CAPÍTULO QUINCE

En el vuelo de regreso, mi vecino de asiento era un hombre de unos cincuenta años, flaco y ceñudo, que me echó una mirada rápida y fría cuando ocupé mi lugar del lado del pasillo y volvió a sumergirse enseguida en su detenido examen del mundo a través de la ventanilla.

Menos de la mitad de los asientos se hallaban ocupados, y la mayor parte de los pasajeros, como el que estaba junto a mí, eran hombres que viajaban solos. Al parecer, para entonces ya todos los viajeros en vacaciones habían llegado a destino, y sólo quedaban esos pocos peregrinos solitarios, seguramente embarcados en viajes de negocios.

Después del despegue la azafata me sirvió un té muy ligero y a mi compañero un Jack Daniel’s con hielo, y durante un rato viajamos en silencio. El Jack Daniel’s fue metódicamente consumido y reemplazado por otro. Me gustaron las botellitas, pero no se me ocurrió una manera adecuada de pedir los envases. Leí la revista de la compañía aérea, resolví los crucigramas y me pregunté cómo le iría a la familia Razas. Este viaje era muy distinto, por cierto.

Mi compañero siguió a pie firme con el whisky, vaciando una botellita tras otra y comportándose no como si gozara la bebida, sino como quien cumple un deber que se le impone. Algo a medio camino entre la medicina y el ritual. Bebió y bebió. Nada de grandes tragos sedientos; nada ostentoso; pequeños sorbos continuos, que en su inexorabilidad hacían pensar que ese hombre era capaz de vaciar al mundo de su reserva de Jack Daniel’s con sólo proponérselo.

Terminé de leer la revista, la devolví a su lugar en el respaldo del asiento delantero, y oí que mi vecino decía con tono de profundo disgusto:

—Viajar, puaj.

Lo miré con sorpresa y vi que estudiaba con gesto pensativo el asiento que tenía delante, como preguntándose si morderlo o no. Era improbable que se dirigiera a mí, pero como el hombre me despertaba cierta curiosidad y me sentía un poco aburrido (por no hablar del tremendo esfuerzo que hacía para no pensar en mi inmenso deseo de saltar del avión y regresar nadando furiosamente para pegarme a Eileen como una camisa cargada de electricidad), resolví darme por aludido.

—¿No le gustan los viajes? —pregunté.

—Los odio —me contestó con una voz tan baja y ronca que instintivamente me aparté un poco de él. Siguió mirando fijamente al frente, pero ahora su ojo más próximo a mí brillaba como si su único placer en la vida hubiese sido contemplar su odio por los viajes.

—Sin embargo, supongo que la gente se acostumbra —dije.

Entonces se volvió para mirarme y me di cuenta de que tenía los ojos un poco inyectados en sangre. También comprobé que tenía las mejillas sumidas, que el pelo empezaba a escasear en lo alto de su cabeza estrecha, y que la piel de sus sienes se veía grisácea.

—¿Acostumbrarse? Yo estoy acostumbrado; oh, sí, estoy acostumbrado.

—¿De veras?

—Recorro unos cuatrocientos mil kilómetros por año —me informó.

—¡Diablos! Quiero decir... hum. Buen Dios. ¿Por qué?

—Tengo que hacerlo. —Bebió uno de sus rituales sorbos de Jack Daniel’s.

—Pero si odia tanto los viajes, por qué...

—¡Tengo que hacerlo!

La violencia parecía una reacción muy posible en ese caballero, pero mi curiosidad superó mi prudencia.

—¿Pero por qué? —insistí.

Sorbo. Mirada pensativa. Sorbo.

—Soy agente de viajes. —Sonaba más sereno, pero también más desesperado—. Las compañías aéreas me regalan el pasaje, los hoteles me alojan, los restaurantes me alimentan. Y tengo que hacerlo, tengo que saber cómo anda todo ahí afuera. —Volvió la cabeza y miró por la ventanilla, aullando su odio por todo lo que estaba «ahí afuera».

—No entiendo —dije—. Sé muy poco de viajes y...

—Hombre dichoso. En mi negocio, la cuestión es viajar o morir. El cliente viene y pregunta: «¿Cuál es el mejor hotel de Quito?» Y bien, supongamos que nadie de mi oficina haya estado en Quito en los últimos diez años. De modo que le informamos que el mejor hotel es el Asunción. Y el hombre hace la reserva, simplemente porque nosotros ignoramos que la familia que dirigía el Asunción lo vendió hace tres años a una cadena de hoteles brasileña que lo está convirtiendo en una pocilga. ¿Qué le parece, volveré a verle la cara a ese cliente?

—Supongo que no.

—Supongo que no —repitió como un eco, pero su ironía (si es que lo era) parecía dirigirse a la vida en general más que a mí—. Lo que yo vendo es el mundo. ¿Sabe lo que eso significa? —Tendió hacia mí una de sus manos huesudas, curvó los dedos alrededor de un globo imaginario y sopesó el globo imaginario en la palma de su mano—. El mundo es mi mercancía, y debo conocer el inventario.

—Entiendo —asentí. Lo miré con una mezcla de piedad y espanto—. ¿Y todos los agentes de viaje deben pasar por eso?

—¡Qué va! —exclamó, y como en ese momento pasaba la azafata, hizo tintinear los cubos en su vaso vacío.

—Sí, señor —dijo ella y me miró—. ¿Y usted, señor?

—Para él también, por supuesto —refunfuñó mi vecino.

—Oh, no —dije—. De veras no... No tengo dinero.

—Lo invito —decretó y fulminó con la mirada a la azafata—. Es mi invitado.

—Sí, Mr. Schumacher —respondió ella, y dirigiéndole una sonrisa inútil que se estrelló contra la cara de piedra de mi vecino, se alejó rápidamente. Sus muslos se rozaban bajo la minúscula falda de su uniforme y la miré avanzar por el pasillo pensando con fatalidad que no podría dejar de imaginarme en la cama con las próximas trescientas mujeres que viera. Me sentí agradecido cuando Mr. Schumacher me distrajo diciéndome con amargura:

—Todas me conocen.

¿Podría ser tan terrible que una chica tan atractiva lo conociera a uno? Para apartar mis pensamientos del tema me volví hacia mi compañero:

—¿Qué me estaba diciendo de los otros compañeros de viaje?

—Le estaba diciendo «¡Qué va!» —me aclaró—. La mayoría no son más que calienta-escritorios. Extender un pasaje a Disneylandia agota su capacidad cerebral. Yo soy un agente de viajes. Mi tarjeta.

Con un movimiento que revelaba mucha práctica y que recordaba un juego malabar, extrajo una tarjeta de un bolsillo interior y me la tendió sosteniéndola entre los dedos índice y corazón. La cogí y me encontré con un globo terráqueo estilizado en el centro del rectángulo, circundado por el nombre de la firma: Schumacher e Hijos. En el extremo inferior, dos líneas en letra de imprenta: «Oficinas en Nueva York, Londres, Los Ángeles, Chicago, Caracas, Tokio, Munich, Johannesburgo, Río de Janeiro, Toronto, Ciudad de México y Sidney». En el ángulo superior derecho, en simple cursiva pequeña, el nombre: «Irvin Schumacher».

Todavía estaba examinando la tarjeta, tan informativa y a la vez tan poco recargada —a diferencia, por ejemplo, de los artículos del Padre Banzolini— cuando regresó la azafata trayendo nuestras bebidas. Me ayudó a bajar la mesita plegable, lo cual nos colocó en una proximidad que por desgracia encontré deliciosa, y luego me entregó un vaso con cubitos de hielo y dos botellitas de Jack Daniel’s. Bueno, ya tenía asegurados mis envases, un recuerdo de viaje que iría a acompañar al horario de ferrocarril del hermano Oliver.

Por fin la azafata volvió a los deberes que la reclamaban y yo volví a mi examen de la tarjeta.

—¿Usted es el padre o uno de los hijos? —pregunté.

—Nieto —repuso con aire sombrío. Todo parecía amargarlo—. Mi abuelo inició el negocio con un pequeño local en el distrito de Yorkville, en Nueva York. Vendía pasajes a sus compatriotas alemanes para los barcos de la Lloyd Line.

—Conozco Yorkville —dije—. Vivo cerca de allí.

—Vive en un solo lugar... —Su voz revelaba envidia, tristeza, añoranza.

—En un lugar maravilloso —dije, olvidando por el momento que acaso nunca volviera a vivir allí.

Me miró como podría mirar un hombre que no ha comido en un mes a alguien que acaba de volver de un banquete.

—Cuénteme más sobre ese sitio —pidió.

—Es un monasterio. Tiene doscientos años de antigüedad.

—¿Lo abandona con frecuencia?

—Casi nunca. No creemos en los viajes.

Me aferró por el brazo en el momento en que me disponía a beber mi whisky.

—¡No creen en los viajes! ¿Es posible?

—Somos una orden contemplativa —expliqué—, y uno de los deseos de nuestro fundador fue que meditáramos acerca de los viajes terrenales. Hemos llegado a la conclusión de que en casi todos los casos son innecesarios y equivocados.

—¡Por Dios, señor! —Por primera vez un resplandor de animación le iluminó los ojos. No me atrevería a decir que sonrió, pero la intensidad de su rostro me pareció de pronto mucho más positiva, mucho menos desesperanzada—. ¡Cuénteme más sobre ese lugar! ¡Cuéntemelo todo!

Así lo hice. Entre sorbos de Jack Daniel’s —y una constante renovación de botellitas llenas por parte de la rellenita azafata— le conté todo. Le hablé de nuestro fundador, Israel Zapatero, y de la visitación que le hicieron en pleno océano San Crispín y San Crispiniano. Le relaté la historia de esos santos y la de Zapatero, y también la de nuestra orden. Le expliqué nuestra posición frente a los viajes, nuestras conclusiones, nuestros postulados, nuestras hipótesis. Describí a mis hermanos uno por uno y sin ahorrar detalle.

Todo eso exigió mucho tiempo y muchos Jack Daniel’s.

—¡Parece el Paraíso! —exclamó en un momento dado, y yo respondí:

—Es el Paraíso. —Y al mirarlo vi que estaba llorando. También yo lloraba.

Interrumpió mi relato con una serie de preguntas. Más detalles, y más y más. Y más Jack Daniel’s, y más y más. Ya tenía envases de recuerdo para toda la fraternidad e incluso me sobraban. Describí nuestra tradicional cena de Navidad, describí nuestro desván, describí nuestro atrio y nuestras parras y nuestro cementerio y nuestra capilla y nuestra cripta.

Y por fin, describí el lío en que nos hallábamos. Las excavadoras, los intereses inmobiliarios, la amenaza del peregrinaje en el desierto.

—¡Oh, no! —exclamó Mr. Schumacher—. ¡Hay que detenerlos!

—Toda esperanza se ha perdido —le dije. Y luego, repleto como estaba de Jack Daniel’s, lo miré de pronto con nuevo interés preguntándome si acaso Dios no nos habría enviado a ese hombre en el último momento, ¿machina ex Deus?, como portador del único recurso posible de salvación.

No. Vi que movía la cabeza, afligido, y supe que también él era mortal.

—Es un crimen —dijo.

—Claro —asentí, y me puse a luchar con la tapa del Jack Daniel’s de turno. No sé por qué sería, pero cada vez se hacía más difícil destapar las botellas.

—Pero se trasladarán a otro sitio, ¿verdad?

—Sí, claro. No nos desbandaremos.

—Y según me dice usted, no son sacerdotes. Es decir, que cualquiera que llegue de la calle puede ser aceptado entre ustedes. Como el hermano Eli, del que me habló. El tallista.

—Claro —volví a decir. De repente había descubierto que me gustaba decir esa palabra en voz alta. Volví a decirla—: Claro.

Mr. Schumacher permaneció un rato en silencio y cuando lo miré me di cuenta que estaba sumido en una profunda cavilación, mordisqueándose el labio inferior. Lo dejé pensar en paz y por fin murmuró (para sí mismo, no para mí):

—De todos modos nunca veo a mi familia. No advertirán la diferencia.

Estuve tentado de decir «Claro», pero me contuve. Después de todo no se había dirigido a mí y tampoco estaba seguro de que «claro» fuese la respuesta correcta a lo que había dicho.

Mr. Schumacher siguió meditando, aunque ya no verbalizó sus pensamientos, y yo terminé mi última botellita de Jack Daniel’s. Alcé la vista con la esperanza de ver a la azafata y pedirle repuestos, y la vi avanzar por el pasillo hacia nosotros, deteniéndose para decir algo a cada pasajero. Cuando llegó a nuestra altura lo repitió:

—Por favor, ajústense los cinturones. Aterrizamos dentro de un momento.

—¿No hay más Jack Daniel’s?

Me sonrió y movió la cabeza negativamente.

—Lo siento, padre.

—Hermano —dije, pero ella ya se había alejado.

Tintineaba al caminar. Las botellitas de Jack Daniel’s distribuidas por mi persona repicaban a cada movimiento que yo hacía, haciéndome sentir como una especie de campanario viviente.

Habíamos aterrizado poco antes. El avión descendió por el cielo crepuscular de Nueva York y después de aterrizar se detuvo. Al abrirse la puerta vi ante mí un pasillo —¿sería posible que el pasillo hubiese hecho todo el trayecto desde Puerto Rico junto con nosotros?— y Mr. Schumacher y yo descendimos junto con los demás pasajeros. Yo llevaba en la mano mi bolsa nueva de plástico, que contenía mi máquina de afeitar nueva, mi despertador nuevo y los calcetines del hermano Quillon, y Mr. Schumacher llevaba una maleta de lona muy usada, bordeada con cremalleras.

Durante el descenso mi compañero permaneció silencioso y no dijo palabra hasta que al final del misterioso pasillo nos encontramos en el edificio de la terminal.

—¿Tiene equipaje? —me preguntó entonces.

—Esto. —Le mostré el bolso.

—No, además de eso. Equipaje para recoger. —Con un gesto señaló un cartel donde se leía, bajo una flecha indicadora «Equipajes».

—Oh, no. Esto es lo único que tengo.

—Muy bien hecho. «Viaje ligero.» —Bajó las cejas, me dirigió una mirada penetrante y agregó—: Si alguna vez vuelve a viajar.

—No pienso hacerlo —dije—. Nunca más.

—Así se habla. Bueno, vamos entonces.

—¿Vamos?

Mi asombro lo impacientó.

—¿Qué creía usted? Lo acompaño. ¡Viajes, adiós!

Viajamos, sin embargo, en taxi, desde el aeropuerto hasta Manhattan. Y mientras estábamos juntos en el asiento trasero, intenté convencerlo amablemente de que ese súbito impulso era un capricho pasajero, un antojo fugaz provocado por el Jack Daniel’s y la fatiga del viajero.

Pero no quiso escucharme.

—Sé muy bien lo que quiero —me aseguró—. Usted me ha descrito un lugar con el que he soñado toda mi vida. ¿Cree usted que yo quería entrar en el negocio? Como nieto de Otto Schumacher, ¿qué otra cosa podía hacer? Viajar, viajar, viajar. Me lo metieron en la cabeza desde el día en que aprendí a caminar. Día, dicho sea de paso, que he maldecido siempre.

—Pero su familia... ¿No tiene esposa, hijos?

—Mis hijos son grandes. Mi mujer me ve unos dos días por mes, cuando le traigo la ropa para lavar. Me dice: «¿Qué tal fue el viaje?» y yo le digo: «Muy bien». Luego me dice: «Que tengas un buen viaje» y yo digo: «Lo tendré». Si extraña algo de todo eso, le puedo recitar mi parte por teléfono.

—¿Y su negocio?

—Que se ocupen mis hermanos. Y mis tíos, y mis primos. Ninguno de mis hijos quiso seguir mis pasos —horrorosa, esa frase—, de modo que abandono el mundo con la conciencia tranquila.

—Pero no con la cabeza tranquila. Yo, por lo menos, estoy sintiendo el efecto de todo ese alcohol.

—Si mañana cambio de opinión, siempre puedo irme, ¿no es cierto? —siguió diciendo Mr. Schumacher—. Ustedes no me van a encadenar a la pared, ¿verdad?

—¡Claro que no! —contesté, satisfecho de encontrar otra aplicación para mi palabra favorita.

—Muy bien, entonces. —Y miró al frente con una sonrisa alegre, expectante y, según me pareció, un poco extraviada.

El edificio estaba donde yo lo había dejado, pero su futuro podía ahora contarse por días, horas quizás. A la medianoche comenzaría a esfumarse como la carroza de Cenicienta. Con la mejilla contra la ventanilla del taxi, Mr. Schumacher preguntó:

—¿Es ése?

—En efecto.

—Es hermoso.

Le pagó al conductor y con esfuerzo conseguimos bajar a la acera, mientras el taxi volvía a internarse en el fárrago de coches. Obviamente yo no estaba más borracho que al dejar el avión, pero por alguna razón me costaba más mantener el equilibrio y al parecer a mi compañero le pasaba lo mismo. Nos apoyamos uno en el otro para sostenernos, cada uno aferrando su equipaje, y nos detuvimos un momento para contemplar la impersonal pared de piedra —la fachada deslucida— que presentaba el monasterio al mundo. Ya eran más de las cinco, la noche se acercaba, y en la luz menguante esa pared de piedra parecía de algún modo más real, más substancial, que las moles de cristal, cromo y acero que se lanzaban hacia el cielo a nuestro alrededor. A su debido tiempo esos edificios se derrumbarían por sí mismos, pero a esa pared de piedra habría que asesinarla.

—Es hermoso —volvió a decir Mr. Schumacher.

—Hermoso —asentí—. Y condenado.

—Hay que impedirlo.

La gente que pasaba se detenía a mirarnos, sin acertar a decidir si debían mostrarse severos o reírse.

—¿Por qué no entramos? —dije.

—Claro. —Por lo visto Mr. Schumacher había adoptado mi palabra favorita.

La puerta que daba acceso al atrio estaba cerrada con llave —eso sí que era cerrar el establo después que se fue el caballo—, de manera que dando tumbos llegamos a la puerta del scriptorium, que también estaba cerrada. Con ayuda de mi puño y del zapato de Mr. Schumacher conseguimos meter bastante ruido como para provocar la aparición de un sobresaltado hermano Thaddeus, que se quedó mirándonos boquiabierto.

—¡Oh, hermano Benedict!

—Hermano Thaddeus —dije tropezando en el umbral—, permítame que le presente a Mr. Schumacher.

—Thaddeus —susurró Mr. Schumacher. Apretó la mano del hermano Thaddeus entre las suyas y lo miró con fijeza en los ojos—. El Marino Mercante, a salvo en buen puerto. El que dejó atrás la vida marinera y volvió a su hogar.

—Bueno —dijo el hermano Thaddeus parpadeando atónito—. Bueno, sí. Así es.

Conseguí entrar y cerrar la puerta detrás de mí.

—Lo conocí en mis viajes —expliqué.

—Quiero unirme a ustedes —le explicó Mr. Schumacher.

—Ah, qué bien —dijo el hermano Thaddeus. Por alguna razón me pareció que nos estaba siguiendo la corriente, como a los locos.

—¿Sabe dónde está el hermano Oliver? —pregunté.

—En la capilla. Todos están allí. Cumplen una vigilia para rogar por una solución de último momento. —Una luz de esperanza le cruzó por los ojos—. ¿Nos trae buenas nuevas, hermano Benedict?

—Lo siento —repuse, y sabía que volvería a ver la misma expresión afligida catorce veces más antes que el día terminara—. Fracasé.

—No diga eso, sé que hizo todo lo que pudo —me aseguró—. Claro que hizo todo lo que pudo.

—No debe ocurrir —anunció Mr. Schumacher. Estaba mirando el revestimiento de madera del scriptorium, y su expresión era una extraña mezcla de desafío, orgullo y sentido de la propiedad.

—Acompáñeme, Mr. Schumacher —dije—. Vamos a hablar con el hermano Oliver.

—Claro —dijo él.

Dejamos nuestro equipaje a cargo del hermano Thaddeus y nos dirigimos a la capilla. Mr. Schumacher se enamoró de todo lo que vio en el trayecto, desde los marcos de las puertas hasta las Madonas con Niño.

—Maravilloso —dijo varias veces—. Precisamente.

Cuando entramos la capilla estaba silenciosa, pero la tranquilidad no duró mucho. Hubo caras que se volvían, roce de hábitos y sandalias a medida que los hermanos abandonaban los bancos, y las primeras preguntas se formularon en un susurro:

—¿Qué novedades hay? ¿Tuvo éxito, hermano? ¿Estamos salvados?

—No —respondí—. No. —Negué con la cabeza, las caras se ensombrecieron, y todos se agolparon en el fondo de la capilla y nos rodearon dispuestos a oír lo peor.

Cuando se acercó el hermano Oliver, presenté a Mr. Schumacher.

—Quiere entrar en la Orden —informé, sintiéndome como un chico-con-perrito («Me siguió hasta la casa. ¿Puede quedarse?»)—. Es agente de viajes —añadí.

—Ya no —dijo Mr. Schumacher—. No viajaré más. He llegado a mi hogar, hermanos, si ustedes me permiten quedarme. ¿Puedo ser uno de ustedes? ¿Puedo?

Todos parecieron un poco desconcertados por la emoción con que hablaba Mr. Schumacher, y quizá también porque los dos nos tambaleábamos un poco. En cuanto a mí, ya no me sentía borracho, pero mis pies y mi lengua aún mostraban mucha inseguridad.

Sin embargo, el hermano Oliver dirigió muy bien la situación, según me pareció, diciéndole a Mr. Schumacher:

—Por supuesto que puede quedarse mientras lo desee. Una vez que haya pasado un día o dos con nosotros, podemos hablar sobre su futuro.

—Claro —dijo Mr. Schumacher. Por lo visto, ésa era su palabra favorita.

—¿Pero qué hay de nuestro futuro? ¿Perderemos la batalla? —estalló de pronto el hermano Flavian.

—Hicimos todo lo que pudimos —le dijo el hermano Oliver, y advertí que nadie me miraba de frente—. Si la voluntad de Dios es que dejemos este lugar, debemos...

—¡Pero no es la voluntad de Dios! —insistió Flavian—. ¡Es la voluntad de DIMP!

El hermano Clemence trató de tranquilizarlo:

—Llega un momento, Flavian, en que es inútil rebelarse contra el destino.

—¡Jamás!

—Estoy de acuerdo con Flavian —terció el hermano Leo—. Debimos actuar con más energía desde el principio. Debimos haber sido más beligerantes.

Varios hermanos le respondieron, en pro o en contra, y todo parecía indicar que se iba a suscitar una acalorada discusión, cuando el hermano Oliver exclamó:

—¡En la capilla! —Y mirando alrededor, agregó—: Simplemente no hay nada más que podamos hacer. Todo ha terminado y nada ganaremos discutiendo entre nosotros, y sobre todo en la capilla.

—Precisamente —asintió Mr. Schumacher.

Después de eso hubo un pequeño silencio; todas las caras mostraban amargura o tristeza, mientras Mr. Schumacher sacudía la cabeza como enojado consigo mismo por no poder salvarnos. Y entonces respiré hondo y dije:

—Una vez más.

Todos me miraron.

—¿Una vez más, qué, hermano Benedict? —preguntó el hermano Oliver.

—Un último intento —contesté—. El plazo vence a medianoche, el día no ha terminado. Voy a hablar con Don Flattery.

—¿Flattery? —El hermano Oliver separó las manos en un gesto de impotencia—. ¿Para qué puede servirnos? Ya hemos tratado de razonar con ese hombre.

—Anduve en ciertos tratos con él estos días —dije—. No sé si podré hacer algo, pero tengo que intentarlo. Me voy para allá.

—Voy con usted —dijo el hermano Flavian.

—No, yo...

—Yo también —dijo el hermano Mallory.

—Y yo —dijo el hermano Leo.

—Y yo —dijo el hermano Silas.

—Creo que es tiempo de que vea a ese demonio de Flattery en persona —dijo el hermano Clemence.

—Iremos todos —dijo el hermano Peregrine—. Hasta el último.

—¡Sí! —gritaron los hermanos Dexter, Hilarius y Quillon.

—Pero... ¿pero cómo? —Al hermano Oliver parecía abrumarlo la complejidad del asunto—. ¿Todos nosotros? ¿En tren?

—¡Esperen! —exclamó Mr. Schumacher, y cuando nos volvimos hacia él lo vimos en una actitud muy erguida, con un dedo levantado señalando en nuestra dirección—. Yo soy la mano del destino —anunció—. ¿Para qué me ha preparado mi vida, si no para este momento? Dieciséis, diecisiete contándome a mí. Transporte para diecisiete. Nueva York... ¿adónde?

—Sayville —respondí en un susurro—. Long Island.

—Sayville —repitió él—. ¿Era un teléfono lo que vi al entrar?

—Sí.

—Precisamente —dijo, y salió de la capilla, seguido por todos los demás.

En el pasillo, mientras en enjambre nos encaminábamos al scriptorium, el hermano Quillon se me aproximó y me dijo en voz baja:

—Le guardé un poco de pastel.

—Gracias —contesté emocionado y encantado—. Gracias, hermano.

—Su amigo —me dijo señalando con la cabeza a Mr. Schumacher, que navegaba por las curvas del pasillo—, parece un poco especial.

—Debo advertirle que estuvo bebiendo.

—Debo decirle, hermano Benedict, que usted estuvo bebiendo —acotó desde el otro lado el hermano Hilarius.

—En el avión —dije como si con eso me excusara—. Fue un regreso bastante deprimente.

—Sin duda —admitió Hilarius.

Detrás de mí oí decir al hermano Valerian:

—Disculpe, hermano, ¿pero qué es ese repiqueteo?

Repiqueteo.

—Ah, sí —contesté recordando mis souvenirs. De repente, la idea de distribuir botellas de whisky vacías como recuerdos de viaje me pareció muy poco feliz. Pertinente, quizá, pero no muy adecuada para la ocasión—. Son sólo unas botellas —dije, y a partir de ahí caminé apretando los brazos contra los costados para amortiguar la música.

El hermano Thaddeus se quedó anonadado al vernos entrar en tropel al scriptorium. Mientras varios hermanos le explicaban lo que ocurría, Mr. Schumacher se dirigió al teléfono y marcó un número de memoria. Los demás lo observamos dispuestos a escuchar y sabiendo que estábamos participando en un rito que nos era ajeno.

Mister Schumacher silbó bajito entre dientes y tamborileó con las uñas sobre el escritorio. Parecía menos borracho, más eficiente, y de pronto dijo:

—Hola, habla Irvin Schumacher de Schumacher e Hijos. ¿Está Harry? —Escuchó, torció la boca en un gesto de fastidio, y luego dijo—: Ya sé que es la víspera de Año Nuevo. ¿Cree que puedo estar en el negocio y no saber cuándo es la víspera de Año Nuevo? Póngame con Harry. —Otra pausa, más silbidos entre dientes, y luego—: ¿Harry? Irvin Schumacher—. Muy bien, ¿cómo estás tú? ... Me alegro. Oye, Harry, necesito un autobús... Ahora mismo, viaje de ida y vuelta, esta noche, Nueva York a Long Island... No, señor, nada de eso, es una orden religiosa... Harry, ¿alguna vez me oíste contar chistes? ... Eso es. Tiene que recoger a la gente en el monasterio, Park Avenue y la calle 51. Para dirigirse a Sayville, Long Island... Esta noche... Precisamente. Cárgalo a la firma, Harry... Correcto. Ah, de paso, Harry. Ésta es mi última llamada. Me retiro... Sí, supongo que puedes considerarla una resolución de Año Nuevo. Acabé con los viajes, Harry... Así es, compañero. —Paseó la vista por la habitación, nos miró a todos, y con una gran sonrisa radiante, agregó—: Por fin encontré mi hogar. Adiós, Harry.