PREFACIO
Para los jovencitos, para los profesores, para los que componen libros de texto sobre derecho constitucional o tratados de economía política, el mundo es un lugar más o menos razonable. Para todos ellos, la elección de representantes políticos se efectúa siempre libremente entre aquellos que merecen la confianza del pueblo. Los más eminentes y esclarecidos de los elegidos llegan luego por sus pasos contados a ser ministros de Estado. Los dirigentes de las compañías industriales o mercantiles, una vez designados con cuidadoso discernimiento por los accionistas, buscan rodearse de personal administrativo que haya demostrado cumplidamente sus aptitudes para secundarles en puestos de menor responsabilidad. Muchos son los libros en que se proclaman sin reservas afirmaciones de esta especie o se dan implícitamente por supuestas. Mas, para los que han adquirido cierta experiencia en el mundo de la política y de los negocios, estos postulados tienen todo el aspecto de perfectas paparruchas. Los solemnes cónclaves de sabios y reposados varones son meras ficciones de la mentalidad profesoral. Por ello nos parece saludable que de vez en cuando suene un grito de alerta que trate de situar las cosas en su punto. No permita Dios que los estudiantes dejen de leer obras de política y de economía… a condición, no obstante, de que los consideren como cualesquiera otros libros de pura imaginación. Situados entre las novelas de H. G. Wells y de Rider Haggard, alternando su lectura con los divertidos relatos sobre el hombre mono y las naves interplanetarias, aquellos libros de texto no pueden causar daño a nadie. Pero de ser tomados en serio y considerados como obras de estudio e información, pueden resultar más calamitosos de lo que a primera vista parece.
Impresionado ante la idea equivocada que muchos se forman de los funcionarios públicos y de los hombres de empresa, he salido más de una vez al palenque al solo objeto de ofrecer a quienes puedan interesarse en estas cuestiones un fiel trasunto de la realidad. El lector de buen sentido pronto advertirá que estos auténticos destellos del mundo real responden a una personal experiencia poco común. Para los menos avisados he tenido buen cuidado de dar aquí y allá algunas referencias del cúmulo de investigaciones y documentación sobre que se basan mis teorías. Dejo al lector en libertad para que por sí mismo reconstituya los gráficos, fichas, maquinas de calcular, reglas de cálculo y obras de consulta que estime indispensables para respaldar con su autoridad los estudios que aquí se contienen. Tenga por seguro quien tal haga, que la realidad desbordará copiosamente todo cuanto pueda concebir su imaginación, y que las verdades ahora reveladas no han sido la elaboración de un improvisador especialmente dotado, sino resultado de una constante y dispendiosa labor de investigación. Acaso algunos echarán de menos en las siguientes páginas un mayor y más circunstanciado acopio de los datos, experimentos y cálculos en que descansan las teorías expuestas. Piensen, sin embargo, que un libro abultado les costaría más horas de lectura y más dinero.
Es innegable que cada uno de los ensayos que siguen representa años enteros de eficiente trabajo, mas no se vaya a creer que ninguno de ellos agote la materia de que trata. El haberse descubierto últimamente en ciertas lides de guerra que el número de bajas enemigas está en razón inversa del número de generales que figuran en el propio campo, ha abierto inesperadas perspectivas en el terreno de la investigación. También la interpretación hasta ahora inédita sobre la cuestión de la ilegibilidad de las firmas, permite llevar por nuevos derroteros los estudios actuales para determinar con precisión matemática el momento en que la letra manuscrita de una autoridad administrativa deja de ser inteligible incluso para ella misma. No pasa día sin que nos llegue noticia de nuevos avances técnicos, lo cual nos permite augurar que las posteriores ediciones de la presente obra habrán de ser considerablemente ampliadas.
Deseo expresar aquí mi agradecimiento a los editores que han autorizado la reimpresión de algunos de los ensayos que figuran en este libro y de un modo especial al editor de la revista The Economist, en cuyas columnas fue por primera vez revelada a la humanidad la ley de Parkinson. En la misma revista aparecieron también las primeras versiones de Directores y Consejeros y La edad del retiro. Algún otro ensayo ha aparecido en Harper’s Magazine y en The Reporter.
Al dibujante Robert C. Osborn le estoy sumamente agradecido por haber añadido unos rasgos de frivolidad a un trabajo que, de no ser por él, hubiera podido adolecer de un carácter demasiado técnico. Y, por último, quiero consignar aquí mi agradecimiento al más esforzado de los economistas de todos los lugares y de todos los tiempos, cuya ciencia no siempre reconoce el distraído lector ni le rinde la merecida justicia, y al cual, aunque por razones distintas, va dedicado el presente libro.
C. NORTHCOTE PARKINSON
Singapur, 1957.