Capítulo 10

El vagón de ferrocarril perteneciente al príncipe Miklos era enormemente cómodo. Lord Arkley se había montado en él en Budapest y se dirigía hacia el palacio del príncipe.

Después de haber bebido un burbujeante y delicioso vino de Hungría, Lord Arkley se sentó a comer unos manjares como lo que podían servirse en los mejores restaurantes del mundo, atendido por criados que vestían libreas de la familia.

Sin embargo, en lo único en lo que podía pensar era en que al final de aquel día vería nuevamente a Marta.

Pensó, como tantas otras veces, que aquél había sido el año más largo de su vida.

Pero sabía que debía observar los convencionalismos y que Marta debería guardar luto por su esposo como se esperaba de toda viuda.

Cuando transcurrió el verano, empezó a sentirse cada vez más impaciente.

Finalmente el rey Edward le dijo:

—¿Vendrá conmigo a Marienbad como de costumbre? —Entonces supo que la espera había terminado y que la felicidad que tanto anhelaba estaba próxima.

Lo más frustrante de todo aquel tiempo era que le había sido imposible comunicarse con Marta. Las cartas eran peligrosas porque podían leerlas ojos indiscretos y por la misma razón, le era imposible comunicarse con ella.

El único consuelo que había tenido, después de aquella terrible noche en que había llevado a Marta casi inconsciente hasta su lecho, era que sabía que la duquesa estaba a su lado.

Ignoraba cómo había podido regresar a la fiesta del rey y reír y bromear como si nada hubiera sucedido.

Cuando por fin todos se dirigieron al casino, Lord Arkley sintió que ya no podía seguir encerrado entre cuatro paredes.

Caminó sólo a través del bosque, siguiendo el camino que había recorrido aquella mañana con Marta. Después de haber rogado y esperado, Dios había sido misericordioso con ellos y, después de algún tiempo, volverían a reunirse para disfrutar de su felicidad.

Pero antes tendrían que salvar muchos obstáculos y sobreponerse a un sinnúmero de dificultades.

Lo que más le preocupaba a Lord Arkley era la salud de Marta. Tenía que no pudiera soportar la tensión de todo lo sucedido y el fatigoso protocolo del entierro del príncipe Friedrich.

Existía también la remota posibilidad de que se descubriera la verdad y se organizara un escándalo que haría tambalearse a todas las monarquías si revelaba que al príncipe Friedrich le habían matado con un arma de fuego disparada por su ayuda de cámara para evitar que matara a su esposa.

Sin embargo, Lord Arkley estaba seguro de que podía confiar en que Josef callaría, no sólo por salvar su pellejo sino también para no manchar el buen nombre de Marta.

Lord Arkley tenía experiencia en juzgar a las personas y, aunque nadie se lo había dicho, estaba convencido que la única razón por la que Josef había soportado el intolerable comportamiento y los insultos de Friedrich, era debido a la devoción que sentía por Marta.

Por lo tanto era poco probable que la expusiera a las burlas y desprecios del mundo.

Lord Arkley también intuía que podía confiar en el buen sentido de herr Hammerschmid. No había en el mundo un grupo de personas que más temieran el escándalo y las consecuencias que éste podía tener para su reputación que los dueños de hoteles.

Herr Hammerschmid estaba orgulloso de que en su hotel se hospedara no sólo el rey de Inglaterra, sino también muchos otros monarcas que imitaban su comportamiento.

Era inimaginable que todo aquel trabajo pudiera verse perjudicado por un gran duque alemán de poca importancia.

Lord Arkley confiaba en que el cuerpo de Friedrich fuera llevado sigilosamente a alguna casa privada de salud, en la que se le dijera que «estaba demasiado enfermo para recibir visitas».

Así fue exactamente como sucedió.

A la mañana siguiente Lord Arkley se enteró de que su alteza real el príncipe Friedrich había sufrido un grave ataque al corazón y que su estado era grave.

La noticia se extendió por Marienbad y se discutió junto al «Kreuzbrunnen» cuando las gentes se reunieron a tomar el agua.

La noticia no sorprendió a nadie, porque Friedrich, con su rostro hinchado y su reputación de gran bebedor, había causado la impresión de que era un hombre que no viviría muchos años.

—¡Pobre diablo! Si muriera, sería lo mejor que pudiera pasarle —comentó el rey Edward.

—Estoy de acuerdo con usted, señor —contestó Lord Arkley—. Pocos de nosotros quisiéramos vivir en esas circunstancias.

El marqués de Soveral interrumpió la conversación con una divertida anécdota y la enfermedad del príncipe Friedrich quedó olvidada entre las risas de los presentes.

En cuanto volvió del «Kreuzbrunnen», Lord Arkley fue a ver a la duquesa.

—Viene muy temprano, milord —dijo la anciana tendiéndole su mano—, y me imagino que ha venido a discutir la grave enfermedad del príncipe Friedrich.

Yo acabo de enterarme de ella por mis criados.

—Efectivamente, señora —dijo Lord Arkley llevándose la mano de la duquesa a sus labios—, y, además, estoy muy preocupado por la princesa.

—Es lo que había pensado —replicó la duquesa—, y francamente, creo que mis plegarias han sido escuchadas.

Sus astutos ojos se encontraron con los de Lord Arkley y ambos cruzaron una mirada de entendimiento.

—Lo que ha venido a pedirle —dijo Lord Arkley—, es que ayude a la princesa porque, como comprenderá, yo no puedo hacerlo.

—Ya me he preparado para hacerlo en cuanto Marta pueda recibirme, y usted sabe tan bien como yo, Lord Arkley, que en estos momentos la única persona que debe permanecer lejos de ella es usted.

—Lo comprendo, Madame.

—Déjelo todo en mis manos —dijo la duquesa—, pero venga a verme esta noche y le contaré lo que sé que estaré impaciente por saber.

Lord Arkley supo por la duquesa que Marta habría sufrido un colapso nervioso si su amor no le hubiera prestado fuerzas.

—Me pidió que le dijera —dijo la duquesa—, que está pensando en la bruma que flota sobre el lago, que usted entendería.

—Lo comprendo —murmuró Lord Arkley.

—Parece tan frágil, tan enferma —dijo la duquesa, quebrándosele la voz—, que me temo que todo esto sea demasiado para ella.

—¿Quisiera llevarle un mensaje?

—Sabe muy bien que lo haré.

—Dígale a Marta que la estaré esperando más allá de la niebla.

La duquesa entregó fielmente el mensaje y, cuando Marta sonrió débilmente y sus ojos se iluminaron, comprendió que sus temores eran infundados.

Tres días después, el féretro de Friedrich, cubierto de negro crespón, partió en un tren de regreso a Wilzenstein. Marta lo acompañó en contra de las órdenes de los médicos.

Lord Arkley leyó en los periódicos la noticia de los servicios funerales ofrecidos en Wilzenstein para el fallecido monarca.

El príncipe Friedrich fue enterrado con toda la grandeza y pompa que a él le habrían gustado.

La mayoría de los países de Europa estuvieron representados y, aunque el emperador no pudo asistir personalmente, envió como sus representantes al barón von Echardstein y al almirante von Senden.

Lord Arkley pensó que aquél era un gesto lleno de cinismo, que sólo podía habérsele ocurrido al kaiser.

Una vez que la muchacha partió de Marienbad, le fue imposible tener noticias íntimas de Marta. Lord Arkley comprendía que lo que menos podía hacer era tratar de comunicarse con ella mientras estuviera en Alemania.

Por consiguiente, tuvo que esperar que se terminaran todas las honras fúnebres y todos los homenajes en honor de Friedrich y que Marta partiera del palacio en dirección a su hogar de Hungría.

Pero se puso casi frenético ante su impotencia para ayudarla cuando se enteró por los periódicos que Marta había sufrido un colapso nervioso después del funeral y que estaba bajo tratamiento médico.

Si hubiera obedecido el impulso de cualquier hombre enamorado, no hubiera hecho caso de los convencionalismos y hubiera viajado a Wilzenstein para verla. Pero su estricto dominio de sí mismo y su preparación diplomática le detuvieron.

Durante varias semanas apenas si pudo conciliar el sueño hasta que finalmente supo que Marta estaba lo suficientemente restablecida como para regresar a Hungría.

Sintió que se había quitado un gran peso de encima, pero un innato sentido de la prudencia le hizo decidirse a no escribirle.

Era muy arriesgado hacer algo que pudiera despertar sospechas en la familia de Marta de que la muchacha había pensado en otro hombre que no era su esposo.

Se puso de acuerdo con la duquesa para que le enviara a Marta flores en su nombre todos los meses. No se atrevió a incluir ninguna nota, pero las palabras eran innecesarias entre ellos y la muchacha comprendería lo mucho que la recordaba.

Sabiendo que le esperaban muchos meses de soledad hasta que pudieran reunirse nuevamente, Lord Arkley se entregó a su trabajo con una devoción y una desesperación que sorprendió a todas las mujeres que le habían conocido con anterioridad.

Las grandes anfitrionas, cuyas invitaciones rechazaba una tras otra, pensaron que debía estar envuelto en algún nuevo idilio. Pero cuando descubrieron que nunca se veía a Lord Arkley sólo con alguna mujer, excepto alguna de mucha más edad que él, se quedaron sorprendidas y, después, se sintieron un poco despechadas.

—¿Qué puede haberle ocurrido a Ian Arkley? —se preguntaban—. Antes era tan divertido, y sin embargo ahora sólo piensa en trabajar y ser ríe únicamente cuando está en compañía del rey.

Pero el rey Edward estaba encantado por la cantidad de tiempo que Lord Arkley le dedicaba.

Las relaciones entre Inglaterra y Alemania seguían siendo amistosas gracias únicamente a los esfuerzos del «tío Bertie». Ahora eran los franceses los que tenían miedo de que pudiera firmarse una alianza anglo-germana.

Antes de ir a disfrutar de sus acostumbradas vacaciones en Marienbad, el rey visitó Alemania y esta vez fueron los franceses los que se sintieron preocupados por los resultados de aquel encuentro.

Afortunadamente para Lord Arkley, resultó ser un viaje rutinario y sin contratiempos. El emperador Wilhelm estaba en la estación aguardando el tren del rey. Iba vestido con su inevitable uniforme y estaba escoltado por su acostumbrado enjambre de oficiales del ejército.

Después de la cena, se habló de política y Lord Arkley quedó admirado ante la habilidad del rey Edward para abordar los temas de una manera ingeniosa, pero sin comprometerse a nada.

Pero toda esta situación exigía un gran esfuerzo, así que Lord Arkley suspiró aliviado cuando el emperador y su comitiva regresaron a Berlín y el rey Edward prosiguió su viaje a Marienbad.

Una noche cuando aún estaban en Alemania, el rey le había comentado al kaiser:

—Sentí la muerte de Friedrich de Wilzenstein, pero había sufrido tanto, que creo que fue un acto piadoso.

—¿Friedrich? ¡Ah, sí, por supuesto, Friedrich! —dijo el kaiser como si de momento no recordara a quién se refería el rey—. Se convirtió en una ruina humana después de la explosión; fue una lástima que la bomba no terminara con él en aquel mismo instante.

Lord Arkley sintió deseos de pegarle por su dura indiferencia, pero el kaiser cambió de tema y el nombre del príncipe Friedrich no volvió a mencionarse.

Ahora, mientras Lord Arkley tomaba una taza de café en el tren, uno de los criados que le atendía se aproximó para decirle:

—Se me sugirió, milord, que tal vez desearía ponerse su traje de montar.

Lord Arkley alzó las cejas y el criado continuó:

—Por supuesto habrá un carruaje esperando en la estación, pero también un caballo por si desea tomar el camino más corto hacia el palacio a través del bosque.

Lord Arkley se quedó pensando. Sabía por su visita anterior, que había un bosque de pinos entre la estación y el palacio, un bosque cuyos alrededores eran muy semejantes a los de Marienbad.

Fue al otro compartimento y se encontró con que Hawkins ya había sacado de la maleta su traje de montar. Sólo necesitó unos minutos para cambiarse.

Entonces volvió a sentarse junto a la ventanilla para contemplar el magnífico paisaje. Aunque hacía mucho calor, la nieve blanqueaba todavía los picos de las montañas, que se recortaban sobre el azul del cielo.

Los grandes ríos plateados que corrían por los valles, y aunque no estaban crecidos por los deshielos del invierno, tenían la misma majestad que los castillos que se alzaban junto a ellos.

La invitación a visitar el palacio de Esterházy había venido directamente del príncipe Miklos. Aunque parecía una invitación común y corriente para una cacería, Lord Arkley estaba seguro de que Marta estaría en el palacio de su primo y de que muy pronto la vería.

Se sentía tan excitado y emocionado como un joven que acude a una cita con su primer amor. Pero, después de todo, ésa era la verdad.

Él nunca había amado a nadie como amaba a Marta y, durante la separación, su amor había ido creciendo día a día. Ahora, incluso sentía miedo de que no pudieran volver a sentir el éxtasis que habían experimentado en aquellos días de angustia.

Pero entonces se dijo que no había motivo para tener miedo. Cuando dos personas se amaban como él y Marta, con sus mentes y sus espíritus sincronizados, ni el tiempo ni la distancia podían alterar sus sentimientos.

El tren se acercaba lentamente a la pequeña estación, construida especialmente para los visitantes del palacio.

Colocaron apresuradamente una alfombra roja ante la puerta del vagón y, cuando Lord Arkley se bajó, fue recibido por uno de los hijos menores del príncipe.

—¡Me alegro mucho de verle de nuevo, milord! —exclamó.

Lord Arkley miró con afecto a aquel apuesto joven húngaro que, junto con su hermano, le había hecho disfrutar inmensamente de su anterior visita al palacio.

Mientras hablaba del viaje y de otros asuntos sin importancia, fueron caminando hacia un extremo de la estación donde les esperaba un carruaje y una carreta para los criados y el equipaje.

También habían llevado un brioso caballo de las caballerizas del príncipe, conocidas como una de las mejores de Hungría.

—Es mucho más rápido cabalgar a través del bosque —dijo el joven que había ido a recibir a Lord Arkley—, y debe perdonarme si no le acompaño, pero creo que en el camino encontrará a alguien que le conducirá al palacio.

Un destello de malicia brilló en sus ojos y Lord Arkley montó el caballo con la certeza de que, después de una espera tan larga, vería muy pronto a Marta.

Cabalgó un buen trecho hasta que, de pronto, vio delante de él, entre los pinos, la silueta de un jinete montado en su caballo.

El corazón le latió con fuerza y unos segundos después miró hacia allí con incredulidad. Le hubiera sido difícil no reconocer aquella figura de haberla encontrado en medio de una multitud.

Cuando los ojos de Marta buscaron los suyos, vio que eran los mismos que él recordaba. Y, cuando sus miradas se encontraron, sobraron las palabras para expresar la dicha que los envolvía, tan luminosa como los rayos del sol. —¡Marta!

Lord Arkley pronunció su nombre con una mezcla de alegría y sorpresa.

La desdichada mujer, delgada y tensa, con el dolor reflejado en las profundidades de sus ojos, había desaparecido. Ante él se encontraba una joven tan radiante que parecía la personificación de la primavera.

Marta llevaba un ligero traje de montar y, como la tarde era muy calurosa, se había quitado la chaqueta, quedándose solo con una fina blusa amarilla.

Mientras esperaba, se había quitado su sombrero de ala ancha y lo había puesto en el arzón de la silla.

La luz del sol, que se filtraba a través de los árboles, prestaba extrañas tonalidades en la luminosidad de sus ojos.

A Lord Arkley le pareció que no había en el mundo una mujer más hermosa ni más feliz.

Se miraron en silencio. Después Marta exclamó:

—¡Ya estás aquí!

—¡Ya estoy aquí, junto a ti, adorada mía!

La muchacha se sintió un poco cohibida y añadió:

—No podía soportar… encontrarte… entre todas las demás personas… y además… y además… quiero mostrarte algo.

Adelantó su caballo y Lord Arkley la siguió. Avanzaron juntos por un sendero que serpenteaba entre los pinos.

Al cabo de un corto trecho, apareció delante de ellos un lago. Era más grande que el de Marienbad y más hermoso, rodeado de árboles y de montañas cubiertas de nieve.

Marta sonrió al decirle a Lord Arkley.

—Me temo que… no hay ningún café, pero podremos estar… solos. —Eso es todo lo que quiero.

Detuvieron los caballos y Lord Arkley desmontó. Cuando se aproximó a Marta comprendió que la muchacha estaba esperando que la cogiera por la cintura para ayudarla a bajar de la silla.

La sintió como una pluma entre sus brazos aunque había engordado desde la última vez que la había visto y los rasgos angulosos de su rostro habían desaparecido. También admiró la suave curva de sus pechos bajo la ligera tela de su blusa.

La dejó en el suelo, pero siguió abrazándola. Los caballos buscaron la hierba y ellos se quedaron solos bajo los pinos.

—¿Me echaste de menos? —preguntó Lord Arkley.

Marta no hizo ningún movimiento para alejarse de él, sino que a Lord Arkley le pareció que la muchacha se acercaba aún más, por lo que sus brazos la estrecharon con más fuerza.

—Pensé que este año no transcurriría nunca —murmuró ella.

—¿Todavía me amas?

—Iba a hacerte la misma pregunta. Me daba tanto miedo que… me olvidaras.

—¿Y crees que eso hubiera sido posible?

El tono grave de su voz la hizo estremecerse.

—Pensé en… todas las mujeres hermosas que has conocido… —empezó a decir ella, pero se detuvo y, después de una pausa, dijo:

—Estaba segura… completamente segura de que nuestro amor era demasiado maravilloso para terminar.

—Nunca podrá acabar —dijo Lord Arkley—. Yo también he encontrado este año interminable.

—¡Te amo!

Las palabras fueron pronunciadas apenas en un susurro, pero él las escuchó nítidamente. La atrajo más hacia él y sus labios se posaron en los de Marta.

Era lo que Lord Arkley había estado esperando, pero no olvidó que Marta nunca había besado a ningún hombre y que aquélla sería la primera vez.

Fue dulce, suave y tierno. La besó como si fuera una flor y todo lo espiritual y sagrado que sentía por ella se reflejó en el roce de sus labios.

A Marta le pareció que se le abrían las puertas del cielo y que por fin encontraba lo que siempre había anhelado.

Aquello era lo que había más allá de la niebla, en las sombras de los pinos y en sus almas.

Era un éxtasis indescriptible que la unía a Lord Arkley y los convertía a ambos en un solo ser.

Ella se sintió transportada a ese mundo encantado del que habían hablado, pero que ella nunca esperaba encontrar.

Pero ahora había entrado en él y su amor la acompañaba.

Él era su guía, su amo, su sostén, todo lo que Marta ansiaba que un hombre le ofreciera.

Fue tan perfecto, tan maravilloso, que cuando Lord Arkley separó sus labios de los suyos, Marta tuvo la sensación de que un halo de luz le rodeaba y que ya no era humano.

Al contemplar sus ojos radiantes, la suavidad de sus labios y al sentir su corazón latiendo junto al suyo, Lord Arkley dijo:

—Te venero, adorada mía. Estamos juntos y ya no existiría la desdicha para ti, porque juro que te haré feliz.

—¡Te amo! —dijo Marta—. Te amo… con todo el amor que hay en el mundo.

—Y así será siempre.

La besó de nuevo y esta vez sus labios fueron más posesivos y, sin embargo, infinitamente tiernos.

Horas después fueron a sentarse sobre la hierba a un lado del lago. Iban con los brazos entrelazados y los ojos de Lord Arkley estaban fijos en el rostro de Marta como si no se cansara de mirarla.

—Estás aún más hermosa de lo que recordaba —le dijo—, y sé que se debe a que se han esfumado los temores que te acosaban y que me hacían desear tenerte así entre mis brazos y protegerte siempre.

—Eso es lo que has hecho.

—Y lo haré siempre, siempre, por el resto de nuestras vidas.

Marta suspiró de felicidad y apoyó la cabeza en el hombro de Lord Arkley.

—Tenía miedo de que todo fuera un sueño… y que algo te impidiera… reunirte conmigo.

—Nada en el mundo tendría ese poder —contestó él—, aunque el rey Edward insistió en que la acompañara a Marienbad.

—¿Pero te negaste?

—Me negué tan firmemente que no discutió. Tendrá que aprender a prescindir de mí en el futuro, así que es mejor que empiece a aprenderlo desde ahora.

—¿Prescindir de ti? —preguntó Marta—. ¿Quieres decir…?

—Quiero decir que tendré mucho que hacer en mi hogar junto a mi esposa.

Marta lanzó un leve grito de felicidad.

—Sabes que quiero estar contigo en todo momento… deseo ver tu casa con sus muebles franceses… la casa que será… mi hogar.

—Eso es lo que será siempre —prometió Lord Arkley—. ¿Cuándo podrás casarte conmigo?

—Cuando tú desees.

—Entonces será esta noche o a más tardar, mañana. Marta rió.

—No le he dicho a mi familia el motivo de tu visita a Hungría, sólo le pedí a mi primo Miklos que te invitara, pero tengo el presentimiento de que ya lo sospechan.

—¿Por qué piensas eso?

—Tal vez porque no pude evitar expresar mi alegría desde el momento en que supe que habías aceptado la invitación de mi primo.

—Si no me la hubiera enviado, hubiera venido sin invitación —comentó Lord Arkley—. Hemos aceptado los convencionalismos, adorada mía, pero ahora nadie puede pedirnos más. Somos libres, libres de amarnos como estaba escrito.

—Te amo… con todo mi ser —susurró Marta—, pero… ¿y si te desilusionara?

Lord Arkley sonrió, pero antes que pudiera replicar, Marta continuó:

—He oído hablar tanto de… tu éxito como el hombre más atractivo de Londres… y supongo que el de París también.

—Me halagas —dijo Lord Arkley—, pero no debes haberte mirado a menudo al espejo o sabrías que no hay nadie en el mundo más adorable que tú.

—Tal vez… estás exagerando —contestó Marta—, pero eso es lo que deseo que pienses de mí.

La muchacha le ofreció sus labios y Lord Arkley la besó hasta que el cielo y el lago parecieron girar en torno a ellos.

Marta percibió además un nuevo ardor en sus besos y en sus ojos.

—¡Te deseo! —dijo él con voz ronca—. He esperado, sumido en el tormento de la espera, pero no quiero esperar más.

Marta escondió la cabeza en su pecho y dijo en un murmullo:

—Si estás completamente seguro… y no deseas que tus amigos estén presentes en nuestra boda, podríamos casarnos en la capilla del palacio.

—¡Por supuesto! —exclamó Lord Arkley—. Me había olvidado de la capilla. ¿Qué lugar podría ser más apropiado para nuestra boda, con sólo tu familia como testigos?

—Esperaba que dijeras eso… y deseo más que nada en el mundo llevar tu nombre… y borrar cualquier otro.

—Una vez que seas mi esposa —replicó Lord Arkley—, olvidaremos todo lo que te ha ocurrido en el pasado. Fingiremos, adorada mía, que nos hemos conocido en una fiesta ofrecida por tu primo Miklos.

Besó sus cabellos antes de continuar:

—Soy un inglés mundano, hastiado y cínico y he venido a Hungría a cazar perdices.

Los ojos de Marta parecían los de un niño que escucha un cuento de hadas.

—Llego al palacio —continuó Lord Arkley—, y conozco a una joven llamada Marta Esterházy que acaba de salir de la escuela. Ella es joven, inocente y, tan hermosa, que me enamoro locamente de ella.

—¿Y qué sucede entonces?

—Descubro que ella me quiere un poco.

—Un poco no.

—Está bien, ¡mucho!

—Con un amor más grande que el cielo y el mar y todo el mundo juntos.

Marta hablaba apasionadamente y Lord Arkley la atrajo hacia sí.

La muchacha pensó que Lord Arkley iba a besarla y alzó la cabeza, pero él dijo suavemente:

—Marta Esterházy no es sólo la mujer más hermosa que he visto en mi vida sino que, además, nunca ha recibido un beso.

—¿Y el mundano, hastiado y cínico Lord Arkley no encuentra eso muy aburrido?

—Le parece muy misterioso y muy excitante.

Lord Arkley estrechó Marta con fuerza y sus labios se posaron en los suyos, besándola hasta que sintió cómo se apresuraban los latidos de su corazón y apenas podía respirar. Cuando sus labios se apartaron, le dijo:

—¿Podría un hombre sentirse hastiado de tu compañía, adorada mía?

Puso su mejilla sobre la suave piel de Marta y continuó:

—Tengo tantas cosas que enseñarte… Será lo más emocionante que he hecho en toda mi vida.

—Y lo más maravilloso para mí.

—Cariño, yo te haré feliz.

—Ya soy feliz… porque estás aquí, y la espera ha sido tan dura… y tan larga.

—Dijimos que olvidaríamos el pasado —replicó Lord Arkley—. No deben existir nubes ni tragedias en nuestras vidas. De ahora en adelante, cariño, llevaremos una vida normal, pero para nosotros será maravillosa.

—¡Eso es lo que yo deseo! —gritó Marta—. Cuando estoy cerca de ti, me siento tan segura… y tan feliz… que puedo olvidarme de todo lo demás.

—Eso es lo que deseo que hagas, y tenemos tantas cosas de qué hablar, tantos placeres que compartir, que el pasado se desvanecerá ante nuestro luminoso presente.

—¡Ya se ha esfumado! —exclamó Marta—, y sólo existes tú… y tú… y únicamente tú.

Lord Arkley la besó de nuevo y cuando se separaron sus bocas se pusieron de pie como si tuvieran prisa por empezar su nueva vida juntos.

Los caballos, que seguían mordisqueando la hierba, se encontraban apenas a unos pasos.

Lord Arkley apretaba la mano de Marta y se recreaba contemplando su rostro.

—Nunca pensé que fuera posible ser tan feliz y estar tan enamorado —dijo él.

—Estamos hechizados —dijo Marta—, y tengo la sensación de que he despertado de un largo sueño y me encuentro en un mundo mágico, del que apenas tenía noción, y la que nunca pensé que podría acceder.

—Es nuestro mundo, amor mío. Un mundo en el que te prometo que sólo encontrarás amor.

Sin poder evitarlo, Marta se acercó a Lord Arkley y dejó que sus brazos la envolvieran.

—Éste es el verdadero amor, cariño —dijo Lord Arkley—, y su hechizo permanecerá en nosotros a través del tiempo.

Su tono solemne era el de una promesa.

Otra vez volvió a besarla, y experimentaron no sólo un éxtasis sagrado sino el fuego del deseo, que formaba parte de la vida.

Y sus cuerpos y sus almas se fundieron en uno solo, como había sido en el pasado y como sería en el futuro.

FIN