Capítulo diecinueve.

 

 

― Te equivocas― contestó Arana a la fiscal ―¡Qué poco me conoces!. No te niego que por mi culpa han muerto inocentes pero jamás lo he buscado, siempre han sido bajas colaterales.

 

― No te creo. Eres un delincuente al que buscan todas las policías del mundo. ¡No me vengas ahora con el cuento de que eres inocente!.

 

― En eso tienes razón, no  soy inocente. He matado a muchas personas pero siempre para defender  lo que creo justo y en este caso nada tengo que ver con la muerte de tu amiga.

 

Sin llegar a creerle pero con el íntimo deseo que no fuera el culpable porque eso significaría que todavía tenía alguna esperanza de seguir viva, le espetó:

 

― Y entonces: ¿Quién?

 

― Mis enemigos, aquellos que acabaron con todo lo que yo quería.

 

No hizo falta que le dijese a quien se refería, ella lo sabía al haber leído su historia:

 

― Jimena y Nubia.

 

― Así es― le escuchó sollozar.

 

…..
Quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.

Santa Teresa de Ávila

 

 

 

Los muchachos tardaron horas en  cumplir con la labor que les había encomendado. Rastas y Kings, funcionando como un verdadero equipo, escudriñaron los diferentes barrios y distritos de Madrid en busca del Sol Negro, con un resultado tan exitoso que me mareó la magnitud de la información recolectada. La secta disponía de al menos veinte sedes ocultas bajo el disfraz de locales de ocio. Tal y como Mario había anticipado cubrían un gran espectro de la noche de la ciudad: Discotecas, bares, puteros y restaurantes formaban parte de la red de nuestros enemigos. Y lo peor, la discreta vigilancia que habíamos improvisado nos hablaba que el número de los miembros de la autodenomina triple A era muchísimo más elevado de lo que habíamos supuesto hasta entonces. Miguel, haciendo un rápido recuento, estimó que al menos nos enfrentábamos con varios centenares de esos fanáticos.

 

― ¡No hay pedo! Mis perros se los meriendan― respondió King Mario con ese optimismo natural en él. 

 

― Encima de inconsciente, ¡Bocón! Cien capullos, perfectamente pertrechados, nos harían mierda en un enfrentamiento directo― replicó Miguel ― y eso sin contar con Babakó y su esclavo Ares.

 

El sentido común mostrado por Assassin me ratificó que su elección como lugarteniente había sido adecuada, al dotar a mi incipiente organización de alguien capaz de pensar y con el suficiente carácter para no dejarse llevar por la euforia. Después de tanta sinrazón, solo podía contar con unos ochenta hombres dispuestos y de ellos solo una treintena habían tenido experiencia de suficiente entidad para no rajarse en un combate a toda regla. Si osábamos plantear un asalto contra el grueso de sus defensas, iríamos directos a un precipicio cuyo resultado sería a todas luces catastrófico, por lo tanto teníamos que planear con sumo cuidado nuestros pasos a seguir.

 

― Ambos  tenéis razón― sentencié ―son demasiados pero eso no quiere decir que nos vamos a acobardar. Lo que hay que hacer es estudiar a nuestros enemigos antes de decidir. ¿Alguien tiene un plano?

 

Como si ya hubiesen previsto mis intenciones, un enorme mapa llegó a mis manos y con la tranquilidad que dan los nervios, fui señalando los puntos donde estaban ubicados los centros que habíamos descubierto. Estaban distribuidos por la ciudad con una homogeneidad que no era resultado de la casualidad.

 

― Faltan  cinco tugurios, ¿No os habéis percatado?― les respondí y cogiendo un rotulador fui cuidadosamente uniendo sobre el papel los locales.

 

La sorpresa  asomó en los rostros de mis ayudantes, la localización había sido elegida usando al “Sol Negro” como si de una planilla se tratara. En cada uno de los extremos de sus rayos habían abierto una discoteca o un burdel, en el círculo interior bares y justamente en el centro el restaurante alemán que tanto nos había extrañado descubrir.

 

―Esta es su sede central― les dije señalando el punto rojo del Sant Germain. ―Aquí es donde Ares tiene su refugio y por lo tanto, el mayor número de elementos.

 

― ¡Ataquémosles!― gritó Mario.

 

― Primero hay que idear un plan que tenga posibilidades de éxito― repliqué.

 

Recordaba ese restaurante. Situado en un callejón del barrio de Salamanca, no se podía de tomar por sorpresa. Los cien metros que lo separan de la calle Juan Bravo imposibilitaban el asalto directo. Antes de alcanzar la puerta nuestros oponentes sabrían que estábamos allí y solo tenían que esperar apostados para cazarnos como a conejos.  Si planteábamos la batalla así, tenía clarísimo el funesto resultado.

 

― Miguel, ¡Localiza a Peláez!.

 

― ¿Al poli?―

 

― Sí, ¡Joder! Ese cabrón tiene  las llaves que abrirán este candado.

 

Me miró como se mira a un loco. Meter a la bofia era ridículo cuando todo el cuerpo nos andaba buscando y así me lo hizo saber.

 

― ¡Haz lo que te digo!

 

Bajando la cabeza y totalmente en desacuerdo, me obedeció saliendo de la destartalada habitación que habíamos convertido en nuestro improvisado cuartel general. Un buen subalterno puede discrepar de su  superior pero siempre acata las órdenes.  

 

Aprovechando su salida, expliqué a Mario mis planes. El latino escuchó en silencio. La inteligencia innata del muchacho me ayudó a pulir mi táctica y a dotar a mi esbozo de los tiempos de reacción y de las posibles  estrategias alternativas para el caso que todo se torciera y se convirtiera en un caos. Cuando Miguel retornó con un móvil en sus manos y con Ángel al otro lado del teléfono, las grandes líneas ya estaban trazadas, sólo tuve que perfilar los detalles con el policía, mintiéndole respecto al grado de violencia que íbamos a desencadenar.

 

― Es arriesgado― sentenció Peláez ―pero, ¡Qué cojones!, ¡Me gusta! Tenemos que hacer algo, sobre todo después de lo ocurrido anoche. No te imaginas el revuelo que se ha producido en la comisaría porque entre los cadáveres hallamos el de uno de los topos.

 

― ¿Y que ha sido del otro?― le pregunté.

 

― Por él, no te preocupes, lo he trasladado de comisaría― me respondió terminando la llamada.

 

Todo se empezaba a encarrilar, estaba contento pero a mi lado Assasin se mantenía callado, como apesadumbrado o melancólico.

 

Al percatarme de su estado, pensé en un primer momento que se debía a que no había contado con él pero, el enorme cubano llevándome a un rincón, me explicó que el plan tenía un fallo y que éste era subsanable, pero arreglarlo exigía un esfuerzo extra. Al oír de su boca, el posible escenario con el que nos podía nos encontrar y la solución, me pareció disparatada. Estimaba a Miguel por su ecuanimidad pero, en esta ocasión, sus ideas chocaban de frente con mis creencias y dándole una orden directa le prohibí llevarla a cabo.

 

― Se hará lo que usted mande pero, ¡Por Eshú! ¡Qué tengo razón!

 

―Puede ser pero mi decisión es irrevocable. Sé que la batalla final será un enfrentamiento bis a bis entre Ares y yo pero hasta entonces no quiero oír hablar de tu dios ni de su magia, solo acudiré a él como último recurso― y dando por cerrada la discusión, les azucé a  prepararnos, ya que eran las seis de la tarde  y solo nos quedan ocho horas para nuestro ataque.

 

La actividad se adueñó de la corrala, gente subiendo y bajando por sus escaleras con un entusiasmo que chocaba frontalmente con mi nerviosismo. Mis dudas se fueron incrementando con el paso de las horas. Cada vez más histérico, el saber  que muchos de esos jóvenes, casi niños, quedarían esa noche tirados en una acera desangrándose sin que nadie pudiera hacer nada por ayudarles, estuvo a punto de hacerme renunciar pero cuando estaba a punto de claudicar escuché a Mario hablar en el cuarto de al lado.

 

Intrigado, me acerqué para descubrirlo arrodillado a los pies de Nubia. Verla allí, me cortó la respiración. Majestuosa, bella como una diosa, envuelta en una gasa que no lograba esconder la desnudez de su cuerpo, mi adorada con sus manos sobre la cabeza del latino parecía estar dándole su bendición.

 

Me daba miedo hacer ruido no fuera a desaparecer. El placer de observarla era tan inmenso que no quería estropearlo. La tenue luz, que la envolvía, incrementaba su atractivo.  Deseaba entrelazar mis  dedos con los negros rizos de su pelo, deslizar mi mano por su dorada piel, sentir en mi pecho el salvaje palpitar de su corazón pero paralizado solo pude quedarme allí, parado, mirándola. Mario, en cambio, parecía estar poseído por un éxtasis dichoso. Abstraído de su entorno solo tenía ojos para su reina. La concentración con la que la miraba pero sobretodo la certeza que en su mente, en ese preciso instante, todo sobraba, me hizo recordar un viejo poema escrito por Teresa de Ávila, en el cual la mística explicaba lo que significaba Dios. Lo que para la monja era el Señor, para Mario era Nubia.

 

Unas lágrimas brotaron insumisas de mis ojos, al recapacitar y descubrir que también para mí, ella bastaba y que sin ella, todo era me resultaba insuficiente.

 

― Mi Hougan― me dijo ella al descubrirme en el dintel de la puerta― no me llores. Eshú nos unió pero ahora ni la distancia puede separarnos. Siempre que me necesites, debes de saber que vendré a apoyarte pero en cambio si quieres vencer tienes que encontrar el camino que conduce hacia mí. Búscame allí donde la razón nos hizo separarnos.

 

Corrí a abrazarla pero, nuevamente, se diluyó entre mis brazos, dejado solamente a modo de  despedida el aroma penetrante de su cuerpo y un oscuro mensaje a modo de acertijo. Sus palabras tenían un extraño paralelismo con las de Altagracia. La vieja me había explicado que mi poder residía en mi relación con Nubia y ésta me acababa de decir que si quería vencer debía de encontrarla allí donde la razón nos había forzarnos a separarnos.

 

No comprendía nada. Esa única pista me resultaba a todas luces indescifrable. Fue en el combate contra Pedro cuando ella había desaparecido y mi ex amigo era todo lo contrario a la razón. Su memoria evocaba odio, locura y depravación. Incapaz de revelar su significado, me giré hacia Mario. El latino seguía arrodillado en el suelo llorando. Acercándome a él, le ayudé a levantarse mientras le preguntaba sobre lo que la dama sagrada le había hablado, buscando quizás alguna respuesta a mis preguntas.

 

La cara del muchacho todavía conservaba el rastro de la experiencia pasada. Una sonrisa seguía adornando su rostro, confiriéndole un aspecto beatífico que en nada concordaba con su violento carácter. Parecía alelado como si siguiera en otro mundo y fuese sordo a mi interrogatorio.

 

― ¡Despierta!― grité zarandeándole ― ¡Dime que es lo que te ha dicho!

 

―La dama me ha desvelado el futuro y ha agradecido mi sacrificio. ¡Dentro de unas horas estaré en el paraíso!― me contestó alborozado cuando cualquier hombre con una mente mínimamente ordenada debería de haber recibido tal noticia con pesar.

 

Su respuesta provocó que un angustioso escalofrío recorriera mi cuerpo. La sola mención de la posibilidad de que un cercano ayudante perdiera su vida heló mi ánimo. Ya sabía de antemano que durante las próximas horas iba a correr la sangre pero que ésta fuera la suya, no me lo esperaba.

 

― ¡Jamás! ¡No lo permitiré!― espantado por lo que eso significaba y mientras salía de la habitación en busca de Miguel, le ordené: ― ¡Tú te quedas aquí! No pienso arriesgarme a perderte. ¡Debes descansar!.

 

Me costó encontrarle. Lo lógico era que estuviese sincronizando el ataque o que, en consonancia con su profunda fe, aprovechara esos momentos en poner sus asuntos en regla con su Dios pero, tras buscarle por todos lados y cuando ya dudaba que el cubano siguiera en la corrala, al preguntar a un rasta sobre su jefe, murmurando me sugirió que buscara en el almacén del sótano.

 

Todavía no comprendo cómo fue posible que no me oyeran llegar. Los ajados escalones de madera que amplificaron mis pasos al bajar por ellos y acallaron sus gemidos, debieron haberles puesto sobre aviso. Imbuido en mis problemas no supe traducir las risitas del chivato y al cruzar la estancia, me quedé de piedra. Usando como soporte una mesa camilla y con los pantalones bajados, el cubano se estaba tirando a Tomy, un ecuatoriano bastante afeminado de los Latin―Kings.

 

Fue instintivo, de haberlo pensado jamás los hubiese interrumpido pero el caso es que, sacado de mis casillas, les recriminé agriamente su actitud.

 

Miguel estaba abochornado. De rodillas imploraba mi perdón, jurándome que esa había sido la primera vez. 

 

El muy cretino me había malinterpretado, no me había jodido pillarle con un tío sino que estuviera follando cuando se suponía que tenía una labor que realizar de la que dependíamos todos:

 

― Me importa una mierda que seas homosexual o no, pero si esta noche algo sale mal, ten por seguro que meditaré muy mucho si eres la persona que necesito.

 

Insistiendo en su inocencia, trató de echarle la culpa al muchacho diciendo que se le había ofrecido, que él no era maricón.

 

Soltando una carcajada, le respondí:

 

― Te creo pero como tu pene tiene vida propia, decidió ir a visitar un amigo que vive en el culo del chaval. ¡No me jodas!

 

Debería haberme mordido la lengua. Ciertas culturas hispanas son tan machistas que para ellas el verdaderamente gay es el que recibe y no el que da. De haberlo recordado y sobretodo valorado, no hubiera hurgado en esa herida ya que producto de mi menosprecio el gigantón, humillado por mis palabras, salió corriendo del almacén. Sus zancadas al subir las escaleras retumbaron en la habitación. Ya me estaba retirando cuando, con un ataque histérico, el puto crío me pidió que no dijera nada porque de descubrirle sus propios compañeros lo mataban. Ni me digné a responderle, dándole la espalda le dejé sentado en el suelo, gimiendo como una nenaza.

 

Indignado, por la falta de sentido común que me habían demostrado, escalé los treinta peldaños que me separaban del patio. Era acojonante que hubieron dado rienda suelta a sus pasiones, cuando deberían haber estado concentrados en el ataque que se iba a desarrollar en pocas horas. Si ya eso de por sí era grave, lo peor  fue descubrir que Miguel incapaz de enfrentarse a mis reproches había salido huyendo del edificio y por mucho que intenté encontrarle, me fue imposible. El tiempo se echaba encima, las campanas de una iglesia cercana me recordaron la hora que era y que faltaba mucho que realizar. Contra mi voluntad, tuve que pedir ayuda a Mario, al cual  le debía de haber llegado el chisme, porque no me preguntó la causa de la ausencia de Assasin.

 

― No se preocupe, yo me encargo― fue su respuesta.

 

Mientras el latino se ocupaba de armar y distribuir a mi gente, yo me dediqué a sincronizar con Peláez la ayuda policial en cada una de las fases de nuestro plan. Fue el propio inspector, el que viendo que en la corrala no teníamos ningún tipo de equipo de transmisión, quien me sugiriera ir al chalet y desde allí dirigir a los equipos.

 

― Ángel, ¡Estás loco! En cuanto pise mi casa, tus agentes me van a detener.

 

― No te preocupes, he dado órdenes de abandonar su vigilancia, nadie se va a esperar que te refugies allí― me replicó.

 

La lógica del absurdo me persuadió. Tenía razón. Al ser incoherente suponer que me iba a meter en la boca del lobo, lo lógico era hacerlo, por lo que pidiendo a Mario que eligiera a los cinco mejores elementos, me dirigí hacía el chalet con el compromiso de que él me alcanzaría más tarde.

 

El trayecto fue incómodo, con seis personas embutidas en un pequeño utilitario no podía ser de otra forma pero no había otro remedio y además el saber que en pocos minutos iba a estar en el mismo lugar que el cuerpo vacío de Nubia, me reconfortó. Pero aunque tenía la promesa de Peláez que no me iba a topar con polis a la puerta de mi casa, no me tranquilicé hasta que circulando por mi calle comprobé que se habían ido.

 

No esperé a que abrieran el portón del jardín, bajándome del coche corrí hacia el interior de la casa y subiendo al segundo piso, entré en mi habitación. Llevaba poco más de dos días sin estar con ella pero esas cuarenta y ocho horas se me hicieron una eternidad y sentándome en la cama, empecé a peinarla mientras le contaba nuestros planes, aunque sabía que ese cascarón era incapaz de escucharme.

 

No debí de invertir más de diez minutos en ello pero paradójicamente esa terapia despejó mis dudas y con ánimos renovados, me levanté a enfrentarme con nuestro futuro.

 

Rápidamente, bajé al salón donde José había instalado los ordenadores para seguir el entierro. Al entrar y ver que estaban encendidos y que frente a cada uno de ellos había un operario encargado de su seguimiento, recordé su lealtad y como había dado su vida por defender la de Jimena. Le echaba de menos y todavía me dolía su muerte. Aclarándome la garganta mientras mentalmente juraba por enésima vez vengarle, dije:

 

― ¡Tenemos tarea! ¡Hagamos que esos cabrones se unan con su dios esta misma noche!

 

La carcajada fue unánime.

 

Repasé meticulosamente todos los detalles de la operación. Las cámaras con las que seguiríamos los acontecimientos estabas prudentemente colocadas frente a nuestros objetivos. Se habían esmerado en camuflarlas, usando papeleras, camionetas de reparto e incluso un furgón fúnebre, de manera que sin moverme de esa habitación podía controlar los movimientos de mi gente. Habíamos decidido usar sólo a sesenta de los muchachos, desestimando por una parte a los demasiado jóvenes y por otra  a los que, a los ojos de sus jefes, no tenían los cojones suficientes para lo que se avecinaba. Una vez elegidos, los habíamos dividido en diez equipos de cuatro, que se encargarían de efectuar las maniobras de distracción y un grupo de asalto conformado con los mejores veinte, que serían los encargados de atacar la sede central.

 

Satisfecho, llamé a Mario a su móvil.

 

No tardó en contestarme y cuando lo hizo le pregunté que donde estaba. Me preocupaba que faltase a su palabra e inválido como estaba, decidiera formar parte integrante del ataque.

 

― No se preocupe, estoy a menos de dos minutos de la casa, enseguida llegó― dijo.

 

No me fie de su respuesta y aprovechando que me apetecía echarme un cigarro, salí al jardín a esperarle. Era una noche desagradable, el termómetro no había sobrepasado los diez grados pero, tristemente,  pensé que  en menos de una hora se caldearía el ambiente. Inhalando el denso humo del Marlboro, medité sobre cómo había cambiado todo. Estaba fumando con tranquilidad, sabiendo que esa noche se decidiría la guerra y que fuese cual fuese el resultado, sería el único responsable de la sangre derramada. No sentía ningún remordimiento por mandar a tantos hombres a una muerte más que probable, había que parar a Babakó por todos los medios. Respecto a mis enemigos, ni siquiera me importaban una mierda sus caídos, cuando decidieron tomar partido por el bando equivocado perdieron para mí todo valor sus vidas.

 

Durante la última semana, dos personas diferentes, Altagracia y el rabino, habían profetizado por separado que yo acarraría sangre y destrucción sobre Madrid. En ambos casos, sus predicciones eran favorables a los adoradores de Eshú y de la Mujer Sagrada pero nada de eso me tranquilizaba. En primer lugar porque no eran objetivos al ser parte interesada en su triunfo, pero quizás además porque no tenía seguridad plena que lo que fuera bueno para ese siniestro ser, tuviera que serlo también para mí. En la escaramuza contra esa gentuza cuando conseguí acabar con Pedro y con su viejo, lo que para Eshú fue un triunfo parcial, para mí representó una derrota total al perder a Jimena.

 

El ruido del portón de entrada al abrirse, me obligó a salir de mi abstracción. King Mario, con su habitual sonrisa, me saludaba desde el jardín. Ese rey latino tenía huevos, el muy insensato venía de buen humor sabiendo lo que nos jugábamos y que su desenlace era incierto.

 

― Hougan― me gritó― ve cómo puede confiar en mí, yo no le fallo.

 

― Llegas tarde― le recriminé.

 

― Perdón pero tuve que limpiar mi casa antes de venir― y poniendo cara de bueno, soltó: ― Le puede decir al trencitas que ya puede volver, su problema se ha estrellado contra el suelo de la corrala.

 

― ¡Has matado a Tomy!― solté espantado por la dureza de la justicia de  los Latin Kings.

 

― No, jefe. Le juro que no le he puesto la mano encima, ¡Se ha caído!.

 

Por supuesto, ¡No le creí!