CAPÍTULO PRIMERO
El despacho era pequeño y acogedor y en él reinaba una atmósfera tibia y agradable. El mobiliario era sobrio y elegante. Una gruesa alfombra cubría el piso. En la pared había algunos cuadros. En un ángulo estaba la mesa de oscura caoba, adornada con un búcaro con cuatro rosas rojas.
Junto a esta mesa, la máquina de escribir de Elizabeth Werner.
La máquina dejó de teclear y Elizabeth consultó su reloj de pulsera. Eran en este momento, las seis menos cinco minutos. Miró por la ventana.
Más allá de los cristales, la tarde gris moría lentamente y en los rascacielos del otro lado de la calle se iban encendiendo una tras otra las luces de las ventanas correspondientes a los despachos.
Elizabeth Werner cayó entonces en la cuenta de que había quedado casi a oscuras. Empujó ante sí la mesilla transportable de la máquina de escribir y se puso en pie estirando sus bien proporcionados miembros. Era alta, de ojos grises y cabellos dorado oscuro que peinaba hacia atrás. Tenía el rostro ovalado, el cutis transparente. La nariz, respingona y pequeña, infundía en su cara un aire pícaro y avispado. La boca, un poco grande, era de labios gordezuelos, exquisitamente dibujados.
Al moverse en dirección al interruptor de la luz, Elizabeth tropezó con una maleta que estaba en el suelo. Con un gesto de contrariedad, se inclinó y la cogió para colocarla junto a la pared.
La puerta se abrió y una joven que vestía ceñido «sweater» de punto irrumpió en el despacho. Al ver a Elizabeth con la maleta en la mano enarcó las cejas.
—¿Qué haces? —preguntó—. El señor Sonderm te llama a su despacho.
—Iba a encender la luz y tropecé con la maleta. No sé quién pudo dejarla ahí en medio. ¿Ha llegado el señor Ullman?
Carlota Kearney negó con la cabeza. Era algo más baja que Elizabeth y más llena de curvas provocativas. Tenía el cabello rubio y los ojos azules de expresión infantil.
—Ullman acaba de telefonear. Se le hizo tarde y dijo que iría directamente al aeropuerto. Yo tengo que acompañar al señor Sonderm para devolver luego el coche a su casa. ¡Dios mío, es un fastidio que no tengas carnet de conducir, Bessy! Después de todo, tú eres su secretaria.
Elizabeth salió del despacho cerrando tras sí, atravesó el saloncito y golpeó con los nudillos la puerta de cristales correspondiente al despacho de Sonderm.
Al entrar en el despacho, los ojos de Elizabeth se detuvieron en el hombre que cruzaba la estancia de parte a parte dando zancadas, las manos en los bolsillos. Era un sujeto larguirucho, al cual hacían parecer más alto su traje negro y la inverosímil delgadez de su cuello. Llevaba gafas y entre su ralo cabello rubio brillaba la lisa superficie de una calvicie disimulada.
Frederic Sonderm se detuvo y miró a la muchacha. A través de los cristales de sus lentes los ojos de color azul-verdoso centellearon.
Elizabeth comprendió que estaba disgustado.
—¿Me ha llamado, señor Sonderm?
—Siéntese y tome nota, quiero que escriba una carta antes de marcharse.
La chica cruzó el despacho y tomó asiento en una silla contigua a la mesa, cruzando una pierna sobre otra.
—Estoy preparada, señor Sonderm —anunció Elizabeth apoyando la punta del lapicero sobre la hoja en blanco de su cuaderno de taquigrafía.
Sonderm echó una furtiva ojeada a las esbeltas pantorrillas de la chica. Luego empezó a dictar mientras paseaba furiosamente arriba y abajo del despacho:
Mientras iba escribiendo mecánicamente lo que su jefe le dictaba, Bess se preguntaba por qué aquellos hombres acostumbraban a dejar todos los asuntos importantes para última hora. Se consideraba a sí misma una secretaria eficiente, y tenía a gala ser puntual. Pero aunque siempre entraba al trabajo a la hora en punto, era rara la vez que salía a la hora en punto también.
—Son las seis y cuarto —gruñó Sonderm consultando su reloj de pulsera—. No tengo tiempo que perder si he de tomar ese maldito avión. Ponga en limpio esa carta y ocúpese de echarla usted misma al correo al salir.
La puerta se cerró con un golpetazo a espaldas de Sonderm ahogando la voz de Bess que murmuraba un «Buen viaje, señor Sonderm».
Bess abandonó el despacho a su vez cruzando el saloncito hasta su propia oficina. La maleta que antes dejara contra la pared ya no estaba allí. La chica se sentó ante la máquina refunfuñando:
—Hay gente con suerte. A todos sitios van tarde, pero siempre llegan a tiempo. El señor Ullman llegará con el tiempo justo al aeródromo para que el señor Sonderm pueda coger el avión en el último minuto. Pero yo… ¡yo siempre he de retrasar mi salida!
Bess puso en limpio la carta que le había dictado Sonderm, añadió la coletilla de saludos acostumbrada y garabateó su propia firma al pie. Luego escribió el sobre, pegó un sello y metió la carta dentro.
Después de guardar la copia y limpiar la mesa de papeles, Bess fue al lavabo para arreglarse un poco el cabello y retocar sus labios con la barra de carmín. Luego tomó su grueso abrigo sastre y abandonó la oficina.
Al salir a la calle, un golpe de viento frío casi la hizo retroceder. La tarde era gris y desapacible, propia del mes de enero que atravesaban. Había anochecido y los automóviles que circulaban por la avenida en interminable cordón llevaban las luces encendidas. Las muestras de las tiendas y los anuncios luminosos en lo alto de los rascacielos brillaban, encendían y apagaban sus luces multicolores.
Un pequeño coche europeo estaba aparcado unos pasos más allá y Bess lo reconoció enseguida. Stanley Rougeron se envanecía mucho de su «Dauphine» francés de un escandaloso color guinda, pero a Bess, personalmente, el auto le parecía tan ridículamente presuntuoso como el hombre que lo poseía.
Rápidamente, Bess trató de escabullirse ocultándose detrás de los transeúntes que circulaban por la acera. Pero Rougeron la descubrió a tiempo. La portezuela del «Dauphine» se abrió y Rougeron saltó a la calle.
Era un hombre joven, alto y atlético. Su corto abrigo de «sport» le sentaba maravillosamente.
—Señorita Werner…
Elizabeth se volvió enojada. Indudablemente, Rougeron era un hombre guapo. Tenía el cabello oscuro, la frente alta e inteligente, los ojos oscuros y penetrantes. En la barbilla tenía un hoyuelo y en las mejillas aparecieron otros sendos hoyuelos cuando sonrió mientras levantaba su sombrero.
—¿Es usted, Rougeron? —dijo Bess con frialdad.
—La estaba esperando. Tal vez hoy, con el auxilio adicional del tiempo tenga más suerte que ayer.
—¿Que ayer? —repitió Bess siguiendo distraída con los ojos un abrigo de visón que pasaba por su lado.
—Que ayer y que todos los días anteriores —dijo Rougeron sin dejar de sonreír—. El tiempo es malísimo hoy. Hace frío y probablemente lloverá. ¿Me permitirá al menos que la lleve a casa en mi coche? —El joven dejó de sonreír para hacer una mueca amarga—. Sería demasiada suerte que quisiera aceptar también venir a cenar conmigo, ¿no es eso?
Bess miró desdeñosamente hacia el «Dauphine» color guinda.
—Tengo entendido que esos pequeños autos europeos no son muy confiables —dijo—. Gracias de todos modos, señor Rougeron. Prefiero tomar el «metro».
Él se quedó plantado en mitad de la acera viendo como Bess se alejaba.
La muchacha no se volvió a mirarle. Quizás él cerrase los puños contrariado e hiciese una mueca decepcionada. Bess se dolió de su propia brusquedad, pero Rougeron estaba insistiendo demasiado en sus reiteradas invitaciones a salir con él, y de una forma u otra ella debía desengañarle.
Stanley Rougeron era detective de la Compañía de Seguros Empire State, con la cual contrataban frecuentemente pólizas los joyeros Sonderm, Ullman & Co., donde estaba empleada Elizabeth Werner. Rougeron había ido algunas veces por la oficina, siendo así como Elizabeth lo conoció.
En el fondo, Rougeron no le desagradaba a Bess. Era guapo, simpático y poseía un indiscutible don de gentes. Pero era también engreído y afectado en sus relaciones con las mujeres. La primera vez que él la invitó a cenar, Rougeron parecía tan seguro de que ella iba a aceptar que no pudo ocultar su incredulidad y su asombro ante su negativa.
Quizá Rougeron hubiese tomado como cuestión de amor propio conseguir que ella saliese con él alguna noche, y esto era lo que Elizabeth creía. Por esta razón, cuanto más insistía él, más terca era la negativa de ella.
Cuando Elizabeth llegó a su apartamiento, Kattie se preparaba a salir.
Kattie Ellis era una muchacha bonita y vivaracha, de cabellos gris ceniza y ojos grandes y expresivos que, por desdicha, ella pintaba exageradamente. Kattie trabajaba como muchacha de conjunto en una revista de Broadway. Bess la había conocido casualmente en Long Beach el verano anterior.
Aunque de caracteres bastante opuestos, Bess y Kattie se habían hecho grandes amigas y juntas decidieron alquilar un apartamiento que las liberara de las incomodidades de las respectivas pensiones en que vivían.
La posesión de un piso y la compañía de Kattie Ellis habían hecho sentirse a Bess menos sola en aquel inmenso y caótico Nueva York. El piso, aunque pequeño, era bonito y suficiente para dos muchachas solteras, reduciéndose a un comedor-cocina, un cuarto de baño y un dormitorio con dos camas.
—Hola, Bess. ¿Cómo te fue el día? —saludó Kattie mientras se corregía las costuras de las medias.
Elizabeth se quitó el abrigo y se dejó caer en el sofá, exhalando un suspiro de cansancio.
—Un día como todos los demás —dijo levantando las piernas, y lanzando al aire los zapatos sobre la alfombra—. El señor Sonderm tomó el avión de las siete y veinte para San Francisco. Hubo mucho jaleo hasta que finalmente salió hacia el aeropuerto… ¡Dios mío! ¿Por qué no encontraré un millonario una tarde esperándome a la salida de la oficina?
—Tu queja me suena a desengaño —dijo Kattie—. ¿No fue a esperarte hoy ese muchacho detective que tiene uno de esos ridículos coches europeos?
—¡Oh, sí! Él estaba allí, como de costumbre. Quería traerme a casa en su auto.
—¿Y rechazaste tu invitación?
—Naturalmente.
—Chica, no te comprendo —suspiró Kattie—. A nuestra edad, eso de soñar con millonarios ya pasó a la historia. Un muchacho decente, que no esté mal de aspecto y tenga un buen empleo… eso es todo lo que nosotras necesitamos. ¿Qué le encuentras de malo a Rougeron, vamos a ver?
—Sólo le encuentro malo, que no es sincero conmigo. ¡Oh, conozco a esa clase de muchachos! Tal como se ha puesto la vida, ninguno de ellos piensa seriamente en casarse. Salen un día con una… la llevan a cenar y luego pretenden besarla al despedirla en la puerta del piso. Se repite eso todos los días durante una semana y luego… si te he visto no me acuerdo. Ninguno desea comprometerse hasta el punto de tener que casarse.
—Desgraciadamente así es —suspiró Kattie mientras se ponía el abrigo. Hizo un gesto picaresco y se despidió—: Bueno, se me va haciendo tarde. Por favor, acuérdate de apagar la luz antes de dormirte. El recibo del pasado mes subió un pico.
La muchacha salió cerrando la puerta.
Lentamente, Elizabeth fue desnudándose, ensimismada en sus pensamientos. Era aquél el único momento del que podía disfrutar para ella sola. La agitación de todo el día había quedado al otro lado de la puerta. Ahora no tenía prisa, ninguna prisa. Se estaba bien en el piso, caldeado, tranquilo. Aquel silencio era un sedante para sus nervios fatigados.
Cómodamente embutida en una bata de lana, se dispuso a prepararse la cena. Le gustaba cocinar y aun para ella sola solía confeccionar sabrosos platos. Como durante el día comía en un establecimiento, guardaba para la noche la verdadera comida.
Miró en la nevera y descubrió medio pollo y champiñones. Aquello resultaba una gentileza por parte de Kattie, al recordar lo mucho que a Elizabeth le agradaban los champiñones. Estaba ya a punto la cena, cuando sonó el teléfono. Elizabeth llegó hasta él y cogió el auricular, aplicándolo a su oído. Seguramente aquel pelmazo de Rougeron quería invitarla a cenar como otras veces…
—¿Diga?
—¿Señorita Werner? —Sonó una voz de hombre.
—Sí —contestó Elizabeth, sorprendida al reconocer la voz de su jefe.
—Soy Frederic Sonderm…
—¿Perdió el avión, señor Sonderm? —preguntó Elizabeth.
—No importa eso ahora —contestó él, impaciente—. ¿Puede decirme dónde se puede encontrar al señor Ullman a estas horas? Llamé a su casa pero no está.
—Lo siento, señor Sonderm, ignoro dónde pueda estar el señor Ullman.
Desde el otro extremo del hilo llegó como una exclamación de impaciencia. Después…
—¿Puede usted venir a mi casa? He de dictarle un documento.
Lo que había temido Elizabeth, desde que reconociera la voz de su jefe, acababa de suceder.
—¿Quiere usted que vaya ahora mismo, señor Sonderm? —preguntó.
—Sí, no tarde, por favor.
Elizabeth esperó a que su jefe colgara al otro extremo de la línea. Luego abandonó el aparato sobre la horquilla y aspiró con melancólica resignación el apetitoso olorcillo de su cena. Con gesto malhumorado empezó a vestirse.
—¿Conque no iba a llegar tarde al avión, eh? —refunfuñó—. Tanto apurar el tiempo… ¡Claro! Y luego, al final, yo a pagar los tiestos rotos. ¡Hacerme salir a estas horas!
Se calzó, se puso el abrigo, cogió el bolso y salió.
Tuvo la suerte de encontrar un taxi enseguida. Elizabeth dio al conductor la dirección de la casa de Sonderm:
—Riverside Drive, mil sesenta y uno…
—Eso debe quedar más arriba de George Washington —refunfuñó el taxista.
El auto se puso en marcha, retrepándose Bessy en el asiento posterior. La mansión de Sonderm quedaba efectivamente lejos, en un barrio residencial donde las lujosas quintas casi quedaban por completo ocultas entre las frondosas arboledas. Los números de las casas figuraban en tablillas o en signos de hierro forjado en las verjas de entrada. Había poca luz en el tramo de la calle donde Sonderm tenía su casa.
Al detenerse el automóvil, Bessy alcanzó a ver entre las sarmentosas ramas de los árboles desnudos de hojas las luces de la casa de Sonderm.
Bessy se apeó, pagó el importe de la carrera y quedó completamente sola en la acera mientras el coche se alejaba.
La gran puerta de hierro estaba abierta de par en par, por lo que Bessy no tuvo necesidad de llamar. Por el ancho camino asfaltado avanzó a través del húmedo parque hasta la puerta principal de la casa.
A la derecha, había luz en la ventana correspondiente a la sala donde otras veces había estado Bessy para tomar al dictado algunas cartas urgentes, cuando su jefe tuvo que guardar cama a consecuencia de una bronconeumonía que le imposibilitó de acudir a la oficina durante todo el largo mes del frío y húmedo noviembre pasado.
Los Sonderm, en especial el marido, eran extremadamente tacaños y nunca dejaban una luz encendida si no la iba a utilizar nadie. En esta ocasión, por ejemplo, la luz del pórtico estaba apagada y Bessy tuvo que palpar en la oscuridad hasta dar con el botón del timbre.
Dentro de la casa resonó el timbrazo con lúgubres y frías estridencias. Bessy se arrebujó friolera en su abrigo mientras esperaba que vinieran a abrirle.
Nadie acudió a su llamada. Mientras tanto, los ojos de Bessy se acostumbraban a la oscuridad reinante y creía descubrir que la puerta estaba solo entornada. Para comprobarlo empujó. La puerta se abrió silenciosamente de parea par.
Esta falta de cuidado sorprendió mucho a Bessy, sobre todo tratándose de personas como los Sonderm, que no teniendo servidumbre acostumbraban echar la llave a todas las puertas de las habitaciones y los armarios de su enorme e inhóspita casona.
Bessy dudó unos instantes y no sin cierta aprensión cruzó la puerta entrando en el vestíbulo.
El vestíbulo estaba a oscuras, pero una franja de luz lo cruzaba saliendo de la entreabierta puerta de la sala que estaba a la derecha.
Bessy se adelantó, tosió para hacer notar su presencia, y por momentos más sorprendida llamó con los nudillos en la puerta de la sala. Un silencio extraño se extendía por la casa.
—Señor Sonderm —llamó Bessy.
Nadie contestó. Bessy empujó suavemente la puerta y dio un paso adelante quedándose parada bajo el dintel.
Lo primero que advirtió fue cierto desorden que reinaba en la sala. La gran lámpara de lectura estaba voleada en el suelo y su foco, encendido, apuntaba hacia la ventana que cubría una tenue cortina de gasa. La baja mesita, entre los divanes ante la chimenea, había sido corrida de su lugar y sobre la alfombra, por detrás de uno de los divanes, Bessy alcanzó a ver unos pies cuyas punteras apuntaban al techo.
Lanzando una ronca exclamación de sorpresa, Bessy Werner avanzó unos pasos.
En la chimenea ardía un fuego y el resplandor de éste iluminaba de pies a cabeza a un hombre que estaba tendido sobre la alfombra, entre la larga y baja mesa de té y uno de los divanes.
Este hombre tenía los ojos abiertos y vidriosos y en la cabeza una herida de la que manaba un hilo de sangre sobre la alfombra. A su lado, como tirado, se veía un atizador ensangrentado.
Cerca de los pies del hombre, los cristales de unas gafas rotas reflejaban el rojo resplandor de las llamas del hogar. Bessy reconoció al punto aquellas gafas anacrónicas de pesada montura de carey. Entonces se dio cuenta de que el muerto era Frederic Sonderm.
—¡Oh, Santo Dios! —exclamó Bessy.
Y durante un par de minutos quedó allí como petrificada.
De pronto, un miedo horrible la sobrecogió. El silencio que envolvía la casa se le apareció repentinamente lleno de pequeños sonidos misteriosos, no por insignificantes menos temibles. Un escalofrío de terror la estremeció.
Lanzó un grito, dio media vuelta sobre sus tacones y salió corriendo a través del oscuro y sombrío vestíbulo hasta ganar la puerta y salir al jardín.
Se detuvo unos instantes en el pórtico, mirando atrás y preguntándose si Sonderm en realidad no necesitaría que alguien lo socorriera. Pero recordando sus ojos abiertos y vidriosos, Bessy se reafirmó en su seguridad de que Sonderm estaba muerto.
¡Muerto! Tal vez asesinado. Apretó su bolso bajo el brazo y echó a correr a través del sombrío parque hasta que cruzó la verja de hierro y alcanzó la calle.
Unas gotas de lluvia cayeron sobre su rostro. Bessy vaciló un instante mientras miraba calle arriba y abajo en busca de un taxi. Un par de automóviles cruzaron ante ella velozmente, pero ninguno de ellos llevaba la luz verde indicadora de los taxis. Bessy echó a andar por la acera con rapidez. En este momento toda su ansiedad se cifraba en un solo objeto; alejarse de la casa de Sonderm y evitar toda posible complicación en el crimen.
Dos cuadras más abajo, Bessy tropezó con una placa indicadora anunciando la existencia de una cabina telefónica cincuenta yardas más abajo. La lluvia se iba animando y Bessy tuvo que recorrer a la carrera los últimos metros hasta que alcanzó la cabina y se coló de rondón en ella.
La lluvia le había humedecido las manos y también el rostro. Sacó un pañuelo de bolso y se secó la cara con él mientras sus dientes castañeteaban de miedo.
Tomó la guía de teléfonos y buscó el número de la estación de los famosos, taxis amarillos.
—Por favor, envíenme un taxi enseguida —dijo Bessy a la voz que le contestó—. Me encuentro en una cabina telefónica a la altura del número mil de Riverside Drive.
—Está lloviendo en la ciudad y todos nuestros taxis están muy ocupados en este instante. Tendrá que aguardar unos minutos.
—Aguardaré. Pero por favor, no tarde —dijo Bessy colgando el teléfono.
Bessy se sintió ahora con nuevos ánimos. Afuera llovía copiosamente y el asfalto de la calle era un río de plata bajo el foco de los automóviles y las luces de las farolas. Pero allí, bajo techo, Bessy se sentía más protegida y caliente.
Abrió el bolso, extrajo una cajetilla de cigarrillos y cerillas y se puso a fumar. Entonces comprendió que era deber suyo avisar a la policía. Se sintió avergonzada de su cobardía.
Sacó otra moneda, la echó en la ranura del aparato y cogió el teléfono mientras con la mano que sostenía el cigarrillo hacía girar el dial. Cuando oyó la voz que decía: «Habla con la policía» se echó a temblar.
—Por favor, han asesinado a un hombre…
—¿Su nombre, por favor? —La voz era tranquila pero en su estado de excitación, Bessy no comprendió que era su nombre el que pedían.
—Se trata de Frederick Sonderm, Riverside Drive mil sesenta y uno. Venga enseguida.
—¿Su nombre de usted? —insistió la voz.
Bessy permaneció unos instantes indecisa con el teléfono en la mano. Luego, repentinamente, colgó.
Se quedó aguardando al taxi dentro de la cabina, porque la lluvia seguía arreciando afuera. El cigarrillo ardió entre sus dedos y encendió otro.
Se oyó lejano el alarido de una sirena que se aproximaba. Era un coche de la policía. Bessy temió por un momento que la policía hubiese localizado el lugar desde el que se efectuó la llamada y que el coche se detuviera ante la cabina. Pero el automóvil pasó de largo haciendo destellar la luz roja sobre su techo y se alejó calle adelante hacia la morada de Sonderm.
Bessy dejó escapar un suspiro de alivio.
Casi inmediatamente después, un taxi amarillo rodaba suavemente junto al borde de la acera y se detenía ante la cabina telefónica.
Bessy abandonó la cabina y, cruzando la acera bajo la lluvia, entró en el taxi. El taxista se volvió mirando interrogante al demudado rostro de su pasajera. Bessy, después de cerrar la portezuela del auto, permaneció quieta unos instantes reflexionando.
—¿A dónde la he de llevar? —preguntó el taxista.
Bessy estaba pensando ahora que no podría dormir tranquila aquella noche sin antes saber lo ocurrido; si Sonderm estaba vivo o muerto, si Je habían asesinado, y sobre quién recaían las sospechas.
—Siga adelante hasta que yo le diga —dijo al taxista.
No sin mirar a su pasajera con extrañeza, el hombre puso el auto en marcha.
—Vaya despacio —recomendó Bessy.
Ante la verja de la mansión de los Sonderm estaba detenido un auto blanco y negro de la policía de la ciudad.
—Pare detrás de ese coche —dijo Bessy a su conductor.
Bessy echó pie a tierra, cruzó la verja y entró en el parque.
Había luz en el porche de la casa, y en éste, un par de agentes uniformados hablaban con una mujer rubia de tez blanca, de facciones no desprovistas de belleza y distinguido aspecto.
Era la señora Sonderm. Al ver llegar a Bessy, los ojos de la mujer se animaron.
—¿Usted, señorita Werner? No sabe cuánto celebro que haya venido. Estos agentes dicen haber recibido una llamada telefónica denunciando el asesinato de mi marido. ¿Ha visto usted cosa más absurda?
Uno de los agentes se rascó pensativamente una oreja.
—Tal vez se trate de una broma. A veces recibimos llamadas anónimas sin sentido alguno —murmuró confundido—. De todas formas, a usted no le importará que echemos un vistazo a la casa, ¿verdad?
—No, claro que no. Pueden ustedes entrar y registrar cuanto quieran…, aunque me parece que éste no es el conducto reglamentario de hacer las cosas —dijo la señora Sonderm echándose a un lado.
Los agentes entraron y Bessy les siguió hasta el frío vestíbulo, cuya gran araña de cristal y bronce estaba encendida por excepción.
—¿Podemos entrar ahí? —dijo uno de los corridos oficiales señalando la puerta abierta de la sala.
La señora Sonderm indicó con un ademán que podían hacerlo.
Los agentes entraron en la sala seguidos de la señora Sonderm y de Bessy. La muchacha se quedó en la puerta sin atreverse a entrar, viendo sorprendida cómo la señora Sonderm acompañaba a los policías hasta el centro de la habitación.
Bessy parpadeó, dio un paso adelante y miró hacia la chimenea. Con gran asombro comprobó que el cadáver de Sonderm había desaparecido.
La lámpara de pie, la mesa de té y los divanes ocupaban sus lugares de costumbre. Un alegre fuego ardía en la chimenea y, arrimado a ésta se veía el atizador, limpio, sin mancha de sangre alguna.
Los policías parecían confusos y uno de ellos murmuró:
—Wayne, me parece que estamos haciendo el ridículo…
—Usted perdone, señora —dijo el segundo policía volviéndose hacia la señora Sonderm—. Sin duda se trata de una broma.
—Una broma de muy mal gusto sin duda —dijo la señora Sonderm—. Mi marido es encuentra en estos momentos a bordo de un avión volando hacia San Francisco. Aquí, la señorita Werner, es la secretaria de mi marido y podrá decirles si esto es cierto. ¿No es así, miss Werner?
Bessy guardó silencio, los agentes murmuraron unas disculpas y se apresuraron a salir de la casa cruzando el vestíbulo hasta la puerta.
Cuando los policías salían a través del parque mascullando maldiciones contra los graciosos que se dedicaban a gastar bromas, Bessy se dispuso a cruzar la puerta saliendo tras ellos.
La señora Sonderm la retuvo por el brazo.
—¿Se marcha usted ya, Miss Werner? Creí que quería usted algo de mí.
—Nada en absoluto, señora Sonderm —murmuró Bessy sintiéndose de nuevo asustada—. Pasaba por aquí, vi el auto de la policía en la puerta y entré por si pasaba algo.
—¿Qué esperaba usted que hubiese pasado? —interrogó la señora Sonderm clavando en el rostro de Bessy sus azules pupilas—. ¿Tal vez que hubiesen matado a mi marido?
—No sé… ¡Oh, no lo sé! Usted dispense… Buenas noches, señora Sonderm —murmuró Bessy confusa.
Y echó a correr.