Capítulo 6
¿Por qué no iba a querer? ¿Qué clase de pregunta era esa?
¿Tal vez porque no se vendería bajo ningún concepto? ¿Porque no permitiría que la tocara un hombre cuyas palabras siempre estaban manchadas de odio hacia ella? ¿Cómo podía ofrecerle un acuerdo de sexo sin más? ¿Cómo podía pensar que se meterían en la cama, olvidarían lo que había pasado entre ellos y fingirían que no había existido?
Rosie deseó haber sido tan coherente entonces como lo estaba siendo en ese momento, tres días después. De hecho, ante su atroz propuesta, no había logrado más que una pobre protesta antes de quedarse con la boca abierta cuando él se había ido dejándola allí sola y dándole vueltas a la proposición.
Por desgracia, no había podido decirle nada más porque él se había marchado a Singapur en viaje de negocios y le había dejado un mensaje diciéndole que hablarían a su regreso.
Rosie no tenía ninguna intención de hacer algo así. Por el contrario, sí que llamó a James Foreman, que le confirmó que vender la casa de campo sería un negocio prolijo que dependería del asunto de los límites de la propiedad.
–Bueno –Rosie respiró hondo y se decidió–. No voy a vender ahora mismo –el brutal resumen que Angelo había hecho de sus logros hasta el momento y la promesa de un futuro que era mejor que el presente le habían hecho pensar. Podía pasarse el resto de sus días intentando montar su propio negocio, invirtiendo dinero para ver cómo todo se derrumbaba, o podía darles la espalda a las luces de la ciudad y probar suerte en un estanque mucho más pequeño. Los clientes potenciales podrían ser menos allí, pero también la competencia.
No pensaba aceptar limosnas de Angelo a cambio de sexo, pero ¿por qué no iba a promocionarse ella misma? ¿Por qué no ir al campo, imprimir tarjetas de visita y dejar anuncios por las puertas? Incluso podría pedirle a Jack que le diseñara una página web. Se le daban muy bien esas cosas.
¿Por qué no iba a aprovecharse de lo que le había caído del cielo? Amanda nunca le habría dejado la casa de no ser porque se sentía culpable por lo sucedido. James Foreman lo había dicho y ella lo había creído.
¿Por qué iba a rendirse ahora? ¿Por qué iba a pensar que solo podría salir adelante si Angelo movía los hilos por ella? ¿Por qué iba a dejarle ser la mano poderosa que movía a la marioneta?
Tres meses atrás, no se había planteado salir de Londres ni siquiera con la presencia de Ian. Siempre había creído que había encajado en la vida cosmopolita y que allí se quedaría para siempre intentando abrirse camino. Amanda, la amiga que le había destrozado la vida, ahora le había dado una oportunidad que le permitiría forjarse otra vida. ¿Y no le había dicho Angelo que lo vendería todo si ella se quedaba a vivir en el campo? Por supuesto, había sido tan tonto de pensar que eso de vender su propiedad sucedería una vez se hubieran cansado el uno del otro.
Rosie sonrió de satisfacción al pensar en semejante locura. ¿Acaso creía que haría lo que él decía solo porque la había rescatado de Ian?
Si se mudaba a la casa, el asunto de los límites del terreno podría tratarse con más tiempo. Valía la pena ser optimista y no dejaría que Angelo la espantara señalando todo lo que podía salirle mal. No le daría ese poder. Y tampoco se dejaría manipular para acostarse con él. Podía ser un hombre terriblemente persuasivo y no dudaría en aprovecharse de haberle hecho el favor de librarla de Ian.
Estaba tan animada por ese repentino optimismo que estaba deseando que Angelo llamara para dejarle las cosas claras. Sin embargo, se quedó muy decepcionada cuando no se puso en contacto con ella.
–Seguro que le dejé las cosas muy claras y se ha echado atrás –le dijo a Jack dos semanas después mientras preparaba su viaje definitivo al campo, el viaje que cortaría sus lazos con Londres.
Ya se había desplazado hasta allí varias veces para ir llevando sus cosas, y para ello había tenido que echar mano de sus ahorros, pero la luz al final del túnel era una motivación fantástica. Además, ya tenía impresos las tarjetas de visita y los anuncios, y Jack le había diseñado la página web.
–O a lo mejor –dijo Jack–, ha encontrado a otra. Después de todo, ahora es un hombre libre. A lo mejor ha decidido que está mejor con alguien que no tiene nada que ver con su pasado.
–Esperemos –no había pensado en eso. Mientras había estado ocupada odiándolo y ensayando los discursos desdeñosos con los que le mostraría lo equivocado que había estado al pensar que se metería en la cama con él, no se había parado a pensar en la posibilidad de que se hubiera cansado de la situación y hubiera decidido alejarse.
No había contemplado la posibilidad de no volver a verlo.
Habló con Jack un rato más y él prometió ir a verla una vez estuviera instalada. Se pasó diez minutos dándole vueltas otra vez al tema de cómo Angelo se había librado de Ian y durante ese tiempo Rosie fue consciente de un vacío en su interior al imaginarse a Angelo desapareciendo sin mirar atrás. Sin embargo, se dijo que ese pensamiento era fruto de la frustración por haber preparado un discurso maravillosamente sarcástico y no haber tenido la oportunidad de soltárselo a la cara.
Estaba emocionada con la idea de que Angelo se hubiera echado atrás. Estaba deseando empezar con esa nueva fase de su vida y sería toda una ventaja no tenerlo acechando como un amargo y vengativo recordatorio de un pasado que intentaba dejar atrás.
Al menos eso fue lo que se dijo en los siguientes quince días, durante los cuales descubrió lo escasos que eran sus ahorros al verlos ir menguando según compraba plantas, menaje de cocina, pintura para poder alegrar un poco las paredes y comida. No estaba entrando nada de dinero y su teléfono seguía sin sonar.
A la tercera semana, justo cuando la desesperación estaba empezando a hacer mella en su optimismo, recibió una llamada para un primer trabajo.
Rosie estaba exultante y sonriendo cuando, esa misma noche, sonó el timbre y al abrir la puerta se encontró con Angelo. Invadida por la euforia de tener su primer cliente, había abierto sin pensar en quién podía ser.
Y, entonces, una vez más, se vio bombardeada por emociones encontradas: decepción, consternación, inquietud. Y en lugar de poder situar su mente en el lugar donde la había tenido las últimas semanas, sintió una vertiginosa emoción que le hizo sentir como si de pronto hubiera conectado su cuerpo a un enchufe.
–Te sienta bien la vida del campo –murmuró Angelo–. Te brillan los ojos y pareces relajada.
Su ausencia durante el último mes había sido intencionada; había decidido alejarse, darle tiempo para asimilar la propuesta. Tenía intención de tomarla y se aseguraría de mantener el control de la situación en todo momento.
–¿Qué haces aquí?
–¿Me has echado de menos?
Rosie se puso colorada.
–No. No te he echado de menos, Angelo. He estado ocupada instalándome. ¿Por qué estás aquí?
–Has pintado las paredes. ¿Por qué en azul?
–Aún no me has dicho por qué has venido. Estoy muy ocupada.
–¿Haciendo qué? –Angelo se lo estaba pasando muy bien. Le gustaba ese tono rosa que salpicaba sus mejillas y el gesto furioso de su perfecta boca. Llevaba un peto vaquero con uno de los tirantes desabrochados de modo que podía ver su camiseta de color crema ciñéndose a sus pechos. Estaba claro que había estado trabajando en el jardín; el clima era maravilloso, con el cielo azul y una fresca y agradable brisa–. No, no respondas a eso. Has estado en el jardín –le arrancó unas ramitas secas que se le habían clavado en la gruesa tela del peto y ella dio un paso atrás rápidamente–. Son solo unas ramitas –dijo sosteniéndolas entre los dedos–. Y demuestran que has estado ensuciándote con la Madre Naturaleza. Menudo cambio con respecto a la chica con la que salí.
–La chica con la que saliste trabajaba en una coctelería –le contestó mientras su cuerpo aún echaba humo allí donde él la había tocado brevemente.
–¿Es que no vas a invitarme a pasar? Parece que es la pregunta que siempre me veo obligado a formular cuando me presento en tu puerta.
–A lo mejor eso significa que no deberías presentarte en mi puerta.
–Pues la última vez no te quejaste, ¿a que no, Rosie? –murmuró por si ella se había olvidado de su actuación como caballero de la brillante armadura.
Durante el último mes había hecho poco más que pensar en ella y su poder de concentración había sido lamentablemente débil. Ahora que la tenía delante, emplearía todas las armas de su arsenal para llevarla exactamente a donde quería. De pronto, recordó las revelaciones de Amanda y una fría sacudida de furia lo hizo sentirse decidido a meterla en su cama y dar comienzo al proceso de sacarla de su vida para siempre.
A Rosie se le salía el corazón. Tenía una presencia tan elegante y peligrosa que no podía dejar de mirarlo.
–No pienso pasarme el resto de mi vida teniendo que darte las gracias por haberme librado de Ian.
–La gratitud eterna no es algo que necesite.
–Y aun así te parece necesario recordarme lo que hiciste.
–Cuéntame qué has estado haciendo mientras he estado fuera –dijo Angelo cambiando de tema. Al mirarla, se aseguró de hacerlo fijamente, de recorrer cada centímetro de su rostro haciendo que la realidad que tenía ante sí coincidiera con la imagen que lo había perseguido durante las últimas semanas. ¡Jamás se había dado tantas duchas frías!
–El señor Foreman me ha dicho que el tema de las tierras y los límites podría alargarse mucho –logró obligar a su cuerpo a moverse y pasó por delante de él, fue hacia la cocina y salió al jardín trasero donde había estado trabajando dividiendo la tierra fértil para poder cultivar las hierbas y verduras que le serían muy útiles cuando, con suerte, sus trabajos de catering empezaran a despegar.
Por el rabillo del ojo lo vio sentarse en la tumbona que había comprado muy barata en uno de los centros de jardinería. No iba vestido para disfrutar del aire libre. Sus abrillantados zapatos hechos a mano ya se habían embarrado un poco. Su chaqueta parecía fuera de lugar, al igual que su camisa blanca, aunque se había quitado la corbata y probablemente la había metido en el bolsillo del pantalón, un hábito que le resultaba familiar en él.
–¿De qué te ríes? –preguntó Angelo estirando sus largas piernas y recostándose en la tumbona dejando que el sol rozara su cara.
–Supongo que aquí no te sientes muy cómodo, ¿verdad? Se te van a llenar los zapatos de barro. Con esa ropa lo que necesitas es estar en un despacho, no aquí fuera.
Cuando habían estado juntos habían disfrutado al máximo de Londres, de sus sofisticados restaurantes, sus caros teatros y sus oscuros e íntimos clubs, pero nunca habían salido al campo. Ahora ese recuerdo parecía casi un sueño.
Angelo respondió quitándose los zapatos y los calcetines, subiéndose los pantalones hasta la rodilla y tirando la chaqueta sobre el mango de la carretilla en la que ya había un montón de hierbajos acumulados.
–¿Mejor? ¿O tengo que quitarme algo más?
Rosie, furiosa, arrancó más hierbajos e intentó ignorar la sexy pregunta retórica. Su conversación a medias pendía en el aire y no sabía cómo actuar. ¿Debería lanzarse a soltar el discurso que llevaba ensayando todo el mes? ¿Debería decirle claramente que no necesitaba favores suyos? ¿Que por mucha o poca atracción que sintiera por él no era suficiente para contemplar la idea que le había propuesto?
–Se te va a estropear la chaqueta.
–Tengo muchísimas más.
Rosie se limpió las manos en el peto vaquero, dobló la chaqueta y la tendió sobre la otra tumbona.
–No hace falta que hagas eso, pero bueno, supongo que los viejos hábitos nunca mueren.
–Me decepciona que sigas siendo un vago –la enfurecía que tuviera toda la razón. Cuando habían estado juntos, a él le había divertido mucho que ella se enfadara por lo descuidado y desorganizado que era. Dejaba las cosas por todas partes, le decía que no hacía falta que las recogiera porque para eso tenía a una asistenta todos los días y ella lo ignoraba y se quejaba de que unas ropas tan caras tenían que tratarse apropiadamente.
Angelo se rio, se estaba relajando.
–Nunca te he dicho esto, pero es una de las ventajas de tener mucho dinero. No me gusta ordenar y ahora puedo permitirme pagar a alguien para que lo haga por mí.
–Tú siempre has tenido mucho dinero –Rosie se acuclilló y lo miró fijamente. Sabía que era peligroso entablar un diálogo con él, pero sentía curiosidad. Su relación había sido muy intensa y no había tenido tiempo de pasar por la fase en la que las cosas se calman y surgen las preguntas y se cuentan detalles personales. A ella le había parecido bien no llegar a eso porque cuanto menos supiera él sobre su pasado, mejor. Del mismo modo, él había evitado hablar de su vida y ella había dado por hecho que su riqueza era hereditaria. ¿Qué más daba? Eso había sido algo ajeno a todo lo demás: la pasión, la diversión, la maravillosa sensación de estar en una montaña rusa con un tipo del que se había enamorado perdidamente.
–Mi madre tenía dos trabajos –le respondió él secamente–. Uno de ellos era limpiando. Mi padre se esfumó. Así que, como puedes ver, ¿puede que haya algún vínculo psicológico? ¿Tal vez poder permitirme pagar a alguien para que recoja por mí es un recordatorio permanente de lo lejos que he llegado? –no estaba seguro de por qué, de pronto, había decidido compartir todo eso con ella a pesar de saber muy bien que cuanto menos dijera, mejor.
–No me lo habías contado –furiosa, Rosie arrancó más hierbajos y se echó atrás para observar su trabajo, aunque por dentro seguía totalmente centrada en Angelo. Se sentó en la tumbona después de dejar la chaqueta sobre la mesa de hierro forjado que acababa de comprar en una subasta por muy poco dinero–. ¿Cuándo llegaste aquí?
Al haber iniciado la conversación, Angelo se veía obligado a prolongarla, aunque en el fondo no le apeteciera. Charlar no era el motivo de su visita. Chasqueó la lengua con impaciencia cuando ella siguió mirándolo con esa falsa y atractiva curiosidad de la que sabía que no debía fiarse.
–Tenía trece años. Gané una beca para estudiar en el extranjero. El Ayuntamiento había creado un programa para intentar generar interés en los estudios con la promesa de pagar internados en Inglaterra a los tres mejores estudiantes de los colegios más marginales.
–Y ganaste.
–Mi madre me convenció de que era una buena idea. Creo que predecía que me iría muy mal si me quedaba allí, así que vine sin mirar atrás.
–¿Sabías hablar inglés?
–¿Cuánto italiano hablabas tú con trece años?
–Debió de ser terrible –la recorrió un escalofrío al pensar en lo mucho que tenían en común sin haberlo sabido. Dos personas con orígenes desfavorecidos haciendo todo lo posible por huir, con la diferencia de que él logró triunfar un millón de veces más que ella.
–¿Te compadeces de mí? –murmuró Angelo dándole a su voz la cantidad justa de cinismo para disuadirla de tomar el camino de la compasión.
Rosie se puso tensa. Angelo estaba recalcando claramente el abismo que los separaba, advirtiéndola de que no fuera tan tonta de pensar que cualquier conversación que tuvieran podría ser verdaderamente amistosa. Le recordó que no había ido allí a charlar, sino porque tenía una agenda que cumplir.
–Tengo que ir a darme una ducha, Angelo. Me imagino que vas a estar en tu casa, esté donde esté –había contenido la tentación de salir a dar un paseo y buscarla–. Así que si no has venido por ninguna razón en particular, deberías marcharte ya.
Angelo la miró detenidamente, tomándose su tiempo, y cuando volvió a mirarla a la cara, encontró un rubor varios tonos más intenso.
–Me quedaré un rato más disfrutando del paisaje. Me gustaría saber qué tal van tus planes –sabía cómo iban; en realidad, gracias a él había recibido el primer encargo y suponía que no sería el último. Verla caer ya no era su objetivo, porque no se mostraría muy receptiva si estaba angustiada por el dinero.
Rosie vaciló. Tal vez era el momento de decirle que no le interesaba, que estaba loco si se pensaba que volvería a meterse en la cama con él.
En su cabeza tenía una vívida imagen de un chico de trece años, sin hablar inglés, llegando a un internado exclusivo con una maleta de ropa de segunda mano y zapatos baratos. Ella sabía cómo eran los niños de clase alta. En las afueras de la ciudad donde había crecido había uno de esos colegios y el centro comercial había sido el punto de reunión de todos los adolescentes, tanto ricos como pobres. Cada fin de semana esos chicos se la habían comido con los ojos y habían dado por hecho que aprovecharía la oportunidad de estar con alguno de ellos. Las chicas la habían mirado con desdén de arriba abajo por su imponente físico mientras sujetaban las bolsas de ropa de las tiendas a las que Rosie solo podía soñar con entrar. Su corazón se compadecía por el chico que había tenido que sufrir todo eso para convertirse en lo que era.
Volvió a la realidad y se vio frente al hombre que la había abandonado por su mejor amiga y que ahora quería manipularla para que se acostara con él.
–Pues mis planes marchan bien –le contestó con frialdad.
–¿En serio? Soy todo oídos –se levantó, agarró su chaqueta y los zapatos.
A Rosie no le parecía justo que a pesar de los pantalones remangados, los pies descalzos y la camisa medio sacada se las apañara para seguir resultando peligrosamente sexy. ¿Cuántos hombres podían decir lo mismo?, se preguntó irritada.
–Te sigo adentro.
Rosie vaciló unos segundos antes de recoger las cosas e ir hacia la puerta.
–¿Dejo fuera mis zapatos llenos de barro? –le preguntó Angelo con tanta inocencia que ella se giró para mirarlo. Él alzó los zapatos. Ella se había descalzado en la puerta y ahora llevaba unos gruesos calcetines–. Tu casa está muy limpia y sé que siempre te ha enfadado lo desastre que soy.
–Y no parece que hayas intentado cambiar tus hábitos.
–No es culpa mía que siempre me resultara muy sexy verte agachándote a recoger mis chaquetas del suelo.
Rosie no quería recordar cómo la había agarrado en ocasiones y la había dejado sin aliento con sus cosquillas mientras le quitaba la ropa y la iba tirando por todos los rincones de la habitación en la que estuvieran diciéndole que si hacían el amor, él se encargaría de recogerlo todo después.
–Tenemos que hablar, Angelo.
–Ibas a contarme cómo te está yendo con tu nuevo negocio.
–Sé por qué has venido aquí. Quieres hablar sobre lo que me dijiste la última vez que nos vimos –se cruzó de brazos y esperó.
–Recuérdamelo.
–Tengo mi primer trabajo, Angelo. No es muy grande, pero es perfecto y tengo muchas esperanzas en que me genere otros encargos. Voy a convertir en un éxito este negocio y voy a aprovechar al máximo mi estancia en el campo. Me gusta. Supone un gran cambio de la ciudad. Es muy tranquilo. No necesito tu ayuda para encontrar trabajo. Si triunfo o fracaso, lo haré sin ti, porque creo que es mejor que cada uno vayamos por nuestro lado. Si no fuera por la muerte de Mandy no estaríamos teniendo esta conversación ahora mismo. No tenemos que... que...
–¿Qué?
–¡Ya sabes lo que quiero decir!
–Sé perfectamente lo que quieres decir –suavemente, enganchó el tirante de su peto con el dedo.
–¿Qué estás haciendo? ¡No hagas eso! –le dio una palmada en la mano, pero él estaba esbozando esa preciosa sonrisa que siempre había logrado desestabilizarla. Cuando le sonreía así, todo lo desagradable quedaba olvidado y solo quedaban ellos dos en su maravilloso y sensual mundo, lejos, muy lejos de la realidad y del resto de la humanidad.
Estaba respirando aceleradamente y, al dar un paso atrás, se chocó contra la pared. Estaba hipnotizada por sus ojos y por esa sexy media sonrisa. Él se apoyó en la pared junto a ella acorralándola y haciendo imposible que pudiera pensar.
–Me alegra que rechazaras mi oferta de ayuda.
–¿Sí?
–No me gustaría ponerte en una posición de subordinación, a pesar de lo que pude haber dado a entender la última vez que nos vimos –ahora ya no tenía ningún tirante sobre los hombros y el peto del pantalón se había bajado. Sus pequeños pechos se ceñían a la apretada camiseta y él podía distinguir la forma de su sujetador. Siempre le había asombrado que, a pesar de su trabajo como camarera, había tenido unos gustos curiosamente remilgados en cuanto a su ropa interior–. Quiero tocarte los pechos, Rosie. ¿Me dejas? Sabes que quieres que lo haga. Los dos lo sabemos.
–No lo entiendes. Eso no importa –su voz sonaba muy lejana. Sabía que debía colocarse los tirantes del peto, pero le pesaban los brazos y era como si no pudiera moverlos.
–Si no importara, no estaría aquí y tú no estarías esforzándote tanto en fingir que estarías mejor sin mí.
–¡Ya hemos probado a tener una relación, Angelo!
–Como te he dicho, no estoy hablando de una relación. No volveremos a eso nunca. No, esto será mucho más sencillo –hablar con ella lo estaba volviendo loco. Se había pasado semanas pensando en tocarla, en hacerle el amor, deseando que ella dejara de sabotear su concentración y de colarse en su tranquilidad mental.
Tiró de la camiseta, que por suerte se deslizaba con mucha facilidad, y se la quitó cerrando los ojos un instante al ver la pequeña tira de flores que le cubría la piel. ¿Aún no se había librado de ese sujetador? Rosie siempre se había negado a usar lencería de encaje y él se había ido acostumbrando a sus aburridas elecciones e incluso había llegado a tomarles cariño. ¿Cómo podía centrarse cuando estaba cautivado por lo que estaba viendo?
El peto había caído hasta su cintura exponiendo su esbelto tronco y la perfecta llanura de su abdomen. No quería perder el tiempo recordando lo fácil que había sido para él perder el norte con ella. Ahora lo tenía todo controlado, a pesar de no sentirse así.
–Angelo.
–Siempre me ha gustado que pronuncies así mi nombre, con esa vocecita entrecortada.
–No podemos. Hay demasiada historia entre los dos.
–Olvida esa historia –rodeó su cintura con sus grandes manos y las fue moviendo hacia arriba, acariciándola hasta que sus pulgares estaban rozando la parte inferior de su sujetador–. Lo único que quiero que pienses es en lo que le voy a hacer a tu cuerpo.
Rápidamente, deslizó las manos bajo el sujetador y cubrió sus pequeños pechos con ellas. El sujetador se levantó sobre sus nudillos y él se estremeció de placer al ver esos perfectos montículos con sus grandes y circulares discos rosados.
–Dime que no quieres esto –le susurró acercándose para que pudiera notar su erección.
Los argumentos de Rosie se estaban desdibujando, amontonándose cuando él empezó a jugar con sus pezones y a excitarlos.
–Me odias –gimoteó ella. Su cuerpo quería acercarse y, como si él la conociera mejor que ella misma, como si pudiera leer sus respuestas y reaccionar acorde a ellas, la levantó en brazos para llevarla arriba, al dormitorio que supuso que era el suyo y que estaba recién pintado y dominado por una vieja cama de bronce.
La tendió en la cama, se echó atrás y comenzó a desvestirse.
«Tenemos que despejarnos un poco», quiso gritar Rosie. Había preguntas que exigían respuestas y explicaciones que necesitaba, pero el peso del silencio de tres años ejercía presión en ella como una asfixiante mano. ¿De qué servía tener largas discusiones? ¿Adónde conducirían? A ninguna parte. Seguía habiendo algo entre ellos que había que eliminar. Era intenso, era físico y había estado latente en su interior desde que habían seguido caminos separados. No quería que ese algo fuera su permanente compañero, al igual que Angelo tampoco quería que fuera el suyo.
El orgullo y su sentido de la moralidad tal vez batallarían contra la fría perspectiva de acostarse con él, pero todos sus argumentos se derrumbaron cuando lo tuvo desnudo ante ella, más grande de lo que recordaba. Se terminó de quitar los vaqueros de peto bajo su mirada. Su descarada erección se equiparaba a la resbaladiza humedad que se había instalado entre sus muslos y ambos eran testimonio de la poderosa atracción que seguía existiendo entre ellos.
Con un suspiro de resignación, Rosie se rindió a lo inevitable.
–Bien –dijo Angelo con satisfacción–. Has dejado de intentar debatir sobre el tema.
Se tendió en la cama. Ella ya se había quitado el sujetador y sus pechos lo estaban provocando, tentando. Pero antes de que empezara a explorar su dulzura, él le quitó el pequeño tanga de flores a juego con el sujetador.
Su desnudez le era familiar. Sentir su largo y suave cuerpo lo sacudió con fuerza y apartó a un lado los recuerdos agridulces que lo asaltaron. La situación no trataba del pasado ni de los recuerdos, trataba de sexo carente de toda emoción. Presionó su cuerpo contra el de ella, separándole las piernas y colocando su musculoso muslo entre ambas para poder rozar su humedad. Sus cuerpos habían aprendido a moverse juntos y, en un instante, todo volvió a ser como era.
Cuando se apartó, Rosie quiso reanudar el contacto, pero él ahogó sus protestas con un feroz beso en el que sus lenguas se fundieron con desesperación. No había tocado a otro hombre en tres años y, aliviada de su sequía sexual, su cuerpo se sumió en un intenso y desenfrenado calor. Agarró su pelo negro arrastrándolo hacia ella y gimió de placer cuando él le recorrió el cuello con ardientes besos antes de descender a sus pechos para tomarlos en su boca.
La melosa dulzura de sus pezones fue casi suficiente para hacer que Angelo perdiera el control. Tuvo que contenerse mucho para no adentrarse en ella. Mientras lamía y excitaba su endurecido pezón, posó la mano entre sus piernas y deslizó dos dedos en su interior, acariciándola y haciéndole gemir y suplicar más.
Notar la resbaladiza humedad en sus dedos lo estaba volviendo loco. Pensar en esa humedad rodeando su miembro lo excitó más aún y decidió tomarse su tiempo para llegar al momento que llevaba esperando todos esos años.
Retiró los dedos para rodear su esbelta cintura y comenzó a saborear su firme y plano vientre cubierto del salado sabor del sudor. Su abdomen se alzaba y bajaba rápidamente al ritmo de su entrecortada respiración. Cuando Rosie separó más las piernas, Angelo gimió suavemente al verla abrirse ante él, tan bella como una flor desplegándose para mostrarse en todo su esplendor.
Con mucha delicadeza, deslizó la lengua sobre su clítoris y lo sintió expandirse y palpitar. No sabía cuánto podría contener su erección, tan desesperada por encontrar una válvula de escape. El aroma almizclado de Rosie lo llenaba y, mientras seguía lamiéndola, introdujo los dedos para que no hubiera una sola parte de su cuerpo que no reaccionara. Ella le agarró el pelo y cuando él la miró, pudo verla con los ojos entrecerrados y su preciosa boca medio abierta en un grito de intenso placer.
–Por favor, Angelo.
–Aún no, cielo. Quiero que me tomes en tu boca y después, cuando ninguno podamos soportarlo más, me adentraré en ti. Quiero que los dos estallemos al mismo tiempo.