CAPITULO IV
La preciosa morena de ojos verdes que se llamaba Shirley Rogers penetró en el despacho del teniente de la Brigada de Homicidios de la subdelegación de Evanston, Kris Douglas, aproximadamente a las diez de la mañana.
La acompañaba otra mujer.
Pese a que había mucho barullo en jefatura, y concretamente en su oficina, Kris se percató en seguida de la presencia de Shirley, reparando en la muchacha que estaba junto a ella y a la que estudió con atención. Era bonita y tenía el rostro algo tostado por el sol y enmarcado por una media melena cobriza; bajo las cejas, surgían suaves y rizadas, largas pestañas. Sus ojos mostraban una tonalidad color whisky con destellos ambarinos..., destellos en los que ahora se percibía la huella de un copioso y reciente llanto. Kris se dijo que tenía vista a aquella chica por alguna parte de la ciudad.
Hizo desalojar de inmediato su despacho, inquiriendo:
—¿Qué sucede, Shirley?
—Ella es Laura Morgan. Hija de Lawrence Morgan, el propietario de la fábrica de electrodomésticos y equipos de radiotecnia, y sobrina de los banqueros Morgan...
—¡Ah, ya! ¿Y...?
—Tiene algo que contarte.
Kris Douglas les preparó dos sillas al otro lado de la mesa.
Ocupando su butaca giratoria, habló:
—Usted dirá, señorita Morgan,
Hubo un breve paréntesis de silencio.
Y tras él, como si su lengua hubiese sido disparada por una catapulta, Laura Morgan narró todo cuanto había sucedido la noche anterior en el caserón. El teniente no pareció sorprenderse demasiado, aunque una fugaz nube de extrañeza desfilase frente a sus ojos.
—Hace unas horas que sabemos lo de esas dos muertes..., aunque no sabíamos con exactitud cómo se habían producido. Esta mañana los vigilantes municipales del cementerio de Evanston han encontrado, sin sepultar, un extraño y doble ataúd, con la siguiente inscripción:
Kris extrajo del cajón central de su mesa de escritorio una cuartilla y les leyó el texto:
«Dentro de este ataúd yacen los despojos de Louis Moreau, hombre cruel y despiadado que a finales del siglo anterior guillotinó a Faye Barton, “la bruja hermosa”, y Demelza Dunaway, porque no se prestó a sus intenciones lascivas y obscenas. Igualmente yacen los de Russell Selander, periodista curioso que ha intentado desvelar el secreto de la venganza de Madame Guillotin.
»No descansen en paz, vivan en el fuego del infierno.»
Agregó el policía tras la lectura:
—Os lo he leído porque ya es del dominio público. Los vigilantes del cementerio lo han comentado a media ciudad y el Evanston Sun, siempre a la que salta, se ha hecho eco con una tirada especial y sensacionalista. La leyenda ha estallado con fuerza, ha resucitado, y el pánico conmocionado Evanston sin que nosotros hayamos podido evitarlo.
—Supongo que ahora te mostrarás menos escéptico, ¿no? —inquirió Shirley.
—Sigo sin creer en brujas, si es a lo que te refieres. Pero... imagino que la señorita Morgan aún no ha terminado, ¿verdad?
Estaba muy nerviosa. Visiblemente agitada.
—¡Me estaba dando cuenta de todo pero no podía evitarlo! ¡Estoy segura de que estaba bajo un influjo hipnótico! Sin embargo..., tenía consciencia de mis actos. ¡Es horrible!
—Cálmese, Laura. Y explíqueme con tranquilidad cuanto tenga que decirme. ¿Por qué fue al caserón? ¿Lo sabe?
—Sí... Creo que sí. Merced a esa extraña influencia. Aunque yo, tratando de convencerme a mí misma, me dije que lo hacía por creer que aquellos gritos que Novak y otros decían haber oído brotar del interior de la casucha estaban relacionados con el... terrible secreto de los Morgan.
Douglas arqueó las cejas.
—Terrible secreto... ¿Qué secreto?
—La realidad de esa leyenda que usted había oído contar sobre Faye Barton.
—Explíquese.
—Bueno... —titubeó—, no sé si debo. Se trata de un secreto familiar.
—Ha venido a que la ayude, ¿no? —dijo Kris, con gesto elocuente.
Y Shirley, mirando a Laura, la instó:
—Cuéntaselo.
—Bien... —susurró la muchacha—. Pues, esa leyenda, la de Faye Barton, es falsa. Basada en una cierta realidad que alguien se encargó de desorbitar hasta conseguir que se diera vida en voz de las gentes del pueblo a ese fantasmagórico relato. Es cierto que Faye Barton fue poco agraciada físicamente, pero nunca fue el monstruo diabólico que cuenta la leyenda. También es verdad lo de su mutación física, pero ese hecho tiene una explicación racional: Franz von Wayden, cirujano alemán pionero en la estética, estuvo en Evanston a finales del siglo pasado, visitando a mi abuelo, porque éste, en Alemania, tenía intereses financieros con el padre de von Wayden. El médico le habló de sus progresos en el campo de la cirugía plástica y mi abuelo, con cierto escepticismo, le dijo que le hiciera una demostración convirtiendo en una mujer hermosa a Faye Barton. Franz aceptó el reto y trabajó en el rostro de la mujer. Tan perfecta fue su intervención, tan maravilloso el rostro que le «compuso» a Faye, que mi abuelo se enamoró de ella perdidamente. Y tuvieron un hijo. Que tampoco fue ese pequeño engendro demoníaco y hediondo de que habla la leyenda, sino todo lo contrario.
En este punto, Laura hizo un alto en su narración para proseguir, instantes después, diciendo:
—Richard Morgan, mi abuelo, casado y con familia, hombre con gran prestigio tanto social como en el terreno de las finanzas, no podía permitir que su ligereza trascendiese. Le arrebató el niño a Faye entregándolo a una familia que estaba de paso en Evanston, camino de Nueva York, dotándole de una importante cantidad en metálico. Luego... mi abuelo cometió otra monstruosidad: para evitar que Faye pregonase a los cuatro vientos todo lo sucedido, se puso de acuerdo con un médico muy vinculado a la familia y amigo personal de él quien, a instancias de Richard, administró a Faye unas drogas hasta conseguir perturbar sus facultades mentales.
»¡Horrible... es horrible tener que confesarlo! Pero ésa fue la realidad. Faye se volvió loca y fue a refugiarse en el caserón. Y entonces, como narra la leyenda, le dio por decir que tenía poderes para adivinar el porvenir. Louis Moreau, individuo cruel que por extrañas circunstancias había guillotinado a una tal Demelza Dunaway acusándola de brujería, acudió a que Faye le dijera su futuro, para burlarse y demostrar a la gente que aquello eran estupideces. Por una de esas fatídicas casualidades de la vida, por una de esas ironías que el destino prodiga con cierta frecuencia, Faye acertó. El hijo de Moreau murió accidentalmente y Louis hizo con ella lo que antes hiciera con Demelza. Supongo... que mi abuelo debió suspirar tranquilo. Y también se ocupó de que personas a su servicio propagasen la leyenda porque así convenía a sus propósitos en evitación, claro está, de que nadie, jamás, pudiese descubrir la realidad.
Tras las explicaciones de Laura, intervino el policía:
—Como ya habrá comprendido por la inscripción grabada en el ataúd que antes ha leído, el viejo que estaba anoche en compañía de Russel y que usted no había visto nunca era Louis Moreau.
—Sí... —musitó. Y ajena por unos instantes, como desconcertada, dijo en un susurro—: Aún no comprendo cómo pude hacerlo. No lo entiendo, no.
—Usted misma lo ha apuntado antes, Laura —repuso Kris—, estaba en estado de hipnosis. Es más..., fue hipnotizada antes de subir al caserón.
—¿Cómo lo sabe? —le preguntó ella.
—Muy sencillo. Porque no se consigue ningún estado de hipnosis ligera, media o profunda, con el simple hecho... de protestar unos ojos fosforescentes desde la oscuridad. Esos ojos rojos que usted describe no hicieron más que alimentar su estado y confundirla. Pero la situación de trance se había producido antes.
—¿Cómo? ¿De qué forma? ¿Quién? —se preguntó y preguntó, confusa, Laura Morgan.
—Difícil saberlo ahora —repuso el policía. Añadiendo—: Mi departamento ha iniciado ya las correspondientes investigaciones acerca de! doble asesinato. De momento y mientras pueda mantendré en silencio cuanto usted me ha explicado..., tanto en lo que hace referencia a su intervención en los hechos luctuosos de la casucha como al secreto de los Morgan.
—¿No me va a detener?
—No..., por el momento. Excuso decirle que no debe moverse de la ciudad. Y procure, cuando esté más tranquila, hurgar en su memoria, en su consciencia, para encontrar respuesta a ese... ¿cómo?, ¿de qué forma?, ¿quién?, con respecto al estado hipnótico en que fue sumida. Por lo demás, es necesario que siga usted haciendo vida normal, que observe lo que ocurre a su alrededor y me informe de cualquier cosa que le parezca extraña por insignificante que sea. Ni que decir tiene que nadie, absolutamente nadie, debe saber todo cuanto acaba de narrarme sobre su presencia anoche en el caserón. Ni tan siquiera a sus allegados, incluidos sus padres. ¿Me ha comprendido?
—Sí, teniente Douglas.
—Puede llamarme Kris si lo desea.
Entonces intervino la preciosa morena de ojos verdes que se había mantenido en absoluto silencio hasta entonces, diciéndole a Laura:
—Espérame en el vestíbulo, querida.
La otra se puso en pie. Tendiendo la diestra al policía, dijo:
—Gracias por escucharme y creerme, Kris.
Salió de la estancia.
—Lamento mucho lo de Russel —habló Douglas.
Ella fue el encuentro del teniente que ya salía de la mesa, se refugió entre sus brazos, recostó la cabeza contra el fornido tórax y, suspirando anonadada, con lágrimas brotando de sus relucientes pupilas, susurró:
—Estoy deshecha. Era un cabezota gruñón, sí..., pero una gran persona y un fantástico profesional. ¡Es horrible, Kris, horrible!
—Procura tranquilizarte. Ahora, sí. Ahora estamos trabajando en el asunto, Shirley. Llegaremos al fin y descubriremos la verdad, puedes estar segura de ello. Me preocupa Laura Morgan porque, pese a todo, no sé exactamente si en una determinada circunstancia, caso de tener que... detenerla, valdría la explicación de su estado hipnótico.
Ella deshizo el abrazo.
—¿Qué quieres decir, Kris?
—Muy sencillo: un jurado difícilmente daría credibilidad a su relato. ¿Quién puede testificar que ella fue allá arriba previamente hipnotizada? Esas supuestas brujas no se prestarán a declarar, Moreau y Selander están muertos..., ¿quién entonces podría corroborar la narración de Laura? Nadie. —Como nadie puede probar que ella estuvo allí.
—Lo ha confesado hace unos minutos, ¿no?
—¡Kris...! —estalló Shirley, llorosas aún sus pupilas, pero clavándolas en el teniente con abierta censura—. ¿Serías capaz...? Somos amigas desde la infancia y puedo asegurarte que Laura es una chica extraordinaria...
—Nadie ha dicho lo contrario, Shirley. De suponer que no es así y si yo fuese un policía práctico y cómodo, la hubiese detenido ya, puesto que ha confesado haber hecho funcionar la guillotina y... —se frotó las manos en gesto significativo— ¡tranquilo! Asunto solucionado. Pero creo en esa chica y sobre todo en ti, lo cual me obliga a arriesgarme. Hay cosas en todo este asunto que están muy confusas y complicadas. Nos enfrentamos a una situación extraña, desconcertante e inverosímil. En el fondo, todo lo ocurrido, parcialmente, porque el secreto familiar revelado por Laura da visos de verosimilitud al caso..., en el fondo, decía, los hechos nacen en un nido de absurdas brujerías. Aunque guillotinar a Selander y Moreau no es ninguna brujería. Habrá que encontrar, y pronto, explicaciones concretas y viables.
—¿Qué piensas hacer, Kris?
—Dentro de unos minutos me voy a Chicago.
—¿Por...?
—Secreto de sumario. En ningún momento se me olvida que eres periodista.
—¿Supones que yo sería capaz de publicar...?
—No supongo nada.
Y besó sus labios frutales con largueza, silenciosamente.