Recuerdo que la noche antes de preparar las maletas el bochorno era inaguantable. Amélia se había estirado en el diván de la antesala con el balcón abierto y yo la acompañé en aquel sitio inusual. Sobre la consola de nogal destacaba el frasco rojo de terra sigillata recibido desde Italia de parte de los Cros. No hicimos comentario alguno, pero nos tropezaba la mirada en él.
–Tengo ganas de escapar al Alt Camp -murmuró Amélia-. Fresco y serenidad.
La masía ofrecía una paz y un silencio difíciles de igualar. Amélia se balanceaba en la hamaca bajo la encina. Yo bieldaba gavillas siguiendo a los segadores. La señora Pujolá bordaba.
Así un mes y medio.
Me relajé, a pesar de que Nicasi no dejaba de explicarme sus dolores de cabeza. La penuria del campo crecía en lugar de atenuarse. Era imparable el incremento de productos agrícolas entrando desde Francia a buen precio.
–Tengo menos ingresos que si pencara a jornal. Me explico: el grano forastero me hace la competencia y del cultivo de secano no saco ni un chavo. Sólo me fío de la patata y de cualquier cosa que riego. Todo para el Mercadal de Reus y listos.
–Pero a ti no te falla la recría de ganado.
–¡No os penséis! Me ha avisado el veterinario. Me explico: hay peste porcina por la zona de Valls y tengo que desinfectar. Una semana quemando azufre dentro de las piaras y rociando paredes con ácido sulfúrico. ¿Os imagináis qué representaría la enfermedad aquí arriba?
Pasábamos largos ratos replanteando la manera de extender el regadío. Acequias divergentes, doblar las regueras y, si era necesario, recrecer el vivero.
–¿Qué decís vos del caballo mecánico? – me dijo de repente Nicasi.
–¿El qué…? ¡Ah, bien! De una cosa así me había hablado el señor Jaume. Un artefacto agrícola con ruedas de caucho y motor de dos cilindros que se mueve con aceite pesado. Pero no creo que ya esté en el mercado.
–Lo he visto trabajar en Montblanc. Tal como os lo digo. Un tipo lo tiene en los campos y le va de maravilla. Me explico: el aparato puede recorrer los terrenos irregulares, incluso se mueve por los bancales de poca anchura y va hacia delante y hacia atrás. Si conviene, funciona con arados de tres rejas. Tractor, se llama tractor.
Lo miré de reojo.
–¿Quieres uno?
–¡Si vos me lo pagáis, sí!
–Te explicas.
–He visto a su señora -me dijo por la tarde el Guix pequeño, situando las bolas de billar-. Jamás hubiera creído que un embarazo adquiriera la cualidad de precioso.
Yo, de Amélia, no hablaba con nadie para que no se me adivinara la profunda devoción, casi exaltación que sentía por ella. Era una medida pudorosa, como si tuviera miedo de presumir de un premio que no me correspondía.
–¿Dónde la ha visto? – pregunté-. ¿En el local de la Cruz Roja?
–Exacto. No hace ni media hora. ¿Cómo lleva usted el asunto de la paternidad?
–No sabría decirle. Yo no tengo mareos, ¿sabe? Parece que el bebé en camino sea de ella solamente. Los hombres quedamos excluidos del proceso. Es un desencanto que Maria Serret considera una ganga, como si cada uno de nosotros prefiriera renegar de la participación.
Cuando por la noche en casa me disponía a comentarle a Amélia que la habían visto en la Cruz Roja, ella se me adelantó con una noticia que me dejó perplejo.
–Esta tarde Sus me ha hablado de los Cros.
La miré sobresaltado.
–El domingo pasado los vio en la Maison Dorée. Me traía recuerdos de Climent. Fíjate tú. De buenas a primeras Sus se me acerca y me anuncia que los Cros se han reconciliado. Dice que Berta no quería volver de Tona y que Climent la fue a buscar. Ahora todo es paz.
Dejó de hablar un momento. A continuación, cogiéndome del brazo, exclamó:
–Estoy segura de que Berta confía en tu silencio sobre la peripecia de la torre. Se nos acercará de nuevo sin demasiadas monsergas. Hará como si todo hubiera sido una broma que tú no entendiste. Tiene suficientes recursos. Bien, al menos salvaremos la tranquilidad de Climent.
–Es como si pensaras que, salvando la tranquilidad de Climent, aquí no ha pasado nada.
–Es así. Yo no quiero que un patinazo de Berta lo destroce.
–Poco importa que me destroce a mí, vaya.
–¿Cómo puedes decir eso? ¿Que una mujer se te ofrezca te destroza? Tienes mi confianza, ¿qué más necesitas?
–De acuerdo. Celebremos, pues, que Climent sea feliz.
–¡Y tan feliz! ¡Estoy contenta! Te tengo que decir lo mejor. ¡Ni te lo imaginas!
Amélia suspendió un momento el relato para avivar mi interés.
–¡Berta lleva una barrigota gorda como la mía!
Apenas se veía a nadie que no llevara el paraguas colgado del brazo.
Cuando subíamos por la Rambla siguiendo la cabalgata, recordábamos que aquel mismo trayecto lo habíamos hecho una vez en compañía de Berta y de Climent. Ni Amélia ni yo lo mencionábamos. Tácitamente habíamos borrado el tema.
Al llegar al punto de Canaletas donde la ciudad vieja enlazaba con el Ensanche, nos quedamos sorprendidos. En aquel grandioso solar ya no estaba el Circo Ecuestre ni barracas de feria, ni polichinelas, ni pim-pam-pum. Todo fuera, todo limpio, todo arrasado. Sólo unas palmeras plantadas y una estructura de jardín.
–¡Qué dices! – exclamó Amélia admirada-. ¡El Consistorio de derechas funciona! ¿Será verdad que por fin tendremos Plaza de Cataluña?
La gran proporción de mejoras iba dibujando una Barcelona radiante.
Parecía ser que el Ayuntamiento había querido consagrar las fiestas de la Mercé convocando a las figuras tradicionales de toda la comarca en pleno. Por el Portal del Ángel nos llegaban estridentes charangas acompañando una original procesión de gigantes y enanos, con cortejo de demonios, «patums» y carrozas.
Los carruajes particulares se iban acumulando. Nos quedamos detenidos casi en primer término, junto al desfile, soportando el olor a azufre quemado.
Expeliendo humo por la nariz, avanzaba dando tumbos un monstruo color verde, largo y articulado, con alas emballenadas. Al verlo, tanto Amélia como yo recordamos el comentario de Berta: «El dragón lleva las medias arrugadas de las doce piernas».
Amélia sonrió.
–Me imagino que, el día menos pensado, se nos presentará haciendo su número.
–No la veremos más -dije rotundo.
Me miró sorprendida.
Perdiendo la paciencia, añadí:
–Berta es más consciente de lo que tú crees. Y no puede suponer que le secundes la farsa. A Climent también lo perderás. Caerá en las falacias de ella. Te cumplimentará de lejos de vez en cuando. Ya lo ha hecho, ¿no? Sus te trae una muestra. Todo difuso y oscuro.
Amélia inclinó la cabeza sobre mi hombro y habló desolada:
–Lamento perderlo así. Lo siento mucho. Mira, Berta es otra cosa. La amistad de nuestros maridos malheridos por la bomba nos unió por fuerza a ella y a mí. Juntas sufrimos mucho en el hospital, al lado de ellos. Después, ya nos habíamos acostumbrado a ser amigas. No sé si por gusto. Eso no lo sé. Muy diferentes en todo. Pero a Climent le tengo un afecto especial. Me había ocupado de él; ya sabes que tenía los brazos maltrechos. Eran dos heridos míos, ellos me querían, el uno sufría por el otro. Al perder a Isidre, sólo me quedaba Climent. Ahora, después de casarme contigo, me emocionaba que te hubiera admitido con tanta alegría. Cuando al volver de Italia nos abrazamos, me dijo al oído que había elegido muy bien, que eras inmejorable, que Isidre nos hubiera bendecido.
Cerré los ojos con fuerza. No me los quería secar para que Amélia no se diera cuenta.
–Pues todos instalados debajo de la campana de la chimenea. Allí se desayuna, se come y se cena. Todo huele a leña. El roble arde bien. A la hora de ir a dormir, el calentador de cama pasa de un dormitorio a otro. Nadie se congela.
–¿Sería posible dar a luz bajo la campana de la chimenea?
Miré a Amélia.
–¿Quieres?
–Me gustaría.
–¿Tan aislados?
–Bien que deben nacer criaturas en la Serra del Monterol, ¿no?
Yo no reaccionaba.
–¿Quieres emprender un viaje tan largo con…? ¿Quieres ir del tren a la diligencia y después en la tartana hasta arriba?
–No tenemos que hacerlo todo en un día. La otra vez no fue nada pesado con tantos paradores. ¿Te acuerdas del rincón de Santa Margarida, con la gallina picándome los botones de la polaina? ¿Y del refugio del Mas Badal, ya en la sierra, con aquella carne a la brasa?
Aún objeté que can Masats me parecía demasiado rústico, tosco, incómodo.
–¿Cómo se te ha ocurrido esto, Amélia?
Ella, inalterable, segura, contestó:
–Can Masats es nuestra casa solariega. La estirpe.
Frente a la perspectiva de una estancia larga, indicamos a la señora Pujolá que escogiera la pieza que quería ocupar y se la arreglara a su gusto. Movió armarios y mecedoras, sacó esto y añadió aquello. Removió todos los trastos de la buhardilla y descubrió un brasero de cobre y unos candeleros bastante bonitos. Quedó satisfecha. Y también especialmente complacida al designarla encargada del servicio, compuesto por tres chicas campesinas que la saludaban con una genuflexión. La buena marcha doméstica quedaba asegurada.
Amélia, convertida en señora de can Masats, se mostraba complacida. Todavía hacía buen tiempo y se recreaba fuera sentada en una silla de enea. La bata extendida a su alrededor y el busto fino empalmando con el aparatoso contorno, la hacía parecer la tapa artística de una bombonera. La miraba de reojo desde la era donde aventábamos, intentando que los mozos no me vieran embobado.
Me entretenía muchas horas en labores de recogida. Empacaba la alfalfa o ensacaba en el granero con Nicasi. Aún no se había casado, pero lo haría pronto. Con Nicasi, salvadas las diferencias del presente, me sentía compañero. Era curioso que, después de tantos años, no se me hubiera ido la sensación de ser de la misma nidada. Por su parte, él también me consideraba familiar; me hacía confidencias de las riñas con la prometida si intentaba manosearla, aunque sólo quería sobar un poco.
Cuándo caía la tarde, Amélia y yo nos recogíamos en la chimenea rodeados de periódicos. Las noticias nos llegaban con ocho días de retraso. El cartero subía el pliego cada domingo y de paso traía bacalao seco que solía encargarle Nicasi, harto de carne de cerdo. Ordenábamos las fechas de los periódicos y empezábamos la lectura.
–¿Has leído eso de la telegrafía sin hilos, Pol? ¡Qué curioso! Se comunican de un continente a otro por radiograma, a través del océano. ¿Puede ser?
–Se sirven de ondas electromagnéticas. Ondas que se expanden por el espacio.
–¿Pero tú lo entiendes?
–Lo entiendo lo justo. Ese Marconi. Son inventos suyos que cuesta entender.
A Amélia le absorbían especialmente las vicisitudes del Parlamento; leía cómo las soltaba el liberal Canalejas haciendo la pascua a su propio partido; el atrevido proyecto de ley que el ministro presentaba para reducir la expansión de la Iglesia, no solamente incomodaba a Amélia, sino al presidente del Consejo, que coincidía que era un Sagasta viejo y asqueado. Amélia no era una católica ferviente ni casi practicante, pero tenía una honda raíz cristiana y no quería que a nuestro país se le fuera racionando el catolicismo.
Desdoblando La Tramuntana, exclamó:
–¿Quién ha hecho que nos traigan este periódico, Pol? ¿Lo encargaste tú?
–No exactamente. Dije que nos reservaran unos cuantos. ¿No te gusta?
–Es anticlerical.
–Me temo que este matiz se repetirá en cada publicación.
A menudo, ya tarde, a ella le resbalaba el diario y se dormía reclinada en mi hombro. Compartíamos el calorcillo de nuestro propio cuerpo. Entonces yo, muy despacio, empleando el tiempo que hiciera falta, iba rodeándola. Era una tarea de paciencia y cuidado, porque acababa poniéndome en pie con un leve impulso, con ella en los brazos. A veces se movía un poco. Iba bien cuando se me cogía. La llevaba escaleras arriba moviéndome con parsimonia. Era el rito.
Desplazarse desde Cervera resultaba una tremenda excursión. Habían avanzado más de lo que calculaban gracias a una combinación de carruajes que atajaban por la ribera del Gaiá hasta el pueblo de Boix. De allí habían ascendido al Monterol en calesa, tres horas hacia arriba con sus sacudidas, hasta el hostal de la Milana. Ruta mucho más larga y ardua que la nuestra del mediodía, que atajábamos por la Gornal.
La noticia de la anticipación nos alegró, a pesar de lamentar que coincidiera con el día más ventoso del año.
Por la mañana, Amélia ya no se había movido de detrás de los cristales esperándolos.
El embarazo pasaba de los ocho meses y se le manifestaba con toda exhuberancia. Aquella silueta tranquila junto a la ventana era un poema de capullo de invierno.
Salí de la casa embozado en una capa y caminé montaña abajo para recibir a los viajeros. El ventarrón levantaba polvo y tumbaba matas.
Detenido en un repecho, sujetándome el sombrero de alas para que no se me volara por los aires, los vi aparecer por la curva. La calesa desvencijada apenas los protegía del viento y venían llenos de polvo y abrigados hasta la nariz. Encontrarme en el camino los animó.
–Hoy es un mal día, con el mestral soplando -les dije una vez apretado a su lado, oyendo los furiosos golpes de la capota.
Sabina miraba asustada el agreste paisaje. Comentó que no sabía si Amélia había tenido una buena idea subiendo a ese sitio para tener un hijo.
–¿Y cómo se las arregla sin pastel de nata? – inquirió el señor Jaume.
–No se lo recuerden. Ahora le apetece miel y requesón.
–¿Cuándo calculan que será el día?
–Hacia Navidad. Ella lo tiene contado con mucha precisión y le parece que a las doce de la noche del 24 de diciembre la criatura llamará a la puerta.
–¿Habrá estrella?
–Hace nueve meses que hay.
Aquella noche, en el dormitorio, pensativa, Amélia me consultó si consideraba que tenía que enviarle unas líneas a Climent.
–Sólo una tarjeta, Pol. Diciéndole que estamos en can Masats, que todo nos va bien y que esperamos que a ellos también les vaya bien. ¿Qué dices?
Me daba cuenta de que aquella tarjeta haría sobreentender a Climent que yo me había callado nuestra entrevista en el Dux. Quién sabe si sería mejor. Ayudaría a hacer la situación menos rara.
–Como tú quieras -dije-. Climent te lo agradecerá.
Con el señor Jaume no habíamos vuelto a sacar el tema. Estábamos pocos ratos solos. Me preguntó si Amélia ya conocía la acusación de Climent contra mí referente al embarazo de Berta y, al decirle que no, convino con un movimiento de cabeza.
Cuando oscurecía, los cuatro solíamos jugar a cartas aposentados frente a la chimenea. Al principio, no prestábamos atención a que siempre nos ganara Sabina. Las apuestas eran solamente con garbanzos, pero resultaba que los tres perdíamos muchos garbanzos. Sabina los iba ganando a puñados. No era cosa de la suerte, sino de sus combinaciones astutas. Tranquila, tranquila, fina, fina, y resultaba una tahúr de cuidado. Se la veía concentrada y solemne, el cabello liso, con dos espirales resbalándole por cada oreja. El señor Jaume iba a lo suyo con el cigarro en la boca y el abanico de cartas en la mano, preparándose la jugada para ver si llegaba a conseguir algún garbanzo.
Amélia, dirigiéndose a Sabina, le preguntó en un susurro:
–¿Haces trampa, chica?
Sabina la miró indignada.
–¡Por favor! Es que sois flojos, Amélia. ¡No me puedo creer que os descuidéis así!
El señor Jaume dijo entre dientes:
–Venga, Sabina, por favor, explica por qué puñetas sabes tanto.
Ella sencillamente dijo:
–En Cervera jugábamos al tute en la entradita de casa con la mayordoma del señor rector, la droguera y con una madrina mía. No les pude ganar nunca, pero, sin ellas, soy la mejor. Estuvimos jugando once años.
Aprovechábamos los días soleados para estirar las piernas haciendo ligeras caminatas por los alrededores. Amélia y Sabina delante de nosotros marcaban un ritmo moderado, hablando, parándose y volviendo a arrancar. Iban abrigadas con mantones de lana. El ambiente era frío, pero de una sequedad sana. De vez en cuando, Amélia se cogía del bracete con la otra y se le colgaba porque el cuerpo le pesaba demasiado.
Una mañana en que las dos habían renunciado a caminar y estaban sentadas en el porche tomando el sol, el señor Jaume y yo desaparecimos en dirección al establo, ensillamos un par de caballos y nos lanzamos al trote en dirección al bosque.
Yo no era buen jinete. Toda mi experiencia provenía de cuando era niño y montaba en el lomo de un asno con los pies tocándome el suelo.
–No te pongas rígido -me decía traqueteando a mi lado el señor Jaume-. Más elasticidad en la espina dorsal.
Cabalgábamos dos minutos y volvía a gritar.
–No fuerces el estribo hacia abajo, sólo apoya los pies.
Dos minutos más:
–¡No te olvides de las riendas, domínalo, indícale dónde quieres ir!
–¡Puñetas, señor Jaume! ¡No sé dónde quiero ir! ¡Gracias que me aguante!
Pero fue un buen paseo. Veíamos rebaños de lechones aquí y allá. Una arboleda alta sin sotobosque nos permitía atravesarla al galope. Yo no había recorrido nunca en mi vida la finca de aquella manera.
Finalmente desmontamos y nos sentamos en la hierba para fumar un cigarro.
A pesar del pelo gris que le escaseaba, al señor Jaume se le veía vital y rejuvenecido. Con las cejas apenas dibujadas, los ojos le destacaban pelados y mansos. Siempre me miraba con afecto. Hablaba y hablaba, revelando sus grandes conocimientos de hípica.
Yo lo escuchaba atentamente. Refinar la manera de cabalgar me permitiría hacerme ver por el Ecuestre de la Rambla de Santa Mónica, donde concurría la elegancia de la alta sociedad.
–Has establecido bien el equilibrio lateral -me aseguraba-, has encontrado el balanceo necesario. Quizá te he obligado demasiado. ¿Cómo tienes la musculatura?
–Si puedo subirme a la silla otra vez, me veré capaz de resistir hasta casa.
–Has adelgazado, Pol. Te veo desmejorado. ¿Te inquieta la proximidad del parto?
–Amélia está bien. Me inquietan otras cosas. No puedo sustraerme al caso de Climent. Me queda un mal sabor de boca, no tanto de pena sino de rabia. La situación es asquerosa. En primer lugar, Amélia no sabe la historia entera. Eso me hace daño. Ella cree que sólo se trata de una picardía de Berta y relega el asunto. La media verdad es muy arriesgada.
Estuvimos un rato fumando en silencio.
–No has de permitir que una farsante te intranquilice de esta manera -dijo finalmente el señor Jaume.
–A Berta le he hecho cruz y raya. Es la actitud de Climent. Cada día que pasa con Climent proscribiéndome es un clavo.
El señor Jaume se quedó meditabundo. Después dijo:
–El otro día, sin mencionar tu nombre, estuve hablando con el abogado Badia de Valtallada de lo que te ha pasado. Es bastante habitual la gratuita acusación de una mujer casada, con la consiguiente amenaza de denuncia del marido.
Me desaté el pañuelo del cuello.
–Un caso de calumnia con todas las de perder -comenté.
–Pues no. Él me dijo que todo lo que tú explicas tiene tanta validez como lo que explica ella. El adulterio es un delito de resultado, no de tendencia. Y nadie os sorprendió in fraganti, única condición irreversible. El mismo empleado de la torre podría ser un testigo a favor tuyo.
–¿Y la polvareda que levantaría, qué? Una repercusión imparable.
–De acuerdo. Es la gran traba. Especialmente tratándose de personajes prominentes. Aquí, Pol, la auténtica tragedia es la que tú señalas: que un amigo tuyo te haya tenido en tan bajo concepto.
–Es muy duro, señor Jaume.
–Ya lo sé. La imputación falsa es un cargo cruel. Badia de Valtallada también considera que la mujer que te incrimina sólo pretende encubrir al amante real. Berta Cros se está moviendo en círculos de gran altura. Ahora bien, quedar embarazada no supone una simple aventura, sino una conjura larga que de algún modo habrá dejado indicio. Climent, por pura casualidad, puede descubrir quién se entendía realmente con su mujer. Entonces tú saldrás indemne. Eso puede pasar.
–¿Usted me está diciendo que el final de mis cuitas depende de una casualidad que puede tener lugar?
–Si tienes un plan mejor, te ayudaré. Provoquemos un careo confidencial, privado. ¿Quieres? Badia de Valtallada es un discreto amigo nuestro.
–Lo pensaré -murmuré.
–De acuerdo, Pol. Hay que pensarlo.
–Badia de Valtallada se relacionaba con los barones de Juneda cuando yo aún no actuaba de asistente del señor Isidre. No me ha conocido hasta ahora, convertido en segundo marido de Amélia. Si Berta le empieza con la canción de mi entrada en la torre Darniu hecho un muerto de hambre, como mínimo será una rareza para el abogado. Suena mal, señor Jaume. Esto ha influido fuertemente en Climent. Ésta es la nota, nota que Berta toca con más furia y le sostiene toda la serenata.
Ya no llovía.
Era un día extraño. No llovía, no nevaba, no hacía sol, no hacía nada. Día impreciso, blanquecino, tela de calima invisible comiéndose el color del paisaje.
–¡Niebla meona! – sentenció sin poesía la criada que nos hacía la cama.
Meona o no, lo mantenía todo mojado, sin que cayera una sola gota de agua. Como si la humedad difusa fuera el sudor frío de la misma tierra.
El camino hasta Pella estaba bien, helado pero bien, con roderas profundas de dos palmos, pero bien. Algún margen desprendido, nada, bien. Así nos lo había dicho el campesino que nos traía las cajas de champán encargadas desde principio de noviembre. Las llevaba a cuestas, una en cada hombro, pues tenía el asno y el carro a medio camino, trabados en el fango, y le costaba más hacerlos seguir hasta aquí arriba que subir a pie.
–¿Pero es que venís descalzo? – le dijo el señor Jaume.
–¿Cómo si no? ¡No te digo! ¡Las alpargatas se me han quedado enganchadas al lodazal!
Las indagaciones del estado del camino las llevaba a cabo el señor Jaume por encargo de Sabina. Ella y la señora Pujolá querían asistir a la misa solemne del día siguiente, ya que la misa del gallo de aquella misma noche era arriesgada. No solamente arriesgada por el desplazamiento en vehículo a oscuras, sino por la alta probabilidad de una natividad en nuestra casa, respetuosamente simultánea con la del Señor.
Cada vez que las tres mujeres sugerían el asunto, Jaume y yo no hacíamos ningún comentario. El bulto que hacía Amélia lo veíamos, pero no hacíamos ningún comentario.
Aquella vigilia fue densa en calor de chimenea. Fuego encendido en cada chimenea, estufas, fogones, puertas cerradas y cortinas tapando ranuras. La casa era un horno.
Amélia estaba sentada o, mejor dicho, arrellanada en una butaca. Cara delgadita de finura transparente, cabellos bien peinados en tirabuzones negros colgando por la nuca, canesú desabrochado desde el pecho hacia abajo, donde empezaba el globo.
Seria. No perdía la calma, pero estaba seria. En la mesita, un platito de miel y requesón.
Los incondicionales la rodeábamos calmados, pero serios.
El señor Jaume leía los periódicos atrasados. Sabina hacía calceta con cuatro agujas y dos ovillos. Movía aquella cosa complicada con dos dedos y sin mirar. El calcetín que tejía le colgaba de entre la maraña e iba creciendo.
Yo tenía un libro abierto y hacía como si leyera; no me podía concentrar.
–Silvela ha formado Gobierno -dijo apagado el señor Jaume.
–¿Qué le ha pasado a Sagasta? – pregunté ocultando un bostezo.
–Iba mal desde principios de noviembre. Tensiones internas del partido liberal.
–¿Choque con Canalejas?
–Ni más ni menos. La obsesión contra las órdenes religiosas. Con la Ley de Asociaciones que Canalejas quiere presentar indispone a su misma gente.
–¿Qué pretende exactamente esta ley?
–Que el Estado tenga la sartén por el mango y pueda limitar la abundancia de propiedades que el clero extiende por España.
–Reprimir la devoción. Para los católicos, libertad vigilada.
–Más o menos. Ahora suben al Gobierno los conservadores y el tema se quedará en el cajón. Mira, en La Vanguardia nos reseñan una coalición contranatura: la Unión Nacional, del acérrimo españolista Basilio Paraíso, se ha aliado con los catalanistas.
–¿Se cree que los votantes se lo perdonaremos?
–La codicia de acumular votos los deja ciegos. A los votantes nos suponen retrasados mentales. Anuncian que sus programas quasi coinciden. Este quasi será como un pequeño roto en una sábana. En cuanto te metes en la cama, se raja de arriba abajo.
A las nueve cenamos ligeramente. Amélia vino a la mesa; tenía que estar muy apartada, no tenía hambre. Picoteaba el pan y todas las migas le iban a parar a la meseta.
Tras haber cenado no sabíamos qué decisión tomar. Ella tenía sueño, pero prefería aguantar hasta la hora. Añadimos leña al fuego.
–¿Notas algún cambio? – le preguntó Sabina mirando el reloj.
Amélia dijo que no con la cabeza.
–A lo mejor estás demasiado sentada. Podríamos caminar arriba y abajo del porticado, bien abrigadas.
–¡Vaya, Sabina! – gritó el señor Jaume sin poder contenerse-. ¡No querrás hacerla saltar a la cuerda!
Yo cogí a Amélia por el hombro.
–Métete en la cama, mujer. Si a la criatura le apetece, no dejará de despertarte. ¿Le decimos a la señora Pujolá que te caliente la cama?
Dijo que sí con la cabeza. Estaba apagada. Una persona tan sensata y positiva, y en aquella circunstancia confiaba en una premonición sin pies ni cabeza. Era evidente que la señora Pujolá la había engañado manejando fecha y hora de nacimiento con una sapiencia facultativa que no tenía nada que ver con la naturaleza humana.
Sabina y la señora Pujolá ya estaba a punto, abrigadas y ensombreradas, con el misal y con una piedra caliente dentro del manguito. El señor Jaume las acompañaba por compromiso, medio dormido, temblando de frío.
Me ocupé de que les pusieran una manta para las piernas y le recomendé al mozo que conducía la tartana que se lo tomara con mucha prudencia.
–El camino está bien, patrón.
El señor Jaume ayudaba a las mujeres a subir al vehículo.
–Venga, Pol, ya nos vamos. Corre hacia arriba, no dejes sola a Amélia. No tardaremos.
La mañana transcurrió tranquilamente. Hasta casi las once Amélia no se despertó. Empezaba a creer que primero volvería el grupo de Pella.
Se incorporó muy animada y exclamó riendo:
–Tú ya no ves claro ser papá tan puntual, ¿eh, chico?
A pesar de seguir embarazada, volvía a ser la persona con sentido común que había sido siempre. Acababa de superar un antojo de la importancia del pastel de nata y la miel y requesón.
–¿Hace frío fuera? – preguntó abrigándose con el mantón de lana.
No nos movimos de la habitación, uno en cada balancín, alrededor del brasero.
Amélia, a pesar de su contorno, se inclinaba a cada momento para removerlo con la badila.
–Ya lo haré yo, mujer. A ver si doblándote lo haces bajar, ahora que estamos solos.
–Me apetece. Me gusta cuando muevo la montañita de ceniza y el cisco de dentro se pone vivo y rojo, con tanto calor… Sí que tardan, ¿verdad?
–Hay un buen trecho del pueblo hasta aquí.
–¿Qué leías? ¿Aún no te has acabado todos los diarios?
Aparté La Vanguardia. Justamente estaba leyendo un breve artículo referente a los Teixits Cros, de Sabadell, donde se señalaba que entre los obreros y el patrón se extremaban las tensiones. El fabricante Climent Cros proseguía con los despidos porque aducía que en sus telares quería tejedores que trabajaran bien y no políticos aleccionados desde Francia. Abierta y sorprendentemente, no se mordía la lengua atribuyendo a los sindicalistas franceses las órdenes de boicot contra la producción de su factoría.
Evitando hablar de nada de Climent, dije:
–Estaba repasando un reportaje sobre las ideas de aquel Aristide Briand, prominente socialista francés. Opina que la huelga revolucionaria no se debe anunciar, sino llevar a cabo por sorpresa, con un comienzo que tenga apariencia de acción legal. La quiere disfrazada. ¿Entiendes? No importa que los obreros lo sepan o no: cuando llegue la hora del baile, bailarán.
No hacía falta que hubiera trastocado el tema; Amélia no me escuchaba.
–¿Y si en lugar de un heredero tengo una pubilla? – exclamó.
–Bienvenido heredero o pubilla. ¡Pero que se espabile, chica! Lleva doce horas de retraso.
También llevaban retraso el señor Jaume y las dos mujeres. Ya resultaba inquietante. Cuando determinábamos que alguien bajara a ver qué pasaba, el mozo avisó de que ya llegaban. Efectivamente, estaban entrando en la explanada. Nada de tartana. Sabina y la señora Pujolá montaban el mulo bien agarradas la una a la otra como una sola pieza. Una pierna aquí y la otra allá, arremangadas. Enaguas, calzas, medias y ligas, todo a la vista. Muy serias. El único que no se podía aguantar la risa era el señor Jaume, delante de ellas tirando de las riendas, enfangado hasta las rodillas y descalzo.
–¡Suerte que el camino estaba bien! – les grité.
Y otra semana.
Amélia volvía a hacer caminatas del brazo con Sabina.
Aquella mañana de buen sol, mientras la señora Pujolá la estaba peinando, yo bajé a la explanada para ayudar a los mozos que acorralaban un lechón que se había escapado.
Aún no me había puesto a la tarea cuando el balcón se abrió de par en par y el señor Jaume, con el brazo levantado, gritó:
–¡Ya, chico!
Sabina no se movía de la cabecera. La señora Pujolá activaba con órdenes precisas a todas las sirvientas de la masía. A los dos hombres nos mantenían fuera, y por favor que no molestásemos. Yo hubiera querido estar al lado de Amélia, pero ¿dónde se había visto? Parecía indiscutible que aquello era cosa de mujeres.
Esperaba de cara al balcón, estático, con los brazos cruzados, con la boca llena de un carquiñol que no me sabía tragar. No quería fumar. Me abstenía del tabaco haciéndome copartícipe de las molestias del parto. El señor Jaume llenaba el ambiente de humo y ya lo habían tenido que reñir.
Recurrí a un trago de café y, al coger la taza, el plato se fue al suelo; el estropicio hizo comparecer a una de las criadas, que me preguntó si quería tomar una poción para los nervios.
–No estoy nervioso, gracias.
Me serví el azúcar y la tapa de la azucarera también se fue al suelo. Tres criadas y la señora Pujolá asomaron la cabeza.
El proceso duraba. Allí quieto sentía frío.
–Todo va normal, señores -informó la señora Pujolá pasando con toallas, con aplomo y pausada como un gallo de cebado.
Aquella curandera sabihonda, de cara llena y flemática, siempre con una media sonrisa sabia, al fin y al cabo, infundía confianza. Pasaban las horas. Ahora tenía calor. Sonaban las once en el carrillón. Yo aguantaría. Peor lo tenía Amélia. ¿Por qué demonios no chillaba como todas las mujeres?
El señor Jaume tan pronto estaba a mi lado como en la otra punta del pasillo.
Parecía acercarse el momento. Notábamos movimiento en el dormitorio y nos llegaba la voz de la señora Pujolá:
–¡Así, señora, muy bien! ¡Venga! ¡Más, más! ¡Empuje! ¡Adelante! ¡Venga!
Un grito vivo de Amélia resonó por toda la masía. Enseguida, un vagido de criatura.
El señor Jaume me abrazó.
–¡Felicidades, Pol!
–¡Ya era hora, caray!
–¡Un heredero, Pol! – musitó-. ¿Estás contento?
–¡Es un recién nacido, hombre! – me repetía Sabina.
Era extraño que hasta entonces me hubiera contenido y, de repente, me diera aquella locura. Quién sabe si en lo más hondo entendía que me comportaba como un delirante, pero me sacaba de quicio que se obcecaran en contradecirme.
–¡Ya sé que crecerá, caray! – grité-. ¿Pero me tengo que creer que todos nacemos así de pequeños?
–¡Claro, hombre! ¡Es precioso! ¿Es que no habías visto nunca uno?
–¡A patadas los he visto! ¡Hace nueve meses que los miro! ¡En brazos de las nodrizas, emberrenchinados y gordos, niños que dan gusto! ¡Éste es una butifarra de nada! ¡Ya lo querré, claro que lo querré, pero vaya, tanta panza para nada!
–¡No me hagas reír, hombre! – decía el señor Jaume-. ¡Siéntate y reposa, venga!
Me acercaba una copa. Sabina me acompañaba a la butaca tanto si quería como si no. Ni me daba cuenta de que me hacía beber la poción para los nervios. Se reían. Los dos se reían la mar de contentos. Sabina me pasó un pañuelo por la cara y le di un empujón. Se marchó muriéndose de risa.
Me habían dejado solo al lado de la cuna para que me familiarizara con el ocupante. Me incliné sobre él para volverlo a mirar.
De repente, el bebé minúsculo se puso morado, con unos lloros estridentes, gritos salvajes, abriendo una boca espantosa. Se retorcía. Manos, pies, todo él trepidante. Yo no sabía qué demonios le pasaba.
En ese instante oí unos peditos. Al darme cuenta de que aquella cosita esmirriada se esforzaba como un titán para conseguir hacer caca, me recorrió el espinazo un estremecimiento abrasador de admiración y orgullo.
El padre de Amélia, Blai Baigual de Ribadell, hacía veinte años que estaba enterrado, pero le habíamos honrado poniéndole su nombre. De manera que el heredero se llamaba Blai.
Retomamos nuestras costumbres. Todo igual, más la criatura, una nodriza y una niñera. No sé de dónde había salido la nodriza. La niñera era una chiquilla huérfana de las Beatas Dominicas.
Aquella tarde Amélia se había comprometido con la Tulis marquesa y algunas otras señoras para ir al asilo del Parque a hacer una distribución de ropa que el Ayuntamiento subvencionaba. Quedamos que hacia las seis de la tarde yo la iría a recoger, de modo que sólo tuve tiempo de cambiar impresiones con los hermanos Guix sobre las eventualidades sufridas en la España política mientras yo estaba en la Serra del Monterol, distraído en primordiales momentos familiares. Para empezar, me informaron de la muerte repentina de Sagasta. Un ataque al corazón. Muerte que había desencadenado un sinfín de desencuentros dentro del partido de los liberales, ahora tan desmochados como el partido conservador desde la pérdida de su Cánovas. Parece ser que los hombres de Estado de oro de ley eran difíciles de reemplazar por bisutería, pero mientras vivían nadie se había dado cuenta de que eran auténticos. Los Guix también resaltaban la sorprendente y aplaudida reaparición de Nicolás Salmerón, proclamado jefe de los republicanos.
–Promete mover el partido con el impulso de una ola que lo arrasará todo -dijo el Guix pequeño-. A lo mejor acabamos republicanos.
–Tú ya lo eres -le espetó el Guix mayor.
Así los dejé.
Al cochero que me condujo frente al asilo le dije que se esperara. Al ver todas las puertas de par en par con gente que iba y venía, entré en el establecimiento y me adentré hasta el patio posterior de altas paredes grises. Allí quedé rodeado de criaturas y de monjas. A un lado, en fila, montones de cajas y cajas con las señoras ocupadas repartiendo ropa. Amélia no estaba. Mirando alrededor, la descubrí en el claustro lateral parada, hablando con alguien.
Ese alguien era Climent.
Antes de que ellos pudieran verme, retrocedí hacia la calle y regresé al coche. Allí la esperé. Climent no tardó en salir. Yo me echaba hacia atrás en el asiento para pasar inadvertido. Cuando él estuvo lejos, bajé del vehículo. Amélia ya se reunía conmigo.
–Estoy cansada -me dijo-. ¡Ay, qué tarde! Vayamos deprisa, Pol, no me gusta dejar tanto rato al niño.
Durante el camino permaneció absorta, sin decir nada.
–¿No ha ido bien el reparto? – pregunté yo.
–Muy pesado, de pie todo el rato abrochando batas y blusas. Muy pesado.
Nada más.
De acuerdo. Yo no podía desaprobar que se callara un detalle. Pero en aquel momento entendí el peligro de no sernos francos. Era un tema demasiado manido y expuesto al equívoco.
Ya cerca de casa, exclamó de pronto:
–¿Hacía rato que me esperabas?
–Cinco minutos.
–¿Te has encontrado a Climent?
Dudé un instante. Antes de que contestara, ella habló concisa:
–Estaba en el asilo. Ha traído un donativo. Se ha hecho el encontradizo. Preferiría hablar de ello en casa, Pol, con calma.
–Sí, claro.
–Es que aún estoy impresionada por los quebraderos de cabeza que aquella mujer nos ha creado.
Hasta después de cenar, cuando el niño dormía y todos se habían retirado, Amélia y yo no pasamos a la salita. Ella había estado todo el rato ausente. Yo me sentía menos intranquilo, mal que bien, por la perspectiva de comunicación. Nos acomodamos uno al lado del otro. Me cogió la mano.
–Climent se ha hecho el encontradizo -repitió-. Él tenía ganas de verme. Tal vez como un punto final. Lo perdemos. Él me aprecia, pero lo perdemos. Eso me puede.
Calló.
Enlazando mis dedos con los de ella, le pregunté en voz baja qué se habían dicho. Amélia habló calmada:
–Me ha felicitado efusivamente por el niño. Ellos tuvieron una niña a principios de noviembre. Se ha excusado por no habérnoslo hecho saber. Dice que la dirección de allí arriba se le había extraviado. Lo he notado extraño, esforzándose. Los dos estábamos violentos. No me ha preguntado por ti. Mira, en aquel momento me ha asaltado la idea de que tú eres la causa principal de las regañinas entre ellos. Esa mujer ha preparado el terreno por si por casualidad hablas con Climent. Tan es así, que le he preguntado bien directa qué le pasaba con nosotros. Se ha quedado sorprendido. Me ha contestado: «Ya te lo debe de haber explicado Pol». He insistido: «Explícamelo tú». Estaba muy contrariado. Miraba a un lado y a otro como queriendo huir. Finalmente ha dicho que el tema le dolía, que tú y Berta habíais ido a la torre a buscar un retrato y que tú la habías tratado sin miramientos. Ha dicho que habías rozado la insolencia y que Berta estaba ofendida.
–Pero, vaya, ¿sólo la ofendí? ¿Ni seducir, ni violar, ni someter a ningún acto degenerado?
–¡Qué expresiones, Pol, por favor!
Amélia parecía conmocionada. Las pestañas aterciopeladas que le alargaban los ojos estaban mojadas. Ella no lloraba nunca, pero en ese momento la inundaban las lágrimas.
Le pregunté cómo había quedado finalmente con Climent. Bajó la cabeza.
–No sé cómo hemos quedado. Me ha dado la mano y se ha alejado deprisa.
Después de estar mucho rato callados, Amélia se incorporó y exclamó con energía:
–De manera que Berta te ha echado la culpa. Pero yo no quiero que quede así. Iré a verla.
–Déjalo, por favor. Ellos dos están en un armisticio. Aguantan el matrimonio como pueden, incluso a costa mía. No interfiramos.
–Qué cara dura. Es inadmisible. Te acusa descaradamente y ahora cambia las tornas. Ella la ofendida y tú el descarado. De ninguna manera quiero que Climent se crea esto.
–Olvidémonos de ellos. Que pase el tiempo, que se arreglen. ¿Qué quieres ir a decirle a Berta? Ella te plantará cara y me acusará de todo. ¿Y qué le tengo que decir yo a Climent? ¿Que su mujer me sacaba la camisa a la fuerza? ¿Te parece que así restituiremos mi honor?
–¿Te sacaba la camisa? Eso no me lo dijiste.
–Pues te lo digo ahora. ¿Quieres más detalles?
Esa primavera, por primera vez en nuestro matrimonio, no rehuía acudir al salón de la gran Casa Fontá donde se celebraba una gala benéfica con concurrencia de los notables de toda Barcelona.
–No podemos negarnos -me dijo con la invitación en la mano-. La hija pequeña, Conxita Fontá, marquesa de Silos, era íntima amiga de Clara Darniu. Hace poco me la encontré en la Casa de la Misericordia y me riñó porque aún no te conocía. Es una persona muy simpática. Y a mí me gustará presentarle un marido tan guapo y selecto.
–Y encima le endilgas que soy propietario del robledal del Monterol.
Al decir esto, tanto Amélia como yo recordamos que era el añadido de Berta Cros. Amélia se dejó caer en una silla y exclamó:
–¿Sabes, Pol? Casi estoy segura de que ellos también estarán en el baile de los Fontá.
–Alguna vez tenemos que coincidir, excepto que, como siempre, optemos por evitar el Liceo y los sitios que ellos frecuentan.
–Es verdad. Hasta ese punto nos limitan los movimientos. Como si fuéramos nosotros los que nos tenemos que esconder.
–Yo no añoro el Liceo.
–Yo tampoco. Pero, sin la amenaza de su presencia, habríamos ido a escuchar Otelo.
–Y Norma.
–También.
–En fin, no añoramos el Liceo pero no nos hubiéramos perdido ninguna ópera.
–Exacto.
Por fin llegamos a la fachada modernista con su embocadura de ancho marco de piedra que dejaba ver el patio interior, enlosado. Al bajar de la berlina, tuvimos que atravesar una aglomeración de curiosos que se apostaba a cada lado. La residencia aparecía adornada por cipreses, con alfombras rojas escoltada por una hilera de lacayos a lo largo de la escalera interior. A pesar del aparato de fuera, los anfitriones nos recibieron con toda naturalidad, sin ninguna clase de protocolo.
Si existía una dama gruesa preciosa, era Conxita Fontá, marquesa de Silos.
Uno no se daba cuenta de su volumen al ver aquella cara alegre de piel fresca y aquellos ojazos de un violado azulón. Se embutía en tela oscura sin ornamentos tal como le aconsejaba la discreción, con un escote de pechera blanda donde lucía un collar de amatistas exactas a sus ojos. Fue amistosa conmigo y yo besé su regordeta mano con auténtica simpatía.
Su marido, marqués de Silos, era opuesto a ella. Alto y huesudo, rígido, engreído, gran bigote y media calva. Nos dio una bienvenida para presumir de oratoria, al tiempo que se comía a Amélia con la mirada. Iba engalanado en extremo, con condecoración. Personaje satisfecho de su entorno opulento.
En general, la concurrencia era joven. Parejas nuevas, nada engoladas. Muestra de una renovación social que evidentemente evitaba la ampulosidad. Éramos presentados con sencillez y nos saludábamos con un breve apretón de manos.
–Casi no conozco a nadie -me confesó Amélia, quien era seguida por las miradas de todos por su belleza, vestida de raso marfil.
Ya transcurrida buena parte de la fiesta, la orquesta se preparó para el baile. Amélia y yo, tras un lapso relacionándonos con los asistentes, quedamos emparejados de nuevo y estuvimos esperando los primeros compases.
En aquel momento vimos entrar al matrimonio Cros.
La mano de Amélia y la mía se encontraron, buscando apoyo mutuo.
Climent vestía un chaqué impecable que favorecía su estructura fornida. Era un tipazo, a pesar de que se le veía malhumorado y desganado. No quedaba nada de su innata vitalidad. Berta lo seguía a su lado, sin darle el brazo, vestida de oro viejo, con bordado de lentejuelas y cola de satén, muy larga. Los cabellos eran del mismo tono, como si toda ella fuera áurea. Despuntaba con una vistosidad ostentosa, parecía la mujer más rica de todo el salón.
Nuestras miradas se cruzaron. Climent, decidido, tomó la delantera en dirección a nosotros, ignorando la cortesía debida a su mujer. Berta sólo podía ir detrás de él o quedarse sola.
Climent se inclinó a besar la mano de Amélia. Enseguida me encontró a mí delante y me dedicó una breve inclinación de cabeza con gesto acartonado. Yo lo miraba de frente, pero no quise corresponder, convertido voluntariamente en amigo de piedra.
En ese instante, la orquesta dio comienzo al baile y se generó un vivo movimiento. Todos retrocedimos despejando el salón.
Berta, ya a nuestro lado, prestaba atención a la bandeja que un camarero le estaba ofreciendo. Cuando era inminente que se reuniera con nosotros, la aparición de la anfitriona Conxita Fontá rompió la tensión cogiendo a Berta del brazo y hablándole de la subasta de flores. Llevaba con ella a un señor barbudo, con monóculo, que me tendió la mano muy atento, preguntándome si estaba al corriente de los resultados obtenidos por nuestro prócer. Yo no sabía quién era ni de qué prócer me estaba hablando.
–Le perdono que no se acuerde de mí -dijo-. Tampoco yo lo habría reconocido si no llega a ser por su bellísima señora. Soy Belard, de la Estación Telescópica. Hago referencia a Comas Solá y a su estudio del planeta Marte con ecuatoriano de seis pulgadas inglesas.
Me lancé con gusto a hablar de astronomía con Belard.
Se formaban parejas para el vals, una fila de lacayos discurría a nuestro alrededor con los ramos de flores de la subasta, se producía una agradable confusión. De reojo me di cuenta de que Climent sacaba a Amélia a bailar.
Una numerosa trenza de damas y caballeros empezó a dar vueltas a ritmo ternario provocando sedosos remolinos de faldas.
Hasta que de improviso, sin entender por qué arte de magia, mi interlocutor desapareció. Con todo el mundo tragado por el torbellino de la gran gala, me encontré solo allí en pie, con Berta al lado. Estaba mirando la sala de baile, abanicándose tranquilamente, y movía un poco la cabeza de modo que los pendientes le lanzaban chispas.
Me costaba dar crédito al aplomo de aquella mujer. Me quedé serio y rígido, aguantando el tipo.
–Quizá tendríamos que bailar, Pol -susurró veladamente.
–Ya hago mucho atendiéndote. No me obligues a más.
Capeando el desaire, dijo entre dientes:
–Míralos a ellos dos. Climent nunca se ha sacado a Amélia de la cabeza. Ya suspiraba por ella cuando Isidre estaba vivo. Yo sólo le he estorbado. Y ella, salvo porque duerme contigo, ya no puede querer más a Climent. Estás ciego.
–No te me descuelgues con otro entremés. No soy yo el ciego, sino tu marido. Veo tu matrimonio roto y veo que pretendes romper el mío. No podrás. Amélia y yo formamos un solo bloque.
Mirándola a la cara, proseguí:
–No estés tan confiada, Berta. Tu posición no ha quedado asegurada. El margen de tiempo para que Climent razonara se ha acabado. Estoy preparado para ir por las malas y destriparte la estratagema públicamente. Tengo testigo, abogado y periodista. Tú perderás. El individuo que se esconde debajo de tus faldas no sacará la cabeza, pero en las páginas de Feminal no se hablará tanto de la baronesa de Juneda como de la señora Cros, incriminada judicialmente por calumnia. Si en un corto plazo Climent en persona no me comunica el final de la broma, iré a las bravas.
Se abanicaba con mano nerviosa.
Me sentí bien viendo cómo perdía pie. Yo había hablado para asustarla, inducido por el señor Jaume. Hacía poco, el señor Jaume y yo nos habíamos visto en la torre Darniu revisando documentos y me sugirió que no me preocupara tanto de Climent y pasara a considerar la posición de Berta. «No olvides que contigo no tiene escapatoria», me señaló. «Eres el único a quien no engaña y confía en que calles por la repercusión que pueda tener en Amélia; pues amenázala, vomítale todo lo que te salga del buche prescindiendo de si tienes o no intención de llevarlo a cabo; ella se tiene que convencer de que estás resuelto a ganar.»
El planteamiento del señor Jaume me había gustado, pero no veía cómo incitar a Berta. No podía dar ningún paso detrás de ella, con el detective en la esquina. Hubiera sido una evidencia a su favor. La gala de Casa Fontá me facilitaba la ocasión.
En ese momento, además de irritado, me sentía demudado. Plantar cara a aquella Berta capacitada para improvisar cualquier vileza, me costaba. Yo podía desafiar a un contrincante afín, pero ella esgrimía el florete sin reglamento, sin arte y sin honor.
Animándome de golpe, la cogí por la cintura y la hice avanzar dando vueltas hacia el núcleo de bailarines. Casi la llevaba colgada del cuello, porque se tropezaba con la cola del vestido y la recuperaba como podía con la mano libre.
El compás del vals se me pasaba por alto. Bailaba a destiempo dando zancadas en dirección a Climent y Amélia. Al vernos venir a modo de abordaje, el uno y la otra suspendieron el baile, sobresaltados. Situando a Berta delante de ellos, hice la indispensable reverencia.
–Con permiso. Cambio de pareja. Gracias.
–Explícame cómo te ha ido el baile con Climent.
Amélia, exhaló un suspiro apoyando la cabeza hacia atrás.
–Seguíamos la música sin decir nada. Queríamos y no sabíamos de qué manera recuperar la concordia. Un rato después, me ha preguntado casi al oído si me hacías feliz. «Totalmente», le he dicho. Ha cerrado los ojos. Lo he visto inseguro, muy triste.
Amélia cogió la copa que le ofrecía.
–¿Y tú con Berta, qué? – inquirió.
–La he encontrado altiva como una reina, pero sabe que será destronada.
–¿Quién la destronará? Es ella la que tiene que rectificar. No es precisamente una mujer inhibida para admitir un descontrol. Una buena sesión de arrepentimiento con ahogo y desmayo incluido. Lo sabe hacer.
–No lo hará.
–Conviene. Tengo que aclarar la situación de una vez.
–Yo la aclararé.
Amélia me miró. Inclinándose hacia mí, me pasó la mano por la frente y me echó el cabello hacia atrás.
–¿Por qué este caso te hace más daño a ti que a mí?
Me quedé unos momentos sin respuesta. Finalmente, dije:
–Berta me ha desacreditado delante de Climent y no quiero que quede así.
Yo no soy experto en pintura, pero la categoría de los cuadros que vi allí me impresionó. Los paisajes rurales de Joaquim Vayreda me hacían notar el olor campestre, los temas suburbanos de Nonell me transportaban a las tabernas del puerto y aquel estilo modernista de Santiago Rusiñol, de pinceladas ligeras llenas de sol y sombra, me descubría la belleza de los jardines caseros.
El Guix pequeño me hacía el reportaje con mucha elocuencia. Joaquim Mir, Raurich, la luminosidad marina de Meifrén, Sunyer y aquellas figuras de Llimona llenas de alma. Cuando me destacaba las virtudes de cada uno de ellos, la voz le temblaba de devoción. Era curioso que admirara tanto a sus afines cuando él mismo era un genio. Aquella tarde lo descubrí. Había allí tres pinturas suyas. Retratos pequeños. La cara reseca de un viejo con los ojos llenos de vida, la de una gitana turbulenta comida por el amasijo de greñas y una tela grande donde aparecía medio de espaldas mirando por la ventana una muchacha en chambra, esbelta y pura, con la cabellera negra suelta. Era de una belleza casi inmaterial. Apenas se le veía el rostro, pero la gran evocación de Amélia me sorprendió.
El Guix pequeño vigilaba mi reacción. Lo miré interrogante.
–La he pintado de memoria -me dijo disculpándose-. ¿Le molesta?
Yo estaba conmocionado por aquella visión inesperada de la imagen amada.
–Es una maravilla -musité-. No tenía ni idea de que las obras de usted fueran de esta extraordinaria calidad. Lo felicito calurosamente.
Sonrió.
–Yo lo felicito a usted por ser el elegido de mi modelo fantasma. Ya sabe que nunca he escatimado calificativos cuando me refiero a la belleza de su esposa.
–Bueno, sí -convine con chanza-. Y tampoco ha escatimado sus miradas cuando Amélia le pone azúcar en el café.
–Pero en el ojo del artista no hay nada carnal. Vea qué me pasa, a veces quisiera mirar a las mujeres para desearlas y no puedo. Tan sólo las veo como musas.
Había dicho eso casi serio. En un tono más desenfadado, añadió:
–Usted no es celoso, Pol. Usted tiene la seguridad del amor de su mujer.
Sonreí. El Guix pequeño tenía razón. Desde que me había casado me sentía plenamente amado.
–Yo le habría comprado esta preciosidad de cuadro.
–No le he hecho oferta porque no me lo encargó. He querido que lo viera y nada más. Aparte de que la similitud sólo la percibimos usted y yo.
En un grupo apartado estaba el Guix mayor y otros señores entre los que sólo reconocí a Melcior Malla. Nos unimos a ellos. Discutían sobre la pintura y la fotografía aplicadas al retrato. Llevaba la voz cantante un enemigo de la cámara, que consideraba que cuando el pintor conseguía el parecido, infundía la identidad del modelo. El color, el relieve y la vida de un óleo no podían compararse con la fotografía en blanco y negro, de una dureza que perjudicaba la veracidad de la imagen haciéndola extraña, deformando la ductilidad, alterando incluso el aspecto físico y anímico de la persona retratada, por más que una lente focal la hubiera calcado de la realidad. Contrario a este razonamiento, Melcior Malla enaltecía el arte de la fotografía. Decía que la técnica era un portento, y que, si los resultados no satisfacían, era a causa de las deficiencias del retratista, del mismo modo que cuando un pincel no sabe captar una expresión.
La controversia era interesante. Derivó en el análisis de un cuerpo humano desnudo. Una tela con una mujer desnuda era una obra de arte, mientras que una mujer desnuda fotografiada resultaba impúdica. El que sentó esa base recibió silbidos. Cada uno aportó ejemplos de mujeres desnudas pintadas o fotografiadas, testimonio de arte o de inmoralidad, según como se mirara. Parecía que el tema se iba prestando a la carcajada, por más que todos los hombres presentes allí nos tuviéramos por formales. Melcior Malla, muy atrevido mencionando las modelos obesas de Rubens, se moría de la risa. Y ya no hablemos de la hilaridad que le provocaron las prostitutas de Lautrec. El Guix pequeño fue calmándolo, haciendo también esfuerzos para no propasarse.
Melcior Malla se abrazó al Guix pequeño.
–Enhorabuena por la exquisitez de sus obras, no porque me quite la palabra cuando estoy embalado.
El periodista sobrino del filólogo no me vio hasta ese momento. Tendiéndome la mano exclamó:
–¿Solo?
Ese tipo también sabía mirar a Amélia, con el agravante de no tener ni un ápice de altura pictórica.
–Solo, sí señor. Si tiene ganas de embobarse con mi señora, lo esperaremos mañana domingo a comer. Ya ve que soy desprendido.
–¡Agradecido, Pol! Estoy bien en su casa por ella y también por usted, no miento.
Me cogió del brazo llevándome a un rincón y me dijo, con la mandíbula desencajada:
–Las fotografías de mujeres desnudas son asombrosas. He visto a carretadas y ya le regalo la Maja de Goya, tan bien estiradita. Mire, aquí en Barcelona hay un tipo italiano retratista que tiene en el estudio unos cuerpos de mujeres que… Y a propósito de italianos, el muchacho aquel ya está en la cárcel.
–No caigo en qué muchacho.
–Oh, bien, quizá no se lo dije a usted. Es un tipo poco conocido, un peón admirador de Marx que allí en Italia les da bastante trabajo. Yo le sigo la trayectoria y he escrito algún artículo sobre él. Lo han detenido hoy. Se trata de un revolucionario con mucho carácter. Apenas pasa de los veinte años. Recuerde este nombre: Benito Mussolini.
Se nos reunió el Guix pequeño y preguntó por el italiano.
–No me refiero al revolucionario, sino al retratista que han mencionado. Debe de ser Barchini, supongo. He oído hablar de él.
–Exacto, Barchini. Un auténtico genio de la cámara fotográfica. Es el mejor profesional que he conocido nunca. Miren, al salir de aquí, podíamos ir a verle. Yo lo conozco bastante y nos recibirá encantado. No tendremos que andar mucho, tiene el estudio aquí mismo, en la calle Fontanella.
Fontanella. El fotógrafo de la calle Fontanella donde iba cada sábado Climent.
Era sábado.
–No les podré acompañar -dije con rapidez-. Lo siento, pero se me está haciendo tarde.
Tras despedirme de todos, Melcior Malla me seguía hacia la puerta cogiéndome del brazo.
–Quiero decirle, Pol, que en casa de este Barchini he visto algunas estampas fotográficas sorprendentes, realizadas por un conocido de usted, el señor Cros, el industrial. Yo no sabía que cultivara ese arte.
–Ah, sí, Climent Cros. Es un gran aficionado.
–Escuche, ha conseguido unos efectos que son de gran altura. Imagine en primer término el perfil de un obrero sin afeitar, dentro de una casa oscura; la ventana abierta le arroja la luz de lleno. Resulta impactante. No hizo uso del magnesio, que todo lo aplana, sino que reforzó la luz de fuera sirviéndose de un espejo. Composición y realización de gran originalidad. ¡Jamás visto, de verdad!… Ah, y otra cosa, pero es confidencial. Barchini me dejó una colección reservada y pude admirar unas postales llenas de un erotismo frutal, auténtico. Muy, muy bien hechas, quiero decir las muchachitas.
–¿Muchachitas? ¿Quiere decir realmente muchachitas?
–Exacto. Se le ha movido la nuez del cuello, ¿eh?
–¡Pero hombre! ¿Por quién me toma? ¡Eso da vergüenza!
–¡Eh, eh! ¡Nada inmodestas! Medios perfiles, un sí es no es. ¡Una maravilla de ninfas apenas formadas! ¡Sensualidad divina!
Me marché a casa a pie, lentamente, pues realmente no tenía prisa. Me resultaba embarazoso que el sujeto italiano, por mucha categoría y plástica fotográfica que reuniera, se dedicara a las muchachitas. ¿Podía existir una percepción artística tan exquisita? ¿O sólo era un prejuicio mío malsano?
Al día siguiente, domingo, fuimos muchos a comer, pues Badia de Valtallada y señora habían venido acompañados de la hija de un hacendado de Olot que nos traía saludos de la familia de Amélia. La presencia de aquella forastera rica y sosa alteró la franqueza de siempre. Teníamos miedo de que Maria Serret soltara alguna y la asustara. Era una chica sometida muy a gusto al papel de señorita decorativa. Ropaje de blonda y colgantes de platino en las orejas, talmente como una pubilla de pueblo engalanada para la fiesta mayor. La atendimos muy bien, desempolvando cumplidos. Durante la comida, apenas se habló de nada más que del buen tiempo. Al Guix mayor no le cayó mal la señorita de Olot. La miraba insistentemente como si en aquella cara ovalada de mejillas rosadas y boquita de piñón descubriera una fruta sabrosa que olía a campo. Le sonreía con cierta apetencia. Yo jamás había visto una expresión tan vital en un corto de vista. Por la tarde hicimos grupos mezclados. Amélia hablaba de Olot con ella, Badia de Valtallada jugaba al ajedrez con Canalís y los demás escuchaban música en la sala.
Yo me llevé aparte a Melcior Malla. Su reciente mención de Climent me hacía aspirar a más. Aquel chico periodista conocía bastantes romances de la alta sociedad y quién sabe si le podría sustraer un indicio del amante.
Melcior Malla, acomodado en el sofá, encendía un cigarrillo. Era un chico de buen aspecto, siempre limpio de cara, con un afeitado impecable. Sólo tenía en contra que cuando hablaba solía apasionarse y la boca se le desencajaba. Una vez habías notado la particularidad, ya siempre veías aquella mandíbula inferior estirándose hacia delante.
–Yo no lo comenté -me dijo de buenas a primeras-, pero espero que en el óleo de Guix usted también notara la afinidad con su esposa.
–Claro que sí. Me fascinó.
–Muy a menudo trabaja sin modelo. Hace el esbozo y después se sirve de cualquier persona para la caída de la ropa y otros detalles. Es portentoso. Él ve una figura y se le queda impresa en la retina. Quiere esa, transmite esa. Como una lente fotográfica.
Raudo, aproveché para decir:
–¿Cómo les fue ayer en casa de Barchini?
–Pues mire, casualmente nos encontramos con Climent Cros. Yo sólo lo conocía de nombre, o digamos de renombre, como a su señora. Son personajes que por fuerza los tienes vistos en las celebraciones de nivel. Él ya se iba e intercambiamos unas palabras, pero se le trasluce el magnate que es. Con cuatro frases nos hizo un resumen del desorden anárquico que sufre el emporio textil de Sabadell. Hombre muy decidido, quizá demasiado arrebatado. Personalidad casi temible. Encontrártelo en un taller de arte y comprobar que es un talento de la cámara fotográfica te choca. Bien, es la característica de los catalanes. Dentro de la lucha de sus intereses y materialismos, siempre cultivan un rinconcito para el espíritu.
–Climent Cros tiene reacciones exageradas, pero es sensible. Fíjese usted en la manera humana como trató la cuestión que hubiera hecho perder los estribos a cualquier marido… Bien, me estoy excediendo. Mejor no meterme en su vida privada; al fin y al cabo, del asunto debe de estar más al corriente usted que yo.
Callé esperando a ver si la alusión me proporcionaba resultados. Melcior Malla me había escuchado con interés. Su cara límpida y rasurada manifestaba desconcierto.
–¿Pero de cuándo habla? ¡No hubo asunto, Pol! ¡Usted está en la luna! Climent Cros no se inmutó porque no tuvo motivo.
–¿Cómo que no?
–Le repito que no hubo asunto. Totalmente desmentido. El infundado runrún no salió del círculo editorial. No sé cómo diantres lo sabe usted. Permítame añadir que de la señora Cros no se ha dicho nunca ni pío. ¡Y mire que se rebuscó! Yo no participé, se lo juro. No me interesaba. Estoy en otra línea. Con la publicación de escándalos ya me había pillado bastante los dedos. Lo siguió un colega sensacionalista dispuesto a provocar un terremoto en el corazón mismo de la aristocracia. No pudo. Nada de nada. Un bluf.
–Pero había un nombre…
–¡Dígalo! ¡Deme un nombre!
Tosí para aclararme la garganta.
–Más bien quería que usted me lo diera a mí.
–¡No hay ningún nombre, Pol! ¡Jamás nadie encontró un nombre! ¡Le digo la verdad!
–Pues, ¿y el origen?
–¡Yo qué sé! Alguien se la jugó. Mire, Pol, el embarazo de la señora Cros excitó algunas imaginaciones. ¡Vaya, hombre! ¡Ninguna lógica! Y explíqueme, por favor, de dónde le viene a usted la noticia de una cosa tan vaga.
Ya me asustaba haberme enredado. Balbuceé:
–Con reserva, por favor. Yo sabía que el mismo Climent Cros había tenido recelos… Estuve un tiempo en la sierra. Al reencontrarnos, me admiró su buen estado de ánimo. Eso es todo. Dejemos el tema, por favor. Me he metido en indiscreciones y me siento incómodo… Dígame una cosa, Melcior, ¿se afeita cada media hora o tiene una plaza fija en la barbería?
Se rió y exclamó:
–¡Debe de ser el único que no sabe el secreto, hombre! Uso gillette.
–¡No me diga! ¿Eso nuevo americano de los anuncios?
–Ni más ni menos. Va de primera. Le regalaré un estuche. A propósito de ese Barchini fotógrafo, ¿usted sabe que en cuanto cae la noche se le filtra en el establecimiento toda la fauna prostibularia? Durante el día reina la decencia porque se jugaría la clientela de las niñas de comunión. Pero escuche esto: al margen de su inmoralidad, en la Exposición de París le otorgaron la medalla de oro.
Salí bastante tarde, cuando ya oscurecía. Comprobaba el reloj por si me daba tiempo a llegar al Novedades a buscar las entradas para Hamlet, cuando una persona se me plantó delante, cortándome el paso.
Era Berta.
Me costaba identificarla, descompuesta, con un chal atado a la cabeza y una valona oscura. No sé si el detective la seguía, pero me quedaba claro que ella me había seguido a mí.
Habló deprisa:
–Es importante que hablemos. Entremos en un café. Estoy que me caigo.
–Contigo no entro en ningún sitio. ¡Ni me paro!
La aparté y seguí mi camino dando zancadas. Ella corría detrás de mí.
–¡Te lo suplico! ¡Todo el día intentando encontrarte!
–Llama a la puerta de mi casa.
Me cogía por el brazo, tirando de mí.
–¡Detente, por favor! ¡No sabes lo que estoy pasando!
–¡Vaya! ¡Yo me lo paso de maravilla!
–¿Quieres escucharme?
–No. A ti no, a Climent. Que venga él.
Se me colgó del brazo frenándome, arrastrando los pies. Los transeúntes nos clavaban miradas. Me paré en seco, apartándole las manos de mi brazo. Se puso a hablar atropelladamente:
–Fui demasiado lejos atribuyéndote el embarazo. Lo reconozco. Fue descabellado, no me podía controlar, te lo juro. Climent me daba miedo. Tú me resultabas odioso y te increpé. Ahora no tiene remedio. No lo puedo arreglar. No puedo. A ti y a él os he hecho demasiado daño. Lo deploro, estoy desesperada.
–No por lo que nos has hecho, sino por no haberme enganchado en aquel sofá.
–¡No es eso, no, no! ¡Me tienes que creer!
–Más de un año en silencio aprovechándote de la situación y en cuanto me sabes decidido a denunciarte, me haces la escena.
–Vengo a decirte que no lo puedo arreglar. ¡Perdóname! No puedo. Tienes que entenderlo. ¿Cómo quieres que ahora le diga que tú no me tocaste? ¡Me matará, me va la vida, tiene una pistola! ¡No puedo, Pol! ¡Te lo juro!
–Te salvas de la picota gracias a cubrirme de porquería a mí. Me has robado el honor y a un amigo. Te exijo la reparación. Invéntate una buena historia. Haz que saque las castañas del fuego el padre de la criatura. Que se enfrente a él con la pistola. Que salga a hacerse el valiente el tipo que sólo sabe ser hombre a oscuras. Él nos puede ofrecer un buen epílogo y hacer que caiga el telón.
–¡Déjate de bromas, por favor!
–¿Quieres decir que la broma es monopolio tuyo?
–¿Por qué eres tan severo?
–Porque no soy sant Pol de la Serra. Sal de mi vista, Berta. No quiero verte nunca más. Recibiré complacido a Climent cuando venga a decirme que este infierno se ha acabado.
Se me tiraba encima con las manos cruzadas sobre el corazón.
–No sé qué tengo, me ahogo…, por favor, ayúdame, no puedo respirar…
–¡Apártate, Berta! Si ahora te viene el desmayo, de una bofetada te pondré de pie. ¡Fuera de mi paso te digo, venga!
Allí la dejé apresurándome por la acera a grandes pasos, dando la vuelta a la esquina hacia las Ramblas y alcanzando un tranvía en plena circulación.
La señora Berta Cros había sufrido un colapso en plena Portaferrissa a las siete de la tarde del día antes, yendo sola y sin que se la pudiera identificar hasta recuperar el conocimiento dos horas más tarde en una litera del hospicio de las Hijas de la Caridad, donde la habían llevado los transeúntes. Una vez localizado el marido, no había podido trasladarla a su domicilio de Sabadell a causa del cuadro grave que ofrecía la enferma. Ahora todavía seguía ingresada en el establecimiento.
La diplomática había entrado en casa casi expresamente para hacérnoslo saber. Estábamos con ella en el saloncito tomando un digestivo. La escuchábamos impresionados. A Sus el hecho apenas la inmutaba.
–Le puede pasar a todo el mundo -decía paladeando el licor-, pero que precisamente le pase a la señora Cros hace gracia, salvando la desgracia, claro. Tan reconocida en todas partes, tan popularísima, y allí tumbada sobre el adoquinado nadie sabía quién era. Ir a parar a un hospicio parece talmente una de sus humoradas.
En cuando Sus se marchó, Amélia y yo nos quedamos sin ánimo.
–Lo siento mucho, no puedo decir nada más -musité-. Ni por un momento se me ocurrió que el ahogo fuera auténtico.
Amélia, muy preocupada, murmuró:
–La arritmia no era de broma, Pol. Sufría del corazón. Iré al hospicio. Creo que tengo que hacerlo.
Jamás había tomado una decisión sin antes pedirme mi opinión. Pausadamente, le recordé que no permitían visitas.
–No voy por ella, sino por Climent.
Tras unos momentos de vacilación, dije:
–Te acompañaré.
–Gracias, Pol.
Ya delante del establecimiento habíamos visto la berlina de los Cros. Amélia y yo habíamos determinado que ella saludaría a Climent mientras yo me quedaba aparte, en el papel de callado consorte.
La hermana portera nos dijo que, efectivamente, el señor Cros estaba con su esposa, pero que nosotros no podíamos visitarla sin autorización previa del médico. Nos introdujo en una sala de espera con Virgen María de madera carcomida y cirios de llama vertical, sin corriente de aire. Nos encontramos allí de pie en la penumbra a dos adolescentes altos y delgados con cuello blanco y lazo negro. En cuanto nos vieron, se acercaron al unísono, estirados, como si marcasen el paso, dedicándonos una cortés inclinación de cabeza. Amélia, un poco desorientada, les dio un beso en cada mejilla. Eran los hijos de Berta y Climent, los dos piratas del retrato olvidados por todos en el internado de los Salesianos.
–¿Cómo está mamá? – preguntó Amélia en un susurro, como si estuviera en la iglesia.
El mayor contestó mecánicamente:
–Bien, gracias. La hemos visto. Aquí viene papá.
En el marco de la puerta estaba Climent parado, sorprendido. Amélia se dirigió hacia él, mientras yo le comentaba al niño mayor que el edificio estaba muy cerrado.
–Sí señor, muy cerrado -me contestó.
–Y el desinfectante molesta.
–Sí señor, molesta.
–Sólo con que abrieran un postigo…
–No es un postigo, señor, sino una claraboya fija.
–Tienes razón, fija.
No me veía con ánimos de mantener el coloquio cuando, de manera sencilla, Amélia acudió y cogió del brazo a los dos chicos sacándomelos de delante. Mientras tanto, Climent se me acercaba con cara preocupada, no enemigo sino sólo displicente.
–Dice Amélia que tú estabas en Portaferrissa. Que Berta intentaba pararte y la rehuiste.
Asentí con la cabeza. Se esforzaba en mantener una actitud neutral. Volvió a hablar:
–No la vi en todo el día. Se marchó temprano, sin haber dormido. No está bien. Una obsesión la mata.
Se hizo el silencio. Finalmente, yo dije:
–La mata el miedo de que la mates. No sabe cómo decirte que me culpó a mí para distraerte al autor.
Climent me miraba fijamente a los ojos. Muy bajo, dijo:
–No te creas que no me has hecho buscar qué otro podía haber. Nadie. No hay nadie. ¡Y mira que he llegado arriba!
Apretó los puños conteniéndose. Con voz oscura, añadió:
–Has destruido totalmente a Berta. Enloquecida detrás de ti perdiendo los latidos del corazón.
Di media vuelta en dirección a Amélia, que estaba parada con los chicos delante de la capilla.
–Vayámonos, por favor -le dije suavemente, cogiéndola del brazo.
Amélia y yo ya no hablábamos de ellos. Sabíamos que Berta estaba en Tona con la niña y los dos chicos, sometida a un severo régimen curativo. La convalecencia permitía suavizar su situación familiar; los hijos le hacían compañía por primera vez en la vida y Climent la visitaba a menudo preservándola de emociones bajo la estricta prescripción de los médicos. De manera que Cros tenía por delante la perspectiva de un verano de paz. Las Hijas de la Caridad también, con el donativo que les aliviaría el vientre de penas durante el resto del año.
Nosotros no desaprovecharíamos la bonanza. Preparábamos el equipaje para trasladarnos a la Serra del Monterol para una larga estancia. Nuestro muchachito, fuerte y valiente, había cumplido seis meses y le haríamos afrontar el largo viaje dentro de un cesto, con chupete y sonajero. Y un montón de pañales secos.
–¿Cómo te llamas? – le urgía yo-. ¡Venga, chico, cómo te llamas!
Me miraba con mucha atención y acabó por entenderme. Riendo satisfecho exclamó:
–¡Bai!
Y venga reír.
Ya inmediatamente nos había admirado con una palabra nueva: caca. Nos dio una alegría que lo pidiera, pero no lo pedía, sino que nos avisaba de que la había hecho. Carcajada con hilo de baba. Aquel chaval siempre se reía. No había salido precisamente como yo. Pero tengo que confesar que me estaba enseñando.
Escasamente habíamos mantenido nuestros hábitos. Una cena en Barcelona en Fin de Año con el grupo de amigos, una visita al Teatro Lírico y otra al invernadero del Parque de la Ciutadella con niño incluido.
Amélia y yo reconocíamos que la presencia de la criatura nos tenía demasiado cautivos. Perdíamos la noción del tiempo vigilándole cada gesto, aunque en público guardábamos las formas. Nos habíamos propuesto no hacernos pesados alabándole las gracias en las tertulias de amigos.
Durante aquel interregno de vida privada llena de ternura, habían pasado muchas cosas a nuestro alrededor sin que prestáramos atención. Sucesivas elecciones municipales y generales, cambios de Gobierno continuados, Silvela, Villaverde, Maura, y volvamos a dimitir, y volvamos a disolver las Cortes, y venga a preparar las urnas otra vez. Escaños multicolores: conservadores, republicanos, carlistas, romeístas, regionalistas, integristas… La crisis política no paraba. Nicolás Salmerón había resultado una figura fulgurante; hizo tanto por el Partido Republicano que incluso la imagen fanfarrona del Emperador del Paralelo, como llamaban al líder extremista republicano Lerroux, se benefició estrepitosamente a pesar de que no defendía lo mismo. En las últimas municipales, el bárbaro charlatán había arrasado la derecha católica, apostólica y romana. Gracias a él hoy había en la ciudad una creciente perturbación anticlerical. No solamente las campañas de Lerroux, Blasco Ibáñez, Pérez Galdós y de tantos otros removían la entraña misma de la fe de cada cual, sino que la medio aturdida serpiente anarquista volvía a reavivarse con la evidente ayuda de la fermentación de las multitudes. Desde aquella huelga general del mes de febrero de hace tres años, cuando la Ciudad Condal ya llevaba encima los destrozos mortales de ochenta y cuatro bombas, el terrorismo había quedado aparcado. Era un rumor amenazante y nada más. Pero a finales del año pasado se había producido una explosión en la calle Fernando, esquina con la Plaça de Sant Jaume. Ahora, hoy, de día en día, se percibía un rugido efervescente, como si la olla del fuego estuviera a punto de arrancar a hervir otra vez.
La situación turbia se neutralizaba con la clásica luminosidad barcelonesa de noches alegres y elegantes. Terrazas abiertas, cafés-concierto, teatros de atracciones con tentadores carteles. El Liceo conservaba su sello de arte vibrante. Tosca de Pucini, Caruso, divas universales, ballet ruso. Tanto apogeo había que volvían a estar ocupadas las butacas malditas de la fila doce, donde hacía más de diez años la bomba de Santiago Salvador había dejado veintiséis cadáveres vestidos de etiqueta.
Amélia y yo salíamos poco de noche. Un par de veces fuimos al Edén Concert y también asistimos al Teatro Principal a la reposición de Terra baixa, de Guimerá.
Cargados con Blai al cuello, apenas habíamos ido a ningún sitio. Algún paseo en landó descubierto por las afueras plácidas del monasterio de Pedralbes o bien a lo largo del muelle para que el niño viera el mar, aunque el mar no le había interesado. El día que el rey había venido a Barcelona, hacía justo un año, habíamos decidido ir los tres en carruaje hasta el apeadero del Paseo de Grácia, donde la fiesta del recibimiento reunía a una entusiástica multitud. Banderas, cornetas, himnos, arcos de triunfo, despliegue engalanado de la guardia municipal a caballo con plumeros en el casco. Nuestro chaval lo miraba todo con ojos como platos, haciendo pucheros. Lo estábamos agobiando. Los temores de un alboroto antimonárquico se habían disipado y el ambiente era de total adhesión al regio visitante; aun así, Amélia había estado tensa, protegiendo al niño con el brazo sin dejar de mirar a derecha e izquierda. Me di cuenta de su malestar. Habíamos proyectado seguir la comitiva hacia la catedral, pero de un impulso avisé al cochero para que se desviara en la primera esquina. No teníamos por qué seguir sufriendo los tres cuando el rey disponía de público suficiente. Por cierto, que tanta normalidad festiva durante aquella visita de Alfonso XIII por una Barcelona regionalista, republicana, lerrouxista, liberal, anarquista y anticlerical, más bien había sido un milagro. Para dar la razón a los pesimistas, seis días después, aún con el aplaudido monarca entre nosotros, al salir el presidente Maura de Capitanía había sufrido un atentado. A coche descubierto, en pleno día, un tipo enlutado nada sospechoso, una especie de seminarista, le había asestado una puñalada directa al corazón que la tela bordada del chaleco había desviado. Así pues, el presidente salió herido y nada más, pero el susto fue general. «¡Viva Maura!» Tal vez había sido la única ocasión en que había obtenido una aclamación popular tan atronadora.
A principios del presente 1905, habíamos tenido de nuevo a los liberales en el poder en la figura de Azcárraga, pero Azcárraga nos había durado cuarenta y dos días. Con mal pie, pues, íbamos renqueando hacia la apertura de las Cortes. Veríamos cómo manejarían al Gobierno desbaratado.
Estábamos en la galería de casa tomando café y hablando de este tema con el grupo de siempre, cuando se nos presentó el periodista Melcior Malla con siete entradas para ir al cinematógrafo. Todos nos animamos. Las señoras delante del espejo y los señores recogiendo guantes y sombreros.
–¡Corred, que llegamos tarde!
Apretados en una berlina, nos dirigimos a la sala de representaciones, en la calle Nou de la Rambla. Nos reímos bastante con una película que duró más de doce minutos. Todo era en broma, se empujaban, se caían, chocaban, venía el tren de cara como si nos fuera a aplastar… Unas imágenes muy originales totalmente distintas del teatro. Para ver la novedad no estaba mal, pero no parecía que esa clase de espectáculo fuera a imponerse. Nos enzarzamos en una discusión a la salida del local, allí de pie en círculo, señoras incluidas. No éramos los únicos. El público salía exaltado, para bien o para mal, pues la original sesión no dejaba indiferente a nadie. Badia de Valtallada explicó que en Estados Unidos se estaban haciendo proyecciones con gente especializada, actores que escenificaban historias, cuadros de acción con caballos incluidos.
–Van alternando pizarras de carteles que explican el argumento. Los americanos se entusiasman y acuden en masa a las salas a reírse y a llorar.
Julieta Setó, algo pasada de moda, expuso que, si se buscaba una frivolidad para matar el rato, ella prefería cuatro cancioncitas de cuplé.
–Por ejemplo, me lo hace pasar muy bien esta muchachita que ha rematado el programa de tarde con gracia y decencia, lejos de las vocalistas deslenguadas de music-hall. ¿Quién es?
–Está empezando -replicó el Guix pequeño, experto en cupletistas-. Es una costurera de la calle Tapineria que se llama Raquel Meller.
Yo buscaba con los ojos a Amélia, que hacía un buen rato que se me había escurrido del brazo. No la veía en el grupo.
–Se la han robado -me advirtió Badia de Valtallada al oído, al advertir que la buscaba-. No puede ir distraído por el mundo con esta señora tan guapa. Precisamente se la lleva nuestro amigo más peligroso. Vigile.
Me guiñó el ojo señalándome el vestíbulo del salón cinematográfico. Allí descubrí a Amélia y a Melcior Malla, detenidos delante del cartel de la película, en vibrante cuchicheo. No supe si ponerme celoso. Aquel aparte me dejaba un poco desairado.
–¿Cree que tengo que alarmarme? – consulté al abogado.
–No todavía -me respondió, flemático-. Si no recupera a la señora en toda la noche, sí.
–¿Sí, qué?
–Sí, alármese.
Una vez en casa, mientras ultimábamos una cena ligera, le pregunté qué primicia le había facilitado su periodista.
Amélia no estaba para bromas. Se llevó la mano a los ojos.
–¡Dios mío! Ha sido corresponsal en Andalucía. Dice que ha visto un cuadro desolador de hambre y miseria. Los jornaleros cargados de criaturas piden un mendrugo de pan en cada esquina. En muchos pueblos, alcaldes, regidores, curas y propietarios reparten pan y garbanzos. Se están gastando los fondos municipales; las arcas de los Ayuntamientos se quedan vacías y no solucionan nada. Todo racionado. Pero Pol, yo veo que nuestros campesinos no están así. ¿Por qué esta tragedia en el sur? ¿La sequía? ¿Demasiados olivos? ¿Demasiada propiedad para cría taurina? ¿Qué les pasa?
–Hay grandes diferencias con Cataluña. Allí la desigualdad social es abismal. No cuentan con un término medio entre poderosos y miserables. Nada atenúa el menosprecio de los unos contra el odio de los otros.
Le hablé de la herencia latifundista, de la desproporción de hectáreas de territorio nacional en manos de unos prepotentes grupos agrarios. El fenómeno había generado un proletariado rural innumerable y perdido.
–Todos son jornaleros sin tierra, braceros sujetos al paro estacional durante la mayor parte del año. Aquí es distinto, la tierra está más compartida. Contamos con un buen número de payeses propietarios con medios. Se añade un montón de arrendatarios que no se quedan atrás. Aunque con malas temporadas y con penas y esfuerzos, no solamente pueden subsistir, sino que mantienen gente contratada fija. En conjunto alcanzan unas condiciones muy superiores a los campesinos del resto de España. De ahí que nuestro problema del campo sea reducido.
–¿Pero qué hacen los amos de allí? ¿Llenan su hucha y punto? Tú y yo sacamos provecho pero no desamparamos a la gente. Los Darniu de ayer, los Güell, los Remisa, los Girona no eran terratenientes absentistas; se interesaban, ayudaban al campesino, lo instruían, lo regeneraban. Nuestros grandes hacendados fueron abanderados en la modernización agraria. ¿Y los terratenientes de allí no hacen nada? ¿Tan sólo saben casarse para unificar más el patrimonio? ¿Qué destino dan a las plusvalías?
–Las trasvasan a los medios financieros. De aquí el agravio, la protesta, el desorden. Todavía ningún gobierno ha afrontado la escandalosa distancia que separa a los trabajadores del sur de los del resto del país. Tan sólo hablan, hacen arengas y promesas. Pero dejan que la cuestión caliente el núcleo de inestabilidad revolucionaria, que se ponga en riesgo todo el sistema social. Los proletarios huyen, vienen hacia aquí desesperados y violentos. Se nos incrustan en las ciudades fabriles con el resentimiento de la pobreza y la vejación, escarmentados, heridos, y ya no ven más que demonios.
–Pero llegan a Cataluña y tampoco les resulta fácil. Sueldos de miseria, amontonados en suburbios y desdeñados.
–Ahora es mal momento. Aquí también hay crisis.
–Melcior me lo ha explicado. Los empresarios cierran las puertas. Bancarrota, ruina por todas partes. Todo del revés. Me ha dicho que han quebrado industrias algodoneras en Badalona, en Terrassa, en Mataró y una muy importante en el valle del Ter.
Amélia cerró los ojos y añadió:
–Me ha dicho que la fábrica de Climent pasa por momentos cruciales. No pudo acabar la nave de lavaderos que construía junto al río Ripoll. Los acreedores se la llevaron. Tiene propiedades embargadas. La verdad es que me duele, lo siento mucho por él.
Ya no recordábamos la historia de los Cros porque hacía tiempo que todo había quedado estancado en el ataque al corazón. El señor Jaume había comentado que no hubiera esperado nunca que de un colapso cardíaco Berta pudiera sacar tanto provecho. «Nos condiciona a no hacer nada que pueda alterarle el pulso», dijo. A mí me indignaba aquel bloqueo, el secreto tal como ella quería. Ir pasando de puntillas el verano, el otoño, el invierno, un año, dos y todos los que hicieran falta hasta hacernos viejos con el aguijón clavado. «¿Y si la diña, qué? – argüía-. Me dejará el baldón colgado del cuello para siempre.» El señor Jaume me replicaba: «¡Tranquilo, hombre, no tengas miedo de que Berta cierre los ojos; es la primera que no tiene interés en hacerlo!».
Ese lunes vino a casa a comer. Me traía extractos bancarios y otros documentos de gestiones que había hecho. También me notificó que había estado en can Masats y que le parecía conveniente que fuera yo. Nicasi tenía proyectos y era mejor que los discutiera conmigo.
–¿La ampliación del regadío?
–Y más cosas. Piensa mucho. Mira, Pol, la agricultura ha de tener dirección, no se la puede abandonar a su suerte porque no tiene suerte. Nicasi es luchador. Él, de momento, no quiere confiar en el colectivismo ni en la revolución ni en el reparto prometido; él, por ahora, sólo tiene fe en el arado y en los bueyes. Ya no digamos desde que dispone de tractor. Está eufórico con el tractor. Tiene ganas de llevar a cabo el alisamiento de las pendientes de levante. Hay que abrir rutas y hay que cortar bosque. Tú lo tienes que ver y decidirlo. Al parecer le urge. Si te va bien, lo pondría a punto de labranza con clima propicio. ¿Podrías ir allí enseguida?
–Puedo ir mañana mismo.
Tomábamos café en la terraza y se nos unió Amélia, que oyó las últimas palabras.
–¿Tendrás que estar muchos días? – preguntó.
El señor Jaume contestó por mí:
–Alrededor de una semana. Inspección del terreno y marcado. Creo, Pol, que el programa de Nicasi te puede interesar, con regadío incluido, compra de bovino y ganado, como años atrás había hecho tu abuelo.
Oír hablar de mi abuelo me hacía gracia. Al Masats viejo yo apenas lo recordaba. Me venía vagamente a la memoria un campesino corpulento con faja negra y chaqueta de botonada, devorando medio pollo sentado en la cocina con una servilleta al cuello. Había sido, y con mucho, el más rico de los Masats, con una marmita llena de monedas de oro. El tatarabuelo le había empezado la rotura de tierras marginales del altozano y él había recogido el fruto. Tampoco se había recreado. Jamás se cambió la vestimenta de hombre de campo ni requirió masovero, aunque quiso al hijo con estudios y le construyó una casa en Valls para cuando se casara. El hijo brillante que no se casó nunca porque lo distraían demasiadas mujeres, y que dedicó los mejores años de su vida a la ruleta de Vichy. El heredero dilapidador que supo perder la mitad de la finca y que después de todo acabó escriturando que era mi padre.
–A ver si aquel Nicasi descreído nos recupera lo perdido, por la gracia de Dios.
–Hablando de Dios y de descreídos -intervino Amélia-, parece que aquí en Barcelona la epidemia anticlerical se está extendiendo peligrosamente. ¿Os pasa lo mismo en Cervera?
El señor Jaume se quedó un momento callado. De golpe, exclamó:
–Respecto a la cuestión religiosa, hay proyectos revolucionarios.
La gravedad de su tono sorprendió a Amélia.
Yo dije:
–¿Y cuándo no los ha habido?
–Ahora es inminente y serio. Mi hermano está muy informado, quiero decir el segundo, el diputado católico, ya sabéis que el mayor está en el instituto de los Hermanos Maristas. Me consta que Lerroux ya ha dado pasos concretos. A finales del año pasado viajó a Bruselas a buscar armas y dinero. Aquel tipo radical ha colaborado en la creación de la Federación Revolucionaria semiclandestina, y él y Ferrer i Guárdia establecen contactos con grupos europeos muy poderosos. En Roma mismo, recientemente, en el Congreso Internacional de Librepensadores, los delegados aprobaron una resolución para abolir la dinastía borbónica católica de España y determinaron sin titubear el asesinato de Alfonso XIII.
–¡Vaya! – dijo Amélia-. ¿Y proclamarán la República con esta caballerosidad?
–La caballerosidad es algo que ya no se estila, mujer. Ningún radical tiene nada que ver con un caballero. Están impacientes. Rabiosamente impacientes. Les resulta más rápida una revolución escabechando a todo el mundo que esperar la mayoría en las urnas.
–Pero a ver, señor Jaume -dije yo-, aparte de aquello de que se apruebe al otro lado de los Pirineos, queda claro que dentro del país tenemos una considerable cantidad de republicanos católicos, ¿no? Ellos precisamente han desbancado a su correligionario Canalejas y la manida ley de asociaciones contra toda congregación.
–No importa. Claudi Ametlla, nuestro moderado republicano, amigo de Ferrer i Guárdia, reconoce públicamente que el programa republicano es un cuarenta por ciento de anticlericalismo puro, y añade que esto hace que tenga éxito. Hoy son más aplaudidos los partidarios de eliminar el clero.
–¡O sea que quieren eliminar al clero! – casi gritó Amélia-. Nada de apartarlo o restringirlo o supeditarlo, sino eliminarlo. Libertad, igualdad y fraternidad, menos para los que llevan sotana. A los que llevan sotana, eliminarlos.
De acuerdo con ella, puntualicé:
–El Estado no puede emplear coacción por ley o por fuerza contra la devoción del pueblo. ¿O es que pretenden prohibir que creamos en Dios? ¿Qué opina sobre esto su hermano marista, señor Jaume?
El señor Jaume sonrió.
–Mi hermano marista no mira hacia fuera. Está muy ocupado dentro de un aula con treinta y tres alumnos. No es catequista, sino profesor de matemáticas.
–Me temo que esta extensión del margen no es nuestra, Nicasi. No podremos abrir el atajo por aquí; habrá que dar toda la vuelta. Tengo que volver a Barcelona a buscar los planos rectificados que mi padre me transmitió. En cuanto al regadío, será conveniente comprobar el curso del agua desde el manantial. Veo que el vivero recibe poco caudal y en cambio un buen chorro se vierte en la cuenca.
–Será un día entero de subida; me explico, ya sabéis que el nacimiento del agua se encuentra en el santuario de Sant Pol. Pero sí parece que se pierde agua.
–La obra que queremos hacer no es sencilla, Nicasi. Necesitaremos instrucciones técnicas. El señor Jaume nos facilitará un agrónomo. Hablaré con él.
Yo no quería estar el domingo fuera de casa. La madrugada del sábado emprendí camino hacia Barcelona con la idea de regresar a la masía el mismo lunes. Uno de los mozos enganchó la calesa y me llevó hasta el Mas Badal. Aquella bajada por las curvas de la carretera fue una tirada larga pero agradable. Amanecía y la sierra exhibía ribetes de luz; el extenso robledal de can Masats quedaba atrás y nos hundíamos en las olas de vegetación fresca y ligera de la hondonada.
En el rellano de Mas Badal donde se detenía la diligencia procedente de Valls había puestos de cerámica y de sombreros de paja. Alguna que otra vez tenían periódicos. Compré El Liberal del día anterior.
Viajaba poca gente. Me acomodé en el carruaje, delante de dos señores con pinta de magistrados, los dos de negro. Más allá se sentaban tres monjas rezando el rosario, también vestidas de negro.
Un poco abatido estuve repasando El Liberal.
«Andalucía se muere de hambre… Los republicanos empiezan a hacerse valer frente al regionalismo catalán y vasco… Inminente inauguración de la iluminación eléctrica en las Ramblas barcelonesas… Un jornalero gana tres pesetas diarias y un kilo de carne vale dos y media… Mujiks rusos y braceros extremeños llevan por igual una vida de indigencia y de hambre…»
A mediodía llegamos a la estación de ferrocarril de la Gornal y, sin apenas tiempo de tomar un bocado en la cantina, subí al tren de Barcelona.
El penoso recorrido de aquel viaje directo habría sido un sacrificio si no me hubiera animado la idea de acomodarme en casa con Amélia y el niño hasta el lunes.
La llegada a Barcelona fue a primeras horas de la tarde.
La ciudad me pareció agitada: transitaba mucha gente, con idas y venidas de policía armada a caballo. Encontrar un coche de punto que me llevara a casa me resultó problemático. Cuando por fin conseguí uno, le dije al cochero que se diera prisa.
No tenía prisa, pero estaba agotado y deseaba estar en casa de una vez.
–¡Eh! ¿Qué hace? ¿Por qué no va recto por la Diagonal?
–Está el paso cortado, señor. Una manifestación que dura desde la mañana.
–Vaya, ¿de qué va?
–Los de Acción Católica. Protestan contra la legalización del matrimonio civil. Se han encontrado con la parte contraria y se pelean.
Por donde nosotros circulábamos convergían todos los carruajes que no podían pasar. Veíamos en cada esquina a la multitud acumulándose en la avenida con enseñas y pancartas. Se oían gritos y cánticos. Aquel atasco generalizado nos hacía avanzar a paso de entierro. Ya en los alrededores de casa, bajé del coche e hice el último tramo a pie.
Al abrir por fin la puerta del piso, me pareció un oasis de frescura y de paz.
El primero a quien vi fue Blai. Caminaba solo por el pasillo, pierna aquí pierna allá, dando pasitos con los brazos levantados. Se reía.
–¡Hola, chico! – le dije agachándome para recibirlo.
No se detuvo. Sólo hizo brrrrrr… Y pasó de largo.
No sé si era posible que en cinco días ya no recordara que tenía padre. Asomó la cabeza la doncella atándose el delantal, con la sorpresa dibujada en su insulsa cara.
–Bienvenido, señor. Creíamos que no lo veríamos hasta la semana próxima. La señora está en la inauguración de las cocinas económicas de Santa Madrona para acogida de los pobres.
–Apenas he comido, prepárame algo. ¿Con quién ha ido a Santa Madrona?
–La ha acompañado el señor Cros.
–¿Quién?
–El señor Cros. Ha venido a buscarla. ¿Quiere un redondo de ternera y unas patatas fritas?
Unos minutos más tarde, me di cuenta de que la camarera no se movía de allí.
–¿Qué pasa? – le dije adusto.
–Si le va bien, señor…
–¿Si me va bien qué?
–El redondo de ternera. Sólo hay que calentarlo.
–Déjelo.
Blai vino hasta mis rodillas enseñándome un juguete nuevo.
–Caro y cabalo, papá.
Con el niño en brazos me dirigí como un sonámbulo a su habitación. Me sentía profundamente alterado. Apenas me atrevía a conjeturar nada. ¿Cómo era posible eso? ¿Cómo podía ser que Climent hubiera venido a buscarla? Climent en mi casa viniendo a buscar a mi mujer justo cuando yo estaba en el Monterol. ¿Había alguna explicación que sonara natural? ¿Era explicable? ¿Habían ido realmente a la inauguración de las cocinas económicas?
Mi pensamiento se deslizaba por ideas indignas contra Amélia. No podía permitírmelo. No podía mezclar a Amélia. ¿Qué pretendía el matrimonio Cros? ¿Separarnos, incordiarnos, destruirnos para que cada uno de ellos pudiera recoger los restos?
Asomó la cabeza la niñera preguntándome si quería que cogiera al niño.
No me acordaba del niño. Lo vi sentado en el suelo haciendo que el caballo de cartón corriera.
–Yo estaré con él, puedes ir a merendar.
Blai llenaba el carro con bolos.
–El cabalo no tira, papá, demasiado carado.
–¿De dónde has sacado este juguete tan bonito?
–Senor Cos.
El niño acababa de darme un respiro. Si el señor Cos había traído un regalo para Blai, eso no presuponía una visita furtiva, sino manifiesta. La intención de Climent me parecía oscura, pero de ningún modo podía oscurecer el comportamiento de Amélia dejándose acompañar por él a Santa Madrona. Mejor esperar a que la propia Amélia me diera su versión de los hechos.
Ligeramente tranquilizado, me resigné a matar la tarde cargando y descargando el caro regalado por el senor Cos.
Ya había oscurecido cuando Amélia entró en casa. Me dirigí a recibirla, impaciente, poniéndome la chaqueta por el pasillo porque oí que Amélia venía con gente.
–¡Mira, Pol! ¿De dónde sales? – dijo muy sorprendida, dándome un beso.
La acompañaban la mujer del astrónomo Belard y una desconocida baja y carnosa que me presentó, Consol Gomar, esposa de un distinguido miembro de la Comisión Nacional de Astronomía. Venían a cenar. Dijeron que el inesperado retorno del marido les hacía sentir como unas intrusas. Yo no podía consentir que se sintieran intrusas. Muy diligente las atendí, por más que las hubiera empujado escaleras abajo. Amélia me lanzó una mirada de agradecimiento. Se le escapaba la risa como siempre que me veía interpretar el papel con tanta abnegación.
El Belard de la Estación Telescópica y el marido de la Gomar vendrían a reunirse con nosotros más tarde, cuando salieran de la asamblea celebrada en la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona. Seguramente, tanto al uno como al otro les habría supuesto un alivio colocar a sus respectivas esposas durante el descanso.
En la mesa observamos una afabilidad algo forzada. Se comentó la inauguración de las cocinas económicas.
–Yo no sabía que asistiría la condesa de Muró; la hacía aún en Berlín.
–Y hay que reconocer que lucía un vestido precioso.
Con tacto de crítica benigna se versó sobre la asistencia de cada señora y de cada vestido precioso.
Amélia, un poco a regañadientes, aprovechó para decirme que a Santa Madrona había ido acompañada de Climent.
–Ha llamado a la puerta cuando ya salía y hemos ido hacia allí juntos.
Me miraba atenta. Pienso que temía que el detalle saliera en la conversación antes de que yo estuviera al corriente, y así fue: la señora Gomar dijo que al señor Cros se le había visto un poco perdidito sin su mujer.
–Suerte que usted, perdidita sin Pol, nos lo ha podido acompañar.
Se comentó, como es evidente, la salud de la señora Berta Cros.
–¡Ay! ¡Las fuentes medicinales de Tona nos la han recuperado! No es que allí se aburriera, con el magnífico ambiente de veraneantes. Allí se reúne la flor y nata. Nosotros somos los que la echaremos de menos en el festival en favor del Sanatorio Marítimo.
Las dos señoras enumeraron sus perspectivas de ocupación para el verano, por si Amélia las honraba con su participación: recolecta para la Casa de la Lactancia, tómbola a beneficio de los enfermos del pecho y apertura dominical de locales de escuela y costura para muchachitas de servicio. No se entiende que resistieran esa actividad infernal, o digamos angelical. Amélia estaba atenta a todo. A mí me resultaba imposible. Sólo pensaba: «Aún no hemos llegado a los postres», y cuando habíamos llegado a los postres, pensaba: «Ya no falta tanto para que los maridos de la asamblea nos las quiten de encima».
Y cuando los maridos de la asamblea entraron, se sentaron a tomar café, encendieron sendos cigarros y se pusieron cómodos.
El Belard barbudo me dijo:
–¿Ya está preparado usted para el treinta de agosto?
Yo jamás sabía de qué demonios me hablaba ese hombre.
–Me refiero al eclipse de sol del treinta de agosto.
Durante media hora estuve escuchando la diferencia entre los conceptos de penumbra y sombra. Yo me fijaba, me quería fijar. Si un cuerpo estelar se encuentra en el interior del cono que las tangentes del astro y el planeta limitan, quedará en sombra negra. En cambio, los cuerpos comprendidos entre este cono y el otro formado por las tangentes interiores, recibirán parcialmente los rayos solares y se encontrarán por tanto en la penumbra gris. Quedaba claro.
Las damas anotaban en un papelito la receta del bavarois. Era increíble que Amélia se mantuviera atenta a los gramos de azúcar y a las yemas de huevo.
Toda la cohorte se marchó pasada la medianoche. Besos, apretones de manos y muchísimas gracias por la deliciosa velada. Yo estaba muerto. Amélia también. Incluso me gustaba verla muerta. Se descalzó en pleno vestíbulo y se arrancó las horquillas del cabello soltando una gavilla de espirales negros que sacudió vivamente.
–¡La Virgen! – gimió.
Nos quedamos tumbados en la cama, yertos. La señora Pujolá se ocupó de recoger zapatos y piezas de ropa de todas partes. Juraría que fue ella quien me sacó los calcetines.
Tuve un sueño extraño. Dormía profundamente y, a pesar de ello, percibía ruido. El niño lloraba. No era protestón; sólo alguna vez nos había hecho la pascua y parece que había elegido aquella noche para redondear las molestias.
Me incorporé dándome cuenta de que amanecía. Amélia entraba de puntillas en el dormitorio.
–¿Qué le pasa al niño? – inquirí-. Llevo oyéndolo toda la noche.
Amélia movió la cabeza abatida.
–Tiene hambre. Quiere patatas.
Se iba sacando la bata a contraluz y se le veía la figura esbelta y rosada dentro de los pliegues de batista, igual que en la pintura de Guix.
Hablaba amodorrada:
–Ni la chica ni yo hemos dormido dos minutos seguidos. Ahora le dan patatas.
Se dejó caer boca abajo en la cama, exánime, como si su cuerpo delgado pesara una tonelada. El camisón vaporoso se esponjó un instante igual que una neblina. Sólo la miraba. No podía entrometerme.
Ya no retomaría el sueño. Ajustándome el batín me dirigí al despacho para poner a punto planos y escrituras. Tuve entre las manos documentos con la firma de mi padre e incluso de mi abuelo, la caligrafía del cual revelaba que apenas sabía coger la pluma. Era curioso que aquellos antecesores que tan inesperadamente habían pasado a ser mi gente, empezaran a despertarme un intenso sentimiento de familia.
A las diez, la camarera me trajo una taza de café.
–Mi mujer querrá la bandeja en la cama -le dije-. Pero no hasta que te llame.
–La señora me había indicado que hoy irían a misa temprano, señor.
–Dios lo dirá. El niño le ha dado mala noche.
Pocos minutos después, una presencia en el umbral de la puerta me hizo levantar la cabeza. Era Amélia, vestida y arreglada de la cabeza a los pies, con sombrero de plumas blancas y guantes blancos hasta el antebrazo. Me dejó perplejo.
Ella me miraba preocupada y exclamó:
–¿Es que no estás preparado?
–Tardaré un minuto -dije levantándome-. No podía imaginar que te levantaras tan pronto.
–Nos tienen que venir a buscar.
–¿Cómo? ¿Quién? ¿Otra vez gente? ¿Cuándo estaremos solos tú y yo?
–Hombre, Pol, todo el mundo creía que no estarías aquí. Los Badia de Valtallada me hacían el favor de recogerme.
–¡Ah, vaya! ¡Pensé que sería otra vez Climent!
Se dio media vuelta airada y, marchándose, exclamó:
–¡Ahora nada de Climent, por favor! ¡Ahora no! ¡Vístete, corre, los tendremos aquí enseguida!
Aquella especie de domingo en comunidad no se diferenciaba demasiado de los días de fiesta, pero a mí se me hizo especialmente pesado. Catedral, función sacra, sermón en el púlpito. Acabada la celebración litúrgica, salida todos juntos y vermú en el Café París de la Rambla; comida en nuestra casa con los Badia de Valtallada y Canalís, que aquel día no disponía de su señora; a la hora del café, aparición de los hermanos Guix, que llegaban de una subasta del Vendrell; más tarde, Maria Serret cargada con un estuche de violín, acompañando a la celebrada Anna Bracons, la cual nos obsequió con el magnífico allegretto de la Octava Sinfonía de Beethoven. Para mí duró una eternidad. Se me dormían las piernas sentado en el salón, con el pensamiento que se me escapaba hacia Amélia y Climent inaugurando cocinas económicas.
La violinista no se hacía de rogar para regalarnos más adagios y más scherzos.
Así pues, hasta entrada la noche no se produjo un vibrante final que nos levantó a todos en un largo aplauso. Habíamos acabado de una vez. Vacío el piso, cerrada la puerta, mordisqueando cuatro pastas sin ganas de cenar, me quedé en el invernadero en mangas de camisa, con las piernas estiradas, esperando a Amélia. No compareció. Blai no quería dormir y ella le leía cuentos.
No era tarde, pero me metí en la cama. Tendría que marcharme hacia la Serra a primera hora. ¿Por qué demonios me había movido de allí arriba?
Cerré los ojos, no para dormir, sino porque estaba con la cabeza llena de violín.
Cuando los abrí, ya era el día siguiente.
Si no cogía el primer tren, ya no enlazaría con la diligencia de Valls.
Amélia aún dormía.
Mientras me vestía oía las risas y los grititos del niño. Aquella alegría se contagiaba. Fui a darle un beso. La niñera no tuvo nada que oponer, sólo me susurró que por favor no lo excitara, que no era hora de levantarlo.
De regreso al dormitorio me encontré a Amélia en bata, repasándome la maleta.
Nos dimos el beso que llamábamos elemental y exclamó:
–¿Tantas camisas? ¿Es que no te las lavan?
–Ahora que nos quedan tres minutos para estar solos, ¿tampoco es el momento de decirme nada de Climent?
Mi pregunta sobre la suya dejó un rotundo silencio. Finalmente exclamó:
–No.
Me quedé parado con el chaleco a medio abrochar, considerando aquel tono inusitado.
La veía apretando los montones de ropa con mano enérgica; bruscamente, apartó unos calcetines y los lanzó sobre la cama.
–Éstos no. Para el campo te los pondré de algodón.
Se volvió rauda de cara a mí y profirió, irritada como yo jamás la había visto:
–No tengo ganas de darle importancia a Climent. ¿Oyes? Basta de Climent.
–Quiero saber qué vino a hacer aprovechando que yo estaba fuera.
–¿Aprovechando? Él creyó que te encontraría aquí; así me lo dijo. Precisó que habría sido un pler saludarte, dijo pler.
–O sea que, después de una eternidad de no mirarme a la cara, un pler.
Aquel diálogo enemigo se quedó roto de repente. Tanto Amélia como yo nos dábamos cuenta de que nos agredíamos el uno al otro. Ella se dedicó a cerrar la maleta. Al final, se apoyó en la barandilla de la cama y habló, meditativa:
–Mira, Pol, me causó muy mala impresión. Como si no diera pie con bola. Entró aturdido. Llevaba unas flores y un juguete para el niño. Estaba alterado porque venía del bufete de Badia de Valtallada. Se ve que le lleva un asunto penoso.
–¿Un asunto de separación matrimonial, quizá?
–¿Pero qué dices? Cosas de la fábrica. Está obligado a la suspensión de pagos.
–Y en medio del trance financiero, va y se le ocurre visitarnos con flores y regalos el día que estás sola. No me suena lógico, Amélia.
–A mí no me suena lógica esta salida tuya. Dijo que nos debía una visita. Si sabía o no sabía que tú estabas fuera, no importa. Nuestra amistad ya no es normal, está enturbiada con fingimientos y, por lo que a mí respecta, ya estoy harta. ¿Entendido? Llamó, saludó, me acompañó y cuando hubimos bendecido las cocinas, se volvió a su casa. Ya está.
–¡Amélia, caray! ¡No tan resumido, explícate, que se te entienda!
–Tú me lo has resumido todo. Tú has recortado por donde has querido. Tú me has hecho la historia fácil de digerir, ¿no? Pues he aprendido. Cualquier extravagancia en boca de Climent no me interesa.
–¿Extravagancia? ¿Qué extravagancia? ¿Qué te dijo? ¿Qué te callas, Amélia?
Me daba cuenta de que me alteraba demasiado. No me podía controlar, no podía cerrar la boca.
Amélia se dirigió a mí con ímpetu y gritó:
–¡Tú eres quien se calla alguna cosa desde el principio, Pol!
A la defensiva, intenté desviar el tema:
–Berta dijo que Climent estaba enamorado de ti.
–¡Pues sí, me adora! ¡Me toma por Santa Baronesa de Juneda! No tiene nada que ver con la lujuria de Berta. Aun así, tú dices que con Berta no pasó nada.
Nos quedamos mirando de frente, alterados, midiéndonos.
¿Cómo era posible que aquellos dos hubieran conseguido desbaratar nuestra armonía?
–Amélia, por favor, aclarémoslo todo de una vez. ¿Qué te dijo?
–¿Qué tienes miedo que me dijera? ¿Qué tengo que saber que no sepa?
Ya no me era posible detener aquello. Con la boca seca, respirando fuerte, acabé por murmurar:
–¿Te dijo que me imputan la paternidad de la niña?
Amélia quedó paralizada. La sangre se le marchó de la cara. Se me quedó mirando como si no lo entendiera.
Me sentí perdido. Climent no le había dicho nada. El sudor me resbalaba por la frente. Ella empezó a temblar. La mujer entera que yo conocía se había esfumado.
Un imperceptible movimiento de labios indicaba que no le salía la voz.
–Pero…, pero… -murmuró.
–¿Pero qué? ¿Es demasiado mentira para que no sea verdad? Piensas eso. De la misma manera piensa Climent. La mangoneadora Berta me tomó el pelo descaradamente. Yo confiaba que semejante disparate me exculparía, pero es al revés, le da solidez a ella. ¿De qué manera tengo que demostrar que me ha calumniado? Mi palabra y nada más. ¿Vale o no vale? Si no vale, pierdo yo.
Por los ojos de Amélia se cruzó un destello en mi contra.
No lo pude aguantar. Cogí la maleta de encima de la cama y salí de la habitación.
Me alejaba dolorido, destrozado. Arrinconándome en el asiento del landó, cerré los ojos. Sentía vértigo, igual que si me separara de toda mi vida, igual que si me estirajasen el alma. Ataduras, vínculos de sentimientos, todo se desgarraba y se quedaba atrás, como si nunca más tuviera que reencontrar aquel nido feliz que amaba por encima de todas las cosas.
El landó recorría las calles de siempre camino de la estación. Yo sentía que se me llevaba al otro lado del mundo, al desierto, a la soledad. Más solo que cuando estaba solo ignorando la compañía del amor.
A primera hora del martes, Nicasi y yo nos fuimos a pie sierra arriba para echar un vistazo al nacimiento del agua.
–Aún se os ve el cansancio del sarao del domingo -me dijo-.
El camino estrecho y pedregoso subía dando vueltas alrededor de la cima principal del Monterol como si recorriera la joroba de un camello gigante. Tenía escarpados sin barandilla. Culminaba en el reducido rellano del santuario donde en los días de reunión no cabían ni tres tartanas.
Nicasi y yo ascendimos durante un par de horas. Me venía a la memoria el día de la boda, con la familia de Olot cerrando los ojos para no mirar hacia abajo.
A media mañana empezamos a escalar por los atajos, cortando la espiral. Roca gris con estrías granulosas; las matas enraizadas a lo largo de las grietas nos servían para agarrarnos.
La subida más dura de mi vida, no porque las piernas no tuvieran fuerza, sino por el decaimiento de mi espíritu. No me podía sustraer a los ojos de Amélia, a aquella mirada como si me estuviera descubriendo culpable.
No fuimos hasta arriba del todo, donde Sant Pol de la Serra presidía el paisaje, sino que paramos en la penúltima bancada, en una especie de plataforma trabajada alrededor de la cavidad natural que retenía las aguas de infiltración. Se veía tan sólo una gruta con un agujero dentro amparado por un parapeto de obra hecho por el primitivo Masats. El surco que por fuera encarrilaba el curso estaba en mal estado, medio lleno de hierbajos. El aguazal de tierra daba a entender que el agua se desbordaba por todas partes.
–Aquí dentro hay más cabida de lo que parece -dijo satisfecho Nicasi.
Se veían rastros de excursionistas; tres piedras ahumadas para poner las parrillas y un residuo negro de fogatas antiguas.
Estuvimos un buen rato explorando, siguiendo la acequia que en muchos lugares se desbordaba en ramales importantes. Me habría admirado aquella riqueza espiritual si me hubiera podido concentrar. Actuaba maquinalmente, con el pensamiento en otra parte.
Ya pasado el mediodía, Nicasi hizo carne a la brasa.
–¿Es que no tenéis hambre? – dijo-. Se os ve hecho polvo, patrón; parece que tanta subida os ha derrotado, ¿eh?
–No ha sido la subida, sino el sarao del domingo, tal como dices.
Me tendió una rebanada de pan con costillas encima.
–Hay cebolla y aceitunas -dijo poniéndome el cazo al alcance.
Nicasi, con la boca llena, no dejó de hablar de las obras que tenía pensadas, de la acequia mayor, de la red de regueras.
Me convenía escuchar, nada más.
–Vos me vais de primera, maestro. Sois poco hablador. Tan sólo hace falta que me digáis que sí o que no. ¿Qué os parece lo que os propongo?
–Sí.
Se tumbó a echar la siesta.
Yo estaba sentado fuera de aquella boca de piedra contemplando la ladera de roca. La humedad interna de la mola exudaba en cada rendija y la manchaba de pulpa verde. Se veía el pueblecito de Pella hundido en el valle, apiñado como un puñado de cebada a merced de los pájaros.
El Pol santo habitaba en lo más alto y el Pol homónimo estaba sentado debajo, sin saberle rezar.
Él nos había casado. Él sabía bien cómo nos amábamos. Él podía preservar nuestro amor aunque a mí no me saliera la oración conveniente. Tan sólo se me hacía un nudo en la garganta. Tal sólo la pena me encharcaba los ojos. Tan sólo confiaba en que la pequeña imagen familiar estuviera al tanto de la tribulación que me carcomía.
–Por favor.