VI
—No es que yo sea un tipo enamoradizo —dijo divertido—, pero usted me impresionó. ¿Permite que la tutee? Le autorizo para que haga otro tanto conmigo. Si hay algo en este mundo que deteste es el tratamiento entre dos personas jóvenes.
Alzóse de hombros, murmurando:
—Como quieras.
—Gracias. ¿De qué hablamos? ¿De qué quieres hablar? ¿De ti, de mí?
—¿Y si habláramos de cualquier cosa menos de nosotros dos?
—Me gusta eso. De cine. Te invito. Aunque no quieras saber nada de mí, permíteme que te diga que soy un chico corriente y moliente. Estudié arquitectura y saqué pronto la carrera. Trabajo por ahí, en una empresa constructora, y gano lo bastante para vivir. No soy rico ni mucho menos. A veces, como hoy, a últimos de mes, no tengo un centavo —metió, la mano en el bolsillo del pantalón gris—. Seis dólares hasta que me paguen. Menos mal que tengo la fonda y la cama pagada desde primeros de semana. Pago adelantado para los tipos como yo, que viven al día.
—Quedamos en que no íbamos a interesarnos por la vida de cada uno de nosotros.
—No me digas nada de la tuya —y sin transición, depositando en la barra una moneda—: ¿Damos un paseo? Son las siete y empieza a anochecer. No es que yo sea partidario de la oscuridad. No me gusta conseguir chicas ni los besos de esas chicas con la complicidad de la noche. Si algo detesto en este mundo son los besos a la fuerza. Y cuando se sienten o se desean, uno los da y los toma en cualquier parte, sea de noche o de día.
—Eres muy sincero.
—¿Verdad que sí? Como buen irlandés.
Echó a andar con él. Era alta, pero muchísimo menos que el grandullón rubio, de cabellos más que normales en su longitud.
Quizá no volviera a verle nunca, pero si le veía otro día cualquiera, le diría que estaba horrible con tales cabellos.
—¿No tienes auto? —preguntó él—. Yo sí, pero prefiero mis largas piernas. ¿A qué hora tienes que volver a casa?
—A las nueve.
—Estupendo. Tenemos dos horas para estirar las piernas y charlar. ¿Qué te gusta? ¿La música trepidante o la clásica?
—Me gustan las dos. Una en un instante y otra en otro. Son opuestas, pero igualmente interesantes.
—Coincidimos. ¿Fumas?
—Fumo.
—Yo también. Dejemos que te diga los años que tienes —la miró a través de sus gafas—. Las uso —añadió— porque no veo muy bien. Es fatal a mi edad. Tienes, aproximadamente, veinte años.
—Uno más.
—Yo unos pocos más. Veintinueve. Los hice la semana pasada. Me pesan como plomo, pero me aguanto. Me gusta la música trepidante y la clásica. Como tú, en distintos momentos ambas. ¿Te gustan los paseos al aire libre?
—Mucho.
—Como a mí —rió divertido—. ¿Sabes que coincidimos bastante? Puede que tú y yo terminemos casándonos.
—Me parece imposible —dijo Isabel, animada a su vez—. Dentro de un mes o dos habré vuelto a España.
—Iré a buscarte allí.
—Suponiendo que yo desee seguirte.
—Si no me sigues me quedo a vivir en España, Me encantan su sol, sus calles anchas, sus gentes afables... Su temperamento apasionado. Las mujeres..., las plazas llenas de flores. Los monumentos.
Al principio de la calle donde vivían los Ralston se detuvo.
Eran las nueve en punto.
—Tengo que irme —dijo—. Lo siento, Mark. Pasé unas horas estupendas a tu lado.
—Esa sinceridad es digna de encomio. Oye..., ¿nos vemos mañana?
—No lo sé.
—¿Sales siempre a la misma hora?
—Sobre poco más o menos.
—Te estaré esperando. Si sales y te encuentro, te presentaré a mi pandilla. Unos tocan el piano y otros la guitarra. Algunos son pintores y los hay que sueñan con la fama literaria. Leales todos. Estupendos todos. Nos reunimos en el estudio de Jim, un chico que empieza a cobrar sus cuadros, pero que sigue tan sencillo como si nada. Te agradarán mis amigos.
—Iré un día...
* * *
Scott estaba allí, en el vestíbulo, cuando ella entró. Tan moreno y tan alto, resultaba para la joven un tanto enigmático.
Al verla sonrió apenas. Nunca abría la boca en una sonrisa.
—¿Qué tal, Isabel? —preguntó yendo hacia ella—. Te estaba esperando.
—Siento haberme retrasado. Salí con el fin de dar un paseo, y conocí a un chico.
—Siempre se conocen chicos. Sobre todo una muchacha tan linda como tú. Mamá no ha bajado aún. ¿Pasamos a la salita? —abrió él mismo la puerta—. Hoy regresé temprano y subí a mi estudio.
—¡Ah! Eres tú el que pinta —se asombró ella.
—Sólo como una evasión.
Cruzaron el umbral.
—¿Qué tomas? —preguntó él, acercándose a un bar.
—Nada. He tomado dos martinis y me siento algo mareada.
—Permíteme que yo me sirva un whisky —echó dos trozos de hielo, y con el vaso en la mano fue a sentarse frente a ella—. Tengo oficinas en varios puntos de la ciudad. En Boston y California, ya veces me paso la vida viajando. Cuando puedo detenerme un día o dos, subo a mi estudio —la miro un segundo—. Me gustaría perder el tiempo haciéndote un retrato. Digo perder el tiempo porque dudo de que luego te reconozcas.
Ella sonrió un poco aturdida.
—No me parece a mí —manifestó—, que hagas mal lo que te gusta.
—Quizá me aturda un poco tu belleza.
Se puso en pie y se quitó el abrigo.
—Voy a llevarlo al perchero —dijo todo lo serena que pudo.
Inesperadamente, Scott se puso también en pie y se le colocó delante.
—¿Qué te pasa? —preguntó de modo raro.
Isabel abrió mucho los ojos.
—¿Me... pasa algo?
—Es lo que te pregunto. ¿Qué nos pasa a los dos? ¿La misma cosa?
—Scott..., prefiero... que pienses que no nos pasa nada.
—Preferiría pensarlo, pero sin duda nos pasa algo. No nos vemos apenas y desde que nos conocemos se diría que los dos preferimos huir uno del otro —se echó a reír. Una risa relajada y rara, sin enseñar apenas los dientes. Una risa que a ella le resultaba odiosa, turbadoramente odiosa—. He conocido a muchas mujeres en el transcurso de mi vida, y jamás me sentí..., ¿cómo diré?, impresionado por una determinada hasta que te conocí a ti.
Isabel aspiró hondo.
Dobló el abrigo y lo apretó bajo el brazo.
—No me dirás —apuntó valientemente— que te estás enamorando de mí.
—Es lo que no sé.
—¿Por qué me habéis traído? No sois personas normales. Al menos, yo no os comprendo. Ni a ti ni a tu madre.
—Hemos sufrido demasiadas emociones en muy poco tiempo.
—Dennis... tu padre... Pero yo no tengo la culpa.
—Mi madre baja ahora —dijo inesperadamente, por toda respuesta—. Pasaremos al comedor en seguida —y sin transición, en una forma que aún la desconcertó más—: ¿Quieres salir esta noche conmigo?
—Ignoraba que la tuvieras libre.
—Sin ironías. ¿Quieres?
—No—rotunda—, no.
—No te fías de mí.
—¿Debo fiarme?
—No —dijo secamente—. Nunca se debe fiar una mujer de un hombre.
Y sin más explicaciones se dirigió a la puerta y la abrió de par en par.
Betty Ralston cruzó el umbral, exclamando con su precipitación habitual:
—¿Te has divertido, querida? ¿Lo has pasado bien? Scott —añadió, mirando a su hijo—, ignoraba que hubieses llegado. ¿No sales por la noche? Mejor. ¿Dónde me siento? ¿O es hora de pasar a comer? No tengo apetito. Estuve leyendo unas cartas de Dennis. ¿Cuándo escribió Dennis por última vez, Scott?
—La semana pasada, mamá.
—¡Oh, qué muchacho, qué muchacho! —miró a Isabel, que aún continuaba con el abrigo apretado bajo el brazo—. ¿Vas a salir otra vez? ¿Qué haces con el abrigo, hijita?
—Pues... iba a dejarlo en el perchero.
—De ningún modo —pulsó ella misma el timbre—. Tomás te lo llevará. Tomás es nuestro mayordomo. Ya le conoces, ¿no? Claro. Ayer estaba poniendo flores en todos los búcaros de los vestíbulos. Nada hay que me agrade más que las flores. ¿No has llevado a Isabel a la finca, Scott? Mañana iremos todos.
—Sí, mamá.
—Pues iremos. ¿Te parece bien, Isabel? Claro que sí. Conocerás la finca más bonita de toda la comarca. Dennis crió los potros más esbeltos. Ya verás.
Tomás ya estaba allí.
—La cena está servida, señora.
—¡Oh, sí, claro! dijo Betty infantilmente, colgándose de los brazos de ambos jóvenes—. Llévate el abrigo de la señorita, Tomás. Cuélgalo en el perchero. O si no mejor será que se lo des a Mitsy. Mitsy, no sé cómo se las arregla, pero siempre sabe dónde dejar las cosas de los demás. ¿Qué tenemos para comer, Tomás?
Y ya, cuando llegaban al comedor, sin que Isabel abriera los labios y Scott sólo los abriera para decir: «Sí, mamá» o «No, mamá», Betty continuó alegremente:
—¿No Has pintado a Isabel, Scott? Debes de pintarla. No salgas esta noche y toma un esbozo. Yo subiré con vosotros al estudio. Nada me agrada más que aquella enorme pieza. En cambio, Dennis no entraba allí por nada del mundo. Detesta la pintura. Se pasaba la vida componiendo canciones que luego regalaba a sus amigos. Algunas se hicieron famosas —miró a su hijo—. ¿No es cierto, Scott?
—Sí, mamá.
¿Qué le pasaba a aquel hombre que delante de su madre parecía vivir sólo para complacerla? Como si careciese de personalidad propia. En cambio, a solas con ella, era distinto. Muy distinto.
—Siéntate, mamá.
Y Scott, al hacer el ruego con tenue acento a su madre, le retiró la silla.
Betty se sentó. Inmediatamente después, Scott retiró la de Isabel.
Al hacerlo le rozó un poco los hombros. Los dos se miraron fijamente. Isabel sostuvo valientemente su mirada. Scott no pudo. Por un segundo, huyó de aquellos ojos azules, y cuando volvió a mirarlos sonreía de aquella manera odiosa que resultaba tan turbadora para Isabel Santelmo.
«Tendré que irme en seguida —pensó—. En seguida. Me da miedo convivir con estas personas.»
Pero no se fue...