los dioses en favor de los humanos. ¿Qué hizo? Fue hasta el Monte Olimpo, les robó una pequeña brasa de fuego, la escondió dentro de una caña hueca, salió disimuladamente y se la regaló a los hombres, que hasta ese entonces no conocían el fuego. A los dioses no les gustó esto y decidieron castigarlo dándole un regalo. ¿Cómo es esto de castigar a alguien dándole un regalo?
De eso, aquel pueblo sabía bastante y era común que cuando los griegos le daban un regalo a alguien lo metieran en un problema. Acuérdense, si no, del Caballo de Troya. De hecho, hay un dicho popular que dice: «esto es un regalo griego», previniéndonos de que el asunto, aunque parezca maravilloso, esconde algún problema, que algo va a salir mal.
Los dioses, entonces, le regalan a Prometeo, y esto ya tiene que ver con algo del orden de la seducción y el amor, una mujer con una caja llena de obsequios. Seguramente la conocen; el nombre de esa mujer era Pandora y todos hemos oído hablar de la famosa caja de Pandora.
Pues bien, Pandora, que era muy pero muy bella, después de todo la habían creado los dioses, se presenta ante Prometeo y le entrega la caja que le obsequiaban los habitantes del Olimpo. Pero éste, que no les había robado el fuego justamente por ser un ingenuo, les agradeció mucho pero dejó la caja cerrada en un rincón. La complicación surgió cuando su hermano, Epimeteo, que no era tan lúcido como él, abrió la caja por curiosidad.
¿Y con qué se encontró? Con que los dioses habían encerrado dentro de esa caja todas las desgracias del mundo, las que salieron no bien Epimeteo la hubo abierto. Y por culpa de ese acto, de ese descuido, y podríamos pensarlo en el sentido de un acto fallido, es que hoy existen todas las desgracias y sufrimos tanto.
«¿Todo por culpa de un tonto?», podría preguntar alguien. Sí, y quien no haya sufrido nunca por culpa de un tonto que arroje la primera piedra.
La historia suena endeble para justificar los males del mundo, pero, después de todo, no es más absurdo que pensar que los padecimientos existen porque a una mujer se le ocurrió morder un fruto.
Pero, volviendo a la historia, Prometeo, viendo que al abrir la caja escapaban la desdicha, el desamor y el sufrimiento, se abalanzó rápidamente sobre ella y logró cerrarla, dejando atrapada, al menos una cosa: la esperanza. De donde se deduce que para los griegos, como para mi amigo Alejandro Dolina, la esperanza era un castigo más.
Piensen si no en lo que ocurre cuando alguien es abandonado por su pareja. Les aseguro que una de las peores cosas que le puede pasar a esa persona es quedar esperanzada.
Una vez me dijo una paciente que estaba muy enojada, aunque sería mejor decir que en realidad se sentía humillada y dolida, y que su novio, que acababa de dejarla, era un ser despreciable y cruel. Le pregunté por qué decía eso, y ella me contó que, en el momento de despedirse, ella lo había abrazado y le había dicho que a lo mejor, dentro de un tiempo, la vida volvería a juntarlos. Y él, sin responder al abrazo, con total frialdad, la miro y le dijo: «No. Eso no va a pasar».
Ella sostenía que lo que el hombre había hecho era un acto de maldad, y yo intervine diciéndole que quizá con ese gesto la estaba ayudando. Porque le estaba diciendo que no tenía que tener esperanzas, que empezara a elaborar el duelo ya mismo, que no esperara a que él la llamara o tomara contacto de alguna manera. Es decir: no más. Se acabó.
Y esto es importante. Los analistas, muchas veces tenemos pacientes en una situación como ésta, y sabemos que para que alguien pueda empezar el trabajo de duelo es fundamental que admita primero que hay algo que se ha perdido. Es en ese sentido que la esperanza suele ser una dificultad extra para realizar ese trabajo.
Pero terminemos la anécdota de Prometeo. Ustedes saben que los griegos, antes de comer, debían ofrendar una parte del alimento a los dioses. Entonces, se preguntaron qué parte de los animales les iban a dar, y Prometeo dijo: «bueno dejemos que elijan ellos, que para algo son los dioses», e introdujo en una bolsa lo peor: las viseras, la grasa, los huesos y arriba un hermoso pedazo de carne (lo cual, a los analistas nos remite necesariamente al sueño de La Bella Carnicera). A continuación, puso en otra bolsa todo lo más sabroso y lo cubrió con unos huesos impresentables y le dijo a los dioses que tomaran la bolsa que quisieran; y ellos cayeron en la trampa. Eligieron la bolsa que tenía los deshechos y, a partir de entonces, quedó establecido que todo lo que se les ofrendaría a los dioses era lo que ellos mismos habían elegido. Es decir, lo peor.
Imaginen ustedes que a Zeus y los suyos no les hizo mucha gracia esta nueva treta de Prometeo y, ya cansados del gigante, le impusieron un castigo. Lo condenaron a estar estaqueado sobre un monte, y a que un cuervo se depositara sobre él todos los días y le comiera el hígado, el cual se regeneraba durante la noche para que al otro día el ave pudiera volver a hacer lo mismo, reanudar el ciclo, y así por toda la eternidad. ¿Y por qué el hígado? Porque, como dijimos antes, para los griegos era el órgano más importante, más que el corazón.
No es difícil encontrar en este mito algunos elementos que nos remiten a la religión judeocristiana ¿no? Este Prometeo que roba el fuego sagrado (metáfora del conocimiento) para darle a los hombres lo que hasta ese momento era sólo patrimonio de los dioses, nos recuerda a Eva y la manzana de la ciencia, cuya mordida desató los males del mundo, aunque sin la necesidad de la caja de Pandora. Y a qué negar que este gigante que luego carga, ya no sobres sus hombros sino sobre su hígado, con la culpa por sus actos de amor tiene algo del Cristo.
Pero, más allá de estos juegos metafóricos, lo cierto es que el amor tampoco es generado en el hígado, por mucho que se enojen los dioses del Olimpo ya que, repito, los sentimientos no son más que pensamientos silenciosos.
Por eso, cuando hablamos del amor, se dificulta tanto, porque estamos hablando de algo a lo cual es muy difícil ponerle palabras. De allí que muchos, si pudieran, inventarían algún aparato que les permitiera medir con exactitud el grado del amor, para saber con certeza cuánto lo quieren. Pero, ante la falta de tan preciado instrumento, nos conformamos con metáforas más bien geográficas, y así alguien le dice a su pareja que la quiere hasta el cielo. Pero ella, que quiere marcar que su amor es más grande, le responde que ella también lo quiere hasta el cielo, pero ida y vuelta.
Siempre habrá algo que no podamos saber
(¿es la pareja un llamado de la especie?)
Siendo que estar en pareja es una experiencia que le ocurre a la mayoría de las personas en algún momento de sus vidas, incluso de un modo recurrente, alguien podría preguntar entonces, si no habrá un llamado de la especie que nos impulsa a relacionarnos de ese modo con otro.
En una de las escenas de la película El lado oscuro del corazón, la actriz que encarna el papel de la muerte, le dice al protagonista: «Pero ¿no te has dado cuenta aún de que el amor es sólo una trampa de la naturaleza para perpetuar la especie?»
Si esto fuera así, diríamos que el amor es un invento cultural para viabilizar un condicionamiento natural. Pero eso sería como decir que el amor es una necesidad instintiva y me apresuro a decir que el ser humano tiene una diferencia crucial con los animales, y esa diferencia es justamente que carece de instinto.
Cierta vez dije esto en una conferencia y una mujer me preguntó qué pasaba entonces con el instinto materno. Le respondí que tampoco existía y me dijo que no estaba de acuerdo; que no me lo podía explicar porque era una sensación intransferible y que, como yo soy hombre, probablemente no pudiera entenderlo. Pero que ella era madre y me aseguró que el instinto materno es algo que se siente.
Parado en esta encrucijada, me permito dar una rápida definición del instinto, y decir que es una fuerza que conlleva un saber natural y que impulsa a todos los miembros de una misma especie a tener las mismas actitudes frente a iguales circunstancias, sin posibilidad de apartarse de ellas.
Miren los elefantes, por ejemplo, que cuando llega el momento de su muerte, caminan hacia un determinado lugar porque es allí donde deben quedar sus huesos para siempre. No lo deciden, no dudan al respecto, no se lo cuestionan, simplemente saben que deben hacerlo y no lo pueden evitar. Pues bien, nunca he visto una fila de hombres y mujeres agonizantes caminando por la Avenida Corrientes hacia la Chacarita. ¿Ustedes sí?
Pero no quiero esquivarle a la cuestión del instinto materno. Piensen en las noticias. ¿Nunca leyeron o escucharon que una madre abandonó a su bebé recién nacido en un basural? Bueno, esa actitud a la que calificamos de inhumana es justamente todo lo contrario, ya que nos demuestra que en esa hembra perteneciente a nuestra especie, no hubo ninguna información instintiva que le dijera que no debía hacer eso que hizo. Todos sabemos esto y hay quienes dicen que «los chicos no vienen al mundo con un manual que les enseñe a los padres cómo actuar». Ese manual sería el instinto, pero como carecemos de éste, debemos admitir que, incluso algo tan importante como la maternidad, debe construirse y que los orígenes de esa construcción se encuentran generalmente, allá lejos y hace tiempo, cuando la mamá, aún niña, jugaba a las muñecas e iba desarrollando un ideal cultural de lo que es ser madre.
Por supuesto que, en oposición a esto, hay muchísimas mujeres que pelean por la vida de sus hijos de un modo increíble. Increíble sobre todo para el instinto. Y digo esto porque sabemos que la mayoría de los animales, cuando tienen una cría enferma y con pocas posibilidades de vida, la apartan para ocuparse de los otros. Porque eso les indica el instinto que deben hacer, cuidar a las crías más fuertes que tienen más posibilidades de subsistencia y, por ende, de perpetuar la especie. En cambio nosotros, hemos elaborado medicamentos, métodos quirúrgicos intrauterinos, respiradores artificiales y un sinfín de alternativas para contrariar ese mandato de la naturaleza en pos de una actitud cultural y humana.
La maternidad es una forma más de relacionarse con alguien, en este caso un hijo. La pareja o la amistad son otras formas, pero ninguna de ellas es natural porque en el hombre todas las relaciones se construyen sin un saber instintivo. Y tal vez la sexualidad sea el terreno en el que es más fácil demostrar que el instinto no existe para nosotros como sí para los animales.
Una sexualidad muy particular
(o nada natural)
La primera y principal de las diferencias entre la sexualidad animal y la humana es justamente que, mientras la primera se encuentra bajo el dominio del instinto, éste no existe en lo más mínimo en el hombre. Tenemos, eso sí, algo parecido, una fuerza, una energía que nos empuja permanentemente a la realización de ciertos actos en busca de la satisfacción, pero cuyas características son sustancialmente otras que las del instinto. A esta energía la llamamos Pulsión.
Y aclaro que no se trata sólo de una cuestión terminológica, sino de diferenciación mucho más profunda. Porque el instinto, como ya dijimos, implica la existencia de un saber prefijado para los miembros de una especie que los lleva a tener ciertos comportamientos de los que no pueden apartarse. En el caso preciso de la sexualidad, el instinto le indica al animal que debe unirse a otro de la misma especie y diferente género para posibilitar entre ellos una unión genital con un fin reproductivo. Es decir que el instinto impulsa, por ejemplo, al perro a ir en busca de una perra (no cualquiera, sino una que debe estar en celo) para poder tener un encuentro genital con la finalidad de procrear.
Recuerdo una escena de una novela que leí hace ya mucho tiempo y cuyo nombre he tenido la precaución de olvidar. En ella, la protagonista era una condesa que se sentía profundamente atraída por un joven que estaba encargado del cuidado de sus caballos. Un cierto día en el que su esposo se había ausentado, desde la ventana de su cuarto, la condesa vio al joven y sintió el impulso de ir a su encuentro. Salió entonces de su castillo, se dirigió a la caballeriza e ingresó a ésta en el preciso instante en el que el muchacho estaba soltando al caballo padrillo para que sirviera a las yeguas. Una vez libre, el animal se dirigió directamente a una de ellas y la montó de inmediato. La condesa miró extrañada al joven y le dijo:
—Qué caballo más estúpido, ha elegido a la más fea de todas las yeguas.
El muchacho sonrió y pasó a explicarle:
—Lo que ocurre, señora, es que es la única que está en celo. Y el animal tiene la capacidad de darse cuenta inmediatamente cuando una hembra está esperando ser montada.
La condesa lo miró directamente a los ojos y replicó:
—Ya me parecía a mí que algo le faltaba a ustedes los hombres.
Y tenía razón la condesa. Obviamente, lo que nos falta a los hombres, y a las mujeres, es el instinto.
Pero continuemos. En la descripción que hicimos anteriormente acerca del comportamiento sexual instintivo del animal, entran en juego tres elementos: el objeto sexual, la zona erógena de contacto y la finalidad. Analicemos cada una de ellas y notaremos las diferencias existentes entre el instinto animal y la pulsión humana. Y empecemos por la más fácil de diferenciar, la finalidad.
Dijimos que el fin del encuentro sexual instintivo es la reproducción. Yo les propongo que, en un pequeño ejercicio de no más de cinco segundos, el lector cierre los ojos e intente repasar cuántas de las veces que tuvo relaciones sexuales lo ha hecho para procrear.
Seguramente, la respuesta será que todavía nunca, o que en dos o tres ocasiones, o veinte si quieren. Pero no cabe duda de que la mayoría de las veces la finalidad ha sido otra. ¿Cuál? El placer.
Y ésta es una diferencia enorme. El ser humano, generalmente, tiene relaciones sexuales porque le gusta, porque lo disfruta, porque es placentero. Queda en claro, entonces, que la finalidad no tiene que ver con la que indica el instinto sino con esa fuerza que nos empuja, ya no a la procreación, sino a la satisfacción de un deseo y la búsqueda del placer. De allí el desarrollo de la enorme cantidad de métodos anticonceptivos que se han desarrollado a lo largo de la historia y de las medicaciones que van apareciendo para prolongar la vida erótica, aun cuando la naturaleza ya no nos necesite como reproductores de la especie.
Tomemos ahora otro de los elementos: el objeto.
Decíamos que el objeto sexual de un animal es otro de la misma especie pero de diferente género. Pues bien, tampoco esto es igual en las personas, ya que no siempre el objeto erótico de un hombre es una mujer. Muchas veces un hombre encuentra el motor de su pasión en otro hombre y una mujer en otra mujer. Pero vayamos más allá de esto. A veces la pulsión ni siquiera exige la presencia de otro ser humano y se contenta con una parte de él. El exhibicionista es un claro ejemplo. El no busca siquiera tocar al otro, se contenta y se erotiza con su sola mirada. Por eso se exhibe, para atraer hacia sí la mirada del otro que es el real objeto de su excitación. Y avancemos aún un paso más y digamos que, en muchas ocasiones, el objeto generador de la excitación ni siquiera debe tener «forma humana», como ocurre en el caso del Fetichismo, donde aquello que erotiza puede ser la presencia de un pañuelo en el cuello o un par de botas, sin lo cual la mujer carece de todo atractivo y pierde su interés erótico para el fetichista. En capítulos posteriores desarrollaremos mejor este tema, pero quería al menos instalar la idea de que el objeto del erotismo humano puede ser cualquiera y variar según cada miembro de nuestra especie.
Por último, abordemos el tema de las zonas erógenas comprometidas en el juego sexual y veremos que en la unión de dos personas, los genitales juegan un papel importante pero de ninguna manera único y determinante. Prueba de ello es el más común de los intercambios físicos entre dos personas: el beso, en el cual son los labios los que se instalan como la zona erógena capaz de dar placer y despertar la excitación. Otras veces, ni siquiera es necesario que los cuerpos se rocen, basta con la mirada o la palabra para erotizar. Si no, piensen en esas llamadas nocturnas que los novios se realizan, que avanzan en intensidad y se ponen cada vez más fuertes hasta que alguno dice: «basta o me voy para allá». Aunque también podría darse que encontraran la satisfacción en este juego mismo, sin necesidad de más.
Claro, me imagino que a esta altura muchos se estarán preguntando si estos ejemplos no pertenecen al territorio de las perversiones y no al de la normalidad. Y lo cierto es que no es una mala pregunta y lo que sugiere no está del todo equivocado. Pero ocurre que, en su ruptura con lo natural, toda sexualidad humana es perversa por definición. Y me veo en la obligación de aclarar rápidamente que, como psicoanalista, cuando utilizo el término «perversión» no estoy pensando en algo malo o inmoral, como suele ocurrir en el uso corriente de esta palabra, sino en una manera particular de relacionarse que tiene sus propias características y que no tiene por qué unirse necesariamente al concepto de algo dañino. Pero de esto también hablaremos más adelante.
La idea de Sexualidad cambió a partir del Psicoanálisis
El Psicoanálisis ha tenido mucho que ver en esta ruptura con el modelo de la sexualidad natural. Otra gran revolución que generó la teoría freudiana tiene su origen con un escrito fundante que se llama Tres ensayos para una Teoría Sexual. Allí, Freud expone que el erotismo ha sido entendido de diversas maneras según los tiempos. Pero, hasta su llegada, se pensaba aún que la sexualidad era algo que no existía en la infancia, que empezaba a aparecer con la pubertad y que duraba, según cada persona, hasta los sesenta o setenta años más o menos.
Los analistas sabemos que esto es falso. La sexualidad nace con nosotros y nos acompaña hasta el último momento de nuestra vida.
Basta con mirar a un bebé para darse cuenta. Ese instante tan hermoso para la madre en el cual su hijo se ha quedado dormido después de ser amamantado y, sin embargo, sigue succionando de su pecho, ya no para alimentarse, sino simplemente porque eso lo calma y le da placer, es un momento de contacto erótico entre el chico y la mamá. Obviamente que es, desde el adulto, despojado de su contenido sexual y sublimado bajo la forma de la ternura, pero no otra cosa que la búsqueda del placer erótico mueve al bebé a seguir prendido del pezón materno cuando su hambre ya ha sido saciada.
¿Y qué es lo que ocurre cuando un chico de tres o cuatro años dice con total naturalidad: «cuando yo sea grande me voy a casar con mamá»? Los adultos sonreímos y nos parece un comentario lleno de ternura, pero lo que el hijo está manifestando es que su madre es el objeto de su amor y su deseo. Y no podría hacerlo más claramente que diciendo lo que dice, que cuando sea mayor él quiere ser el hombre de esa mujer. Pero bueno, quién quiera oír, que oiga.
Como vemos, la sexualidad humana es compleja y no es de extrañar, entonces, que sea tan problemática y causa habitual de muchos de los trastornos afectivos que sufrimos de adultos.
Pero lejos de asustarnos por esta manera tan única de relacionarnos con el erotismo que tenemos, podemos entenderla más bien como una característica maravillosa que nos brinda la potencialidad de crecer, mejorar, disfrutar e incluso derivar esos impulsos en la consecución de causas nobles y creativas. A ese proceso lo llamamos sublimación.
Una paciente a la que le costaba mucho relacionarse sexualmente, me dijo que había observado un programa de Animal Planet y que había llegado a la conclusión de que para nosotros, la sexualidad era mucho más difícil que para los animales.
Por supuesto que es así, pensé yo. Porque mientras que el animal no duda porque el instinto le confiere un conocimiento natural sobre qué hacer, cuándo, cómo y con quién, para nosotros no hay saber posible acerca de la sexualidad.
Sabemos, eso sí, que allí está la pulsión con su fuerza de empuje, y que cada sujeto tiene la oportunidad de aprovechar ese impulso, esa energía, para llevar adelante el difícil pero maravilloso desafío de construir con ella un entorno de placer y respeto, para él y para los demás.
Claro que la sexualidad animal es mucho más natural, pero eso no quiere decir que sea mejor, porque la carencia del instinto le da al sujeto humano la posibilidad de elegir. Y entre esas elecciones, estar en pareja es una opción más, aunque durante muchísimo tiempo haya sido un mandato tan fuerte que estábamos todos casi condenados a estar en pareja a cualquier costo. Porque si no era así, si alguien llegaba a adulto y permanecía solo, aparecía esa cosa de: ¿Y a éste qué le pasa? ¿Será medio rarito? O, «Pobrecita la tía Marta; se quedó solterona»…
Sospecho que, a la luz de lo que estamos planteando y teniendo en cuenta además los conflictos que las relaciones de pareja suelen generar, alguno podría dudar incluso si no es más inteligente el comportamiento instintivo que lleva a los animales a juntarse sólo para procrear y perpetuar la especie sin involucrar sentimientos que puedan lastimarlos. Y lo cierto es que no hay inteligencia en el saber que da el instinto. Porque inteligencia viene de inteligir, e inteligir es la capacidad de diferenciar y discriminar para después tomar una elección. El animal no elige, sólo responde, por lo cual debo decir que aunque a veces, sobre todo con algunas personas, no se note mucho, disfrutamos y padecemos la inteligencia más que ellos.
El deseo no se detiene jamás
(nadie puede garantizar el amor eterno)
Recién planteamos que la pareja es una elección. ¿Pero decir que es una elección quiere decir que es una decisión voluntaria? ¿Es posible elegir amar para toda la vida a una misma persona? Y si fuera así ¿qué pasa entonces con lo que llamamos la metonimia del deseo?
Para decirlo de un modo simple, hablar de la metonimia del deseo es una manera de decir que el deseo se desplaza siempre de un objeto a otro, que no se detiene nunca y que no hay manera de satisfacerlo de una vez y para siempre. Por más que estemos muy bien en una situación, el deseo siempre se desplazará hacia otra cosa, porque todo deseo es básicamente, un deseo insatisfecho.
Sé que esta formulación no es agradable, que suena fea, que cuando alguien se enamora quiere que su pareja no desee a nadie más que a ella y, de hecho, una de las fantasías que genera el amor es ésa, la de interrumpir la metonimia del deseo.
Para quien se enamora, la fantasía es que el otro no va a desear a nadie más. Pero si ese alguien es sincero y se conoce, se va a dar cuenta de que esto no es posible; que no se deja de desear porque se esté enamorado.
Esta constatación de que el deseo de su pareja sigue circulando pone muy nerviosas a las personas inseguras, los desespera. Pero no hay nada que puedan hacer, ya que el deseo va a seguir su derrotero les guste o no.
Un paciente me dijo que ésa era una excelente excusa para darle a su mujer si lo encontraba con otra: «Mi amor, no es mi culpa, es la metonimia del deseo».
Pero más allá de que el comentario tiene su gracia, no quisiera que mis palabras se entendieran mal. No estoy diciendo que es imposible ser fiel. Porque, dentro de esa capacidad de elección que dijimos tiene el ser humano, cada quien tendrá que hacerse cargo de lo que hace con su deseo. Y ésa es otra de las ventajas de nuestra especie; porque en tanto que el perro no se cuestiona qué hacer ante la presencia de una perra en celo, un hombre en cambio puede decir: «qué hermosa es esta mujer, pero prefiero ir a mi casa con mi familia». Y esto es sólo un ejemplo, no es un consejo de cómo comportarse. No me corresponde ocupar ese lugar y cada quien tomará sus propias decisiones.
Con esto, apenas si quiero decir que el hecho de que el deseo sea algo imposible de inmovilizar, no nos quita la responsabilidad sobre nuestros actos.
Ahora, volviendo a la pregunta de si se puede elegir a alguien para toda la vida, es posible que eso sólo pueda responderse en el minuto final, mirando hacia atrás y dándose cuenta de que hemos pasado todos nuestros años al lado de la misma persona. Pero no al comienzo. Es demasiado pedirle a una relación que dure para toda la vida. Y con respecto a esto, les cuento una pequeña anécdota.
Tengo un paciente que es un poco obsesivo y que tiene todo un tema con la ley. Por ejemplo, si lo para un policía y le pide el registro, él le pregunta:
—¿Y por qué?
—Bueno —dice el policía— porque quiero ver que tenga todo en regla.
—Está bien —responde él— pero primero usted me dice su nombre, su cargo y me muestra su identificación.
—Es que la tengo en la oficina, allá adentro.
—Bueno, vaya a buscarla; yo lo espero.
Es un hombre simpático y muy inteligente, pero como todos, cuando el síntoma aparece, él se obnubila. Y ocurrió que el día de su casamiento, este tema que tiene con la ley lo llevó a protagonizar una escena bastante particular. Imaginemos la situación: casamiento por civil, los novios, los testigos, los invitados y el juez, representante de la ley.
Ustedes saben que los jueces de paz suelen ser amables, simpáticos, generalmente presiden situaciones gratas, elegidas. Pero aun así, la cuestión es que el juez le pregunta: Señor, ¿acepta por esposa a esta mujer para amarla, respetarla, serle fiel, cuidarla por el resto de su vida hasta que la muerte los separe?
Mi paciente lo mira y le dice: «De ninguna manera yo puedo jurarle eso».
Imaginen ustedes la cara de la novia y de todos los presentes. La cuestión es que el hombre lo mira asombrado y él, muy tranquilo, casi ajeno a la situación que se acababa de generar en la sala, le dice que está ante un juez de la Nación que le está tomando una declaración jurada y que no piensa mentir.
—Usted pretende que le jure que yo la voy a amar toda la vida, y no la voy a engañar nunca. Y la verdad es que no puedo prometerle eso. ¿Qué sé yo si la voy a amar para toda la vida?
La novia, que lo conocía muy bien, lo codeaba y le decía: «basta; contéstale al juez lo que quiere escuchar».
Finalmente, mi paciente le dijo que lo único que podía decir con seguridad era que ese día en particular deseaba casarse con ella. Y el juez, para regocijo general respondió: «voy a tomar eso como un sí».
Sé que la actitud de este paciente es algo extrema y que en este caso tomó la palabra como si fuera un real, sin metáforas románticas, pero lo que él denuncia con su postura es que no hay garantías con respecto al amor; que decirle a alguien que lo vamos a amar toda la vida, es solamente un mimo, una parte más del juego erótico.
La pareja es un ámbito complejo y, con suerte, la persona que dice que va a amar toda la vida, lo dice porque lo siente aquí y ahora, aunque todo pueda cambiar en el futuro. Pero esto no quiere decir que el que lo dice está mintiendo. Seguramente lo sienta así, porque es tan fuerte el impacto que generan el amor o el deseo, y el momento presente golpea con tanta fuerza que el enamorado siente que no ha existido pasado ni existirá futuro. Por eso, cuando alguien nos dice que su pareja le confesó que jamás sintió con nadie lo mismo que con él, es posible que quien se lo dijo no le esté mintiendo, aunque lo que le diga no sea real.
Sé que esto último parece una contradicción, pero no lo es. Porque una cosa es la realidad, llamémosla objetiva (si es que esto fuera posible) y otra muy distinta es la realidad psíquica. O si quieren, en términos más fuertes, una cosa es la realidad y otra muy distinta es la verdad.
¿Y de qué lado queda cada una? La verdad siempre está del lado del sujeto; al menos la que nos importa encontrar en un análisis. Una verdad única para ese paciente en particular. Por eso, para nosotros los analistas, no importan las opiniones de los otros, sino a lo sumo, cómo éstas impactan en quien está acostado en el diván.
Me acuerdo de que una vez llamé a la casa de una paciente joven porque necesitaba modificar un horario. Me atiende la madre. Me presento y le pido hablar con su hija. La mujer, muy entusiasmada me dice: «Ah, qué suerte que llamó. Con usted quería hablar, porque las cosas no son como ella se las cuenta».
La mujer no tenía la menor idea de lo que la hija me había o no contado, pero seguramente creía que ella tenía una idea diferente acerca de la realidad de lo que ocurría en su familia. Obviamente, le hablé con mucha amabilidad pero no le di lugar. Porque no correspondía y porque además no me importaba en lo más mínimo lo que tuviera para decirme, porque yo, como analista, trabajo con la realidad psíquica de mis pacientes, aunque las cosas no sean como ellos las cuentan. Es sólo por esa vía que alguien puede acceder a sus deseos. Deseos que, seguramente en muchos casos, pueden acarrear problemas.
Por ejemplo, y volviendo al tema de la pareja, más de una vez alguien me ha dicho que, en el momento en el que se estaba casando, ya sabía que estaba cometiendo un error, que no era lo que deseaba. «Pero ¿qué iban a hacer —suelen preguntar— tirar todo para atrás, la fiesta, el vestido, los invitados?»
No se animaron y, por no pagar los costos en ese momento, los pagaron después. Y hay quienes pagan un precio demasiado elevado por no animarse a escuchar lo que desean.
Y, para terminar con esto del amor para siempre, digamos que puede ser que haya muchos amores para siempre en la vida de una persona. De hecho, excepto que se trate de un cínico, casi todo amor se vive, en el presente, como si fuera para toda la vida y es muy triste cuando esto no es así, cosa que solía darse cuando la motivación para estar en pareja era aquel mandato social del que hablamos anteriormente y no de un verdadero deseo.
No todos elijen estar en pareja por las mismas causas
No es un tema menor el motivo por el cual un sujeto decide estar con alguien. He conocido algunas mujeres que querían desesperadamente armar una pareja sólo porque habían pasado los cuarenta y tenían un anhelo de maternidad que las forzaba a encontrar a alguien con quien inventar un amor allí donde, a lo mejor, no había nada.
Recuerdo que cierta vez una paciente me dijo que tenía la necesidad de ser madre. Pero sucede que, en el ser humano, excepto uno o dos funciones orgánicas mínimas y necesarias para mantener el organismo con vida, la necesidad es algo que se ha perdido. Por eso es tan interesante para el devenir de un análisis cuando la paciente puede cuestionar esa supuesta necesidad, por ejemplo, de tener una pareja y, luego de un tiempo, llega a la conclusión de que en realidad no se trataba de una necesidad de estar en pareja, sino del deseo de tener un hijo, y que la pareja apareció sólo como algo imprescindible para poder realizar ese deseo.
Pero lo cierto es que las motivaciones para estar en pareja pueden ser muchas y diversas. Incluso hay quienes buscan una relación para sentirse completos o porque les asusta la posibilidad de quedarse solos.
Con respecto a lo primero, como dijimos en el capítulo anterior, es cierto que hay un sueño de completud que el amor parece poder cumplir. Por poco tiempo, porque esa sensación es fruto de la etapa de enamoramiento, la cual no es más que una locura pasajera. Y ¿por qué digo que es una locura?
Porque genera la idea, casi el delirio diría, de que a alguien ya no le falta nada. En ese sentido, la sensación que produce se parece un poco a la que crea el embarazo en algunas mujeres: esa vivencia de estar completas. Se tocan la panza, están contenidas en sí mismas y pareciera ser que nada les falta. Por eso, en esos casos, suele venir después la depresión post parto. Porque cuando otra vez están solitas e incompletas, se angustian.
Pero son muchas las personas, sobre todo si no se han analizado, que buscan en el amor la posibilidad de sentirse completos y renegar así de la falta. Pero recuerden lo que dijimos en el capítulo anterior cuando hablamos del mito de los Andróginos, y de la poesía de Borges, acerca de la inútil ilusión del enamorado «de fundirse uno en el otro y de hacer de dos un mismo ser».