Capítulo 7

 

Cuando Rosie intentó comparar lo que Angelo y ella tenían ahora con lo que habían tenido tres años antes, se quedó sin palabras. En muchos sentidos resultó intensamente dulce y dolorosamente familiar, y en muchos otros fue como si hubiera estado con un hombre completamente distinto.

Él había levantado una impenetrable barrera a su alrededor y no había forma de atravesarla. Lo había sabido a los pocos días de haber retomado su relación, si es que podía llamarse «relación».

Rosie se asomó por la ventana de la cocina hacia el punto donde las verduras que estaba cultivando empezaban a tomar forma. Por un lado, el catering estaba marchando bien. Ese primer trabajo, casi seis semanas antes, había generado varios otros y ahora tenía a una chica de la aldea que iba a ayudarla cuando la necesitaba.

Por otro lado...

Se quedó mirando el cuenco de verduras cortadas que la aguardaban.

Su cuerpo nunca había estado más satisfecho; hacían el amor de un modo vertiginoso. Angelo llegaba el fin de semana y entraba en la casa con una sola cosa en la mente, y su cuerpo respondía sin poder hacer otra cosa. Nunca se quedaba a pasar la noche. Volvía a dormir a su mansión, a la que todavía no la había invitado.

Una parte de ella sabía lo patético que era todo, la autoestima tan baja que tenía que tener para verse en esa situación en la que lo único que importaba era el sexo. En el fondo sabía que esa era la gran diferencia entre lo que tenían ahora y lo que habían tenido entonces. En su mente etiquetó la vieja relación como «antes de la caída» y antes de la caída había sido una chica locamente enamorada, en la que cada caricia tenía un significado y cada beso llevaba implícita una promesa de futuro.

Pero no había futuro en lo que tenían ahora y eso quedaba clarísimo en muchos sentidos. Angelo era muy diligente a la hora de usar protección, lo cual ella agradecía, pero le había dejado muy claro el mensaje en aquella primera ocasión en la que ella había estado deseándolo desesperadamente y él, con mucha calma, se había puesto un preservativo mientras la informaba de la catástrofe que supondría cualquier error que provocara un embarazo no deseado.

Nunca se hablaba del pasado. Bajo la superficie, podía sentir el incómodo torbellino de preguntas poco gratas intentando rebelarse contra el silencio impuesto.

¿Por qué se había casado con Amanda? ¿La había amado? ¿Había sido solo sexo? ¿Qué había pasado con su matrimonio?

En la única ocasión en la que había intentado sacar el tema de lo sucedido entre ellos tres años atrás, había visto cómo la pasión de su rostro había sido reemplazada por una fría expresión que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

Rosie se preguntó cuánto podría resistirlo. ¿Cuánto antes de quebrarse bajo la presión de intentar mantener la misma fachada fría e impasible? Cada vez que hacían el amor estaba convencida de que sería la última y se odiaba por temer el inevitable resultado; odiaba su debilidad por seguir deseándolo tanto que le dolía, aunque siempre se aseguraba de mostrarse tan fría y cínica como él, tratándolo con la misma distancia emocional con que él la trataba.

Oyó el sonido de su coche aparcando en la entrada. El inicio del verano había llegado y, aunque ya eran más de las ocho, todavía había luz fuera. Todas las predicciones que había hecho sobre las flores estallando en una gran cantidad de colores se habían cumplido. Londres, por el contrario, era un lugar gris que estaba convirtiéndose en un recuerdo cada vez más lejano.

Poco a poco, todas las paredes habían quedado pintadas y la mayor parte del mobiliario sustituido. Poco a poco, estaba estampando su propia personalidad en la casita, aunque había algunas cosas de Amanda que había guardado porque le traían buenos recuerdos de su amiga antes de que las cosas se hubieran estropeado: unas bonitas cajitas y latas que Amanda había coleccionado de niña, un par de fotos enmarcadas, dos jarrones. Todo ello estaba en la despensa esperando a que les encontrara un lugar en la casa.

El perdón era un buen lugar y podía sentir que estaba llegando a él.

Abrió la puerta y su corazón dio todo tipo de ridículos brincos cuando Angelo cruzó el umbral desabrochándose la camisa para rodearla en un abrazo.

–He cocinado para los dos –murmuró Rosie apartándose para no sucumbir allí mismo a su poderosa masculinidad–. Estoy probando un plato de verduras para el catering del miércoles que viene –lo besó en la boca y se rio cuando él la llevó hacia sí con un gruñido.

–No estoy seguro de poder esperar hasta que haya probado el plato experimental –se acercó a ella para que pudiera notar lo excitado que estaba.

–No tenemos que acostarnos en cuanto cruzas la puerta –murmuró Rosie en su primera muestra de rebelión desde que se habían vuelto a acostar hacía seis semanas–. Quiero decir, podemos tomarnos una copa de vino y cenar algo y hasta ver un poco la tele. Ponen un programa sobre animales que quiero ver.

Angelo frunció el ceño. No había esperado que la situación se prolongara tanto, y tampoco se había imaginado que siguiera deseándola después de semanas perdiéndose a su antojo en su suculento y sexualmente receptivo cuerpo. Apartarse de ella le estaba llevando mucho tiempo y permitirse el lujo de compartir momentos de intimidad doméstica no ayudaría en nada al proceso.

–Probaré el nuevo plato, pero lo de ver la tele no me va.

Rosie sonrió y se encogió de hombros.

–Era solo una idea, pero tienes razón –contestó manteniendo la sonrisa como pudo y rodeándolo por el cuello–. Ver la tele es una pérdida de tiempo.

Angelo soltó un gruñido de satisfacción y la levantó en brazos para llevarla arriba.

–Algún día te vas a hacer daño en la espalda haciendo estas cosas –Rosie se estaba riendo y desabrochándole la camisa, lo cual era complicado mientras subían las escaleras.

–¿Pero entonces tú harías de enfermera y me harías recuperarme? –se miraron fijamente.

Había veces, demasiadas como para contarlas, en las que lo único que podía ver era a la chica que se había llevado a la cama tres años antes. Después tenía que obligarse a recordar a la mujer que acechaba detrás de esa chica, la que casi lo había arrastrado a una relación que habría terminado en lágrimas porque tarde o temprano él habría descubierto cómo era en realidad. Se había ahorrado ese final, pero no podía olvidar que estaba allí, y menos ahora, cuando las risas y los ojos de Rosie hacían que algo se removiera en su interior.

Ya estaba muy familiarizado con la casa. El dormitorio de ella era el que estaba situado justo encima de la cocina. Rosie le había hecho colgarle un anticuado perchero de porcelana detrás de la puerta y sabía que, si se daba la vuelta, vería su albornoz colgado allí.

Dos semanas atrás le había comprado uno para sustituir el que tenía, que estaba hecho jirones. No era nada de valor, ¡así que no podría empeñarlo por miles de dólares! ¿Qué tenía de malo haberlo comprado? Era su mujer, al menos de momento, y como tal no debía verla con una prenda que debería llevar años en la basura. Eso tenía sentido. Lo que no habría tenido sentido era el delicado joyero con los lados de cristal y los adornos de diamantes que había visto unos días antes al pasar por un escaparate. Se alegraba muchísimo de haber resistido la tentación de comprárselo.

–Nunca se me ha dado bien hacer de enfermera –le contestó cuando en realidad quería decirle que sí, que nada le gustaría más que cuidar de él, que pasara una noche con ella en la casa en lugar de salir corriendo como si fuera a convertirse en una calabaza. Rosie no era tonta. Sabía muy bien de qué trataba todo eso, al igual que sabía que si empezaba a intentar ver más de lo que había en realidad, él se esfumaría y aún no estaba preparada para eso.

Al dejarla en la cama, a ella se le aceleró el corazón mientras se preguntaba cuándo estaría lista para que todo terminara. Había ignorado sus objeciones a volver a meterse en la cama con él y ahora, cuando la necesidad de abrazarlo y charlar con él crecía en su interior, se dio cuenta del error que había cometido. Había creído que era como él, que podía hacer el amor con él y olvidarlo sin más. Había sido tonta porque ahora estaba mucho más encaprichada que antes. Acostarse con Angelo no había disminuido su deseo, sino que lo había aumentado.

Le gustara o no, estaba a su merced.

–No es verdad –le dijo Angelo con una media sonrisa mientras se desvestía–. Recuerdo muy bien cómo me curaste un corte que me hice en un dedo.

Se quedó muy serio, furioso consigo mismo por haberse adentrado en el pasado. Nunca lo había hecho, ni siquiera cuando ella lo había intentado. De vez en cuando tenía que recordarse la clase de mujer que era y las razones por las que había elegido meterla de nuevo en su vida, pero el pasado era tabú.

–Curar cortes en los dedos y la profesión de cocinera van de la mano –contestó ella intentando quitarle importancia al tema cuando en realidad estaba horrorizada porque los sentimientos que había tenido hacia él estaban intentando salir a la superficie ignorando el sentido común y haciendo estragos en su orgullo–. ¡Hay un montón de reglas y regulaciones en cuanto a los cortes en la cocina! –exclamó regalándose la vista con la magnífica imagen de su cuerpo. ¿Cómo podía sentir algo por alguien que no la quería? ¿Cómo podían persistir esos sentimientos ante la indiferencia emocional de Angelo? ¿Cómo podía desear a un hombre que se cerraba cada vez que la conversación se volvía demasiado personal y que se marchaba a su casa al final de cada noche mientras que tres años antes habían pasado las noches juntos y habían hecho el amor al despertar? ¿Cómo podía desear a un hombre que se cansaría de ella cuando considerara que ya había satisfecho su apetito y que se marcharía sin mirar atrás en busca de otra mujer?

–¿Me creerías si te dijera que no me interesan mucho las normas y regulaciones de lo que sucede en una cocina? –se acomodó sobre su glorioso cuerpo y se echó hacia atrás mientras ella lo tomaba en su boca. Posó la mano detrás de su cabeza con los dedos entre su pelo. Cuando Rosie le hacía eso, su mente siempre se quedaba en blanco. Solo ella sabía hacerlo, sacarlo de su cuerpo y transportarlo a otro lugar, a otro momento, a otra dimensión.

Se apartó antes de llegar al límite y se tumbó sobre ella.

Cuando Rosie había vivido en Londres nunca había hecho ejercicio, pero ahora había empezado a correr y, gracias a eso, su cuerpo, siempre esbelto, estaba más tonificado incluso y él podía sentir la firmeza de su estómago mientras saboreaba su sudor. Le separó las piernas y se hundió en su vértice, lamiéndola hasta hacerla gemir.

Él había asentado las bases de esa extraña relación que tenían y ella las estaba cumpliendo, que era exactamente lo que había querido, aunque tenía que admitir que le daba una gran satisfacción sentir cómo perdía el control mientras exploraba su cuerpo. Tal como estaba haciendo ahora mientras relamía la dulce humedad posada entre sus piernas.

Cuando levantó la mirada, pudo ver sus pequeños pechos con sus pezones erectos, y le supuso una impresionante excitación que Rosie lo mirara y se agarrara un pezón entre los dedos provocándolo hasta que él no tuvo más opción que apartarle la mano y poner la boca en su lugar.

Bajo su mano podía sentir el latido de su corazón. Le chupó el pezón desesperadamente; podría estar así para siempre, saboreándola, volviéndose loco ante las ganas de adentrarse en ella y sentirla rodeándolo.

Cuando ninguno de los dos pudo soportarlo más, él, llevado por la pasión, se vio tentado a olvidarse de la protección. Rosie le había sugerido tomarse la píldora, y Angelo le había respondido que hiciera lo que quisiera, pero que él no correría ningún riesgo y seguiría usando protección por su parte. No confiaba en nadie más que en sí mismo.

–Dos segundos –dijo alargando la mano hacia el cajón de la mesilla donde guardaba la caja de preservativos.

Rosie se incorporó para deslizar la lengua por su miembro erecto y hacerlo temblar de placer mientras él controlaba el deseo de verter sobre ella su esencia.

Después, con un pequeño suspiro y cerrando los ojos, Rosie se tumbó cuando él se adentró en su cuerpo, totalmente protegido y sin correr ningún riesgo.

Sus cuerpos se movieron al mismo ritmo. Ella podía sentir cada centímetro de Angelo en su interior, moviéndose y presionando y llevándola cada vez más cerca del orgasmo. Había ocasiones en las que él estaba ahí abajo, entre sus piernas, excitándola con su boca, en las que no podía contenerse y por muy maravilloso que resultara llegar al éxtasis contra su boca, nada podía compararse a hacerlo teniéndolo a él dentro. Hundió las uñas en su espalda mientras Angelo, con los brazos apoyados a cada lado de su cuerpo, se impulsaba para poder aumentar la fricción. Lo rodeó por la cintura con las piernas y se perdió en el momento hasta acabar gritando al entregarse al clímax.

–Muy bien –Angelo suspiró con clara satisfacción cuando los dos terminaron completamente saciados. La llevó hacia sí dejando que apoyara la cabeza sobre su pecho, tal como le gustaba porque así podía acariciarle el pelo y disfrutar de esa sedosa textura entre sus dedos.

–¿Es todo lo que puedes decir? «Bien» es una palabra muy corriente.

–Muy impresionante, si lo prefieres.

–Tengo que levantarme en un momento para echarles un vistazo a las verduras. Aunque supongo que no te interesará saber cómo tengo intención de cocinarlas.

–En absoluto.

–Pues voy a hervirlas de la manera habitual, pero después voy a refinar el plato con leche de coco, curry y queso. Con suerte perfeccionaré el plato y así no tendré que soportar a John Law en la cocina haciendo de chef cuando lo único que quiere es... bueno... ya sabes... Y, mientras, su mujer está fuera agobiando al servicio para que pongan la mesa como a ella le gusta.

–No, no lo sé. Dime.

Rosie miró atrás. Angelo podía sentir cómo la furia aumentaba en su interior como un volcán, aunque mantuvo un tono de voz calmado y neutral.

–¿Quién es ese John Law?

–Oh, solo es un hombre que me contrató hace un par de semanas para servir la cena de una fiesta –había entrado en el baño y Angelo pudo oír la ducha, aunque por una vez no tuvo ganas de unirse a ella–. Y su mujer y él me han pedido que prepare otra para dentro de unos días –gritó al meterse bajo la ducha cuando tuvo claro que no se ducharía con ella.

–¿Cómo vuelves de esos sitios? –Angelo había entrado en el baño y a través del cristal esmerilado podía distinguir su larga y esbelta silueta mientras se enjabonaba y se lavaba el pelo. Se puso una toalla alrededor de la cintura, bajó la tapa del inodoro y se sentó.

–¿Qué? –Rosie asomó la cabeza por la ducha y lo miró.

–Es una pregunta muy sencilla, Rosie. ¿Que cómo vuelves cuando sirves los caterings por la noche? No tienes coche.

–Lo sé. Es un fastidio, pero no me puedo permitir comprarme uno ahora mismo –cerró el grifo y salió pasándose los dedos por el pelo mojado y secándose mientras él seguía mirándola con intensidad–. Ahora mismo me está yendo muy bien, mejor de lo que creía. En esta parte del mundo hay mucha gente rica y no hay tantos servicios de catering como en Londres, pero aún tengo que reservar un poco de dinero para el equipamiento de cocina. Además, la decoración se ha llevado gran parte de mis ahorros.

–No estás respondiendo a mi pregunta.

–¿Qué pasa? –se detuvo, lo miró extrañada y salió del cuarto de baño para entrar en el dormitorio y ponerse ropa limpia. Estaba empezando a ponerse nerviosa, pero eso era algo que no quería compartir con él. ¿Acaso había hecho algo malo? Habían hecho el amor, había sido impresionante, pero Angelo no se había metido en la ducha como solía hacer ni le había recordado su insaciable apetito mientras les caía el agua encima. Y el modo en que estaba mirándola ahora...

Se puso sus pantalones de chándal de espaldas a él para no tener que ver en su cara algo que no le gustara ver. Estaba poniéndose furiosa porque odiaba la impotencia que la invadía cada vez que pensaba en que Angelo fuera a ponerle fin a lo que tenían.

–¿Qué te hace pensar que algo va mal?

–No soy idiota, Angelo. ¿Por qué te importa cómo voy o vuelvo del trabajo? ¿A qué viene esto? –«a menos que sea una tapadera para otra cosa. A menos que estés buscando un argumento para poder utilizarlo en mi contra y romper...».

–Háblame de ese tal John Law –se quitó la toalla, entró en la ducha y abrió el grifo del agua fría. No la miró al salir un minuto después para reanudar la conversación.

–Su mujer, Jayne, y él fueron unos de mis primeros clientes. Viven a media hora de aquí en una de las casas de nueva construcción que hay junto al río.

–¿A qué se dedica? ¿Además de a intentar ligar contigo?

Rosie empezó a entender lo que pasaba y abrió los ojos como platos.

–¿Estás... celoso?

–¿Has hecho algo de lo que tenga que estar celoso? –su expresión se ensombreció al mirarla–. ¿Le devuelves las caricias mientras te hace sugerencias sobre la mousse de chocolate?

–No pienso molestarme en responder a eso –cuando iba a salir de la habitación, él la agarró del brazo y la atrajo hacia sí.

–¿A qué se dedica?

–Angelo, estás exagerando. Hace algún que otro comentario, pero nunca me ha tocado y si lo hiciera sabría cómo ocuparme de él. Y, además, ¿cómo puedes sugerir que haría algo con otro hombre? ¿Crees que estaría acostándome contigo si... si...? –«¿si existiera la más mínima posibilidad de sentir algo por otra persona? ¿No crees que en ese caso correría todo lo que pudiera para alejarme de ti porque sé que vas a hacerme daño? ¿Si no me hubiera enamorado locamente de ti otra vez?».

–¿Si qué?

–Si nada. Suéltame, Angelo. Voy a bajar a cocinar. Si quieres cenar aquí, bien, pero si vas a empezar a discutir conmigo por nada, entonces preferiría que te marcharas.

Era la primera discusión que habían tenido y Rosie sabía que no debía sentar un precedente y tolerarle que le diera órdenes. No tenía ningún derecho a cuestionar su integridad y si estaba celoso, lo cual no era probable, no eran unos celos originados por sentimientos de amor, sino porque la consideraba su posesión y creía que podía disponer de ella y desecharla cuando quisiera, como si fuera un muñeco al que tirar cuando se cansara de jugar con él.

Bajó los escalones de dos en dos y no fue consciente de que la seguía hasta que se giró y lo vio en la puerta. Se había puesto unos vaqueros y una camiseta. Siempre se llevaba una muda al desplazarse desde Londres y luego se la volvía a llevar al regresar.

–Te creo cuando me dices que ese tipo no te ha puesto la mano encima ni tú a él –dijo apretando los dientes. Solo imaginárselo hacía que le hirviera la sangre. Debería haberse dado cuenta de que estaría en contacto con mucha gente, gente rica, y que ella era susceptible a los hombres con los bolsillos llenos. Rosie era pura sexualidad, incluso con el pelo mojado y sin una gota de maquillaje. En el mundo de los ricos, su belleza pura y natural destacaba como una luz en la oscuridad. ¿Por qué no habría pensando en eso?

–Bien, me alegra oírlo.

–Estás aquí en este lugar, sola y sin medio de transporte, así que ¿quién no se preocuparía por alguien en una situación así?

–¿Estás preocupado por mí?

–Creo que deberías tener un coche. Y no has respondido a mi pregunta.

–He olvidado qué pregunta era.

–¿Que cómo vas y vienes?

–Beth tiene un pequeño coche, es la chica que me ayuda de vez en cuando. Así que si estamos trabajando juntas siempre vamos en su coche y, si se marcha antes que yo, pido un taxi.

–¿Entonces no dejas que te traigan en su coche los cerdos que intentan meterte mano?

Rosie se giró y se rio porque no quería albergar esa cálida sensación que la invadía al imaginárselo celoso.

–Me conoces, Angelo. No nací ayer. Sé cómo pueden ser los hombres. Valoro los trabajos que tengo aquí y nunca los pondría en peligro aceptando que me llevara en su coche alguien que pudiera insinuárseme. Una clienta que está embarazada y que no bebe me ha traído un par de veces y eso me parece bien. Sé dónde están los límites.

–Aun así, deberías tener un coche.

–Seguiré ahorrando.

Él no iba a ofrecerse a comprarle uno. ¡De ninguna manera! Pero prefería no pensar en cuando llegara el invierno y los días fueran más cortos. ¡Pero bueno! ¡Si para cuando llegara el invierno ni siquiera debería seguir con ella!

–¿Y a quién más conoces en esos eventos?

–A mucha gente distinta. ¿Quieres ayudarme con estas verduras?

Angelo estaba demasiado ocupado pensando en esas misteriosas personas como para caer en la cuenta de que cortar zanahorias y pelar patatas entraba en la categoría de vida doméstica.

–¿Qué clase de gente? Nunca se tiene demasiado cuidado. Precisamente tú saliste con un psicópata.

–Por error, Angelo. No es justo que me lo recuerdes –estaba cortando unos dientes de ajo.

–Tengo razón en lo que digo.

–¿En que no estoy preparada para cuidar de mí misma? Pues esa imagen no se corresponde en nada con la de la desalmada cazafortunas que dices que soy, ¿no?

–¿Te supone algún problema que esté preocupado por tu seguridad?

Rosie se rio incrédula.

–Angelo, esta es una zona rural de clase media de Cornualles, ¡no una zona de guerra de Oriente Medio!

A Angelo no le gustaba lo que estaba pasando, no le gustaba sentir tanta curiosidad. Sería todo un alivio liberarse de ella porque a veces tenía la sensación de que perdía el control de la situación.

Posó la mano sobre su nuca y se agachó para besarle la esbelta espalda. Le olía el pelo a fruta y, con delicadeza, levantó uno de sus mechones para besarle el nacimiento del pelo haciéndola retorcerse de placer.

–¡Me haces cosquillas!

–No me gusta imaginarme a alguien acercándose a ti.

–¿Ni siquiera a la mujer embarazada?

–Ya sabes lo que quiero decir.

–Conozco a gente. Es un trabajo social. Las mujeres ricas que quieren que se les sirva la cena suelen estar casadas con hombres ricos.

–¿Hombres ricos y viejos? –aún besándole el cuello, deslizó las manos bajo su camiseta y las subió lentamente hasta cubrir sus pequeños y perfectos pechos. Teniéndola de espaldas a él, rozó su cuerpo contra el suyo para que Rosie pudiera sentir su erección.

–Viejos y arrugados –Rosie tembló cuando Angelo rodeó sus pezones con los dedos. En un instante había olvidado todos los pensamientos negativos y, al momento, él metió la mano bajo la cinturilla elástica de su chándal y coló los dedos por debajo de su ropa interior para jugar con ella.

Rosie gimió suavemente cuando sus dedos encontraron su clítoris. Estaba húmeda y ardiente para él. Ambos estaban impacientes por hacer el amor, como si no hubieran acabado de hacerlo apenas una hora antes.

Angelo le bajó los pantalones y la giró hacia él. Con un simple movimiento, la subió a la mesa de la cocina y ella se tumbó. Cuando Rosie dobló las rodillas, sus pies quedaron mitad sobre la mesa, mitad por fuera del borde, y cuando él le quitó los pantalones ella se abrió como un melocotón maduro esperando a ser saboreado.

–Aún tengo que cocinar –protestó débilmente y con los ojos cerrados, rindiéndose al intenso placer de su lengua explorando, lamiendo y rozando su clítoris hasta hacerle querer gritar.

Angelo sabía adónde llevarla antes de apartarse y, en esa ocasión, la llevó a ese lugar una y otra vez hasta que ella le suplicó que la tomara.

Cuando finalmente apartó la boca para adentrarse en su cuerpo, estaba tan desesperado como ella. Enredó los dedos en su pelo y se hundió en su interior poderosamente, empujándola hacia atrás ligeramente, una y otra vez hasta que ella no lo pudo soportar y cedió al orgasmo.

–No quiero que mires a nadie –le dijo Angelo con la voz entrecortada al adentrarse una última vez en Rosie–. ¡Y no quiero que nadie te mire! No me gusta ni pensarlo. Me enfurece.

Rosie quería gritarle que no podía mirar a nadie más que a él, pero se quedó en silencio y respirando entrecortadamente mientras Angelo se apartaba de ella. Se sentía débil como un gatito y tardó unos segundos en reaccionar e incorporarse para ponerse el pantalón. Seguía con la camiseta puesta, ni siquiera se habían desnudado del todo.

Cuando por fin salió de su lánguido y placentero estupor, lo encontró mirando por la ventana de la cocina, totalmente rígido, y con los vaqueros aún desabrochados.

–¿Qué pasa?

–No he usado protección. No sé qué ha pasado aquí, pero he olvidado tomar precauciones.

–Oh.

–Es mucho más que «oh».

–¡De acuerdo! Sé que te parecería un desastre que me quedara embarazada...

–Desastre es decir poco.

–Pero puedes dejar de preocuparte. Estoy segura al cien por cien –y lo estaba, aunque sabía que había llegado el momento de ocuparse de esa situación. ¿Cómo podía mostrarse celoso y desdeñoso al momento? ¿Cómo podían estar tan cerca amante y extraño? ¿Cuánto la odiaba?–. Además, yo tampoco querría un embarazo –añadió fríamente–. Cuando me quede embarazada, será con alguien con el que quiera pasar el resto de mi vida. Alguien que quiera pasar el resto de su vida conmigo, así que no tienes que decirme que sería mucho más que un desastre que la persona que me dejara embarazada fueras tú.