Aegir

Ha girado desde el oeste, alejándose del asesinato del sol y las manos aferrantes de las altiplanicies de hielo. Asustado ahora, vuela por delante del torbellino del vasto cielo. Capta, justo detrás de él, la intensa excitación de la tormenta cuando estalla, y es engullido ahora por el feroz mordisco de los altos vientos, la presión de los rodantes bancos de oscuras nubes, el restallar cinético de los relámpagos.

No teme a esos elementos mientras planea en la corriente ascendente en un fútil intento de volar por encima de la tormenta. Ha cabalgado más de una, seguro en las derivantes corrientes de aire, sin que las girantes ráfagas de nieve, los duros fragmentos de hielo le afecten en absoluto.

El miedo es de otro tipo, y se siente frenético por escapar. Con su plumaje plateado convertido en una mancha en el aire, desciende en picado, el aire a aquella altura es demasiado tenue incluso para sus pulmones de ave, e intenta desesperadamente hallar una corriente rápida que lo aleje de la sensación de la cosa viva detrás de él, con su helado aliento sobre las abiertas plumas de su cola, una pulsante caricia de muerte. Porque avanza tras él, vivo y maligno e infatigable; algo más allá de la vida, debajo de la vida. Acercándose.

Vuela como un rayo al interior de una lívida nube púrpura, sale de ella, con su carne agitada por una sensación erizante. Intenta expresar su terror, no puede. Cae y cae hasta que ve la superficie del mar de hielo, apagado y llano y confortable. Se desliza debajo de él.

Era inútil, y peor que eso, suicida. Por entre las cortinas de cegadora nieve, densa y oscura y turbulenta, bloqueándolo todo ante la vista y el oído, Ronin fue hacia popa, preocupado por la capa de hielo que se estaba formando ya sobre cubierta.

Había sido golpeada por una sacudida eléctrica un momento antes, estaban rodeados por un frenético sudario que danzaba, giraba, empujaba. La tormenta era demasiado intensa; incluso con ambos sujetando el timón, la nave estaba siendo lanzada de un lado para otro como si hubiera perdido de pronto todo su peso. Era mucho mejor para ellos ir a abajo. Estaba especialmente preocupado por la posibilidad de que Borros fuera lanzado por la borda.

Resbaló una vez cuando la nave se inclinó hacia babor, pareció a punto de volcar, temblando en los aullantes vientos, luego volvió a enderezarse. Soltó lentamente sus helados dedos de las cuerdas y siguió avanzando como lo haría un montañero, usando asideros a cada paso.

Borros, obsesionado ahora por el pensamiento de la nave perseguidora, se aferraba maníacamente al timón, con su pálido rostro convertido en una máscara helada, los labios crispados en una mueca de miedo. Y Ronin, al llegar a su lado, creyó estar contemplando el rostro de un muerto reciente. Los dedos de Borros, como garras, eran huesos blancos contra la madera. Ronin le gritó, pero su voz se vio ahogada en el creciente chillar de la tormenta. Aferró al mago, tirando de sus frágiles muñecas para obligarle a soltar el timón, y lo arrastró, tambaleante y deslizándose, hasta la cabina, empujándole a su interior y cerrando la puerta tras él. Luego regresó y fijó el timón, avanzó y se deslizó por la helada cubierta, sujetándose al cordaje de estribor. Se arrastró sobre manos y rodillas contra la furia de la tormenta hasta el mástil y, poniéndose en pie, recogió la chasqueante vela de tormenta. El azotante granizo y la helada nieve golpeaban sin piedad su rostro y hombros. La aseguró a la verga, doblando los nudos.

Sólo entonces volvió abajo.

Borros estaba sentado en el suelo de la cabina, temblando en medio de un pequeño charco de agua. Ronin se dejó caer en su litera sin una palabra y pensó que quizá después de todo aquello era demasiado. Demasiadas nuevas situaciones surgiendo a cada minuto y ninguno de los dos totalmente aclimatados todavía a la superficie. Para Ronin no era tan malo; era joven y fuerte, con el cuerpo y la adaptabilidad de un guerrero. Y, eso era igual de importante, tenía una mente abierta y flexible. Podía aceptar. Sabía eso desde su viaje a la Ciudad de los Diez Mil Senderos.

Pero para Borros, acurrucado patéticamente en el suelo de madera de la cabina, más preocupado por una imaginaria nave con su demasiado real torturador de lo que podía estarlo él por las realidades de la tormenta que soplaba sobre su embarcación, no podía ser lo mismo.

El aullar fuera se incrementó, y la nave se estremeció y osciló peligrosamente mientras aceleraba en la tormenta. Vivimos o morimos y eso es la suma de todo, pensó Ronin. ¡Pero, el Helor se lo lleve, no pienso morir!

Borros se había puesto en pie y se dirigía como ebrio hacia la escalerilla que conducía a la cerrada escotilla. Ronin lo detuvo.

—¿Qué está haciendo?

—La vela —dijo el mago, con una voz que era casi un gemido—. Debo asegurarme... de que está alzada.

Está alzada.

Intentó soltarse de la presa de Ronin.

—Debo verlo por mí mismo. Freidal va tras nosotros. Debemos conseguir la máxima velocidad. Si nos atrapa, nos destruirá.

Ronin le hizo dar la vuelta a fin de poder mirar directamente a sus cansados ojos. Estaban velados por el pánico y el shock. Es demasiado para él, pensó Ronin por segunda vez.

—Borros, olvide a Freidal, olvide la nave hermana. Aunque nos estuviera siguiendo, la tormenta nos protegerá. No podrá encontrarnos en ella. —Los ojos del mago le devolvieron una mirada vacía, luego se volvieron hacia la escotilla. Ronin lo sacudió, perdida finalmente la paciencia.

—¡Loco! ¡La tormenta es nuestro enemigo! Hay muerte ahí fuera. ¡Es la vela la que nos destruirá en este viento!

—¡Entonces la has arriado! —Era el gemido irracional de un niño desilusionado.

—¡Sí, el Helor se lo lleve, no tenía otra elección! Si no lo hubiera hecho, ahora estaríamos volcados de costado y sin ninguna posibilidad de seguir.

Borros arañó frenéticamente a Ronin.

—¡Suéltame! ¡Debo izarla! ¡Nos alcanzará si no lo hacemos!

Entonces Ronin le golpeó, un rápido golpe a un lado del cuello, cortando sólo por un instante las sinapsis nerviosas y el flujo de la sangre, y el mago se derrumbó, haciendo girar los ojos, con el cuerpo doblado junto a la escalerilla. Ronin lo depositó en su litera y se apartó, disgustado.

La nave gimió bajo una nueva arremetida y la lámpara colgante osciló alocadamente en su corta cadena, bañando las mamparas con estallidos de fantasmagórica luz y sombras geométricas.

Al cabo de un tiempo Ronin tendió la mano y apagó la llama.

Yacía tendido escuchando la aullante oscuridad, sintiendo la falúa estremecerse y oscilar bajo él, oliendo el diminuto rastro de humo de la apagada lámpara. La tormenta resonaba a través del aparejo, gimiendo como si estuviera viva, lanzando granizo contra el casco en furiosas arremetidas.

La oscuridad se hizo más profunda y los sonidos se modularon sutilmente a tonos más bajos, haciéndose ahogados, como si se oyeran a través de capas de un fluido viscoso. Sin embargo, otros aspectos de los sonidos, no registrados hasta ahora, eran superclaros. Entonces el volumen se alteró, aumentando y disminuyendo en un lento ritmo que era reconfortante. Los sonidos se alargaron, como si fueran estirados de su forma original.

Estaba profundo, muy profundo, y las torres del mundo se alzaban encima de él en su ciclópea grandeza, paredes verticales de dura roca volcánica con gruesos rebordes de oscura piedra brillante tan resistente como la obsidiana. Pálidas frondas y extensas algas oscurecían parcialmente sus caras. Los cimientos, tallados y esculpidos durante una era tan antigua que el Tiempo no era más que un concepto abstracto y la Ley era desconocida. Una era de gran trastorno y movimiento, cuando el mundo se estaba formando y lloraba como un niño; cuando la roca fundida roja y amarilla brotaba en siseantes ríos desde las entrañas de la Tierra, alzando nuevos edificios de roca, hirviendo en los violentos mares; cuando se elevaban las grandes masas de tierra, resplandecientes y llenas de espuma, en medio de los océanos; cuando los acantilados se deslizaban como cataratas en las hirvientes aguas blancas con pizarra y piedra pómez. En una era en la que todo estaba empezando.

Una sombra; no está solo.

En los impresionantes cañones de los cimientos del mundo siente una presencia, difusa y elemental.

Es grande; inenarrablemente inmensa, de tal modo que no se sabe si está en movimiento o descansa. Quizá tenga rasgos; quizá sea acéfala o completamente informe de nuevo. No hay forma de discernirlo. Sus costados pulsan con energía, su fuente parece ser la de las mismas mareas de los océanos. Se desliza en silencio sobre las resbaladizas montañas de su cuerpo, un terreno metonímico sin fin. Y se pregunta. Pero en el silencio absoluto no llega ninguna respuesta.

Despertó con una sed enorme y la necesidad de orinar. Se aventuró a cubierta. La tormenta todavía estaba en pleno apogeo, pero el cielo parecía algo más claro. El amanecer, pensó, o sólo un poco después; imposible decirlo con aquel tiempo. Orinó, luego se inclinó y metió un poco de nieve en su boca y regresó temblando a la cabina.

Borros todavía estaba dormido, lo cual era estupendo, pensó Ronin, porque iba a despertar con dolor de cabeza.

Cruzó hasta su litera e, inclinándose sobre ella, pasó experimentalmente su mano a lo largo de la mampara exterior. Evidentemente, la embarcación estaba construida tan bien como había sido diseñada. No pudo detectar ningún signo de debilitamiento y, satisfecho de que estuviera resistiendo la furia de la tormenta, se sentó y comió un ligero desayuno.

Borros gimió y se giró en su litera pero no despertó. Ronin vio el hematoma azul en su cuello. Cruzó la cabina y se inclinó sobre la frágil figura. Vio entonces que el mago estaba temblando.

Volvió rápidamente a Borros de espaldas. Estaba muy caliente, y la piel tenía un aspecto seco y tenso. Los ojos se abrieron lentamente. Eran muy grandes y anormalmente brillantes.

Ronin buscó debajo de su litera y extrajo una manta. Despojó el delgado cuerpo de su traje y descubrió que el material estaba seco pero la carne debajo estaba húmeda por los residuos de nieve fundida y el sudor de la fiebre. El traje estaba soberbiamente diseñado para mantener fuera el frío y la humedad pero, inversamente, si el cuerpo que lo llevaba estaba húmedo, el material no dejaba que se secara.

El cuerpo se agitaba con la fuerza de la fiebre y Ronin, cubriéndolo con la manta, se maldijo por su estupidez. Hubiera debido darse cuenta antes de que sus enormes diferencias en energía física y adaptabilidad mental darían como resultado el colapso final del mago. Puesto que había sido el que los urgía constantemente a seguir adelante, Ronin había ignorado los signos de absoluto agotamiento en el rostro del otro. ¿Cuánto le habían arrebatado las terribles sondas de Freidal?, se preguntó.

Fuera, la tormenta agitaba la nave en un monótono abandono. Ronin intentó enfriar de tanto en tanto el rostro del mago con agua. El desnudo cráneo, que relucía cerúleo a la difusa luz del menguante día, parecía un constante recordatorio de su vulnerabilidad. Al atardecer la fiebre parecía más fuerte. Borros había dormido inquieto, sin comer absolutamente nada. Ahora deliraba, y Ronin estaba seguro de que si no se recuperaba pronto moriría.

No había nada que pudiera hacer, y esa impotencia le irritaba. Había registrado la cabina en un intento de hallar medicinas, pero pronto se dio cuenta de que no había forma alguna se saber para qué servían los polvos y las pociones que halló. Una mala elección podía matar al mago con más efectividad que cualquier fiebre. Así que dejó lo que había hallado en el cajón debajo de la litera, sin usar, sin querer saber lo que era. Borros no dejó de gemir mientras la tormenta chillaba en el aparejo.

Bruscamente oyó un seco ruido rechinante y fue enviado de bruces mientras la nave se inclinaba hacia un lado. El movimiento había cambiado, pensó mientras volvía a ponerse en pie. Y luego: ¡El Helor se lo lleve, hemos chocado contra algo!

Era cierto. Se dio cuenta de que la esbelta falúa se deslizaba ahora sobre el hielo en un precario ángulo oblicuo. Si no enderezo la nave, pensó, nuestro impulso combinado con su masa nos hará volcar.

Se echó la capucha sobre la cabeza y corrió escalerilla arriba, a través de la escotilla, y fuera a la cegadora tormenta. Agujas de hielo se clavaron en él, y los fuertes vientos desgarraron su torso. Sobre el chirriar de la tormenta oyó un rítmico y pesado restallar y, escudando los ojos, miró al otro lado de la cubierta. Un largo trozo del cordaje se había desprendido y estaba azotando el casco. No había ninguna visibilidad.

Se dirigió a popa, con la nave temblando mientras seguía avanzando en su rumbo oblicuo e innatural. Lentamente, sintió que la embarcación giraba de costado en la tormenta. Así que vamos a volcar, pensó. Siguió hacia popa mano sobre mano, avanzando cautelosamente por entre la mezcla de hielo y nieve que cubría la cubierta y le llegaba hasta los tobillos.

Una ráfaga de viento inclinó un poco más la nave, y su presa en el cordaje resbaladizo por el hielo se aflojó. Se tambaleó y resbaló por el hielo, y mientras su impulso iba haciéndose más intenso supo que iba a saltar por encima de la borda. Luchó por recuperar el equilibrio sobre la inclinada cubierta, no pudo, y tendió desesperadamente su enguantada mano hacia la regala. Vio con intensa claridad las escamas de la piel de makkon deslizarse, sin la menor fricción, a lo largo de la helada madera. Crispó su presa, sintiendo el poder del viento contra su cuerpo golpearle la borda, y fue arrojado hacia arriba como ingrávido por el costado, a la aullante tormenta, con el oscuro e indistinto hielo abriéndose ante él en una confusa visión allá abajo, tan cerca ahora. Su aliento se atoró en su garganta y su boca se cegó con el polvo de hielo en suspensión en el aire. Un fuego corrió por su brazo y penetró en su pecho mientras el viento tiraba de él, gimiendo y chillando, y se retorció en su feroz presa. Y a través de la bruma pensó: Ahora, ahora o con toda seguridad estaré perdido.

Calma en lo más profundo.

Impulso, pensó. Y lo usó. Con la tormenta rugiendo a su alrededor, utilizó sus últimas fuerzas, concentrándose en su mano con el guantelete, ejerciendo presión, con las escamas mordiendo ahora a través del hielo, consiguiendo finalmente su presa. Y el viento seguía golpeándole.

Pero ahora tenía una palanca y, utilizándola, dejó de resistirse al poderoso tirón de la tormenta, se relajó en él, dejando que hiciera oscilar su cuerpo. En lo más alto del arco, empujó. Alzó los pies, las piernas, el torso, y se aferró a la regala con las botas, sintiéndolas deslizarse a lo largo de su helada parte superior. Consiguió pasar una bota por encima y la aferró con su pierna hasta que la segunda estuvo también por encima, y estaba de nuevo a bordo, trepando cuidadosamente a cubierta.

Se deslizó jadeante a lo largo de la cubierta superior de popa, recordando lo que había visto mientras volvía a bordo. Justo a babor, por la parte de popa, el casco de la nave presentaba una gran brecha. ¿Contra qué hemos golpeado?, se preguntó.

Dejó el pensamiento a un lado mientras se dirigía al timón, dándose cuenta de que había perdido un tiempo precioso porque todavía seguían avanzando ladeados. La cuerda que mantenía el timón en su rumbo se había roto. Aferró la curvada madera y se inclinó contra ella con todas sus fuerzas. Inspiró profundamente, intentando restablecer sus energías, sintiendo que le ardían los pulmones, y su aliento creó densas bocanadas de vapor ante él. El viento aullaba en su rostro y la falúa se estremeció mientras luchaba por enderezar su rumbo. Empujó con los pies, tirando del timón, utilizando la masa de su cuerpo, y finalmente oyó el agónico chirriar del metal contra el hielo cuando los patines lucharon contra la fricción y la tormenta para girar. Sus músculos se contrajeron a lo largo de sus brazos y espalda y piernas.

La nave quedó congelada en su arco; ya no giraba hacia estribor. Pero todavía se deslizaba oblicuamente, y supo que no podía forzar más el timón, que sólo había una posibilidad ahora antes de que una feroz ráfaga atrapara el casco de costado y les hiciera girar por completo hacia la tormenta.

Halló rápidamente otro trozo de cuerda y sujetó la rueda del timón en su lugar. Luego, mano sobre mano, fue hacia el mástil. Sus manos se movieron diestramente en los nudos, desplegando la vela de tormenta. Tiró de la verga, manejó el aparejo, fijó la vela de tormenta.

Una lluvia de hielo cayó sobre él, pesadas masas, negras y dentadas como metal estallado, haciéndole caer de rodillas, con las suelas de sus botas resbalando en el hielo. Las cuerdas escaparon de sus manos y la embarcación dio un salto adelante, con un estremecimiento, cuando la vela de tormenta recibió todo el impacto del viento.

Intentó ponerse en pie, resbalando en el hielo mientras la tormenta golpeaba la nave, y no lo intentó de nuevo. En vez de ello se sentó, apoyando la espalda contra la cubierta superior de babor, las suelas de las botas clavadas en la base del mástil. Había recuperado el cordaje y ahora estaba tirando de él, tirando para mover la verga hasta el ángulo adecuado.

Se convirtió en uno con la nave. Todos los crujidos y gemidos de las juntas bajo tensión, el retemblar del casco, la increíble tensión zumbante del mástil mientras cedía al viento y así proporcionaba su avance a la embarcación, todo aquello eran ahora extensiones de sus brazos y sus manos y sus dedos mientras luchaba por la vida de la nave.

Y lentamente la cruceta osciló, moviéndose centímetro a centímetro hacia la posición requerida. No fue un proceso firme porque la tormenta rugía a su alrededor, sino sacudido por ráfagas y extraños momentos de tensión, de modo que tenía que ser extremadamente sensible a todas las corrientes.

Al principio, tan poco a poco que ni siquiera fue consciente de ello, la popa empezó a girar a babor. Pensó entonces en que podía derrumbarse a causa del agotamiento antes de ver algún cambio, y en aquel instante suspendido de tiempo lo notó. Como los primeros efectos de un potente vino, una sensación de abrumadora alegría calentó su pecho, y una nueva fuerza fluyó a sus rígidos brazos.

Finalmente ató el cordaje a su lugar y fue a popa a reorientar el timón. Una vez allá, tuvo tiempo de echar un vistazo por el costado de la nave a la brecha en el casco. Curioso, pensó, el daño está muy arriba. Si hubiéramos chocado contra un afloramiento rocoso, la marca hubiera estado más abajo. ¿Contra qué podemos haber golpeado? Echó otra rápida mirada y llegó a la conclusión de que el daño no era serio. De todos modos, no podían permitirse que volviera a ocurrir.

El día se estaba acabando. El color púrpura se había hecho más profundo, ahogando las tonalidades grises de la larga tarde. Y la oscuridad estaba adueñándose de todo con una totalidad que era abrumadora. La tormenta seguía con toda su violencia, y a todo su alrededor el hielo y la nieve torbellineaban mareantemente. Justo antes de ir abajo, se dirigió a proa y arrió la vela de tormenta, asegurando la verga. Dudó unos momentos, pero al final tuvo la sensación de que era más seguro capear la tormenta sin la vela.

—Debe decírmelo.

—Espera, amigo mío. Espera.

—Borros, ya ha muerto demasiada gente por esto. Necesito respuestas.

Ya casi era el amanecer. Una débil luz perlina penetraba incipiente por las gruesas portillas de la cabina. Durante la noche la fiebre había remitido, y desde entonces Borros había empezado a respirar más fácilmente, el resollar había desaparecido de sus pulmones y garganta, las inhalaciones se habían hecho más profundas y regulares. Cuando despertó tras el punto álgido de la fiebre, había bebido el cálido líquido que Ronin le había preparado, tragándolo ansiosamente y pidiendo más.

—Un poco más tarde —le había dicho Ronin.

Borros permaneció tendido de espaldas por unos momentos, agotadas todas sus energías, y se había hundido en el profundo sueño que su cuerpo le exigía. Justo ante del amanecer había despertado de nuevo, al parecer más fortalecido. Sus ojos eran limpios y el color de su rostro era casi normal.

—¿Cuánto tiempo?

—Un ciclo. Un día y una noche.

Se pasó una delgada mano por el rostro.

—¿Crees que puedo beber algo?

—Por supuesto. —Ronin le ofreció un cuenco—. Pero no demasiado.

El silbar y el gemir del viento, el ahogado golpetear de los cristales de hielo contra el casco.

—¿Sabes? —dijo Borros al cabo de un rato—. He soñado durante tanto tiempo con la Superficie, he imaginado tantas veces como sería, hasta el último detalle quiero decir, he deseado verme libre del Feudofranco desde hace tanto..., y luego, durante el tiempo que estuve con Freidal, sólo deseé morir aquí arriba... es por eso por lo que no le dije nada, porque sabía que si lo hacía moriría en aquel agujero, y eso me aterraba más que cualquier otra cosa... —Se estremeció y cerró los ojos. Miró cansadamente a Ronin—. ¿Puedes entenderlo?

Ronin asintió.

—Sí. Creo que sí.

Habían empezado a hablar e, inevitablemente, surgió el tema del pergamino.

—Respuestas, Borros.

—Sí, muchacho, de acuerdo. Pero sólo puedo decirte lo que sé. —Suspiró profundamente—. El pergamino es alguna especie de clave. Los escritos hablan de él como una puerta al único camino que posiblemente consiga detener al Dolman. Está destinado, dice, a regresar al mundo. Primero el cambio de las leyes, luego los makkons y la reunión de sus legiones y finalmente, cuando los cuatro makkons estén todos allí, llamarán al Dolman. Son sus guardianes, sus escoltas, sus mensajeros, sus batidores. De todas las criaturas a sus órdenes, sólo los makkons se comunican directamente con él. Una vez los cuatro estén aquí, su poder se multiplicará. Eso es todo lo que me dijeron los escritos.

—¿Y dónde está previsto que aparezcan?

—Ah, a eso puedo responder con más seguridad. Vamos al sur; al continente del hombre. Allá confío en poder hallar a quienes puedan traducir el pergamino de dor-Sefrith.

—¿Y si no?

—Si no, Ronin, entonces el Dolman reclamará el mundo y el hombre dejará de existir.

Ronin pensó un rato en aquello. Finalmente dijo:

—Borros, dígame una cosa. Si golpeáramos un saliente rocoso que brotara de la superficie del hielo, nos rasparía en la parte baja del casco, ¿verdad?

El mago pareció desconcertado.

—Bueno, sí. Supongo que sí. Es muy poco probable que el clima permita que se desarrollen formaciones de hielo muy altas. ¿Por qué?

—No, por nada —dijo Ronin, dándose la vuelta—. Por nada en particular.

Era casi oscuro cuando ocurrió. Llevaban tanto tiempo con la estática de fondo de la tormenta que al principio pensaron que se habían quedado sordos, y hasta que el ruido blanco no llenó completamente sus oídos no se dieron cuenta de lo que era. La tormenta se había agotado a sí misma, dejando tan sólo el incierto silencio del mar de hielo.

Ronin ayudó a Borros a ponerse su traje azogado y subieron juntos a cubierta. Al este, bancos de oscuras y grávidas nubes llenas de humedad y relámpagos cubrían el cielo, y sobre sus cabezas rodaban los restos de nubes de tormentas, los últimos chasqueantes estandartes deshilachados; pero al oeste el aire estaba limpio, el largo horizonte virtualmente sin la menor interrupción, coloreado por una jiba de sol que se hundía como una hinchada ascua en un muriente fuego. El cielo era del color de las cenizas frías, teñido de magenta y rosa alrededor del arco del sol. Y luego el sol desapareció, y la noche cayó sobre ellos tan rápidamente que pareció como si el sol nunca hubiera estado allí. Ronin retuvo la imagen del anochecer en su memoria, con el corazón aliviado tras tantos días de ininterrumpido grisor y claustrofóbico blanco.

Procedieron a limpiar la cubierta de los restos de la tormenta. Pero Borros todavía estaba débil y se vio obligado a detenerse, y aprovechó para ir a popa y comprobar el timón y su rumbo. Mientras hacía esto, Ronin guardó la vela de tormenta y se dedicó a desplegar la más grande vela principal. Apenas izada, captó de inmediato la fuerte brisa y se hinchó. Partieron hacia adelante como una flecha disparada por un arco. Un surtidor de hielo azul brotó de la proa.

—¡Ronin!

Un grito de desesperación.

Y supo de qué se trataba antes incluso de volver su cabeza a popa; lo supo desde el momento en que se esforzaba en volver a bordo durante la tormenta y vio la brecha alta en el casco. Demasiado alta para cualquier afloramiento rocoso o de hielo, pensó. No golpeamos contra nada. Algo nos golpeó a nosotros. Volvió la cabeza y entonces lo vio.

Borros gritó de nuevo. Ambos se quedaron mirando hacia popa. Tras su estela, en el horizonte que se iba aclarando, a la plateada luz del durmiente sol, reflejada contra el hielo, se silueteaba la inconfundible forma de una vela latina.

—¿Lo ves?

Delineada por unos instantes, parpadeó fuera de su vista con los últimos jirones de luz, con un reflejo siniestro.

—¡Te lo dije!

Ahora no había tiempo para aquello. Era realmente una nave hermana de su falúa, ahora quizás a medio kilómetro tras ellos y acercándose. ¿Era posible que hubieran aligerado de algún modo la embarcación?, pensó Ronin. ¿Y cómo nos han encontrado en medio de este enorme mar de hielo? Cierto, sabían exactamente nuestro punto de partida; sabían que nos dirigiríamos directamente al sur. Sin embargo, aquello seguía inquietándole. Miró al lugar donde había visto la vela por última vez. La tormenta, meditó. La tormenta debería de haber hecho aquello imposible. Nos sacó de nuestro rumbo; y seguramente a ellos también. ¿Cómo podían estar tan cerca ahora, cuáles eran las posibilidades...? Se encogió resignadamente de hombros y dejó de pensar en ello. No importaban las razones, están simplemente detrás de nosotros.

El mago era un hombre hábil. Hubieran sido cuales hubieran sido sus otras lecturas, de alguna forma había conseguido aprender mucho sobre navegación. Este conocimiento le fue muy útil ahora. Con la nave hermana dándoles caza, los orientó con el viento de modo que, con Ronin usando sus músculos para mantener la verga en el ángulo adecuado, atraparon cada soplo de viento, usándolo en su mayor provecho y adquiriendo la máxima velocidad posible. Era todo lo que podían hacer. Aquí en la ilimitada extensión del mar de hielo, sin siquiera un asomo de tierra en el horizonte, las maniobras evasivas eran inútiles. Pero eso no parecía ser suficiente, pensó Ronin mientras deslizaba la cuerda por su polea de modo que la verga girara varios centímetros a estribor.

—Podemos superarles —dijo Borros desde su posición a popa, al timón.

Ronin pensó que no. ¿Cómo consigue Freidal manejar esa nave?, se preguntó. Incluso con sus daggams; ¿acaso tienen conocimientos de navegación? Pero no era más que otra pregunta sin respuesta. En cualquier caso, pensó salvajemente, en el fondo no creo que desee huir de ellos; tengo una cuenta pendiente con Freidal. No me importa lo que diga Borros.

—No es tanto la muerte lo que temo —dijo Borros—. Es todo lo que vendrá antes de ella. —El miedo se asomaba a sus ojos, dándoles un aspecto abultado y vitreo—. Tú no eres más que un espadachín; se limitarán a atravesarte con sus armas. En cuanto a mí —dijo con voz densa—, tendré que soportar todo eso una vez más. —Sus delgados labios se estremecieron—. No puedo. No puedo.

A regañadientes, Borros fue abajo. Apenas había transcurrido la mitad de la noche pero casi se había derrumbado sobre cubierta, y no tenía otra elección. Su cuerpo lo traicionaba pese al abrumador miedo en su mente.

—Vaya a dormir —le había animado Ronin mientras le ayudaba a bajar la escalerilla a la cabina—. Aquí estará seguro.

El mago le había mirado sardónicamente.

—Eres como todos los de tu clase —dijo secamente—. Todos los espadachines se creen invencibles; hasta que se dan cuenta de que la vida se les escapa por los agujeros.

Ahora, en el silencio de la noche, Ronin permanecía de pie junto al vibrante mástil, sin apenas darse cuenta del delicado sisear de los patines contra el hielo, los diminutos sonidos del aparejo. Miraba al frente a la oscuridad, profunda como la obsidiana, negra como el basalto; su mente en acción.

Freidal, loco, defiendes la muerte. El Feudofranco ya no existe. Los planes de los saardins para un mayor poder, un poder tan hueco como esta nave. Los Niveles inferiores son un caos, los trabajadores están locos y desamparados. Y tú has jurado defender las leyes de ese lugar.

Freidal, asesino, tú destruiste a Stahlig, lentamente, alegremente, estrujando su vida fuera de él, haciendo crecer su terror hasta que su corazón estalló. También has destruido a Borros; todavía vive, pero ya no es el mismo hombre; vive con un miedo total a tu venganza. Y quisiste destruirme a mí; lo vi en tu rostro, tallado con tanta claridad como un estilo graba la cera caliente, cuando me capturaste tras mi regreso de la Ciudad de los Diez Mil Senderos. Ya habías enviado a tus esbirros tras de mí: en el Pozo con K'reen, mi amada, mi hermana, en la Sala de Combate con Marcsh. Ahora vienes de nuevo a por nosotros. Bien. No huiré, porque éste es el momento en que nos enfrentamos, tú y yo, en Combate.

A la pálida primera luz, con el cielo convertido en una plumosa concha de madreperla, Ronin se apoyó fuertemente sobre el timón.

El sol derivó a estribor cuando la proa giró en redondo, describiendo el inicio de su largo arco, y poco después apuntaba directamente a la vela de su nave hermana.

Prepárate ahora, llamó Ronin en silencio a Freidal. El tiempo casi ha terminado.

Se acercaron con una terrible rapidez, Ronin guiando su nave desde el sudeste. Los contornos de la otra nave crecieron bruscamente a la creciente luz desde el inofensivo tamaño de un juguete. El día estaba cubierto, con capas de nubes estratificadas, blancas al amanecer. Una extraña luz cubría la escena, oblicua y de alguna forma dura a medida que el sol se arrastraba hacia arriba desde el horizonte, hasta el punto en que cada borde tenía una sombra como la hoja de una espada y todas las formas se volvían angulosas.

Ahora podía discernir figuras oscuras en la cubierta de la nave hermana, ropas oscuras aleteando al viento, rostros blancos mirándole intensamente. Luego hubo el más breve destello de luz fría, tenue como un rayo, y su mirada fue a la alta y delgada figura en la proa. Supo incluso antes de que sus rasgos se precisaran que era Freidal. El falso ojo del saardin de Seguridad había captado la luz del naciente sol en el momento en que apareció momentáneamente por entre la capa de nubes y lo había reflejado directamente a él.

Ronin giró más su nave, sintiendo que la adrenalina crecía en él ahora que estaba seguro de que era Freidal quien los perseguía, giró hasta que se situó paralelo a la otra embarcación. Ahora aceleraron sobre el mar de hielo, unidas la una a la otra con mayor seguridad que si fueran físicamente una sola nave.

Ronin observó, exteriormente impasible, mientras Freidal se dirigía lentamente a popa hasta situarse casi en el centro de la nave. Su ojo derecho, el auténtico, le miró llameante.

—Por supuesto que estabas detrás de esto —dijo Freidal a través de la helada extensión mientras las dos naves derivaban acercándose—. He venido a por ti, señor; a por ti y a por el mago. Escapó a mi custodia. —Los ojos de Ronin escrutaron la otra nave. ¿Cuántos hombres?—. Fuiste arrebatado de mí, pero todavía tengo muchas preguntas que hacerte. —Por supuesto, dos daggams. ¿Había más abajo?—. La Superficie está prohibida a todo el Feudofranco. He sido encargado de vuestro regreso. — Serán los mejores espadachines bajo su mando; ahora no me subestimará—. El saardin desea interrogarte. —Olvida al escriba, con la tablilla sujeta a su cintura, el estilo raspando su superficie, registrando para Freidal—. Desgraciadamente, ninguno de los dos sobreviviréis al viaje de vuelta. Ya no me preocupa con quién estuviste o lo que hiciste. —Su ojo bueno parpadeó y ardió—. Mis daggams son sacrosantos; nadie los ataca sin sufrir las consecuencias. Rompiste la espalda de Marcsh. Ahora pagarás por ello. ¡Te aguarda la muerte sin honor, señor!

Ronin oyó un grito a bordo de la nave, vio la cabeza y los hombros de Borros emerger por la escotilla de la cabina.

—¡Oh, Congelación, nos han atrapado!

Ronin se crispó.

—¡Vaya abajo! —aulló—. ¡Y quédese allí hasta que yo vaya a buscarle!

El mago miró a la alta figura del saardin de Seguridad, tan cerca ahora al otro lado de la cada vez menor distancia de hielo, paralizado por el terror y el furioso rostro.

—¡Morirás, señor! —gritó Freidal.

—¡Vaya abajo! —gritó una vez más Ronin, y la figura desapareció. La escotilla se cerró de golpe.

Las dos naves gemelas avanzaban impulsadas por el viento, y ahora Freidal hizo una seña a los daggams, que alzaron cables con garfios de metal negro, los hicieron girar sobre sus cabezas, los lanzaron hacia él. Golpearon la cubierta y tiraron de ellos, y los garfios arañaron la madera hasta que la mordieron y prendieron en ella.

Ahora las dos embarcaciones casi se tocaban y, asegurando los cables, los daggams saltaron a las regalas. Ronin sujetó la rueda del timón en su lugar mientras subían a bordo. Freidal permaneció en pie silencioso, con su falso ojo una esfera lechosa; el escriba estaba inmóvil, con el estilo preparado.

Eran altos, con anchos hombros y brazos largos. Sus rostros eran brutales, fieros pero no carentes de inteligencia; uno delgado y anguloso, el otro con una nariz ancha sobre los aplastados planos de sus mejillas. Llevaban triples dagas con empuñadura de bronce enfundadas en una hilera oblicua sobre sus pechos; largas espadas colgaban de sus costados.

Para Ronin fue un momento de deliciosa hambre, esos últimos instantes de inmovilidad antes del combate, cuando la energía fluía desde dentro de él, controlada y canalizada. Se lamió los labios y extrajo su hoja. Avanzaron sobre él. Ahora la espera había terminado.

Avanzaban sobre el hielo, con la blanca estela de su rápido paso convertido en un arco iris a la luz, las cubiertas oscilando, las naves unidas en un abrazo que ahora sólo la muerte podía romper.

Eran un equipo. Avanzaron hacia él desde ángulos distintos, pero al mismo instante, buscando confundirle. Las hojas atraparon la luz del sol naciente y, puesto que observaba atentamente su avance, se vio momentáneamente cegado, sus ojos se llenaron de lágrimas, y fue el instinto lo que guió su parada, con la espada alzada y trazando un amplio arco. Paró uno pero falló el otro y recibió un tajo en el hombro, ya no podía hacer nada por evitarlo. Los nervios se entumecieron y la sangre empezó a brotar. El daggam sonrió y avanzó.

Todo, decía la Salamandra, todo lo que ocurre durante el Combate puede ser usado en tu provecho si sabes cómo. Un brazo fuerte sólo sujeta la espada; la mente es la fuerza que la guía. Ahora estaban más confiados, viendo lo fácil que había sido alcanzarlo, y se lanzaron hacia él en tándem, con precisión coordinada, cortando y tajando, haciéndole retroceder en su intento de disminuir el número de ángulos desde los cuales podían atacarle. Pasaron la cabina mientras avanzaban a lo largo de la nave. Deja que tu oponente haga los primeros movimientos si no estás seguro de sus habilidades; en sus acciones hallarás la victoria.

Y así le hicieron retroceder mientras catalogaba sus estrategias ofensivas, atacando ocasionalmente para evaluar sus defensas. Eran excelentes espadachines, con estilos poco ortodoxos, y carecía de espacio para atacarlos a la vez con efectividad.

Los dividió en medio de la nave, utilizando la verga como barrera. Lo hizo muy rápidamente, porque no eran estúpidos y contraatacarían casi inmediatamente. Casi. Tenía sólo una posibilidad, y se lanzó rápido al cara cincelada, lanzando un mandoble con las dos manos que hendió la cintura del daggam justo debajo de las costillas. Sus entrañas relucieron húmedas cuando se desparramaron sobre la cubierta. Su boca se abrió en una silenciosa protesta, tan rápido había sido el golpe, y su lengua asomó, estremecida. Sus ojos se desorbitaron mientras su cuerpo se colapsaba, con la sangre brotando caliente y congelándose casi al instante sobre la fría cubierta.

Pero ahora el segundo daggam se lanzó contra él por debajo de la barrera temporal de la verga, furioso por haber sido separado de su compañero. Ronin paró su primer ataque, apartándose del centro de la nave, hacia la regala del otro lado de donde habían sido lanzados los garfios. El segundo daggam había mirado brevemente a su caído compañero y, notando esto, Ronin mantuvo sus golpes bajos de modo que el daggam de rostro plano supusiera que intentaba atacarle en el mismo punto. Sus hojas entrechocaron, brotaron chispas cuando rasparon la una contra la otra, luego se separaron, sólo para chocar de nuevo en mitad del aire. Ronin paró de nuevo y luego, en vez del golpe oblicuo con el que había estado atacando, esgrimió su hoja en un arco horizontal. El daggam levantó su espada demasiado tarde, y la cabeza de rostro plano, seccionada a la altura del cuello, voló lejos del estremecido cuerpo y aterrizó a menos de un metro de donde estaba Freidal en la otra nave. Ronin empujó el cadáver con su borbollón de sangre en el cuello, lo envió por encima de la borda, y alcanzó la regala de la nave. Saltó, aterrizando con las suelas firmemente plantadas en la cubierta de la nave de Freidal.

El aparejo vibró, cantando lúgubremente en la brisa cuando el saardin de Seguridad se volvió para enfrentarse a él, con el apretado casquete de su negroazulado pelo brillando intensamente y su largo y delgado rostro girando como el de un depredador. Se llevó la mano al pecho; un asomo de movimiento, y si Ronin hubiera mirado estaría muerto. Pero ya se estaba girando cuando el asomo de movimiento llegó a él, silbando cuando pasó justo allá donde había estado unos momentos antes. Y estaba al otro lado de la cubierta, la espada alzada, las rodillas ligeramente dobladas, buscando con su visión periférica otros posibles daggams. Dejó a un lado al escriba, solitario e inmóvil, con el estilo apoyado para cuando las palabras y no las armas llenaran el aire. Su capa aleteaba sordamente al viento; excepto esto, se hubiera podido decir que estaba tallado en piedra.

—Ah, señor, por fin has venido a mí. —El estilo se puso en movimiento, y él se movió también, trazando un somero arco de modo que pudiera observar toda la longitud de la nave—. Primero hay que soltar un poco de carnaza. —La voz carecía de toda emoción—. Una regla básica de la lucha—. Más allá el crujiente mástil, la tensa vela—. Ablanda a tu enemigo con un ataque preliminar. —Cuidado con la verga, un leve giro—. Gasta sus energías con los soldados. —Más allá de los rollos de cuerda, los barrilitos bien sujetos, el mástil de repuesto fijado a babor—. Entonces llega la elite. —Resbaladizas manchas de hielo cerca de la regala de estribor—. Para terminar la tarea. —Shhhhhh, los patines hendiendo el hielo allá abajo—. Un plan admirable, señor, ¿no estás de acuerdo?

El rostro más cerca de lo esperado, blanco, la boca de finos labios, larga y cruel, crispada en una sonrisa.

—¡No demasiados problemas para matar a un traidor! —Las dos dagas restantes atraparon la luz allá donde estaban sujetas, desnudas, a su pecho, Freidal, saardin y chondrin en un solo hombre—. El Feudofranco no puede tolerar a los que son como tú. Eres una enfermedad que tiene que ser erradicada. ¿Sabes?, no puedo permitir que regreses al Feudofranco. —Finalmente extrajo su gran espada—. Ahora te aplastaré; con gran cuidado e igual habilidad, prestando atención a los puntos más delicados. —Se retorció de costado hasta que sólo presentó su hombro derecho, dejando a Ronin el blanco más pequeño para atacar—. De dolor. —Avanzó oblicuamente—. Y miedo.

El primero fue un golpe hacia abajo, retorciendo en el último momento; el segundo un tajo horizontal de enorme potencia que llegó desde la dirección opuesta. Ronin los paró ambos, y luego Freidal tenía una daga en su mano izquierda, sujetándola delante de él, la punta inclinada hacia arriba.

El escriba les observaba impasible mientras avanzaban lentamente a lo largo de la cubierta en una extraña danza mortal. Estaban un poco más adelante del centro de la nave cuando la bota de Ronin golpeó algo en cubierta y trastabilló. En aquel momento, con sus ojos fijos todavía en el rostro de Freidal, vio el más leve destello en el ojo bueno del saardin y, en vez de intentar recuperar el equilibrio, relajó su cuerpo y se dejó caer a cubierta. Oyó el furioso silbar cuando la daga se enterró en la madera de la regala encima de su cabeza.

Ahora ya sólo le quedaba una, pero podía ser suficiente, de modo que tenía que recuperarse inmediatamente antes de que Freidal reaccionara, así que saltó hacia la alta figura que gravitaba sobre él. La nave se estremeció en una fuerte y repentina ráfaga de viento y el saardin, moviéndose para compensar, evitó el golpe directo del puño de Ronin enfundado en su guantelete. Raspó su mejilla, eludiendo el pómulo que de otro modo hubiera resultado roto, arrastró consigo fragmentos de piel, y hendió la comisura de su boca al final del arco. Echó bruscamente la cabeza hacia atrás, retrocediendo mientras Ronin pasaba por su lado, con el impulso arrastrándole a la regala de babor, golpeándole en las costillas, cortándole la respiración. Jadeó e intentó no doblarse sobre sí mismo. Freidal se limpió la sangre que brotaba de su desgarrado rostro en largas gotas y lanzó un golpe con ambas manos. Una bruma había descendido sobre Ronin, y con sólo su audición ahora, sin acabar de comprender plenamente lo que estaba ocurriendo, alzó su puño con el guantelete, con la escamosa piel del monstruoso makkon convertida ahora en su única defensa. La hoja golpeó el guantelete, y su dura y peculiar superficie onduló con movimiento propio. Absorbió buena parte de la fuerza del golpe, y la espada resbaló contra las escamas como si estuvieran aceitadas, el golpe asesino fue desviado, y se clavó en el hombro ya herido de Ronin. El dolor lo despertó y giró, apartándose de la regala, con la sangre resbalando como un pañuelo carmesí en su hombro, y, asegurando su presa sobre la empuñadura de su espada, se apartó tambaleante de la regala mientras Freidal contemplaba incrédulo la mate piel del guantelete.

Su ensangrentado rostro se retorció furioso y se lanzó en un golpe bajo y rápido, y sus hojas entrechocaron como un airado trueno. Ronin se mantuvo cerca de el, y ahora el saardin intentó retroceder como si se viera obligado a ceder ante el ataque de Ronin. Pero Ronin sabía que era un truco, sabía que lo único que deseaba era espacio para lanzar la última daga. Ronin se lanzó sobre él, acorralándolo contra el mástil. Freidal sujetó la brillante empuñadura de la daga y el guantelete de Ronin se cerró sobre ella. Sus hojas se trabaron, raspando filo contra filo en toda su longitud. Freidal intentó soltarse, retorciendo su cuerpo, y consiguió liberarse de la presa de Ronin y retirar la daga. Se movieron al unísono, como provocados por el mismo impulso. La brillante hoja de la daga avanzó hacia él, y no pudo evitarla porque Freidal no la lanzó como Ronin había supuesto que haría sino que cortó con ella, y el impulso de Ronin lo llevaba hacia él. Freidal había apuntado al cuello y falló, la punta golpeó la clavícula de Ronin, rasgando la piel. Y entonces Ronin estuvo más allá de él, una oscura mancha imprecisa, su espada alzada ahora a la inversa de modo que la hoja estaba tras él. Clavar los pies en el suelo, inspirar profundamente, girar la masa del cuerpo, empujando desde los tobillos, la espada golpeando como un relámpago vivo al saardin, que justo acababa de volverse para hacer frente a Ronin, la punta penetrando violentamente en su boca. Se produjo un grito burbujeante que se cortó con brusquedad. Un giro de la hoja y Ronin estaba pivotando, la espada alzada sobre su cabeza para otro golpe. Era blanca a la luz, oscurecida cerca de la punta con pequeños riachuelos rojos.

Freidal se estremeció sobre la cubierta, con la parte inferior de su rostro cubierto por sus manos y brazos. Había sangre por todas partes. Luego todo quedó en silencio y Ronin alzó la vista, esperando más daggams. La cubierta estaba vacía excepto el escriba. Se quedó allí inmóvil, observando acercarse a Ronin.

—Has escrito tu última línea.

El estilo descendió a la superficie de la tablilla, garabateó algo allí. Ronin lo dejó, fue a popa y abrió la escotilla de la cabina. Bajó la escalerilla hasta la cabina. Nadie.

Cruzó la cubierta para saltar la regala y, agachado momentáneamente allí, se volvió. Allá atrás, como una confusa masa de mármol, Freidal estaba allá donde lo había dejado. El escriba no se había movido. Ronin escrutó por última vez su impasible rostro, luego, con un largo salto estuvo a bordo de su propia embarcación. Con un fuerte golpe cortó los cables que mantenían unidas las dos naves. Se partieron y, sin rumbo fijado, la falúa hermana se separó gradualmente por babor, hacia el este, haciéndose más y más pequeña, hasta convertirse sólo en un recuerdo.

Borros no le creyó, por supuesto, pero era de esperar; no le preocupó.

—Está muerto —dijo Ronin mientras recorría arriba y abajo la cabina—. Créalo o no, como usted quiera.

El sol se estaba poniendo detrás de cortinas de ciegas nubes, incoloras, informes; un desalentador final para otro día. Justo antes de ir abajo, Ronin había mirado hacia el oeste, creyó ver la silueta de tierra firme, pero no pudo estar seguro. De todos modos, no importaba mucho.

—Todavía nos queda mucho camino que recorrer —dijo Borros algo bruscamente, cuando Ronin le dio la noticia—. Y no creo que esté muerto.

—Quizá quiera que demos la vuelta y asegurarse —dijo Ronin ácidamente.

—Si tuviéramos tiempo, insistiría en ello —respondió obstinado el mago—, para poder patearle la cabeza.

—Por supuesto que lo haría. Ahora.

—No lamento —dijo Borros con un rastro de fariseísmo— carecer de tu celo para el Combate.

Ronin se sentó en su litera y, tras encontrar el material adecuado, empezó a limpiar la hoja de su espada.

—Mi celo para el Combate, como dice, es toda la protección que tiene en estos momentos.

—De la venganza del Feudofranco. Su poder se halla severamente limitado ahora que estamos en la Superficie.

Un filo después del otro, hacia arriba hasta la punta.

—No decía usted lo mismo esta mañana.

—Ronin, todavía no lo comprendes. Llevamos encerrados desde hace generaciones, el progreso controlado, ahogándonos en nuestros propios detritos. —Un nervio en el rostro de Borros empezó a agitarse espasmódicamente—. Eres tan producto de ello como Freidal. Te sientes orgulloso de ser un espadachín —la voz adquirió un tono seco y pedante—, un estilo de vida artificial creado por el Feudofranco. —Su mano describió un gesto amplio—. Es totalmente inútil aquí.

—No lo ha sido hasta ahora.

—Sí, búrlate de mí. Lo que quiero decir es que pronto deberemos alcanzar el continente del hombre. Habrá una sociedad civilizada. El hombre ha aprendido ya las más amargas lecciones de las guerras de la hechicería...

Ronin se puso en pie.

—¿Qué es lo que teme, viejo?

—¿Yo? —Los grises ojos llamearon momentáneamente—. Temo la espada que esgrimes y el brazo que la esgrime. Debo hablar claramente. Temo que tu presencia pueda poner en peligro nuestro contacto con la civilización. Soy un hombre de ciencia y conocimiento; he estudiado mucho. Me escucharán, pero a ti..., tú eres un bárbaro para ellos. El instinto de la sangre corre fuerte en ti, y son muchas las posibilidades de que interpretes mal un movimiento o un gesto y alguien pueda morir.

—Entonces no me conoces en absoluto.

—Sólo sé que eres un espadachín, y eso es suficiente. Todos sois iguales; sólo sabéis hacer una cosa.

—Dígame —preguntó Ronin, mientras subía la escalerilla—, ¿cómo se las hubiera arreglado en la Superficie sin mí? —Y salió a la noche.

Su trémula luz se derramaba como pálidos pétalos sobre el mar de hielo, sobre la cubierta de la nave, sobre los hombros de Ronin. Abrió los ojos —pestañas, cejas, rala barba orlados de escarcha— a los rosas y amarillos azafrán que estriaban confusamente el sur. Aún medio dormido, sintiendo todavía el onírico calor del suave y musculoso cuerpo de K'reen temblando debajo de él, aún inhalando el perfume de su pelo, extendido como un oscuro bosque delante de él, volvió su cabeza para contemplar la cascada de rojo-naranja-oro al este mientras el sol se alzaba detrás de unas bajas nubes lacadas en el horizonte. Sobre él la bóveda estaba despejada de nubes, inmensa, cerúlea y translúcida, abierta a él por primera vez.

Durante un largo momento permaneció como aturdido. Luego se levantó y estiró sus anudados músculos, calentándolos con el movimiento. Cruzó hasta estribor y contempló la tierra extenderse ante él quizá a cuatro kilómetros de distancia. Extrajo un puñal de su cinturón y se rascó pensativamente las patillas mientras contemplaba la visión; era bueno ver tierra de nuevo tras tanto tiempo en el centro de la nada. Inspiró profundamente. El aire era fresco y vivificante, con un quebradizo frescor que no era desagradable, mucho más apreciable tras la opresión de la tormenta.

—Tierra al fin —dijo Borros a sus espaldas.

Ronin se volvió.

—Sí.

Enfundó el puñal, tomó la comida que el mago le ofrecía. El viejo parecía de alguna forma más bajo a la luz del nuevo día, como si su aventura en la Superficie lo hubiera encogido. Ronin creyó poder ver nuevas arrugas surcando el tenso rostro amarillento, bajo las almendrados ojos, en las comisuras de la boca curvada hacia abajo. Contemplaba el ovalado sol que, tras abandonar su baja cubierta de nubes, estaba ascendiendo en el cielo con la laxitud de la edad.

—Estamos más al sur de lo que jamás hubiera esperado.

—Pero seguimos teniendo hielo —dijo Ronin, señalando la baja orilla jibosa, cubierta completamente con hielo y nieve.

—Sí, bueno, es de esperar durante un tiempo. Pero la tormenta nos impulsó mucho más allá de lo que hubiera sido posible de otro modo. ¿No puedes notar que la temperatura sube? Lo hace tan lentamente que apenas puede apreciarse la diferencia. Y creo que el hielo también está siendo afectado. Mira ahí, la diferencia de color; su espesor disminuye.

El viento había menguado algo, y avanzaban suavemente por el mar de hielo, con algún soplo ocasional hinchando la vela. Ronin permanecía sentado contra la regala de babor, afilando el doble filo de su espada, sintiendo el pulsante latir de la reconfortante luz del sol.

Borros estaba en el centro de la nave, comprobando el mástil y la verga de repuesto y limpiando los últimos residuos de hielo y nieve helada de cubierta.

La calma se había arrastrado sobre ellos durante todo el día, una laxitud líquida, soñolienta en su cálida quietud, que ambos agradecieron como un respiro a la tensión de su viaje desde su descenso de la meseta de hielo. Ahora se contentaban con derivar en la larga tarde sin hablar o siquiera pensar.

Tomaron abajo una cena fría y luego regresaron a cubierta justo antes del anochecer. Los acantilados de hielo y nieve a estribor habían cedido paso a regañadientes a unas menos impresionante caras rocosas escarlatas y grises. La nieve todavía era abundante, pero por primera vez la tierra parecía ser capaz de alzarse de debajo de la alfombra blanca. Más lejos, con un aspecto aplanado a la oscura bruma del atardecer, una intensa línea de montañas cruzaba el horizonte, de un color violeta profundo, con las cumbres cubiertas de nieve, escabrosas e indómitas, envueltas en una bruma malva y lavanda. Bruscamente el sol se hundió en sus cimas, la luz recortó bruscamente sus picos, y de pronto se convirtieron en siluetas de papel negro sobre un fondo carmesí.

Ronin lo oyó justo cuando el borde superior del hinchado sol desaparecía tras las montañas. Estaba en medio del barco e inmediatamente corrió hacia babor. Borros estaba en la proa, buscando una polea de repuesto para reemplazar una que se había roto durante la tormenta. Era un sonido que Ronin no comprendió, porque no había oído nada análogo en su vida. Era un sonido terrible, como si el mundo se estuviera hendiendo.

Se produjo de nuevo. Más fuerte. Más prolongado. Dos sonidos simultáneos: un profundo rugir retumbante que hizo vibrar la nave; un chillido agudo que estremecía los dientes. Borros levantó la cabeza.

Entonces Ronin vio a la decreciente luz una oscura línea quebrada crecer en el hielo por el lado de babor frente a ellos. El hielo se alzó y, como si hubiera sido golpeado por un martillo, se hizo pedazos. Trozos de hielo volaron por los aires y llovieron sobre ellos. La embarcación se bamboleó, y Ronin se apresuró a aferrarse a la borda.

Miró alucinado mientras, a través de la fisura que se ensanchaba en el mar, brotaba una forma negra, monstruosa y oscilante. Se alzó por encima de ellos, bloqueando el zafiro del atardecer, y en un repentino destello de movimiento Ronin captó un enorme ojo, extraño y terrible, y debajo de él una estrecha y fea mandíbula. Y a los pocos momentos había pasado, saltando por encima de la alta roda de la embarcación. Toda su estructura se estremeció, y Ronin fue lanzado contra el mástil. Los patines chirriaron cuando la nave fue lanzada oblicuamente sobre el hielo, para detenerse con un estremecimiento y un enorme chillido de protesta. La cubierta se astilló cuando la cosa se lanzó contra la proa por segunda vez. Se oyó el desgarrar de algo y Borros gritó. Ronin se puso tambaleante en pie, extrajo su espada y corrió hacia adelante, con la punta del arma manchada de carmesí en la última luz.

Oyó un violento sisear e inhaló un fétido hedor, a carne podrida, limo, sal y otros olores que no pudo definir. Estaba encima de él, y sintió el helor de las profundidades marinas y el chorrear del agua. Jirones de lodosas algas golpearon su rostro y hombros. Se vio en una total oscuridad. Sintió más que vio su presencia cerca de él por el lado de babor, y agitó la espada en un desesperado golpe con las dos manos. El afilado borde del arma cortó una piel escamosa, se hundió en una extraña carne. Un sonido agudo como un lamento invadió sus oídos mientras esgrimía de nuevo la espada y golpeaba una y otra vez el costado de la cosa.

Se alejó precipitadamente y tuvo otro atisbo de aquel terrible ojo, de doble párpado, verde con un iris orlado de negro. Se volvió y casi vomitó cuando se enfrentó a las abiertas fauces de la criatura; el hedor era insoportable. Las mandíbulas eran todo dientes, enormes y triangulares, verdes con espuma y fragmentos de carne en descomposición. La cabeza se lanzó hacia adelante y Ronin retrocedió, oyendo el horrendo restallar de la boca al cerrarse.

La cabeza se alzó y vio su rostro, pesadillesco, un gran rostro saurio con un hocico largo y estrecho y una mandíbula colgante, unos velados ojos llameantes a cada lado de la oscilante cabeza y, más atrás, hileras de hendiduras en forma de creciente agitándose a lo largo de la resplandeciente piel. Entonces la visión se vio bloqueada cuando el hocico fue a por él, impulsado por un sinuoso cuello que era el principio de su gran cuerpo. Las saladas salpicaduras y las algas volaron hacia él, y se vio obligado a resguardarse tras la insegura protección del mástil y la aleteante vela. Se dio cuenta demasiado tarde de su error. La cosa se lanzó tras él con un completo abandono, clavando sus dientes en el mástil, y éste, con un restallar y un sonido astillante, se partió en medio de un bosque e tela y cordaje.

La nave se tambaleó a sus pies mientras intentaba librarse de la maraña para ver las chorreantes mandíbulas gravitar sobre la encogida forma del mago. Ronin corrió hacia adelante, sabiendo que estaba demasiado lejos. Su mano derecha fue apenas un manchón en el aire nocturno cuando lanzó el puñal contra la cabeza de la cosa, enterrándolo justo debajo del ojo derecho. La terrible cabeza se lanzó hacia adelante con una increíble aceleración, con las mandíbulas enormemente abiertas. Borros gritó, y un géiser de sangre y visceras desgarradas salpicó el aire, empapando a Ronin mientras hundía de punta su espada en el no parpadeante ojo.

De no haber sido tan fuerte, la criatura le hubiera arrancado la pesada empuñadura de sus manos; pero era su espada y no estaba dispuesto a perderla. Resistió las sacudidas mientras la cosa se agotaba agónicamente. Intentó liberar la hoja del hueso en el que se había encajado, un saliente del cráneo debajo del destruido ojo. Con un sonido rechinante, consiguió liberarla al final y apoyó su punta contra la cubierta. La cabeza sauria, con la verde sangre viscosa rezumando de la órbita de su ojo, buscó en vano a su torturador. Ronin, arrastrándose por cubierta, apenas consiguió eludir una ciega dentellada; se vio empapado de sangre humana en la estela del ataque. Luego la cosa retrocedió y golpeó la nave. La regala de babor cerca de la proa se astilló y voló por los aires.

Era imperativo acabar con la criatura antes de que hiciera pedazos la falúa. Tenía que hacer que le mirara, y se movió de modo que su ojo bueno le mirara directamente. Se irguió, y la cabeza dejó de oscilar. Se lanzó contra él con una alarmante velocidad, y Ronin lanzó un tajo contra su hocico. El golpe resbaló en la dura piel escamosa y las restallantes mandíbulas casi lo decapitaron. Era mejor no intentarlo de nuevo. Pero tenía que haber alguna manera.

Se volvió, buscando, y vio la mitad inferior del mástil, con su extremo astillado y en punta. Envainó su espada y corrió hacia popa, con la gran cabeza siguiéndole. Eludió otra dentellada y se inclinó sobre el mástil. Lo alzó lentamente de su montura. Un lacerante dolor recorrió su espalda y fue arrojado a cubierta. Se vio asaltado por la náusea, y sintió que su espalda ardía. Sacudió la cabeza y las aletas de su nariz se dilataron ante el hedor; la cabeza volvía para rematarle. Ahora, pensó a través de la roja bruma que amenazaba con engullirlo a la inconsciencia.

Consiguió ponerse de nuevo en pie e izó otra vez el mástil, consciente de la cosa que se acercaba de nuevo. La agonía recorrió todo su cuerpo y se apoderó de él, y se volvió para ver las relucientes mandíbulas. Apuntó el mástil roto hacia las abiertas fauces en un ángulo casi vertical.

Las mandíbulas se cerraron con un restallar y el mástil, sujeto por la mandíbula inferior, atravesó la parte superior de la boca de la criatura, perforando el paladar blando y penetrando en su cerebro. La cabeza se alzó en la noche, escupiendo sangre verde hacia arriba, una escamosa fuente, aullando.

Y entonces desapareció, deslizándose hacia atrás bajo el hielo, muriendo o ya muerta, derivando perezosamente abajo y abajo con sólo la rota superficie del mar de hielo, la sangre y el limo que cubrían la cubierta de la embarcación señalando su paso.

Ronin, de rodillas, se dejó caer de bruces sobre cubierta, apoyando la frente contra la frialdad. Jadeó, engullendo grandes bocanadas de aire, recuperándose tras la desaparición de la criatura, luego se arrastró dolorosamente hacia adelante.

Borros yacía en un charco de sangre y carne desgarrada. Sus piernas habían desaparecido, y la parte inferior de su torso era una masa pulposa sin forma reconocible. Ronin se quedó contemplándolo ciegamente. Estaba muerto.

Hacia adelante, pensó. Hacia adelante.

Pero estaban inmóviles en el mar de hielo. Intentó ponerse en pie. Una oleada de náusea y dolor se apoderó de él, y sus rodillas se doblaron. Se aferró a la regala de babor y aguardó. Unos momentos más tarde consiguió ponerse en pie y, echando el dolor al fondo de su mente, descendió cuidadosamente por el costado de la falúa y avanzó a lo largo del hielo hasta llegar al borde delantero de los patines. Trozos de hielo, arrojados hacia arriba por la ascensión de la criatura, bloqueaban el camino de la nave. Se dirigió cautelosamente a babor, al boqueante agujero en el hielo, y se dejó caer sobre manos y rodillas. Demasiado oscuro para ver nada, pero escuchó. Un suave lamer llegó hasta él, distante y lleno de ecos. ¡Agua! El hielo se estaba haciendo más delgado. Alzó la cabeza y miró hacia al sur. Allá delante. ¿El final del mar de hielo? ¿El inicio al final de la civilización? Hombres.

¿Y luego qué?, se preguntó. Sacudió la cabeza como un animal herido. Primero lo primero.

Volvió a subir penosamente a bordo de la encallada nave, se inclinó y alzó el arruinado cuerpo del mago. De vuelta al hielo negro, al deslizante borde del pozo de obsidiana. Por fin en casa, pensó Ronin. Lo dejó deslizar fácilmente de entre sus brazos, un pálido y maltrecho destello a la luz de las estrellas antes de desaparecer. Sólo por un momento, el chapoteo rompió el rítmico agitar de las olas subcutáneas.

Trabajó durante lo que le pareció un tiempo interminable, retirando los obstáculos de delante de los patines. Le ardía la espalda, y cuando terminó sudaba y temblaba incontrolablemente.

Volvió a bordo y se sentó en cubierta, intentando recobrar el aliento. Transcurrieron unos momentos largos como siglos, y se arrastró a lo largo de la nave bajo el frío tapiz de las estrellas, y a la luminiscencia color platino extrajo el mástil de repuesto, lo encajó cuidadosamente en su montura, luego le sujetó la verga. Pasó las cuerdas por el aparejo de poleas mientras la brisa suspiraba a su alrededor. Sujetó la vela y se puso de rodillas, con negrura en el cerebro y zumbidos en los oídos. Se obligó a alzarse y, sentado, izó la vela, sujetó las cuerdas. Había casi una calma chicha y la lona chasqueó inútilmente. No le importó; intentó llegar al calor de la cabina pero cayó en el estupor del shock y el agotamiento antes de poder dar dos tambaleantes pasos.

El dolor de su interior creció y se debilitó. En algún momento durante la larga noche se alzó un fuerte viento y el barco se bamboleó incierto, luego se deslizó hacia adelante y ganó velocidad. Despertó hacia el amanecer, pero el movimiento del barco lo sumió de vuelta a un febril sueño.

Volvía a ser de noche cuando abrió de nuevo los ojos. Permaneció tendido inmóvil durante un largo momento, intentando revivir los acontecimientos del día. Era demasiado. Finalmente metió las manos en el bolsillos de su traje, pero había agotado ya toda su comida. Sus dientes castañetearon cuando un sordo retumbar en tono bajo lo asaltó. Tomó algún tiempo el que el sonido penetrara en él, luego se levantó y se arrastró lentamente hasta cubierta.

Había un débil resplandor a estribor, parpadeantes manchas rojas y naranjas iluminando el cielo. Tuvo la impresión de que en la distancia había una montaña en llamas, eructando humo rubí, arrojando ardientes efluvios a la noche de obsidiana. Frunció los ojos, fascinado, convencido de que estaba soñando. Una densa presión alcanzó sus oídos. Grandes pedazos de oscura piedra saponácea fueron lanzados muy arriba al aire y fuego líquido, azafrán, verde pálido, violeta, brotó de la cima de la montaña, prendiendo el aire mientras ascendía, luego cayendo en cascada de vuelta a la tierra. Llamas azules, fantasmales y luminiscentes, se alzaron inescrutables sobre la tumultuosa oscuridad mientras el suelo parecía estremecerse y agitarse en una gran sacudida. Un rugir hizo vibrar su cuerpo, llenándolo con la incandescencia de la energía. Todo el mundo era cinético. Creyó oír un gemido como un lamento, y la montaña pareció sangrar cuando la roca, blanca y amarilla y carmesí, se deslizó fluyendo densa por su costado, y bosques de vapor rodaron poderosamente hacia el ensombrecido cielo. Luego la noche y todo lo que contenía se vio oscurecido por una oscuridad mayor aún que el sueño, y Ronin empezó a ahogarse en el blando polvo.

La nave aceleró hacia el sur, lejos, lejos de la temblorosa tierra, el cielo rojo y ónice, sobre el hielo cada vez más delgado, y cuando el ovalado sol rompió una vez más el horizonte, aún cubierto de nubes que resplandecieron ámbar a su luz, la mañana se mostró menos helada, prometiendo un día fresco, no frío.

Ronin siguió tendido en la maltrecha cubierta, delirante, con los jirones de su traje agitándose en su rasgada espalda. Quizá fuera mejor así; de este modo no pudo ver los grandes trozos de hielo que se rompían con grandes crujidos como truenos y flotaban a la deriva sobre un agua verde oscuro.

El barco alcanzó la última y delgada lámina de hielo con un ruido que era en parte gruñido, en parte crujido. La costra se desintegró bajo el peso, y finalmente la nave quedó a flote. La proa se hundió precariamente, luego se niveló, y la roda se alzó en medio de un surtidor. La cascada barrió la cubierta, remansándose alrededor de la figura tendida que yacía en ella.

Despertó por unos momentos, escupiendo agua salada por las fosas nasales, y se alzó débilmente, aferró la regala y miró por encima de la borda. ¡Agua!, gritó su entumecido cerebro. ¡Agua! Pero no pudo pensar por qué eso era tan importante. Alzó la cabeza, y el sol lo cegó. Miró de nuevo la verdeazulada agua, el dorado del sol, y luego bajo la superficie a... ¿qué?

¿Una sombra? Su inmensa masa se agitó profunda bajo las olas, sin silueta o contorno. La miró durante lo que pareció un largo tiempo. Luego todo parpadeó allá donde las verdes olas, rematadas por la luz reflejada, se rompían en diez mil diminutos crecientes que oscilaban y danzaban. ¿Qué? Entonces perdió el sentido, y su cuerpo cayó fláccido sobre la cubierta incrustada en sal.

El día se volvió helado mientras las girantes nubes, oscuras y grávidas, pasaban por delante de la faz del sol, bloqueando su calor. El mar cambió de color y se volvió gris pizarra. Y aquí y allá aparecieron palomillas. Un fuerte viento racheado se alzó del nordeste y golpeó contra la vela. Unos momentos más tarde, en la creciente semioscuridad, la tormenta estalló con toda su furia. El mar se alzó y la nave, sin rumbo, empezó a hundirse. Giró de costado al viento, y se hundió en los valles de las olas cuyas altas crestas barrían ahora incesantemente la cubierta. Empezó a recibir agua en su interior mientras se hacía más pesada. La lluvia llegaba a ráfagas y el día se volvía gris verdoso, oscuro y sin rasgos distintivos, lleno con su sisear y tamborilear.

La nave se estaba hundiendo y nada podía salvarla. El viento la golpeó justo en el momento en que una ola impactaba de lado contra ella, y empezó a partirse. La lluvia menguó pero el viento se intensificó, como si supiera que la embarcación estaba a punto de hundirse.

La cubierta bajo el cuerpo de Ronin se combó y se colapso, y fue barrido sin ceremonias al turbulento mar. Despertó en el agua, jadeando y tosiendo en busca de aire mientras el mar llenaba su boca y garganta. Se alzó hasta la superficie, oyendo el rechinante crujir de la nave haciéndose pedazos a su alrededor. Desorientado, lastrado por el peso de su espada, se sumergió de nuevo, se aferró a un trozo flotante del mástil, falló, consiguió volver a la superficie, con los pulmones a punto de estallar, presa de la agonía mientras la sal empapaba sus heridas, alcanzó de nuevo el mástil, sintió su resbaladiza madera sólo por un instante antes de que se alejara de él rodando sobre sí mismo. Intentó ir tras él pero no tenía fuerzas, y supo con una calma peculiar que se estaba ahogando y que no había nada que pudiera hacer al respecto. Se hundió en las frías profundidades verdes, contemplando la luz alejarse de él, llevándose en sus pulmones un trozo de cielo que disminuía rápidamente.