CAPÍTULO V
Cuando Stanley Rougeron detenía su auto ante el establecimiento de «Sonderm, Ullman y Co.», vio a Elizabeth Werner que se destacaba del portal y cruzaba la acera hacia él. Stanley abrió la portezuela.
—Hola, buenas tardes —dijo la chica introduciéndose en el coche hasta el asiento contiguo al de Stanley—. Cerramos hace más de diez minutos, pero me quedé esperándole en la confianza de que vendría.
—Bess, voy a llevarla a su casa —dijo Stanley contrariado—. He de salir inmediatamente hacia Nueva Jersey, al lugar del accidente.
—¿Pudieron por fin identificar ese cadáver del depósito? —preguntó ella mientras el detective hacía arrancar el auto.
—¿Qué cadáver? —Gruñó Stanley sordamente—. Allí no hay ningún cadáver.
—¿Qué quiere decir?
—Pues que alguien madrugó más y se llevó el fiambre. Cuando llegué allí acompañado de la señora Sonderm, el cadáver había desaparecido. Se lo habían llevado. Secuestrado, ¿comprende?
—¡Dios bendito! ¿Cómo puede haber ocurrido eso? ¿Quién se lo llevó?
—La señora Sonderm y su amigo Hooper, seguramente. ¿Conoce usted a ese Hooper?
—No. ¿Quién es?
—Un amigo de la viuda, un tipo antipático que siempre va con ella y no la deja ni a sol ni a sombra. Naturalmente, ellos saben a dónde fue a parar el cadáver… y creo que yo también lo sé. Lo que no comprendo es cómo pudieron hacerlo.
—Stanley, por Dios. Me está hablando usted en jeroglífico. ¿Qué ocurrió en realidad?
—Nada más que eso. El cadáver que yo había logrado identificar como el de Sonderm ya no estaba allí cuando llegamos. Pensé que podía estar en el baúl del coche de la viuda, pero me tiré una plancha. El cadáver no estaba allí. Entonces me fui a todo gas a la mansión de los Sonderm, entré por la ventana en el sótano y registré toda la casa. Tenía la esperanza de dar con el cadáver, pero no estaba allí. Y tampoco estaba la alfombra manchada de sangre que vimos anoche. Evidentemente, los asesinos debieron destruirla después de habernos marchado nosotros.
—¿Sigue creyendo que Sonderm murió en su propia casa a manos de su mujer? —preguntó Elizabeth.
—Seguro que fueron ellos. La señora Sonderm, su amigo Hooper o los dos. Frederick Sonderm debía estar enterado de esa amistad de su mujer con Joseph Hooper. Tal vez en el último momento, cuando se disponía a salir hacia San Francisco, tuvo la sospecha de que su esposa aprovecharía su ausencia para encontrarse con Hooper. Sonderm debió apearse del avión, tomar un taxi y presentarse inesperadamente en su casa. Allí encontraría a su esposa amartelada con su amigo; Tal vez se produjo allí una escena de celos en la que Sonderm llevó la peor parte. Hooper o la señora Sonderm le golpearon en la cabeza con el atizador… Lo que no comprendo es cómo fueron tan descuidados que dejaron la puerta abierta.
—Posiblemente llegada les asustó —insinuó Bessy—. Ellos me vieron. Y luego ese Hooper debió pensar que podía hacerme callar amenazándome por teléfono.
—Lo malo de todo esto es que hemos perdido la mayor parte de las pruebas de convicción. Aquel atizador ensangrentado que usted vio junto al cadáver, la alfombra ensangrentada, el mismo cadáver de Sonderm…, todas esas pruebas habrían bastado para condenar a la señora Sonderm y su cómplice si hubiésemos podido retenerlas. Fue un error de nuestra parte no avisar inmediatamente a la Policía.
—Comprendo su estado de ánimo —murmuró la muchacha—. Yo le até injustamente a la promesa de que nada diría a la Policía por temor a que el asesino cumpliera la amenaza que me hizo por teléfono…
—Nos queda la ficha de identificación que se hizo del cadáver en el depósito. Esa ficha corresponde exactamente a la que el doctor Balmain tiene en su archivo. Mi Compañía apelará a esa prueba y el testimonio de usted para demostrar que Sonderm halló la muerte en su propia casa. Pero contra la presencia del cadáver en el lugar del accidente del avión, será muy difícil que alguien nos crea. Mi testimonio en este caso no vale mucho teniendo en cuenta que soy un empleado de la Compañía aseguradora. Y un abogado hábil encontrará la forma de hacerla parecer a usted como cómplice mía en un esfuerzo en común para eludir el pago de esos cien mil dólares de la póliza que la víctima contrató minutos antes de tomar el avión.
—Así, ¿usted espera que el cadáver que desapareció del depósito aparezca repentinamente en el mismo lugar del accidente del avión?
—Estoy seguro de que aparecerá allí.
Los dos guardaron silencio. En este momento llegaban ante el edificio de apartamientos donde vivía Elizabeth. Stanley detuvo el auto junto al bordillo de la acera.
—Sólo me falta comprobarlo yendo ahora mismo al lugar donde cayó el avión —dijo Stanley—. Tendrá que apearse usted, Bess.
La muchacha no se movió. Mirando preocupada ante sí dijo:
—¿Puedo acompañarle, Stanley?
Él la miró con sorpresa.
—¿Quiere usted venir? Regresaremos tarde.
—No importa. Dejaré un recado en la portería para mi compañera de habitación.
Antes que Stanley pudiera decir «sí» o «no», ya había saltado Bessy del coche y cruzaba la acera hasta el portal, por donde desaparecía para volver a aparecer diez minutos más tarde.
—Todo arreglado. Vamos ya —dijo la chica metiéndose en el coche.
Stanley refunfuñó mientras ponía en marcha el vehículo. Cruzando Manhattan de este a oeste, pasaron por el túnel Lincoln bajo el Hudson y tomaron la carretera número tres del vecino Estado de Nueva Jersey.
La noche era muy oscura y si bien no llovía en aquel momento, el tiempo parecía presagiar que no lardaría en hacerlo. Hacía un frío intenso y un fuerte viento del noroeste levantaba remolinos de hojas secas ante los faros del automóvil.
En Hanover, a veinte millas de Nueva York, empezó a llover. Unas millas más allá, Stanley detuvo el coche en un cruce ante una estación de servicio para reaprovisionarse de gasolina. Un hombre con un mono y una chaqueta de cuero salió de la caseta acudiendo a la llamada perentoria del claxon.
Volvieron a reanudar la marcha con el depósito de esencia lleno. La lluvia iba arreciando a medida que avanzaban hacia el oeste. El silencio de Stanley, el ronroneo del motor a sus espaldas y la brillante luz en los focos sobre el asfalto mojado, acabaron por vencer a Bessy, quien en realidad no había pegado ojo la noche anterior.
Dos horas más tarde Stanley detenía el auto ante un parador para automovilistas. Bessy despertó.
—¿Dónde estamos?
—Cerca del lugar del accidente según creo. Vamos a apearnos. Tomaremos informes y de paso comeremos algo. Usted no ha cenado, y yo tampoco.
Teniendo en cuenta lo desapacible del tiempo, la hora y el poco tránsito de aquella carretera, el parador resultó estar muy animado. Muchos de los clientes eran periodistas, pero había también policías y otras personas que por el tono de su conversación dejaban presumir que eran familiares de las víctimas del accidente.
El dueño del parador informó detalladamente a Stanley acerca del camino que debían tomar para llegar hasta los restos del avión siniestrado.
Después de cenar apresuradamente, volvieron al coche reanudando el viaje bajo la lluvia.
La carretera, a partir de allí presentaba numerosas curvas a derecha e izquierda elevándose continuamente. En lo más alto de la montaña encontraron una bifurcación a un lado, en la cual se cruzaron con una ambulancia.
Incluso sin los informes que tomaron en el parador, habrían comprendido por la presencia de la ambulancia que aquél era el camino que conducía al lugar del accidente. Stanley tomó aquel camino.
La carretera era ahora de tierra y descendía describiendo cerradas curvas. Conducir por aquel terreno resbaladizo y aquel camino estrecho requirió toda la pericia y atención de Stanley.
Poco después, el coche desembocaba en una explanada donde había estacionados gran número de vehículos, ambulancias, autos-grúa, turismos y coches de la policía. Elevábase a su derecha un escarpado montículo, a la izquierda una abrupta ladera y al fondo de ésta una profunda barranca.
Desde la explanada, varios reflectores iluminaban la maleza del fondo del barranco. A la luz de los focos, varios hombres con impermeables iban de un lado a otro bajo la cortina de la lluvia que dificultaba su misión. Había barro por todas partes.
Stanley condujo el coche con cuidado sobre una capa de barro, estacionó el vehículo junto a un árbol y paró el motor.
—Será mejor que aguarde aquí, Bessy. Va a ponerse perdida de barro —dijo Stanley.
—¿Qué dice? No querrá que vaya a quedarme sola aquí. —Se subió el cuello de la gabardina y se puso un pañuelo impermeable a la cabeza, abriendo la portezuela y saltando a tierra.
Aunque la noche era oscura, la explanada quedaba iluminada por el resplandor de los reflectores y los focos de los automóviles. Elizabeth rodeó rápida el coche para cogerse del brazo de su acompañante.
Cerca del borde del barranco, entre éste y un par de grandes máquinas terraplenadoras, vieron dos grandes tiendas de lona cuyo interior estaba iluminado por lámparas de gasolina. Ante una de las tiendas se veía un numeroso grupo de gente.
Pasando por encima del barrizal atravesaron la explanada hasta el borde del barranco donde estaban las tiendas. Desde allí podía verse la ladera opuesta del barranco, y en ella varias luces que se movían de un lado a otro arrancando plateados reflejos de los dispersos restos de metal retorcido.
Por la ladera del lado de acá culminaron la pendiente siete u ocho hombres cuyos impermeables estaban llenos de barro, llevando entre todos una camilla en la que yacía un cadáver.
Una voz anunció:
—Hemos rescatado al último de los viajeros.
El cadáver pasó por delante de Stanley, pero éste no pudo verlo. El grupo llegó hasta la tienda de lona. Se oyó un sollozo de mujer. Tirando del brazo de la muchacha, Stanley se la llevó en dirección al grupo de gente que había rodeado al último cadáver sacado del barranco. Una mano oprimió el brazo de Rougeron. Éste se volvió, encontrándose ante Robert Ullman.
—¿Ustedes por aquí? ¿También usted, señorita Werner? —dijo Ullman.
Alguien vino abriéndose paso entre el corro que formaban periodistas, policías y curiosos. Era Stan Hilton.
—Ya han encontrado el cadáver de Sonderm —anunció Hilton con voz compungida—. Su mujer le ha identificado. ¿Usted aquí, Miss Werner?
Stanley se separó de los dos socios, empujando con los dos codos para acercarse al cadáver que yacía sobre la camilla bajo el haz de las linternas. De manos a boca se tropezó con la señora Sonderm, la cual le reconoció y dijo:
—Ahí lo tiene usted, señor Rougeron. ¡Ojalá mi pobre marido no hubiera tomado nunca ese aeroplano! —sollozó la señora Sonderm.
Stanley la miró a la cara, la mujer contraía la boca en una mueca amarga, pero en verdad no podía saberse si lloraba, pues la lluvia mojaba su rostro y se escurría formando pequeños regueros por su rostro.
Stanley le volvió la espalda saliendo del círculo para reunirse de nuevo con Bessy.
—¿Era el cadáver de Sonderm? —preguntó la muchacha.
—¿Qué duda cabe? Ni siquiera lo he mirado. La señora Sonderm jamás identificaría como el de su marido un cadáver que no lo fuera, ¿verdad?
La chica guardó silencio. Ullman dijo:
—Me parece que después de esto estamos de sobra aquí. Esta maldita lluvia me ha calado hasta los huesos. Yo me vuelvo a la ciudad.
—Desde luego, yo también —dijo Hilton.
Los dos hombres se alejaron bajo la sombría mirada del detective.
—Me gustaría saber qué vinieron ésos a buscar aquí —dijo Stanley entre dientes.
—Después de todo, Sonderm era su socio y amigo —dijo Bessy—. Además, estaban muy preocupados por la suerte que pudieran haber corrido los diamantes.
—Bueno, vámonos nosotros también. Como ellos, nada tenemos que hacer aquí.
Lentamente, pisando sobre el barro arcilloso y resbaladizo, regresaron al «Dauphine». Siempre en sombrío silencio, Stanley hizo arrancar el motor, puso la primera velocidad y sacó despacio el vehículo a través de la explanada hacia el camino.
—Stanley, ¿está enfadado conmigo? —preguntó la muchacha mientras el auto roncaba en segunda velocidad por la empinada y tortuosa carretera.
—¿Por qué dice eso?
—Fue culpa mía si usted no acudió inmediatamente a la Policía para denunciar el caso. «Ellos» ahora han lograda echar tierra sobre su delito. Después de esta noche, ¿quién querrá creer que Sonderm halló la muerte en su propia casa, y no entre los restos del avión donde su cuerpo acaba de ser encontrado?
—¡Oh, espere! No crea que el asunto termina aquí. Los que mataron a Sonderm cometieron varios errores. Lucharé hasta el final y les cogeré por cualquiera de ellos.
El coche alcanzó la carretera principal y Stanley aceleró en el trecho llano antes de llegar a la cuesta. Seguía lloviendo y la carretera estaba mojada y resbaladiza. La primera curva era abierta y Stanley aceleró dentro de ella para lograr una mayor adherencia de los neumáticos al terreno.
Al salir de la curva, el «Dauphine» se embaló en la larga y pronunciada pendiente. Antes de llegar a la próxima curva Stanley consideró que el auto iba demasiado aprisa y tanteó suavemente el freno.
El freno no obedeció y el coche entró en la curva a una velocidad escalofriante.
—¡Stanley, cuidado, nos vamos a matar! —gritó Bessy asustada.
Stanley pudo evitar por cuestión de pulgadas que el coche se saliera de la carretera. La pendiente se hizo más pronunciada a corta distancia de una segunda curva a la izquierda. Stanley no podía, desembragar en este momento para meter la segunda velocidad sin riesgo de verse despedido de la carretera y cayendo por el barranco. A todo evento había que tomar aquella curva como viniese… Y la tomó.
Las llantas chirriaron sobre el asfalto mojado. En el momento que el coche salía de la carretera Bessy lanzó un grito agudo. Todo ocurrió en un segundo.
El «Dauphine» saltó en el vacío y empezó a rodar ladera abajo con horrible fragor de cristales rotos y piezas metálicas que se abollaban. En su interior, Stanley se aferraba al inútil volante esperando el horrible golpe final. Pero este golpe no llegó a producirse, porque la ladera era más suave y más corta de lo que cabía temer.
Después de haber dado cuatro o cinco vueltas de campana, el auto quedó inmóvil con las ruedas en alto y sus dos pasajeros en confuso montón sobre el techo que ahora estaba bajo ellos.
Apenas salido de su aturdimiento, Stanley sintió el olor a gasolina elevándose penetrante sobre todas sus demás sensaciones de dolor, temor y confusión. Habían quedado a oscuras, pero de pronto una llama brotó en alguna parte de atrás, y un fulgor rojizo les alumbró.
—¡Bess! ¡Bess! —gritó lleno de espanto.
La muchacha estaba debajo de él y rebulló soltando un gemido.
—Bessy, ¿se encuentra bien?
—Sí. ¡Oh, creo que sí! —gimió la chica.
—Voy a tratar de abrir esa portezuela.
Stanley se calló para sí sus temores de que el fuego de la gasolina les alcanzara antes que pudieran salir de su mortal encierro. El techo, abollado, había encajado fuertemente la portezuela. Stanley comprobó pronto que en modo alguno podría abrir aquella portezuela sin ayuda exterior. Y el incendio se propagaba rápidamente reduciendo sus minutos y sus probabilidades de escapatoria.
—Stanley, el coche se ha incendiado —musitó la chica llena de terror.
—Lo sé. Vamos a tratar de salir arrastrándonos por esta ventanilla. Apártese para que pueda quitar los fragmentos de cristal con el pie. Y por Dios, no se asuste ahora cuando más falta hace que nos mantengamos serenos.
Esta llamada a la serenidad de la muchacha surtió su efecto. Bess guardó silencio, mientras ti en una posición violenta arrancaba a patadas los afilados pedazos de cristal.
—Usted primero, Bessy. Arrástrese por el suelo y trate de salir por aquí.
El fuego crepitaba detrás de ellos y su calor empezaba a dejarse sentir a través de las delgadas planchas de metal. Por fortuna para ellos no estaban solos.
Arriba en la carretera, un coche se había detenido y dos hombres bajaban corriendo por la resbaladiza ladera hacia el coche que ardía en el fondo del barranco. Uno de los hombres llegó junto al coche a tiempo de coger a Elizabeth Werner por los brazos y tirar de ella sacándola a rastras por el hueco de la ventanilla.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! —No cesaba de repetir el otro hombre dando nerviosas manotadas.
Un par de manos cogieron las muñecas de Stanley y le sacaron arrastrando por el mismo estrecho conducto por donde había salido la chica. Lo pusieron en pie y lo empujaron.
—¡Alejémonos, el depósito debe estallar de un momento a otro! —gritó uno de los hombres.
Cojeando, Stanley siguió a Bessy y a sus providenciales salvadores alejándose del auto incendiado.
Encontrándose a media ladera brilló un fogonazo y se percibió una explosión.
El depósito del «Dauphine» acababa de explotar.
—De buena nos hemos librado —dijo Stanley jadeante deteniéndose para mirar atrás la hoguera en que ardía su coche—. Bien podemos decir que hoy nacimos por segunda vez.
Arriba, en la carretera, se dejó oír el alarido de una sirena. Un coche de la policía con una luz roja intermitente en el techo, apareció en la curva y frenó bruscamente detrás del automóvil que estaba detenido en el filo del barranco.
Dos agentes uniformados saltaron del coche y vinieron apresuradamente al encuentro de los siniestrados y sus salvadores.
—¿Hubo víctimas? —preguntó uno de los policías.
—Ninguna, gracias a estos dos amigos que acudieron a tiempo para sacarnos del coche —dijo Stanley—. La señorita Werner y yo éramos los únicos ocupantes.
—Guiaba usted uno de esos coches europeos, ¿no es cierto? —interrogó el policía—. No comprendo cómo la gente se fía de esos autos extranjeros. Luego que usted arrancó, mi compañero y yo vimos una mancha en el barro en el lugar donde había estado estacionado su coche. En seguida comprendimos que había perdido usted el líquido de sus frenos hidráulicos. Temiendo que no se hubiera dado cuenta, salimos inmediatamente por ver si todavía podíamos alcanzarle.
—¿Dicen ustedes que había líquido de mis frenos en el lugar donde estacioné? —exclamó Stanley incrédulo—. Es muy extraño. Hace apenas tres días que revisé completamente mis frenos.
—Sin embargo el líquido se derramó. ¿Cuáles fueron las causas de su accidente?
—Los frenos, por supuesto —dijo Stanley. Y una terrible sospecha cruzó por su pensamiento, aunque se abstuvo de decir nada.
—¿Son ustedes de Nueva York? Suban a nuestro automóvil. Les llevaremos un trecho.
—Nosotros somos de Nueva York —dijo uno de los providenciales salvadores de Stanley y la señorita Werner—. Si quieren podemos llevarles hasta allí.
Stanley aceptó la invitación de sus salvadores. Según supieron más tarde, se trataba de dos hermanos cuyo padre había perecido en la catástrofe aérea. Mientras viajaban hacia Nueva York, los hermanos Thornton se expresaron en términos indignados contra los autores de la catástrofe.
—Si es cierto que el avión se estrelló debido a la explosión de una bomba, el que lo hizo merece que le ahorquen cien veces —dijo vino de ellos.
En el asiento posterior, todavía bajo los efectos del susto, Elizabeth Werner y Stanley Rougeron guardaban silencio.
Eran pasadas las cuatro de la madrugada cuando los amables hermanos Thornton depositaron a sus pasajeros delante del portal de la casa de apartamientos donde habitaba Elizabeth.
—La acompañaré hasta arriba —dijo Stanley cuando quedaron solos, después de despedirse de sus salvadores.
Subieron en silencio por la escalera. Bessy había perdido su bolso en el accidente y, por tanto, tuvo que llamar para que le abriera su compañera de habitación. Kattie Ellis salió a abrir.
Iba envuelta en un batín y se quedó mirando con expresión sorprendida a su amiga.
Bess Werner llevaba la gabardina hecha jirones, el rostro manchado y lleno de arañazos y los zapatos y las medias llenas de barro.
—¡Virgen Santísima! ¿De dónde vienes con esa facha? ¿Has estado en la guerra de Corea? —exclamó Kattie.
—Kattie, por Dios. Luego te explicaré —dijo Bessy.
Kattie Ellis levantó los hombros y se metió en el piso dejando entornada la puerta.
Dijo Bessy mirando al detective:
—¿Qué quiso decir el policía con aquello del líquido derramado de los frenos de su coche?
—El policía insinuó la posibilidad de una avería, pero para mí no hubo tal. Creo más bien que alguien quitó el tapón del depósito de mi sistema hidráulico con el deliberado propósito de inutilizarme los frenos. Tal vez el que lo hizo pensara que íbamos a matarnos en aquellas endiabladas curvas… y bien sabe Dios que faltó muy poco para que así fuera.
—¿Quiere decir que intentaron matarnos? —exclamó Bessy asustada.
—Sí. Y es natural que así se lo propusieran, pues usted y yo somos por ahora los únicos testigos que pueden perjudicar al asesino de Sonderm.
Bessy guardó silencio aterrada. Stanley metió la mano en el bolsillo de su abrigo sacando un objeto niquelado, que tendió a la muchacha. Se trataba de un revólver de corto y grueso cañón.
—Tome esta pistola y guárdela. Llévela siempre consigo en el bolso por lo que pudiera pasar. Temo que nuestras vidas no estén muy seguras de ahora en adelante.
—¿Luego usted cree…? —Bessy se interrumpió vacilando. Luego apretó los labios y tomó la pistola.
Stanley la miró a los ojos. Inesperadamente se inclinó sobre ella y la besó en los labios. La muchacha no opuso resistencia esta vez.
—Buenas noches, Bess —dijo Stanley apretándole una mano.
—Buenas noches —murmuró Bessy sonrojándose.
Entró en el apartamiento y cerró suavemente tras sí.
Stanley bajó por la escalera a la calle. Había dejado de llover y el viento empujaba las nubes entre las que asomaban tímidamente algunas estrellas.
Cerca de allí había una parada de taxis. Stanley tomó uno y quince minutos más tarde saltaba a la acera ante su propio edificio.
Apenas hubo entrado en su apartamiento, Stanley se dirigió al teléfono para marcar el número de Hans Lader.
El teléfono repicó insistentemente un buen rato antes que la voz soñolienta de Lader sonara al otro extremo de la línea.
—¿Diga?
—Soy Rougeron —dijo Stanley. Y relató a su jefe los últimos acontecimientos del día, incluido el accidente de que había sido víctima.
—Bueno, Stanley —suspiró Lader—. Todavía estoy demasiado soñoliento para comprenderlo todo. También usted estará cansado. Vamos a dormir y ya discutiremos mañana, con la cabeza más despejada, los diversos aspectos de este embrollado problema.
Stanley colgó el teléfono, encendió un cigarrillo y se quitó los embarrados zapatos para tenderse cuan largo era en el diván.
Al darse cuenta que se estaba durmiendo dejó el cigarrillo en el cenicero. Se dijo: «Voy a ir hasta la cama». Pero quedó profundamente dormido sin fuerzas para moverse.