Por aquel lado del Pontón, contrario al camino de Barcelona, sólo podía ser el señor Jaume, pero a tanta distancia no se distinguía. Era extraña aquella modalidad de coche de dos ruedas con un caballo veloz, de carrera, inadecuado para un terreno escarpado. Debía de tratarse del agrónomo.
Conduje la montura hacia fuera del bosque y descabalgué en la carretera. Empezaba a liar un cigarrillo pero no tuve tiempo de encenderlo. Allí venía disparado hacia mí el lujoso cabriolé. Se detuvo casi en seco, de manera muy precisa, y saltó al suelo la última persona que podía esperar. Climent.
Me impresionó. Fue un momento de estupor, no me lo creía. La visión me resultaba tan insólita que no la podía encajar en aquel lugar. ¿Desde dónde venía? ¿Qué lo traía hasta lo alto del Monterol? ¿Qué había pasado? Me alarmé.
Se me acercó decidido, como si ya supiera que estaba allí. Desmejorado y lleno de polvo se sacudía las solapas con el sombrero, con todo el pelo despeinado. Se detuvo frente a mí, demudado.
De pronto perdió pie como si estuviera a punto de caer.
–Pol -murmuró ronco-. El sábado pasado fui a tu casa. No estabas. Iba a verte. Dijiste que me recibirías cuando saliera del error… ¡Pol, quedas limpio de culpa! ¡Tengo la certeza!
Me costaba entender. Me sentí extraño. No me parecía ser yo quien escuchaba aquellas palabras que me llegaban con retraso de años. Ni siquiera podía discurrir. Sólo estaba preparado para otro disgusto.
Él me seguía hablando a borbotones:
–Con Amélia no puedo hablar. Nunca he sabido de qué manera le has planteado nuestra riña. Ella me recibió con disgusto. Faltó poco para que no me cerrara la puerta en las narices. Hice un papel desastroso. Para más inri, la tarde perdida con las cocinas económicas. ¡Rediós! ¡Rodeado de marquesas incordiándome con la salud de mi mujer!
Me miraba desolado. Yo seguía de piedra.
–Entiendo que no tengas ganas de perdonarme, Pol, pero te lo vengo a implorar. Desde el lunes estoy en camino. Me perdí por Vilardida y no me aclaraba. Vueltas y más vueltas. Ya no sé de dónde vengo. Hace nueve horas que subo montaña arriba. Hostales sucios, malcomer, he vomitado. El caballo a punto de reventar… ¿No quieres que hagamos las paces? Te lo suplico, Pol.
Dije que sí con la cabeza.
Se dejó caer al suelo, primero de rodillas y después de lado, medio sentado. Buscaba con mano torpe un pañuelo en el bolsillo. Ronco, musitó:
–Tengo que descansar un momento.
–Estamos cerca.
–Vayamos, pues.
No se podía levantar. Tiré de él y se me abrazó estrechamente. Todo él temblaba.
–¡Lo que te he hecho, Pol!
Sin apenas darme cuenta, también yo lo abracé. Pero no con fuerza ni con voluntad, sino maquinalmente, como si no fuera yo, totalmente desprovisto de emoción. No podía entender qué era lo que me pasaba. O no me lo creía o ya no me importaba.
Abruptamente proferí:
–De manera que Berta me ha purificado y vuelvo a tener honor.
–No es eso. Ella no rectifica. Soy yo quien ha notado cosas donde tú no pintas nada.
Se tambaleó.
–Vayamos hacia casa -dije-. No te aguantas.
–Estoy mareado, Pol. Tengo que volver a vomitar.
–¡Aunque sea para sacarte fuera todo aquello que te ha carcomido por dentro!
Estaba en un balancín bajo el porche, en mangas de camisa. Una jarra de agua en la mesita. Sus hombros anchos le sostenían una osamenta que ponía en evidencia el músculo que había perdido. Envejecido a los cuarenta y tres años tan sólo.
Nos quedamos un buen rato sin hablar. Ya tendríamos tiempo. Nos queríamos hacer a la idea de que volvíamos a ser amigos. Él me echaba alguna mirada nerviosa. Yo me había serenado. Me sentía vacío, aligerado de una manera física. Igual que cuando después de una migraña fuerte vas regresando a la normalidad; notas claramente la mejora, pero te queda el temor de moverte y que te vuelva el mal. Estaba quieto. La niebla estancada en el cerebro se me diluía poco a poco. Necesitaba un tiempo para adaptarme. Tres años de ansia y espera habían hecho estragos.
De repente, Climent prorrumpió:
–A Berta le hacen chantaje.
Calló y se bebió de un sorbo el vaso lleno de agua. Enseguida prosiguió, impreciso:
–Alguien que sabe. Le exigen dinero a cambio de tener la boca cerrada. Y ella, periódicamente, paga. Si fueras tú el sujeto, no habría caso. Berta no pagaría para que se ocultara lo que ya sé. He tardado en darme cuenta. Al principio debía de ser fácil para ella, pero en la actualidad los gastos de nuestra casa están controlados. Yo paso momentos difíciles en la fábrica. No tengo efectivo. Me como las reservas y me llega justo para cubrir las nóminas, los créditos y los vencimientos. A Berta se le ha hecho difícil conseguir cantidades importantes. Ha vendido la estola de armiño. Ha empeñado joyas. Una miniatura de jade de mucho valor se esfumó. Le llamé la atención y me dijo que se la había regalado a su madre. Hace poco la pesqué separando una carta de mi correspondencia. En la papelera había un sobre pequeño, de tarjeta, a su nombre. Caligrafía muy historiada, de pluma que hace trazos delgados y gruesos. Se trata de una persona castellana. Sabe que la ñ catalana lleva una y griega pero la coloca mal y escribe: syñora Cros. Es la única pista que tengo.
A la hora de cenar, la mujer de la granja nos trajo comida de campesino. Climent retiró el plato.
–No es que no me guste -dijo-. No tengo hambre. ¡Ostras! Estoy deshecho. Me he perdido totalmente por estos mundos de Dios. ¿No decías que can Masats estaba por el lado de Valls?
–Es por el lado de Valls, pero viniendo de Barcelona encontramos la masía antes que Valls.
–¡Syñora Cros! -murmuró-. ¡Es un rastro mínimo, caray!
–¿Quieres dárselo a un detective?
–No me gusta que los profesionales metan la nariz. Podrían llegar a conclusiones que impusieran la acción de la policía. De momento prefiero ocuparme yo mismo del asunto. Como si no tuviera nada más que hacer…
Cogió con las manos una loncha de jamón y la estiró con los dientes.
–En la fábrica tengo otro follón, ¿sabes? Este jamón es bueno.
Estuvo un buen rato masticando. De repente, exclamó:
–¡Berta, puñetas! ¡El ataque al corazón! ¡Nos ha jodido bien a todos!
–A todos menos al galán oculto.
–De acuerdo. Y al individuo que ahora le chupa el dinero. ¡No pararé hasta atrapar a esos dos bastardos!
–Y cuando los hayas atrapado, ¿qué?
Me miró desconcertado, dejando de masticar. Yo insistí:
–¿Qué, Climent? ¿Romperles la cara? ¿Ir al juzgado de guardia? ¿Berta en los diarios? ¿Dar paso al gran carnaval que hasta ahora has evitado?
–¡Primero los quiero atrapar! – exclamó levantándose de la mesa.
Se desabrochaba la camisa con afán.
–Primero, sólo eso: atraparlos. Que no se burlen más de mí. Después, ya veremos.
Miró a su alrededor desorientado, como si no supiera dónde estaba.
–¿Tengo un sitio para dormir, chico? Va, por favor, dame una cama.
–¿No quieres copa y cigarro?
–Quiero una cama.
Lo acompañé escaleras arriba con la vela y le abrí el dormitorio contiguo al mío, muy grande y bien amueblado.
Toda la noche se encontró mal. Lo oía moverse e ir de un lado a otro de la habitación murmurando entre dientes. El estrépito de una palangana por el suelo me decidió a acudir.
–¿Qué te pasa, Climent?
–Nada, caray. Quería refrescarme y he tirado el bártulo por el suelo. Llama a alguien que lo seque.
–Estamos solos. Y son las tres de la madrugada. ¿Vuelves a estar mareado?
–Ahora es hambre, Pol. ¿Te incordio mucho, verdad?
Bajamos a la cocina con las velas y nos atiborramos de pan con butifarra.
–¿Qué es aquella cosa de la esquina?
–El torno de moler harina.
–Es bonita una casa de campo tan rica. No me pensaba que iba a encontrarme esto. Me has dado un dormitorio de rey.
No dijimos nada más mientras devorábamos el pan mojado con aceite. Fue una especie de colación de hermandad; íbamos reencontrándonos.
Cogió el vaso. Antes de beber, dijo:
–Berta, haya hecho lo que haya hecho, no puede seguir en manos de un canalla que le sustrae un montón de dinero. ¡Vaya, hombre! ¡A fin de cuentas estoy pagando yo, que soy el cornudo!
–¿Y si se camuflara algún personaje de rango entre la gente que toma las aguas en Tona?
–Puedes estar seguro de que no. En Tona sí que puse un vigilante. Berta no sacaba la cabeza de casa de su madre. Tumbada en la poltrona del jardín todo el santo día comiendo naranjas. Un caso extraño, chico; parecía abandonada por todos.
–Entonces, quizá sería práctico ir a por el extorsionador y punto; desenmascararlo y cerrar la caja. El caso caería en el olvido.
–Quieres decir que el resto ya lo tengo digerido, cría y todo.
–Exactamente. Quiero decir eso. Todos nos hemos visto obligados a digerir muchas humillaciones e ir tirando, en pro de preservar nuestros nombres.
–No habrá escándalo, te lo aseguro. Pero sí que, por cojones, descubriré quién fue. Me ha doblegado demasiado.
–¡Ostras, y a mí! ¿Y el dinero cómo se lo hace llegar?
–¡Yo qué sé! Un sitio convenido para entrar y salir. Dejo un paquete aquí y lo coges tú… No importa, ¿no?
–Tiene importancia, hombre. Debe de recogerlo el mismo interesado. ¿Cada cuánto?
–No creo que sea a menudo. Berta no lo podría aguantar.
–¿Qué trato tenéis tú y ella?
–Difícil. Ahora estamos los dos en casa. La niña por medio. ¡Qué remedio! Dormimos en la alcoba. Por las criadas, ¿entiendes? Y mira, cuando ella ha intentado acercárseme, yo no he sabido alejarme. Es así. Estamos hartos de vagar solos, cada uno por su lado. ¡Fastidiados, pero adelante! Después de todo, es el juramento. En la suerte y en la desgracia. Bien, delante del altar no te especifican qué clase de desgracia. Pues resulta que la mía ya la sé.
Respiró hondo y añadió:
–Berta es un caso de manicomio. Quiere que todo sea tal como ella lo explica. Inventa una extravagancia y nos la sirve. No importa que tú el primero, Pol, sepas que miente; que yo, que el otro, que todo el mundo acabe descubriendo que miente. Ella se hace fuerte. Ella quiere constatar, más allá del raciocinio, que está convencida de lo que dice. Como si, haciendo ver que se lo cree, salvara el tipo.
Nos levantamos para volver a la cama. En el rellano de la escalera, nos detuvimos.
–¿Cuándo bajarás a Barcelona, Pol? Podríamos viajar juntos.
–Tengo que esperar al señor Jaume y al agrónomo. Quédate un par de días.
–No puedo, me iré mañana temprano. ¡Si supieras el follón que tengo en la fábrica!
–¿Tienes muchos problemas, verdad?
Dijo que sí con la cabeza y empezó a hablar ahogadamente:
–Mi vida empresarial es una batalla cuerpo a cuerpo, a bayoneta. Cuando al principio te lanzas bien armado y lleno de fuerza, tienes las mismas posibilidades que los atacantes. ¡Pero son ya demasiados años! Estoy roto por dentro y por fuera, averiado, sangrante, con el fusil encasquillado y la hoja de acero mellada. Y los atacantes se renuevan. Sabotajes y toda clase de marranadas. La línea de choque me va cercando sin darme tiempo a respirar. Ya no respiro, Pol. Braceo, braceo, sin aliento. No entiendo cómo no me derrumbo. Perdí la manufactura de lavaderos que montaba junto al río Ripoll, ¿lo sabías?
–Tal vez la habías empezado en mal momento.
–¿Y el buen momento cuál era? Después del cataclismo de Cuba venía la regeneración, ¿no? Nos pedían actividad industrial para crear puestos de trabajo, ¿no? Nos animaban a poner el cuello. Bien, pues yo puse el cuello y me lo cortaron. Estoy aguantando la fábrica de telares medio degollado, con el Pasivo que pisa el Activo y me deja a mí al borde del precipicio. ¿Dónde demonios me agarro? A los de las pancartas no les interesa la contabilidad. No puedo entender su manera de odiar. Si la fábrica se va a hacer puñetas, ¿con qué champán lo celebrarán ellos?
Se sacó el pañuelo del bolsillo y se lo pasó por la cara.
–Te he hecho mucho daño, ¿verdad, Pol?
No contesté. Bajé los ojos para esconder el mal sabor de boca. Climent me cogió por el brazo, apretándomelo con fuerza.
–Somos amigos otra vez, ¿verdad que sí?
–Así lo espero.
–Lo quiero, por favor.
–Yo también lo quiero, Climent. Pero me queda una brecha seria dentro.
Bajó la cabeza y asintió.
Los recién llegados aprovecharon la mesa puesta para sumarse. Con ellos dos allí y con Nicasi por medio calculando niveles, hectolitros y dimensiones, hasta la noche no me fue posible explicarle al señor Jaume la visita de Climent.
Él, interesado como siempre, analizó:
–Berta cogió la oportunidad por los pelos y no contaba con perder. Sabe demasiado de urdir tramas. Seguramente hacía tiempo que tenía la impresión de que Climent y Amélia se querían, mientras que tú le caías bien a ella. Esta circunstancia, cuando quedó encinta de un amante que no quería hacer público, le dio la idea de elegirte como suplente. Lo veía fácil. Bajo el punto de vista de ella la jugada garantizaba el éxito, nada ruidoso, licencia dentro de casa, conveniencias entre ellos. Berta no sabía nada de moralidad ni de respeto mutuo, no podía prever que los implicados le saldrían con escrúpulos insalvables. Se puso manos a la obra y te asedió. Demasiada improvisación, demasiada precipitación, pero no disponía de tiempo, pues los hombres también sabemos calcular los meses de embarazo. Sólo la patada casta que recibió de ti estropeó el buen resultado de una maquinación muy imaginativa que os podía haber destruido a los cuatro. Ahora, como mínimo, todo el problema ha recaído en ella.
–¿Cómo llega a estas conjeturas tan acertadas, señor Jaume?
–No sé en absoluto si son acertadas.
–¿Cómo ha adivinado que volvería hoy?
–Lo está esperando desde hace siete días, señor.
Al entrar en la salita vi a Amélia reclinada en el sofá. No hacía nada; tenía los brazos caídos y la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. Ropa holgada y pelo suelto. Una escultura en reposo.
Al oír la puerta, levantó la cabeza. Yo me había detenido en el umbral. Nos miramos durante unos segundos, inmóviles los dos. Ella se levantó con lentitud. Me acerqué también poco a poco. Nos abrazamos en silencio.
Presté atención a las palabras entrecortadas que Amélia me susurraba al oído:
–Te herí hondo, Pol, perdóname, no razonaba, no lo veía claro, no entendía, era miedo, miedo de que no fueras el hombre al que amaba y que amaré siempre. Un momento, un relámpago, un pinchazo en el corazón, ya está lejos, nunca más, no me lo tengas en cuenta, no me lo recrimines, la fe, la felicidad, el amor son tuyos.
No dijimos nada más. Cogidos, abrazados con fuerza, sintiéndonos los mutuos latidos del corazón.
No me acordé de decirle que Climent había subido al Monterol.
La zona de la ciudad vieja llena de comercios y obradores tenía una concurrencia variada. Peones y operarios cruzaban con trastos al hombro, criadas con cestos, señores acomodados haciéndose limpiar los zapatos, damas de rango entrando en la iglesia.
Fuimos de tiendas comprando algunas cosas y nos entretuvimos mucho en una relojería de la calle Petritxol. Salimos bastante tarde, pasado el mediodía; a pesar de ello, Amélia aún quiso ir a comprar rosas para el aniversario de la señora Pujolá.
–Venga, Pol, estamos a dos pasos de la Rambla de les Flors. Hoy cumple cincuenta años. Me gustaría llevarle un ramo.
–No parece tan mayor. Sólo le echarías…
No pude acabar. Un trueno potente, seco, se oyó muy cerca, ensordeciéndonos. Todas las vidrieras trepidaron. El sobresalto nos dejó inmóviles en la acera. Acto seguido se levantó un griterío.
–¡Una bomba! – gritó Amélia tapándose la cara.
La abracé con fuerza y la conduje deprisa al resguardo de un portal. Se veía una humareda creciente allí mismo, en la desembocadura de las Ramblas. La gente enloquecida corría por todas partes. Apareció de rodillas, levantándose y cayéndose, una mujer con el delantal lleno de sangre.
–¡Muertas! – gritaba-. ¡Las dos hermanas muertas!
La señora Pujolá cumplía cincuenta años el día que las floristas de la Rambla, Rosa y Pepita Rafart, no cumplirían ninguno más.
Aquella tarde, festividad de la Mare de Deu del Roser, me sentí solo sin ellos. Nuestro Blai estaba invitado a una fiesta infantil en los jardines de can Llorach, donde se reunía la élite de la relevante sociedad cagona. Madre y niñera quedaban asignadas como acompañantes. No me quedó otra opción que juntarme con Canalís, la esposa del cual también lo había dejado en la estacada a causa de la conferencia que la pedagoga preparaba para el siguiente domingo.
Él, el discreto Canalís, llevó la batuta con sorprendente decisión, pues me convenció para hacerle compañía en el picadero donde aprendía a montar.
–Vístase de jinete, por favor, que le exhibiré. Me consta que usted es excelente sobre la silla de montar.
No sé hasta qué punto me merecía el elogio, pero sí que el señor Jaume me había hecho pasar por el aro y en el momento presente montaba sin caerme de culo al suelo. Los propios caballos empezaban a besarme la mano con respeto.
Después de comer, Canalís vino a buscarme en una abrillantada calesa de dos plazas e iniciamos el largo trayecto. Ya me había advertido que haríamos una carrera hasta tocar los bosques del término de Montcada.
Aquel chico de poca apariencia, con el cabello rizado y con unas patillas espantosas que se le comían la poca fisonomía que tenía, reunía una docilidad y una sencillez que inspiraban afecto. Sonreía tristemente, no en ese momento, sino siempre. Hablaba un poco a trompicones, acaso temiendo no escoger las palabras oportunas, y mientras tanto, vigilaba si lo que decía sentaba bien en el oyente. De hecho, todo lo que decía le sentaba bien al oyente, pues no decía nada de importancia. Esa tarde, equipado de jinete con gorra de visera, pañuelo blanco y aguja de oro, conseguía un modesto atractivo.
Nos dirigimos ciudad arriba por unas calles acabadas de urbanizar con una serie de edificios de oficinas y locales comerciales. Después empezamos a meternos por travesías más sencillas; callejuelas y callejuelas hirviendo de tráfico artesano, con obradores en cada entrada.
Cuando ya transitábamos entre descampados, masías viejas y campos de algarrobos, me preguntó si conocía aquellas veredas. De hecho, yo no tenía ni idea de dónde nos encontrábamos. Me señaló can Gener y me fue detallando la prosapia campesina de cada casa que se estaba hundiendo bajo la persistencia acaparadora de la población urbana.
–Ahora cogemos la carretera alta de las Roquetes. ¿Ve? Dejamos a mano derecha el camino de Sant Llátzer y ya emprendemos la última etapa.
La última etapa se prolongó por el interior de un bosque espléndido.
–Ya hemos llegado -me anunció-. ¿Ve el llano donde se concentran tantos carruajes? Hay concurrencia. El ambiente le gustará.
Se trataba de un picadero reglamentario, muy espacioso y acondicionado. La parte oriental de la pista de serrín estaba totalmente rodeada por un estrado cubierto, con barandilla blanca y escalera en cada extremo. Butacas de mimbre, mesitas y servicio de bebidas. El emplazamiento de aquella instalación en las afueras no implicaba comidas campestres, sino simplemente unos melindres con chocolate. Allí se acomodaba un público fino, formado por señoras y caballeros devotos de la equitación y del aire libre, aparte de los jinetes y las amazonas, alumnos jóvenes hijos de la flor y nata.
Canalís era bien recibido por el personal; nos alquilaron un par de monturas para dar un paseo antes de que llegara la hora del ejercicio, y durante un buen rato deambulamos por aquellos lugares boscosos, desbrozados y elegantes.
Ya bien entrada la tarde lo llamaron a la pista. Yo me dirigí al estrado a tomar algo.
Me estaba sentando cuando los ojos se me quedaron fijos en la cara familiar de un adolescente que cabalgaba en círculo, siguiendo la lección. No lo identificaba, aunque sabía que lo conocía de algo. Al instante, detrás de mí sonó la voz de Climent.
–Ese que estás mirando es mi hijo. ¿Qué haces tú aquí?
Me levanté sorprendido o acaso contrariado. De ahí en adelante, la presencia de Climent se me haría ardua. Aún me costaba mostrarme amistoso. No entendía cómo él podía presentarse ante mí como siempre, borrando tan fácilmente aquellos tres años. De acuerdo que la única culpable había sido Berta, pero Climent se había creído su abominable mentira porque me había considerado capaz a mí de aquella abominación. Era mi sinsabor.
Estuvimos comentando la casualidad de encontrarnos. Explicó que muy a menudo acompañaba a su hijo al picadero.
–Solemos venir toda la tropa y tomamos el fresco hasta la noche. Hoy Berta no nos acompaña. Te ahorras la situación. El jueves es el día de recibir y en casa se reúne una cohorte de damas sabadellenses con marquesa de Aramant incluida. Sentémonos un rato. Cambiaremos impresiones.
–¿Tienes novedades?
–No, no. Todo paralizado. Ahora que Berta está bien, veremos.
Frente a nosotros, los alumnos iban exhibiendo gracias y desgracias al sonido de los avisos del instructor. Una amazona adolescente atraía las miradas cabalgando al viejo estilo, con la pierna derecha en el borrén, orgullosa y rígida como la misma Caterina de Médici, que inventó la silla de montar de lado. Canalís manejaba el caballo sin decisión y perdía el ritmo. En cambio, el hijo de Climent contrarrestaba muy bien los movimientos del animal.
Climent, señalándolo con la cabeza, me dijo:
–Ahora cumplirá diecisiete años. Es educado y devoto. Sospecha que entre su madre y yo hay dificultades. Por él he disminuido la tirantez con Berta. Actualmente en casa respiramos una paz obligatoria. Dar un espectáculo de mal vivir a los hijos es no honrarlos. Tienes que honrar a padre y madre, y tienes que honrar a los hijos. De ser católico, algo bueno saco, no te creas.
Lo interrumpió un uf general desde la tarima en el momento en que vimos a Caterina de Médici rodando por el suelo con las piernas al aire. No fue nada.
–Berta no sabe que entre tú y yo se ha aclarado todo. Cree que seguimos enfadados.
–¡Puñetas, Climent! ¡Acaba de una vez con las tergiversaciones!
–¡No puedo, hombre! Yo sigo con el problema. No quiero ponerla en guardia sobre mis descubrimientos.
–¿Continúa pagando?
–Por ahora, no. Quién sabe si había un precio establecido y ya lo ha satisfecho. Pero no la pierdo de vista. Tengo mucho trabajo, no te creas. Ahora me ocupa la patronal con reuniones cada dos por tres. Se está gestionando una colaboración con los obreros como ya había habido hace unos años. Aquello era una buena maniobra, un camino para entendernos.
Empezó a hablarme de los planes de los fabricantes para captarse a los trabajadores. Mucho rato con el tema.
Yo escuchaba escéptico; me parecía que todo era hacer encajes de bolillos. La masa proletaria de la ciudad ya estaba claramente socializada, pero no se lo comenté.
En la pista pedían el relevo de alumnos.
–Estemos atentos, tú -me dijo-. Mi hijo ya ha acabado y también tu compañero. Mejor que nos separemos antes de que tengamos que empezar con las presentaciones. Se me hace tarde.
Caminábamos juntos en dirección a la salida cuando una cosa vaporosa de color de rosa revoloteó por el entarimado en dirección a nosotros. Se trataba de una niña pequeña vestida de organdí, con una cabeza de rizos rubios. Se agarró a las piernas de Climent.
–Para, papa, quiego que me cojas en brasos.
Reprimí una exclamación. Era la niña. Climent la cogió y, mirando a izquierda y derecha, dijo:
–¿Te ha dejado sola ese?
Enseguida apareció el hijo pequeño que, a diferencia del mayor, tenía talla de escolar. Climent exclamó:
–Venga, hombre, cógela y llévala al coche, que está cansada. Ahora voy.
Cerrando los ojos con paciencia, se la pasó al chico.
El brevísimo episodio me provocó una oleada de respeto hacia aquel Climent duro y colérico.
Nos despedimos con un apretón de manos.
De aquella peonza color de rosa, la cual tan pérfidamente me habían endilgado, me quedó un extravagante, tierno, sentimiento paternal.
Hablaban a gusto y las dejé a gusto también, dirigiéndome tranquilamente a Villarroel, al Club Vilana. Esperaba un reencuentro con los hermanos Guix.
En la sala del entresuelo reinaba un silencio sepulcral, con cuatro ancianos bostezando frente a las mesas de juego. Subí la escalinata de alfombra azul hasta la planta de los billares. Es curiosa la fuerte sensación familiar de una entidad pública que frecuentas hace años. Te sientes como en casa.
El Guix pequeño estaba apoyado en el balcón.
–¡Vaya! ¡Por fin! – exclamé animado-. ¡Estoy encantado de verlo de nuevo!
–¿Qué, cómo va, Pol? No mire por los rincones buscando a la pareja; he venido solo.
La manera de decir aquello me cortó.
–¿Qué le pasa a su hermano?
–Sentémonos, por favor, necesito una copa.
Llamó al camarero y le hizo el encargo mientras yo observaba su expresión taciturna. Me ofreció tabaco. Me solicitó que aportara la cerilla. Encendimos los cigarrillos. Todo dilatorio y poco natural. El Guix pequeño alargaba expresamente aquel suspense. Quizá no sabía cómo empezar.
Expeliendo humo, sin mirarme, dijo finalmente:
–Mi hermano y yo nos hemos peleado.
–No puede ser.
–No tendría que poder ser. Mire, yo no pretendo que usted nos haga de árbitro, pero me gustaría que interviniera.
–Haré lo que sea necesario, hombre, y con mucho gusto.
–Tan sólo ir a buscarlo para que cesen las hostilidades. Hace quince días que no nos hablamos. Quiero la paz.
–Rendición.
–¡No digo eso, hombre! ¿Es que no está atento? Sólo que tenemos que firmar la paz.
–Me parece que me meto en un lío. Tal vez iría mejor si usted mismo alzara bandera blanca sin intermediarios. Un tercero por medio entre hermanos puede empeorar la cosa.
–A mí no me abre la puerta. Me tiene encerrado fuera.
–¿Tan serio es?
–Nos pegamos.
–Me refiero al motivo.
–Aquello de Rusia.
–¿Qué de Rusia?
–¿También está en las nubes usted?
–Sepa que yo estoy muy bien en las nubes, ¿oye?
–Entendido. Que le aproveche y disculpe. No se ponga en guardia, que con usted no me pienso enfadar.
–Sepa que me deja perplejo que se peguen por algo que pasa en Rusia.
Se bebió el coñac medio riendo, un leve enrojecimiento se le dibujó en cada mejilla. Su rostro era un modelo viril y tieso rematado por la barbita negra.
–Verá -dijo-, mi hermano explotó como la dinamita, no sé cómo.
–Seguro que usted puso la cerilla.
–Es que ya había rescoldo. A veces tiene un pabilo encendido que no lo nota nadie sino yo. Estábamos en su taller. Él modelaba y yo leía el diario. Empecé a hacer comentarios sobre la huelga general en Rusia. No comentarios propios, sino leyendo algunos párrafos. Él escuchaba; no dijo ni pío; iba apretando la arcilla con el pulgar. Sí que parecía apretar con rabia. Hasta que, al mencionar que todo se encaminaba a la revolución, dije: «Ahora toca aquí». Nada más. Sólo: «Ahora toca aquí». Con calma y sin dejar el trabajo me preguntó si era aspirante a la activación de la guillotina, si quería cortar cabezas y un Robespierre que saciara de sangre a los buenos ciudadanos que jamás dejarán de ser pobres, pero sí de ser buenos. De un giro se me encaró y, cogiéndome por las solapas, me gritó: «¡Si ahora toca aquí, empecemos!». Y de una castaña me hizo romper los marcos que había apoyados a la pared. ¿Qué le parece?
–Tuviera o no un pabilo encendido, usted sopló.
El Guix pequeño apretó el cigarrillo contra el cenicero, nervioso.
–Le devolví el golpe, ¿sabe? A puñetazos los dos. Nos pusimos la cara nueva. Siempre le había guardado el respeto. Él me lleva cuatro años. Verá, cuando tenía quince y yo once, pasó a hacerme de padre. Yo no lo tenía que haber empujado contra el obrador. Se le rompió una pieza de encargo. Ahora no me quiere abrir, no contesta. Puedo entrar en mi estudio, pero no comunicarme con su taller, donde también tengo cosas. Ha puesto la aldaba. La parte donde dormimos corresponde al trozo que él ocupa. De manera que tengo que dormir abajo, en casa de la tía. ¿Lo sabía, verdad, que medio vivimos con una tía?
–Una vez su hermano lo mencionó. Dijo que era la única parienta que les quedaba sobre la faz de la tierra.
–Exacto. No nos quiere, pero siempre nos ha tratado muy bien. Nos ha regalado la vida. Tampoco nosotros la queremos, pero de verdad que se lo agradecemos. Todo el edificio es de ella. Es la octogenaria más rica que queda en Barcelona.
–¿Y qué dice ahora, cuando lo ve a usted desalojado? ¿No puede interceder?
–¿Ella? ¡Qué va! Ni sabe que me tiene allí. No se mueve de la iglesia del Bon Pastor. Empieza con la misa primera y acaba con la oración de vísperas. Sólo le interesa ir al cielo. Ahora bien, yo estoy incómodo abajo. Quiero recuperar mi catre. Dormimos como bohemios, ¿sabe? Rodeados de telas, de cerámicas, de aguarrás y de trozos de cruasanes. No aguanto la habitación de abajo con crucifijo y olor a incienso.
–¿Cuándo quiere que vaya a ver a Simó?
–Simó soy yo. Él es Damiá.
–Sí, eso.
A mí me iba mejor decir el Guix mayor y el Guix pequeño.
–Ahora sería un buen momento. Lo encontrará tranquilo preparando la arcilla. Sabe la dirección, ¿verdad? Al lado mismo del banco. Hágalo venir. Yo les esperaré aquí en el billar. Suba directo al ático, Pol; no llame abajo si no quiere rezar el rosario.
Los pisos de la tía de los Guix eran sólidos, grandes, de categoría. Un vestíbulo hondo con frisos abrillantados; una figura de bronce al pie de la escalera. Pero todo era fúnebre, en sombras, con un vaho de mala ventilación. El ascensor remontó hacia arriba, con fases de oscuridad y de penumbra.
Tras llamar al ático, bajo la luz de la claraboya que configuraba todo el techo de aquellas habitaciones de arriba, noté que me miraban por la rejilla de la puerta.
–¿Quién le envía? – preguntó de buenas a primeras la voz del Guix mayor, sin abrir.
–No tengo santo y seña. ¿Me tiene que enviar obligatoriamente alguien?
–Perdone, pase.
Me abrió la puerta y me abrazó brevemente, como compensación.
–Me alegra verlo, Pol. No quería ser brusco. Estoy contento, le agradezco que me venga a visitar.
–Me envía su hermano.
Dio media vuelta con la mano en la cabeza.
–Va, de acuerdo, puñetas. Le daré café. ¿Por qué se mete por medio, eh?
–Damiá me lo ha pedido.
–Damiá soy yo.
Otra vez.
El Guix mayor trajinó con una cafetera en un rincón del taller.
–Se lo caliento -me dijo-. Tengo un fogoncito aquí. No le parecerá tan aromático, pero me tendrá que dispensar. ¿Quiere una pasta?
La amplitud del taller me sorprendió. Estanterías, caballetes, cuadros, tornos, figuras. Un cristal en plano inclinado constituía la mitad del techo, y la luz del día invadía la estancia.
El Guix mayor vino a sentarse trayendo dos tazas. Iba con una blusa larga salpicada, y sus facciones carnosas, opuestas a las de su hermano, no se veían plácidas como de costumbre.
–No me gusta que Simó me envíe embajadas. ¿Por qué los asuntos privados no los pone en un anuncio?
–Déjese de tonterías. Está en el Club Vilana esperando que vayamos juntos. Dice que usted aguanta el tipo desde hace quince días y él ya está harto. Le ha llamado a la puerta y usted se hace el sordo. Ya está bien, hombre; me llegan a perjudicar a mí cuando, en lugar de jugar al billar, me los encuentro separados.
Al Guix mayor no se le veía propenso a la reconciliación. Mi tono desenfadado no le hizo efecto. Serio, dijo:
–Cuando dos personas que se quieren no comparten las mismas ideas, es obligatorio que si quieren seguir juntas no se hagan la puñeta mutuamente. No puede haber un tira y afloja constante. Sé bien que sólo con que uno calle, la cosa va tirando. Pero ahora me he hartado de callar. Simó cada vez habla más. Tan satisfecho se cree, que me tiene acoquinado. Da por hecho que me deja sin palabra. No ve que sólo soy bien educado. Yo no quiero molestarle, yo pretendo mantener la armonía, mientras que él se explaya anunciándome las futuras reprimendas contra el mundo que a mí me gusta.
Hizo una pausa. No hablaba con viveza, sino lentamente.
–Todo lo que pasó me sabe mal, pero si a Simó no se le va la fiebre marxista, no lo aguantaré conmigo. Ya estoy harto de cerrar la boca. Ya estoy harto de oírle apostrofar sobre la derecha y la Iglesia y el militar y el Rey, y todo lo que sabe que yo respeto y acato. No tiene por qué tener razón el que más grita. Y Simó grita ya demasiado.
Se puso en pie y caminó un poco. Estaba intentando calmarse. Recogió del suelo un trapo sucio de pintura. Fornido y relleno, con el pelo despeinado, ofrecía una imagen más escandalizada que indignada. Regresó a su silla.
–Yo a mi hermano lo creía inteligente, de verdad. Me está decepcionando. Cree en la revolución. ¿Qué le parece? ¡Menuda cosa, la revolución! Según quién descarga los fusiles, es un tirano. Según quién, un liberador. Pero igualmente se tienen que recoger los cadáveres de la calle.
Se bebió el café de un sorbo.
–Aplaude la lucha de clases. ¿Qué me dice? Lucha de naciones, lucha de razas, lucha de religiones, y ahora, lucha de clases. Quiere decir que tenemos que ser enemigos según la clase. Escupirnos mutuamente, apedrearnos. Los unos a pisar al obrero, los otros a pisotear al amo. Así progresan las naciones. Así se fomenta el trabajo, las ganancias, la producción, el pan y el hogar. El obrero tiene que renunciar a las ilusiones de conseguir un pequeño negocio. Sería un traidor. Sería pasarse al otro bando. ¡Ay de los que hagan dinero, pues serán perseguidos! Y nada de afeitarse. El pelo piojoso y a oler mal. Sucios y dejados, los parias de la tierra. Renegar del capital. Renegar del cuello duro. Abolir al amo para que haya un millón de amos, los dictadores multiplicados, el proletariado en masa dictando, millones de brazos amenazando con el puño. No necesitan cerebro. Tienen manos y herramientas y, si conviene, fusiles. Trabajar juntos, requisar juntos, todo hacia el saco de los proletarios. Rapiña organizada. Los proletarios harán partes iguales y repartirán. Que cobren todos igual, sin privilegios, que cobre el que trabaja y el vago. El mismo sueldo para el arquitecto que para el peón. El mérito del diploma universitario evaluado igual que el esfuerzo de apilar ladrillos. No puede haber diferencias cuando el titulado y el peón tienen una exacta necesidad de comer. Aspiraciones, energías, ideas, innovaciones, nada en beneficio propio, todo en pro de la comuna. Solidaridad. ¡Pasarte por la piedra los síntomas capitalistas! Hoz y martillo y basta. ¡Viva la camisa hecha jirones! ¡Así se hace país! Tienen Partido, tienen Líder. Lo han elegido ellos. No quieren Rey, quieren Líder. Muera el Rey que ha nacido rey sin que nadie se lo pidiera. Los millones de monárquicos, que se jodan. El poder del Líder, todo a sus manos, milicia, policía, cárceles, deportaciones, Siberia. El pueblo unido. Una sola voz, un solo pensamiento, una sola habitación para veinte. El Progreso. Todos los camaradas en fila a las órdenes del Líder. Él los guiará, los protegerá, los condecorará. Solapas llenas de medallas. Filas de banderas rojas. Comités de seguridad, vigilancia, depuración, ni un traidor, exterminio total de los que no piensen como el Líder. ¡Viva la libertad!
Se calló. Se quedó sentado, cabizbajo, manos caídas sobre las rodillas, hombros hacia delante, corpulento, no duro, sino dúctil. Pose pensativa que podía haber inspirado a Rodin.
Tras un largo rato de silencio, se oyó mi voz algo insegura:
–Dice su hermano que siente mucho haberle roto aquella pieza.
Me miró arqueando las cejas.
–¿Qué pieza?
–Un trabajo de encargo.
–¡Vaya! Que duerma tranquilo. Ya la he repetido.
Me levanté.
–Por favor, ¿por qué no corona mis fatigas acompañándome, quiere?
Se acercó y me rodeó por el hombro en señal de amistad, pero dijo rotundo:
–No tengo ganas.
Acompañándome a paso lento hacia la puerta, habló con suavidad:
–Dígale a Simó que no estoy para hacer tanta comedia e ir al billar cogido de la mano de usted.
–Gracias. Y también gracias por el zumo de poso de café que me ha dado.
–Enfádese con él, no conmigo. Él lo ha mezclado en el asunto. Si mi hermano echa de menos su catre lleno de migas, esta noche dejaré la puerta abierta. Todo para que la gestión de usted no quede desairada. ¿Entendido?
–Como quiera. Le quedo reconocido por no darme una patada.
Maniobré en la puerta sin conseguir abrirla.
–Permítame -dijo sacando la aldaba de arriba-. Yo le aprecio la intención de hombre de paz. Lamento que se haya encontrado con un tozudo como yo. Los de derechas somos tozudos, ya lo dice mi hermano. Buena crianza, callados y miedosos, asumimos la culpa de ser adinerados y apreciamos la propiedad privada, pero cuando nos enfadamos, grito de guerra y filas de cosacos defendiendo el Palacio de Invierno.
El precipitado viaje fue complicado porque llovía a cántaros. Íbamos Amélia y yo solos. Cogimos el primer tren cuando aún no había amanecido, protegidos con capas de lluvia y capuchas impermeables, cargados con las bolsas de mano de la ropa. Fue un recorrido larguísimo dentro de un vagón lleno de gente, en medio de una tempestad. No era usual ver a tantos viajeros a esa hora en un día de clima pavoroso.
Teníamos que bajar en Sant Joan de les Abadesses y allí aún parecía llover más. Ya era plena mañana y todo se veía gris, con sombras indefinidas a lo largo de la estación. Al saltar al andén, nos sorprendió el revoloteo de paraguas y banderas republicanas recibiendo a alguien. Al parecer, pues, habíamos viajado en compañía de un orador de renombre que se dirigía a Olot a pronunciar un discurso. Al cabo de tres días había elecciones municipales. Una concentración de carruajes cargados de gente empezaba a circular. Ni pensamiento de encontrar un coche de punto libre. La diligencia que hacía el trayecto a Olot iba llena a reventar. El mozo de la estación nos comunicó que se habían habilitado dos tartanas largas.
–¡Dios mío, Pol! ¡Tartana larga no! – me decía Amélia asustada.
Tuvo que ser tartana larga. No podíamos quedarnos en Sant Joan de les Abadesses mientras enterraban a la tía.
–Sentémonos hacia delante -me decía Amélia con pavor.
Se introdujo por la abertura de detrás de aquella especie de caravana tubular, cogiéndose el sobretodo que chorreaba agua. Yo la seguía por el túnel estrecho, salpicado, con bolsas de mano y cajas.
Cuando la vi acomodarse tan cerca de la grupa del caballo como para quedar encastrada con el tartanero, le dije que la lluvia venía de cara y que nos mojaríamos.
–Mejor que asfixiarnos -exclamó ella-. Corre, siéntate antes de que te cojan el sitio.
Era evidente que Amélia sabía de qué iba.
–Me pregunto por qué una baronesa tiene tanta experiencia en tartanas largas -comenté.
–Experiencia no, pero referencia sí.
Los dos, pues, nos sentamos uno frente al otro, ella con las rodillas apretadas contra mi banco, mientras que yo no tenía otra opción que despatarrar las piernas. El agua golpeaba contra la lona y era indudable que, cuando aquello empezara a andar, nos tendríamos que proteger como fuera. El tartanero nos dejó a mano una gualdrapa sin decir nada. Uno tras otro, la gente se metía por el agujero posterior con paraguas cerrados y banderas enrolladas. Quedaban apretujados como sardinas en lata en los dos bancos con el turbador encaje de piernas.
–¡Basta! – gritaban-. ¡Que no entren más! ¡Cerrad, rediós!
–¡Cuidado con chafar huevos!
–¡Silencio! ¡Hay una señora!
Al cerrar la capota, quedó una cueva profunda en completa oscuridad. Retumbaban improperios y maldiciones.
Amélia se volvía de cara a la abertura delantera para tomar aire y no oír nada.
De repente, se incorporó exaltada y asomándose fuera sacó el brazo.
–¡Camil! – gritó-. ¡Estamos aquí!
La visión del cochero de los Baigual, que nos venía a recibir en un magnífico cupé, me entusiasmó.
Para salir de aquel túnel imposible, fue necesario que primero bajaran uno tras otro todos los viajeros y se quedaran apilados bajo el diluvio echando fuego por los ojos, mientras Amélia y yo hacíamos el recorrido de toda la tartana larga trajinando bolsas y paquetes. El último estribo era tan alto que nos tuvo que ayudar el oportuno Camil.
Ya en campo abierto, con las ventanas azotadas por el chaparrón, apenas veíamos el paisaje. Amélia escondía la cara en el pañuelo. Le retiré el impermeable como quien saca la vaina de una inflorescencia y la abracé por los hombros.
–Cálmate, mujer -le dije-. Ahora todo será fácil.
Ella me murmuró al oído:
–No lloro, Pol, sino que me río.
El providencial Camil había sido portador de un aperitivo que consistía en panecillo con cabrito rebozado de parte de los primos a fin de que no nos entretuviéramos tomando algo por el camino si queríamos llegar a tiempo.
Corríamos mucho, bamboleándonos. El cupé era un carruaje nuevo y equilibrado, con ruedas seguras, pero el inusitado barrizal del camino lo hacía cabecear como si no quisiera seguir el tiro de los dos caballos. Hubo tramos llenos de obstáculos, con riada y maleza arrancada. Amélia y yo nos quedábamos a menudo sin respiración. No sé si Camil lo veía claro. Fue un trayecto angustioso y peligroso, extrañamente corto, vista la gran distancia. Al ver las primeras casas de Olot, no nos lo podíamos creer.
Llegamos justo para cambiarnos de ropa, tomar un café caliente y rezar delante del fastuoso túmulo, que más bien parecía un sitial pontificio.
Las campanas del pueblo repicaban a muerto.
La casa de los Baigual era una reliquia de campesinado rico, grande y preparada para alojar hijos e hijas, nueras y yernos, nietos y nietas. Sin embargo, de mutuo acuerdo, los tres matrimonios estaban decididos a cerrar la casa señorial y desgranarse felizmente en familias independientes.
Jamás había presenciado un ambiente tan sereno y liberado con difunto de cuerpo presente. Amélia me dijo en voz baja: «La pobrecita tía los dejará descansar en paz».
Yo sabía del rígido catolicismo de los Baigual, de modo que no me extrañó la profusión de monjas y curas en el enlutado domicilio, y venga a besar cruces y besar manos. Todos los reverendos me consolaban. La parte femenina del duelo estaba sentada en círculo alrededor del brasero en la gran sala helada. Susurraban y no quedaba claro si era conversación u oración. Iban llenas de ropa, con valonas y mitones. Amélia, también enlutada, con terciopelo ceñido y guantes de piel, se veía distinguida y con un aire barcelonés al lado de las primas enfardeladas. Yo, vestido de ceremonia, temblaba de frío en un gabinete oscuro, reunido con el grupo de los parientes masculinos. El olor a cera y alcanfor era penetrante. Todos nosotros, negros de rigor, nos dábamos el pésame recíprocamente sin saber quiénes éramos. Sólo el primo más joven me dedicó su atención preguntándome por el niño. Yo pasé por el trance de no acordarme de si él tenía hijos o era el soltero.
–Debes de haber observado la agitación que impera en Olot, ¿verdad, primito?
Quedándome bien claro que el primito era yo, dije que la lluvia no dejaba ver nada, pero que sin duda la defunción de la señora Baigual representaba una conmoción para toda la población.
–No, no, primito, me refiero a la incursión de republicanos que estamos sufriendo. Bien, el mal tiempo les ha remojado las pancartas y la tarima de la plaza. Se dice que pondrán colgaduras en los palcos del Teatro Coral y se celebrará el mitin allí. Pero tienen el fracaso asegurado. Contaban con movilizar a todo el pueblo y en aquel local caben cuatro gatos. ¿Sabes que a costa del óbito de mi pobre madre se han hecho chistes? Barbarie, primito. Se ha dicho que la señora Baigual se había querido morir antes que ver la bandera tricolor en Olot. Eso se ha dicho. Ha habido apuestas por quién reunía más gente, si el entierro o el mitin.
Hablábamos en voz baja en estos términos cuando se nos acercó otro primito, gordo y barbudo, con monóculo, y por debajo del bigote dijo entre dientes:
–¿Habéis visto a Roc?
–Vendrá, no te impacientes -le contestó el primer primito, con un movimiento de párpados que indicaba reserva ante la ausencia de Roc.
Más tarde, Amélia me dijo que ese Roc era el marido de la primita, o sea yerno de la muerta, jurista importante que tenía ideas republicanas, cosa que la familia soportaba con resignación cristiana y algún altercado. Aquel día especial la cuestión quemaba; era obvio que aún no había comparecido en el domicilio mortuorio porque lo retenía la reconsagrada bienvenida.
El aguacero no aflojaba. Por las ventanas no se veía nada, con el agua en los cristales distorsionando la senda de fuera.
La casa se iba llenando de gente; entraban en grupos chorreando agua, con zuecos, sin saber qué hacer con el paraguas. El embaldosado era un estercolero de serrín mojado. Los criados no daban abasto solucionando problemas. El desfile frente a la capilla ardiente se efectuaba con grandes dificultades. Rumor de condolencias. Voces de curas, «vita mutatur, non tollitur… Kyrie eleison».
Se iban abriendo habitaciones para que cupieran todos. Las alfombras no salían airosas.
Los dos primitos de mi lado hablaban entre ellos en voz muy baja. Apenas me llegaba lo que decían:
–La carroza fúnebre con los seis caballos está en el cobijo de la entrada de las cuadras. He avisado de que no venga ningún carruaje más; no caben.
–Pobre madre. ¿Qué hacen en el salón de música? ¿Por qué retiran el piano?
–Hay una gotera.
–Arriba se ha metido gente. Toda la casa patas arriba.
–No podemos hacer que se queden fuera.
–Los monaguillos están todos juntos en la glorieta pelándose de frío.
–El agua baja por las calles arrastrando ramas.
–Mucha gente del pueblo no puede cruzar la torrentada para venir.
–Mejor, digo yo. Pobre madre.
–La riada se ha llevado los cacharros de casa del cestero y las gavillas del abuelo Jepó.
–Este retraso no se lo perdonaré nunca a Roc.
–No debe de poder venir, con el diluvio que cae.
–Que no se hubiera movido de donde le correspondía.
–¿Y las quince coronas?
–Bajo la lluvia.
–¡Hombre!
–¿Qué quieres, meterlas aquí?
La multitud comprimida, en silencio, como de piedra. Truenos y relámpagos reventando el cielo. Agua va, sin parar. En el rincón del comedor, un cubo recogiendo el agua de otra gotera.
La enterramos a las seis de la tarde, con densos nubarrones sobre la cabeza amenazando con volver a actuar. Nada de acompañamiento. Una única berlina llena de hijos y parientes cercanos. Rodeo por los sembrados para evitar la crecida. El cementerio era un pantano. Sacerdotes y monaguillos rezando el responso de pie encima de unos tablones. El ropaje ornamental de la carroza colgaba empapado. Parecía que el mismo ataúd llorara, escurriendo lágrimas por encima de la caoba. Sin coronas. Se las había llevado la riada.
Roc no venía. Se había herido. Lo trajeron muy tarde, con la cabeza vendada.
La cornisa del Teatro Coral se había desplomado. Hubo más heridos. El acto se había suspendido.
Flores y cintas negras con letras de plata, banderines republicanos, distintivos, escarapelas, todo junto dando tumbos en el agua turbia, corriente abajo.
El banquete de la victoria y los consiguientes comentarios en las publicaciones de la Lliga, bastante jocosos a costa de los militares, habían provocado las iras de la guarnición de Barcelona. Cuando el semanario satírico Cu-Cut! ya había sido secuestrado por orden de la autoridad gubernativa, más de trescientos oficiales, de manera violenta, irrumpieron de noche en el taller tipográfico causando un tremendo destrozo.
Fue algo que trajo mucha cola. Aparte de la reprobación general de los catalanes, en los ruidosos debates del Congreso y del Senado de Madrid se discutió sobre si se nos castigaba más o no. Tan contundente fue la controversia, que culminó con la dimisión del presidente del Consejo. Al frente quedó Segismundo Moret, directo adversario de la autonomía catalana, que no perdió tiempo presentando una Ley de jurisdicciones que dejaba sometida nuestra tierra a un estado de excepción.
No solamente era fuente de intranquilidad la libertad en crisis, la represión, los conflictos laborales, la patronal endurecida, los movimientos anarcosindicalistas, la autoridad desorientada y el creciente clima de ciudad sin ley, sino que ese final de año estalló la temida ráfaga de bombas.
–¡Feliz año nuevo, catalanes!
Ahora la ponían contra quien fuera. Desmembrar, desgarrar, salpicar de sangre mercados y calles céntricas, la Rambla dels Estudis, la Rambla de les Flors, la calle Fernando, muertos y mutilados anónimos, gente que pasaba por allí. Nadie quedaba exento de peligro. El terror estaba asegurado. Un éxito. Propaganda mundial de los agitadores, a quienes urgía destruir la sociedad establecida para asentar la que ellos querían.
–¿Y cuál quieren? – preguntaba Sabina sin entender nada.
El señor Jaume le decía con voz calmada:
–Quieren una sociedad sin cadenas. Fuera la esclavitud, fuera el opresor. Libertad radical.
–¿Y eso es malo?
–Depende. Para ellos las cadenas son las leyes, las tradiciones, la moral, la religión, la propiedad. Si consiguen la liquidación de milenios de forja cívica, de cristianismo, de Iglesia, de código ético, de academia, de cultura, de familia, les quedará un magnífico individuo libre, desnudo y vacío. Paradoja del progreso que les llevará a una retropropulsión hacia el hombre primitivo. Esta mejora bien merece la campaña de crímenes brutales. Es el sello de su criterio.
Les explicamos que la misma noche de Navidad se había atentado contra la vida del cardenal Casañas, cuando salía de la catedral.
–Se salvó porque era noche de milagros.
Los ataques contra la jerarquía eclesiástica empezaban a hacerse inquietantes, mientras que la feligresía no optaba por la prudencia, sino que se crecía en contundentes reivindicaciones de apropiarse de España en nombre de Dios. No se acababa de concretar si Dios tenía ganas de entrar en el juego.
Al hermano marista del señor Jaume, dedicado al magisterio, lo habían destinado a formar parte de la comunidad de Barcelona, en el Patronato Obrero de San José.
–¿Conoces el edificio, Pol? En el Pueblo Nuevo, en la calle Wad-Ras.
–Sé que es importante.
–Poderoso. Unas instalaciones educativas formidables. El vecindario obrero respeta a la comunidad y la acepta. No se diría que hay animadversión. Tan sólo últimamente les han ensuciado la fachada. Y cuando mi hermano llamaba a la puerta, tenía que pisar un montón de basura que les habían tirado en la entrada. Ligeros síntomas.
Mientras esperábamos la comida, el señor Jaume me explicó la labor pedagógica de los maristas. No me imaginaba tanto esfuerzo para acoplarse a las exigencias educativas modernas.
Por la tarde recibimos en el despacho al abogado Badia de Valtallada, que aprovechaba la estancia del señor Jaume en Barcelona para plantearle un asunto tributario. La conversación derivó, naturalmente, hacia el ambiente general que se respiraba en la capital.
Badia de Valtallada estaba en un grupo de defensa social compuesto por abogados católicos, a los cuales les preocupaba específicamente de qué complot partía el terrorismo. Nos dio tan diversas interpretaciones que entendíamos el dilema de la policía para llegar a alguna conclusión. Yo lo escuchaba atento, para hacerme más tarde el sabihondo, cuando el Guix pequeño me repitiera que estaba en las nubes.
–El terrorismo es una táctica que no todas las ideologías opositoras justifican, por más que se aprovechan de los resultados. Anima a los oprimidos a la revuelta, les da a entender que no basta con protestas y pancartas, que para romper el sistema se tiene que proceder traumáticamente, tiene que haber sangre. Ya la lucha de clases ha ido instigando a los trabajadores para que se lancen a las malas. Se les ha inculcado que el enemigo es todo aquel que no tiene callos en las manos. Al conjunto de políticos avanzados que quieren darle un vuelco al mundo, no les conviene la legislación social con mejoras para los que trabajan. No les conviene que la patronal cumpla. No les conviene un amo con buena disposición. Los quieren altaneros y duros, rabiosos hasta morder. Látigos, obreros maltratados. Protesta, resentimiento, motín.
–¿No pretenderá decirnos que el sindicalismo prefiere que no se aumenten los salarios?
–No exactamente, pero nadie ignora que un buen trato a los obreros los amansa. Si el amo los tiene domesticados, son de él. La causa igualitaria necesita hombres con hambre. A un hombre hambriento se le hace seguir con la sola promesa de pan. Me consta que está rebosante de trabajadores católicos, obedientes a la jornada laboral, que van con el rabo entre las piernas. Tienen miedo de que les caiga el garrotazo de parte de los camaradas. Ya han apaleado a bastantes esquiroles y han llevado a cinco al cementerio.
–Usted es muy exclusivista. Todo lo dirige contra los que no le gustan.
–Yo sé muchas cosas, amigo Jaume. Por eso hablo. Y conste que no he dicho que el socialismo sea el que pone las bombas. Lo que sí me consta es que más de un anarquista acepta dinero de grupos interesados en originar desórdenes.
–De acuerdo, escuche, Badia, yo le puedo sacar a colación un montón de rumores. Tal vez le sonarán un poco «lerrouxistas», pero van de boca en boca. Hay quien dice que esos individuos están al servicio de las mismas autoridades como agentes provocadores a fin de que la represión quede justificada. Y también se apunta que las bombas las pagan los fabricantes para difamar al movimiento obrero. Y que la policía orienta la colocación de los artefactos para poder efectuar la detención de dirigentes ácratas. Y que el Gobierno de Madrid ha implantado el terrorismo en Barcelona para hacer saltar las barretinas. ¿A que usted, a pesar de sus bonitas comunicaciones, era ajeno a todo esto tan pintoresco?
Badia de Valtallada se rió.
–Pues no. Aún le ahorro teorías.
Oliendo el cigarro que yo le ofrecía y enarcando las poderosas cejas, prosiguió:
–Incluso me ha llegado a los oídos que en los conventos hay una provisión de explosivos que el clero vende a granel para que la ciudad laica purgue la penitencia.
–¿Quiere decir que tienen una tienda de bombas?
–No, no. Hay un punto de lógica. Parece ser que las órdenes religiosas han acumulado munición para el alzamiento carlista que se está preparando. Son gente de temer. ¿No ha leído nunca en la prensa que en cada altercado han visto frailes disparando desde las iglesias?
Intervine yo sin adherirme a la vis cómica:
–Pero usted aún no nos ha puntualizado quién nos las arrea realmente. Quién activa esos petardos mortales contra las paradas de flores, los comercios, los mercados y los mismos urinarios públicos de la Boquería. ¿Quién lo hace?
Volvimos todos a la seriedad. Badia de Valtallada dijo, pausadamente:
–Lo hace la revolución.
Moviendo la cabeza preocupado, prosiguió:
–La revolución engatusa a medio mundo. No creo que, aunque se cante La Marsellesa, se tome el modelo francés. Me temo que hoy el vendaval revolucionario sopla en Rusia. España está alucinada. Infinidad de grupos no pierden de vista a Lenin. Querrían uno igual. Ya tenemos el terreno abonado. Miseria por todas partes, mala gestión, injusticias, favoritismos, burlas a la ley, corrupción. No faltan agravios. Cada sistema de gobierno produce agravios. El descontento puede ser muy justificado, pero ellos reniegan de acudir a las urnas. No quieren legitimarse a cara descubierta frente a los ciudadanos, no quieren pasar por la verificación del sufragio. Ellos van al exterminio del contrincante; ellos ponen a punto una mecha gruesa a merced de la cerilla bolchevique.
Estaba absorto en un artículo que explicaba la devastación de la ciudad de San Francisco de California a causa del terremoto y del incendio consiguiente. Ni un solo edificio en pie, calles resquebrajadas, hundimientos, vías de tren retorcidas, puentes destruidos, montañas de escombros y miles de cadáveres enterrados…
Alguien me puso la mano en el hombro. Era Climent.
–¿Qué tal, Pol? ¿Tienes a la familia por aquí?
–¡Hola, hombre! – dije levantándome-. ¿De dónde sales?
–He ido a tu casa y me han dicho dónde estabais. Sentémonos y charlemos, venga.
–¿Pasa algo?
Apretó los labios moviendo la cabeza.
Nos acomodamos de lado. Se le veía preocupado. Inspeccionó los alrededores con ojos atentos.
Le dije:
–Están allí. Tardarán.
Climent asintió y bajó la cabeza.
–Berta tiene a punto otra remesa de billetes de banco.
Al cabo de un rato, volvió a hablar:
–Fíjate tú el tiempo que hace. Creía que ya estaba restañado, pero la cosa no ha terminado aún.
Se frotó los ojos.
–Siempre al acecho, Pol, y no sabes lo que me cuesta captar cada movimiento de esta mujer astuta a quien alguien tiene cogida del cuello. No sé de qué manera poner fin a esto.
–¿Cómo estás tan seguro de que la cosa persiste?
–Hasta hace poco no lo tenía claro. Ahora me consta que sale dinero de todas partes sin saber dónde va a parar. No recuerdo si te dije que a principios de año mi suegra se había roto el pie. Bien, desde el suceso, la he visitado alguna tarde. Es una vieja carcamal. Mientras habla pierde el hilo. Me explica su gran disgusto por el pulgón de los rosales. Yo hago ver que la escucho mientras pienso en mis cosas y controlo el reloj. La propia Berta no la soporta. Me la cede un buen rato toda para mí. De repente, hace apenas una semana, la suegra me preguntó cómo me iba la fábrica, si salía del atolladero. «¿Ya has podido devolver los créditos?» Dije que sí con la cabeza sin saber de qué créditos me hablaba. Ella exclamó: «Pues ahora ve por aquello mío, que no quiero perderlo, ¿oyes? Berta no quiere que te lo comente, pero ya le dije que no lo quiero perder». Me quedé helado. Berta le ha sacado dinero diciendo que era para mí.
Me pidió tabaco y, liando un cigarrillo, siguió hablando:
–Yo no puedo seguir indagando solo, me tienes que ayudar tú. Eres el único que lo sabe. No quiero que nadie más se meta donde no le llaman. Estoy en la fábrica trabajando horas y horas mientras los asuntos familiares se me escapan. Ahora me consta que la entrega es inminente. Has de rastrear tú, no la tienes que perder de vista.
Me levanté disgustado.
–No tienes derecho a pedirme esto. Lo siento. Siento que estés tan perdido, pero yo no puedo hacer nada, Climent.
–No quieres -irrumpió él poniéndose también de pie.
–Es lo mismo. ¿Te parece extraño? Parece mentira que me pidas colaboración en una cuestión que me ha perjudicado tan seriamente.
–Sigues resentido.
–No daré ni un paso cerca de tu mujer. Por favor, Climent, no cuentes conmigo.
Se volvió de espaldas y se alejó lentamente sin más, sin una sola palabra.
En el suelo estaba su cigarrillo sin encender. Me quedé allí sentado, temblando por dentro, mirando el chorro de agua que la esfinge echaba por la boca.
Estuve repasando el historial de la estridente cantante italiana. Todo era rebuscado para hacer publicidad de sí misma, escándalos ridículos que hacían dudar de su arte. Cada vez que leía el nombre de la famosa excéntrica, algo me chocaba sin entender qué. Signora Cavallieri, la denominaba el cronista. Me quedó un regusto indefinido, un pensar en la signora Cavallieri sin más ni más.
Al salir de casa aquella tarde para dirigirme al Club Vilana, de repente, en una especie de impulso no deliberado, hice detener un coche y di la dirección del picadero. Era jueves. «Los jueves Berta no viene porque es día de recibir.»
El itinerario tan largo se me hizo pesado. Temía que el cochero se extraviara. Él me había asegurado que no era la primera vez que iba.
Venga trotar por las callejuelas sin adoquinar de Horta. Rodeos alrededor del Turó de la Peira y arriba por los descampados.
Llegamos.
–¿Puede esperarme, por favor? No tardaré.
La tremenda posibilidad de tropezarme con Canalís me hizo subir a la tarima por el extremo más alejado. Había bastante gente en las mesas. En la pista entrenaban algunos alumnos.
Me mantuve apartado, inspeccionando el panorama.
La flamante Caterina de Médici entrando en el circuito me dio a entender que tocaba el turno de mis conocidos.
De modo pues, que me dirigí al centro del estrado. Sin dificultad me detuve delante de la mesita donde Climent tomaba café a solas. Levantó la cabeza y, al descubrirme, hizo un gesto de perplejidad.
–¿Qué tal? – dije-. ¿Me invitas?
No me contestaba. Tan sólo respiraba fuerte, como enfadado. Pero de repente parpadeó y exclamó:
–Claro, hombre. Siéntate.
Nos sentamos uno frente al otro. Yo tranquilo. Él expectante. Sin ambages, le dije:
–He leído en el periódico que Lina Cavallieri viene a Barcelona.
–¿Ah, sí?
–En las crónicas hablan de la cantante burlándose un poco, y cada vez que la mencionan la llaman signora Cavallieri.
Climent no dio señales de reaccionar. No comprendía nada en absoluto.
Saqué un lápiz y un trozo de papel del bolsillo, anoté dos palabras y se las puse delante.
–Signora y syñora -remarqué-. Suena igual, es la misma pronunciación. El que escribió la nota a Berta no era castellano, sino italiano.
Me miró fijamente.
–Barchini el fotógrafo -murmuró.
Nos quedamos callados un buen rato.
Fijó los ojos y dijo lentamente:
–De hecho, Barchini firma los retratos con la letra ornamentada, con una plumilla que hace escritura gótica.
–¿Aún vas a verlo los sábados?
–A veces. Le llevo alguna placa a revelar. Apenas tengo tiempo.
Apretó la boca. Movió la cabeza como negando.
–No sé, Pol. No veo claro que sea el chantajista. Capaz de cualquier desenfreno sí, nocturnales indecentes, hombres viciosos, de acuerdo, liado con chulos y perdidas, pero un delincuente… Él hace dinero, no tiene ninguna estrechez económica.
No dejaba de negar con la cabeza.
–Hace años que nos conocemos. Jamás hemos hablado de nada que no fuera fotografía. Ni política, ni mujeres, ni puñetas. No sé cómo explicarlo, no lo veo como para hacerme una marranada a mí. Para él soy un cliente brillante, le importo, parece que me admire. Además, mi mujer no ha entrado nunca en su establecimiento, ninguna relación, no creo que ni siquiera se conozcan.
–La conoce más que bien. La ha visto en tus clichés. Y ese fulano es bastante canalla retratando muchachitas.
Me miró extrañado.
–¿Cómo sabes tú esto?
–Me lo dijo un aficionado gráfico que vio su álbum secreto.
Climent suspiró hondamente.
–Son las mejores fotografías jamás conseguidas. Son poesía. Ha retratado esencia, capullitos de mujer, serafines. No creo, no creeré jamás que en su obra Barchini vea más allá de la pureza.
–O sea, que lo descartas de todo pecado.
–¡No hombre, no, tampoco! Esto que me dices es digno de ser tenido en cuenta. Bien, Pol, seguiré con atención este indicio importante. Encima, has venido a verme. ¡Cómo agradezco tenerte de cooperante! ¡Gracias, infinitas gracias!
Era un semiabrazo placentero, de práctica usual.
–Esta tarde salimos con la señora Pujolá. Vamos a comprar la tela. ¿Tú vas al club?
–Tal vez vaya a ver una exposición de cerámica. Quería que vinieras conmigo. ¿Qué tela tienes que comprar?
–Para los juegos de mesa. No podemos esperar más; aún los tiene que bordar. Si ves a Melcior Malla, dile que el domingo vuelve la violinista Anna Bracons. Maria Serret nos traerá el violín en algún momento. Melcior tiene interés y la otra vez se la perdió.
De buena gana la hubiera dejado escapar. Resultaba curioso que no me fascinara aquella mujer de tanto talento artístico. Me embarazaba su áurea vanidad ejecutando con tantos humos un raudal imparable de serenatas después de la hora de cenar.
Compareció la señora Pujolá con vestido nuevo y ensombrerada, preparada para salir. Siempre ofrecía un aspecto pulcro y parco, de dama de compañía de comportamiento impecable. Amélia y ella se fueron enseguida.
Yo me acababa el café cuando la criada me vino a decir que una de nuestras conocidas preguntaba por mí.
–¿Con un violín?
–Sin violín, señor.
Me puse la chaqueta y me dirigí al recibidor.
Allí de pie, en el centro de la alfombra, con la luz del balcón como un reflector, aparecía en todo su colorido Berta Cros.
Me quedé tan parado que se me cortó la respiración.
Vestía de randas color salmón, con un gran sombrero negro, adelgazada y elegante.
Enseguida se oyó su voz, muy baja de tono, suave:
–Me dijiste que, cuando quisiera hablar contigo, llamara a tu casa.
En el acto entendí que sabía que estaba solo.
–Veo que estás bien de salud -dije.
Aquella mujer siempre tomaba ventaja en iniciativas impensables.
–¿Podemos sentarnos?
–Tú misma. Supongo que será breve. Tengo que salir.
Hizo un gesto de sumisión y se acomodó, con el monedero recamado de abalorios en la falda. Parecía abatida.
Yo también me senté. A primer vista no sabía qué actitud adoptar con ella. Tan sólo intentaba dominar mi mala disposición.
Se había embellecido la cara con un toque de colorete. El azul de los ojos y la onda de oro sobre la frente la hacían atractiva, pero después del tiempo de no verla, la encontré muy cambiada. No propiamente desmejorada, sino diferente, casi solemne. Era que se hacía mayor o que estaba enferma, o las dos cosas a la vez.
Habló tranquila, lejos de su habitual histrionismo:
–Tenía ganas de decirte que deploro todo lo que te he perjudicado. Aprecio tu silencio durante mi enfermedad. He dejado pasar el tiempo para que nos serenemos.
–Al grano, Berta, por favor.
Bajó la cabeza. Sus palabras eran un susurro:
–¡Pol, Pol! Te he llevado en el pensamiento cada minuto de estos años. Aún no has entendido que todo pasó por culpa de enamorarme tan apasionadamente de ti.
Me levanté.
–No vayas por este camino, Berta. Si pretendes hacerme creer que me vilipendiaste por amor, apaga y vámonos.
Se tapó los ojos con la mano. Su voz sonó rota, conteniendo el llanto:
–¿Por qué te niegas a reconocer el único descargo que tengo? Aún te quiero, te he querido desde siempre. Te ruego que me lo tengas en consideración.
–Mientras me querías te acostabas con otro, ¿no? Por favor, Berta, no me hagas perder la paciencia. Te quiero buena y sana, ¿oyes? No me importas personalmente, pero no aventuraré tu salud con una escena violenta. Si todo el argumento que te ha traído hasta aquí es éste, no perdamos más el tiempo.
Se puso en pie muy alterada. Dio un paso hacia mí, pero se contuvo. Hacía esfuerzos para no repetir sus actitudes ardientes. El lujoso monedero se le había caído al suelo y no se daba cuenta.
–¿No puedo tener la esperanza de que dejes de detestarme, Pol?
–No has corregido la injuria.
Palpitaba y se atragantaba. No sé si aquello era la arritmia. Recordé cuando en Portaferrissa no me creía que se desmayaría.
–Por favor, Berta, no te me pongas más en el camino. Dame la oportunidad de olvidar.
Le recogí el monedero.
–¿Tienes el coche abajo o te pido uno?
Aquel monedero pesaba insólitamente. Estaba entreabierto y vi la culata de una pistola.
–¿Qué es esto, Berta?
Me lo cogió y se dirigió hacia la puerta de salida.
–Tengo un coche que me espera, gracias.
La retuve por el brazo.
–¿Por qué llevas esto?
Nos estuvimos mirando fijamente.
Finalmente, exclamó:
–Cuando vengo sola a Barcelona me prevengo.
Sin esperar que le abriera la puerta, lo hizo ella. Prescindió del ascensor y bajó rápida el breve tramo del entresuelo, con las randas salmón revolteando.
–No hace falta que bajes -dijo estirando la mano para detenerme.
Me lancé escaleras abajo y tan sólo tuve tiempo de verle la falda cuando cerraba la portezuela de un simón de alquiler. No iba en ninguno de los carruajes flamantes de su casa.
Conseguí que se detuviera un coche de punto. Pero el simón, ya muy lejos, se confundía con el tránsito de la avenida.
Rambla de Cataluña abajo aún lo alcanzamos. La carrera se alargaba, recta, en dirección al mar. Ni siquiera podíamos ganar terreno. El cochero me indicó que por el centro de Barcelona no se podía correr de esa manera.
Yo mismo no me explicaba por qué me había puesto a perseguir a Berta. Pero el hecho morboso de su aparición en casa, junto con la visión del arma que llevaba, me había hecho actuar instintivamente.
Se interponían entre nosotros otros vehículos y un buen número de transeúntes desperdigados. Ya por los desvíos de la ciudad vieja, en plena desorientación, nos liamos. Estábamos a la altura de Santa Anna. No se veía ni rastro del simón. Lo dimos totalmente por perdido.
Bajé del coche y seguí a pie. Tenía la impresión de que Berta también había dejado el carruaje.
Erraba sin norte ni guía atajando hacia la derecha en dirección al Portal de l’Ángel. Por aquellos contornos vi pasar un simón vacío. Nada en absoluto podía indicarme que fuera el mismo, si bien aquellos especímenes anticuados no abundaban.
Caminaba a buen paso, observando atentamente. Callejones de pisos viejos con ropa tendida en los balcones, vecindad decadente, gente muy pobre. Me llamó la atención una fachada vetusta de grandes balcones góticos que destacaba en un chaflán, poco acorde con la humildad de la zona. Era un edificio noble, habilitado para la Peña de Cazadores. Me detuve delante. Me esforzaba en recordar quién me había hablado de la Peña de Cazadores. Bien, había sido el marqués de Silos, casado con la gorda Conxita Fontá. Me había comentado el apogeo de la entidad frecuentada por gente notable.
La entrada estaba reservada estrictamente a hombres. Ninguna mujer podía meter la nariz. Por tanto, Berta no se había colado dentro. De todos modos, debía tener presenté que allí existía un foco de posibles contactos.
Proseguí mi incierto camino.
Me llamó la atención encontrarme de repente delante de la taberna donde aquella vez Berta me había hecho entrar. Haberla perdido por aquella zona no dejaba de ser curioso. Deambulé insistentemente por unas calles ya mejor acondicionadas, con bazares y comercios.
Eran cerca de las seis, temprano para haber animación en los cafés. Los transeúntes circulaban por motivos de trabajo, y la única afluencia, mayormente femenina, convergía en las tiendas. No hubiera querido toparme con Amélia y la señora Pujolá el día que perseguía a Berta.
Finalmente entré en La Vienesa, el establecimiento situado delante del Barchini-Fotógrafo, donde solían encontrarse Climent y Berta. Escogí una mesa al lado de la ventana y pedí un granizado.
Veía al otro lado de la calle las puertas vidrieras y el escaparate con exposición de retratos. Observaba quién entraba y quién salía.
Apenas se me aclaraban las ideas. Trataba de encontrar el quid de la rara visita y de aquel demonio de monedero pesado. Quizá yo la había coartado cuando venía a hacerme alguna confidencia importante. No la había dejado hablar. Lo lamentaba, me sentía muy mal. Metido en aquella chocolatería, no hacía nada a su favor y, aun así, no podía moverme, parecía que hiciera algo.
Transcurría el tiempo. Había más movimiento a mi alrededor. Iban entrando los parroquianos.
Eras las siete en punto cuando se abrió la puerta y apareció por sorpresa Climent. Nos quedamos mirando desconcertados. Veloz, se me lanzó a la mesa y susurró:
–¿Qué, Pol?
–Ha estado en casa.
–¿En vuestro piso?
–Tal como te lo digo.
Se sentó moviendo la cabeza hacia delante. Yo también me inclinaba hacia él porque no podíamos gritar. Le detallé punto por punto el incidente, incluyendo expresiones amorosas y el contenido del monedero.
–La he perseguido por media Barcelona, Climent, pero se me ha evaporado por estos recodos.
Nos quedamos callados un buen rato.
Climent dijo en voz baja:
–Hoy hace una entrega, estoy seguro. Estoy aquí por eso.
–¿Pero de verdad cuentas con verla meterse en casa de Barchini?
–¿Pues por qué esperas aquí tú?
–Por si se mete. Escucha, aquí cerca está la Peña de Cazadores, ¿lo sabías? La frecuentan hombres importantes.
–Me los sé todos de memoria. Tengo una lista de socios. Los he pasado por el cedazo de uno en uno. Relaciones extrañas, tantas como quieras. Pero nada que complique a Berta. Tú no tienes idea de cómo he investigado.
Tanto el uno como el otro quedamos absortos de nuevo.
–¿Un simón? Pues ha venido en tren.
–¿Por qué? Tenéis un montón de coches.
–No quiere que quede registrado un viaje a Barcelona.
–¿Qué piensas de la pistola?
–Que llevaba mucho dinero encima. La sabe manejar. Hemos practicado puntería.
–¿Mucho dinero en un solo monedero de nada?
–Las mujeres se guardan el dinero donde quieren. De una cosa estoy seguro: Berta no sigue el sistema de siempre. Ahora es ella quien viene a hacer la entrega. Quería salir sola. Yo había dispuesto que alguien la acompañara siempre, con la excusa del corazón. El chico mayor no la deja. A ella le pone nerviosa estar tan vigilada. Bien, pues hoy le he puesto una trampa.
Hizo una pausa.
–He dicho que asistiría a una junta de Fomento y que me quedaría a cenar en Barcelona. Un margen de tiempo para que ella actúe. Si ya ha estado en tu casa, quiere decir que corre mucho.
–De acuerdo que lo hayas preparado tan bien; pero si no te sitúas en el lugar conveniente, tan sólo le habrás facilitado la maniobra.
–Desconozco el lugar conveniente. No sé dónde puñetas la tengo que sorprender. Solamente trato de abrir la veda. Hace demasiado tiempo que voy a remolque. Este local que apesta a leche y nata ofrece posibilidad de observación, ¿no? Pues aquí me tienes. Es impensable que hoy resolvamos nada, pero podríamos detectar algún trasiego, como por ejemplo que fuera Barchini quien saliera en su busca.
–Si es así, ¿qué hacemos?
–Seguirlo. Nada más. Hemos de verificar y reunir pruebas. Paso a paso. Lo quiero bien atado. ¿Qué tomas? ¿Sólo un granizado?
Permanecimos largo rato con los ojos clavados en la puerta del fotógrafo, comiendo merengues. Veíamos entrar y salir a algún cliente. De repente, Barchini apareció en el portal. Climent se quedó quieto con la boca llena y yo a medio morder. El fotógrafo aparentaba calma. No se marchó, sino que tomaba el aire. Lo contemplamos allí de pie, fumando pausadamente, ordinario, con levita y corbatín y una esponjosidad de pelo. Quince minutos justos. El italiano miró arriba y abajo, lanzó la colilla y se volvió a meter dentro. Ni un gesto que denotara alguna particularidad.
Oscurecía. Se encendieron las luces de los escaparates. Entreveíamos su silueta moviéndose por el interior.
–¿Hasta cuándo esperaremos aquí?
–Démosle tiempo. Puedo seguir solo si tienes prisa.
–No tengo prisa, no te preocupes.
En la calle se habían encendido las farolas. Hacia las nueve, Climent se levantó.
–Sigue unos minutos solo, por favor, ¿quieres? Voy de un salto a la Telefónica. Quiero llamar a casa y aquí nadie tiene teléfono.
No estuvo mucho rato fuera. Cuando de nuevo entró en el local, venía con la cara larga.
–¡Venga, chico, dejémoslo! – dijo-. Berta ya está en casa.
Respiré. No veía que aquel espionaje nos llevara a ninguna parte. Climent emitió una especie de bufido.
–Quien sea el malparido, ya tiene el botín. Una buena ocasión a hacer puñetas. Se ha puesto el chico al teléfono. Me ha dicho exactamente: «Mamá ya está aquí, se ha echado en la cama porque está cansada». Yo le he preguntado si sabía dónde había ido. «Ha estado toda la tarde en el Centre Cultural Sabadellenc con un grupo de señoras; ha vuelto hace diez minutos.»
–Al menos, quizá podemos descartar a Barchini.
–¡Vaya! ¡La única pista que teníamos!
Me levanté para ir al mostrador a pagar la cuenta.
–¿Sabes, Climent? Temía por Berta, temía que le pasara algo.
–No te inquiete nunca eso. Es ella la que hace que a los demás les pasen cosas. ¡Venga, Pol, a cenar!
–Por favor, Amélia, tengo los merengues atravesados.
Estaba sentado a la mesa por cortesía.
Amélia cenó mientras escuchaba mi narración. A ella le parecía mentira que Berta hubiera subido al piso.
–Dime, pues, que debía de estar haciendo de centinela esperando que te quedaras solo.
–No lo sé, Amélia. Me ha parecido fuera de sí, con aquel cacharro en el monedero.
Nos levantamos de la mesa para pasar a la galería. Amélia me sirvió una copa.
–Cambiemos de tema, Pol. Hablemos del acontecimiento de Madrid. ¡Parece extraordinario!
–¿Qué pasa en Madrid?
–¡Mañana se casa el Rey!
–¿Mañana?
–¡Cómo estás, chico! Te tendré que aplicar una cura drástica que me recomendó la señora Pujolá.
–¡Válgame Dios! ¿Qué me quieres hacer?
–No te asustes, hombre, nada de atrocidades, un truquito sencillo que pone a tono maridos distraídos.
–¿Soy un marido distraído?
–Hoy, sí.
–¿Y en qué consiste este truquito?
–Se debe aplicar en la cama.
–¿Es honesto?
–Depende.
–¿De qué depende?
–Del marido.
–Venga pues, probémoslo.
Pero Climent y yo ese sábado no llegamos a reunirnos; él anuló la cita porque un imprevisto se lo llevaba a Madrid con la comisión de fabricantes, de modo que ya no nos volveríamos a ver hasta pasado el verano. El calor vino de repente y Amélia, Blai y yo nos trasladamos a la masía de la sierra anticipadamente.
Jaume se lamentaba por no haber estado en Barcelona el día memorable de la Fiesta del Homenaje.
–Bien, nosotros nos encontrábamos en Barcelona y a duras penas podemos explicar más cosas que tú -le dije-. Salimos con Amélia y el niño Gran Vía Diagonal abajo en coche descubierto y muy pronto quedamos encallados en la compacta hilera de carruajes. El atasco no tuvo solución; tenías que ver a la muchedumbre que desfilaba haciendo una barrera humana inconcebible. Militantes de partidos políticos, diputaciones provinciales, corporaciones municipales, entidades artísticas, orfeones, danzantes, gremios de diferentes oficios, enseñas, pancartas, insignias. Todas las calles principales estaban a rebosar. La multitud avanzó durante horas a paso de tortuga. Nosotros habíamos quedado bloqueados cerca de la calle Roger de Flor sin ver nada, excepto oír el clamor de la demostración histórica. Yo había tenido la idea de bajar del coche e ir a buscar dulces y refrescos, mientras Blai, asistido por Amélia, hacía pipí allí mismo y Dios no permitiera que le viniera otra necesidad, ¿entiendes? De manera que la magnitud del acontecimiento la paladeamos en los periódicos del día siguiente, tal como hiciste tú en Cervera.
Estábamos hablando en el porche de la masía y aquel episodio barcelonés irrepetible fue el tema central. La única que casi ya tenía bastante era Sabina. Todo lo que implicaba política, Sabina lo pasaba por alto; no solamente no entendía de política, sino que no le importaba. Tan sólo quiso saber por qué aquella vez tanta población entremezclada de izquierdas, federales, carlistas, demócratas y republicanos, incluido el teniente coronel Francesc Maciá y el destacado andaluz Nicolás Salmerón, habían accedido a abrazarse con el derechista Francesc Cambó para engendrar la Solidaridad Catalana.
–El nombre te lo dice, mujer -le dijo Jaume-. No se trata de ideal de partido, ni se trata de rivalidad política. Solidaridad Catalana viene a ser un pacto electoral, un frente a favor del catalanismo y punto. El Gobierno de Madrid presentaba en las Cortes una ley que evidentemente articulaba una patada legal contra nuestro Principado. Los representantes de izquierda, negándose a seguir el juego centralista madrileño, apoyaron a la derecha regionalista. Todos los partidos unidos en la Lliga en un gesto excepcional que dejará huella.
–¿Pero a quién le han hecho el homenaje?
–A ellos, a los parlamentarios no catalanes, a los que, por encima de su manera de pensar y de su propia lengua, defendieron las cuatro barras.
Hay que remarcar que las fechas negativas habían prevalecido. La más estremecedora, aún viva, era la del día de nupcias del mes de mayo. La pareja real había salido indemne de la bomba contra su carroza, que por otra parte había causado veinte muertos y herido a más de cien personas del séquito y del público. La blancura del vestido de Victoria, reina de España desde hacía unos minutos, había quedado salpicada de sangre, como un preanuncio de arriesgadas esperanzas.
Siguieron más atentados en Barcelona. En la Rambla de Sant Josep, en la Boquería, en el Paseo de Sant Joan… Parecía ser un desastre imparable con el cual teníamos que convivir.
Sólo faltaba la reciente ruptura del gobierno francés con la Iglesia al prohibir la enseñanza religiosa. Este incidente había provocado una tremenda sacudida en los católicos españoles, al mismo tiempo que la satisfacción de los liberales. La latente discordia se destapaba y saltaba en surtidores de espuma. Se había movido enseguida José Canalejas, el político siempre a punto de poner límite a la educación católica. Su tan debatido proyecto de ley restrictiva, que no había requerido la aprobación previa del Vaticano, resonó como un choque estridente de platillos. Aparte del estrépito en las Cortes, el movimiento masivo del sector creyente se había alzado en plazas, teatros, avenidas, y ya no hablemos de las homilías y de los miles de hojas dominicales. La organización de protesta tan extraordinariamente combativa había aturdido a los políticos liberales moderados. No se creían que hubiera tantos católicos. Pero la retracción no se producía. Los mudos ataques se intensificaban con virulencia. Profusión de manifestaciones anticlericales, mítines conservadores, descargas de los radicales, batalla campal, catorce heridos, veinte detenidos, ideas encendidas, piedras y bastones, huevos y tomates contra la procesión de la Virgen, Virgen dolorida y amarilla con los ojos en blanco a punto de desmayarse.
En un agitado debate del Congreso, Maura gritó que la ruptura con el Vaticano conduciría a la guerra civil y que los liberales estaban escribiendo el prólogo. La importancia de aquellas palabras sólo mañana la podría confirmar o desmentir la historia de España.
–Pero si el clero también se dedica a escolarizar tantos obreros, ¿por qué les tienes esta tirria? – preguntaba Sus, medio estirada en el sofá.
–Precisamente por eso -le contestó su marido, quien no se quería mover de delante del calefactor.
Éramos los de siempre, excepto Maria Serret. Teníamos copas y galletas en la mesa. Nos habíamos acomodado en el salón más importante de nuestra casa, alrededor del mueble gramófono Amphion, recién estrenado, sin trompa, que sustituía al antiguo. Pero no escuchábamos discos, sino que nos habían empezado las ganas de hablar. Julieta Setó estaba sentada al lado de su marido y se cogían de la mano. Fina pareja con contrastes de actitudes; él siempre adormecido y ella con los ojos abiertos y penetrantes, atentos a todo. Los hermanos Guix, que hacía tiempo que habían hecho las paces, pero muy lentamente y ayudados por todos, habían venido con Melcior Malla. El Guix pequeño había tomado la palabra para exponer sus opiniones, cayeran como cayeran. A mí me gustaba aquella convicción en todo lo que decía, tanto si todo lo que decía era acertado como si no.
–Mire, estimada Sus -empezó a su manera moderada-. El clero no gusta porque es demasiado rico. La riqueza nunca ha sido bien vista por los pobres. Las comunidades religiosas disponen de tantos bienes terrenales que, de hecho, resultan antipáticas. Han hecho voto de pobreza, ¿no?
Canalís, parpadeando, intervino:
–Yo conozco curas de sotana remendada que predican en los barrios bajos.
–No me refiero al clero secular. Entre esos hay un montón buenos y malos, como todo ser humano. Los unos se ganan la gloria eterna ayudando a familias necesitadas y los otros obtienen la pompa temporal arrimados a las familias notables. Yo hablo del clero regular que pertenece a las órdenes monásticas y está alojado en residencias espectaculares. Vean ustedes la propiedad de los escolapios en la Ronda de San Antonio, por ejemplo. Y el asentamiento poderoso de los jesuitas en la calle Caspe, y las mil comunidades de monjas educando niñas de clase acomodada. La predilección de los conventos por la alta sociedad la sabe todo el mundo.
–No detallemos los múltiples defectos -dijo Amélia-. Es la obsesión de juzgar toda institución por la actuación imperfecta de sus ministros. Vale la pena tener presente que gracias a la ecclesia alguien aprende a leer en España desde la época de los visigodos, hace mil años.
–Es verdad -convino Julieta Setó-. Han sido la primera fuente de cultura. Manuscritos de monje, bibliotecas en cada monasterio, incunables constatando la fe.
–Refirámonos al momento actual, por favor. Se han sumergido perniciosamente. Imparten una educación anacrónica y endurecida.
En aquel momento entró Maria Serret con su aire decidido. Se sacó el sombrero y nos saludó con un breve: «¡Eh!». Llevaba un ceñido traje sastre que la adelgazaba y la envaraba.
–Me acaban de decir que en la escalera de un restaurante ha estallado un explosivo de gran potencia. No sé si hay víctimas.
Nos quedamos en silencio. Ya no se nos ocurría ningún comentario sobre los atentados.
Maria Serret se sentó al lado del Guix mayor, dándole un golpecito en el brazo. Él se lo agradeció con una sonrisa apagada.
–No quiero interrumpir. Hale, continuad.
–Hablábamos del plato del día.
Dijo que sí con la cabeza.
Todo el mundo dirigió los ojos hacia el Guix pequeño Había expectación por lo que opinaba a causa de sus contrapuestos puntos de vista. Él se lo tomaba entre sorbo y sorbo de málaga. Sabía que era el único discordante del grupo.
–El Estado concede un exceso de privilegios al clero. Falta totalmente la igualdad tributaria. Se empieza por no controlar los ingresos de las comunidades, mientras que se hila muy fino con cualquier otra entidad privada. Encima, muchos colegios católicos disponen de subvención, aparte del número de inmuebles en propiedad que habilitan. Los maristas de Wad-Ras hacen daño a los ojos.
De los maristas de Wad-Ras yo sabía un montón gracias al señor Jaume.
–No son inmuebles para vivir bien -asenté-. Se trata de aulas y departamentos de instrucción para acoger a la masa obrera de aquel sector abandonado. Son, después de todo, funciones sociales. No tiene dispensa ningún otro establecimiento religioso que no sea de enseñanza o de beneficencia, como por ejemplo los monjes de Sant Joan de Déu. Ya debe de suponer todo el mundo que los clientes de estos sitios no pagan. El Estado no tira el dinero graciosamente tal como se dice, sino todo lo contrario, reclama impuestos cuando la congregación despliega alguna actividad mercantil.
–Tienen negocios, vaya. No tienen bastante con los emolumentos sacramentales y con las colectas de caridad.
–¡Pero hombre! – exclamó Melcior Malla-. Si les expropian los bienes y si el Estado no los puede mantener, han de tomar una decisión, ¿entiende? Son cincuenta mil bocas. No negamos que tienen dinero, pero tampoco negamos sus servicios. Si cumplen o no con el voto de pobreza, es cosa de ellos.
–La gente vulgar no está informada -convino Badia de Valtallada-; sólo habla.
–Vaya, me considera vulgar -observó el Guix pequeño enarcando las cejas.
–Ya me entiende. Pero usted mismo no reprocha, por ejemplo, que el Estado aún debe a la Iglesia la indemnización por las propiedades nacionalizadas hace cincuenta años. Entretanto, las escuelas religiosas no se han parado.
Yo puntualicé que, además, soportaban un montón de gastos.
–¿Cuáles, Pol? – me dijo el Guix pequeño-. ¿Comprarse las sandalias?
–Culto, mantenimiento de residencias y, sobre todo, misiones en el extranjero. Tienen un tipo de empresa que está regalando el artículo a todo el mundo. ¿Nadie lo aprecia?
–Aparte de los dimes y diretes económicos -insistió el Guix pequeño-, de lo que se trata es de la doctrina cristiana. No se debe impartir en la escuela, sino en el púlpito.
–Pero su programa es así -objetó Julieta Setó-. Y mientras gracias a ellos aligeramos el alud de analfabetos que ahoga el país, será prudente la aceptación. Los mismos anticlericales realistas reconocen que la nación no tiene recursos para financiar un sistema de escolarización pública. No pueden relevar las organizaciones religiosas ni aunque quieran hacerlo. La misma Institución Libre de Enseñanza no tiene ni cinco, no puede sostener las escuelas seculares privadas y mucho menos mantener cuotas módicas.
–Pues aquí convendría la ayuda gubernamental, ¿no? Y basta de latinajos. La capacidad de cada estudiante se debe desarrollar íntegramente, sin la jaula confesional. La libertad de conciencia no debe condicionarse. Cuando sean mayores, que elijan.
Julieta Setó, negando con la cabeza, habló lentamente:
–Tienen que conocer enseguida la existencia de la Biblia. No para catequizarlos, sino para que tengan plena conciencia de esta parte trascendente que mueve a las generaciones. A los cerebros menores de edad no se les puede restringir la educación; el hombre futuro tiene que crecer dominando todos los campos, no solamente guarismos y materias frías con indiferencia creciente, no solamente adquiriendo preparación cerebral, ignorando el enlace con el alma. En la enseñanza religiosa se descubren valores morales, racionalidad humana y significado del bien y del mal. La asignatura de Historia debe incluir la Sagrada. El magisterio no puede pasar por alto la aparición de un Hombre que ha conmocionado a la Humanidad hasta marcarle una era antes y otra después.
Melcior Malla se dirigió a ella, ecuánime:
–La Institución Libre de Enseñanza es moderada y moral, Julieta. Exenta de credo y dogma, pero no antirreligiosa; es imparcial y positiva, de una modernidad inteligente. A los cerebros pequeños de los que hablas les conviene más que la teología filosófica anacrónica, que tampoco sé hasta qué punto puede mover la espiritualidad.
Sus exclamó:
–Y, entonces, ¿por qué no han llenado nunca las aulas? En cuanto se ponen, sufren estrepitosas derrotas. ¿Por qué no triunfa tanta selección pedagógica?
–Porque la educación cristiana es la que prevalece -opinó el Guix mayor abriendo la boca por primera vez-. Es así de fácil. Los centros docentes progresistas no inspiran confianza ni aun abaratando la mensualidad. Más que una reforma educativa, al pueblo se le antoja un ataque a la fe y no quiere. El pueblo es devoto. Apenas ahora se le instiga contra los curas.
–La enseñanza laica no prospera porque tiene mala prensa -replicó su hermano-. Falsamente se escribe que se adiestra a los libertarios del mañana.
Badia de Valtallada, apartándose del calefactor y acomodándose junto a Amélia, apuntó que peor prensa tenía el clero.
–La información pública española contra la Iglesia es la más furibunda de Europa. Artículos, viñetas, mítines, teatro y Lerroux. No creo que ninguna colectividad mundial haya cargado con la campaña de descrédito que se lanza sobre la fundación de Cristo. Faltaba en el escenario Electra y La monja enterrada en vida, con tumultos y garrotazos en cada representación.
El Guix pequeño se reía sordamente.
–La fundación de Cristo merece enmienda, Badia, no puede sustraerse a cometer errores.
–«Divina y humana, santa y pecadora», san Agustín dixit. Yo añado que siempre ha sido perseguida. Cuando todos perdimos la guerra de Cuba, se lanzó el bulo de que los frailes tenían la culpa. Había que vituperar a alguien, y fueron los frailes. Se les acusaba de todo, de lucro, de maltrato a los nativos y de apoderarse del dinero del ejército. Se les dirigían diatribas absurdas.
Maria Serret asentía.
–Fue el principio del monstruoso panfleto que ya dura siete años.
–No siete, sino setenta. Pi i Margall fue el primero en poner el granito de arena anticatólico.
–Pasa que en estos momentos se amontonan auténticas dunas -exclamó el Guix pequeño-. El Partido Radical de Lerroux considera que el anticlericalismo es en defensa del poder civil. La Iglesia tiene un predominio que no le corresponde. Nuestra digna y muy devota María Cristina exageró; durante su regencia toleró la implantación de las innumerables órdenes religiosas que hoy nos saturan. Se extienden de manera abusiva, se meten en las fibras mismas de cada individuo haciéndole el bien o estropeándolo. No es fe, sino fanatismo. Imponen el culto, amenazan con el infierno. No prodigan el amor, sino el castigo contra el infiel. Pues actualmente ya tienen capacidad para captar a la clase obrera y todo. Esos edificios monumentales son una competencia desleal con las aulas laicas de barriada.
–Tú lo has dicho -prorrumpió su hermano-. Y los políticos liberales están demasiado celosos del peso de los obreros para tolerar que se los hagan suyos los maristas. La instrucción de las masas es codiciada; se trata de una multitud manejable con tan sólo fuerza en los brazos, sólo de tracción animal, vacía de intelecto; se la puede llenar de aquello que convenga, ahora que tiene derecho al sufragio. «Bien educada» tendrá más utilidad que la de hacer funcionar fábricas.
–No es un objetivo de conveniencia tan descarado, Damiá. Solamente se pretende rescatar a la clase trabajadora de la beatería donde se le enseña a arrodillarse y a decir amén. Hay corporaciones católicas de toda clase dedicadas a la captación del trabajador; tiran la red de san Pedro extralimitadamente. Una especie de democracia cristiana incursora, grupos reaccionarios de inspiración papal. Estamos haciendo de España una sucursal pontificia, una Santa Sede de poder fáctico que lo maneja todo. La Iglesia nunca tiene bastante y ahora pretende congregar la totalidad de la desprotegida multitud analfabeta.
–Es su trabajo. Congregar. No debe de tener nunca bastante. Los unos congregan a los fieles para la fe cristiana y los otros para la doctrina marxista. Es lícito.
–Pero a ver -terció Badia de Valtallada-, la organización religiosa de hoy no es el gremio medieval encerrado en reductos señoriales percibiendo diezmos, censo de dominio y donaciones de difuntos ricos, sino que ha experimentado un cambio profundo. Es una entidad urbana e industrial. Modernamente late al lado de la sociedad. Incluso admite esa especie de unión de profesionales independientes que proporcionan un importante canal de defensa de los intereses económicos de la gente. No todo se acaba con genuflexiones y oremus. Quiero decir que nadie les pasa lista ni los riñe si hacen campana a misa. Se estructuran auténticos sindicatos cristianos en España. ¿Y qué? La izquierda no tiene el monopolio de las uniones obreras. Los educadores con sotana toman posiciones para la captación de las tres clases sociales. Siempre les ha fallado la obrera. O mejor, ellos siempre han fallado a los obreros. Ahora están rectificando. ¿Y los tenemos que criticar?
–Los tenemos que aplaudir -dijo el Guix mayor-. Éste es el miedo de los anticlericales. El hecho de que los maristas impartan en el Pueblo Nuevo enseñanza gratuita a los hijos de los trabajadores, no lo tragan. Conjunto pedagógico donde preside el crucifijo. Los enemigos del clero se dan cuenta de que, mientras sus escuelas laicas no prosperan, las católicas resurgen valientemente abriendo talleres de aprendizaje, locales de recreo, de arte, de librería, comedores, teatro y patio para jugar a la pelota. Incluso han sabido montar un bar. Parece poca cosa, ¿no? Pues es la competencia, la aguja que pincha a Lerroux y a toda la izquierda laica.
–A mí no me suena a catequesis el afán de apropiarse de las almas humildes, Damiá. No pasa de astucia política.
–Es una opinión muy tuya. Apenas hace un año, el radical Lerroux inauguró a bombo y platillo la Casa del Pueblo para los obreros de Barcelona. ¿Lo hizo en beneficio de la comunidad o para asegurarse la victoria electoral? ¿Qué cometido tiene la Casa del Pueblo? Ya te lo diré: hacer la puñeta al Patronato Católico del Pueblo Nuevo. Una copia exacta sin el Sagrado Corazón.
–Tal vez, en definitiva -dijo Sus-, con esta pugna ganará el pueblo. De momento ya tiene Casa.
–Eso no se lo crea. El pueblo de Lerroux está condenado. La Casa será un círculo clandestino de agitación. Al pueblo se le prepara para que reciba las bofetadas del experimento.
–Le tiene usted mucha manía a Lerroux -comentó Canalís.
–¿Usted escucha sus arengas, Canalís?
–La verdad, no. Pero sé que cuenta con bastantes seguidores. Lo aclaman, vaya.
–A mí me repugna. Pide una legión de proletarios que hagan temblar al mundo. Dice que hay que entrar a saco en la civilización decadente; que se destruyan los templos, que se acabe con los dioses, que se levante el velo a las monjas y que se haga una hoguera con los papeles del Registro de la Propiedad. Cada vez que ese exaltado abre la boca, me sudan las manos. Tiene labia. Si anunciara garrotes para matar pulgas, habría bofetadas para comprarlos.
Maria Serret estiraba el brazo para coger una galleta. El Guix pequeño se inclinó y le acercó solícito toda la bandeja.
–Gracias -dijo ella dedicándole un parpadeo-. Aún no entiendo por qué una parte considerable de la burguesía catalana apoya a ese radical andaluz.
–Tenemos tanta variedad de burgueses como de galletas -respondió Badia de Valtallada-. La especie floreciente son los nuevos ricos descreídos y materialistas que prefieren renegar del amor regional a cambio de perseguir sotanas.
Canalís se humedeció los labios para volver a participar:
–¿Usted cree que algún capitalista ayuda económicamente a Lerroux?
–¿Por qué no? Lerroux cuenta con la generosidad de bolsillos destacados. Se dice que, a fin de fulminar el catalanismo, el propio Segismundo Moret le proporciona fondos secretos desde el Ministerio de Gobernación.
–¡La bicoca de los fondos secretos! – exclamó Sus incorporándose y ahuecándose la cabellera-. Parece ser que en los presupuestos del Estado se incluye la partida para la corrupción. Suma de millones para poderse entregar arbitrariamente sin albarán ni recibo. ¡Hale! Filón exprés para políticos sin escrúpulos. Días vendrán en que pagarán joyas para sus amantes.
Melcior Malla, aún interesado en la docencia, dijo:
–¿Qué opinan ustedes de las escuelas independientes racionalistas que dirige Ferrer i Guárdia?
Julieta Setó replicó veloz:
–No tienen nada que ver con el magisterio. Se han montado sin títulos académicos ni autoridad. Centros ácratas con maestros apenas ilustrados. Aquel individuo sí que pretende instruir para la sedición.
–¿Qué rige en estas escuelas? ¿Todo naturismo?
–Enseñanza experimental. Lo llaman así. De hecho, es un laboratorio para la introducción de ideas leninistas en el cerebro de los niños. Según Piotr Kropotkin, antes de levantar barricadas, la revolución se tiene que llevar a cabo dentro de las mentes. Que los niños crezcan con las ganas de alterar la convivencia. Usted, Simó, acusa a los católicos de meter a los pequeños en una jaula confesional; pues bien, la escuela ácrata los mete en una jaula ácrata.
–¿Y hace furor? – preguntó Amélia asustada.
–En estos momentos Ferrer i Guárdia está en la cárcel.
–Bien, ya lo sé. Quiero decir los múltiples locales que tiene en funcionamiento. No deben de haber cerrado las puertas.
Melcior Malla dio datos:
–La bomba contra los novios reales la lanzó Mateu Morral, de Sabadell, empleado en la editorial que Ferrer i Guárdia tiene aquí en Barcelona. La instigación del regicidio se imputa directamente a Ferrer i Guárdia. Si sale de ésta, se largará al extranjero, donde es un sujeto muy bien recibido. En Bruselas mismo le quieren hacer un monumento.
–¿Qué sabe Bruselas de nuestro país? – exclamó Badia de Valtallada-. Ferrer i Guárdia sólo ha dicho que es un perseguido de la España inquisitorial y ya lo tiene todo ganado. Venga, la Inquisición, y basta ya. Ferrer i Guárdia es bueno, y si está en la cárcel acusado de planear el asesinato del Rey, aún es más bueno. Así honra a los terroristas la Internacional anarquista.
–No tienen pruebas -dijo el Guix pequeño-. Lo retienen en la cárcel sin pruebas. Es un celo arbitrario de la autoridad. No hay nada que lo implique en el hecho.
–Tan sólo una unión tan estrecha con Mateu Morral, que hasta se decía que compartían la misma mujer.
–Su vida privada es un desastre, ya lo sé. Yo no defiendo a Ferrer i Guárdia. No es un tipo que me agrade en absoluto. Sólo quiero decir que podría estar limpio de culpa.
–Podría, Simó. También estamos limpios de culpa nosotros de la Inquisición y nos cuelgan el cartel desde hace cinco siglos.
El señor Jaume y yo nos encontrábamos en la torre Darniu de Sarriá rebuscando en el archivo.
–No pierdas el tiempo con las carpetas azules, Pol. Pasa al otro lado, donde empieza el ochenta y nueve. ¿Has leído La Vanguardia hoy?
–No he tenido tiempo. En las azules también veo expedientes de can Masats.
–Son antiguos. Canalejas amenaza con dimitir.
–¿Y cómo es eso?
–Se le retira la ley de Asociaciones. Caen los liberales, los cuales pasarán a llorar sus desavenencias intestinas en el purgatorio de la oposición.
–¿Subirá Maura, pues?
–Se lo ha ganado. Conservador, católico, con un rígido titular de la cartera de Gobernación, Juan de la Cierva. ¿Qué te parece, chico? Los principios fundamentales de la familia, propiedad y orden social nos quedan garantizados.
–¿Hasta cuándo?
Me recibió más contento que unas castañuelas, exclamando de buenas a primeras, cuando aún me daba la mano:
–Parece que se ha acabado todo, chico.
–¿Qué te lo hace pensar?
–La actitud de ella. Se la ve reventada, pero no inquieta como antes, mansa; está pendiente de la niña y de los chicos con una especie de euforia mental. Me deja parado. Respetuosa conmigo; no con su comedia, sino, ¿cómo te lo diría?, agradecida. No la conozco. Ahora bien, inmediatamente después de la clandestina ronda de aquella tarde por Barcelona, sufrió una crisis importante. Cuando llegué a casa la encontré echada en la cama, sudada y desfigurada, resoplando. La criada y yo tuvimos que desvestirla. Toda la ropa pegada al cuerpo. ¡Puñetas, ir más de una hora en tren de esa manera!
–¿Y la pistola?
–En su sitio, en el cajón. Todo correcto.
–¿Qué conclusión sacas?
–Liquidación total. Lo juraría. El último paquete de duros. Debió de tratarse de una borrachera. Llevaba el arma por si se lo robaban. Pienso que aquella tarde fue a vuestro piso a pedirte ayuda.
–No la dejé hablar. Ya estaba escarmentado, ¿sabes? ¿Y cómo respira mientras tanto el fotógrafo italiano?
–Ése es un enigma. No sé si es imaginación mía, pero actualmente parece que esté nervioso.
–¿Sigues yendo?
–Tengo que hacer como si nada. No puedo actuar de otra manera. Él me trata como siempre. Ninguna diferencia. Como mínimo, alguna mirada de reojo…, y da la sensación de que cuando me marcho, respira. «No llegue tarde, señor Cros.» Cuando avisas para que alguien no llegue tarde, es que tienes ganas de que se largue.
–¿Alguna idea sobre el amante?
Se pasó las manos por la cara. Resopló y exclamó:
–Estoy cansado. Todo esto me da asco. A Berta también le pesa el secreto. Le pesa el corazón; por eso está enferma. Lo ha pasado mal. Esto tuyo la ha abrumado. No calculó este retumbo.
–Pero debió de calcular el retumbo que reportaría señalar al auténtico fulano.
–Bien, el fulano debe de estar cagándose en los calzones en algún salón dorado. Caballero del romance al cual la soñadora dama tiene que proteger con la pistola a punto. No es una gesta como para sentirse heroico. Pero tengo el presentimiento de que, en estos momentos, la misma soñadora dama está hasta las narices.
Al parecer, los periódicos madrileños habían alquilado plañideras para lamentar las cuitas de la metrópoli de la industria catalana, la cual, por brillar tanto, expiaba sus pecados de riqueza y prosperidad. Pronto la nación entera entendería que para vivir sin sacudidas no había nada como la miseria igualitaria.
Tres días más tarde, el mitin de Madrid del Partido Republicano resonó fuerte. El orador fue el escritor anticlerical Pérez Galdós, tan popular con la publicación por entregas de Los episodios nacionales. Levantó una oleada de aplausos. Él pidió que dedicaran los vivas a las clases inferiores.
–Quiere decir que las otras clases pueden reventar -opinó el Guix mayor-. A los políticos les van de primera las clases inferiores. Ambicionan acaudillarlas para convertirlas en una masa de poder fáctico. Ni castrenses ni vaticanistas, sino el obrerismo.
–¿Y cuál es el plato fuerte de Pérez Galdós?
–Presenta candidatura en el Congreso por el Partido Republicano. Dice que está contento porque el pueblo español se despierta, y que el rebaño monárquico camina a tientas hacia el precipicio. Dice que los católicos sufren un retraso mental. Fariseos, serviles, descendientes de la furibunda teocracia disfrazada de argumentos constitucionales, carnaval de obispillos y camarillas de engaño, enemigos del progreso español. Dice que a los magnates y a los potentados se les está acabando la satisfacción del bienestar heredado. Se tiene que romper el molde. Se tienen que enterrar en las profundidades de El Escorial los cadáveres coronados y ponerles una losa pesada encima para que no salga ni el fantasma. La mano justiciera de la República les tiene que dar sepultura eterna, a piedra y lodo.
–O sea que por fin las ideas de los librepensadores redimirán España.
–Así lo cree.
–Yo también lo creo -intervino el Guix pequeño tranquilamente-. Creo en una próxima redención. No quiero decir que los oradores políticos sean dignos de crédito. Los oradores políticos, todos, incluido Pérez Galdós, son caricaturistas. Dibujan las situaciones a grandes trazos y, gracias al parecido, los cortos de alcances entienden de qué va y aplauden. Pérez Galdós sabe que frente a la multitud no puede hilar fino; para enardecerlos tiene que pulsar la cuerda chapucera de un contrabajo desafinado. Sus disertaciones no tendrán calidad en el futuro; sólo son válidas para el momento corto y preciso que hace falta. Quién sabe si el hado de la España herida está reservando para la pluma los más fragorosos episodios nacionales.
No tardamos más que unas horas en saber los resultados de las elecciones generales a Cortes. Hubo un importante triunfo de los conservadores, los cuales conformarían el Congreso.
La participación remarcable y victoriosa conseguida por Solidaridad Catalana mantuvo firme y esperanzadora aquella curiosa hermandad de elementos desiguales. Cambó bien debía de entender que sólo el éxito sostendría su maña política. El hecho atrevido de haber metido en un mismo saco un acopio étnico tan numeroso carente de afinidad de pensamientos, preconizaba una permanencia con límite. Pero, aunque a Cambó lo impulsara una quimera, era meritorio el intento de llevar al corazón de España una presencia catalana en bloque. Objetivo inédito de gran esplendidez que se contraponía al separatismo encostrado.
Los republicanos de Salmerón, no los radicales de Lerroux, habían salido bastante reforzados. Para la República, los resultados de los comicios habían sido los más favorables jamás obtenidos dentro de la monarquía. Un escaño en Madrid para Pérez Galdós entusiasmó a sus correligionarios. Sin embargo, el escritor no levantó cabeza. La desmesurada apetencia política impedía que ese hombre celebrara un hecho positivo, tan sólo porque él había confiado en un éxito omnímodo.
–¿Pero qué pasa con Marruecos? dijo-. ¿Tú lo entiendes, Pol? ¿Es que el conflicto con los moros no se acabará nunca?
–Apenas lo sigo. Es un mar de arena donde España se empolva casi sin querer.
–¿Y qué más?
Se tapó la pierna.
–Me da pereza hablar de eso. No es interesante.
–A mí me lo parece. Melcior Malla está de corresponsal en Melilla.
–Mejor que mejor. Cuando regrese te lo explicará con detalle.
–Con eso ya cuento. Pero tengo que saber de qué va para estar a la altura.
–No puedo ponerte a la altura. Casi no llego. Déjame afeitar tranquilo, ¿eh?
–Por favor, un extracto sencillo.
–Están Alemania y Francia por medio. Hacen concesiones comerciales a los árabes a cambio de derechos políticos en el territorio. Maura ve crecer abusivamente la influencia francesa sobre el imperio del sultán y vigila que no le hagan la puñeta en la zona del Protectorado que el Acta de Algeciras nos asignó.
Callé un momento porque la navaja llegaba a la filigrana de debajo de la nariz.
–¿No continúas? – gritó ella con una exigencia que hizo que me temblara la mano.
Secándome la sangre del corte, proseguí:
–Allí hay un mar de fondo que tan sólo es cuestión de orgullo herido; los militares de nuestra guarnición rifeña están que trinan porque ellos querrían hacer que los franceses, los alemanes y los moros se cuadraran, y los obligan a estar quietos en posición de descanso.
–Se entiende; ya se dejaron pisar en las colonias de Ultramar. ¿Eso es todo?
–Aún no. Falta el lío.
–¿Es muy largo?
–Si quieres, me callo.
–Acaba, pero que se entienda.
–En medio, los banqueros españoles tienen sociedades para la explotación del yacimiento del Rif. En resumidas cuentas, parece un entorchado de intereses y actuaciones confusas. Las dos compañías cuentan con peces gordos inversores; el conde de Romanones, el marqués de Comillas y así. La tarea no les está resultando tan dulce como creían. De momento, sólo desembolsan. Para el transporte del mineral hasta Melilla no hay camino. Se tienen que construir más de veinte kilómetros de vía para el ferrocarril. Cuando por sí misma la situación ya parece fastidiosa con el capital español esfumándose y con la tendencia invasora francesa, el nacionalismo árabe va y se subleva contra el mismo sultán armando la marimorena en toda la región. Pelea entre tribus, nada más, pero un tratado internacional le hace la puñeta a Maura comprometiéndolo a guardar lealtad al soberano atacado. De rebote, pues, nos enemistamos automáticamente con la mitad rebelde de los cabileños. Es más o menos lo que pasa en Marruecos. ¿Tienes ya una idea?
–Una idea y un empacho. Gracias.
Oscurecía cuando el Guix mayor y yo iniciamos la partida. También teníamos a Canalís allí sentado, mirando. Él no jugaba nunca, ni siquiera lo quería probar; tenía miedo de rasgar el fieltro. El Guix pequeño había abierto el diario de la tarde y repasaba la sección de espectáculos.
–Ayer por la noche fui al Teatro Granvia -dijo-. Éste no quiso venir.
–Amélia y yo fuimos la semana pasada.
–¡Vaya! No sé si es un espectáculo para llevar a la esposa.
–No me habría dejado ir solo, ¿sabe? De hecho, durante la representación estuvo un poco tensa. Todas las señoras estaban un poco tensas notando que los señores nos embobábamos con la bailarina. Tampoco vaya a creer ahora que yo perdía el culo. Sólo quería corroborar si se lo sacaba todo. La media luz del escenario hacía la puñeta. Se tenía que fijar uno mucho.
–Es verdad. Yo no había visto nunca un escenario tan oscuro. Una novedad chocante. Muy original.
–Pero el público no lo recibía bien. Está acostumbrado a la viva iluminación de bombillas y focos a diestro y siniestro.
–Pues el juego suave de tonalidades moradas fue impresionante. Conseguía un ambiente mórbido, fascinante como una noche de delirio. Ni un mueble, tan sólo velos e hilos de humo. Muy bonito. Todo era exótico, voluptuoso, el mismo aroma que emanaba de los pebeteros parecía transportarte. Nunca se había hecho una escenificación perfumada. Y ella, la mujer, ondulando tan delicadamente, bellísima, con los brazos revoloteando y el cabello largo hasta el suelo. ¡Muy, muy eso!
–¿Y se lo sacó todo? – preguntó Canalís.
–Pues sí -le confirmé-. Tampoco lo pasó mal. Por toda ropa llevaba joyería.
–¿Y se quedó desnuda en el escenario?
–Pero estaba replegadita y el telón ya caía. ¿Y usted, Damiá, por qué no quiso ir?
–No estoy para Mata-Haris.
De una tacada fulminante tocó las tres bandas e hizo carambola. El Guix pequeño pasó a mi sitio y me cedió el diario.
En primera página había una fotografía de las cabilas de Marruecos. Se comentaba el golpe de estado de Mulei Hafid contra su hermano para apoderarse del sultanato. Pensé en Melcior Malla.
–¿Saben algo de Melcior?
–En las páginas interiores podrá leer un reportaje suyo. Hace una buena definición de la situación.
Estuvimos hablando un buen rato del imperio del jerifato y de la posición de España en la colonia de la costa, cuando con sorpresa vi entrar en la sala a Climent, con capa y sombrero de copa.
–Vengo por ti -me dijo riendo-. He saludado a Amélia y me ha dicho que te encontraría aquí.
Nos retiramos a la mesita del rincón y pedimos unas copas. Él se desabrigó. Vestía de etiqueta, con gardenia en el ojal, muy imponente, con aquellos cabellos arenosos hoy lisos y brillantes.
–Es una visita breve. Tengo que asistir al Frontón Condal a la cena de homenaje que los fabricantes de la Lliga le hacen a un amigo.
–No sabía que eras de la Lliga.
–Sí, hombre. Soy uno de los viles beneficiarios del proteccionismo del Estado español en la región catalana. Uno de los verdugos que se lucran de la industria insultando al tejedor.
–Y por otro lado, ¿qué me vienes a decir?
–Que hay una novedad, no sé si relacionada con el antiguo fandango.
No perdió el tiempo y se puso a hablar:
–Hace unos días estuve en el estudio de Barchini. Me había dicho que me tendría preparado el material encargado. Estuvimos hablando de estas placas autocromas de los hermanos Lumiére para obtener la fotografía en color. Después, escúchame bien, me llevó hacia dentro cogiéndome del brazo con afecto. Me dijo que me tenía que hablar de una cosa desagradable. Se le veía mortificado. Me explicó que el año pasado se habían cargado a un moreno montuno en un burdel de la calle Mercaders, un hijo de puta musculoso que le había hecho de modelo y a quien él había sacado de su casa a bastonazos porque ya estaba hasta los mismísimos. Ahora la policía se descolgaba interrogándolo y le hacía la puñeta cada día. Barchini me sugería que yo me mantuviera una temporada alejado. «Podría quedar comprometido», me dijo. «Esos malparidos han hecho una lista de mis clientes y no querría de ninguna manera que lo jorobasen a usted.»
Climent me miró porque vio qué efecto me hacía el relato.
–Es un subterfugio para perderte de vista -opiné-. No le haces ninguna gracia allí.
Negó con la cabeza.
–No sé, Pol. La explicación suena lógica con la purriela que deja entrar por la noche. Se me refuerza la idea de que ese Barchini no tiene nada que ver con Berta. Tanto a ti como a mí nos consta que aquella tarde no se movió de su sitio. Que quiera proteger mi nombre, me parece un gesto. Te aseguro que me aprecia. No puedo negar que respiro sacándomelo de encima, pero estoy por descartarlo del lío.
–¿Y su letra en el sobre, eh? Syñora.
Se le oscureció la cara.
–¡Joder, Pol! ¡Es un desecho de hombre, pero te juro que quisiera que fuera inocente!
–Tienes más fe en esa porquería de hombre de la que tuviste en mí.
A mitad de agosto se nos presentó la primita de Olot y su marido republicano para pasar quince días. No fueron una sorpresa, pues venían a cumplir con la visita prometida cada verano. Amélia y yo dedujimos que mandaban al cuerno Olot a causa de las desavenencias entre los hermanos por la venta de la casa. Amélia también tenía parte en el legado y ya en otras ocasiones se habían carteado para aclarar posiciones.
La presencia de los parientes de Olot, Teresona y Roc, redujo nuestra libertad de estar por casa. Ni ella ni él sabían ser sencillos, fieles a las maneras grandilocuentes de los Baigual para demostrar que, a pesar de no ser de ciudad, eran gente de importancia. Para colmo, traían a la pecosa niña de once años que le sacaba la lengua a Blai y le cogía los carquiñolis. Teresona se había hecho subir un baúl lleno de vestidos y tres cajas de sombreros. No se sabía qué idea tenía de una masía solitaria.
Todo el conjunto de mujeres con la señora Pujolá, la niña y el añadido de nuestro niño, hacían excursiones por el robledal, con las cestas de la merienda. Iban vestidas de seda, bien calzadas, con sombreros de velo y guantes transparentes para evitar que la distinguida Teresona de Olot se creyera que era la única rica.
Roc y el señor Jaume se cayeron bien porque sólo hablaban de temas jurídicos y testamentarios. A mí no me repudiaban, pero quedé relegado a oyente. No se esforzaban en recordar que me tenían allí, y yo no hacía esfuerzos por acordarme de que estaba con ellos. Bebíamos limonada y comíamos melón tumbados en las poltronas del porche.
Roc, rejuvenecido y presumido, bastante fachenda, de pelo brillante y patillas redondeadas, tenía un semblante fofo y una nariz larga que era un privilegio porque le daba personalidad. Desplegaba sus argumentos con orden y detalle. No suponía ningún problema la diversidad confesada de nuestros ideales. Él, un republicano de nivel, el señor Jaume, un conservador catalanista, y yo, uno de tantos.
Comentaban el Código Civil recientemente modificado en cuanto a los matrimonios laicos.
–No soy descreído -dijo en un momento dado Roc-. Pero la familia de Teresona me ha sulfurado. A cada paso la señal de la cruz, la bendición, el rosario, las vigilias, la oración de antes de ir a dormir y, por favor, no abusar del festín carnal del matrimonio. ¡Vaya! ¡Yo ya me siento adulto, hombre! Seamos personas de bien y dejémonos de tonterías. Y no saquemos a relucir la camándula de las procesiones, toda la fila india con el cirio. El mismísimo Dios se debe de reír de nosotros. Se me antoja tan estrambótico como aquello de los musulmanes con el culo al aire.
–¿Y políticamente, qué os proponéis? – preguntó el señor Jaume rompiendo con las irreverencias-. ¿Tan sólo que en lugar de trono real haya poltrona presidencial? ¿Sólo aspiráis a un poder ejecutivo que no sea hereditario? ¿O bien queréis toda la sociedad del revés? ¿Qué mejoras? ¿Qué planes agrarios, por ejemplo?
–A mí particularmente me preocupa la supremacía de la jurisdicción civil sobre la militar, derechos ciudadanos en general. Soy del Centro Nacionalista Republicano, gente consciente, pacífica. Salmerón. No queremos trastornos. Los republicanos abogamos por una propiedad pequeña tal como son las fincas de Cataluña. Producción bien distribuida y buen rendimiento. El incentivo personal proporciona un cultivo intenso y vigilado. Los grandes terratenientes tienen que desaparecer para dejar paso a los campesinos propietarios.
–¿Pero cómo queréis hacerlos desaparecer? ¿Confiscando?
–No, no, yo no creo en eso. La confiscación forma parte del programa socialista y quién sabe si puede aplicarse en Andalucía. Hay otras medidas menos lesivas para aquellos que para ser amos de trescientas hectáreas no han tenido que hacer más que nacer. Vinieron al mundo inocentes, ¿no? Pues no los denostemos. Hagamos leyes razonables para que entiendan que la ganga tiene que ser compartida, evitando la tentación de arruinarlos por más que el cuerpo nos lo pida. Nosotros encarnamos la moderación. Defendemos los derechos de propiedad porque el hombre prospera cuando trabaja para él. Si pones a la gente con el legón besando el suelo por el bien común, enseguida se te tumba, especialmente si cobra de todos modos. Si hace falta un inspector que haga que se muevan, ya volvemos a tener la figura del amo y del esclavo. No hay nada que garantice el afán laboral en un sistema colectivo. Se crea absentismo, es la institución de la pereza. Aun así, los anarquistas lo quieren llevar a la práctica en un número importante de regiones castellanas.
–Un cambio de esta magnitud es una práctica aventurada. O se sabe seguro que funcionará o no se mueve nada por más que el presente sistema no sea el mejor. Es inmoral ponerlo todo del revés sólo para que el amo no sea el amo. Con la excusa de una reforma para la gran justicia social se puede romper toda la estructura que sostiene el campo.
–Convengamos que lo sostiene llevándolo a la ruina.
–No se puede provocar un caos y que todo se vaya al carajo. La agricultura no admite bromas, ¿sabe? Ya tiene suficiente con la sequía y las heladas.
Los diarios que nos subían cada quince días los leíamos rigurosamente por orden de fechas si no nos queríamos desorientar. Jaume y Roc contaban con muchas horas para aburrirse y devoraban cada noticia, cada artículo y cada anuncio, desde el «Elixir Estomacal» hasta el «Jabón Fluido Gorgot, desiderátum de la higiene de tocador».
Yo no me obsesionaba. Solamente echaba una ojeada por encima de los titulares y las frases que me daban una idea general.
Francesc Cambó restablecido de la herida recibida en el atentado de abril… Actitud oficial de tolerancia para las organizaciones obreras de Barcelona… Próximo estreno de una obra de Jacinto Benavente… El Gobierno Maura demuestra grandes simpatías procatalanistas… Estadística de bombas… La burguesía acapara abusivamente la iniciativa económica… Preponderancia de terratenientes y grandes propietarios… Violenta respuesta agraria… Acción Católica celebra las Semanas Sociales… Un muerto y varios heridos en el mitin anarquista del Noi del Sucre… Detenido un grupo de elementos terroristas formado por los hermanos Rull… Un mitin clerical autorizado acaba a tiros…
Cada mañana me veía obligado a pasear a la niña pecosa y a Blai a lomos del mulo. Aquello era una condena. Todo el trayecto la niña pecosa pellizcaba al niño y le tiraba del pelo. Yo, como jugando, le pegaba en los dedos con la fusta de correa. La niña pecosa me miraba de reojo con una risita de mofa no exenta de picardía de mujer.
–A usted nunca se le oye la voz, Pol. A lo mejor no tiene lengua. Yo no contestaba.
Ella seguía:
–Usted no sé quién se piensa que es. Tiene muchas pretensiones, guapo mudo.
Un día que la bajaba del mulo me dijo que no la toqueteara, por favor.
Muchas tardes, escabulléndome de los conversadores señor Jaume y primito, me iba al huerto de detrás de la granja y me entretenía recalzando y arrancando hierbajos.
En una ocasión, ya casi al atardecer, cuando me cargaba al hombro el cesto de verduras que quería llevar a casa, reparé en Sabina sentada en el margen.
–¿De dónde sale, Sabina? No la había visto.
–Curioseaba por los cobertizos de la granja y te he visto aquí con el legón. ¿Qué es ese artefacto grande lleno de embudos y ruedas que tenéis allí?
–Trituramos remolacha para los cerdos. ¿Nos vamos o está bien aquí?
Se rió y me dijo, poniéndose en pie:
–Sólo me he escapado de Jaume y de Roc, como tú. ¡Dios mío! No callan con la controversia religiosa. Ese Roc no es mala persona, pero tiene manía a la gente practicante… Mira, chico, estoy en un compromiso. Me he subido aquí antes de que abrierais el agua y ahora para bajar me mojaré los pies.
–La puedo llevar en brazos, si quiere.
Ante la perspectiva, se puso roja y dijo que no con la cabeza.
–Intentaré espabilarme.
Hizo sus pinitos sobre la tierra cenagosa, con la falda recogida. Le tendí el mango del legón para que se cogiera y cruzó sin pisar ni una lechuga.
Mientras se limpiaba los zapatos con hierbas intentando no enseñar los tobillos, exclamó:
–¡Qué acelgas más lozanas has cogido! ¿Para cenar?… Ese Roc es erudito pero de una irreverencia que hace daño a los oídos. Parece ser que la propia Teresona ha tenido que transigir en muchas cosas para seguir en paz.
Emprendimos el camino hacia la casa uno detrás del otro por entre las hileras de lechugas. Ella continuó hablando:
–Dice Teresona que la deja ir a misa el domingo y nada más.
–Lo ha exacerbado la misma familia Baigual. Cuanto más santurrones más rechazo se origina en los temperamentos disolutos.
Al salir del huerto, Sabina se detuvo:
–A mí no me ha pasado eso -dijo-. Y mira que en el ambiente donde viví sólo se respiraba incienso. Era de una beatería asfixiante. Todos católicos, apostólicos y romanos. Mi padre el primero. ¡Ay, mi padre! Quería a su hija consagrada a Dios, resguardada de las tentaciones mundanas. Me metió dos años en un convento. Por poco no profeso.
–¿Se rebeló?
Bajó la cabeza y dijo muy bajito:
–No me hubiera sabido rebelar contra mi padre. Nunca. Las disposiciones paternas eran sagradas. Me sentía pecadora por el hecho de no gustarme ser monja como él quería. Lo obedecía fielmente. Estaba desesperada, pero le obedecía.
–¿Pues cómo es que se escapó?
Tras un momento de indecisión, con un destello de sonrisa, murmuró.
–Se murió.
Proseguimos en dirección a la casa, a paso lento, uno al lado del otro.
–Pero mira, Pol, aun detestando a la gente beata, no renegué de la doctrina de Cristo. Sigo siendo devota. Muy devota. Y no estoy de acuerdo en que se quiera silenciar el significado importante que el clero ha tenido para Cataluña. Ya no hablemos de cualquier otra tierra. Aquí es donde fermenta el anticlericalismo más rabioso. Las raíces de la Iglesia son buenas, admitiendo que su ramaje se ha salido del tiesto. Demasiados brotes que menguan el fruto. Hay que podar. Ya lo ha hecho León XIII; aun así, la poda tenía que ser más intensa. Un árbol plantado hace mil novecientos años se expande de manera informe por mucho que el tronco sea sagrado. ¿No lo crees así?
–No medito tanto, aunque a primera vista me parece que a la Iglesia no hay que negarle lo que ha hecho. La Iglesia ha hecho mucho, ha construido mucho, ha sensibilizado a los humanos.
–Es así, mal que le pese a tantos. Yo creo que cuando los líderes de los partidos políticos ya no reúnan ni a cuatro gatos en sus mítines, el Santo Padre de Roma aún llenará las plazas de todo el mundo. Totus Tuus. Valorando tan sólo el apostolado, el cristianismo se presentó a nuestro pueblo con figuras muy brillantes, impulsoras de la espiritualidad. Nos dieron capacidad para comprender que tenemos alma y que la podemos oír latir tan viva como el mismo corazón. Ya no nos consideramos de barro, ya notamos el aliento de Dios. A mí personalmente me han hecho este favor. Me han permitido estudiar a los maestros de la escolástica profundos en ética y moralidad. Nos han dejado una impagable herencia los pensadores, los filósofos, los científicos y tantos otros personajes intelectuales de la Iglesia. Ramon de Penyafort, Jaume Balmes, Vicenç Ferrer, Joaquina de Vedruna, Josep Oriol… Hoy no se los tiene en cuenta. ¿Por qué?
–Les hace daño ser santos.
–¿Qué quieres decir?
–Sí, mujer. Se nos alejan. Cuando se los sube a un altar, el prócer humano se pierde. La canonización tapa toda persona, anula el cuerpo de hombre y lo convierte en una estampa de breviario.
–Pero no son de las catacumbas, son modernos. Los hemos condecorado con la beatificación, tal como se concede una medalla al militar heroico. Ellos son discípulos heroicos. Y aún conoceremos más. Una legión de historiadores, arqueólogos, poetas, misioneros y auténticos místicos saldrán de los seminarios para explicarnos los valores mal conocidos.
–No sé, Sabina. Me pinta un cuadro ideal. Hoy ponen sotanas a discreción. No son vocaciones, sino colocaciones; sacerdotes de oficio, un quehacer como otro con el agravante de desvirtuar el ministerio de Dios.
Me dirigió una mirada asustada.
–¡Virgen Santísima! ¡Ni que Roc te hubiera contaminado!
Cada noche, después de cenar, cuando la dichosa niña y Blai estaban durmiendo, todos nos relajábamos un rato sentados fuera. No se hablaba demasiado porque la modorra nos empezaba a invadir. La primita explicaba cosas de la gente de Olot preguntando a menudo si Amélia se acordaba de tal o cual familia. Amélia movía la cabeza ambiguamente.
A esa hora nocturna tan íntima, Teresona se permitía la comodidad de una bata de indiana y una trenza gruesa. Adquiría frescura, naturalidad y casi lindeza. Hablaba a gusto enumerando una serie de noviazgos y bodas. Se sabía todos los cotilleos de la sociedad olotina. De repente, exclamó:
–¿Y aquel joven ceramista amigo vuestro? ¿Cómo está? ¿Qué hace?
–¿Quieres decir Damiá Guix? – inquirió Amélia-. ¿Es que lo conoces?
–De nombre. Me habla a veces de él la pubilla Fontllonga. Se escriben. La chica lo recuerda con interés.
–No caigo en quién es la Fontllonga.
–¡Uy, no me extraña! No la habéis vuelto a ver. Se siente culpable. Hace más de tres años que os la llevaron a comer los Badia de Valtallada. En el entierro de mamá os saludó. Pues se cartea con aquel barcelonés amigo vuestro, no sé si con esperanzas, pues parece que los años van pasando.
Me escabullí hacia un rincón del jardín con la copa en la mano, hasta ir a parar al banco de granito donde estaba sentado solo el Guix mayor. No me veía, ocupado comprobando la hora y mirando hacia los puntos de salida con evidentes ganas de largarse.
–¡Vaya, Pol! – exclamó con animación-. No sabía que estaba aquí. ¡Tanta gente! ¿Sabe que exceptuando a Tulis no conozco a nadie?
–¿Y su hermano?
–No está aquí. Está en sus cosas.
–¿Quiere decir que se le descarría? ¿Ya no contempla la vida con los ojos del arte?
–Déjele correr. El casto soy yo.
Señaló mi copa.
–¿Me cede este resto de champán, por favor?
–Naturalmente. Si le da pereza, puedo ir a buscarle una copa.
Negó con la cabeza y dio el último sorbo.
Estuvimos unos momentos fumando sin decir nada. Se le veía pensativo.
–Simó tiene un romance -anunció espontáneo-. Ya es adulto, ¿no? Se encuentra con una chica del Teatro Olimpia. No creo que se haga crónico, pero me sabe mal. Él me había dicho que le interesaba Maria Serret. Y he aquí que yo se la cedía.
–¿Pero a Maria Serret se la juegan ustedes a los dados?
–Son determinaciones difíciles. Este demonio de chica extraña se mete hasta los tuétanos. Nos ha calado hondo a los dos. Muy hondo. Incluso pienso que Simó se entrega a la corista para dejarme el campo libre. De hecho, me quiero casar de una vez. Estoy harto de dormir solo. Yo no tengo nervio para picar de aquí y de allá para ver qué encuentro por un rato. No lo sé hacer. También pasa que Maria Serret es esquiva hasta quitarte las ganas del todo.
Bajó la cabeza.
–Tengo que admitir que es una chica totalmente opuesta a mi ideal femenino. Y me pregunto por qué no puedo arrancármela del pensamiento. ¡Yo qué sé si es amor! Yo qué sé si quiero hacerla mía per in secula saeculorum. A mí las mujeres me gustan ingenuas, delicadas, tranquilas, calladas, muchachas que enrojecen, muchachas que se asustan un poco a solas con un hombre, pero que tienen el ansia de una entrega honesta con una fidelidad perpetua.
–Usted lleva en el magín un molde del amor y ahora el perfil que lo atrae no le cabe.
–Le agradezco el análisis.
–Tiene la otra alternativa. Quiero decir la pubilla de Olot. Supe que la amistad perdura con los años.
Clavaba la mirada hacia delante. La miopía le daba una expresión vaga, como de sueño. El cuello de aletas y la pechera planchada no lo hacían galante, pero sí que adquiría un aspecto grato, de hombre con clase.
–Nos hemos escrito alguna carta -admitió sin emoción-. A mí que me revienta coger la pluma, voy y le contesto cada vez. Total para nada. Me habla de poemas que ha leído y yo le sugiero otros. Simó no lo sabe. Es de zangolotino escribir sin sentido a una chica. Tengo treinta y cinco años. No sé cómo se ha enterado usted.
–Casualmente. Los parientes de Olot. Le duele dejarla escapar, ¿eh? La retiene porque es la fémina programada, hecha a medida. ¡Pues cásese con la Fontllonga, caray!
Me lanzó una mirada.
–Es un saldo -dijo.
Teníamos que unir una cantidad ingente de piezas dentadas haciendo coincidir los dientes para que el grandioso cuadro de la Rendición de Breda apareciera entero.
Estábamos los dos arrodillados en la alfombra, inclinados sobre aquella cuatricromía que nos mantenía concentrados y silenciosos. Yo ya me desesperaba con una pieza que no me encajaba en ninguna parte por más que la quisiera meter antes de que el niño me dijera dónde.
–No busque más, papá. Esta pieza sobra.
–¿Cómo que sobra?
–Está repetida, mire, este soldado ya tiene el trozo de lanza puesto, ¿ve? Mejor que repose un poco.
Entendí. Arrellanándome en el sofá, me quedé contemplando cómo él, tan seguro, iba llenando los agujeros.
En la salita contigua estaban Amélia, Maria Serret y una tercera mujer a quien no reconocía la voz. Preparaban sobres para unas invitaciones.
Blai era flexible, delgadito, con el pelo que le caía hacia delante como si tuviera que barrer la Rendición de Breda. Tenía la piel un poco cubana, como yo, pero su fisonomía llevaba el sello augusto de su madre.
Oímos unos pasos enérgicos sobre el pavimento y apareció Maria Serret.
–¡Uy, Pol! ¡Perdone! Pensaba que el niño estaba solo. ¿Molesto?
–Si viene a jugar, apenas queda nada por hacer. Blai solo está ultimando el encaje de cada pieza.
El niño abrió los brazos señalando la extensión del rompecabezas. Él y Maria Serret eran muy amigos.
–Papá me ha ayudado -dijo-. Si quiere, lo deshago y lo volvemos a hacer usted y yo.
–No, no, Blai, me gusta mirarlo ya acabado.
–¿Quién está en la salita con Amélia? – quise saber.
–Sor Dolors. Es una monja cachazuda y pedigüeña.
–Usted no es demasiado beatona, ¿eh, Maria? Que alguien espabile a las monjas y a los curas no le hace perder el sueño.
–¡Se equivoca! Me duele. Pero tampoco puedo decir que actúen a mi gusto.
Se dejó caer a mi lado con un movimiento desenvuelto. Llevaba el espeso haz de rizos como una negra papú. Le neutralizaba la anchura de la frente y la hacía rara y atractiva. Los ojos siempre llenos de una fuerza que brillaba.
–Yo he estado con monjas desde pequeña, prácticamente me han criado ellas. La vocación sincera de unas pocas me merece reverencia, pero la mayoría toma los hábitos sin un motivo legítimo. Entonces la vida monacal de oración y penumbra las obnubila y se quedan a tientas habiendo entrado ya sin luz. No hacen más que volverse soberbias y se creen más buenas que nadie. Te amonestan por nimiedades, te hacen expiar pecados ridículos, no tienen ningún sentido del Bien y del Mal. ¡Dios mío! Ya la historia de los conventos me puede.
Estiró las piernas, alisándose la falda.
–Usted, Pol, suele callar siempre. Pero seguro que debe tener alguna cosa que decir, ahora que podemos hablar un ratito solos, ¿no? Cambiemos impresiones, venga. Tantos amigos que somos en el grupo, con esta estupenda relación y a mí nunca se me presenta la ocasión de conversar de dos en dos. Juntos todos a través del tiempo, tratamos sobre una infinidad de temas, pero no personalizamos; ni una sola referencia íntima, ¿se ha fijado? Como si no fuéramos hombres y mujeres, sino oráculos. Como si en lugar de sentimientos sólo tuviéramos opiniones. Confianza sí, pero confidencia no. Apenas sé nada de cada uno. No sé si Melcior tiene o no prometida, si los Badia de Valtallada quieren o no quieren instalarse en Madrid, si Canalís ya ha conseguido el nombramiento en la Fundación. Todos al margen de los respectivos asuntos privados. Con tantos años juntos, este fenómeno no se da demasiado. Relación personal nula. Ni la gente de mi entorno lo entiende, o peor, hace cábalas chismosas: que si debo dormir con el uno, que si debo buscar al otro, que tan soltera, que tal vez alguno de los casados, que a lo mejor ambigüedad entre mujeres. Cada teoría merece ser especulada antes que admitir que la amistad limpia existe y es sustancializada en tertulias culturales. Aun así, pienso que somos acérrimos, ¿no le parece?
–Quizá sea la clave que nos mantiene unidos, Maria. Si nuestras emociones particulares no interfieren, nos libramos de malentendidos, de influencias, de celos, de recelos y de riñas.
–Tiene razón. Pero hoy rompemos la norma, ¿quiere? Hágame usted una confidencia y yo le haré otra. Bien, si no tiene ganas, yo le suelto la mía: me siento arrinconada por los hombres. Esto sólo se lo puedo decir a un casado honesto. Ahora deme su opinión, por favor.
–Pues, con ojos masculinos neutrales, la considero un ejemplar insólito, mucho más querida por los hombres de lo que usted supone. Solamente les asusta. No asimilan que una fémina sobrepase el nivel que se le consiente. No es que la arrinconen, sino que se arrinconan ellos.
–¿Y no hay ninguno que sea valiente para decirme que quiere casarse conmigo, aunque sea asustado?
–Usted los mantiene a raya con mucha severidad. Por ejemplo, los dos hermanos Guix intentan acercársele y no hay manera de que usted se lo facilite.
–¿Ésos? ¿No se lo facilito? ¿Los tengo que animar? ¿Coquetería, quizá? ¿Suspiros? ¿Guiñar el ojo? ¿Falda levantada? Hace seis años que nos hacemos compañía y nos hermanamos. Mire, ni el uno ni el otro me quieren en el altar. Me tienen aprecio como compañera. Gracias. El mayor se casará con la pomposa pubilla de provincias que le criará quince hijos, y el pequeño se amancebará con una chica de music-hall que lo divertirá sin ponerle objeciones pudorosas. Y yo, arrinconada.
Calló y apretó los labios, la mirada fija en la Rendición de Breda.
–Continúe, Maria, caray, ahora ya ha empezado. Confiésese, venga.
Casi afónica, de una manera sentida, dijo:
–Estoy enamorada seriamente.
Yo, intentando no romper aquella atmósfera de confianza, en voz baja pregunté:
–¿De Damiá o de Simó?
Tardó en contestar.
–De los dos.
–Pero Maria…
–Me he enamorado de los dos.
–¿En serio?
Dijo que sí con la cabeza. No era broma.
Acabamos entrando en el café del Hotel Continental para sentarnos y recuperarnos.
En aquellas fechas, la gente se olvidaba de las propensiones populacheras y hacía verdaderas manifestaciones de lujo, inaugurando la temporada de invierno. Se veía vestuario de gran elegancia, estolas de astracán y gambetos de línea parisina para caballeros. Hay que consignar que yo me cubría con capa y sombrero de copa mientras que Amélia llevaba un espléndido gorro de marta cibelina con las colas colgándole por la espalda. Toda la clientela del local ofrecía la ilusión de deambular por una recepción de gala.
Las fiestas de Navidad, fueran consideradas sacras o profanas, movían vitalmente a la ciudadanía con una imparable obsesión festiva. El éxito de tan multitudinaria manifestación era voluntario, no se debía a la inducción ni a la propaganda de ningún partido político.
Mientras tomábamos un té, estaba observando la cara de Amélia enmarcada en marta. Era curioso que fueran pasando los años y ella conservara la tersura de jovencita. Se daba cuenta de que la miraba y se hacía la distraída, pero se le escapaba la risa.
–¡Ay, qué veo! – exclamó de pronto-. ¡Ahora entran los marqueses de Silos, qué lata!
–No hagamos ningún gesto -sugerí-; a lo mejor no nos ven.
Tanto ella como yo bajamos la cabeza, prestando atención a la bandeja de pastas, constatando que no veíamos nada más. Por el rabillo del ojo vigilábamos a la voluminosa Conxita Fontá, con su ropa oscura y discreta, cruzando de perfil por entre sillas ocupadas y yéndose a sentar más allá, de espalda. Su huesudo marqués tomaba acomodo junto a la pared, de cara a nosotros. La distancia y la cambiante clientela reducía más o menos la visión.
La guapetona Conxita Fontá, persona que no sufría síntoma de vanidad, le caía bien a todo el mundo. El marido era el escollo: costaba tratarlo; su aire de superioridad se hacía tan insostenible que tan sólo las buenas maneras impedían ponerle en su sitio.
A despecho de hacer medio siglo que el Estado liberal-burgués había consumado el recorte de recomendados aristócratas, el marqués de Silos pertenecía a aquel núcleo incombustible que siempre asomaba la cabeza para hacer uso y mal uso de influencias políticas y sociales. Bajo el manto de la continuidad dinástica, el remanente de aquellos especímenes de nobleza pretenciosa había seguido manteniéndose en las Cortes Constituyentes de hoy. Tanto la renovada clase política dirigente como el mismo monarca estaban pagando en reputación un precio altísimo por tolerar que el pólipo oligárquico siguiera enquistado en el bloque del poder. Pero hacer una limpieza drástica comportaba demasiado riesgo; cada uno hubiera querido una transición en paz. De ahí que la plana mayor del liberalismo prefiriera hacer oídos sordos e ir tirando; la púa molesta que no se habían sacado representaba un mal menor si a cambio se conseguía poner fin de una vez a la fase «integradora» que había durado años y que había requerido irritantes esfuerzos de tolerancia por parte de unos y otros. Deben entenderse las dificultades de un cambio de régimen que quiere establecer un equilibrio donde cada cual esté contento, evitando acabar con la concordia nacional.
–¿Recuerdas que el marqués de Silos estuvo en Madrid? – me dijo Amélia-. Se rumorea que fue en busca de una embajada, cuanto más lejos de España, mejor. Parece que quiere irse a tomar el aire.
–¿De dónde has sacado esto?
–De la Sus diplomática.
–¿De qué huye?
Amélia me miró torciendo la cabeza y riendo.
–Berta no tiene nada que ver, ¿oyes, chico? Sometí a Sus a un detenido sondeo en este sentido.
–¿Y?
–Nuestro digno residuo del alto rango que tanto nos deshonra huye de una planchadora de la calle Vigatans, que anteriormente el consorte sacó de casa. Al marqués le han aconsejado que desaparezca antes de que el marido grite más. Es aquello que dice Maria Serret: la mujer en la calle y el hombre premiado con una embajada.