CAPÍTULO DIECISÉIS
Realmente se trataba de un autobús, con un conductor real y con un uniforme real. Mr. Schumacher firmó unos papeles, el hermano Oliver dio la dirección de los Flattery, y todos nos embarcamos dispuestos a iniciar nuestra travesía.
Eran ya cerca de las siete. En el ínterin, después de lavarme, vaciar mis bolsillos de botellas vacías y comer varios trozos de pastel del hermano Quillon, yo había bebido bastante café como para sentirme razonablemente sobrio y mortalmente nervioso.
Aunque dadas las circunstancias, creo que de todos modos me hubiese sentido nervioso. Cuando un rato antes, en la capilla, había decidido hacer un último intento con Dan Flattery, no imaginé a los dos en una confrontación privada y entreví la posibilidad de descubrirle algún punto sensible que me permitiera afirmarme y hacerlo cambiar de decisión, a pesar de nuestra relación tirante. Pero la intención se perdió casi de inmediato y ahora, con diecisiete alegres excursionistas a bordo, yo no tenía la menor idea de lo que pensábamos hacer ni de cómo pensábamos hacerlo.
No éramos los únicos viajeros que salían de la ciudad esa noche. Nuestro autobús se deslizó como una ballena entre bancos de automóviles que en filas interminables avanzaban por la carretera de Long Island. Mis compañeros, novatos en materia de viajes (como lo había sido yo hasta escasas cuatro semanas atrás), miraban boquiabiertos y embobados por las ventanillas, sin siquiera esforzarse por mostrar desinterés o indiferencia. Recordé que yo me comporté del mismo modo en aquel primer viaje en tren. ¡Cuánto camino había recorrido desde entonces, no sólo en kilómetros, sino en actitud!
El autobús era muy cómodo; tenía asientos reclinables, un espacioso pasillo central y excelente suspensión. Detrás de su asiento el conductor tenía una cortinilla negra para evitar reflejos molestos, de manera que podíamos tener las luces encendidas y hacernos continuas visitas de un asiento a otro. Por mi parte no me moví de mi lugar, junto al hermano Oliver —que me había ganado de mano y tenía el asiento de la ventanilla—, pero muchos de mis compañeros estaban al parecer muy excitados para quedarse quietos, con lo cual el pasillo era un hervidero de gente que iba y venía.
Varios hermanos se acercaron para charlar conmigo o con el hermano Oliver. El primero fue el hermano Mallory, que se sentó en el brazo del asiento de enfrente, al otro lado del pasillo, y durante un rato habló de bueyes perdidos hasta llegar a lo que le interesaba.
—Hermano Benedict —me dijo entonces—, cuando lleguemos allí le agradecería que me señalara al tipo ése, Frank Flattery.
El hermano Oliver se inclinó hacia mi lado y exclamó con voz alterada:
—¡Hermano Mallory! ¡No estará pensando en pelearse con ese hombre!
—No, no —le aseguró Mallory—. Sólo quiero verlo, nada más, ver qué aspecto tiene.
—Somos hombres de paz —le recordó el hermano Oliver.
—Por supuesto —asintió Mallory, pero de alguna manera el destello de sus ojos no me pareció tan pacífico, por lo cual agregué:
—Hermano Mallory, no nos ayudará para nada armar un alboroto en casa de los Flattery.
—Nada más lejos de mi intención —insistió Mallory, y se fue antes de que pudiéramos seguir con nuestra moralina.
—Hmmmm —murmuré mientras seguía con la vista las anchas espaldas de Mallory que se alejaban por el pasillo.
El hermano Oliver carraspeó.
—Creo —sugirió— que si el padre Banzolini estuviera aquí, estaría de acuerdo en que una mentira en las actuales circunstancias sería un pecadillo menor.
—No encontraré a Frank Flattery —convine.
Nuestro visitante siguiente fue el hermano Silas. Se encaramó en el mismo brazo de asiento y empezó a hablar en tono displicente de la residencia de los Flattery. Parecía fascinado por los detalles arquitectónicos, la distribución de las habitaciones y cosas por el estilo, y no le cogí la intención hasta que preguntó, siempre con aire de inocencia:
—¿Por casualidad no vieron por allí algo que pareciera una caja fuerte empotrada?
Nuevamente el hermano Oliver adelantó el cuerpo, atravesándose sobre mi humanidad. Por lo visto iba a pasar gran parte del viaje en mi falda.
—Hermano Silas —dijo con severidad—, no nos proponemos robar el contrato.
Silas nos dirigió una mirada de dignidad herida que tantas veces había utilizado para enfrentar a policías, jueces, guardianes y otros representantes del orden.
—¿Robar? Ellos nos robaron el contrato a nosotros. Recuperar lo que nos pertenece no es robar.
—Eso es un sofisma, hermano Silas —dijo el hermano Oliver.
—No es más que sentido común —rezongó Silas.
—No vimos ninguna caja empotrada —dije yo—. Además, lo probable es que guarden los contratos y otros documentos en la caja de seguridad de un banco. La mayor parte de la gente lo hace, ¿no es cierto?
—Sí —admitió Silas de mala gana—. En general, lo que se guarda en la casa son las joyas personales.
—Espero que no nos sugiera asaltar un banco —dijo el hermano Oliver.
El hermano Silas echó una mirada a su alrededor y farfulló:
—Con este cuerpo de baile sería un fracaso. —Y se fue.
El hermano Oliver lo siguió con la vista, perplejo.
—¿Qué quiso decir con eso? —me preguntó.
—No estoy seguro —repuse.
Luego le tocó el turno al hermano Flavian.
—Creo que deberíamos llamar a los medios de comunicación.
El hermano Oliver y yo reaccionamos al mismo tiempo.
—¿Cómo? —exclamé yo.
Y el hermano Oliver dijo:
—No me parece nada aconsejable, hermano. Periodistas, fotógrafos, cámaras de TV... No son cosas que ayuden a una conversación razonable.
—¿Conversación razonable? De lo que se trata es de ejercer presión. Quizás a Dwarfmann y a Snopes no les importe la presión de la opinión pública, pero Flattery debe continuar viviendo en su comunidad.
Dispuesto a contestarle, el hermano Oliver aterrizó nuevamente sobre mis rodillas.
—De ningún modo —dijo—. No somos pingüinos domesticados; somos una orden monástica y como tal debemos comportarnos.
—¿Aunque perdamos el monasterio?
—Hacer monerías ante las cámaras no nos servirá de nada.
—Sirvió para liquidar la guerra del Vietnam —afirmó Flavian.
—No lo creo —dije yo.
—Tampoco yo —dijo el hermano Oliver—, pero aunque haya sido así, terminar una guerra no es lo mismo que renovar un contrato.
—Aunque los periodistas vinieran —dije yo—, cosa improbable, y aunque nos tomasen en serio, cosa improbable, y aunque se pusieran de nuestro lado...
—¡Cosa improbable! —insistió Flavian sacudiendo su famoso puño.
—Aun así —continué—, el plazo expira a medianoche y nuestro mensaje no sería difundido antes de mañana en el mejor de los casos.
—Lo importante es la amenaza —nos aseguró Flavian—. ¿Qué les parece que haría Flattery si al mirar por la ventana viera su jardín lleno de cámaras de televisión?
—Por lo poco que le conozco —repliqué—, creo que cogería una escopeta.
El hermano Oliver hizo un gesto de asentimiento y agregó:
—Estoy absolutamente de acuerdo. Conocemos a ese hombre, hermano Flavian, y puedo asegurarle que es casi tan violento y rígido como usted.
—¡Yo creo en la justicia!
—No lo dudo —le aseguró el hermano Oliver.
De repente el hermano Flavian decidió cambiar de táctica y se dirigió a mí:
—¿Qué piensa decirle a Flattery?
—No tengo idea —admití.
—¿Le molestaría que le hablara yo?
Fulminante aterrizaje del hermano Oliver en mis rodillas.
—¡A mí me molesta! Se lo prohíbo terminantemente.
—Hermano Oliver —intervine yo—, lo único que pido es ser el primero en hablarle. Si fracaso, por mi parte no tengo inconveniente en que cualquiera que lo desee hable con él.
—Perfecto —dijo el hermano Oliver.
—Perfecto —dijo el hermano Flavian y se fue.
El siguiente visitante fue Mr. Schumacher. Una permanente sonrisa deslumbrante y beatífica parecía habérsele fijado en el rostro y no pude dejar de comparar su aspecto eufórico con la expresión torva y avinagrada que mostraba cuando le conocí. Ocupó el asiento de las visitas, se inclinó hacia adelante y cruzándose sobre mí se dirigió al hermano Oliver:
—Dígame, abad, ¿si me incorporo a la orden podré elegir mi propio nombre?
—Por supuesto —repuso el hermano Oliver—. Siempre que sea el nombre de un santo o que de alguna manera esté relacionado con la Biblia.
—Oh, sí, es un nombre bíblico, no se preocupe.
—¿Ya lo ha elegido?
—Así es. —Su radiante sonrisa se hizo de pronto tímida y encogiéndose de hombros dijo—: No sé si será la influencia de las Biblias leídas a lo largo de los años en tantos cuartos de hotel, pero si nadie se opone, creo que de ahora en adelante quiero ser conocido como el hermano Gideon.
En casa de los Flattery daban una fiesta, y ése era el único centro de conmoción en un barrio por lo demás tranquilo y oscuro. El camino de acceso estaba lleno de automóviles estacionados y el aire estaba lleno de música de acordeón. En las dos plantas de la casa las ventanas arrojaban destellos de luz a la noche y la algarabía de la fiesta espumaba y burbujeaba entre los sones del acordeón.
—¡Buen Dios! —exclamó el hermano Oliver asomándose por la ventanilla.
—Una fiesta —dije.
—¿Por qué una fiesta? —preguntó con tono lastimero—. ¿Tenía que ser justamente esta noche?
—Hum... es la víspera de Año Nuevo, hermano.
—Ah, claro.
El hermano Peregrine se dirigió hacia la puerta delantera del autobús y al pasar nos dijo:
—La música de acordeón fue una de las razones por las que me alejé del mundo.
—¿Por casualidad sabe qué canción es la que tocan? —le pregunté.
—Me temo que sea Danny Boy —repuso—. En tiempo de polka. —Y siguió adelante.
El conductor aparcó su vehículo entre los coches estacionados, empujó hasta donde pudo y se detuvo con abundantes estornudos de sus frenos de aire. Sacó la cabeza desde atrás de su cortinilla y anunció:
—Hemos llegado, Mr. Schumacher.
Mister Schumacher —el futuro hermano Gideon— seguía sentado frente a mí, del otro lado del pasillo.
—Y bien, ¿qué hacemos ahora? —me preguntó.
—No podemos volver en otra ocasión —contesté—, de modo que lo único que nos queda por hacer es participar en la fiesta.
Así lo hicimos, y por un rato no pasó absolutamente nada. Estaba claro que Flattery había invitado a todos sus parientes más todos sus amigos más todas sus relaciones comerciales más todos los que no entran en las categorías precedentes, y también estaba claro que todos habían venido. Lo cual explica que dieciséis monjes con hábito y capucha más un semimonje con ropa de calle fueran devorados por la increíble aglomeración de gente como un búfalo por una ciénaga sin que nadie les prestara la menor atención. Claro que, por las mismas razones, no pude encontrar por ningún lado al dueño de la casa.
Una de mis dificultades era que Dan Flattery era un prototipo más que una persona, como pude comprobarlo cuando él y dos de sus sosias salieron de su barco el día de nuestro primer encuentro. Dando codazos entre la multitud me lancé una y otra vez detrás de un cuello grueso, para enseguida descubrir que no pertenecía al hombre que buscaba.
En un momento dado el hermano Mallory consiguió abrirse paso hasta el lugar donde yo me encontraba.
—¿Lo vio? —me preguntó—. Al hijo, quiero decir, a Frank.
—Ni siquiera he encontrado al padre —le informé, y luego, al ver la rigidez de su mandíbula y la fijeza de su mirada, agregué—: Recuerde que lo prometió, hermano Mallory. Nada de boxeo.
—Lo único que quiero es verlo —me aseguró, y volvió a sumergirse en el gentío. Mallory me preocupaba, pero tenía asuntos más urgentes que resolver, y volví a mi búsqueda.
Mientras iba y venía recogí trozos sueltos de conversación, y gradualmente empecé a comprender que el grupo social que me rodeaba era el iceberg cuya punta no sumergida había visto yo en Puerto Rico. Toda la gente metódicamente despellejada por aquel grupo se encontraba ahora en casa de los Flattery: padre, primos, compañeros de escuela, tíos deshonestos, tías frígidas y hermanas de cascos ligeros, y demás está decir que esa gente se dedicaba alegremente a arrancarle grandes tiras de piel a los que estaban gozando del sol en Puerto Rico.
Comprobación interesante; ¿pero dónde estaba Dan Flattery? No lo encontré en la sala, donde habían dispuesto una mesa-buffet alrededor de la cual vi a numerosos invitados rechonchos, ni en ninguna de las habitaciones que recorrí hasta llegar al porche cerrado donde almorzamos aquel primer día, cuando conocí a Eileen Flattery Bone. Tampoco en la cocina repleta de bebida y borrachos, ni en el comedor ocupado por bailarines retozones y el acordeonista (un viejo arrugado acompañado por un aparato que sonaba como un tambor), ni en el pasillo que llevaba a los dos cuartos de baño, ni en ninguno de los dormitorios del piso superior, donde vi camas sepultadas bajo montañas de abrigos y grupos de dos, tres o cuatro personas en serios tête-a-tête. Y por último, no lo encontré en la biblioteca.
¡Un momento! La biblioteca. Acababa de decidir que Flattery tampoco estaba allí y me disponía a continuar mi investigación en el mundo exterior —al parecer había gente en la helada oscuridad del jardín trasero—, cuando de pronto vi a mi hombre apoyado contra sus estantes de autoperfeccionamiento, la cara congestionada y el gesto fiero, hablando con dos réplicas de sí mismo.
Cuando me vio, la cara se le puso pálida sin perder nada de su fiereza. A decir verdad, la conmoción sólo pareció subrayar el aire de buldog combativo de Dan Flattery. Sin una palabra a sus interlocutores, se abrió camino entre la gente, arrojó su cara contra la mía y aulló:
—¡Tenía entendido que usted se mantendría apartado de mi hija!
—¡Quiero hablar con usted! —aullé también yo. (Cualesquiera fuesen las otras razones que él pudiese tener para gritar, lo cierto es que era la única forma de hacerse oír en ese manicomio.)
—Ya hizo bastante... —empezó a decir Flattery y de pronto miró sobre mi hombro, parpadeó y volvió a aullar—: ¿Quiénes son ésos?
Me volví.
—El hermano Quillon —dije—, y el hermano Leo. —El primero se hallaba embarcado en una seria conversación con un par de damiselas de busto prominente y el segundo curioseaba con gesto reprobatorio entre las colecciones de Dickens.
—¿Usted los trajo? —No podía creerlo.
—Queremos hablar con usted sobre el contrato —grité, y en ese momento reaccioné a lo que había dicho Flattery en primer término. Entonces grité aun más fuerte—: ¿CÓMO?
—¡No dije nada!
—¿Qué dijo usted?
—¡No dije nada!
¡Antes! ¡Lo primero que me dijo!
—Dije... —Se detuvo y me miró con el ceño fruncido; por lo visto también él reaccionó tardíamente—. ¿Vino a hablarme del contrato?
—¿Qué quiso decir con eso de mantenerme «apartado» de su hija? Estoy apartado de ella.
—Usted... —Miró su reloj. (Nada parecido a los numeritos rojos y saltarines de Dwarfmann; era una monstruosa antigualla de bolsillo con números romanos)—. Ven conmigo —ordenó, guardó el mastodonte, me clavó en el hombro una mano poco amistosa y empezó a atravesar el muro de carne humana arrastrándome detrás de él como una canoa.
Cruzamos el vestíbulo central y desembocamos en la sala, donde Flattery se detuvo de repente, señaló con la mano que no estaba aferrada a mi hombro y exclamó:
—¿Más hábitos?
Seguí la dirección de su dedo y vi al hermano Flavian arengando a una media docena de jóvenes de edad universitaria. Todos parecían divertirse en grande. Detrás de ellos, los hermanos Clemence y Dexter, cada uno con su cóctel en la mano, mantenían un culto diálogo con varios Flattery de pura cepa.
Flattery me sacudió el brazo gritando:
—¿Cuántos son los que han venido?
—Todos. Los dieciséis.
—¡Por los clavos de Cristo!
Siguió arrastrándome y así terminamos de cruzar la sala y entramos en el comedor —el hermano Peregrine bailaba el fox-trot con una rubia sospechosamente rubia al compás de Quita esas salchichas de la ventana, mientras que el hermano Eli bailaba esforzadamente en contra del compás, acompañado por una chica igual a todas las cantantes folk— hasta que llegamos a una puerta que, según lo había comprobado yo un rato antes, estaba cerrada. Pero Flattery tenía una llave y sin soltarme el brazo (la mano empezaba a hormiguearme por la mala circulación) la hizo girar en la cerradura y terminó de abrir la puerta empujándome contra ella.
Estábamos en una oficina, pequeña, compacta y horriblemente desordenada. Me recordaba las oficinas rodantes que suelen tener los ingenieros de caminos en un remolque, con sus paredes cubiertas de mapas, planos y dibujos en escala, montones tambaleantes de papeles sobre el escritorio, libros apretujados de cualquier manera en la alta y estrecha biblioteca y hasta su gigantesco acondicionador de aire, que sobresalía de tal modo dentro de la habitación que cualquiera que se sentase frente al escritorio tendría que colocarse a la izquierda del aparato o bien bajar la cabeza.
Flattery cerró la puerta detrás de sí y volvió a echarle la llave. Ahora estábamos en privado y en un ambiente relativamente tranquilo. Nos llegaba el parloteo y el estrépito de la fiesta, pero por lo menos no tendríamos que gritarnos uno al otro para hacernos oír.
De todos modos, Flattery gritó:
—¿Se puede saber qué demonios busca ahora, grandísimo hijo de perra?
—No tiene por qué gritar. Lo oigo bien.
—¡No es bastante —siguió gritando— con que trate de apartar de mí a mi propia hija, ahora quiere ensuciar mi nombre ante mi familia y mis amigos!
—De ninguna manera —dije—. No teníamos idea de que usted daba una...
—Pues bien, no me importa, ¿me entiende? Ensúcieme todo lo que se le antoje; de cualquier modo esa caterva de parásitos que está ahí afuera no hace más que ensuciarme todo el tiempo.
—Nadie quiere...
—Pero si se mete con mi Eileen —sacudió su puño tan cerca de mi cara que pude admirar hasta el último de sus pelillos rojizos, cada una de sus pecas y sus nudillos en forma de rodilla— será mejor que empiece a cuidar sus espaldas.
—No tengo nada que ver con Eileen —le aseguré—. Nos hemos dicho adiós.
—Eso me dijo ella. Me llamó por teléfono para decírmelo. —El puño se convirtió en un dedo acusador—. Pero usted no cumplió el trato, así que no venga ahora a contarme que lo hizo. La dejó con la idea de que su propio padre es un pícaro deshonesto y un hipócrita de dos caras.
—¿Acaso no lo es?
—¿Y usted? ¿Qué me cuenta de usted? Destroza el corazón de mi pobre niña, la deja para siempre y vuelve el mismo maldito día.
—¿Qué quiere decir con eso de que vuelvo? Eileen está en Puerto Rico.
Me estudió como alguien que trata de leer un texto en letras muy pequeñas con poca luz.
—¿Habla con sinceridad?
—¿Pero qué...? —Una sospecha me cruzó por la cabeza y deseé fervientemente equivocarme—. Eileen no está aquí, ¿verdad? No, no puede ser, está en Puerto Rico.
—No, no está aquí. —Respiré con alivio (y tristeza), pero enseguida Flattery miró su reloj y agregó—: Pero llegará en menos de media hora.
No pude ni hablar. Me acerqué a una silla cubierta de papeles y libros, me senté encima del montón, alcé la vista y miré la cara pesada de Dan Flattery.
Las letras eran mucho más grandes ahora y la luz mucho mejor; podía leerme.
—Maldita sea mil veces, fíjese un poco. Quiere crear más problemas, ¿eh?
—He vuelto al monasterio —dije.
—¡Pues será mejor que no se mueva de allí!
—¿Pero por qué viene Eileen?
—Se sintió muy mal cuando usted la dejó, hijo de perra. Por eso sacó un pasaje para el primer avión. Alfred Broyle fue a buscarla a Kennedy. Probablemente ya estén en camino hacia aquí.
Alfred Broyle. ¿Ése era el futuro que yo había abierto para Eileen?
—Es mejor que me vaya antes de que llegue Eileen —dije.
—Es mejor que se vaya ahora mismo. Usted y sus colegas.
—Con el contrato.
—¡No! Por los diablos del infierno, le dije por teléfono cuál era mi situación. Estoy...
—No se preocupe —dije. De pronto me sentía más fuerte, seguro de mí mismo. Me puse de pie y me aproximé a Flattery—. Usted sabe manejar el dinero y tiene otros negocios. Saldrá a flote, lo sabe bien. Y nos va a entregar el contrato. No por Eileen, o por lo que mis amigos puedan decirle a sus amigos. Nada de eso. Me va a dar el contrato porque eso es lo correcto, porque sería incorrecto no dármelo.
—¡Idioteces!
No dije nada. Me quedé allí, mirándolo, y él me miró a mí. No sabía si mi actitud era la adecuada, pero estábamos en el momento final y eso era lo único que me quedaba por hacer. No dije nada más porque no había nada más que decir.
Fue, pues, Flattery quien tuvo que romper el silencio, y lo hizo diciendo en tono un poco más suave que antes:
—Es mejor que se vaya de aquí. Eileen está a punto de llegar de un momento a otro.
—Eileen no tiene nada que ver con esto —afirmé asombrado al comprender que lo que decía era verdad—. Se trata de usted y de mí. Y del contrato. Nada más.
Mis palabras le hicieron fruncir el ceño.
—¿Usted? ¿Por qué diablos usted, precisamente? ¿Qué tiene de especial?
—Yo estoy en su camino.
—Puede volver a decirlo.
—Cualquiera puede engañar a un grupo anónimo. Es como bombardear a civiles, es fácil. Pero ahora se trata de dos personas, usted y yo; estamos frente a frente y usted tiene que decirme qué piensa hacer.
Sopesó mis palabras un largo momento y varias emociones le cruzaron por la cara, algunas al parecer violentas, otras menos. De pronto, abruptamente, se apartó de mí y sorteando obstáculos se sentó en la silla que estaba detrás del escritorio. (Advertí que de modo mecánico ladeaba la cabeza hacia la izquierda.) Tomó su bloc de notas y me dijo:
—No tengo el contrato aquí. Está en mi caja de seguridad.
—Lo supuse.
—Le daré una promesa por escrito de entregarle el contrato apenas sea posible, es decir, mañana. No, mañana es fiesta. El viernes.
—¿Y hará constar en ese compromiso que tenemos opción exclusiva de renovación?
Me miró con furia.
—Le odio —dijo.
—Pero lo hará.
—Sí, hijo de perra, lo haré.
Inclinó la cabeza disponiéndose a escribir, y de repente alguien golpeó la puerta. «Es Eileen», pensé, y las piernas se me aflojaron. Flattery alzó la cabeza irritado, señaló la puerta con la lapicera y me ordenó:
—Fíjese quién es.
—Muy bien.
Abrí la puerta y no fue Eileen sino su madre quien se precipitó agitada en la habitación exclamando:
—Dan, un tipo de hábito acaba de pegarle a Frank.
Flattery le lanzó una mirada de tan extrema irritación que la mujer retrocedió un paso.
—Un hábito como el de este se... —Me miró con más atención—. Oh, usted es aquel hermano...
—Hola —saludé.
—Sí —dijo recordándome mejor—, usted es aquel hermano.
—Me temo que sí —dije yo.
—Margaret, sal de aquí —bramó Flattery—. Deja que Frank se las arregle solo.
La señora Flattery me dirigió una mirada de desconcierto y recelo —de curiosidad, también— y luego se retiró. Volví a cerrar la puerta y Flattery siguió escribiendo. Terminó enseguida y me tendió el papel.
—Supongo que querrá leerlo.
—Sí, será mejor.
Era exactamente lo que me había prometido.
—Gracias —dije.
Flattery se puso de pie y logró sin esfuerzo aparente que su hombro derecho no chocara con el acondicionador.
—Le diré una cosa —anunció.
—¿Sí?
—No quiero que se forme una idea equivocada acerca de mí. No le entrego ese papel por razones morales. Soy un hombre pragmático cargado de responsabilidades y los escrúpulos morales ya sabe dónde se los puede meter. Le devuelvo el contrato porque quiero que ese monasterio siga en pie. Quiero que siga exactamente donde está, rodeado de altas paredes y usted adentro, sin moverse de allí. Porque si alguna vez llego a encontrarlo en la calle, juro por esa cruz que lleva ahí colgada que le romperé la cara.
—Hmmm —dije.
—Adiós —dijo él.
No fue nada fácil volver a convertir a quince monjes (más Mr. Schumacher) de alegres camorristas en viajeros. Todos se sentían muy contentos donde estaban. Tuve que explicarle al hermano Oliver que la llegada de Eileen era cuestión de minutos, y sumada su autoridad a mi pánico conseguimos que los hábitos marrones empezaran por fin a alejarse de la fiesta. Salí de la casa y me quedé esperando junto al autobús, tratando de no mirar el camino. ¿Qué haría si de pronto aparecía un coche por la calle oscura y entraba por el camino de entrada? Lo que debía hacer era subir al autobús y quedarme allí sin ni siquiera mirar por la ventanilla. Eso debía hacer. Debía hacerlo.
Como con cuentagotas fueron saliendo mis compañeros de la casa, uno de cada vez, y todos se mostraban a la vez remisos a abandonar la fiesta y felices por nuestro triunfo. ¡El monasterio estaba salvado! ¿Acaso no era eso lo único que importaba?
Lo era para los demás. «Magnífico», me dijeron. «Felicitaciones, no sé cómo lo consiguió», y cosas por el estilo. Me palmearon el brazo, me estrecharon la mano, me sonrieron. Estaban encantados conmigo, y entretanto yo no quitaba los ojos del camino. Pero no vi ningún coche.
El hermano Mallory salió de la casa sonriente, lamiéndose un nudillo lastimado.
—Qué noche —dijo—. Jamás me olvidaré de usted, hermano Benedict.
Los últimos en salir fueron el hermano Oliver y Mr. Schumacher. Cogidos del brazo y derrochando euforia por los cuatro costados se aproximaron a mí. Mr. Schumacher subió al autobús y el hermano Oliver se quedó abajo conmigo. Yo seguí mirando al camino.
—No es una prisión —dijo el hermano Oliver—. Puede irse si quiere.
—Ya lo sé. No quiero irme, sólo que... Alfred Broyle, nada más.
Por supuesto no entendió una palabra, de modo que se limitó a palmearme el brazo y murmurar algo ininteligible.
—Si supiera que hay alguna manera de hacer marchar las cosas, me quedaría aquí ahora mismo. Pero no soy el hombre que ella necesita, y después de un tiempo tampoco yo me sentiría bien con ella, y entonces ninguno de los dos podría ya emprender ningún tipo de vida. Lo único que siento es dejarla en manos de... dejarla con sus problemas sin solucionar.
—¿Pero qué significa todo esto para su vocación, hermano? ¿Qué significa para sus creencias?
—Para ser honesto, hermano Oliver, debo decirle que a esta altura ya no sé en qué creo. No sé si creo en Dios o sólo en la paz y la quietud. De lo único que estoy seguro es de que las cosas en las que creo no están aquí afuera. El único lugar donde las he hallado es en el monasterio.
El conductor nos tocó el claxon. Estaba malhumorado porque creía que nos quedaríamos hasta medianoche y lo habíamos interrumpido en mitad de una exhibición de twist en el comedor. Se asomó por la puerta de adelante y gritó:
—Ustedes dos, ¿vienen o no?
—Enseguida —contesté—. Vamos, hermano Oliver.
Nos habíamos alejado una media manzana cuando nos cruzamos con un coche que iba en dirección contraria. Me puse de pie y estirando el cuello todo lo que pude traté de mirar por el cristal trasero. El coche aminoró la marcha delante la casa de los Flattery, donde aún continuaba la fiesta, y entró por el camino de entrada.
Sábado. Nueve de la noche. Sentado en un banco de la capilla esperaba mi turno para confesarme con el padre Banzolini por primera vez desde mi viaje a Puerto Rico. ¡Y vaya si tenía pecados sobre mi conciencia! Ése era el momento para examinarlos con temor y contrición, pero no lo hice. En cambio, con una sonrisa de alivio y deleite, me dediqué a contemplar mi ambiente cotidiano.
El hogar. Estaba de regreso en mi hogar. Ya ni siquiera viajaría en busca del Times de los domingos. Muy contento había delegado esa función en el hermano Flavian. (En adelante, que se preocupara él de la censura.) El mundo exterior ya se alejaba de mi mente y una vez más yo volvía a ser lo que siempre había sido. (Antes de convertirse en monjes, los hermanos Clemence, Silas, Thaddeus, habían sido abogado, ladrón, marino. Antes de convertirme en monje, yo era un monje que no sabía que lo era.)
La cortina del confesionario se descorrió y vi salir al hermano Gideon con su impecable hábito nuevo y su suave sonrisa nueva. Ocupé su lugar en la oscura cabina, próximo al oído del padre Banzolini, y aunque un poco tarde, empecé a organizar mis ideas.
—Deme la bendición, padre —dije—, pues es una larga historia.