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LA VOLUNTAD DEL PUEBLO
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LA ASAMBLEA GENERAL
Todos nosotros estamos al corriente de las diferencias esenciales que separan las instituciones parlamentarias inglesas de las francesas, a través, cuando menos, de tantas otras asambleas como se han inspirado en aquéllas. Ya es sabido que la diferencia fundamental se debe no tanto a disparidades del carácter nacional como a la disposición de sus asientos. Los británicos, acostumbrados desde niños a practicar el deporte por equipos, entran en el salón de sesiones de la Cámara de los Comunes en la disposición de ánimo del que se hallaría más a gusto en cualquier otra parte. Puesto que en los campos de golf o de tenis no pueden resolverse todos los asuntos, se han formado la convicción de que el juego parlamentario se sujeta también a una reglamentación del mismo tipo. De no ser así el Parlamento les suscitaría menor interés del que realmente les suscita gracias a aquel subterfugio. El instinto deportivo mueve a los británicos a formar en las asambleas dos equipos contrapuestos, ante el correspondiente árbitro y los jueces de línea. Ello les permite empeñarse en largos debates hasta caer exhaustos. La Cámara de los Comunes está dispuesta de forma que todo miembro, individualmente considerado, se ve constreñido a situarse en uno u otro bando antes siquiera de haber escuchado los argumentos de los oradores, y aun en ciertos casos antes de enterarse de la clase de asunto que se está discutiendo. Al deslizarse en su asiento, ni que sea hacia el final de un discurso, sabe perfectamente cómo deben ser enjuiciados los alegatos del orador. Si éste se halla en el mismo lado de la Cámara, le basta con murmurar: “¡Muy bien! ¡Muy bien!”. Si se halla en el lado opuesto, puede exclamar sin temor a equivocarse: “¡Qué vergüenza!”. O simplemente: “¡Oh!”.
En último término, siempre le queda el recurso de preguntar en voz baja al vecino más inmediato sobre qué clase de asunto se está tratando en aquel momento. En rigor, no obstante, casi nunca le es necesario llevar a tal extremo su escrupulosidad. En cualquier caso sabrá guardarse muy bien de impeler la pelota contra su propio campo. Los discursos que provienen del lado opuesto son siempre pura cháchara, y los argumentos en que se apoyan, deleznables. Por el contrario, los que se pronuncian en sus propias filas son siempre propios de preclaros estadistas, gracias a una feliz combinación de sabiduría, elocuencia y moderación. Lo mismo da que nuestro parlamentario se haya formado en Harrow que en otro centro de inferior categoría. Sea cual fuere la escuela de donde proceda, habrá aprendido en ella cuándo es oportuno vitorear y cuándo es preferible gruñir. El sistema británico se basa, como se ha dicho, en la distribución de los asientos. Si los bancos no estuvieran convenientemente enfrentados unos a otros, nadie sería capaz de distinguir lo verdadero de lo falso, lo juicioso de lo descabellado, a menos, claro está, que uno permaneciera siempre atento a lo que se dice desde el principio hasta el final. Pero sería el colmo del ridículo escuchar todas las sandeces que pueden llegar a soltarse en una sola sesión.
En Francia, la primera de las equivocaciones fue la de disponer en semicírculo los asientos de los diputados de forma que todos dieran frente a la presidencia. La confusión que de ello resulta no sería para ser imaginada de no ser cosa tan notoria. No hay modo de formar en estas condiciones equipos visiblemente opuestos, y ni un solo diputado puede estar seguro de qué argumentos habrán de resultar los más convincentes, a menos que los escuche todos. Otra de las desventajas es que todas las intervenciones tengan que hacerse en francés —ejemplo que los Estados Unidos han sabido evitar prudentemente—. Pero aun sin contar con las dificultades propias del idioma, el sistema francés es rematadamente malo. En lugar de alinearse en dos grupos separados, el de los aciertos y el de los extravíos —única manera de que toda posible solución final se dibuje con la máxima claridad desde un principio—, los parlamentarios franceses se distribuyen en múltiples equipos que se encaran unos a otros en todas las direcciones. Con jugadores tan mal alineados no es posible que ningún partido pueda siquiera comenzar con buen pie. En principio, todos los representantes son de la derecha o de la izquierda, según el lugar donde toman asiento, principio perfectamente sano. Los franceses no han llegado ciertamente al extremo de colocar sus diputados por orden alfabético. Pero no hay duda que la forma semicircular de la Cámara es causa de diferencias en exceso sutiles entre diversos matices de derechismo e izquierdismo. No hay en ella rastro de la diáfana separación que con el sistema inglés se establece entre la rectitud y la injusticia. Cada diputado queda encuadrado políticamente un poco a la izquierda de Monsieur Untel, y, al mismo tiempo, un poco a la derecha de Monsieur Quelquechose. ¿Qué es posible sacar en claro de todo esto? ¿Qué podrían hacer los ingleses con un sistema tal? ¿Qué es lo que los propios franceses pueden sacar adelante? La respuesta es sólo una: “Nada”.
Todo esto es archisabido. Lo que ya no lo es tanto, es que lo dicho con respecto a la importancia decisiva de la situación de los asientos se acomoda a toda suerte de reuniones y asambleas, ya sean internacionales, nacionales o locales. Rige incluso para las reuniones que se celebran en tomo a una mesa, cual las conferencias de Mesa Redonda. A poco de reflexionar en ello, convendremos que una conferencia de Mesa Redonda sería algo totalmente distinto, y que todavía lo resultaría más una conferencia de Mesa Oblonga. Estas diferencias repercutirían no sólo en la duración y en la mayor o menor acritud de los debates, sino también en la naturaleza de las decisiones (si es que alguna había que tomar). Ya sabemos que las votaciones raramente se relacionan con las circunstancias que presentan los casos estudiados. Las decisiones finales se ven influidas por gran variedad de factores que no es oportuno reseñar aquí. Baste decir que todas ellas son adoptadas gracias a los votos del bloque del centro. Esto no reza para con la Cámara de los Comunes, donde, por lo que hemos visto, no queda lugar alguno donde pueda sentarse ningún bloque de centro. Pero en otra clase de asambleas, esa agrupación centrista es la decisiva. Veamos la clase de elementos de que se compone el bloque de centro:
a) Los que no han podido asimilar ninguna de las memorias e informes que sobre los asuntos a tratar se han hecho circular con algunas semanas de anticipación entre cuantos era de esperar que asistirían a las sesiones correspondientes.
b) Los que no tienen alcances suficientes para seguir las discusiones en que se enzarzan los demás. Éstos son los que suelen preguntarse unos a otros en voz baja: “¿Se puede saber de qué está hablando tanto rato nuestro colega?”.
c) Los sordos. Son los que con la mano detrás de la oreja refunfuñan de vez en cuando: “Yo no sé por qué no hablan más alto”.
d) Los que se han levantado tarde con fuertes dolores de cabeza que no aciertan explicarse, pese a haberse acostado la noche anterior monas perdidos. Éstos no se interesan por nada, porque han adquirido la convicción de que no hay nada que pueda interesar a nadie.
e) Los vejetes, que no tienen otra preocupación que la de mostrarse más en forma que nunca —mejor a veces que muchos de esos jovencitos enclenques que no hacen más que discursear: “He venido andando hasta aquí. ¿Qué le parece? —murmuran al oído de su interlocutor. Y añaden extremando el tono confidencial: —¡He cumplido los ochenta y dos!”.
f) Los débiles, que han condescendido en otorgar su voto a los dos bandos opuestos, y luego no saben qué hacer, si abstenerse de votar o marcharse a casa por motivos de salud.
Para hacerse con los votos del bloque del centro, la primera providencia es asegurarse de quiénes lo forman y practicar un recuento. Hecho esto, es cuestión de saber dónde hay que localizarlos. El mejor procedimiento es destacar unos enviados de la mayor confianza para que traben conversación con cada uno de los del bloque antes no dé comienzo la sesión. En esta charla preliminar los enviados deberán evitar con sumo cuidado la menor alusión al asunto que ha de ser objeto de deliberación. Es conveniente que se hayan adiestrado antes en el correcto uso de los gambitos de salida que se resumen a continuación, según sea el respectivo grupo, de a) a f), en que se halle clasificado el colega.
a) “¡Vaya ganas de perder tiempo redactando y distribuyendo esos interminables memorándums que nos envían! Yo le confieso que en su mayor parte los echo sin leerlos al cesto de los papeles”.
b) “Vamos a acabar todos aturdidos con tanta elocuencia superfina. Yo creo que aquí debería hablarse menos, ir más al grano. Los hay demasiado dotados, si quiere usted saber mi opinión”.
c) “La acústica de este salón es sencillamente abominable. Ya sería hora de que esos mozalbetes que se las dan de técnicos hubiesen venido a poner remedio a esto. La mayor parte del tiempo no me entero de nada. ¿USTED LOS OYE BIEN?”.
d) “¡Qué atmósfera tan irrespirable! Si no se resuelve pronto lo de esa dichosa ventilación vamos a acabar todos mareados. ¿No nota usted qué bochorno?”.
e) “¡Por Dios, yo no sé cómo se las compone usted! ¿Cuál es el secreto de su eterna juventud? ¿Qué filtro toma usted para desayunarse?”.
f) “Hay mucho que decir en pro y en contra de esta cuestión. Le aseguro que no sé de qué lado debo inclinarme. ¿Cuál es su opinión?”.
Si estas aperturas se juegan correctamente, muy pronto el enviado se hallará en animada conversación con el del bloque-centro, y con disimulo lo irá empujando hacia el lugar más favorable del salón de sesiones. Simultáneamente, un segundo enviado secreto habrá venido a situarse unos pasos por delante de los que tan amigablemente están departiendo, y caminará en la misma dirección, ya de antemano convenida. Con un ejemplo quedará más clara la maniobra. Supongamos que el invitado X (Mr. Sturdy)[1] es el que está maniobrando con el diputado de centro Y (Mr. Waverley)[2], del tipo f) para arrastrarlo hasta el lugar convenido, muy cerca de la mesa presidencial. Delante de ellos marcha el otro enviado Z (Mr. Staunch)[3] que toma asiento donde parece que le parece, sin haber siquiera advertido la proximidad de los otros dos. Staunch vuelve la cabeza hacia el otro lado y saluda de lejos a un colega cualquiera. Luego se inclina hacia la fila de delante para decirle a otro colega unas palabras al oído. Sólo cuando Waverley se habrá arrellanado en el sillón que se le había destinado, se volverá hacia él al único objeto de experimentar una agradable sorpresa: “¡Mi querido colega, encantado de verle!”. Y dejará transcurrir unos breves minutos antes no se vuelva del otro lado para dejarse nuevamente sorprender por la presencia de Sturdy. “¡Caramba, Sturdy! No contaba con usted”. “Me he repuesto por completo —replica Sturdy—. No fue más que un sencillo resfriado”. Todo parece haber sucedido de manera casual, y así termina la primera fase de la operación, fase que no hubiera presentado variaciones de nota aun cuando el diputado de centro hubiese pertenecido a categoría distinta de la f).
La segunda fase de la operación, tiene que adaptarse a la categoría del parlamentario de que se trata. En el caso de Waverley, perteneciente al tipo f), el objetivo de la segunda fase estriba en evitar toda discusión referente al asunto de que se trata, dando antes por bien sentado que la cosa está decidida previamente. Por habérsele hecho sentar muy cerca de la mesa presidencial, no va a serle posible a Waverley alcanzar con la vista más que a muy pocos de sus colegas, y así ha de resultar mucho más fácil convencerle de que todos están de perfecto acuerdo.
—Realmente —dice Sturdy—, no debíamos habernos molestado en entrar. Tengo la impresión que sobre este punto del orden del día todo el mundo está en el ajo. No he hablado con uno solo que no esté dispuesto a votar en favor. (O en contra, según convenga).
—Es curioso —replica Staunch—. Iba a decir exactamente lo mismo. El resultado no parece ser dudoso.
—Por mi parte —dice Sturdy—, no estaba del todo decidido. Hay mucho que decir en pro y en contra, aunque desde luego entiendo que sería perder el tiempo intentar oponerse. ¿Qué opina usted, Mr. Waverley?
—Pues, francamente, creo como usted que sería tiempo perdido cualquier intento de oposición. Pero, si por una parte parece razonable votar la proposición, por otra parte, me parece a mí… ¿Usted cree posible que esto pase?
—Mi querido Waverley, me atengo a lo que decía usted ahora mismo. Cuando usted cree que puede darse ya por aprobado, por algo será.
—¿Yo dije…? Bien, sí, no hay duda que todo hace presagiar el voto favorable. Aunque bien pudiera ser…
—Oh, gracias, Waverley, por su opinión —concluye Staunch—. Yo pensaba lo mismo, pero no sabe usted cuánto celebro ésta feliz coincidencia, que tanto me halaga. Sus opiniones son las que más aprecio.
Entre tanto, Sturdy, apoyado en el respaldo de su sillón está hablando con alguien situado a su espalda. Lo que en realidad le está diciendo es: “¿Cómo sigue su esposa? ¿Ha salido ya de la clínica?”.
Pero cuando se vuelve hacia sus interlocutores de antes es para informarles que los de detrás abundan en la misma opinión. Excusado decir que la moción se aprueba gracias a los votos del centro. Por esta vez la maniobra ha conseguido todos los objetivos propuestos.
Y es que mientras los del partido opuesto más se abandonan en la preparación de sus discursos y de sus enmiendas, los correligionarios de Staunch, empleando su técnica superior, se dedicaban por parejas a la busca y captura de los centristas desperdigados. Cuando llega el momento crucial de la votación, basta que levanten la mano los dos colegas situados a ambos lados del indeciso, para que éste se sienta automáticamente compelido a levantar la suya. Se halla previsto el caso, para los pertenecientes a las categorías d) y e), de que poco antes de la votación se hayan quedado dormidos. Esto no empece que puedan votar como los demás, pues uno de los enviados cuida de levantarles la mano en el momento preciso. Esta misión está rigurosamente reservada al que se halla situado a la derecha del que se dejó vencer por el sueño, y ello es debido a la conveniencia de evitar que éste levante las dos manos a un tiempo, como ha sucedido alguna vez, suscitando duras críticas en los circunstantes. Asegurada por estos medios la adhesión de los diputados del centro, la moción resulta aprobada por una decorosa mayoría; o rechazada con un expresivo margen, si es esto último lo que se estimaba preferible. Podemos afirmar que la casi totalidad de los asuntos que deben ser resueltos por la voluntad del pueblo, los resuelve la parte de pueblo representada por el bloque de centro. Huelgan, pues, los discursos que suelen preceder a las votaciones. Uno de los bandos se niega inexorablemente a aprobar lo que el otro bando propone que se apruebe. Neutralizados así ambos campos, queda salvada la plena eficacia del bloque de centro, cuyos componentes se dividen a su vez en dos bandos: el de los que no oyen nada de lo que se dice, y el de los que, aun oyéndolo, no comprenden absolutamente nada. Para emitir su voto, necesitan, desde luego, el estímulo de los que están a su lado, con lo que muchas leyes dependerían de un puro azar. ¡Cuánto más razonable no resulta encauzar estos votos por medios inteligentes!