CAPÍTULO PRIMERO
CON las reservas que eran del caso, Beg Hon aceptó colaborar en el plan de los terrícolas.
Los extranjeros decían proceder del espacio exterior, o sea, de más allá de la esfera cerrada y hueca llamada Hebón, que era todo el mundo conocido. La noción de un espacio exterior era difícilmente concebible para una inmensa mayoría de los “tumas”, y contraria a los postulados de la religión Auzal. Afortunadamente Beg Hon era un hombre culto, curado del espanto que aún hoy, en plena Era Atómica, causaba en ciertas gentes retrógradas aceptar como posible la existencia de un Universo más amplio del descrito en el Génesis.
Los silaitas, que andaban a la cabeza de la investigación científica y se habían despojado de todo prejuicio religioso, hacía tiempo que venían anunciando la existencia de este espacio exterior. En el Imperio Tumma todavía era blasfemia creer en ésta y otras realidades científicas. Sólo a nivel técnico, en libros y publicaciones de escasa difusión, era posible enterarse de las teorías que a este respecto formularon en su tiempo investigadores y filósofos como el malogrado Thant, o Bosha, o el gran Azi Val, víctimas de la incomprensión y la ignorancia.
Los extranjeros habían penetrado en Hebón tripulando una aeronave que en su aspecto general recordaba las formas de un submarino, pero que era tan grande como el mayor portaaviones de la Flota Imperial. Se llamaban a sí mismos “valeranos” y aseguraban ser originarios de un remoto planeta llamado La Tierra. Valera, según ellos, era un pequeño planeta hueco, curiosamente parecido al gigantesco Hebón, el cual se desplazaba a voluntad en el espacio viajando a velocidades increíbles, varias veces superiores a la velocidad de la luz, y aun así invertían milenios y centenares de miles de años en sus desplazamientos, tal era la magnitud de aquel cosmos que situaban fuera de Hebón, en el espacio exterior.
Para penetrar en Hebón los valeranos tomaron una aeronave de guerra y la enfilaron rumbo al hiperplaneta acelerando continuamente, hasta alcanzar una velocidad superior a la de la luz.
Contrariamente a los conocimientos de Beg Hon, según los cuales ningún móvil podía volar a mayor velocidad que la luz, los valeranos aseguraban que esto era posible si se utilizaba la técnica apropiada. Efectivamente, en la barrera de la velocidad de la luz se producía un intercambio entre la energía y la materia. Esta última aumentaba de masa, las piezas móviles se agarrotaban y los motores se paraban, motivo por el cual la mecánica clásica jamás podría traspasar aquella barrera. Para impulsar un móvil más allá de la velocidad de la luz tenían que utilizarse otros medios. Las aeronaves valeranas se movían sobre campos de fuerza gravitacionales, se apoyaban en determinados fenómenos magnéticos y saltaban la barrera de la luz internándose en una nueva dimensión llamada sub-espacio.
Al sobrepasar la velocidad de la luz se verificaba un fenómeno de dilatación gaseosa; las partículas subatómicas tendían a ensanchar sus órbitas, con lo cual aumentaba el espacio vacío existente en la materia. Entonces la aeronave se hacía enormemente grande sin crecer de masa, se convertía en una tenue nube de gas, la cual, sin perder su cohesión, pasaba a través de los cuerpos sólidos que encontraba en su camino. Solamente así era posible viajar a mayor velocidad que la luz.
Fue así como los valeranos penetraron a través de todo el espesor de la sólida envoltura de Hebón. Una vez en el interior del hiperplaneta, los instrumentos de a bordo reaccionaron a la luz del sol, entraron en función los sistemas de frenado y la aeronave volvió a su tamaño normal al pasar de una velocidad superlumínica a velocidad sub-lumínica. ¿Pero dónde se encontraban los tripulantes de la nave al producirse estos fenómenos?
No estaban a bordo ni en ninguna parte. Los valeranos habían llevado hasta sus últimas consecuencias su profundo conocimiento sobre la estructura de la materia, obteniendo de ello resultados asombrosos.
La materia, aseguraban, aparecía sólo en una ínfima parte en la composición de las cosas. Todas las cosas estaban formadas de átomos, y lo único que diferenciaba a unos átomos de otros era el número de protones, electrones y neutrones que entraban en su composición. Unos tenían carga eléctrica positiva, otros la tenían negativa, y los otros no tenían carga eléctrica alguna. Protones, electrones y neutrones giraban en sus respectivas órbitas alrededor del núcleo central, y las distancias entre unos y otros eran, proporcionalmente, mayores que la distancia que separaba entre sí a los planetas del sistema de Hebón, y entre éstos y el sol. Ahora bien; si las partículas subatómicas eran tan pequeñas, y aun así quedaba tanto espacio vacío entre ellas, ¿dónde estaba la materia?
Adler Ban Aldrik, el extranjero que hablaba telepáticamente a Beg Hon, lo explicaba de este modo:
—Si fuera posible comprimirse en una prensa, de tal modo que pudiera eliminarse de mi cuerpo todos los espacios vacíos y reunir lo que es verdaderamente materia en un solo montón, ese montón no sería mayor que un grano de arena, ¡y seguiría pesando ciento veinte kilos!
Adler Ban Aldrik era el más grande de todos los valeranos que formaban el grupo, casi tan alto como el propio Beg Hon, quien a pesar de todo le llevaba toda la cabeza. Obviamente los extranjeros no hablaban el mismo idioma que los tumas. Las palabras de los valeranos eran sonidos ininteligibles para los tumas. No obstante, cuando Adler Ban Aldrik se dirigía expresamente a uno mirándole a los ojos, los tumas le entendían perfectamente. ¡Y el extranjero entendía también a los tumas! Estas facultades telepáticas parecían estar irregularmente repartidas entre los astronautas valeranos; unos las poseían en exceso, como aquel Adler Ban Aldrik, y otros, en cambio, parecían no tenerlas en absoluto.
La más enfarragosa materia, explicada por Adler Ban Aldrik mediante la transmisión del pensamiento, resultaba fácil de comprender. Tal vino a ser el caso en la descripción que Adler Ban Aldrik hizo de la “Karendón”, una máquina de una complejidad enorme, pero que en palabras del extranjero parecía de un funcionamiento tan sencillo como elemental.
Aplicada a las cosas, cualquier objeto introducido en la máquina era sometido a una destrucción total controlada. De afuera adentro, la Karendón arrancaba y volatilizaba finísimas capas de materia hasta desintegrarlo todo. Ésta era la operación que los valeranos llamaban “desmaterialización”. Simultáneamente con la destrucción de cada átomo, la computadora de la Karendón analizaba su composición. La estructura de cada átomo y el lugar que ocupaba quedaban almacenados en la memoria de la máquina, la cual a continuación perforaba una cinta metálica donde, mediante un código, quedaban reflejados todos los datos relativos a la estructura molecular del objeto destruido.
Realizada esta hazaña (la desmaterialización se hacía en menos de un segundo) la Karendón estaba en condiciones de repetir todo el proceso a la inversa. La cinta perforada se hacía pasar a través de un lector, el cual informaba a la computadora de la naturaleza y situación de cada uno de los átomos que debía restituir. La máquina almacenaba y ordenaba esta información en su memoria, preparaba las cargas eléctricas, y en un momento dado las disparaba como proyectiles sobre una trama de coordenadas tridimensionales. En un segundo el objeto desmaterializado era restituido a su naturaleza, tamaño y forma original. Todo quedaba igual que antes, pero además quedaba una cinta perforada, el llamado “vetatom”. A partir de aquí, haciendo pasar esta cinta cuantas veces fuera necesario, se podían obtener tantos objetos idénticos al modelo como se quisiera. Y el modelo podía ser cualquier cosa; desde aparatos de gran complejidad estructural, como una computadora u otra Karendón, hasta alimentos… ¡y seres humanos!
Sólo existía una limitación para la fabulosa Karendón. La máquina, creadora de materia, jamás sería capaz de crear la vida. La Karendón venía así a responder a la controvertida discusión sobre la existencia del alma. El alma existía como ente inmaterial, y por consecuencia indestructible; es decir, inmortal. Un hombre, una res, una planta, podían ser desmaterializados y al ser restituidos de nuevo la vida volvía con ellos. Más si sobre el modelo original se restituía un sosia, éste aparecía sin vida. La deducción de todo esto era que un alma sólo podía animar una sola vida.
Los valeranos, en sus largos desplazamientos por el espacio a mayor velocidad que la luz, eran desmaterializados masivamente en las máquinas Karendón, para regresar a su estado físico cuando el autoplaneta llegaba al final de cada viaje. No importaban el tiempo transcurrido ni la distancia recorrida desde el último lugar donde se realizó la desmaterialización. En cualquier lugar y en cualquier tiempo el alma, dondequiera que se encontrara, regresaba siempre para incorporarse al individuo que abandonó.
Fue de este modo como los extranjeros lograron penetrar hasta el interior de aquella enorme esfera hueca llamada Hebón; es decir, desmaterializándose a bordo de la aeronave antes que ésta alcanzara la velocidad de la luz y materializándose de nuevo una vez se encontraron dentro del hiperplaneta. ¿Increíble?
El conde Ubiao, que con el sargento Istan y el propio Beg Hon eran los tres prisioneros a bordo de la aeronave valerana, se negaba a aceptar lo que calificaba de pura fantasía. Beg Hon preguntó a Ubiao si creía que los valeranos procedían del mismo Hebón.
—No lo creo. Si su país estuviera en el mismo Hebón tendríamos que haberles conocido antes. Con su avanzada técnica y sus armas habrían conquistado todo el mundo hace tiempo.
—¿Y por qué habrían de conquistarnos? —protestó Beg Hon—. Tal vez nunca sintieran necesidad de hacerlo. ¿O es que la vida se reduce a eso, a sojuzgar a los demás o ser sojuzgado?
Para el conde Ubiao, como para la inmensa mayoría de los tumas, no era apenas concebible que una nación, en posesión de poderosos medios, no los utilizara para imponer su ley a las otras naciones. La política expansionista del Imperio Tumma se fundaba en esta ley elemental; o dominar, o ser dominado. Tal era el móvil que había impulsado a Tumma a atacar a la República de Silaos.
Por pura casualidad los valeranos llegaron a Hebón en el preciso momento que el submarino nuclear MAQUIM, de la Flota Imperial, disparaba el primer proyectil. Al propio Beg Hon, segundo oficial del MAQUIM, le cupo el dudoso honor de pulsar el botón con el cual iba a iniciarse la primera guerra nuclear del mundo. Los tres missiles lanzados por el sumergible iban destinados a arrasar Orkad, ciudad portuaria e importante centro industrial en la costa oriental de Silaos, pero ninguno alcanzó su objetivo, pues todos estallaron en el aire.
El tercero de los missiles explosionó sobre el mismo submarino, provocando en éste una vía de agua que le impidió sumergirse de nuevo. Obligado a huir, el MAQUIM se encontraba todavía bajo la nube radiactiva, entre la oscuridad y la lluvia, cuando se desplomó del cielo una enorme mole amarilla que fue a posarse en el mar. Era la aeronave de los valeranos. La ola que levantó la aeronave casi hizo volcar al MAQUIM. Poco después el submarino abordaba a la extraña nave. El encontronazo dejó tan escorado al sumergible que se hizo preciso abandonarlo, justo en el momento que llegaban los aviones silaitas y empezaban a largar bombas.
Beg Hon se encontraba nadando en el mar cuando unos individuos enfundados en recias armaduras y escafandras oscuras le rescataron. Le llevaron hasta una pequeña embarcación y allí le alcanzó una bala de los aviones. Al recobrar el sentido se encontraba a bordo de la aeronave.
Beg Hon sintió un repeluzno la primera vez que vio a los terrícolas. Imposible era describir su aspecto; a Beg Hon le hacían recordar una gallina desplumada viva. Su piel delgada, lisa y pálida, era sencillamente repugnante. Eran de estatura inferior, delgados de brazos y piernas, y hablaban con una voz ridículamente aflautada.
El primero de aquellos extraños seres en hablarle fue Adler Ban Aldrik. Fue una experiencia desconcertante. Las palabras de los extranjeros eran simples voces sin sentido para Beg Hon. Solamente cuando Adler Ban Aldrik le habló le comprendió, ¡a pesar de que sus palabras, en tal que sonidos, seguían siendo ininteligibles! El extranjero explicó este fenómeno asegurando poseer facultades telepáticas. Es decir; no sólo podía hacerse entender por Beg Hon y sus compañeros, sino que era capaz de leer los pensamientos de los tumas y comprenderles.
Tras el rescate de los náufragos del MAQUIM los valeranos hicieron elevarse de nuevo su aeronave y la llevaron a gran altura sobre la vertical de Silaos. Los extranjeros se proponían impedir que silaitas y tumas se destrozaran mutuamente en una guerra nuclear que calificaron de “insensata”. Desde su aventajada posición, utilizando unos poderosos rayos de enorme alcance, la aeronave destruía sistemáticamente todos los proyectiles nucleares de tumas y silaitas en cuanto éstos alcanzaban su máxima altura. Tumas y silaitas perdieron así un elevado número de missiles, y numerosas ciudades y millones de seres se salvaron de una hecatombe segura. Comparado con lo que se esperaba habría de ser la guerra en las primeras veinte horas, todo quedó reducido a un moderado intercambio de bombas.
Pese a todo la guerra continuaba en tierra, donde las divisiones acorazadas silaitas habían rebasado la frontera de los países vecinos, iniciando con ello la temida y esperada invasión. Por primera vez los silaitas utilizaban artillería atómica y sus aviones demolían los enclaves aliados y las bases tuma de donde salieron los primeros missiles.
Durante varias horas la aeronave de los valeranos siguió haciendo de escudo entre los dos bandos contendientes. Finalmente el contralmirante Aznar fue a hablar con Beg Hon y le expuso su idea. Los valeranos, dijo, no tenían aspiraciones territoriales ni de ningún otro tipo en Hebón. Habían llegado hasta allí ignorando que el planeta estuviera habitado, y sólo se proponían evitar una guerra nuclear de efectos desastrosos no sólo para los países beligerantes, sino para extensas áreas del planeta que quedarían contaminadas de mortal radioactividad. El contralmirante quería enviar a Beg Hon y sus compañeros de regreso a Tumma para que contaran lo que habían visto y trataran de concertar una entrevista entre él y el emperador.
Utilizando la propia emisora de radio de la aeronave, Beg Hon consiguió comunicar con la base de submarinos. Sus superiores expusieron el asunto al Gabinete del emperador y finalmente, tras una espera de horas, llegó la respuesta afirmativa. Se permitía que una cápsula portadora de una Karendón T aterrizara en territorio tuma.
Para viajar a larga distancia los valeranos utilizaban una variante de la máquina Karendón, llamada “Traslator”. El sistema era tan sencillo como ingenioso. Primeramente se hacía volar hasta el punto de destino una cápsula portadora de la Traslator. Una vez la cápsula había aterrizado se desmaterializaba a los viajeros a bordo de la aeronave y se enviaban por radio los datos relativos a la disposición de los agujeros que aparecían en la cinta perforada obtenida de la desmaterialización de los viajeros. En el lugar de destino la Traslator confeccionaba una cinta perforada idéntica a la primera, y sobre esta cinta la Karendón restituía a los viajeros en el interior de la cápsula.
Aparte de la comodidad, seguridad y rapidez, este sistema ofrecía otras muchas ventajas. Una vez situada en tierra, la cápsula podría servir para ir y volver desde la aeronave a Tumma tantas veces se deseara. El contralmirante Aznar tenía el propósito de llevar una segunda cápsula a Silaos. Si la deseada entrevista llegara a realizarse, ambas cápsulas y la Karendón a bordo de la aeronave serviría para trasladar rápidamente a las delegaciones de ambos países de un lado a otro.
El lugar designado por los tumas para el aterrizaje de la cápsula portadora era una extensa playa al extremo de una zona desértica en la costa oriental del continente Tumma. Beg Hon, el conde y el sargento Istan harían el viaje. La cápsula portadora, dirigida por control remoto desde la aeronave, fue a posarse en el lugar previsto.
No le costó a Beg Hon poco trabajo convencer al conde Ubiao de que no había peligro alguno en aquella extraña forma de viajar. En honor a la verdad, el propio Beg Hon tenía sus reservas. Finalmente los tres entraron en la cámara de la Karendón.
—No sentiréis nada —advirtió Adler Ban Aldrik—. Veréis un relámpago, y con el mismo relámpago en las retinas os encontraréis en la cápsula. La cámara de la cápsula tiene las mismas dimensiones que ésta, pero está totalmente cerrada. Solamente en eso notaréis que os encontráis en otro lugar. Esperad tranquilos a que se abra la puerta. Eso es todo, buen viaje.
Solos en la cámara revestida de cristal los tres tumas se miraron unos a otros. Escucharon el zumbido de la máquina. Por enésima vez Ubiao dijo entre dientes:
—¿Y si la máquina fallara?
Brilló un relámpago azul eléctrico. Beg Hon pegó un respingo de sobresalto. Junto a él vio al conde Ubiao y al sargento Istan que doblaban las rodillas y caían pesadamente al piso como muñecos de trapo.
Aterrado miró Beg Hon a sus compañeros. Istan estaba caído de bruces con el rostro pegado al suelo. El conde Ubiao había quedado a medias recostado con los hombros contra la pared, todo el peso del cuerpo sobre las piernas dobladas, la cabeza ladeada y los ojos abiertos, la mirada fija y sin expresión.
—¡Ubiao! —exclamó Beg Hon.
No obtuvo respuesta ni la esperaba, pues inmediatamente comprendió que su compañero estaba muerto. La máquina le había matado y también a Istan. Beg Hon sintió miedo, un miedo animal, irreflexivo, que brotaba de las capas más primitivas de su ser. Instintivamente dio un salto hacia la salida. No reparó siquiera en que estaba en la misma cámara donde debieran haber sido desmaterializados. La cámara no tenía puerta, sólo una gran pantalla separada de los bordes de la gran caja el espacio suficiente para permitir el paso de un hombre deslizándose de lado.
Beg Hon se lanzó hacia aquella abertura, chocando con Adler Ban Aldrik que se disponía a asomarse. El empujón arrojó a Adler Ban Aldrik a unos pasos de distancia. Beg Hon saltó sobre él, le echó las garras al cuello y lo zarandeó rugiendo de furor.
—¡Embusteros… traidores! ¡Habéis asesinado a mis camaradas!
Beg Hon siempre había creído que era más fuerte que cualquiera de los terrícolas, incluido Adler Ban Aldrik. Pero también en esto se equivocó. Adler Ban Aldrik sacó los brazos por detrás de los hombros de Beg Hon, le clavó unos dedos como garfios en el maxilar inferior y casi le desnucó al empujarle la cabeza hacia atrás. Beg Hon tuvo que soltar la presa que sus manos hacían alrededor de la garganta del valerano. Éste le hundió el puño en el vientre, el punto más blando y vulnerable, obligando al tuma a doblarse soltando ruidosamente el aire de los pulmones. El puño de Adler Ban Aldrik golpeó al tuma en la punta de la barbilla. Beg Hon salió reculando para ir a estrellarse contra el banco de instrumentos de la Karendón, cayendo de allí al suelo.
Los tumas tenían la cabeza muy dura y Beg Hon no llegó a perder el sentido. Sólo quedó medio aturdido, sentado en el suelo con la espalda contra el banco. Adler Ban Aldrik le habló directamente al intelecto:
“Lo siento, tuve que hacerlo. Comprendo que estés furioso. Has visto a tus camaradas muertos y supones que nosotros les hemos asesinado.”
—Vosotros o vuestra máquina, da lo mismo. ¡Están muertos! —gritó Beg Hon—. Asegurabais que no había peligro alguno, que la máquina no iba a fallar…
—La máquina no falló. De haber sido así no habría discriminado entre tú y tus compañeros. Todos estaríais muertos. Pregúntate por qué tú estás vivo y ellos no. ¿No te interesa saberlo?
La réplica del valerano dejó confundido a Beg Hon. Miró a Adler Ban Aldrik y advirtió también la presencia de dos tripulantes junto a la puerta de la habitación.
—Está bien, dímelo tú —dijo Beg Hon—. Ibais a enviarnos a Tumma. ¿Por qué estamos todavía aquí?
—Ya estuvisteis en Tumma.
—Mientes, nunca nos movimos de este barco. Nos habéis engañado.
—Viajasteis a Tumma —insistió Adler Ban Aldrik. Desembarcasteis en la playa y acudió a recogeros un helicóptero. Hasta varias horas después no supimos de vosotros. Más tarde nos llamaste por radio y dijiste que podíamos desembarcar sin miedo, que el emperador iba a recibirnos…
—¿Quieres hacerme creer que ocurrió todo eso y lo he olvidado?
—Beg Hon, escúchame —dijo el valerano con firmeza—. Nos llevaste engañados a la playa. Afortunadamente no utilizamos la cápsula, sino que fuimos hasta allá en este mismo buque. Los tumas habían concentrado una gran escuadra naval y llevaron carros blindados y artillería hasta las inmediaciones de la playa. Tuanko desconfió, mas pese a todo él y yo desembarcamos. Había un helicóptero en la playa y junto a él os vimos a Ubiao y a ti. Nos encontramos a media distancia entre nuestro barco y el helicóptero, y tus primeras palabras fueron para advertirnos que íbamos a ser traicionados. En ese momento Ubiao empuñó una pistola y disparó contra ti. Estabas herido y al retroceder hacia el barco te arrastramos con nosotros. Los buques de guerra abrieron fuego de artillería contra nuestra aeronave utilizando granadas atómicas. Gracias a nuestras armaduras no nos mataron sobre la playa. Entramos en nuestro barco y desde la cámara de derrota cerraron precipitadamente la cortina de “dedona”. Tan precipitadamente lo hicieron que la cortina metálica seccionó limpiamente tus dos piernas. Estabas desangrándote y tuve que efectuar una intervención de urgencia cerrando las venas. Ibas a morir, apenas quedaba en ti un soplo de vida y sólo había una forma de salvarte. Teníamos que llegar hasta la Karendón y desmaterializarte antes que tu alma escapara de tu cuerpo. Eso hicimos. Corrimos hasta esta Karendón, te arrojamos dentro de la cámara y fuiste desmaterializado.
Beg Hon se miró ambas piernas. Adler Ban Aldrik interceptó su pensamiento y dijo:
—Por supuesto, esas piernas no son de tu última desmaterialización. Para salvarte la vida y las piernas hemos tenido que restituirte sobre el “vetatom” que quedó en la máquina cuando fuiste desmaterializado para ser enviado a Tumma. Pero no estabas solo en aquella ocasión, así que tuvimos que restituir también a tus compañeros. Ubiao está muerto y el sargento Istan vive en otra parte; esa es la razón de que hayan aparecido sin vida al ser restituidos contigo.
—¿Por qué no recuerdo nada de cuanto dices? —preguntó Beg Hon.
—Es sencillo de comprender. El hombre que acaba de ser restituido es el Beg Hon que salió de este buque para viajar a Tumma. El pensamiento, las ideas y los recuerdos están contenidos en las células cerebrales, forman parte de la vida material del hombre. No puedes recordar nada de lo que pasó después porque en ese momento todavía estabas aquí y no habías vivido los sucesos que habrían de producirse después. ¿Quieres verte a ti mismo tal como llegaste después de la huida de la playa?
—Sí, quiero verme —respondió Beg Hon con firmeza.
Adler Ban Aldrik se acercó al banco y manipuló los mandos. La Karendón zumbó y a continuación brilló un relámpago en la cámara. Beg Hon se incorporó. Vio avanzar y retroceder la cinta perforada en el lector fotoeléctrico. La máquina dejó oír de nuevo su poderoso zumbido y soltó una terrible descarga.
—Ahora puedes mirar —dijo Adler Ban Aldrik.
Beg Hon fue a asomar la cabeza en la cámara de restitución. Habían desaparecido los cadáveres del conde Ubiao y de Istan, y en su lugar vio un cuerpo mutilado tendido en el piso, sobre un charco de sangre. Sin duda era él mismo, aquel era su rostro. Tenía la ropa como chamuscada y de los muñones de las piernas manaba todavía la sangre…
Se echó atrás lleno de horror y repugnancia.
Mientras regresaba hacia donde se encontraba Adler Ban Aldrik éste hizo funcionar de nuevo la máquina desmaterializando cuanto había en la cámara.
—Me has salvado la vida —dijo Beg Hon—. Os estoy agradecido.
—Tú la arriesgaste antes por nosotros —respondió el valerano.
—No puedo recordar qué ocurrió, pero tal como dices que sucedieron las cosas, debió haber un complot para asesinar al contralmirante y tratar de destruir vuestra aeronave —dijo Beg Hon.
—Tal vez fue un error interponernos entre vosotros y los silaitas. Bueno, tus amigos podrán continuar la guerra ahora.
Beg Hon clavó sus grandes ojos en el lampiño rostro del extranjero. Adler Ban Aldrik movió afirmativamente la cabeza y dijo:
—En efecto, nos retiramos. El contralmirante se reconoció impotente para poner fin a vuestra disputa. La guerra continuará apenas nos alejemos, la gente seguirá muriendo y las secuelas serán la ruina por igual de vencedores y vencidos.
—¿Os marcháis?
—La aeronave tiene que regresar. No obstante algunos de nosotros vamos a quedarnos un tiempo más para completar nuestros conocimientos acerca de este mundo. En cuanto a ti, ¿qué podemos hacer? Tal vez quieras volver a tu país… no lo sé, tú dirás en qué podemos ayudarte.
Beg Hon movió la cabeza.
—En mi país soy un traidor —dijo con amargura—. Nunca podré regresar.
—Nuestra intención es explorar el lado contrario del planeta. Puedes venir con nosotros si lo prefieres.
—Sí, iré con vosotros —dijo el tuma sin pensarlo mucho.