LIBRO SEGUNDO

SINOPSIS

Orígenes de la monarquía romana: Rómulo. Numa: su pitagorismo, un imposible histórico. Restantes reyes: Servio Tulio, el primero no designado por el pueblo; sus reformas. Tarquinio y la abolición de la monarquía.

〈Viendo 150 a todos animados por el deseo〉 de escucharle, [1,1] empezó a hablar ESCIPIÓN de este modo:

Pertenece esto que voy a decir a Catón el Viejo, al que, como sabéis, amé singularmente y admiré más que a nadie, y al que me dediqué enteramente desde mi juventud, sea por voluntad de nuestro padre de nacimiento como del de adopción 151, sea por afición propia; Catón, cuya oratoria nunca llegó a cansarme, pues tanta experiencia tenía aquel hombre de la política, que ejerció en la paz y en la guerra, no sólo con gran acierto, sino también por mucho tiempo; además del sentido de la medida al hablar, del humor combinado con la seriedad, del gusto elevado por aprender y enseñar, y de su [2] vida del todo consecuente con su palabra 152. El solía decir que la ventaja de nuestra, república sobre las otras estaba en que en éstas habían sido casi siempre personas singulares las que las habían constituido por la educación de sus leyes, como Minos 153 en Creta, Licurgo 154 en Esparta, y en Atenas, que había tenido muchos cambios, primero Teseo 155, luego Dracón 156, Solón 157, Clístenes 158 y muchos otros 159; finalmente, la restauró, ya desamparada y postrada, el sabio Demetrio de Falero 160; en cambio, que nuestra república no se debe al ingenio de un solo hombre, sino de muchos, y no se formó en una generación, sino en varios siglos de continuidad. Y decía que jamás había existido un tan gran ingenio, si es que en algún momento pudo haberlo, a quien no escapara nada, ni pudieron todos los ingenios juntos proveer tanto en un solo momento, que pudieran abarcar todo sin la experiencia de la realidad prolongada por mucho tiempo. Por lo que mi discurso va a recordar [3] ahora el «origen» del pueblo romano tal como solía hacerlo Catón, pues prefiero usar sus mismas palabras. Conseguiré mejor mi propósito si os muestro cómo nació y creció nuestra república, y luego ya formada, estable y fuerte, que si, como hace Sócrates en la obra de Platón, yo mismo me imagino una 161.

Habiéndolo aprobado todos los presentes, dijo Escipión: [2,4] —¿Qué otro comienzo tenemos de una república existente tan claro y universalmente conocido como el principio de la fundación de nuestra Urbe, con Rómulo? Hijo de Marte —demos crédito a la fama humana, siendo como es, no sólo muy antigua, sino también transmitida sabiamente por nuestros antepasados la idea de que se reputara a los hombres que lo merecieron por su actuación pública, no sólo de ingenio divino, sino de estirpe divina—, Rómulo, nada más nacer, se dice que lo mandó exponer, con su hermano Remo, a orillas del río Tíber, el rey Amulio de Alba, por temer la ruina de su reino 162; allí fue amamantado por una fiera 163, y luego unos pastores se lo llevaron y lo educaron en la vida rústica y vida de trabajo; se dice que, al hacerse mayor, aventajó de tal forma a los demás, tanto por la fuerza corporal como por la energía de su ánimo, que todos los habitantes de aquellos campos en que está hoy nuestra Urbe, de buena gana y gustosamente, le obedecían. Al convertirse en jefe de esa gente, para pasar del mito a la realidad, se dice que conquistó Longa Alba, importante y poderosa ciudad en aquellos tiempos, y que mató al rey Amulio.

[3,5] Con cuya fama, se dice que primeramente concibió establecer una ciudad y asegurar una república, aconsejado por los buenos augurios, y eligió el lugar de la ciudad (cosa que debe proveer con mucho cuidado, quien intenta plantar una república duradera) con increíble acierto, pues no se acercó al mar, lo que le resultaba fácil de conseguir con la fuerza de que disponía, invadiendo el territorio de los rútulos y aborígenes 164, o fundando la ciudad en la desembocadura del Tíber, lugar en el que, muchos años después, el rey Anco estableció una colonia 165, sino que, como hombre de excelente prudencia, pensó y vio que los lugares marítimos no son los más convenientes para las ciudades que se fundan con esperanza de continuidad; en primer lugar, porque las ciudades marítimas se exponen, no sólo a muchos peligros, sino también a peligros imprevisibles; pues la tierra firme denuncia anticipadamente la llegada de enemigos, no sólo cuando se les espera, sino incluso si vienen de repente, por muchas señales y hasta por el mismo sonido estruendoso, y no hay enemigo que pueda venir corriendo por tierra de manera que no podamos saber que está allí, quién es y de dónde viene. En cambio, el enemigo marítimo, que viene en naves, [6] puede presentarse antes de que nadie pueda sospechar que viene, y cuando ha llegado no muestra quién es, ni de dónde viene, ni lo que quiere, ni tampoco da señales para poder distinguir y ver si viene en son de paz o como enemigo 166.

Por lo demás, las ciudades marítimas padecen cierta [4,7] corrupción e inestabilidad de costumbres; quedan perturbadas por nuevas maneras de hablar y de pensar, e importan, no sólo mercancías exóticas, sino también costumbres exóticas, de modo que nada puede permanecer incólume de la educación tradicional. Es más: los habitantes de tales ciudades, no echan raíces en sus hogares, sino que la esperanza imaginativa les lleva a volar lejos de casa, y hasta cuando permanecen corporalmente, se escapan y vagan con su mente. Nada corrompió más a la por largo tiempo decadente Cartago, y a Corinto, en otra época, que ese andar errante y esta disipación de sus ciudadanos, que descuidaron el trabajo del campo y el ejercicio de las armas por el ansia de comerciar y navegar. El mar suministra a las ciudades muchos [8] alicientes perniciosos del lujo, que se roban o se importan, y la misma amenidad natural del lugar tiene muchos atractivos de concupiscencia lujosa y desidiosa. Lo que he dicho de Corinto no sé si no puede decirse con verdad de toda Grecia, pues también casi todo el Peloponeso está rodeado de mar, ya que excepto por Fliunte 167 no hay otras tierras que no tengan costa, y fuera del Peloponeso, sólo los enianos, los dorios y los dolopos están alejados del mar 168. ¿Qué diré de las islas de Grecia? Rodeadas por las aguas nadan ellas mismas como las instituciones y costumbres de sus ciudades. Esto, [9] como dije, por lo que se refire a la antigua Grecia, pero, de las colonias, las fundadas por los griegos en el Asia Menor, Italia, Sicilia y África ¿cuál no bañan las olas, excepto sólo Magnesia? 169. Así, pues, parece como si una ribera griega se hubiese como ceñido alrededor de los territorios bárbaros, pues, de éstos, ninguno era antes pueblo marítimo, excepto los etruscos y los fenicios, unos a causa del comercio y otros por la piratería 170. Y es clara esta causa de los males y alteraciones de Grecia, a consecuencia de los vicios de las ciudades marítimas de los que acabo de tratar brevemente; con todo, a estos vicios es inherente la gran ventaja de que cualquier cosa que se produzca donde sea pueda llegar por mar a donde vives, y, a su vez, que lo que producen sus campos pueda exportarse a las tierras que sea.

[5,10] ¿Cómo pudo, pues, comprender Rómulo más inspiradamente las ventajas del mar, a la vez que evitar sus defectos, que al poner la ciudad en la orilla de un río perenne de curso constante, y que desemboca anchamente en el mar? Para que por él pudiera la ciudad recibir del mar lo que necesitaba y exportar lo que le sobraba, y que no sólo tomara por ese río las cosas traídas por el mar que fueran necesarias para su mantenimiento, sino para que recibiera también las transporta das por tierra, de modo que me parece como si ya Rómulo hubiese adivinado que en el futuro esta ciudad iba a ser sede y domicilio de un gran imperio; pues no hubiera podido la ciudad tener tan gran afluencia de todo si se hubiera colocado en cualquier otra parte de Italia.

¿Quién es tan poco observador que no haya advertido [6,11] y reconocido abiertamente las defensas naturales de esta ciudad? Su línea de murallas, trazada por la sabiduría no sólo de Rómulo, sino también de los otros reyes, tiene todo alrededor montes empinados y escarpados, con una sola entrada, entre el monte Esquilmo y el Quirinal, que estuviera ceñida por una enorme fosa con su terraplén 171; con una fortaleza dotada de un círculo inaccesible y como cortado en la roca, que incluso en la terrible ocasión del asalto de los galos pudiera permanecer incólume e íntegra 172. Y eligió un lugar abundante en aguas, y salubre en medio de una región pestilente, pues hay unas colinas que están batidas por todos los vientos a la vez que dan sombra al valle.

Y terminó Rómulo de hacer esto con gran celeridad, [7,12] pues estableció la ciudad que hizo llamar Roma, dándole un nombre tomado del suyo propio 173, y, para asegurar la nueva ciudad, tuvo una idea algo primitiva, pero digna de un gran hombre y de larga visión para asegurar la fuerza de su reino y de su pueblo, al hacer raptar unas doncellas sabinas 174, de noble linaje, que habían venido a Roma a causa de unas fiestas que Rómulo había instituido para celebrar anualmente en el Circo, el día de los Consuales 175, y casarlas con los jóvenes [13] de las mejores familias. Por este motivo, los sabinos hicieron la guerra a los romanos, y la guerra fue de suerte alternativamente variable, hasta que Rómulo hizo una paz con Tacio, rey de los sabinos, a petición de las mismas matronas que habían sido raptadas, con cuya paz agregó los sabinos a la ciudad, comunicándoles los ritos, y asoció al rey de los sabinos a su propio reinado 176.

[8,14] Después de morir Tacio y de que hubiera recaído en Rómulo todo el poder, aunque, para formar un consejo regio, ya había elegido, en unión de Tacio, unas personas principales —que fueron llamados por deferencia, «padres» 177— y había distribuido al pueblo en tres tribus, que denominó con su propio nombre, el de Tacio y el de Lucumón 178, aliado, éste, de Rómulo que había muerto en la guerra con los sabinos, y en treinta curias, que denominó con los nombres de las doncellas sabinas raptadas que luego fueron las que solicitaron la paz y la alianza 179; aunque todo esto se había hecho ya en vida de Tacio, sin embargo, después de la muerte de éste, Rómulo contó mucho más en su reinado con la autoridad y el consejo de los padres 180.

Con esto vio ya, y pudo entender, lo que ya había visto [9,15] poco antes Licurgo en Esparta: que las ciudades se gobiernan y rigen mejor por el mando de uno solo y el poder real, si se agrega a ese poder la autoridad de los mejores. Así, pues, sostenido y defendido por este consejo, especie de senado, hizo felizmente muchas guerras con los pueblos vecinos, y, como él no se llevaba a su casa nada del botín, no dejó de enriquecer a los ciudadanos. Además, cosa que hoy consideramos como [16] muy conveniente a la república, casi todo lo hizo Rómulo consultando los auspicios, pues él fundó la ciudad con auspicios favorables, lo que fue el principio de la república, y para todos los asuntos públicos eligió de cada tribu un augur que le asesorara en los auspicios 181. También dividió la plebe en clientelas 182 de cada uno de los principales —luego mostraré la gran utilidad de esto— y la tenía sometida, no por la violencia y la pena de muerte, sino por la imposición de multas en ovejas y bueyes, pues en aquella época los patrimonios consistían en ganado y posesión de fincas, por lo que se hablada de personas «agananciadas» y «afincadas» 183

[10,17] Rómulo, después de haber reinado treinta y siete años 184 y de haber creado estos dos egregios puntales de la república, los auspicios y el senado, fue considerado tan digno de mérito que, al desaparecer, en un súbito eclipse de sol, se vino a pensar que había sido llevado entre los dioses; fama ésta que jamás mortal alguno pudo alcanzar sin tener una singular fama de virtud 185. [18] Y todavía hay que admirar más en Rómulo el que los otros hombres que se dice fueron convertidos en dioses, vivieron en tiempos de una humanidad menos culta, cuya razón tendía a fingir, ya que los incultos se ven inclinados a la credulidad; en cambio, la época de Rómulo, hace menos de seiscientos años 186,’ sabemos que era ya ejercitada en letras y doctrinas, y se había liberado de todo aquel antiguo error propio de una humanidad inculta. Porque si Roma, como se encuentra en la analística griega, fue fundada el segundo año de la séptima olimpíada 187, la época de Rómulo coincide con un siglo en que Grecia estaba ya llena de poetas y músicos, y se prestaba menos crédito a las fábulas, como no fuera de sucesos muy antiguos. La primera olimpíada se coloca ciento ocho años después de que Licurgo hizo escribir sus leyes, y algunos, llevados por el error del nombre, la creen establecida por el mismo Licurgo 188, y a Homero se le antepone, por lo menos, treinta años respecto a la edad de Licurgo. De esto puede [19] entenderse que Homero vivió muchos años antes que Rómulo, y que ya no era posible que unos hombres instruidos, y en unos tiempos ellos mismos de cultura, pudiesen inventarse una leyenda 189. La antigüedad admitió leyendas inventadas, incluso, a veces, muy rudamente, pero esta otra época ya cultivada rechaza todo lo que no es posible…

〈…Estesícoro〉 …nieto suyo190, según decían, nacido [20] de una hija, 〈 no muchos años después de fundarse Roma〉. En el mismo año en que él murió, nació Simónides, en la olimpíada cincuenta y seis 191, de lo que se desprende que se creía en la inmortalidad de Rómulo cuando ya estaba avanzada la historia de la humanidad, con experiencia ya e instruida. En verdad, fue tran grande en Rómulo la fuerza de su talento y valor, que se dio crédito a Próculo Julio, un hombre rústico, sobre algo a propósito de Rómulo que desde hace ya muchos siglos no se habría creído respecto de mortal alguno; movido este Próculo por los senadores, que querían liberarse del odio de que fueron objeto por la muerte de Rómulo, se dice que anunció en una asamblea que él había visto a Rómulo en la colina, que ahora se llama Quirinal, y que le había dado orden de decir al pueblo que se le hiciera un templo en esa colina; que él era un dios con el nombre de Quirino 192

[11,21] ¿Veis, pues, cómo un nuevo pueblo no sólo nació por el gobierno de un solo hombre, sino que éste no le dejó como un niño que llora en su cuna, sino crecido y casi mayor?

LELIO. — Lo vemos, en efecto, y también que has empezado, Escipión, tu disertación de una nueva manera, que nunca se ha visto en lugar alguno de las obras de los autores griegos, pues el más eximio de ellos, a quien nadie superó como escritor, tomó un terreno en donde construir una ciudad a su arbitrio, una ciudad, quizá admirable, es verdad, pero extraña a la vida y costumbres [22] de los hombres 193; los otros autores disertaron sobre las distintas clases de ciudades sin establecer un modelo fijo ni tipo alguno de gobierno 194; tú, en cambio, me parece que vas hacer dos cosas: empezaste por atribuir a otros lo que tú has pensado, en vez de hablar por ti mismo, como hace Sócrates en la obra de Platón, y razonas lo que Rómulo hizo por acaso o fuerza, pero, por otro lado, discurres no de una manera vaga, sino en referencia a la república concreta 195. Por lo que puedes proseguir como has comenzado, pues me parece ver la república ya formada, tras tu recorrido por los otros reyes.

ESCIP. — Así, pues, cuando aquel senado de Rómulo [12,23] integrado por los nobles, a los que el mismo rey había dado la facultad de llamarse sólo «padres», y «patricios» su descendencia, intentó, después de muerto Rómulo, regir por sí mismo la república, prescindiendo de un rey, el pueblo no lo toleró, y, con la añoranza de Rómulo, no cesó de reclamar un rey. Entonces aquellos inventaron prudentemente la institución del interreino 196, nueva y desconocida en los otros pueblos, con el fin de que, en tanto no fuera proclamado un determinado rey, la ciudad no estuviera sin rey, ni tampoco con uno solo definitivo, sin dejar que pudiera alguien, al permanecer en el poder, retrasarse en deponer su imperio o tener ventaja para conseguirlo. En esta época, [24] aquel pueblo joven vio lo que no había visto el espartano Licurgo, que no estableció un rey electivo, si es que pudo Licurgo hacerlo así, sino que debía ser tenido por rey, cualquiera que fuese, quien descendiera del linaje de Hércules 197. Nuestros antepasados, aunque primitivos, vieron que convenía buscar el valor y la sabiduría de un rey, y no la estirpe 198.

[13,25] Difundida la fama de que Numa Pompilio sobresalía en estas virtudes, el mismo pueblo, con la autoridad del senado, hizo venir de Curi199 a Roma, a un extranjero, un sabino, como rey, dejando a un lado a los de la ciudad, Cuando llegó, aunque el pueblo había dispuesto en los comicios curiados 200 que fuera rey, sin embargo, él hizo una ley curiada sobre su propio imperio 201, y, al ver a los romanos enardecidos en los ejercicios bélicos instituidos por Rómulo, pensó que convenía apartarlos un poco de esa manera de vivir 202.

[14,26] Empezó por dividir particularmente entre los ciudadanos los campos que Rómulo había ocupado con la guerra; les enseñó cómo podían abundar en toda clase de bienes mediante el cultivo del campo, sin necesidad de saquear y robar botín; y les infundió el amor al sosiego y la paz, con lo que se favorece el desarrollo de la justicia y la lealtad, gracias a las cuales se protege especialmente el cuidado de la agricultura y la recogida de las cosechas. El mismo Pompilio, al introducir los auspicios mayores, añadió al número antiguo de los ya existentes, dos nuevos augures 203, encargó de las ceremonias religiosas a cinco pontífices nombrados entre los nobles 204; mitigó con los ritos religiosos, mediante leyes que conservamos en los archivos205, los ánimos exaltados por las costumbres y el ansia de guerrear; agregó también los sacerdotes flámines, los salios y las vírgenes Vestales 206, y dispuso con mucho cuidado todas las otras instituciones religiosas. Quiso que el rito de las ceremonias fuera exquisito, pero sencillo su boato, [27] pues estableció muchas cosas que había que aprender y observar, pero todo gratuitamente: tuvo cuidado en el cumplimiento religioso, pero quitó el gasto. Asimismo, introdujo los mercados, juegos y toda clase de celebraciones para reunirse, con cuyas instituciones humanizó y amansó los ánimos de las gentes, inhumanos y feroces por la afición a la guerra. Después de haber reinado con gran paz y concordia durante treinta y nueve años —seguimos principalmente a Polibio, el más diligente en la cronología—, Numa Pompilio se murió, dejando confirmadas dos cualidades excelentísimas para la estabilidad de la república: la religión y la clemencia.

[15,28] Cuando Escipión hubo dicho estas cosas, dijo MANILIO:

—¿Es verdad lo que se dice, Africano, que este rey Numa fue discípulo del mismísimo Pitágoras o que, al menos, fue de su escuela? Porque he oído muchas veces decir esto a los ancianos, y vemos que así se cree corrientemente, pero no lo veo confirmado por la autoridad de los anales públicos.

ESCIP. — Manilio, esto es enteramente falso, y no sólo inventado, sino inventado de manera ignorante y absurda, y no debemos tolerar las falsificaciones que, no sólo son inventadas, sino que vemos no pudieron existir. Porque consta que Pitágoras vino a Síbaris, Crotona 207 y esa región de Italia, el cuarto año de Tarquinio el Soberbio, pues la olimpíada sesenta y dos corresponde al comienzo del reinado del Soberbio y a la llegada de [29] Pitágoras, de lo que resulta, según la cronología de los reyes, que Pitágoras no llegó a Italia hasta ciento cuarenta años después de la muerte de Numa, y sobre esto jamás hubo duda alguna entre los que han estudiado con cuidado la cronología de los anales 208.

MAN. — ¡Por los dioses inmortales!, ¡qué grande es este error de gentes, y qué inveterado! Pero no me parece mal que no hayamos sido instruidos por ciencias transmarinas e importadas, sino por las virtudes genuinas de la patria.

[16,30] AFRICANO. — Más fácilmente lo puedes ver si consideras la república ya desarrollada y llegada a su forma perfecta como por un camino y un curso natural; es más: podrás alabar la sabiduría de los antepasados por el mismo hecho de ver cómo muchas cosas tomadas del extranjero fueron mejoradas por nosotros respecto al lugar de origen, y podrás entender cómo el pueblo romano no se aseguró casualmente, sino por el orden y la disciplina, aunque con el favor también de la suerte.

Después de morir el rey Pompilio, el pueblo, en comicios [17,31] curiados, nombró rey, a propuesta del interrey, a Tulo Hostilio, y éste, a ejemplo de Pompilio, solicitó al pueblo en curias acerca de su propio imperio. Tuvo gran fama como jefe militar y llevó a cabo grandes empresas bélicas 209, y con fondos del botín construyó rodeándolo con una cerca el comicio y la curia 210, y estableció el derecho para la declaración de la guerra, invento muy puesto en justicia que sancionó con el rito de los feciales, de modo que toda guerra que no fuera declarada solemnemente, fuera considerada injusta e impía211. Y para que comprendáis qué sabiamente aquellos reyes nuestros vieron que había que atribuir algunas funciones al pueblo —mucho hemos de tratar de este asunto—, Tulo no se atrevió a usar las insignias reales sin la autorización del pueblo, pues para poder ir precedido de doce maceros con los haces 212

(S. AGUSTÍN [Ap. I 5].) [32]

[18,33] 〈 LEL.— ?〉 …con tu discurso, 〈no〉 se arrastra, sino que vuela la república hacia su óptima forma.

〈 ESCIP. —〉 Después de él, el pueblo constituyó rey a Anco Marcio, nieto de Numa Pompilio, por parte de su hija, y también dio una ley curiada sobre su propio imperio 213. Tras haber derrotado a los latinos, los agregó a la ciudadanía romana, y también él anexionó a la ciudad el monte Aventino y el Celio; distribuyó los territorios que había conquistado; reservó como públicos todos los bosques de la costa conquistados; fundó una ciudad en la desembocadura del Tíber, y la asentó con colonos 214. Murió después de haber reinado veintitrés años.

LEL. — También este rey es digno de elogio, pero la historia romana es obscura, pues, aunque conocemos la madre de este rey, desconocemos quién fue su padre.

〈ESCIP. —〉 Así es, pero de esa época constan casi exclusivamente los nombres de los reyes.

[19,34] En este momento parece que la ciudad se hizo más civilizada, gracias al injerto de una cultura importada; en efecto, vino a fluir desde Grecia en esta ciudad, no un mediocre riachuelo, sino el caudaloso río de la educación en las artes 215. Dicen que fue un cierto Demarato de Corinto, hombre sin duda principal en su ciudad, tanto por su importancia como por su autoridad y fortuna, quien, al no tolerar la tiranía de Cipselo en Corinto, se cuenta que huyó con mucho dinero y se refugió en Tarquinia, la más floreciente ciudad de Etruria; pero que, al tener noticia de que se confirmaba la tiranía de Cipselo, renunció a su patria, como hombre libre y fuerte, y fue admitido como ciudadano de Tarquinia, donde instaló su domicilio estable 216. Después de haber procreado allí dos hijos de una matrona de la ciudad, educó a todos instruyéndolos en las artes al modo de los griegos…

…fue bien recibido en Roma; por su educación y doctrina, [20,35] se hizo amigo del rey Anco, hasta el punto de que se le tenía como partícipe en todas las decisiones políticas, y casi como socio en el reinado. Era, además, un hombre muy afable, bien dispuesto para ayudar a todos los ciudadanos, y muy benigno para auxiliar, defender y gratificar. Así, al morir Marcio, fue nombrado rey, por el voto unánime del pueblo, como Lucio Tarquinio, nombre que tomó a cambio del suyo griego, para mostrar cómo se había asimilado en todo a la manera de vivir de este pueblo. Después de dar la ley sobre su propio imperio; empezó por duplicar el antiguo número de los senadores; llamó a los antiguos «padres de las gentes mayores», cuya opinión se requería en primer lugar, y a los senadores añadidos por él, «padres de las gentes menores» 217. Luego, estableció la caballería en [36] la forma que todavía hoy se conserva, y no pudo cambiar el nombre de ticienses, ramnenses y luceres, como quería, porque el augur de gran prestigio Ato Navio no se lo autorizó218. Veo que también los corintios se preocuparon en otro tiempo de asignar caballos públicos y alimentarlos con los tributos de los huérfanos y las viudas. Sin embargo, después de haber dominado en una guerra al gran y feroz pueblo de los ecuos 219, que constituía un peligro para Roma, añadió a las primeras unidades de caballería otras nuevas duplicando el número hasta mil doscientos caballeros 220; a los sabinos, después de haberlos rechazado desde las murallas de la Urbe, los dispersó con la caballería y venció en otra guerra; y sabemos que fue el primero que hizo las grandes fiestas que se llaman «Juegos Romanos» 221; que, en esa misma guerra sabina, hizo voto de construir un templo a Júpiter Óptimo Máximo en el Capitolio, y que murió cuando había reinado treinta y ocho años.

[21,37] LEL. — Se prueba así como más cierto lo que decía Catón de que la constitución de nuestra república no es de un solo momento, ni de un solo hombre, pues es evidente cuántas cosas buenas y útiles fue añadiendo cada uno de los reyes. Pero nos queda el que me parece haber tenido más amplia visión en asuntos de la república.

ESCIP. — En efecto, porque después de Tarquinio, se dice que reinó Servio Tulio222, por primera vez, sin elección popular; dicen que era hijo de una esclava de Tarquinia y concebido de un cierto cliente del rey. Educado entre los criados, como asistiera a los banquetes del rey, no se pudo ocultar la chispa de su ingenio, que brillaba ya desde entonces en el mozo; tan listo era en cualquier servicio o conversación. Así, Tarquinio, que tenía sus hijos todavía muy pequeños, se complacía tanto con Servio, que la gente se creía que era hijo suyo, y lo educó con gran cuidado en todas las artes que él mismo, al modo refinado de los griegos, había aprendido; y cuando murió Tarquinio por el atentado de los hijos [38] de Anco, Servio, como he dicho, empezó a reinar sin elección, con la voluntad y consenso de los ciudadanos; valiéndose del rumor falso de que Tarquinio estaba mal de la herida recibida, pero vivía todavía, Servio hizo justicia revestido de las insignias reales, pagó con su dinero las deudas de los insolventes y, gracias a su afabilidad, llegó a hacer creer que hacía justicia contando con la autorización de Tarquinio, pero no se puso a disposición de los senadores, sino que, después de enterrar a Tarquinio, hizo por sí mismo la consulta al pueblo, y al conseguir el voto para poder reinar, dio la ley curiada sobre su propio imperio223. Empezó por vengar con una guerra las ofensas de los etruscos; por lo que…

…dieciocho 〈 centurias 〉 del censo superior; luego, [22,39] una vez separado del conjunto de todo el pueblo un gran número de caballeros, dividió el resto del pueblo en cinco clases, distinguiendo los mayores de edad de los jóvenes, y las distribuyó de manera que los votos no estuvieran en poder de la muchedumbre, sino de los más ricos, y cuidó, lo que siempre debe conservarse en una república, que no prevaleciera la mayoría. Distribución ésta que os explicaría, si fuera desconocida para vosotros, pero ya veis que la proporción es tal que las centurias de los caballeros, con seis votos, y la primera clase, junto con la centuria asignada a los constructores por ser tan necesarios a la ciudad, suman ochenta y nueve centurias, a las cuales, con que se añadan sólo ocho más de las otras ciento cuatro centurias, que es el número de las restantes, se alcanza el poder total del pueblo, de modo que la multitud mucho más numerosa de las noventa y seis centurias restantes ni quede excluida de voto, pues sería despótico, ni pueda prevalecer, para que no sea arriesgado.

[40] En esto, Servio tuvo cuidado incluso para elegir los términos y los nombres, pues llamando «asiduos» a los ricos, de «dar el as» 224, llamó «proletarios» a los que no tenían más de mil quinientas monedas de bronce o no tenían nada más que llevar al censo que su propio número, como para decir que de éstos se esperaba una prole, es decir, la progenie de los ciudadanos. De aquellas noventa y seis centurias, en aquella época, contaba cualquiera de ellas casi más ciudadanos censados que en toda la primera clase. De este modo, no se impedía que nadie ejercitara el derecho al sufragio, pero tenía más valor aquel que más interés tenía en que la ciudad se hallara en el mejor estado. Es más, a los ordenanzas militares sin armas, trompetas, proletarios…225.

* …juzgo que está muy bien constituida la república [23,41] que, compuesta de los tres elementos —el rey, los nobles y el pueblo—, no excite con castigos a los incultos y rudos (NONIO [Ap. XV 39]).

… 〈 Cartago era unos 〉 sesenta 〈 y tantos〉 años [42] más antigua 〈 que Roma〉, pues había sido fundada treinta y nueve años antes de la primera olimpíada226. Y lo mismo vio, más o menos, el muy antiguo Licurgo. Así, pues, esta igualdad y esta forma triple de gobierno nuestra me parece haber sido la misma que la de aquellos otros pueblos. Pero explicaré ahora, a poder ser, con más detalle, lo que nuestra república tiene de particular, lo que es más notable, y es tal que no se encuentra en ninguna otra república. La combinación que he explicado se dio en nuestra ciudad lo mismo que en la de Esparta o Cartago, pero éstas no fueron moderadas; porque cuando en una república tiene alguien él solo [43] una potestad permanente, sobre todo, si es como rey, aunque exista en ella un senado, como el que había en Roma en época de los reyes, o en Esparta, según la ley de Licurgo, y aunque tenga algún derecho el pueblo, como con nuestros reyes, sin embargo, la realeza sobresale y no puede una república de ese tipo dejar de ser y de llamarse reino. Tal forma de ciudad es muy inestable, por la razón de que muy fácilmente degenera precipitada para mal por el defecto de una sola persona. Porque el reino, por sí mismo, no es censurable, y no sé si no sería preferible respecto a las otras formas puras de gobierno, es decir, en la medida en que el reino se conserve como tal, y consista en que la seguridad, la igualdad y el sosiego de los ciudadanos se rija por la potestad permanente y la justicia de uno solo, y por la sabiduría de uno solo; pero son muchas cosas las que faltan del todo al pueblo que está sometido a un rey, y, en primer lugar, la libertad; la cual no consiste en tener un dueño justo, sino en no tener dueño alguno 227

[24,44] … le soportaban; porque a aquel injusto y cruel señor la suerte acompañó por un cierto tiempo en el gobierno, ya que no sólo dominó con la guerra el Lacio entero, y tomó Suesa Pomecia, ciudad opulenta y bien provista228, sino que también cumplió el voto paterno de edificar el Capitolio, gracias a haberse enriquecido con un gran botín de oro y plata; fundó colonias 229; y, conforme a la costumbre de sus mayores, hizo unos magníficos donativos al Apolo de Delfos 230 como primicias de los botines ganados.

[25,45] Se producirá entonces la vuelta del ciclo, cuyo movimiento de rotación natural podéis aprender a reconocer desde el primer momento. El fundamento de la prudencia política, a la que se refiere todo nuestro discurso, está en ver los rumbos y cambios de las repúblicas, de modo que, al saber hacia dónde se inclina cada una, podáis contenerla o poner antes remedio. Porque ese rey del que estoy hablando, en primer lugar, no tenía la conciencia tranquila por haberse manchado con la muerte de un rey óptimo, y como temía un grave castigo de su crimen, quería que se le temiera a él; luego, abundó en insolencia, confiando en sus victorias y riquezas, y no pudo dominar ni sus propios instintos, ni las pasiones de los suyos. Así, pues, cuando su hijo [46] mayor violó a Lucrecia, hija de Tricipitino y esposa de Colatino, y ella, mujer honrada y noble, se dio a sí misma la muerte a causa de tal afrenta, un hombre que sobresalía por su ingenio y valor, Lucio Bruto, liberó a sus conciudadanos de aquel injusto yugo de dura esclavitud 231; siendo un particular, se hizo cargo de toda la república, y fue el primero que en esa ciudad demostró que, para defender la libertad de los ciudadanos, nadie era un particular. La ciudad, movida por la autoridad de este hombre principal, por la reciente queja del padre y familiares de Lucrecia y por el recuerdo de la soberbia de Tarquinio, de las muchas afrentas, suyas y de sus hijos, dispuso el exilio del rey en persona, de sus hijos y de toda la gente de Tarquinia.

¿No veis, pues, cómo un rey degeneró en déspota, y [26,47] cómo, por el defecto de una sola persona, una forma de gobierno se convirtió de buena en mala? Éste es el tipo de déspota del pueblo que los griegos llaman tirano; pues dicen que rey es el que gobierna al pueblo como padre, y conserva a los que manda en la mejor condición de vida; una forma de gobierno que, como dije, es buena, pero que se inclina y tiende a la más perniciosa; [48] porque, tan pronto como el rey propende a un despotismo injusto, se convierte en tirano, una bestia como no cabe imaginar otra más horrorosa ni más odiosa para dioses y hombres, pues, aunque tiene apariencia de hombre, sin embargo, por la inhumanidad de su conducta supera a las fieras más monstruosas. Porque, ¿quién llamaría hombre justamente a uno que no quiere tener comunidad jurídica, ni sociedad humana alguna con sus conciudadanos, ni con todo el género humano? Pero tendremos otra ocasión mejor para hablar de este tipo de hombre cuando nuestra misma historia nos lleve a hablar de los que tendieron al despotismo después de haberse hecho libre nuestra ciudad 232.

[27,49] He ahí, pues, el primer origen de la tiranía, pues los griegos llamaron así al rey injusto, y los romanos dieron siempre este nombre a todos los reyes que detentaban por sí solos una potestad perpetua sobre sus pueblos. Por ello mismo, Espurio Casio, Marco Manlio y Espurio Melio233 se dice que pretendieron usurpar el reinado, y recientemente…

[28,50] 〈ESCIP.— 〉… 〈Licurgo〉 los llamó en lengua lacedemonia 〈“gerontes”〉, y en número demasiado reducido, veinte y ocho234, que quiso formaran un alto consejo, en tanto el rey retenía el poder supremo. De donde los romanos, imitando esto y traduciéndolo, llamaron «senado» a los que él denominaba «ancianos» como ya hemos dicho que hizo Rómulo al elegir unos «padres». Sin embargo, queda por encima la potestad efectiva y el nombre del rey. Ya puedes conceder tú al pueblo algo de potestad, como hizo Licurgo y también Rómulo, y no le saciarás en su deseo de libertad, sino que le estimularás con el ansia de ella, ya que sólo le has dado ocasión de apetecerla, y siempre existirá el temor de que el rey, como suele ocurrir, se haga injusto, pues como ya he dicho, es inestable la suerte de un pueblo que depende de la voluntad y talante de una sola persona.

Así, ésta fue la primera forma y figura, y el origen [29,51] de un tirano que apareció entre nosotros, en la república fundada por Rómulo con favorables auspicios, no en aquella otra república que, como describió Platón, Sócrates en persona inventó en su diálogo peri politeías235; de este modo, Tarquinio, sin usurpar una potestad nueva sino ejerciendo injustamente la que tenía, arruinó totalmente esta forma de gobierno real. Debe contraponérsele el otro tipo de rey, bueno, sabio y conocedor de lo que es conveniente y digno para la ciudad, que es como un tutor y administrador de la república: así deberá llamarse, en efecto, a cualquiera que rija y gobierne el timón de la ciudad 236. Procurad representaros este tipo de hombre: él es quien puede defender a la ciudad con su inteligencia y su acción. Como este nombre no es todavía muy usado en nuestro idioma, y a menudo hemos de tratar de este tipo de hombre en nuestro discurso…

[30,52] … 〈Platón〉 indagó las causas, y configuró una ciudad más deseable que posible, lo más reducida que pudo, y no la que podía existir, pero en la que pudiera comprenderse la razón de la política. Yo, en cambio, intentaré, si es que lo consigo, con las explicaciones que él vio, pero no en una sombra de ciudad imaginaria, sino en nuestra grande república, tocar como con una varita las causas tanto del bien como del mal público.

Así, pues, con estos doscientos cuarenta años de gobierno de reyes o poco más, con los interregnos 237, y tras la expulsión de Tarquinio, el pueblo romano conservó un odio al nombre de rey tan grande como el deseo que había tenido de él después de la muerte, o mejor dicho, el tránsito de Rómulo; así como en aquella ocasión no podía carecer de rey, después de la expulsión de Tarquinio, no podía oír hablar de reyes. Este pueblo 〈al tener 〉 la facultad…

[31,53] * Así pues, aquella ilustre constitución de Rómulo, como hubiera perdurado firme casi doscientos cuarenta años… (NONIO [Ap. XV 67]).

(S. AGUSTÍN [ibid. I 6].)

〈 ESCIP. —〉 …aquella ley fue suprimida por entero. Con esta misma idea, nuestros antepasados, en aquella ocasión, expulsaron a Colatino, que era inocente, por la razón de su sospechoso parentesco, y a los demás Tarquinios por ser odioso su apellido238, y con la misma idea Publio Valerio239 dispuso el primero que las insignias de la potestad debían rendir honores cuando empezaba a hablar en la asamblea, y trasladó su casa a la parte baja de la colina Velia 240, pues al empezar a edificar otra en la parte alta de ella, donde había vivido el rey Tulo, había visto que el pueblo sospechaba de él. El mismo Valerio, y por ello sobre todo se le llamó Poblícola, llevó una ley a la asamblea popular, la primera que se dio en comicios centuriados, para que ningún magistrado pudiera mandar matar o azotar a un ciudadano romano contra el [54] recurso de provocación al pueblo241. Este recurso consta como existente en época regia, según los libros de los pontífices, y también se refieren a él nuestros libros augurales; asimismo, dicen las Doce Tablas 242, en varias leyes, que se puede provocar en recurso contra todo juicio criminal, y lo que se ha conservado como tradición, de que los decenviros encargados de redactar las leyes fueran nombrados con exención del recurso de provocación, muestra suficientemente que los otros magistrados no lo fueron sin ella, y la ley consular de Lucio Valerio Potito y Marco Horacio Barbado 243, hombres prudentemente populares a causa de la concordia que defendían, dispuso que no se nombrara magistrado alguno exento de provocación, y las leyes Porcias 244, que son tres leyes de los tres Porcios, como bien sabéis, nada nuevo aportaron aparte la sanción penal. Así, pues, [55] Poblícola, después de haberse dado esa ley sobre la provocación, dispuso que se quitara el hacha de los haces, y al día siguiente hizo que se le nombrara como colega a Espurio Lucrecio 245, y que sus propios lictores pasaran a él por ser éste de más edad, instituyendo por primera vez que los lictores acompañaran abriendo paso a cada uno de los dos cónsules por meses alternos, con el fin de que no hubiera más insignias de imperio en un pueblo libre que con los reyes 246. Este Poblícola, por lo que yo puedo entender, no fue un hombre vulgar, pues mantuvo la autoridad de los hombres principales dando, sin embargo, cierta libertad al pueblo. Y no sin causa pondero yo ahora estas cosas tan antiguas y olvidades para vosotros, puesto que lo hago para proponer unos ejemplos humanos y hechos, tomados de personajes y tiempos gloriosos, como guía para proseguir mi discurso.

Así, pues, en esa época, el senado mantuvo la república [32,56] de manera que, siendo libre el pueblo, unas pocas cosas las hiciera el pueblo y la mayoría se rigieran por la autoridad, la decisión y la tradición del senado, y que unos cónsules tuvieran, sólo por un año, una potestad que por sí misma y de derecho era como la de los reyes, y se observaba decididamente, lo que era muy importante para asegurar el poder de los nobles, que los acuerdos de los comicios populares no valieran si no los aprobaba la autoridad de los padres del Senado 247. También se instituyó en esa época el dictador, unos diez años después de los primeros cónsules, en la persona de Ticio Larcio248, y esa forma de imperio se consideró nueva y parecida al poder de los reyes. Sin embargo, todo se regía por la autoridad suprema de los hombres principales, no oponiéndose el pueblo, y en esa época figuras enérgicas, con el imperio supremo como dictadores o cónsules, realizaron grandes hazañas militares.

Pero lo que la misma naturaleza de las cosas imponía, [33,57] de que el pueblo, una vez liberado de los reyes, consiguiera algo más de derecho, lo logró sin esperar mucho, dieciséis años después, siendo cónsules Póstumo Cominio y Espurio Casio 249; faltó entonces quizá la medida, pero es que la naturaleza de la política, con frecuencia, se impone sobre la razón. Recordad lo que he dicho al principio: que la república no puede conservar su estabilidad a no ser que se dé en ella un equilibrio de derecho, deber y poder, de suerte que los magistrados tengan la suficiente potestad, el consejo de los hombres principales tenga la suficiente autoridad, y el pueblo [58] tenga la suficiente libertad. En efecto, como se hallara conmovida la ciudad por la situación de los deudores, la plebe ocupó primeramente el Monte Sacro y luego el Aventino 250. Ni siquiera el orden de Licurgo consiguió tal freno entre los griegos, pues también en Esparta, bajo el reinado de Teopompo 251, fueron instituidos contra el poder del rey aquellos cinco magistrados que llaman éforos, y en Creta, los diez que se denominan cosmoetas; así como los tribunos de la plebe lo fueron contra el imperio de los cónsules, así también aquéllos contra el poder del rey.

[34,59] Quizá nuestros antepasados debieron de ver un remedio para resolver la situación de los deudores, como no había escapado al ateniense Solón, no mucho tiempo antes, ni algo después a nuestro Senado, cuando, por el exceso de un solo acreedor, se suprimió el aprisionamiento de los deudores, y dejó después de practicarse tal tipo de sujeción; siempre que la plebe se veía debilitada por las deudas con ocasión de una calamidad pública, se otorgaba una saludable mitigación y auxilio al caso, en beneficio de la seguridad de todos 252. Por no aplicar esta solución, el pueblo, creados sediciosamente dos tribunos de la plebe, levantó la pretensión de disminuir la influencia y la autoridad del senado253. A pesar de esto, esta autoridad seguía siendo importante y grande, y florecía sobre todo por la prudencia y energía de los que defendían a la ciudad con las armas y con su consejo, pues sobresalían entre todos los demás por su dignidad, pero eran a la vez más austeros, sin ser tampoco más ricos, de manera que se apreciaba más en la vida pública su virtud personal por el hecho de que se preocupaban diligentemente de los asuntos privados de cada uno de los ciudadanos, con ayuda de su consejo y acción 254.

En este estado de la república, un cuestor acusó a [35,60] Espurio Casio 255, que contaba con el favor popular, de querer hacerse rey, y, sin oposición del pueblo, le castigó con la muerte, como sabéis, porque su padre declaró que le había descubierto incurso en tal culpa 256. Los cónsules Espurio Tarpeyo y Aulo Aternio, unos cincuenta y cuatro años después de los primeros cónsules, dieron en los comicios centuriados la famosa ley bien aceptada por el pueblo sobre la multa del juramento procesal 257. Veinte años después, como los censores Lució Papirio y Publio Pinario 258 hubieran expropiado a los particulares, a favor del erario público, mucho ganado mediante la imposición de multas, se rebajó la estimación en cabezas de ganado de las multas, mediante una ley de los cónsules Cayo Julio y Publio Papirio 259.

[36,61] Mas algunos años antes, cuando la autoridad del senado se hallaba en su auge y el pueblo obedecía pacientemente, se decidió que los cónsules y los tribunos de la plebe abdicaran de su magistratura, y que se nombraran unos decenviros con poder supremo y exento de la provocación, los cuales debían tener el imperio máximo y redactar unas leyes 260. Habiendo redactado ellos con gran justicia y prudencia diez tablas de leyes, eligieron para el año siguiente otros decenviros que no fueron ya tan alabados por su lealtad y justicia. Sin embargo, de este colegio mereció gran elogio Cayo Julio, quien acusó criminalmente a Lucio Sestio, hombre noble, en cuya alcoba decía haber presenciado la exhumación de un cadáver, pero le acusó mediante la petición de garantes, a pesar de que él tenía, como decenviro, una potestad suprema exenta del derecho de provocación; lo hizo así en razón de que se negó a desatender aquella admirable ley que prohibía un juicio capital sobre un ciudadano romano, si no era ante los comicios centuriados 261.

Se llegó al tercer año de los decenviros, que permanecían [37,62] por no haber querido nombrar a otros 262. En este estado de la república, que ya he dicho no suele durar mucho, por no ser equilibrado respecto a todas las clases sociales, todo dependía de unos hombres principales, puesto que gobernaban los más nobles como decenviros y no se oponían los tribunos de la plebe, ni había otro magistrado más, y no subsistía el derecho de apelar por provocación al pueblo contra la pena de muerte y de apaleamiento. Así, pues, por la injusticia [63] de esos decenviros, se produjo súbitamente una gran perturbación revolucionaria de toda la república. Después de añadir dos tablas más con leyes injustas, en las cuales tablas dispusieron también una ley muy inhumana para que los plebeyos no tuvieran con los nobles aquel derecho de casarse que suele admitirse entre pueblos distintos, ley abrogada después por el plebiscito Canuleyo263, los decenviros gobernaron al pueblo con un mando absoluto a su capricho, con crueldad y avaricia. Un hecho conocido y que se recuerda en muchas historias 264 es que cuando un tal Décimo Virginio dio muerte en pleno foro, con su propia mano265, a una hija suya doncella a causa del ultraje recibido de uno de aquellos decenviros, y huyó afligido al ejército que se hallaba entonces en Algido; los soldados dejaron entonces la campaña que les ocupaba y él 〈los llevó〉 primero al Monte Sacro, como ya se había hecho antes en una situación similar, y luego al Aventino 266, ar〈mados〉 …

(SERVIO [Ap. XXI 4].)

〈 ESCIP. —〉 …juzgo que nuestros antepasados lo aprobaron siempre y prudentemente conservaron.

[38,64] Habiendo dicho Escipión estas cosas, como la continuación del discurso se esperaba con el silencio de todos, dijo TUBERÓN: Puesto que éstos aquí presentes, que son mayores que yo, no te objetan nada, vas a oír de mí, Africano, qué es lo que echo de menos en tu discurso.

ESCIP. — Desde luego, y con mucho gusto.

TUB. — Me parece que has hecho un elogio de nuestra república, siendo así que Lelio no te preguntaba acerca de la nuestra, sino de cualquier república. A pesar de ello, no nos ha enseñado tu discurso cómo podemos constituir con costumbres y leyes, y cómo podemos conservar esa misma república de la que haces el elogio.

[39,65] AFRICANO. — Yo creo, Tuberón, que más adelante 267 habrá mejor ocasión para tratar de la institución y conservación de las ciudades, pero me creía que ya había respondido suficientemente a lo que me había preguntado Lelio acerca de la mejor forma de gobierno. En efecto, descubrí, en primer lugar, los tres tipos de ciudades más aceptables, y los degenerados que son sus opuestos, y cómo ninguno de aquellos.tres tipos es el mejor, sino que les aventaja a cada uno de ellos por separado el tipo que combina armónicamente los tres.

Y, si me he valido del ejemplo de nuestra ciudad, no [66] ha sido para proponer la mejor forma —pues eso podía hacerse sin poner ejemplo—, sino para que en la realidad de la ciudad principal pudiera verse lo que el discurso racional describía. Porque, si buscas el mismo tipo de forma óptima de gobierno sin el ejemplo de pueblo alguno, deberemos valernos de una imagen de la naturaleza268, ya que tal imagen de ciudad y pueblo…

(DIOMEDES [Ap. IX 2].)

〈ESCIP. — 〉 … 〈que〉 vengo buscando hace rato y al [40,67] que deseo llegar.

LEL. — ¿Buscas acaso un hombre prudente? 269.

ESCIP. — Sí.

LEL. — Tienes abundancia de ellos entre los mismos presentes, empezando por ti mismo.

ESCIP. — i Ojalá que fuese ésta una representación proporcional del Senado entero 270! Pero es prudente aquel que, como vimos a menudo en África 271, montado sobre una feroz y salvaje fiera, la domina y lleva a donde quiere, amansándola con una leve voz o un toque de su mano.

LEL. — Ya sé, pues a menudo lo vi hacer cuando era tu legado.

ESCIP. — Así, pues, aquel indio o fenicio domina una sola fiera, dócil y acostumbrada a convivir con los hombres, pero la fiera que late en el alma humana, cuya parte se llama inteligencia, no puede refrenarla y domarla como a única 〈 fiera 〉 fácil de dominar, si acaso lo consigue, lo que ocurre muy rara vez. Pues la que es feroz es la que hay que domar…

[41,68] (NONIO [Ap. XV 31, 53, 10, 20, 28].)

[42,69] 〈ESCIP. —〉 …puede decirse.

LEL. — Veo ya el hombre que esperaba, a quien puedes encargar ese deber y cargo.

AFRIC. — Sólo a un hombre así, pues en esto consiste todo lo demás; un hombre que no deje de corregirse y examinarse a sí mismo; que atraiga a los otros a que le imiten; que con el esplendor de su alma y de su vida ofrezca a los otros ciudadanos como un espejo. Porque del mismo modo que en los instrumentos de cuerda o de viento, o en el mismo canto de varias voces, debe guardarse un concierto que da por su mismo ajuste unidad y congruencia a muy distintas voces, que los oídos educados no toleran que se altere o desentone, y ese concierto, sin embargo, se hace concorde y congruente por el gobierno de voces muy distintas, así también, una ciudad bien gobernada es congruente por la unidad de muy distintas personas, por la concordia de las clases altas, bajas y medias, como los sonidos. Y la que los músicos llaman armonía en el canto, es lo que en la ciudad se llama concordia, vínculo de bienestar seguro y óptimo para toda república, pues ésta no puede subsistir sin la justicia.

(ANÓN., 2 [Ap. III 2].)

43 (S. AGUSTÍN [ibid. I 4].)

〈FILO. —〉 …está llena de justicia. [44,70]

ESCIP. — Estoy de acuerdo con vosotros y os digo solemnemente 272 que no creo que nada de lo dicho hasta ahora sobre la república, o que podamos decir todavía más adelante, valga nada si no queda confirmado que no sólo es falso que no puede gobernarse una república si no es con injusticia, sino que es muy cierto que no puede hacerse sin una total justicia. Pero, si os parece, basta por hoy con nuestro discurso, y dejemos para mañana el resto, que es mucho.

Como les hubiera parecido esto bien, se puso fin al diálogo de aquel día273.

 

150 Continúa el coloquio de la primera jornada de las tres de las «ferias latinas». En el libro anterior, tras el preámbulo, se ha introducido el tema con la consideración teórica, al modo griego (aunque no sin una consideración anticipada de la forma mixta propia de Roma), de las tres formas de gobierno y del ciclo degenerativo de las mismas. En este segundo libro se va a hablar ya de la experiencia histórica romana. Suplimos la frase con que se iniciaba este segundo libro a base de lo ya conjeturado por el cardenal Mai.

151 MARCO PORCIO CATÓN (vid. supra, n. 38) murió cuando Escipión tenía 36 años, y era amigo de la familia.

152 Este elogio de Catón el Censor (cf. 13) refleja que este personaje, aunque no figure como interlocutor en el diálogo, está de algún modo presente como modelo ideal del homo nouus que era Cicerón.

153 Personaje mítico, hijo de Júpiter y Europa, al que se atribuye la legislación de la isla de Creta. La legislación de Gortina, en Creta, que conocemos por inscripciones, es sólo de alrededor del año 400 a. C.

154 Legislador mítico de Esparta, en el siglo IX a. C.

155 Teseo, que mató al Minotauro de Creta, figura en la leyenda como primer legislador de Ática.

156 Según la tradición, Dracón dio una constitución escrita a Atenas, el año 621 a. C.

157 Solón, en el s. VI a. C., fue reformador prudente de Atenas, que, entre otras cosas, suprimió la esclavitud por deudas.

158 Clístenes estableció la forma democrática en Atenas, a finales del s. VI a. C., contemporáneamente, según la tradición, a la caída de la monarquía romana.

159 Sobre las leyendas de legisladores griegos, vid. SZEGEDY-MASZAK, en Greek, Roman and Byzantine Studies, 19 (1978), 199.

160 Demetrio de Falero gobernó en Atenas entre el 317 y el 307 a. C., año en que tuvo que refugiarse en Egipto por la caída de su protector el rey Casandro de Macedonia y la victoria de Demetrio Poliorcetes. Escribió obras de filosofía peripatética y de historia, que no se han conservado.

161 Frente a la teoría idealista y utópica de Platón (en su República), Cicerón mantiene la idea del desarrollo orgánico de la república romana, que depende de Catón, al que se menciona aquí expresamente como fuente de la historia que va a exponer Cicerón, aludiendo con la palabra «origen» a la obra de Catón titulaba Orígenes. Sobre este tópico, cf. M. RUCH, Le thème de la croissance organique dans la pensée des Romains, de Caton à Florus, en Aufstieg und Niedergang I 2, Berlín, 1972, pág. 827-841.

162 Alba Longa es la más antigua ciudad del Lacio y la tradición hace derivar de ella la fundación de Roma. El rey de Roma Tulio Hostilio la destruirá después, y no sería jamás reconstruida. La región se convirtió en un lugar de fincas de recreo, junto al Lago Albano.

163 La célebre loba, representada después por la popular figura de la Lupa Capitolina.

164 Los rútulos habitaban en la costa del Lacio y tenían su capital en Ardea. Con «aborígenes» se quiere aludir a la población mítica del Lacio, los prisci Latini.

165 En la desembocadura (ostium) del río Tiber había de establecer el rey Anco Marcio la ciudad de Ostia (vid. infra, n. 214).

166 El inconveniente de la proximidad del mar es ya un tópico de PLATÓN (Leyes 4, 704b ss) y ARISTÓTELES (República VII 6, 1327a).

167 Fliunte es un territorio de la Argólida, entre Arcadia y Corinto.

168 Los enianos son los habitantes de la región meridional de Tesalia, en las riberas del río Esperco. Los dorios se hallan entre el Pindo y el Parnaso, también en una zona sin mar. Y lo mismo, los dolopos, al NO. de los enianos.

169 Magnesia, en Caria, a orillas del río Meandro.

170 «Bárbaros» son los no-griegos. Los fenicios eran un pueblo eminentemente comerciante, y los etruscos tenían fama de piratas.

171 Rómulo y Servio Tulio no pudieron hacer muros de piedra, sino, a lo más, empalizadas de madera. El primer recinto propiamente amurallado es sólo del s. IV a. C. El monte Esquilino y el Quirinal no fueron los primeros poblados, sino el Palatino, pero servían como defensa natural de éste.

172 El asalto al Capitolio, por los galos, fue el 390 a. C.

173 La fecha tradicional de la fundación de Roma por Rómulo es el 753 a. C. (vid. infra, n. 187). La derivación «Roma» de «Rómulo» era tradicional, pero no tiene explicación cierta.

174 Los sabinos, pueblo de la Italia central próximo a Roma, contribuyeron sin duda al sinecismo de la población romana, del que este «rapto de la sabinas» es una viva expresión mítica.

175 Fiestas en honor del dios Conso, deidad protectora de las mieses; se celebraban (antes de Augusto) el 21 del mes de agosto.

176 Tito Tacio es un rey legendario de los sabinos. La asociación de este rey a Rómulo es como una anticipación mítica de la doble magistratura republicana tradicional en Roma.

177 Patres son los jefes de las familias romanas que forman la clase de los «patricios», y, en especial, se llama «padres» a los que componen el Senado romano. Pater, propiamente, es el «poderoso» y no necesariamente el que tiene hijos; pater familias es el ciudadano que no está sometido a la potestad de un padre, y tiene, por ello, plena capacidad jurídica; por eso, un niño huérfano es «padre de familia», aunque, por razón de su edad, no tenga capacidad de obrar y necesite un tutor que lo represente.

178 Las tres tribus se llamaban ramnenses, ticienses y luceres. Se derivaban popularmente estos nombres de Rómulo, Tito Tacio y ese legendario Lucumón. En realidad, se trata de nombres etruscos.

179 En realidad, los nombres de las treinta curias parecen toponímicos, pero esta relación con las sabinas raptadas era tradicional y se encuentra en algunos autores romanos.

180 La auctoritas (de augeo, «aumentar», «autorizar») es, precisamente, lo que tiene el Senado romano frente al imperium o potestad de los magistrados que gobiernan la república.

181 Los augures tenían la «autoridad» (vid. infra, n. 218) religiosa para interpretar la voluntad de los dioses respecto a los más diversos actos de la vida pública. Auspicia son el procedimiento de averiguación, que deriva su nombre de consistir ordinariamente en la observación de ciertas «aves» (vid. infra, n. 203). Los magistrados romanos tendieron a tomar los auspicios favorables por sí mismos, liberándose progresivamente de la autoridad de los augures. Puede verse sobre este tema mi escrito «Inauguratio», en Ensayos de teoría política, Pamplona, 1979, pág. 79.

182 Cicerón asimila, un poco simplemente, el patriciado con los patronos, y la plebe con los clientes. En realidad, la relación patronato-clientela es vaga y no unívoca; «patrono» es también el abogado que defiende a un litigante, el antiguo dueño que dio la libertad a un esclavo de su propiedad, el nombrado protector de una ciudad, etc.

183 Esta distinción de bienes aparece otras veces con los términos pecunia-familia, y corresponde a la que se ha hecho en otras épocas entre bienes «de ganancia» y bienes «de heredad». Cuando apareció la moneda, ésta tomó su nombre (pecunia) de aquellos principales bienes de ganancia que eran el ganado menor. Aunque el metal sin acuñar se utilizaba como medio de cambio desde comienzos del primer milenio, la acuñación de monedas no aparece hasta principios del s. III a. C.

184 Según la tradición, del 753 al 716 a. C.

185 Esta idea de la deificación póstuma del gobernante virtuoso aparece desarrollada luego, en el libro VI de este diálogo, en el «Sueño de Escipión». Está también en la base de lo que será, en época imperial, el culto al emperador, y todos los emperadores difuntos (no damnados por la opinión) serán llamados diui («divinos»).

186 El año 129 a. C., en que se finge haber tenido lugar el diálogo, hacía 587 años de la muerte de Rómulo.

187 Las olimpíadas cuentan por cuatrienios, según el uso griego. La primera olimpíada se coloca el 776 a. C. La séptima olimpíada coincidirá con el año 750 a. C.; 752 es la techa que sigue Polibio y acepta Cicerón, pero ya Varrón defendía la del 753.

188 Por confusión entre el legislador y otro Licurgo posterior. Este error se atribuye al mismo Aristóteles, según PLUTARCO, Licurgo 1.

189 Cicerón estima aquí el nivel cultural de Roma por el que supone coetáneo de Grecia, una presunción evidentemente falsa.

190 Una tradición hacía al lírico griego Estesícoro de Hímera (fines del s. VII y primera mitad del s. VI a. C.), nieto del poeta Hesíodo, que se tenía que referir Cicerón en la laguna anterior.

191 El famoso poeta lírico Simónides de Ceos nació el 556 a. C.

192 Según la leyenda, los senadores temían que se les inculpara de la muerte del rey Rómulo, y por eso habían favorecido la versión que daba este Julio Próculo, un patricio de Alba Longa, amigo de Rómulo. El nombre de Quirinus con que se habría hecho llamar el Rómulo deificado es de origen sabino. (Vid. supra, n. 84, sobre Quintes.)

193 Se refiere a la utopía de la República de Platón.

194 Por ejemplo, La constitución de Atenas, de Aristóteles.

195 Vid. supra, n. 99, sobre la doble vía escogida por Cicerón para hablar del tema, y la novedad de este método.

196 Las tradiciones acerca de la institución del «interrey» son varias, y ésta que da Cicerón no es más fidedigna que las otras. Dentro de la constitución republicana posterior, el interrex es elegido por el Senado para momentos de vacancia imprevista del consulado, y sólo por cinco días.

197 En Esparta había una monarquía hereditaria doble, de los Agiades y de los Euripóntidas, dos dinastías que pretendían, las dos, descender de Hércules. Licurgo no habría podido cambiar el sistema.

198 Los reyes romanos no lo fueron por herencia. Tampoco, siglos después, los emperadores, aunque siempre se dio en ellos una tendencia a la continuidad dinástica que nunca llegó a consolidarse, oor lo que no puede hablarse, en Roma, de una «monarquía» propiamente dicha.

199 Curi era la capital del territorio de los sabinos. (Vid. supra, n. 84, sobre Quintes).

200 Sobre las «curias» en que se repartía el pueblo de las tres tribus romanas, vid. supra, n. 179.

201 En una lex curiata de imperio aprobada por el pueblo como base legal del poder real no cabe pensar, pero no tenemos un conocimiento cierto de qué sea tal ley, que pervive en la tradición incluso de época imperial como forma de consenso del Senado con el príncipe. De la que sirvió para el poder de Vespasiano tenemos un testimonio epigráfico importante (Fontes Iuris Romani I, núm. 154).

202 Numa vale como modelo mítico de vida civilizada, según explica Cicerón en los párrafos siguientes; su figura complementa la del belicoso Rómulo (vid. infra, n. 340).

203 Por auspicios (vid. supra, n. 181) «mayores» se entiende, algo imprecisamente, los que corresponden a los magistrados mayores o que se fundan en la observación de los signos de las aves «celestes».

204 Los pontífices son los sacerdotes superiores encargados de las ceremonias y procesiones rituales. Aunque la palabra pompa (ceremonia ritual) aparece como un préstamo del griego, la etimología de pontifex debe buscarse en un equivalente del latín antiguo, y no en pons (el «puente»), como es corriente hacer (vid. A. PARIENTE, en Durius 6 [1978], 8).

205 Quizá alude con la frase in monumentis a una obra atribuida, con ese título, a Manió Manilio (cf. supra, n. 62) en la que se habrían recogido las leyes del rey Numa.

206 Los «flámines» eran sacerdotes adscritos a determinados cultos; los «salios» estaban dedicados al culto de Marte; las «Vestales» eran sacerdotisas vírgenes encargadas de mantener el fuego perenne en el templo de Vesta (vid. infra, n. 297).

207 Síbaris y Crotona se hallan al sur de la Península italiana.

208 La venida de Pitágoras (vid. supra, n. 49) a la Magna Grecia se fecharía así el año 532/1 a. C., exactamente 146 años después de la muerte de Numa.

209 Tulo Hostilio, tercer rey de Roma, personifica una vuelta a la actitud militar de Rómulo, tras el reinado civil y piadoso de Numa. Obtuvo victorias sobre sabinos y etruscos, y destruyó Alba Longa (vid. supra, n. 162).

210 En la explanada al NO. del Foro. El comicio era el lugar de la reunión del pueblo, y la Curia Hostilia el del Senado.

211 En materia de derecho de guerra debía de existir una costumbre internacional antiquísima, que Tulo Hostilio pudo perfeccionar para el uso romano. Los «feciales» constituían un colegio sacerdotal destinado a defender la observancia del derecho de guerra, sobre todo para el comienzo y el cese de las hostilidades, un primer núcleo del derecho internacional público del futuro.

212 Los «lictores» formaban la guardia que acompañaba al magistrado, provista de los mazos de haces como símbolo del imperium, con un hacha entre los haces.

213 Anco Marcio, cuarto rey de Roma, sucedió a Tulo Hostilio.

214 No pudo tratarse de una colonia propiamente dicha, ni la fundación de Ostia es anterior al s. IV a. C.

215 Esta cultura griega llegó por vía de la influencia etrusca en Roma, y concretamente de Tarquinia, como se indica en la historia que se narra a continuación sobre Demarato, que se convirtió en rey de Roma, como Tarquinio (el Antiguo).

216 En realidad, la tiranía de Cipselo en Corinto debe fecharse el año 610 a. C., cuando ya había muerto Anco Marcio.

217 Sobre esta reforma constitucional y su verdadera fecha hay divergencias entre los historiadores antiguos.

218 En este augur se personifica la independencia de la autoridad frente a la potestad (vid. supra, n. 181).

219 Los ecuos habitaban al este de Roma, y habían de mantener hostilidad con Roma en época republicana.

220 El palimpsesto da MacCC, siendo así la duplicación de seiscientos, pero muchos editores (y también Ziegler) corrigen esta cifra en MDCCC, para adecuarla a la que dan algunos manuscritos de LIVIO, I 36, 7. Defienden la lectura de 1200, CANCELLI, M. T. Cicerone, Lo Stato, Mondadori, Florencia, 1979, págs. 167 y sigs., y ESTHER BREGUET (cit. supra, n. 73), la cual insiste en la debilidad del supuesto 1800 de Livio.

221 Fiestas en honor de Júpiter, Juno y Minerva, que, a partir de mediados del siglo IV a. C., se iban a celebrar regularmente en el mes de septiembre.

222 Servio Tulio, penúltimo rey de Roma, tuvo especial importancia en la tradición de la formación de las instituciones políticas de Roma, y concretamente en los comicios por centurias.

223 Cómo pudo Servio convocar al pueblo para que lo eligiera rey, sin contar con el Senado, al que correspondía proveer en estos casos mediante el interrex, es difícil de adivinar.

224 La etimología es de pura asociación popular, pues adsidui parece derivar de sedeo, en relación con la situación de «poseedor».

225 Esta organización de las centurias que componen el comicio centuriado no es claro que sea anterior al s. IV a. C., pero se atribuía tradicionalmente a Servio Tulio; en todo caso, es posible que Cicerón haya anticipado algunos datos de esa reforma constitucional. (Vid., sobre la interpretación de este capítulo 22, últimamente, C. LETTA, en Studi classici e orientali 27 [1977], 193-282; sobre los ordenanzas [accensi], vid. G. GATTI, en Athenaeum 51 [1973], 377.) Los iuniores eran los menores de 45 años, y los seniores, desde esa edad a los sesenta, en que se dejaba de participar en las asambleas populares (a lo que alude la frase sexagenarios de ponte [deiicere]).

226 Cicerón, al hablar de la constitución mixta de Roma, parece haberla comparado con la de Cartago, cuya fundación (supliendo el número de sexaginta que da el palimpsesto), podría ser del año 816/815 a. C., fecha que Cicerón debió de tomar de Polibio (vid. supra, n. 187).

227 Esta definición de la libertad corresponde al más genuino concepto romano, para el que aquélla consiste en no tener un dueño (como tienen, en cambio, los esclavos), aunque se esté bajo la potestad absoluta de un padre, como ocurre con los hijos, que son precisamente los liberi por antonomasia. En la laguna que sigue, Cicerón debía de empezar a hablar ya del último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio.

228 Ciudad latina que había sido conquistada ya por Tarquinio el Antiguo, y sería definitivamente destruida el año 495 a. C.

229 Se está pensando en Signia y Circei, colonias fundadas, en realidad, mucho después, en 495 y 393 a. C., respectivamente.

230 El famoso santuario del oráculo, en Ática, al que los Tarquinios, por su origen griego, seguirán vinculados (vid. supra, n. 215).

231 Cicerón refiere la tradición sobre la caída de la monarquía el año 509 a. C. Este Lucio Junio Bruto aparece como sobrino de Tarquinio el Soberbio. Sobre Lucio Tarquinio Colatino, marido de Lucrecia, vid, infra, n. 238; sobre el padre de Lucrecia, Tricipitino, vid, infra, n. 245.

232 Sobre el tópico del tirano, caracterizado ya como prototipo de gobierno injusto, y su distinto origen histórico puede verse mi escrito en Ensayos de teoría política, Pamplona, 1979, pág. 177.

233 Espurio Casio Vecelino, cónsul por tercera vez el 486 a. C., al proponer un reparto de tierras entre los plebeyos, fue acusado y condenado a muerte como posible tirano (vid. infra, n. 255); Marco Manlio, cónsul el 392 a. C., a pesar de su actuación gloriosa contra el asalto galo el 390, fue condenado por lo mismo el año 383. Espurio Melio fue muerto por Q. Servilio Ahala (cf. supra, n. 27) por desacato al magistrado.

234 En realidad, la gerusía espartana constaba de treinta miembros elegidos por la asamblea de entre los aristócratas de más de sesenta años.

235 Preferimos esta corrección de Brèguet a la de Ziegler: perpolito, en vez del peripeateto del palimpsesto, que algunos corrigieron en peripatético.

236 Cicerón prefiere la designación de tutor o procurator a la de rector o gubernator. También Augusto asumirá, en algún momento, el nuevo título (nomen, según dice Cicerón a continuación) de «tutor de la república».

237 Aceptando las fechas tradicionales del 753 para la fundación de Roma, y 509 para la caída de Tarquinio el Soberbio, resultan 245 años.

238 L. Tarquinio Colatino (vid. supra, n. 231) era, precisamente, el marido de Lucrecia, y no debía de participar en el despotismo de su pariente Tarquinio el Soberbio, pero fue expulsado como todos los otros miembros de la familia real.

239 Publio Valerio Poblícola sustituyó, según la tradición, a Lucio Tarquinio Colatino (vid. n. ant.) en el consulado. La aparición de una nueva inscripción de Satricum con el nombre de Valerio, publicada en Archeologia Laziale, 1978, pág. 56, permite pensar en la realidad de este personaje que parecía puramente legendario, aunque con esto no resulte avalada toda la tradición sobre la aparición de una república con cónsules a la caída de Tarquinio el Soberbio.

240 Parte baja del Palatino.

241 La «apelación» era el recurso ante el magistrado colega contra las decisiones del otro, y la «provocación» era la apelación a la asamblea popular (vid. supra, n. 135). Según la tradición, tres leyes Valerias (del 509, del 449 y del 300 a. C.) introdujeron este recurso, pero es dudoso que, al menos la primera, del 509, no sea legendaria. Sobre los libri augurales, cf. supra, n. 137.

242 La ley de las Doce Tablas, a la que se referirá después Cicerón, es del 451-450 a. C., inmediatamente anterior a la segunda ley Valeria (vid. n. ant.): la ley Valeria Horacia.

243 Cónsules del año 499 a. C., según la tradición que aquí sigue Cicerón.

244 Estas leyes Porcias son prácticamente desconocidas fuera del testimonio de Cicerón.

245 Espurio Lucrecio Tricipitino, padre de Lucrecia, habría sucedido en el consulado a Junio Bruto, según la tradición (vid. supra, n. 231).

246 El poder de los dos cónsules era único y absoluto, pero quedaba limitado, tanto por el turno mensual del ejercicio, como por el posible veto de un cónsul contra los actos del otro. La razón formal que da aquí Cicerón es sólo una manera de decir que el poder del cónsul republicano debía ser menos absoluto que el del antiguo rey.

247 La auctoritas patrum debía refrendar la ley que el magistrado hacía ante la asamblea popular y con la aprobación de ésta, pero no era un elemento integrante del proceso legislativo, y por eso pudo llegar a prescindirse de tal refrendo senatorial.

248 Ticio Larcio Flavo, fue dictador, según la tradición, el año 501 a. C., ocho años después de la caída de la monarquía.

249 Cónsules el año 493 a. C.

250 El Monte Sacro se hallaba en el territorio de los sabinos, cerca de Roma; el Aventino era una de las colinas de Roma. Estas dos secesiones de la plebe se fechan, según la tradición, en 493 y 449 a. C., respectivamente; pero en el siglo v no existían todavía tribunos de la plebe que pudieran dirigir tales secesiones (vid. supra, n. 136).

251 Teopompo fue rey de Esparta a finales del siglo vm a. C., se le atribuye la creación del eforado, que en otras fuentes aparece como anterior.

252 La ley Petelia Papiria, del 326 a. C., puso remedio al sistema de prisión privada por deudas; fue provocada por el abuso de un acreedor. Mucho antes, a principios del s. VI a. C., Solón había adoptado igualmente algunas medidas para aliviar la situación de los deudores insolventes.

253 Los tribunos de la plebe, cuyo número se elevó luego a diez, acabarían por integrarse como magistrados de la república, una vez superada ya la desigualdad política entre patricios y plebeyos (vid. supra, n. 136).

254 A esa clase social más elevada pertenecían los jurisconsultos, que asesoraban gratuitamente para toda clase de asuntos privados.

255 Espurio Casio Vecelino, cónsul los años 502, 493 y 486, había propuesto repartir con los plebeyos las tierras conquistadas a los hérnicos, en el territorio sabino (vid. supra, n. 233).

256 Es posible que, aunque la acusación fuera de carácter público, la ejecución fuera del mismo padre del acusado.

257 Cónsules el año 454 a. C. Esta ley Aternia Tarpeya debió de fijar un límite a la cantidad que se debía depositar para poder litigar (sacramentum), y que se quedaba el erario público cuando la sentencia no era favorable al depositante.

258 Censores en 443 y 433 a. C.

259 La ley Julia Papiria fijó, con el fin de aliviarlas, una equivalencia pecuniaria de las multas legalmente fijadas antes en cabezas de ganado.

260 Cicerón va a hablar de los decemuiri legibus scribundis (451-450 a. C.), que hicieron la ley de las XII Tablas, ley fundamental del más antiguo derecho romano, cuyo contenido conocemos por las citas que de sus preceptos hicieron Cicerón y otros autores latinos. Sobre la opinión que tiene Cicerón de este momento histórico, vid. G. POMA, en Riv. Storica dell’Antichità (1976-77), 129-146.

261 Con los garantes (uades), el acusado podía permanecer libre hasta que recayera una sentencia condenatoria, apelable ante la asamblea popular; por respetar este procedimiento, a pesar de tener un poder absoluto, merecía elogio el decenviro Cayo Julio.

262 Sería el año 449 a. C., pero no es seguro que los decenviros hubieran permanecido ese tercer año sin nueva elección. Vid. III 32, 44.

263 Con este plebiscito del 445 a. C., se reconoció el derecho de casarse (conubium) los plebeyos con los patricios. En esa época las decisiones de la plebe no tenían por sí mismas fuerza de ley, pero, en este caso, el Senado la convalidó.

264 Este célebre episodio de la afrenta sufrida por Virginia, como ocasión de la caída de los decenviros, viene a duplicar el episodio de Lucrecia, como ocasión de la caída de los reyes. Vid. II 25, 46.

265 En virtud del poder «de vida y muerte» (ius uitae necisque) que le otorgaba la patria potestad.

266 Vid. supra, n. 250.

267 Quizá en el libro V o, incluso, en el VI, pero no se nos conservan restos de esta exposición sobre las instituciones públicas de Roma.

268 Sería un modelo de ciudad ideal derivado de la naturaleza del cosmos como totalidad en que debe integrarse la república.

269 El hombre «prudente» es el que puede juzgar, no sólo sobre el derecho, el jurisprudente, sino también sobre la política.

270 Cicerón viene a reconocer que los que componen el Senado no tienen la categoría personal de los presentes en el diálogo.

271 Durante la tercera guerra púnica, Lelio había estado también en África, como legado de Escipión.

272 La frase afecta el tono solemne de las deliberaciones en el Senado.

273 Se cierra aquí, con este segundo libro, el diálogo del primer día de los tres de las ferias latinas en que Cicerón finge mantenido el coloquio.