Capítulo Nueve

Llamaron a la puerta de la suite principal y Lori se despertó, soñolienta y confusa.

“¿Señorita Johnson?” la voz familiar de Tufa resonó tras las pesadas puertas. La luz del sol matutino se filtraba por las ventanas, pero los fuertes brazos que la habían rodeado la noche antes no estaban por ninguna parte.

“¿Tariq?” Llamó en el vacío de la habitación.

Nada.

Enfocó la vista y vio una hoja junto a la cama, escrita con caligrafía plateada.

Amor mío,

Me llamaron esta mañana por una emergencia y he tenido que tomar un vuelo urgente a Varapur. Tufa te dará más detalles.

Tu jeque

Sarah gruñó y cubrió con las sábanas su cuerpo desnudo. “¡Adelante!”

“Buenos días,” respondió, entrando con un carrito en el que había café turco recién hecho y bollos con queso. “El jeque desea que le diga que lo han llamado urgentemente, pero tiene negocios en Estados Unidos la semana que viene. Cuando esté todo organizado, le gustaría verla allí.”

La pelirroja tomó una de las pastas y suspiró. No era una mañana ideal para ella en absoluto. Aunque el delicioso aroma del café recién tostado y la suavidad de la crema de queso eran apetecibles, había esperado disfrutar del firme pecho de su amante.

¿Sería siempre así? ¿Noches con Tariq y mañanas con Tufa?

Se aclaró la garganta con la esperanza de despejar también su cabeza. "¿Qué hora es?"

"Casi las siete. No se preocupe, el personal de su habitación ha guardado y preparado la mayor parte de su equipaje. Espero que me perdone haberme tomado la libertad de traerle una muda de ropa para su vuelo," dijo la mujer agachando la cabeza.

“Creo que lo dejaré pasar por esta vez,” dijo Sarah, sonriendo a su vez. “Voy a ducharme y bajo enseguida.”

 “Sí, habrá un coche esperándola cuando esté lista”, dijo Tufa, que se detuvo y dio un paso incierto hacia la cama. “Por favor, perdone mi impertinencia, pero me gustaría decir que ha sido una experiencia realmente excepcional verla con el rey Al-Amad."

Sarah se acercó a ella y le estrechó la mano. "Ha sido maravilloso. Y tú también Tufa. Gracias.” 

***

Al principio pensó que Jamal se había confundido cuando vio que la acompañaba a una enorme limusina Hummer de color negro. Lo único más brillante que la pintura eran las gigantescas ruedas de cromo que hacían que el vehículo pareciera más un tanque que un coche de lujo. Pero allí era donde se dirigían y abrió la puerta, ayudándola a subir a la bestia.

Gracias a Dios, Tufa había escogido pantalones en vez de falda.

El interior era ostentoso, como sugería el exterior. Disponía de una hilera de bancos de cuero blanco ribeteados de oro, con posavasos de cristal.

El suelo era de vidrio cortado a láser, con diamantes color azul neón que hacían juego con la iluminación azul y púrpura en el techo del vehículo. La parte superior de la pared estaba cubierta por cristales tintados con monitores LCD suspendidos que reproducían vídeos aleatorios. Lilly probablemente habría vomitado.

La voz que llegó de la parte de atrás desveló el misterio de su transporte. “Señorita Johnson, espero que no le importe si la llevo al aeropuerto.”

“Jeque Rassid,” exclamó. “Será un honor.”

El vehículo se puso en marcha y el jeque le ofreció una copa de champán helado, que rechazó con cortesía.

“Iba de camino. Tariq y yo íbamos a compartir avión para ir a ver a nuestra madre antes de regresar a Abu Samura, pero como sabes…” dijo haciendo un gesto con la mano. “Debo admitir que sentía curiosidad por saber más sobre la joven que incendió mi pista de baile la otra noche”.

Sarah se sonrojó, rivalizando el tono de piel con sus cabellos. “Jeque Rassid, mis disculpas por ello.”

“Oh no, no es necesario en absoluto. De hecho, no he visto jamás a Tariq dar la mano de una mujer en público y mucho menos mostrar su afecto de esa forma. ¿Eres acaso una hechicera?” Bromeó.

“No, solo arquitecta, lo juro,” rio.

“Y una muy buena, según me han dicho, que va a ayudar a que nuestra joya tenga su propio joyero.”

Nuestra joya.”

Al-Amad International es una empresa familiar, y tengo mis propias inversiones personales. Técnicamente soy el vicepresidente, pero dejo la gestión en manos de mi hermano. Honestamente creo que lo prefiere así.” Le guiñó un ojo.

"Bueno, hay mucho trabajo que hacer. Todo está aún en fase de integración, pero su hermano tiene una idea de la que quiero formar parte”, respondió ella.

"Provoca ese efecto en la gente. Y se merece tener buenas personas a su alrededor. Algo me dice, Señorita Johnson, que usted es una de esas buenas personas”, aseguró el jeque Rassid.

"Eso espero."

Un sonoro estruendo llenó los oídos de Lori y la monstruosa limusina cayó varios carriles a un lado. Pudo oír el crujido del metal a su alrededor y sintió una explosión en el interior del vehículo. Algo suave y flexible chocó contra su rostro y la mantuvo en su lugar, aunque desapreció de pronto.

 Sarah y el jeque chocaron contra los asientos de piel al detenerse el vehículo. Pudo sentir algo cálido y pegajoso corriendo por su mejilla y un dolor agudo en su muñeca. Intentó salir de allí, pasando por encima del air bag lateral, pero se oyó el sonido de una ametralladora en el exterior.

“¡No te levantes!” gritó Rassid a su lado.

Sarah volvió a caer sobre el aisento de piel blanca, tratando de recuperar el aliento y tapándose los oídos. Se atragantó con el polvo y los restos de hormigón y cálidas lágrimas se unieron a la sangre que cubría sus mejillas, mientras el mundo se derrumababa a su alrededor. No había nada más que la sequedad de su boca y el estruendo a su alrededor que duró lo que le pareció una eternidad hasta que un agente de seguridad la sacó del Hummer.

“¡Venga, venga!” gritó la voz, arrastrándola a un deportivo negro.

El resto de voces que sonaban gritaban en árabe mientras Rassid exigía respuestas. A Sarah no le importaba. Solo quería estar lejos del desastre del mar de tráfico y segura.

Fue corriendo hacia la seguridad que le ofrecía el nuevo coche, pero sabía que lo único que podía hacerla sentir segura, los brazos del jeque, no estaría allí.

***

“¿Madre?” gritó el rey Tariq Al-Amad cuando las sirvientas abrieron las puertas ornamentadas que conducían a los aposentos de la jequesa Samira Amara.

“Tariq, bienvenido a casa,” dijo mirándolo desde el amplio espejo en el que se peinaba su larga cabellera negra de satén. “Tienes buen aspecto, hijo mío.”

“Igual que usted, lo cual me confunde.”

La jequesa se volvió hacia su hijo, ataviada con una elegante túnica rosa con hilos de color púrpura y negro. Tenía una expresión confusa en el rostro, mostrando fínisimas arrugas en la boca y la frente.

“Me dijeron que estaba enferma, madre. Aziz me pidió que volviera antes de Dubái. Dijo que no estaba en sus cabales.”

“Creo que es tu tío el que no está en su sano juicio,” declaró. “Me ha estado insistiendo mucho para que hable contigo y ahora dice que estás aliado con occidente en contra de nuestro país.”

Tariq cerró los ojos con fuerza y maldijo en voz baja. ¿Tendría que llegar a echar a su propio tío y avergonzarlo de esa forma?

“¿Qué se supone que debo hacer ahora con él? ¿Lincharlo? ¿Encerrarlo en un calabozo como a un plebeyo? Antes era una mera molestia con su terquedad, pero ha llegado al extremo de contar mentiras para distraerme del trabajo. Eso es traición, madre.”

“Tal vez crea que esa joven tiene algo que ver. La señorita Johnson, ¿no?”

“Madre,” le advirtió Al-Amad.

“¡Te he visto en E!

“Padre nunca ha aprobado que veas basura occidental, ¿sabes?,” gruñó el jeque.

“No estamos hablando de eso. La cuestión es que vi a mi hijo besando a una occidental como si hubiera encontrado a su princesa. ¿Es cierto o no?” Sus ojos, tan parecidos a los suyos, le sostuvieron la mirada.

“Lo es. Trabaja con Al-Amad International en un proyecto muy importante. Hemos congeniado mucho y es algo que escapa a mi control.”

“¿Es amor, cariño?"

"No lo sé. Soy jeque de Varapur. ¡Gobernante! Mando sobre todos, tomo lo que es mío y protejo a mi pueblo. ¿Puedo dar tanto de mí a una sola persona y seguir siendo ese hombre? Y, ¿a una extranjera además?”  Se acercó a ella, tomándola de la mano mientras se apoyaba en el gran tocador de mármol.

 “Tu padre era un gran gobernante," comenzó la jequesa Samira, poniendo la mano sobre el muslo de su hijo, “y amaba a una sola mujer con todo su corazón. Alá, alabado sea siempre, tuvo a bien que diera más amor. Y así, el jeque Murshid vino a mí y nuestro amor creó algo nuevo y bueno en ti y en tu hermano.

"Cuando la Jequesa falleció en brazos de Alá, el jeque Murshid elevó a su lado a alguien que creía que solo sería una humilde concubina, y la gente la quiso a causa del amor que demostró por ella. Hijo mío, tienes el corazón de tu padre. Y quien lo reciba, será aceptado por tu pueblo.”

 “¿Lo cree de verdad?” preguntó, mirándola a sus ojos bermejos.

“Sí. Y si no es así, el jeque eres tú, haz que los decapiten,” dijo con sonrisa de disculpa.

“¡Jequesa!” gritó una chica que no tendría más de diecinueve años entrando a la carrera a los aposentos de Samira, “¡Rey Al-Amad! Disculpadme,” suplicó agachando la cabeza.

“Habla,” ordenó.

“¡Las noticias! ¡Es vuestro hermano!”

Encendieron el televisor en la habitación de la jequesa que mostró imágenes del asalto en Dubái. Tariq vio una imagen que le heló el corazón, los cabellos rojos de una mujer a la que sacaban con rapidez del coche volcado de su hermano.

“Debo volver a Dubái enseguida.”

***

Sarah no estaba segura de cuánto tiempo llevaba entre sueño y vigilia, pero lo que estaba claro era que había perdido su vuelo. A medida que la morfina se introducía en su sistema nervioso, se preguntó si se volvería una costumbre en sus viajes a Dubái.

Aterrizaremos en diez minutos. La temperatura es de 43 grados y, señorita Johnson, sus captores van con veinte minutos de retraso.

Habían reforzado con medidas de seguridad dos habitaciones privadas en el Hospital de Al Garhoud, donde tanto el jeque Rassid como el rey Tariq tenían médicos privados. En realidad, era el hospital más cercano camino al aeropuerto y Rassid había exigido que lo llevaran allí para recibir tratamiento médico. Lo habían ingresado a una suite real, pero el hospital privado no contaba con muchas de ellas y Sarah recibía tratamiento en una habitación normal. Aún así, tenía el tamaño de un salón americano con sofá y sillas tapizadas en color naranja. El suelo de madera oscura y el papel de pared tostado de patrones intrincados hacía que le diera vueltas la cabeza.

Yacía cómodamente en una cama de hospital, rodeada de los pitidos y sonidos de la maquinaria médica. Tenía dos puntos sobre la ceja, una vía para la medicación que trataba sus heridas y la muñeca envuelta en hielo. Por suerte, se la había torcido y no roto, aunque probablemente tendría que llevar muñequera una temporada.

Se espabiló un poco al oír el sonido de una puerta pesada al abrirse y extrañas palabras.

 “¿Lori?” exclamó una voz profunda.

Alzó la vista y, con ojos borrosos, vio a un hombre aparecer tras la esquina. “¿Rassid?”

“No, soy Tariq,” dijo y su sombra se cernió sobre ella.

“¡Ah! ¡Tariq!” exclamó.

“¿Estás bien? No debí haberte dejado,” dijo el jeque, dándole la mano.

“Todo lo bien que puedo estar después de una explosión. Pero el paramédico dijo que me dio algo para el dolor y los nervios, así que estoy bien. Me alegro de que hayas vuelto, siempre me siento segura a tu lado,” logró decir Sarah. Su elocución monótona propia de Texas era más aparente que nunca.  

Tariq se inclinó y le besó la frente.

“¿Qué sucedió?”

“Es culpa mía,” dijo con tristeza.

Puede que fuera la primera vez que pronunciaba esas palabras en voz alta. “Los rumores indican que fue una respuesta a mi implicación con los campos de trabajo. Parece que no a todos los que se aprovechan de tanta crueldad les importa ver cambios en el mundo.”

Sarah intentó incorporarse, pero no estaba segura de que su cuerpo fuera a permitírselo.

“Te pondrás bien. Es responsabilidad mía y no dejaré que nadie vuelva a hacerte daño,” dijo besándola.

Les interrumpió el sonido de la pesada puerta de hospital al abrirse y algo repiqueteando contra su superficie.

“Sí que es resistente,” dijo Aziz Amara apareciendo tras la esquina.

“Tío, no es momento de insolencias. Si quieres salvar el cuello y que no te condene por traición, márchate. Ya tendré unas palabras contigo después.”

“Ahora es el momento. He esperado y rezado a Alá, alabado sea, para que te guiara de vuelta a la senda correcta,” dijo, sacando una daga metálica de su cinturón. “Pero ahora me doy cuenta de que debo ser su mano. Varapur no volverá a sufrir a un rey necio.”

“Tío,” le advirtió Tariq.

“Primero te embarcas en esta aventura peligrosa lejos de la sangre de nuestra tierra natal, persiguiendo la ilusión de ‘energía’ verde de Satán,” escupió a los pies del jeque. “Luego dejas el proyecto en manos de una mujer. ¡Mejor hubiera estado a la grupa de un camello!” Cargó contra Tariq que lo esquivó con rapidez y, de una patada, le lanzó una silla, aumentando la distancia entre ellos.

“Haré que te decapiten, Aziz. ¡Detente ahora mismo!”

“Creí que si los trabajadores usaban a la americana para desacreditarte, abandonarías esta locura, pero no. No, ahora se ha convertido en tu puta, de la que alardeas allá donde vas, sembrando la desgracia en tu reino.” Aziz volvió a atacar, rasgando la solapa de su traje.

Tariq cayó en la cama de Lori, empujándola hacia la puerta. El miedo y la adrenalina trataban de despejarla, pero la habitación le dio vueltas al intentar moverse. Al-Amad se irguió, protegiéndola con su propio cuerpo. Los ojos de Aziz carecían de vida. Había perdido por completo la razón, y solo le importaban la daga y Tariq.

“Y luego el idiota de tu hermano tuvo que interponerse en mi camino con ese cacharro acorazado suyo.”

Tariq agarró la bandeja de metal junto a la cama de Lori y se la tiró con todas sus fuerzas a la mano. Sonó el estruendo del metal, seguido del sonido más leve de la daga al caer al suelo.

Sarah se bajó de la camilla tambaleándose y se quedó en una esquina de la habitación mientras los dos hombres luchaban. Aziz se arrojó sobre el jeque placándolo por la cintura. Tariq se estrelló contra el suelo y jadeó, pero golpeó a su tío fuerte en la espalda. Este trató de golpearle en la cabeza, pero el jeque lo esquivó a tiempo y se oyó crujir el puño de Aziz contra el suelo de baldosas.

Hubo golpes en la puerta y oyeron gritar a personas en inglés y en árabe que intentaban abrirla. Sarah trató de acercarse, pero ambos yacían en el suelo del pasillo, delante del cuarto de baño, cuya puerta bloqueaba la entrada a la habitación.

Tariq atacó, golpeando la cuenca del ojo de su tío con un chasquido húmedo. El hombre mayor se echó hacia atrás sin aliento al ver la sangre que corría por su rostro. El jeque le dio patadas en la espalda con sus fuertes piernas y destrabó la puerta.

Un gran número de agentes con equipos tácticos negros rodearon al hombre caído con armas en la mano. Aziz no hacía más que toser sangre mientras colocaban grilletes en sus muñecas.

“Lleváoslo,” gritó Tariq con disgusto.

El jeque rodeó con sus brazos a Sarah antes de que fuera consciente de nada más, acunándola. “Es hora de llevarte a casa.”

***