Capítulo 8

-¡Es tan hermoso! —exclamó Marta mirando hacia el lago.

—¡No tanto como tú!

La muchacha se volvió a mirarlo y pareció como si todos los rayos del sol centellearan en sus ojos.

—Quiero creerte —dijo ella—. Quiero que pienses que soy… hermosa, y sin embargo, me parece que estoy soñando al oírtelo decir.

—Entonces sigue soñando, amor mío. Tu belleza siempre formará parte de mis sueños aunque es algo muy real.

Marta sonrió llena de júbilo y Lord Arkley pensó entonces que nunca había conocido una mujer que vibrara con cada de sus palabras y que, a pesar de su belleza, fuera tan modesta.

Estaban sentados junto al agua y no había nadie que pudiera interrumpirlos; estaban solos en un mundo propio.

—¿Crees que podremos volver mañana? —preguntó Marta.

—Eso espero —respondió Lord Arkley—. Le preguntó al rey Edward cuándo pensaba marcharse de Marienbad y me dijo que tardaría por lo menos, una semana.

Al ver que Marta suspiraba, Lord Arkley comprendió que había estado preocupada pensando que aquél podía ser el último día que estuvieran juntos.

Sintiendo que la invadía la timidez, miró hacia la otra punta del lago, donde se levantaban la niebla, y dijo con voz suave:

—Atesoraré cada momento… cada segundo… para que cuando ya no estés aquí… pueda imaginar que todo vuelve a suceder otra vez.

—No quiero hablar de ello ahora —dijo Lord Arkley—, pero sé que cuando tenga que dejarte, será como si me arrancaran el corazón.

—Eso es lo que yo siento también —replicó Marta—, pero he sido tan… afortunada habiéndote conocido y habiéndome enamorado de alguien… tan maravilloso como tú.

—Cuando me hablas así, sólo deseo cogerte en mis brazos y llevarte a algún solitario que esté en medio del Pacífico o las cumbres del Himalaya, donde nadie pueda encontrarnos nunca.

No puedo imaginarme nada más perfecto —dijo Marta en un susurro.

—Creo que me estoy portando muy bien teniendo en cuenta que ésta es una situación a la que no estoy nada acostumbrado. Pero sabes muy bien que, más que la salvación de mi alma, deseo estrecharte entre mis brazos y besar tus labios.

Al escuchar el tono apasionado de su voz, Marta se ruborizó y dijo con voz apenas perceptible:

—N… nunca me han… besado.

—¿No te han besado nunca? —repitió él incrédulo—. ¿Cómo es posible eso?

Marta no contestó, pero después de un momento, dijo:

—Cuando Friedrich le pidió a mi padre permiso para casarse conmigo, yo creí que me amaba.

—Yo también lo creí. No podía imaginarme que tuviera otro motivo para casarse con alguien que no tiene sangre real.

Marta suspiró y Lord Arkley le dijo con voz suplicante:

—Cuéntame lo que sucedió. Quiero saberlo.

Por un momento pensó que Marta iba a negarse para no ser desleal, pero la muchacha, tras un momento de vacilación, dijo con voz temblorosa:

—Friedrich vino a una cacería de perdices que había organizado mi primo el príncipe Miklos, el cual nos invitó después a todos al palacio de Fertöd para agasajarlo.

Lord Arkley había visitado el gran palacio de los Esterházy y sabía que era una construcción impresionante.

Fue construido hacia fines del siglo XVIII por el arquitecto austríaco Fefele. Después de haberlo visto una vez, nadie podía olvidar aquel edificio barroco de tres pisos con su salón de ceremonias en forma de herradura, el teatro de la ópera, el teatro de marionetas y un enorme salón de música donde Josef Haydn había reinado como el músico predilecto de la corte hasta 1790.

—Como sabrás, el príncipe Miklos es muy hospitalario. Y como todas las noches teníamos cenas y bailes, supongo que Friedrich quedó muy impresionado. Hizo una pausa antes de continuar.

—Mis primas se peleaban por atraer su atención. Bailó conmigo varias veces y salimos a cabalgar cuando no había cacerías. Como todas las demás muchachas lo encontré… muy apuesto.

Lord Arkley recordó que el príncipe Friedrich no sólo había sido muy bien parecido sino que cuando olvidaba su arrogancia podía ser encantador.

—Friedrich volvió a Alemania —continuó Marta—. Y hasta después de casarnos… no supe por qué… había vuelto.

—¿Y por qué lo hizo?

—En cuanto llegó a Wilzenstein, un amigo íntimo le confió que el kaiser deseaba casarlo con la gran duquesa de Wilderstalt.

Lord Arkley la miró sorprendido.

—Acababa de quedar viuda y tenía el doble de años que Friedrich —prosiguió Marta.

No puedo creer que te refieras a la actual gran duquesa —exclamó Lord Arkley—. Tiene más de cuarenta años y es una de las mujeres más feas de Europa. —Eso es lo que pensó, Friedrich— explicó Marta —pero como sabrás, Wilderstalt se encuentra en la frontera con Polonia y parece ser que el emperador tenía miedo de que, si la gran duquesa se casaba con un polaco o un ruso, el ducado no permaneciera fiel a Alemania.

—Ya entiendo —murmuró Lord Arkley.

Friedrich me contó después que conocía a muy pocas jóvenes con las que hubiera podido casarse. Yo fui la primera que se le ocurrió y, sin detenerse siquiera a deshacer sus maletas, regresó a Hungría.

—¿Y pensaste que había sido porque estaba enamorada de ti?

—¡Por supuesto que sí! Fue una tonta romántica.

Con un dejo de amargura, continuó:

—De todas maneras, creo que no me hubieran permitido rechazar a Friedrich aunque hubiera querido. Les había caído simpático a los Esterházy y se sintieron halagados de que yo me convirtiera en una gran duquesa reinante.

—¿Pero dices que Friedrich nunca te besó?

—Habló con mi padre para pedirle mi mano, me dio un anillo de compromiso que formaba parte de las joyas de la corona, besó mi mano y regresó a Wilzenstein.

—¿Cómo es posible?

—Me dijo después, mucho después, cuando ya estaba inválido… que nunca me había admirado. Yo no era lo que él llamaba «su tipo».

—Me imagino cual será —dijo Lord Arkley en tono sarcástico.

—El año pasado cuando ya estuvo suficientemente bien como para ir al teatro, me señaló a una… de sus amantes. Una mujer fornida… supongo que la palabra exacta sería… exuberante.

Lord Arkley pudo leer la afrenta en sus ojos. Una de las razones por las cuales era tan poco consciente de su belleza era que había vivido durante tres años con un hombre que, no sólo la odiaba, sino que no apreciaba su delicada hermosura ni su espiritualidad.

Marta prosiguió contando su historia.

—Esterházy insistió en que debíamos casarnos en Wilzenstein. Sabía que eso complacería a su pueblo y también que, una vez anunciado el matrimonio en la capital de su reino, sería imposible que el emperador tratara de convencerlo de que era su deber casarse con la gran duquesa.

Lord Arkley comprendió muy bien lo ocurrido y tuvo que admitir que había sido una jugada maestra, que evitó que el príncipe se viera amarrado a una esposa fea y vieja.

—Mi padre, mi madre y yo llegamos a Wilzenstein la víspera de la boda —continuó Marta—. Friedrich vino a visitarnos al hotel donde nos hospedábamos, pero nunca estuve sola con él. Me hizo un regalo de bodas, pero a mí me desilusionó… que no hiciera ningún esfuerzo por besarme.

Sus oscuras pestañas contrastaban con la palidez de su rostro mientras proseguía contando su historia.

—Al día siguiente, cuando mi padre me llevó a la catedral, me pareció que Friedrich era el príncipe de un cuento de hadas. Estaba elegantísimo con su uniforme blanco cubierto de medallas. Y la ceremonia fue tan emocionante… Cuando salíamos de la catedral… ya sabes lo que ocurrió.

La bomba del anarquista, había destrozado no sólo al príncipe sino que había alterado también la vida futura de la novia.

—Si pudiera salvarte, cariño, de todo lo que has sufrido y evitarte más sufrimientos, lo haría gustoso —dijo Lord Arkley.

—Ya lo sé. Y nunca le ha contado esto a nadie. Siento tanta lástima por Friedrich… pero como sabes, me odia porque yo resulté ilesa en el atentado.

—Puedo entenderlo en cierto modo —dijo Lord Arkley—, excepto que me parece imposible que alguien odie y quiera lastimar algo tan exquisito y perfecto como tú.

Marta le sonrió tímidamente y contestó:

—Quisiera serlo… pero a veces me rebelo. A veces solo quisiera morir… aunque sé que es un pensamiento malvado.

—No debes decirlo nunca más. Recuerda que eres mía. Nos pertenecemos el uno al otro y tal vez Dios tenga piedad de nosotros y algún día podamos estar juntos.

Un destello brilló en los ojos de Marta cuando preguntó:

—¿Lo crees posible? ¿Sientes en el fondo de tu corazón, que eso puede suceder algún día?

—¡Todo es posible! Y rezaré porque un día no sólo pueda besarte sino que me pertenezca completamente, vida mía.

—Eso es lo que yo deseo también.

—Nos ata un lazo tan extraño que tengo la certeza de que hemos estado juntos en el pasado, en otras vidas que no podemos recordar.

—¿Y… estaremos juntos… en el futuro?

Lord Arkley la miró con ternura unos instantes y luego respondió:

—Siempre he creído que Dios es misericordioso y que el amor es más fuerte que el odio.

—Entonces, mi amor te seguirá… a dondequiera que estés —dijo Marta—, y, por favor, nunca, nunca, nunca, te olvides de amarme.

—Me sería imposible dejar de hacerlo.

Se miraron a los ojos y Marta sintió que sus corazones latían al unísono.

Con un esfuerzo sobrehumano, Lord Arkley dijo:

—Debemos regresar, adorada mía.

—S… sí, sí, por supuesto.

De pronto, Marta preguntó con voz llena de pánico:

—¿Qué le diré a Friedrich cuando me pregunte de qué hemos hablado?

—Pensaré en algo razonable en el camino de vuelta.

Salieron del café y fueron a buscar a sus caballos.

Cuando él la ayudó a montar en el caballo, un chispazo pareció cruzar los ojos de Lord Arkley, un destello que indicaba la emoción que sentía al rodear con sus manos el talle de Marta. La muchacha sintió de pronto que estaba junto a un hombre, junto a un hombre que la deseaba como mujer. Esta súbita sensación hizo que apenas pudiera dominar los apresurados latidos de su corazón y su respiración agitada.

Avanzaron por el camino sombreado por los pinos y, sólo cuando hubieron perdido de vista el lago, dijo Lord Arkley:

—Dile al príncipe Friedrich que los ingleses están muy preocupados por la enorme cantidad de barcos de guerra que el kaiser planea construir.

Marta no respondió y él añadió rápidamente:

—Comprendo, cariño, que encuentras degradante tener que contarle nuestra conversación a tu esposo, pero no quiero que se enfade contigo porque podría prohibirte salir a montar conmigo.

—¡No… no… por supuesto que no! —dijo Marta rápidamente—. Sé que soy una tonta, pero lo único en que puedo pensar es en lo mucho que deseo tu compañía. Sólo que…

Su voz se quebró y Lord Arkley terminó la frase por ella:

—Que eres demasiado delicada, demasiado honesta para mezclarte en intrigas y mentiras y en todas las decepciones que acarrean.

Lord Arkley suspiró:

—¡Si al menos pudiera llevarte lejos de todo esto! ¡Si pudiéramos irnos a Inglaterra!

—No importa el lugar… siempre que estemos juntos.

—Lo sé —contestó él—, pero me gustaría llevarte a mi casa y que pudieras vivir en el ambiente que te corresponde, en el que sería un verdadero hogar para ti.

Lord Arkley sabía lo mucho que aquella palabra significaba para Marta, pero al pensar que estaban pidiendo lo imposible, ambos prosiguieron su camino en silencio.

* * *

Como Marta había supuesto, Friedrich estaba desayunando cuando ella entró y, en cuanto Josef le sirvió una taza de café y se retiró de la habitación, el príncipe preguntó:

—¿Qué tienes que contarme?

—Lord Arkley no habló de Francia —contestó Marta diciendo la verdad—, pero dijo que los ingleses estaban muy preocupados por la enorme cantidad de barcos de guerra que los alemanes están planeando construir.

—¡Ellos empezaron primero! —dijo con furia el príncipe Friedrich—. Su armada es mayor que la nuestra y, sin embargo, Inglaterra es un país más pequeño, ¿por qué pretenden dominar los mares?

Marta no respondió y él prosiguió:

—La próxima vez que lo veas, pregúntale a Arkley por qué Alemania debe estar incrustada en Europa sin una fuerza naval.

Después de una pausa, continuó, alterándose cada vez más:

—Los alemanes necesitan espacio para su pueblo y, si no lo logramos por medios pacíficos, entonces, al igual que Inglaterra, nos apoderaremos de lo que necesitemos.

Había empezado a gritar y Marta contestó rápidamente:

—Creo que no entiendo nada de política, Friedrich, y si me perdonas, voy a cambiarme para ir al «Kreuzbrunnen».

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de que llegara, le gritó:

—¿Es eso todo lo que tienes que decirme? Dios sabe que has estado fuera el tiempo suficiente para averiguar mucho más que eso.

Marta no respondió, pero estaba temblando cuando abrió la puerta de su habitación.

«¿Cómo podré soportarlo?», se preguntó.

Pero comprendió que lo único que podía hacer en aquel momento era cambiarse con toda celeridad para no tener esperando a Friedrich.

Mientras se vestía, su doncella se quejó de algunas inconveniencias que había encontrado en el hotel, pero Marta no la escuchaba.

Trató de volver a sentir la felicidad que había experimentado sentada con Lord Arkley a la orilla del lago encantado.

Marta se dijo que únicamente pensaría en él, sintiendo que disminuía la tensión que le provocaba la presencia de Friedrich.

—¡Le amo, le amo! —murmuró.

Trató de olvidarse de todo y pensar únicamente en el rostro de Lord Arkley, en el tono grave de su voz, que la fascinaba, y en el instante en que habían estado tan juntos, cuando él la alzó para ayudarla a subir a la montura.

«Tal vez sea pecado amarlo tanto», pensó mientras caminaba detrás de Friedrich hacia el «Kreuzbrunnen».

Pero, como había dicho Lord Arkley, el amor entre ellos era algo inevitable.

Cuando se unieron al grupo de gente que paseaba por los alrededores de la columnata, Marta sabía que sólo había un rostro que ella deseara ver. Todos los demás le parecían intrascendentes.

El día transcurrió rutinariamente. Friedrich fue a ver al médico y a seguir su tratamiento mientras Marta había sugerido que podían ir a almorzar de vez en cuando a los restaurantes de los alrededores e, incluso, al famoso restaurante del bosque, donde los dos reyes habían ingerido aquella opípara comida.

Pero a Friedrich le gustaba economizar en los gastos pequeños y, como la comida estaba incluida en el precio del hotel, el príncipe siempre volvía a Weimar a tomar su alimentos.

Hubiera sido menos agobiante si al menos hubieran podido comer en el restaurante del hotel, donde Friedrich no hubiera podido gritarla ni regañarla.

Pero Friedrich se consideraba demasiado importante y prefería molestar a los camareros y que le llevasen la comida hasta el salón de su habitación.

Como siempre, contrarrestaba el buen efecto que pudieran haberle hecho las aguas bebiéndose una botella entera de clarete con la comida.

Afortunadamente, aquello le daba sueño y, cuando se retiraba a descansar, Marta quedaba libre por lo menos durante una hora.

Sabía que ese día la duquesa iba a salir, por lo que fue hasta el balcón para contemplar el valle y pensar en la felicidad que había experimentado al cabalgar bajo las ramas de los pinos en compañía de Lord Arkley.

Mientras las horas iban transcurriendo, Marta sólo pensaba en que llegara el día siguiente. Decidió que no sería prudente encontrar a Lord Arkley todas las noches en el jardín, como hubiera deseado.

Alguien podría verlos y también, aunque era muy ingenua en todo lo referente a sus recién descubiertos sentimientos, comprendió que sería casi imposible conservar su amor puro y espiritual si se escondían juntos bajo las ramas del sauce.

Deseaba que Lord Arkley la estrechara entre sus brazos y la besara como él había dicho. Y como sus almas sentían al unísono, se había dado cuenta de los esfuerzos que Lord Arkley tenía que hacer para dominarse.

Si dejaba que sus manos se posaran en ella, sería no sólo desleal con Friedrich, sino que, además, cometería un pecado, se recriminó severamente.

Sin embargo, todos los nervios de su cuerpo añoraban el contacto con Lord Arkley y sabía que él la deseaba con un fuego que se reflejaba en sus ojos y a veces en su voz.

El sol penetraba por el balcón y el calor se hizo tan intenso que, en vez de permanecer afuera, fue a su habitación a sentarse en un sillón junto a la ventana abierta.

A pesar de la felicidad que sentía, el ejercicio, el calor y la intensidad de sus sentimientos la agotaron y se quedó dormida.

Se despertó sobresaltada cuando escuchó a Friedrich gritar en la habitación contigua.

Su voz la asustó. Se puso de pie de un salto y oyó que Friedrich estaba llamando a Josef con su habitual tono agresivo.

Fue hasta la puerta que comunicaba las dos habitaciones y la entreabrió para ver si Josef había acudido a la llamada o si es que había salido.

Oyó entrar al criado por la otra puerta del dormitorio.

—¿Me llamaba su alteza real?

—¡Por supuesto que te llamaba idiota!

Marta cerró la puerta.

No podía soportar que su esposo ofendiera así a aquel bondadoso criado, cuya lealtad no podía ser recompensada con dinero.

Como el príncipe Friedrich tenía que seguir otro tratamiento, por la tarde emprendieron el camino que conducía a la clínica donde le ayudaba a hacer ejercicios especiales, que debían fortalecer su espalda y sus miembros paralizados.

Apenas habían salido del hotel, cuando vieron que, por su mismo camino, pero en dirección contraria, venía la duquesa.

Estaba muy elegante con su sombrilla adornada de encaje. Iba acompañada por un caballero de su misma edad.

—Ésa es la duquesa de Vallière —dijo Marta en voz baja.

—Tengo ojos para verla —respondió Friedrich con rudeza—. Me desagrada esa mujer y no deseo que tengas amigas francesas.

—La conozco de toda la vida, así que por favor, Friedrich, sé agradable con ella.

Aunque se lo había suplicado, comprendió por la expresión en el rostro de su esposo que estaba decidido a portarse con agresividad.

—¡Marta, cuánto me alegro de verte! —exclamó la duquesa y, sonriéndole al príncipe Friedrich, añadió:

—Espero, señor, que se encuentre mejor y que le hayan aliviado las aguas de Marienbad.

—Para que me hagan bien —replicó el príncipe Friedrich—, no puedo perder el tiempo en conversaciones frívolas.

Hizo un gesto con la mano para que Josef no se detuviera y pasó junto a la duquesa sin tomarse la molestia de quitarse el sombrero.

Marta le miró con ojos suplicantes.

—Lo siento mucho —murmuró.

—Está bien, ma petite —replicó la duquesa—. Lo entiendo. Y, bajando la voz, añadió:

—Ven a verme tan pronto como puedas.

Marta le sonrió y, al ver que Friedrich se alejaba, corrió tras él.

—¡Ese hombre es intolerable! —dijo el acompañante de la duquesa—. ¡Si no fuera un inválido, le daría una lección!

—¿Puede usted imaginarse lo que significa para mi pobre Marta vivir con esa fiera? —dijo la duquesa. Iba a añadir algo más, pero la emoción le impidió continuar.

Sintiéndose profundamente disgustada por aquel incidente, la duquesa puso una mano sobre el brazo de su acompañante y éste le dio unos golpecitos para tranquilizarla.

—Esperemos que el príncipe no viva muchos años —dijo él.

—Sé que es cruel —replicó la duquesa—, pero es algo por lo que ruego todos los días de mi vida.

Marta alcanzó al príncipe Friedrich y le acompañó en silencio. Veía con desesperación que él estaba decidido a aislarla de todas las personas a quienes apreciaba.

La duquesa perdonaría tanta grosería porque era muy comprensiva, ¿pero cuántas otras personas tolerarían aquel comportamiento?

Tomó la determinación de pedirle disculpas a la duquesa antes de que terminara el día, por mucho que a Friedrich le disgustara. Tuvo la oportunidad después del té cuando él leía absorto los periódicos, algunos de los cuales le llegaban directamente de Alemania.

Sin dar ninguna explicación, Marta salió del aposento y fue hasta el de la duquesa, que se encontraba en el piso de abajo.

Estaba sola y cuando oyó que anunciaban a Marta, le tendió las manos.

Marta corrió a arrodillarse junto a su silla.

—Lo siento tanto, Madame, ¡no sabe cuánto lo siento! ¡Es intolerable que Friedrich se haya portado de esa forma con usted! Sólo lo hace porque usted es mi amiga y sabe que yo la quiero mucho.

—Lo comprendo, ma petite —contestó la duquesa—, y no necesitas disculparte.

Al ver las lágrimas que asomaban a los ojos de Marta, le dijo sonriendo:

—Hablemos de algo más agradable. ¿Has disfrutado de tu paseo esta mañana?

—Ha sido tan maravilloso que no puedo expresarlo con palabras —contestó Marta—. Sólo espero que llegue mañana para poder escaparme y olvidar.

Marta comprendió que había cometido una indiscreción al expresarse así, pero la duquesa la estrechó entre sus brazos.

—Olvídate de todo —le dijo—, ¡pero ten cuidado! No deseo que tu nombre esté en boca de las gentes de lengua maliciosa.

—¿Quiere decir… que están murmurando… porque salgo a cabalgar con Lord Arkley?

—Afortunadamente, lo saben muy pocas personas —replicó la duquesa—, pero Ian Arkley, como sabes muy bien, es un hombre muy atractivo y a las mujeres no les agrada una supuesta rival.

Marta se puso en pie y dio un suspiro. Fue a sentarse en una silla con cara de preocupación.

—No quisiera perjudicarle… en ningún sentido.

—Él no saldrá perjudicado —aseguró la duquesa—. Estoy pensando en ti, querida. Sabes tan bien como yo que los alemanes lo malinterpretan todo y que pensarán lo peor de la amistad entre un hombre y una mujer.

—No puedo negarme… a cabalgar con él —murmuró Marta.

—¡No, por supuesto que no! —la consoló la duquesa—, pero te lo advierto por tu propio bien.

Marta decidió que ninguna mujer, por muy celosa e intrigante que fuera, le robaría la compañía de Lord Arkley durante aquellos últimos días que les quedaban para estar juntos.

Para cambiar de tema, le pidió a la duquesa que les describiera la fiesta a la que había asistido y las gentes que había encontrado y, como a la anciana le gustaba hablar y siempre se le ocurría algún comentario ingenioso, muy pronto rieron las dos.

Más tarde, cuando ya llevaban hablando casi un cuarto de hora, Marta dijo:

—Debo regresar. Friedrich se enfadará si sabe dónde he estado, pero tenía que venir a pedirle disculpas.

—No había necesidad —comentó la duquesa—. Bueno, ahora es mejor que te vayas. Y que disfrutes de tu paseo mañana, ma petite.

Observó la expresión del rostro de Marta y, cuando se hubo marchado, la duquesa se quedó pensativa y preocupada.

Comprendía bien que aquella inexperta niña, porque así es como ella la consideraba, se había enamorado sin reservas de un hombre atractivo y mundano.

¿Qué era preferible, se preguntó la duquesa, experimentar todos los sufrimientos de un amor al que inevitablemente tendría que renunciar, o no conocer nunca el amor?

No pudo encontrar una respuesta a aquella pregunta.

Sólo podía confiar en que Lord Arkley valorara la delicadeza de Marta y lo diferente que era de todas las demás mujeres que le habían amado.