EPILOGO

 

Tres meses después, el mismo día y en el amanecer de éste, tres cuerdas de cáñamo rodearon el cuello de tres hombres que habían vivido para robar, matar y ambicionar.

Michael Carney, allá en Kansas...

Isaías Jeffrey y Robert Cosby, en el lugar que habían elegido por escenario de sus villanías.

La terrorífica historia de “Death Judge” terminaba precisamente en el mismo lugar donde sus sentencias habían conducido a muchos seres inocentes.

Goldhand vivió desde entonces fechas de prosperidad y alegría.

Pero quizá ninguna como aquella en que Howard Adams, un año después de los violentos sucesos, anunció que en el rancho “Popular Breslin” acababa de nacer un hermoso niño de cabellos rubios y ojos azules muy transparentes.

Tanto como los de su padre.

Y allá, en aquellas tierras donde brillaba de nuevo el sol de la felicidad, dos rostros ansiosos y emociona dos contemplaban el tierno fruto con que Dios premiaba su amor.

—Tenías razón, Joe.

El hombre alzó la mirada hasta encontrar la de ella

—No te entiendo, mamá.

—Necesitaba el amor, Joe. Tú dijiste que algo profundo me haría olvidar la tristeza. Que entregando mi alma enamorada y recibiendo el amor sincero de otro ser..., tu amor, Joe. Tu amor me hizo olvidar la tristeza y me ha traído un nuevo amor.

Se acercó hasta ella, la rodeó por la cintura.

—Shirley...

—¿Sí, Joe?

—Sigues teniendo los maravillosos ojos color turquesa que me cautivaron aquel día en Amarillo..., eres más bonita que entonces, te quiero más que entonces...

—¿Y no temes besarme?

Joe miró a su hijo significativamente.

—No... Shirley, hace mucho que aprendí a ser valiente.

Y el beso, el prolongado beso de un hombre que había luchado por lo que jamás creyó merecer, vióse truncado por el desesperado llanto de un niño.

De un niño que tenía hambre...

FIN

 

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