CAPÍTULO II
LA idea de permanecer unos días más en el hiperplaneta surgió del profesor Castillo, fue apoyada por Adler Ban Aldrik y encontró una fuerte oposición en el contralmirante Tuanko Aznar.
El “Coimbra”, crucero de combate de la Armada Sideral Valerana, tenía que regresar a Valera en el tiempo previsto. Las comunicaciones por radio no eran posibles desde el interior del hiperplaneta y un retraso sobre la fecha prevista provocaría la inquietud del Almirante Mayor y tal vez el envío de una segunda aeronave en su busca.
—Bueno, ésta es una expedición científica —argumentó el profesor Castillo—. Cabe suponer que no espera de nosotros igual puntualidad que si se tratara de una misión de bombardeo, pongo por caso. El viejo comprenderá.
—No, el viejo no lo comprenderá —rebatió Tuanko—. Desde Valera no puede imaginar siquiera lo que ocurre aquí dentro. No digo que no se preocupara también aunque no hubiera un solo Aznar a bordo de este barco, pero sería distinto. No digamos el señor presidente.
Tuanko Aznar aludía a la presencia a bordo de la capitana Izquiaola, hija del presidente de la República de Valera. En cuanto a los Aznar, ya el Almirante Mayor había manifestado su desagrado antes de la salida, entendiendo por excesivo el protagonismo de su familia en esta misión. En efecto, nada menos que cuatro miembros de la familia figuraban en el rol: Tuanko Aznar, Alejandro Aznar, Fidel Aznar y Marek Aznar. No era exagerado decir que el Almirante Mayor se sentiría hondamente preocupado a poco que el crucero “Coimbra” se retrasara sobre la hora de llegada prevista. Si la aeronave sufriera algún percance irreparable, el Almirante Aznar perdería de una sola vez a su hermano (Adler Ban Aldrik), a su hijo (Alejandro) y a sus dos sobrinos (Tuanko y Marek). También el presidente empezaría a preguntar si se tenían noticias del crucero.
—El barco regresa a Valera —afirmó Tuanko.
Replicó el profesor Gerardo Castillo:
—Bueno, pues si el barco se va, deja al menos que nos quedemos los demás.
—¿Quiénes son los demás? Sólo veo un par de locos empeñados en quedarse solos en un planeta enorme, del que apenas conocemos nada y en donde puede ocurrir todo.
—No puedes negarte a eso, Tuanko —dijo Adler Ban Aldrik con su voz suave y persuasiva—. No retrasaremos ni entorpeceremos el regreso del buque. Sólo permítenos utilizar una Traslator y ya regresaremos por nuestros propios medios.
—El viejo me pedirá cuentas por haber permitido quedaros sin la adecuada protección.
—Pues protégenos, no nos oponemos a que nos protejan.
—Para eso tendría que dejar aquí el buque. Pero el buque tiene que regresar. No puede ser, ya está dicho. ¡Y no se hable más del asunto! —rechazó Tuanko Aznar con energía.
Los dos hombres abandonaron la cámara de derrota, aparentemente resignados a aceptar la negativa. Pero Tuanko, que conocía muy bien a Adler Ban Aldrik, no cayó en la ingenuidad de creer que había ganado la batalla.
En efecto, apenas transcurridos diez minutos vio llegar en comisión a todo el equipo científico. Éste lo formaban dos mujeres y cinco hombres, entre ellos el propio padre de Tuanko, el profesor Alejandro Aznar.
Tuanko era tapo, como su padre, y como éste poseía algunas de las prodigiosas facultades paranormales que también tenía Adler Ban Aldrik, entre ellas la telepatía. Gracias a su condición de paragnóstico, Tuanko ya estaba captando la vibración cerebral de su padre incluso antes de que éste llegara hasta él.
—Por favor, no quiero discutir este asunto —dijo Tuanko levantando las manos—. Ya dije todo lo que tenía que decir, ¡no!
Nunca había visto Tuanko enfadado a su padre, pero esta vez ocurrió.
—Te daré la oportunidad de meditar tu negativa, hijo —dijo Alejandro—. El equipo científico no somos soldados. No estamos sujetos a tu disciplina ni puedes obligarnos a regresar si no queremos hacerlo. Nos da igual que el Almirante se enfade o reviente de una rabieta. Nosotros nos apeamos de tu barco aquí.
Jamás, en todos los años de su vida, había tenido Tuanko una discusión con su padre. Por lo general Alejandro era un hombre de carácter apacible, aunque poco comunicativo y más bien a la defensiva en cuanto a entregar su afectividad a terceros. Sin duda alguna era la eminencia gris de la familia.
Dejando a parte a Adler Ban Aldrik, cuya extraordinaria personalidad merecía un tratamiento distinto, Alejandro era el primer Aznar en quien se rompía una larga tradición de brillantes ejecutorias. Desde el Siglo Veinte los Aznar fueron en sucesión ininterrumpida grandes conductores de hombres; almirantes de la Armada Sideral, “superalmirantes” del autoplaneta Valera, descubridores, conquistadores y colonizadores de nuevos mundos.
La ruptura de tan fulgurante trayectoria se producía en Alejandro y continuaba en sus descendientes. Tuanko Aznar, en quien apuntaban buenas maneras de líder, no alcanzaría probablemente las altas cotas de sus antecesores. Tuanko también era “tapo”.
Los “tapos” eran descendientes de la rama valerana que creó un nuevo imperio en el circumplaneta Atolón y se le suponía residuo de un mestizaje entre éstos y los antiquísimos pobladores de aquel mundo, los bartpuranos. De los bartpuranos recibirían los “tapos” sus excepcionales facultades paragnósticas, gracias a las cuales sobrevivirían a la desaparición de la civilización atolonita y a la posterior invasión del circumplaneta por otra raza extragaláctica; los “ghuros”. En el autoplaneta Valera la colonia “tapo” no alcanzaba ni a cien mil individuos y formaba una minoría étnica que, si bien disfrutaba de los mismos derechos que los valeranos, estaba francamente discriminada.
En la reconquista de Atolón, el joven Miguel Ángel Aznar conoció a Banda, una joven y hermosa “tapo” de la cual tuvo dos hijos; Alejandro y Dalia. El matrimonio fracasó. Las peculiaridades del carácter “tapo” jamás fueron comprendidas por los adustos valeranos, y Miguel Ángel Aznar no era en este sentido diferente de sus compatriotas. Por igual razón Miguel Ángel estuvo siempre lejos del amor de sus hijos. Esta falta de afecto marcó la infancia de Alejandro e hizo de él un muchacho introvertido, silencioso y melancólico, más atraído por el estudio de las ciencias que por la carrera militar que habían seguido sus distinguidos abuelos.
La comprensión y el afecto que Alejandro nunca encontró en su padre iría a buscarlos en su tío Fidel (Adler Ban Aldrik), que fue quien hizo de él un científico de excepción. Alejandro tuvo una esposa “tapo” y dos hijos; Tuanko y Virela. El fracaso del Almirante con sus hijos quiso enmendarlo en sus nietos, especialmente en Tuanko, a quien se propuso educar personalmente. Criado lejos de Alejandro, el propio Tuanko ignoraba de su padre muchos aspectos de su carácter. Por esto le sorprendió verle adoptar una actitud enérgica, nueva en él.
—Está bien —dijo Tuanko—. Les desembarcaré junto con una Traslator, pero ustedes asumirán su propia responsabilidad por cuanto pueda ocurrirles. Sólo impondré una condición; que las mujeres regresen a Valera en el buque.
Las dos mujeres en el equipo científico eran Nuria Ross y Paulina Elorza. Éstas protestaron por una decisión que entendían era discriminatoria y atentaba contra la igualdad de derechos.
—Déjense de tonterías, no se trata de derechos, sino de su condición física —cortó Tuanko con energía—. Hasta aquí todo les fue fácil, sólo desembarcaron una vez y tenían el respaldo del “Coimbra”, pero en esta ocasión será distinto. El crucero no estará allí para vigilar y auxiliarles. Pueden verse obligados a volar largas distancias sin más equipo que su “back” individual, a huir, a defenderse, a sufrir hambre y calor. No es una misión para mujeres, ni siquiera para un pequeño grupo de hombres sin el entrenamiento adecuado, sin conocimientos de supervivencia, sin habilidad en el manejo de las armas ni el equipo de vuelo. No sé ni siquiera por qué les consiento ir, aunque supongo que van a decirme que cada cual es libre de suicidarse como le dé la realísima gana. Muy bien, suicídense. Pero no cederé en lo que se refiere a las mujeres. Ellas no desembarcarán.
La intransigencia de Tuanko rindió a Paulina Elorza y provocó la airada reacción de Nuria Ross, la cual reclamaba como los demás su derecho a suicidarse como le diera la gana.
—No se trata de tu suicidio —dijo Gerardo Castillo—, sino de que no seas un estorbo para el resto del equipo.
Nuria miró sorprendida al profesor. Miró uno a uno a sus amigos y éstos rehuyeron encontrarse con su mirada.
—Creía tener compañeros —dijo la joven con amargura—. Pero no son otra cosa que una pandilla de egoístas. ¡Les desprecio!
Salió de la sala llorando y todos se sintieron aliviados.
—Pienso que acaban de perder una amiga por nada —apuntó Tuanko Aznar—. Para regresar a Valera desde el interior del hiperplaneta tendrán que utilizar la Karendón, pero sus “vetatom” no podrán ser transferidos fuera de las paredes de la esfera. Por lo tanto, al ser restituidos en Valera sobre los “vetatom” que van a viajar en el “Coimbra”, ustedes no recordarán nada de cuanto ocurrió a partir del momento que abandonaron el buque. ¿Qué utilidad habrán sacado pues de este arriesgado viaje?
—Esperamos no tener que regresar por ese medio —dijo el profesor Valera—. Es de suponer que al tener noticias por ustedes de que el hiperplaneta está habitado, alguien decidirá enviar otra aeronave para llevar a cabo una exploración más profunda de este mundo. Esperaremos durante dos semanas que alguien venga a buscarnos. Si nadie viene por nosotros, daremos por perdidas nuestras experiencias y nos desmaterializaremos en la Karendón para que nos recuperen en Valera.
El crucero sideral había abandonado Tumma hacía tres horas y no disponían de mucho tiempo para los preparativos.
Formado en el espíritu de alta eficiencia de la Armada Sideral, Tuanko era un hombre que detestaba la improvisación. Este desembarco no estaba previsto, no se había estudiado previamente, y por lo tanto no ofrecía ninguna de las garantías mínimas exigidas en un plan serio que se propusiera obtener cierto éxito. Lo primero que precisaba saber era el lugar donde los científicos iban a desembarcar. Lo preguntó Tuanko, los científicos se miraron unos a otros y fue Adler Ban Aldrik quien finalmente respondió:
—No tenemos predilección especial por un lugar determinado, pero puesto que la nave va arrumbada en esa dirección desembarcaremos alrededor de aquella zona de intensa actividad nuclear.
Adler Ban Aldrik aludía al descubrimiento hecho horas atrás, cuando se encontraban en el cielo de Silaos. Explorando el espacio con el detector de neutrinos, los valeranos establecieron la existencia de un elevado número de reactores nucleares funcionando en el lado opuesto del planeta. Sin embargo, Beg Hon ni sus amigos tenían noticias de que existiera ninguna otra civilización tecnificada más allá del mundo por ellos conocido.
Bien era cierto que los tumas no habían explorado todo el hiperplaneta. Éste era una esfera hueca de unos diez mil millones de kilómetros de diámetro, tan grande como todo el sistema solar terrícola hasta más allá de la órbita de Neptuno. Los aviones más rápidos conocidos en Hebón no eran capaces de desarrollar una velocidad superior a los 3.000 kilómetros por hora, y su radio de acción no alcanzaba más allá de 8.000 kilómetros. Pero si incluso prescindiendo de su limitado radio de acción, los tumas o los silaitas se hubiesen propuesto llegar al extremo opuesto del planeta, sus aviones habrían tardado en alcanzar aquel remoto lugar ¡seiscientos años! Tal empresa estaba totalmente fuera de las posibilidades de la técnica aeronáutica de los tumas, cuyo desarrollo sólo llevaba un siglo de existencia.
¿Qué posibilidades cabían de que otra civilización hubiera llegado aquí desde el otro extremo del planeta?
Aproximadamente las mismas. Sin embargo, mientras exploraban los lejanos confines del continente silaita, durante un breve desembarco para estudiar a ciertos “monos”, los científicos valeranos descubrieron los restos de una máquina voladora construida sobre una técnica más avanzada que la desarrollada por tumas y silaitas. Se trataba de un “platillo volante”, máquina que todavía tenía que apoyarse en el aire para volar, pero capaz de desarrollar velocidades muy elevadas, y que presentaba la novedad de estar propulsada por un motor atómico.
Se trata, sin duda, de la tentativa de alguna otra civilización por llegar hasta este rincón del hiperplaneta, una tentativa que falló por muy poco, y que seguramente se repetiría con mejor fortuna en cualquier momento. Porque aquella máquina, cuya velocidad no debía sobrepasar los 25.000 kilómetros por hora, habría invertido alrededor de unos setenta años en volar 15.000 millones de kilómetros hasta estrellarse en Silaos. Pero durante todo este tiempo, mientras el “platillo volante” estaba en camino, la civilización que lo creó debió seguir investigando, perfeccionando su tecnología, hasta construir tal vez un nuevo modelo de aeronave capaz de volar a cien mil kilómetros por hora ininterrumpidamente durante dieciocho años.
Es decir, si medio siglo después de despedir al “platillo volante” aquella civilización avanzada enviaba por la misma ruta una aeronave cuatro veces más veloz, esta última casi llegaría al mismo tiempo que la primera. Beg Hon afirmaba no tener conocimiento de que ninguna aeronave hubiera llegado jamás a Silaos o Tumma desde otra parte del planeta. O sea, este hecho no se había producido, luego podía ocurrir en el momento menos pensado a partir de hoy mismo.
Esta civilización avanzada sobre el progreso tecnológico de tumas y silaitas era la que Adler Ban Aldrik se proponía investigar.
De muy mal humor, Tuanko Aznar buscó un pupitre en un rincón de la cámara de derrota, dispuesto a confeccionar una lista con aquellos elementos que, a su juicio, debería llevar consigo la expedición. Rápidamente escribió a medida que iba pensando:
“Equipo que deberán llevar. Armaduras totales de vacío (por supuesto también “backs”). Raciones “patropa” para una semana por individuo (cada cual llevará la suya en un macuto). Cámaras fotográficas, grabadoras de sonido, cámaras “videograf”, emisor de radio con mando de retorno para hacer venir a la cápsula dondequiera que esté, prismático, girocompás, botiquín de urgencia, pastillas para potabilizar el agua. El equipo científico que ellos propongan para desarrollar mejor su misión. Además, en la Karendón T llevarán “vetatoms” para restituir: Alimentos. Medicinas y material quirúrgico. “Backs” y escafandras de repuesto. También botellas de oxígeno (Dios sabe en qué apuro pueden verse). Tiendas de campaña completas con mesas, sillas y camas desmontables. Armas de “luz sólida”…”
Levantó el lápiz meditando. ¿No podría resultar comprometido llevar en la expedición armas de “luz sólida”? En el supuesto de que éstas cayeran en manos de extraños, alguien podría copiarlas. Incluso podría utilizar la Karendón para producirlas en gran cantidad…
Tachó “armas de luz sólida” y en su lugar escribió: armas convencionales. De pronto se enojó y arrojó el lápiz sobre el pupitre.
—¿Qué te ocurre, no salen las cuentas bien? —preguntaron.
Se volvió y vio a Marek Aznar, que estaba tras él observándole.
—¡Es un disparate! —dijo Tuanko con rotundidad—. No se les puede dejar solos, se perderán en este inmenso planeta, o les matarán o les capturarán. No sabemos a qué peligros van a estar expuestos. No tienen preparación física, ni destreza en las armas, ni apenas saben cómo se maneja un “back” ni un emisor de radio…
Marek sonrió. Alto, rubio de ojos azules, hermoso y bien proporcionado de cuerpo, como una estatua clásica, Marek poseía muy bien desarrolladas las facultades paranormales propias de los tapos. Aunque no había tenido un maestro como Adler Ban Aldrik, de hecho Marek tuvo muchas más ocasiones que Tuanko para ejercitar estas facultades.
Su padre fue Héctor Aznar, nieto de Adler Ban Aldrik, uno de los hombres que se quedaron en Atolón para tener a raya a los Hombres Grises (thorbod) mientras el resto del pueblo tapo viajaba a la Tierra con el Almirante Miguel Ángel Aznar en busca de ayuda.
Marek “leía” telepáticamente el pensamiento de Tuanko y dijo:
—Permíteme que vaya con ellos. Al menos estarán más protegidos y mejor dirigidos.
—¿Mejor que si los dirijo yo mismo? —replicó Tuanko.
Marek enrojeció ligeramente. Adoptó una actitud seria.
—Si se tratara de llevar una escuadrilla de cruceros al combate, no discutiría contigo; tú eres mejor. Pero en tierra firme, escalando montañas o atravesando desiertos, siguiendo o borrando pistas, yo soy mejor. No es vanidad si te recuerdo que he luchado desde que tuve edad para que me confiaran un fusil. Y en Atolón la lucha tenía un carácter singular. Allí los “tapos” no sólo tuvimos que escapar a las bombas de los “thorbod”, sino aprender a sobrevivir en un territorio que habitualmente dominaban los insectos gigantes; es decir, luchábamos al mismo tiempo contra los “thorbod”, las “mantis”, la escasez de medios, el clima y la naturaleza del terreno. Y a pesar de todo algunos salimos con vida de aquel infierno, entre ellos yo. De modo que si consideras que no son méritos suficientes…
Marek apretó los labios y guardó silencio. No obstante, recogiendo telepáticamente el sentir de su sobrino, Tuanko descubrió hasta qué punto Marek se sentía herido, postergado y rechazado para hacer algo que no sólo estaba en sus posibilidades, sino que seguramente podía llevar a cabo mejor que ninguno de los que se encontraban a bordo de la aeronave.
Lo peor de todo era que llovía sobre mojado. Marek había sido escogido por el propio Tuanko para mandar el “Coimbra”. Luego, muy a última hora, se presentó la capitana Belén Izquiaola y le arrebató el mando del buque. Y Marek podría no ser un comandante relevante para un crucero, pero nadie podía negarle su larga experiencia y su brillante hoja de servicios en aquel infierno que fue Atolón.
—Como es lógico no me sentiré tranquilo hasta que la expedición esté de regreso en Valera —dijo Tuanko—. Y no será porque dude de tus aptitudes para dirigir la expedición y cuidar de esa pandilla de chiflados. Es que con ellos va mi padre. Claro que también va Fidel y ahora te sumas tú… pero es distinto. Especialmente me preocupa mi padre. Físicamente es el que tiene una constitución más débil, y además no está acostumbrado a estos trotes. ¡Si pudiera hacer que se quedara abordo! Pero, claro, ya sé que es inútil intentarlo.
—¿Así pues, me dejas ir? —preguntó Marek radiante de contento.
Tuanko Aznar asintió con un resignado movimiento de cabeza.