CAPÍTULO SIETE
La misa del domingo. No teníamos un oficiante fijo, sino que varios sacerdotes de San Patricio se turnaban para decir misa en nuestra pequeña capilla. Ese día oficiaba un joven clérigo de la diócesis, quien después de leer los evangelios nos pidió a todos, por indicación del hermano Oliver, que no nos retirásemos al finalizar los servicios, ya que se iba a dar a conocer un anuncio.
A Través del torbellino febril en que se había convertido mi cabeza después de lo vivido pocas horas antes con Eileen Flattery, pude percibir la atmósfera sombría que reinaba en la capilla mientras esperábamos que finalizara la misa. Quienes ya sabíamos a qué se refería el anuncio, nos sentíamos entristecidos y desalentados por la necesidad de hacerlo, en tanto que los que aún desconocían la novedad podían ver por la expresión del hermano Oliver y de algunos otros que la noticia era mala.
Para mí era doblemente mala. Sentía que estaba por perder mi hogar no sólo bajo la piqueta de demolición, sino bajo el peso de mi propia flaqueza.
La noche anterior, ni Eileen ni yo dijimos una sola palabra en el viaje de regreso. Sólo al llegar yo a mi destino, cuando estaba a punto de bajar, Eileen me dijo «Gracias» en voz baja y apagada. Yo no pude contestarle y sin decir nada entré con paso inseguro en el monasterio. Como era de suponer, el hermano Oliver me estaba esperando, ansioso de saber para qué había querido verme la hija de Daniel Flattery, pero me escudé en mi cansancio y mi estado de agitación emotiva para postergar la conversación. Se lo contaría todo después de misa y esperaba que él me ayudara a tomar una decisión.
Era extraño tener que pensar de pronto en el futuro. Durante diez años mi futuro no había sido más que una larga cadena de presentes repetidos, con lo cual me sentía satisfecho y feliz. Ahora, sin que nada me lo hubiese advertido, debía enfrentarme con un futuro desconocido e incierto. Todo se derrumbaba en mi vida. ¿Demolerían el monasterio? ¿Me obligarían mis propios cambios internos a abandonar el monasterio aunque el edificio se salvara? ¿Qué ocurriría mañana? ¿Qué deseaba yo que ocurriera mañana?
Había dormido mal, y esas preguntas me daban vueltas sin cesar en la cabeza sin que alcanzara a atisbar siquiera una respuesta. El hábito de la meditación, gracias al cual mi cerebro estaba tan ordenado como mi cuarto (por lo menos así me complacía en creerlo), no me servía de nada en el momento crucial. Mi cerebro era una gelatina mal cuajada; peor aun: era la ensalada olvidada en el chalé veraniego el otoño anterior y vuelta a encontrar en la primavera.
La misa se acercaba a su fin. Cuando terminara de decirle toda la verdad al hermano Oliver, como por supuesto lo haría, ¿me ordenaría que me fuese? Era muy posible; no se lo tomaría a mal. Quizás me ordenara volver al mundo exterior hasta sentirme más seguro de mi vocación. Yo mismo consideré esa posibilidad, aunque la perspectiva no me causaba el menor placer.
¿Qué quería yo, en realidad? Quería que la semana anterior dejase de existir, quería borrarla de la historia. Quería pasar sin transición de aquel sábado a la noche, una semana antes, en que con tanta inocencia introduje el periódico fatal entre los muros del monasterio, pasar sin transición, digo, a este domingo, a esta mañana, sin nada entre los dos. Ni viajes, ni Eileen, ni piquetas amenazantes, nada. Eso es lo que quería, y si no podía obtenerlo, ninguna otra alternativa me interesaba.
—Podéis ir en paz, la misa ha terminado.
Pero nos quedamos. El sacerdote se retiró y el hermano Oliver, que ocupaba un asiento en la primera fila, se puso de pie y se volvió enfrentándonos. Se le veía más pesado, más viejo y más agobiado que de costumbre, y cuando habló, su voz sonó tan baja que apenas pude oírlo.
A decir verdad, no le escuché. Sabía lo que iba a decir, conocía ese lecho de dura piedra que él habría de acolchar con numerosas capas de duda y probabilidad, y preferí dedicarme a observar el lugar y a la gente que me rodeaba.
Nuestra capilla, como el resto del edificio, fue diseñada por Israel Zapatero con el propósito de albergar a un máximo de veinte hombres. La forma larga y estrecha de la habitación, que recordaba una caja de zapatos, el piso y las paredes de piedra, el techo de tablas rústicas, las angostas ventanas verticales, respondían al proyecto original, pero en los dos siglos transcurridos desde entonces se habían agregado diversos elementos. El único vitral del hermano Jacob salvado del desván estaba en la capilla, centrado sobre un altar en el frente de la habitación; era un tema abstracto sobre motivos florales y al parecer fue ejecutado poco después que un pariente bien intencionado le envió al Abad Jacob un compás y un transportador.
Había otros añadidos. Las estaciones del calvario en bajorrelieve que adornaban las dos paredes laterales eran obra de un abad cuyo nombre siempre se me olvidada, pero que sin duda también era responsable del bajorrelieve de San Cristóbal portando al Niño Jesús sobre las aguas que ornamentaba el baño del piso superior. La electricidad no llegó a esa ala del edificio hasta mediados de los años veinte, y fue entonces cuando se incorporaron los apliques de símil bronces en forma de casco colocados en los cuatro rincones del techo. Nos proporcionaban una suave luz indirecta que reproducía en forma casi perfecta la luz de las velas a las que habían reemplazado. Dada la estrechez de las ventanas laterales y la falta de funcionalidad del vitral —lo habían colocado sobre una lisa pared de piedra— la luz era necesaria tanto de día como de noche.
Los bancos eran un añadido bastante reciente; hasta 1890 aproximadamente no había en la capilla asiento alguno y quienes asistían a misa permanecían de pie o se arrodillaban sobre el suelo de piedra. Por ese entonces, según me contó cierta vez el hermano Hilarius, se produjo un grave incendio en una iglesia de Brooklyn, y los restos chamuscados de varios bancos fueron donados a nuestro monasterio. El hermano Jerome de aquella época, pudo salvar fragmentos de bancos con capacidad para dos personas y colocó diez de ellos en la capilla, cinco a cada lado de la nave central. Como en ese momento había dieciséis monjes en el monasterio, la última fila no se utilizaba.
Yo estaba sentado en la cuarta fila, contra la pared de la derecha, y desde ese lugar podía ver a todos mis cofrades. En la primera fila, el primero de la izquierda era el hermano Dexter. Mientras escuchaba al hermano Oliver, que un momento antes ocupaba el sitio contiguo al de él, sus rasgos de banquero mostraban menos confianza que de costumbre. Al otro lado de la nave, en el sector donde me encontraba yo, estaban los Hermanos Clemence e Hilarius, Clemence con la cara vuelta hacia el hermano Oliver e Hilarius con la cabeza inclinada y la cara oculta a la vista de los demás.
En la segunda fila empezaban los que oían la noticia por primera vez. A la izquierda los hermanos Valerian y Peregrine, y a la derecha Mallory, que tenía a su lado a Jerome. Valerian, el dueño del bolígrafo que yo había robado por resentimiento y cuya cara mofletuda me parecía a veces la de un sibarita mundano, parecía tan abrumado que no pude menos que perdonarle haber resuelto el crucigrama. Peregrine, dueño de un rostro demasiado bien cincelado y de una personalidad excesivamente teatral (aunque en realidad no había sido actor sino escenógrafo y empresario) parecía incapaz de creer lo que estaba escuchando, como si le estuvieran diciendo que pese a todas las tradiciones, el espectáculo no iba a continuar. De mi lado de la nave sólo podía ver las anchas espaldas y los hombros de los hermanos Mallory y Jerome, el ex boxeador y el actual maestro de reparaciones, sentados como un par de jugadores de fútbol que esperan entrar en la cancha.
En la tercera fila las caras eran más expresivas. Los hermanos Quillon y Leo estaban a la izquierda y el hermano Quillon parecía anonadado. Lamento decirlo, pero parecía anonadado de una manera muy femenina. Leo, en cambio, parecía furioso, como disponiéndose a alzar de un momento a otro su pesado antebrazo y empezar a pegar a alguien hasta hacerlo caer al suelo. A la derecha, justo frente a mí, se encontraban los hermanos Silas y Flavian. Silas, ex ladrón y carterista, autor de una autobiografía en la que narraba su carrera en la delincuencia, se encorvaba más y más a medida que el hermano Oliver hablaba, como si acabaran de identificarlo en rueda de presos y se dispusiera a soportar el chubasco sin decir palabra. El hermano Flavian, el subversivo, empezó a dar saltitos haciendo amagos de levantarse, con unas ganas bárbaras de hablar; del mismo modo había actuado cuando objetó mi «censura», hasta que el hermano Clemence lo redujo a silencio.
A la izquierda, del otro lado de la nave, estaban nuestros hermanos más ancianos, Thaddeus y Zebulón. Thaddeus, hombre alto y corpulento que durante muchos años fue marino mercante, al envejecer se había vuelto débil, vacilante y desorganizado como un coche viejo al que no se ha cuidado bien.
El hermano Zebulón, en cambio, con los años se había encogido hasta hacerse más frágil y diminuto día a día. Ambos escuchaban con ceñuda concentración, al parecer sin llegar a captar del todo lo que se decía.
Sentado junto a mí estaba el hermano Eli; su rostro aparecía tan impasible como el del espectador de un accidente de tráfico, pero debajo de su imperturbabilidad me parecía detectar el fatalismo nihilista que tanto combatía en sí mismo, la convicción —compartida por todos los marginales de su generación— de que la estupidez y la destrucción son inevitables y que la lucha no tiene sentido. La fe del hermano Eli, me pareció, era tan necesaria, y sin embargo tan tenue, como la mía.
Como correspondía, el hermano Oliver terminó diciendo:
—Y por favor, brindadnos vuestras plegarias.
Pero antes que hubiera podido sentarse, o siquiera respirar, ya el hermano Flavian se había puesto de pie, con tan brusco movimiento que estuvo a punto de irse hacia atrás y aterrizar sobre la falda del hermano Jerome.
—¡Plegarias! —gritó—. Por supuesto que rezaremos, ¡pero debemos hacer algo más!
—En eso estamos, hermano —dijo el hermano Oliver—. Acabo de informarles de lo que se ha hecho hasta ahora.
—¡Debemos conseguir el apoyo de la opinión pública! —gritó el hermano Flavian agitando los brazos.
—Sacudir el puño en la iglesia no es lo más adecuado, hermano Flavian —lo amonestó suavemente el hermano Oliver.
—Tenemos que hacer algo —insistió el hermano Flavian.
Con expresión preocupada el hermano Clemence se puso de pie.
—Permítame, hermano Oliver —dijo, y se dirigió al hermano Flavian—. Como ha señalado el hermano Oliver, estamos haciendo todo lo posible. ¿Quiere que vuelva a darle un resumen de lo que llevamos hecho, punto por punto?
Todavía agitado, el hermano Flavian movió las manos en un gesto negativo (seguía con los puños cerrados).
—Tenemos que hacer más —dijo—. ¿Por qué no organizamos piquetes de protesta? Podemos interesar a los medios de comunicación, salir a la calle con pancartas, llevar nuestro mensaje al público. ¡No se atreverán a tomar medidas contra una comunidad de monjes!
—Me temo que sí —dijo el hermano Oliver—. Mr. Snopes me hizo saber que no le preocupa la opinión pública porque no aspira a cargos ni tiene necesidad de ganar votos, y por desgracia le creo.
El hermano Peregrine se incorporó de un salto.
—¿No podríamos juntar el dinero necesario y comprar el edificio? O... no sé... organizar un espectáculo a beneficio...
—Es demasiado dinero —dijo el hermano Oliver y se volvió hacia el hermano Dexter para que confirmara sus palabras.
El hermano Dexter no se puso de pie, sino que volviéndose a medias en su asiento hizo un ademán de afirmación con la cabeza dirigido a todos nosotros.
—El valor de la tierra en esta zona —dijo— oscila alrededor de ochenta mil dólares por metro cuadrado. Sólo nuestra parcela costaría más de dos millones de dólares.
La cifra era como para aplacar a cualquiera, y hubo un breve silencio que rompió el hermano Leo al preguntar:
—¿Pero cómo ocurrió todo esto? ¿Si el contrato estaba sin expirar, por qué no nos enteramos a tiempo?
—La culpa es mía —dijo el hermano Oliver con un gesto de impotencia.
—No —dijo el hermano Hilarius. Se había puesto de pie y dirigió sus palabras al hermano Leo, situado al otro lado de la nave—. Uno no está tan pendiente de un contrato por noventa y nueve años como de un huevo de tres minutos.
El hermano Leo no se tranquilizó.
—Alguien debía saberlo —insistió—. De todos modos, ¿dónde está el contrato? ¿Quién lo tiene?
—Debería tenerlo yo, pero ha desaparecido —admitió el hermano Oliver—. Y he revuelto cielo y tierra para encontrarlo.
—Si alguno de ustedes sabe dónde encontrarlo, por favor que lo diga. Necesito echarle un vistazo para ver cómo está redactado —añadió el hermano Clemence.
El hermano Silas traicionó su procedencia al decir:
—Quizás lo robaron.
—¿Con qué objeto? —preguntó el hermano Clemence frunciendo el ceño.
—Para que usted no pueda ver cómo está redactado.
El hermano Valerian se mostró impaciente.
—Calma, hermanos, no nos pongamos paranoicos. Las cosas se presentan bastante mal sin necesidad de complicarlas más.
En ese punto intervino el hermano Thaddeus, cuyos años de viaje en la marina mercante acaso lo habían preparado más que a los otros para las transiciones abruptas.
—Hermano Oliver, ¿qué ocurriría si no salvamos el monasterio? ¿Adónde iremos?
El hermano Quillon se volvió y movió la cabeza en un gesto de desaprobación.
—Eso es muy derrotista, hermano Thaddeus. Debemos asumir una actitud positiva.
—No podemos ignorar el pronóstico meteorológico, sea cual fuere —le contestó malhumorado el hermano Thaddeus—. Si el viento indica tormenta, pues hay que prepararse.
—Es cierto —confirmó el hermano Oliver—. Y DIMP se comprometió a encontrar un edificio adecuado y a ayudarnos en la mudanza. Primero nos sugirieron el edificio de una ex universidad, en el norte, y esta mañana nos mandaron por mensajero fotografías de un edificio en Pennsylvania que fue monasterio en un tiempo.
—¿En Pennsylvania? ¿En qué parte de Pennsylvania? —preguntó enojado y receloso el hermano Flavian.
—En una pequeña ciudad llamada Higpen.
—¿Higpen? ¡No será la Abadía de Lancaster! —exclamó el hermano Silas.
—¿Conoce usted el lugar? —preguntó el hermano Oliver.
—Estuve un tiempo allí. No sirve, créanme. Comparado con este edificio es una basura.
—¿Por qué no nos da más detalles, hermano? —pidió el hermano Quillon.
—Cómo no. —El hermano Silas se volvió de modo que todos pudiéramos verlo. Era de estatura un poco más baja que lo corriente, hecho que al parecer le había resultado útil para su carrera de ladrón carterista, y su cara daba la impresión de un conjunto de rasgos pequeños y afilados reunidos de prisa y corriendo. Tenía el físico que en mis fantasías siempre atribuí a los que se dedican a espiar el entrenamiento de los jockeys para pasar datos.
—La Abadía de Lancaster —procedió a explicar—, formaba parte de la Orden de San Dimas, consagrada como ustedes saben al buen ladrón, el que fue crucificado a la derecha de Cristo.
Todos inclinamos la cabeza ante la mención del Nombre.
—Cuando escogí la buena senda —prosiguió el hermano Silas—, me incorporé a esa orden. En un primer momento me parecieron buenas personas. Casi todos habían estado en la profesión, y pronto me di cuenta de que se pasaban el tiempo contándose unos a otros sus genialidades pasadas: los robos maestros en que habían intervenido, cómo se zafaron de una buena en tal oportunidad o salvaron el pellejo gracias a su ingenio en otra. En fin, empecé a pensar que esos tipos más que ladrones reformados eran jubilados, ¿me entienden? De manera que decidí largarme y me vine para aquí.
El hermano Oliver carraspeó.
—Creo que en este momento, hermano Silas, lo que nos interesa concretamente es el edificio.
—De acuerdo, hermano. —El hermano Silas sacudió la cabeza en un gesto negativo—. Les digo que no sirve. Estos tipos se pasaron la mayor parte de su vida adulta a la sombra, ¿me entienden? Cuando imaginaban una casa pensaban en un lugar con puertas tipo celda y un patio para ejercicios. De manera que cuando construyeron la abadía de Pennsylvania lo que resultó fue un Sing-Sing en miniatura. Paredes grises, puertas metálicas, patio con suelo de tierra. No les gustaría nada.
—Muchas gracias, hermano —dijo el hermano Oliver. La información parecía haberlo abatido, pero valerosamente se dirigió a los demás—: Por supuesto DIMP nos prometió seguir buscando hasta encontrar algo que nos satisfaga.
Con voz aguda el hermano Quillon exclamó:
—¡Pero nada podrá satisfacernos después de esto, hermano Oliver! ¡Éste es nuestro hogar!
—Todos compartimos sus sentimientos —le aseguró el hermano Oliver.
—Discúlpenme —intervino el hermano Clemence—, quiero volver sobre el asunto del contrato. ¿Alguien lo ha visto o tiene idea de dónde puede estar?
Nos miramos en silencio, esperando que otro hablara.
—Entonces —dijo el hermano Clemence alzando las manos en un gesto de desaliento—, nadie sabe nada.
En ese momento se oyó la voz cascada del diminuto hermano Zebulón.
—¿Por qué no examinan la copia?
Con lo cual concitó más atención que la que había logrado despertar en cuarenta y cinco años. El hermano Clemence cruzó la nave en dirección a él y preguntó:
—¿Copia? ¿Qué copia?
—La copia del hermano Urban, por supuesto. ¿Qué otra copia hay?
—¿La copia del hermano Urban? —El hermano Clemence echó una mirada desvalida a su alrededor y su expresión de impotencia decía, con tanta claridad como las palabras, que entre nosotros no había ningún hermano Urban.
Entonces habló el hermano Hilarius.
—Un ex abad —dijo—. Creo que el que precedió a Wesley.
—¡Eso es! —exclamó el hermano Valerian—. ¡Ahora lo recuerdo! El que iluminaba manuscritos. Hay uno enmarcado colgado en la cocina, cerca del fregadero, una versión iluminada de 1 Corintios 7,7: «Cada hombre tiene su propio don de Dios, uno a la verdad de un modo, y otro de otro».
El hermano Clemence no entendía nada.
—¿Manuscritos iluminados?
—Hacía manuscritos iluminados con cualquier cosa —cacareó el hermano Zebulón, y de pronto se echó a reír—. ¡Hubieran visto su versión iluminada de la primera plana del Daily News el día en que Lindbergh aterrizó en París! —Entre carcajadas se golpeó las rodillas, olvidado por completo en su excitación del lugar donde se encontraba—. ¡El hermano Urban —gritó— era el más chiflado de todos, y eso que todos estaban chiflados! En cuanto veía un pedazo de papel con letras encima se ponía a fabricar un manuscrito iluminado todo lleno de dibujos y grandes mayúsculas adornadas con arabescos, rebordes dorados y qué se yo cuántas cosas más.
Advertí que nadie miraba al hermano Oliver. Tampoco yo, de modo que no sabía cómo tomaba lo que estaba oyendo. En cambio sé cómo lo tomó el hermano Clemence: con la aturdida alegría de un avaro al que acaba de caerle una barra de oro en la cabeza.
—¿Dónde está esa copia? —exclamó—. La copia del contrato, ¿dónde está?
El hermano Zebulón abrió sus manos huesudas y encogió sus huesudos hombros.
—¿Y cómo quiere que lo sepa yo? Con todos los demás manuscritos, supongo.
—Muy bien, ¿y dónde están los demás?
—Tampoco lo sé.
Pero el hermano Hilarius sí lo sabía.
—Hermano Clemence —dijo, y cuando Clemence se volvió hacia él repitió—: hermano Clemence, usted sabe dónde están.
Clemence frunció el entrecejo. Todos fruncimos el entrecejo. De pronto el semblante de Clemence se iluminó.
—Ah —dijo—, el desván.
—Dónde, si no —dijo el hermano Hilarius.
El desván. Como el techo bajaba en plano inclinado hacia ambos lados, el único lugar donde se podía estar de pie sin encorvarse era en el centro exacto, justo debajo de la viga de sostén. Y aun allí, sólo si uno medía menos de uno sesenta. Descalzo.
La parte central, más alta, estaba despejada para poder utilizar la como lugar de paso, pero los dos espacios triangulares a ambos costados se hallaban abarrotados con la más increíble colección de objetos que pudiera imaginarse. Los pesebres de fósforos del abad Ardward —y sus tres catedrales del mismo material, levemente deterioradas— formaban una especie de ciudad liliputiense desparramada por varios lugares, entremezclada con viejas maletas de cuero resquebrajado, matorrales y bosquecillos de candelabros enmohecidos, vitrales que ilustraban el talento incomparable del abad Jacob para impedir el paso de la luz, amontonados contra las paredes en peligroso declive, fajos de grandes fotografías con los bordes curvados (el paso de las estaciones en el atrio visto por el abad Delfast), pilas de ropa, cajas de zapatos, pequeñas colinas de tazas de café rotas y platos cascados, y Dios sabe qué más. En medio del desbarajuste, la novela en catorce volúmenes del abad Wesley basada en la vida de San Judas el Oscuro, transformada en vivienda de apartamentos para ratones. Sillas viejas, mesitas, un banco hecho con un tronco de árbol y algo que me pareció un palenque. Faroles de querosén colgados de ganchos en las viejas vigas, bajorrelieves sobre motivos religiosos a diestro y siniestro y una alfombra enrollada sin ninguna Cleopatra dentro. El peregrinaje del pueblo judío estaba perpetuado en mosaicos de material muy frágil pegados sobre grandes planchas de madera; al secarse el pegamento los mosaicos se habían caído y se deshacían bajo los pies con un crujido siniestro. Viejos diarios, antiguas tallas en madera que representaban navíos haciéndose a la mar, viejos sombreros de fieltro, viejos caleidoscopios y viejas corbatas universitarias.
¡Cómo puede llenarse un desván en ciento noventa años!
Llegamos al desván sin aliento, como prisioneros de guerra fugitivos. Dieciséis hombres llenos de entusiasmo investigador. Llegamos, nos desparramamos, nos agachamos y buscamos. Bajo nuestros pies crujían ominosamente restos de mosaicos, bolitas de naftalina y excrementos de ratones. Las cabezas golpeaban contra las vigas en medio de exclamaciones de dolor o murmullos incomprensibles. La única iluminación con que contábamos, una lamparilla de cuarenta vatios en lo alto de la escalera, era muy escasa y se reducía aun más por las sombras que arrojábamos nosotros en nuestro propio camino o en el de algún compañero. El hermano Leo se arrodilló sin darse cuenta sobre una catedral de fósforos, el hermano Thaddeus acuchilló otro templo con una uña, el hermano Jerome tropezó y se fue de cabeza sobre la novela del abad Wesley y el hermano Quillon su puso a llorar. El hermano Valerian encontró un cabo de vela, lo colocó en un candelabro, lo encendió... y la vela se cayó y fue rodando encendida hasta un pequeño suburbio de periódicos y camisas. Lo que siguió fue un pandemónium, pero conseguimos apagar el fuego antes de que causara mucho daño.
Y el polvo... Un solo hombre que hubiera subido al desván a echar un vistazo superficial habría levantado en cinco minutos bastante polvo para mandarlo escaleras abajo de un empujón. Dieciséis hombres frenéticos hurgando y revolviendo en los más profundos y remotos repliegues de esa montaña de trastos viejos, creamos lo más parecido a la atmósfera del planeta Mercurio que se haya visto alguna vez en el planeta Tierra. Tosíamos y estornudábamos, nuestra transpiración se convertía en barro, el hábito de lana nos picaba, los ojos nos ardían, y la mitad de las cosas que recogíamos se nos desintegraban entre las manos. Lo cual aumentaba el polvo.
Cuando el buen católico pasa por momentos difíciles, de tribulación, puede ofrendar sus sufrimientos en aras de las almas que se encuentran en el Purgatorio, para abreviar su castigo y lograr su más rápido paso al Cielo. Si aquel día nosotros no vaciamos el Purgatorio, no sé quién puede hacerlo.
—¡Aquí está!
La voz era la del hermano Mallory y a través del torbellino de polvo y la semipenumbra pude ver su cuerpo de boxeador en postura de lucha debajo de las vigas amenazantes. Agitaba en el aire un pedazo grande de papel rígido.
Todos nos precipitamos hacia él aplastando bajo los pies anónimos elementos aplastables. El hermano Clemence tosió, escupió y gritó:
—¿El contrato? ¿Es el contrato?
—¡Todavía no! —contestó también gritando el hermano Mallory—, pero aquí están los manuscritos, y hay un montón. —Volvió a mostrarnos el papel para que lo examináramos.
Nunca había visto yo un Prohibido Fumar ejecutado con tanta belleza. La curva elegante de la P, que sugería una columna de humo, lucía más suntuosa por los zarcillos verdes de hiedra que la enmarcaban, y una corona de lirios suavizaba el efecto severo y rotundo de la F. Las letras minúsculas estaban dibujadas en negro, con una caligrafía leve y clara, y circundaban al conjunto hojas, ramas y motivos florales. En los márgenes, dispuestos con gracia, había pequeños dibujos rectangulares que representaban a artesanos entregados a sus labores —uno escribía, otro trabajaba en su telar, un tercero hacía zapatos— y era fácil ver de una ojeada que ninguno tenía un cigarrillo en la mano.
—Hay un montón de éstos —nos informó el hermano Mallory—. Todos distintos. —Al volverse para mostrarnos algunos, se golpeó la cabeza contra una viga y dejó caer al suelo el cartel de Prohibido Fumar.— ¡Maldita sea esa viga! —exclamó—. Sólo en un sentido teológico —añadió dirigiéndose al hermano Oliver.
—El contrato —lo urgió impaciente el hermano Clemence—. No se preocupe por lo demás, encuentre el contrato.
Al igual que varios otros hermanos, Clemence se había subido la capucha para protegerse un poco de los golpes, y de pronto se me ocurrió que bajo la humosa luz amarilla y polvorienta, en ese estrecho recinto de madera, rodeados de tan extraño rastrillo con nuestra ropa telar y muchos con la cara oculta por la capucha, debíamos parecer figuras salidas de uno de los cuadros más perturbados de Brueghel el Viejo. Monjes en el Infierno, algo así. Casi esperé que alguna criatura demoníaca, mitad sapo y mitad hombre, se escabullera de la catedral de fósforos que tenía a mi lado.
Por suerte no ocurrió (el monstruo se quedó adentro). En cambio vi al hermano Mallory cargado con un montón de papeles que apenas podía abarcar con los dos brazos.
—No sé qué aspecto tiene el contrato —masculló—. De todos modos, con esta luz y el polvo que hay no se puede ver nada.
—Los llevaremos todos abajo para clasificarlos —decidió el hermano Clemence.
—Éstos no son todos —aclaró el hermano Mallory—, hay centenares. —Arrojó a los brazos del hermano Leo la carga que traía—. Téngame esto, voy a buscar los demás.
El hermano Leo cogió el montón de papeles y se golpeó la cabeza con una viga. Lanzó un gruñido y creí que le oiría algo mucho peor que el comentario teológico del hermano Mallory. Pero no fue así. Mordiéndose los labios permaneció un instante sin decir nada y luego se dirigió al hermano Hilarius.
—Hermano, ¿nuestro fundador era un hombre alto?
—Bajo, creo —repuso el hermano Hilarius—. Menos de uno sesenta.
—Lástima —farfulló el hermano Leo.
El hermano Mallory apareció con otro montón y se lo pasó al hermano Peregrine. Varios papeles salieron volando para todos lados. Logré ver una hermosa reproducción de un afiche para la pelea Louis-Schmeling, en el que las letras se enlazaban artísticamente con cuerdas de ring anudadas. También la copia ampliada de una receta médica en la que se veían —ejecutados en estilo libre alrededor de la escritura ilegible fielmente reproducida— estetoscopios, caduceos, cabeceras de antiguas camas de bronces y botellas con tapones de corcho. Otros pliegos resultaban incomprensibles sin un examen más detenido, dada la profusión de dibujos, mayúsculas festoneadas de hiedra, arabescos caligráficos y empastes surtidos. Pero todo era muy interesante. Y había toneladas.
Por fin bajamos a tientas, los hermanos Mallory, Leo, Jerome, Silas, Eli y Clemence, casi ocultos bajo su cargamento. Yo me detuve a levantar los papeles que se habían caído al suelo, y aunque ninguno resultó ser el contrato buscado decidí llevármelos de todos modos y seguí a los demás hasta el despacho del hermano Oliver en el primer piso, sin dejar de recoger papeles caídos por el camino.
Es de veras maravillosa la forma en que una intensa actividad de grupo puede sacarlo a uno de sí mismo. Desde el momento en que se inició la gran cacería del contrato, había olvidado por completo mis problemas personales, las dudas y perplejidades respecto a mi futuro. Cuando me quedé solo, siguiendo el rastro de papel dejado por mis compañeros, volví a pensar en mi propia situación. Sentí que una vez más me invadían la tristeza, la ansiedad y la incertidumbre, y me apresuré a hundirme nuevamente en la seguridad y el anonimato de la multitud.
La oficina del hermano Oliver parecía un paraíso de burócratas: papeles por todos lados, chorreando de mesas y sillas, caídos por el piso, apilados sobre el archivo. Los hermanos Clemence, Oliver, Flavian, Mallory y Leo trataban todos juntos de poner orden, o sea que todos juntos creaban el caos. Los hermanos Valerian, Eli, Quillon y Thaddeus agitaban pedazos de papel en dirección al hermano Clemence gritando (por cierto que no al unísono) «¿Es éste?» El hermano Dexter contempló el barullo, sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco. Lo comprendí.
Por fin, fue el hermano Peregrine quien organizó la búsqueda. De un salto subió a la mesa de refectorio como si se dispusiera a ejecutar un número de zapateo —el hermano Oliver le miró sobresaltado y no demasiado contento—, golpeó las manos y gritó como un coreógrafo de película musical:
—¡Muchachos! ¡Muchachos!
Creo que fue el oírnos llamar «muchachos» y no «hermanos» lo que nos serenó de golpe. Dos o tres sílabas más tarde se hizo el silencio y todo el mundo miró al hermano Peregrine, quien lo rompió enseguida diciendo en voz muy alta:
—¡Tenemos que organizamos!
Varias personas estuvieron a punto de reanudar el caos expresando su asentimiento al mismo tiempo, pero el hermano Peregrine los dominó gritando más que ellos y continuó, inexorable:
—El hermano Clemence es el único entre nosotros que sabe con exactitud qué estamos buscando. —Señaló al hermano Clemence—, hermano, ¿quiere colocarse por favor de este lado de la mesa? Adelante, acérquese.
Uno no discute con el coreógrafo. Me di cuenta de que el hermano Clemence empezaba vagamente a entenderlo, y después de una breve pausa se abrió paso y obedientemente se colocó donde le ordenaban.
—Perfecto. —De pronto el hermano Peregrine tenía el mando total en sus manos, al punto que no tenía que pedirle a nadie que hiciera las cosas. Señalando a medida que los iba nombrando, dijo:
—Muy bien. El hermano Oliver, el hermano Hilarius, el hermano Benedict y yo examinaremos esos papeles. Con cuatro personas basta. Sé que a los demás también les interesa, pero si tratamos de hacerlo todos no conseguiremos nada. Si quieren observar, por favor permanezcan atrás, junto a la puerta. Allí, por favor, hermano Flavian. Junto a la puerta.
Magnífico. En menos que canta un gallo el hermano Peregrine había concluido el reparto y creado su público. (Advertí que se había asignado un papel principal, pero como lo mismo había hecho conmigo, no tenía por qué quejarme.)
La obediencia fue rápida y completa. Hasta el hermano Flavian, si bien vaciló, decidió por último callarse la boca y unirse a los espectadores. Mientras los parias se apiñaban en el rincón cercano a la puerta, el hermano Peregrine dio los últimos toques a su puesta en escena.
—Ahora bien —dijo—, cada uno de nosotros cuatro se hará cargo de un montón de manuscritos y los revisará uno por uno. Si aparece alguno que pudiera ser el que buscamos, se lo pasaremos al hermano Clemence para que lo inspeccione. ¿Está claro?
Noté que no nos preguntaba si estábamos de acuerdo, sino únicamente si habíamos entendido. Como es imposible responder a una pregunta no formulada, todos afirmamos con la cabeza y murmuramos nuestro asentimiento. El hermano Peregrine bajó de la mesa con un saltito elegante y dimos comienzo a la búsqueda.
El hermano Hilarius trabajaba a mi lado, y muy pronto perdió totalmente de vista su objetivo. El historiador que llevaba adentro se impuso, y empezó a conducirse como si el propósito de su tarea hubiese sido admirar los manuscritos.
—Muy bonito —decía por ejemplo mostrándome la reproducción del frente de una caja de cereales Kellogg—. Curiosa fusión de elementos carolingios y bizantinos. —O respecto a un anuncio de supermercado en el que se ofrecía asado a buen precio—: Perfecto ejemplo de Renacimiento tardío.
Sus comentarios me impedían concentrarme en mi tarea, pero hice lo que pude. ¡Y vaya si el abad Urban había poseído una pluma fértil! Cualquier cosa impresa, cualquiera, que hubiese caído bajo los ojos de ese hombre, había sido copiada en uno u otro estilo de iluminación. Revisé un papel tras otro sin encontrar nada, y me detuve en un menú en el que las mayúsculas estaban construidas alrededor de los animales cuyas partes se ofrecían: pescado, ternera, cordero.
—¡Mire! —exclamó el hermano Hilarius—. Mire estos divertimentos.
A mí no me parecieron nada divertidos. Ahorcamientos, crucifixiones, electrocuciones y otras formas de muerte violenta institucionalizada aparecían representadas por pequeñas figuras estilizadas en los márgenes de un cartel de se busca.
—¿Divertido? —pregunté.
—Divertimentos —me corrigió él—. Así se los llama; son característicos del estilo gótico. Comienzos del siglo dieciséis.
—Ah —murmuré y volví a concentrarme en mi propio montón de divertimentos.
—El hermano Urban —siguió ilustrándome el hermano Hilarius—, no sólo era todo un artista sino también todo un erudito. Conocía los diversos estilos y períodos de iluminación y tenía el don de combinarlos para expresar lo que deseaba.
—Magnífico —dije, y descarté una lista de cosas para lavar, toda en rojos y dorados.
—¿Es esto? —El hermano Peregrine se puso de pie como movido por un resorte, desparramando los papeles que tenía en la falda. Todos esperamos, tensos, observando la cara del hermano Clemence, quien después de estudiar el manuscrito (muy difícil de leer, como casi todos los demás), sacudió abruptamente la cabeza.
—Reglamento de club de pescadores —anunció.
Abatido, con su papel de protagonista reducido a una intervención ridícula, el hermano Peregrine volvió a su lugar sin decir palabra. Mi propia humillación sobrevino casi de inmediato.
Estaba seguro de haberlo encontrado, absolutamente seguro, pero el hermano Clemence no tuvo más que echarle una ojeada para hacerme pedazos.
—Partida de nacimiento —anunció—. Alguien llamado Joseph no sé cuántos.
Y así proseguimos, ahora con más cautela, ya que nadie quería hacer el papel de tonto, y de pronto tropecé con algo que no entendí para nada. Había letras, eso era obvio. Pero no podía descifrar una sola palabra. ¿Sería una L ésa? Ramas de vid entrelazadas con las letras, hojas aleteando por todos lados, aves de largo cuello tendiendo sus alas hacia el cielo, soles y lunas desparramados con mano generosa. Traté de entender algo y lo único que saqué en claro fue un dolor de cabeza.
Al fin tuve que pedir ayuda, pero no al hermano Clemence; aún no era el momento.
—Hermano Hilarius, ¿qué le parece que será esto? —pregunté.
El hermano Hilarius miró lo que le mostraba y se echó a reír.
—¡Esto sí que no tiene desperdicio!
—¿De veras?
—Es muy gracioso —me informó—. Una broma fabulosa. ¿No se da cuenta?
—Para nada.
—Combinó el estilo irlandés, directamente extraído del Libro de Durrow (fíjese en esa S)...
—¿Ah, es una S?
—Claro que es una S. —Sin dejar de reír el hermano Hilarius se inclinó para estudiar el chiste en primer plano—. ¡Mezcló el estilo irlandés con el Art Nouveau!
—No me diga.
—¡Art Nouveau! ¿Entiende? El Art Nouveau tiene menos de cien años de antigüedad, es muy posterior al período de los manuscritos iluminados. Fíjese en la curva de estos tallos.
—Anacronismo —sugerí tratando de agarrar alguna punta del supuesto chiste.
—Maravillosa yuxtaposición.
—Probablemente —asentí—. Pero... ¿es el contrato?
Al hermano Hilarius no le gustó nada que lo distrajera de su admiración por el humor del abad Urban.
—¿Cómo? —me preguntó frunciendo el ceño.
—¿Es el contrato?
—¿El contrato? —Parecía atónito, como si no hubiese tenido la menor idea de que estábamos buscando un contrato—. Claro que no.
—Ah.
—¡Mire! ¡Mire! Léalo usted mismo. —Su dedo se deslizó sobre el frondoso jeroglífico—. Lindy aterriza.
—¿Lindy aterriza?
—Lindbergh. ¡Es la primera plana del Daily News!
Con el poco respeto por las normas que caracteriza a los ciudadanos provectos, el hermano Zebulón había abandonado las filas del público para subir al escenario, y estaba de pie junto al hermano Hilarius. Se inclinó hacia mi lado para mirar el manuscrito y dijo:
—Sí, eso es. Lindy estuvo de vuelta en su casa mucho antes que el hermano Urban hubiese terminado su obra.
—No me extraña —dije.
Entonces el hermano Zebulón echó una mirada alrededor del cuarto como buscando algo.
—¿Dónde están los rollos? —preguntó.
En estrecha armonía, el hermano Hilarius y yo expresamos nuestro asombro al mismo tiempo:
—¿Rollos?
—Rollos, sí. —El hermano Zebulón juntó las dos manos uniendo las yemas de los dedos y luego las separó y describió un movimiento circular, como quien mezcla polenta—. El hermano Urban hacía todas las cosas largas en rollos.
—¿Rollos de papiro? —preguntó el hermano Hilarius.
—Rollos de papel, eso es —confirmó el hermano Zebulón—. Unía varios trozos de papel y luego los enrollaba.
El hermano Clemence, que hasta ese momento había distraído su espera estudiando el techo, miró hacia donde nos encontrábamos nosotros y preguntó:
—¿De qué están hablando?
—Parece que hay rollos —explicó el hermano Hilarius.
El hermano Clemence abrió los brazos como para abarcar todo el cuarto, convertido en un revoltijo de papeles.
—¿Más todavía?
Estaba en uno de los rollos. Un selecto equipo de investigadores integrado por los hermanos Hilarius, Mallory, Jerome y Zebulón encontró los rollos entre un montón de visillos y rieles para cortina, detrás de la novela en catorce volúmenes basada en la vida de San Judas el Oscuro, y no llevó demasiado tiempo encontrar uno encabezado por una deslumbrante C mayúscula romana en forma de torre o cúpula coronada de hiedra y que abría paso a las otras letras de la palabra contrato dibujadas con trazo delicado sobre pequeñas ilustraciones bidimensionales de edificios anexos al de la torre principal.
—Muy bien —dijo el hermano Clemence—. Desenrollémoslo, a ver qué nos dice.
Más fácil decirlo que hacerlo. El rollo quería seguir siendo rollo, y no convertirse en lengua. Si soltábamos la punta de abajo, inmediatamente volvía a enrollarse; si la manteníamos estirada, la punta de arriba volvía a adoptar enseguida la forma cilíndrica; si sosteníamos las dos puntas, los costados no perdían tiempo en curvarse cubriendo el texto.
No tuvimos más remedio que sostenerlo entre cuatro, como a un marinero al que le amputan una pierna en una película de piratas. Yo me encargué de una de las puntas inferiores y parte de uno de los costados; el hermano Peregrine se ocupó del otro costado y los hermanos Mallory y Peregrine de la parte de arriba.
Una vez desplegado el papiro, el hermano Clemence pudo empezar su inspección. Con lentitud y esfuerzo fue descifrando palabra por palabra, abriéndose camino entre una ortografía y una fraseología legal que tenían doscientos años de antigüedad, y una caligrafía de nueve siglos atrás.
Me estaba cansando, pero no quise soltar el papel, y en realidad salvé el día cuando el hermano Peregrine dejó escapar por un momento la punta que sostenía. Como yo me mantuve firme, Peregrine consiguió volver a coger enseguida la punta enrollada, pero no antes de que el hermano Clemence le arrojara una mirada de fastidio diciendo:
—Sujétela fuerte, hombre.
—Perdón.
El hermano Clemence siguió leyendo; el público reunido a nuestro alrededor le observaba, pendiente de su reacción. No se oía volar una mosca.
Y entonces el hermano Clemence dijo:
—Hum. —Todos le miramos con más atención. El público casi no respiraba. El hermano Clemence marcó su ruta con un dedo, volvió a leer despacio el mismo pasaje y al terminar hizo un gesto afirmativo—. Sí —dijo y levantando la cabeza nos miró a todos satisfecho, aunque sin abandonar su expresión severa—. Lo tengo.
Ahora le correspondía al hermano Oliver formular las preguntas y por instinto los demás delegamos en él esa función.
—¿Tiene qué, hermano? —preguntó.
—Permítame que le lea esto —contestó el hermano Clemence. Volvió a examinar el documento, tuvo cierta dificultad en encontrar el párrafo que buscaba, y cuando lo encontró leyó en voz alta—: Otrosí dispónese que la opción a renovar es facultad exclusiva del arrendatario.
El hermano Oliver ladeó la cabeza como para aplicar la oreja.
—¿Cómo es eso?
—Se lo volveré a leer —ofreció el hermano Clemence—. Otrosí dispónese que la opción a renovar es facultad exclusiva del arrendatario. —Sonriente, se dirigió al hermano Oliver—: ¿Comprende?
—No.
—Dice que podemos renovar —trató de aclarar el hermano Dexter.
—Dice que la opción a renovar es exclusivamente nuestra —dijo el hermano Clemence.
El hermano Oliver sacudió la cabeza.
—Otra vez esa palabra opción.
—Elección —le explicó el hermano Clemence—. En este caso, hermano Oliver, significa elección. Lo que dice el contrato es que tenemos derecho a elegir entre renovar el contrato o no.
La esperanza iluminó los ojos del hermano Oliver.
—¿De veras?
—Supuse que debía existir una cláusula de ese tipo —dijo el hermano Clemence—. El hecho de que no se hubiera asentado ningún compromiso formal al producirse la primera renovación allá por 1876, me hizo pensar que debía haber una opción de renovación automática. Lo que necesitaba era conocer los términos exactos en que estaba formulada. —Dio unos golpecitos al contrato, que los cuatro seguíamos sosteniendo como a un paciente anestesiado sobre la mesa de operaciones, y agregó—: La realidad supera mis esperanzas. Mi presunción era que en el mejor de los casos la opción sería automática a menos que una de las partes comunicara por escrito a la otra, con determinada anticipación a la fecha de vencimiento, su intención de no renovar. Lo cual ya habría sido bastante satisfactorio, dado que no hemos recibido ninguna notificación. Pero las condiciones son aun mejores. Lo que dice este contrato es que el arrendante, el dueño de la tierra, no puede negarse a renovar el contrato si nosotros lo deseamos.
—¡Entonces estamos salvados! —exclamó el hermano Oliver, y en el hosanna general que siguió a sus palabras el contrato se soltó cerrándose de golpe como una trampa para osos sobre la mano del hermano Clemence, quien después de liberarse reclamó gritando nuestra atención y luego dijo:
—No, no es así. Lo siento, pero no es así.
—¿Cómo que no es así, hermano? —preguntó el hermano Hilarius.
—No estamos salvados. —El hermano Clemence alzó el contrato, que a esa altura era un doble rollo apretado—. Éste no es el contrato original. No contiene las firmas de los contratantes. Tampoco es, a los efectos legales, una copia auténtica. No está certificada por escribano ni existe un original con el que se la pueda comparar para determinar posibles inexactitudes. En un juicio no tendría peso suficiente para decidir el caso a nuestro favor.
El hermano Flavian, el eterno rebelde, gritó:
—¡Pero demuestra que estamos en nuestro derecho! ¿Acaso seríamos capaces de mentir?
—No sé si usted sabrá —le contestó secamente el hermano Clemence— que la historia registra casos de hombres que mintieron. En ocasiones, hasta los clérigos han manejado la verdad con imprudencia.
Otra vez al borde de las lágrimas, el hermano Quillon preguntó:
—Pero entonces, ¿quiere decir que hemos pasado por todo esto en vano? ¿Lo único que hemos conseguido es comprobar que somos víctimas de un extravío de la justicia?
—No exactamente —repuso el hermano Clemence y siguió adelante ignorando un suspiro del hermano Oliver—. No tenemos el contrato original, pero esta versión quizás nos pueda ayudar. Sobre la materia hay jurisprudencia sentada que podría sernos muy útil. Cuando no se dispone del documento primario, puede reconstruirse el contenido del mismo sobre la base de documentos secundarios, y en tal caso se trata el asunto como si el documento primario hubiese sido presentado.
—Por Dios, hermano Clemence —volvió a suspirar el hermano Oliver, y con un gesto de agotamiento se sentó.
—Éste es un documento secundario —prosiguió el hermano Clemence, y otra vez blandió el contrato iluminado—. En ese archivo un tanto revuelto, hermano Oliver, debe haber otros documentos secundarios que en forma directa o tangencial se refieran al contenido del contrato. Cartas, recibos de impuestos, libros de contabilidad. Ahora que tengo esta copia para orientarme en cuanto a lo que debo buscar, examinaré cada uno de los documentos que poseemos hasta lograr un perfil tan aproximado como sea posible del contrato original. Una vez hecho eso, le pediré a un abogado amigo que se ha ofrecido a ayudarnos desinteresadamente, que se comunique con el abogado de los Flattery y le proponga un arreglo amistoso.
—¿Y le parece que tenemos alguna oportunidad? —preguntó el hermano Oliver.
—Depende de los documentos secundarios que pueda encontrar.
—¿Empezará a buscar enseguida?
—En cuanto me haya lavado y desayunado.
—Oh —dijo el hermano Oliver—. Por supuesto.
Por supuesto. Todos nos habíamos sumergido de tal manera en la búsqueda, que olvidamos las cosas más mundanas de la vida. El desayuno, claro. Nunca comemos hasta finalizar la misa matutina, y ese día no habíamos probado bocado. De pronto descubrí que me estaba muriendo de hambre, y por lo que pude ver en las caras sucias que me rodeaban, los demás compartían mi descubrimiento.
Y eso me recordó la otra necesidad que había mencionado el hermano Clemence: lavarse. Después de nuestra aventura en el polvoriento desván, revolviendo trastos viejos, llenándonos de tierra, golpeándonos y cortándonos, sucios, heridos y sudados, más que monjes parecíamos los habitantes de algún manicomio medieval.
Y el mismo aspecto tenía todo lo que nos rodeaba. La habitación en la que nos encontrábamos, el despacho del hermano Oliver, era un remolino de papeles en el que uno se hundía hasta las rodillas. El polvo que habíamos traído de arriba flotaba en el aire y gran parte ya se había depositado sobre los muebles.
Como respondiendo a mis pensamientos el hermano Quillon dijo:
—Tal como está esto no podrá encontrar nada. Primero limpiaré un poco.
—Lo ayudaré —se ofreció el hermano Valerian.
—Magnífico.
El grupo se dispersaba en varias conversaciones separadas. Oí decir a nuestro cocinero, el hermano Leo:
—Será mejor que vaya a la cocina. ¿Quiénes son mis ayudantes hoy? —Resultó que el turno les correspondía a los hermanos Thaddeus y Peregrine—. Bueno, vengan conmigo, entonces —gruñó el hermano Leo.
—Un momento —pidió el hermano Clemence, y todos nos volvimos hacia él—. Espero que todos comprendan las implicaciones de este descubrimiento.
—¿Implicaciones? —preguntó el hermano Oliver—. ¿Además de las obvias?
—Esto significa —dijo el hermano Clemence esgrimiendo el contrato enrollado—, que acaso el hermano Silas tenga razón, después de todo. Quizás lo que en efecto ocurrió fue que nos robaron el contrato original para que no pudiéramos probar nuestro derecho a permanecer aquí. Por eso creo que ninguno de nosotros debe hablar con nadie sobre la copia que hemos encontrado.
Todos asentimos con aire sombrío y el trío de cocineros se dirigió a preparar el desayuno, mientras los demás subíamos a lavarnos y cambiarnos de ropa.
En lo alto de la escalera el hermano Oliver me detuvo un momento.
—Hablaremos después del desayuno —me dijo.
—Sí, hermano —repuse.
Y mientras me quitaba de encima la tierra del desván, me pregunté si el hermano Clemence —o alguno de los demás— había pensado en la otra implicación de nuestro hallazgo. Si el hermano Silas estaba en lo cierto, si el contrato lo había robado alguien que trabajaba para los Flattery o para DIMP, ¿quién podía haberlo hecho? ¿Quién, si no uno de nosotros?