CAPÍTULO III
Aunque en los primeros momentos, Stanley Rougeron se había resistido a creer en la fantástica historia de Elizabeth, después de ver la alfombra ensangrentada no tuvo más remedio que confesarse a sí mismo que aquel relato era auténtico. Cuando se metió en la cama, estuvo un buen rato pensando en ello y cuando a la mañana siguiente, el despertador sonó a las ocho en punto, saltó rápidamente, poniéndose el batín y abrió la puerta para recoger el periódico y la botella de leche.
Vertió el contenido de la botella en un cazo, que colocó en el hornillo. Mientras se le calentaba la leche, se preparó una tostada en un tostador eléctrico y cuando tuvo a punto el desayuno lo colocó sobre una mesa pequeña que estaba arrimada a la pared, abrió el periódico y empezó a comer y a leer simultáneamente.
Venía en grandes titulares la noticia de la catástrofe. Luego seguía un relato detallado del accidente. Se estaba efectuando la búsqueda de los cuerpos y publicaban la lista de todos los pasajeros que habían embarcado en Nueva York. Entre ellos figuraba el nombre de Frederic Sonderm.
Stanley estaba sorprendido. Era natural que en los primeros momentos de confusión no se hubieran dado cuenta y se limitaran a radiar la lista de los pasajes vendidos, pero después… ¿era que nadie se había dado cuenta que Sonderm no viajaba en el avión? ¿Se habría equivocado Elizabeth al reconocer en el hombre muerto a su jefe? Saldrían de dudas en cuanto se identificaran las víctimas. Pero la realidad era que Sonderm o no, un cadáver debía encontrarse en aquellas horas por alguna parte. Esto le dio una idea.
Fue pasando las hojas del periódico hasta que llegó a la de los sucesos locales. En cuanto hubo leído algunos párrafos, su rostro se animó. La noticia que je interesaba, rezaba así:
«Esta mañana ha sido hallado en la bahía el cadáver de un hombre carbonizado. No llevaba ropa alguna ni nada que permitiera establecer su identidad. El cadáver ha sido descubierto por la policía del puerto cuando flotaba sobre el agua».
«La brigada de homicidios de Nueva York se ha hecho cargo del trágico accidente y trabaja activamente para esclarecer el suceso».
Stanley entornó los ojos y dejó el periódico sobre la mesa. Estuvo unos instantes pensativo; luego consultó su reloj de pulsera y fue hacia el teléfono, que estaba sobre la mesilla. Descolgó el aparato y marcó un número.
—¿Miss Werner?
Al recibir la respuesta de asentimiento al otro extremo de la línea, Stanley continuó:
—Tengo algo que contarle… ¿A qué hora sale para el trabajo…? ¿A las ocho? Pasaré a recogerla dentro de media hora.
—De acuerdo —le contestó la muchacha.
Stanley colgó el teléfono. Quince minutos más tarde salía a la calle.
La mañana era desagradable, fría y húmeda. Echó a andar hacia el garaje donde guardaba su automóvil, cruzándose con hombres y mujeres de rostros enrojecidos por el frío, que, enfundados en abrigos, corrían apresuradamente hacia sus oficinas.
Stanley llegó al garaje. El empleado estaba quejándose de lo mucho que la lluvia ensuciaba y estropeaba los bajos de los coches. Stanley subió a su coche, lo puso en marcha y lo sacó con precaución a la calle, en donde aceleró en dirección al domicilio de Elizabeth Werner.
La muchacha le esperaba en el portal. Aparecía pálida y ojerosa y llevaba un impermeable gris oscuro que aun favoreciéndole la hacía parecer más delgada.
—Yo diría más bien que no ha pegado ojo en toda la noche —le dijo Stanley mientras estrechaba su manita enguantada.
—Ha acertado, desde luego.
—¿Asustada? —preguntó él, ayudándole a subir al coche.
La muchacha aguardó a que el detective diera la vuelta al auto para subir por la otra portezuela. Stanley puso el coche en marcha.
—Más que asustada estoy impresionada —dijo entonces Bessy—. No sabe cuánto daría por verme fuera de este asunto. Lo he pensado muy bien y voy a seguir los consejos que alguien me dio por teléfono. Después de todo, tal vez sea preferible pensar que lo soñé todo…
—Eso no es posible, recuerde que existe una alfombra ensangrentada. —Stanley guardó silencio mientras encendía el intermitente para doblar a la derecha.
—Es imposible que el muerto no fuera él sino otro —dijo Bessy. Permaneció callada unos instantes, y en vista del escéptico silencio del detective continuó—: ¿Leyó usted el periódico de esta mañana?
—De eso precisamente quería hablarle. Lo llevo en el bolsillo de la derecha. Cójalo usted misma, por favor.
Bessy sacó el periódico que asomaba doblado por el bolsillo del abrigo del detective. Inmediatamente llamó su atención un párrafo enmarcado con lápiz rojo.
—Lea eso a ver qué le parece —dijo Stanley.
Bessy leyó para sí la noticia donde se daba cuenta del hallazgo del cadáver carbonizado de un hombre en las aguas de la bahía.
—¿Cree usted que pueda ser el cadáver de Sonderm? —preguntó.
—Pudiera ser el cadáver que usted vio —repuso él evasivamente—. Por la forma en que el cadáver tiene quemadas las manos y la cara, yo diría que alguien intentó chapuceramente impedir que el hombre sea identificado.
—Si a un cadáver le queman la cara y destruyen las huellas dactilares quemándole las manos también, no hay forma de identificarle después, ¿no es cierto?
—¡Por Dios! —Stanley se echó a reír—. Hay mil formas para identificar a un cadáver, incluso si han borrado sus facciones y la impresión dactilar de sus manos. Si es el cadáver de Sonderm, no tardaremos de aquí a la noche en saberlo con toda certeza.
Stanley Rougeron detuvo el auto ante la oficina de los joyeros «Sonderm, Ullman y Co». La muchacha se dispuso a bajar del coche.
—Crea que me alegraría haberme equivocado y saber que el cadáver de Sonderm se encuentra en realidad entre las víctimas del accidente en Nueva Jersey —dijo Bessy tendiendo la mano al detective.
—Vendré a recogerla a la salida.
Ella hizo un gesto de asentimiento y cruzó la húmeda acera hacia el portal del edificio, desde el cual Carlota Kearney les estaba contemplando con expresión de burla.
Stanley puso el auto en marcha guiando con cuidado a través del denso tráfico por las resbaladizas calles hasta su propia oficina.
Stanley dejó el auto estacionado ante el edificio y entró en el ascensor. Poco más tarde empujaba la puerta de la oficina metiéndose de lleno en el fragor que formaban una docena de máquinas de escribir funcionando todas al mismo tiempo.
Joseph Rayner levantó la cabeza y le miró desde detrás del mostrador.
—Hola, Rougeron. Dichosos aquéllos a quienes nadie controla sus horas de entrada y de salida de la oficina.
Stanley contestó con una mueca siguiendo adelante. Junto a la puerta de un despacho, tecleaba en su máquina de escribir una joven rubia y bonita, de ojos verdes y labios bien perfilados. Viendo a Rougeron la chica guiñó un ojo.
—Buenos días, Stanley. El señor Lader estuvo preguntando por usted hace diez minutos.
—Bueno, pues ya estoy aquí. ¿Está solo en su leonera el «boss»?
—¿Quiere que le anuncie?
—No hace falta, conozco el camino.
Stanley se encaminó hacia la puerta de cristales del fondo, golpeó el cristal con los nudillos y entró.
Desde la formidable barrera que formaba su mesa escritorio de acero, Hans Lader clavó sus ojos fatigados en el detective. Era un hombre de estatura mediana, delgado, activo, de inteligencia muy despierta, sólo que en esta ocasión parecía muy deprimido.
—¿Usted, Rougeron? Por favor, pase y siéntese. Le estaba esperando. —Se acarició la frente—. Esta maldita humedad vuelve a atacarme la cabeza.
Stanley cerró la puerta, cruzó el despacho y fue a dejarse caer en uno de los profundos butacones forrados de cuero.
—¿Malas noticias? —preguntó el joven, pues sabía por experiencia que las jaquecas de Lader nunca llegaban solas por la humedad de Nueva York.
—Más que malas, yo diría más bien que son catastróficas… para la Compañía, claro. Anoche, un avión de la línea regular de San Francisco se estrelló en las montañas de Nueva Jersey. Uno de nuestros clientes, Frederic Sonderm, viajaba en ese avión. Consigo llevaba un estuche conteniendo diamantes que acababan de ser asegurados en nuestra Compañía contra robo o extravío por una cuantía de doscientos mil dólares.
Stanley dejó escapar un largo silbido de asombro. Lader prosiguió:
—Ni que decir tiene que los pasajeros murieron todos. Pero acaso podamos rescatar los diamantes entre los restos del aparato… Si es que todavía están allí. Por eso le buscaba. Quiero que vaya rápidamente al lugar del accidente y trate de encontrar esas joyas.
—Iré allá si usted quiere. Aunque por lo que sé, ese viaje es inútil. Las joyas, probablemente, no se encuentran entre los restos del avión.
Lader unió las cejas formando entre ambas una arruga vertical.
—No le comprendo, Rougeron. ¿Qué quiere decir?
—Sin que esto valga por afirmación categórica, existen algunos indicios de que el señor Sonderm se encontraba ayer tarde en la ciudad una hora después que el avión que debía llevarle a San Francisco había despegado.
—Usted debe estar confundido, Rougeron. Uno de nuestros detectives dejó a Frederic Sonderm en la escalerilla de ese avión. Además, el nombre de Sonderm figura entre la lista de las víctimas del accidente.
—¿Quién fue el detective que acompañó a Sonderm hasta el aparato?
—Ellery Barton.
Stanley frunció el ceño. No le gustaba Barton. Ni siquiera comprendía cómo la Compañía de seguros lo empleó. Barton había pertenecido al cuerpo de la Policía de la ciudad de Nueva York y había sido obligado a dimitir su cargo después de cierto escándalo en el que veladamente se citaban los términos «corrupción» y «extorsión».
—¿Vino Barton hoy por la oficina? —preguntó.
—Pregúntele a la señorita Starmer. Pero dígame, Rougeron. ¿Por qué cree usted que Sonderm no se encontraba a bordo de ese avión cuando se produjo el accidente?
—Porque llamó por teléfono a su secretaria luego de haber despegado el avión. La secretaria de Sonderm es la señorita Werner. Miss Werner acudió poco después a la casa de Sonderm, donde éste le había dado cita… Bueno, Sonderm parece que estaba allí… muerto.
—¡Diablo, Rougeron! —exclamó Lader pegando un salto en su sillón.
—¡Oh, no empiece a tejer una bella historia sobre el modo de evadir el pago de esa prima por los diamantes extraviados! La cosa no está tan clara. Miss Werner salió para llamar por teléfono a la policía. La policía se presentó en casa de Sonderm… pero no encontró rastros del cadáver.
—¿Quiere decir que alguien lo hizo desaparecer?
—Sí, puede que alguien lo hiciera desaparecer. —Stanley sacó del bolsillo del abrigo el periódico y lo entregó doblado a su jefe señalándole con el dedo el suelto que aparecía en un recuadro de lápiz rojo.
—¿Está pensando usted que este cadáver podría ser el mismo que desapareció del domicilio de Sonderm? —preguntó Lader con pupilas brillantes de excitación.
—Podría ser. En todo caso, creo que deberíamos averiguarlo.
—Claro que sí, Rougeron. De eso va a encargarse usted inmediatamente. Si pudiéramos demostrar que es el cadáver de Sonderm y éste no se encuentra entre las víctimas del accidente, entonces probablemente las joyas no se encontraban tampoco a bordo del avión. ¡Caramba, Rougeron, ésa es una posibilidad la mar de interesante! Incluso nuestra Compañía pudiera eludir el pago de esa póliza presentando el caso como estafa…
Lader se interrumpió, reflexionando.
—Dijo usted que la policía se había presentado en la casa de Sonderm. ¿Qué ocurrió después que vieron que el cadáver no estaba allí?
—Los oficiales presentaron disculpas a la dueña de la casa y se retiraron.
—¿Y la señorita Werner? ¿Se negó la policía a aceptar su testimonio?
—La señorita Werner está muy asustada al regresar anoche a su casa, ella recibió una llamada telefónica amenazadora… de alguien que le aconsejaba se olvidara de lo que había visto. Ahora la muchacha ya no sabe si realmente vio a Sonderm muerto, si estaba vivo, ni siquiera si era Sonderm.
—Sin embargo, esa llamada amenazadora demuestra que la chica vio algo realmente interesante.
—Eso mismo pienso yo. Sin la llamada telefónica, yo mismo habría creído que la señorita Werner sufría una alucinación o era víctima de una estúpida broma.
—Vaya usted al depósito y trate de identificar ese cadáver. Hágalo ahora mismo y no deje de tenerme al corriente de sus investigaciones —dijo Lader excitado poniéndose en pie.
—Sí.
Stanley recogió su sombrero, que había dejado sobre la mesa, y abandonó el despacho. Se detuvo junto a la mesa donde la chica rubia le contempló por encima de su máquina de escribir.
—¿Vino por aquí Barton esta mañana? —preguntó Stanley.
—¿Ellery Barton? No. Pero no es de extrañar. Casi siempre llega con retraso.
—¿Tiene ahí a mano su ficha?
La muchacha tiró de uno de los cajones metálicos de su escritorio, buscó entre algunas tarjetas y sacó una cartulina, que alargó a Rougeron. Éste se anotó el número del teléfono y la dirección del domicilio de Barton que figuraba en la tarjeta.
—Eso es todo, Elena. Muchas gracias —dijo Stanley. Y salió de la oficina.
Había empezado a llover. Un bajo techo de nubes color plomizo encapotaba el cielo sobre Nueva York. Pese a la temprana hora de la mañana, la luz ambiente era semejante a la de las últimas horas de la tarde. Stanley puso su automóvil en marcha rodando por el asfalto resbaladizo en dirección al puente de Brooklyn. Desde el puente, la perspectiva sobre el populoso barrio de Brooklyn aparecía difuminada a través de la cortina de la lluvia.
Unos minutos más tarde, Stanley estacionaba su llamativo «Dauphine» ante la casa de apartamientos donde habitaba Barton.
El propio Ellery Barton vino a abrir la puerta acudiendo a la llamada del timbre. Era un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, de estatura mediana, fornido y ligeramente cargado de espaldas. Tenía los ojos pardos enrojecidos, el rostro macilento y estaba sin afeitar.
La inesperada presencia de Rougeron pareció sorprender al expolicía.
—Hola, Rougeron —gruñó—. ¿Qué te trae por aquí? En este momento me disponía a salir hacia la oficina. ¿Quieres entrar y tomar una taza de café?
Stanley penetró en el apartamiento. Éste era pequeño y estaba amueblado sin pretensiones. Olía fuertemente a whisky y a café. En el suelo, sobre la alfombra al lado del sofá, se veía una botella tumbada. La alfombra todavía conservaba las huellas de la mancha del whisky derramado, y las señales de que Barton había estado emborrachándose hasta quedar dormido en el sofá, eran San evidentes que el propio Barton no intentó siquiera disculparse.
Barton desocupó una silla, quitando de ella una chaqueta y un chaleco, pero Stanley se quedó de pie.
—Tengo entendido que ayer tarde escoltaste unos diamantes hasta el aeródromo, donde el señor Sonderm se hizo cargo de las joyas —dijo Stanley mientras sacaba un paquete de cigarrillos y ponía un pitillo entre sus labios.
—Sí —dijo Barton clavando en su compañero una mirada de suspicacia—. ¿Por qué?
—Han ocurrido unas cuantas cosas desde entonces. El avión en que viajaban Sonderm y los diamantes se estrelló a poco de haber levantado el vuelo, en las montañas del Estado de Nueva Jersey, a ciento ochenta millas de Nueva York.
—¡Caramba! —exclamó Barton entre sorprendido y pesaroso.
—Entre la lista de los pasajeros figura el nombre de Frederic Sonderm, pero en realidad todavía es pronto para saber con certeza si Sonderm se encontraba realmente entre los pasajeros.
—¿Por qué no había de estarlo? Yo mismo vi a Sonderm subiendo la escalerilla del avión.
—Eso precisamente quería saber. ¿Permaneciste allí en el aeródromo viendo cómo despegaba el avión en que viajaba Sonderm? Medita bien la respuesta antes de contestar sí o no. Tenemos razones para sospechar que Sonderm no llegó a salir en ese avión.
Ellery Barton abrió la boca con asombro.
—Esa suposición es absurda, Rougeron —protestó Barton—. Vi a Sonderm subiendo al aparato. ¿Por qué había de volver a bajar después?
—La pregunta es ésta: ¿Pudo haberlo hecho? ¿Pudo haber bajado del avión antes que éste despegara, sin que tú te dieras cuenta?
La mirada huidiza de Barton expresó el bochorno que le embargaba.
—En otras palabras —insistió Stanley—: ¿Te quedaste en el aeropuerto hasta la salida del avión?
—Claro que me quedé allí.
—¿Estuviste allí mirando al avión hasta que éste despegó?
—Entré en el bar. ¡Demonio, muchacho! —exclamó Barton viendo la mueca violenta de Rougeron—. ¿Cómo iba a pensar que Sonderm pudiera bajar del avión en el último minuto?
—¿Te das cuenta que faltaste a tu obligación, Barton? Tu deber era permanecer allí sin quitar ojo del avión hasta que éste hubiera despegado. Tenías que custodiar esos diamantes hasta tener la completa seguridad de que Sonderm estaba en el aire camino de San Francisco en compañía de las joyas. Solamente en ese momento terminaba tu misión.
—¡Sí, sí…, lo sé, maldita sea! —rugió Barton empezando a pasear furiosamente por la habitación—. Bueno, supongo que irás corriendo con el cuento al jefe para que me despida. ¿No es eso?
—No tengo nada en particular contra ti, Barton, aunque como es natural no puedo mentir en este asunto. Lo siento —dijo Stanley aplastando los restos del cigarrillo en el cenicero de la mesa contigua al sofá.
Bajo la sombría mirada de Ellery Barton, Stanley salió del apartamiento, bajando de nuevo a la calle.
* * *
La fría humedad marina penetró hasta los huesos de Stanley a través del tejido de su abrigo al apearse del coche en el patio del sombrío edificio de mohosas y carcomidas piedras.
La puerta estaba abierta de par en par y en la desierta sala donde Stanley entró, sus pasos sonaron con extrañas y profundas repercusiones. Un hombre que llevaba el uniforme de los servicios municipales de Sanidad acudió junto al detective.
—Sí, el cadáver está aquí —dijo el empleado devolviendo a Rougeron la licencia de detective que éste le mostraba—. El doctor Cunard es el jefe del depósito. Le diré que está usted aquí.
Stanley encendió un cigarrillo mientras esperaba paseando por la fría y desierta sala. Un hombre que vestía larga bata blanca salió por una puerta.
—Soy el doctor Cunard. Creo que está interesado usted por ese cadáver que pescaron los agentes de la patrulla del puerto esta madrugada.
—Así es.
—¿Quiere entrar a verlo?
—Bueno.
Stanley siguió a Cunard por una puerta hasta una habitación iluminada por tubos de neón, en el centro de la cual se veían en una sola hilera hasta cuatro mesas de mármol. Una puerta de extraordinario grosor al fondo comunicaba con la cámara frigorífica. Sobre esta sala se abría directamente a un patio trasero una puerta ancha por donde entraban y salían los cadáveres. A un lado se veían varias camillas de ruedas.
El doctor Cunard ordenó a un empleado que sacara el cadáver señalado con el número doce.
Dos hombres tomaron una de las camillas, la hicieron rodar hasta la puerta de la cámara y entraron en ésta. Un vaho húmedo y frío, cargado de penetrantes y desagradables olores, hirió el olfato de Stanley.
Al reaparecer de nuevo la camilla había sobre ésta un cuerpo cubierto con una sábana. La camilla fue empujada hasta quedar directamente bajo uno de los tubos de neón. El médico hizo una seña a Stanley para que se acercara y levantó un extremo de la sábana.
Stanley echó una rápida ojeada al cadáver e inmediatamente se echó atrás.
—Desagradable, sí —dijo el doctor volviendo a cubrir el rostro abrasado del muerto con la sábana—. Debieron quemarle la cara y las manos utilizando una lámpara de soldar de kerosene.
—En ese estado, no debe resultar tarea fácil tomar la impresión de sus huellas dactilares, ¿verdad?
—Desde luego que no —dijo el doctor echándose a reír—. Borrar las facciones del muerto y destruir el pulpejo de sus dedos, ése fue el objeto principal perseguido por quien le practicó esas quemaduras. La labor fue realizada a conciencia, y por la forma dijéramos exhaustiva en que se llevó a cabo, yo diría que lo hizo un inexperto.
—¿Qué entiende usted por «inexperto», doctor?
—Pues que fue hecho por una persona bastante ignorante en cuanto a los sistemas de identificación posible. La gente, por lo regular, cree que basta borrar las facciones de un muerto y cortarle las manos o quemarle los dedos para destruir todas las formas posibles de identificación. Y no es así. Por ejemplo, en lo que respecta a este cadáver, poseemos los siguientes datos para su posterior identificación: tenía entre cuarenta y dos y cuarenta y cinco años, medía un metro setenta y dos centímetros, pesaba sesenta y nueve kilogramos, era rubio, tenía los ojos azules y la nariz aguileña. El cadáver fue encontrado desnudo, pero casi tenemos una tarjeta de identificación tan completa como si en su traje hubiese llevado la etiqueta de su sastre.
—¿De veras? —inquirió Stanley muy interesado—. ¿A qué se refiere?
—A su dentadura. Había estado en manos de un dentista. Lleva una corona de oro en el primer molar superior derecho, un empaste de cemento en el segundo molar inferior, y un puente de oro y marfil entre la segunda premolar y la primera molar inferiores del lado izquierdo. Si el dentista que hizo ese trabajo es de Nueva York, la Policía puede tardar entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas en dar con el dentista y establecer la identidad del muerto. Si el dentista es de otra ciudad, la identidad del cadáver puede tardar mucho más tiempo en revelársenos. Lo usual, en estos casos, es que las revistas odontológicas inserten una descripción de las señas dentarias del sujeto con un ruego hecho a todos los dentistas del país para que revisen sus archivos.
—¿Me permitirá que tome nota de esas características por si por mi parte pudiera alumbrar la identidad de este cadáver?
—Bueno, no creo que haya inconveniente —dijo el doctor—. Venga a la oficina y le facilitaré una copia de nuestra ficha completa.
Al salir poco después del depósito de cadáveres llevando en el bolsillo la ficha con todos los datos concernientes al cadáver no identificado, Stanley Rougeron tenía el convencimiento de haber adelantado un gran paso. Si el muerto era Frederic Sonderm, no tardaría en saberlo con certeza.
Entrando en la cabina de un teléfono público junto al mismo borde del muelle, Stanley telefoneó a la oficina de Sonderm & Ullman. Se puso al aparato Carlota Kearney desde la centralita.
—Por favor, Carlota, ¿quieres ponerme en comunicación con la señorita Werner?
—¿Qué jaleo te traes con Bessy, Rougeron? ¿Has prosperado tanto que estás a punto de rendir esa plaza?
—Déjate de tonterías, Carlota. No estoy de humor para bromas. Ponme con la señorita Werner si puedes, o de lo contrario iré ahí yo mismo.
—¡Pues, hijo, nos hemos levantado de un humor de pascuas! —refunfuñó la rubia Carlota mientras manejaba las clavijas.
La voz de Elizabeth Werner contestó un poco sorprendida. Stanley le dijo rápidamente lo que esperaba de ella.
—Espere un momento —dijo la chica.
Poco después volvía a tomar el teléfono, dando a Stanley la dirección del dentista de Sonderm.
—¿Todo va bien? —preguntó por último la muchacha antes de despedirse.
—Estoy progresando tan aprisa que espero llegar a la meta hoy mismo —repuso Stanley—. Tan pronto sepa algo que valga la pena, usted lo sabrá también.
Stanley abandonó la cabina telefónica, subió a su auto y se dirigió a la dirección que Elizabeth Werner le había dado.
Veinte minutos más tarde se encontraba haciendo antesala en la clínica dental del doctor Balmain.
El doctor Balmain, de pequeña estatura, rechoncho y muy moreno, resultó un hombre bastante antipático. Miró con desconfianza la licencia de detective que Rougeron le mostraba, y de buenas a primeras se negó a proporcionar ningún dato que pudiera perjudicar a su cliente.
—¡Por Dios! —protestó Stanley—. No se trata de perjudicar a nadie. El señor Sonderm pereció anoche en un accidente de aviación. Su cadáver, carbonizado, ha quedado irreconocible. Para identificarle hemos tenido que recurrir a otros medios distintos de los ordinarios. La viuda de Sonderm no podrá cobrar el seguro de su esposo sin la previa identificación del cadáver de éste.
Aunque a regañadientes, el doctor accedió finalmente a mostrar al detective la ficha de su cliente.
Apenas echó un vistazo a los datos consignados en la cartulina, Stanley Rougeron sintió que se aceleraban los latidos de su corazón. Como el cadáver que yacía en el depósito, Sonderm llevaba una corona de oro en el primer molar superior derecho, un empaste de cemento en el segundo molar interior derecho, y un puente de oro y marfil entre la segunda premolar y la primera molar inferiores del lado izquierdo.
—Muchas gracias por sus informes, doctor —dijo Stanley despidiéndose apresuradamente.
Al abandonar la clínica y volver a la calle, Stanley estaba tan entusiasmado como el cazador que acaba de alcanzar codiciada presa. Entró en la primera cabina telefónica que halló al paso, llamó a su oficina y puso a Lader al corriente de las pesquisas realizadas.
—¡Estupendo, Stanley! Si además de eso la mujer de Sonderm pudiera identificar el cadáver por alguna mancha, lunar o cicatriz en el cuerpo de su marido, creo que tendríamos bastante para establecer la identidad de Sonderm sin lugar a dudas.
Stanley salió de la cabina. Era la hora del «lunch» y entró en un restaurante próximo para tomar un par de bocadillos. Luego volvió a su automóvil y se puso en camino hacia la casa de los Sonderm.
Una mujer acudió a la llamada del timbre, pero no era la señora Sonderm, sino la encargada de la limpieza.
—La señora Sonderm no está en casa —dijo la mujer haciendo ademán de cerrar la puerta.
Stanley interpuso su pie evitando que la puerta se cerrara.
—¿Cuándo regresará?
—¿Y yo qué sé? —repuso la mujer con aspereza—. Puede que regrese enseguida, y puede que no vuelva hasta la noche.
Con tan escasa información, Stanley se retiró de la puerta, que se cerró con seco golpe, y quedó parado bajo la marquesina dudando entre esperar o marcharse.
Mientras estaba allí dudando empezó a llover de nuevo. Stanley corrió bajo la lluvia hasta su coche, se metió en él y cerró la portezuela.
Malhumoradamente, encendió un pitillo, se puso cómodo y decidió esperar.
Al cabo de una hora, después de haber fumado seis cigarrillos uno detrás de otro, la señora Sonderm seguía sin regresar. Continuaba lloviendo. Stanley decidió que estaba perdiendo lamentablemente el tiempo.
Puso el auto en marcha, lo sacó del jardín de los Sonderm y tomó la carretera, emprendiendo el regreso al centro de la ciudad.