CAPÍTULO CINCO

Nunca me había parecido tan acogedora mi pequeña habitación. Las paredes de yeso llenas de parches, blanqueadas por mis manos, el suelo desnivelado de anchos tablones, encerado y pulido hasta arrancarle el brillante color de la miel, las dos gruesas vigas del techo, de rústico tallado, que me dejaban los riñones a mal traer cada vez que quitaba las telarañas, la pesada puerta de roble con sus herrajes filigranados y su aldaba de hierro desgastada por tantas manos, la pequeña ventana con vitrales de forma romboidal, profundamente incrustada en la pared exterior, desde la cual se veía —no, se vislumbraba— el atrio allá abajo y enfrente la otra ala del monasterio; todas esas cosas me rodeaban brindándome el bienestar y el calor de lo familiar. No había un solo rincón de esa habitación que yo no hubiese limpiado, tocado, mirado, por el que no me hubiese preocupado. Era mía de un modo en que las losas gemelas de Dwarfmann jamás serían suyas.

El hermano Oliver tenía razón; había que detener a DIMP. ¿Era posible permitir que la piqueta destructora se abriera paso violentamente por esa pared, por esa ventana? ¿Era posible permitir que una excavadora destrozara y enterrara las tablas del piso?

Y los muebles... Me pertenecían a mí, por cierto, pero también pertenecían a esa habitación. La cama era una plancha de goma espuma de diez centímetros de altura (comprada en el centro por cuatro dólares con cincuenta) colocada sobre una pequeña base de terciada sostenida por cuatro patas retaconas de madera. Me la había hecho yo mismo con ayuda del hermano Jerome, y calculé las medidas pensando en esa habitación, para colocarla en esa pared, en determinada relación con la ventana y la puerta. El arcón colocado debajo de la ventana, en el que guardaba mis mudas de ropa y objetos personales, también lo había hecho yo con tablas de embalaje barnizadas, y le daba cera cada vez que enceraba el piso. Estaba adaptado a la medida de la ventana y servía de asiento suplementario cuando alguien venía a mi habitación (yo, por supuesto, me sentaba en la cama). Los dos muebles llenaban el cuarto y satisfacían todas sus necesidades, porque habían sido pensados y realizados en función de él. Pero si se los sacaba de allí, si se los poma en algún anónimo cubo de paredes lisas, lo único que se podía conseguir era una habitación vacía, incómoda e inhóspita.

Ya en el monasterio, después de nuestra visita a DIMP, me quedé largo rato sentado en la cama, observando cómo iba cambiando lentamente el trapecio que el sol de la tarde dibujaba en el suelo y pensando en mis recientes experiencias de viaje. Qué complejo es el mundo una vez que se abandona lo familiar y lo conocido. Contiene al mismo tiempo —y ha contenido desde hace años, sin que yo lo supiese— a Eileen Flattery Bone y a Elroy Snopes. Si uno viajara todos los días, ¿seguiría encontrando personalidades tan ricas e invasoras? ¿Cómo podría sobrevivir a semejante embestida el cerebro del hombre corriente?

Estaba meditando acerca de la posibilidad de que acaso los cerebros corrientes no sobrevivían a tales embestidas, y que el advenimiento de la era de los viajes producido por el fin del feudalismo y los cambios sociales de la revolución industrial habían en verdad provocado una psicosis masiva (teoría que explicaría gran parte de la historia del mundo en los últimos siglos), cuando el hermano Quillon, nuestro residente homosexual, golpeó en la puerta abierta de mi cuarto diciendo:

—Perdone que interrumpa su meditación, hermano Benedict, pero el hermano Oliver quiere verle en su oficina.

—¿Mmm? Ah, gracias, hermano Quillon, gracias. —Parpadeé, hice un gesto de asentimiento con la cabeza y torpemente estiré los miembros tratando de readaptarme al mundo exterior.

El hermano Quillon me dirigió una sonrisa tímida y se alejó por el pasillo esforzándose en caminar como un hombre. ¡Qué vida difícil se había procurado el pobre! Claro que entre esos muros todos éramos célibes, pero los demás nos habíamos apartado de la arena de la tentación, en tanto que el hermano Quillon estaba sumergido en la tentación hasta el cuello. Si una muchacha entrevista en un anuncio de televisión —por no mencionar la presencia física de Eileen Bone— era capaz de hacer ceder el dique de mi sexualidad, qué no debería soportar el hermano Quillon cada día de su vida. Su triunfo sobre sí mismo era constante fuente de inspiración para todos nosotros.

Bueno. Salí de mi habitación y corrí abajo para ver qué quería el hermano Oliver.

Se trataba de otra reunión, pero esta vez eran seis las personas reunidas alrededor de la mesa del refectorio. Además de los hermanos Clemence (abogado), Dexter (banquero), Hilarius (historiador), Oliver (abad) y yo mismo (espectador inocente), estaba también el hermano Jerome. Robusto y aguerrido, de cejas muy pobladas, el hermano Jerome era nuestro hombre orquesta y maestro mayor de reparaciones. Entendía de carpintería, fontanería, electricidad y sabía reparar electrodomésticos. Fue él quien me ayudó a hacer mi cama y también él quien sin proponérselo me había inducido a pecado días atrás, al dejar caer sobre mi cabeza un trapo mojado, lo que me llevó a tomar el nombre del Señor en vano.

Lo había invitado a la reunión el hermano Clemence, quien nos explicó que el hermano Jerome «tiene algo interesante que decirnos. Pero sólo se trata de una posdata. Será mejor que primero escuchemos el texto principal».

Así lo hicimos. El hermano Oliver comenzó por un resumen de su encuentro del día anterior con Daniel Flattery —un resumen mucho más sereno que el que me había dado a mí en el tren cuando volvíamos de casa de los Flattery— y luego hizo un relato bastante minucioso de nuestra entrevista con Mr. Snopes, incluyendo una descripción de las estructuras que DIMP se proponía levantar en nuestro terreno.

—Aunque trataré de hacer todo lo que pueda cuando consiga hablar con Mr. Dwarfmann —concluyó el hermano Oliver— debo decir que no soy muy optimista por ese lado. En suma, lo que hemos logrado hasta ahora el hermano Benedict y yo, es conocer al enemigo. Sabemos un poco más que antes acerca de la gente con la que debemos tratar, pero yo diría que aún no sabemos mucho acerca de cómo debemos tratar con ellos.

—Parece —comentó el hermano Hilarius— que apelar al sentido estético de esa gente no sirve de mucho.

—Tan poco como apelar a su conciencia —dijo el hermano Oliver.

—¿Y si les habláramos de dinero? —sugirió el hermano Hilarius—. ¿No será el lenguaje que son capaces de entender?

—¿Hablarles de dinero? ¿Qué significa eso, hermano Hilarius?

—Podríamos ofrecerles comprar nosotros el monasterio.

El hermano Dexter intervino en la conversación diciendo:

—Está por encima de nuestras posibilidades.

—¿Pero no podríamos recaudar fondos de alguna manera? —preguntó el hermano Hilarius.

El hermano Dexter se encogió de hombros.

—¿La enorme suma que necesitaríamos? ¿Una orden oscura como la nuestra? Lo dudo de veras.

—¿De cuánto dinero se trata en definitiva?

—Hoy hablé por teléfono con unos parientes míos de Maryland y ellos a su vez se comunicaron con banqueros amigos de Nueva York. Según me informaron, no pudieron averiguar la suma exacta que Dwarfmann le paga a Flattery por este terreno, pero en vista de los precios corrientes de la tierra en esta zona llegaron a una estimación proyectiva mínima de unos dos millones de dólares.

—Oh —dijo el hermano Hilarius.

—¿Estimación proyectiva? ¿Qué es una estimación proyectiva? —rezongó el hermano Oliver.

—Una aproximación —explicó el hermano Dexter—. Significa que aunque quizás la flecha no haya dado exactamente en el centro, está dentro del blanco.

—Todo el mundo conoce frases que yo ignoro —se lamentó el hermano Oliver. Parecía completamente perdido.

—Podríamos interesar a una estrella de cine —sugirió el hermano Hilarius—. Alguien que organice una maratón televisiva, o algo por el estilo.

Creí llegado el momento de hablar. Casi nunca tenía gran cosa que aportar a esas reuniones, pero de vez en cuando me caía en suerte comunicar algún hecho deprimente, y ahora se presentaba una ocasión semejante.

—No nos venderían —dije.

Todos me miraron.

—¿Por qué no? —preguntó el hermano Hilarius.

—Porque quieren construir su edificio. El nuestro no es el único terreno que está en juego. Necesitan toda la manzana, y si no compran el monasterio no pueden edificar.

El hermano Hilarius no se resignaba a abandonar la partida.

—¿Y si les ofreciéramos una ganancia? —preguntó.

—Sigue en pie la cuestión de las otras parcelas —contesté—. Según tengo entendido, tienen opciones sobre el hotel de al lado y los demás edificios. O sea que tendrán que pagarlos. Lo único que podríamos tratar de comprarles sería toda la manzana.

—Ni siquiera me atrevería a mencionar la suma que eso supondría —dijo el hermano Dexter.

Con la expresión esperanzada del hombre que está probando una bicicleta nueva, el hermano Oliver preguntó:

—¿Hizo la estimación proyectiva?

—Olvídese de las flechas —replicó el hermano Dexter—. Aquí la cosa es con escopeta.

La bicicleta nueva cayó al suelo.

—¿Y qué pasa con los dueños de esos edificios? —preguntó el hermano Hilarius—. Es probable que también ellos se nieguen a la demolición.

—Aquí llegamos a la información que nos tiene reservada el hermano Jerome. Adelante, Jerome, cuénteles lo que me dijo a mí.

El hermano Jerome tenía la costumbre de subirse las mangas hasta el codo antes de hablar, como si el lenguaje fuese una actividad física difícil, que exigía fuerza, determinación y preparativos. Como las mangas de nuestros hábitos son muy amplias, las del hermano Jerome invariablemente volvían a caerle de golpe sobre las muñecas, y esta vez ocurrió lo mismo.

—Quieren vender —dijo. Tenía una voz bronca, poco utilizada, y siempre que la usaba bajaba al mismo tiempo con fuerza las cejas.

Todavía apenado por el fracaso de su bicicleta, el hermano Oliver lo miró ceñudo.

—¿Quién quiere vender?

—Todos ellos. —El hermano Jerome no era de los que desperdiciaban palabras.

El hermano Clemence, alentándolo con la suavidad de un buscador de oro con su mula favorita, dijo:

—Por qué no les da los detalles, Jerome. —Y enseguida, antes que eso pudiera ocurrir, se volvió hacia los demás y él mismo explicó—: Jerome conoce a muchos de los porteros y ayudantes de la cuadra. Lo mantienen al tanto de lo que ocurre en el vecindario.

—¿Y se puede saber qué es lo que ocurre? —se impacientó el hermano Oliver.

—Bueno —dijo el hermano Clemence—, tomemos los otros edificios uno por uno. A la izquierda, el primero que encontramos es el hotel Alpenstock. Cuénteles, Jerome.

—Quieren vender —dijo el hermano Jerome.

—Sí, claro. Pero dígales por qué.

—A causa de los nazis.

El hermano Oliver estaba al borde de la histeria.

¿Nazis?

—Quizá sea mejor que lo explique yo —decidió el hermano Clemence, justo a tiempo—. Corríjame si me equivoco, Jerome. —Y procedió a contar—. La historia de ese hotel es un tanto curiosa. Fue construido antes de comenzar el siglo por ciudadanos germano-americanos con la idea de ofrecerlo como presente a su patria de origen para ser utilizado como consulado alemán en Nueva York. Pero Alemania no lo aceptó y los constructores no pudieron encontrar comprador, de modo que acabaron por transformarlo en hotel para poder amortizarlo. En la década de los treinta el edificio pasó a manos de la Liga germano-americana, pro nazi, que lo instaló para servir de cuartel general nazi después de la invasión.

—¿Qué invasión? —preguntó el hermano Oliver.

—La de los Estados Unidos. Por la Alemania nazi. —El hermano Clemence hizo un gesto como para disipar cualquier alarma—. Nunca se produjo.

—Ya lo sé —dijo el hermano Oliver—. ¿Y qué tiene que ver esa historia con la demolición del edificio?

—Enseguida verán —prometió el hermano Clemence—. Y bien, lo cierto es que no hubo invasión y...

—¡Ya lo sabemos, hermano!

—Sí, sí, ya estoy llegando al punto central.

—Bien —dijo el hermano Oliver.

—La cuestión es —prosiguió el hermano Clemence conservando su calma de abogado frente al profano histérico— que la Liga se disolvió durante la guerra y el grupo al que pertenecía el Hotel Alpenstock desapareció sin dejar rastro. Ante esa circunstancia, el banco se hizo cargo del edificio por falta de pago de la hipoteca. Mejor dicho, los dos bancos, porque el edificio contaba con una financiación muy amplia. Desde entonces y durante los últimos treinta años los bancos han administrado el hotel, aunque no les interesa en absoluto. Durante todo ese período estuvo en venta, pero Nueva York no es una ciudad apropiada para vender un hotel nazi. Aunque se cubren los gastos, impuestos y sueldos del personal, sólo se ha amortizado una parte mínima de la deuda principal. De modo que los bancos están encantados de haber encontrado un comprador después de tantos años.

—¿Sabe usted qué bancos son? —preguntó el hermano Dexter.

—Uno es el Trust de Inmigrantes y Capitalistas. —El hermano Clemence se volvió hacia el hermano Jerome—. ¿Recuerda cuál es el otro?

El hermano Jerome se subió las mangas y bajó las cejas.

—Hum. Fideos.

—Eso es, el Trust Federal de Fideicomiso.

—Ah —dijo el hermano Dexter rebosando satisfacción—. DIMP hace negocios con esos dos bancos. Según los informes que me han dado, son ellos los principales tenedores en este proyecto.

El hermano Oliver cerró los ojos y con voz desmayada preguntó:

—¿Tenedores?

—Adelantan el dinero —explicó el hermano Dexter.

—Trabajan todos en combinación, ¿no es cierto? —dijo el hermano Hilarius—. Dwarfmann le compra el hotel a los dos bancos y los bancos le prestan el dinero para la compra.

—Hay otro lío —dijo el hermano Clemence—. Potencial, por lo menos. Me sorprendería mucho que la compañía constructora Flattery no hiciera algunos de los trabajos del nuevo edificio.

El hermano Oliver abrió los ojos.

—Lo dije antes y lo repito. Si uno es muy paciente, si escucha con atención, si no deja de hacer preguntas, llega un momento tarde o temprano en que todo empieza a tener sentido.

—Empiezan a interesarme los edificios del otro lado —dijo el hermano Dexter—. ¿Cómo entran en el cuadro?

—Allí la cosa no está tan definida, pero hay conexiones —repuso el hermano Clemence—. Por ejemplo, el Trust de Inmigrantes y Capitalistas también tiene la hipoteca de nuestro vecino de la derecha.

—Usted se refiere al Boffin Club —apuntó el hermano Oliver.

—Justamente —asintió el hermano Clemence—. El edificio pertenece al club. Se trata de una corporación no utilitaria, como el Lambs Club o el Players Club.

—¿Son clubes de actores, verdad? —quiso saber el hermano Hilarius.

—En su mayoría —contestó el hermano Clemence—. Pero el Boffin Club está destinado primordialmente a escritores.

—Nicodemus Boffin —informó el hermano Oliver para sorpresa de todos—, es un personaje de Dickens. Tenía tal amor por los libros que compraba toneladas aunque no sabía leer.

—Ése sí que era un buen amigo de los escritores —dijo el hermano Dexter—. Ahora entiendo por qué le dieron su nombre al club.

—Pero los fundadores del Boffin Club —prosiguió diciendo el hermano Clemence— eran en su mayoría guionistas de radio. Esto ocurrió allá por los años veinte. Con el correr del tiempo se incorporaron dramaturgos y guionistas de televisión, pero muy pocos novelistas. Y de hecho el número de socios se ha reducido muy sensiblemente en los últimos diez años.

—Creo que lo mismo ocurre con todos los grupos de ese tipo —acotó el hermano Dexter—. La sociedad cambió después de la segunda guerra mundial; algo ocurrió; a la gente ya no le interesan como antes los clubes sociales.

—No sé qué ocurre con los demás —dijo el hermano Clemence—, pero el Boffin Club pasa por una situación muy difícil. Casi todos los fundadores se han dispersado; los socios con que todavía cuentan son por lo general personas de edad avanzada que escriben poco y ya no tienen tanto dinero como en un tiempo. El hermano Jerome tiene un amigo allí que le explicó la situación.

El hermano Jerome se alzó las mangas y bajó las cejas.

—Tim —dijo.

—Eso es —confirmó el hermano Clemence.

Mangas arriba, cejas abajo.

—Guionista.

El hermano Clemence hizo un gesto de asentimiento.

—Sí. Parece que este hombre, Tim, solía ganar mucho dinero como escritor. Escribía seriales de radio y cuentos para las viejas revistas de gran consumo. Tenía una propiedad en Long Island.

Mangas, cejas.

—Hindenburg.

—Eso es —dijo el hermano Clemence—. Fue pasajero del zepelín Hindenburg. No la vez que estalló, por supuesto.

Mangas, cejas.

—Himalaya.

—Creo —dijo con firmeza el hermano Oliver— que hemos oído todo lo que necesitamos oír acerca de las aventuras de Tim, el amigo del hermano Jerome.

—Y bien, creo que ya tendrán un cuadro de la situación —dijo el hermano Clemence—. Ahora Tim vive en el club. Es una especie de portero-sereno a cambio de casa y comida, y le ha dicho a Jerome que los socios están encantados con la idea de vender el edificio. Obtendrán una buena ganancia, pagarán la hipoteca y otras deudas y aún les quedará algún efectivo para distribuir entre ellos. Hace unos meses hicieron una reunión privada y Tim fue el único socio que votó en contra de la venta.

Mangas y cejas.

—Nieta.

—Sí. Si el club desaparece, Tim tendrá que irse a vivir con su nieta en Racine, Wisconsin.

M & C.

—Movimiento de Liberación Femenina.

—Gracias, hermanos —dijo el hermano Oliver alzando la mano para detener el torrente de información—. Creo que es todo lo que necesitamos saber acerca del Boffin Club.

—¿Y dice usted que la hipoteca del club está en manos del Trust de Inmigrantes y Capitalistas? —preguntó el hermano Dexter.

El hermano Clemence asintió.

—Sí, eso es lo que le dijo Tim a Jerome.

—Así que el banco tiene otra buena razón para desear que el proyecto se lleve a cabo —dijo el hermano Dexter—. Si el club se vende, el banco recupera el monto total de la hipoteca. Si no se vende y va a la quiebra, sólo percibirán un porcentaje, no más del veinte o veinticinco por ciento.

—Empiezo a perder de vista al enemigo —dijo el hermano Oliver—. Primero creí que estábamos luchando contra Flattery. Luego, contra Dwarfmann, o por lo menos la compañía Dwarfmann, o por lo menos ese hombre Snopes. Ahora usted me dice que el verdadero malvado de la obra es el banco.

—Malvado, no —aclaró el hermano Dexter—. El banco no hace nada ilegal, ni siquiera moralmente objetable. El banco tiene inversiones y se halla moral y éticamente obligado a defenderlas y a procurar a sus accionistas el máximo beneficio. No es más que una operación comercial absolutamente corriente, en la que se trata de construir un nuevo edificio comercial. Los intereses del banco se ven afectados de diverso modo, pero no hay conflicto de intereses.

—Ojalá pudiese compartir su objetividad, hermano —dijo el hermano Oliver—. Por desgracia sigo sintiendo el peso de esas horribles losas en la cabeza.

El hermano Dexter nos brindó su sonrisa fría y desvaída.

—Admito que es muy lamentable que esta vez seamos nosotros el sapo expuesto a la flecha, pero si queremos lograr resultados, y espero que los logremos, es indispensable que tengamos un cuadro claro de la situación.

Creí que el hermano Oliver tropezaría con el asunto del sapo y la flecha, pero por lo visto tenía a Kipling tan bien digerido como a Dickens, porque se limitó a asentir diciendo:

—Un cuadro claro. No sabe cuánto me gustaría tenerlo. —Se volvió hacia el hermano Clemence—. Usted y el hermano Jerome aún nos tienen que informar sobre otro edificio, ¿verdad? El de la esquina... el que tiene la... tienda.

Todos sabíamos que se refería a la Buttock Boutique. Hubo un coro de carraspeos y luego el hermano Clemence dijo:

—Sí, sí. Los inquilinos de la... tienda tienen tan pocos deseos como nosotros de que los desalojen, pero también en este caso el propietario está contentísimo de sacarse de encima un dolor de cabeza financiero.

El hermano Jerome, haciendo las habituales maniobras previas a la emisión de la voz, farfulló:

—Dígales lo de la parte trasera.

—Ah, sí. Jerome —se apresuró a explicar el hermano Clemence— se refiere a los fondos del edificio. También en este caso la situación es un poco compleja. El edificio fue trasladado a ese predio alrededor de 1850.

—¿Trasladado? —El hermano Oliver expresó la sorpresa que todos sentíamos—. Es un edificio muy grande.

—En efecto. A decir verdad, era demasiado grande para trasladarlo. Como lo sería el nuestro, por ejemplo. Aunque encontrásemos otro terreno, el monasterio no sobreviviría al traslado.

—Desmontar —dijo el hermano Jerome. Las mangas volvieron a caer.

El hermano Clemence sacudió la cabeza.

—Sería imposible desmontar este edificio. Paredes de piedra y vigas que tienen dos siglos de antigüedad, pisos de madera y todo lo demás... El deterioro y la destrucción serían tan grandes que nunca podríamos volver a reconstruirlo.

—Por favor —pidió el hermano Oliver—. Estábamos hablando del otro edificio... el de la tienda.

—Sí. —El hermano Clemence volvió a encarrilar—. El edificio se encontraba en sus orígenes al noreste del lugar que ocupa ahora, en la zona que luego se transformó en Central Park. Era una de las pocas construcciones de ese rectángulo que valía la pena salvar. Un ex capitán de barco negrero llamado Brinley Chansberger lo compró a su primer dueño y lo hizo trasladar sobre grandes rodillos a su actual emplazamiento. Pero durante el traslado la pared trasera se debilitó seriamente y en varias oportunidades en la segunda mitad del siglo diecinueve se hundieron partes del piso, o de pronto caía una ventana abruptamente al jardín del fondo o media docena de ladrillos saltaban al aire sin razón aparente. Chansberger gastó en reparaciones gran parte de la fortuna que había amasado con el tráfico de esclavos, y cuando murió, sus herederos donaron el edificio al municipio, que lo convirtió en cuartel de bomberos.

El hermano Oliver apoyó el codo en la mesa y descansó la frente en su mano cerrada.

—Me parece —dijo— que estas historias suyas se están haciendo más largas.

—Falta poco —prometió el hermano Clemence—. El edificio nunca resultó muy adecuado como cuartel de bomberos. Las autoridades gastaron un montón de dinero para repararlo y agregaron sus propias fantasías arquitectónico—municipales a los cambios náuticos introducidos por Chansberger en lo que en un comienzo había sido una residencia urbana corriente. Luego, cuando a fines de los años veinte, un equipo de socorro que estaba por salir a la carrera en respuesta a una alarma de incendio atravesó el piso y fue a parar al sótano, el municipio sacó a subasta el edificio. Un grupo formado en su mayoría por tíos y primos de funcionarios de la municipalidad compró el lugar casi por nada, y en los cincuenta años transcurridos desde entonces han desfilado numerosos inquilinos. Pero la edificación sigue teniendo graves defectos de estructura que viene arrastrando desde hace ciento veinticinco años. En el interior, según me cuenta Jerome, hay una mezcolanza de estilos y monstruosidades arquitectónicas, paredes apuntaladas por todas partes y puertas condenadas con ladrillos, y es consenso general que lo único que impide que el edificio se derrumbe y muera son las influencias políticas. Ningún inquilino respetable quiere ni acercarse al lugar, de modo que siempre acaba en manos de gente como los de la... hum... la tienda. Lo cual, por supuesto, rebaja el nivel de toda la zona. De ahí que no sólo los dueños quieran vender, sino que muchos otros propietarios de los alrededores apoyan el plan de Dwarfmann aunque sólo sea porque librará al barrio de ese elemento perturbador.

—También lo librará de nosotros —señaló el hermano Oliver.

El hermano Clemence abrió los brazos en señal de impotencia y dijo:

—La gente de la zona dice que no se puede hacer una tortilla sin romper huevos.

—Creo haber oído antes esa frase —dijo el hermano Oliver—. ¿Y con esto queda completada la presentación del hermano Jerome?

—Sí —dijo el hermano Clemence.

—Quisiera agregar algo —dijo el hermano Hilarius—. Nada muy concreto, una especie de informe preliminar.

Todos miramos.

—¿De qué se trata? —preguntó el hermano Oliver.

—De la posibilidad de que nuestro monasterio sea declarado monumento histórico. He hecho algunas averiguaciones, pero todavía no hay novedades concluyentes.

—¿Y cuál sería la ventaja de que nos declaren monumento histórico? —preguntó el hermano Oliver.

—Si lo conseguimos —repuso el hermano Hilarius—, la demolición queda automáticamente paralizada.

Al oír esas palabras todos prestamos atención.

—¿Es eso lo que quieren decir con monumento histórico? ¿No podrían echar abajo el monasterio?

—Así es.

El hermano Clemence hizo un gesto de impaciencia.

—¿Pero qué cree usted? ¿Hay posibilidades?

—No puedo afirmarlo aún —repuso el hermano Hilarius—. Lleva tiempo encontrar a la persona indicada en la burocracia municipal. Pero creo que he dado con el camino adecuado y tengo que volver a llamar por teléfono el lunes.

—En realidad —dijo el hermano Oliver— reunimos todos los requisitos para que se nos declare monumento histórico. Nuestro edificio tiene doscientos años de antigüedad, su estilo arquitectónico es único en su género, y somos una orden religiosa.

—Me encantaría que fuese tan fácil —dijo el hermano Dexter—, pero de alguna manera me cuesta creerlo.

El hermano Hilarius asintió.

—La gente con la que hablé hasta ahora no me ha alentado demasiado —dijo—. El uso que se da a un edificio, ya sea para monasterio, hospital o lo que sea, no tiene nada que ver con su posible carácter de monumento histórico. Y según me informan, la Comisión de Monumentos Nacionales trata de esquivar la designación de edificios que ya han sido destinados a demolición. Parece que hay aparejados una serie de problemas legales.

—Pero eso no es seguro todavía. Veremos qué le dicen el lunes.

—Sí, haré un par de llamadas el lunes y le informaré.

—Excelente. Creo que esta es una buena noticia. —El hermano Oliver echó una mirada en derredor de la mesa—. ¿Algo más?

Nadie dijo nada. Nos miramos unos a otros y luego volvimos a mirar al hermano Oliver, quien dijo:

—En tal caso...

El hermano Jerome carraspeó con una fuerza de ventana batida por el viento. Se alzó las mangas tres o cuatro veces, acomodó con ruido los pies debajo de la mesa para asegurarse de que estaban bien apoyados, bajó las cejas hasta media mejilla, y dándose con el puño en un lado de la nariz dijo:

—No quiero mudarme.

Todos esperábamos una declaración más apocalíptica. Nos quedamos mirándolo atónitos, mientras el hermano Clemence le daba una palmada amistosa en el codo —la manga había vuelto a caérsele— y le decía:

—Lo sé muy bien, Jerome. Éste es nuestro ambiente. Lo necesitamos como los peces necesitan el agua. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para salvar el monasterio.

—Rezar —dijo el hermano Jerome.

—Estamos rezando —dijo el hermano Clemence—. Todos.

—Todos —repitió el hermano Jerome.

El hermano Clemence se volvió para mirar al hermano Oliver, que había seguido el diálogo en silencio y que ahora dijo:

—Estoy de acuerdo con usted, hermano Jerome. Hemos tratado de mantener el asunto en reserva para no asustar a los demás, pero no podemos seguir haciéndolo. Deben decírselo, aunque sólo sea para que unan sus plegarias a las nuestras.

—Es verdad —dijo el hermano Clemence y los demás asentimos en señal de aprobación.

—Mañana por la mañana —dijo el hermano Oliver—. Después de misa. —Nos recorrió a todos con ojos sombríos y su mirada se detuvo en mí—. Hermano Benedict.

—¿Señor?

—¿Piensa comprar el diario del domingo esta noche?

—Sí, creo que sí.

Cerró los ojos, luego volvió a abrirlos.

—No encuentre nada más —dijo—. Si puede evitarlo.