CAPITULO V
Louis Moreau, en 1899, contaba 21 años.
Lleno de malas ideas y sucios propósitos, de bajas pasiones y oleadas de lujuria.
Louis Moreau estaba desesperado por el cuerpo juvenil, cálido y apetitoso de una preciosa muchachita de diecisiete fragantes primaveras que se llamaba Demelza Dunaway.
Demelza era hija de los propietarios de la única posada de Evanston y, junto con su hermana Angie, dos años mayor que ella, se encargaba de servir jarras de cerveza, vasos de vino y whisky, platos de judías, lentejas y demás bazofias que su madre preparaba en una lóbrega cocina por la que campaban a sus anchas moscas, arañas y cucarachas que algunos, los malintencionados de siempre, apuntaban la posibilidad de que la vieja emplease para el condimento de las «especialidades» de la casa.
Pero a Louis, lo de los insectos, cocinados o no, le traía sin cuidado. El sólo estaba preocupado, obsesionado mejor, por la lozanía excitante de Demelza. Se escapaba cuantas veces le era posible de la carpintería, ante la mirada desaprobadora de su progenitor, para meterse en la posada y perseguir a la mujercita por todos los rincones.
Como aquella tarde en que había conseguido acorralarla contra una de las pilastras de madera que sostenían el techo del comedor.
—Me tienes loco, Demelza. Sólo será un ratito, te lo prometo. Estaremos juntos y seremos muy felices. Si unimos nuestros cuerpos obtendremos un extraordinario placer; ¡te lo juro! Me obsesiona tu carne, pequeña. Luego, te prometo que nos casaremos... y tendremos muchos hijos. Hacer hijos es la cosa más deliciosa del mundo.
Así era Louis. Sólo pensaba en marranadas. Porque su forma de enfocar el hecho de tener prole no pasaba de ser una monumental cochinada.
Demelza, que tenía unos ojos grandes, negros y muy hermosos.., que huían atemorizados ante las propuestas lascivas de Louis; Demelza, que encerraba su cuerpo frágil y deseable dentro de un largo vestido marrón muy descotado a través del cual y por la opresión alzante de corsé y sostén asomaban sus senos blancos, firmes, juveniles y pujantes, una de las causas fundamentales de que Louis fuese de cráneo por gozar de ellos y del resto de aquella armoniosa naturaleza...
Demelza, decíamos, miraba con verdadera expresión de asco al que le proponía tener muchos hijos porque, según él, hacerlos era pura delicia.
—Ya le he dicho más de cien veces que no. Me horroriza el pecado..., pero me horroriza mucho más la idea de entregarme a usted. Me repugna. ¡Márchese de una vez y déjeme en paz!
Las facciones de Louis, al escuchar aquellas palabras en los labios húmedos y carnosos de Demelza, se congestionaron hasta adquirir un color rojizo y chispeante que tenía mucho que ver con el de las brasas del infierno donde se tostaban las almas de los pecadores.
Y no fue capaz de contenerse.
—¡Maldita perra caliente! —Exclamó con rabia—. Te horroriza el pecado, ¿verdad? Te horrorizo mucho más yo, ¿eh? Pero no te horroriza el verte por las noches con ese canijo de Daniel Boujold al que le das apasionadamente todo lo que a mí me niegas, ¿cierto?
Demelza inclinó sus bellos ojos y trató de escapar al encierro en que la mantenían contra la columna, a modo de cárcel, los brazos de Louis.
Eso le dolía al herrero-carpintero. Los encuentros furtivos entre la bella muchacha y su apuesto galán. Porque a los hombres, desde que el mundo era mundo, de lo cual hacía muchos miles de años, les tocaba... la moral, hería profundamente su dignidad de machos y su amor propio de conquistadores, que la hembra de sus apetencias rindiese a otro, con sumisión y sir condiciones, los encantos y placeres que a ellos les negaban.
—Necesito besarte, Demelza. Sólo un beso. Deja que sienta el dulce contacto de la miel de tu boca —insistió, calmándose.
—¡Jamás! Antes me arrancaría los labios. Y si intenta ponerme un dedo encima gritaré hasta que se entere todo Evanston. ¡Apártese de mí para siempre!
Louis la miró con odio concentrado. Con ojos saltones de auténtico demente.
—¡Bruja de todos los infiernos! ¡Estoy convencido de que copulas con Satán!
Y salió disparado de la posada como alma que llevase aquel Satán que acababa de nombrar.
* * *
Satán... Brujas...
En eso pensaba Louis mientras caminaba furioso y cabizbajo, mascullando maldiciones y obscenidades, camino de la herrería.
Brujas, sí...
Recientemente se había dado en Evanston el caso de aquella mujer de aspecto horrible, hediondo, que se había transformado en una hembra de facciones maravillosas. El caso de Faye Barton que unos aceptaban como milagro del cielo, como obra piadosa de Dios que se había compadecido de la tremenda fealdad de la muchacha... y otros atribuían a la intervención maligna del Príncipe de las Tinieblas, al contacto carnal que Faye había mantenido con Satanás entregándole cuerpo, alma, y cuanto se pudiera engendrar en sus entrañas a cambio de poseer una hermosura deslumbrante.
Y Faye, según quienes lo vieran, había tenido un hijo verdaderamente diabólico.
Brujas, Satanás, orgías demoníacas, sabbats...
En todo eso iba pensando Louis Moreau, sí.
Y en las historias que allá en su Francia natal le contaba su abuelo...
En Jean de Nynauld, un campesino que encontró en medio del bosque un lobo que se abalanzó sobre él con el ánimo de devorarlo; el campesino se defendió y logró cortarle la pata delantera. Corrió la sangre y el lobo se transformó de golpe en una mujer que huyó gritando. Todo el mundo pudo advertirlo: la mujer tenía un brazo cortado. El campesino, habiendo regresado al pueblo, la reconoció y denunció. Era una bruja, una maldita bruja que mantenía contacto con Satanás. La mujer fue a parar a la hoguera.
Y aquella otra historia de Christophe Gaufredi, párroco de las Pourriéres, vecino de Beauversas, a quien se le presentó el Diablo en forma humana y sin deformación alguna, manifestándole que se le había aparecido para satisfacerle en todos sus deseos. Gaufredi le pidió que le crease en torno suyo una gran reputación de sabiduría y que, sobre todo, inspirase en mujeres y muchachas un gran amor por él. Lucifer le hizo la promesa por escrito y el pacto fue concluido. Gaufredi inspiró amor a Magdelaine de la Palud, una niña de nueve años, la cual, con pretextos falsamente devotos, fue empujada a entregarse al Demonio. Años más tarde, este compromiso fue sellado con la firma escrita con sangre de la muchacha. Soplando sobre ella le despertó un violento amor hacia él, del cual abusó. Un demonio familiar la acompañaba a todas partes y la conducía al sabbat de Marsella. En él descubrió que el abate Gaufredi ocupaba un lugar de privilegio. El abate «hizo que le imprimiesen en cabeza y cuerpo las marcas diabólicas». La muchacha se había incorporado a la vida religiosa, pero a los diecinueve años fue detenida y confesó. Careada con el abate, afirmó que éste era un hombre de bien y que sus confesiones anteriores eran falsas, pero Gaufredi acabó confesando que Lucifer se le había aparecido haciendo narración de los horrores y abominaciones del sabbat donde Magdelaine había copulado una y cien veces con Satanás y con él mismo. Gaufredi y Magdelaine fueron obligados a arrepentirse de sus pecados y después fueron quemados vivos, arrojándose sus cenizas al viento.
O aquélla otra narración que se refería a las locuras satánicas en las tumbas. Concretamente en el cementerio de San Medardo, donde ante la tumba de un diácono de París se sucedían las escenas más alucinantes. Unos revivían las representaciones de la Pasión en sus capítulos más trágicos; otros cometían locuras increíbles. El desencadenamiento en el cementerio de San Medardo fue espantoso.
La superficie del cementerio y de las calles vecinas se vio invadida por una multitud de muchachas, mujeres e individuos de todas edades, presas de las mayores convulsiones. Aquí, unos hombres tendidos por el suelo se movían como verdaderos epilépticos; más allá, otros se dedicaban a comer tierra, guijarros y hasta cristales y carbones encendidos; unas mujeres se mantenían con la cabeza para abajo, mientras que algunos jóvenes se contorsionaban y pasaban la cabeza entre las piernas. El abate Bécheraud trepaba sobre la tumba del diácono y allí bailaba, se agitaba y realizaba el conocido «salto de la carpa», mientras los asistentes entraban en éxtasis. La muchedumbre estaba desencadenada practicando todo género de demostraciones y aberraciones sexuales. Satán marcaba el ritmo. El arzobispo ardía en vituperios. Aún se recordaba la célebre inscripción dejada por los fieles expulsados del cementerio de San Medardo: «¡Por orden del rey, se prohíbe a Dios hacer milagros en este lugar!»
Y también la hija del carnicero de Laon en 1566. Nicole Aubry, hija del carnicero de Vervins y casada con un sastre, tuvo una visión, creyendo ver salir de la tumba a su abuelo materno. Cayó en un terrible delirio, presa de terrores inenarrables. Su confesor pensó que el diablo la había visitado bajo la apariencia de su abuelo. A partir de ahí, Nicole vio cómo se aproximaban a la cabecera de su cama numerosos demonios que llevaban sobre sí llamas ardientes que la sofocaban con su olor. Se le aparecieron enormes gatos que saltaron sobre ella, intentando arañarla y morderla. El demonio le declaró su nombre: BELZEBÚ.
Se comenzó una larga serie de oraciones, ayunos y misas. Hubo otros veintinueve gatos-demonios que asaltaron a la desgraciada, «tan grandes como corderos». Los monjes de Laon se quedaron espantados, llevando a la visionaria a casa del propio obispo, que procedió a exorcizarla. Producto de esto fue la expulsión de su cuerpo del demonio Astaroth, que huyó gruñendo bajo la forma de un cerdo. Nicole se salvó milagrosamente de la hoguera.
Cierto que Jean Pierre, abuelo de Louis Moreau, añadía que aquellos relatos no eran más que absurdas fantasías creadas y fomentadas por ciertos clérigos a quienes convenía que la gente viviese bajo el terror que inspiraba el nombre de Satanás para así establecer una clara frontera entre lo demoníaco y lo religioso, lo que obligaba al populacho a creer y aferrarse a la religión para librarse del Príncipe de las Tinieblas. En cuanto a los ricos y poderosos también convenía que la ignorancia del pueblo admitiese la existencia de demonios y brujas porque eso les servía para aumentar la sumisión y el vasallaje y para entretenerse quemando a aquellas desgraciadas a las que se acusaba de estar poseídas, iluminadas o de haber mantenido contactos con Satán.
Louis estaba de acuerdo con su abuelo y lo seguía estando ahora, pero...
Mientras de regreso a la carpintería-herrería había ido rememorando aquellas escalofriantes narraciones del abuelo, su mente túrbida y maligna, sus instintos ruines, su corazón rabioso por la negativa de Demelza a satisfacer sus insanos apetitos carnales, habían ido germinando al compás de los recuerdos la idea de una venganza atroz, de una venganza en la que se regocijaría con la más brutal de las satisfacciones.
Podían ser historias para mentes enfermizas como decía su abuelo, si. Pero a la gente le subyugaban aquella clase de historias, recreaban en ellas ese morbo innato en todo ser humano y acababan creyéndolas a pies juntillas.
¡Ah, Demelza! ¡Maldita endemoniada que se entregaba a otro hombre! ¡Bruja..., sí!
El la convertiría en una bruja. Acabaría con ella. No sería para él, pero tampoco sería para ningún otro..., ¡mucho menos para aquel afeminado de Daniel Boujold!
Su venganza sería terrible, ¡sí! No podría obtener su cuerpo, pero lo destruiría. Louis contaba con el apoyo de amigos tan degenerados y lascivos como él que secundarían con la mayor de las satisfacciones el plan que, rumbo a su casa, desesperado y frenético por las negativas de Demelza, y al conjuro de las espeluznantes historias de su abuelo había ido concibiendo y dando forma en su retorcido y torturado cerebro.
Sí...
Dudley, Ivo, Goldie y Wolfgang, sus amigotes de juergas y orgías sexuales, admitirían con el mayor agrado y complacencia la repulsiva idea que acababa de gestarse en su degenerada cabeza.
También Kim Urie y Alice Kauffman, aquel par de muchachas facilonas de pocos escrúpulos y carnes baratas, que aceptaban cualquier proposición para hacer posturas de cama y que se entregaban con la mayor de las facilidades —Louis estaba harto de saciar en ellas su voracidad sexual y por eso le cansaban y aburrían, todo lo contrario que le sucedía con Demelza que le excitaba más y más a causa de sus reiteradas y constantes negativas—, aceptarían encantadas el participar en la cruel venganza que Louis estaba tramando contra la pobre hija de los posaderos de Evanston por el simple —pero muy importante para él— hecho de no prestarse a sus lascivas peticiones.
¡Ah, Demelza! ¡Hija de Satanás!
—Te mandaré al infierno con Satán, Belcebú, Astaroth y todos los demonios. No has querido ser mía pero tu cuerpo se retorcerá en medio de los más horribles sufrimientos.
Había llegado a la herrería.
Y había llegado la hora de comenzar a poner en práctica su horrible y cruel maquinación.