Capítulo Siete
“¿Señor?”
“Continúa, Abdul,” dijo Tariq dirigiendo su atención a la reunión que tenía lugar. Desde que había hecho el amor con la señorita Johnson el día antes, su mente se dispersaba más a menudo.
“Sí, como iba diciendo, si la aplicación mundial real de los datos que el M.I.T. nos ha enviado es cierta, podríamos tener la solución.”
“¿Por qué no lo habíamos descubierto antes?” preguntó Tariq con ojos firmes.
“Señor,” intervino Jensen, uno de los compañeros de investigación de Abdul. “El Departamento de Investigación había archivado el producto. Estimaron que era demasiado voluminoso para sus diseños originales.”
“¿Y qué hay del estado de la patente? ¿Pagaremos derechos a los americanos por la gloria de Varapur?”
“El departamento legal opina que, con tan poco interés por parte de terceros, si hay algún problema, no será difícil obtenerla para nuestro portafolio,” respondió Abdul. “Creo, alteza, que tendremos que ir a su laboratorio para las pruebas.”
“Eso podría ser un problema, Abdul. El Ministro de Energía ha estado intentando clasificar el G.E.M. como secreto de estado,” dijo el jeque, uniendo los dedos de ambas manos en la barbilla.
“¿No es su tío, señor?” preguntó Jensen.
Tariq le dirigió una mirada fulminante al escandinavo, que sintió un nudo en la garganta. “Yo no estoy tan seguro de querer que el G.E.M. de Varapur esté en un laboratorio americano.”
“Lo entendemos, señor,” continuó Abdul, “pero no estoy seguro de que tengamos hueco en el cronograma para llevar la investigación a prueba. Necesitaremos que ellos… ¿cómo era, Jensen?”
“Se ajusten,” dijo el otro con voz ronca.
“Sí, se ajusten en todo lo posible.”
“Quiero estar allí personalmente. Quiero que nuestro departamento legal se asegure de detener cualquier intento del ministro y quiero que la señorita Johnson supervise las presentaciones si está disponible.”
“Alteza, no creo que ella…”
“No era una sugerencia, Abdul. Ya hemos terminado.”
El hombre más bajo se puso en pie e hizo una reverencia. Salió de la habitación seguido de su socio rubio. Sarah les había proporcionado esa oportunidad, así que era de recibo que fuera ella quien los uniera. Los negocios requerían su implicación, no el recuerdo de su lengua haciéndola estremecer ni el reflejo de sus ojos color jade atravesando su alma mientras la penetraba sin reparos. Tampoco la fantasía de ella de rodillas ante él con sus labios color de rosa lista para tomarlo.
No, eran necesidades carnales que podía separar de los negocios. Lo había hecho sin problemas toda su vida.
Por supuesto le había pagado a la joven de la tienda de ropa el día antes para que los dejara a solas. No había sido su intención que las cosas marcharan exactamente así, pero era tan raro que una tienda en el zoco estuviera vacía. ¿Había tenido que ver el sentir sus curvas constantemente contra su cuerpo? No, se había convencido a sí mismo de que solo quería unos minutos de privacidad para decirle lo mucho que la deseaba.
Pero al entrar en el probador, lo había retado. Lo había animado a tomarla. Era jeque y tomaba aquello que deseaba. Y había poseído las maravillas de su cuerpo expuestas ante él, su piel de alabastro salpicada de chispas de fuego que ardían bajo el encaje negro.
Que Alá lo perdonara si la había puesto en su camino para probar su fuerza de voluntad.
El resto de su día juntos había sido breve pero feliz. No hablaron sobre lo ocurrido, pero tampoco hubo miradas o silencios incómodos. Se había sentido fascinada por el mercado de perfumes en el camino de vuelta, y se habían detenido un rato. Un aroma le había recordado a casa, algo puro y que olía a tierra. Mientras exploraba perfumes más ligeros, Tariq había encargado una colonia especial hecha con la esencia que le había llamado la atención.
Esperaba que la agradara esa noche.
El jeque agitó la cabeza al pensarlo. Rara vez había deseado agradar a los demás en el pasado, aunque siempre había querido complacer a su padre y, por supuesto, a su amada madre. Y siempre había tratado bien a sus sirvientes, aunque fuera exigente. Pero la única persona aparte de sus padres a la que había intentado ayudar activamente a ser feliz era Tufa. La hermana que nunca tuvo, pero que siempre hallaba la forma de conmover su corazón.
Curiosamente, había sido la primera en recomendarle a Sarah. Si la sugerencia hubiera venido de otra persona, probablemente la habría rechazado de inmediato pese a sus afirmaciones anteriores. El jeque pensó al principio que se trataba de una de las puyas que Tufa le lanzaba en ocasiones. Los jueguecitos que sabía que le estaban permitidos por ganarse el puesto de asistente personal.
Había mantenido el nombre de Lori en la pila de candidatos, tal vez para complacer a su querida Tufa, pero se sorprendió conforme la lista se iba reduciendo.
Al pensar aquello, recordó algo. “Tufa,” la llamó, “¿Está listo mi esmoquin para esta noche?”
***
“Vamos a necesitar al menos cuatro contratistas diferentes solo para los cimientos. El palacio está en doce acres de desierto,” habló la pelirroja al teléfono en su despacho.
“Soy consciente de la ubicación. No olvides que fui yo quien compró el terreno,” dijo alzando la voz por el altavoz del teléfono.
“Oh, perdóname, gran jeque. Pensé que Mariska lo había elegido para que pegara con tu atuendo para la noche,” bromeó. Pudo oír el gruñido en su voz pese a la interferencia de la señal y sonrió para sí.
“Los informes muestran resultados interesantes sobre la profundidad a la que tendremos que excavar. Sé que quieres que el negocio sea lo más local posible, pero vamos a tener que hacer correr la voz por los alrededores.”
“Haz una lista de requisitos. Puede que podamos unir el esfuerzo de varias filiales para facilitar todo lo necesario,” cedió Tariq.
“Estará en tu bandeja de entrada antes del almuerzo.”
“Tengo otra reunión en breve. Hablaremos esta noche.”
Tras esas palabras, el teléfono quedó en silencio y Sarah colgó de un golpe. Había aprovechado la oportunidad para operar fuera de la zona de oficina que tenía a su disposición en la habitación del hotel. Nunca le había importado mucho el sentido de homegeneidad de las oficinas, pese a la exquisitez del espacio en Al-Amad International. Al estar confinada, sentía a menudo que coartaban su instinto y contaminaban sus diseños.
No era solo el lujo de poder realizar llamadas de negocios en camisetas de tirantas y pijamas. Aun así, diseñar el concepto de un jardín de cocina hidropónico en una pantalla de ordenador de quince pulgadas no era lo más acertado. Pero ese inconveniente merecía la pena con tal de evitar la tentación de cierto jeque por el pasillo que la desconcentraría por completo.
Y no es que pudiese concentrarse mucho de todas formas.
No tenía ni idea de qué los había llevado a aquella locura. Era algo que había surgido de la noche a la mañana, algo primario y carnal que asomaba sus garras desde los más profundo del interior de ambos. La aventura del día anterior aún la hacía estremecerse y sentir escalofríos al mismo tiempo.
La cita para almorzar de ayer no pudo durar para siempre, pues sus deberes como hombre de negocios y jeque requerían su presencia. Tampoco había esperado que fuera a verla. Ni siquiera estaban saliendo técnicamente. Sarah no lo llamaría “aventura.” Era una explosión de pasión como nunca había sentido antes, pero tener relaciones sexuales increíbles en un probador no era exactamente una promesa de matrimonio, ¿verdad?
“Señorita Johnson, ha llegado esto para usted,” anunció Jamal entrando con una prenda larga cubierta por una bolsa.
Jamal no eran tan grande como el jeque, pero no dejaba de ser intimidante. Medía 1,87 m y, a juzgar por su acento, procedía de Sudáfrica. Era callado pero educado y Sarah agradecía su presencia. Aunque sintió ciertas ganas de reír al ver que él le traía el vestido.
“Gracias, estaré arriba,” dijo tomando la bolsa y subiendo a su dormitorio a la carrera.
El vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, suave y suntuoso. Recorrió con la palma de la mano la delicada seda verde que se anudaba en torno a su cuello, dejando su estilizada espalda y hombros al descubierto. El nudo estaba justo encima del escote, mostrando solo un poco de la clavícula. La falda cubría sus piernas como una cascada, con una abertura discreta a partir de la rodilla en rojo y una rosa dorada pintada a mano hasta la curva de la cadera. Con la tela sobrante, habían confeccionado un chal pintado con el mismo patrón de rosas de oro para los hombros.
Era, en una palabra, perfecto.
Sarah se pasó el lazo con cuidado por encima de la cabeza, quitándose el vestido y colgándolo para tenerlo a mano. Le parecía un sueño poder llevarlo, como si estuviera en un cuento de las mil y una noches. No era ni de lejos su primera salida de negocios. Seguramente, comparada con la mayoría de personas en Dubái, ella sería una don nadie, pero había sido la primera elección del rey Al-Amad por algo. Se había codeado con los más grandes de Silicon Valley y había cautivado a diplomáticos sudafricanos en más de una ocasión, pero había algo distinto en esa noche y lo sentía crecer en su interior.
A ese paso no iba a poder avanzar en el trabajo, así que decidió empezar a prepararse para la velada. Sarah ya había pedido cita en el spa y peluquería de Burj Al Arab y Tufa le había prometido pasarse para asegurarse de que estaba presentable.
Volvió a mirar embelesada su vestido.
Tal vez pueda vivir un cuento de hadas aunque solo sea por esta noche.
***
Los ascensores del Burj Al Arab eran de los más rápidos del mundo, pero el rey Tariq Al-Amad deseó que se movieran a más velocidad. Había sido un día muy largo y apenas podía centrarse en algo que no fuera la velada con su pequeño torbellino. No negaba su deseo de presumir de ella, pero más aún, ansiaba disfrutar de su compañía una vez más, y se estremeció al darse cuenta de ello allí, en el ascensor privado donde prendió por vez primera la llama de su pasión.
Debía ser que eran parecidos. Era tan simple como eso, necesidad y deseo unidos por un mismo punto de vista. Algo simple.
Cuando las puertas se abrieron, encontró a Jamal y a Tufa. El jeque había supuesto que vería a Sarah descender las escaleras, tal vez con una música suave de fondo. Pero estaba sentada en el bar de copas, dando sorbos a un vaso de vino con agua helada.
“Mi jeque,” susurró nerviosa antes de levantarse, “no hay que hacer esperar a una dama.”
Ni su imaginación hubiera sido capaz de evocar lo que vieron sus ojos. Su torbellino estaba envuelta en una seda color jade muy etérea, que creaba en sus ojos millones de motas iridiscentes. Habían recogido sus rizos en un halo de llamas sujeto por un entramado de filigrana de oro y madreselvas de plata, con largas ondas cayendo en cascada sobre sus hombros como una diosa del Olimpo. Sus curvas resaltaban bajo la tela, sobre todo en la abertura por donde apenas asomaba su muslo. Habían suavizado las pecas que tanto adoraba con una ligera base de maquillaje, pero aún conservaban su travieso atractivo. Sus ojos habían sido delineados con kohl oscuro, otorgándoles una profundidad interminable y sus labios, en tono burdeos y perfilados en oro rosa, pedían a gritos un beso. El collar de la joya de los Jinni adornaba su garganta, a juego con el brazalete de oro en su brazo derecho con dos pequeñas cadenas que lo unían a los anillos de jade y rubí de sus dedos.
Una sola palabra le vino a la mente al jeque, una que lo volvería loco el resto de la noche.
Jequesa.
“Un jeque siempre llega a tiempo, torbellino,” dijo travieso.
“¿Y un jeque también deja siempre que su cita adivine a dónde van? Aún no me has dicho dónde va a ser la cena.”
Tariq la tomó del brazo con delicadeza y la condujo a la vista panorámica sobre el mar. Su aroma embriagador también era distinto. Perduraba su fragancia a madreselva, pero había nuevas notas de vainilla, canela y cítricos. Se inclinó para susurrarle al oído y señaló a un punto en el mar.
“¿Ves esas islas con forma de palmera?”
“Tiene que haber sido creada por el hombre,” dijo Sarah.
“Así es, se trata de Palm Jumeirah, y allí se encuentra Atlantis the Palm, donde pasaremos la velada.”
“¿Atlantis? Me alegra ir entonces con un traje de sirena,” dijo alzando el rostro para mirarlo.
Sus labios, rojo oscuro y oro brillando con las luces de la ciudad, estaban muy cerca de los suyos. Se le había pasado más de una vez por la cabeza que, tal vez, no era necesaria su presencia en aquel evento. Su tío estaría allí después de todo. Pero no, era el gobernante y tenía un deber que cumplir para con la nación y sus amigos.
“Vamos antes de que lleguemos tarde de verdad.”
***
Pasaron casi todo el viaje en limusina hasta Atlantis poniéndose al día en asuntos de trabajo. Sarah se moría de ganas por acurrucarse a su lado, pero no se atrevía a fastidiar las horas de trabajo de peluquería y maquillaje. La tentación era increíble, sobre todo al percibir la nueva colonia que llevaba. Al parecer, cuando estuvo comprando perfumes, Tariq había encargado su propia mezcla, algo que contenía el maravilloso olor a tierra que la había atraído al zoco, aderezado con especias y una pizca de trébol. Le estaba costando la vida mantener una conversación de trabajo y no devorarlo.
Se conformó con darle la mano. ¿Cuándo había empezado a disfrutar de aquellos gestos? ¿Acurrucarse y darse la mano en vez de realizar alguna postura en la cama? Sabía que no duraría. Se despediría de Dubái en un par de días, pero se dejaría llevar esa noche.
Atlantis the Palm parecía un auténtico palacio. Cuando la limusina aparcó, estallaban fuegos artificiales sobre el hotel. Para Sarah fue una sorpresa descubrir el gran despliegue de medios que cubrían la gala. No era la primera vez que paseaba por una alfombra roja, pero solía estar allí como arquitecta, no como pareja.
“Tariq,” dijo, con un hilo de pánico en la voz, “Pensaba que era una cena de negocios.”
Parecía sorprendido, pero su voz se mantuvo serena. “Pues yo pensaba… que era una cena para celebrar el veintinueve cumpleaños de mi hermano, el jeque Rassid Al-Amad de Abu Samura. Es el gobernante del país vecino.”
“¿Una fiesta de cumpleaños? ¿Un evento de famosos que cubre la prensa?” preguntó, mirando los flashes por la ventanilla del vehículo con inquietud.
“No quise engañarte. Este tipo de cosas es rutina de negocios para mí.”
Lori miró al jeque con ojos encendidos, pero mantuvo la calma. Claro que para él algo así era como un día cualquiera en la oficina. Y no estaba tan enfadada con él. Solo le hubiera gustado saber el grado de publicidad que tendría el evento.
“No, supongo que es algo más ‘público’ de lo que pensaba.”
“No deberías preocuparte. Bueno, quizás sí, pero por los celos que atraerás.”
Sarah se sonrojó sin poder evitarlo y lo maldijo por ello.
“¿Entramos?”
Tomó su mano al salir de la limusina y pisó la alfombra roja con las luces parpadeantes de los flashes a su alrededor. Mantuvo la cabeza bien alta y una brillante sonrisa en el rostro, pero en su cabeza rondaban pensamientos sobre las noticias de la prensa sensacionalista. Sarah tenía una reputación que mantener en la empresa y empleados que dependían de ella. No tenía ninguna gana de tener que enfrentarse a calumnias o difamaciones.
Una de las preguntas que le dirigieron le proporcionó la salvación.
“¿Señorita Johnson? Señorita Johnson, ¿está relacionada de alguna forma su asistencia hoy aquí acompañando al rey Al-Amad con la intervención de Johnson Habitats en varias obras de construcción en Dubái?”
Sarah contestó enseguida al micrófono que se agitaba ante ella con su mejor sonrisa. “Es cierto que he estado trabajando con el jeque en ciertos proyectos. Ha sido muy gentil al invitarme aquí esta noche, está siendo una velada maravillosa. Aunque no tengo relación directa con la instalación de los hábitats, es alentador comprobar que proporcionan el confort y protección que todos merecemos a los trabajadores de Dubái. Si me disculpan.”
Otros la llamaron, pero Sarah volvió deprisa al lado de Tariq y entraron en Atlantis the Palm. Fueron conducidos a través de un largo túnel que se sumergía bajo el mar, un laberinto transparente que les ofrecía vistas del interior del océano. El túnel serpenteaba y se sumergía aún más hasta llegar a una pequeña escalera que conducía a un gran salón de baile.
“El rey Tariq Al-Amad y su invitada, la señorita Sarah Johnson,” anunció el presentador.
Tariq sostenía su mano de manera formal y al entrar en la estancia, le ofreció el brazo. Sarah lo aceptó y se apoyó en él, contemplando la escena ante sus ojos. El salón de baile estaba sumergido por completo, con grandes paneles desde los que se podía observar a distintas especies de peces salvajes y a algún que otro buceador ocasional. El intenso mar azul proyectaba un brillo en la sala debido a las lámparas y apliques que reverberaban con luces blancas.
El salón estaba lleno de gente, desde famosos y políticos hasta multimillonarios. Sarah sospechaba que con lo que pagaban de media de hipoteca al mes quienes estaban en la sala, se podría alimentar a la mayoría de países del tercer mundo.
“Ahlan wa sahlan!” gritó una voz. “¡Bienvenidos!”
Un hombre que era prácticamente la viva imagen de Tariq se acercó a ellos, haciendo que la multitud abriera paso. Era tan alto como él, si no más, pero de constitución más delgada, y llevaba una barba pulcramente perfilada.
“¡Hermano!” gritó alegre, agarrando al rey Tariq de la mano y dándole un beso en cada mejilla. “Y esta debe ser la señorita Johnson, de quien hablas maravillas, pero apenas conozco.”
“Jeque Rassid, el placer es mío,” dijo con una amplia sonrisa, inclinando levemente la cabeza en una reverencia.
“Ah, ¡la has entrenado bien!” rio Rassid, dándole una palmada en el hombro a su hermano.
Rassid sonrió al ver la mirada asesina que se estaba formando en los ojos de cristal pintados con khol oscuro. “Por favor, Lori, no te ofendas, era broma. Tomad champán, amigos míos. ¡Disfrutad de la fiesta! Debo atender a otros invitados, pero volveré.”
Sarah le hizo caso y tomó una copa de champán. Era una de las pocas bebidas a las que se había aficionado a lo largo de tantas celebraciones, y necesitaba algo para calmar sus nervios.
“Rassid es demasiado apasionado, lo admito. Heredó el gobierno hace tan solo unos años, cuando nuestro primo falleció en brazos de Alá. Antes era el primero en la línea de sucesión de Varapur, y puede que aún siga un poco ebrio de poder.”
“Estoy segura de que, con un hermano mayor como tú, debe tener cualidades fantásticas.”
Hallaron sus asientos en la mesa exclusiva del jeque Rassid junto a un caballero de mayor edad con túnica y kufiyya. Ya habían servido varios entremeses y Sarah se sintió agradecida al ver que un camarero colocaba enseguida varios de ellos en su plato y le servía un vaso de agua fría.
“Tío, te presento a la señorita Sarah Johnson,” le dijo el rey Tariq al hombre con túnica que se limitó a saludarla con algo parecido a una mirada de desaprobación. “Lori, este es mi tío Aziz Amara, hermano de la jequesa Samira Amara y Ministro de Energía del país de Varapur.”
“Es un placer, señor.”
“Tú serás quien haga realidad el sueño de Tariq.”
“¿Cómo ha dicho?”
Aziz la observó de nuevo de forma inquietante. “Su gran sueño de esa joya de Varapur o como la llame.”
“No estoy tan segura de eso. Solo soy una arquitecta.”
“Si quieres ver sueños hechos realidad, mujer, deberías venir a ver nuestras antiguas refinerías.”
“Tío,” le advirtió Tariq con un sonido molesto.
“Si la mujer americana puede hacer esas maravillas, tal vez pueda aplicarlas al verdadero corazón de nuestro país en vez de malgastar la fortuna nacional construyendo castillos en la arena de otros.”
Tariq agarró con fuerza del hombro a su tío. “Aziz, cálmate. Este no es el sitio ni el lugar para esta clase de conversaciones.”
“Pues claro, no es mi intención arruinar el circo que ha montado tu hermano,” resopló. “Esperaba que mi preciosa hermana te hubiera hecho ya entrar en razón.”
Sarah se había apartado de los dos al verlos discutir, más agradecida que nunca por la privacidad que ofrecía la realeza.
“No le eches cuenta, torbellino,” le susurró el jeque al oído. “No todos ven con la misma claridad con la que veo yo. Deja que te presente a compañía más… educada.”
Departieron con otros invitados y descubrió que los miembros de la élite de Dubái tenían tanto dinero que no sabían qué hacer con él. Unas sonrisas en el momento oportuno y algún intercambio de cumplidos eran suficientes para cosechar millones en donativos para varias organizaciones benéficas con las que colaboraba. Tal vez hubiera algo más satisfactorio que hacer con su tiempo en aquel lugar de excesos que robarle besos y otras cosas a Tariq. Sentía su mirada sobre ella de cuando en cuando, y le gustaba pensar que lo había impresionado.
“¿Desplumando los bolsillos de los invitados al cumpleaños de mi hermano, torbellino?”
“Solo hago un mejor reparto del dinero para los más necesitados.”
“¿Debería llamarte Robin Hood?” bromeó Tariq.
“Por favor, estoy segura de llevar cambio encima esta noche, mi jeque.”
Rio con su voz de barítono que la hacía estremecerse y sentir escalofríos al mismo tiempo.
Poco después tuvo lugar la opípara cena, con cordero al curry y arroz a la menta que combinaban bien con una segunda copa de champán. De postre, eligió un sencillo sorbete de granada con menta espolvoreada, pero la textura era de una riqueza exquisita que nunca había probado antes. Estaba tan ensimismada en la delicia helada que se derretía en su lengua que casi no vio la mano de su jeque ante ella.
"Baila conmigo," ordenó mientras la música tomaba una cadencia más lenta.
Sarah tomó su mano, arrastrando el vestido tras ella al ponerse en pie y seguirlo a la inmensa pista de baile. Allí, la atrajo hacia sí mientras las luces se hacían más tenues, haciendo que el resplandor azul del mar embelesara a los bailarines. Al instante, tuvo esa sensación sin igual de seguridad en sus brazos, como si hubiera vuelto a la playa desierta iluminada por la luna, solos los dos, uno en brazos del otro. Apoyó la cabeza en su cuello y aquel nuevo aroma exótico invadió sus sentidos, una mezcla de almizcle, hombre y tierra que la excitaba como nada antes.
El rey Tariq la llevaba por la pista sin esfuerzo, como si fueran los únicos que existían en ese instante. Rodeaba su cintura con el brazo y con la otra mano, la sujetaba por la espalda con aire posesivo, unidos mientras daban vueltas por el salón. Sus ojos oscuros brillaban al contemplarla, ardientes no de lujuria y deseo, sino de admiración y fascinación.
Alzó la cabeza hacia él, separando los labios para hablar, pero no le salieron las palabras. Su mirada la extasiaba y la atraía hacia él. Sarah deslizó sus dedos por la solapa de su esmoquin y Tariq inclinó la cabeza lentamente buscando sus labios. En ese momento el mundo no existía, sólo dos almas conectadas de una forma que rara vez ocurría en el universo. Sintió una extraña electricidad atravesar sus labios y su propio ser, más allá de lo primario y de la lujuria, entrelazando las propias cámaras de su corazón. Sus labios la consumieron y se estremeció de gozo al sentir cómo se aferraba a ella.
Lori, con los ojos cerrados, notó explosiones similares a fuegos artificiales. Flashes de luz blanca que bailaban con cada giro de cabeza. Flashes, como los de las cámaras.
Mierda.
Las cámaras de los medios de comunicación y paparazzi sonaban a su alrededor, lanzando sus flashes y haciendo que dieran las doce en el cuento de hadas de Lori.
***