El silencio era como el restallar de un trueno, lamiendo sus tímpanos con una proximidad innatural. En las profundidades del bosque la nieve no era más que un ligero polvo debido al dosel de densas ramas sobre su cabeza. Se sintió impresionado por su austera belleza, blanca y helada en sus entrelazadas superficies superiores, las inferiores de un verde profundo que se acercaba al negro entre las sombras azules.
La quietud era extraordinaria. Si dejaba de moverse, podía oír el sisear de su propia respiración y, algo más lejos, las inhalaciones y exhalaciones de los dos Rojos.
Con un estremecido susurrar, un alud de nieve en miniatura cayó de una rama, y Ronin alzó instintivamente la vista. La amplia rama verde con sus agujas de dulce olor se balanceó, y un destello escarlata profundo pareció aletear hacia él.
Estaban en un pequeño claro, pero aún así el cielo estaba enteramente oscurecido. Por entre los altos pinos, un lecho de fragantes agujas pardas alfombraba el suelo del bosque. La helada tierra era dura cerca de los antiguos y retorcidos robles con su entrelazada red de ramas y su profusión de hojas ovaladas.
Avanzaron más profundamente en el bosque, con Ronin imitando cuidadosamente los lentos y deliberados movimientos de los Rojos, creando un mínimo de alteración. El camino estaba tan enmarañado por la maleza que muy a menudo se veían obligados a ir en fila india, girando sus cuerpos de costado a fin de avanzar a través del estrecho hueco entre los árboles.
Se dio cuenta de que estaban en una pendiente y, a medida que el camino se hacía más pronunciado, empezaron a aparecer afloramientos de granito. Pronto llegaron a la cresta de la elevación, y el suelo del bosque descendió ante ellos. A su izquierda pudieron oír el resonar de una corriente de agua. Negros pájaros volaron entre las cargadas ramas, llamándose en agudos staccatos, enviando ocasionales lluvias de pulverulenta nieve a la tierra debajo de ellos. Había poco sotobosque, sólo musgo verde y un liquen grisazulado que se aferraba a las superficies de las rocas.
No vieron huellas aquella mañana y Yuan, uno de los Rojos, envió a su compañero en una tangente.
—Quizá tengamos más suerte por este lado —le dijo a Ronin.
Siguieron hacia el norte, el bosque invariable en su densidad. En una ocasión Yuan se detuvo y señaló hacia su derecha. Ronin vio un zorro rojo, con su larga cola barriendo el suelo mientras corría alejándose de ellos.
Poco después del mediodía el Rojo le hizo una señal y, agachándose, se movió de árbol en árbol tan silenciosamente como le fue posible hasta situarse al lado del arrodillado hombre.
Yuan le susurró algo al oído y Ronin miró a través de unos densos robles. Había movimiento y se acercó un poco más, cambiando su ángulo de visión. Al otro lado de los árboles había quizás una docena de los esqueléticos guerreros cabeza de muerto, escudos al brazo, con sus colmilludas esferas oscilando en sus caderas mientras avanzaban. A su lado se movía una veintena de hombres de liso pelo negro peinado hacia atrás en una cola. Todos tenían ojos negros almendrados. Iban armados con espadas curvas de un solo filo y hachas de mango corto idénticas a las de Yuan. Otro hombre apareció a su vista y lo examinó atentamente. Ojos como piedras agrandadas por la inmovilidad del agua, un gran bigote caído. No podía olvidar aquel rostro. Po, el amargado comerciante que había abandonado la cena de Llowan.
Ronin tocó a Yuan en el hombro y se retiraron de los robles.
—¿Quiénes son los hombres que van con los altos? —preguntó Ronin en voz baja.
—Rojos.
—¿Por qué están con el enemigo?
—Odian a los Verdes. Es un odio antiguo. Los altos les prometen el poder en Sha'angh'sei, donde dominan los Verdes, a cambio de su ayuda aquí en el norte.
—¿Lucharán contra los suyos; unirán sus fuerzas con ésos que no son hombres?
—El poder es extraño, ¿no? —dijo Yuan.
—Pero morirán junto con nosotros, si este enemigo resulta victorioso.
El otro se le quedó mirando.
—¿Crees que puedes convencerles de eso?
Ronin pensó en el estallido de Po. Negó con la cabeza.
La tarde se desvaneció mientras buscaban en vano alguna huella del makkon. Cerca del anochecer renunciaron, y Yuan le condujo de vuelta al claro donde habían acordado reunirse con el otro Rojo.
—Sólo podemos confiar en que Li haya tenido más suerte — dijo Yuan.
El claro estaba oscuro cuando llegaron, la nieve azul, las sombras aún más azules. Al otro lado del pequeño espacio abierto un árbol gravitaba en la oscuridad, retorcido y deformado. Yuan fue a sentarse delante del árbol. Ronin fue lentamente tras él, escrutando la oscuridad con la mirada.
Quizás a unos cinco metros del suelo del bosque una rama había sido desgarrada del árbol, dejando un largo y astillado muñón como una lanza. En aquella improvisada estaca había sido empalado Li, de la espalda al esternón, como si hubiera sido arrojado hasta allí por una fuerza titánica.
Sin una palabra, Yuan desenvainó su espada y la hizo girar sobre su cabeza, cortando la rama por detrás de Li. Cayó pesadamente al suelo, las piernas recogidas bajo él, los ojos abiertos, mirando alocadamente sin ver. La nieve era oscura allá donde quedó medio sentado, la espalda contra el tronco del viejo árbol.
El suelo era demasiado duro para enterrarlo, así que se dirigieron al norte, y al poco rato instalaron el campamento. Yuan reunió leña seca y se puso a encender un fuego sin humo.
Ronin hizo la primera guardia. La pálida luz del fuego danzaba contra la azul extensión de nieve y los negros árboles. Las sombras iban de un lado para otro. Justo fuera del anillo de luz oyó los pequeños correteos y los suaves susurros de los animales nocturnos.
Si se inclinaba hacia la derecha podía ver el creciente de luna y su estrella acompañante, fragmentos de brillante platino, fríos y remotos, a través de un pequeño hueco en el dosel del bosque.
Algo aulló, un lobo de las nieves quizá, y los sonidos del bosque cesaron momentáneamente. Pero el sonido no volvió, y gradualmente la miríada de diminutos sonidos regresó a él. Un búho ululó e, invisible, un pájaro aleteó por encima de su cabeza.
Cerca del final de su guardia empezó a nevar, un fino polvo que se filtraba sobre él y Yuan a través del entramado de ramas, hojas y agujas.
Despertó al Rojo, que se estiró, bostezó y fue a echar más leña al muriente fuego.
Ronin se durmió al instante, un largo sueño sin sueños hasta que la oscuridad dio paso a un parpadeante carmesí y tuvo la impresión de que el cielo chorreaba sangre. Oyó voces bajas, muy lejanas pero lo bastante cerca como para que las palabras individuales parecieran reverberar en sus tímpanos. ¿Todavía no? No puede haber más retraso. Sabes tan bien como yo lo que debe trascender antes de que le encontremos. Sí. De acuerdo. Ya estoy en el lugar; la embarcación está preparada. Lo traeré aquí, me aseguraré de ello. En estos momentos no tengo nada seguro; el tiempo fluye demasiado rápidamente; el Kai-feng viene. Pero estamos Fuera. Sí, pero debemos depender de aquellos que no lo están; nuestro tiempo se está acabando. Se alejó de ello y abrió los ojos. Oyó el susurrar de las ramas al viento, el lamento de la llamada de un chotacabras. Volvió la cabeza. El fuego crepitaba, las ascuas relucían naranjas y blancas. Yuan estaba sentado, los brazos alrededor de las rodillas para ahuyentar el frío, mirando fijamente las sombras del bosque.
Ronin cerró los ojos y volvió a dormirse.
La helada luz azul del amanecer lo despertó. Recordó las voces y por un instante, desorientado, pensó que había habido dos hombres al lado del fuego.
El fuego estaba apagado, las cenizas grises y frías. Yuan seguía sentado en la misma posición, mirando hacia los árboles. Ronin se dirigió hasta él, adelantó una mano, hizo una pausa. El otro se derrumbó. El Rojo estaba muerto. Había un negro agujero atravesando su corazón. Algo había perforado rápidamente su cuerpo del pecho a la espalda. Podía haber sido atacado por un animal salvaje. No se había movido durante toda la noche.
Ronin se alejó del campamento, rápidamente y sin ningún sonido, dirigiéndose al norte, hundiéndose más en el bosque. Le hormigueaba la espina dorsal.
Empezó a nevar de nuevo, más intensamente ahora, amortiguando todo sonido y limitando la poca visibilidad que había en aquel laberinto.
Se alzó viento, agitando su capa y alzando remolinos de nieve contra su rostro. Entonces creyó oír el sonido de un cuerno, lejano, como un lamento.
La bruma brotaba del suelo del bosque, perlina y densa. Ahora todo sonido, toda sensación de dirección, quedaban ahogados. Sus botas pisaban el suelo en silencio, pero el corazón martilleaba en su pecho. Franjas oblicuas de grisácea luz penetraban en el bosque, iluminando la translucencia de la bruma, y bruscamente se encontró perdido en un lugar salvaje de humo y vagas sombras.
Los diminutos sonidos del bosque habían desaparecido, y con ellos el pequeño consuelo de estar con otras criaturas vivas. Se sintió aislado, como si ya no pisara el mundo del hombre.
La nieve caía en silencio, mezclándose con la almibarada bruma. Avanzó cautelosamente, con una mano tendida por delante, como un ciego guiándose por entre los troncos de los árboles que se alzaban a su paso, visibles tan sólo en el último momento.
Su sentido del tiempo se alejó de él. Ya no sabía si llevaba andando horas o días, si el sol brillaba aún por encima del techo de su mundo o si ya se había puesto.
Abrió la boca, dejando que la nieve se fundiera y aplacara su sed. Con eso se dio cuenta de pronto de su hambre. Empezó a rebuscar algo en el bosque, pero no vio nada. Ningún animal, ningún árbol o arbusto con frutos comestibles. Su hambre creció, arañando su estómago. Siguió avanzando.
Finalmente tropezó con una raíz expuesta y supo aturdidamente que tenía que descansar. Agotado, se sentó con la espalda contra el tronco de un viejo pino. Su aroma estaba a todo su alrededor. Las agujas pardas eran suaves bajo sus pies. Inclinó la cabeza sobre su pecho, pero el hambre no le dejó dormir.
Ahora parecía más oscuro todo, la difusa luz parpadeaba en la periferia de su visión. Se dio cuenta de un bulto bajo su cinturón, Medio dormido, rebuscó con los dedos, halló algo. Era esponjoso. Comida. Bajó la vista para ver mejor, pero a la incierta luz era imposible distinguir claramente. Dio un mordisco, luego otro, masticando pensativamente. Su sabor era ligeramente amargo. Fue tan sólo cuando hubo terminado que la bruma pareció aclararse de su mente lo suficiente y supo que había comido la extraña raíz con forma de hombre del boticario de Sha'angh'sei. Una inmensa urna, peces nadando perezosamente, aletas como de gasa agitándose a la corriente, la sensación del curvado lado... Eternidad. Se encogió de hombros. Empezaba a sentir ya unas fuerzas renovadas. Todo lo que necesitaba era...
En aquel momento creyó oír una distante llamada, como un grito de triunfo, y se puso en pie, dispuesto a ir en aquella dirección, cuando oyó un sonido más inmediato a sus espaldas. Se volvió.
La bruma era más densa ahora, el perlino gris relucía en arcos iris al borde de su visión.
Se enfrentó a una sombra, distinta de las de los árboles, en una línea de enormes y antiguos robles, dentro del azul profundo de su sombra. Avanzó un paso, seguro ahora de que el makkon lo había encontrado. Su mano fue por la fuerza de la costumbre a la empuñadura de su espada. No iba a servirle de nada contra la criatura.
La figura avanzó de entre las sombras, y una diminuta nevada revoloteó alrededor de sus hombros cuando una rama se vio alterada por el movimiento de su cabeza. Con un estremecimiento, la rama se convirtió de blanco en verde oscuro.
El sonido de la espada de Ronin al ser desenvainada fue un seco raspar innatural, su volumen ensordecedor, porque contempló un rostro tan extraño que ahuyentó todo pensamiento del makkon de su mente.
Ronin contempló fijamente al Ciervo.
Tenía más de cuatro metros de altura, con amplios hombros y largos y esbeltos brazos, piernas de gruesos muslos. Iba vestido con unos pantalones del negro más profundo, una tonalidad densa y peculiar en la que resultaba difícil enfocarse. Llevaba una cota de mallas lacada del mismo color, mate, no reflexiva. Una capa ondeaba a sus espaldas hasta el suelo del bosque. Llevaba un enorme cinturón de metal sujeto a la cintura y de él colgaban dos espadas envainadas, una tan larga que casi rozaba el suelo, la otra más corta que el arma tradicional de Sha'angh'sei. Ronin las contempló durante un largo instante, preguntándose por qué le eran tan familiares. Estaba seguro de que nunca había visto antes nada parecido, y sin embargo...
Sus ojos se vieron atraídos irresistiblemente a la cabeza, aunque con una reluctancia que halló inquietante. No temía a la muerte, pero ahora se sintió aterrado. Se estremeció por dentro, no algo físico, sino como si alguien pulsara los acordes de sus nervios en lo mas profundo de su ser, y hubo una terrible risa en alguna parte en su interior, una sensación helada y espectral. Su estómago se contrajo.
La inmensa cabeza emergió a la incierta iluminación de la bruma. Las sombras parpadearon tras ella. Estaba dominada por un largo hocico con amplias, húmedas y temblorosas fosas nasa les y, debajo de ellas, una enorme boca con grandes dientes cuadrados. Las oscilantes orejas eran triangulares, velludas y, al lado de ellas, creciendo desde la inclinada frente, había una enorme doble cornamenta, curvada y ramificada.
Toda la cabeza estaba cubierta por un pelaje profundamente negro, intenso y brillante. La mirada de Ronin recorrió todo el pelaje hasta que se clavó en los ojos del Ciervo. No eran redondos como los de un animal sino más bien ovalados, los ojos inteligentes de un hombre. Eran penetrantes, pigmentados con un color frío que no tenía análogo en este mundo.
El Ciervo abrió los labios, y algo gritó de tal modo a través del cerebro de Ronin que sus rodillas se doblaron y soltó su hoja, que cayó delante de la criatura. Hubo una risa maníaca, y más allá de ella una voz horrorizada estaba gritando: ¡Ponte en pie! ¡Ponte en pie y mata a la bestia, porque eso es todo lo que es! Pero sus brazos no respondían y sus dedos estaban ateridos cuando aferraron las blandas agujas de pino del suelo del bosque. ¡Destrúyelo antes de que él te destruya a ti! Intentó vomitar pero nada salió por su boca. Inclinó la cabeza sobre la nieve, el frío fue como una llama contra su frente mientras el Ciervo avanzaba destacándose de las cerúleas sombras. Sus altas botas crujieron sobre la nieve, creando ecos entre los árboles. El viento se alzó firmemente, aullando a través del laberinto de ramas como un odioso niño. Ronin se sintió enraizado a la tierra, otro árbol en el bosque, sorbido por la gravedad.
Una extraña mano córnea se movió y el Ciervo extrajo su espada larga, una hoja de ónice profundamente negra, translúcida, forjada por una antigua maldad. Hubo un suspiro cuando las hojas temblaron, susurrando su nombre: Setsoru.
El Ciervo se detuvo delante de la arrodillada forma de Ronin y, adelantando su mano libre, sujetó su pelo, tirando de su cabeza hacia arriba y hacia atrás para poder mirar al rostro de Ronin. La inmensa espada estaba muy alzada, llameando en la bruma que se enroscaba a su alrededor. Y entonces el Ciervo bajó la vista. Miró a los ojos incoloros de Ronin. Los labios del animal se fruncieron hacia atrás en una sonrisa que era una mueca y sus ojos giraron en sus órbitas. La cornamenta sacudió la nieve de las ramas encima de su cabeza. Odio y miedo se alternaron en su rostro, y la hoja de ónice tembló.
¡No!, gritó el Ciervo. El viento aulló. Hubo una voz en la mente de Ronin; sus oídos sólo captaron el rugir del viento.
Y en aquel instante de vacilación, cuando ambas figuras, profundamente unidas, parecieron incapaces de ningún movimiento o pensamiento coherente, hubo un fiero gruñir y una frenética mancha de elástico movimiento. De la girante bruma brotó una forma, con las enormes mandíbulas abiertas y las arañantes patas delanteras extendidas. Sus curvadas garras se lanzaron hacia la garganta del Ciervo. Aún distraído, su rostro convertido en una máscara de odio, pudo hacer poco más que alzar su brazo libre para parar el inesperado ataque. Pero la criatura se mantuvo tenazmente en su sitio, las mandíbulas restallando, las garras rasgando una y otra vez el expuesto pelaje. El cuerpo se agitaba poderosamente.
La boca del Ciervo se abrió y de ella emergió un aterrador grito de rabia y confusión que resonó en la mente de Ronin como el retumbar de un trueno. Lanzó un último golpe a la criatura con el mango de su espada y, con sorprendente rapidez, saltó al laberinto de pinos y robles y desapareció al instante.
El atacante se quedó inmóvil, sentado tranquilamente sobre un lecho de agujas de pino cerca de la postrada forma de Ronin, lamiéndose sus patas delanteras.
Entonces lo has encontrado.
Como tú sabías que haría. La cabeza del atacante se alzó. Tenía quizá dos metros de largo, un animal de cuatro patas con una dura piel escamosa a lo largo de su musculoso cuerpo y poderosas patas. Tenía una cabeza velluda con un largo hocico de perverso aspecto lleno de afilados dientes. Sus ojos eran rojos y absolutamente inteligentes. Su cola delgada como un alambre azotaba el suelo a uno y otro lado, agitando las agujas.
Hynd, ¿lo...?
Sí. Los inteligentes ojos miraron a Ronin. El luma aguarda en el linde del bosque.
Excelente. ¿Ella está aquí todavía?
Sí. Vendrá. ¿Es eso bueno?
Es como tiene que ser. La incorpórea voz se encogió de hombros de algún modo. El makkon está ocupado en otras cosas, pero no sé durante cuánto tiempo.
Entiendo.
La criatura bajó su hocico y empezó a empujar con él hacia la cabeza de Ronin, dirigiendo la fría nieve sobre su rostro.
Despertó, parpadeando, viendo delante de él los árboles verdes y blancos y el brillo de su caída espada y el rostro amistoso de Hynd. Hynd, el compañero de rostro cruel pero maravilloso de Bonneduce el Último, el misterioso hombrecillo al que había encontrado en la Ciudad de los Diez Mil Senderos, que le había hecho el regalo del guantelete de makkon.
Se sentó, aún medio aturdido. La perlina bruma estaba recediendo. La dorada luz del sol penetraba en aleteantes haces por entre el dosel del bosque. Se levantó y, enfundando su hoja, dejó que Hynd lo dirigiera a través del laberinto de árboles. El suelo del bosque se volvió menos rocoso y más blando a medida que los viejos robles dejaban sitio gradualmente a los verdes pinos y azulados abetos. Infaliblemente, Hynd lo condujo a los límites orientales del bosque. Cruzaron la última línea de árboles, apartando a un lado el follaje más pequeño que formaba el linde, y Ronin vio a su luma, con su brillante pelaje carmesí a la luz. Vio el cielo, de un azul intenso, ya en pleno atardecer en el este.
Al lado de su luma había otro, más pequeño, de pelaje azul cielo. Montada a horcajadas en él estaba Moeru. Fue hasta ella, con Hynd trotando fácilmente a su lado. Ella sonrió y acarició su rostro con su pequeña mano pálida. Su largo pelo negro se agitó alrededor de su rostro, cubriendo uno de sus ojos. Exactamente como...
—Moeru, ¿cómo has llegado hasta aquí?
Ella bajó la vista hacia él, dibujó en el polvo de su silla dos puntos moviéndose, luego otro detrás: jinetes.
Él sujetó el acolchado de su chaqueta de montar.
—¿Por qué nos seguiste?
Ella apoyó un dedo a lo largo de la clavícula de él, trazando hacia abajo los contornos de su pecho. Su uña raspó la tela.
Bruscamente, Ronin sintió una oleada de aturdimiento y apoyó la cabeza contra el frío cuero de la silla. Los jinetes desaparecieron. Ella apoyó una mano en su cuello y masajeó. Su cabeza se aclaró. Ella se lamió los dedos y limpió el polvo de su frente.
Ronin sintió que algo tironeaba de las perneras de sus pantalones y bajó la vista. Hynd gruñó. Se arrodilló, acariciando el extraño pelaje acorazado.
—¿Eras tú al que oí buscándome?
Hynd tosió suavemente. Apuntó con el hocico al luma de Ronin.
—¿Dónde nos llevas? —Era una pregunta retórica.
Se puso en pie, fue a su montura. Hizo una pausa con un pie en el estribo.
—¿Qué hay del makkon, Hynd? Debo matarlo o estaremos todos condenados.
La criatura gruñó de nuevo, un sonido bajo y gutural.
—Tengo que seguirte, lo sé. —Bajó la vista a Hynd—. ¿Y cómo me encontraste, me pregunto? —No hubo respuesta.
Subió a la silla y tomó las riendas. El luma bufó y retrocedió unos pasos, llamando, e Hynd echó a andar por una pendiente que conducía al este. Ronin tiró de las riendas y su luma giró. Clavó los talones en los flancos y echaron a andar, con Moeru a su lado, hacia el este que se oscurecía por momentos, lejos del bosque de oscilantes pinos.
El terreno fue descendiendo gradualmente mientras el atardecer daba paso a la noche. Galoparon por un serpenteante camino, con el terreno lleno ahora de afloramientos rocosos contra los cuales florecía un denso follaje en salvaje abandono. Flores amarillas salpicaban la tierra en grandes manchas de color.
Bruscamente empezaron a subir una empinada ladera, y pronto se dio cuenta de que estaban ascendiendo una montaña. Las flores desaparecieron mientras el camino se volvía cada vez más agreste. Aquí y allá la negra silueta de un majestuoso pino cortaba la línea del cielo, pero cuanto más subían más escasos eran los árboles, hasta que toda la flora desapareció.
El cielo nocturno estaba lleno de densas nubes turbulentas de fondos vagamente fosforescentes con inquietantes tonalidades. Ronin las observó amontonarse mientras sentía la poderosa musculatura del luma trabajar bajo él en una fluida cadencia y coordinación.
Siguieron su camino a través de la fría oscuridad, con los animales galopando incansablemente a toda velocidad. Los luma se regocijaban en su cinética marcha, quizás extrayendo su energía del propio trayecto, porque Ronin tenía la impresión de que cuanto más lejos iban más fuertes se volvían sus monturas. Eran guiados por el elástico cuerpo de Hynd, llamándole o llamándose entre sí.
Empezó a nevar en frías ráfagas racheadas, con el viento convertido en un cruel cuchillo que cortaba cuerpo y rostro, empujándoles, gimiendo a través del paso de montaña cubierto de rocas por el que siguieron subiendo. El aire se volvió helado y la nieve se convirtió en granizo, golpeándoles, rebotando contra el granito, el helado suelo, empapando el pelaje de los lumas, resonando como metal en la armadura de la piel de Hynd.
En una ocasión Ronin miró tras él. La llanura desde la cual habían subido todavía era visible, y vio las gruesas llamas que estribaban el terciopelo de la noche y oyó un profundo retumbar que era imposible de desentrañar. Y le pareció ver las oscuras sombras de hombres moviéndose, avanzando al ritmo de un profundo tambor, y las arcanas estructuras de toda una variedad de máquinas de guerra, invenciones para matar y mutilar. Estaba lloviendo fuego, el continente del hombre se sacudía con los movimientos de la guerra. Sintió que el aliento lo abandonaba y, con los ojos medio cerrados, clavó los tacones de sus botas en los flancos de su montura, siguiendo la elástica forma de Hynd mientras éste avanzaba a la cabeza. Luego inmensas proyecciones de roca bloquearon vista y sonido al girar un recodo en medio de las inquietas nubes.
Sus ojos se abrieron de pronto al sonido de un agudo chillido a su lado. Se envaró y llamó a Hynd, que ya estaba volviendo sobre sus pasos. Miró a la escasa luz, vio a Moeru en el suelo entre las patas de su luma.
Desmontó y fue hacia ella. El luma dejó escapar un grito y Ronin vio que su pata delantera izquierda estaba rota. Se inclinó y cuidadosamente liberó a la mujer; no parecía herida. Extrajo su hoja y cortó rápidamente la garganta del luma.
Envainó de nuevo su espada, montó en su ruano e, inclinándose, ayudó a la delgada Moeru a subir tras él. Ella pasó los brazos alrededor de su cintura. Sintió su calor, la presión de sus pechos, la rapidez del pulso en su nuca, el ritmo de su respiración.
Siguieron subiendo la montaña durante toda la noche y, cuando el sol naciente empezaba a teñir el horizonte por el este, llegaron a la cima. Ronin tiró por un momento de las riendas para examinar el paisaje a la creciente luz. Las laderas orientales de la montaña se extendían ante ellos, conduciendo muy abajo a una meseta de campos y prados geométricos, salpicados por el verde oscuro de varios bosques, que descendían gradualmente hasta el mar, brillante y destellante a medida que el rojo sol ascendía centímetro a centímetro por el horizonte. Lacaba el mar de carmesí, llano y brillante como metal bruñido.
Entonces empezaron a abrirse camino en zigzag ladera abajo, y al atardecer estaban al borde de la meseta. Cruzaron la ondulante alfombra de hierba. No había ninguna huella de nieve allí y el cielo estaba claro, de un color azul profundo, casi negro cerca del horizonte oriental que el sol era el primero en iluminar y el primero en oscurecer.
Hynd les condujo por un serpenteante sendero mientras los prados cedían paso a los campos cultivados, anegados y desiertos arrozales en cuyos bordes se alzaban ruinosas casas de madera sobre pilotes, techadas con papel, con diminutas linternas colgando de sus puertas delanteras como brillantes ojos de insectos en la creciente oscuridad.
Varias veces los guió Hynd a los bajíos de los inundados arrozales, con el agua chapoteando a su alrededor hasta que se detuvieron perfectamente inmóviles, con Ronin acariciando el cuello de su luma para que no gritara mientras un distante retumbar se convertía en el urgente tronar de muchos cascos de caballos que alzaban nubes de polvo y hierba mientras pasaban en largas hileras.
Finalmente cesaron los arrozales y pasaron junto a bosquecillos de árboles que siseaban en la noche. Estaban de nuevo en tierra seca, ganando velocidad, los instintos de Hynd soberbios.
Y ahora corrían con el viento, hacia el este, sobre tierra llana con sólo maleza baja para romper la monotonía. Hynd saltaba hacia adelante como si captara que el final de su viaje estaba cerca. El luma bufaba y corría tras él y Ronin, ebrio con la velocidad y el movimiento rítmico repetitivo de la larga cabalgada, todavía no recuperado de su singular encuentro en el bosque, permanecía como ajeno a todo aquello, permitiendo que su montura lo llevara, sin contemplar el final del viaje, con la mejilla de Moeru convertida en un suave peso sobre su hombro, sin preocuparse de hacia dónde iban, deseando tan solo que terminara ahora o no terminara nunca, entumecido, agotado.
Así, conducidos por el extraño híbrido que era mitad cocodrilo, mitad roedor, y algo mucho más allá, cabalgando una montura carmesí cubierta de sudor, con una mujer a la que apenas conocía aferrada a su espalda, entró en la pequeña ciudad portuaria de Khiyan, agotado y con ojos turbios, medio muerto de hambre, los labios hinchados por la sed y el rostro negro por el viaje, pasando junto a sorprendidos madrugadores, porque recién acababa de amanecer. Recorrieron las resbaladizas calles adoquinadas, más allá de las casas de madera con techos inclinados y chimeneas de piedra de las que brotaban delgados hilos de humo al frío aire salino de la mañana.
Las gaviotas trazaban círculos en el aire, planeando bajas sobre el agua, gritándole al sol naciente. Y finalmente Hynd los condujo a los muelles, a una taberna con un oscilante cartel de madera colgado sobre sus dobles puertas abiertas, con las letras demasiado desgastadas por el viento y la lluvia para poder distinguirlas. Un creciente de redes de pesca colgaba fuera a lo largo de una de las paredes.
Al lado de la puerta había un hombre bajo de pelo blanco que llevaba sujeto con una desgastada banda de cuero, una barba canosa, y unos profundos ojos verdes muy separados en su arrugado y curtido rostro. Iba vestido con sencillez con una sucia chaquetilla de piel sobre la que colgaba una cota de mallas. Llevaba pantalones pardos y botas bajas de piel blanda. Acudió a la puerta a saludarles cuando entraron. Cojeaba apreciablemente al caminar.
—Ah, Ronin —dijo Bonneduce el Último—. Qué alegría verte de nuevo.
—Ahora el continente del hombre está bajo asedio desde todos lados.
—Pero Kamado es el empuje principal.
—Si. Creo que el Kai-gen se ganará o perderá allí.
—He oído antes esa palabra...
—Es la última batalla de la humanidad.
—Pero la clave es el makkon. Destruir uno es impedir que el Dolman aparezca en el mundo. —Engulló un trozo de carne, sirvió más vino a Moeru—. ¿Por qué entonces has hecho que Hynd me apartara de allí?
—Porque —dijo lentamente Bonneduce el Último— todavía no puedes derrotar al makkon. Si se hubiera enfrentado contigo en el bosque, seguramente te hubiera destruido.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Cómo supe que mataría a G'fand en la Ciudad de los Diez Mil Senderos? Los Huesos.
—¿Lo sabías, pero nos dejaste ir?
—No hubieras permitido que te detuviera.
Estaban sentados en el penumbroso interior de la taberna, cerca de las ventanas delanteras y las puertas abiertas que miraban a los amplios muelles de Khiyan. Altos barcos de velas cuadradas tan blancas como la nieve permanecían anclados, con sus cuerdas crujiendo. Barcazas cargadas con hombres y mercancías cruzaban la corta extensión de agua desde los muelles hasta el costado de los barcos. Dos pescadores pasaron junto a la puerta, empezaron a tomar las redes del lado de la taberna. Hubo una risa. El propietario de la taberna salió de detrás de la barra y se puso a hablar con los pescadores.
Dentro de la taberna, el hogar de piedra a lo largo de una de las paredes escupía llamas hacia arriba de la ennegrecida chimenea, pero todavía era demasiado pronto para que el lugar se hubiera llenado de humo. Las vigas de madera eran oscuras con la acumulación de carbón y grasa de cocinar.
Bonneduce el Ultimo había concedido a Ronin tres horas de sueño en una pequeña habitación del segundo piso con ventanas emplomadas que miraban a los muelles y una cama alta con colchón de plumón de ganso sobre la que se había dejado caer sin ningún sonido, y ni siquiera los duros gritos de los marineros a lo largo del corto malecón alteraron su sueño. El hombrecillo llevó a Moeru a la habitación contigua. Se levantó antes que Ronin, y lo sacudió gentilmente por los hombros para despertarlo cuando oyó a Bonneduce el Ultimo cojear escaleras arriba.
—¿Dónde están? —preguntó Ronin bruscamente.
Bonneduce el Último rebuscó en su chaqueta de piel con una leve sonrisa y extrajo las siete figuras geométricas talladas, o eso le había dicho el hombrecillo, de los dientes del legendario cocodrilo gigante. Había grabados extraños glifos en cada cara. Los Huesos.
—¿Qué te dicen?
—El Kai-feng ha comenzado, Ronin. Todos deben representar ahora sus papeles en la última lucha. Incluso Hynd y yo.
—¿Incluso?
El rostro del hombrecillo se ensombreció.
—Porque en esta batalla la humanidad permanecerá o caerá. Está amaneciendo una nueva era, Ronin, y nadie puede decir lo que traerá consigo.
—Ni siquiera los Huesos. —No era una pregunta.
—Ningún hombre, ningún ser, puede saber ahora el equilibrio del poder. —Hynd se agitó a sus pies. Sus patas delanteras se crisparon. Ronin bajó la vista hacia él. Quizá soñara, como había hecho Ronin, en prados deslizándose bajo sus patas, corriendo con el Ciervo, mágicamente transformado, su gran y bifurcada cornamenta convertida ahora en un resplandeciente yelmo—. Así, con todas las brillantes líneas al futuro cortadas, se hallan dispuestas las fuerzas ciegas. Así se hace compleja la lucha por el poder; así la victoria vale el sufrimiento; así —bajó la mano y acarició el acorazado lomo de Hynd— no sé más del final de esta batalla que tú.
Pensamientos del Kai-feng y del Ciervo, inexplicablemente entrelazados, llenaron la mente de Ronin. Luego puso esas cuestiones a un lado, alzó el puño con su guantelete.
—Debo darte las gracias. Tu regalo me ha ayudado a menudo.
Bonneduce el Último sonrió.
—Me complace oírlo.
Ronin creyó oír, procedente de alguna parte, un sonoro tictaqueo, como el que había oído en la casa del hombrecillo en la Ciudad de los Diez Mil Senderos. Sirvió más vino.
—Debes decirme cómo me encontró Hynd.
—Sí, por supuesto. Creí que lo sabías. Fue la raíz.
—Quieres decir comerla.
Bonneduce el Último asintió.
—Una vez entraste en posesión de ella, era sólo cuestión de tiempo el que la comieras...
—Pero, ¿cómo podías saber...?
—Las circunstancias. —Se frotó su pierna más corta—. En cualquier caso, nuestra conexión es ahora más fuerte, y eso es importante...
—Pero...
—No cuestionaste el guantelete de makkon —dijo cuidadosamente Bonneduce el Último—. No cuestiones esto. Fue el penúltimo paso en la finalización del Viejo Ciclo. —Alzó una mano cuando Ronin iba a hacer otra pregunta—. No hay tiempo ahora. Tres de los makkons han venido ya al continente del hombre, y el cuarto está muy cerca.
—¿Qué hay del pergamino?
—Ahora iba a decírtelo —dijo el hombrecillo secamente—. Tienes que partir hacia Ama-no-mori.
Hubo silencio por un tiempo. Al otro lado de la habitación las llamas lamían los grandes troncos en el hogar y, con un suave crujir, el del fondo se partió, devorado por el centro. Brotaron chispas. Fuera, a lo largo de los muelles, las llamadas y las canciones de los marineros preparando sus barcos para sus viajes por mar parecían apagadas y remotas. La luz del sol penetraba en franjas como fundidas, cálidas como la miel, muy lejanas.
Ronin contempló el curtido rostro.
—¿Sabes dónde está la isla?
El hombrecillo asintió.
—He trazado tu rumbo. El conocimiento que buscas, el conocimiento que necesita la humanidad, ya no existe en el continente del hombre.
—El Bujun... —dijo Ronin.
—Sí.
El aire era cálido y suave como debía ser el aire del verano. El viejo sol parecía arder más intenso aquí. Sin embargo no era posible olvidar el conflicto que destruía el continente del hombre más allá de las azules y brumosas laderas de la montaña al oeste.
El rostro de Ronin era hosco mientras avanzaba a lo largo del frente marítimo y salía a los muelles. Bonneduce el Último e Hynd trotaban a su lado. Sujetaba a Moeru por la mano.
El hombrecillo señaló y, escudando sus ojos del sol, Ronin siguió la dirección de su mano y vio el barco de dos mástiles a poca distancia de la orilla. Sus velas cuadradas estaban siendo desplegadas, y una serie de hombres trepaban por su cordaje, preparándose para levar anclas.
—El Kioku —dijo Bonneduce el Último—. Tu barco.
—¿Mío? —Ronin le miró fijamente.
—Tú eres su capitán. Su tripulación ya ha sido escogida y está a bordo. —Apoyó su mano sobre el hombro de Ronin—. Partirás con la marea. Ahora.
Junto al muelle había una chalupa cuya tripulación aguardaba pacientemente mientras se balanceaba en el suave oleaje. Ronin soltó la mano de Moeru.
—Cuida de ella.
Pero Bonneduce el Ultimo sacudió la cabeza.
—Va contigo, Ronin.
Él miró del hombrecillo a la mujer a su lado. Quizá fuera la luz, pero tuvo la sensación de que sus ojos eran diferentes, en absoluto como los ojos de la gente de Sha'angh'sei. Dentro de ellos había un lejano y tormentoso mar.
—Sí. Quizá sea mejor de este modo.
Bonneduce el Último miró hacia el mar.
—Es el único modo.
Subieron a la chalupa y se sentaron en los bancos centrales, mirando a la proa.
—Me gustaría que pudieras venir —dijo Ronin.
La mano del hombrecillo acarició el pelaje a lo largo del cuello de Hynd.
—Tengo mucho que hacer y otros lugares donde ir. Confío en que tengas éxito en tu viaje.
—¿Te veré de nuevo? —llamó Ronin. Pero la chalupa ya se había apartado del muelle y el viento barrió la respuesta del hombrecillo hacia la deslumbrante luz del sol. Y se apartaron de la orilla del continente del hombre.
El Kioku levó anclas tan pronto como la chalupa hubo entregado a sus pasajeros y fue izada a bordo. Las blancas velas se hincharon al viento, y el barco se encaminó al sol de la mañana.
Ronin permaneció en la alta cubierta de popa observando las cremosas aguas deslizarse a lo largo de los bruñidos flancos de su barco mientras se encaminaba hacia lo profundo del mar, hacia Ama-no-mori, hacia un incierto y enigmático futuro. Así, con todas las brillantes líneas al futuro cortadas, se hallan dispuestas las ciegas fuerzas. Incluso los Huesos eran inútiles ahora. Moeru permaneció de pie a su lado mientras las últimas gaviotas giraban alrededor de los mástiles del barco antes de encaminarse de vuelta a tierra firme.
Y tan absorto estaba por la enorme vista del ilimitado mar abierto, por la anticipación de ver al fin la misteriosamente fabulosa isla de Ama-no-mori, el final de su largo y arduo viaje, que no reconoció, ni siquiera reparó, en el rostro de su segundo oficial, ahora horriblemente desfigurado y con una profunda cicatriz en su retorcida boca, que no tenía labios ni mandíbula. Si hubiera tenido más cuidado hubiera visto dentro de aquella extraña máscara de pálida carne blanca el estremecer de un odio controlado que ardía como frías llamas en los ojos negros tan conocidos por él. Pero su mente, llena con nuevas y arcanas visiones, estaba realmente muy lejos de la nave a la deriva alejándose de él en un arco en el vasto mar de hielo no cartografiado, hacía tanto tiempo; lejos del saardin al que creyó muerto, y que ahora le miraba ominosamente desde la brillante cubierta de proa del Kioku, maquinando su terrible y agónica venganza.