CAPÍTULO VI
Stanley no se apresuró mucho a la mañana siguiente para ir a la oficina. Necesitaba estar solo para concentrarse en sí mismo, pero incluso en su soledad no encontraba el punto de inspiración necesario para resolver a favor de su Compañía el embrollado caso Sonderm.
El teléfono repicó a las diez cuando Stanley leía el periódico cómodamente arrellanado en el diván.
La voz indignada de Hans Lader clamó desde el extremo opuesto de la línea:
—¿Quiere que le envíe a nuestra secretaria para que le sirva el desayuno y le haga el nudo de la corbata, Rougeron? ¿Por qué no está usted aquí? Pasan de las diez de la mañana.
—Sí, hace dos minutos que dieron las diez —contestó Stanley alegremente.
—He estado pensando en ese condenado asunto. Pásese por casa de Ellery Barton, tráigalo aquí y vamos a ver si ensamblamos las distintas piezas de este rompecabezas.
—Está bien.
Dos minutos más tarde Stanley se encontraba de pie en el bordillo de la acera haciendo señas a un taxi amarillo. El taxi se detuvo y mientras se metía en él, Stanley dio al conductor las señas de Ellery Barton.
Hacía una mañana típicamente invernal con viento frío del norte y un cielo encapotado que presagiaba no tardaría en nevar.
—Espere aquí mismo —dijo Stanley al taxista al apearse ante la casa de vecindad donde habitaba Barton.
Ante la puerta del piso de Barton estaban todavía la botella de leche y el periódico de la mañana. Llamó al timbre. Nadie contestó.
Después de la tercera llamada oyó a alguien que bajaba por la escalera. Era el conserje.
—¿Sabe usted si el señor Barton está en casa?
El hombre miró extrañado el periódico y la botella de leche que estaba en el suelo.
Sacando una llave del bolsillo, el conserje refunfuñó:
—Nunca madruga demasiado. Se emborracha por la noche y tarda en despertarse al día siguiente.
El hombre metió la llave en la cerradura y abrió.
—¿Señor Barton? —llamó el conserje desde el umbral de la puerta.
Nadie contestó. Stanley miró por encima del hombro del conserje. La lámpara de lectura estaba encendida junto al sofá. Sobre la mesa había restos de comida, una botella de whisky y un vaso. La cama estaba deshecha y revuelta.
El conserje avanzó dentro de la habitación. Stanley le siguió. Dos puertas daban a la única habitación; una correspondiente a la cocina, la otra al cuarto de baño, y empujó. Sus ojos se abrieron. Luego su voz anunció roncamente:
—No es necesario que siga buscando. El señor Barton está aquí.
El conserje miró por encima del hombro de Stanley y retrocedió lanzando una ahogada exclamación de horror.
En efecto, allí estaba Ellery Barton… colgando de un cinturón que previamente había atado a la tubería de la ducha junto al techo. Tenía los ojos abiertos, vidriosos. A sus pies había una banqueta volcada.
—¡Santo Dios! —exclamó el conserje—. ¡Se ahorcó!
—No toque nada —dijo Stanley.
Fue al teléfono, marcó el número de la Policía y esperó con el auricular en el oído hasta que oyó la voz consabida diciendo:
—Aquí la policía. ¿Quién llama?
Stanley expuso con brevedad y concisión lo ocurrido y terminó diciendo:
—Espero aquí.
El conserje permanecía inmóvil en el centro de la habitación.
—Vaya abajo, espere a que lleguen los agentes y guíelos hasta aquí —dijo Stanley—. Cierre la puerta al salir.
Al quedar solo, Stanley se puso a registrar en los cajones de los muebles. Barton guardaba pocos papeles y la mayoría de ellos eran facturas por diversidad de conceptos. En un armario encontró un par de trajes en buen estado, y en el bolsillo de uno de éstos un sobre conteniendo dólares.
Mientras efectuada el registro, el pensamiento de Stanley no se apartaba del hombre que colgaba del cinturón en el contiguo cuarto de baño. Se preguntaba si Ellery Barton, con su innata cobardía, habría encontrado en el alcohol el estímulo necesario para decidirse a poner fin a su vida. Después que encontró aquel dinero, una sospecha tomó fuerza en el pensamiento de Stanley. ¿Iba a suicidarse Ellery Barton teniendo en el bolsillo quinientos dólares?
Una sirena se acercaba por la calle. Stanley cerró el armario y los cajones y esperó que llamaran a la puerta. Poco después, la habitación se llenaba de agentes.
El inspector se sentó en una silla. Era un hombre alto, cuidadosamente afeitado y demasiado elegante para la idea que la gente solía tener de un policía. Fisher escuchó sin parpadear el relato de Stanley, examinó su licencia y tomó nota de su dirección y de la Compañía para la que trabajaba.
—Ya le llamaremos si más tarde le necesitamos, señor Rougeron —dijo finalmente el inspector despidiéndole con un gesto.
Stanley abandonó el piso volviendo a la calle. Encontró al taxista esperándole de pie junto a la portezuela abierta del automóvil.
—Ya estaba pensando que no volvería usted —dijo el hombre malhumorado.
Stanley le dio la dirección de la Compañía de Seguros.
En la oficina, la secretaria de Lader sacudió los dedos al ver entrar a Stanley.
—¡Pues de un humor el jefe…! —dijo la luminosa rubia.
Stanley, en efecto, encontró a Hans Lader de un humor de perros.
—Vamos a ver si llegamos a una conclusión —dijo Lader desabridamente. Miró detrás del detective—. ¿No vino Barton con usted?
—No. Barton no pudo venir.
—¿Por qué razón? ¿Estaba borracho también esta vez?
—Mucho peor que eso: estaba muerto.
—¿Quéééé?
—Ahorcado. —Stanley se pasó el índice alrededor del cuello—. Se colgó.
Lader se dejó caer anonadado en el asiento.
—Tenía que acabar así —murmuró—. Era un hombre extraño, dominado por extrañas ideas y manías. Creía hacer una obra humanitaria cuando le empleé pese a sus malos antecedentes. Pero al fin tenía que terminar así.
—Dígame una cosa, jefe. ¿Cuándo cobró Barton por última vez?
—¿Cobrar? Le di anticipos sobre su sueldo de dos meses. Nunca tenía un céntimo. Lo gastaba todo en whisky.
—Pues es extraño que tuviera quinientos dólares en el bolsillo de uno de sus trajes cuando se ahorcó.
Lader quedó mirando al detective de hito en hito.
—¿Qué está pensando usted, Stanley?
—Pienso por primera vez que Barton tuvo con el accidente del avión una relación más estrecha de lo que nunca pudimos sospechar. Todavía no sé dónde encaja Barton, pero es evidente que tuvo participación en el asunto, y más importante de lo que parece a simple vista.
—Vamos a dejar eso, Stanley. Me está embrollando usted el asunto de tal forma que ahora nos encontramos en un callejón sin salida. La verdad es que el cadáver de Sonderm se cuenta entre las víctimas de la catástrofe del avión. Los diamantes han desaparecido. Y he aquí que ahora vamos a tener que pagar por estos dos conceptos, doscientos mil dólares por el seguro de las joyas, y cien mil dólares por el seguro de vida que Sonderm contrató antes de tomar el avión. Nuestra Compañía tendrá que pagar en total trescientos mil dólares… y, como es natural, usted y yo seremos despedidos. Nos despedirán, y forzoso es reconocer que con toda justicia.
Stanley guardó silencio. También se sentía furioso, y en mitad de su desesperación, el hecho de que le despidieran no contaba apenas junto al bochorno de su evidente fracaso.
—En resumen, Stanley. Vamos a redactar un informe completo y a poner el asunto en manos de la Policía. Eso es lo que debíamos hacer desde el principio, y es probable que si lo hubiéramos hecho nos hubiésemos ahorrado muchos disgustos y pasos en falso.
—Sonderm fue asesinado aquí en Nueva York —dijo Stanley sordamente entre sus dientes apretados—. La señorita Werner le vio muerto. En mis manos tuve la alfombra manchada de sangre. El doctor Cunard del depósito de cadáveres redactó la ficha describiendo el cuerpo, y en el archivo del dentista de Sonderm figura una ficha cuyos datos coinciden con las observaciones de Cunard sobre la dentadura del muerto. Si con estos cuatro pilares no somos capaces de eludir el pago de esos trescientos mil dólares, es que somos unos borricos y merecemos que nos pongan a trabajar como descargadores en el muelle.
—Bueno, pues tome asiento ahí y prepárese para dictarle un informe completo a mi secretaria.
Stanley se resignó con su negra suerte dejándose caer en una de las butacas tapizadas de cuero. Creía que estaban perdiendo lastimosamente, el tiempo en la redacción de aquel informe, pero no se atrevió a protestar ante el exasperado Lader.
El informe, relatado prolijamente, quedó por concluir a la hora del «lunch».
—Vamos a tomar algo —dijo Hans Lader—. Proseguiremos después.
En el restaurante donde entraron, Stanley aprovechó para entrar en la cabina telefónica y llamar al domicilio de Bessy. Kattie Ellis se puso al aparato. Su compañera, dijo, había decidido no faltar a la oficina pese a tener dolorido todo el cuerpo de resultas del accidente de la noche anterior.
Stanley telefoneó a la oficina de los joyeros «Sonderm, Ullman y Co.», pero nadie contestó a su llamada. Y era natural que así fuera, pues en aquel momento los empleados de Ullman se encontraban fuera tomando el «lunch».
Stanley volvió refunfuñando a reunirse con Lader. Inmediatamente después de almorzar regresaron a la oficina, continuando la redacción del informe hasta las tres.
—Si ya hemos terminado, pido ahora carta blanca para actuar según mi criterio —dijo Stanley.
—Vaya a donde quiera y haga lo que le parezca —repuso Lader huraño.
Stanley cogió su sombrero y galio. Al tomar un taxi en la calle poco después, dio al conductor la dirección de la mansión de Frederick Sonderm.