CAPÍTULO VIII
Atisbando a través de los cristales del nuevo taxi que había tornado, Stanley Rougeron esperó unos minutos hasta que Ullman apareció en el portal. En una mano, Ullman llevaba una gran cartera de cuero.
Mientras se ajustaba los guantes, Ullman lanzó tina rápida mirada arriba y abajo de la acera. Luego cruzó hasta su auto «Ford» y se metió en éste con rapidez cerrando la portezuela.
—Siga ese coche —señaló Stanley al conductor del taxi.
El largo y aerodinámico auto de Ullman avanzó a lo largo de la Calle Cuarenta hasta Central Avenue. Aquí dobló a la izquierda hasta la Calle Treinta y Nueve, torció de nuevo a la izquierda y, marchando paralelamente a la Calle Cuarenta, cruzó una tras otra todas las avenidas hasta embocar el túnel de Queens.
Siempre pegado a las luces de cola del enorme auto de Ullman, el taxi salió del túnel y por Oakland Street y Greenpoint Avenue siguió hasta un tranquilo barrio residencial inmediato a Winthrop Park.
La casa ante la cual detuvo Ullman su automóvil era un moderno edificio de doce pisos con terrazas repletas de macetas, grandes ventanales acristalados y vistosos toldos de distintos colores. Stanley esperó hasta que Ullman hubo desaparecido en el portal. Luego, apeándose a su vez, se acercó para examinar la placa donde en pequeños caracteres metálicos en relieve figuraban los nombres de los inquilinos.
«Miss Carlota Kearney. Piso 8. Letra C», leyó. Stanley jamás hubiera sospechado que una muchacha que trabajaba como mecanógrafa pudiera permitirse habitar en un piso señorial enclavado en un barrio residencial tan distinguido.
Regresó al interior del taxi y allí esperó durante media hora hasta que vio aparecer un taxi amarillo, que depositó a Carlota Kearney ante el elegante portal de cristal y mármol. Un poco más allá, otro taxi se detuvo ante una casa de apariencia más modesta. Como que nadie se apeó de aquel auto, Stanley supuso que en él venía Bessy Werner siguiendo a la rubia Carlota.
Carlota Kearney despidió al taxi y desapareció en el portal. Stanley pagó el importe de la carrera a su taxista, añadió una buena propina y lo despidió también.
Bessy Werner saltó del auto que estaba detenido más allá. Se encontraron en la acera en una zona escasamente iluminada.
—¿Y bien? —preguntó Stanley.
Bessy parecía sorprendida.
—Seguí a Carlota hasta una agencia de viajes de la Séptima Avenida. Carlota sacó un par de billetes, y además recogió su pasaporte, el cual al parecer le había tramitado la propia agencia. Salió de la agencia y entró en una tienda del otro lado de la calle. Me arriesgué a que Carlota saliera antes de que yo terminara mi investigación, me apeé y entré en la agencia. Me hice pasar por una amiga de Carlota Kearney, sonsacando como quien no lo hace al empleado hasta que supe que los billetes eran para Miami, donde enlazarían con el avión para Río de Janeiro del mediodía de mañana.
—¡Bessy, eso es estupendo! —exclamó Stanley excitado—. Significa, ni más ni menos, que Carlota Kearney se dispone a huir en compañía de Ullman. Razón: Ullman tiene los diamantes verdaderos tasados en doscientos mil dólares que Sonderm debió llevar a San Francisco. —La mano del detective oprimió el brazo de la chica—. Tus sospechas eran ciertas. Fue Carlota quien puso la bomba en la maleta de Sonderm. ¿Lo ves claro ahora?
—No.
—No importa, luego lo comprenderás. Bessy, hazme ahora un favor. Busca un teléfono, llama a la policía y di que acudan rápidamente a estas señas. Carlota ocupa el apartamiento «C» del piso octavo. Ullman llegó hace media hora y está allí.
—¡Stanley, no irá a arriesgarte tratando de detenerles tú solo!
—Querida, nadie me priva a mí del placer de ver la cara que pone Ullman cuando le diga lo que tengo que decirle.
—Ellos no te abrirán. Si hay una mirilla en la puerta de su piso, y miran, y te reconocen, seguramente no querrán abrir.
Stanley se quedó pensando.
—¿Crees que te abrirán a ti?
—Sí. Mi visita puede sorprenderles, pero creo que me dejarán entrar.
—Y yo entraré tras de ti antes que puedan cerrar. Vamos, llamaremos a la policía después desde el propio teléfono de Carlota.
Cogiendo a la chica del brazo, Stanley la empujó hacia el bien iluminado portal de la casa de apartamientos. Tomaron el ascensor hasta la planta octava, y ya en ésta buscaron la letra «C» sobre las puertas que daban al amplio rellano.
—Convenido, Bess —dijo Stanley en voz baja—. Tú llamas, entras con cualquier pretexto, y yo me cuelo detrás antes que puedan cerrar de nuevo.
Bessy asintió. Serenamente avanzó hasta situarse ante la puerta «C». Stanley se pegó a la pared de forma que no pudiera ser visto a través de la mirilla óptica de la puerta. Bessy oprimió el timbre.
Se escuchó dentro el zumbador. Luego un leve ruido que indicaba que alguien rozaba la puerta por el lado interior. Bessy volvió a llamar teniendo aferrado el bolso bajo el brazo, los labios apretados, dando muestras de firmeza y determinación.
Dentro, tal vez, Ullman y la exuberante Carlota deliberaban. Finalmente se oyó el ruido del cerrojo al ser descorrido. La puerta se entreabrió. Asomó el rostro de Carlota, la cual inquirió con aspereza:
—¿Eres tú, Bessy? ¿Qué quieres?
—Vine aquí cerca a visitar a unos amigos. Entonces me dije: «Nunca he estado en el apartamiento de Carlota. Voy a verla».
—Bessy, vete a paseo —dijo Carlota entre dientes—. No puedo atenderte ahora, lo siento.
Bessy metió hábilmente el pie entre la puerta y el marco, impidiendo que ésta se cerrara. Carlota abrió violentamente y preguntó:
—¿Qué quieres?
—Entrar solamente, querida —repuso Bessy. Y propinó un empujón a la puerta, que hizo salir a Carlota dando traspiés hacia el interior de la habitación.
Bessy se coló de rondón, y tras ella lo hizo Stanley, el cual cerró y quedó apoyando las espaldas contra la puerta.
—¿Qué significa esto? —chilló Carlota—. ¿Es un asalto?
Una figura apareció en una puerta del fondo. Era Robert Ullman. Iba en chaleco, sin chaqueta, y empuñaba una enorme pistola automática del calibre nueve. El rostro de Ullman aparecía pálido, pero sus palabras se esforzaban por ser tranquilas cuando dijo:
—¿Querrán ustedes explicar a qué se debe su intrusión, señor Rougeron? ¿Sabe que incurren en allanamiento de morada?
—Delito más, delito menos, ¿qué importancia tiene eso ahora, señor Ullman? —Sobre una mesa, en el centro de la habitación, se veía una maleta abierta—. Parece que hemos venido a interrumpir sus preparativos de viaje, señor Ullman. Ciertamente, el Brasil es un gran país con grandes oportunidades, y Río una de las ciudades más hermosas del mundo. No deje de enviarnos una postal cuando lleguen… si es que llegan.
La mano de Ullman se crispó sobre la culata de la pistola.
—Ahora me doy cuenta de que cometí un error al subestimar sus dotes intuitivas, señor Rougeron —dijo amargamente—. No debí dejarle vivir tanto tiempo que llegara a representar un serio peligro para mí.
—Eso está bien, señor Ullman. Aceptar los hechos como vienen y admitir que ha sido derrotado, eso es de hombres inteligentes. Por lo demás, es injusto consigo mismo. Usted intentó matarme anoche al sacar el líquido de los frenos de mi coche. No fue culpa suya si la señorita Werner y yo logramos salvamos —dijo Stanley apartándose de la puerta y avanzando un paso dentro de la habitación.
—No se mueva, Rougeron —dijo Ullman encañonándole con la pistola. Sonrió siniestramente—. ¿Qué le hace pensar que estoy derrotado?
—Digo que lo está porque, pase lo que pase, usted ya no podrá realizar su sueño de escapar a Sudamérica con su encantadora amiga y ese valioso collar de diamantes. Antes de entrar en esta leonera me tomé el trabajo de telefonear a la policía.
—No. Usted no hizo eso. Otro hombre quizá hubiera actuado precavidamente dejando que la policía viniera a detenerme. Usted es demasiado fatuo para permitir que otros le chafen su triunfo puramente personal… Su vanidad le exige que sea usted mismo quien me entregue esposado a la inepta y torpe policía oficial.
—Me admira usted, Ullman. Se ve que conoce bien a la gente.
—Sí, la conozco.
—Bueno, aunque la policía no vaya a acudir de un momento a otro, ¿cómo se las arreglará para escapar? Nos asesinará también a la señorita Werner y a mí, pero ¿cómo lo hará sin armar tanto ruido que acudan todos los inquilinos de esta finca?
—Si ustedes me obligan a ello, dispararé de todos modos aun a riesgo de que los tiros se oigan en Central Park. Pero sabiendo que me tienen acorralado, y no me queda otra salida que abrirme paso como sea, ustedes no serán tan torpes que me obliguen a matarles cuando tal vez les queda una oportunidad de salvar su vida.
—¿Sí?
Stanley había seguido moviéndose muy lentamente en dirección a la ventana. Bess seguía junto a la puerta, pálida, asustada pero serena.
Carlota Kearney estaba entre Bessy y Ullman, un poco lejos hacia el fondo de la habitación. De todos, ella era la más asustada. Sus ojos, todo era mirar espantados de Stanley a Ullman, y de éste nuevamente al detective.
—Carlota —dijo Ullman—. Acércate al señor Rougeron. En sus bolsillos encontrarás una pistola, y seguramente también unas esposas. Usted, Rougeron, vuélvase de cara a la pared, separe los pies y apoye las manos muy abiertas en el muro.
La muchacha no se movió.
—¡Carlota! —gritó Ullman.
La joven empezó a moverse con lentitud en dirección a Stanley.
Desde el lugar donde estaba, junto a la puerta, Bessy Werner veía avanzar a Carlota por el centro de la habitación. Al mismo tiempo, con el rabillo del ojo, Bessy medía la distancia que le separaba del interruptor de la luz que estaba junto al marco, a su derecha.
Cuando Carlota estaba en el centro de la habitación, entre ella y Ullman, Bessy alargó la mano con rapidez y accionó el interruptor.
La luz se apagó de golpe en toda la sala, aunque quedó encendida la luz de la habitación por la que salió Ullman.
Ullman, recortado contra el hueco iluminado de la puerta, disparó su pistola contra Stanley. El detective se había echado al suelo detrás del diván y el balazo pasó silbando por encima de su cabeza haciendo añicos el cristal de la ventana.
Ullman lanzó un rugido de rabia. Sabiéndose perdido, pues el disparo y el ruido de los cristales al caer a la calle no tardarían en atraer a la gente, empezó a disparar sin ton ni son llenando la habitación con el fogonazo de sus rápidos disparos.
Stanley corrió a gatas por detrás del diván y los sillones acercándose a Ullman, saltó en pie y se arrojó sobre el asesino propinándole un puñetazo en el oído.
Ullman cayó rugiendo de dolor. Stanley se arrojó sobre él, le atenazó la muñeca y le dobló el brazo hacia atrás obligándole a soltar la pistola. Ullman le clavó los dientes en el brazo. Stanley le golpeó en el mentón y en este momento se encendió la luz.
Bessy corrió a través de la habitación empuñando un revólver de grueso y corto cañón.
La intervención de Bessy no fue necesaria. En este momento, Stanley aplicaba su puño sobre la sien de Ullman y le derribaba medio desvanecido en el piso.
Stanley se dirigió jadeando a Bessy y tomó la pistola de la temblorosa mano de ésta. Luego, sacando del bolsillo de su abrigo un par de brillantes esposas, maniató con ellas las muñecas de Ullman antes de que éste se repusiera por completo.
En un rincón, Carlota sollozaba tapándose el rostro con las manos.
—Llama a la policía ahora, Bessy —dijo Stanley mientras apuntaba con su revólver a Ullman.
Afuera se oían voces. Llamaron a la puerta. Stanley fue hacia la puerta mientras Bessy levantaba el teléfono que estaba derribado en el suelo. Stanley dijo a los intranquilos inquilinos que estaban en la parte de afuera:
—Tranquilícense, no ocurre nada. Ya hemos llamado a la policía.
Cerró de nuevo la puerta y se acercó a Ullman. El joyero apoyó la espalda contra la pared y exhaló un suspiro.
—Ya ve cómo, después de todo, voy a entregarle yo mismo a la policía —dijo Stanley mordaz.
—Es usted un hombre de suerte, no cabe duda. Se propuso una cosa y salió adelante con ella. No puedo decir lo mismo de mí.
Stanley, con el revólver en la mano, tomó asiento en el brazo del diván. En el rincón seguía sollozando Carlota.
—En efecto, no tuvo usted demasiada suerte en el asunto de Sonderm —dijo Stanley—. Sonderm nunca debió mirar dentro del estuche antes de despegar el avión. Sólo que hubiera esperado un minuto más, el avión habría despegado, el estallido de la bomba se habría producido igual, y tal vez nunca se hubiera sabido cómo ocurrió el accidente. ¿No es así?
—Sí. ¿Cómo está tan bien informado?
—Dígame si me equivocó en algún detalle, ya que en realidad trato de reconstruir los hechos por pura deducción. Usted necesitaba dinero… No las modestas cantidades que hasta entonces estaba obteniendo de las ganancias líquidas de su negocio en sociedad con Sonderm e Hilton, sino una cantidad mayor que le permitiera salir del país con su amiga Carlota para probar suerte en otro lugar. Probablemente sus relaciones no eran muy buenas con Sonderm… De cualquier modo, usted decidió redondear un negocio de doscientos mil dólares apoderándose de aquel collar de diamantes en el que hacían de intermediarios para una casa de San Francisco…
Stanley se interrumpió. Hasta él llegó la voz bien timbrada de Bessy Werner: «¿Es la policía?».
Stanley continuó:
—Decidió apoderarse del collar y lo planeó todo del siguiente modo: Un detective de la Compañía de Seguros le acompañaría para escoltar el collar hasta el avión. Usted eligió a Barton. Sabía que Barton era un bebedor empedernido que jamás rechazaba una invitación a tomar una copa. Usted fue con Barton en busca del collar. Llevaba preparado un collar idéntico, sólo que de piedras falsas. En algún lugar del trayecto usted le dijo a Barton: «No hay tanta prisa, qué caramba. Hemos hecho un buen negocio y quiero celebrarlo tomando una copa», o algo parecido. De una forma u otra, usted cambió las piedras legítimas por las falsas que llevaba en el bolsillo. Luego apuró el tiempo hasta el último minuto para llegar al aeropuerto cuando el avión estaba a punto de despegar. De esta forma, aunque Sonderm examinara los diamantes, no podría volver a tierra una vez emprendido el vuelo. Mientras, en la oficina, la señorita Kearney colocaba en la maleta de Sonderm una bomba de relojería. Lo que ocurrió fue esto…
Stanley se interrumpió de nuevo para mirar a Bessy, que llegaba hasta su lado. Luego continuó:
—Ocurrió que Sonderm, desconfiando por alguna causa, abrió el estuche en el avión e inmediatamente se dio cuenta de que el collar era falso. ¿Qué hizo entonces? Se apeó del avión, y lo hizo con tanta precipitación cuando el aparato iba a despegar, que dejó su maleta y nadie de los que estaban en tierra se dio cuenta de lo que ocurría. Sonderm, furioso, fue a una cabina telefónica. Quizá pensó denunciar el caso a la policía, pero lo pensó mejor y llamó a la señorita Werner para que fuera a su casa, probablemente para levantar una denuncia formal por escrito. Usted, que se había quedado en el aeródromo y vio regresar a Sonderm de la pista, supo inmediatamente que sus planes iban camino de derrumbarse. Siguió a Sonderm hasta su casa, donde acaso trató de convencerle para que retirara toda denuncia. Pero Sonderm se negó y usted se vio obligado a golpearle en la cabeza con un atizador. Luego, los acontecimientos tomaron extraños derroteros. Obrando estúpidamente, la señora Sonderm y su amigo trabajaron para usted sin saberlo, haciendo desaparecer el cadáver e insistiendo en que Sonderm había muerto en el accidente. Pero tal como se desarrollaban las cosas, usted temió que si el cadáver de Sonderm no era encontrado entre los restos del avión se investigaría en otro sentido… y entonces acaso alguien creyera a la señora Sonderm poniéndole en apuros a usted. Lo mejor, la coartada más limpia desde todos los puntos de vista, era colocar el cadáver de Sonderm junto a las víctimas del avión. De esta forma, si existía alguna sospecha, éstas recaerían sobre la señora Sonderm… que iba a cobrar cien mil dólares del seguro que su esposo sacó, y además estaba demostrando gran asiduidad con su amigo Hooper. Dígame una sola cosa, Ullman. ¿Por qué mató a Ellery Barton?
—Barton se receló lo de los diamantes y empezó a sacarme dinero con amenazas. Tenía que librarme de él.
—Creí que Barton le había ayudado a robar el cadáver de Sonderm de la cámara frigorífica del depósito.
—En efecto, me ayudó. Le pagué quinientos por adelantado por ese trabajo. Eso me colocaba por entero en sus manos… y tuve que estrangularle con su propio cinturón mientras estaba borracho.
La mano de Bessy buscó la de Stanley y se la apretó. En este momento llamaron a la puerta.
—¡Abran a la policía! —gritó una voz.
Bessy miró al detective pidiéndole permiso con los ojos.
—Ve, querida.
Las manos se apretaron y se soltaron. Poco después la habitación se llenaba de hombres.
FIN