CAPÍTULO II

Su cabello se esparcía sobre la almohada formando a modo de una aureola dorada en torno a su pálido rostro.

Había dejado la luz encendida y consultaba a cada momento el reloj de la mesita contigua, deseando el pronto regreso de Kattie Ellis. Ansiaba compartir con alguien su angustia e incertidumbre. Deseaba apartar de su recuerdo la visión de Frederic Sonderm yaciendo sobre la alfombra con los ojos abiertos y la cabeza ensangrentada.

No podía comprender lo ocurrido. Ella había visto a Sonderm tendido en la sala de su mansión ante el fuego de la chimenea. Estaba segura de esto y no encontraba una explicación lógica a su repentina desaparición cuando la policía fue a buscar el cadáver. La policía se había marchado atribuyendo a una broma la anónima llamada telefónica que ella misma realizó.

Pero en verdad cabía preguntarse si no era ella la víctima de una broma macabra e incomprensible.

Se removió inquieta, preocupada, pugnando en vano por rasgar el velo de aquel misterio.

De nuevo miró el reloj. Eran las diez de la noche. Bessy siempre solía conectar la radio a estas horas para escuchar el boletín de noticias.

Maquinalmente, por la fuerza de la costumbre, alargó la mano hacia el pequeño receptor de transistores y lo puso en marcha. Inmediatamente escuchó la voz del locutor que decía:

—«… Noticias de última hora dan cuenta también del accidente ocurrido al avión de la “Transocean” de la línea Nueva York a San Francisco, el cual se estrelló contra el suelo esta tarde en las montañas de Nueva Jersey a doscientos kilómetros de Nueva York. Fuerzas de la policía y voluntarios de la zona donde ocurrió el siniestro, cooperan en la búsqueda de los restos del aparato, dándose por segura la muerte de sus cuarenta pasajeros».

Bessy casi lanzó un grito de sorpresa al escuchar esta noticia. El aparato siniestrado era el mismo que Frederic Sonderm debió tomar aquella tarde con destino a San Francisco. Pero ¿viajaba realmente Sonderm a bordo de aquel aparato?

Bessy sabía que no. Ella había visto a Sonderm tendido, ensangrentado y al parecer muerto aquella misma tarde después de la salida del avión. ¿Qué extrañas circunstancias coincidieron a fin de hacer que Sonderm no tomara aquel aeroplano, salvándose de morir en el accidente, para apenas una hora más tarde encontrar otra muerte igualmente trágica sobre la alfombra de su propia casa? ¿O bien estaría equivocada ella, y Sonderm sólo yacía desvanecido, habiéndose recuperado de su desmayo después?

Con la frente calenturienta, desasosegada e irritada consigo misma, Bessy acabó por cerrar el aparato de radio volviendo a recostarse en la cama.

Sonó en esto el timbre del teléfono.

Dando un respingo, sobresaltada, Bessy se incorporó mirando fijamente al aparato. Extrañada, pues no comprendía quién pudiera llamarla a estas horas, alargó su mano temblorosa.

En el momento de descolgar el aparato y aplicar el auricular a su oído, casi esperaba oír la carcajada de Frederic Sonderm burlándose de la broma que acababan de correr a su costa. Esto, sin embargo, habría resultado absurdo y completamente fuera de lugar.

Sonderm era un individuo extremadamente serio, incapaz de perder su tiempo en bromas, ni siquiera de soltar una carcajada.

La voz que sonaba al otro extremo de la línea no era la de Sonderm.

—¿Es la señorita Werner? —preguntó una voz en tono bajo, como sonando a través de un pañuelo.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Un amigo que le da a usted un consejo, Miss Werner. Olvide lo que vio esta noche en casa de Sonderm. Olvídese de ello completamente, como si jamás hubiese estado allí ni hubiese visto nada. La vida le va en ello. ¿Enterada?

Elizabeth, paralizada de terror, fue incapaz de articular palabra. En el extremo opuesto del hilo sonó el «clic» metálico del aparto que era dejado sobre su horquilla, pero aun entonces continuó Bessy sin soltar el teléfono mientras un frío intenso se apoderaba de todo su ser.

Repentinamente soltó el aparato sobre su soporte y se echó atrás lanzando una exclamación ahogada.

Estaba terriblemente asustada y un sudor frío la bañó de pies a cabeza. Comprendió que en su visita de aquella noche a la casa de Sonderm había sido vista, espiada y vigilada en cada uno de sus movimientos por alguien que se encontraba en la misma casa o en el jardín.

Todo aquello era demasiado para Bessy. Necesitaba ayuda, y sin embargo no podía acudir a la policía. Tal vez la policía se negase incluso a creerla.

De pronto Bessy se acordó de Stanley Rougeron. Bessy sabía, o al menos creía estar segura, de que él se ofrecería gustoso a ayudarla. Y dejando aparte la reserva con que ella acogía sus requerimientos, Rougeron le merecía confianza en su profesión de detective privado.

No quiso demorarse en llamarlo y buscó ávidamente su nombre en la guía telefónica. Encontró su nombre en el listín. Por una feliz circunstancia, Rougeron vivía dos calles más arriba. Marcó el número y esperó impaciente con el auricular pegado al oído mientras el teléfono de Rougeron zumbaba en el extremo opuesto de la línea.

—«Seguro que habrá salido» —se dijo Bessy. Y esta posibilidad le irritó sobremanera.

Pero Bessy se había equivocado. Alguien descolgó el teléfono y una voz varonil y bien timbrada inquirió:

—¿Diga?

—¿Stanley Rougeron? Soy Bessy Werner…

Se oyó un estrépito como de un cenicero o una lámpara de pantalla que caía al suelo. Una ahogada exclamación de sorpresa, y a continuación la voz de Rougeron:

—¿Usted, Miss Werner? Bueno, es… es una agradable sorpresa.

—Por favor, estoy en un apuro —dijo Bessy interrumpiéndole—. Le necesito. ¿Podría usted venir a mi apartamiento?

—¿A su apartamiento? —La voz de Rougeron sonaba llena de extrañeza—. ¿Seguro que desea que vaya?

—Venga enseguida, por favor. Es asunto de vida o muerte.

—¡Caramba! —Un silbido sonó en el auricular junto al oído de Bessy—. Estaré ahí en cinco minutos.

Bessy dejó el teléfono en el soporte y empezó a vestirse. Entró en el cuarto de baño y se arregló el cabello, retocando de paso el carmín de sus labios. Aunque invirtió casi diez minutos en todas estas operaciones, todavía tuvo que esperar algunos minutos más paseando nerviosamente hasta que percibió el ruido del ascensor.

Unos nudillos llamaron suavemente en la puerta. Bessy atisbo por la mirilla óptica de la puerta, asegurándose que era efectivamente el detective antes de abrir e invitarle a entrar con un gesto.

Los ojos de Rougeron la contemplaban llenos de curiosidad y de sorpresa.

—Le agradezco mucho que haya venido —dijo Bessy cerrando la puerta.

—¿Qué le ocurre, Miss Werner?

Ella no contestó enseguida. Le indicó con un ademán el sofá, fue hasta el mueble-bar y sacó de él una botella de whisky y un par de vasos limpios. Luego entró en la cocina para tomar unos cubitos de hielo de la nevera, regresando con un jarro de agua junto a Rougeron, que la miraba intrigado.

—¿Sabe que casi no puedo creer en mi suerte? —dijo Rougeron sonriendo—. Ignoro en virtud de qué circunstancias me llamó usted, pero sea lo que sea, me alegro porque me han traído aquí.

—Por Dios, no diga usted eso —gimió Bessy dejándose caer en el diván junto a él—. Antes de llamarle a usted acababa de recibir una llamada telefónica amenazadora. ¡Oh, estoy muy asustada!

Y Bessy a continuación relató a Rougeron cuanto le había ocurrido aquella noche, desde que Sonderm la llamó por teléfono, hasta que otro desconocido la llamó para amenazarle de muerte si contaba a alguien lo que había visto en casa de Sonderm.

Stanley Rougeron dejó escapar un largo silbido de asombro.

—¿Está segura de que era su jefe el que se encontraba allí tendido sobre la alfombra? —preguntó Rougeron.

—Llevo dos años trabajando para la firma «Sonderm», Ullman y Co., Durante este tiempo he visto a Sonderm casi a diario. ¿Cree que podría confundirle con cualquier otro?

—Si no recuerdo mal, ha dicho usted que vio las gafas de Sonderm rotas en el suelo. El aspecto de un hombre al que siempre hemos visto con gafas puede cambiar mucho si le vemos repentinamente sin ellas.

—Era Frederic Sonderm, estoy segura.

Rougeron reflexionó en silencio unos minutos.

—Al parecer, toda su confusión nace de la circunstancia de haber tomado Sonderm el avión de esta tarde para San Francisco. Sin embargo, si su jefe no llegó a tomar ese avión, es fácil comprobarlo. Basta para ello preguntar a la oficina de la Compañía propietaria de ese avión.

—Muy bien, hágalo —dijo Bessy señalando el teléfono—. La Compañía es la «Transocean Airlines».

Rougeron marcó en el dial el número que Bessy le dictaba. Esperó con el auricular pegado al oído y luego preguntó:

—¿Es la oficina de la «Transocean Airlines»? Por favor ¿pueden indicarme si el señor Sonderm tomó el avión de esta tarde con destino a San Francisco?

Rougeron escuchó levantando las cejas con expresión de asombro.

—¿Están ustedes seguros?

El auricular dejó oír una voz gangosa:

—Muchas gracias, eso es todo —dijo Rougeron. Y colgó el teléfono.

—¿Y bien? —preguntó Bessy.

—Sonderm tomó ese avión. Al menos su nombre figura en la lista de pasajeros. Por cierto, este avión se estrelló en Nueva Jersey a los pocos minutos de haber despegado. ¿Sabía usted eso?

—La radio dio la noticia poco antes de que recibiera esa llamada telefónica amenazadora.

Stanley Rougeron se puso en pie y empezó a pasear arriba; y abajo de la habitación. Dijo de pronto deteniéndose ante Bessy:

—Es una condenada casualidad que ese avión se haya estrellado al mismo tiempo que usted encontraba el cadáver de Sonderm aquí en Nueva York. ¿Conoce usted los motivos por que Sonderm iba a viajar a San Francisco?

—Sí. Sonderm tenía que llevar personalmente algunas joyas muy valiosas, entre ellas un collar valorado en doscientos mil dólares.

—Y mi Compañía aseguró esas joyas esta misma mañana. Todo esto me huele muy mal, Miss Werner. Sí, hizo usted muy bien en llamarme, porque el asunto me interesa enormemente. En primer lugar, debo asegurarme de si Sonderm se quedó en tierra o realmente llegó a tomar ese avión. La conminación a guardar silencio que usted recibió por teléfono casi nos asegura que hay en alguna parte una confabulación de silencio alrededor de los verdaderos hechos. Sonderm pudo abandonar el avión a última hora, en cuyo caso mi Compañía podría eludir el pago de la primera por esas joyas. ¿Le importaría acompañarme a la casa de Sonderm?

—¿Volver allá? Oh, no crea que va a gustarme mucho —dijo Bessy.

—Me gustaría que estuviera usted presente cuando le haga algunas preguntas a la señora Sonderm.

—Bueno, si no hay más remedio…

—Por favor, se lo ruego.

Bessy se puso en pie haciendo un ademán resignado.

—¡He traído mi automóvil! —dijo Rougeron—. Pero si quiere podernos llamar a la policía para que nos de escolta.

—¡No, la policía no! —protestó Bessy asustada.

Poco después Bessy dejaba sobre su lecho una nota tranquilizadora para Kattie y seguía a Rougeron hasta el ascensor.

* * *

El coche rodó en silencio unos metros y se detuvo a una manzana de distancia del edificio de los Sonderm. Elizabeth Werner y Stanley Rougeron saltaron a tierra y empezaron a recorrer la acera, acercándose a la casa. Al llegar frente a la verja de entrada, Rougeron atrajo hacia sí a la muchacha por el brazo y le susurró al oído:

—Mire por un lado, mientras yo vigilo por el otro.

Había cesado de llover pero el cielo seguía encapotado sin una sola estrella en el firmamento. Un ligero viento se había levantado y la cruz de los espaciados faroles que iluminaban la calle se movían como péndulos haciendo avanzar y retroceder las sombras de los setos y los árboles de la alameda.

—No veo a nadie —musitó Elizabeth.

—Entremos y échese inmediatamente a un lado del seto.

Cruzaron al otro lado de la verja y saltaron a un lado, cayendo sobre un charco que se había formado en la tierra. La joven sintió la humedad del agua al salpicarle las piernas. Sus dientes castañetearon.

Se habían agazapado tras un arbusto. El suave roce de sus hojas y de las de los árboles vecinos, el gotear de las ramas, el golpeteo de una ventana que en algún lugar había quedado abierta…, la humedad y la oscura noche que les rodeaba… todo contribuía a deprimir el ánimo de Bessy y hacerle añorar su cama caliente y segura.

Stanley la cogió de un brazo y Elizabeth se sobresaltó. Los ojos de él brillaron extrañamente en la oscuridad.

—No tenga miedo —le susurró junto al oído.

Guiada por el detective, avanzaron por entre los setos hasta llegar cerca de la casa. Entonces se desviaron, rodeándola por la izquierda, pegados al muro hasta llegar a la parte de atrás.

Elizabeth sintió que la mano de Stanley apretaba su brazo.

—Está abierta la puerta del garaje —le oyó susurrar.

Efectivamente, una de las grandes puertas de madera estaba entreabierta unas pulgadas. Los dos jóvenes llegaron hasta allí. El detective escuchó unos instantes y luego se metió por la rendija.

Elizabeth quedó sola en el jardín. Miró a su espalda y el corazón empezó a latirle descompasadamente. Las sombras de los árboles tenían un inquietante aspecto…

No lo pensó más. Rápidamente, se metió por la rendija en seguimiento de Stanley Rougeron, estando a punto de proferir un grito, al darle en pleno rostro el foco deslumbrante de una luz. Cerró los ojos y enseguida la luz se apagó, dejando el garaje en la más completa oscuridad.

Era Stanley Rougeron que la había enfocado con la linterna. Se acercó a ella.

—Suponía que era usted —dijo—. Oiga, Elizabeth…

La joven, pese al sobresalto que acababa de llevarse, percibió claramente que él la acababa de llamar por el nombre.

—Diga, Stanley —contestó imitando su ejemplo.

Al instante, sintió la mano de él que le cogía la suya y se la presionaba unos instantes.

—Gracias por llamarme Stanley —susurró muy cerca de ella.

Elizabeth se sonrojó y agradeció la oscuridad que la envolvía.

—Por favor, no es el momento…

No pudo continuar. Se sintió enlazada por el talle y unos labios se posaron sobre los suyos. Después…

—No vuelva a decirme que no es el momento —dijo Rougeron roncamente—. ¡Me ha dado usted tan pocos hasta ahora…! Habría sido un necio de no aprovecharme.

La muchacha sintió que la indignación le ahogaba.

—¡Es… es usted…!

—¡No diga nada! Recuerde que estamos embarcados en una aventura peligrosa… ¿No le parece haber oído un ligero ruido ahí afuera?

Elizabeth se olvidó de su enfado y se acercó impulsivamente a Stanley, escuchando temblorosa. La oscuridad le impidió ver la sonrisa de Rougeron.

—Una falsa alarma, Elizabeth… Oiga, vamos ahora a «trabajar». Cuando entré he podido comprobar que no está el coche de su jefe. ¿No era un «Cadillac» azul?

—Sí —contestó ella.

—Pues sólo hay un descapotable color rojo.

—Ése es el de su señora —explicó Elizabeth sorprendida—. Pero también el del señor Sonderm debe estar aquí. Carlota Kearney quedó encargada de traerlo desde el aeródromo después de acompañar a Sonderm.

Él se apoderó de la mano de la joven y tiró de ella hacia fuera.

—En ese caso alguien salió con él… ¡No se estremezca, no hace falta que haya sido Sonderm! ¡Cualquier otro que esté «vivo» puede guiarlo también!

Cuando salieron al jardín, la muchacha pudo advertir que Rougeron llevaba en la mano unas herramientas.

—¿Para qué quiere eso?

—Ahora lo verá.

Se acercó a una ventana que había casi a ras de tierra y empezó a hurgar en ella.

—Espero que estas ventanas nos conduzcan al sótano —dijo él.

Continuó forcejeando con la palanqueta. Se oyó un crujido. Rougeron lanzó un suspiro y se incorporó. La muchacha pudo ver que la ventana estaba abierta.

—Yo bajaré primero —dijo el detective.

Bessy le vio desaparecer por la ventana. Poco después percibía un estrépito formidable que retumbó en toda la casa. Era un ruido de vidrios rotos, de hojalata y algo como un maullido de gato al que hubieran pisado el rabo.

Elizabeth se dispuso a correr. En el silencio de la noche había sonado aquello como si fuera el estallido de una bomba atómica. No tardaría en asomarse alguien a alguna ventana y ella no pensaba quedarse allí fuera para dar explicaciones. ¿Cómo explicaría su presencia allí? No lo pensó más y se metió por el hueco de la ventana, yendo a caer en la oscuridad sobre un cuerpo blando que amortiguó su caída.

—¿Qué le ha pasado para meter tanto ruido? —protestó enfadada, esperando que Rougeron diera señales de vida—. ¿No ve cómo yo no hice ruido?

—¡Ésa sí que es buena! —Gruñó una voz debajo de ella—. Si yo hubiera tenido también un almohadón…

Elizabeth se dio cuenta de que «lo blando» era el propio Rougeron.

—No sé por qué se les ocurriría poner aquí tanto trasto… —Volvió a gruñir el detective, desembarazándose de Elizabeth y poniéndose en pie—. Y no sé tampoco por qué no se le habrá ocurrido a usted poner pies en polvorosa al oír el estruendo. ¿No comprende, criatura, que no tardarán en pescarnos?

—Salgamos entonces los dos —dijo ella—. No me pareció muy noble dejarle abandonado… sin saber siquiera si se había herido.

Él encendió la linterna e iluminó el lugar sobre el que habían caído. Un montón de cajas de hojalata vacías se extendían en un completo desbarajuste, mezcladas con los fragmentos de una docena de botellas.

—Oiga, Elizabeth —dijo de repente el detective—. ¿No encuentra extraño que nadie haya dado señales de vida?

Elizabeth asintió pensativa.

—¿No tenían servidumbre? —preguntó Stanley Rougeron, iluminando con la linterna unos muebles desvencijados que había en un rincón.

—Venía una mujer para hacer la limpieza, pero nunca se quedaba por la noche. La señora Sonderm es muy independiente. Como su marido viajaba mucho, ella gustaba de irse a casa de su madre y cerrar la casa. Decía que de haber tenido a alguien, no habría podido hacerlo.

—Pues en ese caso, la señora Sonderm ha debido irse hoy también a casa de su madre, porque de haber estado aquí, habría tenido que oír por fuerza el ruido… Lo extraño es que dejara abierta la puerta del garaje.

—Y que se llevara el coche de su marido —añadió Elizabeth.

—Bueno, vamos a mirar bien lo que hay por aquí.

En un rincón había un montón de carbón. Stanley se acercó y hurgó en él con una pala de hierro que había a un lado. Pareció convencerse de que nada iba a encontrar allí y enfocó hacia otro lado, deteniéndose en una cómoda desvencijada. Se acercó a ella y abrió el primer cajón.

Elizabeth se acercó y miró por encima de su hombro. Vio un montón de sábanas amarillentas en confuso desorden. En los cajones inferiores había mantelerías y ropa vieja.

—Desechos —murmuró la muchacha.

—Estos Sonderm deben ser un poco tacañetes —apuntó Rougeron—. ¿Para qué guardarán cosas de las que ya no van a servirse?

Un poco más allá vieron una llave de luz. Stanley se acercó a ella y la encendió. Una bombilla de luz roja mal iluminó la estancia, aunque fue suficiente para ver el conjunto del sótano. Allí había de todo. Vajilla vieja, retirada ya. Cuadros llenos de polvo y telarañas. En una pared había una especie de estantería llena de tapices, mantas, alfombras, sacos y cajas de sombreros. Al fondo, había una escalerilla de cemento que subía hasta una pequeña puerta de madera que comunicaba con la casa.

—Vamos arriba —dijo Stanley.

Elizabeth se estremeció.

—¿Y si hay alguien?

—Imposible. Nos habrían oído.

Subió la escalerilla y trató de abrir la puerta, que se resistió. Empujó con el hombro. La puerta crujió. AL segundo empujón se abrieron paso.

Permanecieron unos instantes inmóviles, escuchando. De puntillas fueron subiendo por la escalera hasta llegar a la parte posterior del edificio. Un pasillo largo y estrecho que les condujo al vestíbulo.

Al llegar al vestíbulo, Stanley apagó la linterna.

—¿Dónde está la sala? —preguntó.

—Aquí.

Stanley volvió a encender la linterna. Cruzaron el sombrío hall y entraron en la sala. Stanley se acercó a la ventana y corrió la pesada cortina de terciopelo. Luego encendió la luz.

—¿Así que éste es el lugar del crimen, eh? —murmuró.

Elizabeth notó en su voz algo de ironía.

—Estaba tendido en esa alfombra —dijo agresiva—. No fue alucinación, aunque usted crea lo contrario.

Stanley miró la alfombra. Luego se acercó a ella y se arrodilló. Estuvo palpándola y mirándola detenidamente y luego se volvió hacia la muchacha.

—¿Está segura de que era esta alfombra?

Ella frunció el entrecejo.

—No, ésta no es la alfombra que había cuando yo entré la primera vez. Esa alfombra tira a marrón… La que yo vi era azul.

Stanley se enderezó bruscamente.

—En ese caso… —empezó a decir. Se detuvo, encendió la linterna y fue a apagar la luz.

—Vamos otra vez al sótano.

Elizabeth le siguió.

Cuando llegaron abajo, el detective se dirigió hacia la estantería y buscó entre las alfombras que había allí. Tiró de una de ellas y, mostrando una cenefa de dibujos azulados, la enseñó a la muchacha.

—¿Puede ser ésta?

—¡Seguro! —dijo ella excitada.

Había dos más encima de la que les interesaba. Rougeron la sacó con cuidado, levantando las otras. La dejó en el suelo y la desenrolló de un puntapié.

Un silbido de asombro salió de sus labios.

—Bueno, parece que tenía usted razón, después de todo —murmuró.

Una enorme mancha de sangre se extendía casi en el centro de la alfombra, destacando sobre fondo azul.

Oyeron en esto el ruido de un motor en el parque.

—¡Viene alguien! —exclamó Bessy asustada.

Rougeron enrolló rápidamente la alfombra y la dejó en la estantería. Luego fue hacia un baúl que había arrimado a la pared cerca de donde estaba la ventana y lo arrastró hasta el pie de ésta, tras apartar con el pie las latas y los cascos de cristal. Se subió sobre al baúl, apagó la linterna y miró por el hueco de la ventana.

—Vienen hacia el garaje…

Bessy percibió el roncar del motor del automóvil… cuando pasaba ante la ventana. El rumor se alejó, chirriaron suavemente los frenos y sonó una portezuela metálica al abrirse.

Las grandes puertas del garaje resonaron al correr sobre sus raíles. El motor del coche zumbó de nuevo y Rougeron anunció:

—Acaban de entrar en la cochera. Vamos. Yo saldré primero y la ayudaré desde arriba.

El detective se encaramó hasta la ventana, salió por ella y tardó unos minutos en volver a reaparecer.

—Vamos, cójase de mi mano —dijo.

Unos instantes después Bessy se encontraba junto a Rougeron en la oscuridad fría y húmeda del jardín. Del garaje llegó el chirrido y luego el golpe seco de las puertas al ser cerradas. Rougeron apretó el brazo de la muchacha mientras tiraba de ella hacia abajo obligándola a agazaparse tras un seto.

La grava del sendero que circundaba la casa crujió bajo unos pasos que se acercaban. Un instante después, un hombre y una mujer cruzaban por delante de la agazapada pareja. La luz era tan escasa en el jardín que Rougeron no pudo distinguir las facciones de los que pasaban.

Los pasos se alejaron y poco después escuchaban el rumor de la puerta de la casa que se cerraba.

—Vámonos ya —dijo Rougeron tirando de la mano de la muchacha.

Al trasponer la verja, Rougeron preguntó:

—Era la señora Sonderm, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Conoce al hombre que la acompañaba?

—No. No había bastante luz para verle la cara. Además, creo que no le conozco de todas formas.

Alcanzaron el automóvil y subieron a él. Rougeron dijo mientras ponía el coche en marcha:

—Tal vez debiéramos avisar de esto a la policía.

—¡Por Dios, no! —protestó Bessy echándose a temblar—. ¿Olvida usted la llamada de amenaza que recibí por teléfono esta noche?

Rougeron guardó silencio mientras aceleraba y efectuaba rápidamente el cambio de las sucesivas velocidades.

—Esperaremos a mañana —dijo—. La verdad es que todo está demasiado confuso para irle con este cuento a la policía. Puede que la policía no nos creyera, y puede que el aviso que le dieron fuese hecho completamente en serio.