Capítulo tres
Al quedarse sola, Isabel Iglesias encendió su ordenador para redactar un informe de lo ocurrido. No pensaba denunciar su secuestro, no era su deseo que nadie se pudiera inmiscuir en este asunto y sabía que no era sensato dejar rastro pero su mente analítica funcionaba mejor si ponía sus ideas en papel. Tratando que no se le escapara ningún aspecto que luego pudiera ser importante, fue describiendo no solo los hechos objetivos como la hora en que la raptaron o el tiempo que la mantuvieron retenida, sino también las sensaciones que sintió durante esos escasos sesenta minutos.
Lo más complicado fue describir el momento en el que conoció a Manuel Arana. Había supuesto que sería una especie de gurú loco o un demente pero lo que se encontró fue a un hombre culto con una educación exquisita. Lo que más le sorprendió fue su mirada. Se suponía a priori que un energúmeno semejante debía ser un ser frío e insensible pero en sus ojos descubrió una calidez que chocaba frontalmente con la idea preconcebida que tenía de él. Tuvo que hacer un esfuerzo para plasmar objetivamente la escena y sus emociones porque aunque fuera un documento para su uso exclusivo, le daba vergüenza reconocer que una persona responsable de tantos y tan diversos crímenes le hubiese resultado hasta agradable. Tratando de ser lo más fidedigna posible, describió la nave donde tuvo lugar la entrevista, el modelo de la camioneta en la que la llevaron, así como todo lo que recordaba de su traslado
Cuando terminó, se puso a buscar en la red del ministerio toda la información que tenía la policía de este asesino. La fiscal Iglesias sabía que era ilegal hacerse con una copia de esos dosieres porque mucha de esa información seguía bajo secreto de sumario. Ser consciente de ello, no le contuvo. Muchas veces a lo largo de su carrera había traspasado los límites y ahora que su vida corría peligro, no iba a permitir que unos escrúpulos que consideraba desfasados evitaran que ella pudiese obtener las herramientas indispensables para defenderse.
Hacía más de dos años que había conseguido del técnico que diseñó la red del ministerio, las claves para entrar en cualquier archivo de la audiencia. No se arrepentía de haberse acostado con ese gordo seboso porque, gracias a ese mal trago, ahora tenía acceso a documentación que de otro modo le estaría vedada:
La información es poder y el poder la excitaba.
Esa tarde cerrando su despacho, se dedicó durante dos horas a sacar todo aquello que pudiese tener relación con el hombre que la había secuestrado. Daba igual lo desfasada que estuviese la información, necesitaba descubrir algún resquicio, algún traspiés que le diera esa ventaja que tanto necesitaba. Con un grueso expediente bajo el brazo se despidió de su secretaria. Al salir del ascensor y llegar al parking, aunque era y se consideraba una mujer valiente, tuvo miedo. Los sucesos acaecidos bajo esas luces mortecinas, la habían marcado quizás de por vida. Dudaba que alguna vez fuese capaz de entrar sola en un aparcamiento sin que un estremecimiento recorriese su piel.
« ¡Mierda!», gruñó para sí al sentir su cobardía. « Si quiero volver a estar tranquila, tengo que encarcelar a ese cabrón».
La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia.
Sócrates
Durante esa noche nada perturbó mi descanso, cosa a todas luces extraña ya que mi mundo y mis creencias se habían desmoronado, quedando hechos trizas por los sucesos de esas últimas horas. Donde durante años se fue consolidando una amistad, solo quedaba la evidencia que se había cimentado sobre mentira y que mi supuesto amigo era un ser abominable, un maldito sádico que aún muerto seguía su recuerdo torturando a su viuda. Mi incredulidad inicial se había transformado por los mazazos de mi experiencia en dolorosa certidumbre acerca de todo aquello que tenía que ver con sucesos paranormales. Sólo me quedaba una pequeña duda y era sobre su origen, no estando seguro si era sobrenatural o meramente psicosomático.
Seguía aún tumbado en el suelo cuando Paula entró a despertarme.
― Señor― en voz baja me llamó.
― Estoy despierto― contesté mientras recogía mi ropa del suelo y me levantaba.
Mediante gestos, la cocinera me pidió que saliera de la habitación. Mirando a la muchacha que seguía plácidamente dormida, me entró la duda sobre la conveniencia de despertarla o no.
― Déjela dormir. No se preocupe, mientras la vela siga encendida estará a salvo.
A mi mente acudió la imagen de cómo esa simple llama amarilla había convertido un dormitar atormentado en un sueño sereno pero sobretodo el modo en el que los feroces mordiscos de su piel habían desaparecido como por arte de magia. Había muchas cosas que no entendía, cosas que quizás no quisiera o no llegara a comprender jamás. La seriedad del semblante de la criada me intranquilizó. Como cordero que va al matadero, sin saber adónde, desconociendo lo que se va a encontrar pero aun así obedece: así seguí a la negra bajando las escaleras camino de la cocina.
Poniéndome un café cargado, me senté en una silla esperando que la cafeína empezara a actuar. Ella, por lo años de trabajo en mi casa, conocía de mis limitaciones al despertar y pacientemente esperó que apurara el último sorbo para empezar a hablar:
― Señor, le voy a pedir que aunque le sorprendan mis palabras, aunque no se las crea, me deje terminar y no me interrumpa. Es muy difícil para mí explicarle esto; su fe y su amistad se van a resquebrajar y mucho de lo que le voy a contar va a ir en contra de lo que usted ha mamado desde pequeño.
Hizo una pausa, esperando mi contestación. Asentí con la cabeza mientras pensaba: «Por ahora, todo lo que me ha dicho es con otras palabras mi propia reflexión».
― Su amigo Pedro era un ser malvado. Un hechicero que en vida dominó con una crueldad inhumana a su mujer. Estoy segura que poco antes de morir debió de hacer un pacto con el diablo, por medio del cual se quiere apoderar del cuerpo de otra persona y así seguir con su perversa vida. Su esposa lo sabe y ¡Anoche vino a visitarla!. Todas esas marcas eran producto de su malvada forma de amar. Ella le teme y no hará nada por llevarle la contraria.
El sudor le corría por la frente, le estaba resultando complicado el hablar tan mal de mi amigo y de su mujer. Tomó un poco de agua, buscando aclararse la garganta para continuar:
― Un brujo poderoso es un buen aliado del maligno y éste a veces les recompensa con una segunda oportunidad. Si es así, el brujo debió de elegir antes de morir a una persona y atarla por medio de un juramento.
Mi sorpresa debió de reflejarse en la cara: ¡Estaba hablando de mí!.
― ¿Crees que soy yo?― la interrumpí saltándome mi promesa de permanecer callado. Mi tono fue mitad asustado, mitad sarcástico, si ya me costaba creer en posesiones, más aún en ser yo el objeto de ellas.
― ¡Sí! ¡Ríase! Pero le voy a hacer tres preguntas y contésteme con el corazón.
― De acuerdo― pasado el susto inicial mi incredulidad ya era total. Nada de lo que dijera me iba a hacer cambiar de opinión.
― ¿Le hizo a su amigo un juramento que les une de por vida?
― Sabes bien mi promesa pero no me une a él sino a ella.
― Ella no es más que su peón― replicó enfadada. ―Segunda: ¿la primera vez que vio desnuda a Jimena le pareció atractiva, o por el contrario le ...?.
No la dejé terminar:
― ¡Tú estabas ahí! ¡Sabes que me repelió lo delgada que estaba!.
― Bien, y la tercera: ¿Le parece normal que esa mujer que el día anterior le había parecido repulsiva, que además es la viuda de su amigo recién muerto, de pronto le haya parecido irresistible y casi no haya podido detener su excitación?
― No― contesté.
Me había pillado. Era ilógica mi reacción incluso si no estuviéramos hablando de Jimena. Nunca me habían atraído las flacas. Mi tipo era más como Marilyn Monroe, rellenitas pero con formas. Defendiéndome le solté, clavándole la mirada en sus ojos:
― Pero, ¿Eso que demuestra?
― Señor, su amigo sometía a Jimena por el sexo y por el sexo quiere hacerse con usted. Hoy vence el plazo. Como nuestro Dios, el brujo tiene tres días para resucitar… ¡En usted!― sentenció señalándome con el dedo.
Sin medir las consecuencias, juro que mi intención no fue el insultarla, solté una carcajada que se prolongó durante unos minutos. Cada vez que creía que iba a parar, me asaltaba otro ataque de risa. Paula esperó a que terminase para hablar. Se veía a la legua que estaba enfadada.
― ¡Usted no me cree! Pero sé cómo usted mismo puede demostrar que estoy en lo cierto y que el plan de su amigo es apoderarse de su cuerpo― la tranquilidad de su respuesta me intrigó: ―¡Pedro tiene que enfrentarse a su viuda!.
― ¿Qué? ¡Pero si está muerto!.
― Señor, le estoy pidiendo que haga como si ya se hubiese apoderado de usted. Acuérdese de lo que le dijo la mujer ayer.
― ¿Cuándo? Paula no sé a qué te refieres y la verdad no me está gustando lo que dices― respondí ya en un tono bastante indignado.
― Ayer en la noche, ¿No le pidió acaso que no le dejase volver? ¿A quién creé que se refería?
La taza se cayó de mi mano. Aunque me jodiera, cuadraba. El razonamiento de la mujer era simple. Las piezas encajaban al cien por cien. Podía ser que el resultado fuera insólito pero no se podía negar su verosimilitud a priori. Esperando que estuviera equivocada, accedí a seguir su plan. Tenía mucho que perder. Si eran falsos sus temores, Jimena no me volvería a hablar pero de ser ciertos yo corría peligro. Y si tenía que elegir entre ella o yo, había una cosa clara: quería mucho más a mi cuerpo y a mi vida.
Asumiendo los riesgos, le pedí consejo sobre cómo actuar, sobre cómo comportarme. No quería meter la pata, no podía exagerar pero tampoco debía quedarme corto. La cocinera me explicó que el mejor momento para suplantar a mi amigo era nada más despertarla porque así el propio sopor del sueño podría camuflar algún error que de estar completamente despierta fuera evidente. Tras lo cual, Paula me alertó además que bajo ningún concepto podía dejarme llevar por la ira, ya que eso podía ser aprovechado por el brujo.
― Manténgase tranquilo, cualquier tipo de excitación se convierte en una puerta de entrada para el malvado.
Me tomé unos minutos para prepararme. Nunca me he vanagloriado de ser un buen actor y en esa actuación, me iba a jugar algo mucho más importante que el aplauso del público. Por otra parte, debía inventarme alguna salida, alguna escapatoria para el caso que todo fuera imaginaciones de la mujer.
La verdad es que las pocas dudas que todavía albergaba fueron desapareciendo al ritmo en que subía mecánicamente los escalones. La certeza de la traición de la pareja era casi total al llegar a la habitación. Sobre la mesilla de noche, la vela ardía iluminando el entorno con una luz suave. Jimena, ajena a mis intenciones, seguía dormida en posición fetal abrazando la almohada. Al mirarla, percibí cómo mis hormonas volvían a entrar en funcionamiento: si no era un embrujo, estaba jodido. Sólo estar a su lado era suficiente para que mi sangre empezara a hervir por el deseo. Si quería hacerlo, debía de ser rápido. De no ser así, fracasaría entre sus piernas. La evidencia de mis sentimientos aceleró los acontecimientos. Apagué la vela con mi mano. El escozor de la quemadura consiguió calmar parcialmente mi libido.
Poniéndome a horcajadas sobre ella, con una pierna a cada lado de su cuerpo, presioné su cabeza sobre el colchón, impidiéndole respirar. El violento despertar y la ausencia de aire hicieron que se revolviera tratando de escapar. Fueron pocos segundos pero me parecieron eternos. La cercanía de su cuerpo, el roce de sus piernas, la agonía reflejada en el rostro, me hicieron soltarla. Debajo de mi pijama, crecía sin control mi apetito.
― ¿Qué haces?― gritó al verse libre.
― Niña mala ― le respondí dándole un azote en el trasero. ―Esa no es forma de saludar a tu amo.
― ¡Pedro!― exclamó aterrorizada, en sus ojos no había alegría sino terror, ―¿y Manu?.
― ¡Se fue!― le espeté soltando una carcajada.
Era la confirmación de todo. Quería usar mi cuerpo para revivir al muerto. Tras unos instantes de vacilación, Jimena se lanzó sobre mí, insultándome y tratando de pegarme. De su boca salían improperios en los que me echaba en cara el haber matado a un buen hombre y que prefería estar muerta a seguir siendo mi objeto.
Esa violenta reacción no lo habíamos previsto y por eso menos mal que acudió Paula al rescate, sino hubiera sido incapaz de mantener la farsa. De no ser por la cocinera, habría caído en sus brazos pidiéndole que me perdonara.
― Don Manuel, ¡Salga del cuarto! Jimena, usted deje de llorar. No es su marido― nos ordenó mientras me echaba cerrando la puerta tras de mí.
Me encontré sin darme cuenta en el pasillo, sentado en el suelo llorando como cuando era un niño al ser consciente de lo cerca que había estado de joderla. Desde el interior de la habitación, llegaba a percibir sus voces pero sin distinguir nada de su conversación. Eran sonidos y no frases lo que oía, como mucho de vez en cuando entendía una palabra suelta. El tono de la negra era autoritario mientras que el de Jimena alternaba entre lloriqueos y disculpas. Convencido de la inutilidad de mi presencia al otro lado de la puerta, me dirigí al salón. Me parecía inconcebible todo lo que me estaba pasando. Eso no me podía estar ocurriendo: Brujería y satanismo, temas que jamás había tomado en consideración, ahora parecían ser la única vía que me quedaba para seguir con vida.
Todo me resultaba pasmosamente increíble: que fuera mi mejor amigo quien buscara mi muerte en su beneficio; que la única persona en la que podía confiar fuera mi cocinera, una mujer a la que hasta entonces tenía en buena estima por la calidad de su trabajo y que se había erigido sin pedírselo en la única muralla tras la que parapetarme para evitar el fatal desenlace; y para colmo de males que a mi edad fuese incapaz de contener el deseo animal por Jimena.
Estaba sirviéndome un whisky cuando entró Paula. Sus primeras palabras fueron de reproche, regañándome por lo cerca que había estado de mandar todo al traste. Quitándome la copa de la mano, me prohibió el beber alcohol; debía estar sereno para lo que se avecinaba.
― ¿A qué hora murió el brujo?― preguntó.
Ya había aceptado plenamente la perversión de mi hasta hace unas horas amigo.
― A las seis de la tarde.
― Entonces tenemos cinco horas para prepararnos, su ataque se producirá entre las cuatro y las seis. Usted no debe de estar con la mujer en la misma habitación hasta esa hora. Creyendo que ha huido, va a estar desesperado por lo que va a ser menos precavido y podremos vencerle.
Estaba alucinado. Esa mujer estaba diciendo que me tenía que enfrentar a él en vez de huir lejos. Si no estaba con ella, Pedro no podía tomarme o al menos eso me había contado. Molesto, pregunté por qué debía de hacerle caso y no salir corriendo huyendo de un destino que bajo ningún concepto podía, ni quería, aceptar.
Fijó su mirada en mis ojos antes de contestar:
― Si no le hace frente, el brujo deberá buscar un sustituto.
« ¡Jimena! », comprendí al instante. En la mente de un hechicero, siempre habría un plan B que le permitiera conseguir su fin último. De no obtener el cuerpo elegido, buscaría el que tuviera a mano. En este caso, qué mejor que el de una mujer dominada. Sin llegar a diferenciar que parte era influido por él y que parte nacía de mi propio yo, supe que no lo podía permitir, que nunca me perdonaría el abandonarla a su suerte.
― Dime qué debo hacer― mi resolución era firme. ―Haré lo que me mandes.
― Lo primero es salir de la casa. Él puede sentir su presencia. Debemos hacerle creer que ha fallado, esperará hasta el último momento para tomar a su mujer. En su mente enfermiza, la idea de estar en un cuerpo femenino no le debe de resultar agradable.
También me pidió que volviera sobre las tres de la tarde: durante cuatro horas no me quería ver por allí. Aunque parezca raro, lo que me asustaba era la espera. Me figuraba que era un boxeador ante el mayor reto de su carrera, al que le han prohibido entrenar para no llegar cansado, pero que a la vez debía de estar concentrado en la pelea que iba a tener lugar esa tarde. ¡Así me sentí al coger el coche esa mañana!. Si trataba de investigar sobre vudú, lejos de ayudarme estaría condicionado y sería contraproducente, por lo que tuve que ocupar esas horas en otra cosa.
Cogí Concha Espina en dirección al Bernabéu. El Madrid debía jugar en casa ya que a ambos lados de la calle estaban empezando a estacionar los autobuses que traían al centro a las diferentes peñas. Menudo negocio para la ciudad, aunque juegue como local un fin de semana sí y otro no, en la práctica todas las semanas había fútbol. Miles de aficionados, comiendo, bebiendo y durmiendo en la capital. Dinero fresco para la hostelería. Alguien me explicó hace bastante tiempo que a ese equipo se le consideraba como la segunda empresa de Madrid por los ingresos que generaba a su alrededor.
Sin saber hacia dónde ir, fui instintivamente recorriendo los lugares de mi infancia: Cuatro Caminos, Reina Victoria, pasando al lado del colegio de agustinos donde estudié. Moncloa, un barrio al norte donde bebí mis primeros minis. Allí, busqué “El Parador”, el bar al que iba todos los viernes a emborracharme con mis amigos de la adolescencia, llevándome la sorpresa que en su lugar ahora había un restaurante de comida rápida. El progreso avanza demoliendo nuestros recuerdos. Princesa, Pintor Rosales, el Palacio de Oriente, la catedral de la Almudena, el Viaducto. Inconscientemente me fui acercando a San Francisco el Grande, la enorme basílica que hay al lado de la puerta de Toledo. Sólo me di cuenta de que ese templo era mi destino, cuando me encontré ante las rejas de hierro de su entrada. Mi madre solía venir a rezar allí cuando tenía problemas.
¡Dejé mi coche tirado en una calle paralela!
Al entrar, me sorprendió darme cuenta de que no había andamios. Recordé haber leído que tras 27 años por fin habían terminado las obras de reparación. Pocos madrileños saben que su cúpula es mayor que “Los Inválidos” o que “San Pablo” en Londres y que con, sus treinta y tres metros de diámetro, es la más grande de España pero en esta ocasión lo que menos quería observar era su arquitectura, iba buscando otra cosa: desde niño, adoraba ponerme debajo de la estatua de San Pedro porque sin importar sus tres metros de altura de puro mármol al levantar la cabeza te encuentras con la mirada paternal del apóstol. Nunca había sido religioso pero, al igual que hay personas que encuentran su relax observando el discurrir de un río o mirando como rompen la olas a la orilla del mar, yo encontraba ese descanso en los ojos de la estatua. Me sentía protegido: por muy alto que fueras, siempre resultas un enano en la escala del anciano. Los turistas entraban y salían, las beatas rezaban y yo, seguía ahí, de pie sin moverme, mirando y siendo mirado. Tras largo rato, mis piernas empezaron a notar el esfuerzo y despidiéndome de mi amiga la estatua, la besé y le dije:
― No te preocupes, volveré.
Al salir del templo, era todavía la una. Mi reloj me avisaba que me quedaban tres horas. El tiempo pasaba rápido pero ya sabía qué hacer: antes de pasar la prueba debía de despedirme de mis lugares. Me dirigí al panteón de San Isidro donde estaban enterrados mis padres. Compré un ramo en el puesto de flores que seguía regentado por la gitana de siempre. Llevaba dos años sin irlos a visitar y no sabía si volvería alguna vez a pisar las piedras blancas de sus pasillos y a sentarme en su tumba. Esa podía ser mi última visita. Al llegar al nicho, “el único parking del que nunca vuelves a salir” le llamaba mi padre, nada había cambiado. La quietud del cementerio, el olor de los cipreses, el sonido de los gorriones, todo seguía igual de cursi y deprimentemente. Sin saber por qué, me puse a hablar con ellos, a pedirles consejo. Trataba de pensar que hubiera hecho mi viejo, ese hombre duro y amable que había visto obligado a emigrar de su pueblo siendo solo un chaval. Rememoré un día en que siendo todavía un niño, me había abrazado a sus piernas porque unos compañeros me querían pegar. Recordé el modo en que me miró y separándose de mí, me dijo:
― Hijo, los verdaderos hombres tenemos sangre en las venas, los cobardes horchata.
Esa era la maldita respuesta que estaba buscando. Firmemente decidido, cogí mi coche, volviendo a casa.
«Nadie me iba a echar de mi cuerpo, de mi vida, ni de mi hogar».
Llegué a la hora fijada. Al subir las escaleras del porche tenía el estómago atenazado por los nervios. En ese momento me sentía como un potro de carreras, esperando con la adrenalina a tope que se abriera el portón. Paula me estaba esperando en el salón con una joven de raza negra que no conocía. Al presentarnos, me explicó que, a pesar de su edad, Nubia era una poderosa hechicera. Nada en ella, me hacía pensar que fuese una bruja. Debía tener unos veintidós años, alta, delgada, con el pelo peinado a base de rastas. Parecía una estudiante de universidad pero, hasta ese momento, yo no era más que un ignorante en esos temas por lo que di por sentado que era verdad.
¡No tenía modo de confirmar o de refutar su afirmación!
Las primeras palabras de la muchacha fueron una suave reprimenda a Paula. No era una hechicera sino una “Manbo”, versión femenina de un sacerdote Houngan. Reconozco que me extrañó oírla hablar con acento típicamente madrileño: esperaba que su acento fuese hispano o, de no ser así, marcadamente africano. Tenía mucho que aprender, también había españoles en esta clase de ritos. Paula aceptó la regañina sin alterarse y pidiéndole disculpas, se defendió alegando que la había designado de esa manera para que yo lo entendiese.
Nubia, dando por resuelto el malentendido, ordenó a Paula que fuera a preparar a Jimena. Mi cocinera obedeció al instante y, abandonando la habitación, me dejó solo con la desconocida.
Tras unos breves instantes de silencio cortante fue ella la primera en hablar:
― Don Manuel, antes de nada tengo que explicarle qué vamos a hacer― su voz grave, casi varonil, transmitía confianza.― Pedro era un bokor peligroso y como tal un ser dotado de un gran poder, lo que le hace ser también descuidado al creerse invencible. Debemos de sorprenderle, vamos a realizar un ritual de llamada durante el cual tratará de poseerle pero, no se preocupe, estaré yo ahí para protegerle.
― De acuerdo― contesté. Con esas sencillas palabras, puse mi vida en sus manos.
― Todo lo que va a ver y experimentar le va a resultar chocante e incluso delirante pero déjese llevar. El nexo que une al tal Pedro con su mujer es la dominación. Vamos a provocarle a través de ella, excitarle con la idea de volver a poseerla; con ello, le atraeremos a la habitación y es allí donde intentaré maniatarle.
No entendía nada, para ella era simple pero quien realmente se estaba jugando su cuello, era yo.
―Debe hacer todo lo que yo le diga, dejarse llevar. Su única preocupación debe ser el seguir siendo usted. A su mente llegarán imágenes de la vida del bokor, rechácelas y habremos ganado.
«Rechazar imágenes», «seguir siendo yo», machaconamente empecé a recitar sus consejos mientras ella seguía hablando:
― Debe de apoyarse en sus propias vivencias, su personalidad debe ayudarle a mantenerse firme...
Como un profesor, continuó con su lección durante unos minutos, explicándome diferentes trucos y formas de protegerme. Cuando estuvo segura que lo había entendido, me mandó a cambiarme de ropa. Solo debía de llevar puesto unos pantalones, sin camisa ni zapatos.
En ese momento comprendí el estado de ánimo que debió embargar a Hernán Cortés después de quemar sus naves. Supe que no había marcha atrás. De lo que sucediera dentro del salón que habían preparado para el ritual, iba a depender no sólo mi futuro, sino si iba o no a tenerlo. Era un duelo a muerte y lo más irónico, contra un hombre ya fallecido.
Al volver vestido tal y como me había pedido, Nubia me detuvo en la entrada. En su mano, traía una botella de algún licor que yo no conocía.
― Beba― ordenó.
Sin discutir, acerqué la botella a mis labios. Su amargo olor me pedía prudencia, el miedo a lo que se avecinaba que bebiera. Venció el terror a lo desconocido y dándole un gran trago, sentí cómo el líquido quemaba mi garganta al pasar y cómo las mucosas de mi boca y mi nariz se irritaban haciéndome estornudar.
― ¿Qué coño es esto?― pregunté. Mi cabeza parecía estallar.
― Kimanga, agua vudú, sirve para expandir el cerebro. Se hace con ron mezclado con hierbas y especias.
A partir de ese momento, todo empezó a transcurrir a cámara lenta. Medio atontado por los efectos de los alucinógenos, noté que me agarraba del brazo y me metía al salón donde iba a tener lugar la ceremonia. La habitación estaba débilmente iluminada por las llamas de seis cuencos, dispuestos alrededor de un cajón de madera de dos metros de largo por uno de ancho que, en vez de altar, asemejaba un siniestro ataúd. La escasa luz me permitió distinguir que no estábamos solos. Sentadas sobre sendos taburetes, dos mujeres vestidas con atuendos antillanos empezaron a tocar rítmicamente el tambor.
Como si fuera la señal que esperaba, la Mambo dio inicio a una danza ancestral. Suavemente, sus caderas comenzaron a seguir la cadencia de la melodía mientras de su garganta empezaba a surgir una plegaria. Con voz potente y entonada cantaba en creole, esa rara mezcla de francés y dialectos africanos nativa de Haití. Sólo pude comprender los nombres de los Loas haitianos Shango y Orula, dioses del fuego y del destino.
Los tambores incrementaron su frecuencia mientras la muchacha bailaba con desenfreno. El sudor había empezado a aparecer en su cuerpo, pegando a su piel el vestido y dejándome intuir sus formas. Mi cerebro trabajaba a mil por hora. Cada gota surcando el canal formado por sus senos, la escuchaba como un torrente rugiendo dentro de mi mente. El humo de los fuegos, el Tam-Tam y su danza fueron creando una atmósfera de pegajosa sensualidad, maximizada por sus curvas en movimiento. Me vi siguiendo el vaivén de sus pechos. Mis ojos fijos en ellos, mi corazón sincronizado al ritmo de la invocación a los espíritus, hicieron que me empezara a contagiar del ambiente. Éramos uno, mis músculos respondían a los suyos de manera armónica, su torso se pegaba al mío mientras el frenesí nos dominaba. Violentamente, la despojé de su camisa y mis manos se apoderaron de sus pechos.
No me rehuyó, todo lo contrario, izándolos me los entregó como ofrenda a mis labios. Mi boca se apropió de ellos, disfrutando de cada rugosidad de sus pezones mientras sentía como mi espalda era desgarrada por sus uñas, dejando un reguero de sangre a su paso. Sin dejar que nada entorpeciera mis besos, tomó un gran trago de la botella y a través de sus labios, escupiéndolo, me bañó con su contenido. No fue un chorro, más bien de su boca como un geiser el líquido brotó en minúsculas gotas que al respirarlas me atizaron. Me estaba purificando, expiando mis pecados. Mi cuerpo se retorcía con sus maniobras y mis pulmones se inflamaban al inhalar el ardiente contenido expelido por su garganta.
Estaba fuera de mí, la urgencia de sus caricias, los cantos de las mujeres y el vapor del Kimanga se mezclaron en mi interior formando una aleación perfecta de pasión. No pude resistirlo y estrechándola entre mis brazos, apoyé toda mi extensión en su trasero. Sabedora de mi deseo, lo acomodó en el hueco de sus nalgas, estimulándome en cada sacudida como se azuza a un caballo con las riendas. Sin avisar, la canción y su baile cesaron, dejándome insatisfecho y hambriento de sexo.
De improviso, la puerta del salón se había abierto, dejando entrar la luz amarillenta del pasillo. Momentáneamente, la realidad volvió, dando paso a Jimena escoltada por Paula. Y tras ellas, una de las ayudantes arrastraba una jaula. En su interior, un perro ladraba hecho una furia. El caos se apoderó del salón. Los ladridos desesperados del can retumbaban contra los cristales mientras volvían a escucharse los golpes de los tambores.
Jimena era el cordero pascual en espera del sacrificio. La blancura de su vestido resaltaba con la violenta silueta negra del animal. El blanco puro de su túnica de lino fue tumbado en el cajón de madera. Negro siniestro, entre los barrotes, su hocico babeaba ira. Dupla contrapuesta de género y especie, unidad de destino de personajes de tragedia.
La viuda tenía la mirada perdida mientras las mujeres le ataban de manos y pies al estrecho altar. Nada en ella parecía ser consciente del papel y la función que iba a representar en este ritual. Su serena mirada ni siquiera se turbó al sentir como las esposas se cerraban alrededor de sus muñecas, ni al notar como los grilletes inmovilizaban sus tobillos. Se mantuvo impasible como si de una muñeca de porcelana se tratase.
Nubia se puso a su lado y abriéndole la boca, vertió dentro de ella esa rara mezcla de ron y yerbas. El cuerpo de Jimena se convulsionó al tragarlo, agitando sus brazos y piernas que se toparon con las correas, quedando tras el esfuerzo cuatro marcas enrojecidas en su piel. El perro se estrellaba contra los tubos de su prisión en un vano intento de atacar a los presentes. Mi cocinera, sacando de debajo del cajón la vara de Pedro, le atizó un golpe en el lomo. El resto de la sacerdotisas alzaron el volumen de sus plegarias, entonando un padre nuestro en francés.
Sincretismo puro, fusión de cristianismo y animismo en su más elevada expresión.
Parecía que la oración católica era el final pero en ese momento la negrísima Manbo expeliendo kimanga por tres veces consecutivas bañó primero a Jimena y al animal a continuación. Los vapores, el humo y la propia respiración de seis personas en un espacio tan pequeño, tiñeron la habitación de una niebla gris que tamizó la luz de los fuegos. Paula junto con una de las mujeres de los tambores me agarró, obligándome a danzar con ellas alrededor del altar. Saltos y cánticos, energía y tambor, ron y fuego, fueron recalentando el ya caldeado ambiente mientras la joven veía indefensa que Nubia se acercaba a ella. Nada pudo hacer cuando le desgarró el vestido dejándola desnuda sobre la madera. Su pecho temblaba mientras observaba cómo un gallo era sacrificado sobre ella y cómo su sangre era distribuida a lo largo de su cuerpo y de sus piernas. Cuatro manos en un masaje paranoico esparcieron el rojo líquido por su cuello, por sus senos, estómago y piernas, mientras ella gritaba sin que nadie la oyera. Asco, miedo, excitación, en ese orden, se veían reflejados en su cara mientras Nubia y otra mujer la manoseaban. Yo seguía alucinando. Drogado como estaba, sólo el eco de sus gritos llegaba a mí.
En el centro de la habitación surgió de la nada, un ser albino. Con dos metros de envergadura, bailaba al ritmo del Tam-Tam sin importarle un carajo el ritual que en esos momentos estaban ejecutando las muchachas. Sus enormes ojos amarillos estaban fijos en mí mientras con sus manos, cual director de orquesta, seguía la melodía. Se le veía feliz y satisfecho con la ofrenda. No me pregunten cómo supe quién era pero, sin saber por qué, lo reconocí al instante. Eshú, el dios de la venganza haitiano, el cuarto dios de la creación, ése que por su insolencia fue castigado a vagar por las tinieblas, ése cuya piel no soporta la luz del sol pero que es el más poderoso de los loas, estaba bailando frente a mí. Un dios caprichoso y bipolar, de cuyo humor depende el concederte un favor o el matarte.
― Mortal, me has llamado― su voz resonó en mi interior desprovista de cualquier entonación que me permitiera determinar su estado de ánimo.
Nadie en el cuarto se había percatado de su presencia, todos sin distinción seguían con la ceremonia y sus cantos. Era una prueba y su resultado solo dependía de lo que hiciera por mí mismo. Haciendo un esfuerzo en recordar lo que había leído de él, me acordé de su carácter burlón y despiadado y que le encantaba verse sorprendido. Traté de contestarle el saludo pero mi garganta inflamada por el kimanga se negó a emitir sonido alguno.
La desesperación me hizo actuar y cogiéndole de las manos, me uní a su fantasmal baile. Sus dedos quemaban mis palmas, aguantando el dolor me mantuve unido a él mientras atravesábamos los cuerpos de las muchachas, sin notar éstas nuestra intromisión. Mi mente asimilaba las experiencias y los conocimientos de las personas que traspasábamos, mientras mis manos ardían y mis pies bailaban. Eshú parecía encantado con mi sufrimiento. En su boca, sus enormes colmillos brillaban en una grotesca sonrisa al tiempo que nos desplazábamos por el local. Todo se paró, el ruido de los ladridos, la melodía de los tambores y los gritos de la muchacha cesaron de improviso. Como en un escenario de película, todo a nuestro alrededor se mantuvo estático pero nosotros seguíamos con nuestro baile. Pude oler la podredumbre de su aliento cuando me habló:
― Bien hecho, hacía lustros que nadie resistía mi baile, dime lo que quieres y te lo concederé― fueron sus palabras.
Sin pensar en mi garganta adolorida, grité:
― ¡Vivir!
El caos volvió a adueñarse del cuarto, ladridos, música y llantos mezclados mientras su figura se diluía en la niebla amarillenta. Agotado, sentí cómo mi respiración y mi corazón, en una loca carrera, competían a ver cuál era más rápido mientras mi cerebro me pedía Kimanga.
Nubia tenía la botella que yo necesitaba, agua sagrada vudú para mis venas. Como un poseso se la arrebaté de sus manos y abriendo mi garganta, ingerí el resto del contenido que explotó en mi interior con visiones salvajes. Indefensa, la sacerdotisa no pudo escapar a mi ataque y separándole violentamente sus piernas, me vi penetrándola. Sus ayudantes paralizadas no sabían qué hacer. Mi sexo campeó libremente, sometiéndola, haciendo caso omiso a los gritos de la mujer. Me daba igual su reacción, yo era el maestro y ella, mi instrumento.
Sin salirme de ella, ordené que limpiaran a Jimena. La necesitaba inmaculada. Ningún resto de sangre podía manchar su piel. Paula fue la primera en obedecer y cogiendo una esponja, comenzó a bañarla.
Nubia había dejado de debatirse a mis embestidas y abrazándome con sus piernas, profundizó en mis caricias. Tumbados en la alfombra nos apareamos como animales, los tambores seguían sonando en una extraña marcha nupcial. Diez ojos, ocho humanos y dos de animal, nos miraban envidiosos del placer que disfrutamos. Gimiendo, su torso se retorcía en rítmicas sacudidas. Al compás del tambor, la negra declaraba a los cuatro vientos y a los cuatro dioses la cercanía de su orgasmo. Mi boca se apoderó de su oscuro pezón mientras derramaba mi simiente en su interior, creando un torrente lechoso que discurriendo por sus piernas se mezcló con el flujo que manaba de su cueva. Mordiéndome en el cuello, derrotada, gritó su liberación.
Las otras mujeres, alzando su voz, reiniciaron sus cánticos. Eran cantos alegres, versión africana de un aria clásica. Música triunfante que loa a un héroe tras resultar vencedor de la batalla.
Exigí que liberaran a Jimena de sus ataduras. Y poniéndome en el centro del salón, grité:
― ¡Pedro!, ¡Estoy listo!
Su mujer chilló cuando de entre la luces emergió su fantasma. El olor a sudor y a cerrado fue diluyéndose mientras la fetidez del azufre inundaba nuestras papilas. Se podía palpar en el aire la maldad de su alma. Como un cuchillo rebana una pata de jamón, su presencia rebanó el encanto de mi victoria dando paso a la incertidumbre del resultado. Era una batalla a muerte. Los dos lo sabíamos, los dos necesitábamos vencer para seguir viviendo. No iba a haber prisioneros tras la contienda: el que perdiera iba a adentrarse en la nada, en un viaje sin retorno. Como en una pelea de sumo donde los oponentes se estudian intentando asustar a su contrincante mientras esperan la señal del árbitro, así nos saludamos con odio y rencor en nuestros corazones.
― Me alegro de verte― su voz no había cambiado, seguro de sí mismo, su postura denotaba la superioridad que sentía. Al fin y al cabo, él era un bokor y yo un mero aprendiz de brujería que sólo tres días antes al enemigo lo consideraba un amigo.
― Yo no― respondí intentando que en mi entonación todo el desprecio que sentía por él fluyera libremente. ― Quiero que liberes a tu mujer y me dejes de una puta vez en paz.
Su carcajada resonó en la habitación. Si ya era de por sí fría, el eco la devolvió gélida, inhumana, cargada de podredumbre y putrefacción, desprovista de cualquier resto de piedad. Era la risa de un ser malvado, de un cazador que de pie sobre la loma veía retorcerse de dolor a la presa que acaba de disparar.
― Bobadas, tu destino es desaparecer para que tu cuerpo sea mi soporte vital y el de ella servirme. Nada puedes hacer para evitarlo― contestó mientras mi mente se poblaba de visiones en la que él y yo cruelmente usábamos a Jimena. Me vi, le vi, sometiéndola a torturas sin nombre sólo por el placer de verla sufrir y disfrutando de su completa sumisión. Mi mano, su mano, golpeando su estómago mientras mi pene, su pene, se abría camino a través de su vagina.
Rechacé mentalmente estos pensamientos, tratándome de concentrar en la Jimena real que arrodillada lloraba a mis pies. Se estaba definiendo el futuro de la mujer sin que ella pudiera hacer nada para inclinar el resultado. En su perversa imaginación, Pedro seguía viéndola como la hembra exuberante de grandes pechos y curvas a la que había conquistado, obviando la realidad de los huesos marcados por la falta de alimento, las ojeras causadas por años de maltrato, la piel blanca y ajada que translucía las venas azules y los moretones productos de sus golpes. ¡Nada de eso existía para él!
Contra su voluntad, la levanté del suelo y agarrándola de sus hombros, se la mostré en su plenitud, desnuda, limpia:
― ¿Por esto quieres luchar? Mira en lo que se ha convertido tu diosa. Es un despojo de lo que fue― enseñándole su cuerpo, recalcando la delgadez de su figura y con mis manos sujetando sus pechos, me reí en su cara como él se había reído de mí.
Sus ojos se salían de sus órbitas, el reconocimiento de su propio engaño afloró en ellos a la vez que sus facciones se endurecían en un gesto de desagrado por lo que estaba contemplando.
― Nubia, ven aquí― ordené a la Manbo que sin discutir se puso a mi lado y dirigiéndome al espectro que antes había sido mi compadre en aventuras más dichosas, le dije: ― ¡Compara lo que me ofreces, con esta joya de mujer! ¿A quién crees tentar con ese gallo desplumado? ¿Acaso crees que puede competir con esta joven?
Mi seguridad crecía a la par que se deshinchaba la suya como un globo que perdía su aire. Estaba reponiéndome y él lo sabía:
― Vivo eras incapaz de tener una verdadera mujer y ahora muerto, no puedes ni siquiera soñar en dominarla. No me das miedo, ¡Sino pena!
Con un grito, se abalanzó sobre mí intentando estrangularme. Sus manos asieron mi cuello, desgarrándome la piel pero fue incapaz de someterme. Me mantuve firme sintiendo que cuanto más se esforzaba, su fuerza más disminuía.
¡Había caído en su propia trampa!
Al unir su destino al de su mujer, la degradación a la que la había sometido como un boomerang se volvía contra él golpeándole en el pecho. Su ira se convirtió en pánico cuando, deshaciéndome de su mortal abrazo, con mis manos empecé a apretar su propio cuello como se aprieta el pescuezo de un pollo antes de sacrificarlo. Poco a poco, las venas se fueron llenando de sangre y su cara se tornó azulada por la falta de respiración ante la presión de mis dedos. Sus piernas flaquearon cayendo al suelo. Momento que aproveché para apoderarme de la vara que había sido el instrumento de su poder y descargando mi ira, la alcé con la intención de matarle por segunda vez. Pero mi golpe pegó contra el suelo.
¡Pedro había desaparecido!.
Me giré buscándolo por el salón sin hallarlo. Fue entonces cuando descubrí que las mujeres habían reiniciado los cantos y que el pobre animal aullaba desconsolado en un extremo de su jaula.
― ¿Dónde se ha ido?― pregunté sin soltar la vara que tenía asida como garrote.
Nubia, adoptando su papel de sacerdotisa, la retiró de mis manos y dándome un abrazo, me dijo:
― ¡Déjalo! ¡Has vencido! El bokor sabiéndose derrotado buscó un sustituto macho. Está dentro del perro pero ya no te puede hacer nada. Ahora descansa que yo acabo con lo que tú empezaste.
Todo comenzó a dar vueltas en mi cabeza, el esfuerzo que había realizado fue demasiado para mis propias y menguadas energías. No lo sabía pero durante el ritual había entablado dos duelos y en ambos había vencido. Las tinieblas nublaron mi mente, la oscuridad cerró mi visión y sólo a la lejanía las voces de las mujeres resonaban en una triste letanía. Antes de desmayarme, como en un sueño noté que me transportaban en hombros hasta mi cama.