LAS SENTENCIAS DEL "JUEZ MUERTE"
Las polvorientas calles de Goldhand hallábanse completamente desiertas.
Ni un alma caminaba bajo el tórrido sol del mediodía.
Pero ello no se debía tan sólo al hecho de huir a los rayos calcinadores del intransigente astro rey.
Existían otros motivos de atractivo poderoso que habían congregado a buena parte de los habitantes del poblado en el saloon de Noel Doll.
Aquel antro de diversión que muy frecuentemente convertía Robert Cosby, conocido mejor por “Death Judge” (Juez Muerte), en escenario de sus drásticas sentencias.
El que comparecía ante Cosby acusado de algo, no importaba mucho de qué, sabía cuál iba a ser su inevitable suerte.
El juez había llegado a Goldhand (Mano de Oro), cinco meses atrás, para imponer una ley que según Isaías Jeffrey Brand no existía en el pueblo.
La falta de ley y justicia, según el principal ganadero I. J. Brand, convertía a Goldhand en refugio de pistoleros, ladrones, cuatreros y fugitivos de todos los pueblos y Estados del Oeste.
Para efectuar la necesaria limpieza, I. J. Brand, hombre influyente, había movido todos sus resortes e influencias que, como resultado, arrojaban la presencia de un hombre famoso, conocido en pueblos y ciudades por su concepto inflexible y cruel de cómo debía aplicarse la justicia.
Cosby había dicho en cientos de ocasiones que aquel a quien se acusaba de algo no tenía derecho a nada. Ni a defenderse ni a ser defendido. El único derecho que le asistía, para bien de la sociedad y las gentes honradas, era colgar de una resistente cuerda de cáñamo hasta que no quedase en su cuerpo un soplo de vida.
Viendo a Robert Cosby, nadie hubiera imaginado la dureza de sentimientos y la falta de piedad de que hacía gala a la hora de ejercer sus “justas” funciones.
Era delgado hasta la exageración, pequeño, de rostro alargado con dos huesudos y sobresalientes pómulos, piel arrugada, nariz aquilina y labios delgados, finos, que mostraban por boca una raya recta y descolorida.
Su expresión de abatimiento, de lástima, de cansancio, le hacían parecer pusilánime y falto de personalidad. Se le podía tomar por un pobre hombre hastiado de luchar con la vida, que sólo esperaba de ella un instante de tranquilidad para finalizar en paz su fatigada existencia.
Los que le conocían, quienes le habían visto actuar, no podían llamarse a engaño por la falta apariencia del “Juez Muerte”.
Y eso mismo pensaban en aquel instante Bill Breslin y su hijo Gary.
Y los reunidos en el saloon de Noel Dolí, sentados en sillas y mesas, subidos a la barra y agolpados unos sobre otros lo más cerca posible del escenario, con ojos impregnados de morbosa curiosidad como lo estaban de lascivia cuando la “Bella” Suzy les mostraba las piernas desde el mismo lugar, hacían cábalas bastante exactas sobre los minutos de vida que restaban a Bill y Gady Breslin.
—Robar ganado —decía en aquel momento Robert Cosby con su voz cansina y monótona, en medio de la general expectación—, es cosa de cuatreros, ¿qué duda cabe? Y a los cuatreros, se les cuelga de un árbol sujetos por el gaznate, ¿alguien opina lo contrario?
Bill Breslin, tenía alrededor de los cincuenta años. La barba y el cabello grises, y su expresión era la del ser paciente, tranquilo, que ha corrido por la vida entre penas y sufrimientos hasta alcanzar una recompensa que, aun exigua a sus merecimientos, considera justa precisamente por conocer las invencibles dificultades de la dura existencia.
Uno de tantos cientos de hombres que se habían entregado con una fe sin límites al trabajo, uno más de los que habían corrido por el Oeste en busca de un hogar, de un pedazo de tierra en el que terminar una vida nómada para ofrecer a las generaciones venideras un sedentario oasis.
Cuando lo había conseguido y los esfuerzos de aquella primavera de su juventud cristalizaban en un otoño venturoso, Bill Breslin veíase ante el juez Cosby acusado de cuatrero.
¡De cuatrero!
—¡No es justo y usted lo sabe! —gritó, dejándose llevar como en pocas ocasiones por los nervios—. ¡Nosotros no robamos esas reses! ¡Jamás hemos robado nada..., nada!
Gary Breslin, mucho más impulsivo que su padre, dio un paso hacia adelante plantándose frente a la mesa que ocupaba el juez.
Un alguacil trató de atraparlo por un brazo, pero las palabras de Cosby lo detuvieron.
—Tranquilo, Dick, tranquilo —sonrió como una hiena el “Juez Muerte”—. Deja al chico que hable. No seas impaciente ni tengas tanta prisa por colgarlo. Cada cosa a su tiempo —se encaró luego con Gary, inquiriendo con sorna—: ¿Cuál es tu cuento, muchacho?
Gary, espigado y pelirrojo, de ojos azules y tez curtida, respiraba agitadamente y su mirada estaba cargada de ira y odio.
—¡Mi cuento! — exclamó—. Oigan al juez..., ¡óiganlo! ¿Mi cuento? Para usted, alimaña venenosa, es cuento que un ser honrado proclame su honradez e inocencia. ¡Usted mejor que nadie sabe que mi padre y yo somos incapaces de coger lo que no es nuestro! ¿Quiere colgarnos, lo estaba deseando desde que llegó al pueblo, no es así, juez Cosby?
—Hijo mío —repuso el esmirriado representante de la justicia—, yo no he escrito las leyes. Mi obligación consiste simplemente en que se respeten y cumplan Trato de hacerlo lo mejor posible.
Gary Breslin le dirigió una encendida mirada.
—¿Y cómo..., cómo lo hace? ¿Colgando a la gente honrada?
Cosby sonrió con falsa conmiseración.
—El señor Isaías Jeffrey Brand —dijo con tono ausente—, ciudadano distinguido y honrado de este pueblo, propietario del rancho I. J. “La Estrella”, ha denunciado el robo de una veintena de sus reses. Sabido es de todos que las reses del señor Brand llevan la marca I. B., y también de todos sabido, que las del rancho “Popular Breslin”, llevan la marca B. B. El sheriff del pueblo y sus comisarios, amigo Gary, han encontrado entre las reses de su rancho, veinte, con muestras evidentes de haber sido marcadas recientemente. Mejor dicho, de haberles sido amañada la I original para convertirla en una B.
—¡Nosotros no hicimos eso! —tronó Gary, sudoroso y excitado.
—Entonces —sonrió Cosby melifluo—, ¿cómo explica la presencia de las reses del señor Brand, rectificada la marca, entre las de ustedes?
—No lo comprendo, le juro que no lo entiendo —se desesperó el joven Breslin—. ¡Pero puedo gritar hasta enronquecer que no fue cosa de padre ni mía!
—No es suficiente para probar la inocencia de ustedes. Las pruebas son concluyentes, elocuentes y contundentes.
—¡Un momento, señor juez! —gritó uno de los asistentes.
Se trataba de Isaías Jeffrey Brand quien, con medidos pasos, fue acercándose a la mesa que ocupaba Cosby.
—¿Con qué derecho interrumpe usted el curso de la justicia? —inquirió el juez, estirando su arrugado cuello.
Brand andaba muy cerca de los cincuenta. Era alto y ancho de hombros. Sanguíneo el rostro y severas sus facciones. Su amplísimo tórax estaba ceñido por una chaquetilla de cuero ribeteada con bordes de oro. Vestía con elegancia, lo cual aumentaba la enorme personalidad que dimanaba de su poderosa naturaleza.
Brand era un luchador nato. Un hombre duro que amaba la dureza.
—Acepto las explicaciones de los Breslin —anunció con su voz potente—. De saber que mis reses serían encontradas entre las de ellos no hubiera denunciado su desaparición. Conozco a Bill Breslin desde hace bastantes años, hemos sido vecinos y buenos amigos...., ¡sé que es incapaz de robar y no puedo creer que él haya amañado esas marcas! Quiero..., quiero retirar mi denuncia.
Un murmullo de asombro se elevó entre los asistentes. Se escucharon exclamaciones de alabanza hacia Brand.
Pero Cosby, tras dar un violento manotazo sobre la mesa, se mostró inflexible.
—Es tarde, señor Brand —dijo apagadamente—. La justicia tiene que seguir su curso. Gary Breslin y su padre son culpables de un delito de robo... y el robo de ganado sólo admite una sentencia en este territorio. ¡Pónganse en pie los acusados!
Ya lo estaban. Y ambos tenían fijas sus miradas en la frágil silueta del “Juez Muerte”.
Dijo Cosby, contrito, como si el pronunciar aquellas palabras le causase un profundo pesar:
—Bill Breslin, Gary Breslin, se les encuentra culpables del delito de robo de ganado por lo cual, en uso legal de las funciones que se me atribuyen..., ¡les condeno a morir ahorcados! Y la sentencia se ejecutará ahora mismo. ¡Sheriff, son suyos!
Michael Carney, sheriff de Goldhand, se adelantó con dos de sus alguaciles luciendo una sonrisa sardónica.
Y en aquel mismo instante, una mujer surgió de entre los asistentes corriendo desesperadamente hacia el juez Cosby.
Cayó de rodillas frente a él.
—¡Por Dios! —gimió, anegados en lágrimas sus hermosos ojos—, ¡Piedad, piedad, señor juez! ¡Ellos no lo hicieron..., ellos no robaron..., se lo juro!
Rompió en agudo llanto.
—Lo siento, señorita Breslin —habló el “Juez Muerte” con su voz vacía—. Créame que lamento enormemente su desgracia..., pero trate de comprender que si la Justicia se apiadara de los ladrones y asesinos merced a las lágrimas de una mujer bonita, sería imposible que en el mundo viviera la gente honrada. La sentencia está dictada.
Shirley Breslin, se alzó lentamente del suelo. El llanto secó sus ojos, la expresión suplicante se transformó en máscara de dolor y odio.
Peligrosa. Muy peligrosa. Como una hermosa pantera en celo. Explosiva. Tensa, apretados los puños, encajadas las mandíbulas y rechinando los dientes. Rojas, encendidas mejor, las mejillas.
Escupió:
—¡Asesino!, ¡retorcido canalla, serpiente venenosa! ¡Te juro que no descansaré hasta ver vengada esa injusticia!
—¡Señorita Breslin! —tronó el juez, lívida su cara—. Me veré obligado a encarcelarla...
—¡Si le hace daño a ella...! —trató de lanzarse Gary sobre el juez pero se lo impidió el sheriff.
Un hombre de avanzada edad y cabellos completamente canos se acercó a la muchacha tomándola con suavidad por los hombros.
—Calma hija, calma. Ten resignación. Dios es justo, confía en él.
Shirley, extraviados los ojos, miró al anciano como si no le conociera.
Y de repente, explotando en un llanto histérico, fue a refugiarse en su pecho, jadeando:
—¡Doctor... doctor Adams! ¿Cómo me pide resignación? —se interrumpía entre sollozos frenéticos—. ¿No lo ve..., no se da cuenta? ¡Van a matarlos! ¡Los asesinan..., los asesinan!
—Hija mía, —habló Adams con tono inseguro, esforzándose por impedir que las lágrimas que llamaban a la puerta de sus ojos no asomaran por ellos—, he vivido mucho, quizá demasiado. A cada paso de mi existencia he tropezado con una injusticia. Son muchos los hombres buenos y honrados que he visto morir..., pero siempre, créelo Shirley, siempre, he tenido fe en que una justicia todopoderosa castigaría esos crímenes con una ponderación que los hombres no tenemos.
—¡Justicia..., justicia! ¡Ah, Dios mío! ¿Qué será de mí...?
El saloon se había ido desalojando con rapidez ya que casi todos los espectadores estaban ansiosos por asistir al acto final de la trágica obra que, como actor destacado, había tenido una vez más al “Juez Muerte”.
Entretanto, por la polvorienta calle, dos alguaciles caminaban detrás de los reos, rifles al brazo.
Diez minutos después, los habitantes de Goldhand se retiraron a sus ocupaciones.
De dos árboles vecinos, los cuerpos de Bill y Gary Breslin pendían siniestramente unidos a una gruesa rama por la fatídica cuerda de cáñamo.
Entre los dos arbustos, una mujer arrodillada lloraba sin consuelo rociando el ardiente suelo con sus lágrimas amargas.
Tras ella, un hombre murmuraba unas oraciones inclinada la cabeza sobre el pecho.
Luego, tras componer la señal de la cruz, se acercó a la muchacha obligándola suavemente a incorporarse.
—Vamos, Shirley. No puedes quedarte aquí.
Ella, ausente la mirada, ajena a cuanto la rodeaba, inquirió:
—¿Ir...? ¿Adónde?
—Mi esposa estará más tranquila si te quedas con nosotros. ¿Aceptas, Shirley?
—¿Y el rancho?
En aquel instante, Isaías Jeffrey Brand, portando el sombrero en la mano, se acercó a la pareja.
—Shirley... —murmuró—, no tengo palabras para expresarte mi dolor. Cuando pienso que yo tengo la culpa..., ¡es para volverse loco!
La muchacha, trató de sonreír. No lo consiguió.
—No es culpa, suya señor Brand. Usted ignoraba que las reses serían encontradas...
—¿Puedo hacer sigo por ti, Shirley?
Fue el médico quién respondió:
—Creo que sí, señor Brand. Pero cuando ella esté más calmada. Espere usted unos días hasta que Shirley se tranquilice, y venga a visitarnos.
—Así lo haré —asintió el otro con la cabeza. Y sin otra palabra, dio media vuelta.
* * *
La esposa de Howard Adams, médico de Goldhand, esperó a que la enlutada Shirley Breslin se hubiese retirado a descansar.
Entonces sobrevino la explosión que Howard esperaba.
—¡Asesinos!, ¡criminales indeseables! —gritó la buena mujer—. ¿Qué clase de hombres hay en este pueblo miserable?
En el matrimonio Adams los papeles siempre habíais estado invertidos.
Junto a la conformista actitud del hombre, con sus excelentes virtudes religiosas, su resignación, su tranquilidad de espíritu y su compostura, existía el carácter indómito, tenaz, disconforme, de una mujer a quien ni los años habían conseguido reducir con el peso insalvable de la vejez.
—¡Elaine, cálmate! —rogó el médico.
Se revolvió la mujer, ágil y decidida pese a su edad, como si se dispusiera a luchar por sus derechos.
—¡Ah, sí! Calma. Sobre todo calma. El precepto elemental de tu vida apática, insulsa y monótona. Me pregunto a veces si los hombres que tanto usáis de esa palabra, los que esgrimís palabras alentadoras en los momentos difíciles, los que recurrís a fortalecedores argumentos para el espíritu cuando debe reaccionarse con decisión..., me pregunto si ese no es el caparazón que oculta vuestra cobardía.
—¡Elaine!
—No, no trates de convencerme, Howard. Me he pasado toda una vida escuchando tus sermones. ¿Qué eres en realidad, un médico o un franciscano?
Sonrió el hombre tristemente.
—Las enfermedades del cuerpo y del alma tienen a veces síntomas idénticos y causas parecidas. Creo que debe ser porque lo físico y lo moral nacen de una, misma fuente. Por ello, considero tan necesaria una píldora como una palabra pronunciada a tiempo.
—¡Pues yo considero mucho más práctico un revólver empuñado con decisión!
—Debiste casarte con un pistolero, Elaine.
No contestó ella a la hiriente agudeza del hombre.
—Hay que hacer algo, Howard —dijo la mujer tras un lapso de silencio.
Alzó las cejas sorprendido.
—¿Algo? —repitió—. La ayudaremos a rehacer su vida en la medida de nuestras posibilidades.
—No es suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—Dos hombres han sido colgados de un árbol injustamente y tú lo sabes. ¡Lo sabemos todos! El pueblo entero lo sabe pero nadie se atreve a mover un dedo.
—No se puede ir contra...
—¿Contra quién, contra la ley? —Elaine Adams sonrió amargamente—. ¡Esta ley está sucia!
—Lo sé.
—¡Ah!, ¿lo sabes? Y lo dices sentado cómodamente en una mecedora.
—¿Qué quieres que haga?
Brillaron los ojos de la mujer.
—Si tu edad no te permite luchar, por lo menos buscar alguien que lo haga.
—¿Quién?
Elaine, tras unos segundos de silencio, repuso:
—El muchacho a quien le extrajiste la bala en Amarillo. ¿Lo recuerdas? El evitó que asaltaran la diligencia. Era una especie de caballero andante...
—Déjate de fantasías. Quién sabe dónde estará...
—Le llamaban “Profesional” Joe. Un auténtico...
La escena entre el matrimonio anciano fue interrumpida por la inesperada presencia de Shirley Breslin.
—¿Dónde puedo encontrar a ese hombre?
Elaine corrió hacia la muchacha.
—¡Pequeña! —exclamó—. ¿Cómo no te has acosté do todavía?
—Porque deseaba oírla a usted, señora Adams. Dígame donde puedo encontrar a ese hombre, ¿dónde?
—Shirley —intervinó el médico—. Debes ser juiciosa. No te obsesiones en venganzas que a nada bueno conducen...
—Si no me lo dicen —insistió la muchacha con decidida expresión—, recorreré el oeste de un extremo a otro hasta que lo encuentre.
—Estaba en Amarillo... —apuntó Elaine Adams.
El médico, cabeceando pesadamente, se levantó de la otomana.
—Está bien, Shirley. Te acompañaré.
—¿Cuándo salimos? —preguntó, ávida la expresión de sus hermosos ojos.
Y Howard Adams, con un gesto decidido que emocionó a la propia Elaine, repuso:
—Ahora mismo.
Sí, era de noche. Pero el médico, renovada su savia por un desconocido impulso, sentía necesidad por primera vez en su vida..., de luchar.
Por lo menos, de iniciar una lucha.