Capítulo diecisiete.
Eran las once de la mañana de un sábado e Isabel Iglesias estaba sola. Se había convertido en una rutina aprovechar el fin de semana para hacer un poco de deporte que desentumiera sus músculos. Entre semana, su trabajo hacía imposible dedicar nada de su tiempo a hacer footing y por eso los días de descanso los dedicaba a la vida sana. Al terminar la reunión con el comisario y llegar a casa, la fiscal se puso una malla y unas zapatillas y con ritmo firme se dirigió al Retiro.
El parque estaba bastante abarrotado de viandantes. La gente que compartía con ella sus calles de arena era mayoritariamente de origen emigrante. Antiguamente cuando salía correr por esos jardines, eran turistas las personas con las que se tropezaba pero ahora el flujo migratorio había hecho cambiar hasta la idiosincrasia del Retiro. De ser un lugar de paseo, se había reconvertido en un espacio de esparcimientos de lo más diverso. Payasos, adivinadores, pintores y demás fauna encontraba cobijo bajo las copas de sus árboles.
Para encontrar una ansiada soledad, siempre se solía dirigir al Jardín de los Ausentes en la esquina más alejada de la Puerta de Alcalá. Allí era donde el tráfico humano era menor y ella podía relajarse con el esfuerzo. Esa mañana tenía más motivos que de costumbre para desconectar. La semana había sido un desastre; incapaz de concentrarse había perdido dos juicios, se le había aparecido Arana y encima esa madrugada, la habían despertado a horas intempestivas para comunicarle que Mariana Zambrano había sido asesinada.
Estaba llegando a la estatua del Angel Caído cuando desde la derecha vio venir a otros tres corredores. No le apetecía compartir el carril con ese grupo y exigiendo a su cuerpo aceleró el paso. Con disgusto observó que de nada había servido, puesto que el ritmo de esos hombres era superior al suyo.
― Señora Iglesias― dijo cortésmente uno de ellos al llegar a su altura, ― Sasèr quiere verla y nos ha pedido que nos acompañe.
Sorprendida pero sobretodo aterrorizada la mujer al ver que los otros dos sicarios disimulaban que estaban empuñando armas, metiendo sus manos dentro de los bolsillo, se dejó llevar sin oponer resistencia. Sabía que de nada serviría intentar escapar, esos hombres no dudarían en usar la violencia con tal de no contrariar a su jefe.
Fuera del parque les esperaba un todoterreno donde la montaron sin contemplaciones. Si ya de por sí temía por su vida, el hecho que sus captores al contrario de la vez anterior ni siquiera se preocuparan en ocultarle donde se dirigían, hizo tuviese el convencimiento que iba a morir.
Cuando se está cerca, se debe parecer lejos, cuando se está lejos, se debe parecer cerca. Se muestran carnadas para incitar al enemigo. Se finge desorden y se lo aplasta.
Sun Tzu
El Príncipe debe hacer uso del hombre y de la bestia: astuto como un zorro para evadir las trampas y fuerte como león para espantar a los lobos.
Nicolás Maquiavelo
La calle del pintor Rosales es unos de los lugares genuinamente pijos de Madrid. Sus bares, cafeterías y terrazas congregan a ejecutivos y niños bien de ambos sexos con ganas de divertirse y alternar con personas de su clase. Con sus dulces modales y brillantes automóviles hacen el vacío a cualquier ingenuo que, ignorando sus estrictas leyes, se deja caer por allí sin ser invitado. Los calcetines blancos, la estética progre o las crestas no son bienvenidos. No resulta “Chic”.
No tengo que explicar que al bajarme del todo terreno, mis acompañantes escandalizaron con su indumentaria latina a ese ambiente repleto de especímenes vestidos de Dior, de Tommi. Los pantalones guangos y la gorra de béisbol de Mario así como las rastas de Miguel provocaron cuchicheos y frases indignadas a su paso, gestos y malos modos que no se calmaron durante todo el tiempo que permanecimos allí.
Peláez, cómodamente sentado en una mesa, se rio sin ningún pudor:
― Eso te ocurre por venir con tus cachorros. Si quieres que hablemos con tranquilidad, será mejor que se sienten en otro lado.
No hizo falta que se los ordenara. Mario, con muy mala leche, buscó una mesa vacía y furioso se dejó caer en la silla.
Era ridículo haber quedado en ese sitio, en vez de conseguir el anonimato habíamos provocado que todos se fijaran en dos tipos de apariencia normal protegidos por dos matones latinos. Estuvimos hablando sobre de temas insustanciales hasta que llegó el camarero con las bebidas. Fue un acuerdo no escrito ni hablado, no deseábamos ser interrumpidos por un extraño a mitad de nuestra charla.
― ¿Qué sabes de ese capullo?― le pregunté nada más irse con la bandeja.
― ¿Además de que es un hijo de puta?― me soltó sonriendo.
Se notaba que estaba de buen humor por la información que atesoraba pero sobretodo porque había decidido hacerme sudar la gota gorda antes de revelármela.
― ¡Estás juguetón! Deja de joder y dime que sabes.
― Tranquilo, primero cuéntame que sabes de un tal Goldsmith.
― ¡Coño! Es el judío que me dio la información que te pasé, ¿A qué viene eso ahora?― le repliqué indignado.
― Algo me estás ocultando ¿Cómo lo conociste? ¿Por qué te ayuda?
― Que no. Solo le he visto un par de veces. Todas, aquí, en Madrid y me ayuda porque Ares y su gente son unos nazis de mierda.
― Bla, bla, bla…― respondió mientras gesticulaba con la mano.
Ya cabreado y casi gritando le pedí que me dijera a que venía tamaña burla.
― Mira, Manuel, al igual que no te detengo porque tenemos un pacto, esperaba que tú también hicieras honor a lo mismo.
―¿No sé de qué hablas?.
― Ah, ¡No! ― contestó mientras sacaba unos papeles de su maletín, ― esta mañana se ha presentado en mi oficina y me ha dado esto. Cuando le he realizado la misma pregunta que a ti, me ha respondido que se puede considerar tu socio ya que te ha comprado la empresa.
― ¡Es verdad!― contesté sorprendido. ― No te lo he querido ocultar, ha sido un despiste, simplemente me había olvidado. Disculpa pero con todo lo que me ha ocurrido últimamente, te juro que no caí.
― De acuerdo, volvamos a empezar. ¿De qué le conoces?
No tuve otro remedio que explicarle que lo contacté a través de un militar argentino amigo mío, así como que en un hotel me habían hecho llegar la información que luego yo le había dado.
― ¿Pero quién es? Nadie que no pertenezca a la nómina de un servicio de información puede obtener tantos datos.
― Creo que es un elemento del Mossad.
― Tiene su lógica― respondió ― siendo así es natural que ese tipo haya sido capaz de descubrirlo.
― Ángel, ¿Te importaría ir al grano?―
Antes de contestarme, se rio. Estaba disfrutando, como buen agente del orden le encantaba saberse con mando en plaza.
― Goldsmith me trajo datos inequívocos que dos miembros de mi comisaría o bien son seguidores de Ares o están comprados.
―Y eso, ¿en que nos ayuda?― contesté.
Ambos sabíamos que la organización llevaba muchos años infiltrándose en todas las capas de la sociedad por lo que no era algo que nos pillara de nuevo, al contrario era arto previsible que uno de sus objetivos primordiales desde los mismos albores de su fundación fuera el colocar a gente de su confianza en los estamentos policiales.
― No lo comprendes, ¿Verdad?
―Pues, ¡No! No sé a dónde quieres llegar.
―A veces, me da que pensar tu falta de perspectiva. No sé si te haces el idiota o realmente lo eres. Un espía solo tiene valor mientras permanece oculto. Aún el más brillante, al ser descubierto se convierte en un lastre para sus jefes. Piensa que ahora tenemos dos posibles formas de afrontar su traición, desenmascararles o aprovechar que ignoran que lo sabemos dotándoles de datos falsos.
― Ya veo…
― ¡Qué coño vas a ver! ¡Hoy, estás espeso! Mi idea fue ponerles en bandeja tu cabeza. Sabía que Ares, en cuanto se lo comunicaran, no iba a poder resistir la tentación de acabar contigo y que sin tenerle que empujar, caería en la trampa.
― ¿Cómo quieres hacerlo? ¿Qué tienes pensado?― respondí entusiasmado- El poli tenía razón, teníamos una oportunidad irrepetible de acabar con todos ellos de un plumazo.
― Pensado y ejecutado. Antes de salir de la comisaría, llamé a uno de ellos, diciéndole que tuviese todo preparado porque te ibas a entregar― sus palabras se amontonaban, la satisfacción que sentía le impedía incluso articular correctamente.
― ¡Ni sueñes con que voy a ir a la comisaría! Sería un suicidio con ellos allí.
― ¡Déjame terminar! El subcomisario Antúnez en cuanto escuchó de mi boca que el peor enemigo de su adorado Ares iba a estar a su alcance, no pudo más que cargar la guillotina que les va a decapitar.
― ¿Cómo?
― Me preguntó dónde había quedado contigo.
― Y ¿Qué dijiste?
― Le expliqué que no te fiabas de nadie más que de mí por lo que, en cuanto supiera donde, le llamaría para que discretamente viniera con un solo elemento de apoyo a recogerte y que bajo ningún concepto podía informar a nadie de la unidad lo que íbamos a hacer. Le insistí que fuera un secreto.
― ¿Se lo tragó?.
― Sí, mordió el anzuelo. No tardó ni dos minutos en coger el teléfono y comunicarse con su jefe.
― ¡Qué bruto! y ¿Dónde va a ser mi supuesta rendición?.
― Veinte de tus mejores hombres, si es que se les puede llamar así a esos desarrapados, nos esperan ya apostados en el lago de la Casa de Campo.
― ¡Me he perdido! ¿Cómo lo has organizado sin yo saberlo?.
― No te cabrees con ellos pero Mario y Miguel están al tanto de todo.
― Comprendo― respondí mosqueado pero en absoluto cabreado. Los dos latinos habían obrado correctamente, sólo se habían adelantado a mis órdenes. Peláez había insistido en ser él quien me explicara el plan y si tras esas explicaciones yo no lo hubiese aceptado, nada se había perdido, como mucho tiempo de sueño.
― ¿A qué hora se supone que debemos estar ahí?.
― Dentro de media hora por lo que será mejor irnos, no hagamos esperar a la novia. Yo voy en mi coche para que sea creíble.
― Hecho, allá nos vemos― dije levantándome del asiento.
No había recorrido ni un par de metros hacia el coche, cuando Mario y Miguel ya estaban abriendo la puerta para que entrara.
― ¡Pedazo de cabrones!― les espeté nada más acomodarme en el asiento ― ¿Con qué permiso habéis colaborado en la trampa sin contar conmigo?
― Lo sentimos, Sasèr. Pero era una magnífica ocasión de quebrar a esos hijos de perra― me contestó Mario.
En ese momento, no percibí siquiera que el latín King se había dirigido a mí utilizando el sobrenombre que me había auto impuesto ya que estaba demasiado nervioso por la cercanía de mi enfrentamiento con Ares. Si todo salía como estaba previsto en menos de media hora me iba a jugar la vida por enésima vez desde la muerte de Pedro.
― Date prisa― ordené a Miguel ―no hagamos esperar a nuestros queridos enemigos.
El cubano tomó dirección a la Casa de Campo bajando por la cuesta de San Vicente, bordeando el Palacio Real antes de entrar al túnel de la M―30. En unos escasos minutos, estábamos ya a la puerta del parque. A esa hora de la noche, antiguamente nos hubiésemos topado con las prostitutas que poblaban los bordes de la carretera en búsqueda de clientes pero a partir de su cierre parcial se habían trasladado a zonas aledañas, por lo que hoy en día es una zona casi desierta. Fue entonces cuando oímos el inicio de un tiroteo. Aún con los cristales subidos, las ráfagas de metralleta y el retumbar de los disparos nos llegaron con claridad, muestra clara que a unos cientos de metros se estaba desarrollando una batalla en toda regla.
― Sasèr, ¿Qué hago? ¿Sigo?― me preguntó el chofer.
―Sí, nuestros muchachos están en peligro― y sin mediar las consecuencias, exigí que me dieran un arma.
Mario no se hizo de rogar y sacándose de la cintura una uzi, me la dio diciendo:
― ¿Ésta le sirve?
La sensación de tener un subfusil en mis manos era nueva. Nunca en mi vida se me había pasado por la cabeza que algún día mi propia existencia dependiera de la capacidad de tiro de ese arma israelí, pero aun así y sin saber cómo, instintivamente, coloqué el peine de las balas, seleccioné la modalidad de ráfaga y para finalizar, quité el seguro. Mirando a mis dos lugartenientes, descubrí en sus rostros la satisfacción de saber que su jefe estaba listo y preparado para entrar en acción.
Acabábamos de pasar el embarcadero cuando nos encontramos en medio de la refriega. La primera advertencia seria del peligro al que nos habíamos lanzado vino en forma de disparo. El cristal delantero del todo terreno se hizo añicos al ser traspasado por un tiro que milagrosamente no me mató pero que destrozó el reposacabezas de mi asiento.
― ¡Cuidado Patrón!, ¡Estos güeyes van en serio!
No me tuvo que insistir, abriendo la puerta salí corriendo y me protegí tras el tronco de un pino. Estaba aterrado. A mi alrededor, la gente mataba y moría mientras yo era incapaz de salir del amparo de mi escondite.
« ¡Mierda!», pensé mientras deseaba estar en otro lugar.
En ese preciso instante y solamente a unos metros más allá, Mario recibió un impacto en mitad del muslo. El cuerpo del pobre muchacho giró sobre sí mismo antes de caer al suelo. Su grito, al sentir como los músculos de su pierna eran desgarrados, retumbó en mis oídos haciéndome olvidar momentáneamente el resto. ¡Necesitaba mi ayuda!.
― ¡Espera ahí! ¡No te muevas!― conseguí decirle al reparar en que la piedra tras la cual se había desplomado involuntariamente le servía de parapeto.
Un disparo me rozó la mejilla, yéndose a incrustar en la madera. No sentí dolor. Creo que solo descubrí que me había herido, cuando un reguero de sangre, recorriendo mi piel, se introdujo en mi boca. El sabor de mi sangre derramada hizo el resto. Como poseso, salí disparando a todo aquel que salía a mi paso. Mi primera víctima fue un joven vestido de negro. De nada le sirvió el chaleco antibalas, de un certero tiro en la frente lo abatí. Su cráneo estalló desparramando sus sesos por el asfalto. Sin darme tiempo a pensar, me lancé contra tres neonazis que disparaban contra un grupo de rastas. Tampoco tuvieron ninguna oportunidad de defenderse, uno a uno, fueron cayendo a mi paso. Pisando sus cuerpos y chapoteando sobre su sangre, jaleé a mis seguidores.
Mis palabras de aliento cambiaron el curso del enfrentamiento, dejó de ser un intercambio de disparos para convertirse en una feroz carnicería. Latins y rastas, al unísono e insuflados con nuevos bríos, se fueron deshaciendo de nuestros enemigos mientras reía a carcajada limpia. Risa maligna que diluyó como un azucarcillo los pocos arrestos que le quedaban a esos tipos, que olvidándose de su misión inicial solo se defendían para tener la ocasión de huir.
―Babakó, ¡Mira, a tu gente, morir!― grité mientras descerrajaba la última ráfaga de mi ametralladora sobre un desgraciado que corría buscando salvar su vida, ― ¡Soy Sasèr! ¡Tu enemigo y tu final!
Todo había acabado. Los cuerpos sin vida de una docena de jóvenes decoraban la escena. Habían pasado solo tres escasos minutos cuando el silencio se adueñó nuevamente de la noche y la naturaleza recobró su mando con el sonido de los grillos. El frenazo de un coche nos sorprendió mientras recogíamos a nuestros heridos. Era Peláez que acababa de aparecer en escena:
―¿Qué cojones ha pasado?― vociferó pistola en mano ―¡Qué alguien me lo explique!.
― Como siempre la policía llegando tarde― contesté mientras me subía en el coche, ― Ángel, tenemos que llevar a un sitio seguro a nuestros heridos, además tu colegas deben de estar a punto de llegar. Luego hablamos.
Miguel acababa de introducir a Mario en el coche. El latino estaba perdiendo mucha sangre, debíamos llevarlo al médico si no queríamos encontrarnos con otro muerto en nuestros brazos.
―Nos vamos― gritó el cubano dando un portazo y poniéndose al volante ― Sasèr, no se preocupe conozco a un matasanos que no va a decir nada ni a hablar de más. Es de toda confianza.
Me quedé callado durante todo el trayecto meditando sobre lo ocurrido. Ares había caído en la trampa pero solo a medias. Desgraciadamente tomó sus propias precauciones y decidió no acudir personalmente a la cita. La soga que teníamos preparada, no nos sirvió de nada. Había resultado un fiasco o lo que es peor una victoria pírrica. Si seguía perdiendo hombres, al igual que a Pirro me llegaría mi Benevento.
Uno de mis lugartenientes estaba herido. Con todo el cuerpo de policía tras mis pasos, no podía volver a casa al ser el primer lugar donde buscarían. También me resultaría más difícil transmitir mis órdenes, estando huido y encima dependía de terceros para cuidar a Nubia o lo que quedaba de ella. Sabía que no estaba sola pero, aun así, no me gustaba la idea de no poder siquiera acariciar su cuerpo vacío, de no tener el consuelo de coger su mano mientras mi realidad se desmoronaba a mi alrededor.
¿Qué hacer? ¿Cómo acabar con Babakó? La clave estaba en Eshú y la muchacha. Mis enemigos eran muchos y mis amigos pocos y mal entrenados. Una baja entre los míos significaba para mí mucho más que diez hombres entre las huestes de ellos.
El tiempo corría a toda velocidad, tan concentrado estuve que no fui consciente que ya habíamos llegado a nuestro destino, hasta que levanté mi mirada y vi que habíamos estacionado frente a la entrada de una destartalada corrala del barrio de la Latina. En su puerta, dos enormes rastas nos esperaban. Nada más parar, se lanzaron sobre el pobre Mario y cogiéndole en volandas, lo llevaron rápidamente a la segunda planta. No podía ayudar, mi presencia solo estorbaría, por eso en vez de acompañarlos, decidí dar una vuelta. Miguel me acompañó en silencio.
Las calles estaban vacías. Nadie se atrevía pasear por unas de las zonas más inseguras de Madrid. Sus habitantes, mayoritariamente del Magreb, al caer la noche se atrincheraban en sus casas y de no ser por una urgencia, evitaban a toda costa los peligros que se escondían entre sus edificios. Nuestros pasos resonaban en la noche y su eco se convirtió en el tercer peatón de nuestro paseo. Yonquis, inyectándose su veneno y vagabundos, con sus cartones, se disputan cada esquina. Suciedad e inmundicia por doquier, escondida a los castos ojos de nuestra burguesa sociedad.
¡Qué cantidad de mierda! ¡Qué lejanos parecen los jardines del parque del oeste! ¡ Cómo es posible que sigamos en la misma ciudad!, ¡Primer y tercer mundo en unos pocos kilómetros! La porquería de sus aceras no eran cuestión de días o semanas, sino producto de años de olvido de las diferentes administraciones. Los moros y los chinos no dan votos, nuestros gobernantes no son esos estadistas que todos desearíamos. Su único propósito consiste en ganar las elecciones, les importa un carajo los subproductos que toda sociedad provoca. Se conforman con agradar a esa gran clase media que dormita en sus cómodos trabajos, votándoles sufragio tras sufragio.
― ¿En qué piensa?― me preguntó Miguel.
― Tenemos problemas― asintió con la cabeza. ― Debemos tomar la iniciativa. Siempre estamos esperando sus ataques, tratando de devolverles el golpe pero sin un verdadero plan que nos permita obtener una victoria contundente. Nada de lo que estamos haciendo, nos dará esa superioridad que tanto necesitamos― lo obvio de mi argumento no admitía réplica.
Ambos sabíamos que tenía razón y quizás por eso era todavía más dolorosa la evidencia de nuestras claras carencias. Teníamos el valor y el ánimo intactos, nuestros seguidores contaban con ese arrojo necesario para vencer pero nos faltaba estrategia.
La historia nos enseña multitud de ejemplos reales donde han existido ejércitos que disponiendo de una enorme superioridad sobre sus enemigos, la ineptitud de sus líderes les llevó al fracaso. Solo habría que preguntar a los romanos acerca de sus cónsules Verron y Paulo, jefe militares durante en la batalla de Cannes. En esa batalla ante un contrincante muy inferior pero comandado por un genial Aníbal, se vieron desbordados y su tropas destrozadas a orillas del río Aufidus.
En este caso, yo era ese líder inepto que para colmo no disponía de un ataque superior. Mi fin se antojaba aciago.
De vuelta a la corrala, el olor a basura me resultó insoportable. Penosas eran las circunstancias de vida de sus vecinos por lo que se me hizo un nudo en la garganta al pensar en las condiciones en las que el médico debía de estar sacando el proyectil del muslo de Mario. Si no le mataba la bala, era seguro que la infección subsiguiente iba a acabar con él.
Al cruzar la puerta del improvisado sanatorio, mis negros vaticinios desaparecieron al comprobar la inmaculada higiene y el aspecto pulcro de sus instalaciones. No es que fuera un hospital en toda regla pero el cuarto donde le estaban operando era, a los ojos de un profano como yo, un quirófano moderno.
Esperamos pacientemente a que el doctor terminara de cerrar la herida. Mario estuvo consciente en todo momento, maldiciendo y gritando su mala suerte al no haber podido añadir otro muertito a su ya extensa lista.
Su buen humor nos hizo sonreír.
― El niño tiene arrestos, para ser un Latin es un cabrón bragado― dijo el cubano mientras me abrazaba. Aunque no lo hubiese demostrado hasta entonces, le había cogido cariño al muchacho y se alegraba de su mejoría.
Su abrazo me incomodó, no en balde esa noche habían perecido una docena de hombres al menos tan jóvenes como el latino. Aunque para mí no era momento de celebraciones, supe que mi gente necesitaba distracción:
― ¡Música! ¡Hoy hemos luchado y vencido! ¡Disfrutemos que este cabrón está bien, aunque eso signifique que tengamos que seguir aguantando sus lloriqueos!
Las risas de los presentes solo fueron el preludio de la fiesta que se montó a continuación. De los cuartuchos que bordeaban el patio de la corrala surgieron como por arte de magia, instrumentos, bebidas y gente. Perdí unos minutos agradeciendo al médico el haber salvado a Mario, de manera que al llegar a la planta baja me encontré que estaba atestada. Rastas y Latin Kings bailando y bebiendo. Nadie se acordaba de pasadas desavenencias, eran parte de un mismo equipo.
―Sasèr― me llamó Miguel ― ¡Venga! Siéntese aquí, todos le esperan.
El sitio que me tenían reservado era un viejo sillón orejero emplazado en un lugar de privilegio desde donde se tenía una visión global del festejo. A cada lado, cinco sillas. En la derecha, se sentaron el cubano y los rastas. A mi izquierda, un lugar vacío, después cuatro de los latins principales. Faltaba Mario pero nadie osó sentarse en su lugar. Era su silla y hasta que muriera o alguien le reemplazara hacerlo era como firmar una sentencia de muerte. No sé quién me puso una botella de ron en mis manos pero agradeciendo a ese buen samaritano, me bebí un buen trago justo cuando la banda empezó a tocar.
Reggae y reguetón, Antillas y Centroamérica en un oscuro patio de vecindad madrileño. Guitarras, bongos, batería y mucho alcohol. Ritmos sincopados que envuelven al público. Mariguana a raudales. Mojitos, cubatas y danzas frenéticas. Alegría, despreocupación y desmadre acumulándose a mi alrededor mientras mi interior sangraba.
Vero, una atractiva morena que había conocido unos días antes en mi casa, me preguntó si bailaba. Mis acompañantes rugieron al ver mi turbación. Entre risas y gritos insistieron que saliera a bailar. Quise negarme pero la muchacha agarrándome del brazo me sacó a la mitad de la pista. Nos abrieron un hueco. Mis seguidores entusiasmados jalearon con sus palmas los sensuales meneos de mi acompañante. Paulatinamente, el compás de la canción y sus movimientos consiguieron contagiarme del ambiente. Mis pasos se fueron acoplando con los suyos. Pegados nuestros cuerpos en danza hispana. Sus pechos aplastados contra el mío. Sus manos recorriendo mi culo, presionando mi pene contra su diminuta falda mientras sus ojos imploraban mis caricias.
Más afectado por sus arrumacos de lo que me habría gustado reconocer, le susurré al oído que necesitaba una copa. La mujer creyó erróneamente que mis intenciones eran otras y saliendo de la pista, me siguió hasta el sillón acurrucándose sobre mis rodillas.
Miguel me pasó un porro manoseado que no rechacé. No me importó que otros labios lo hubieran chupado, ni que en ese momento unas manos estuvieran internándose bajo mi cinturón, necesitaba relajarme. Calada tras calada, la fiesta se fue difuminando, dejé de sentir los labios de Vero, la música invadió mi mente, colores danzando y estrellas fugaces en una espiral de sensaciones. Rabia y duelo, apenas amortiguados por el jolgorio. Excitación y calentura llamándome desde la mitad inferior de mi cuerpo. Atracción y repulsión a partes iguales.
Solo me quedaba una retirada honrosa. Una huida antes que los acontecimientos me llevasen a hacer algo que con toda seguridad al día siguiente repudiaría, algo que sin estar enmascarado por las telarañas del alcohol y las drogas jamás se me pasaría por la cabeza hacer. Poniéndome de pie con la dificultad del ahogado, salí de la fiesta.
Mi cabeza daba vueltas. A duras penas, tropezando y teniéndome que sujetar con los muebles del cuchitril, alcancé el duro catre. El alcohol y la maría me hicieron caer rendido. Boca arriba, mirando a las paredes, todo se distorsionaba. Como si fueran fantasmas, los muebles se precipitan sobre el colchón sin llegar a tocarme. Estaban jugando conmigo. Todo se movía, suelo, techo…
Estaba borracho…Jodidamente borracho…con ganas de vomitar, llorar, gritar….beodo, depre y exhausto.
No sé si me llegué a quedarme dormido. El frío invernal se colaba por las grietas de las paredes, congelándome. La manta de lana, toscamente tejida, era insuficiente para repelerlo. Tiritando, busqué alguna prenda más de abrigo pero me tuve que conformar con unas andrajosas colchas, que alguien se debió olvidar tiradas en una esquina de la habitación.
―Joder, ¡Qué puñetero frío!― deseé estar en mi cama o al menos no haber rechazado las insinuaciones de Vero y así tener alguien que me diese calor.
Lejos de menguar, cada minuto que pasaba hacía que la temperatura del cuarto se hiciera más gélida. Me pareció que la ventana perdía su nitidez debido a una gruesa capa de hielo que estaba creciendo sobre él, mientras una densa bruma tamizaba la habitación.
― ¡No es posible!― grité al levantarme y observar que se estaba formando en la cara interior del cristal y que increíblemente en el techo estaban creciendo, como afilados cuchillos, unas estalactitas grotescas.
Comprendí que eso no podía ser natural y que la magia tenía mucho que ver en lo que me estaba ocurriendo. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Supe que no estaba solo. Algo o alguien compartía conmigo el estrecho habitáculo. Traté de salir pero la puerta se negó a abrirse. Era como si la hubiesen clavado al marco. Tenía que decidir si chillar con la exigua esperanza que alguien me oyera y acudiese a socorrerme o darme la vuelta y enfrentarme a lo que encontrase.
No tuve que decidir; desde la cama me llegó su saludo:
― Manuel, ¡Ven a la oscuridad! ¡Ven a mi reino!.
― ¡Jamás!― dije sin girarme al reconocer la voz de Babakó.
― Conmigo nunca volverá a ser de noche otra vez y no necesitarás la luz de una lámpara para iluminarte.
No pude evitar mirarla. Desnuda, se me ofrecía sobre las sabanas. Sus brazos me llamaban a su lado. Tiritando la observé. No pude más que maravillarme de su belleza. La delicadeza de sus piernas, la perfección de sus pechos y la rotundidad de sus caderas, no eran comparables con el azul de sus ojos.
― ¡No!― grité.
― Yo haré de ti mi guerrero. Te colocaré a mi derecha y reinaras sobre los mortales.
Caí de rodillas, llorando. No sabía cuánto iba a poder resistir la tentación, era sobrehumana la atracción que ese ser ejercía sobre mí.
― ¡Nubia!― grité despertándome.
Había sido una pesadilla pero tan real que todavía temblaba. Resoplando por la angustia, revisé la habitación. Las estalactitas, el hielo y la niebla habían desaparecido. Todo había vuelto a la normalidad. El cuartucho era una mierda pero agradecido volví al incómodo catre. El roce de las ásperas sábanas me resultó una caricia. Era real. Acomodándome bajo la colcha, intenté dormir pero no pude dejar de pensar si había sido un sueño.
― Mi Hougan― oí susurrar. Estaba muy oscuro pero, aun así, reconocí la silueta de Vero. No la había oído entrar. ―¿Me has llamado? ―. No tuve tiempo de responder, deslizando los tirantes por sus hombros, dejó caer su vestido al suelo mientras se metía en la cama.
Su bello cuerpo me regaló el calor que necesitaba. Con los brazos en cruz, distinguí como se deslizaba por mi cuerpo mientras sus dedos jugaban con los vellos que pueblan mi pecho. Sabía lo que iba a pasar y aunque mi cerebro intentó rebelarse, mi sexo anticipándose a su llegada, se desperezó irguiéndose sobre mi estómago. La mujer, conociendo de antemano la función que el azar le tenía encomendada, cogió mi extensión con su mano y descubriendo mi glande, recorrió con su lengua todos sus pliegues antes de metérselo en la boca.
Lo hizo de un modo tan lento y tan profundamente que pude advertir la tersura de sus labios deslizándose sobre mi piel, hasta que su garganta se abrió para recibirme en su interior. Sus maniobras desde mi puesto de observación, parecían a cámara lenta. Podía ver como sacaba mi pene para volvérselo a embutir hasta el fondo mientras mantenía sus negrísimos ojos fijos en mí. Era como si esa mamada fuera lo más importante de su vida, como si su futuro dependiera del resultado de sus caricias y no quisiese fallar. Totalmente concentrada y mientras me regalaba el fuego de su boca, sus manos se dedicaron a masajear mis testículos quizás deseando que cuando expulsara mi simiente no quedara resto dentro de ellos.
El placer me llegó en forma de unas intensas descargas que, naciendo en mis pies, recorrieron todo mi cuerpo alcanzando mi cerebro, para terminar bajando y aglutinándose en mi entrepierna. Ella lo notó incluso antes que pasara y forzando su garganta, como si de su coño se tratara, metió hasta el fondo mi pene en cuanto sintió que empezaba a correrme. Lejos de retirarse, disfrutó cada una de mis oleadas, bebiéndoselas con fruición mientras cerraba sus labios para evitar que parte se desperdiciara.
Insaciable, jaló de mi sexo, ordeñándome hasta que dejándolo limpio se convenció que había sacado todo lo que era posible de su interior, entonces y sólo entonces, paró y sonriendo me preguntó si me había gustado.
Nunca le contesté, me había quedado dormido.