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CRIBA DE PERSONALIDADES
o
FÓRMULA DEL COCKTAIL

El cocktail —el cocktail party— es un elemento esencial de la vida moderna. Esta institución se ha convertido en la pieza maestra de cuantos congresos internacionales, científicos o industriales, se celebran. Sin un cocktail, uno por lo menos, esas doctas reuniones no llegarían a cuajar. Hasta el día de hoy se ha prestado escasa atención al estudio científico de sus funciones y posibilidades. Ha llegado la hora de reparar tan lamentable descuido. En realidad ¿qué es lo que exactamente se persigue al organizar un cocktail?

Esta pregunta puede ser contestada de diversas maneras; tanto es así que un mismo cocktail party se presta a pluralidad de usos. Vamos a tomar al azar uno solo de los objetivos posibles, para convencernos de que puede éste ser alcanzado con mucho mayor seguridad y rapidez mediante la aplicación de métodos eminentemente científicos. Veamos, por ejemplo, lo que ocurre con una cuestión tan delicada como es la de averiguar la importancia relativa de cada uno de los personajes presentes. Desde luego, no deberán preocuparnos, por ya sabidos, los títulos, cargos oficiales y edad de cada uno. Pero ¿cuál es la verdadera fuerza y el verdadero influjo de unos y otros en la materia que nos interesa?

Porque con frecuencia sucede que el hombre clave o la mujer clave en un asunto determinado no es precisamente ninguno de los que mejor calificados parecen por su situación oficial. Y que los más positivamente influyentes no se han dado a conocer hasta llegar al final de la conferencia. ¡Cuánto nos beneficiaría saber exactamente a qué atenernos desde un principio! Es justamente para establecer esta ponderada valoración, que un cocktail celebrado en el segundo día del congreso puede sernos de inapreciable utilidad.

A los fines de la presente exposición vamos a partir del supuesto de que el local en donde debe tener lugar el cocktail ocupa una sola planta y tiene una sola puerta de acceso. Daremos también por sentado que la fiesta va a durar dos horas, según consignan las tarjetas de invitación; de hecho, dos horas y veinte minutos. Y, finalmente, supondremos que las bebidas circulan libremente por toda la sala, y que no hay por lo tanto necesidad de arrimarse a la barra, lo cual siempre resulta demasiado ostensible y alteraría por completo los datos del problema. Sobre las precedentes bases ¿cuál es el medio para averiguar la real, no la teórica, influencia de los concurrentes?

El primer fenómeno que ha de servirnos para construir nuestra teoría es la dirección que toma la corriente humana. Todos sabemos que los invitados, al llegar, se dirigen automáticamente hacia la izquierda de la sala. Esta tendencia espontánea hacia el lado izquierdo tiene su explicación, biológica en parte. El corazón, lo tenemos situado (o al menos así lo parece) en la parte izquierda. Por esta razón, en las más primitivas formas de la guerra entre humanos era práctica constante proteger el costado izquierdo con una especie de escudo, de formas y nombres muy varios, mientras el arma ofensiva se empuñaba con la mano derecha. El arma más corriente fue la espada, que se llevaba de ordinario en una vaina. Si la espada tenía que manejarse con la mano derecha, forzoso era que la funda o vaina colgara del lado izquierdo. Y con la vaina a la izquierda no era posible montar un caballo por el lado opuesto, a menos que se quisiera montar dando cara a la grupa, lo cual no era corriente. Pero si se monta por el lado más próximo, habrá que situar la cabalgadura en el lado izquierdo del camino, a fin de ponerse a resguardo del tráfico que viene en dirección contraria. Por lo mismo, resulta natural y apropiado circular por la izquierda del camino, ya que el hacerlo por la derecha, como se practica en algunos países atrasados, se opone a los instintos naturales e históricos. En fin, que el ser humano, de no estar sujeto a arbitrarias reglamentaciones de tráfico, se inclina a circular por su izquierda.

El segundo fenómeno digno de ser retenido es que la gente suele buscar los lados de la sala antes que el centro. Esto se hace patente cuando se observa la forma de llenarse la sala de un restaurante. Las mesas arrimadas a la pared del lado izquierdo de la puerta de entrada son las primeras que se ocupan; siguen luego las del fondo, tras éstas las de la derecha, y, finalmente (no sin manifiesta desgana), las del centro de la sala. Tal es la humana renuncia para con el área central, que a menudo la gerencia, con muy buen sentido, ordena retirar las mesas que en aquélla se encuentran para convertirla en pista de baile. Claro está que este modo de conducirse puede sufrir alteraciones en circunstancias de excepción, como, por ejemplo, en el caso de que las ventanas del fondo ofrezcan un espectacular panorama a base de cataratas, glaciares, catedrales y demás clichés de orden turístico que nadie se atreve a desdeñar. Pero lo normal, lo corriente, es que el restaurante se vaya ocupando ordenadamente de izquierda a derecha. La natural repugnancia a situarse de buenas a primeras en el sector central nos viene sin duda de la costumbre adquirida por nuestros más remotos antepasados. El hombre prehistórico que entraba en la caverna de algún amigo suyo, nunca estaba seguro de la acogida que le esperaba, y de aquí que no se apartaba demasiado de la pared eludiendo toda probabilidad de verse rodeado por los moradores y procurándose al mismo tiempo algún espacio por delante, para maniobrar, llegado el caso, con cierto desembarazo. Por esto iba avanzando junto a las paredes de la caverna gruñendo afablemente y sin desamparar la cachiporra de paseo. El hombre moderno, movido por su subconsciente, sigue haciendo lo mismo cuando penetra en un salón concurrido por gente poco conocida, murmurando algo para sus adentros, y manoseándose, por hacer algo, el nudo de la corbata. La misma marcha observamos en el congresista que penetra en un local donde se celebra un cocktail party. La tendencia es siempre la misma, hacia los lados, aunque no llegue a establecerse contacto con las paredes.

Al combinar estos dos factores sobradamente conocidos, a saber: el flujo hacia la izquierda de la corriente humana, y la renuncia a ocupar el centro, tenemos la explicación biológica más cabal del fenómeno observado en la práctica, o sea el movimiento circular de la concurrencia en el mismo sentido que las agujas de un reloj. Pueden producirse, de cierto, algunos remansos y algunos remolinos —habrá señoras que se desviarán o irán contra corriente con objeto de evitar a personas que detestan de todo corazón, o se precipitarán, llamándolas, “¡Oh, cariño!”, al encuentro de otras personas más detestadas aún—, pero en conjunto la corriente humana seguirá inexorablemente una misma dirección. Las personas de peso, las que más cuentan, seguirán transitando por el canal más caudaloso, dejándose llevar por la corriente y a la misma velocidad media que los demás. Aquellos que parecen haber quedado pegados a los muros y se enfrascan en largas conversaciones con otros invitados a los que frecuentan corrientemente y no pasan una semana sin verse, son simples infelices de los que no cabe esperar nada. Aquellos otros que se agrupan en los ángulos del salón son los tímidos y los débiles. Y los que irrumpen resueltamente por el espacio central son los excéntricos y los tontos.

Luego, hemos de dedicar la máxima atención a la hora de llegada de los diferentes invitados. Actualmente podemos casi asegurar que los personajes de primera fuerza llegan siempre al tiempo que juzgan más favorable para ellos. No figuran jamás entre los que habiendo sobreestimado la duración del trayecto a recorrer para llegar al punto de reunión, se presentan diez minutos antes de la hora señalada. Tampoco se cuentan entre los que por habérseles parado el reloj entran dando resuellos momentos antes de terminarse el acto. No, los personajes que nos conviene identificar eligen el momento más oportuno. ¿Y cuál será éste? Indiscutiblemente habrá de ser el que de antemano hayan escogido en consideración a dos motivos principales. No consentirán en efectuar su entrada antes de que se haya podido reunir concurrencia suficiente para presenciarla. Pero tampoco querrán exponerse a llegar después que otras personalidades de categoría hayan podido salir ya (como lo hacen casi siempre) para marcharse a otra reunión. En consecuencia, la llegada se producirá por lo menos media hora después de la señalada y no más de una hora antes de que pueda darse por terminado el cocktail party. Estas consideraciones nos permitirán predecir con certeza que el tiempo óptimo de la llegada será exactamente a los cuarenta y cinco minutos de la hora anunciada: a las 7.15, por ejemplo, si se había señalado el comienzo para las 6.30. No se vaya a creer, sin embargo, que el descubrimiento del tiempo óptimo resuelve por completo el problema. Algunos principiantes podrían decirse: “Para qué saber más. Nos apostamos junto a la puerta reloj en mano y asunto concluido”. El investigador experto acogerá tal sugestión con una paternal sonrisa. Porque ¿cómo saber si la persona que llega puntualmente a las 7.15 lo ha hecho adrede? Algunos pensaron llegar con toda puntualidad a las 6.30, pero se extraviaron por las calles de la ciudad al pretender dar un paseo por los alrededores del punto de reunión. Otros pueden haberse adelantado, e incluso pueden entrar a la hora óptima unos pocos que ni siquiera habían sido invitados a la fiesta, ya porque hubiesen confundido el local adonde debieron haber ido a tomar su cocktail, ya por haber equivocado el día en que estaban citados en el mismo local. Por lo cual, aun sin poner en duda que las personalidades de verdadera enjundia acudirán inexorablemente entre las 7.10 y las 7.20, incurriríamos en garrafales errores si tomásemos por importantes a todos cuantos se presenten en este intervalo.

Bien se comprende que al adquirir nuestra teoría un tal grado de desarrollo, surge inevitablemente el deseo de verla confirmada y contrastada en el terreno experimental. Para obtener una idea cabal de la manera de comportarse el flujo social antes descrito habríamos de recurrir a la práctica observada en los laboratorios hidráulicos. En esta clase de laboratorios, el investigador que intenta cerciorarse de cómo se comportará la corriente de agua que haya de afluir entre los soportes de un puente de una configuración determinada, comienza por añadir cierta porción de cochinilla en el agua que deja deslizar sobre una superficie de cristal, encima de la cual habrá colocado convenientemente una reproducción en miniatura de los pilares del puente. Luego, desde lo alto, toma sucesivas fotografías de las líneas dibujadas por el agua teñida de grana. Lo que a nosotros nos importaría, sería marcar a las personalidades de efectivo relieve que acuden a un cocktail party, coloreándolas a la manera del agua teñida del ingeniero hidráulico, de forma que pudiéramos fotografiar sus evoluciones y avances sucesivos desde una galería superior. Podría creerse que esta clase de experimento chocaría con insuperables dificultades de intentarse ponerlo en práctica. Y, no obstante, tenemos noticia de que algo por el estilo se ha llevado a cabo en cierta colonia británica, donde la coloración de algunos especímenes se practica corrientemente.

Lo acaecido, hace ya casi un siglo, fue que un gobernador de una cierta colonia que no nombraremos, trató de persuadir a los más respetables elementos de la población masculina de que debían acudir a las recepciones oficiales con traje negro en vez de hacerlo, como era costumbre, con traje blanco. Ni sus exhortaciones ni su ejemplo consiguieron que le hicieran caso los comerciantes, los banqueros y ni siquiera los hombres de leyes. Pero, en cambio, los funcionarios públicos, como no podía menos de ser, se doblegaron sin chistar a las admoniciones del gobernador. Como resultado de esto, se fundó una tradición que se ha mantenido sin variación hasta nuestros días. Todos los funcionarios del gobierno acuden a las reuniones con traje negro, y con traje blanco los demás invitados. En consecuencia, y como sea que los funcionarios gubernativos siguen gozando por ahora de singular prestigio en aquella ciudad, se ha creado un interesante campo de observación en el cual los investigadores pueden seguir cómodamente desde una galería situada en lo alto, los diversos movimientos de los personajes de una más evidente influencia. Se han logrado además interesantes fotografías que ponen de manifiesto esos sucesivos desplazamientos, con lo cual no sólo se han confirmado todos los extremos de la teoría expuesta, sino que, llevándonos más allá, nos ha permitido realizar un último descubrimiento que ahora nos disponemos a revelar por primera vez. Un minucioso estudio de los datos así obtenidos nos autoriza para afirmar de un modo categórico que los smokings negros llegan invariablemente entre las 7.10 y las 7.20; que van avanzando lentamente por su izquierda describiendo un semicírculo; que evitan con sumo cuidado los ángulos de la sala y se mantienen a una prudencial distancia de las paredes, y que esquivan sistemáticamente el espacio central. Hasta aquí el comportamiento de los invitados se ajusta exactamente a los postulados de nuestra teoría. Pero a continuación se observa un inesperado fenómeno; al llegar los primeros invitados preeminentes a la altura del ángulo de la derecha —en lo cual invierten su buena media hora— se estacionan allí durante diez minutos o más, para, una vez transcurrido ese espacio de tiempo, despedirse repentinamente de sus interlocutores y dirigirse con paso decidido hacia la salida. Nos ha costado largas y reiteradas vigilias el estudio de los diferentes films obtenidos antes no hemos dado con la razón de este singular comportamiento. El estacionamiento, según hemos podido inferir, no tiene otro objeto que esperar a los demás invitados conspicuos, o sea que los que llegaron a las 7.10 aguardan a los que llegan a las 7.20. Una vez operada entre ellos la toma de contacto, la disociación subsiguiente no se hace esperar demasiado.

Para cada uno de ellos se trata de que los demás se hayan percatado de su presencia, y una vez conseguido el objetivo, se inicia la retirada, que en todo caso se consuma alrededor de las 8.15.

Los avances realizados en el estudio de aquellas recepciones celebradas en una apartada colonia británica, son perfectamente aplicables a cuantas reuniones tengan efecto en cualquier punto del globo. Y el método a seguir no ofrece dificultades. Para dar de una manera segura con los concurrentes que realmente cuentan, basta con cuadricular (mentalmente) la sala donde tiene lugar la recepción mediante líneas equidistantes entre sí, que la imaginación trazará lo bastante rectas y regulares. Las casillas resultantes se señalarán de izquierda a derecha con las letras A, B, C, D, E y F; y las horizontales desde la puerta de entrada hasta el fondo, con los números 1 al 8. Designemos por H la hora señalada para el comienzo de la reunión. El momento en que abandonará la sala el último de los concurrentes será aproximadamente dos horas y veinte minutos después de la llegada del primero (siempre hay uno que es puntual). Tendremos, pues, que la reunión terminará exactamente a las H + 140. Averiguar cuáles son los invitados más influyentes resulta, pues, sencillísimo. Son todos los que se habrán reunido en la casilla E7 entre las H + 75 y las H + 90. El más destacado entre ellos ocupará invariablemente el centro de la casilla.

No escapará a la comprensión de quienes se interesan por esta clase de estudios que la validez y constancia de la regla que acabamos de dar estará en razón inversa de su propia divulgación. No conviene, pues, que estos conocimientos sean compartidos por muchos, y, por consiguiente, el contenido del presente capítulo debe ser considerado como estrictamente confidencial y guardado bajo llave. Los estudiantes de ciencias sociales están en el deber de guardar la máxima reserva sobre las cuestiones aquí tratadas y en cuanto a la masa general de lectores deberían tener la gentileza de pasar por alto el presente capítulo.