CAPÍTULO VI
DESPUÉS de atarle las manos a la espalda, el sargento Eced arrastró al saurio unos metros y le ayudó a incorporarse, de forma que el prisionero quedó sentado en el suelo con la espalda contra una gruesa columna de madera de las que soportaban el techo del establo.
La luz era escasa en el establo y el saurio todavía no había visto el rostro de los extranjeros ni oído el sonido de su voz. Los valeranos seguían comunicados entre sí a través de sus radios individuales. No obstante, el equipo de vacío disponía de un pequeño altavoz exterior, así como los micrófonos exteriores conectados al amplificador y altavoz interior.
Marek desconectó la radio y conectó el circuito exterior para hablar al saurio. Ahora bien, sabiendo que éste no podía comprenderle, utilizó simultáneamente sus facultades telepáticas para decir:
—Eres un hombre inteligente, no un tonto ignorante capaz de creer que realmente somos criaturas de cristal. En efecto, éstas son nuestras escafandras y nuestras armaduras de astronauta. Dime, ¿cómo te llamas?
El saurio quedó tan sorprendido que no acertó a contestar.
Marek leyó en el pensamiento del saurio y dijo:
—No estás confundido, esas son mis palabras. No hablo tu idioma, me dirijo a ti telepáticamente. ¿Sabes que es telepatía?
—“Transmisión del pensamiento” —se dijo el desconcertado saurio para sí—. “¡Me habla por transmisión de su pensamiento!”
—Así es, en efecto. Y no sólo te transmito mi pensamiento, sino que puedo leer también tus ideas —continuó Marek—. Eso, obviamente, significa que no puedes mentirme. Todo lo que pienses yo lo sabré.
—“¡Ese idiota de Amuro! Seguro que ni se le ocurre venir con gente a ver que me ha ocurrido” —se dijo el saurio.
—¿Quién es Amuro? —preguntó Marek.
El saurio quedó aterrado. ¡Era pues cierto que el extranjero podía leer en su mente! Que eran gente de alguna otra parte no lo puso en duda el saurio ni un solo instante. El idioma era totalmente desconocido para él, y por su talla no debían ser katumes, ni sapalis, ni siquiera sacetos. Aunque con acento distinto y modismos propios, todos ellos hablaban el katume. Tampoco eran silvos ni boscos, idiomas distintos del katume, pero que él hablaba a la perfección. Silvos y boscos eran de una talla media superior a la de los katumes. ¿Quiénes eran estas extrañas criaturas enfundadas en vidrio de pies a cabeza?
—Tienes razón, no somos de ninguno de los países que estás pensando —dijo el desconcertante extranjero—. En realidad venimos de otro mundo, un planeta situado en el espacio exterior. ¿Tienes noción de lo que es el espacio exterior?
Adler Ban Aldrik emergió de la sombra del establo.
—Si le hablas en términos tan confusos no te entenderá, Marek —dijo en voz alta—. El hombre está confundido. Ponte en su lugar y pregúntate cómo reaccionarias tú si, encontrándote tranquilamente en tu casa de Valera, llegara inesperadamente un forastero tratando de explicarte su procedencia en un idioma ininteligible.
—Háblale tú —respondió Marek ligeramente incomodado.
Fidel Aznar era un psicólogo de talla y supo encontrar la mejor forma de dirigirse al saurio. Empezó por utilizar sus facultades parapsíquicas para tranquilizarle. El saurio se llamaba Dován y empezó a recobrarse de su asombro y su temor tan pronto tuvo conciencia de que no iba a sufrir ningún daño.
Sólo haciendo las preguntas indispensables y siguiendo el pensamiento de Dován, el bartpurano supo en pocos minutos que: estaban en Katum, que Dován era propietario de la granja, donde vivía con sus dos mujeres, una hija y su yerno, que se llamaba Amuro. Además de los capataces y criados vivían en la granja unos cuatrocientos esclavos empleados en las labores propias de la explotación agrícola. Estos esclavos eran “monos”. Dován tenía otros tres hijos adultos, oficiales de las Fuerzas Armadas de Katum, ninguno de los cuales se encontraba actualmente en la granja.
Dován, que ya era anciano, era un saurio educado e inteligente. Tenía un título nobiliario y hasta hacía relativamente poco había ostentado el grado de general de la Legión. Por sus servicios relevantes al país recibió honores y riquezas, entre las que contaba la granja.
Después de haber hablado de sí mismo, Dován se sentía bastante sereno para empezar a interesarse por los extranjeros. Le intrigaba sobre todo su aspecto, y consideraba una falta de cortesía el que no hubiesen descubierto todavía su rostro.
—¿Quieres saber cómo somos? —dijo Adler Ban Aldrik—. Temo que vas a sufrir una decepción.
El bartpurano se sacó la escafandra. Tenía la cabeza más voluminosa de lo normal, rapada como un bonzo, y un rostro joven, de una belleza serena, casi angélica. Pero la interpretación de la belleza era distinta según las razas y especies. Los saurios, de horrible fealdad para los terrícolas, se veían hermosos. En cambio encontraban repugnante la blanca y tersa piel de los humanos.
Dován no era distinto de cualquier otro saurio. La luz era escasa en el establo, pero aún así suficiente para que Dován estableciera la debida correlación entre el aspecto de Fidel y el de los homínidas que estaba acostumbrado a ver cada día.
—¡Monos! ¡Sois monos! —exclamó en el colmo del asombro.
Efectivamente el aspecto de los extranjeros causó profunda decepción en el saurio. Toda su curiosidad y su temor se desvanecieron en un segundo, y su respeto se tornó desprecio.
—¡Sólo sois monos! —repitió de viva voz.
—Algo distintos de los vuestros, pero indudablemente de la misma familia —dijo Adler Ban Aldrik tranquilamente.
El aplomo del extranjero frenó algo el desdén del saurio pero provocó su irritación.
—¿Por qué no dejasteis ver vuestro rostro desde el principio? ¡Me habéis engañado! —exclamó. Y ordenó perentorio—: ¡Desatadme!
Atento al diálogo, Marek captó telepáticamente la intención de su bisabuelo. Su mano enguantada se posó firmemente en el antebrazo de Adler Ban Aldrik.
—No lo hagas, no ahora.
—No podemos tenerle atado indefinidamente.
—Eres un buen psicólogo —replicó Marek—. No ignoras que si le desatas cuando él te lo ordena, va a creerse con autoridad para seguir dándonos órdenes en lo sucesivo. No somos como sus “monos” y eso debemos hacérselo ver desde ahora.
—No estamos en situación de imponer condiciones, eso también lo sabes.
—Él no tiene por qué saberlo. Sólo nos respetará en tanto le hagamos creer que poseemos algún poder.
—Pero no lo tenemos. Somos náufragos en este hiperplaneta, estamos solos, abandonados a nuestras propias fuerzas, y necesitamos ayuda. Por lo menos hasta que venga a buscarnos alguna aeronave.
—¿Lo ves? Confiamos en que vengan a buscarnos, luego ya tenemos algo en que basar nuestros argumentos.
Adler Ban Aldrik se limitó a guardar silencio. Dován, impaciente, gritó:
—¿Qué hacéis ahí parados? ¡Desatadme!
Marek se enfrentó al saurio, le asió por un brazo y le puso en pie de un tirón. La violencia y la fuerza del extranjero parecieron intimidar a Dován.
—Repite eso, pero pídelo por favor —le dijo Marek.
En la mente del saurio la astucia luchaba contra el orgullo. Pensó que de todos modos lo único que importaba ahora era verse libre de las ligaduras y fuera del establo. Sus capataces ajustarían cuentas a los “monos” extranjeros en el momento oportuno.
—Por favor, quitadme las cuerdas. Soy inofensivo —dijo Dován.
Marek deshizo los nudos y tiró la cuerda.
—Estás libre. Quiero que sepas que estamos aquí por puro accidente. Perdimos nuestra aeronave, pero otra nave vendrá a buscarnos en fecha próxima. No tenemos comida, aunque no son alimentos lo que necesitamos, sino amigos que se interesen y comprendan nuestro problema.
—“Les diré que pueden quedarse y llamaré a la Policía” —pensó el saurio.
—Puedes llamar a la Policía —dijo Marek, sorprendiendo una vez más al saurio—. No queremos andar por ahí perseguidos como alimañas. Aunque te prevengo que en bien tuyo y el de tu país, será de desear que los nuestros nos encuentren vivos e ilesos cuando vengan a buscarnos. Las consecuencias, en caso contrario, podrían ser terribles.
El saurio guardó silencio. Se preguntaba qué extraordinaria facultad era la que permitía a estos “monos” penetrar hasta los más profundos recovecos de su mente. Un hombre no podía dejar de pensar. Pensaba siempre, estimulado por los acontecimientos que le rodeaban, de forma espontánea e irreprimible, y no podía evitarlo. Si le preguntaban “¿cómo te llamas?”, uno pensaba para sí “me llamo Dován”, y si le preguntaban “¿eres pobre o rico?”, uno se decía “soy rico”. De modo que si los extranjeros poseían realmente la facultad de leer el pensamiento ajeno, uno nunca podría engañarles.
—Venid a mi casa —dijo Dován—. Si no os importa avisaré a la Policía, es mi deber hacerlo. Por otro lado prometo interceder por vosotros.
Marek consultó con el resto del grupo. Respondió Castillo:
—¿Permitir que llame a la Policía y nos lleven secuestrados? No me gusta eso. Todavía tenemos nuestros “backs”, les será difícil cogernos.
—En Valera tardarán dos semanas en saber que no regresamos, y tal vez transcurra otra hasta que el Almirante se decida a despachar una aeronave en nuestra busca —recordó Adler Ban Aldrik—. ¿Prefieren pasarse todo ese tiempo huyendo? Después de todo, ¿no hemos venido a estudiar a esta gente, a conocer sus costumbres, cómo está organizada su sociedad? ¿Pues qué mejor manera que entrando en contacto con ellos?
—¿Y si nos matan?
—¿Por qué habrían de matarnos? Para los saurios somos una curiosidad científica, más o menos en igual grado que ellos lo son para nosotros —rebatió Adler Ban Aldrik.
—Que decida Marek, él es el responsable de nuestra seguridad y quien debe dar el visto bueno —propuso Nuria Ross.
Pero Marek rechazó esta responsabilidad. Él no era científico ni sentía curiosidad por la organización social y política de los saurios. Estaba allí como soldado, y en tal que era responsable de la seguridad del grupo se inclinaba por poner la mayor distancia posible entre ellos y la Policía katume.
—Todavía tenemos los “backs”. Podemos escapar a las montañas y permanecer ocultos hasta que llegue nuestra aeronave —propuso.
El plan estratégico de Marek actuó como revulsivo entre los indecisos científicos. Todos estaban de acuerdo al menos en una cosa; ¡no habían venido al hiperplaneta para permanecer todo el tiempo ocultos como topos!
—Pues si ya lo han decidido no se discuta más —dijo Marek. Y dirigiéndose a Dován le habló telepáticamente—: Aceptamos agradecidos tu hospitalidad. Llévanos a tu casa.
La escopeta de Dován estaba allí arrimada contra un tabique. En señal de confianza Marek se la devolvió al saurio. Dován quedó un momento perplejo, favorablemente impresionado por este gesto. A continuación hizo una seña y echó a andar hacia la puerta.
—Bien, vamos —dijo Marek echando detrás.
Seguía lloviendo torrencialmente, hasta el punto de que Fidel tuvo que ponerse la escafandra que se había quitado en el establo. El agua formaba en el patio grandes lagunas.
Pasando por el callejón entre dos barracones llegaron a una tapia de ladrillo que tenía todo lo largo un sendero de losas. Entre la fachada posterior de los galpones y la tapia se alineaban pequeños pabellones, probablemente letrinas de los “monos”. Un poco más adelante llegaron a la puerta de la tapia, de fuertes barrotes de hierro rematados en aguzadas puntas.
La tapia, más que como defensa, debía servir para aislar a los habitantes de la casa principal de la chusma indisciplinada y maloliente que habitaba los galpones. Apenas traspuesta la verja alcanzaron a ver entre la cortina de la lluvia la casa principal.
La casa, construida de sillares de piedra, era grande y tenía el aspecto macizo de una fortaleza, impresión a la que contribuía un bajo y recio torreón en una de las esquinas. Algunos árboles centenarios rodeaban la casa sobrepasando la altura del segundo piso. Ante la casa se veía un estanque artificial de planta circular, rodeado de una baja balaustrada de mármol blanco.
Un hombre venía por el camino. El fulgor de los relámpagos arrancaba mortecinos reflejos de su empapado impermeable en forma de capote. En la mano llevaba un arma, que no se trataba como en el caso de Dován de una simple escopeta, sino de un pesado fusil ametrallador. Al ver al grupo, el saurio se detuvo empuñando el arma. Dován levantó los brazos y le gritó:
—Soy yo, Amuro.
El otro se quedó donde estaba, contemplando con asombro el fantasmagórico cortejo de extrañas criaturas que seguía a Dován. La actitud recelosa de Amuro aconsejó a Dován insistir:
—Baja el arma, no ocurre nada. —Luego Amuro debió preguntar algo y Dován añadió—: Son extranjeros.
Ya estaba a la altura de Amuro y éste preguntó:
—¿Extranjeros, de dónde?
—No lo sé —respondió Dován irritado—. No hagas preguntas.
El grupo siguió avanzando hacia la casa mientras Amuro se mantenía a su paso andando por fuera del camino, sin quitar ojo de los extranjeros vestidos de cristal.
Ante la puerta principal de la casa esperaba un pequeño grupo de saurios, resguardados de la lluvia bajo un pórtico sostenido por un arquerío de piedra sillar. Todos vestían de forma parecida, pantalones largos y ancho blusón ceñido a la cintura por un cordón. Algunos de estos blusones eran más largos y llegaban hasta las rodillas de los saurios. Un par de éstos se anticiparon a la llegada del grupo entrando en la casa. El resto contempló sobrecogido de temor la llegada de Dován seguido de las extrañas criaturas cubiertas de cristal.
Entraron todos en la casa. De un amplio vestíbulo con un par de armaduras de hierro oxidado y algunos muebles toscamente tallados pasaron a un gran salón con una amplia chimenea donde ardía un alegre fuego. Los muebles eran escasos, muy sólidos y viejos, destacando en primer lugar una larga mesa cubierta por un pesado tapiz escarlata. Sobre este mantel se veían platos, fuentes y jarros de loza y de cobre. Al parecer era la hora de la comida. El salón carecía de luz, pero eventualmente ardían algunas antorchas sujetas por argollas a los desnudos muros de piedra.
Allí, rodeados de una docena de expectantes saurios, los valeranos se despojaron de sus escafandras.
Un murmullo de admiración siguió a este acto por el cual los extranjeros descubrían su identidad. La sorpresa provenía de que, siendo sin duda “monos”, los extranjeros tenían rasgos muy definidos que les diferenciaba de los de su especie. Los “monos” katumes estaban enteramente cubiertos de vello, el cual dibujaba en sus corpachones líneas cebradas de color amarillo pajizo y rojo cobrizo.
El homínida katume, como los que ya estudiaron los valeranos en el País de los Monos, se encontraba en un escalón intermedio entre el simio y el hombre. Tenía la espalda arqueada, las piernas en semiflexión, la frente deprimida, con los arcos superciliares muy marcados, la mandíbula prognata y la nariz ancha y aplastada. Todo ello, sin embargo, no bastó para que, pese a las diferencias, Amuro exclamara:
—¡Monos!
—Pero distintos de los nuestros —observó Dován—. Son monos inteligentes.
—¿Qué tonterías están diciendo? Los monos son monos en cualquier parte. Ninguno sabe más de lo que les hemos enseñado, y les hemos enseñado más cosas de las que ellos son capaces de aprender. Serán monos de alguna otra especie, pero monos al fin y al cabo, es decir, animales. ¿Para qué los has traído a casa? ¿Qué te propones hacer con ellos?
Dován se enfureció. Como hombre de espíritu cultivado detestaba al yerno rudo e ignorante. Dován tenía muy agudizado el sentido de la autoridad. Le encrespaba la insolencia de Amuro.
—¡Estúpido! Son seres de otro mundo, ¿no lo comprendes? Hay otros mundos además de éste, ¿y por qué en otro mundo no pueden haber monos tan inteligentes como nosotros?
—Estás diciendo blasfemias, Dován. El saurio es el ser más perfecto de la Creación y ninguna otra criatura puede ser como nosotros. Por supuesto, no admitirás en tu casa a esos animales inmundos. Su sitio está en los galpones con los demás de su especie.
—¡Imbécil, haré lo que me dé la gana, para eso estoy en mi casa! —vociferó Dován fuera de sus casillas—. ¡Largo de aquí, apártate de mi vista grandísimo majadero!
El siniestro Amuro clavó sus grandes ojos de caballo en los terrícolas mientras sobaba nerviosamente el arma que tenía en las manos. Marek habló a Amuro de viva voz a la vez que telepáticamente:
—Atrévete a levantar esa arma y conocerás nuestro poder, Amuro, imbécil.
Amuro quedó perplejo. Seguro de no conocer el idioma en que se expresaba el mono, dudaba entre si había entendido sus palabras o si todo era producto de su propia imaginación. Marek vino a aumentar su confusión diciéndole telepáticamente:
—Sí, Amuro, te hablo a ti. Te advierto que puedo ver en mente tus malos pensamientos. Estás deseando correr a llamar a la Policía. Bien, pues hazlo.
Amuro se puso a temblar. Repentinamente una fuerza poderosa e invisible le arrebató, le levantó del suelo y proyectó contra la ventana que estaba a sus espaldas. Amuro atravesó la cristalera como un proyectil y fue a parar al exterior, entre la lluvia y el barro. Se escucharon algunos gritos de espanto, se produjo un segundo de general estupor y a continuación todos echaron a correr despavoridos. En un instante Dován quedó solo frente a los extranjeros.
La rugosa piel del rostro del saurio, de suyo verdosa, parecía más pálida.
Nuria Ross se volvió hacia Marek.
—¿Has sido tú?
—Ese imbécil ya me estaba cansando —manifestó Marek—. Tenía que darle una lección, hacerle una demostración de nuestra fuerza.
—Ciertamente ha sido una espectacular demostración de tu energía telekinésica —dijo la joven admirada.
Mientras tanto Adler Ban Aldrik se disculpaba ante Dován:
—Perdona el proceder de mi nieto, él es joven e impetuoso. No volverá a suceder.
—¿Vosotros habéis lanzado a Amuro por la ventana? —preguntó el saurio—. ¡Sin tocarle! ¿Cómo se puede hacer eso?
—Sólo con el poder de la mente, Dován.
Sumido en un caos de dudas el saurio guardó silencio mirando absorto al bartpurano. Como hombre culto trataba de hallar una explicación física al fenómeno que acababa de presenciar. Probablemente los extranjeros enajenaron la mente de Amuro por hipnosis y le impulsaron a saltar por la ventana.
Atento a los pensamientos del saurio, Adler Ban Aldrik transmitió telepáticamente:
—No, Dován. También pudo ser así, pero lo hicimos de otra manera. Mira allí, Amuro abandonó el fusil en el suelo —Adler Ban Aldrik extendió su brazo cubierto de cristal.
Dován miró en la dirección que señalaba el extranjero y vio cómo el pesado fusil levitaba, se elevaba sólo hasta un metro de altura y luego se desplazaba siguiendo el movimiento de la mano de Adler Ban Aldrik hasta venir a posarse suavemente sobre la mesa.
Como hombre culto que era, Dován rechazó la idea de un acto de brujería. La brujería era una tontería, no existía como tal. Tenía que haber algún fenómeno natural que los extranjeros eran capaces de controlar, algo que estaba en su mente, bien por generación espontánea, bien adquirido en base a Dios sabía qué misteriosos ejercicios, cuyo secreto sólo ellos conocían.
Lo peor de todo, a juicio de Dován, era que fueran monos los que ejercían este inexplicable poder. Las dotes de estos monos eran un golpe mortal al orgullo de clase de los saurios.
—Permitidme retirarme un momento —dijo Dován—. Sentaos y comed cuanto queráis.
—¿Por qué se marcha? —preguntó Nuria Ross viendo que el saurio abandonaba el salón.
—Está psíquicamente agotado, necesita una tregua para pensar lejos de nuestra inquisitiva vigilancia —explicó Adler Ban Aldrik.
—Bien, vamos a comer. ¿Podemos quitarnos las armaduras? —preguntó Gerardo Castillo.
Fue Marek quien respondió:
—No se lo aconsejo. Mientras conservemos puestas las armaduras pareceremos más grandes y robustos. En cuanto nos vean desnudos dejarán de respetarnos.
—Es que me pica la nalga y no puedo rascarme —dijo Castillo.
—Peor es que le pique una bala disparada a traición. Ese Amuro es un perfecto estúpido. Ni siquiera estoy seguro de poder confiar en Dován.
—La cosa de la seguridad es asunto suyo, Marek. Como científico, yo voy a estudiar científicamente lo que comen los saurios. Aquí hay una mesa bien puesta y a mí se me ha despertado el apetito, así que voy a dedicarme a mi trabajo —dijo Castillo de buen humor.
Dejando a los científicos junto a la mesa, Marek tomó su escafandra e hizo una seña al sargento Eced para que le siguiera. Se dirigieron a la puerta y salieron al pórtico. El tiempo parecía tender a mejorar. Llovía mansamente y se apreciaba un aumento de la luz ambiente. Marek abandonó el pórtico y salió a descubierto para mirar al cielo. En este momento vio la aeronave que salía de las nubes y descendía hasta pararse completamente sobre la vertical de la granja.
Marek transmitió telepáticamente a Fidel:
—Soy Marek. Hay una aeronave suspendida sobre nosotros, creo que se dispone a aterrizar.