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EL QUID DE LA CESANTÍA
o
LA EDAD DEL RETIRO

De entre los varios problemas que hemos desentrañado en este libro, hemos dejado para el final, como no podía menos de ser, el de la edad del retiro. Muchos son los organismos que se han preocupado del asunto, pero los datos entre todos recogidos han sido siempre por demás contradictorios, y las conclusiones, vagas y embrolladas. La jubilación de carácter obligatorio se ha intentado fijarla en diferentes edades, desde los cincuenta y cinco hasta los setenta y cinco años, todas ellas igualmente arbitrarias y sin el menor fundamento científico. Cualquiera que haya sido la edad adoptada, aunque sólo fuera por la fuerza de la costumbre, se ha pretendido justificarla con un mismo argumento. Cuando se ha querido fijar la edad de la jubilación en los sesenta y cinco años, se ha dicho que la experiencia había demostrado que las facultades mentales y las energías del individuo empezaban a flaquear a los sesenta y dos años. No dejaría de ser ésta una conclusión convincente y práctica, de no haberse alegado una justificación desconcertante por parte de los organismos que han establecido la edad del retiro a los sesenta años. Según éstos, las personas empiezan a declinar poco o mucho a la edad de cincuenta y siete años. Pero contra tal aserción, hay la de quienes han fijado la edad del retiro en los cincuenta y cinco años por estimar que la decadencia humana se inicia indudablemente a los cincuenta y dos. De ello se deduce que en términos generales la edad del declive es más propiamente la de X años menos tres, fuere cual fuere el valor asignado a X. La conclusión no está desprovista de interés, pero no nos conduce a ningún resultado práctico cuando lo que tratamos de averiguar es la cifra que hemos de atribuir a X.

Pero si el hallazgo de la relación X — 3 no puede sernos por sí mismo de ninguna utilidad, nos permite al menos colegir que las investigaciones hasta hoy realizadas no han seguido el camino que debían seguir. Tampoco nos conducen a ninguna parte, por muy fundadas que sean, las reiteradas observaciones que demuestran que hay seres humanos que a los cincuenta años dan evidentes señales de envejecimiento, mientras otros conservan todas sus energías a los ochenta o a los noventa años. La verdad es que, en definitiva, la edad del retiro no debería tener la más mínima relación con el caballero que se trata de jubilar. La que en verdad debería preocuparnos es la de su sucesor, o sea la del señor Z, llamado a reemplazar al señor Y cuando éste se jubile. El señor Z (de no haber sido demasiado brillante su carrera) habrá pasado, como es sabido, por los siguientes períodos:

  1. Edad de la Titularidad = T
  2. Edad de la Circunspección = C (T + 3)
  3. Edad del Ascenso = A (C + 7)
  4. Edad de la Solvencia =S (A + 5)
  5. Edad de la Autoridad = AA (S + 3)
  6. Edad de las realizaciones = R (AA + 7)
  7. Edad de las Distinciones = D (R + 9)
  8. Edad de la Honorabilidad = H (D + 6)
  9. Edad del Juicio = J (H + 3)
  10. Edad del Atasco = AAA (J + 7)

En este cuadro, como es de ver, todo está supeditado al valor que se adjudique a T. Desde luego, T no es más que una referencia puramente técnica. No debe entenderse que la simple Titularidad confiera al individuo que se encuentra en este primer período unas aptitudes necesariamente provechosas para la clase de actividades que esté llamado a desarrollar. Los arquitectos, por ejemplo, se someten siempre a una u otra forma de examen antes de obtener el título que les faculta para ejercer la profesión, pero raramente se da el caso de que a partir de tal momento de su carrera (ni de cualquier otro momento, claro está) posean conocimientos verdaderamente útiles. La referencia T representa la edad en que un señor determinado comienza su carrera profesional o de negociante, lo que suele ocurrir después de cierto período de preparación o formación, período que no ofrece perspectivas claras más que a los maestros preparadores y formadores. Resulta del precedente cuadro, que si admitimos que T sea igual a 22, el señor Y no alcanzará la etapa AAA hasta que habrá cumplido los setenta y dos años. Por lo que a su propia eficiencia se refiere, no existirá motivo alguno para sustituirle antes de los setenta y un años. Hasta aquí no hay problema. Pero es que el verdadero problema no concierne al señor Y, sino al señor Z, que es el destinado a sucederle. ¿Qué diferencia de edad existe entre el señor Y y el señor Z? Más concretamente ¿qué edad tendrá el señor Y cuando el señor Z ingrese en la misma administración o empresa?

Esta cuestión ha sido objeto de prolongados estudios. La información que por nuestra parte hemos podido reunir nos lleva a establecer que la diferencia de edad existente entre ambos caballeros es por término medio de quince años. (Digamos, de paso, que no es corriente que el hijo suceda directamente al padre). Ateniéndonos a ese promedio de quince años, y admitiendo la igualdad T = 22, nos hallamos con que el señor Z habrá llegado a R (Edad de las Realizaciones) a los cuarenta y siete años, cuando el señor Y contará sólo sesenta y dos. Y éste es el momento en que se manifiesta la crisis del sistema, puesto que el señor Z, al ver frustradas sus legítimas ambiciones por causa de que el señor Y siga reteniendo el control de los asuntos, se dejará deslizar, como se ha comprobado constantemente, por otro ramal de la escala, cuyos tramos son de índole muy distinta. Veamos qué tramos son ésos:

  1. Edad de la Decepción (D’) = AA +7
  2. Edad de los Celos (C’) = D’+ 7
  3. Edad de la Resignación (R’) = C’+ 7
  4. Edad del Olvido (O’) = R’ + 5

En este caso, cuando el señor Y cumpla los setenta y dos años, el señor Z se encontrará en sus cincuenta y siete, o sea el tiempo de internarse en la Edad de la Resignación. De poco puede servirle ya la jubilación del señor Y, puesto que al señor Z, tras una década de decepciones y recelos, le está reservado un triste papel en el desempeño del cargo vacante, habituado ya a la perspectiva de una carrera frustrada y mediocre. Es evidente que para el señor Y la oportunidad se habrá presentado diez años demasiado tarde.

La Edad de la Decepción no se revela, claro está, por el número de años efectivamente alcanzado, puesto que ha de guardar relación con la edad en que se inició el período T, pero los síntomas que presenta es fácil reconocerlos. El hombre maduro que se ve privado de adoptar decisiones de reconocida trascendencia, acaba por considerar verdaderamente trascendentes cualesquiera decisiones que esté llamado a tomar. Se ha vuelto extremadamente meticuloso en la clasificación y archivo de los papeles, quiere que los lápices estén siempre cuidadosamente afilados, comprueba si las ventanas han quedado herméticamente cerradas (o abiertas de par en par, según sea la estación) y usa con estricto discernimiento tintas de dos o tres colores distintos. La Edad de los Celos se exterioriza por una morbosa agudización en cuestiones de rango y veteranía. “Después de todo, se ha de contar conmigo”, “Antes, no se me consultaba para nada”, “No, no tiene suficiente experiencia”. Pero ese período cede luego el paso al de la Resignación. “Yo no soy uno de esos tipos ambiciosos”, “El viejo Y ha conseguido su puesto en el Consejo de administración. ¡Para qué tanto jaleo!” “Lo único verdaderamente trascendente que podía yo esperar de mi ascenso, era verme privado de mis partidas de golf”. Se había llegado a sostener que la Edad de la Decepción coincidía siempre con un brusco interés por las cuestiones de política local. Luego, no obstante, se ha comprobado que los hombres que se meten en esos lances políticos, lo hacen solamente empujados por sus desavenencias conyugales. De todos modos, no es arriesgado concluir, después de los síntomas expuestos, que el hombre que a sus cuarenta y siete años permanece en puestos subalternos, no sirve ya para nada bueno.

Queda, pues, suficientemente claro que el verdadero problema radica en el modo de retirar del servicio al señor Y a la edad de sesenta años, cuando todavía es capaz de desempeñar su cargo mejor que nadie. Es posible que al producirse la sustitución se salga perdiendo, pero siempre es esto preferible que aguardar a que el señor Y se marche sin dejar a quien pueda sucederle. Cuanto más prominente haya resultado el señor Y en el desempeño de su cargo, y cuanto más largo haya sido el período durante el cual lo detentó, tanto más difícil va a resultar reemplazarle. Los que más de cerca le siguen por orden de antigüedad, son ya demasiado viejos y han permanecido en sus puestos subalternos mucho más de lo conveniente.

Todo lo que serán capaces de hacer, será cerrar el camino a los más jóvenes, y esto de cierto lo harán sin mayores dificultades. No se presentará durante años una oportunidad para un sucesor competente, y lo probable es que esa oportunidad no llegue nunca, de no sobrevenir una conmoción que trastorne la regularidad del sistema. No hay más remedio que tomar una resolución enérgica. O el señor Y se larga cuando es debido, o toda la organización sufrirá por mucho tiempo las consecuencias. Ahora bien: ¿Cómo deshacerse del señor Y?

En ésta, como en otras materias, la ciencia moderna ha abierto nuevos caminos. Los toscos métodos del pasado han sido ampliamente superados. Hoy no hallaríamos con toda seguridad un solo consejo de administración que recurriese a métodos tan censurables como el de aquellos consejeros confabulados que rompían a hablar entre sí de manera inaudible durante horas enteras. Uno de los consejeros fingía pronunciar un discurso con sólo abrir y cerrar los labios repetidamente, a lo que otros consejeros respondían con claras, aunque mudas, manifestaciones de asenso o reprobación, dando así al presidente la sensación de que su sordera había llegado ya a un grado inadmisible. La técnica moderna ha arbitrado medios mucho más efectivos y seguros, partiendo de los viajes en avión y del uso frecuente de esta clase de formularios impresos que tienen muchos espacios en blanco por llenar. Las investigaciones llevadas a cabo han demostrado que el estado de agotamiento a que conduce la vida moderna proviene de la combinación de aquellas dos formas de actividad. Cuando un alto funcionario queda sometido con cierto grado de intensidad a un régimen basado en ambas servidumbres, no tarda en pedir el retiro por sí mismo y a las buenas. En algunas tribus primitivas del África se practicaba de antiguo la costumbre de liquidar al rey o jefe supremo en cierto momento de su mando, ya fuere a plazo fijo, por el simple transcurso de un número de años previamente determinado, ya como consecuencia de haberse observado en el soberano inequívocas muestras de decadencia. La técnica de hoy en día consiste en enfrentar al presidente del consejo o jefe de industria con un programa que incluye una conferencia en Helsinki para junio, un congreso en Adelaida para julio, una convención en Ottawa para agosto, de unas tres semanas de duración cada una de las reuniones. Se le convence de que el prestigio del organismo o empresa de que se trate reclama su participación personal, y que delegar la representación en cualquier otro miembro constituiría una verdadera ofensa para los demás participantes. Al regreso de uno de esos viajes, dispondrá de tres o cuatro días para preparar el próximo. Al sentarse ante su mesa de escritorio, hallará en la cubeta de los documentos pendientes un sinfín de impresos a llenar con vistas a su próximo viaje, los unos relativos a los permisos indispensables que hay que solicitar; los otros, a licencias de importación o formularios simplemente relacionados con el impuesto sobre la renta. Mientras esté entregado a la tarea de despachar los formularios del viaje a Ottawa, se le mostrará el programa de una nueva tanda de conferencias: una en Manila para septiembre, la segunda en México para octubre y la tercera en Quebec para noviembre. En diciembre, reintegrado a su hogar, el presidente, en el discurso de las fiestas familiares, admitirá que los años no pasan en vano, y no más allá de enero anunciará al consejo su intención de pedir el retiro.

Al emplear esta técnica debe tenerse buen cuidado de elegir las conferencias más adecuadas para que los desplazamientos se verifiquen entre las máximas distancias y entre climas que ofrezcan los más vivos contrastes climáticos. Hay que evitar a toda costa cualquier oportunidad de un largo y placentero crucero por mar. Todos los viajes deberán emprenderse inevitablemente en avión, sin preocuparse de escoger esta u otra ruta. Todas las rutas son con escasas diferencias igualmente incómodas, por cuanto se han planeado para el servicio de correos y no para el de pasajeros. Casi puede asegurarse, aun sin consultar previamente los horarios, que habrá que emprender el vuelo a las 2.50 de la madrugada, con obligación de personarse en el aeródromo a la 1.30 y de proceder a la comprobación de los equipajes a las 12.45. La llegada estará prevista para el día siguiente a las 3.10, igualmente de la madrugada. El avión, sin embargo, llevará algún retraso, y aterrizará a las 3.55, con lo cual los pasajeros habrán podido despachar en las oficinas de aduanas y de inmigración a las 4.35. Viajando en la misma dirección que lo hace el sol, según decían los antiguos, es muy posible, casi de rigor, que el viajero tenga ocasión de desayunar tres veces en una misma mañana. Los que viajen en dirección opuesta no ingerirán alimento alguno en muchas horas, si bien les será ofrecida una copa de jerez tan pronto se les vea caerse de inanición. La mayor parte de las horas de vuelo habrá que emplearlas en llenar diversidad de formularios sobre cuestiones de moneda y de salud. ¿Cuánto dinero lleva usted en dólares, libras esterlinas, francos, marcos, florines, yens, liras, pesetas y libras australianas? ¿Cuánto en cartas de crédito, cheques de viaje, sellos de correo y bonos postales? ¿Dónde ha dormido usted la noche pasada y la anterior? (pregunta ésta completamente inútil, puesto que es seguro que el viajero no habrá pegado el ojo en ninguna de las dos noches). ¿Dónde nació usted y cuál era el nombre de soltera de su abuela paterna? ¿Cuántos hijos tiene usted y por qué? ¿Cuánto tiempo piensa usted permanecer en el país y dónde va a alojarse? ¿Tiene algún objeto su visita?, ¿cuál es? (“En este momento ya no me acuerdo” es lo que contestan la mayoría de los firmantes). ¿Ha padecido usted viruelas?, ¿cuándo, cómo y por qué?: y si no las ha tenido, ¿a qué lo atribuye usted? ¿Tiene visado para la Patagonia y permiso de paso por Hong-Kong? Toda falsa declaración será sancionada con cadena perpetua. Pónganse los cinturones, por favor. Pronto vamos a aterrizar en Rangún. Son las dos y cuarenta y cinco minutos de la mañana, hora local. La temperatura exterior es de 110 grados F. Vamos a permanecer en este aeródromo una hora aproximadamente. El desayuno se servirá a bordo cinco horas después de nuestra partida. Gracias. (¿De qué estarán dando las gracias?). Por favor, absténganse de fumar.

Ya se habrá observado que los viajes aéreos desde el punto de vista de su acción impulsora de la jubilación antes de tiempo, presentan la ventaja de exigir el diligenciamiento de buen número de formularios impresos, pero éstos merecen consideración aparte como tortura completamente desligada de la que en sí produce el viajar por los aires. El arte de idear declaraciones juradas que deben ser contestadas por encima de unas líneas de puntos impresas a continuación de las preguntas, descansa principalmente en tres elementos básicos, que son: oscuridad en la manera de plantear las preguntas, falta de espacio para contestarlas y fijación de penosas sanciones en caso de falsedad o inexactitud. Entre quienes se dedican a la redacción de formularios, la oscuridad de las preguntas se consigue recurriendo a la ambigüedad, a la incongruencia y a la jerigonza. Pero algunas de las más usadas se repiten automáticamente en toda suerte de formularios. Así, es corriente situar un recuadro en el ángulo derecho de la parte superior, que reza:

Declaración referida al mes de

Como sea que uno ha recibido la hoja-formulario el día dieciséis de febrero, no sabe a ciencia cierta si la declaración habrá de referirse al mes pasado, al actual o al próximo. Esto únicamente lo sabe el organismo remitente, el cual, por ser quien pregunta, no tiene por qué responder. A renglón seguido el técnico en ambigüedades, en estrecha colaboración esta vez con el especializado en espacios exiguos, ha concebido el siguiente encasillado:

No parece quedar excluido de la obligatoriedad de llenar el encasillado quien, aparte de sus títulos de coronel, lord, profesor o doctor, resulte llamarse Alexander Winthrop Percival Blenkinson-Fotheringay, y residir en Battleaxe Towers, Layer-de-la-Haye, en Lincon-shire-parts-of-Kesteven. Sigue una casilla para el “domicilio” que, después de haber llenado la de la “dirección”, sólo será capaz de cumplimentar un especialista en derecho internacional, y luego una misteriosa referencia a la naturalización. Finalmente, las palabras “Estado legal” dejan perplejo al declarante, que no sabe si poner “Almirante retirado”, “Casado”, “Ciudadano norteamericano” o “Director gerente”.

Entra aquí en funciones el especialista en incongruencias, debidamente asistido, al igual que el anterior, por el suministrador de espacios encogidos, para insertar las casillas siguientes:

A medio terminar tan primorosa pieza, le llega el turno al especialista en jerigonzas, el cual saca de su cabeza algo por el estilo:

Circunstancias especiales253 que se alegan para justificar la asignación concertada objeto de la petición relativa al período a que se refiere la primera instancia143 háyase o no revisado la primera cuota, y en qué sentido y con qué propósito, y si ésta u otra solicitud presentada por otro interesado o interesados ha sido denegada por otra autoridad de la Sección VII35 o por cualquier otra razón, y si tal resolución fue recurrida en alzada y con qué resultado y por qué.

Finalmente, el formulario llega a manos de otro técnico que señala y limita el espacio reservado a las firmas, como digno colofón de todo lo que precede.

Todo aparece aquí claro, salvo tal vez el final donde puede originarse alguna confusión por si la fotografía y el dedo pulgar han de ser las del testigo o las de Yo/nosotros.

La experiencia ha demostrado que cuando a un gerente de edad avanzada se le obliga a emprender cierto número de viajes aéreos y se le conmina a declarar por escrito bajo juramento sobre los principales acontecimientos de su vida privada, no tarda en solicitar el retiro. Y aún se han dado varios casos en que el tratamiento ha producido efecto antes de ponerse en marcha. Ha habido presidentes que con el solo anuncio de una próxima conferencia en Estocolmo o en Vancouver se han dado por suficientemente convictos de haber alcanzado la edad del retiro. En la realidad, apenas si es necesario recurrir a tan severos métodos. El último de los registrados ocurrió poco después de la segunda guerra mundial. Se trataba de un alto funcionario de una resistencia física poco común, y no hubo más remedio que enviarle a Malaya a realizar una gira de inspección por las minas de estaño y las plantaciones de caucho. Deliberadamente se decidió que el viaje había de efectuarse en enero, y, además, en un avión a reacción, para que los cambios de clima y temperatura resultasen más bruscos. Al aterrizar a las 5.52 de la mañana (hora de Malaya), fue obsequiado de buenas a primeras con un cocktail de honor, inmediatamente seguido de otro que se le ofreció en el hotel, situado a quince millas de distancia de donde había tenido lugar el primero. Luego, a la hora del almuerzo, se le dio un banquete en un tan pintoresco como distante paraje (otras once millas, pero en dirección opuesta). A eso de las 2.30 de la madrugada pudo meterse en cama, pero a las siete en punto estaba ya a bordo de otro avión que lo dejó en Ipoh con el tiempo justo para tomar un somero desayuno y visitar dos inmensas plantaciones de caucho, una mina de estaño, unas grandes factorías de aceite de palma y una fábrica de conservas de bananas. Después de almorzar en el Rotary Club, se le hizo visitar una escuela, una clínica y una cooperativa, con cocktails y refrigerios en cada uno de estos lugares, para acabar con un banquete al estilo chino en el que se sirvieron veinte platos distintos, seguidos de numerosos brindis en grandes cubiletes llenos de brandy. Las sesiones de trabajo propiamente dicho comenzaron al día siguiente y se prolongaron por espacio de tres días, si bien las sesiones se alternaban con recepciones de etiqueta, aparte los fastuosos banquetes que se celebraban por las noches al estilo de la India o de Sumatra. Nadie pudo darse cuenta de la severidad excesiva del tratamiento hasta el quinto día, en que el distinguido visitante no podía salir por sus pies a la calle, de no ir acompañado de un secretario que le sostenía por un lado mientras otro funcionario de menos categoría le sostenía por el otro lado. No falleció, sin embargo, hasta el sexto día, dando lugar a variados comentarios sobre si la muerte se había producido por cansancio o por agotamiento orgánico. Esta clase de métodos merecen hoy día general reprobación y se estiman además innecesarios. Y es que la gente ha ido aprendiendo a retirarse a tiempo.

Queda no obstante por resolver un problema de la mayor importancia. ¿Qué es lo que debemos hacer cuando se acerca para nosotros mismos la edad del retiro admitida como buena para los demás? Porque, naturalmente, el caso de cada uno es siempre enteramente distinto. Concediendo incluso que en el curso de nuestra carrera no hayamos descollado hasta el punto de asombrar a nadie ¿dónde están los verdaderamente capacitados para sucedemos en el cargo? No será, pues, sin contrariar a nuestros más íntimos sentimientos que accedamos a permanecer en nuestro puesto durante algunos años más, no ya en beneficio propio sino en el de la colectividad que en nosotros confía. Es por esto por lo que, cuando se nos acerca uno de los más conspicuos miembros del consejo de administración para indicamos la conveniencia de participar en una conferencia que habrá de tener lugar próximamente en Teherán o en la Conchinchina, procuramos sacudírnoslo expresándole nuestra profunda convicción de que todos estos congresos internacionales no son más allá que pura filfa, sin otro objetivo práctico que el de procurar unos días de regalo y diversión a los participantes. “Por lo demás, concluimos, he tomado una determinación, que es la de salir inmediatamente para dedicarme durante un par de meses a la pesca del salmón. Hasta fines de octubre no estaré de vuelta, y para entonces espero que en las oficinas habrán ya extendido todos los formularios que sean del caso. Me es indiferente la clase de declaraciones que pongan en ellos. De todos modos los voy a firmar sin dejar de imprimir el pulgar donde mejor conviniere. Conque, señores, hasta la vista, y que les vaya bien”. La verdad es que nosotros hemos aprendido a tiempo la manera de forzar a nuestros predecesores a que pidieran el retiro. Los que deseen el nuestro tendrán que buscar sus propios métodos.