Capítulo 6

Al día siguiente, Georgina se desilusionó cuando llegaron a la pista de carreras y no vieron señales del marqués.

—Pensé que tío Ulric vendría a correr con nosotras —dijo quejumbrosa.

—No importa —la consoló Lara—, practicaremos corriendo juntas y quizá cuando venga, ambas le derrotemos.

Esto entusiasmó a Georgina y Lara le concedió una ventaja grande. Después mantuvo controlado a Glorious para que la niña ganara casi por un cuerpo de adelanto.

—¡Esto le parecerá muy bien al tío Ulric! —exclamó Georgina, excitada.

—Claro que sí.

Compitieron en dos carreras más y, cuando Lara consideró que era suficiente ejercicio para la niña, regresaron a la casa a través del bosque.

El sol se filtraba entre las ramas y todo a su alrededor era tan hermoso, que Lara empezó a tejer un sueño romántico y se sobresaltó cuando Georgina lanzó un grito.

—¡Ahí viene tío Ulric!

En efecto, era el marqués quien, montado en Black Knight, se dirigía hacia ellas. Tal vez debido a que Georgina se había emocionado tanto, Lara sintió que su corazón latía apresuradamente también.

El marqués ofrecía una imagen espléndida; casi, pensó la joven, como un caballero de la antigüedad que se dispusiera a matar un dragón. Hizo que Glorious se detuviera y dejó que Georgina cabalgara hasta su tío exclamando:

—¡Llegas tarde, para correr con nosotras, tío Ulric! ¿Sabes? ¡He derrotado a la señorita Wade dos veces!

—Lamento haberme retrasado y espero que me perdones —dijo el marqués hablando con Georgina pero mirando a Lara—. No he olvidado el compromiso que tenía con ambas y mañana trataré de ser puntual.

—Mañana es domingo —puntualizó Lara— y eso significa, milord, que tendremos que montar antes o después de ir a la iglesia.

Los ojos del marqués centellearon.

—Veo, señorita Wade, que está decidida a guiarme por el camino correcto.

—Lo que usted haga, milord, no es asunto mío. Pero creo que Georgina debe asistir a la iglesia.

—Por supuesto.

A Lara le pareció que él hablaba con cierto sarcasmo como si pensara que ella censuraba un lugar donde no se respetaba el día dedicado al Señor.

—¿Por qué no vienes a la iglesia con nosotras, tío Ulric? —preguntó Georgina—. Papá solía leer el Evangelio y así sonaba más interesante que cuando lo lee el pastor.

—Ésa es una invitación que deberé tener en cuenta —volviéndose hacia Lara, el marqués agregó—: No propongo competir con ustedes hoy porque supongo que sus caballos ya han hecho ejercicio suficiente para un día, pero sugiero que demos un paseo juntos. El guardabosques acaba de informarme que hay un cubil de zorros al otro lado del bosque y tal vez a ti te gustaría ver a los zorritos antes que los maten, Georgina.

—¿Que los maten? —exclamó la niña, consternada—. ¿Por qué los van a matar?

—Porque si los dejamos vivir ellos matarán muchos faisanes y también a los pollos de las granjas, lo que supondría que no tuvieses huevos para el desayuno.

Georgina lo pensó unos segundos y después preguntó:

—¿Harían todo ese daño los zorritos?

—Me temo que sí —le contestó su tío—. Pero por ahora olvida lo que les espera y piensa sólo que son muy jóvenes, lo que por desgracia para muchos de nosotros, no es algo que dure mucho.

Su forma de hablar hizo reír a Lara.

—¿De qué se ríe, señorita Wade?

—De que habla usted, milord, como si fuera Matusalén.

—Así es como me siento en estos momentos.

No dio ninguna explicación de la razón que tenía para sentirse así y, en silencio, puso a su caballo en marcha.

Vieron a los cachorros, que sólo eran unas bolas de pelusa y, como no había señales de la madre, Lara supuso que ya la habrían matado. Después ella y Georgina volvieron solas a la casa, ya que el marqués tenía que visitar una de las granjas.

—No quiero que maten a los zorritos —se quejó la niña.

—Yo tampoco —coincidió Lara—, pero cuando tengamos clase de ciencias naturales aprenderás que los animales se atacan unos a otros y que los zorros no sólo matan faisanes y pollos, sino también los conejos que tanto te gustan y cualquier animal que puedan cazar. Y no lo hacen sólo por hambre, sino porque les gusta matar.

Georgina se quedó pensativa.

—Es un pecado ser cruel con alguien pequeño e indefenso, ¿verdad, señorita Wade?

—Así es —afirmó Lara, pensando en lord Magor. Después de lo sucedido la noche anterior, comprendía por qué le temía tanto Jane y se preguntó a cuántas patéticas y solitarias institutrices habría doblegado por el miedo, destrozando sus vidas.

«Lo detesto», pensó. «Es un fanfarrón y un déspota, pero tarde o temprano le ajustaré las cuentas».

Pensó que tal vez acudiese al aula durante la hora del té, pero no fue así. Por la conmoción que se produjo en el piso de abajo, Lara se dio cuenta de que habían llegado el príncipe de Gales, lady Brooke y los demás invitados del marqués.

A pesar de la decisión que había tomado, cuando el aya hizo que Georgina se acostara y Agnes asomó la cabeza a la puerta de su dormitorio, Lara la esperaba con ansiedad.

—¡Venga rápido, señorita, y verá a las damas bajar a cenar! —le dijo la doncella.

Lara la siguió y subieron una escalera que llevaba hasta el piso siguiente, que era el más alto de la casa. Después recorrieron un estrecho pasillo y llegaron al centro de la mansión, desde donde podían verse los tres pisos y la gran escalinata que ascendía a cada uno de ellos.

—Nadie levanta la vista hacia aquí —le explicó Agnes—. Si se inclina usted sobre la barandilla, nadie lo notará.

Poco después se les unieron cuatro jóvenes doncellas, las cuales se turbaron un poco al ver a Lara, pero se tranquilizaron cuando ella les sonrió.

Abajo en el vestíbulo, se podía ver a los lacayos con sus elegantes libreas de gala, pelucas empolvadas y medias de seda blanca bajo los pantalones de satén hasta la rodilla.

Justo al dar las ocho de la noche, apareció la primera dama en la escalera. Llevaba tantos diamantes en la cabeza, alrededor de su cuello y en las muñecas, que parecía envuelta en su resplandor.

En seguida la siguieron varias damas más, dos de ellas acompañadas por caballeros vestidos de etiqueta con pantalones negros hasta la rodilla, uno de los cuales lucía la banda azul de la orden de la Jarretera cruzada sobre el pecho.

Uno tras otro, los invitados fueron bajando la escalera como una sucesión de olas de belleza resplandeciente que dejaba a Lara sin aliento. Se movían como cisnes deslizándose grácilmente sobre un lago y sus voces y risas parecían ascender hasta los observadores como si fuera la brisa que surgía de las aguas.

Cuando habían pasado ya tantos que Lara tenía perdida la cuenta, se hizo una breve pausa. Luego pareció una deslumbrante figura con un vestido blanco todo cubierto de diamantes y la rubia cabellera adornada por una tiara resplandeciente. Lara adivinó quién era antes que Agnes le susurrara:

—¡Lady Brooke!

A su lado descendía el corpulento príncipe de Gales y, aunque no se tocaban, había algo en el modo que lady Brooke tenía de levantar el rostro hacia él y en la forma que el príncipe la miraba a ella, que revelaba sus sentimientos sin necesidad de palabras.

«¡Es algo perverso!», pensó Lara, pero al mismo tiempo comprendió que, dondequiera que uno lo hallara, el amor era siempre maravilloso.

El príncipe y lady Brooke atravesaron juntos el vestíbulo de suelo de mármol y Lara supuso que se reunirían con los demás invitados en el salón plateado.

Lanzó un breve suspiro.

—Ya ve qué hermosa es —le dijo Agnes—. ¡Y su vestido debe de costar una fortuna!

Lara no respondió. Pensaba en cómo podría describir lo que acababa de ver y cuan importante era que lo trasladara al papel mientras todavía estaba fresco en su memoria. Volvió con Agnes hacia la sala de clases y la doncella le advirtió:

—Tengo que irme ahora, señorita, pero regresaré por usted en cuanto las doncellas de las señoras vayan a cenar, pero no será antes dedos horas.

Lara ya sabía que en todas las mansiones importantes, los sirvientes principales comían en las habitaciones del ama de llaves y esto se aplicaba también a las doncellas y los ayudas de cámara de los visitantes. La cena de la servidumbre empezaba cuando la del gran comedor había terminado, así que Agnes tenía razón al decir que tardaría por lo menos dos horas en volver. Ella podría ocupar aquel tiempo escribiendo y se acomodó ante la mesa del aula, primero para tomar notas y después para escribir cómo su heroína observaba, igual que ella lo había hecho, a los invitados del duque durante una fiesta. Entonces la protagonista de su relato deseaba estar entre ellos, se sentía sola, abandonada y celosa porque él no pensaría en ella, sino en las adorables damas enjoyadas que le adularían por su alto rango…

De pronto, Lara pensó que debía haber también otras razones. Sin duda lady Louise amaba al marqués por sí mismo, como hombre, ya que siendo hija de un duque, según había sabido, no la impresionaría su título ni sus posesiones.

«El marqués ya no la amaba», pensó, «pero al menos ella ha tenido la fortuna de que haya estado interesado por su amor».

Se encontró especulando sobre lo que el marqués diría si estuviera enamorado de alguien y lo que sentiría besando a la mujer amada. Pero era algo difícil pensar en él si no era como un hombre cínico y aburrido. Por mucho que se esforzó, no logró formarse una imagen mental de él en el papel del duque besando a su heroína.

«Quizá porque nunca me han besado, es algo que nunca seré capaz de describir», pensó. Sabía sin embargo, que si lord Magor la besara, sería algo tan horrible y degradante que no querría escribir sobre ello ni recordarlo.

Llevaba largo rato sin escribir mientras reflexionaba, cuando apareció Agnes.

—Venga, señorita. Ya han bajado todos.

Por la mente de Lara cruzó la idea de que era el momento de comportarse con propiedad y quedarse donde estaba. Más la tentación era tan grande que cedió y siguió a Agnes, que ya bajaba apresuradamente las escaleras que llevaban al piso siguiente.

—He venido más tarde de lo que esperaba —le dijo cuando Lara la alcanzó— porque la doncella de milady se ha entretenido en unas cosas y en otras y dos veces he tenido que recordarle que llegaría tarde a la cena.

—¿Y le habría molestado retrasarse? —preguntó Lara.

—¡Oh, no, señorita! Se da muchos aires desde que su ama está en relaciones con su alteza real. Es más altiva que su propia señora y todos nos reímos de ella a sus espaldas.

Hablando, habían llegado a la parte de la casa donde se encontraban los dormitorios principales. Agnes señaló una puerta.

—Ahí es donde duerme el príncipe, señorita, y tiene una salita al lado. Lady Brooke ocupa el que se conoce como «dormitorio de la reina», y su gabinete está en el lado opuesto.

Lara no dijo nada, pero sabía lo que implicaba aquel acomodo.

—Su señoría duerme en la suite principal, al final del corredor —prosiguió Agnes mientras señalaba una puerta de doble hoja—. Lady Louise se molestó mucho cuando supo que «su dormitorio», como ella lo llama y que está a continuación, se le había asignado a otra dama del grupo. Yo creí que cambiarían la distribución cuando llegó de forma inesperada, pero la señora Blossom recibió órdenes del señor Simpson de dejar las cosas como estaban.

Lara sospechaba la razón de que no se hubiera instalado a lady Louise cerca del marqués, pero se negó a pensar en ello.

—Enséñame rápido los vestidos de lady Brooke, Agnes. Temo que me vea alguien si permanezco aquí mucho tiempo.

—No es posible, señorita —le contestó la doncella—. Cuando hay invitados, los sirvientes cenan lo mismo que se sirve en el comedor principal a los señores. El mayordomo y el ama de llaves tienen mucho cuidado en eso. Quieren estar a la misma altura que Easton Lodge y las otras mansiones que frecuenta su señoría.

Lara estaba segura que se trataba de una competencia en la cual, si las cosas no eran mejor en Keyston que en cualquier otra mansión, los sirvientes de más rango perdían prestigio. Pero como no deseaba chismorrear con Agnes, sino sólo ver los trajes para poder describirlos en detalle, no dijo nada y entró con la doncella en el dormitorio de lady Brooke. Era una habitación grande y muy bonita. Evidentemente, había sido renovada y decorada varias veces a lo largo de los siglos que tenía la casa. El techo estaba pintado al fresco con diosas y cupidos, la cama tenía labrados amorcillos y palomas y los cortinajes eran de brocado azul. La alfombra de Aubusson y el mobiliario francés le parecieron a Lara algo surgido de un sueño.

Agnes abría un amplio armario situado en un extremo de la habitación y Lara pudo ver un calidoscopio de colores agitado por el aire de las puertas al abrirse, como si los vestidos tuvieran vida.

Agnes los fue sacando uno por uno y a Lara sólo se le ocurrió pensar que ni una reina podría tener un vestuario tan bello y costoso. Había sedas, rasos y tules tan suaves como nubes, bordados con diamantes y cuentas de cristal que los hacían parecer como si estuvieran cubiertos de rocío. Sólo un genio podía haber creado tan exquisito marco para una mujer hermosa.

—La señorita tiene joyas para hacer juego con todos —explicó Agnes—. Hoy lleva diamantes, pero tiene un aderezo de zafiros que incluye una diadema, aparte de esmeraldas, rubíes y turquesas que le van de maravilla con su cabello rubio.

—¡Jamás imaginé que una sola mujer pudiera tener tanta ropa! —exclamó Lara.

—Esto es sólo parte de lo que tiene lady Brooke. Su doncella me ha dicho que en Easton Lodge tiene dos habitaciones repletas de vestidos. Algunos los usa una vez y luego los desecha.

—Supongo que debe de ser muy rico —comentó Lara con cierta pesadumbre, imaginando lo maravilloso que sería poseer siquiera uno de los vestidos que contemplaba. De pronto, sin saber por qué, se preguntó si el marqués la admiraría viéndola vestida tan elegante como lady Brooke. Estuvo a punto de soltar una carcajada burlándose de sí misma. Seguro que el marqués ni siquiera reparaba en ella, teniendo a su alrededor tantas bellezas como había visto bajar a cenar aquella misma noche.

—Le enseñaré los sombreros, —dijo Agnes y abrió otra puerta del armario, descubriendo tres anaqueles con sombreros de todos colores, algunos adornados con plumas de avestruz y otros con flores o lazos. Todos eran de última moda, como Lara sabía por las revistas, pero jamás había pensado que los tocaría con sus manos. Le hubiese gustado probarse alguno y ver cómo estaba con un sombrero que se levantaba por delante y le hacía sospechar, por su diseño, que provenía de París.

—Le enseñaré algo que la asombrará, señorita.

Agnes abrió un cajón y Lara vio docenas y docenas de guantes, tan bien colocados, que era fácil elegir el par que se deseara. Los había de cabritilla blanca para usar por la noche, de ante teñidos en diversos colores, para complementar diversos conjuntos y también de piel y de encaje. Le parecía increíble que existiera tal variedad y la doncella se rió de su expresión.

—Es lo mismo con los zapatos —explicó—. Creo que milady no viaja con menos de cincuenta pares.

—¡Con razón necesitó un tren especial para venir! —sonrió Lara.

—Su alteza real trae casi tanto equipaje como ella, además de dos ayudas de cámara, un lacayo, un encargado de los cepillos, dos palafreneros, un mozo de cuadra y un secretario. Todos viajan siempre con él.

—Veo que no es una persona fácil de atender.

—Cierto, pero todo el mundo se siente orgulloso de tenerle como huésped.

—Es lógico —murmuró Lara, distraída, mientras contemplaba de nuevo la habitación y se preguntaba qué se sentiría al dormir en un ambiente tan hermoso, sabiéndose además la mujer amada por el hombre más importante del país. No cabía duda de que lady Brooke era muy afortunada. Sin embargo, no poseía la perfecta felicidad que ella deseaba encontrar en su vida y describir en su novela.

Tanto lady Brooke como el príncipe estaban cada uno por su lado, así pues, ¿cómo podía su historia tener un final feliz, aunque se amaran mucho el uno al otro?

«Lo que yo deseo es querer a alguien como mamá quiso a papá», pensó Lara, «y sentir de verdad, desde el fondo del corazón, que nada más tiene importancia».

Agnes cerraba ya las puertas del armario.

—Será mejor que me dedique ahora a mi trabajo, señorita. De lo contrario, tendré problemas.

—Sí, claro. Y muchas gracias, Agnes, por todas las cosas interesantes que me has mostrado. Nunca imaginé que alguien pudiera tener una ropa tan hermosa.

—Como solía decir mi madre, mirar no cuesta nada.

—Es cierto y yo he disfrutado mucho viéndolo todo. Gracias de nuevo.

—No tiene por qué darlas, señorita.

Agnes empezó a quitar la colcha, que era de encaje antiguo con borde de satén azul y Lara se encaminó a la puerta.

Una vez en el pasillo, advirtió que la suite ocupada por lady Brooke y el príncipe estaba bastante alejada de la escalera principal, que se encontraba en el centro de la casa, y que tendría que ir desde el ala este hasta la oeste para llegar a la escalera que la conduciría a la sala de clases.

Al echar a andar por el largo pasillo, le pareció escuchar música a lo lejos y adivinó de dónde provenía, pues sabía que cuando los invitados no eran muy numerosos, bailaban en un salón contiguo al plateado y no el de baile.

«Me gustaría poder verles», pensó.

Las damas resultarían muy gráciles con sus amplias faldas mientras valseaban con los caballeros vestidos con levita y pantalones hasta la rodilla.

Se preguntó quién sería la pareja del marqués y si él bailaría bien. Estaba casi segura de que en todo lo que hiciera sería excelente. Y justo cuando pensaba en él, vio aparecer su cabeza emergiendo de la escalera principal.

Lara se quedó inmóvil, sintiendo una oleada de pánico al comprender que el marqués no debía verla allí, en medio del corredor que conducía a su propio dormitorio y a las habitaciones de sus distinguidos invitados. No podía explicarle que había ido con una doncella a curiosear el guardarropa de lady Brooke…

«¿Qué haré? ¿Dónde puedo esconderme?», se preguntó desesperada.

Pensó en correr de vuelta a la habitación de lady Brooke, pero estaba demasiado lejos y dentro de unos segundos el marqués habría llegado a lo alto de la escalera y avanzaría por el corredor hacia donde ella se encontraba. Impulsada por el miedo, se dirigió a la puerta más cercana y la abrió.

No podía recordar quién le había dicho Agnes que la ocupaba, ni siquiera si lo había mencionado. Por el momento le bastaba con poder ocultarse allí del marqués. Entró y se encontró en un vestíbulo muy pequeño, al cual daban dos puertas. Supuso que sería una de las suites que había a cada lado del corredor, con dormitorio y salita de estar para cada huésped.

Sólo pudo lanzar una rápida ojeada antes de cerrar la puerta que daba al pasillo, con la esperanza de permanecer allí, oculta y a salvo, hasta que el marqués llegara a sus habitaciones si es que a ellas se dirigía.

Como estaba muy agitada, sentía el corazón latiéndole aceleradamente y trató de contener el aliento para escuchar las pisadas de él cuando pasara frente a la puerta. Pero de pronto, ante su consternación, se abrió la puerta y vio aparecer la silueta del marqués a contraluz del corredor.

Lara permaneció inmóvil, incapaz casi de respirar, mientras él cerraba la puerta a sus espaldas y se acercaba a ella en la oscuridad. Aunque no podía verle, notaba las vibraciones que emanaban del hombre y repentinamente, con asombro indescriptible, sintió que la rodeaba con sus brazos y la atraía hacia sí. Después, antes que pudiera emitir ningún sonido, los labios masculinos apresaron los suyos.

A Lara nunca la habían besado y, por un momento, el contacto de la boca del marqués le pareció irreal, como si fuera algo que no podía suceder, forjado sólo por su imaginación. Pero conforme la presión del beso aumentaba y los brazos de él se apretaban alrededor de su cuerpo, sintió una sensación extraña recorriéndola de arriba abajo. Era como una oleada cálida, embriagadora, y de pronto supo que aquello era algo que ansiaba sentir, aunque jamás hubiese sabido explicárselo; una sensación tan maravillosa que no había palabras para describirla.

El marqués como si se percatara de lo que sentía y conociera la maravilla que había en ello, aumentó la presión de su boca. Ahora el beso era tan exigente y posesivo que Lara sintió como si le arrancara el corazón del cuerpo para hacerlo suyo. En aquel momento descubrió que aquello era el amor que siempre había soñado, un amor en el cual había algo divino.

Entonces, cuando sentía que la había transportado a un cielo radiante, él levantó la cabeza y dijo con una voz que, curiosamente, no parecía la suya:

—Debo irme, Daisy. El príncipe te andará buscando.

Y antes que Lara pudiera moverse ni decir nada, la soltó, abrió la puerta, salió y cerró a sus espaldas.

Durante unos momentos, la joven no pudo pensar ni percatarse con exactitud de lo que había pasado. Sólo sabía que todo su cuerpo se estremecía por las emociones que la caricia había provocado en ella. A la vez, sentía como si en su interior surgiera una fuerza vital que hasta entonces no había conocido.

No hubiese podido decir cuánto tiempo permaneció en la oscuridad, con el corazón latiendo enloquecido dentro de su pecho y la respiración agitada. Por fin, cuando logró calmarse, abrió la puerta, salió al corredor y, sin importarle quién pudiera verla, corrió tan aprisa como pudo hasta el extremo opuesto, donde se encontraba la escalera que la llevaría a la sala de clases.

Una vez en ella, cuando pudo sentarse y meditar sobre lo ocurrido supo que, debido a que el marqués la había besado, nunca volvería a ser la misma. La había despertado al amor y ahora comprendía que le había querido desde el primer momento. Aunque estaba sin cesar en su pensamiento, era demasiado inexperta para saber que se había sentido atraída hacia él desde que le hablara en el vestíbulo.

Había pensado entonces que era un hombre cínico y demasiado imponente, pero también interesante. Ahora podía entender por qué tantas mujeres habían permitido que les rompiera el corazón y por qué lady Louise sufría tanto.

«Le amo», pensó, «pero esto es algo tan ridículo como ver la luna y desear alcanzarla».

Lanzó un profundo suspiro y supo que no debía permitir que el marqués se enterase de lo que sentía por él, que cuando la besó ella no sólo le había entregado sus labios, sino todo lo que poseía, incluso su alma.

«Creía que besaba a lady Brooke», se dijo, «y supongo que la ama igual que el príncipe».

Pero no deseaba volver a la realidad y analizar los hechos. Lo único que podía sentir pensando en el marqués era un éxtasis que brotaba en su interior y le hacía evocar la presión de la boca que había apresado sus labios y la fuerza de los brazos masculinos alrededor de su cuerpo.

Estaba segura de que había surgido entre ellos una extraña vibración que los había unido más allá del contacto físico porque provenía del interior de ambos y era algo completamente espiritual.

—¡Le amo! —exclamó en voz alta y se preguntó lo que diría o pensaría él si supiera que no era a lady Brooke a quien había besado, sino a una institutriz, alguien inferior, sin importancia alguna. Estuvo sentada largo rato frente a la mesa antes de llegar a una decisión:

«¡Regresaré a casa! El marqués no debe saber nunca lo que siento por él. Si permanezco más tiempo aquí, me delataré sin darme cuenta y sin poder evitarlo».

Pero la idea de partir le resultaba tan dolorosa como si le clavaran una daga en el pecho, pues significaba que no volvería a verle nunca más. Como era demasiado duro imaginar toda su vida sin él, con sólo el recuerdo de aquel beso, como consuelo, se apartó inquieta de la mesa, pensando que aquella noche no podría poner por escrito lo que le había sucedido ni lo que sentía.

«Me iré a la cama», decidió y fue a cerrar la puerta del aula. Entonces se dio cuenta de que faltaba algo: ¡la llave había desaparecido!

Miró la cerradura como si no pudiera creer a sus ojos, pero era cierto: la llave no se encontraba en su sitio. Asaltada por una sospecha repentina, se dirigió con rapidez a la puerta de su dormitorio, pero antes de llegar sabía lo que iba a encontrar: también faltaba la llave de aquella puerta.

Comprendió que el momento esperado era inminente: allí estaba la oportunidad de enfrentarse a lord Magor que había deseado desde antes de llegar a Keyston.

Por un momento la invadió el pánico. No podía enfrentarse a él, no podría soportar, cuando todo su cuerpo se estremecía por el maravilloso beso del marqués, desafiar y luchar contra un hombre a quien detestaba. De pronto se le ocurrió que podía subir a pedir la protección del aya, mas en seguida comprendió que no podía rebajarse a mostrar tanta debilidad.

En cambio, podría darle a lord Magor la lección que se merecía.

«No soy una huérfana desvalida sin padres que me protejan», se dijo, «ni temo perder mi empleo como Jane».

Sabía que, de ser necesario, su padre podría hablar con lord Magor en términos de igualdad, para decirle lo truhán que era. Pero no deseaba preocupar a su padre y prefería enfrentarse sola con aquel individuo despreciable.

El orgullo llegó en su ayuda, levantó la barbilla y se dirigió a su baúl, que permanecía en un rincón del dormitorio porque había indicado a las doncellas que no lo trasladaran a otra habitación para guardarlo. En el fondo, escondida bajo unas prendas que no había sacado, estaban las pistolas de duelo que habían pertenecido a su abuelo. Con sólo tocarlas, sintió como si el valor que su antepasado había demostrado se transmitiera a ella.

Ya no estaba asustada, aunque sí algo aprensiva. Y su corazón latía tumultuoso, pero no de la forma maravillosa y excitante que lo había hecho cuando el marqués la rodeó con sus brazos.

Sacó una de las pistolas, la cargó y la amartilló. Después, sosteniéndola con firmeza en la mano derecha, regresó al aula. Miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea y vio que, como había pasado tanto tiempo pensando en el marqués y en las nuevas sensaciones que había despertado en ella, era más tarde de lo que pensaba.

Estaba segura de que lord Magor llegaría pronto, confiado en que esta vez lograría salirse con la suya. Pensó en lo aterrada que estaría Jane si se encontrara allí ahora, y sabía que cualquier cosa que lord Magor hubiera podido hacerle, aunque Lara no sabía qué podía ser, habría tenido como resultado un colapso total de su amiga, que podría causarle incluso un trastorno grave.

«Ningún hombre puede ser más perverso que quien tortura a alguien tan indefenso y débil como Jane», se dijo Lara, recordando la pregunta que Georgina le había hecho por la mañana. Aquello era lo que se disponía a vengar.

Se sentó junto a la mesa y, al poner la pistola sobre su regazo, reparó en que llevaba puesto el bonito vestido azul de Jane. Aquella noche le había parecido adecuado lucir su mejor ropa mientras observaba al grupo de huéspedes bajar a cenar, así como ellos lucían sus galas más vistosas. Era una idea infantil; pero, al mirarse al espejo, había pensado que el vestido de Jane, de escote bastante amplio, era muy favorecedor. Estaba hecho con tela corriente, pero de un precioso tono azul y alrededor del escote llevaba un volante de chifón que enmarcaba la blancura del cuello y los hombros de Lara.

De pronto a la joven se le ocurrió que lord Magor podría pensar que se había puesto su mejor vestido para recibirle. En ese caso, se llevaría una sorpresa por demás desagradable. Le parecía que los minutos pasaban con exasperante lentitud, pero en realidad sólo había esperado un cuarto de hora cuando escuchó pisadas que subían la escalera. Lara se preguntó si lord Magor sonreiría mientras avanzaba por el corredor de aquella forma que ella detestaba; una sonrisa de triunfo porque sabía que la había dejado indefensa y, por mucha resistencia que le opusiera, podría dominarla y lograr lo que quería.

La puerta se abrió y él se detuvo un momento en el umbral, viéndola sentada junto a la mesa con la cabeza en alto y la luz haciendo brillar su cabellera como un halo. Al fin, lord Magor sonrió y dijo:

—Buenas noches. Imaginé que me esperabas.

—Así es, milord. No podía creer que ninguna otra persona de la casa fuera capaz de quitar la llave de las dos puertas.

—Sin ellas no podía entrar —explicó lord Magor mientras penetraba en el aula y cerraba la puerta tras él—. Y ahora, mi pequeña y adorable institutriz, no hay necesidad de disimulos. Voy a probarte que mis enseñanzas son muy placenteras.

—Suponga que le pido que me deje en paz como un caballero.

—Por el momento no soy un caballero, sino un hombre que te encuentra muy atractiva con ese cabello rojo. Verte me excita más de lo que puedo decir con palabras.

Siguió avanzando hacia ella mientras añadía:

—Pero entre nosotros las palabras no son necesarias y me será más sencillo demostrarte lo que siento y lo que te haré sentir cuando estemos más cerca el uno del otro.

Dio un paso más y Lara se puso en pie con la pistola en la mano.

—¡Basta ya, milord! —exclamó—. Y ahora, permítame decirle lo que pienso de usted.

Observando el asombro que reflejaban los ojos de lord Magor al ver la pistola, le espetó furiosa:

—¡Le detesto y le desprecio! ¡Preferiría que me tocara el más despreciable reptil antes que usted! ¡Y tengo la intención de asegurarme que nunca volverá a molestar a jóvenes y débiles institutrices que no pueden defenderse como yo!

Al principio apareció un brillo de rabia en los ojos de lord Magor, pero después se echó a reír.

—¡Valientes palabras! Pero no eres tan tonta como para arriesgar tu posición en esta casa y todo tu futuro disparándome. Sabes bien que en ese caso nadie te volvería a dar empleo. Y entonces, mi preciosa chiquilla, te morirías de hambre, a menos que yo me hiciera cargo de ti, cosa a la que estoy dispuesto.

Lara le apuntaba con mano firme y él no se movió mientras añadía con tono que pretendía ser persuasivo:

—Vamos… Deja de jugar a la amazona y permíteme decirte lo que tengo en mente: una cómoda casita en St. John’s Wood, tu propio caballo y tu propio carruaje, joyas… Creo que las esmeraldas harían que tu piel se viese aún más blanca que ahora… Déjame acariciarla y te prometo que tendrás cualquier cosa que me pidas.

—¡Preferiría morirme de hambre! —exclamó Lara.

—¡Tonterías! Yo te ofrezco una vida superior a todo cuanto puedes haber imaginado.

Dio un paso adelante mientras hablaba y Lara le advirtió:

—¡Quieto!

—Deseo tenerte en mis brazos —dijo él y siguió avanzando.

Fue entonces cuando Lara disparó. Su intención era herirle en un brazo, no en el corazón, pero al apretar el gatillo, notó que la pistola daba un tirón hacia arriba. Mientras el eco de la explosión resonaba en sus oídos, pensó que no le había alcanzado. Más después, con lentitud, mucho más aterradora que si hubiera sucedido rápidamente, lord Magor se llevó una mano al pecho y se desplomó sobre la alfombra.

Durante unos segundos, Lara no pudo moverse. Sólo podía mirar al hombre tirado ante ella con el rostro muy blanco y los ojos cerrados. Una sensación de horror por lo que había hecho la envolvió. Le había matado en lugar de, como era su propósito, herirle en un brazo. Las consecuencias de su acto serían terribles.

Sentía el cerebro como si lo tuviera lleno de arena e incluso le resultaba difícil respirar, pero sabía que como lord Magor estaba muerto, habría que llamar a la policía y, con el príncipe de Gales como huésped de Keyston Priory, aquello daría lugar a un escándalo. Ya se habían producido muchos anteriormente en torno a él y los periódicos criticaban sus extravagancias, sus amigos y su forma de vida, que provocaba el desagrado de la reina y de un gran número de súbditos. También censurarían al marqués por permitir que algo tan horrible como un asesinato sucediera en Keyston, especialmente cuando el príncipe era su invitado. Por el amor que le tenía, Lara hubiese deseado poder dar marcha atrás al reloj y que lord Magor estuviera en pie de nuevo, aunque la abrazara como era su intención.

«No debí quedarme aquí cuando descubrí que faltaban las llaves», pensó. ¡Pero ya era demasiado tarde! Lord Magor estaba muerto allí a sus pies, y el marqués nunca la perdonaría. Sin duda le parecería odioso que se supiera que su amigo había intentado seducir a la mujer encargada de educar a su sobrina…

Todo esto cruzaba por la mente de Lara como estallidos de luz. Debía encontrar la forma de salvar al marqués de las consecuencias de su crimen, pero no tenía idea de cómo hacerlo.

Dejó la pistola sobre la mesa y se dirigió a la puerta rodeando el cuerpo inerte de lord Magor para llegar a la puerta. Había comprendido que sólo una persona podía ayudarle; una persona que tal vez, por algún milagro, podría prevenir la catástrofe que se derivaría de lo ocurrido. Sin detenerse a pensar siquiera cómo iba a explicar su acción, supo que debía encontrar al marqués y pedirle ayuda.

Bajó la escalera sin mirar atrás, llegó al piso siguiente y recorrió lo más aprisa que pudo el largo pasillo. Al llegar a las habitaciones del marqués, tuvo que detenerse unos momentos para recuperar el aliento. El corazón parecía a punto de salírsele del pecho, tenía los labios resecos y le temblaban las manos.

Cuando al fin empujó la puerta, se encontró en un pequeño vestíbulo como aquel donde el marqués la había besado. Una pequeña lámpara encendida le permitió ver que había dos puertas, una a cada lado. Sin llamar, abrió la que tenía más cerca y, a la luz proveniente del vestíbulo, pudo percibir el dosel de una cama.

Mientras permanecía inmóvil e indecisa en el umbral sintiendo que la voz se le ahogaba en la garganta, oyó al marqués preguntar:

—¿Quién es? ¿Qué desea?

Con un gemido, Lara corrió por la habitación en penumbra hasta el lecho. Cuando llegó junto a éste, el marqués exclamó con acento de incredulidad:

—¡Señorita Wade!

Durante un momento, a Lara le pareció que sería incapaz de hablar. Después, con una voz que parecía provenir de muy lejos, balbuceó:

—Lo… lo siento mucho, pero le he disparado a lord Magor… ¡y está muerto!