Capítulo 3

Lara observó la habitación y pensó que era muy cómoda y demasiado lujosa para sala de clases; pero al mismo tiempo estaba bastante mal arreglada. Siempre había tenido buen gusto para la decoración y sabía que si se quedaba allí suficiente tiempo, tendría que cambiar de sitio el sofá y la mesa para que el conjunto resultara más acogedor. Sin embargo, como por el momento se portaba con gran cautela, no comentó nada.

El señor Simpson había aceptado, sin muchos comentarios, su explicación de que llegaba para ocupar el puesto de Jane.

—Lamento saber que la señorita Cooper no se encuentra bien —dijo— y me parece muy considerado por su parte haberla enviado a usted para reemplazarla.

—Soy amiga suya desde hace bastante tiempo y he traído una recomendación por si usted la necesitaba.

La puso sobre el escritorio delante del señor Simpson, que la miró superficialmente, sin mayor interés.

Lara la había escrito y firmado en nombre de su padre y en ella decía que la señorita Wade había probado ser una excelente institutriz en todos los aspectos con su hija, y que tenía mucho gusto en recomendarla para un puesto similar.

El señor Simpson se la devolvió.

—Espero que pueda persuadir a lady Georgina para que preste más atención a sus lecciones que hasta ahora. Todas las institutrices que ha tenido dicen lo mismo: que se aburre en clase y no se concentra.

Lara sonrió.

—Creo que todas las criaturas pasan por una etapa similar tarde o temprano y me parece que lady Georgina tiene puesto ahora su mayor interés en montar a caballo.

—Es verdad —repuso el señor Simpson— y su padre fue un excelente jinete, igual que su tío.

—Tienen mucha suerte al poseer caballos tan finos —dijo Lara con voz muy suave, mientras rezaba mentalmente para que el señor Simpson tuviera suficiente perspicacia para darse cuenta de lo que ella insinuaba.

—Me parece, señorita Wade, que a usted también le gustaría montar —dijo el secretario con una sonrisa.

Lara lanzó una exclamación.

—¿Sería posible? ¡No sabe lo maravilloso que eso sería para mí! No he podido hacerlo mucho en los últimos años ya que lord Hurlington no podía darse el lujo de tener muchos caballos.

El señor Simpson pareció sorprendido.

—Supongo que como lord Hurlington es párroco, eso resulta comprensible.

—En efecto. Como usted sabrá, señor Simpson, la mayoría de los pastores están muy mal pagados.

El secretario sonrió.

—En eso estoy por completo de acuerdo, señorita Wade, porque mi padre lo era también.

Lara se alegró de encontrar un aliado donde menos lo esperaba.

—Comprenderá entonces lo encantada que me sentiría pudiendo cabalgar con lady Georgina mientras permanezca aquí.

—Daré órdenes a las caballerizas para que pueda usted acompañarla cada vez que saque su poni.

—¡Gracias, muchas gracias! Siento como si hubiera empezado a vivir un cuento de hadas.

Era un sentimiento que se acentuó cuando subió las escaleras y conoció el acogedor conjunto de habitaciones destinadas a Georgina y su institutriz. El dormitorio de la niña era magnífico y el de Jane, aunque no tan grande, una habitación que bien podría haber surgido de sus sueños.

Toda la casa era diferente a cuanto había visto antes, por lo que en cuanto despertó a la mañana siguiente, su única idea fue conocer lo más que pudiera de Keyston Priory.

Como Georgina todavía parecía estar cansada y el día no era bueno, pues las nubes amenazaban lluvia, el aya se negó a permitirle que saliese a montar.

Lara descubrió que la señorita Nesbit despertaba a Georgina por la mañana, la vestía y la llevaba a la sala de clases para desayunar, luego se retiraba a sus habitaciones, que estaban en otro piso. Aquello contestaba una pregunta que la tenía intrigada: ¿por qué no intervenía el aya cuando lord Magor entraba en el aula para molestar a Jane?

La sala de clases se encontraba en un piso debajo de la suite que ocupaba Georgina y su institutriz. Estas habitaciones se encontraban aisladas tanto de las principales como de las destinadas a la servidumbre.

«He aquí otro ejemplo de no estar ni en el piso de arriba ni en el de abajo», pensó Lara con una sonrisa. Pero estaba demasiado ocupada para pensar en lord Magor o en el marqués, pues quería concentrarse en conocer a su alumna.

Al saber que no la dejarían montar su poni aquella mañana, Georgina se mostró enfurruñada durante el desayuno y, cuando terminaron, miró a Lara como si temiera oír que tenía que tomar las lecciones que tanto le disgustaban.

—¿Qué te gustaría hacer? —le preguntó la joven y, previendo la respuesta que iba a recibir, añadió en seguida—: Tu aya ha dicho que no puedes cabalgar hoy y eso es también una desilusión para mí, porque no sabes lo mucho que me emociona la idea de salir a cabalgar en tu compañía.

Georgina la miró sorprendida.

—¿Sabe montar, señorita Wade? Ninguna de mis institutrices anteriores quería acompañarme a cabalgar. No iban más que en la carreta de la que tiran los ponis.

—Pues yo voy a montar y tal vez juguemos a las carreras. Te daré ventaja, ya que tu caballo es un poni, pero estoy segura, de todas maneras, que Snowball es muy rápido.

—Sí, es muy veloz —la voz de Georgina reflejaba su orgullo—. Además, me encantaría jugar a las carreras. ¡Será muy divertido!

—Muy bien. Entonces eso será lo que hagamos mañana, pero ahora tratemos de pasarlo bien y nada de lecciones aburridas.

Vio brillar los ojos de Georgina y añadió:

—Creo que tú me debes dar la lección a mí hoy, enseñándome la casa. Es decir, si tu tío está fuera y no molestamos a nadie.

—Tío Ulric debe haberse ido a cabalgar. Siempre lo hace por las mañanas.

—¿Y sus invitados?

—Si hay damas, estarán dormidas.

—Entonces tal vez podamos visitar las habitaciones que nadie ocupa por ahora —sugirió Lara. En su imaginación estaban surgiendo por lo menos diez argumentos que podrían tener como escenario Keyston Priory. Mientras bajaba las escaleras con Georgina, pensó lo agradecida que debía estar al destino, o más bien a Jane, por brindarle la oportunidad de conocer la casa que necesitaba para su novela.

Evitaron pasar por el vestíbulo principal, donde consideraron que habría algunos criados, y Georgina la llevó por otra escalera. Ésta llevaba a un ancho corredor, en el cual había antiguas armaduras y retratos de los priores que habían regido el monasterio antes que fuera cerrado por órdenes de Enrique VIII.

Lara hubiera querido detenerse para mirarlos, pero Georgina la apremió:

-Creo que primero le gustará conocer el invernadero. Es muy bonito y hay allí algunos pájaros que tío Ulric ha traído del extranjero.

«Bonito» era un pobre adjetivo para describir el invernadero. Era evidente que se había añadido al edificio original muchos años después, pero se fundía bien con el conjunto. Lo que más asombró a Lara fue la profusión de orquídeas que crecían en él. Nunca las había visto, pero había leído acerca de ellas y ahora, al contemplar docenas de especies diferentes, de todos los colores y tamaños, era un tema nuevo e interesante que añadir a las páginas de su novela.

Sin embargo, Georgina la hizo pasar con rapidez junto a las orquídeas púrpuras y a una colección de otras más pequeñas, en forma de estrella, que parecía haber caído del cielo. Al fondo del invernadero había una enorme jaula llena de periquitos, las pequeñas aves del amor que a Lara le parecieron tan fascinantes como las flores.

—Vengo y les doy de comer cada vez que puedo —le explicó la niña—, pero la señorita Cooper nunca baja porque teme encontrarse con tío Ulric o con ese viejo horrible de lord Magor.

Lara se sorprendió de lo mucho que sabía Georgina.

—¿Por qué es horrible? —le preguntó.

—Finge que sube a la sala de clase para visitarme —contestó la pequeña—, pero no mira más que a la señorita Cooper y yo sé que ella le tiene miedo.

Lara pensó que los niños siempre saben más de lo que uno supone, pero como le pareció un tema sobre el que no debía insistir, dijo:

—A mí también me encantan estos pájaros. Te traeré cuantas veces quieras.

Georgina le sonrió y dio de comer a los periquitos las semillas que se guardaban en un recipiente cerca de la jaula. Después preguntó:

—¿Qué quiere conocer ahora, la armería o la biblioteca:

—¡Las dos! —contestó Lara y Georgina se echó a reír. Mientras recorrían el invernadero, la joven contó a su alumna un cuento que recordaba acerca de las orquídeas y otro que inventó sobre un periquito que llevaba un mensaje pidiendo ayuda para la niña a quien pertenecía, la cual había caído en una zanja.

—¡Qué lista! —exclamó Georgina.

—Por supuesto, había amaestrado al periquito durante algún tiempo. El pájaro volaba hasta el techo y cuando ella silbaba, bajaba a posarse en su hombro.

—¿Crees que podríamos enseñar a uno de los periquitos de tío Ulric a hacer lo mismo para mí? —preguntó Georgina, ilusionada.

—Podríamos intentarlo, pero tal vez sería mejor que tuvieras uno propio en el aula. Así, si se negara a obedecer, podríamos capturarlo con más facilidad y devolverlo a su jaula.

—¡Así lo haremos, prométemelo! —casi gritó Georgina.

—Le preguntaré al señor Simpson si puedes tomar uno —le aseguró Lara, notando que al fin había logrado romper, por lo menos parcialmente, el hastío con que Georgina contemplaba la vida.

Se dirigieron a la biblioteca y Lara mantuvo despierto el interés de la niña al sugerirle que buscaran un libro acerca de los pájaros y la forma de amaestrarlos.

El bibliotecario, un anciano de cabello gris, se sorprendió ante la petición. Lara le explicó quién era y él contestó:

—Lady Georgina me visita muy poco, así que ahora que me pide un libro especial, debo encontrárselo.

—Y estoy segura de que también tendrán algunos libros sobre carreras de caballos.

El bibliotecario sonrió:

—Desde hace años, su señoría compra cuantos libros se publican sobre ese tema, así que puedo proporcionarles varios muy interesantes acerca de caballos, empezando por la historia de cómo se introdujo la raza árabe en Inglaterra.

Lara admiró la gran cantidad de volúmenes que había en los estantes de la gran biblioteca.

—Nunca imaginé que pudiera haber tantos libros reunidos en un solo sitio —comentó—. ¡Me gustaría poder leerlos todos!

El bibliotecario sonrió.

—Para eso, señorita Wade, tendría que permanecer aquí por lo menos doscientos o trescientos años.

—Estoy dispuesta a hacerlo, si así puedo leer todos los libros interesantes que hay aquí —contestó ella, riendo.

Se dio cuenta de que Georgina empezaba a aburrirse, así que dijo:

—Por favor, denos algún libro ilustrado sobre carreras de caballos y como yo no recuerdo muy bien la historia de la llegada del primer semental árabe a Inglaterra, también me gustaría que nos prestara ése, para poder leérselo a milady.

El bibliotecario le entregó dos libros diciendo:

—Si vuelven esta tarde, les tendré listo el libro de los pájaros; todavía tengo que buscarlo.

Cuando salían de la biblioteca, Georgina protestó:

—Yo no quiero un libro sobre pájaros. ¡Lo que quiero es un pájaro para mí!

—Hablaré de ello con el señor Simpson en cuanto pueda verle —prometió Lara—. Pero ahora, por favor, muéstrame otras habitaciones de esta casa maravillosa.

Siguieron por el corredor y cuando la niña abrió una puerta, Lara vio que estaban en el vestíbulo principal, desierto a la sazón.

Sabía que allí era donde las monjas recibían a quien llegaba en busca de ayuda física o espiritual. Miró el alto techo de vigas, los altos ventanales emplomados y la repisa de la chimenea bellamente labrada, mientras pensaba que contemplaba una parte de la historia de Inglaterra. ¡Incluso le parecía sentirse transportada al pasado, convertida en leal súbdita de la reina Isabel I y vestida con blanca gorguera alrededor del cuello.

Pensando que debía compartir sus impresiones con Georgina, le dijo:

—¿Puede imaginar cómo era esto cuando lo habitaban los monjes y el prior, que era un hombre santo, les enseñaba que debían ayudar a todo el que llamara a su puerta?

—¿Eso hacían, señorita Wade?

—Sí. Jamás se rechazaba a un mendigo, y cuando los inviernos eran muy crudos, no sólo llegaban seres humanos hambrientos, sino aves, ciervos, liebres y conejos. Todos confiaban en los monjes porque eran santos y nunca hacían daño a nadie.

—¿Por qué ahora y a no vienen?

—Porque ya no es un lugar santo —contestó Lara— y los animales lo saben por instinto.

Mientras hablaba con voz suave, casi le parecía ver a los monjes con los animales a su lado como San Francisco.

De pronto la sobresaltó una voz que sonó a sus espaldas:

—¿Desaprueba usted a los que viven ahora aquí?

Lara dio la vuelta y vio que, desde una puerta diferente a la que ellas habían usado para entrar en el vestíbulo, avanzaba un hombre. La joven adivinó al instante que era el marqués, no sólo porque vistiera elegantemente con pantalones de montar blancos y altas botas brillantes, sino porque era alto, fornido, autoritario y, cosa que Jane había omitido decirle, sumamente apuesto.

Pero al mismo tiempo, ya que su voz había sonado sarcástica y tenía profundas líneas que iban de su nariz a las comisuras de su boca, dándole un aspecto cínico, comprendió que podía ser bastante atemorizador.

—¡Oh, eres tú, tío Ulric! —exclamó Georgina—. Creí que habías salido a montar.

—Como ha empezado a llover con fuerza, he pretendo regresar —contestó el marqués—. ¡Buenos días, Georgina! Imagino que ésta es una de tus clases, pero ¿quién te la da?

Miró a Lara de una forma que a ella la hizo pensar en lo gastado de su vestido y en que su cabello, en lugar de estar peinado de una forma que la hiciera parecer seria y respetable, le caía en rizos sobre la frente y ambos lados de la cara.

Comprendió que debía explicar su presencia, así que hizo una reverencia y dijo:

—Mi apellido es Wade, señorita. Como la señorita Cooper está enferma, he tomado su lugar hasta que ella esté en condiciones de volver a trabajar.

—¿Por qué no me lo han advertido? —preguntó el marqués. A Lara le pareció dura su voz, como si le molestase que sucediera algo en la casa sin que él estuviera enterado.

—Hablé con el señor Simpson ayer, cuando llegamos de Londres —explicó la joven—, y estuvo de acuerdo en que lady Georgina continuara sus lecciones, ya que sería un error interrumpirlas mucho tiempo.

Al ver que el marqués arqueaba una ceja, la invadió la terrible inquietud de que tal vez, cuando ya se sentía segura de poder quedarse, él decidiera que se marchase.

No pudo soportar la idea de perder su oportunidad de conocer bien la casa y, como era algo tan importante para ella, un súbito impulso le hizo añadir:

—Por favor, señoría, permita que me quede con lady Georgina. No sólo disfrutaré mucho enseñándole, sino que estoy fascinada por esta maravillosa mansión.

Le pareció que el marqués se sorprendía, pero él sólo dijo:

—Mas a juzgar por lo que he alcanzado a oír, no está tan fascinada por sus actuales habitantes.

—Jamás me atrevería a criticarle, señoría —se apresuró a explicar Lara—. Mi única intención era tratar de que lady Georgina tuviera una idea de cómo debía de ser el monasterio cuando lo habitaban quienes dedicaban su vida a Dios.

—¿Y usted opina que una vida de oración es preferible a vivir en el mundo tal cual es y formar parte de él?

A Lara le resultaba imposible resistirse a discutir y no tenía idea de cómo resplandecían sus ojos cuando contestó:

—Me parece, señoría que lo importante es hacer en la vida aquello para lo que estemos capacitados. Aunque admiro mucho a quien se dedica íntegramente al servicio de Dios, confieso que para mí misma deseo una existencia más variada e intensa, que lamentablemente no me es posible llevar por falta de recursos.

El marqués se echó a reír y a Lara su risa le pareció un sonido muy diferente al que hubiera esperado.

—Realmente, es usted muy elocuente, señorita Wade, y estoy seguro de que a Georgina le será muy beneficiosa su sabiduría.

Hablaba en tono seco que no convertía la frase en un halago precisamente.

—La señorita Wade irá a montar conmigo, tío Ulric —dijo la niña de pronto, como si hubiera estado pensando en ello mientras los mayores hablaban—. ¡Y vamos a jugar a las carreras! Llevamos unos libros de la biblioteca para leer cosas de caballos.

El marqués pareció sorprendido.

—Eso sí que es todo un cambio —comentó—. ¿Es usted buena amazona, señorita Wade?

—Así lo espero, señoría. He montado toda mi vida, pero sería un atrevimiento y una falsedad comparar los caballos que he utilizado hasta ahora con los que espero encontrar en sus caballerizas.

—No creo que se sienta defraudada. ¿Le parece que la equitación será buena para ampliar la mente de Georgina?

—Estoy segura de ello —contestó Lara—. Y al mismo tiempo, me brindará a mí un deleite tan grande que no encuentro las palabras adecuadas para expresarlo.

Él sonrió.

—Será mejor que lleves a la señorita Wade a la pista de carreras, Georgina, cuando deseéis competir. No olvides que en el parque los hoyos de los conejos son un peligro.

—Lo recordaré, tío Ulric.

—Me gustará saber de tus progresos.

Sin decir más, el marqués se volvió y salió del vestíbulo, mientras Lara y Georgina se limitaban a mirarle.

—Usted no se ha asustado de tío Ulric, así que yo tampoco. Y él ha sido más amable que de costumbre.

—Siempre es un error dejarse atemorizar por otra persona —dijo Lara, aunque se sentía como si hubiera pasado junto a un animal feroz que hubiera podido atacarla en cualquier momento… y no la hubiera rozado siquiera. Muy contenta, siguió hablando con Georgina. El marqués no la había despedido de la casa y podría montar unos caballos que, estaba segura, debían ser los más extraordinarios del país.

Como ya estaba avanzada la mañana, le pareció que lo más conveniente era evitar más encuentros con personas que pudieran pertenecer al grupo del marqués, así que llevó a Georgina a la sala de clase para hojear los libros que habían cogido de la biblioteca.

Tras la comida, que les subieron dos lacayos de librea, que era la comida más deliciosa que Lara había probado jamás, llegó el aya para avisar que Georgina debía retirarse a descansar.

—Hemos hecho muchas cosas esta mañana —le dijo la niña.

—Entonces, cuanto antes vayas a dormir, mejor —contestó la señorita Nesbit.

Lara comprendió que estaba celosa al saber que la niña se había divertido con ella, así que se apresuró a decir:

—Por favor, dígame cuánto tiempo debe dormir la niña y si cree que será correcto que dé un paseo por el jardín. No deseo hacer nada que no esté bien.

Como Lara le pedía consejo, el aya desarrugó el entrecejo al contestar:

—Puede hacerlo, señorita Wade, pero procure mantenerse algo alejada de la casa para que no puedan verla desde las ventanas. Cuenta con una hora para hacer lo que desee.

—Muchas gracias. ¿No desea que la ayude en algo?

—No, nada —contestó el aya, pero fue evidente que se sintió complacida por el ofrecimiento.

Lara se dirigió a su dormitorio para recoger el sombrero que le había prestado Jane, pero después decidió que, ya que nadie la vería, no llevaría nada en la cabeza. A menos que hiciera mucho sol, en su casa nunca se ponía sombrero, aunque sabía que las damas debían portarse con corrección y que solían llevar sombrero y guantes aunque únicamente salieran a su propio jardín.

«Pero yo no soy una dama», se dijo con una sonrisa, «sólo soy una institutriz… ¿ya quién puede importarle lo que haga?».

Se miró al espejo y advirtió que aunque se había peinado antes de la comida, su cabello se rizaba de nuevo, rebelde, así que se lo cepilló un poco.

«¡Vaya!», se dijo, «¡Qué difícil me resulta parecer tranquila y serena como toda una institutriz, cuando siento ganas de bailar sobre el césped y volar al cielo de lo emocionada que estoy!».

La señorita Nesbit le mostró dónde se encontraba la puerta que la llevaría al jardín. Siguió sus indicaciones y se encontró en el parque que circundaba la casa. La mayoría de los árboles, robles casi todos, debían de haber sido plantados al mismo tiempo que se construía el monasterio[1]. Sus ramas se extendían protectoras y entre el suave musgo que cubría el suelo crecían las primeras flores primaverales.

Todo era tan hermoso que de nuevo Lara se sumergió en uno de sus ensueños. Esta vez le parecía contemplar a los duendes que solían vivir escondidos en los árboles y gastaban bromas divertidas a los demás habitantes del bosque. Continuó andando y ascendió hasta un lugar más elevado desde donde podía contemplar la casa, el arroyo y el parque. La lluvia había dejado húmeda la hierba y también las hojas de los árboles. Ahora que el sol caía sobre ellas, cada gota de agua se convertía en un diminuto arco iris.

«¡Es precioso! ¿Cómo puede ser infeliz cualquiera que viva aquí?», se preguntó. Entonces recordó las líneas de cinismo que surcaban el rostro del marqués y su voz sarcástica. No parecía ser un hombre feliz, sino alguien que miraba la vida con ojo crítico, llenándose de hastío.

«Estoy segura de que es un hombre difícil y puedo comprender que Jane le tenga miedo, se dijo Lara.

Ella no tenía razón para temerle, ya que cuando Jane volviera, se iría y nunca más volvería a ver la casa ni al marqués. Al mismo tiempo él le parecía un personaje muy atrayente, aunque todavía no podía decidir si le convertiría en el héroe o en el villano de su novela.

Había planeado que su heroína, la joven y bonita institutriz que, por supuesto, era Jane, se casaría con un duque.

«Tal vez él podría venir de visita a la casa y enamorarse de ella a primera vista. Luego la salvaría del villano, ese lord Magor», siguió hilvanando su historia. «Por cierto, necesito conocerle para describirle adecuadamente».

Encontró una vereda entre los árboles que sin duda conducía a la casa, y consideró que debía empezar a caminar de regreso para estar en el aula a tiempo cuando Georgina se levantara de la siesta.

Un poco más adelante, los árboles cedían su lugar a arbustos de lilas que empezaban a florecer y Lara pensaba en lo romántico que sería aquel rincón unos días después, ya con todas las flores abiertas, cuando escuchó voces y se quedó inmóvil.

Sonó primero una voz femenina, alta y musical, y después la de un hombre. No estaban muy cerca y Lara no podía entender lo que decían. Echó a andar de nuevo, pensando que si eran invitados de la casa debía tener cuidado para no ser advertida. Al dar la vuelta en un recodo del sendero, se encontró frente a un cenador cubierto de enredaderas y se dio cuenta de que las voces provenían de allí.

—Estás muy bella, Louise —decía el hombre con voz profunda.

—Gracias, Freddy. Siempre dices lo que una necesita oír, pero hoy me siento melancólica.

—Imagino que estás preocupada por Ulric.

—¡Por supuesto! Estaba segura de poder retenerle, pero se aleja de mí y pronto no seré más que otra de las muchas mujeres pertenecientes a su pasado.

La voz de la mujer sonaba patética y se produjo una breve pausa antes de que el hombre respondiera:

—¿Qué consejo puedo darte? Hace años que conozco a Ulric y está de más decir que es impredecible. Eso ya lo sabes tú.

—¡Pero le quiero Freddy! Estoy loca por él y tenía la convicción de que no se cansaría nunca de mí como se cansó de Alice, Gladys y Charlotte…

—Eres tan adorable, Louise, que no puedo imaginar que un hombre se canse de ti… En realidad creo que exageras los síntomas que adviertes en Ulric.

—Quisiera poder creerte. Me gustaría pensar que todavía significamos el uno para el otro tanto como hace seis meses, pero si yo soy sincera conmigo misma, debo admitir que ésta será mi última estancia en Keyston Priory.

—¡Tonterías, Louise!

Lara se dio cuenta de que estaba escuchando lo que no debía, pero también le parecía fascinante y, aunque no tenía duda de quién era el hombre a quien lady Louise amaba, ansiaba saber quién era ella y también su interlocutor.

Mas en seguida pensó que a su madre le parecería muy incorrecto que continuara escuchando una conversación particular y siguió avanzando cuidadosamente para evitar pisar alguna rama y delatar su presencia. Logró pasar sin inconvenientes el área de los arbustos y reencontró el camino que la condujo directamente a la casa.

Al llegar a la sala de clases, encontró a Georgina levantada y vestida ya.

—¿Dónde ha estado? —le preguntó la niña—. Yo quería que estuviera conmigo.

—Lo siento —se disculpó Lara—. He salido a pasear.

—¡Yo detesto andar! La señorita Cooper me hacía salir a caminar cuando lo que yo quería era montar a caballo.

—No te permitiré montar, así que no tiene objeto que te lamentes —dijo el aya—. Además, un poco de aire fresco te vendrá bien.

—Tengo una idea —exclamó Lara—. Tu Nanny tiene toda la razón al decir que no debes montar cuando todavía estás cansada, pero estoy segura que querrás mostrarme a Snowball y podríamos pasear hacia las caballerizas. Eso no le haría ningún daño… ¿verdad, señorita Nesbit?

Como habían pedido su aprobación, el aya se mostró de acuerdo:

—No. Pero no tarden demasiado —advirtió.

—No se preocupe —la tranquilizó Lara—. Voy a coger mi sombrero.

Se dirigió con rapidez a su dormitorio y, al abrir un cajón para sacar los guantes, vio su cuaderno de notas.

«Debo recordar cada palabra que oiga», pensó.

Después bajó con Georgina las escaleras que llevaban a la parte posterior de la casa, rumbo a las caballerizas.

—Ya he dormido la siesta y no me cansaría cabalgando —seguía quejándose la niña.

—Lo harás mañana a primera hora —le prometió Lara—. Ahora quiero que elijas el caballo que te parezca mejor para mí.

Esto despertó un nuevo interés en Georgina, que por el momento olvidó su capricho.

Las caballerizas eran tan excelentes como Lara había imaginado y los caballos aún mejores. El encargado de las cuadras estaba encantado por el aprecio que la joven demostraba.

Lara no tenía la menor idea de lo preciosa que estaba con las mejillas encendidas, los ojos brillantes y el rojizo cabello que escapaba en rizos bajo el sombrero.

—Su señoría es toda una autoridad en caballos, señorita —le explicó el encargado—. Le enseñaré el semental que compró el mes pasado en la feria de Tattersall. Es uno de los mejores pura sangre que hemos tenido en Keyston Priory.

Al ver el semental, Lara no pudo reprimir una pregunta:

—¿Cree que… sería posible que yo lo montara?

El caballerizo se mostró dudoso.

—Tendría que preguntárselo a su señoría.

—Sí, claro… y estoy segura de que no me confiaría esta nueva adquisición que debe de ser muy valiosa para él.

—La mayoría de las damas que invita su señoría no vienen con frecuencia a las caballerizas y, cuando lo hacen, le tienen miedo a cualquier caballo que sea brioso o inquieto.

—Por el contrario, eso es lo que a mí me gusta —aseguró Lara—. Por favor, escójame un caballo brioso para mañana.

El caballerizo se echó a reír y le dijo que aunque ella no podía cabalgar en Black Knigth, como se llamaba el semental, le mostraría un excelente ejemplar llamado Glorious. Lara estuvo de acuerdo en que era muy buen sustituto.

Cuando volvieron a la casa después de haber visto a Snowball, el poni de Georgina, la joven dijo a su alumna:

—Me pregunto si te das cuenta de lo afortunada que eres. Cuando yo era pequeña, sólo tenía un burro para montar hasta que se murió. Después compartí un caballo con mi madre, pero cuando se hizo viejo, ya no tuvimos dinero para reemplazarlo.

—¿Era usted muy pobre? —preguntó Georgina, al parecer muy interesada.

—Sí, mucho —respondió Lara.

La pequeña se quedó pensativa unos momentos y después dijo:

—No creo que sea justo que tío Ulric posea docenas de caballos mientras usted, que los quiere tanto como él, no tiene ni uno.

—Me gustaría tener esa suerte, desde luego —admitió Lara—; pero todos tenemos compensaciones de algún tipo. Quiero decir que aunque no pueda tener caballos, poseo algo de lo que tu tío carece.

—¿Qué es? —preguntó Georgina.

—Creo que podríamos llamarlo «imaginación». Cuando no puedo tener algo, como ese semental por ejemplo, lo imagino y de esa forma me pertenece por completo. ¡Nadie puede quitármelo!

Georgina aplaudió entusiasmada.

—¡Es una idea estupenda! Así podremos imaginarnos todas las cosas que queramos, sin que Nanny diga que son demasiados caprichos y sin que tío Ulric pueda negarse a comprármelas.

—Empieza tú —la instó Lara—. ¿Qué deseas? Hubo una pausa antes que Georgina contestara:

—Me gustaría tener una orquesta para mí sola. Cuando viene a tocar en las fiestas, Nanny siempre me lleva a dormir y no me deja oír la música.

—¿Así que te gusta la música?

—Mucho. A veces la oigo sonar dentro de mi cabeza.

—Ahora que lo pienso: no he visto que tengas piano en la sala de clases.

Mientras hablaba pensó que era extraño, pues creía que a todos los niños debería enseñárseles música, como a ella de pequeña.

—Hace tiempo había uno —explicó Georgina—, pero Nanny dice que el ruido le da dolor de cabeza y la institutriz que yo tenía entonces sólo me dejaba hacer escalas, que era un aburrimiento.

Al hablar de la música, la voz de Georgina reflejaba el mismo entusiasmo que cuando se refería a los caballos.

—Debe de haber un piano en algún lugar de la casa —murmuró Lara.

—Hay uno en el salón de música, pero la señorita Cooper jamás quería bajar allí.

Lara recordó que Jane, a pesar de toda su inteligencia, nunca había sido melómana. Incluso dudaba de que supiera tocar el piano.

—¿Te gustaría mostrarme el salón de música? —preguntó a la niña—. No creo que haya nadie en él a estas horas.

—¿De veras le gustaría conocerlo?

—¡Mucho!

La niña la guió por el mismo corredor que llevaba a la biblioteca, pero esta vez pasaron de largo ante ella y siguieron hasta el ala este de la casa, donde Georgina abrió la puerta de lo que a Lara le pareció el más perfecto salón de música.

Sin duda había sido añadido mucho tiempo después al edificio original y era de forma oval con columnas a ambos lados. En el centro se alzaba una tarima con un magnífico piano «Broadwood». Lara contuvo el aliento al verlo. Su viejo piano de la vicaría solía estar siempre desafinado y las teclas de marfil ya se habían puesto amarillentas por los años. Se acercó al «Broadwood», ocupó el banquillo y descubrió el teclado.

—¿Va a tocar algo? —preguntó Georgina, ilusionada.

—Escucha esto —le indicó Lara— y me dices qué tipo de música te gusta.

Primero interpretó un nocturno de Chopin y, sin interrupción, un vals de Strauss. Mientras tocaba, se dio cuenta de que Georgina la miraba con una expresión casi de éxtasis. «Esta niña posee temperamento musical», se dijo y supuso que allí debía de estar la clave de la indiferencia de Georgina hacia todo lo que la rodeaba y su falta de interés por todo lo que se le enseñaba.

Gracias a sus lecturas, Lara sabía que, con mucha frecuencia, los grandes músicos habían sido melancólicos y retraídos en su infancia; parecían ajenos al mundo, pero sólo porque no podían alimentar la necesidad de música que su temperamento y personalidad requerían.

Al terminar de tocar, se puso en pie y dijo:

—Ahora inténtalo tú. Georgina la miró sorprendida.

—No sé tocar como usted. Toque algo más.

—No. Quiero que me muestres lo que puedes hacer tú.

—Sólo he aprendido las escalas.

—No importa. Pero recuerda lo que acabo de tocar para ti y ve si puedes seguir por lo menos el ritmo con una mano.

Durante un momento, Georgina se quedó inmóvil mirando el teclado. Después como si sus manos pequeñas se vieran impulsadas por un deseo irresistible hacia las teclas, las tocó suavemente, una por una hasta que, mientras Lara contenía el aliento, empezó a tocar lo que «oía en su cabeza». Sonriente, miró a Lara exclamando:

—¡Puedo hacerlo!

—Claro que puedes. Y ahora, Georgina, tendremos lecciones de música todos los días mientras yo esté aquí.

La niña la miró como si no pudiera creerlo.

—¿Lecciones de verdad? —preguntó—. ¿Como ésta?

—Así es. Y te prometo que en unas cuantas semanas podrás tocar como yo, si no mejor.

Georgina lanzó un grito de alegría que tenía algo de patético.

—¡Enséñeme, por favor, enséñeme! —pidió anhelante—. Quiero aprender a tocar como usted y será tan emocionante como montar a caballo.

Permanecieron en el salón de música cerca de una hora. Después, Lara se sintió algo culpable, ya que el aya se enojaría porque se habían retrasado para tomar el té.

—Debemos volver al aula —dijo—. Y creo, Georgina, que debemos mantener en secreto lo de las lecciones de música, hasta que puedas sorprender a todos demostrándoles que ya sabes tocar.

—No se lo diré a nadie, ni siquiera a Nanny —prometió Georgina—. A ella no le gusta la música.

—Será nuestro secreto entonces —decidió Lara y Georgina tocó las teclas de marfil una vez más, como si se despidiera de ellas.

Luego la joven cerró la tapa del piano y salieron del salón de música para recorrer nuevamente el largo pasillo. Estaban casi a punto de llegar a la escalera que las conduciría a la sala de clases sin tener que pasar por el vestíbulo principal, cuando Lara vio que un hombre se aproximaba a ellas. Era evidente que se trataba de un huésped y el primer impulso de Lara fue darse la vuelta y caminar en la dirección opuesta. Pero en seguida pensó que sería un error hacer creer a Georgina que debían mostrarse demasiado misteriosas acerca de lo que hacían, así que siguió andando con naturalidad.

El hombre era alto y grueso y, al verle más de cerca, Lara se dio cuenta de que era apuesto, de forma un tanto afectada, con sus ojos oscuros y el cabello que empezaba a blanquearle en las sienes. Sintió de pronto que la mano de Georgina buscaba la suya y, sin que nadie se lo dijera, supo que estaba a punto de conocer a lord Magor.