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Primera jornada
AMOR A LA VIDA
Un año más había llegado la hora de planificar las vacaciones. Desde mi divorcio, ése era un momento de liberación. Durante quince años, las fechas y los lugares de disfrute por el tiempo trabajado fueron un pequeño martirio impuesto por el que era mi marido. Su criterio prevalecía ante el resto del mundo. Los primeros años, el destino no me importaba; disfrutaba en la playa, en la montaña, en la ciudad. Pero, pasados cinco estíos, surgió en mí la inquietud de proponer viajes que me parecían interesantes. La generosidad no fue recíproca: mis ideas nunca fueron bien recibidas. Durante quince años veraneamos en Peñíscola del 1 al 15 de agosto.
Habrá a quien le parezca una frivolidad que me queje de algo así, pero en todos los actos de la vida tan importante es el fondo como la forma. La imposición sin opción, sin derecho a plantear otras posibilidades, se convierte en una jaula de oro.
En este punto de mi vida sólo yo marco la ruta que voy a seguir, todo un lujo para una persona que siempre se ha visto «programada» por sus padres, sus estudios o su pareja. Sobre el escritorio tenía varias opciones: viajar de nuevo con una ONG, asueto total o un curso de verano en una universidad cualquiera.
Me decidí por esto último. Rellené el boletín de inscripción y aboné el coste de la matrícula. Nunca antes había asistido a un curso de verano. El título era revelador: «El amor que es vida». Era consciente de que nunca había hallado el amor verdadero, el amor que nace de la admiración, de la generosidad, el amor sincero. Tenía que escuchar a un experto y averiguar cuáles eran las claves para hallar ese «quinto elemento».
El amor es la energía que llena nuestra vida, que nos hace caminar seguros, pero cuando el amor es enfermizo se convierte en un freno. Ésa era mi experiencia y por eso elegí ese curso. Necesitaba saber más del amor sólido. Quería saber por qué a mí no me había tocado con su varita. Por qué sólo había conocido a hombres egoístas. Siempre digo a mis amigas que «los hombres me han querido tanto que me han ahogado», lo que significa que no han sabido quererme, es decir, darme el valor, la libertad y la alegría que cualquier ser humano sensible necesita.
Me llamo Inés, tengo cuarenta años y una hija maravillosa. Me casé muy joven y enamorada, ése fue el problema. Dejé en un segundo plano mi profesión como redactora en un importante diario regional y centré mi vida en amar a mi marido y ayudarle a escalar puestos en su profesión. Conseguí ambos objetivos: le quise hasta el punto de doblegarme, y le apoyé hasta que alcanzó un puesto directivo más que relevante. Sin embargo, no logramos la felicidad que una pareja debe compartir; su egoísmo le llevó a olvidar que su mujer y su hija tenían valor y exigían un lugar en su vida.
Bajé del tren en San Sebastián, cogí un taxi y llegué a mi hotel, junto al Palacio de Miramar. La vista que tenía ante mis ojos me prometía una experiencia extraordinaria. El Cantábrico perfilaba el horizonte y me brindaba serenarme con su potencia.
Al día siguiente acudí, ilusionada, al Palacio de Miramar, donde iba a tener lugar el curso. Éramos doscientos alumnos. La mayoría, profesores, estudiantes y psicólogos ávidos de contrastar datos y aprender nuevas teorías. En mi caso, mis motivaciones eran la curiosidad periodística y, sobre todo, buscar explicación a mi experiencia personal con ese sentimiento no hallado. (Más tarde descubrí que entre esa amalgama de seres había personas fantásticas, llenas de amor, que me enseñaron a amar sin límites para vivir en plenitud.)
En el aula se respiraba un ambiente muy agradable. Todos nos habíamos apuntado a ese curso libremente y con mucha pasión por la escucha activa. El profesor era un reconocido psicólogo.
Las primeras filas ya estaban ocupadas, así que tomé asiento por en medio. La expectación era máxima. Se abrió la puerta del estrado y el profesor entró y llenó el aula. Su sonrisa, su presencia y naturalidad rompieron cualquier barrera. Sólo los optimistas vitales, las personas sanadoras, llenas de amor, son capaces de conseguir ese impacto que atrapa y cautiva. Mi mundo se detuvo en ese instante. Aún no sabía que las palabras de aquel hombre iban a ser cruciales en mi futuro.
«¿Amar para vivir o vivir para amar?» Así comenzó la disertación. Tras esa rotunda pregunta, empecé a tomar notas.
«El amor más puro y más fuerte no es el que sube desde la impresión sino el que desciende desde la admiración —prosiguió—. Comenzamos la segunda década del siglo XXI y, después de tantos años y de tanto como se ha escrito sobre el amor, las primeras preguntas obligadas para nosotros, en un momento de la historia en que disfrutamos de más libertad que nunca, en una sociedad más consumista e hipersexualizada que nunca, serían: ¿cómo amamos hoy? ¿Son saludables las relaciones amorosas en general?
»El sexo siempre ha sido un potentísimo cóctel de hormonas en el torrente sanguíneo del hombre y de la mujer, lo era hace dos millones de años y lo es en la actualidad. Alguien dijo que la sexualidad es la trampa inteligente de la naturaleza para que la vida no cese. Por eso el amor en su faceta química de simple activador del apareamiento es vida, es condición necesaria. Sin sexualidad no habría vida humana.»
Inteligente modo de comenzar, afirmó mi cerebro. En mi matrimonio, el sexo no había sido un problema. El juego sexual, la pasión, la atracción química se dio desde el primer instante. Pero el sexo sin el ingrediente fundamental que viene del corazón tiene un futuro limitado. Lo dijo Cyrano de Bergerac: «El amor es la pasión por la dicha del otro». Continué tomando notas...
«¿Qué sucede con el amor romántico, el de Romeo y Julieta y el de tantos miles de enamorados? —Ésta fue la siguiente rama conductora—. Es cierto que en el pasado existieron muchos sueños de amor romántico que no llegaron a cristalizar en el matrimonio porque los enamorados no eran libres de casarse y los enlaces eran pactados por los progenitores, como sucede todavía en algunas culturas. La mujer, en mayor medida que el hombre, se casaba con una persona de la que no estaba enamorada. Los motivos económicos de los padres tenían más peso que el amor de la hija... En nuestros días, en pleno siglo XXI, la gente suele casarse por amor, llega al matrimonio o a la relación de pareja porque se siente enamorada y porque existe una poderosa atracción química con la otra persona (amor químico). Siempre que el noviazgo se viva como el aprendizaje de una asignatura, desde el enamoramiento ilusionado se pasa a una relación amorosa, plena y madura. “Pobre amor al que la fantasía deja de hacerle compañía”, dijo el poeta Arturo Graf. ¿El amor es condición sine qua non para tener relaciones sexuales? No. En la actualidad, la liberación sexual es presentada como algo normal, natural y gratificante por los medios de comunicación, lo que facilita el encuentro y la práctica del sexo entre las personas. Las facilidades que brinda internet para comunicarse favorecen unas relaciones amorosas en las que la fidelidad, el compromiso y la renuncia que exige el amor sólido no son lo habitual, salvo que la persona tenga una profunda formación y educación en valores y un elevado coeficiente de inteligencia emocional que le proporcionen una alta consistencia interna. Como cantaba Bob Marley, “amor que pudo morir, no era amor”.»
Sencillas y sabias reflexiones iban llenando las blancas páginas de mi cuaderno. Internet, qué mundo más heterodoxo... Pensé entonces en la tarde en que Jorge me rogó que no pidiese el divorcio. Volvió a prometerme un cambio en su hosco carácter. Mi negativa fue rotunda. Hasta entonces había creído que las personas pueden moldear su carácter por amor, y ya había quemado una década de mi vida deseando que eso ocurriera con Jorge. No fue así, y después de diez años de paciente espera, de apostar por mi matrimonio, de olvidar incluso mis deseos por los suyos, mi decisión no tenía vuelta atrás. Esa misma tarde, tras haberle confirmado que quería separarme, junto al teclado del ordenador, en su despacho, vi un papel en el que había anotado varias direcciones de páginas de contactos y agencias matrimoniales de internet. Sentí un pinchazo en el estómago. No hubo en Jorge duelo ni luto.
«¿Es cierto que evolucionamos desde una sociedad básicamente “sólida” a una sociedad “líquida”, como sostiene Zygmunt Bauman? En su interesante libro Amor líquido, este sociólogo polaco de origen judío afirma que la posmodernidad que nos inunda y condiciona está rompiendo los anclajes de la vieja “sociedad sólida”, esa que nuestros antepasados construyeron sobre unos cimientos firmes y estables, como son la familia, el empleo, las instituciones políticas... Esa sociedad está dando paso a otra que él llama “líquida” e inestable, en la que la fidelidad, la renuncia, el compromiso y la estabilidad familiar e individual se están volatilizando, perdiendo. Corremos el riesgo de que las instituciones y los individuos floten a la deriva en una sociedad gaseosa y sin la menor solidez. El tener, el aparentar y el consumir sin control contaminan a los individuos. El “amor líquido” es consecuencia de la “sociedad líquida” en la que nos hallamos, que no se plantea vínculos duraderos en el amor. Se cree que los vínculos de por vida crean una dependencia paralizante en la que las pérdidas superan a los beneficios. Hoy la sexualidad está liberada del amor, se practica a salto de mata. Esto puede ocasionar conflictos personales y generar una falsa felicidad que dejará un vacío permanente en la persona adicta al sexo sin amor.»
Parecía que cada situación en la que se adentraba el psicólogo tenía un ejemplo práctico en mi vida. El sexo liberado del amor y la falsa felicidad tenían un nombre: Elisa. Mi amiga parecía feliz cada vez que se acercaba la noche del viernes. Desde hacía unas semanas se encontraba con un joven modelo con el que disfrutaba sin límite del sexo. El sábado salía de copas y solía terminar de forma parecida con cualquier nuevo amigo. Y el lunes... el bajón. «¿Por qué los hombres no quieren compromisos con mujeres libres como yo?», se preguntaba siempre Elisa. Tal vez la respuesta estaba en las palabras del profesor...
«El sexo con amor o sin amor en una sociedad “líquida”, vacía y sin solidez, facilita y hasta propicia las separaciones y los divorcios porque las relaciones pasajeras, de “usar y tirar”, se consideran algo normal. Como afirma Bauman, “la felicidad va asociada con la movilidad y no con un lugar”. —Ahí iniciaba la respuesta—. En esta sociedad líquida, las relaciones afectivas duraderas y el compromiso no cuajan, no cristalizan fácilmente. La inmadurez emocional en la que nos hemos instalado hace que cuando logramos satisfacer un deseo apenas nos paremos a vivirlo y disfrutarlo, perdemos el interés y pasamos a desear y a consumir algo nuevo. Entramos así en un bucle de insatisfacciones que nos lleva a una permanente inconsistencia mental y emocional. “El amor no es sólo un sentimiento, es también un arte”, decía Balzac.»
Me sentía muy cómoda en aquella aula de ese antiguo y hermoso palacio. Desde el inicio, las palabras del psicólogo eran tan reales que me tenían completamente absorta y ajena a las personas maravillosas que respiraban a mi alrededor.
Dos afirmaciones del profesor me llamaron poderosamente la atención. La primera: «El 45 % de los jóvenes de todo el mundo han hecho el amor con un desconocido en la primera noche de su cita». La segunda: «La infidelidad se dispara». Se refería en ambos casos al amor reducido a un sentimiento pasajero. Las relaciones inconcretas, en las que no está claro lo que se pretende, son cada vez más numerosas. Las consecuencias de esta indefinición, explicaba, son las decepciones, las falsas ilusiones y los malentendidos. Mientras que una persona se toma muy en serio ese acercamiento sexual y puede tener esperanzas de futuro, para el otro se trata de una experiencia pasajera, fugaz, sin mayor importancia.
Sonreí con cierta tristeza al recordar que mis compañeros más jóvenes de la redacción comentan con risas todos los lunes sus intensos fines de semana. Con alrededor de veintiocho años, les asombran las cosas que las chicas de dieciocho les proponen en un bar cualquiera un sábado por la noche. Su promiscuidad les sorprende. Esos chicos y chicas con exceso de «hormonas» pertenecen a una generación que nada tiene que ver con la mía. En mi visión del sexo, el deseo y el amor van generalmente fusionados; lo de practicar el sexo a «salto de mata» no va conmigo. Pero es cierto que no se puede ignorar ese tipo de relaciones líquidas, sin sentido, que se dan en muchos jóvenes y adultos.
Mi amiga Elisa y mis compañeros de trabajo no eran ejemplos aislados. Había escuchado a muchos hombres de entre treinta y cuarenta años relatar en una cafetería cualquiera de mi ciudad que bastaba chatear unos minutos con algunas mujeres para que les enviaran fotografías de ellas desnudas, o que tras un par de conversaciones vía Facebook quedaban, cenaban y tenían relaciones sexuales. Tengo amigas que cuando se sienten estresadas por su trabajo de abogadas y directivas lo que anhelan es un encuentro casual en un bar de copas con un desconocido de buen ver y acabar la noche abandonadas a la pasión.
¿Qué ocurre con la relación amorosa? ¿Por qué sólo interesa el sexo sin compromiso? ¿Por qué cada cuatro minutos una pareja se va al traste? Son preguntas que yo misma había planteado en entrevistas a sexólogos y psicólogos.
«Según un estudio realizado en 2012 por la empresa FriendScout24, entre los dieciocho y los veinticuatro años la infidelidad es la causa más frecuente de las rupturas. En las parejas de entre veintiséis y treinta y cinco años el miedo a comprometerse y el que la otra persona no se tome en serio la relación es la causa del 21 % de las rupturas. En torno a los cuarenta y cinco años el problema más preocupante es que si no hay amor no hay química ni respeto. A partir de los cuarenta y cinco años, el 20 % de las relaciones terminan porque “se murió el amor”. Estos datos nos hablan por sí mismos del deficiente estado de salud del amor a día de hoy. Son signo de la deficiente salud de las relaciones amorosas de los españoles. El amor de verdad, sólido, con esperanza de futuro, es clave para la felicidad personal, familiar y social, pero está claro que no es la norma. Estos hechos deberían ser un revulsivo para que todos fuésemos capaces de lograr un coeficiente intelectual más alto en inteligencia emocional. Es una medida previa para conseguir una relación amorosa más firme y madura. —Aquellos datos contestaron a parte de mis preguntas—. Más inteligencia emocional en nuestros semejantes sería un buen aderezo en cualquier posible amigo, novio o compañero de trabajo. Seguro que un curso de veinte o treinta horas sobre inteligencia emocional aplicada a las relaciones conyugales y de pareja reduciría en un 20-30 % el número de rupturas matrimoniales en cualquier país.»
Recordé en ese instante a Rafa. Uno de los hombres más interesantes que he conocido. Unos cuantos años más joven que yo, altísimo, guapo, inteligente y con una vasta cultura. Rafa fue durante unos meses un bálsamo, un ángel, la medicina que me ayudó a recuperar mi autoestima y mi vida. Tras dos años de divorcio y sin necesidad de buscar otra pareja, apareció él. Fue en una cena de trabajo con compañeros de otros medios de comunicación. Me conquistó desde el primer instante por su sentido del humor. Reímos, paseamos, bailamos a la luz de la luna y nos despedimos. Él se marchaba de vacaciones al otro lado del mundo. Durante un mes nos llamamos constantemente, a diario, con necesidad. A su regreso sentimos la urgencia de vernos, de conocernos, de querernos. La relación se consolidaba, primero nos veíamos los fines de semana y meses más tarde empezamos a comer o a tomar café casi a diario... Pero la falta de inteligencia emocional de Rafa mató el amor. Su sentido del humor se tornó ácido cuando sus propuestas no eran aceptadas. Cada vez reclamaba más dedicación, y mi trabajo, admirado en primera instancia, comenzó a convertirse en un problema. Cumplió dos de los doce «puntos certeros contra el amor»: pretender imponer su criterio en todo momento y ponerse en lo peor cuando no se podían cumplir sus deseos y caprichos. Se tornó impertinente, áspero, nunca se sentía satisfecho o contento. Recriminaba constantemente la falta de tiempo que pasábamos juntos. Hacía un drama de cualquier nimiedad. Tras mi fracasado matrimonio por un comportamiento similar, no dude en poner fin a una relación que se tornaba tóxica.
Paradojas de la vida, ahí estaba yo, escuchando atentamente, junto al mar, un resumen de mi vida hasta el momento. En ese instante el profesor pronunció una frase de un ilustre aragonés que me devolvió a la sala.
«Decía Santiago Ramón y Cajal que “es propio del amor, si es verdadero, compendiar en un ser el mundo entero”. Es una de las afirmaciones más bellas que se han dicho para definir el amor. El ser humano tiene que ser consciente de la necesidad de amar y ser amado. Hay que tomarse la relación en serio, ser conscientes de que nuestros actos tienen consecuencias. En toda relación amorosa la convivencia es difícil y por eso es necesario asentarla sobre sólidos cimientos. Conocernos a nosotros mismos y conocer a la persona con la que iniciamos la relación es crucial.»
Así había sido también en mi agridulce experiencia matrimonial. Rememoré de pronto, con intensos fotogramas, imágenes de mi noviazgo, primero y único hasta entonces. Una circunstancial amistad nos unió. La distancia nos separaba, pero poco a poco las cartas pasaron a segundo plano. Los fines de semana resultaban muy cortos. Instauramos una cita los miércoles para amortiguar la distancia temporal.
La química nos cegó. Ahí comenzó el error.
La química amorosa lo emborrona todo tanto que se pasan por alto aspectos de la personalidad del otro que es fundamental conocer para una relación madura y duradera.
Jorge, en el fragor amoroso, no manifestó su inseguridad, sus celos patológicos, su personalidad violenta. Al contrario, se mostraba como un caballero seguro, tolerante y sereno. Decía estar orgulloso de mi trabajo. «Me encanta estar al lado de una mujer inteligente, independiente y respetada por sus compañeros», afirmaba con una sonrisa.
Qué triste el día en que, tras seis meses de matrimonio, me dijo que dejase mi empleo en la redacción y nos marchásemos a un pequeño pueblo en una provincia deprimida. «Nunca alcanzarás un lugar relevante en tu profesión —comentó con mucha seguridad—. Mi sueldo y mi trabajo nos dan de comer. Tendrás que despedirte y estar a mi lado, cariño.»
Estaba enamorada y embarazada. Acepté con poca lucha su decisión. Marché directa, sin saberlo, al largo martirio de más de veinte años. Aunque las espinas duelen, la belleza de la rosa es tan grande que al contemplarla unos instantes se olvida el dolor sufrido. Eso me decía yo una y otra vez.
Nació mi hija. Para mí, la felicidad. Para Jorge, un motivo más de amargura.
«Algunos psicólogos hablan de “heterobenevolencia”, es decir, amor de verdad. El amor que sale de lo más hondo del ser humano, el que es capaz de condicionar la propia felicidad a la de la persona amada. Contigo y por ti soy más, me siento mejor, y hacerte feliz es mi proyecto de vida. —El profesor acababa de enunciar una fórmula que en absoluto podía aplicarse a mi ex marido—. La escucha activa y la empatía con una actitud acogedora y positiva, con deseos de que el encuentro con el otro resulte óptimo, es un pilar importante en una relación. Esto debería ser algo normal. Para ello hay que despojarse del egoísmo cerril e infantil y de la necesidad de tener siempre la razón. En el amor, el principio del buen entendimiento más inteligente es el GANO-GANAS. Las relaciones conyugales y de pareja sólidas y con futuro se asientan en un amor sano que tiene cinco pilares como base. —Los que seguíamos el curso bajamos la cabeza al unísono para tomar nota con enorme interés—. El primero, tener fe en el amor, en uno mismo y en el otro. El segundo, respetar y aceptar al otro como es. El tercero, escuchar de manera activa y empática, acogedora y muy positiva. Nos atendemos, nos pensamos y nos sentimos el uno al otro. El cuarto, saber perdonar, transigir y ponerse en el lugar del otro. Y, por último, el quinto, vivir y disfrutar gozosamente del día a día de la vida, compartiendo la propia plenitud con la del amado. La consistencia de estos cinco pilares constituye la garantía del mejor amor posible. El futuro de esa pareja será más factible si los pilares son actitudes que ambos, no sólo uno, viven y aportan.»
A cada minuto sentía que aquel curso iba a aportarme algo especial. El inicio no podía ser más gratificante. En apenas una hora todo lo que yo había pensado durante más de dos décadas había llenado la sala de altos techos y bello friso. Para mí, las afirmaciones del profesor no eran simple teoría. Mi nombre podría haber estado escrito al dorso del historial relatado.
Suspiré profundamente. Fijé mi vista en las coloristas cristaleras que filtraban la potente luz del Cantábrico y permanecí así unos instantes.
Cuántas luchas perdidas. Cuánta energía derrochada en el intento de cambiar a la persona amada. ¿Por qué nos empeñamos en modificar al otro? ¿Por qué no saboreamos con más calma el inicio de las relaciones? El origen de los desencuentros está ahí, así lo había aseverado el experto.
Más relajada, dediqué unos instantes a observar a mis compañeros en esa experiencia veraniega. A mi izquierda, varias mujeres. A mi derecha, un hueco vacío. En la fila de delante, supuse, varios alumnos de psicología. Al otro lado del pasillo, a la derecha, me sorprendió una intensa mirada que colisionó con la mía. El encuentro fue tan inesperado que retomé de golpe mi posición de escucha.
«“Quien no amó nunca, no ha vivido jamás”, afirmaba John Gay. —Al oír eso, reaccioné sonriendo como una niña—. El amor es una asignatura. En lo más profundo de las necesidades básicas está la seguridad, el cobijo, la autorrealización. Pero vivimos por y para amar. Amar y ser amado es primordial, nos confiere unidad, plenitud, trascendencia.»
El amor como asignatura. Nunca me lo había planteado desde esa perspectiva. El amor es un aprendizaje permanente, una asignatura en la que nadie lo sabe todo. Naturalmente. El interés por el desarrollo de este concepto me arrastró.
«Al amar amamos. Al amar nos amamos. Al amarnos a nosotros mismos necesitamos hacer al otro partícipe de nuestra felicidad amándole. Así logramos el principal objetivo de nuestra vida. Le damos sentido, convertimos esta vida de plenitud amorosa en nuestro cielo en la tierra. La vivencia de un amor sólido nos transporta a una dimensión espiritual y de comunicación con la persona amada. Esto nos unifica y completa. Participa en un vendaval de amor y pasión con intermitencias constantes de inmensa paz, felicidad y sosiego interior. Sólo quien haya amado de verdad podrá entender esta descripción. Sólo quien haya amado de verdad se ha instalado en ese “campamento base”», dijo el profesor con una energía y una dulzura inmensas.
Ahora sí estaba perdida. A lo largo de mi vida había sentido alguno de esos refuerzos como alimento del alma. Sólo frágiles proporciones. Había enviado amor, mucho amor, pero el bumerán amoroso no había regresado. Buscaba períodos de convivencia irradiando amor. Buscaba ese campamento base. No lo hallaba.
Miré instintivamente a mi derecha. Los ojos me perturbaron de nuevo. Pero esta vez mi instinto y mi educación me permitieron devolver la sonrisa al desconocido.
«“El amor es un poema enteramente personal”, decía Balzac. Amamos para vivir y vivimos para amar, ésa es la premisa. Para lograrlo, por pura lógica, tenemos que querernos a nosotros mismos. —Esa frase me atrajo, pero aquella mirada desconocida me tenía intrigada—. Aprender el sentimiento del amor en las propias carnes es imprescindible. La pregunta es: ¿cuándo empezamos a sentir la experiencia del amor a nosotros mismos?»
El profesor desarrolló la teoría de que en el momento de la concepción se inicia el amor a nosotros mismos. En el amor con el que nos conciben nuestros padres, en sus caricias, sus miradas de acogida, su ternura, su dedicación...
«Aprendemos todos los sentimientos de nuestros padres, de las personas que nos rodean. Aprendemos el amor sintiéndolo, recibiendo amor a raudales de nuestro universo familiar, de los amigos, de los profesores, etc.
»¿Cómo podemos estar seguros de que nos amamos y de que estamos capacitados para amar a los demás? —El profesor se levantó de la silla que había ocupado durante casi dos horas. Recorrió el estrado, bajó el escalón y, apoyado en un extremo de la larga mesa, enumeró los cinco puntos que componían la respuesta—: Nos amamos a nosotros mismos si nos aceptamos, si nos cuidamos, si nos comprendemos. Si aceptamos la realidad que nos ha tocado vivir e intentamos mejorarla. Para querernos debemos sentirnos únicos e irrepetibles, debemos confiar en nuestro potencial y ponerlo a nuestro servicio y el de los demás. Pero algo muy importante a la hora de valorar si nos queremos bien es no compararnos con nadie. Si además somos honestos y tenemos alta estima de nosotros mismos, estaremos capacitados para amar a los demás.»
—¿Tienes el amor como asignatura? —me preguntó el dueño de los ojos de mirada profunda.
Habíamos hecho una pausa para el café. El parloteo en aquella aula tan señorial era animado pero sin estridencias. Tengo por costumbre esperar a que los demás salgan. Guardar el bolígrafo y la libreta, mirar los mensajes del móvil, ordenar mi bolso son actos que componen mi liturgia en los recesos. No sabía en qué momento esos ojos se habían acercado a mí. El aula se hallaba prácticamente vacía, sólo unos cuantos alumnos seguían allí sentados. El rector había entrado para saludar al profesor y ambos se disponían a salir.
—Perdona si ha sido una pregunta demasiado osada para romper el hielo... —dijo con una dicción impecable—. Me llamo Gerardo, somos compañeros de fila.
Un pinchazo en el estómago. Me sentí halagada, especial y tranquila. Todo en décimas de segundo. Y eso ante una pregunta a la que en ese momento no habría sabido responder.
—Estás disculpado, no te había oído. Soy Inés, encantada.
Tras mi fórmula estándar de saludo aplicada a una situación inesperada, se hizo un intenso silencio, al que le siguió una invitación a café. Acepté.
Bajamos las estrechas escaleras de caracol, recorrimos amplios pasillos de cerámicas blancas en el suelo y en la pared y, tras bajar dos tramos de amplios escalones, llegamos a la cafetería universitaria.
—¿Solo? —preguntó Gerardo con una sonrisa amiga.
—Un cortado, por favor —dije con seguridad, como si fuese una decisión importante.
Compramos el tíquet correspondiente y charlamos sobre lo que llevábamos escuchado de ese seminario que iba a durar tres días. Mi deformación profesional lo sometió a un intenso pero sutil tercer grado. Averigüé que era profesor en un centro superior de enseñanzas artísticas en una ciudad de enorme magnetismo.
Quince minutos más tarde iniciamos la peregrinación de regreso al aula. De nuevo seguí mi rutina de espera. Fuimos los últimos en echar a andar y llegamos a lo alto de la escalera de caracol sin complicaciones de tráfico. En esta segunda parte de la jornada el asiento antes vacío a mi lado quedó ocupado por el profesor de Granada.
Según el programa, teníamos dos horas por delante. El psicólogo explicó que se disponía a matizar lo que había apuntado en el apartado «El amor como asignatura» y a continuación cerraríamos con preguntas y debate.
«La falta de un amor a nosotros mismos verdadero y sano activa mecanismos que desencadenan problemas en la convivencia conyugal. Si ese amor o autoestima falta, estaremos excesivamente preocupados porque nos amen. —El profesor insistió en que querernos a nosotros mismos es la base para poder amar con salud—. La falta de madurez psíquica, que suele acompañar a la falta de autoestima, exacerba la fantasía del enamorado. No ve la realidad. Prefiere creer que la felicidad viene de fuera. La mujer piensa que se ha enamorado de un príncipe azul y el hombre se monta la película de que se ha enamorado de una diosa del Olimpo. En esta etapa del noviazgo pocos son los que ven la realidad del otro tal cual es. Deciden ver lo que desean y necesitan ver.»
Yo recordaba bien las consecuencias de esta enajenación mental transitoria. Comencé a sufrirlas antes de haber cumplido el primer aniversario de boda. La infravaloración se adueñó de mí. En la parte contraria surgió el despotismo. El amor de Jorge era un amor enfermizo y tóxico, y lo mantuvo cinco años largos después del divorcio. «Te amo porque te necesito —me decía tras las primeras peleas—. Sólo tú me haces feliz.» Nuestro amor nunca creció. No supimos amarnos con plenitud. Nos dejamos las máscaras puestas. No nos conocíamos y no nos escuchábamos. No me atrevía a ser yo misma. El miedo a perder al ser al que amaba me impidió ser feliz y tomar decisiones. El miedo nunca debe gobernar nuestra vida.
«Cuando el amor es una asignatura —volví a prestar atención—, tenemos que reparar en un detalle importante. Investigaciones realizadas en los últimos años nos dicen que las personas nos enamoramos entre cuatro y seis veces a lo largo de la vida. Estoy de acuerdo. A mi entender, el amor de enamoramiento, el que Ortega y Gasset calificó de “imbecilidad transitoria”, sí es posible que se dé entre cuatro y seis veces en el ser humano.»
Cierto. Son muchas las personas que pasan por varios noviazgos antes de casarse o de formar pareja. Yo, en cambio, no tuve más novios que mi marido. Me pregunté si mi matrimonio no había cuajado precisamente por el hecho de no cumplir la estadística... Pero seguramente la causa fue la incompatibilidad de caracteres, que existe. No se descubre en la etapa química, aflora después entre caracteres irreconciliables. Es absolutamente real. Lo he testado y comprobado en mi propio ser. Como también es verdad la reflexión del profesor sobre el sacrificio por piedad.
«Sacrificarse por el otro para no hacerle daño cuando la relación hace aguas es una mala decisión —dijo clavando la mirada en cada uno de nosotros, como si intentase averiguar quién era el ejemplo presente—. Cuando el amado ya no te ama, lo más aconsejable es no presionar. Persistir será inútil, sólo conseguirás hacerte un grave daño psicoemocional a ti mismo y exasperar al que te abandona. La elegancia de aceptar la situación y soltar amarras es lo más sano.»
Pensé en la palabra «elegancia». Un objetivo en mi vida, en mis actos. La elegancia denota equilibrio en la educación. Dejar marchar con elegancia... Puede costar toda una vida aprender algo así, y algunos no lo consiguen nunca.
En este punto, a pocos minutos para el final de la primera jornada, se inició el tiempo de preguntas y debate.
Entre las preguntas planteadas (estaba claro que el amor y el desamor interesaban enormemente a cuantos habíamos concurrido a la convocatoria), a la que el profesor dedicó más tiempo en su respuesta y, al mismo tiempo, la que suscitó mayor interés en los presentes fue una que todos nos hemos hecho en alguna ocasión. ¿Qué hacer cuando llega el desamor? ¿Cómo lo superamos? La voz provenía del fondo de la sala. Era femenina y bien timbrada.
El profesor se levantó de nuevo de la silla, bajó el escalón y se encaminó por el pasillo hasta el centro del aula.
«Apoyarse en la familia, en los amigos, en el trabajo nos fortificará. Cuando llega el desamor, el buen humor tiene que estar presente. No hay que dramatizar. Desde que el mundo es mundo, las personas se quieren y dejan de quererse. —Avanzó hasta situarse al lado de la mujer que había formulado la pregunta—. Una cosa está clara: la persona que nos ha dejado no merece nuestro tiempo, no debemos mendigar su amor. Hay que tener dignidad. Sin rencor. Llorar si necesitamos llorar, y prepararnos para el nuevo amor que nos renovará. ¡Sencillo!», concluyó abriendo las manos en señal de verdad.
Todos reímos. El profesor miró el reloj y se despidió hasta la mañana siguiente.
Esta vez inicié mi liturgia charlando con mi nuevo compañero de fila.
—Curioso, ¿verdad? —comentó Gerardo con una gran sonrisa—. Todo lo que hemos escuchado hasta ahora lo hemos vivido en primera o segunda persona. Sin embargo, tropezamos una vez y otra con la misma piedra. La aceptación de la ruptura nunca resulta tan sencilla como ha afirmado el profesor...
—Así es, llegada la ruptura, ¿quién no ha repetido con más o menos convencimiento aquello de «Podemos ser amigos»? —comenté con energía—. Algunas de mis amigas han seguido recibiendo llamadas de la pareja con la que habían acabado, o incluso han vuelto a intentar una reconciliación infructuosa. Nos engañamos tanto...
Salimos del aula y nos quedamos charlando unos minutos en los jardines del palacio que servía de marco a aquel encuentro de verano. El mar estaba precioso. La brisa acariciaba nuestras palabras. Nos despedimos hasta la mañana siguiente. Pensé que Gerardo era elegante.
Mi hotel se hallaba a escasos metros del recinto universitario. Entré en la habitación y revisé mis correos. Me di una ducha y salí a comer. Sabía dónde quería recalar. El restaurante tenía magníficas vistas a la hermosa playa. Una ensalada exquisita, una merluza al curry y una copa de buen vino alsaciano fue mi elección.
Con un té blanco saboreado sin prisa revisé el temario de la siguiente jornada.
El amor como proyecto era el primer punto. Lo acompañaban las preguntas: «¿Vivimos para amar o amamos para vivir? ¿Es la razón y el fin de tu vida ser amor y convertir tu vida en amor?».
La tarde relajada de paseo por la playa me aportó una serenidad nueva en mí. No había sido consciente de mi libertad hasta ese instante.
Me había considerado una mujer cobarde. Pero ¡no era verdad! Repasé a grandes titulares mi vida y por primera vez me di cuenta de que ¡era valiente! En el fragor de la batalla no había percibido mi fuerza. Fui capaz de tomar una decisión difícil. Tuve la fuerza de comenzar de cero en varias ocasiones. Me acompañó, eso sí, mi maravillosa hija.
Con tesón y superando muchos obstáculos, retomé mi profesión. Pensé en la apocalíptica frase: «Nunca serás nadie...».
Dirijo una prestigiosa revista especializada en turismo. Mi hija cursó estudios superiores. Hoy trabaja ejercitando su vocación en un hospital. Es feliz.
Curioso y estremecedor.
Las risas de unos niños me devolvieron al paisaje azul aguamarina que me envolvía. En ese instante me di cuenta de que sentía la vida con fuerza. Era consciente de mi felicidad. Había sido un gran día.