La catástrofe de Dyerba

La Batalla de Los Gelves o de Dyerba tuvo lugar en mayo de 1560 y enfrentó en las inmediaciones de la isla de este nombre a la Ilota otomana mandada por Piali Pacha y una armada cristiana con mayoría de tropas embarcadas españolas. Dyerba es un nombre maldito en la historia de España. La isla tiene una superlicie ele 600 km1 y eslá situada en el golfo de Gabes, al sur de Tunicia, en una posición estratégica equidistante de La Goleta, Sicilia y Trípoli, que había caído en agosto de 1551 en manos de Dragut.

El desastre comenzó a gestarse desde la derrota ante la flota de Barbarroja en Preveza en 1538 y la desastrosa expedición a Argel en 1541, al verse España incapaz de atajar el peligro turco.

Piali había devastado en 1558 Menorca y junto con Dragut atacaba constantemente las costas del Levante español. Ante la situación, Felipe II, una vez firmada la paz de Cateau-Cambresis con Francia, tuvo las manos libres para contraatacar en el Mediterráneo y apeló al papa Paulo IV y sus aliados católicos de Italia para organizar una expedición con el objetivo de recuperar Trípoli. La

La expedición desembarcó cerca de esa ciudad, pero la falta de agua, las epidemias y el mal tiempo desaconsejaron el ataque. Entonces, las naves de la coalición se dirigieron a Dyerba (Los Gelves), que ocuparon sin resistencia, y el virrey de Sicilia, Juan de la Cerda, duque de Medinaceli, ordenó que se levantase un fuerte en el norte de la isla. La construcción de la fortaleza se hizo con la creencia de que los turcos no atacarían hasta el año siguiente, pero una gran flota turca de unas 86 galeras al mando de Piali Pacha, se presentó en Dyerba el 11 de mayo de 1560. Los vientos favorables posibilitaron el trayecto desde Estambul en solo 20 días y la fuerza cristiana, cogida por sorpresa, fue incapaz de presentar una resistencia organizada.

En cuestión de horas los turcos hundieron la mitad de las galeras crisüanas, sin contar otros navios que cayeron en sus manos. El resto trató de huir a la desesperada, aunque tenía el viento en contra. Entre los que huyeron estaban los jefes de la expedición: Giovanni Andrea Doria y el duque de Medinaceli.

En el fuerte recién construido quedaron unos 2.000 hombres mandados por Alvaro de Sande, que pronto fue atacado por las fuerzas de Dragut (que se babía unido a la Ilota otomana) y Piali Pacha. Si la flota cristiana había escapado de forma poco digna, aún quedaba la infantería española para defender el sitio y salvar el honor.

La resistencia, sin embargo, no pudo prolongarse mucho. Después de un cerco de tres meses, la guarnición de Dyerba se rindió el 31 de julio de 1560, al apoderarse los turcos de los pozos de agua que la abastecían y después de que Sande intentara una desesperada salida. Unos mil defensores supervivientes fueron aniquilados, y con sus cabezas los turcos levantaron una pirámide de huesos y calaveras recubierta con cal y tierra en la playa. El macabro monumento estuvo visible hasta 1848, cuando a instancias del cónsul británico los restos de los defensores fueron enterrados en el cementerio católico de Houmt-Souk, en el lugar que ocupa hoy el viejo puerto donde estuvo asentada la fortaleza defendida por los españoles.

Las bajas cristianas fueron muy elevadas: 30 galeras, más de 10.000 muertos y 5.000 prisioneros. Los turcos solo perdieron algunas galeras y unos 1.000 hombres.

La iniciativa del monarca hispano se concretó, finalmente, en una coalición formada por las galeras de Sicilia y Ñapóles, más otras arrendadas a Genova, Florencia, el Papa y los Caballeros Hospitalarios, bajo el mando del almirante genovés Giovanni Andrea Doria, sobrino del célebre Andrea Doria, quien colaboró en la empresa y murió poco después a los 94 años.

Las cilras de las fuerzas combatientes son muy dispares. Un cálculo equilibrado podría ser de 54 galeras y 66 naves auxiliares para la armada católica y de 86 galeras y galeotas, del lado turco. Según el historiador Carmel Testa, que tuvo acceso a los archivos de la Orden de Malta, las naves cristianas eran:

—54 galeras —7 bergantines —17 fragatas —2 galeones —28 veleros comerciales —12 barcos pequeños.

Pronto, las cosas empezaron a torcerse. Los preparativos y el embarque de las tropas duraron demasiado, con lo cual se perdió el factor sorpresa, y, además, empeoró el tiempo. De esto se queja en carta al Rey, el 30 de noviembre 1559, un jefe militar experimentado como Sancho de Leyva, que mandaba las galeras de Sicilia:

Yo no he faltado de decir al duque de Medinaceli muchas veces que en la brevedad del tiempo consistía el mayor bien de esta empresa y que la dilación era la mayor dificultad... que no parece que ha habido parte de Italia de donde no se haya traído gente y otras provisiones>>.

Eso da al Turco tiempo para preparar una gran armada en Estambul. Cuando por fin la flota católica parte de Siracusa el Io de diciembre contaba —según Braudel— con 54 naves de guerra y 36 de carga, y una fuerza embarcada de unos 15.000 hombres. De estos, unos 9.000 eran soldados españoles sacados de las guarniciones de Milán, Ñapóles y Sicilia.

Obligado por un temporal, algo frecuente en esa época del año, Doria tuvo que dirigirse a la isla Malta, donde se perdieron unos 2.000 hombres por enfermedad. Por fin, el 10 de lebrero de 1560 la flota se dirigió a Trípoli, defendida por Dragut.

Piali se llevó miles de cautivos de vuelta a Estambul, entre ellos Alvaro de Sande. Con él fueron capturados otros capitanes como Berenguer de Requesens y Sancho de Leyva. Otros perecieron, como Juan de Ovando, Martín de Ulloa,

Álvarez Golfín, Alonso de Escobar, Diego de Paredes, Jerónimo de la Cerda y muchos más.

Gracias a los esfuerzos del embajador austríaco en Estambul, Alvaro de Sande fue rescatado años más tarde y alcanzó a luchar otra vez contra los turcos en el Gran Sitio de Malla de 1565.

Castigo de Dios

La matanza de Dyerba representa la cima del poder naval otomano en el Mediterráneo. Al conocerse la derrota cundió el pánico en España e Italia. Orán estuvo a punto de ser abandonado, como Menorca, por considerarse ambas plazas de imposible defensa. Hasta el fracaso turco en el sitio de Malta no se inicia el cambio de ciclo, pero el prestigio de Felipe quedó seriamente quebrantado.

Sancho de Leyva, preso en Turquía, escribió al rey que el desastre era un castigo del cielo, y verdaderamente así se lo pareció a muchos. El 1 de octubre, tras costear Sicilia y arrasar los Abrazos, el almirante turco Piali Pacha entró triunfalmente en Estambul a bordo de la galera almirante

... seguida de quince galeras de un rojo rutilante y por todo el resto del cortejo — como relata un embajador citado por Braudel—, en medio de las salvas de arti-lleria, los vítores de la multitud y el estrépito ensordecedor de tambores y trompetas.

Con la derrota de Dyerba las costas italianas y españolas volvieron a vivir en la angustia, esperando el próximo ataque de la armada otomana. Se rumoreaba insistentemente que España estaba dispuesta a abandonar Orán, con lo que la pérdida de la Goleta se daba también por segura.

No todas las consecuencias de Dyerba, sin embargo, fueron negativas. El desastre colocó a Felipe II frente a lo que debía de ser su principal misión en el Mediterráneo: hacerse «señor de la mar», y lo obligó a reaccionar. El mismo año de la derrota (.1560) España empieza sus trabajos de reconstrucción marítima, que se extienden desde Palermo y Mesina, por todas las costas de Italia occidental y el litoral español.

La ilota de Felipe 11 era en realidad un conjunto de diversas flotas, como correspondía a una monarquía compuesta de muchos reinos. Había cuatro escuadras de galeras: España, Nápoles, Sicilia, y las genovesas de los Doria, que estaban a sueldo. A esta fuerza se unían ocasionalmente las galeras de Saboya, Tos -cana, el Papado y la Orden de Malta. En 1560 la armada filipina se componía de 154 navios de guerra, de los cuales 47 eran galeras.

Casona solariega de la familia de Alvaro de Sande. en /aide fuentes (Cace res).

La reacción de los arsenales de Italia para reconstruir la flota tras la derrota de Dyerba

fue inmediata. Resuelto el problema del dinero, Felipe II contaba con todos los astilleros y mano de obra del Occidente cristiano para armarse convenientemente.

El mayor esfuerzo de España se produjo a finales de 1561 y supuso la reanudación de las actividades en los astilleros de Barcelona. En marzo de 1562 se contaba ya con unas 70 galeras, la mitad destinadas a España y otras tantas a Italia; y en septiembre de 1564 se pudieron reunir unas 100 galeras entre las costas de España y África. A finales de 1564 los astilleros españoles trabajaban sin descanso y se habían sobrepasado con creces los efectivos navales de 1560.

La recuperación hispánica estuvo favorecida por la inactividad del grueso de la armada turca entre 1561-1564 debido a las guerras en Persia y a problemas internos, aunque Dragut y los corsarios argelinos siguieron con sus habituales correrías. No faltaron tampoco otros desastres, como la destrucción por un temporal en La Herradura, cerca de Nerja, de la flota de galeras de Juan de Mendoza destinada a llevar hombres y provisiones a Orán, pero en conjunto fueron cuatro años bien aprovechados por España, que —como un boxeador que se levanta de la lona y toma resuello— pronto se lanzó a devolver el golpe.

Nuevo sitio de Oran

El revés de Los Gelves, y sobre todo la pérdida de la flota de galeras de Juan Mendoza en La Herradura cuando iba a llevar refuerzos a Orán, animaron a los argelinos de Hassán Bajá a sitiar esa plaza en 1562. Conquistada por Pedro Navarro, la caída de la ciudad, la más importante que España tenía en África, hubiera tenido consecuencias funestas, ya que —además de la evidente pérdida de prestigio para la Monarquía española— habría eliminado cualquier posibilidad de defensa activa del litoral sureste peninsular.

EL DESASTRE DE LOS GELVES V 1560

El sitio duró dos meses y por fortuna para las amias hispanas la plaza estaba gobernada por el conde de Alcaudete, bien secundado por su hijo Martín de Córdoba, defensor del fuerte y la rada de Mazalquivir, llave de Orán. Ambos realizaron una admirable defensa que permitió la llegada de socorros desde España e Italia.

Al contrario que en otras ocasiones, los auxilios enviados por el Rey alcanzaron a tiempo su destino. Una flota cristiana, con las galeras de España al mando de Alvaro de Bazán, más otras que enviaron Genova y Malta, se concentró en Cartagena y a principios de junio de 1563 logró aportar los refuerzos necesarios al conde Alcaudete, con lo que se pudo romper el cerco.

Así contó el suceso Felipe 11 al obispo Quadra por carta:

Lo que ha sucedido es que el rey de Argel comenzó a batir Mazalquivir a los 8 de mayo y a los 22 dio un asalto y lúe rebutado con pérdida de harta gente, y lo tornó a batir por otra parte, hasta los 2 de Junio, que le dio otro asalto (...) Y los de dentro se defendieron tan valerosamente que los rebinaron y hicieron retirar, y les mataron muchos y hirieron tantos que enviaron 8 galeotas cargadas de heridos a Argel. Después, a los 6, les dieron otro asalto y también lueron rebinados. Y a los 8 deste llegó nuestro socorro que enviamos desde Cartagena. Y las velas de los enemigos que allí estaban, entendiendo que iban más galeras, se fueron huyendo hacia Argel. Y el rey con su ejército, en descubriendo nuestra aunada, se retiró a tanta prisa que perdió toda la artillería con que se batía y los nuestros socorrieron a Mazalquivir y a Orán, que tenían harta necesidad.

El eco que la victoria de Orán despertó en España queda patente por las sendas obras de teatro que Cervantes y Lope de Vega dedicaron al hecho, pero desde el punto de vista histórico, lo más interesante de este sitio —comenta

Bandera de los Tercios Viejos

Bandera Real de España reinado de Feupe II, 1556 - 1598

Bandera Imperial. 1517 - 1844

Bandera de batalla 1500 - 1793

Armada otomana 1453 - 1793

Orauz

Bandera del Ai mirante 1453-1793

Armada otomana 1453 - 1793

(?) Medina

4. El apogeo otomano


OCHO COMEDIAS Y OCHO ENTREMESES NVEVOS

Braudel—, no fue tanto la conducta heroica de Alcaudete y sus soldados, sino la rapidez con que llegó la ayuda y la perfección con la que trabajó el engranaje logístico de la empresa.

Animado por esta victoria, Felipe II se planteó la conquista de Argel, que hubiera supuesto la eliminación del peligro principal para España en el norte de Africa. El monarca acude a las Cortes castellanas, reunidas en Madrid, en demanda de dinero para la empresa, pero los representantes castellanos se muestran reacios. Castilla está ya al límite de sus fuerzas, y las sesiones de las Cortes se alargan hasta que el Rey, muy contrariado, las disuelve. Argel —para desgracia hispana— seguirá en manos turcas.

La conquista de Vélez de la Gomera

Recién tenninada la defensa de Oran, el grueso de la flota hispana, al mando de Sancho cíe Leyva, intentó un ataque por sorpresa al Peñón de Vélez de la Gomera. Aunque la primera tentativa fracasó, Felipe II tenía ya en mente la conquista de esta plaza: un islote pegado a la costa del Rif y activo nido de piratas, y en cuanto reunió fuerzas se puso de nuevo a ello.

A pesar de su pequeña extensión (un peñasco de algo más de 350 m de largo y 100 de anchura), el Peñón —hoy unido al norte de África por una estrecha franja arenosa— tuvo gran importancia en tiempos pasados como base de actividad corsaria. Aunque había sido conquistado por Pedro Navarro en 1508, volvió a perderse en diciembre de 1522 ante la acometida corsaria, y desde entonces, dada su proximidad a la costa española y a las líneas de comunicación de Sevilla, servía de trampolín y refugio a las piratas que asolaban el litoral español.

Tenninada la campaña, el grueso de la armada retornó a Málaga, donde fue recibida con triunfal algarabía, mientras Alvaro de Bazán se quedaba en aguas del Peñón, patrullando la zona hasta la llegada del otoño.

Tetuán

Tras la toma de Vélez de la Gomera, García de Toledo propuso al Rey continuar los ataques sobre los nidos de piratas que aun quedaban en el litoral marroquí. Con esta idea, le sugirió bloquear el río Martín de Tetuán, donde se refugiaban los corsarios berberiscos, hundiendo varios barcos en la boca para inutilizar su uso navegable.

El monarca consultó el plan con el almirante Alvaro de Bazán, quien se ofreció a comandar la operación con seis galeras y cuatro bergantines. El Rey accedió y Bazán comenzó los preparativos secretos desde Sanlúcar. Pero el secreto duró poco tiempo. Alertados los magrebíes por espías ingleses, los corsarios pudieron preparar la defensa, aunque el descubrimiento del plan no hizo que Bazán abandonara el empeño. Sus planes se vieron favorecidos con el refuerzo de dos bergantines que le proporcionaron desde Ceuta (plaza portuguesa entonces) y 300 arcabuceros del gobernador de Tánger.

Bazán zarpó de Gibraltar el 6 de marzo de 1565, recaló en Ceuta y amagó un desembarco en Tetuán, que sus enemigos habían previsto, pero aun así consiguió hundir cuatro barcos en la desembocadura del río y lo cegó.

Decidido a acabar con el problema, Felipe II reunió en la primavera de 1564 una gran fióla de tropas y galeras de España e Italia, en la que también participó Portugal, que puso a las órdenes de García Álvarez de Toledo y Osorio, marqués de Villafranca nombrado Capitán General de la Mar en febrero de 1564.

Esta flota —que llegó al Peñón el 31 de agosto— se concentró primero en Pal amos, que era un importante puerto en la época, donde se unieron las galeras de España que mandaba Alvaro de Bazán, y desde allí zarpó hacia Málaga, donde se reunió la totalidad de los efectivos.

El Peñón de Vélez de la Gomera, un islote desde el que ¡os piratas amenazban la costa española.

En total eran 16.000 soldados con 15 galeras de Álvarez de Toledo, 8 de Portugal al mando del renombrado Francisco Barreto, 7 de Marco Antonio Colonna, 12 de Giovanni Andrea Doria, 13 de Sancho de Leyva, 10 de la escuadra de Sicilia, 7 de Alvaro de Bazán, que transportaba la artillería, y 10 del duque de Florencia, sin contar un buen número de barcos de carga.

Con gran riesgo, Bazán fue enviado para reconocer las delensas del Peñón y determinar el mejor punto de ataque, y García de Toledo tomó la decisión de acometer por el llamado castillo de Alcalá. Este asalto se encomendó a la infantería al mando de Juan de Villarroel y del maestre de campo italiano Chiappino Vitelli. Conquistado el castillo, intervinieron los tercios españoles del veterano

Cumplido el objetivo con la protección de los arcabuceros, la escuadra española se retiró con escasas bajas (34 entre muertos y heridos), después de infligir un duro castigo a los berberiscos.

Luis de Osorio.

Cuando la infantería consolidó sus posiciones, Bazán desembarcó la artillería de sitio, que produjo un efecto demoledor en las defensas. Tras un duro bombardeo, el Peñón se rindió a García de Toledo, quien mandó destruir la mayor parte de las murallas y dejó una guarnición de 300 soldados y 400 artilleros al mando del capitán Diego Pérez Arnalte.

El sitio de Malta

5. El contraataque

El asedio de Malta fue la última operación de gran envergadura ordenada por Solimán el Magnífico. La isla, a menos de 100 kilómetros del sur de Sicilia, tenía una importancia estratégica extraordinaria para el dominio del Mediterráneo central y la defensa de la Europa meridional cristiana.

(Arriba) Mapa de Piri liéis.

(Abajo) La isla de Alalia con La ¡alette y el fuerte de San Telmo en primer término.

La Orden de Malta realizaba continuas acciones corsarias contra las naves turco-berberiscas, y en uno de estos abordajes los caballeros malteses capturaron un navio turco en el que iban valiosas mercancías, adquiridas en Venecia para la hija preferida de Solimán. A partir de entonces —cuentan algunas crónicas— ja princesa no dejó de insistir a su padre para que vengara la humillación.

Malta tiene 245 km2, la mitad que Ibiza, con un excelente puerto que la Orden de San Juan había fortificado y enriquecido con hermosas iglesias y palacios. La isla había sido otorgada por Carlos V a los caballeros sanjuanistas tras su expulsión de Rodas, con la obligación simbólica de que le enviaran todos los años, en el día de Todos los Santos, un halcón maltes.

Hacia finales de 1564 llegaron a Malta noticias sobre los preparativos turcos de invasión, algo que no sorprende demasiado si tenemos en cuenta que la isla se consideraba la base de partida para la conquista de Italia, y sobre todo de Roma, la cabeza de la Cristiandad, un sueño que los turcos acariciaban desde largo tiempo.

Francia —que tenía pacto con Solimán— no quiso colaborar en la defensa de la isla, y Venecia había firmado una tregua con los turcos, con lo que España tuvo que cargar casi en solitario con el socorro a Malta.

En la primavera de 1565 las escasas fuerzas de la Orden con que contaba el gran maestre Jean Panisot de La Valette recibieron refuerzos del virrey de Sicilia, García de Toledo, y a mediados de mayo aparecía la escuadra turca de Piali Pacha y Dragut. Eran 170 galeras y 200 naos que llevaban a bordo unos 40.000 soldados, la mayoría jenízaros. La mejor tropa del sultán.

El 18 de mayo los turcos iniciaron el desembarco. La isla quedó en sus manos, excepto la capital, defendida por tres poderosos fuertes: San Telmo (que dominaba el acceso al puerto y la ciudad antigua), San Miguel y San Ángel. La Valette organizó una defensa en profundidad bien escalonada, que tenía como bastiones más importantes los tres fuertes citados.

Durante tres meses y medio, la brava resistencia impide a los turcos tomar la ciudad, a pesar de haber conquistado el 23 de junio, tras un mes de asedio, el castillo de San Telmo, construido sobre roca viva. Perecieron todos los sitiados, pero la encarnizada lucha rebajó la moral de los turcos, y a las elevadas pérdidas se añadió una epidemia de tifus.

La pérdida de San Telmo quedó compensada con el desembarco de 600 soldados españoles que el 30 de junio consiguió realizar Juan de Cardona, comandante de las galeras de Sicilia, lo que puso de manifiesto que el cerco otomano era vulnerable. Los turcos, muy alejados de sus bases, y debido a la pobreza de la isla, habían agotado sus provisiones y calcularon mal el tiempo que les llevaría la empresa.

Las tropas de socorro, integradas por los tercios viejos de Italia y las naves de Alvaro de Bazán, no desembarcaron hasta el 7 de septiembre y a partir de ahí se decidió la victoria cristiana.

Personaje decisivo en esta batalla fue Alvaro de Bazán, «el marino más capacitado que tenía en aquel momento la Monarquía católica», en palabras del historiador Fernández Alvarez. Bazán volvía de reforzar Orán y cumpliendo órdenes del Rey llevó sus galeras a Italia desde Barcelona. El 6 de julio está en Genova, donde embarcó el tercio viejo de Lombardia que mandaba Sancho de Londoño, la única fuerza capaz de medirse con los jenízaros. El 21 de julio llega a Nápoles y el 5 de agosto se reúne en Mesina con las fuerzas de García de Toledo (por esas fechas ya muy enfermo de gota), y las tropas del maestre de campo, Gonzalo de Bracamonte, que estaban en Córcega; las de Sancho de Londoño, desde Lombardia; y las de Alvaro de Sande, procedentes de Nápoles. También empezaron a llegar.

Viendo que la conquista de la isla se prolongaba más de lo previsto, los sitiadores se vengaron. Arrancaron el corazón a todos los caballeros de Malta caídos en el combate y los clavaron en una cruz que levantaron ante los muros del castillo de San Miguel. Los sitiados respondieron cortando las cabezas de los turcos prisioneros y utilizándolas de proyectil en los cañones. de refuerzo algunas galeras del papado, del duque de Florencia y de Genova. El Papa Pió IV envió además tropas al mando de Pompeyo Colonna y aportó 100.000

Cuadro de Mateo Perez d'Alecciodonde se representa desembarco turco en

Alvaro de Bazán fue el encargado de trasladar el grueso de la armada española que se encontraba en Málaga. Con gran rapidez, embarcó en Cartagena a 1.500 hombres en 19 galeras, y tras hacer escala en Barcelona y Genova, llegó a Ñapóles, donde se concentraba la mayor parle de la flota de socorro.

El Consejo de guerra de la armada cristiana se mostraba indeciso sobre si era posible desembarcar en Malta a la vista de la poderosa ilota turca. Pero Bazán se mostró decidido. Su plan era sencillo: acondicionar solo 60 galeras y con 10.000 soldados desembarcar por sorpresa y llevar ayuda a los sitiados. La idea era «echarlos en la isla con sesenta libras de vituallas cada uno en los sacos, que carne ya encontrarán en tierra, allí se les juntarían seguramente otras gentes de la isla, con lo que los turcos levantarían el asedio no osando aguardarlos».

Cuando algunos comandantes le objetaron que el plan era demasiado arriesgado, Bazán dejó claro que en tocia acción de guerra siempre tiene algo que decir la fortuna, aunque es preciso propiciarla, contando con el cálculo correcto y la audacia. No en vano Napoleón exigía de sus generales que tuvieran «suerte», como una cualidad más. «Tengo aprendido de Horacio —diría Bazán—, y la propia experiencia me lo ha confirmado que en las empresas, después de haber pesado bien las circunstancias hay que dejar siempre algo a la fortuna.»

Oleo de Mateo Perez d’Aleccioen el que se compendia todo el asedio.

García de Toledo tardó 15 días para aprobar el plan. Por fin, el 21 de agosto zaipó la Ilota de Mesina, pero el estado del mar no era bueno y hasta el 7 de septiembre no lograron desembarcar las tropas españolas al mando de Alvaro de Sande, jefe del tercio viejo de Ñapóles. Contribuyó en buena medida a la victoria la puntual información que García de Toledo tuvo de la situación de la plaza sitiada. Destacó en este cometido el capitán Andrés Salazar quien, en una misión casi suicida, consiguió romper el cerco y ponerse en contacto con los defensores, a quienes prometió ayuda rápida. Cuando Salazar regresó a la escuadra cristiana, pudo infonnar con exactitud del estado y moral de los sitiados, lo que permitió a García de Toledo saber que no podrían resistir mucho tiempo y acelerar así el socorro de la plaza.

El 6 de septiembre de 1565 desembarcaron los refuerzos y se confirmaron las previsiones de Bazán, ya que a los turcos, muy debilitados por el asedio, no les dio tiempo a reembarcar para combatir a las galeras de García de Toledo. La batalla naval resultó muy favorable a los españoles, y los sitiados organizaron entonces una salida que dispersó a los turcos. La mayoría huyó en desbandada hacia la costa y solo algunos consiguieron ganar las naves, ahogándose muchos.

Siete días más tarde Malta era liberada y la flota otomana se retiró derrotada con muchas bajas, entre ellas Dragut, que murió de un cañonazo. Estambul quedaba lejos, y con el otoño en puertas era muy difícil que los sitiadores pudieran recibir refuerzos. Se calcula que perecieron unos 30.000 soldados turcos.

Muchos fueron los capitanes españoles que se distinguieron en Malta. Además de Alvaro de Bazán y García de Toledo, tuvieron relevante actuación los jefes de los tercios españoles embarcados: Sancho de Londoño, Alvaro de Sande y Gonzalo Bracamonte.

El alborozo con que la victoria se acogió en la cristiandad contrastó con la amargura que se vivió en el lado turco. Un cronista relata que en Estambul «los cristianos no pueden caminar por las calles de las pedradas que los turcos les tiran, que andan llorando quien la muerte de su hermano, quien de su hijo, quien de su marido y amigos...».

Mateo Perez d'Alecciorepresenta la retirada turca de de Malta hostigada por la fuerza cristiana.

Solimán ai frente de su ejército en una de sus amt in uas campañas.

Muerte de Solimán

De la expectación que el sitio de Malta levantó en España da idea el intento que realizó don Juan de Austria para incorporarse a la contienda en contra de los deseos de su hennano el Rey.

Deseoso de entrar en lid, se fugó de su residencia en Galapagar y alcanzó la costa catalana, donde fue detenido por un enviado de Felipe 11 que le transmitió el enlacio del monarca. Disgustado, el futuro vencedor de Lepanto regresó a Madrid, pero su inquietud heroica apuntó en ese mo -mentó y ya no dejaría de crecer hasta que le llegó la muerte en Flandes.

Tres años después de la gran victoria de Malta, el Rey nombró a Bazán capitán general de las galeras de Ñapóles, con la misión de limpiar de corsarios berberiscos las amenazadas costas del sur de Italia. Desde ese puesto el almirante español realizó una enorme tarea en la puesta a punto y construcción de nuevas naves en los astilleros napolitanos, que llegaron a superar a Genova en cantidad y calidad de barcos producidos.

De resultas de esta victoria, el emperador Maximiliano II de Austria se negó a seguir pagando el tributo anual a los otomanos, aunque más tarde volvería a hacerlo. El fracaso turco en Malla supuso también la última oportunidad que tuvo Solimán el Magnífico para cerrar su carrera militar con un triunfo sonado. Al año siguiente, el gran visir, Sokollu Mehmed Pacha, lo convenció para que emprendiera una expedición de castigo contra Transilvania por algunas incursiones que las tropas austríacas habían hecho contra territorio turco. El sultán más importante de la historia turca murió durante la batalla de Szigétvar, cuando sus tropas sitiaban la fortaleza húngara de ese nombre, sin que exista certeza sobre la enfermedad que lo llevó a la tumba. Probablemente lúe una apoplejía, aunque también se especula con la disentería o la gola.

Selim II, hijo de Solimán habido con Roxelana. Poco interesado en los asuntos de Estado, tuvo la suerte de contar con un gran visir muy competente, Sokollu Mehmed,

Algunos historiadores, sobre todo italianos, han reprochado a García de Toledo que se moriera con demasiada lentitud para socorrer a Malta. La crítica, además de injusta, manifiesta un gran desconocimiento de la logística naval que afrontaba la armada hispánica en el Mediterráneo. Es evidente que el comandante en jefe español estaba obligado a actuar con cautela, después del desastre de Dyerba. Como señala Braudel, perder Malta hubiera sido un desastre para la cristiandad, pero la pérdida de la Ilota española habría puesto a España en peligro irremediable.

Por otra parte —añade el historiador [ranees—, tratándose de la lucha entre el Mediterráneo occidental y el oriental, no debemos olvidar que este es más fácilmente navegable que aquel, y que, en la concentración de las Ilotas hispánicas, el golfo de Lyon es un obstáculo bastante más difícil que el mar Egeo, sembrado de islas. A la rapidez de la concentración no se oponía solamente el espacio, sino que se oponían también las múltiples tareas de policía, transporte y aprovisionamiento que era necesario realizar en el Mediterráneo occidental, amenazado en todos sus puntos por los corsarios.

En 1568 Turquía consiguió por el Tratado de Adrianópolis que el emperador Maximiliano 11 accediera a seguir pagando el tributo anual de 30.000 ducados, además de ceder los territorios de Moldavia y Valaquia.

Tras una desastrosa y corta guerra con Rusia en los janatos de Astrakán y Kazán y en el mar de Azof, el zar Iván IV Terrible y el sultán firmaron un tratado de amistad en 1570. Ese mismo año, en enero, el corsario Uluch Ali, sucesor de Dragut, recupera la ciudad de Túnez para los otomanos. Previamente, en 1569, Turquía cierra otro acuerdo con el rey cristianísimo Carlos IX de Francia que permite a la Ilota turca utilizar Tolón, y en 1571 los otomanos se lanzan a conquistar Chipre, una isla rica y por tanto un objetivo económico importante para rellenar

Conquista de Chipre

A Solimán el Magnífico lo sucedió su hijo Selim (Selim II), habido con Roxelana, que gobernó el Imperio otomano desde 1566 hasta su fallecimiento en 1574. Selim fue un crápula dedicado a sus orgías y al harén, con muy poco interés por lo militar. Pero tuvo la suerte de contar con un gran visir muy competente, el citado Sokollu Mehmed, que dirigió con acierto de los asuntos de Estado y continuó la expansión del Imperio, las arcas del Estado otomano.

La conquista de Chipre formaba parte de la estrategia turca para romper el llamado «cordón veneciano». Cefalonia había sido conquistada por el Gran Capitán a principios del siglo xvi y entregada a Venecia, que con esa isla y otras próximas controlaba la puerta de entrada al Adriático. Para apoderarse de las importantes islas y plazas que aún mantenía la República del Adriático en el Mediterráneo orienta!, el Imperio otomano contaba con una gigantesca armada y un formidable ejército que se había recuperado de la derrota en Malta. Chipre, principal bastión cristiano en el Mediterráneo oriental, era el primer asalto de ese plan estratégico cuyo resultado, dada la desproporción de * medios, acabó con la hegemonía veneciana en el Mediterráneo oriental.

Mapa de la isla de Chipre (Piri Reís).

El 11 de febrero b de 1570 el gobierno otomano presentó un ultimátum a Venecia. Turquía exigía a los venecianos la cesión de Chipre, alegando derechos que se remontaban a 1517 por el tratado firmado entre la República y el sultán Selim I.

Venecia rechazó el ultimátum, y en julio de 1570 las tropas turcas desembarcan en el puerto de Lamaka. El 9 de septiembre los jenízaros dirigidos por Mustafá Pacha toman Nicosia al asalto y once meses más tarde se rinde Famagusta.

El papa Pió V propone a la cristiandad una alianza con el objetivo de frenar a los otomanos, y busca el apoyo de una serie de países que se agrupan en una Santa Liga. Cuatro años tardó el papado en conseguir esta coalición, iniciada con la recaudación de impuestos en más de 300.000 parroquias y más de 150.000 conventos. En la Liga estaban España, Genova, Venecia, el Papado, la Orden de Malta y una serie de ducados italianos. Francia, que seguía aferrada tenazmente a su alianza con Turquía, era la gran ausente, y todos los esfuerzos por integrarla en el bando católico resultaron inútiles. Tampoco participaban Portugal ni Austria, que mantenía una frágil tregua con los otomanos en Europa Central.

Antes de que la Santa Liga quedara proclamada formalmente el 25 de mayo de 1571, los estados católicos europeos formaron una armada para impedir la conquista turca de Chipre. La flota combinada se reunió en el puerto de Suda, Creta, y la integraban 50 galeras españolas mandadas por Giovanni Andrea Doria; 136 galeras, 11 galeazas y 14 naves auxiliares venecianas, al mando de Jerónimo Zanne, Antonio de Canale y Jacobo Celsi; más 12 galeras pontificias comandadas por Marco Antonio Colonna. En total, una gran armada de 198 galeras y 11 galeazas, con 1.300 cañones y 48.000 hombres, entre los que se cuentan 16.000 soldados de tropa embarcada. Suficiente, sobre el papel, para pararle los pies al sultán. Pero, como de costumbre, pronto surgen rifirrafes entre los comandantes de las escuadras cristianas, lo que retrasa la intervención. Los turcos, entretanto, rio pierden el tiempo y continúan avanzando en Chipre.

Sokollu Í Méhí&eÉ,visir de Selim i!.

En vista de los desacuerdos, el almirante Doria regresa a Sicilia, y pronto le sigue el resto de la flota. Pero durante el viaje un temporal hunde 14 galeras venecianas.

Torpemente, el Papa y Venecia culpan a Doria y España del fracaso, cuando el motivo real que impidió ayudar a Chipre, aparte las rencillas de los jefes cristianos, fue el mal estado de las tripulaciones y galeras venecianas, con la considerable desventaja táctica que eso suponía.

La primera luerza de invasión turca en Chipre estaba al mando de Piali Pacha, a la que se unió otra bajo el mando de Alí Pachá. Eran, en total, unos 56.000 hombres, con 6.000 jenízaros, y tres semanas más tarde llegaron otros 14.000 soldados mandados por Mustafa Pachá, con lo que la superioridad numérica otomana se convirtió en aplastante.

Cuando en septiembre de 1570 cae Nicosia, los turcos incumplen el plan de capitulación y más de 20.000 personas mueren en el brutal saqueo que siguió a la conquista de la ciudad. Los supervivientes fueron vendidos como esclavos y el gobernador Dándolo fue decapitado. Un mes antes, en agosto, había capitulado la lortaleza de Famagusta y en represalia por la muer Le de un grupo de peregrinos musulmanes a manos de los venecianos, el gobernador Tiépolo fue ahorcado, y el comandante militar de la plaza, Marco Antonio Bra-gaclín, desollado vivo. Su piel rellena de paja fue colgada del fanal de la galera de Mustafa Pachá.

Las noticias sobre estas atrocidades corrieron por Europa pero, aun así, el avance turco no impidió que continuaran las desavenencias entre los comandantes cristianos. Los venecianos odiaban a los genoveses y tampoco se llevaban bien con los españoles. Cuando, finalmente, cae Chipre, el fracaso provoca la ira de Pío y que negocia con españoles y venecianos para acelerar la proclamación de la Santa Liga y acabar de una vea con la expansión turca en el Mediterráneo. Las discusiones se centran en la financiación, misiones y duración de la Liga. Los venecianos quieren restringir el esfuerzo al Mediterráneo oriental, mientras que los españoles desean que la Liga intervenga en las costas del Magreb.

Conquista turca de Famagusta, en

Por fin, se alcanza un compromiso en mayo de 1571 por el que se acuerdan los siguientes puntos:

—La duración de la Liga sería i! i mi-tada.

—La Liga se emplearía para atacar a

Turquía y las plazas corsarias del norte de África.

—La anuada de la Liga estaría preparada para entrar en acción en abril de cada año.

—España sufragaría la mitad de los gastos, Venecia una tercera parte y el Papado el resto.

—El generalísimo de la Liga sería don Juan de Austria, que enarbolaría el estandarte de la alianza, y cada nación participante (Venecia, la Santa Sede y España) tendría un capitán general.

—Ninguna de las partes podría ajustar paz con el enemigo por separado, sin participación y acuerdo de las otras dos.

Una vez conquistada Chipre, la escuadra turca se dedicó a devastar los puertos venecianos del Adriático, y en la primavera de 1571 se concentra en Negro-ponto y ataca las costas de Creta, todavía colonia veneciana. También por esas lechas, la Ilota de la Liga, unas 200 galeras y 50.000 hombres completaba sus últimos preparativos. En septiembre la armada otomana sigue hostigando el Adriático, y a ella se une la flota de los corsarios berberiscos al mando de Uluch

Alí. El almirante turco Alí Pacha arrasa Corfú y desde allí dinge su flota al golfo de Lepante para aprovisionarse.

La rebelión de los moriscos

El nombramiento de don Juan de Austria como generalísimo de la Santa Liga no se debió solo a que España fuera el mayor contribuyente en hombres y dinero a la empresa, sino también al prestigio militar recientemente adquirido por ei hermanastro de Felipe II en la campaña para aplastar la sublevación de los moriscos españoles, también conocida como Guerra de las Alpujarras.

Ya en febrero de 1568, el corsario Uluch Alí había conseguido reunir en Argel un ejército de 60.000 guerreros bereberes y 14.000 soldados turcos para apoyar la sublevación morisca en las Alpujarras y ocupar Oran, pero la operación fracasó porque fue descubierta a tiempo por el servido secreto de Felipe II, que era el mejor de la época.

En enero de 1569 los barcos argelinos consiguen desembarcar armas y municiones en Almería, pero el abastecimiento a los moriscos sufre un gran revés cuando una flota de 30 galeras y varios transportes es destruida por un temporal.

En octubre de ese mismo año varios cargamentos de annas y munición consiguen llegar a manos de los sublevados, y varias compañías de jenízaros se unen a ellos. Sería la primera y única vez en la que tropas turcas combatieran en suelo peninsular español, aunque en escaso número. El jefe corsario Uluch Alí prepara en abril de 1570 la invasión de España con apoyo turco, pero desiste cuando tiene noticia de los planes de la Santa Liga en el Mediterráneo orienta!. A partir de ahí los moriscos quedaron aislados y sin ayuda exterior. Su suerte estaba echada.

El alzamiento de los moriscos granadinos —señala el historiador Fernández Alvarez— hunde sus raíces en las disposiciones tomadas por Felipe 11 tras el Concilio de Trento. Cuando el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, pasa por Roma antes de regresar a España, una vez concluido el Concilio, el papa Pío V le muestra su extrañeza por el estado de su diócesis, «la menos cristiana de toda la Cristiandad», y le pide que ponga remedio inmediato a la situación. El arzobispo habla con Felipe 11 y convoca un sínodo de los obispos de Málaga, Guadix y Almería. La decisión se concreta en poner en marcha un plan que era preludio seguro de insurrección musulmana en España. Suponía la eliminación de las prácticas religiosas y costumbres de los moriscos, incluyendo la prohibición de utilizar la lengua árabe y los escritos en ese idioma, algo que —dado el desconocimiento total que algunos tenían del castellano— les imposibilitaba incluso la comunicación natural entre ellos.


Portada de Historia del rebelión y castigo de los moriscos del rey no de Granada, Málaga,

Esta decisión radical, proclamada por el monarca a comienzos de 1567, bajo la presión de una lucha implacable contra el poder turco-berberisco en el Mediterráneo que estaba destrozando la costa española, coincidía con el término del decreto otorgado por Carlos V en 1526, según el cual las disposiciones para obligar a los moriscos a abandonar su forma de vida se suspendían durante 40 años.

La reacción de los moriscos estaba cantada y no se hizo esperar, aunque en principio intentaron apelar por vía judicial ante la Chancillería de Granada. Alegaban que era imposible cumplir la orden del rey a corto plazo, ya que muchos moriscos no conocían otra lengua que el árabe. En cuanto a la supresión de vestimenta y costumbres ancestrales, no lo consideraban de justicia, puesto que no afectaba a la religión y la mayoría morisca se declaraba cristiana, aunque en la práctica siguiera practicando en privado la fe islámica.

El descontento se fue generalizando y muchos moriscos huyeron a los montes, se hicieron bandoleros (los monfíes) y mantuvieron contacto con los corsarios berberiscos que pululaban en la costa granadina y alménense. Entre tanto, en la Corte española, no todos eran partidarios de la «línea dura» preconizada por el monarca. El marqués de Mondéjar advirtió al Rey de que la aplicación estricta de los edictos conduciría a un levantamiento, y de la misma opinión era el Consejo de Guerra, aunque Felipe II contaba con el apoyo del Consejo de Estado y la Junta de teólogos.

Pronto, el levantamiento tomó forma impulsado por Faraax-Ben-Farax. La conjura se inició en el barrio granadino del Albaicín y se proponía ocupar por sorpresa de Granada y enviar emisarios a los focos corsarios de Marruecos y al bey de Argel para obtener su apoyo. Como jefe de la rebelión fue elegido Femando de Córdoba y Válor, de familia morisca noble y miembro de la corporación municipal granadina. Reconvertido al islam, adoptó el nombre de Muley Mohammed Aben Humeya y se declaró rey sucesor de los antiguos Omeyas que instauraron el califato andalusí en el siglo ix.

Las hostilidades se iniciaron el día de Navidad de 1568, cuando Farax-abén-Farax sembró la alarma al entrar en Granada con una fuerza annada, pero fracasó en su intento de que prendiese la sublevación en el Albaicín, habitado mayormente por moriscos.

La guerra, además de ser pródiga en episodios de extrema crueldad, se prolongó mucho más de lo esperado, en parte por las desavenencias entre los marqueses de Mondéjar y de Véíez y la complicada orografía del terreno. Los moriscos lucharon bravamente y a la desesperada, sabiendo que su resistencia no tenía marcha atrás y nunca serían perdonados. Aunque las Alpujarras se convirtieron en el foco principal de la resistencia musulmana, se combatió también en la serranía de Ronda y en la costa, donde los rebeldes intentaron apoderarse de Almuñecar y Salobreña, dos puertos desde los que esperaban recibir la ayuda exterior que necesitaban de sus hermanos de religión norteafricanos, pero esa ayuda resultó muy escasa por la elicaz acción de las galeras españolas que patrullaban el litoral.

Para superar las diferencias entre Mondéjar (partidario de una política de moderación) y Vélez, Felipe 11 nombró generalísimo de las fuerzas cristianas a donjuán de Austria, asistido por Luis de Requesens, hombre de confianza del rey. Las disensiones no fueron exclusivas del bando cristiano. Surgieron también y fueron muy enconadas en el bando morisco y culminaron en el asesinato de Aben Humeya a manos de Aben Aboo, quien se proclamó su sucesor y nombró jefe militar a El Habaquí, que también acabó asesinado.

La sangrienta contienda se desarrolló entre los años 1569 y 1570, y se extendió desde la sierra de Ronda, al oeste, hasta la sierra almeriense de Gádor, en el este. A principios de enero de 1569 la resistencia morisca se extendía por toda esa zona, y tenía sus puntos fuertes en los pueblos de Bubión, Juviles, Paterna, Andarax, Huécija y Benahaclux. Los sublevados cercaron Órgiva, pero no pudieron tomarla y fue ocupada por el marqués de Mondéjar. Desde Órgiva, Mondéjar recuperó las plazas de Juviles, Bubión y Paterna y liberó a cientos de prisioneros cristianos. Al mismo tiempo, desde el este, con las milicias urbanas de Murcia, el marqués de Vélez tomó Huécija y Andárax, en la sierra de Gádor; y desde Almería, García de Villarroel se apoderó de Benahadux. Pero los moriscos se hicieron fuertes en otros puntos, como Galera, Betja y Adra, y seguían recibiendo refuerzas de los berberiscos del Magreb.

Don Juan de Austria conocido su infancia como

Reproducción de la galera de don Juan de Austria. Atarazanas de Barcelona. (Abajo) Mapa topográfico de! golfo de Depanto.

La campaña decisiva se desarrolló en el verano de 1570 y terminó con el triunfo total de las anuas cristianas. Los supervivientes moriscos se rindieron y se decretó su total expulsión del reino de Granada para ser repartidos por Andalucía occidental, Extremadura y Castilla. El éxodo, aunque fue anunciado como una medida temporal, tuvo carácter delinitivo y, además de dejar a muchos pueblos de Andalucía oriental despoblados, despertó la compasión del propio donjuán de Austria. Agrupados en pequeñas partidas, partieron al exilio viejos, jóvenes, mujeres y niños muy pequeños, desharrapados y famélicos —señala Fernández Alvarez— custodiados por fuerzas anuarias. Su paso por los pueblos en ruta encogía el corazón.

En los primeros momentos de la guerra, cuando los moriscos aún tenían una posibilidad de triunfo, los rebeldes granadinos mataron sin piedad a los cristianos apresados. Pero los defensores de la cruz actuaron prácticamente igual y extendieron la guerra a sangre y fuego, eliminando a los moriscos alzados en los sitios más apartados de la sierra.

En marzo de 1570 se extendió el rumor de que los moriscos del Albaicín planeaban apoderarse por sorpresa de la ciudad. El temor se apoderó de los cristianos y la reacción de estos fue lamentable. Se asaltaron las cárceles de Granada y muchos moriscos de alto linaje presos en ellas fueron degollados.

Uno de los episodios bélicos más importantes de la contienda fue el asalto a la localidad granadina de Ga -lera, principal reducto morisco. El combate fue íeroz y cuando la tropa cristiana consiguió tomarlo, donjuán de Austria arrasó por completo el lugar y lo sembró de sal. La ofensiva prosiguió con la toma de Terque, en el valle del río Almería, y la zona meridional almeriense. Una acción combinada con el ataque por la sierra de Ronda que llevó a cabo el duque de Arcos.

La resistencia morisca se prolongó hasta el otoño de 1570 con una última campaña dirigida por Juan de Austria y el éxodo de los musulmanes de Granada.

Unos 200.000 fueron dispersadas por el resto de la geografía española y acó -gidos con recelo y disgusto en pueblos distantes de su lugar de origen.

Aunque haya quien intente restar importancia a la batalla de Lepanto, la realidad es que la tuvo, y mucha, tanto en el aspecto militar, como por su valor psicológico, en cuanto que supuso echar por tierra el mito de la invencibilidad de la flota turca, que hasta entonces nunca había sufrido una gran derrota frente a las armas cristianas. La mayor ventaja de la batalla, como apunta Cervantes, fue «el desengaño del mundo y de todas las naciones del error en que estaban, creando que los turcos eran invencibles por la mar». Aunque los turcos fueron capaces de reponerse con rapidez de las graves pérdidas en hombres y galeras sufridas en el combate, ya no volvieron a verse en el Mediterráneo occidental grandes armadas otomanas. Lepanto supone el punto de inflexión de la expansión imperial turca en el Mediterráneo, y el declive de este mar como centro mundial del comercio y principal escenario del enfrentamiento entre la Cruz y la Media Luna.

Lepanto

DonJitande Austria con armadura v el pendón de la Sania Liga. (Abajo) Escultura erigida en Ratis-bona en honor al vencedor de Lepanto.

Batalla de Lepanto: «La más alta ocasión que vieron los siglos» y la mayor batalla de galeras de la Historia.

A partir de Lepanto el Imperio otomano inicia su retroceso histórico, aunque los motivos de este reflujo fueran de diversa índole y no exclusivamente militares. Pero lo cierto es que después de ese enfrentamiento naval, la mayor batalla de galeras de la historia, Turquía dejó de ser un grave peligro para la Europa cristiana, aunque en esta calificación debemos dejar fuera a Francia, siempre aliada de los otomanos en su obsesión por combatir a España.

Aun aceptando que la explotación del éxito por parte de los vencedores (España,

Venecia y el Vaticano) dejó mucho que desear después de tan gran victoria («la más alta ocasión que vieron los siglos», dice Cervantes), Lepanto marca la cima del poderío político y militar de España, contuvo las pretensiones turcas de extender su imperio y decidió el destino del Mediterráneo. Sin olvidar que la contención de los otomanos en el sur de Europa permitió a España volcar sus energías en proseguir la exploración, conquista y colonización de América y reforzar el llamado «Eje Atlántico», que unía el Nuevo y el Viejo Mundo y era la verdadera columna vertebral del poder hispánico.