XI

Iba tan abstraída que ni siquiera se percató de que alguien caminaba presuroso tras ella, al cruzar la transversal donde se iniciaba otra calle.

Hasta que oyó la voz vibrante de Mark, con aquel acento netamente irlandés, no se detuvo:

—¡Españolita!

Isabel se detuvo en seco.

Cosa extraña. Tuvo la sensación de que de súbito respiraba mejor, de que el aire era más puro, de que la voz de Mark infundía en su ser un optimismo del que tan falta estaba.

Y cuando. Mark llegó a su lado se aferró a su brazo con las dos manos, como si se hallara sola en Nueva York, perdida en la bruma de unas pasiones pecadoras e indeseadas, y el brazo de Mark significara el tablón donde asir su desconcierto.

—Pero si estás temblando, criatura —susurró Mark, con aquella voz de niño grande que ocultaba miles de emociones juntas—. ¿Qué te ocurre, mi vida?

Nunca la besó Mark, nunca le pidió que lo hiciera, jamás lo intentó él.

Aspiró hondo, como si de pronto todo el aire fuera poco para dar vida a sus pulmones.

—Caminemos, Mark —susurró, bajo—. Caminemos sin detenernos, sin decirnos nada. Hacia adelante. Por toda la calle, como si fuera suficiente nuestro contacto para sentirnos seguros y dichosos.

—Estás de una sensibilidad subida esta nohe, Isabel.

—Estoy...

Apretó los labios.

¿Cómo estaba? ¿Qué desconcierto tenía lugar dentro de sí? ¿Acaso no era más que una lucha psicológica sin importancia?

Tenia mucho. Lo creyera ella o no. Quisiera, creerlo y no creerlo, se debatía en un mar de confusiones.

¿Era ella una mujer sexual? ¿Por qué, si sentía por Mark aquella pureza, aquella alegría limpia, aquella ternura que parecía invadirla toda, por qué junto a Scott Ralston Sentía aquella terrible e insufrible turbación y aquella inquietud que nacía en sus dedos y la bañaba toda como una culpa?

La alta talla de Mark, que de súbito parecía desconcertado por su actitud, se inclinó hacia ella.

—¿Sabes, Isabel, españolita querida? ¿Sabes? ¿Me dejas que te lo diga? Voy a formalizar, a cortar mis cabellos y mi bigote. A vestir como las personas sensatas. Y te voy a pedir en matrimonio. Márchate a España o permíteme a mí que visite a tus familiares de aquí. Nunca hablamos de ti ni de las personas con quienes vives. ¿Son tus parientes? ¿O sólo has venido de intercambio?

—Son parientes lejanos.

—¿Les quieres?

Isabel parpadeó.

La bruma parecía lamer el asfalto. Tenía un no sé qué aquella noche. Como si formara parte de su propia existencia y así estuviera de brumosa.

—Les quiero. A ella, sobre todo. No sé qué tiene que despierta mi ternura.

—¿Ella?

—La tía Betty. ¿No conoces tú a los Ralston?

—No. Sé que tienen un montón de agencias publicitarias esparcidas por todos los Estados Unidos, pero maldito si me interesé jamás por saber quiénes son ni de dónde proceden.

Estuvo a punto de contárselo todo. De añadir que había ido engañada a Nueva York, y que aún ignoraba las causas verdaderas por las cuales la reclamaron engañándola.

Respiró de nuevo a pleno pulmón.

Metió las manos en los bolsillos del abrigo gris, y Mark, con suavidad, le pasó un brazo por los hombros.

—Casémonos tú y yo, Isabel, españolita querida. Soy arquitecto. No tengo dinero. Ni casa, Ni nada. Pero sí tengo un empleo y sería maravilloso formar contigo un hogar. Vete a tu casa de España, si es que deseas que yo vaya allí a buscarte. Incluso si tú quieres me quedaré a trabajar allí. Seremos dos seres felices, sencillos, sin intrincadas y retorcidas pasiones. Un amor puro, sincero como el nuestro, tendrá vida suficiente para sentirnos ambos ligados a ella hasta la muerte.

¿Era suficiente?

Puede que lo fuese.

«Yo no soy una mujer complicada —pensó con desaliento—. No debo serlo, no quiero, serlo. No entendería jamás a Scott; además, éste despierta todas las pasiones de mi cuerpo, y Mark, en cambio, despierta todos los sentimientos de mi alma.»

—Isabel... ¿en qué piensas?

—No sé.

—¿Hay otro hombre?

Se estremeció de pies a cabeza.

¿Lo había?

¿Existía en realidad la sombra de aquel hombre introduciéndose en su propia sombra? ¿O era sólo un sueño absurdo, del que deseaba despertar cuanto antes?

—Vamos a bailar por ahí —susurró Mark con ternura—. Los dos solos. Sin amigos. Sin pesares. Sin recuerdos, si es que los tienes. Permíteme pensar que no existe otro hombre, que un día, cuando tú digas, nos agarraremos de la mano y sentiremos que somos felices ambos estando juntos.

Se dejó llevar.

Necesitaba hacerlo. Sentir en su hombro la sensación de que algo o alguien la protegía. Y creía en Mark, en la sinceridad de éste, en su amor, pero no era posible creer en una persona como Scott Ralston.

Se dejó llevar.

Se olvidó incluso de la hora que era.

A las nueve y media se despedía ante la casa.

—Es muy tarde —exclamó, asustada—. No estoy en mi hogar. Soy una invitada.

Mark rió. Una risa alegre y optimista. Aquella risa de Mark que parecía llenar todos los huecos vacíos de su vida.

—Eres joven y tienes derecho a vivir tu vida — apunto—. ¿Temes que te riñan?

—No es eso. Temo que por mi culpa Betty pille un disgusto.

—¿Quién es Betty?

—La única persona a quien yo no haría daño por nada del mundo.

Mark chasqueó la lengua. Miró la casa meneando la cabeza.

—Por lo que veo, son muy ricos. En esta parte de la ciudad sólo hay mansiones donde viven millonarios. ¿Te importa a ti mucho el dinero?

Isabel se alzó de hombros.

—En absoluto. Hasta mañana, Mark.

—Te esperaré donde siempre. ¡Ah!, españolita, y piensa en lo que te dije. Podemos casarnos y empezar una nueva vida.

—Tendré que pensarlo, Mark.

Y se deslizó hacia las escalinatas. Seis en total, que separaban el portal de la ancha acera.

* * *

Encontró a Betty en el vestíbulo, envuelta en su toquilla azul celeste, arrebujada en el cuello y nerviosamente sujeta con ambas manos.

Al verla, exclamó, yendo hacia ella con las dos manos extendidas:

—¡Oh, Isabel, Isabel...! Te aseguro que estaba medio enloquecida. Pensar que te hubiese pasado algo... ¿Cómo estás? Te estuve esperando para comer, y como no llegabas, bajé. No es que llegues tarde, hijita. Si es temprano. Pero como no me tienes acostumbrada...

La apretaba contra sí, como si tuviera miedo que se la llevasen. A la vez la besaba una y otra vez, con lo cual producía en Isabel una emoción indescriptible.

—Me entretuve, tía Betty —susurró ahogadamente—. Te aseguro que no me di cuenta de la hora que era hasta este instante.

—No importa, no importa. ¿Lo has pasado bien? ¿Sí? ¿Te has divertido? ¿Tienes muchos amigos? Hoy le he dicho a Scott que te presentara a sus amigos. Scott tiene muchos. Todo el mundo le conoce y le quiere.

Pensó en aquel instante que le gustaría saber en realidad cómo era Scott. O, por lo menos, saber cómo lo creía su madre.

Se dejó llevar hacia el vestíbulo superior y ambas entraron en la salita de estar, donde, en una esquina, estaba puesta la mesa para dos.

—¿No ha bajado Scott del estudio? —preguntó un tanto asombrada.

—Cuando Scott sube al estudio, nunca baja hasta que quiere. No le llamamos. Quizá se haya dormido sobre el canapé. Hizo un largo viaje por varios puntos del Colorado, y quizá no baje porque estará descansando. Siempre hace igual —pulsó un timbre, al eco del cual apareció Tomás—. La comida, Tomás.

—Al instante, señora.

La dama continuó hablando.

—Si fuera Dennis... El tocaba. Me deleitaba tocando. Nada había que descompusiera más a Bret que la música de Dennis. A mí me encantaba. Tocaba sólo para mí. Por eso, cuando llega cierta hora de la tarde, tengo que ir sin remedio a su cuarto de música.

—Todo está como cuando él lo dejó —murmuró Isabel suavemente.

—¡Oh, sí, sí! No permitiré que nadie lo toque jamás ¿Te has estremecido? ¿Tienes frío?

Lo tenía.

Siempre le ocurría igual cuando estaba mucho tiempo en la calle, expuesta a la humedad. Las anginas. Sí.

Se alzó de hombros.

—Se me pasará aquí, en esta salita tan confortable y cálida, tía Betty.

—No quisiera por nada del mundo que te pusieras enferma —susurró la dama, alarmada—. ¿Qué le diríamos a tu madre? ¿Quieres mucho a tu madre? —la doncella ya estaba allí, empujando el carrito de ruedas con el servicio de la comida, pero Betty no dejó por ello de hablar—: Un día dirás que te quieres ir, y yo me sentiré tan infeliz. ¡Si tuviera aquí a Dennis!

—Tienes a tu hijo mayor.

—¿Scott? ¡Oh, sí, me adora! Yo le adoro a él. Recopilé en Scott todo el cariño que nunca pude expresarle abiertamente a Dennis. Es más cariñoso Scott que su hermano, pero... ¡mi Dennis!

Suspirό.

—¿Te gusta la sopa? ¿No? Es de cangrejos. A mí me gusta mucho. ¿Prefieres que te sirvan otra cosa? Bret era apasionado por la sopa de cangrejos. Dennis, en cambio, la detestaba. ¿Has visto cómo crecen las enredaderas del jardín?

Isabel, que comía en silencio escuchándola, levantó vivamente la cabeza.

—¿Jardín? Nunca vi el jardín.

Betty pareció decepcionarse.

—Claro; no has ido nunca a la finca. Si mañana hace buen día le diré a Scott que te lleve.

No quería ir a ningún sitio con Scott. Pero no lo dijo.

—Claro que se lo diré —apuntó Betty con su verbosidad infantil—. Tiene florecillas amarillas. Muy amarillas, con una rallita morada. Scott siempre me escoge un ramillete y me lo entrega cuando dejamos la finca.

Siguió hablando.

Como una cotorra. Pero era dulce en sus evocaciones emocionales.

Isabel le escuchaba con religiosidad. Se diría que cuanto dijera la dama la emocionaba profundamente.